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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Las causas de la Primera Guerra Mundial: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 1769 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
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Causas de la Primera Gran Guerra
Varios fueron los motivos que produjeron la contienda
mal llamada “Primera Guerra Mundial”. El antagonismo entre Francia y Alemania,
que consideraban necesaria la guerra para asegurar una verdadera paz, sobre
todo Francia, que ansiaba tomar el desquite por las humillaciones sufridas en
1870; la rivalidad de Gran Bretaña y Alemania por l a supremacía de los mares,
y la ambición de las grandes potencias de predominar en la Mesopotamia
(actualmente Irak), en el Golfo Pérsico, en Asia Menor, en el Norte y Centro de
África, en los Dardanelos y en los Balcanes.
Por el Congreso de Berlín de 1878 se había adjudicado
a Austria la administración de las provincias de Bosnia y Herzegovina, cuyo objeto —se dice— fue
poner una valla al avance de Rusia, y contener así la influencia del eslavismo
en los Balcanes. Pero Austria se las anexó a ambas en 1908, por razones
geopolíticas, ya que tenía que asegurarse una salida permanente al Mar Egeo.
Las naciones de Europa, entonces, estaban divididas
en dos campos: las naciones de la Triple Alianza y las del Triple Acuerdo (o
triple Entènte). El ambiente político —a principios de 1914— presentaba un
aspecto de tranquilidad.
Sin embargo, el Coronel Hause, enviado del Ejército
de los EEUU para el estudio de la situación europea, informó al Presidente
Wilson que este continente marchaba “... a grandes pasos hacia un cataclismo:
un desastre terrible...”.
El archiduque Francisco Fernando, heredero del trono
austro-húngaro, se había dirigido a visitar las mencionadas provincias de
Bosnia y Herzegovina. El odio de las naciones yugoslavas contra el que
consideraban un usurpador, motivó un complot terrorista contra ese príncipe,
quién al llegar a Sarajevo, fue asesinado –el 28 de junio- junto con su esposa,
por un judío anarquista, oriundo de Bosnia, pero ciudadano austríaco.
Esta noticia produjo el natural estupor y conmoción
en Europa. El gobierno austríaco, inspirado por el conde Berchtold, decidió
obrar con una precipitación y dureza inexcusables. El asesino, Princip, declaró
que no tenía cómplices, pero de una investigación realizada por un funcionario
austríaco, enviado al efecto, resultó que eran también culpables varios
funcionarios servios, un comandante de igual nacionalidad y un empleado
ferroviario bosnio.
El Emperador de Austria, Francisco José, trató de
pulsar la opinión del Emperador de Alemania, Guillermo II, manifestándole que
el atentado era consecuencia directa de la agitación promovida por los
yugoslavistas, y le aseguraba que sólo
se podría afianzar la paz en los Balcanes, excluyendo a Servia como factor de
importancia, pues no era posible dejar impune un movimiento, cuyo foco de
actividad criminal radicaba en Belgrado; a lo que contestó el gobierno de Berlín,
que permanecería fiel al lado del gobierno de Austria, en el caso de una
intromisión de Rusia a favor de Servia, pero que Austria debía decidir por sí sola
ese asunto.
Austria impuso a Servia unas exigencias de satisfacción
inaceptables. En efecto, le dirigió un ultimátum que comenzaba por exigir del
rey de los servios una declaración escrita, reprobando toda agitación
yugoslava, la cual debía publicarse inmediatamente en el diario oficial del
gobierno; además, la supresión de toda propaganda en aquel sentido, que se hacía
por la prensa y las sociedades nacionalistas; disolución de la Narodna Udbrana –sociedad
cultural que aún existe-; destitución de todos los oficiales y empleados
comprometidos (cuyos nombres se le indicarían); investigación del atentado por
medio de funcionarios austríacos, y
otras imposiciones por el estilo, todo lo cual debía ser aceptado en 48 horas.
A las potencias les pareció la nota demasiado fuerte,
por todo concepto, y cuando, algunos días después, se le hizo presente al
Ministro Berchtold el peligro que entrañaba su ultimátum, aquél contestó que no
era un ultimátum, sino una movilización diferida.
La noticia de las condiciones impuestas halló a casi
todos los Jefes de Estado fuera de sus países y decidió sus apresurados
retornos. El efecto que produjo en Servia fue tremendo. El rey Pedro I se
hallaba ausente y había declinado el mando en su hijo, el príncipe heredero
Alejandro, quien fuera aconsejado por el jefe del gobierno, Paschitsch, a los
fines de que se dirigiera al Zar, apelando a su corazón eslavo.
Entretanto, algunas potencias insinuaban a Servia que
aceptara las condiciones en todo lo que fuera posible, y Francia, en ausencia
de Poincaré, proponía que se tratara de ganar tiempo y se invocase a Europa
como árbitro de la situación. Paschitsch decidió aceptar las condiciones en su
casi totalidad, excepto en lo de perseguir a los culpables sin previas pruebas
concretas y admitir la intervención de órganos austríacos en los procesos del
atentado; pero, al mismo tiempo, contando con la amistad de Rusia, ordenó la
movilización del ejército en todo el país.
El embajador austríaco en Belgrado, al leer la
contestación al ultimátum y las ligeras objeciones del gobierno servio, entregó
la respuesta de su gobierno, pidió su pasaporte y en poco más de media hora se
puso en viaje.
La guerra entre Austria y Servia había quedado
virtualmente declarada. La paz del mundo había dejado de existir.
