Adolf Hitler: Templario negro

En cualquier caso, lo
escalofriante es que millones y millones de alemanes si creyeron que el Führer
era una suerte de enviado. Y era una creencia que se extendía no solo entre el
pueblo, sino igualmente entre los intelectuales y científicos, entre los
ministros y correligionarios del partido: lo creyeron incluso, hasta muchos de
sus adversarios políticos. En Berlín, una prestigiosa galería de arte exponía
un enorme retrato de Hitler totalmente rodeado, como por un halo, de copias de
una pintura de Cristo.
En la prensa se podían leer
comentarios como el siguiente "Mientras hablaba (Hitler) se oía
crujir el manto de Dios por el salón". Y a principios del otoño
de 1936, se pudieron ver en Munich cuadros en los que se retrataba a Hitler
vestido con la armadura de los caballeros del Santo Grial.
Lo cierto es que Hitler no se
creía Dios, pero si un predestinado suyo. Se veía como depositario de los
secretos del Temple, llegados a sus manos por intercesión divina al haber sido
elegido - tal era su firme convencimiento- para llevar a cabo una misión
destinada a cambiar definitivamente el rumbo de la Humanidad.
E independientemente del rotundo
y negativo veredicto que predomina en la Historia actual, la figura de Hitler
ha sido objeto de una propaganda tan torpe, al menos, como la que el mismo
difundió contra los judíos. Y es que al limitarnos a ridiculizar al personaje,
se nos ha escapado lo esencial de su personalidad y muchas cosas han quedado
inexplicadas. Porque, ¿como un tipo aparentemente insignificante y sin estudios
superiores fue capaz, en pocos años, de introducirse en los más altos niveles
políticos, burlar a los líderes experimentados de las grandes potencias,
convertir a millones de personas altamente civilizadas en enfervorizados
seguidores y levantar el más poderoso aparato bélico del mundo consiguiendo ser
obedecido hasta el final? Parece lógico pensar que además de creerse un avatar,
todo esto solo se explica si Hitler fue un conocedor de los resortes secretos
que son capaces de modificar la realidad hasta convertirla en el delirio
adecuado a sus más íntimos y poderosos deseos.
Tras la fachada de los hechos
históricos se esconden los hilos de una trama oculta que pocos de sus
contemporáneos conocen. Y es preciso que el paso del tiempo y las sucesivas
revelaciones ofrezcan unas perspectivas desde cuya altura pueda verse con
nitidez lo que ocultaba esa fachada.
Hoy, sin embargo, estamos en
disposición de conocer todo aquello que de haber sabido el ingenuo pueblo
alemán lo hubiera sumido en el mas gélido de los estupores: Hitler no era un
semidiós, sino un personaje de tebeo que se había creído su propia historieta.
Lo que sucede es que su creencia era tan inconmovible que la epopeya dibujada
en las viñetas pudo llegar a hacerse realidad, sin duda mediante un acto de
magia genuina. Y así fue como el mundo, fue llevado hacia la más espantosa de
las tragedias. Mickey Mouse fabricando descontroladamente millones de escobas
en la película Fantasía. Con la diferencia de que en la película del III Reich,
no hubo un mago verdadero con suficiente poder como para detener a tiempo a la
descontrolada mancia del aprendiz de brujo, y de la secuela de millones de
muertos que dejó a su paso.
