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Los indigenas americanos

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Agregado: 12 de ABRIL de 2000 (Por ) | Palabras: 12084 | Votar! |
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Categoría: Apuntes y Monografías > Historia >
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  • Culturas indigenas: Arte Americano Indígena. Siglo XV. Culturas Aztecas, Mayas e Incas.

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    Los pueblos Indígenas americanos 

     

     conjunto de pueblos aborígenes que habitaban el continente americano con anterioridad al descubrimiento de América y a sus descendientes. El presente artículo se centra en los pueblos indígenas de Norteamérica, Mesoamérica y Sudamérica.

    Antiguos pobladores

    Se calcula que en el momento de los primeros contactos con los europeos el continente americano estaba habitado por más de 90 millones de personas: unos 10 millones en el actual territorio de Estados Unidos y Canadá, 30 millones en México, 11 millones en Centroamérica, 445.000 en las islas del Caribe, 30 millones en la región de la cordillera de los Andes y 9 millones en el resto de Sudamérica. Estas cifras de población corresponden a estimaciones muy relativas (algunas fuentes citan magnitudes mucho menores), ya que resulta imposible dar cifras exactas. Cuando los europeos empezaron a realizar los primeros registros, la población indígena ya se había visto diezmada por las guerras, el hambre, los trabajos forzosos y las epidemias de enfermedades introducidas por los europeos.

    Primeras migraciones

    A grandes rasgos, podría decirse que los indígenas americanos probablemente descendieran de los pobladores asiáticos que emigraron a través de la lengüeta de tierra del estrecho de Bering durante el periodo cuaternario, que se inició hace unos 30.000 años.

    Según los testimonios de las migraciones humanas, los primeros pueblos que se desplazaron hacia el continente americano, procedentes del noreste de Siberia hacia Alaska, portaban utensilios de piedra y otras herramientas típicas de mediados y finales del periodo paleolítico de la edad de piedra. Estos pueblos probablemente vivían en grupos de unos 100 individuos, pescando y cazando animales como venados y mamuts. Eran nómadas y trasladaban su campamento unas cuantas veces al cabo del año para aprovechar los alimentos de cada estación. Es probable que se reunieran durante algunas semanas con otros grupos con el fin de celebrar ceremonias religiosas y realizar trueques de productos, además de intercambiar información. Al parecer, los primeros asentamientos se ubicaron en Alaska y más tarde fueron desplazándose hacia el interior del continente americano.

    Los hallazgos de las primeras migraciones son muy escasos. Los testimonios que se desprenden del estudio comparativo de las lenguas indígenas, así como del análisis de algunos materiales genéticos, sugieren la posibilidad de que estas migraciones tuvieran lugar hace unos 30.000 años. Algunas pruebas más directas, procedentes de yacimientos arqueológicos, sitúan esa fecha algo más tarde. Por ejemplo, en el Yukón, en el actual Canadá, se han descubierto utensilios de hueso cuya antigüedad ha quedado fijada en el 22.000 a.C. mediante las técnicas de carbono radiactivo. Los restos de hogueras descubiertas en el valle de México (véase Valle de Anáhuac) datan del 21.000 a.C.; se han hallado algunas lascas de herramientas de piedra cerca de ellas, lo cual determina la presencia humana en aquella época. En una cueva de la cordillera de los Andes peruanos, cerca de Ayacucho, los arqueólogos han hallado utensilios de piedra y huesos de animales triturados, cuyo origen se ha datado en el 18.000 a.C. Otra cueva de Idaho, Estados Unidos, contiene restos parecidos que datan del 12.500 a.C. En ninguno de estos yacimientos aparecen objetos o herramientas con un estilo diferenciado. El único objeto hallado que sí tiene un estilo propio apareció hacia el 11.000 a.C. y se conoce como puntas ‘clovis’, tipo de punta de jabalina de base cóncava y con acanaladuras en una o dos de sus caras.

    Principales áreas culturales

    Un área cultural es, ante todo, una región geográfica; posee un clima, un paisaje y una población biológica características, compuesta por su fauna y flora. Las personas que habitan en la región deben adaptarse a sus peculiaridades para satisfacer sus necesidades vitales. El continente americano podría dividirse en muchas áreas culturales y esas divisiones obedecerían a criterios muy diferentes. En este artículo se consideran nueve áreas para Norteamérica, una para Mesoamérica y cuatro para Sudamérica.

    Norteamérica

    Las áreas culturales de Norteamérica son el Suroeste, los Bosques Orientales, el Sureste, las Grandes Llanuras, la región Intermontañosa de California, la Meseta, la Subártica, la Costa Noroccidental del Pacífico y la Ártica.

    El Suroeste

    El área cultural del Suroeste abarca Arizona, Nuevo México, la zona meridional de Colorado y la zona septentrional limítrofe de México (los estados de Sonora y Chihuahua). Los primeros habitantes de esta región cazaban con puntas clovis a los mamuts y otros animales hacia el 9500 a.C.; sin embargo, al finalizar los periodos glaciales (c. 8000 a.C.) los mamuts desaparecieron. Los pueblos del Suroeste comenzaron a cazar búfalos (véase Bisontes) y dedicaron más tiempo a recolectar plantas silvestres para su alimentación. El clima fue haciéndose más cálido y seco y, entre el año 8000 y el 300 a.C., emergió una nueva forma de vida, conocida hoy como arcaica. Los pobladores arcaicos cazaban sobre todo venados y pequeños pájaros; cosechaban frutas, frutos secos y semillas de plantas silvestres, al tiempo que utilizaban planchas de piedra para moler las semillas y hacer harina. Hacia el 3000 a.C. los habitantes del Suroeste aprendieron a cultivar el maíz, que ya había sido cultivado en el valle de México, aunque durante siglos constituyó un componente menor de su alimentación.

    Hacia el 300 a.C. algunos mexicanos cuya cultura estaba basada en el cultivo del maíz, el frijol y la calabaza, emigraron hacia el sur de Arizona, como el pueblo hohokam, que vivía en viviendas construidas con adobes formando un círculo que rodeaba una plaza central. Eran los antecesores de los actuales pimas y papagos, que conservan gran parte de su estilo de vida.

    Los pueblos del sector septentrional del área cultural del Suroeste, tras varios siglos de comerciar con los hohokam, modificaron hacia el año 700 d.C. su forma de vida originando la que se conoce como cultura anasazi, igual que los primitivos ‘hombres de las rocas’, cuyo nombre original era cliff-dwellers. Cultivaban también maíz, frijol y calabaza, y vivían en poblados de piedra en forma de terrazas o en bloques de adobe construidos alrededor de plazas centrales; estos bloques presentaban paredes desnudas frente a la parte exterior del poblado, protegiendo así a sus moradores. Durante los meses más cálidos muchas familias vivían en pequeñas casas en el campo. Después de 1275, el sector septentrional padeció importantes sequías, quedando abandonados muchos campos y poblados anasazi; los que se hallaban en las márgenes del río Bravo o Grande del Norte, por el contrario, crecieron y expandieron sus sistemas de regadío.

    En 1540 los conquistadores españoles llegaron a los asentamientos de los descendientes de los anasazi, los indios pueblo. A partir de 1598 los españoles los dominaron, pero en 1680 los pueblo organizaron una rebelión que les permitió recuperar su libertad hasta 1692. Desde entonces, los indios pueblo han estado, primero, bajo el dominio del gobierno español, después mexicano y, por último, estadounidense. Los pueblo se esforzaron por conservar su cultura: continuaron cultivando sus tierras y en algunos poblados mantuvieron de forma secreta su propio gobierno y religión. En la actualidad hay 22 poblados pueblo.

    En el siglo XV aparecieron en el Suroeste algunos cazadores que hablaban la lengua athabasca —emparentada con ciertas lenguas de Alaska y el oeste de Canadá—, que habían emigrado en dirección sur por las Grandes Llanuras occidentales. Saquearon los poblados pueblo en busca de comida y, después de que los españoles fundaran los mercados de esclavos, pusieron a la venta a sus prisioneros; de los pueblo aprendieron a cultivar la tierra y de los españoles a criar ovejas y caballos. En la actualidad, estos pueblos son el navajo y el grupo apache.

    El sector occidental del Suroeste está habitado por individuos que hablan las lenguas yuma, incluidos los solitarios havasupai, que poseen sus cultivos en el fondo del Gran Cañón del Colorado, y los mojave, que viven en la parte baja del río Colorado. Los pueblos de habla yuma viven en pequeños poblados de chozas cerca de los campos pantanosos de cultivo. Otros grupos pertenecientes a esta región cultural son los hopi de Arizona y la etnia tarahumara que habita en el estado mexicano de Chihuahua.

