Capítulo VI
Interacción
entre la teología y la filosofía
Síntesis
Esta capítulo habla de una interacción de mutua implicancia y
circularidad. A la luz de esta complementariedad imprescindible pueden
explicarse los temas tratados a lo largo del texto: doble principio
metodológico (auditus fidei e intellectus fidei) de la teología; los diferentes
tipos de teología (dogmática, fundamental y moral); la relación con las
culturas; y los diferentes estados de la filosofía.
En este capítulo se explica
que la relación entre teología y filosofía será de circularidad por lo
siguiente: “Para la teología, el punto de
partida y la fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la
historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la inteligencia
de ésta, profundizada progresivamente a través de las generaciones. Por otra parte, ya que la palabra de Dios es Verdad
(cf. Jn 17, 17), favorecerá su
mejor comprensión la búsqueda humana de la verdad, o sea el filosofar,
desarrollado en el respeto de sus propias leyes”.
De esta forma, la teología encuentra en la filosofía
la mejor herramienta para explicar e ilustrar sus contenidos, y la filosofía se
enriquece y transita los caminos que la conducen a la Verdad revelada.
Un buen ejemplo de ello son teólogos como San Gregorio Nacianceno, San Agustín,
San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino; y pensadores como John Henry Newman,
Antonio Rosmini, Jacques Maritain, Étienne Gilson, Edith Stein, Vladimir
Soloviov, Pavel Florenskij, Petr Caadaev y Vladimir Lossjik.
Esta relación de doble implicancia y enriquecimiento mutuo explica que la
teología tenga un doble principio metodológico: el auditus fidei y el
intellectus fidei. “Con el primero, asume los contenidos de la Revelación tal y
como han sido explicados progresivamente en la Sagrada Tradición, la Sagrada
Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia. Con el segundo, la teología
quiere responder a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexión
especulativa”.
Es decir, aunque la Verdad divina “goza de una inteligibilidad propia con tanta
coherencia lógica que se propone como un saber auténtico”,
de todas maneras necesita necesita recurrir a la filosofía como método de
comunicación y razonamiento, ya que el teólogo trabaja con sistemas filosóficos
que influyeron tanto en las nociones como en la terminología de las enseñanzas
de la Iglesia.
Se trata de entender que la relación entre teología y filosofía es siempre
complementaria y nunca competitiva. Que exista una Verdad divina no
excluye la validez de la filosofía, ni que existan diferentes estados de la
misma o una variedad de culturas, temas que se tocarán más adelante. En el
fondo, esta interacción revela la universalidad del cristianismo, que consiste
en aportar “a cada cultura la verdad inmutable de Dios”.
La necesaria interacción entre teología y filosofía también explica los
fines y medios de las diferentes teologías: dogmática especulativa, fundamental
y moral.
La primera de ellas debe ser capaz de explicar los misterios universales
en forma narrativa y argumentativa. “Esto es, debe hacerlo
mediante expresiones conceptuales , formuladas de modo crítico y comunicables
universalmente”. En
otras palabras, si la Verdad preexiste a la
filosofía, no es menos cierto que encuentra en esta la herramienta más apta
para ser comunicada. Esta teología, al ser dogmática y especulativa
a la vez, presupone e implica una filosofía del hombre, del mundo y del ser
(parte especulativa), pero fundada sobre la verdad objetiva (parte dogmática).
La teología moral, por su parte, trata sobre temas que son objeto de la
revelación divina (libertad, responsabilidad personal, culpa, entre otros),
pero que también han sido definidos por la ética filosófica. El
Evangelio propone principios generales y preceptos concretos de conducta
cristiana,
que cada individuo aplica según las eventuales circunstancias de su vida, y
para ello “el cristiano debe ser capaz de emplear a fondo su conciencia y la
fuerza de su razonamiento”.
Es decir, la aplicación particular de
principios generales necesita tanto de la teología (basada siempre en la
palabra de Dios) como de la filosofía, que aporta el andamiaje de razonamiento
y comunicativo para fundamentar la práctica de estos principios generales.
En palabras de Juan Pablo II en este capítulo, “esto significa que la teología
moral debe acudir a una visión filosófica correcta tanto de la naturaleza
humana y de la sociedad como de los principios generales de una decisión ética”.
Mientras la teología fundamental es la propia explicación de la
interacción entre teología y filosofía, pues “debe encargarse de justificar y
explicitar la relación entre la fe y la reflexión filosófica”.
Si la teología moral y la dogmática necesitan de la interacción entre la
teología y filosofía para ser sólidas; en el caso de la teología fundamental es diferente, pues –como su nombre lo
indica- desarrolla los fundamentos de este
relación de circularidad y mutua implicancia.
La teología fundamental
explica que “la fe, don de Dios, a pesar de no fundarse en la razón,
ciertamente no puede prescindir de ella; al mismo tiempo, la razón necesita
fortalecerse mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que no podría
llegar por sí misma”.
