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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: La Guerra Civil Española: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 2900 | Votar! | Sin Votos | 1 comentario - Leerlo | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
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Guerra Civil española (1936-1939),
conflicto bélico que se inició en julio de 1936 por la sublevación de un sector
del Ejército frente al gobierno de la II República Española, y que
concluyó con la victoria de los sublevados el 1 de abril de 1939.
Cuestiones
terminológicas
Aunque, sobre todo desde 1960, para
definir el conflicto se prefiere la denominación 'guerra civil', ésta no fue la
única en la historia española, por lo que no define el acontecimiento de forma
exacta. También recibió otros nombres: movimiento cívico militar, Cruzada,
guerra de tres años, guerra nacional y revolucionaria del pueblo español, entre
otros. Son nombres todos ellos que ocultan el "enfrentamiento de dos entusiasmos"
al que se refirió el historiador británico Raymond Carr (1919- ) y, en suma, de
dos concepciones en cierto modo presentes en los resultados de las elecciones
celebradas en febrero de 1936 que supusieron el triunfo, por un corto número de
votos de la coalición de izquierdas agrupada en el Frente Popular y que se
venían gestando desde la proclamación de la II República en abril de 1931.
Ningún acontecimiento como éste impactó
tanto en la opinión internacional hasta entonces, convirtiéndose en uno de los episodios
que provocó mayor número de publicaciones. La "guerra de tinta", en
expresión de Salvador de Madariaga, fue desde el principio una guerra de
propaganda con dos tipos de valoraciones propiciadas desde los dos bandos
participantes en el enfrentamiento. La muy distinta versión informativa que
expresaba un mismo periódico editado en ambas zonas —ABC de Madrid y Sevilla—
puede servir como ejemplo de la ruptura o enfrentamiento nacional existente.
Otro tanto cabe decir de las revistas culturales —antifascistas y azules—
publicadas durante el trienio, sin olvidar las manifestaciones del teatro, cine
y cartelismo, símbolos, consignas y mensajes difundidos durante el conflicto y
después de su conclusión.
De los tres días
de julio a la guerra larga
Desde el primer momento el territorio
nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los
militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las
elecciones de febrero de 1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron
en aquellas provincias donde resultaron más votadas las candidaturas de
derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral
correspondió al Frente Popular. El comienzo del 'Alzamiento' tuvo efecto el 17
de julio en Melilla. Las unidades militares de Marruecos que no controlaba el
gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El
general Francisco Franco partió desde Canarias en una avioneta privada (Dragon
Rapide) a Tetuán el día 18. Ese mismo día se sublevaban los mandos
militares de otras divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento
fracasó en las principales ciudades del país. Desde el día 18 ni el gobierno ni
los rebeldes controlaban la totalidad del país. El mapa inicial dejaba en manos
de los sublevados parte de Castilla la Vieja, León, Galicia, Cáceres,
poblaciones de Andalucía, oeste de Aragón, Navarra, Baleares y Canarias. El
gobierno conservaba: el País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla la Nueva,
Cataluña, Levante y el resto de Andalucía. Conforme avanza la contienda, la
zona republicana perdía territorio que, desde finales de marzo de 1939, pasó
integro a disposición del ejército franquista.
De cualquier forma, el comienzo de la
guerra estuvo vinculado al plan establecido previamente por los conspiradores
en la primavera de 1936 y en el que participaron mandos militares —la
antirrepublicana Unión Militar Española (UME) y la Junta de generales (en la
que Emilio Mola era el coordinador)— monárquicos, tradicionalistas y otros
sectores de extrema derecha. El asesinato el 13 de julio de José Calvo Sotelo,
líder del derechista Bloque Nacional y participante activo en la conspiración
contra el gobierno, fue el episodio previo al pronunciamiento militar.
Pronto pudo comprobarse que el plan conspirador
había fracasado y que lo que se pensaba que sería un pronunciamiento
decimonónico se convertiría en una guerra larga y cruel de tres años. Durante
este trienio las operaciones militares permiten establecer un desarrollo
cronológico, desde el paso del estrecho de Gibraltar por las tropas del
ejército de África con el general Franco al frente (julio-agosto de 1936), con
tres fases principales. La primera muestra la importancia que ambos bandos
otorgaron a la ocupación de Madrid que, en consecuencia, pronto fue motivo de
asedio por las tropas insurrectas. La estrategia de los sublevados que
pretendía acceder a la capital desde el norte y desde el sur fracasó. Una
acción importante en esta primera fase, que en seguida quedaría en el elenco de
'mitos' de la contienda, fue la liberación del Alcázar de Toledo defendido por
el coronel José Moscardó (septiembre 1936). Contando con las fuerzas de África
y con la ayuda alemana e italiana, Franco avanzó sobre Andalucía consiguiendo
ocupar las plazas de Mérida y Badajoz, enlazando de esta manera con los
sublevados del norte a lo largo de la frontera portuguesa. Mola, a su vez,
lograba cortar la frontera francesa al ocupar Irún.