    Bosques Orientales

    El área cultural de los Bosques Orientales está formada por las regiones templadas del este de Estados Unidos y Canadá, desde Minnesota y Ontario hasta el océano Atlántico por el este, y Carolina del Norte por el sur. Esta vasta región, que en origen contaba con bosques muy tupidos, estuvo habitada en principio por cazadores, algunos de los cuales utilizaban puntas de flecha clovis. Hacia el 7000 a.C., cuando las condiciones climatológicas se modificaron y fueron más cálidas, emergió una cultura arcaica. Los pueblos de esta área subsistían, cada vez en mayor medida, a base de carne de venado, frutos secos y granos silvestres. Hacia el 3000 a.C. la población de los Bosques Orientales alcanzó culturalmente unos niveles que no se volvieron a dar hasta después del 1200 d.C. El cultivo de la calabaza lo aprendieron de los antiguos mexicanos y en el Medio Oeste cosechaban girasoles, amarantos, arándanos y otras plantas similares. Todas ellas se cultivaban para recoger las semillas, que —a excepción de las de girasol— se molían para fabricar harina. Fueron proliferando la pesca y la captura de crustáceos y, en las costas de Maine, pescaban el pez espada. En el área occidental de los Grandes Lagos se extraía cobre a cielo abierto, con el que se fabricaban cuchillos y diversos adornos, y en toda la zona de los Bosques Orientales se tallaban pequeñas esculturas en piedras preciosas.

    Después del año 1000 a.C. el clima se fue enfriando y comenzaron a escasear los alimentos, lo que provocó una disminución de la población en la parte atlántica de la región. En el Medio Oeste, sin embargo, los pueblos se organizaron en grandes redes comerciales y levantaron grandes túmulos abovedados para ser utilizados como centros de actividades religiosas. Estos primeros constructores de túmulos, denominados hopewell, cultivaban maíz, pero dependían más bien de los alimentos arcaicos. Hacia el 400 d.C. la cultura hopewell declinó.

    En el 750 surgió la cultura del Mississippi basada en una agricultura intensiva del maíz. Sus pobladores construyeron grandes ciudades con plataformas de tierra, o túmulos, que servían de sustento para los templos y las residencias de los gobernantes. En el río Mississippi, en la actual Saint Louis, Missouri, los pueblos de esta zona construyeron la ciudad de Cahokia, que tal vez alcanzara una población de 50.000 habitantes. Cahokia contaba con centenares de túmulos y su templo principal se hallaba sobre el más grande: 30 m de altura, unos 110 m de largo y 49 m de ancho. Durante este periodo el cultivo del maíz también adquirió gran importancia en la región atlántica, aunque no se construyó ninguna ciudad.

    La presencia de los europeos en los Bosques Orientales data al menos del 1000 d.C., cuando algunos colonizadores procedentes de Islandia intentaron asentarse en Terranova. A lo largo del siglo XVI, los pescadores y balleneros europeos utilizaron la costa de Canadá. La colonización europea de esta región se inició en el siglo XVII. No fue preciso vencer gran resistencia, en parte porque los indígenas de la región habían sufrido grandes epidemias provocadas por el contacto con los europeos. Por estas fechas, las ciudades del Mississippi también habían desaparecido, probablemente como consecuencia de las epidemias.

    Los pueblos indígenas de los Bosques Orientales abarcan a los del pueblo iroqués, como los mohawk o wyandot; a los pueblos de lengua algonquina, como los delaware, shawnee, mohicano, ojibwa, fox, shinnecock, potawatomi e illinois, y de la familia lingüística siux, como los iowa y winnebago. Algunos pueblos de los Bosques Orientales emigraron hacia el oeste durante el siglo XIX; otros permanecen en esta región dentro de sus pequeñas comunidades.

    El Sureste

    El área cultural del Sureste es la región semitropical al norte del golfo de México y al sur de la región medioatlántica-Medio Oeste; se extiende desde la costa atlántica hacia el oeste hasta encontrarse con Texas. Gran parte de este territorio estuvo formado por bosques de pinos que los indígenas de la región mantenían limpios de maleza, una forma de controlar la enorme cantidad de venados para su caza.

    El cultivo de las plantas autóctonas se inició a finales del periodo arcaico, hacia el año 3000 a.C., y en la región vivía una población muy numerosa. En el 1400 a.C. se construyó una ciudad, nombrada por los modernos arqueólogos como Poverty Point, cerca de la actual Vicksburg, en Mississippi. Igual que las ciudades del Mississippi 2.000 años después, Poverty Point tenía una gran plaza central y enormes túmulos de tierra que hacían las funciones de plataformas para los templos o de enterramientos cubiertos.

    El número de indígenas del área del Sureste fue creciendo hasta producirse los primeros contactos con los europeos. El cultivo del maíz hizo su aparición hacia el 500 a.C. Se siguieron construyendo más ciudades y se comerciaba activamente con artículos artesanos. El primer conquistador europeo, el español Hernando de Soto, cruzó el Sureste con su ejército entre 1539 y 1542; las enfermedades que llevaron consigo los españoles de su expedición causaron la muerte a miles de indígenas.

    Entre los pueblos del Sureste figuraban los cherokee, los choctaw, los chickasaw, los creek y los seminola, conocidos por los primeros exploradores como las Cinco Tribus Civilizadas, ya que se parecían a las naciones europeas en cuanto a organización y economía, y porque incorporaron a su forma de vida algunas notables importaciones europeas (como los árboles frutales). Otro famoso pueblo del Sureste fue el natchez, cuya evolucionada cultura de construcción de túmulos fue totalmente destruida por los europeos durante el siglo XVIII.

    Las Grandes Llanuras

    Las Grandes Llanuras de Norteamérica se extienden desde el centro de Canadá hasta México, por el sur, y desde el Medio Oeste hasta las montañas Rocosas, por el oeste. La caza del búfalo constituía en todos los casos la principal fuente de sustento en esta área cultural, hasta que las manadas fueron exterminadas en la década de 1880. La mayoría de los pueblos de las Grandes Llanuras vivían como pequeños grupos nómadas que se desplazaban siguiendo a las manadas en busca de alimento y pieles. A partir del 850 d.C. se construyeron algunas ciudades a lo largo del río Missouri y en la zona central de esta enorme meseta.

    Los hábitos de los pueblos de las Grandes Llanuras son los que hoy se conocen como ‘típicas costumbres indias’: largos tocados de plumas, viviendas tipo tepee, pipa ceremonial, trajes de cuero y danzas con un gran sentido religioso. Durante el siglo XIX, cuando los colonos invadieron sus territorios, las costumbres de estos pueblos se hicieron célebres a través de los periódicos, revistas y fotografías que popularizaron esta región.

    Entre los primitivos pueblos de las Grandes Llanuras se encuentran los indios blackfoot o pies negros, cazadores de búfalos, así como los mandan e hidatsa, que se dedicaban a la agricultura en las márgenes del río Missouri y que eran conocidos por los comerciantes franceses como los gros ventres del Missouri. Cuando los colonos europeos se asentaron en los Bosques Orientales, muchos pueblos del Medio Oeste se trasladaron a las Grandes Llanuras, entre ellos los siux, los cheyene y los arapajó. Anteriormente, hacia 1450, ya habían comenzado a trasladarse a esta región algunos miembros de los pueblos shoshón y comanche procedentes de los valles situados al oeste de las montañas Rocosas. A partir de 1630, estos pueblos se apropiaron de numerosos caballos de los ranchos españoles en Nuevo México para comerciar con ellos por toda la región. Así, la cultura de los pueblos de las Grandes Llanuras de aquella época mostró algunos elementos de las áreas culturales vecinas. Otros pueblos de esta región son también los tonkawa y crow.

    Región Intermontañosa de California

    Esta área comprende los sistemas montañosos y valles de Utah, Nevada y California. Hacia el 8000 a.C. se desarrolló una forma de vida arcaica: caza del venado, pesca, caza con red de aves migratorias, recolección de piñas y semillas silvestres, que perduró sin grandes cambios hasta el 1850 d.C. Los poblados eran sencillos, formados por chozas, que durante los meses más cálidos apenas se cubrían. La tecnología agrícola era muy compleja; la cestería alcanzó el grado de auténtico arte. En la costa de California, las gentes pescaban y cazaban morsas, delfines y otros mamíferos acuáticos desde las barcazas; la riqueza de recursos fomentó un comercio muy reglamentado que utilizaba las conchas de mar como ‘moneda’ de cambio (véase Wampum).

    Los paiute, ute y shoshones del norte y oeste son los pueblos más conocidos de la región de los valles conocida como Gran Cuenca; las tribus de la zona de California incluyen a los yurok en el noroeste; a los pomo, maidu, miwok, patwin y wintun en el centro, y a las ‘tribus de misiones’ en el sur, cuyos nombres impuestos por los europeos proceden de las misiones españolas que intentaban convertirlos, como por ejemplo, los diegueños, luiseños, ignacianos, gabrielinos y otros.

    La región de la Meseta

    Esta región comprende los bosques perennes y las montañas de Idaho, el este de Oregón y Washington, el oeste de Montana y la parte limítrofe de Canadá. Al igual que en la región Intermontañosa, en la Meseta predominaba el tipo de vida arcaico, aunque enriquecido con las subidas anuales del salmón por los ríos Columbia, Snake, Fraser y sus afluentes, así como por las cosechas de ‘camas’ (una planta del oeste de Estados Unidos de bulbo comestible) y otros tubérculos y raíces alimenticias de las praderas. La gente vivía en poblados construidos con casas redondas semienterradas en el invierno y acampaban en chozas en el verano. Desecaban grandes cantidades de salmón y bulbos para alimentarse en invierno y, en la parte baja del río Columbia, los pueblos wishram y wasco fundaron un poblado que servía de punto de encuentro, comercio y compra de alimentos desecados para los viajeros procedentes de la costa del Pacífico y las Grandes Llanuras.