Relación con las culturas
Esta relación, se explica en el Capítulo VI, tiene implicaciones en el campo filosófico y
teológico. La relación con las culturas es la que establece la salvación
realizada por Cristo con las mismas. Es decir, cuando el hijo de Dios llega con sus promesas
universales derriba los muros que separan a las culturas, en el
sentido que todos pasan a ser “conciudadanos
de los santos y familiares de Dios”. (San Pablo, ver página 3 del
Capítulo VI).
Las culturas siempre incluyen a Dios, por su apertura del hombre a la universalidad
y la trascendencia. Pero lo hacen desde las formas específicas de su
propio tiempo y espacio. Toda cultura “tiene en sí misma la posibilidad de
acoger la relación divina”,
pero lo hacen desde su propio pasado, presente y sus expectativas de futuro. La universalidad del mensaje cristiano no significa la
eliminación de las diferencias culturales, sino el enriquecimiento de cada
cultura con la Verdad divina.
Por ello “los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios,
revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo”,
y por ello además “el anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque
exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una
identidad cultural propia”.
Para ampliar la realización de
este concepto, y para también ampliar y enriquecer la interacción entre
teología y filosofía, Juan Pablo II
recomienda la apertura hacia culturas de Oriente, la India entre ellas. De esta
manera, explica el Sumo Pontífice, la teología dejará de relacionarse
predominantemente con la filosofía griega, para tomar contacto con otras
tradiciones filosóficas muy ricas.
Así crecerá el enriquecimiento mutuo de la interacción entre teología y
filosofía, siempre atendiendo a varios criterios: universalidad del
espíritu humano, no rechazar la herencia del pensamiento grecolatino, no
confundir la reivindicación del pensamiento indio con la idea de que debe
encerrarse en su diferencia y afirmarse en oposición a otras tradiciones.
Además de la India, aquí se recomienda estimular la relación con otras culturas
que permanecieron fuera de la influencia del cristianismo: India, China, Japón, otros países de Asia, y Africa.
Diferentes estados de la filosofía
Estos diferentes estados, en tanto posiciones de la filosofía respecto a
la fe cristiana, muestran diversas formas de interacción entre la teología y la
filosofía.
La filosofía totalmente independiente de la revelación evangélica se
desarrolló antes del nacimiento de Cristo, por ello tiene aspiración de
proyecto autónomo basado sólo en las fuerzas de la razón, y no en las de la fe.
Esta filosofía excluye la complementación con la teología, aunque “el empeño filosófico, como búsqueda
de la verdad en el ámbito natural, permanece
al menos implícitamente abierto a lo sobrenatural”.
Esta filosofía no comprende
que la gracia perfecciona la naturaleza y no la destruye, un error comprensible
por haberse desarrollado antes de la llegada del Redentor. Pero este error no
tiene justificación en la filosofía separada,
que reinvindica la autosuficiencia del
pensamiento y rechaza así las aportaciones de verdad de la revelación divina.
Mientras la filosofía cristiana es la que más aprovecha la rica
interacción entre teología y filosofía, pues une a la especulación filosófica
con la fe. De esta manera cuenta con una aspecto subjetivo, que
libera a la razón de la presunción y dota al filósofo de humildad. Y también de
otro objetivo: trata temas que no hubieran sido accesibles a la razón sin
relacionarse con la fe: el concepto de un Dios personal, libre y creador; la
realidad del pecado; la concepción de la persona como ser espiritual; el
anuncio cristiano de la dignidad, igualdad y libertad entre los hombres; entre
otros.
Otra posición de la filosofía se da cuando la teología misma recurre a
ella. Siempre la segunda tuvo necesidad del aporte de la primera,
pero además la necesita “como interlocutora
para verificar la inteligibilidad y la verdad universal de sus aserciones”.
Esto refuerza lo que sostenemos desde el principio de este escrito: la mutua
implicancia y complementariedad entre teología y filosofía.
A modo de conclusión
Tanto se necesitan la teología y la filosofía que el teólogo
que rechaza la segunda corre el riesgo de hacer filosofía sin darse cuenta, y
el filósofo que excluye la teología debería llegar por su propia cuenta a los
contenidos de la fe cristiana. Es decir, no
pueden excluirse, ya que una termina complementándose –implícita o
explícitamente- con la otra.
La verdad es un sola, pero necesita de la filosofía para ser comunicada
entre los hombres. “Es deseable pues que los teólogos y los
filósofos se dejen guiar por la única autoridad de la verdad, de modo que se
elabore una filosofía en consonancia con la palabra de Dios. Esta filosofía ha
de ser el punto de encuentro entre las culturas y la fe cristiana, el lugar de
entendimiento entre creyentes y no creyentes. Ha de servir de ayuda para que
los creyentes se convenzan firmemente de que la profundidad y autenticidad de
la fe se favorece cuando está unida al pensamiento y no renuncia a él”