“LA
ESPERANZA BÍBLICA”
TRABAJO
RECOPILADO, ELABORADO Y ENVIADO: LIC.
JOSÉ LUIS DELL’ORDINE
dellordine@arnet.com.ar
ÁREA DE
PUBLICACIÓN: RELIGIÓN
PALABRAS
CLAVES: ESPERANZA, BIBLIA, VIDA, JESÚS,
RESURRECCIÓN, ALEGRÍA, ÉTICA, MORAL.
BIBLIOGRAFÍA
CONSULTADA:
Ø APUNTES
DE INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA
Ø ANTOLOGÍA
DE TEXTOS, Francisco Fernández Carvajal;
Ediciones Palabra, Madrid, 1990.
Ø EL
DIOS CRISTIANO; Nereo Silanes; Ediciones
Secretariado Trinitario, Salamanca, España, 1992.
Ø VOCABULARIO
DE TEOLOGÍA BÍBLICA; X.León-Dufour; Biblioteca
Herder, Barcelona, 1990.
ÍNDICE:
1) INTRODUCCIÓN
BÍBLICA
2) ORDEN
DE LOS LIBROS
3) USO
4) INSPIRACIÓN
BÍBLICA
5) IMPORTANCIA
e INFLUENCIA
6) EL
ANTIGUO TESTAMENTO
7) LITERATURA
DEL ANTIGUO TESTAMENTO
8) NARRACIONES
9) OBRAS
POÉTICAS
10) MATERIALES SAPIENCIALES
11) LEYES
12) ESCRITOS APOCALÍPTICOS
13) LA EVOLUCIÓN DEL ANTIGUO TESTAMENTO
14) EL PENTATEUCO
15) HISTORIA DEUTERONÓMICA
16) LOS LIBROS POÉTICOS
17) LOS LIBROS PROFÉTICOS
18) EL CANON
19) EL CANON HEBREO
20) EL CANÓN CRISTIANO
21) LOS TEXTOS Y LAS VERSIONES ANTIGUAS
22) TEXTOS MASORÉTICOS
23) LA SEPTUAGINTA Y OTRAS VERSIONES DEL GRIEGO
24) PESITA ANTIGUA LATINA, VULGATA Y LOS TÁRGUM
25) EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LA HISTORIA
26) SEPARACIÓN ENTRE LA INTERPRETACIÓN Y LA
HISTORIA
27) EL NÚCLEO HISTÓRICO
28) TEMAS
DOCTRINALES DEL ANTIGUO TESTAMENTO
29) EL DIOS DE ISRAEL
30) LA ALIANZA Y LA LEY
31) EL SER HUMANO
32) EL NUEVO TESTAMENTO
33) TEXTO, CANON Y PRIMERAS VERSIONES
34) MANUSCRITOS Y CRÍTICA TEXTUAL
35) ESCRITOS PRECANÓNICOS
36) EL CANON
37) PRIMERAS VERSIONES
38) LA LITERATURA DEL NUEVO TESTAMENTO
39) EVANGELIOS
40) HISTORIA
41) EPÍSTOLAS
42) ESCRITOS APOCALÍPTICOS
43) FORMAS LITERARIAS
44) LA HISTORIA EN EL NUEVO TESTAMENTO
45) DETERMINACIÓN DEL CONTEXTO CRONOLÓGICO
46) LAS NARRACIONES DE LA INFANCIA
47) LOS APÓSTOLES Y LA IGLESIA PRIMITIVA
48) PRINCIPALES TEMAS DEL NUEVO TESTAMENTO
49) DIOS
50) JESÚS
51) ESPÍRITU SANTO
52) REINO DE DIOS
53) LA SALVACIÓN
54) CONCLUSIONES
INTRUDOCCIÓN TEMÁTICA:
ESPERANZA: (teología), virtud teologal que lleva al
individuo a poner absoluta confianza en Dios y en su proyecto de salvación de
la humanidad. La de quien tiene y alimenta su esperanza no es una actitud
estática, pues la virtud le lleva a colaborar de una forma activa en ese plan
de redención. De ahí surge el compromiso con la paz, con la justicia y con toda
iniciativa humana destinada a alcanzar el reino anunciado por Jesús.
En la
práctica es difícil separar la fe y la esperanza, aunque de acuerdo con la
tradición cristiana, la primera actúa más de acuerdo con la inteligencia y la
segunda con la voluntad. Además, como pide san Pedro en la primera de sus epístolas
(Pe. 3,15), estamos obligados a dar razón de nuestra esperanza ante los demás.
1. INTRODUCCIÓN Biblia,
también llamada Santa Biblia, libro sagrado o Escrituras, de judíos y
cristianos. Sin embargo, las Biblias del judaísmo y del cristianismo difieren
en varios aspectos importantes. La Biblia judía son las escrituras hebreas, 39
libros escritos en su versión original en hebreo, a excepción de unas pocas
partes que fueron redactadas en arameo. La Biblia cristiana consta de dos
partes: el Antiguo Testamento y los 27 libros del Nuevo Testamento. Las dos
principales ramas del cristianismo estructuran el Antiguo Testamento de modo
algo diferente. La exégesis del Antiguo Testamento leída por los católicos es
la Biblia del judaísmo más otros siete libros y adiciones (véase la tabla
adjunta). Algunos de los libros adicionales fueron escritos en su versión
primitiva en griego, al igual que el Nuevo Testamento. Por su parte, la
traducción protestante del Antiguo Testamento se limita a los 39 libros de la
Biblia judía. Los demás libros y adiciones son denominados apócrifos por los
protestantes y libros deuterocanónicos por los católicos.
El término Biblia llegó al latín del griego biblia o
‘libros’, forma diminutiva de byblos, el término para ‘papiro’ o ‘papel’
que se exportaba desde el antiguo puerto fenicio de Biblos. En la edad media,
los libros de la Biblia eran considerados como una entidad unificada.
2. ORDEN DE LOS LIBROS
El orden y el número de los libros es distinto entre las
versiones judía, protestante y católica de la Biblia. La Biblia del judaísmo se
divide en tres partes bien diferenciadas: la Torá, o Ley, también
llamada libros de Moisés; Profetas, o Neviím, dividida en Profetas
Antiguos y Profetas Posteriores; y Hagiográficos, o Ketuvim, que incluye
Salmos, los libros sapienciales y literatura diversa. El Antiguo Testamento
cristiano organiza los libros según su contenido: el Pentateuco, que se
corresponde con la Torá; los libros históricos; los libros poéticos o
sapienciales, y los libros proféticos. Hay quienes han percibido en esta
organización una cierta sensibilidad en cuanto a la perspectiva histórica de
los libros: primero, los relativos al pasado; a continuación, los que hablan
del presente; por último, los orientados hacia el futuro. Las versiones
protestante y católica del Antiguo Testamento ordenan los libros en la misma
secuencia, aunque los protestantes incluyen sólo los libros que aparecen en la
Biblia judía.
El Nuevo Testamento incluye los cuatro Evangelios;
los Hechos de los Apóstoles, que es la historia de los primeros tiempos del
cristianismo; las Epístolas, o cartas, de Pablo y otros autores; y el
Apocalipsis o Libro de la Revelación. Algunos libros identificados como
epístolas —en particular la Epístola a los Hebreos— son en realidad tratados
teológicos.
3. USO
La Biblia es un libro religioso, no sólo en virtud de su
contenido, sino también del uso que le dan cristianos y judíos. Se lee en la
práctica totalidad de los servicios de culto público, sus palabras conforman la
base de la predicación y la instrucción, y se emplea en el culto y estudio
privados. El lenguaje de la Biblia ha moldeado y dado forma a las oraciones,
liturgia e himnos del judaísmo y del cristianismo. Sin la Biblia, estas dos
religiones habrían sido mudas.
Tanto la importancia reconocida como la real de la
Biblia difieren de una forma considerable entre las diversas subdivisiones del
judaísmo y del cristianismo, aunque todos sus fieles le atribuyen un mayor o
menor grado de autoridad. Muchos reconocen que la Biblia es la guía íntegra y
suficiente para todos los asuntos de la fe y de su práctica; por su parte,
otros respetan la autoridad de la Biblia a la luz de la tradición o de la
continuidad de la fe y de la práctica de la Iglesia desde los tiempos de los apóstoles.
4. INSPIRACIÓN BÍBLICA
Los primeros cristianos heredaron del judaísmo una
concepción de las Escrituras que daba por sentado que constituían una fuente
autorizada. En un principio no se propuso ninguna doctrina formal acerca de la
inspiración de las Escrituras, como es el caso del islam, que sostiene que el
Corán fue dictado desde los cielos. Sin embargo, por lo general los cristianos
creían que la Biblia contenía la palabra de Dios tal y como fue transmitida por
su Espíritu: primero a través de los patriarcas y profetas y más tarde por boca
de los apóstoles (véase Apocalipsis). De hecho, los autores de los
libros del Nuevo Testamento aludieron a la autoridad de las Escrituras hebreas
en apoyo de sus alegaciones con respecto a Jesucristo.
La doctrina de la inspiración de la Biblia por el
Espíritu Santo y de la infalibilidad de su contenido surgió en realidad durante
el siglo XIX como respuesta al desarrollo de la crítica bíblica, estudios
científicos que parecían poner en entredicho el origen divino de la Biblia.
Esta doctrina sostiene que Dios es autor de la Biblia; por eso la Biblia es Su
palabra. Los científicos bíblicos y los teólogos han propuesto numerosas
teorías para explicar esta doctrina, que van desde un dictado verbal directo de
las Escrituras por Dios, hasta una iluminación que ayudó al autor inspirado a
comprender la verdad que expresaba, tanto si ésta era revelada como aprendida
por la experiencia.
5. IMPORTANCIA E INFLUENCIA
La importancia e influencia de la Biblia entre cristianos y
judíos puede explicarse, en general, en términos externos e internos. La
explicación externa es el poder de la tradición, de las costumbres y del credo:
grupos religiosos que manifiestan estar guiados por la Biblia. En cierto
sentido, el verdadero autor de las Escrituras es la comunidad religiosa, que
las desarrolló, las reverenció, las utilizó y las canonizó (es decir, las
incluyó en listas de libros bíblicos reconocidos de una forma oficial). Por
otra parte, la explicación interna es lo que numerosos cristianos y judíos
continúan sintiendo como poder del propio contenido de los libros bíblicos. El
antiguo Israel y la primitiva Iglesia conocían muchos más textos religiosos que
los que constituyen la Biblia actual. Sin embargo, los escritos bíblicos fueron
venerados y utilizados por lo que decían y por cómo lo decían. Fueron
canonizados con rango oficial porque la gran mayoría de los creyentes los
utilizaba y creía en ellos. La Biblia es el auténtico documento fundamental del
judaísmo y del cristianismo.
Es de público conocimiento que la Biblia, en sus centenares
de diferentes traducciones, es el libro de mayor difusión en la historia de la
humanidad. Es más: en todas sus formas, la Biblia ha sido influyente hasta
llegar a extremos insólitos, y no sólo entre las comunidades religiosas que la
consideran sagrada y la reverencian. En especial, la literatura, el arte y la
música del mundo occidental tienen una enorme deuda con los temas, motivos e
imágenes de la Biblia. Algunas traducciones al inglés, como la así llamada
“Biblia Autorizada” (o versión del rey Jacobo, 1611) o la traducción de la
Biblia al alemán por Martín Lutero (terminada en 1534), no sólo influyeron en
la literatura sino que también promovieron el desarrollo de ambos idiomas.