    Entre los pueblos de la Meseta se encuentran los nez percé, walla walla, yakima y umatilla de la familia lingüística sahapta; los flathead, spokane y okanagon de la familia lingüística salish, y los cayuse y kutenai (sin ninguna filiación lingüística).

    La Subártica

    La región Subártica comprende la mayor parte de Canadá, que se extiende por el oeste desde el océano Atlántico hasta las montañas que bordean el océano Pacífico, y por el sur desde la tundra hasta unos 300 km de la frontera actual de Estados Unidos. La mitad oriental de esta región estuvo helada en su mayor parte, por lo que el suelo y el drenaje son muy pobres. La práctica de la agricultura era casi imposible por la escasez de temperaturas cálidas, por lo que los pueblos de esta región vivían de la caza del alce y el caribú y de la pesca. Eran nómadas, se refugiaban en tiendas de campaña o algunas veces, en la parte occidental, en viviendas circulares semienterradas (como en la región de la Meseta). Para trasladar sus campamentos se servían de canoas en verano y de trineos en invierno. Debido a la escasez de alimentos, la población de la región Subártica siempre fue muy reducida.

    Los pueblos indígenas de la mitad oriental de esta región hablaban la lengua algonquina; entre ellos se encuentran los cree, ottawa, montagnais y naskapi. En la mitad occidental se hablan las lenguas athabascas septentrionales, entre ellas la chipewyana, beaver, kutchin, ingalik, kaska y tanana. Muchos pueblos subárticos, aunque asentados en la actualidad en poblados, aún continúan viviendo de las pieles, la pesca y la caza.

    La Costa Noroccidental del Pacífico

    La costa oeste de Norteamérica, desde el sur de Alaska hasta el norte de California, forma el área cultural de la Costa Noroccidental del Pacífico. Limitada al este por cordilleras, el territorio habitable es una franja de tierra entre el mar y la montaña. El mar es rico en mamíferos marinos y en peces, como el salmón y el halibut; en tierra firme hay ovejas y cabras de monte, alces (véase Wapití), abundantes bayas, raíces y tubérculos comestibles. Estos recursos abastecían a una densa población organizada en grandes poblados en los que la gente vivía en casas de madera, algunas de más de 30 metros de longitud. Cada vivienda albergaba a una amplia familia, a veces con esclavos, y era dirigida por un jefe. Durante el invierno, los habitantes escenificaban dramas religiosos e invitaban a los poblados vecinos a celebrar con ellos las fiestas ceremoniales denominadas potlatch, en las que se repartían abundantes obsequios. El comercio tenía una gran importancia y se extendía hacia otros continentes como el norte de Asia, donde se adquiría hierro para fabricar cuchillos. Las culturas de la Costa Noroccidental del Pacífico son también célebres por sus magníficas tallas en madera y tótems.

    Esta cultura se desarrolló después del 3000 a.C., cuando se estabilizaron los niveles marinos y se regularizaron las migraciones del salmón y algunos mamíferos de mar. El esquema básico de su vida apenas cambió y a lo largo de los siglos la artesanía en madera fue adquiriendo un alto grado de perfección. Algunos grupos indígenas de la Costa Noroccidental del Pacífico son los tlingit, tsimshian, haida, kwakiutl, nootka y chinook.

    La Ártica

    El área cultural Ártica discurre junto a las costas de Alaska y del norte de Canadá. Dado que los inviernos son prolongados y oscuros, resulta imposible cualquier tipo de agricultura; las gentes viven de la pesca y la caza de focas, caribús y ballenas. Las viviendas tradicionales en verano eran las tiendas. Las casas invernales eran redondas, con estructuras muy aislantes de pieles y tepees; en el centro de Canadá, las viviendas de invierno se solían construir con bloques de hielo. La población era escasa debido a los escasos recursos.

    El Ártico no estuvo habitado hasta el 2000 a.C. aproximadamente, después de que los glaciares se hubieran derretido totalmente en la región. En Alaska, los inuit y los yuit desarrollaron una ingeniosa tecnología para afrontar la dureza del clima y la escasez de recursos. Hacia el 1000 d.C. varios grupos de inuit de Alaska emigraron a través de Canadá hacia Groenlandia; bautizada como la cultura thule, parece ser que absorbieron a un pueblo anterior en el este de Canadá y en Groenlandia (la cultura dorset). Estos pueblos reciben ahora el nombre de inuit de Groenlandia. Debido a esta migración, las culturas y lenguas inuit tradicionales presentan grandes analogías desde Alaska hasta Groenlandia. Los yuit viven en el suroeste de Alaska y en el extremo oriental de Siberia, y están emparentados con los inuit en cuanto a cultura y antepasados, pero su lengua es algo diferente. Parientes remotos de los inuit y los yuit son los aleutianos, que desde 6000 a.C. están asentados en su patria en las islas Aleutianas, dedicados a la pesca y caza de mamíferos marinos.

    Mesoamérica

    Las civilizaciones se desarrollaron en México y en la parte superior de Centroamérica a partir del 1400 a.C. Estas civilizaciones surgieron de un estilo de vida arcaico cazador-recolector que hacia el 7000 a.C. incluía el cultivo de pequeñas cantidades de frijol, calabaza y maíz. Hacia el 2000 a.C. los antiguos mexicanos dependían totalmente de las plantaciones de estos cultivos, además de amaranto, aguacate y otras frutas, así como del chile (ají). Las ciudades fueron creciendo y hacia el 1400 a.C. la civilización olmeca poseía una capital con palacios, templos y monumentos construidos sobre una enorme plataforma de unos 50 m de altura y cerca de 1,6 km de longitud. Los olmecas vivían en la selva de la costa del golfo de México; sus rutas comerciales se extendieron hasta Monte Albán en el oeste de la República Mexicana (en el actual estado de Oaxaca) y el valle de México. A medida que fue disminuyendo el poder de los olmecas (hacia el 400 a.C.), fueron en aumento los asentamientos en las montañas del interior y, poco antes del comienzo de la era cristiana, la primera ciudad del México precolombino había alcanzado dimensiones urbanas en Teotihuacán en el valle de México. Desde el 450 hasta el 600 Teotihuacán dominó el Altiplano, comerciando con Monte Albán y con los reinos mayas que habían surgido en el suroeste de México, y conquistando a pueblos rivales por el sur incluso en el valle de Guatemala. Teotihuacán ocupaba unos 21 km2 con bloques de viviendas de varios pisos, mercados, multitud de pequeños talleres, templos sobre plataformas y palacios cubiertos de murales.

    La cultura maya también se distinguió por desarrollar, caso único entre los pueblos indígenas americanos, una lengua escrita basada en glifos.

    Hacia el 700 d.C. Teotihuacán sufrió una serie de ataques que le arrebataron su supremacía. Más adelante, en ese mismo siglo, muchas ciudades mayas quedaron abandonadas, tal vez arruinadas al tocar a su fin el comercio con Teotihuacán. Otras ciudades mayas, sobre todo en el norte de Yucatán, no corrieron la misma suerte. Hacia el año 1000, una nueva potencia del México central —los toltecas— comenzaron a formar un imperio alrededor del ya existente en el valle de México y penetraron en el territorio maya de Chichén Itzá. Este imperio se derrumbó en 1168. Hacia el 1433, el valle de México había recuperado el dominio sobre la mayor parte de México como resultado de una alianza de tres reinos vecinos. Esta alianza garantizaba una patria a partir de la cual el rey Moctezuma I de los aztecas inició sus conquistas territoriales durante el siglo XV. El imperio floreció hasta 1519, año en el que el conquistador español Hernán Cortés arribó a la costa oriental de México y avanzó junto a sus aliados mexicanos, los tlaxcaltecas, enemigos de los aztecas, en dirección a la capital azteca, Tenochtitlán. Las luchas internas y las epidemias vinieron a debilitar a los mexicanos, circunstancias que hicieron posible que Cortés triunfara en su conquista.

    En el momento de las primeras conquistas españolas, los pueblos indígenas de México formaban parte de los dominios del Imperio azteca, de los reinos y señoríos mixtecos en el actual estado de Puebla y de los tarascanos en el estado de Michoacán, así como de los zapotecas en Oaxaca, los tlaxcaltecas de Tlaxcala, los otomíes en Hidalgo, los totonacas en Veracruz, los supervivientes del estado maya de Mayapán en Yucatán y grupos menores de filiación mayense en el sur, además de otros grupos independientes en las regiones fronterizas, como los yaquis, huicholes y tarahumaras en el norte de México. Tras la conquista española —que tardó más de dos siglos en abarcar a todo México— la mayoría de los grupos indígenas se vio obligada a sobrevivir como campesinos gobernados por la clase alta hispano-mexicana.

    El área cultural de Mesoamérica —México, Guatemala, El Salvador, la parte occidental de Honduras y de Nicaragua— destacaba por su carácter agrícola, abasteciendo a los mercados de las grandes ciudades en las que los comerciantes traficaban con utensilios, vestidos y artículos de lujo importados a través de las lejanas rutas terrestres y marítimas. En las ciudades vivían los artesanos y los trabajadores, los mercaderes, la clase opulenta, así como los sacerdotes y eruditos que registraban las obras literarias, históricas y científicas en textos jeroglíficos (la astronomía estaba especialmente desarrollada, véase Astronomía maya). Las ciudades se decoraban con esculturas y vistosas pinturas, que representaban los símbolos mesoamericanos del poder y el saber: el águila, el jaguar y la serpiente.