La segunda fase no abandonó la marcha
sobre Madrid. Pero la batalla de Guadalajara (marzo de 1937) se saldó con el
éxito republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva general previsto por
José Miaja, frente a las tropas enviadas por Italia. Los alzados decidieron
entonces centrar sus principales operaciones en el Norte. Con el apoyo decisivo
de la aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que ocasionó una salvaje
agresión a Guernica (abril de 1937), las tropas rebeldes rompían las defensas
(el llamado 'cinturón de hierro') de Bilbao poco después de fallecer el general
Mola en accidente de aviación. En agosto, estas mismas tropas entraban en
Santander y dos meses después tomaban Gijón, última etapa de la ocupación por
los rebeldes de la zona Norte.
A partir de finales de 1937 comenzó la
tercera fase. En principio los republicanos, según los planes del general
Vicente Rojo, obtenían la gran victoria de Teruel, ciudad que pierden en
febrero de 1938. En julio comenzó la dura y decisiva batalla del Ebro, en la
que la derrota del ejército republicano dejó despejada la ruta para el avance
de los sublevados hacia Cataluña. En los últimos días de enero del año
siguiente estas mismas tropas se instalaron en Barcelona, para en fechas
sucesivas avanzar hacia la frontera francesa ocupando los pasos de Puigcerdá a
Port Bou (Girona). La ofensiva final (febrero-marzo) debía quebrantar las
posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona centro-sur.
Fracasó el criterio del jefe de gobierno, Juan Negrín, de mantener la
resistencia tras la creación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa. Este
organismo que encabezaba el jefe del Ejército del Centro, coronel Segismundo
Casado, opuesto a la intención de Negrín procuró alcanzar una paz honrosa con
el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid
tras un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. Sin
embargo, no prosperaron sus gestiones por lograr una paz acordada. El 28 de
marzo las tropas franquistas entraban en Madrid. Tres días más tarde el
gobierno republicano veía caer las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril
la guerra había terminado, no así las represalias.
Desarrollo
político de la contienda
Si toda guerra reclama prestar atención
a los 'hechos de armas', también conviene atender a la trama política que, como
en este caso, determinó las actuaciones de cada bando. Mucho más si, situados
en el final del conflicto, tenemos en cuenta la agonía de la experiencia
republicana y el proceso que se inició de forma inmediata tras el estallido de
la guerra y que permitió la implantación de un nuevo Estado dirigido por el
general Franco.
Por parte del gobierno republicano, la
jefatura pasó sucesivamente de manos de José Giral (19 de julio de 1936) a
Francisco Largo Caballero (5 de
septiembre de 1936) y de éste a Juan Negrín (desde el 18 de mayo de 1937 hasta
el final de la guerra) que bien puede definirse como una pugna entre dos
prioridades: desarrollar un proceso revolucionario o apostar por ganar la
guerra primero. Tan pronto como Giral asumió las responsabilidades de gobierno,
la autoridad del poder central se descompuso y se crearon numerosos poderes
locales de carácter popular y espontáneo que generaron divisiones intensas y
supusieron la pérdida de la unidad política e incluso militar en el ámbito
republicano. El debilitamiento de autoridad, al que aludió el propio Manuel
Azaña en su obra teatral La velada de Benicarló (1937), y los
avances de las fuerzas rebeldes, explican el cambio de Giral por Francisco
Largo Caballero, cuyo prestigio y autoridad sobre los obreros lo ejercía desde
la dirección de la Unión General de Trabajadores (UGT). Largo Caballero hizo
cuanto pudo por controlar la situación revolucionaria y formó un gobierno de
concentración con presencia de socialistas, comunistas, una minoría de
republicanos y nacionalistas vascos y catalanes. Dos meses después incorporó a
cenetistas (militantes de la central obrera anarcosindicalista CNT,
Confederación Nacional del Trabajo), cuya fuerza era destacada en Aragón,
Cataluña y Levante. Con todo, el enfrentamiento entre las dos tendencias arriba
aludidas (revolución o guerra) —y ello pese a que durante el gobierno de Largo
Caballero mejoró la coordinación en el Ejército— dio al traste con esta
experiencia porque fue incapaz de amainar los enfrentamientos entre las
tendencias de la coalición gubernamental.