Estos efectos siguen vigentes en las naciones en proceso de formación, donde
las traducciones de la Biblia a la lengua vernácula contribuyen a moldear las
tradiciones lingüísticas futuras.
6. EL ANTIGUO TESTAMENTO Es notable
que el cristianismo incluya dentro de su propia Biblia las escrituras íntegras
de otra religión, el judaísmo. El término Antiguo Testamento (de la
palabra latina para ‘alianza’) se aplicó a estas Escrituras sobre la base de
las obras de Pablo y de otros primitivos cristianos, que diferenciaron entre la
‘Antigua Alianza’ que Dios estableció con Israel y la ‘Nueva Alianza’ sellada a
través de Jesucristo (véase, por ejemplo, Heb. 8,7). Como la primitiva Iglesia
creía en la continuidad de la historia y de la actividad divinas, incluyó en la
Biblia cristiana los registros escritos de la antigua y de la nueva alianza.
7. LITERATURA DEL ANTIGUO
TESTAMENTO El Antiguo Testamento puede
considerarse desde numerosas y diversas perspectivas. Desde el punto de vista
literario el Antiguo Testamento (de hecho, la Biblia entera) constituye una
antología, una colección de muchos libros diferentes. No es en absoluto un
libro unificado por lo que respecta a sus autores, su fecha de composición o su
estilo literario. Por el contrario, representa una auténtica biblioteca.
En general los libros del Antiguo Testamento y las
partes que los componen pueden clasificarse como narraciones, obras poéticas,
escritos proféticos, códices legales o apocalipsis. En su mayoría, se trata de
categorías amplias que incluyen diversos tipos o géneros diferentes de
literatura y tradiciones orales. Ninguna de estas categorías se limita al
Antiguo Testamento, ya que puede hallarse en otras literaturas antiguas, en
especial la del Oriente Próximo. Sin embargo, es necesario subrayar que algunos
estilos no quedaron al fin incluidos en el Antiguo Testamento. Las cartas o
epístolas, tan importantes en el Nuevo Testamento, no se encuentran en el
Antiguo en forma de libros separados (a excepción de la Carta de Jeremías en
algunas tradiciones manuscritas). No es posible hallar tampoco autobiografías,
dramas ni sátiras. Sorprende de una forma especial el hecho de que la mayor
parte de los libros del Antiguo Testamento contiene varios géneros literarios.
Por ejemplo, el Éxodo incluye narraciones, leyes y poesía; la mayoría de los
libros proféticos incorporan narraciones y poesía, además de los géneros
proféticos como tales.
8. NARRACIONES Tanto en
su contexto como en su contenido, la gran mayoría de los libros del Antiguo
Testamento son narraciones, es decir, recogen y refieren los acontecimientos
del pasado. Si tienen, como casi todos, una trama (o al menos el desarrollo de
una tensión y su resolución), una caracterización de los personajes y una
descripción del escenario en el que se producen los acontecimientos, son
relatos. Por otra parte, muchas obras narrativas del Antiguo Testamento son
historias, aunque no se ajusten a la definición científica del término. Una
historia es una narración escrita del pasado guiada por los hechos, en la
medida en que el autor pueda determinarlos e interpretarlos, y no por
consideraciones estéticas, religiosas o de otra índole. Las narraciones
históricas del Antiguo Testamento son obras más populares que críticas, ya que
los autores recurrieron a menudo a tradiciones orales, algunas de ellas poco
fiables, para escribir sus relatos. Además, todas las narraciones se
compusieron con un propósito religioso. Pueden, en consecuencia, llamarse
historias de salvación, ya que su propósito es demostrar cómo participó Dios en
los acontecimientos humanos. Ejemplos de dichas obras son la Historia
deuteronomística (desde el Deuteronomio hasta el 1 y 2 Reyes), el Tetrateuco
(desde el Génesis hasta el libro de los Números) y la Historia del Cronista (1
y 2 Crónicas, Esdras y Nehemías). La así llamada Historia de la sucesión del
trono de David (2 Sam. 9-20, 1 Re. 1-2) es la narración bíblica que más se
acerca al concepto moderno de la historia. El autor presta atención a los
detalles de los eventos y personajes históricos e interpreta el curso de los
acontecimientos a la luz de las motivaciones humanas. No obstante, puede
intuirse la intervención divina en el trasfondo de los textos.
Otros libros narrativos son: Rut, un breve episodio;
Jonás, un relato didáctico; y Ester, una novela histórica o una leyenda
festiva. Es probable que estos libros tengan su origen en cuentos populares o
leyendas. En los libros deuterocanónicos pueden encontrarse algunos relatos
didácticos: Tobías, Judit, Susana y Bel y el dragón.
En los libros del Antiguo Testamento pueden hallarse
muchos de estos y otros géneros narrativos. El Génesis, como la mayoría de las
demás obras narrativas, está compuesto de diversos relatos individuales, muchos
de los cuales circulaban de forma oral e independiente. Las historias
patriarcales del Génesis (11-50) han sido denominadas leyendas, sagas y, con
mayor precisión, sagas familiares. Muchas de ellas son etiológicas, es decir,
que explican un lugar, una práctica o un nombre en términos de su origen.
9. OBRAS POÉTICAS Entre los
libros poéticos del Antiguo Testamento se incluyen Salmos, Job, Proverbios,
Eclesiastés, Cantar de los Cantares (canónicos), Eclesiástico (deuterocanónico)
y Plegaria de Manasés (apócrifo). Sabiduría tiene mucho en común con los libros
poéticos sapienciales, aunque no es poesía. La mayoría de los libros proféticos
están escritos de acuerdo con las reglas líricas hebreas, aunque son lo
bastante distintos como para que puedan ser diferenciados.
9.1. Características generales La poesía
hebrea tiene dos características principales, una fácil de reconocer incluso en
una traducción, y una segunda más difícil de discernir. La característica más
obvia es el uso del parallelismus membrorum o paralelismo de versos u
otras partes. Por ejemplo, el significado de un versículo puede reformularse o
repetirse en un segundo versículo, como en Sal. 6,1: “Yahvé, no me corrijas en
tu cólera, en tu furor no me castigues”. Se trata, como resulta obvio, de
sinónimos. Por otra parte, la segunda línea de la unidad puede exponer el
aspecto negativo de la aseveración de la primera, como en Prov. 15,1: “Una
respuesta suave calma el furor, una palabra hiriente aumenta la ira”. En otros
casos, la segunda línea puede ampliar o explicar la primera y en otras
circunstancias el paralelismo es pura formalidad. Una importante ventaja de la
mayoría de las traducciones modernas de la Biblia es que mantienen la forma
poética del hebreo, permitiendo al lector disfrutar y comprender la estructura
del original.
La otra característica importante de la poesía hebrea
es el ritmo, que parece haberse basado en el número de acentos en cada línea.
Una de las métricas más fáciles de reconocer es la de la kiná (endecha o
lamentación), en la que la primera línea tiene tres sílabas acentuadas y la
segunda, dos.
Los libros poéticos abarcan una gran diversidad de
géneros. Los más difundidos son los diversos cantares de adoración (Salmos) y
la poesía sapiencial. Además, la Biblia incluye un libro de poesía amorosa, el
Cantar de los Cantares.
9.2. Poesía lírica La
literatura cultual (del culto religioso) de Israel era poesía lírica; es decir,
poesía pensada para ser cantada. La mayoría de estos libros, aunque no todos,
están recopilados en Salmos. Muchos son himnos: canciones de alabanza a Dios, a
sus obras a favor de Israel o a su creación. Otros son lamentaciones de la
comunidad o cantares de queja que, de hecho, son oraciones de petición,
cantadas por el pueblo cuando se veía enfrentado a una situación difícil. Casi
una tercera parte de los Salmos son lamentaciones individuales, cánticos
utilizados por o en nombre de individuos al borde de la muerte o del desastre.
Una vez que la nación o el individuo han sido salvados de sus infortunios, se
cantan poesías de acción de gracias. Unos pocos salmos, como 2, 45 y 110
celebran la coronación de un rey en Israel como egregio siervo de Dios.
9.3. Poesía sapiencial La poesía
sapiencial incluye colecciones de refranes de sabiduría y poemas breves, como
en Proverbios, y largas composiciones, como en Job, Eclesiastés y Eclesiástico.
Los materiales sapienciales más concisos son proverbios, refranes y
admoniciones, por lo general de uno o dos versos de longitud. Algunos eran sin
duda refranes tradicionales o populares mientras que otros llevan el sello de
la reflexión y la composición creativa. Proverbios 1-9 contiene un conjunto de
poemas sobre la naturaleza de la propia sabiduría, mientras que Job es una
composición poética larga en forma de diálogo enmarcado en un cuento popular.
Eclesiastés es una obra un tanto inconexa y Eclesiástico es un libro escrito
por un maestro judío que más tarde tradujo su nieto.
La temática central de los refranes sapienciales
abarca desde los consejos prácticos para una vida provechosa y próspera, hasta
reflexiones acerca de la relación entre transitar por el camino de la sabiduría
y obedecer a la ley revelada por la divinidad. A Job, al menos en cierto
sentido, le atormenta el sufrimiento de los justos, en tanto que Eclesiastés es
una triste reflexión acerca del significado de la vida por parte de alguien que
se halla a las puertas de la muerte.
10. MATERIALES PROFÉTICOS Los
profetas eran conocidos en otras regiones del antiguo Oriente Próximo, pero
ninguna otra cultura desarrolló un cuerpo de literatura profética comparable al
de Israel. Por ejemplo, los antiguos autores egipcios escribieron obras
literarias llamadas ‘profecías’, pero por su forma y contenido eran diferentes
de los libros proféticos de la Biblia.
La mayoría de los libros proféticos hebreos contienen
tres tipos de literatura: narraciones, oraciones y discursos proféticos. Por lo
general, las narraciones son relatos o reseñas de la actividad profética,
atribuidos al propio profeta o contados por una tercera persona. Incluyen
descripciones de visiones, reseñas de acciones simbólicas, relaciones de
actividades proféticas (como, por ejemplo, los conflictos entre los profetas y
sus opositores) y narraciones o notas históricas. Uno de los libros de la
colección profética, Jonás, es en realidad un relato acerca de un profeta, y
contiene un solo versículo de mensaje profético (Jon. 3,4). Las oraciones
incluyen himnos y peticiones, como las lamentaciones de Jer. (por ejemplo, Jer.
15,10-21).
En la literatura profética predominan los discursos,
ya que la actividad inherente del profeta consistía en difundir la palabra de
Dios relativa al futuro inmediato. Los mensajes más comunes son profecías de
castigo o de salvación. Tanto unas como otras están contextualizadas, como la
mayoría de los discursos proféticos, por fórmulas que identifican las palabras
reveladas por Dios; por ejemplo, “oráculo de Yahvé”. Por lo general, la
profecía de castigo explica las razones de éste en términos de injusticia
social, arrogancia religiosa o apostasía y asimismo detalla la naturaleza del
desastre, militar o de otra índole, que recaerá sobre la nación, grupo o
individuo a la que va dirigida. Las profecías de salvación anuncian la
inminente intervención de Dios para rescatar a Israel. Otros discursos incluyen
las profecías contra las naciones extranjeras, discursos de aflicción que
enumeran los pecados del pueblo, admoniciones o advertencias (véase
Profecía).
11. LEYES La materia
legal es tan destacada en las Escrituras hebreas que el judaísmo llamó Torá
(del hebreo torah, ‘ley’) a los primeros cinco libros y los primitivos cristianos
a la totalidad del Antiguo Testamento. Los textos legales son dominantes en
Éxodo, Levítico y Números. El quinto libro de la Biblia fue denominado
Deuteronomio (‘segunda ley’) por sus traductores griegos, aunque el libro es en
síntesis un informe de las últimas palabras y hechos de Moisés. Contiene, no
obstante, numerosas leyes, por lo general en el contexto de la interpretación y
la predicación o el sermón.