    Sudamérica

    Las áreas culturales de Sudamérica abarcan desde la parte inferior de Centroamérica —el este de Honduras, Nicaragua y Costa Rica— hasta el extremo meridional de América del Sur. Cabe distinguir cuatro áreas principales: 1) la parte norte de Sudamérica y el Caribe; 2) los Andes centrales y meridionales y la costa adyacente del Pacífico; 3) la selva tropical del este de Sudamérica, y 4) la Sudamérica meridional, un área que alberga sólo a pueblos nómadas de cazadores-recolectores.

    La parte norte de Sudamérica y el Caribe

    El área cultural de la parte norte de Sudamérica y el Caribe incluye tierras bajas de selva, sabanas cubiertas de hierba, la parte septentrional de la cordillera de los Andes, algunos territorios áridos del oeste de Ecuador y las islas del Caribe. Debido a su ubicación geográfica, la región podría prestarse a servir de vínculo entre las grandes civilizaciones de México y Perú, pero por la dificultad que entrañan los desplazamientos por tierra a través de la selva y las montañas de la parte baja de Centroamérica, los contactos precolombinos entre Perú y México se desarrollaron sobre todo por mar, desde el golfo de Guayaquil en Ecuador hasta los puertos occidentales de México. Los pueblos indígenas de la parte norte de Sudamérica y el Caribe vivían en pequeños estados independientes. Aunque comerciaban directamente con México y Perú a través de Ecuador, estos grandes imperios nunca entraron en contacto con ellos.

    Los hallazgos de puntas de flecha tipo clovis indican la presencia de cazadores en la zona ya en el 9000 a.C.; otros testimonios sugieren que en la zona septentrional ya existían habitantes hacia el 18.000 a.C. El estilo arcaico de vida se prolongó desde los tiempos de la desaparición de los mastodontes y los mamuts, en el periodo Clovis, hasta el 3000 a.C. aproximadamente. En esta época, los moradores de los poblados desarrollaron el cultivo del maíz en Ecuador y de la mandioca en Venezuela, además de que prosperó la alfarería. Con fecha posterior fueron colonizadas por primera vez las islas del Caribe. Hacia el 500 a.C., en las ciudades de algunas áreas del norte de Sudamérica aparecieron estilos locales específicos de escultura y metalistería. El crecimiento de la población y el progreso tecnológico prosiguieron hasta que los españoles conquistaron esta región; por entonces, los reinos Chibcha de Colombia ya eran célebres por su exquisita artesanía en oro. En el entorno del mar Caribe, los pequeños grupos como los misquito de Nicaragua, los cuna de Panamá y los arawak y caribe de las islas se dedicaban a la agricultura y la pesca en las proximidades de sus poblados; los caribes también vivían a lo largo de la costa de Venezuela. Estos pueblos practicaban un estilo de vida más sencillo que el de los pueblos de los estados septentrionales andinos.

    Andes centrales y meridionales

    La cordillera de los Andes, que se extiende por toda la mitad occidental de Sudamérica, junto con los angostos valles costeros entre las montañas y el océano Pacífico, constituyeron el territorio de una de las grandes civilizaciones del continente.

    En tiempos recientes, las excavaciones del yacimiento del Monte Verde en el sur de Chile han proporcionado pruebas irrefutables de la existencia humana ya por el 13.000 a.C. Algunas excavaciones algo más al norte, en Perú, revelan que hacia el 700 a.C. se cultivaban frijol y ají. Algunos siglos más tarde se produjo la domesticación de las llamas. A veces se criaban cobayas o cuis como alimento comestible; el algodón, la papa, el maní y otros alimentos se fueron incorporando a la agricultura peruana, y hacia el 2000 a.C. se introdujo el maíz procedente de los Andes septentrionales. Los pueblos de la costa del Pacífico, Chile, Perú y Ecuador, también supieron aprovechar la riqueza marina, con su abundancia de especies, así como las aves acuáticas, las morsas, los delfines y los crustáceos.

    Después del año 2000 a.C. los pueblos asentados en los diferentes valles costeros del Perú central se aliaron para construir grandes templos de piedra y adobe sobre enormes plataformas. Después del 900 a.C. estos templos se destinaron a una nueva religión, centrada en la ciudad de Chavín de Huantar. Esta religión tenía como símbolos el águila, el jaguar, la serpiente (probablemente una anaconda) y el caimán, que simbolizaba el agua y la fertilidad de las plantas. Estos símbolos son en cierta forma análogos a los de las religiones de México, pero no se conoce ningún vínculo concreto entre ambas culturas. Después del 300 a.C. comenzó a declinar la influencia de Chavín, o posiblemente su dominio político. Surgió así la cultura moche o mochica en la costa septentrional de Perú y la nazca en la costa sur. Ambas dieron lugar a la construcción de grandes proyectos de regadío, ciudades y templos, desarrollándose un comercio intenso que incluía la exportación de cerámica fina. Los moche representaron su vida cotidiana y sus mitos en pinturas y en esculturas cerámicas; se retrataban como feroces guerreros y también fabricaron esculturas de cerámica modelada que representaban viviendas con familias, plantas cultivadas, pescadores e incluso parejas de amantes. También eran diestros trabajadores del metal.

    Hacia el 600 d.C. las culturas moche y nazca desaparecieron y surgieron dos nuevos estados poderosos en Perú: Huari en las montañas centrales y Tiahuanaco en las montañas meridionales del lago Titicaca. Tiahuanaco fue un gran centro religioso que hizo resurgir los símbolos de Chavín, pero ambos estados duraron pocos siglos. A partir del siglo XI volvieron a adquirir importancia los estados costeros, especialmente Chimú en el norte, con su amplia y esplendorosa ciudad capital Chanchán, construida de adobe y piedra. Todo Perú llegó a estar dominado por un estado que nació en las montañas centrales en Cuzco; era el estado quechua, pueblo que pasó a ser el componente más poderoso del Imperio inca. El emperador inca de aquella época, Pachacutec Inca Yupanqui, inició la expansión de su Imperio en el siglo XV; hacia 1525, los incas dominaban desde Ecuador hasta Chile y Argentina. Entre 1525 y 1532 se desencadenó una guerra civil en su seno y a su término desembarcó en Perú el conquistador español Francisco Pizarro, que apenas tuvo dificultades para conquistar al devastado Imperio inca.

    Durante este periodo, las partes central y meridional de los Andes estaban habitadas por campesinos que cultivaban diversas plantas. Los productos locales, transportados en caravanas de llamas, se exportaban y se intercambiaban hacia la costa, las montañas y la selva tropical oriental. Los reinos de esta región estaban gobernados por administradores auxiliados por soldados y sacerdotes. Los peruanos carecían de lenguaje escrito, pero utilizaban el ábaco para sus cálculos aritméticos, y llevaban un registro numérico de carácter administrativo con ayuda de unos collares anudados, parecidos a los ábacos, denominados ‘quipus’.

    La selva tropical

    Se cree que los territorios bajos de la selva en el este de Sudamérica fueron colonizados después del año 3000 a.C., ya que los arqueólogos no han encontrado rastros de pueblos anteriores. La población siempre fue relativamente escasa, concentrada en las orillas de los ríos, de donde obtenían sus alimentos y plantaban diversos cultivos, incluidas algunas plantas alucinógenas para celebrar sus ceremonias religiosas, que además exportaban hacia el Perú. Aunque cazaban animales como los tapires y los monos, la selva protegía a muy pocas especies. No había grandes ciudades y la gente vivía en poblados de chozas. Apenas llevaban vestimenta, debido al calor húmedo, pero tejían telas de algodón y se adornaban con pinturas corporales. Entre la multitud de pequeños grupos del área cultural de la selva tropical se encuentran los makiritares, yanomami, bororó, botocudo, tapuya, mundurucu, tupinamba, shipibo y cayapó. En la parte septentrional de la selva tropical habitan algunos grupos de lengua arawaka y caribe. Aunque los grupos de la selva tropical hoy conservan gran parte de su tradicional forma de vida, padecen enfermedades importadas por los europeos, así como la destrucción de su territorio por parte de los granjeros, madereros, mineros y empresas de explotación agrícola.

    Sudamérica meridional

    En Uruguay, Argentina y Chile, los pueblos agrícolas como los mapuche del grupo araucano de Chile, aún viven en poblados y cultivan maíz, papas o patatas y cereales. Aunque en tiempos criaban llamas, tras la invasión española empezaron a domesticar otro tipo de animales como vacas, ovejas, cerdos y gallinas, además de utilizar los caballos para pastorear y para la guerra. Más al sur, en la Pampa, no resultaba posible practicar la agricultura, por lo que los habitantes de esta región vivían de la caza del guanaco y ñandú y, en las costas, de la pesca y la recolección de crustáceos. En el archipiélago de Tierra del Fuego se han descubierto utensilios para la caza y recolección que se remontan al 7000 a.C. En la Patagonia, la caza sufrió una gran transformación cuando apareció el caballo traído por los españoles a mediados del siglo XVI. Los tehuelches cazaban guanacos a caballo y, al igual que los pueblos de las Grandes Llanuras de Norteamérica, una vez que dispusieron de caballos para el transporte, construyeron viviendas mayores y les surgió la necesidad de abastecerse de otros artículos. Más al sur todavía, cerca del estrecho de Magallanes, los grupos ona y alacalufe carecían de la caza existente en el norte; sobrevivían a base de pescado y crustáceos, pero también cazaban focas y morsas. Como pueblos nómadas, vivían en pequeñas viviendas cónicas cubiertas con pieles de guanaco. A pesar del clima frío y brumoso, iban casi desnudos. Parece ser que la vida en Tierra del Fuego apenas sufrió alteración a lo largo de 9.000 años, ya que su clima no permitía ni la agricultura ni el pastoreo. Los pueblos indígenas de esta región padecieron también graves enfermedades llevadas por los europeos y en la actualidad quedan muy pocos supervivientes.