Rusia, que no se consideraba preparada todavía para
una guerra, pensó al principio que habiendo dado Servia una reparación moral a
Viena, bastaría con disponer una movilización parcial. Además, consultado el
embajador de Inglaterra sobre las intenciones de su gobierno, expresó que la
opinión pública de su país estaba muy lejos de comprender lo que el interés
general ruso estimaba tan importante, y que al no tener –el gobierno británico-
un interés inmediato en Servia, no aprobaría una guerra emprendida con motivo
de esa nación. No obstante el zar, hombre débil, místico e indeciso,
impresionado por las perspectivas que le ofrecía la clase militar, encabezada
por su tío, el gran duque Nicolás –acicateado por el desagravio que para el
honor de Rusia significaría una guerra contra Austria- vendría a vengar la
acción del conde Aehrenthal, en 1908, al sustraer a la administración rusa las
provincias eslavas de Bosnia y Herzegovina, y seducido por la esperanza de
redimir, bélicamente, el esplendor y poderío del trono, malparamos después de
la guerra con Japón, decidió autorizar la movilización de trece cuerpos del ejército
contra Austria-Hungría, condicionándola al ataque de ésta a Servia y dejando
librada la fijación de la fecha al Ministro de Relaciones Exteriores Sazonoff.
El 27 de julio, al llegar a Viena la noticia –nunca confirmada-
de que las tropas servias habían hecho fuego contra las austríacas desde un
barco en el Danubio, el emperador se decidió a iniciar la guerra contra Servia,
por considerar rotas las hostilidades entre ambos países, y el 31 firmó la
orden de movilización general y el avance de sus tropas sobre el territorio
servio.
El mismo día se declaró en Berlín el “estado de peligro
de guerra” y Guillermo II, al tener conocimiento de que Inglaterra no
permanecería neutral si Alemania y Francia entraban en lucha, dirigió un
telegrama al Zar, prometiéndole que no intervendría si Rusia anulaba o reducía la
movilización general; y encargó a su embajador en San Petersburgo que fijara el
plazo de doce horas para la contestación. Pero el militarismo ruso temió más el
desorden técnico de una movilización frustrada, que el horror de una guerra, y
así los acontecimientos siguieron su curso. Terminado el plan sin recibir
contestación, Alemania declaró la guerra a Rusia.
El Presidente Poincaré, al tener noticias del ultimátum
de Austria a Servia, aceleró su regreso a Francia, previendo las posibles
complicaciones internacionales que podrían sobrevenir a causa de la
irreductible situación planteada. Pertenecía Poincaré al grupo de dirigentes
franceses que albergaba en su corazón el deseo del desquite de la guerra de
1870, y él con mayor razón, por haber nacido en Lorena, una de las dos
provincias perdidas por Francia en aquella ocasión. Fácil es presumir su estado
de ánimo con respecto a Alemania, ligada a Austria por el Tratado de la Triple
Alianza. Su actitud en caso de guerra, no podía ser dudosa, lo exigía el honor
a su país.
Cuando se conoció en París ese ultimátum, todos
creyeron que Alemania era la inductora de Austria. Los títulos de renta bajaron
más que nunca desde la guerra franco-prusiana, y se hablaba de cerrar la Bolsa;
para los franceses era evidente que Alemania provocaba la guerra. Sin embargo,
Francia se manifestaba dispuesta, por el alto interés de la paz, a demorar
temporariamente la movilización, sin que ello le impidiera seguir preparándose,
aunque sólo sobre la base del transporte de pequeños núcleos de tropas; pero el
2 de agosto, el embajador alemán en París entregó al Ministro Viviani, una nota
del gobierno de Berlín en la que declaraba la guerra a Francia, en vista de que
este país había iniciado de hecho las hostilidades, al bombardear -desde
aeroplanos- la vía férrea desde Nuremberg.
La situación de Inglaterra era, en aquellos momentos,
singular. Su tranquilidad habitual se hallaba perturbada. Irlanda habíase
sublevado y, dentro de la isla, protestantes de las provincias del Norte y católicos
del Sur, se levantaban en armas en sí. Los primeros, el Ulster, mantenían su
unión con Inglaterra, en tanto que los segundos, el Estado Libre, pedía la autonomía
para Irlanda. Por otra parte, un campamento de adiestramiento de tropas
mercenarias se había alzado contra el Ministro de Guerra de Londres, y varios
altos funcionarios militares se negaron a obedecer al gobierno, por
considerarlo débil con relación a los sucesos de Irlanda. No era fácil, pues,
que el pueblo inglés se preocupara mayormente por los conflictos de Servia.
Entre los gabinetes más importantes del mundo, era el británico el que menos
deseaba la guerra, y el que la resistió por más tiempo, y el que quizá podría
haberla impedido si hubieran predominado las sugerencias del ministro Eduardo Grey.
Pero cuando el gobierno inglés tuvo noticias de la
posibilidad de invasión alemana en Bélgica
y advirtió que la escuadra francesa estaba en el Mediterráneo, hizo saber a
este país que, en caso de ataque contra sus costas indefensas, podría contar
con su ayuda. En cuanto a Bélgica, consideró que si ésta perdía su
independencia, desaparecería también la de Holanda y peligrarían los intereses
británicos, además de que el honor inglés estaba comprometido en apoyar a este
país tanto como en 1870, cuando Gladstone se opuso a su invasión por parte de
Napoleón III. En consecuencia, Inglaterra declaró la guerra a Alemania el 4 de
agosto, y el 13 Austria se la declaró a Gran Bretaña, en cumplimiento de su
alianza con Alemania.
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