Según la tradición bíblica, la voluntad de Dios fue
revelada a Israel a través de Moisés al establecer la alianza en el monte
Sinaí. En consecuencia, todas las leyes —a excepción de las contenidas en
Deuteronomio— pueden encontrarse desde Éxodo 20 hasta Números 10, donde se
relatan los acontecimientos que tuvieron lugar en Sinaí.
Los especialistas han detectado en las leyes hebreas
dos modalidades principales, las apodícticas y las casuísticas. La ley
apodíctica está representada por los Diez Mandamientos (Éx. 20,1-21; 34,14-26);
(Dt. 5,6-21), aunque no se limita a ellos. Estas leyes, que por lo general se
encuentran en compilaciones de cinco o más, son sucintas manifestaciones,
inequívocas y sin ambigüedades de la conducta humana que Dios exige. En caso de
ser positivas, se denominan mandamientos; si son negativas, se trata de
prohibiciones. Por otra parte, cada una de las leyes casuísticas consta de dos
secciones. La primera establece una condición (“Si un hombre roba un buey o una
oveja, y los mata o vende...”) y la segunda las consecuencias legales
(“...pagará cinco bueyes por el buey, y cuatro ovejas por la oveja”, Éx.
21,37). Por lo general, estas leyes se refieren a los problemas que pueden
surgir en la vida rural y urbana. Las leyes casuísticas son similares en su
forma, y a menudo en su contenido, a las normas recogidas en el Código de Hammurabi
y otros códigos legales del antiguo Oriente Próximo.
12. ESCRITOS APOCALÍPTICOS El
apocalipsis, como género diferenciado, surgió en Israel en el periodo posterior
al exilio, es decir, tras el cautiverio de los judíos en Babilonia entre el 586
y el 538 a.C. Un apocalipsis o revelación expone una serie de
acontecimientos futuros mediante una larga y detallada reseña de un sueño o de
una visión. Utiliza imágenes de fuerte contenido simbólico y con frecuencia
extravagantes, que a su vez son explicadas e interpretadas. Los escritos
apocalípticos suelen reflejar la perspectiva histórica que tiene el autor de su
propia era, en un momento en que las fuerzas del mal se aprestaban para librar
su batalla final contra Dios, tras lo cual nacería una nueva edad.
Daniel es el único libro apocalíptico, como tal, de
las Escrituras hebreas, y su primera mitad (capítulos 1 al 6) es en realidad
una serie de historias legendarias. Sin embargo, partes de otros libros son en
muchos aspectos similares a la literatura apocalíptica (Is. 24-27; Zac. 9-14; y
algunas partes de Ezequiel). Entre los apócrifos, Esdras es un apocalipsis. El
judaísmo de los dos últimos siglos a.C. y del primer siglo d.C. produjo muchas
otras obras apocalípticas que nunca fueron consideradas canónicas. Entre ellas
se incluyen Enoc, Guerra de los Hijos de la Luz y los Hijos de la Oscuridad, y
el Apocalipsis de Moisés. Véase Pseudoepígrafos.
Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los
especialistas sostenía que el desarrollo de la literatura y el pensamiento
apocalípticos estuvo muy influido por la religión persa. Este punto de vista
está siendo objetado por la identificación de las raíces de la literatura
apocalíptica en el propio pensamiento israelita, en especial en la concepción
del futuro por parte de los profetas, así como en las más antiguas tradiciones
del Oriente Próximo.
13. LA EVOLUCIÓN DEL ANTIGUO
TESTAMENTO No cabe ninguna duda de que todos
los libros del Antiguo Testamento no tuvieron su origen en la misma época y en
el mismo lugar. Por el contrario, son el producto de la evolución de la fe y la
cultura israelitas durante al menos un milenio. En consecuencia, otra
perspectiva literaria analiza los libros y sus elementos constituyentes en
términos de sus autores y de su historia literaria y preliteraria.
En la práctica, todos los libros atravesaron un largo
periodo de transmisión y evolución antes de llegar a ser recopilados y
canonizados. Es más: es necesario distinguir entre los puntos de vista
tradicionales judíos y cristianos en cuanto a la autoría y datación de los
libros, por una parte, y su historia literaria real como ha sido reconstruida
por los especialistas a partir de las pruebas contenidas en los libros bíblicos
y en otros lugares, por la otra. El presente artículo no tiene por objeto
presentar una reseña detallada de la historia literaria del Antiguo Testamento.
Muchos de los hechos reales se desconocen, la historia es larga y por lo
general complicada, y las conclusiones más antiguas deben revisarse cada cierto
tiempo a la luz de nuevos hallazgos y métodos de investigación. Sin embargo, es
posible resumir el perfil general de dicha historia.
Casi todos los libros del Antiguo Testamento
recorrieron un largo camino desde el momento en que se pronunciaron o
escribieron las primeras palabras hasta que adquirieron su forma definitiva. En
este proceso participaron muchas personas, como narradores, autores, editores,
oyentes y lectores. Y en este devenir les cupo un papel importante, no sólo a
los individuos, sino a las diferentes comunidades de fe.
Detrás de muchas de las actuales obras literarias
pueden discernirse tradiciones orales. Por ejemplo, la mayoría de los relatos
del Génesis circularon de forma oral antes de ser transcritos. Los discursos
proféticos, hoy en forma escrita, se transmitieron primero de modo oral. De
hecho, todos los Salmos, tanto si fueron escritos como si no, se compusieron
para ser cantados o recitados en voz alta durante las ceremonias religiosas.
Sin embargo, no sería prudente deducir que la difusión oral fuera tan sólo
precursora de la literatura escrita, y que cesó una vez que se escribieron los
libros porque está probado que las tradiciones orales coexistieron con el
material escrito durante muchos siglos.
14. EL PENTATEUCO Según la
tradición judeo-cristiana Moisés fue el autor del Pentateuco, los primeros
cinco libros de la Biblia. Sin embargo, tal aseveración no aparece en ninguno
de estos libros. La tradición tiene su origen en la forma en que son
denominados por los hebreos, libros de Moisés, aunque con ello quisiesen
significar relativos a Moisés. Ya en la edad media, los eruditos judíos
reconocieron que existía un problema con la tradición: Deuteronomio (el último
libro del Pentateuco) relata la muerte de Moisés. En realidad, los libros son
obras compuestas por autores anónimos. Sobre la base de numerosas copias y
repeticiones, incluyendo dos designaciones diferentes para la deidad, dos
relatos separados de la creación, dos historias entrelazadas del diluvio, dos
versiones de las plagas de Egipto y muchas otras pruebas, los especialistas
modernos han llegado a la conclusión de que los escritores del Pentateuco
utilizaron varias fuentes distintas, cada una de un escritor y de un periodo
diferentes.
Las fuentes difieren en su vocabulario, estilo
literario y perspectiva teológica. La más antigua es la Jehovística o Yahvista
(J, porque utiliza el nombre divino Jahvé, transcrito también como
Jehová, o Yahvé), que por lo general suele datarse entre los siglos X o IX a.C.
La segunda es la Elohísta (E, porque utiliza el nombre general de Elohím
para designar a Dios), y suele situarse en el siglo VIII a.C. A continuación
está la Deuteronómica (D, limitada al Deuteronomio y a unos pocos
pasajes de otros libros), de finales del siglo VII a.C. La última es la
Sacerdotal (P, de ‘priest’, sacerdote en inglés, por su énfasis en la
ley cúltica y en los asuntos sacerdotales), situada en los siglos VI o V a.C. J
incluye una reseña narrativa completa desde la creación hasta la conquista de
Canaán por Israel. E ya no es una narración completa, si es que alguna
vez lo fue; su material más antiguo se remonta a Abraham. P se concentra
en la alianza y en la revelación de la ley en el monte Sinaí, aunque sitúa
ambos elementos dentro de una narración que se inicia en la creación.
Ninguno de los autores de estos documentos, si es que
fueron individuos y no grupos, fue un autor creativo en el sentido moderno del
término. Más bien trabajaron como editores que recopilaron, organizaron e
interpretaron tradiciones más antiguas, tanto orales como escritas. En
consecuencia, la mayor parte del contenido de las fuentes es mucho más antiguo
que las propias fuentes. Algunos de los materiales escritos más antiguos son
pasajes extraídos de obras poéticas como Paso del Mar (Éx. 15), y parte del
material legal tiene su origen en antiguos códigos. Una opinión reciente
sugiere que los relatos individuales del Pentateuco fueron compilados bajo un
epígrafe que aludía a diversas temáticas trascendentales (la promesa a los
patriarcas, el éxodo, la travesía del desierto, Sinaí y la conquista de la
Tierra Prometida), adquiriendo su forma básica en torno al 1100 a.C. En
cualquier caso, el relato de las raíces de Israel se conformó en y bajo la
influencia de la comunidad de la fe.
15. HISTORIA DEUTERONOMÍSTICA En los
últimos años, Deuteronomio, Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes han sido
reconocidos como un relato unificado de la historia de Israel desde los tiempos
de Moisés (siglo XIII a.C.) hasta el exilio en Babilonia (el periodo que
arranca desde la caída de Jerusalén en el 586 a.C. hasta culminar en la
reconstrucción en Palestina de un nuevo Estado judío tras el 538 a.C.).
Por cuanto el estilo literario y la perspectiva teológica son similares a las
del Deuteronomio, esta reseña se ha dado en denominar Historia
deuteronomística. Sobre la base de los últimos acontecimientos que reseña,
entre otras evidencias, se ha llegado a la conclusión de que puede haber sido
escrita en torno al 560 a.C., durante el exilio. Sin embargo, es posible
que al menos una edición fuera anterior.
El escritor (o escritores) de la obra tenía como
objetivo registrar la historia de Israel, así como dar cuenta de la catástrofe
que recayó sobre la nación a manos de los babilonios. Por un lado, trabajó como
lo haría cualquier otro historiador, recogiendo y organizando fuentes más
antiguas, tanto escritas como orales. Empleó materiales muy heterogéneos,
incluyendo relatos de los profetas, relaciones de diversa índole, crónicas más
antiguas e incluso registros de la corte. De hecho, suele derivar al lector a
sus fuentes (por ejemplo, Jos. 10,13; 2 Sam. 1,18; 2 Re. 15,6). No obstante
aplicó también la visión del teólogo, quizá de alguien que ya tenía firmes
convicciones acerca del curso y significado de los acontecimientos que iba
registrando. Estas convicciones hallaron su expresión en la forma en que
organizó el material y añadió los discursos, que él mismo había escrito, en
boca de los principales protagonistas (por ejemplo, Jos. 1). Creía que Israel
había sido sojuzgada por Babilonia debido a la desobediencia a la ley de Moisés
(como en Deuteronomio), en especial por adorar dioses falsos en altares
paganos; creía asimismo que los profetas habían advertido del exilio mucho
tiempo antes de que se produjera.
16. LOS LIBROS POÉTICOS Resulta muy
difícil datar o atribuir a un determinado autor o autores tanto la poesía
cultual como la sapiencial del Antiguo Testamento, sobre todo por contener tan
pocas alusiones históricas. Se considera que David es el autor de Salmos
porque, según la tradición, cantaba y componía. De hecho, sólo 70 de los 150
salmos se identifican de modo inequívoco con David, y muchísimos menos datan de
la época de este rey hebreo. Las atribuciones a David y a otros se hallan en
los encabezados, añadidos mucho después que los Salmos fueran escritos. La
identificación de Proverbios y de otros libros sapienciales con Salomón tiene
su origen en la tradición de la gran sabiduría de este monarca, y es fiable por
cuanto promovió instituciones que desarrollaron este tipo de literatura. La
poesía sapiencial contiene algunos de los materiales más antiguos de las
Escrituras hebreas (en los refranes y proverbios), y las composiciones como
Eclesiastés y Eclesiástico algunos de los más recientes.