    Formas de vida

    Entre las formas tradicionales de vida de los grupos indígenas americanos hay que destacar su organización social y política, sus actividades económicas, así como sus religiones, lenguas y arte.

    Organización social y política

    La organización social de los diferentes grupos indígenas se basa en la familia. Algunas sociedades indígenas conceden gran importancia a la cooperación económica entre marido y mujer, y otras a la que se origina entre hermanos y hermanas.

    Las sociedades más pequeñas se dieron históricamente en las regiones en las que escaseaban los alimentos. Valgan como ejemplo los cree y los pueblos de habla athabasca de la región Subártica de Canadá, los paiute del desierto de Nevada y los ona de Tierra del Fuego. Desde el momento en que se practicó la agricultura, las comunidades aumentaron en número hasta llegar a estar formadas por miles de individuos. En Norteamérica y en la región de la selva tropical los diversos grupos indígenas vivían en poblados y formaban una alianza más o menos organizada con las comunidades vecinas. Cada una de las comunidades y la propia alianza estaban gobernadas por consejos, formados a su vez por representantes de cada una de las familias, y el consejo de la alianza estaba constituido por los representantes de cada comunidad. El consejo elegía a un hombre o a una mujer (especialmente en el sureste de Norteamérica y en la selva tropical de Sudamérica) que actuaba como jefe, es decir, presidía el consejo y actuaba como portavoz principal a la hora de negociar con otros pueblos. En muchas regiones las familias de los poblados se agrupaban en clanes, denominados ayllus en Perú. Éstos solían disponer de recursos como terrenos agrícolas y pozos de pesca que asignaban, según las necesidades, a las familias.

    En México y Perú, los reinos que habían contado con cientos de miles de súbditos quedaron estratificados en clases y se fundaron imperios de millones de personas. Los ciudadanos admitían la religión oficial, aunque a veces se permitía que las prácticas religiosas locales coexistieran con la religión oficial, mientras que los prisioneros de guerra y los deudores se convertían en esclavos. El Imperio inca de Perú estaba férreamente organizado y controlado, trasladando a las personas e incluso a los pueblos por todo su territorio según las necesidades del Imperio. En México, por el contrario, a los grupos locales de tipo clan se les solía conceder un poder limitado.

    Alimentación

    Al menos desde el 2000 a.C., la mayor parte de la población ha vivido de la agricultura. El maiz era el cereal más común, pero también gozaban de popularidad otras plantas: la papa o patata, cacahuate o maní, chile o ají, tomate, algodón, cacao, aguacate y otros muchos cultivos, que fueron cosechados por los americanos.

    El ganado tenía una importancia menor para los americanos que para los pueblos de otros continentes. En las culturas meridionales las proteínas se obtenían de las plantas, en concreto del frijol, mientras que a lo ancho de todo el continente americano se ingerían más proteínas procedentes del pescado y la caza, especialmente del venado. Las técnicas de preparación de los alimentos variaban según el tipo de comida y el área cultural. Siempre han jugado un papel preeminente las técnicas de desecado de alimentos, incluida la carne.

    Vestimenta y adornos

    Los indígenas americanos no concedían demasiada importancia a la vestimenta, pero sí a los adornos. Los pueblos de climas cálidos, por ejemplo, apenas cubrían sus cuerpos, excepto en las celebraciones; en tales ocasiones se adornaban con flores, se pintaban el cuerpo y usaban extraordinarios tocados o penachos de plumas (véase Arte plumario). En los pueblos mesoamericanos y en Perú, los hombres llevaban un taparrabos y una manta anudada al hombro, y las mujeres vestían una falda y una blusa ligera; estos vestidos eran de algodón o, en el caso de Perú, de fina lana de vicuña. Los pueblos cazadores de Norteamérica confeccionaban prendas con pieles curtidas de ciervo, alce o caribú; solían tener forma de túnica, más largas las de las mujeres que las de los hombres, con mangas y perneras desmontables. En el Ártico, los inuit y los aleutianos vestían abrigos, pantalones y botas de caribú o, si era preciso, de piel impermeable de algún mamífero marítimo.

    Vivienda y construcción

    Las viviendas de algunos pueblos indígenas podrían parecer sencillas, pero eran bastante complejas. Los iglúes de los inuit, construidos con hielo en invierno o con pieles o tepees en verano, estaban dispuestos sobre un armazón de madera o barbas de ballena de forma abovedada, con una entrada semihundida para mantener el calor del interior y permitir su ventilación; el chikee de los seminola, climatizado de forma natural, se componía de una techumbre que cubría una plataforma abierta. El tepee de los pueblos de las Grandes Llanuras proporcionaba una vivienda eficaz para aquellos individuos que debían trasladar sus campamentos para poder cazar, ya que resultaban fáciles de transportar y de levantar.

    Los pueblos de climas fríos que disponían de madera abundante, como los indígenas de Tierra del Fuego y los grupos de la región Subártica, utilizaban cortavientos para mantener grandes fogatas. Otros pueblos pasaban las épocas de frío en construcciones abovedadas casi hundidas en la tierra para aislarse de las bajas temperaturas.

    Los pueblos de Mesoamérica y los Andes construían edificios de piedra y argamasa (cemento, cal y arena), así como de madera y adobe. Los edificios públicos y las viviendas de las clases más altas se erigían sobre plataformas elevadas y solían tener un gran número de habitaciones dispuestas en torno a los atrios y patios interiores. Véase Arte y arquitectura de Teotihuacán: Arquitectura; Arte y arquitectura mayas: Arquitectura.

    Comercio y transporte

    El comercio constituía una actividad económica trascendental en todos los grupos indígenas del continente. El antiguo Imperio azteca de México basaba su economía en la fabricación y exportación de diversos productos, como hojas de obsidiana, un cristal volcánico natural con el que se confeccionaban los mejores cuchillos de la época. Varios siglos más tarde, los aztecas organizaron sus conquistas enviando a los mercaderes a los demás reinos para que fomentaran el comercio, actuaran como espías y colaboraran en la conquista de aquéllos cuyos gobernantes se rehusaran a mantener relaciones comerciales.

    En el Imperio inca se construyeron magníficas carreteras en agrestes terrenos montañosos a fin de transportar grandes cantidades de productos locales con pobladas caravanas de llamas y vicuñas. El comercio también se practicaba por vía marítima a lo largo de toda Sudamérica y por México y el Caribe. Gran parte del comercio marítimo se efectuaba en grandes balsas de vela o, en el caso del Caribe, en canoas construidas con enormes troncos. Las grandes civilizaciones de Mesoamérica y los Andes intercambiaban productos alimenticios, textiles, cuchillos y cerámica, además de artículos de lujo como joyas, vistosas plumas de pájaros tropicales y chocolate. También se comerciaba con plantas, tanto medicinales como alucinógenas. Los artículos se compraban y vendían en grandes mercados al aire libre situados en las plazas o zócalos principales de los pueblos y ciudades.

    En otros reinos, el comercio se practicaba gracias a los grupos nómadas que eran recibidos en cada poblado por el jefe local, que supervisaba las transacciones que realizaba su pueblo. En muchas zonas se utilizaban las conchas de mar, las cuentas o las piedras preciosas como instrumento de trueque. En casi todas partes gozaban de gran consideración comercial las pieles y las plumas de vivos colores. En el oeste de Norteamérica, el salmón desecado, el aceite de pescado y las cestas tejidas con fibras vegetales constituían elementos importantes de intercambio, mientras que en el este se comerciaba con pieles curtidas de venado, cobre, perlas y conchas de mar.

    Actividades recreativas

    Los juegos y demás actividades de recreo de los indígenas americanos eran similares a los de otras civilizaciones. Los niños jugaban con figurillas de barro y juguetes en miniatura, imitando las actividades de los adultos. Los jóvenes y los adultos practicaban juego de pelota o tlachtli, con una pelota de caucho o hule en Mesoamérica y el norte de Sudamérica, de cuero o fibra en otros lugares. El tlachtli se jugaba en una cancha rectangular, y su finalidad consistía en hacer pasar una pelota dura a través de un aro de piedra colgado en alto. Otros juegos mesoamericanos eran el patolli, una especie de parchis y dados a la vez; el volador, que reproducía el movimiento de los astros, y el melagoaste, especie de ‘sube y baja’; todos ellos tenían carácter ritual y mitológico. La vilorta (juego con una pelota de madera) era muy popular en toda la región oriental de Norteamérica y más tarde fue adoptada por los colonizadores europeos. Las competiciones —carreras a pie, lucha, tiro con arco y, tras la llegada de los españoles, las carreras de caballos— estaban por lo general a la orden del día.