El presidente de la República, Azaña,
puso las riendas del gobierno en manos de Negrín, que pronto sería acusado de
estar dominado por los comunistas. En el primero de sus gabinetes prescindió de
los anarcosindicalistas y orientó su gestión hacia la victoria militar; la
revolución debía esperar. Pero la batalla de Teruel desencadenó una nueva
crisis gubernamental en abril de 1938. En el nuevo gabinete de Unidad Nacional,
Negrín tomó también la cartera de Guerra, que antes desempeñó el socialista
Indalecio Prieto. Los 'trece puntos' (así llamada una propuesta de acuerdo con
los franquistas como base de una posible negociación) de Negrín, promulgados el
1 de mayo de ese año, en un afán por restablecer la democracia, no consiguieron
recomponer la unidad del Ejército republicano ni sostener el apoyo
internacional, debilitado a medida que se retiraban los voluntarios extranjeros
que habían formado parte de las Brigadas Internacionales. El éxito de la
ofensiva franquista sobre Cataluña, a principios de febrero de 1939, impidió
que dieran fruto las garantías que el gobierno republicano pedía de cara a la
paz: independencia de España y rechazo de cualquier injerencia exterior; que el
pueblo pudiera decidir libremente acerca del futuro del régimen; garantía de
evitar persecuciones y represalias después de la guerra. Estas condiciones
propuestas por Negrín en las Cortes reunidas el 1 de febrero de 1939 en el
castillo de Figueres (Girona), no fueron aceptadas por el gobierno de Burgos,
que presumía concluir la guerra en breves días.
En lo que respecta a la zona sublevada
('nacional'), al compás de las acciones bélicas se incorporaron paulatinamente
medidas políticas que fueron aplicadas en los territorios ocupados desde el
principio y en todos aquellos que incorporaban tras sus éxitos militares. La
primera y pronta medida adoptada por los insurrectos fue la creación de la
Junta de Defensa Nacional, el 24 de julio de 1936, que presidió el general
Miguel Cabanellas e integraron los generales Emilio Mola, Fidel Dávila, Antonio
Saliquet, Miguel Ponte y los coroneles Moreno y Montaner. En agosto se unió a
la misma el general Franco. Un paso adelante en la concentración del poder tuvo
lugar con la creación de la Junta Técnica (1 de octubre de 1936) que puso en
manos de Franco, elegido jefe del Estado, el mando militar y político. Esta
medida tuvo su complemento en el Decreto de Unificación (19 de abril de 1937)
por el que se creaba la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de
Ofensiva Nacional Sindicalista (FET de las JONS), único grupo legal del nuevo
régimen que ya se denominaba a sí mismo como 'Movimiento Nacional' que fundía
los núcleos falangistas y tradicionalistas (carlistas), operación que agudizó
las tensiones latentes entre los falangistas desde que fue ajusticiado José
Antonio Primo de Rivera, fundador y jefe nacional de Falange Española de las
JONS. El nuevo jefe nacional, Manuel Hedilla, se opuso al decreto unificador,
por lo que fue arrestado junto con sus seguidores. En enero de 1938 nacía el
Gobierno Nacional al que Franco incorporó militares, falangistas,
tradicionalistas y monárquicos. Asimismo, se creaba el Consejo Nacional de FET
de las JONS, reunido en el monasterio burgalés de Las Huelgas, y se promulgaba
el Fuero del Trabajo (9 de marzo de 1938), que durante el franquismo alcanzaría
el rango de ley fundamental.