Salmos se convirtió en el libro de himnos y oraciones
del Segundo Templo de Israel, pero muchos de los cánticos son anteriores a la
construcción del santuario. Contienen motivos, temas y expresiones que Israel
heredó de sus predecesores cananeos. Muchas voces hablan en y a través de los
Salmos, pero sobre todas se oye la expresión de una comunidad que se entrega a
la oración.
17. LOS LIBROS PROFÉTICOS Muy pocos
libros proféticos, si acaso, fueron escritos en su integridad por la persona
con cuyo nombre han sido designados. Es más: en la mayoría de los casos,
incluso las palabras del profeta original fueron registradas por otros. La
historia de Baruc, escriba de Jeremías (Jer. 36 y también Is. 8,16) ilustra uno
de los métodos con los que las palabras pronunciadas por los profetas se
convirtieron en libros. Las diversas manifestaciones de los profetas deben de
haber sido recordadas y recopiladas por sus seguidores y, según lo indicaran
las circunstancias, transcritas. Más tarde, la mayoría de los libros fueron
editados y ampliados. Por ejemplo, cuando Amós (c.7 55 a.C.) se
utilizó en tiempos del exilio, se le dio un final nuevo y esperanzador (Am.
9,8-15). Isaías refleja siglos de la historia israelita y la obra de varios
profetas y otras personalidades; Is. 1-39 se basa sobre todo en el profeta
original (742-700 a.C.); los capítulos 40 al 55 son obra de un profeta
desconocido del exilio, denominado Segundo Isaías (539 a.C.); y los
capítulos 56 al 66, identificados con el Tercer Isaías, provienen de diversos
escritores del periodo posterior al exilio.
18. EL CANON La Biblia
hebrea y las versiones cristianas del Antiguo Testamento fueron canonizadas en
distintos momentos y lugares, aunque el desarrollo de los cánones cristianos
debe entenderse en los términos de las Escrituras judías.
19. EL CANON HEBREO En Israel,
la idea de un libro sagrado data, como mínimo, del 621 a.C. Durante la
reforma de Josías, rey de Judá, cuando se estaba rehabilitando el Templo, el
sumo sacerdote Jilquías descubrió “el libro de la Ley” (2 Re. 22). El rollo era
probablemente la parte central del actual Deuteronomio, pero lo importante es
la autoridad a la que se atribuyó. Más respeto se concedió al texto leído por
Esdras, el sacerdote y escriba hebreo, ante la comunidad a finales del siglo V
a.C. (Neh. 8).
La Biblia hebrea se fue convirtiendo en Sagradas
Escrituras a lo largo de tres etapas diferenciadas. La secuencia se corresponde
con las tres partes del canon hebreo: la Torá, los Profetas y los
Hagiográficos. Sobre la base de las pruebas externas, parece evidente que la
Torá o Ley fue aceptada como texto sagrado entre las postrimerías del exilio de
Babilonia (538 a.C.) y el cisma samaritano del judaísmo, hacia el
300 a.C. Los samaritanos reconocen como Biblia sólo a la Torá.
La segunda fase fue la canonización de Neviím
(Profetas). Tal y como lo indican los encabezamientos de los libros proféticos,
las palabras de los profetas que habían quedado registradas comenzaron a
considerarse palabra de Dios. A todos los efectos, la segunda parte del canon
hebreo se concluyó a finales del siglo III a.C., no mucho antes del
200 a.C.
Entre tanto se compilaban, leían y utilizaban otros
libros en el culto y el estudio. Hacia la época en que se escribió Eclesiástico
(c. 180 a.C.), se había desarrollado la idea de una Biblia
tripartita. El contenido de la tercera parte, Ketuvim (Hagiográficos),
se mantuvo bastante fluido en el judaísmo hasta después de la caída de
Jerusalén en poder del Imperio romano, en el 70 d.C. Hacia finales del
siglo I d.C., los rabinos de Palestina ya habían determinado y cerrado la lista
definitiva.
En el proceso de canonización obraron tanto fuerzas
positivas como negativas. Por una parte, la mayoría de las decisiones ya habían
sido adoptadas de facto: Torá, Profetas y la mayor parte de
Hagiográficos venían sirviendo como Escrituras desde hacía varios siglos. La
controversia giró sólo en torno a unos pocos libros de los Hagiográficos, como
Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Por la otra, se escribían y difundían
otros muchos libros religiosos, que aducían ser también la palabra de Dios.
Entre éstos se incluían los actuales apócrifos de los protestantes (algunos de
ellos deuterocanónicos para los católicos y ortodoxos, y otros apócrifos
también para éstos), algunos de los libros del Nuevo Testamento, y muchos más.
En consecuencia, la decisión oficial de establecer una Biblia debe considerarse
como la respuesta a un planteamiento teológico: ¿según qué libros definirá el
judaísmo su propia doctrina y su relación con Dios?
20. EL CANON CRISTIANO El segundo
canon, el que hoy es la versión católica del Antiguo Testamento, surgió primero
como una traducción de los primeros libros hebreos al griego. El proceso se
inició en el siglo III d.C. fuera de Palestina, debido a que las comunidades
judías de Egipto y de otros lugares necesitaban las Escrituras en el idioma de
su propia cultura. La mayoría de los libros adicionales de esta Biblia,
incluyendo suplementos de libros más antiguos, tuvo su origen entre las
comunidades judías no palestinas. Hacia finales del siglo I d.C., cuando se
recopilaban y difundían los primeros escritos cristianos, existían ya dos
versiones de las Escrituras del judaísmo: la Biblia hebrea y el Antiguo
Testamento en griego (conocido como Septuaginta). Sin embargo, la Biblia hebrea
marcaba la norma oficial de la teología y la práctica. Ninguna prueba indica
que en el judaísmo haya existido alguna vez una lista oficial de Escrituras en
griego. Los libros adicionales de la Septuaginta fueron reconocidos de forma
oficial sólo por el cristianismo. Los escritos de los primeros Padres de la
Iglesia contienen numerosas y diversas listas, pero es evidente que prevaleció
el Antiguo Testamento en griego, más extenso.
El último paso importante en la historia del canon
cristiano tuvo lugar durante la Reforma protestante. Cuando Martín Lutero
tradujo la Biblia al alemán, redescubrió lo que otros (destacando de modo muy
notable san Jerónimo, el erudito bíblico del siglo IV) ya sabían: que el
Antiguo Testamento original estaba escrito en hebreo. Eliminó de su Antiguo
Testamento todos los libros no incluidos en la Biblia judía y los tildó de
apócrifos. Esta medida tuvo por objeto volver al texto y al canon acaso más
antiguos y por consiguiente mejores, y oponer a la autoridad de la Iglesia la
autoridad de aquella versión más antigua de la Biblia. Véase Apócrifos;
Libros Deuterocanónicos; Apócrifos del Nuevo Testamento.
21. LOS TEXTOS Y LAS VERSIONES
ANTIGUAS Todos los traductores
contemporáneos de la Biblia intentan recuperar y utilizar el texto más antiguo,
quizá el más fiel al original. No existen copias originales ni autográficas,
sino centenares de manuscritos diferentes con numerosas versiones distintas. En
consecuencia, todo intento de determinar cuál es el mejor texto de un libro o
versículo concretos debe basarse en el trabajo meticuloso y en el juicio de los
científicos.
22. TEXTOS MASORÉTICOS Con
respecto al Antiguo Testamento, la principal diferenciación es la existente
entre los textos en hebreo y las versiones o traducciones en otros idiomas
antiguos. Los testimonios más importantes y por lo general más fiables en
hebreo, son los textos masoréticos, obra de los eruditos judíos (denominados
masoretas) que se encargaron de la tarea de copiar y transmitir con fidelidad
la Biblia (véase Masora). Estos sabios, que trabajaron desde los
primeros siglos de la era cristiana hasta la edad media, también insertaron en
el texto la puntuación, las vocales (el texto hebreo original contiene sólo
consonantes) y diversas notas. La Biblia hebrea modelo que se utiliza en
nuestros días es la reproducción de un texto masorético escrito en 1088. El
manuscrito, en forma de códice o libro, se encuentra en la colección de la
Biblioteca Pública de San Petersburgo. Otro texto masorético, el Códice de
Alepo (primera mitad del siglo X d.C.) es el sustrato básico de una nueva
edición del texto que está preparando la Universidad Hebrea de Jerusalén. El
Códice de Alepo es el manuscrito más antiguo de la Biblia hebrea íntegra,
aunque data de más de un milenio después de que se escribieran los últimos
libros bíblicos, y quizá más de 2.000 años después de los primeros.
No obstante, se conservan manuscritos hebreos más
antiguos —masoréticos y de otra índole— de libros individuales. Muchos de
ellos, que datan del siglo VI, fueron descubiertos a finales del siglo XIX en
la guenizá (depósito en el que se guardan los escritos inutilizados o
desechados para evitar que se profane el nombre de Dios escrito en ellos) de la
sinagoga de El Cairo. Numerosos manuscritos y fragmentos, muchos de ellos de la
era precristiana, fueron recuperados en la región del mar Muerto desde 1947 (véase
Manuscritos del Mar Muerto). Aunque muchos de los manuscritos más importantes
son bastante tardíos, en particular los textos masoréticos conservan una
tradición textual que se remonta cuando menos a un siglo antes de la era
cristiana.
23. LA SEPTUAGINTA Y OTRAS
VERSIONES EN GRIEGO Las versiones más valiosas de la
Biblia hebrea son las traducciones al griego. En algunos casos las versiones
griegas presentan un material superior al de la hebrea, ya que se basan en
textos hebreos más antiguos que los que nos han llegado hasta hoy. Muchos de
los manuscritos griegos son mucho más antiguos que los manuscritos de la Biblia
hebrea íntegra, y fueron incluidos en copias de la Biblia cristiana completa
que datan de los siglos IV y V d.C. Los manuscritos más importantes son el
Códice Vaticano (en la Biblioteca del Vaticano), el Códice Sinaítico y el
Códice Alejandrino (ambos se encuentran en el Museo Británico).
La versión griega más importante se denomina
Septuaginta (en griego, ‘setenta’), porque la leyenda afirma que la Torá fue
traducida en el siglo III d.C. por 70 (o 72) traductores. Tal vez, la leyenda
sea cierta en algunos aspectos: la primera traducción al griego incluía sólo a
la Torá y fue realizada en Alejandría en el siglo III a.C. Más tarde se
tradujeron las demás Escrituras hebreas, aunque parece lógico que esta tarea
fuese realizada por otros eruditos cuya pericia y concepciones eran distintas.
Se emprendieron muchas otras traducciones al griego,
que en su mayoría se conservan sólo gracias a fragmentos o citas de los
primeros Padres de la Iglesia y otros. Entre ellas se incluyen las versiones de
Áquila, Símaco, Teodoción y Luciano. El teólogo cristiano Orígenes (siglo III)
estudió los problemas que presentaban estas versiones diferentes y preparó una Hexapla,
una crítica textual en la que organizó en seis columnas paralelas el texto
hebreo, el texto hebreo transliterado al griego, y las versiones de Áquila,
Símaco, Teodoción y Luciano.