    Religión y folclore

    Las creencias y prácticas religiosas de los indígenas americanos eran muy variadas. Los pueblos mexicanos y andinos, los del suroeste, sureste y algunos grupos de la costa del Pacífico de Norteamérica disponían de jefes religiosos que ocupaban todo su tiempo en las tareas propias de su cargo, así como de templos o edificios dedicados a la adoración de sus respectivos dioses. Los pueblos de otras regiones tenían sacerdotes que desempeñaban esta actividad durante parte de su tiempo y por lo general carecían de templos permanentes. Los sacerdotes de medio tiempo y los chamanes o curanderos aprendían a dirigir las ceremonias ayudando a los más ancianos; en las culturas más importantes, los sacerdotes recibían su formación en escuelas anexas a los templos.

    La mayoría de los grupos indígenas creía en una fuerza espiritual como origen de toda la vida. En muchas áreas del continente americano, la fuerza divina se plasmaba de diversas formas: como luz y fuerza de vida, centrada en el Sol; como fertilidad y poder, ubicada en la Tierra; como sabiduría y poder de los dirigentes terrenales, reflejada en ciertas criaturas como el jaguar, el oso o las serpientes. En la mayor parte de América, los devotos religiosos potenciaban sus facultades de percepción de la divinidad utilizando a veces plantas alucinógenas, como el peyote, o en ocasiones ayunando y entonando canciones hasta alcanzar visiones espirituales.

    Los indígenas americanos creían que el alma de los difuntos viajaba a otra parte del Universo, donde disfrutaba de una existencia placentera mientras que desarrollaba las actividades cotidianas. El alma de las personas desdichadas o perversas vagaba por los alrededores de sus antiguas viviendas, provocando desgracias. Muchos pueblos indígenas celebraban una ceremonia conmemorativa anual en recuerdo de sus parientes difuntos; en Latinoamérica esta celebración se fusionó más tarde con la festividad cristiana del Día de los Difuntos. Véase Mitología azteca; Mitología maya; Mitología inca.

    Actividades guerreras

    Al margen de la exagerada afirmación europea acerca de la extremada belicosidad de los indígenas americanos, es cierto que antes de la invasión europea ya se habían producido numerosas guerras entre los diferentes pueblos. La mayoría de los indígenas peleaban en pequeños grupos, cifrando su victoria en el efecto sorpresa. Las grandes civilizaciones de México y Perú a veces practicaban el ataque por sorpresa, pero sus ejércitos también luchaban en formación disciplinada. Los aztecas libraron auténticas batallas, denominadas ‘guerras de las flores’, con los pueblos vecinos; su objetivo consistía en buscar prisioneros para después sacrificarlos a sus dioses (los aztecas creían que el Sol se apagaba si no se le alimentaba con sangre humana). Otros pueblos indígenas realizaban incursiones para capturar prisioneros que utilizaban como esclavos. Algunas batallas fueron producto de la venganza. Al parecer, la causa más frecuente de enfrentamiento era la defensa o conquista de territorios.

    Antes de la colonización española, la guerra se desarrollaba a pie o desde las canoas. Tanto en las grandes civilizaciones de México y Perú, como en otras sociedades indígenas menores, se practicaba el combate cuerpo a cuerpo con mazas, hachas y espadas, así como el combate a media distancia con jabalinas y flechas arrojadas con arcos (llamados en náhuatl, atlatls). El arco y las flechas se utilizaban en los ataques, y los dardos de fuego se lanzaban contra los poblados de chozas. Cuando los españoles introdujeron el caballo, los indígenas desarrollaron la técnica del ataque a caballo.

    Lenguas

    En la actualidad, en el continente americano se hablan unas mil diferentes lenguas indígenas, y varios centenares más han desaparecido desde la conquista. Los habitantes de algunas regiones no sólo hablaban su lengua nativa sino también las de los grupos con quienes mantenían contacto habitual. En diferentes instancias, una misma lengua servía de idioma común para toda una región multilingüe; por ejemplo, el tucano (área del Amazonas occidental) y el quechua (región andina). Algunas regiones poseían un idioma comercial, lengua simplificada o mezcla de varias de ellas, útil para los comerciantes con una lengua indígena distinta; entre ellas se cuentan la chinook (costa del Pacífico, Norteamérica), el mobilio (Norteamérica, Sureste) y la lingua geral (Brasil). Los lingüistas han agrupado a un gran número de lenguas aborígenes en unas 180 familias, pero otras muchas carecen de filiación conocida; los eruditos difieren a la hora de establecer unas relaciones más amplias entre las familias. Las características gramaticales, los sistemas fonéticos y la formación de las palabras varían mucho de una familia a otra, pero dentro de una misma región una familia puede ejercer una gran influencia sobre otra. Véase Lenguas aborígenes (Estados Unidos y Canadá); Lenguas aborígenes de Hispanoamérica.

    Artesanía y arte

    Casi todas las técnicas artísticas conocidas en Europa, Asia y África durante el siglo XVI, resultaban familiares para los indígenas americanos antes de la llegada de los europeos, aunque no siempre se aplicaran de la misma forma. Por ejemplo, aun cuando las naciones andinas contaran con excelentes artesanos del metal, fabricaban muy pocos utensilios metálicos (la gente solía utilizar herramientas de piedra); sin embargo, toda su maestría la aplicaban en la creación de magníficos adornos. Fruto de todo ello fueron el excelente arte y arquitectura precolombinas.

    Trabajo en piedra

    El arte más antiguo conocido por los arqueólogos es el trabajo de sílex o lascas de piedra. Entre el 9000 y el 6000 a.C. se fabricaron con gran destreza puntas de piedra para flechas y dardos. Mientras que el trabajo en sílex desaparecía lentamente en algunas áreas culturales, en Mesoamérica el arte de tallar el sílice (véase Cuarzo) y sobre todo la obsidiana continuaba gozando de alta consideración. A finales del periodo arcaico, después del 300 a.C., la técnica del horadado y pulimentado (en vez de la talla) alcanzó el nivel de arte. Entre el 1500 y el 400 a.C., los olmecas fabricaron en Mesoamérica pequeños adornos de piedras semipreciosas, así como delicadas esculturas naturalistas en piedra de tamaño natural. Véase Arte olmeca.

    En cuanto a la arquitectura, las culturas andinas prehispánicas desarrollaron al máximo la construcción en piedra, acoplando los bloques de piedra pulimentados con tanta precisión, que se hacía innecesario el uso de argamasa en muros que después se han mantenido en pie más de mil años (véase Arte inca). Los pueblos mesoamericanos también construían con piedra, pero por lo general recubrían los edificios con yeso o escayola y los adornaban con murales. Véase Arte azteca.

    Cerámica

    La cerámica más antigua del continente data del año 3500 a.C. aproximadamente. Hacia el 2000 a.C. ya habían aflorado varios estilos conocidos de cerámica y en los objetos de los siglos posteriores se pueden diferenciar las piezas de cocinar a diario de la vajilla de comer. Entre los estilos más excepcionales destacan las vasijas mayas decoradas con escenas de la realeza y la mitología.

    Véase Arte y arquitectura mayas: Cerámica y lítica.

    Cestería

    Desde su nacimiento como arte del periodo arcaico en América (hacia el 8000 a.C. o incluso antes), la labor de cestería no ha cesado de evolucionar alcanzando niveles muy altos de artesanía. En casi todo el continente se conocían diferentes técnicas para confeccionar cestos y canastos, entre las que destacan el tejido, trenzado y enrollado de fibras vegetales; las técnicas de decoración incluían el bordado y la aplicación de plumas vistosas, conchas de mar y abalorios.

    Tejidos

    En toda América se practicaba algún tipo de tejido, pero esta artesanía alcanzó su máximo desarrollo en las culturas andinas. En la antigua Sudamérica parece ser que en un principio se utilizaba el trenzado, que tanto en Norteamérica como en Sudamérica servía para confeccionar bolsas, cinturones y otros artículos. Casi tan difundido como el trenzado se hallaba el uso del telar de correa y el de cintura. En este tipo de telar, un artesano experto podía fabricar tejidos de enorme finura, aunque algo estrechos. Los telares de torzal hicieron su aparición en el Perú hacia el año 2000 a.C., permitiendo confeccionar telas más anchas. Los tejedores peruanos fabricaron con algodón y con lana de llama y vicuña algunos de los tejidos más finos, desde gasas ligeras hasta brocados por ambas caras. Véase Tejidos latinoamericanos.

    Metalistería

    En la parte alta del Medio Oeste de Norteamérica, durante el periodo arcaico tardío (c. 2000 a.C.) se batía el cobre para confeccionar cuchillos, punzones y otros utensilios y adornos (véase Metalistería). Sin embargo, el uso del cobre en esta región no constituía una auténtica metalurgia, ya que el metal que se batía procedía de yacimientos puros en vez de su fundición.

    La metalurgia más antigua de América proviene de Perú y se remonta hacia el 900 a.C.; dicha técnica se difundió por Mesoamérica, probablemente procedente del sur del continente a partir del año 900 d.C. A lo largo de los siglos intermedios fueron emergiendo diferentes técnicas, entre ellas la aleación, el dorado, la fundición, el moldeo a la cera perdida, la soldadura y el trabajo de filigrana. Nunca llegó a fundirse el hierro, y se empezó a utilizar el bronce poco después del año 1000 d.C. El trabajo al que se dedicaba mayor atención era a los metales preciosos: el oro y la plata.