La
internacionalización del conflicto
Si bien es cierto que la guerra comenzó
como un conflicto interno "nacido en suelo español y a la manera
española" (en palabras de Salvador Madariaga), por sus raíces ideológicas
no pudo mantenerse ajeno al entorno internacional. Ambos bandos reclamaron
inmediatamente apoyos de otras potencias extranjeras, según el panorama
existente en la alineación del mundo en la década de 1930, hasta el extremo de
que algunos vieron en el conflicto un prólogo de un nuevo enfrentamiento
mundial. Si no lo fue, al menos consiguió implicar a la mayoría de partidos
políticos y potencias europeas. Hoy nadie pone en duda que la intervención
extranjera contribuyó tanto a prolongar la contienda como al futuro del
'Movimiento Nacional'. Tras una fase de urgencia (meses de julio-agosto),
cuando el gobierno Giral solicitó el auxilio del gobierno del Frente Popular
francés y los rebeldes concretaban el inicial apoyo prestado por Italia
(gobernada por Mussolini) y Alemania (con Hitler en el poder), en seguida
fraguaron los apoyos.
El Frente Popular español contó con el
apoyo inicial de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URSS). Sin embargo, el temor francés a crear una situación conflictiva en todo
el continente frenó su apoyo inicial y se acogió a la política de no
intervención aplicada por la Sociedad de Naciones, cerrando su frontera a la
entrada de material bélico a cualquiera de los contendientes, perjudicando
notablemente al gobierno republicano. Por su parte la Unión Soviética, tras
comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes rechazó la
política de no intervención. Fundamental fue su apoyo en blindados, aviones y
equipos de asesores militares. Mientras, los rebeldes recibieron aviones,
armamento y combatientes de Italia y Alemania (Legión Cóndor) así como
voluntarios portugueses, aparte de otras colaboraciones.
Entre los auxilios recibidos por el
gobierno republicano merecen recordarse las Brigadas Internacionales. La
Komintern creó un comité internacional para organizar a sus miembros, que contó
con la participación de Palmiro Togliatti y Josip Broz Tito. Participaron en
ellas voluntarios de distintos países movidos por sentimientos antifascistas,
cuyo número es difícil de precisar (unos 60.000 según Castells) por los relevos
producidos en el transcurso de la guerra. El centro de reclutamiento estuvo en
París y entre sus gestores cobró relieve André Marty. Los primeros brigadistas
llegaron al puerto español de Alicante en octubre de 1936 para continuar hasta
Albacete, en donde se formó la XI Brigada que pronto participó en la batalla de
Madrid. El escritor francés André Malraux narró su participación en L'Espoir.
En medio de todo este proceso destacó
primordialmente lo que se conoció como la política de no intervención
establecida por la Sociedad de Naciones que, en principio, suponía la
prohibición de exportar cualquier material de guerra, sin más compromisos por parte
de los gobiernos. Para salvar estas lagunas nació en septiembre de 1936 el
Comité de Londres, que integraban los embajadores residentes en la capital
británica intentando reducir el conflicto al ámbito nacional. Sin embargo, a la
vista de las numerosas violaciones del compromiso, el Acuerdo y Comité de No
Intervención no resultaron efectivas y, desde luego, no impidieron que las
potencias extranjeras apostaran por uno u otro contendiente.
Por lo que se refiere al apoyo soviético, la
financiación de los suministros bélicos entregados al gobierno republicano se
relacionó con las reservas del Banco de España. Dos terceras partes del oro
guardado en el banco nacional salieron hacia Moscú en concepto de depósito
primero y como pago después por aquellos suministros. El famoso 'oro de Moscú'
sería un asunto controvertido y utilizado como propaganda por el gobierno
franquista. Mientras éste recibió a crédito suministros alemanes e italianos,
que fueron abonados en parte después de finalizar la guerra, el gobierno
republicano agotó las reservas para pagar la ayuda soviética.
Consecuencias
bélicas
La principal consecuencia de la Guerra
Civil española fue la gran cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de medio
millón), no todas ellas atribuibles a las acciones propiamente bélicas y sí
muchas de ellas relacionadas con la violenta represión ejercida o consentida
por ambos bandos, entre las que se pueden incluir también las muertes
producidas por los bombardeos sobre poblaciones civiles. En un nivel
inmediatamente inferior se puede considerar como consecuencia destacada el
elevado número de exiliados producidos por el conflicto, cuyas principales
figuras políticas constituyeron durante muchos años el gobierno republicano en
el exilio.
En lo que respecta al aspecto económico,
las consecuencias principales fueron: pérdida de reservas, disminución de la
población activa, destrucción de infraestructuras, fábricas y viviendas, lo que
provocó una disminución de la producción y, en fin, hundimiento parcial del
nivel de renta. La mayoría de la población española hubo de padecer durante la
contienda y, tras terminar ésta, a lo largo de las décadas de 1940 y 1950, los
efectos del racionamiento y privación de bienes de consumo.
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