24. PEŠITTA, ANTIGUA LATINA,
VULGATA Y LOS TARGUM Entre otras versiones merecen
mencionarse la Pešitta, o siríaca, iniciada con toda probabilidad en el siglo
I d.C.; la Antigua latina, que no fue traducida del hebreo sino que
procede de la Septuaginta en el siglo II; y la Vulgata, traducida del
hebreo al latín por san Jerónimo a finales del siglo IV d.C.
Otras versiones que deben considerarse son los Targum
arameos. En el judaísmo, cuando el arameo sustituyó al hebreo como idioma
cotidiano, se hicieron necesarias traducciones, primero para acompañar la
lectura oral de las Escrituras en la sinagoga, y más tarde transcritas al
papel. Los Targum no eran traducciones literales, sino más bien paráfrasis o
interpretaciones del original. Los dos Targum más importantes son el que tuvo
su origen en Palestina y los revisados en Babilonia. En el último decenio se
descubrió un manuscrito íntegro del Targum palestino, el Neofiti I,
guardado en la Biblioteca del Vaticano. De los Targum babilónicos, los más
conocidos son el de Onquelos (Pentateuco) y el de Jonatán (Profetas).
Las versiones suelen ser testimonios cualificados, en
ocasiones los mejores, del texto original. Además, incluyen importantes pruebas
de la historia del pensamiento entre las comunidades para las que la Biblia
constituía un texto fundamental.
25. EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LA
HISTORIA En casi todas sus páginas el
Antiguo Testamento reclama atención hacia la realidad y respeto hacia la
importancia de la historia. El Pentateuco y los libros históricos contienen
historias de salvación; los profetas hacen constantes referencias a hechos del
pasado, del presente y del futuro. Como la historia de Israel se recoge en el
Antiguo Testamento, llegó a organizarse en una serie de acontecimientos o
periodos fundamentales: el éxodo (incluyendo los relatos desde los patriarcas
hasta la conquista de Canaán), la monarquía, el exilio de Babilonia y el
retorno a Palestina con la restauración de las instituciones religiosas.
26. SEPARACIÓN ENTRE LA
INTERPRETACIÓN Y LA HISTORIA Es
importante diferenciar entre la interpretación que hace el Antiguo Testamento
sobre lo ocurrido, y la historia crítica. Para escribir una reseña creíble, el
historiador necesita fuentes más o menos fiables, contemporáneas de los propios
acontecimientos. La principal fuente de información acerca de la historia de
Israel es el Antiguo Testamento y, por lo general, a sus autores les preocupaba
en esencia el significado teológico del pasado. Es más: la mayoría de los
documentos son posteriores (en algunos casos datan de varios siglos después) a
los sucesos que describen. No existe un cuerpo significativo de pruebas
escritas que se remonte al periodo anterior a los tiempos de la monarquía,
instaurada con la unción de Saúl como primer rey de Israel en el siglo
XI a.C. Otras pruebas, obtenidas a partir de escritos u objetos, se han
recuperado gracias a la arqueología, aunque todas las evidencias, tanto
bíblicas como arqueológicas, deben evaluarse de manera crítica (véase
Arqueología bíblica; Ciencia bíblica). Sin duda, todos los textos bíblicos que
ha sido posible fechar contienen importante información histórica. Revelan
hechos relativos al periodo en que fueron escritos, aunque ello no significa
que hayan de incluir reseñas exactas y literales sobre los acontecimientos que
relatan.
27. EL NÚCLEO HISTÓRICO La
existencia de Israel fue parte de la historia del antiguo Oriente Próximo. Al
igual que otros pequeños pueblos del Mediterráneo Oriental, Israel estuvo a
merced de las grandes potencias de entonces —Egipto, Asiria y Babilonia— y pudo
prosperar de forma independiente sólo cuando éstas decaían o se enfrentaban
entre sí.
27.1. La historia antigua y el
desarrollo de Israel Existe un considerable cuerpo de
información relativo a la historia del antiguo Oriente Próximo a partir del III
milenio a.C., aunque una historia detallada de Israel sólo puede comenzar en
torno a los tiempos de David (1000-961 a.C.). Ello no significa que no
haya nada que decir acerca de las épocas precedentes o que toda la información de
los sucesos anteriores a David sea inexacta. Implica que es muy difícil separar
las pruebas históricas de las interpretaciones posteriores y que se conocen con
certeza pocos detalles. Los relatos de Génesis sobre los patriarcas, por
ejemplo, no fueron concebidos como historia. La historia se refiere a
acontecimientos públicos; las narraciones de los patriarcas son episodios
familiares, en su mayor parte centrados en asuntos privados. Sin embargo, las
pruebas arqueológicas han demostrado que el entorno o escenario de estos
relatos puede proporcionar un cuadro bastante fidedigno de cómo era la vida
durante la edad del bronce tardío. Los relatos sugieren que los antepasados de
Israel eran seminómadas y aportan indicios acerca de sus creencias y prácticas
religiosas.
Un cuidadoso análisis de los registros bíblicos y un
uso prudente de las pruebas arqueológicas permiten situar el éxodo desde Egipto
en la segunda mitad del siglo XIII a.C. No obstante, se desconoce incluso la
ruta del éxodo. Sobre este particular el Antiguo Testamento conserva al menos
dos tradiciones relevantes. Es posible que no participaran todas las tribus de
Israel, y lo más probable es que lo hicieran sólo las tribus de José.
En Josué 1-12 y Jueces 1-2 se encuentran dos
versiones diferentes de la entrada de Israel a la tierra de Canaán. Las
sucintas manifestaciones que aparecen en Josué dan cuenta de que los
israelitas, bajo el mando de Josué, conquistaron el territorio de manera
repentina, mientras que Jueces 1-2 y otras tradiciones apoyan la conclusión de
que cada tribu fue ocupando su territorio de manera gradual, y transcurrieron
varias décadas, si no siglos, antes de que Israel adquiriese su territorio.
Así, el periodo de las conquista y el de Jueces se superponen. Por lo general,
durante los dos siglos posteriores al 1200 a.C., las tribus llevaron a
veces existencias separadas y otras veces conjuntas, para convertirse en una
nación (Israel); sólo tras un proceso gradual.
27.2. La monarquía La
monarquía surgió en torno al siglo XI a.C., en un clima de enfrentamientos
internos y amenazas externas. Las luchas intestinas giraron en torno a la forma
de gobierno adecuada para la nación. Mientras que algunos favorecían el estilo
más tradicional de liderazgo carismático en épocas de crisis, otros deseaban
una monarquía estable. Triunfó la monarquía debido a la amenaza exterior de los
filisteos, superiores en el orden militar, que ocuparon cinco ciudades de la
llanura costera. Saúl unió a las tribus e instauró la monarquía, pero murió
junto a su hijo Jonatán en una batalla contra los filisteos. David se convirtió
en rey, primero del sur y más tarde de toda la nación. Tras encargarse de
eliminar de una vez por todas la amenaza filistea, instauró un imperio que
abarcó desde Siria hasta la frontera con Egipto. Su reinado fue largo y
próspero, aunque no carente de luchas intestinas por la posesión de su trono.
Le sucedió su hijo Salomón, quien estableció una corte siguiendo el modelo de
otros monarcas orientales. Salomón construyó un palacio y el gran Templo de
Jerusalén, exprimiendo al máximo los recursos del país para realizar sus
grandiosos proyectos.
27.3. Los reinos de Israel y Judá
Tras la muerte de Salomón, las tribus del norte se rebelaron
bajo el mando de su hijo Roboam. Las dos naciones, Israel en el norte y Judá en
el sur, nunca volvieron a reunirse, y con frecuencia lucharon entre sí. En Judá
la dinastía de David continuó hasta la ocupación del país por los babilonios
(597-586 a.C.), aunque en Israel abundaron los reyes y las dinastías. El periodo
de la monarquía dividida estuvo señalado por amenazas de parte de los asirios,
los arameos y los babilonios. Israel, con capital en Samaria, cayó en manos del
ejército asirio en el 722-721 a.C., siendo sus gentes deportadas e
instalándose extranjeros en su lugar. Judá sufrió dos humillaciones a manos de
los babilonios: la rendición de Jerusalén en el 597, y su destrucción en el
586 a.C. En ambas ocasiones se deportaron cautivos a Babilonia, pero como
no se asentaron extranjeros en Judá y los cautivos gozaron de cierta libertad,
al menos la de asociarse entre sí, la vida del pueblo continuó tanto en
Babilonia como en su país natal. El exilio fue un desastre que desde hace mucho
tiempo los profetas habían anunciado como castigo divino, aunque la experiencia
llevó a los israelitas a reconsiderar su propio significado como pueblo y a
transcribir e interpretar sus antiguas tradiciones. Véase Cautividad de
Babilonia.
27.4. El periodo posterior al exilio En el año
538 a.C. el pueblo fue liberado de Babilonia tras haber sido instaurado el
Imperio persa por Ciro II el Grande. Los profetas Esdras y Nehemías fueron los
líderes de la época posterior al exilio, cuando se restablecieron las
instituciones y se reconstruyó el Templo. Judá pasó a ser una provincia persa y
sus habitantes gozaron de una relativa autonomía, en especial en el orden
religioso.
En algún momento durante este periodo la historia de
Israel devino en la historia del judaísmo, aunque su fecha exacta es objeto de
polémica. Para más información, véase Judíos; Judaísmo. A principios de
la era cristiana, el pueblo había sobrevivido al surgimiento del imperio de
Alejandro Magno (333 a.C.), a la revolución y al régimen de los Macabeos
(168-165 a.C.) y al establecimiento del control romano sobre Palestina
(63 a.C.). Tras ser sofocada una rebelión en el año 70 d.C., que
provocó la destrucción de Jerusalén, su vida cambió por completo.
28. TEMAS DOCTRINALES DEL
ANTIGUO TESTAMENTO Los temas doctrinales del Antiguo
Testamento son ricos, profundos y diversos. En estos escritos no puede hallarse
una teología única, ya que surgieron de numerosos individuos y comunidades
durante varios siglos. Reflejan no sólo una evolución del pensamiento, sino
también diferencias e incluso conflictos de opinión. Por ejemplo, coexisten
diferentes interpretaciones de la creación y en más de una ocasión los profetas
desafiaron los juicios de los sacerdotes. Los temas del Antiguo Testamento son
coherentes por sí y entre sí, aunque no se trata de una teología sistematizada.
La canonización de la Biblia, aunque determinó una lista oficial, también
reconoció una diversidad sustancial.
29. EL DIOS DE ISRAEL El tema
teológico más obvio del Antiguo Testamento es a la vez el más recurrente e
importante: Yahvé (el nombre de Dios en el Antiguo Testamento; véase
Dios; Yahvé) es el Dios de Israel, del mundo entero y de la historia. Esta
temática se reitera a partir de Éx. 20,3 (“No habrá para ti otros dioses
delante de mí”) hasta las demás Escrituras hebreas, y constituye el pilar del
resto de las reflexiones teológicas. Sin embargo, sería engañoso identificar
este tema con el monoteísmo. Se trata de un término demasiado abstracto para
los textos en cuestión y en todos, si se exceptúan algunos de los materiales
menos antiguos, se da por supuesta la existencia de otros dioses. Por lo
general, los otros dioses se consideran subordinados a Yahvé y en cualquier
caso Israel debe mantenerse fiel al único Dios. Se afirma que ese Dios es el
creador del mundo, el rey activo de la historia que salva y juzga, todopoderoso
pero preocupado por su pueblo. Se revela a sí mismo de varias formas: a través
de la ley, de los acontecimientos y de los profetas y sacerdotes.