    Artesanía en otros materiales

    Entre los pueblos cazadores, las pieles se utilizaron en gran medida para confeccionar vestidos, viviendas, escudos y recipientes. La talla en madera era una actividad muy difundida entre algunos grupos indígenas. Los pueblos de la costa del Pacífico en Norteamérica desarrollaron un estilo diferenciado de talla en madera, que variaba de una tribu a otra; los ejemplos más conocidos de dicho estilo son los tótems, troncos largos tallados y decorados con representaciones de los antepasados más notables de un clan y de figuras mitológicas.

    Algunos pueblos del suroeste de Norteamérica esparcían polen, carbón pulverizado y arenisca sobre un fondo de tierra, así como otras sustancias pulverizadas y coloreadas, con el objeto de crear dibujos simbólicos para utilizar en los ritos de curación y que a continuación destruían.

    Música y baile

    En Norteamérica se han podido establecer seis estilos o regiones musicales perfectamente diferenciadas: 1) el inuit y costa del Pacífico; 2) el de California y la vecina Arizona; 3) el de la Gran Cuenca; 4) el athabasco; 5) el de las Grandes Llanuras y el grupo pueblo, y 6) el de los Bosques Orientales. La música del norte de México tiene bastante en común con la de Arizona occidental; más hacia el sur, sin embargo, en las regiones mesoamericanas y andinas, hubo culturas musicales muy avanzadas. Apenas se conserva información acerca de la música de estas civilizaciones, y lo poco que queda de los estilos originales sobrevivió a la conquista española sobre todo en forma de fusión muy compleja y dispar de los elementos indígenas y españoles. En las demás regiones de Sudamérica, la música de los pueblos indígenas se hallaba bastante aislada de las influencias externas.

    Instrumentos y estilos vocales

    Entre los estilos musicales indígenas, el canto constituye la forma dominante de expresión musical, actuando la música instrumental como acompañamiento rítmico. En todo el continente, los instrumentos principales han sido los tambores y los cascabeles (agitados manualmente o fijados al cuerpo), así como las flautas y los silbatos; en algunas tribus brasileñas, por ejemplo, las mujeres no podían mirar las flautas de los hombres. En Mesoamérica y en los Andes existe una mayor variedad. Los instrumentos tuvieron un significado ritual o religioso; los curanderos y chamanes solían tocar el tambor de bastidor y las maracas.

    Inuit y pueblos de la costa del Pacífico

    Estos pueblos utilizan ritmos más complejos que los habituales en cualquier otra parte de Norteamérica, y las canciones presentan formas musicales más complejas y utilizan intervalos melódicos muy reducidos (un semitono o menos). Las representaciones de baile de esta región son producciones extensas y elaboradas, y las canciones para tales actos se estudian y ensayan con minuciosidad. Los bailes y los disfraces inuit son más sencillos, y los bailes suelen ser interpretados por hombres que imitan los poderosos movimientos al lanzar el arpón, mientras las mujeres cantan el acompañamiento.

    California y Gran Cuenca

    Los cánticos de estos pueblos se efectúan forzando mucho menos la garganta que en las demás regiones musicales de Norteamérica. Las melodías y los textos, sin embargo, son análogos a los de cualquier otra región en cuanto a la brevedad de las canciones, cuyas estrofas pueden repetirse o combinarse.

    Música athabasca

    La música de los pueblos de lengua athabasca se caracteriza por melodías que presentan una amplia gama y un perfil en forma de arco, así como por los frecuentes cambios de métrica; el canto en falsete es muy apreciado. Las danzas rituales con disfraces no son habituales excepto entre los apaches, quienes, al igual que los navajos, han sufrido la influencia de los indios pueblo. Gran parte de la música de los navajos proviene de los rituales de curación creados para devolver la armonía a los pacientes; éstos se sientan en la arena sobre bellísimos dibujos mientras escuchan canciones poéticas.

    Grandes Llanuras y grupo pueblo

    La música de las Grandes Llanuras es la que mejor se conoce de todos los estilos de Norteamérica; en esta región se originaron los estilos musicales que se escuchan en los actuales powwows, reuniones sociales, a menudo intertribales, en las que se practican bailes característicos. Los cánticos presentan un estilo tenso y vigoroso; se suelen utilizar voces masculinas, aunque también se aprecian las voces agudas y el falsete. Los rangos melódicos son amplios y el típico perfil melódico presenta forma escalonada, comenzando por los agudos y descendiendo a medida que progresa la canción. La música de esta región está creada por un grupo de hombres sentados alrededor de un gran tambor de doble cuerpo, cantando al unísono y tamborileando con los palillos. Durante los bailes, los hombres se mueven en solitario con el cuerpo encorvado (puede haber varios hombres bailando a la vez, pero de forma independiente), pero también hay danzas rituales con pasos simbólicos y bailes sociales en círculo para parejas.

    Los indígenas del grupo pueblo aportan una música en un tono más bajo; utilizan más los coros y ejecutan bellas danzas rituales con disfraces. A veces intervienen personas que realizan alguna representación que sirve de entretenimiento en los bailes más serios.

    Bosques Orientales

    La música de los Bosques Orientales se asemeja a la de las Grandes Llanuras, pero muestra rangos melódicos menos amplios y los cánticos orientales utilizan la polifonía así como formas antífonas (con coros alternantes) y responsorias (alternando la parte solista y el coro). Las danzas incorporan actuaciones solistas masculinas, así como bailes rituales y danzas sociales en círculo.

    México y Perú

    Quedan muy pocos testimonios de la música anterior a la llegada de los españoles en Latinoamérica; sólo se conocen algunos instrumentos como la quena o flauta de Pan, la ocarina (ambas de Perú), el huéhuetl y el teponaztli (ambas de México), además de flautas, silbatos y cascabeles; quedan algunos testimonios narrados que describen danzas rituales, así como escenas pintadas y talladas de músicos y bailarines. En México, las autoridades organizaban rituales cada mes, cuidadosamente ensayados, con cientos de músicos y bailarines vestidos con numerosos adornos y ricas vestimentas, dignas para la ocasión. Se practicaba el cántico de responsos; parece ser que se utilizaban escalas y acordes complejos, y las composiciones debían de tener una estructura formal, con diversidad de melodías combinando las métricas. Las arpas, los violines y las guitarras que intervienen en la música actual de México y Perú fueron incorporados por los españoles.

    Otras áreas sudamericanas

    En todas las demás regiones de Sudamérica, la música indígena apenas se vio influida por la música europea. La escala pentatónica de los incas se extendió a otras regiones, pero siguieron existiendo también las escalas primitivas de tres o cuatro notas. Los cánticos polifónicos, caracterizados por diferentes voces y melodías, proliferaron en algunas áreas, sobre todo en la Patagonia. Véase Música latinoamericana.

    Historia a partir de los contactos europeos

    Cuando los primeros europeos arribaron a las costas de lo que ellos consideraron el Nuevo Mundo —ya fuera en la isla de San Salvador (Antillas), la isla Roanoke (Carolina del Norte) o la bahía Chaleur (New Brunswick)— fueron, por lo general, recibidos con sorpresa y curiosidad por los indígenas. Al parecer, los indígenas americanos consideraron a estos visitantes de tez clara como enviados de los dioses, no sólo por sus caballos, vestimentas, barbas y barcos de vela, sino sobre todo por su tecnología: cuchillos y espadas de acero, arcabuces y cañones, espejos, calderos de cobre y latón, y otros objetos desconocidos para ellos.

    Relaciones con las potencias coloniales

    “Hemos venido aquí para servir a Dios y para hacernos ricos”, proclamaba un miembro del séquito del conquistador español Hernán Cortés. Estos dos objetivos, el comercial y el religioso, precisaban de los propios indígenas para verse coronados por el éxito. Los conquistadores y demás aventureros españoles ansiaban las tierras y el trabajo de los indígenas; los sacerdotes y frailes reclamaban sus almas. En última instancia, ambos propósitos resultaron destructivos para muchos pueblos indígenas del continente americano. El primero los privó de su libertad y, en muchos casos, de sus vidas; el segundo los despojó de su religión y su cultura.

    Sin embargo, hubo numerosos españoles del siglo XVI que mostraron sus dudas acerca de la ética de la conquista. Notables juristas y humanistas debatieron en profundidad la legalidad de privar a los indígenas de sus tierras y obligarlos a someterse a la autoridad española (véase Leyes de Indias). A los indígenas, sin embargo, estas discusiones éticas no les reportaron ningún beneficio.

    La situación fue bastante menos perniciosa en Canadá, donde los intereses comerciales franceses se centraban exclusivamente en el comercio de pieles. Muchos de los pueblos indígenas eran importantes proveedores de pieles de castor, nutria, rata almizclera, visón y otras especies. Hubiera sido contraproducente para los franceses haber maltratado a tan provechosos colaboradores. Además, era totalmente innecesario, ya que el aliciente de nuevas mercancías constituía un gran incentivo para los cazadores indígenas que transportaban las pieles a Montreal, Trois-Rivières y Quebec. Otro factor que favoreció la relativa independencia de los pueblos indígenas de Canadá fue la necesidad por parte de los franceses de encontrar aliados en sus guerras contra los ingleses, tanto en el sur (en las 13 colonias) como en el norte (en las costas de la bahía de Hudson). Así, los franceses y los ingleses utilizaron a los indígenas como ‘ejércitos’ en sus guerras, como en la guerra Francesa e India.