El lenguaje característico del Antiguo Testamento
acerca de Dios vincula el nombre de Yahvé con los acontecimientos: “Yo, Yahvé,
soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre”
(Éx. 20,2). Israel reconoce quién es Dios más en términos de lo que ha hecho o
hará que en términos de su naturaleza intrínseca. Así, la historia adquiere una
especial importancia como esfera de la acción divina y de la interacción con su
grey. La única salvedad significativa a esta acepción del lenguaje histórico se
encuentra en la literatura sapiencial.
30. LA ALIANZA Y LA LEY Otros dos
temas fundamentales del Antiguo Testamento, la alianza y la ley, están
relacionados de forma estrecha. Alianza posee numerosos significados,
incluyendo un acuerdo entre naciones o individuos, pero sobre todo se refiere
al pacto entre Yahvé e Israel sellado en el monte Sinaí. El lenguaje relativo a
la alianza tiene mucho en común con el de los tratados del antiguo Oriente
Próximo, ya que tanto aquélla como éstos se confirman mediante juramentos.
Yahvé aparece tomando la iniciativa en el establecimiento de la alianza al
elegir a un pueblo. Quizá la formulación más sencilla de la alianza es la
frase: “Yo os haré mi pueblo y seré vuestro Dios” (Éx. 6,7). Se concebía que la
ley se había otorgado como parte de la alianza, compromiso por el cual Israel
se convirtió en el pueblo de Dios. La ley contiene normativas de conducta en
relación con los demás seres humanos y reglas sobre las prácticas religiosas,
aunque no transmite un código de instrucciones para afrontar todos los aspectos
de la vida. Más bien parece señalar los límites que el pueblo no podrá
transgredir sin romper la alianza.
31. EL SER HUMANO El Antiguo
Testamento hace hincapié en el concepto de los seres humanos en comunidad, algo
importante para un pueblo que ha establecido este tipo de alianza. El ser humano
individual era concebido como un cuerpo animado, como sugiere Gén. 2,7:
“Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus
narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”. Ese ‘aliento’ no
debe considerarse como un ‘alma’, sino como ‘vida’. En el Antiguo Testamento,
el ser humano era concebido como una unidad de materia física y vida, una
integridad que era un regalo de Dios. En consecuencia, la muerte era una
realidad vívida. Las visiones de una vida después de la muerte o de la
resurrección aparecen como raras excepciones, y con mucha posterioridad, en el
pensamiento israelita.
Otro tema que aparece en los profetas y que resulta
básico en otras partes es que Yahvé es un Dios justo que espera de su pueblo
justicia y rectitud. Ello incluye la equidad en todos los asuntos humanos, la
protección del débil y el establecimiento de instituciones justas.
Al tratar éstas y otras materias, no es de sorprender
que las Escrituras judías proporcionasen los cimientos de dos religiones
universales, el judaísmo y el cristianismo.
32. EL NUEVO TESTAMENTO
El Nuevo Testamento consta de 27 documentos escritos entre
el 50 y el 150 d.C., dedicados a cuestiones de creencias y prácticas
religiosas en las comunidades cristianas del mundo mediterráneo. Aunque hay
quienes han señalado que en estos documentos subyacen originales en arameo (en
especial el Evangelio de Mateo y la Epístola a los Hebreos), todos ellos
llegaron hasta nosotros en griego, quizá el idioma original en que fueron redactados.
33. TEXTO, CANON Y PRIMERAS
VERSIONES Durante un tiempo algunos eruditos
cristianos consideraron al griego del Nuevo Testamento como un género especial
de idioma religioso, concebido por la providencia como el vehículo óptimo para
la fe cristiana. Hoy ha quedado en evidencia, a partir de escritos
extrabíblicos del periodo, que la lengua del Nuevo Testamento es la koiné o
griego común, que se utilizaba en los hogares y mercados.
34. MANUSCRITOS Y CRÍTICA
TEXTUAL Los manuscritos griegos del Nuevo
Testamento que han llegado hasta nuestros días, completos, parciales o en
fragmentos, suman unos 5.000. Sin embargo, ninguno es autógrafo, original de su
autor. Es probable que el más antiguo sea un fragmento del Evangelio de Juan,
datado en torno al 120-140 d.C. Las similitudes entre estos manuscritos
son más notables si se consideran las diferencias cronológicas y los referidos
a su lugar de origen, así como los métodos y materiales de escritura. Sin
embargo, entre las divergencias se incluyen omisiones, adiciones, terminología
y orden de las palabras.
Comparar, evaluar y fechar los manuscritos;
organizarlos en grupos afines y desarrollar criterios para evaluar cuál es el
texto que tiene más probabilidades de corresponderse con el que en verdad
escribieron sus autores, son tareas propias de los críticos. Para sus
evaluaciones se sirven de miles de citas de las escrituras que aparecen en las
obras de los primeros Padres de la Iglesia y en una serie de antiguas
traducciones de la Biblia a otros idiomas. El fruto del trabajo de los críticos
textuales es una edición del Nuevo Testamento en griego que ofrece no sólo el
que se considera el mejor, sino que también incluye notas que indican versiones
divergentes en los principales manuscritos. Estas variantes suelen aparecer en
las traducciones como notas al pie en las que se indica qué opinaban sobre el
particular otras autoridades antiguas (véanse, por ejemplo, Mc. 16,9-20; Jn.
7,53-8,11; He. 8,37). Las ediciones críticas del Nuevo Testamento griego han
venido apareciendo con cierta regularidad periódica a partir de la obra del
erudito holandés Erasmo de Rotterdam.
35. ESCRITOS PRECANÓNICOS Los 27
libros del Nuevo Testamento no son más que una fracción de la producción
literaria de las comunidades cristianas en sus primeros tres siglos. Los
principales tipos de documentos del Nuevo Testamento (evangelios, epístolas y
apocalipsis) fueron muy imitados, atribuyéndose los nombres de los apóstoles u
otras figuras señeras a escritos concebidos para llenar el vacío del Nuevo
Testamento (por ejemplo, sobre la infancia y juventud de Jesús) y satisfacer el
apetito de más milagros, así como para alegar revelaciones más novedosas y
completas. Durante esta época circularon hasta 50 evangelios. Muchos de estos
escritos cristianos no canónicos han sido recopilados y publicados como
Apócrifos del Nuevo Testamento.
El conocimiento de la literatura de este periodo se
amplió en gran medida gracias al descubrimiento en 1945, de la biblioteca de un
grupo cristiano herético, los gnósticos (véase Gnosticismo), en
Nag-Hammadi (Egipto). Esta colección, escrita en copto, ha sido traducida y
publicada. Los especialistas han prestado especial atención al Evangelio de
Tomás; uno de los 12 apóstoles que pretende recoger los proverbios, 114 en
total, que Jesús le transmitió en persona.
36. EL CANON No existen
registros claros para documentar cuáles fueron los elementos determinantes para
que la Iglesia adoptase un canon oficial de los textos cristianos, ni tampoco
de su proceso de formación. Para Jesús y sus seguidores, la Torá, Profetas y
los Hagiográficos del judaísmo eran las ‘Santas Escrituras’. Sin embargo, la
interpretación de estos escritos estaba regida por las obras, las palabras y la
persona de Jesús tal y como las comprendieron sus fieles. A los apóstoles que
conservaron las palabras y hechos de Jesús y que continuaron su misión se les
atribuyó una autoridad especial. Que Pablo, por ejemplo, pretendiera que sus
epístolas fuesen leídas en voz alta en las iglesias e incluso intercambiadas entre
éstas (Col. 4,16; 1 Tes. 5,26 y ss.) indica que en las comunidades cristianas
se estaban desarrollando nuevas normas sobre las creencias y la práctica
religiosa. Esta norma constaba de dos partes: el Señor (conservado en los
“Evangelios”) y los Apóstoles (sobre todo en las “Epístolas”).
Seguir el rastro de la historia de la evolución del
canon del Nuevo Testamento tomando como guía los libros mencionados o citados
por los primeros Padres de la Iglesia constituye un proceso incierto, ya que es
más lo que silencia que lo que declara. Al parecer, el primer intento de
establecer un canon tuvo lugar en torno al 150 d.C., por obra de un
cristiano herético de nombre Marción, cuya aceptable relación incluía el
Evangelio de Lucas y 10 epístolas paulinas, editados con una fuerte orientación
antijudía. Quizá la oposición a Marción fue la que dio impulso a los esfuerzos
tendentes a elaborar un canon aceptado de forma general.
Tal vez hacia el 200 d.C., 20 de los 27 libros
del Nuevo Testamento se consideraban autorizados. Aquí y allá prevalecían
preferencias locales, existiendo algunas diferencias entre las Iglesias
occidental y oriental. En general, los libros que durante un tiempo fueron
objeto de polémica, aunque más tarde se incluyeron en el canon, eran Santiago,
Hebreos, 2 Juan, 3 Juan, 2 Pedro y Apocalipsis. Otros libros que gozaron de
amplia aceptación popular aunque al final resultaran rechazados, fueron
Bernabé, 1 Clemente, Hermas y el Didaké; los autores de estos libros suelen ser
denominados Padres Apostólicos.
La carta pastoral 39 que san Atanasio, obispo de
Alejandría, envió a las iglesias que se hallaban bajo su jurisdicción en el año
367, acabó con toda duda acerca de los límites del canon del Nuevo Testamento.
En dicha pastoral, que se conserva en una colección de los mensajes anuales de
la Cuaresma dictados por Atanasio, relaciona como canónicos los 27 libros que
siguen siendo los constitutivos del Nuevo Testamento, aunque los organizó de
forma diferente. Estos libros del Nuevo Testamento, en su orden actual, son los
cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), Hechos de los Apóstoles,
Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1
Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos,
Santiago, 1 Pedro, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan, 3 Juan, Judas y Apocalipsis.
37. PRIMERAS VERSIONES Por cuanto
el Nuevo Testamento se escribió en griego, la historia de la transmisión del
texto y de la determinación del canon suele pasar por alto las primeras
versiones, muchas de las cuales son anteriores al texto griego más antiguo que
ha llegado a nuestros días. La rápida expansión del cristianismo más allá de
las regiones en las que prevalecía el griego requirió traducciones al siríaco,
al latín antiguo, al copto, al gótico, al armenio, al georgiano, al etíope y al
árabe. Las versiones en siríaco y latín aparecieron ya en el siglo II y
las traducciones al copto comenzaron a aparecer en el siglo III. Estas
primeras versiones no eran, en modo alguno, traducciones oficiales, aunque se
hicieron para suplir las necesidades regionales de culto, predicación y
enseñanza. En consecuencia las traducciones quedaron ancladas en dialectos
locales y a menudo incluían sólo partes seleccionadas del Nuevo Testamento.
Durante los siglos IV y V se hicieron esfuerzos por reemplazar estas versiones
regionales por traducciones más homogéneas que tuvieran una mayor aceptación.
En el 382, el papa Dámaso I encargó a san Jerónimo la preparación de una Biblia
en latín. Conocida con el nombre de Vulgata, reemplazó a varios textos en latín
antiguo. En el siglo V la Pešitta siríaca sustituyó a las versiones
existentes en este idioma, que a la sazón eran las más populares. Como suele
ser el caso, con gran lentitud las antiguas versiones cedieron su lugar a las
nuevas.
38. LA LITERATURA DEL NUEVO
TESTAMENTO
Desde un punto de vista literario los documentos del Nuevo
Testamento pueden clasificarse en cuatro tipos o géneros principales:
evangelios, historia, epístolas y apocalipsis. De los cuatro, sólo los
evangelios responden en apariencia a un estilo literario que tuvo su origen en
la comunidad cristiana.
39. EVANGELIOS
Un evangelio no es una biografía aunque guarde algunas
semejanzas con las biografías de héroes, humanos o divinos, del mundo grecorromano.
Un evangelio es una serie de reseñas individuales de hechos o dichos, cada una
de las cuales mantiene una cierta unidad, aunque estén organizados con el
objeto de crear un efecto acumulativo. Al parecer, los autores de los
Evangelios tuvieron cierto interés en resaltar el orden cronológico, aunque no
fue una de sus prioridades. Lo que influyó en mayor medida sobre la
organización del material fueron los temas teológicos y las necesidades de los
lectores. Por ello podría esperarse que, aunque los cuatro Evangelios del Nuevo
Testamento se centran en la vida de Jesús de Nazaret y los cuatro son
evangelios desde el punto de vista literario, existiesen diferencias entre
ellos. Y así es. A excepción de los relatos del arresto, juicio, muerte y
resurrección de Jesús (episodios similares en los cuatro libros), los
Evangelios difieren en importantes detalles, perspectivas y énfasis de
interpretación.
Sobre estos particulares es el Evangelio según san
Juan el que más se distingue de los demás. En este Evangelio, Jesús aparece
descrito de forma más obvia como divinidad omnisapiente, omnipotente y
superior. Los otros tres se denominan Evangelios Sinópticos (vistos juntos)
porque a pesar de sus diferencias, si se organiza en columnas paralelas el
texto de Mateo, Marcos y Lucas, sus coincidencias son tales que pueden
apreciarse de un modo visual, hasta tal punto que han generado numerosas
hipótesis acerca de sus relaciones. La opinión especializada más difundida
sostiene que Marcos fue el primer Evangelio que se escribió y sirvió como
fuente inspiradora para Mateo y Lucas. Lo más probable es que estos dos últimos
recurrieran a otros textos además de a esta fuente común, una hipótesis basada
en la gran cantidad de material común que no se encuentra en Marcos. Esta fuente,
que existe sólo en la teoría ya que no ha podido ser identificada, ha sido
denominada Q, o Quelle (en alemán, ‘fuente’). En su prólogo el
autor del Evangelio de Lucas dice haber investigado numerosas narraciones sobre
Jesús (Lc. 1,1-4).
40. HISTORIA La mejor
representación de la narración histórica en el Nuevo Testamento se halla en
Hechos de los Apóstoles, el segundo de dos volúmenes (en ocasiones denominados
Lucas-Hechos) atribuidos a san Lucas. Estos dos libros relatan la historia de
Jesús y de la Iglesia que surgió en su nombre como una narración continua,
centrada en la historia de Israel y del Imperio romano. La historia se presenta
desde el punto de vista teológico, es decir, que interpreta el proceder de Dios
en un acontecimiento concreto o con una determinada persona. Hechos se destaca
en el Nuevo Testamento por recurrir a la narración histórica como vehículo para
la proclamación de la fe cristiana.
41. EPÍSTOLAS En el
mundo grecorromano la epístola o carta constituía un estilo literario bastante
generalizado y constaba de la firma, dirección, saludo, alabanza o acción de
gracias, el mensaje y la despedida. San Pablo encontró que este estilo
congeniaba con respecto al que mantenía para dirigirse a las iglesias que había
fundado, y resultaba cómodo y didáctico para un apóstol itinerante. Este estilo
adquirió gran popularidad en la comunidad cristiana y fue empleado por
numerosos jerarcas y escritores de la Iglesia. Las epístolas que escribieron,
algunas de las cuales aparecen en el Nuevo Testamento, son en realidad
sermones, exhortaciones o tratados, apenas encubiertos por los rasgos del
género epistolar.
42. ESCRITOS APOCALÍPTICOS Los
escritos apocalípticos aparecen en todo el Nuevo Testamento, pero su uso es
predominante en el libro llamado Apocalipsis (o Revelación). Por lo general,
los apocalipsis se escribieron en épocas de graves crisis de una comunidad,
tiempos en los que la gente mira más allá del presente y de lo humano en busca
de ayuda y esperanza. Esta literatura es muy visionaria, simbólica y pesimista
en cuanto a la situación global del mundo y esperanzadora sólo en términos de
lo invisible que está más allá de lo material y de la victoria que está más
allá de la historia. Las visiones del fin del mundo se caracterizan por la retribución
y la recompensa a los justos. Al parecer, Apocalipsis fue escrito durante la
persecución desencadenada contra los cristianos bajo el emperador romano
Domiciano (81-96 d.C.). Véase Escritos apocalípticos.
43. FORMAS LITERARIAS Dentro de
estos cuatro estilos literarios principales, aparecen diversas formas: poemas,
himnos, fórmulas confesionales, proverbios, historias milagrosas,
bienaventuranzas, diatribas, listas de obligaciones y parábolas, entre otros.
Los estudios recientes han prestado gran atención a la forma literaria no sólo
como elemento imprescindible para la comprensión del contenido, sino también
como vehículo mediante el cual el lector puede compartir la experiencia creada
en determinado pasaje. Las formas tienen el poder de crear mundos y definir
relaciones, y no son meros accesorios del contenido.
En las obras de los especialistas bíblicos de antaño
se prestaba gran atención a la parábola, que durante siglos fue considerada
como una alegoría. A finales del siglo XIX el científico bíblico alemán
Adolf Jülicher adoptó una nueva orientación para realizar la interpretación de
las parábolas. Insistió en que las parábolas del Nuevo Testamento deben ser
entendidas como símiles reales más que como alegorías. Así, sostuvo que los
relatos de Jesús deben entenderse como ejemplos cuyo significado podía volverse
a enunciar formulando temas o propuestas sencillas.
Las parábolas han llegado a ser aceptadas como obras
del arte literario con una fuerza y función similar a la de la poesía, por lo
cual no deben destruirse parafraseándolas, resumiéndolas ni compendiándolas.
Como arte literario, una parábola no se limita a presentar su argumento, sino
que además actúa sobre el lector, creando, modificando o incluso rechazando una
determinada concepción de la vida y de la realidad. También se están efectuando
estudios académicos de otras formas literarias del Nuevo Testamento.
44. LA HISTORIA EN EL NUEVO
TESTAMENTO El Nuevo Testamento no es una
colección de máximas, reflexiones y meditaciones desvinculadas de la realidad
histórica. Por el contrario, sus documentos se centran en una figura histórica,
Jesús de Nazaret, y aluden a los problemas que debieron enfrentar sus
seguidores en una gran diversidad de contextos específicos dentro del Imperio
romano. No obstante, esta preocupación por los acontecimientos, los personajes
y las situaciones históricas no significa que el Nuevo Testamento se someta a
intereses históricos o cronológicos en exclusiva.
45. DETERMINACIÓN DEL CONTEXTO
CRONOLÓGICO AMPLIO
La reconstrucción histórica del periodo basada en las
fuentes del Nuevo Testamento presenta una serie de dificultades. En primer
lugar, los documentos están organizados según un criterio teológico, y no desde
una perspectiva cronológica. Los Evangelios están situados en primer lugar
porque relatan la historia de Jesús, aunque fueron escritos entre el 70 y el
90 d.C., hasta unos 60 años después de su muerte. Hechos de los Apóstoles
data también de esta época. Sin embargo, las epístolas de Pablo son anteriores
y han sido situadas en la década entre el 50 y el 60 d.C., ya que fueron
compuestas en el transcurso de la obra misionera de Pablo. Los demás libros,
que pueden datarse entre el 90 y el 150 d.C., reflejan la situación de la
Iglesia en el periodo postapostólico. En segundo lugar, los documentos no
demuestran demasiado interés en la historia como proceso cronológico, en parte
porque sus autores creían en la inminencia del final de los tiempos. En tercer
lugar, el Nuevo Testamento no es un solo libro, sino un compendio eclesiástico,
conservado con el propósito específico de emplearse para el culto, la
predicación, la enseñanza y la polémica. Cuarto, todos los documentos fueron
escritos por defensores de la fe cristiana con el objeto de proclamar e
instruir en la fe; en consecuencia, aunque contienen referencias históricas, no
constituyen informes históricos. Añádanse a estas dificultades la falta de
muchas referencias acerca de Jesús y de sus seguidores en otras fuentes
contemporáneas y se comprenderá por qué son escasas las posibilidades de
completar una historia detallada.
No obstante, los especialistas coinciden en cuanto al
contexto cronológico general. Los principales puntos de apoyo se encuentran en
Lucas y Hechos, que sitúan la narración de la vida de Jesús y los comienzos de
la Iglesia dentro del contexto de la historia judía y romana. El Evangelio de
Lucas afirma que Jesús comenzó su ministerio en el decimoquinto año de reinado
de Tiberio (Lc. 3,1), que sería el 28-29 d.C. Los cuatro Evangelios
coinciden en que Jesús fue crucificado cuando Poncio Pilatos era gobernador de
Judea (26-36 d.C.). El ministerio de Jesús tuvo lugar entre el 29 y el
30 d.C. si se acepta la versión de que duró un año, o entre el 29 y el
33 d.C. según la teoría de que se prolongó entre tres y cuatro años.
46. LAS NARRACIONES DE LA
INFANCIA Antes de su vida pública, poco se
sabe de Jesús. Era originario de Nazaret de Galilea, aunque tanto Lucas como
Mateo sitúan su lugar de nacimiento en Belén de Judea, cuna ancestral del rey
David. Sólo los libros de Lucas y Mateo contienen relatos de su nacimiento e
infancia, que divergen en numerosos detalles. Lucas (1,5-2,52) narra estos
relatos entretejiendo en ellos poemas y canciones prestados del Antiguo
Testamento que expresan la preocupación de Dios por los pobres y desheredados.
Mateo (1,18-2,23) moldea su relato sobre el modelo de la narración que sobre
Moisés recoge el Antiguo Testamento. Así como Moisés pasó su infancia entre los
ricos y sabios de Egipto, también Jesús fue visitado y reverenciado por magos
ricos y sabios. Así como Moisés huyó y vivió oculto de un malvado rey que
pretendía exterminar a los varones hebreos recién nacidos, también Jesús fue
salvado de la masacre de Herodes el Grande (rey de Judea que murió en el
4 a.C., por lo que es probable que Jesús naciera entre el 6 y el
4 a.C.).
El resto del Nuevo Testamento guarda silencio acerca
del nacimiento de Jesús. En el transcurso de la historia de la Iglesia, algunos
cristianos han insistido en que las narraciones de la infancia deben tomarse de
forma literal, mientras que otros las han considerado como uno de los muchos
modos de expresar la creencia en la relación de Jesús hacia Dios como su Hijo.
La tendencia del Nuevo Testamento a proclamar el significado de los
acontecimientos sin presentar la versión del narrador sobre los propios hechos
siempre ha dado lugar a la disensión entre quienes se dedican a la
investigación histórica.
47. LOS APÓSTOLES Y LA IGLESIA
PRIMITIVA Tras el ministerio de Jesús,
descrito en los cuatro Evangelios, el movimiento religioso que había alentado
quedó bajo la dirección de los 12 hombres que había elegido para ser sus
apóstoles. La mayoría desapareció en la oscuridad y la leyenda de los tiempos,
aunque tres de ellos se mencionan como líderes continuadores: Santiago el
Mayor, asesinado por Herodes Agripa I en el año 44 d.C. (fecha de la
muerte del propio rey); Juan, su hermano, que al parecer vivió hasta una edad
provecta (Jn. 21,20-24); y Pedro, uno de los primeros dirigentes de la Iglesia
de Jerusalén, que también realizó varios viajes misioneros y, según la
tradición, sufrió martirio en Roma a mediados de la década del 60. Además de
los tres, Santiago, llamado hermano de Jesús, se destacó en la Iglesia de
Jerusalén hasta que fue asesinado durante un motín popular en el 61. Antes del
estallido en Jerusalén de la rebelión judía contra Roma en el 66, los
cristianos abandonaron la ciudad y no estuvieron implicados en la violencia que
destruyó Jerusalén en el 70.