    Mientras que los franceses tendían a considerar a los pueblos indígenas como iguales y aceptaban los matrimonios mixtos, los ingleses no mostraban tal inclinación. El desprecio inglés procedía en gran medida de las tensiones y fricciones generadas por el ansia de los británicos por poseer cada vez más territorio. A diferencia de los franceses en Canadá, los ingleses colonizaron la costa atlántica de los actuales Estados Unidos a escala masiva, y en este proceso desalojaron a multitud de tribus.

    Los estragos de las enfermedades

    En 1492, el Caribe, México, Centroamérica y la región andina de Sudamérica se contaban entre las regiones de mayor densidad de población del hemisferio. Al cabo de unas décadas, todas ellas sufrieron un descenso demográfico catastrófico, debido, en gran medida, a las infecciones por microbios: enfermedades como la viruela, el tifus, la gripe y otras, todas ellas desconocidas en América antes de la conquista. Los indígenas eran vulnerables, desde el punto de vista inmunológico, a este conquistador invisible.

    La destrucción resultó especialmente notable en Latinoamérica, en donde grandes grupos de población se hallaban congregados en ciudades como Tenochtitlán y Cuzco, por no citar las innumerables ciudades y poblados esparcidos por todo el territorio. Más que ningún otro factor, la magnitud de las muertes por enfermedad fue el desencadenante del acalorado debate que se produjo en España acerca de la moralidad de la conquista.

    Debido a que la población indígena desaparecía lentamente en la región del Caribe, los españoles recurrieron a la captura de esclavos en tierras de la actual Florida para reforzar la mano de obra. Cuando esta medida también resultó insuficiente comenzaron a importar africanos para trabajar en los cultivos de caña de azúcar y en las minas de plata (véase Minas de Potosí).

    Los indígenas que lograban sobrevivir se asignaban a una plantación o explotación minera, a cuyo dueño debían todos sus servicios. El sistema de la encomienda equivalía en la práctica a la esclavitud. Esto influyó en la degradación del espíritu y la salud de los indígenas, haciéndolos todavía más vulnerables frente a las enfermedades.

    Las muertes causadas por infecciones no fueron tan generalizadas en los bosques canadienses, donde la mayoría de los pueblos vivían como cazadores-recolectores trashumantes. Las explotaciones agrícolas, como la del Hurón al norte del lago Ontario, sufrieron, en cambio, una importante despoblación por las oleadas de epidemias, tal vez desencadenadas por los sacerdotes jesuitas que fundaron misiones en la zona.

    Guerras y emigración forzosa

    Sin lugar a dudas, los pueblos del Canadá sufrieron menores desventuras que los de la América Latina e inglesa. En parte se puede explicar por la naturaleza del comercio de pieles, que iba en contra de la idea de asentamiento; se trataba de mantener el carácter salvaje para que estos animales pudieran continuar propagándose. Además, los asentamientos franceses en Canadá estaban restringidos a un estrecha franja de seigneuries (grandes extensiones de tierra) y poblados a lo largo de las orillas de los ríos San Lorenzo y la parte baja del Ottawa. Este legado demográfico y comercial continúa dejándose sentir en el Canadá de nuestros días, en que se pueden encontrar muchos grupos indígenas viviendo de una forma más o menos tradicional, al menos durante una parte del año.

    Por el contrario, las relaciones entre los ingleses y los indígenas durante los siglos XVII y XVIII estuvieron marcadas por una serie de guerras muy cruentas que fueron ganadas por los primeros. Éstos explotaron su victoria obligando a los indígenas a someterse a la soberanía inglesa y restringir sus actividades a unas franjas delimitadas de tierra próximas a las zonas de asentamiento inglesas o a trasladarse más allá de la frontera.

    Las enfermedades constituyeron también un factor dramático en las colonias inglesas, en las que la mayoría de los pueblos de los Bosques Orientales vivían como agricultores. Atacados seriamente por la viruela y las guerras, y acosados por los colonizadores, muchos de los pueblos indígenas de las áreas costeras orientales reunieron sus pertenencias y buscaron refugio al oeste de los montes Apalaches.

    La población indígena en nuestro siglo

    Estados Unidos y Canadá

    La población indígena de los Estados Unidos ha disminuido constantemente durante el siglo actual; en 1990 representaba cerca de dos millones, un 0,8% de la población total estadounidense. Según la oficina del censo de Estados Unidos, la población indígena aumentó más de un 20% entre 1980 y 1990. Algo más de un tercio vive en reservas indias; casi la mitad vive en zonas urbanas, por lo general, en las proximidades de las reservas. El gobierno de Estados Unidos administra unos 23 millones de hectáreas para 314 tribus y grupos reconocidos a nivel federal en forma de 278 reservas en 35 estados, además de pueblos, ranchos y otros terrenos. Los grupos indígenas continúan operando como gobiernos federales independientes en lo que queda de sus territorios originales.

    Los indígenas de Canadá sufrieron en menor grado la invasión europea. La disputa por las tierras fue mínima debido a la escasa población del territorio canadiense; se calcula que cuando llegaron los primeros colonizadores europeos sólo residían unos 200.000 indígenas en el territorio actual de Canadá. La población disminuyó durante el siglo pasado, pero los indígenas canadienses no tuvieron que sufrir las guerras indias de Estados Unidos, ya que la Ley India de 1876 sentó las bases legales de su organización. En la actualidad constituyen un 2% de la población canadiense y pertenecen sobre todo al grupo lingüístico algonquino; otras ramas lingüísticas representadas son las iroquoiana, salishana, athabasca e inuit (eskimoana). Están divididos en unos 600 grupos o bandas. El gobierno federal canadiense proporciona a estas comunidades escuelas y otros servicios para cubrir sus necesidades educativas y sociales. La población ha aumentado en los últimos años debido a un mejor nivel sanitario. Los inuit son probablemente quienes hayan sufrido una mayor interferencia en su estilo tradicional de vida debido a la minería, los proyectos hidroeléctricos y la extracción de petróleo en sus territorios. Un plan establecido en 1991 prevé la creación de unos 2.000.000 km2 de Territorios del Noroeste de Nunavuat (‘nuestra tierra’ en lengua inuit), un territorio canadiense independiente para este pueblo que está previsto alcance su autogobierno.

    América Latina

    La población indígena de América Latina se estima en unos 26,3 millones, aunque la mayor parte vive en Bolivia, Ecuador, Guatemala, México y Perú. Clasificados como campesinos por los respectivos gobiernos de los países en que habitan, la gran mayoría vive en una pobreza extrema en las remotas áreas rurales donde a duras penas consiguen sobrevivir de la agricultura. Los campesinos indígenas constituyen el 60% de la población total de Bolivia y Guatemala. La mayoría de los latinoamericanos son mestizos y juntos representan un 85% de la población de México, Bolivia, Panamá y Perú, un 90% de la de Ecuador y casi la totalidad en Chile, Honduras, El Salvador y Paraguay. La América Latina moderna tiene, por consiguiente, una deuda notable con respecto a su herencia indígena.

    Sólo el 1,5% de la población indígena de Latinoamérica se puede calificar de tribal, lo que no es ninguna sorpresa, ya que las culturas prehispánicas crearon civilizaciones de gran complejidad. Todavía hoy existen grupos tribales en Brasil, Colombia, Panamá, Paraguay y Venezuela. Muchos de estos grupos viven en la Amazonia, donde subsisten a base de la caza, la pesca y la recolección de raíces. La actual expansión de Brasil por la selva, sin embargo, amenaza la supervivencia física y cultural de las tribus amazónicas, ya que las enfermedades importadas por los foráneos están diezmando a la población, y la explotación minera y la construcción de autopistas arrasa sus territorios.

    La mayor tribu brasileña sin civilizar en la actualidad es la yanomami, con unos 22.000 individuos, para la que el gobierno proyecta crear un parque protegido. Sin embargo, los antropólogos estiman que los yanomamis necesitarían al menos 6,4 millones de hectáreas para poder mantener su forma de vida tradicional.

    La población indígena total de Latinoamérica incluye algo más de 600 grupos indígenas diferentes, con su propia lengua o dialecto. Igual que los indígenas del norte del continente, viven en entornos absolutamente dispares en cuanto a clima y condiciones, que oscilan desde la selva, el desierto hasta las cimas de grandes sistemas montañosos, como los Andes.

    Las poblaciones indígenas y mestizas, a menudo pobres y marginadas de la sociedad, han alentado a veces el radicalismo político por cuestiones de subsistencia. La llamada teología de la liberación, que nació en Latinoamérica, ofrece como promesa principal la mejora de su situación económica y social. Los movimientos sociales ocurridos a finales del siglo XX en algunas zonas habitadas por una mayoría indígena, como el movimiento de los zapatistas en Chiapas (México), han vuelto a poner de manifiesto la necesidad urgente de mejorar las condiciones de vida de esta población.

     
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