La mayor parte de la atención del registro que aparece
en Hechos de los Apóstoles se centra en la figura de Pablo, un judío de Tarso
que se convirtió al cristianismo en las cercanías de Damasco entre el 33 y el
35 d.C. Tras 14 años de silencio Pablo comenzó a escribir sus epístolas,
realizando una obra misionera que le llevó por Siria, Galacia, Asia Menor,
Macedonia, Grecia y Roma. Al parecer, sus días acabaron en Roma en los primeros
años de la década del 60. Las epístolas de Pablo y Hechos ofrecen al lector
algunos datos acerca de la vida de estas primitivas comunidades cristianas y
sobre su relación con las culturas hegemónicas.
Los demás libros del Nuevo Testamento aportan escasa
información histórica y casi ninguna base para permitir una datación exacta. En
general, parecen haber sido escritos por una comunidad de segunda o de tercera
generación. En estos documentos, los seguidores inmediatos de Jesús ya han
muerto, se han disipado el entusiasmo inicial y las expectativas del regreso
definitivo de Jesús para terminar la historia y es evidente la necesidad de
preservación, consolidación e institucionalización (véase Escatología;
Segunda venida). Se identifica a los herejes y apóstatas, se los ataca y se
insta a los miembros a adoptar una tenacidad que les permita enfrentar a las
persecuciones por venir. La Segunda Epístola de Pedro, acaso el último de los
libros del Nuevo Testamento que se escribió, muestra un vigoroso esfuerzo por
restablecer las antiguas expectativas sobre el inminente final de la historia.
Este intento de recuperar el celo y la convicción de tiempos pasados es, en sí
mismo, el indicio del final de una época.
48. PRINCIPALES TEMAS DEL NUEVO
TESTAMENTO Al igual que los temas teológicos
del Antiguo Testamento, los del Nuevo tienen un contenido rico y variado.
49. DIOS En ningún
otro tema se refleja de manera más clara o coherente la continuidad entre el
Nuevo Testamento y el Antiguo que en las enseñanzas acerca de Dios. Toda
opinión sobre que el Dios de Jesús o de la primitiva Iglesia era diferente del
Dios del judaísmo fue rechazada como herejía. El Dios del Nuevo Testamento es
el creador de toda la vida y sustentador del Universo. Este único Dios, origen
y final de todas las cosas, toma la iniciativa de atraer con amor a toda la
humanidad, celebrando alianzas con quienes respondan a su mensaje y
comportándose con ellos de manera justa y misericordiosa, con tino e
indulgencia. Dios nunca ha abandonado el mundo vacío de sus testigos,
habiéndose revelado en muchas ocasiones, formas y lugares. Pero el Nuevo
Testamento sostiene que Jesús de Nazaret es una revelación singular de Dios. La
persona, palabras y actividad de Jesús fueron comprendidos como la
comparecencia de sus seguidores ante la presencia de Dios. En los días de sus
inicios dentro del judaísmo, la Iglesia pudo asumir la fe y centrarse en el
mensaje de Jesús como revelador de Dios. Sin embargo, más allá de los límites
del judaísmo, la fe en el único Dios verdadero se convirtió en el elemento
básico para la proclamación del cristianismo.
50. JESÚS El Nuevo
Testamento presenta su concepción de Jesús en los títulos, retratos y
descripciones de su persona y reseñas de su obra y su palabra. En el contexto
del judaísmo, el Antiguo Testamento proporcionó títulos y parábolas que los
escritores del Nuevo Testamento utilizaron para transmitir el significado de
Jesús a sus discípulos. Fue descrito, por ejemplo, como un profeta igual que
Moisés, como rey davídico, como el Mesías prometido, como segundo Adán, como
sacerdote igual que Melquisedec, como figura apocalíptica igual que el Hijo del
Hombre, como el Siervo Sufriente de Isaías y como Hijo de Dios. (Para una
reseña íntegra de la vida de Jesús, véase Jesucristo; para un análisis
teológico de su persona, véase Cristología.) La cultura helenista aportó
otras imágenes: una divinidad preexistente que bajó a la Tierra, realizó su
obra y retornó a la gloria; el Señor por encima de todos los emperadores; el
mediador eterno de la creación y la redención; la figura cósmica que reúne en
sí misma la suma de la creación en un todo armonioso.
Los Evangelios presentan el ministerio de Jesús como
la presencia de Dios sobre la Tierra. Sus palabras revelaron a Dios y al modo
de obrar de Dios con su pueblo; sus acciones demostraron el poder curativo de
Dios al integrar el cuerpo, la mente y el espíritu; su martirio y muerte son
testimonio del inquebrantable amor de Dios; y su resurrección fue la señal de
que Dios aprobaba la vida, la muerte y el mensaje de Jesús. San Pablo y otros
discípulos desarrollaron conceptos acerca de la muerte de Jesús como el sacrificio
y la expiación por los pecados y presentaron la resurrección de Jesús como
garantía de la resurrección de sus discípulos. Los documentos escritos durante
la persecución (1 Pe., Ap.) interpretaron el sufrimiento de Jesús como modelo
para los cristianos en la hora del martirio.
51. ESPÍRITU SANTO
Algunos de los profetas de Israel habían caracterizado como
‘últimos días’ aquellos en los que Dios derramaría su Espíritu sobre la
humanidad entera. El Nuevo Testamento sostiene que esta promesa se cumplió en tiempos
de Jesús. Por ello, en todo el Nuevo Testamento se menciona el Espíritu de
Dios, una expresión que representa la presencia activa de la divinidad. Esta
entidad es denominada de diversos modos, como Espíritu, Espíritu Santo,
Espíritu Vivificante, Espíritu de Cristo o Espíritu de la Verdad (véase
Espíritu Santo; Trinidad). El Espíritu otorgó la fuerza a Jesús y permitió que
la Iglesia continuase lo que Jesús había comenzado a hacer y a predicar. Dentro
de cada uno de los discípulos, el Espíritu generó las cualidades adecuadas para
esa vida y dispuso a la persona para trabajar en aras del bien de la comunidad.
Es comprensible que la categoría ‘Espíritu’ estuviese sujeta a una amplia
variedad de interpretaciones, creando problemas en numerosas confesiones. El
Nuevo Testamento refleja la lucha en pos de la búsqueda de criterios claros
para determinar si una congregación o persona estaba en realidad bajo la
influencia del Espíritu Santo.
52. REINO DE DIOS Según el
Nuevo Testamento, el mensaje central de Jesús fue el Reino de Dios. Llama al
arrepentimiento en preparación para el reino ‘inminente’. El Reino de Dios se
refería al reino o dominio de Dios y, según las enseñanzas de Jesús, se anuncia
que dicho reino está presente. Sin embargo, esta presencia no fue total ni
completa, por lo cual en ocasiones se hace referencia a ella como
acontecimiento futuro. Los estudiosos del Nuevo Testamento han discutido sobre
si Jesús y sus seguidores esperaban o no que el Reino de Dios llegase a estar
presente por completo en su generación. La irresolución de este debate queda
reflejado en dos expresiones que suelen utilizarse para caracterizar a las
enseñanzas del Nuevo Testamento con respecto al reino: ‘ya’ y ‘todavía no’.
53. SALVACIÓN El Reino
de Dios no parece haber sobrevivido como temática central del mensaje de la
Iglesia. Según el Nuevo Testamento, la Iglesia no se identifica a sí misma como
reino y en sus predicaciones comenzó a hablar cada vez más de la salvación.
Este término solía aludir a la reconciliación de las relaciones de una persona
como Dios y a la participación en una comunidad que fuera a la vez reconciliada
y reconciliante. En este sentido, la salvación era una realidad actual, aunque
no en su integridad. La salvación se consumaría en una vida plena, más allá de
la lucha, futilidad y mortalidad que caracterizan este mundo.
Pablo creía que en el cumplimiento último del
propósito de Dios, la salvación alcanzaría dimensiones cósmicas. El reino de la
redención coexistiría con el reino de la creación. Ello implicaba que al final,
incluso las fuerzas del mal que, según el Nuevo Testamento, habitan los cielos,
la tierra y las regiones subterráneas, se armonizarían con el benevolente plan
de Dios. Esta visión final es diferente a la de Apocalipsis, donde el final se
caracteriza por la reivindicación y recompensa a los santos, y la condena
eterna de los perversos.
54.
CONCLUSIÓN:
Hasta que ese tiempo llegue los seguidores de Cristo deben
manifestar, a través de su conducta y sus relaciones, que están reconciliados con
Dios. Tal es el mandato del Nuevo Testamento íntegro, heredado del Antiguo: la
vinculación inseparable entre la creencia religiosa y una conducta ética y
moral. La Torá, Profetas y Hagiográficos habían insistido sobre esto, y el
Nuevo Testamento mantiene su énfasis en ello. La vida terrenal es denominada de
diversas formas como recta, santificada, bondadosa, fiel. Los libros del Nuevo
Testamento están repletos de instrucciones acerca de esta vida, no sólo en un
sentido íntimo, sino también en relación con los vecinos, los enemigos, los
familiares, los amos y esclavos, los funcionarios del gobierno y con el propio
Dios. Estas instrucciones se inspiran en el Antiguo Testamento, en las palabras
y el ejemplo de Jesús, en los mandatos apostólicos, en las leyes de la
naturaleza, en las listas de obligaciones familiares y en los ideales de los
moralistas griegos. Se entendía que todos estos factores tenían su origen común
en Dios, que espera que su propia lealtad sea correspondida con la lealtad de
quienes se han reconciliado como familia de Dios.
LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
Acabada
ya la batalla de la pasión, cuando aquel dragón rabioso pensó que había
alcanzado victoria del Cordero, comenzó a resplandecer en su ánima la potencia
de su divinidad, con la cual nuestro león fortísimo descendió a los infiernos,
venció y prendió aquel fuerte armado, y lo despojó de aquella rica presa que
allí tenía cautiva: para que pues el tirano había acometido a la cabeza sin
tener derecho contra ella, perdiese por vía de justicia el que parecía tener
sobre sus miembros. Entonces el verdadero Sansón, muriendo, mató sus enemigos;
entonces el Cordero sin mancilla con la sangre de su testamento sacó sus
prisioneros del lago donde no había agua; y entonces amaneció aquella deseada y
nueva luz a los que moraban en la región de las tinieblas y sombra de muerte.
Y
habida esta victoria, al tercero día el autor de la vida, vencida la muerte,
resucitó de los muertos: y así salió el verdadero Josef de la cárcel del
infierno por voluntad y mandamiento del Rey soberano, trasquilados ya los
cabellos de la mortalidad y flaqueza, y vestido de ropas de hermosura y
inmortalidad.
Aquí
tienes que considerar el alegría de todos los aparecimientos que entrevinieron
en este día tan glorioso: conviene saber, el alegría de aquellos padres del
limbo, que tantos años esperaron y suspiraron por este día; el alegría de la
Virgen, que tanto padeció el día de la pasión, y tanto se alegró el de la
resurrección; el alegría de las Marías, especialmente de la bienaventurada
Magdalena, que tanto amaba este Señor y tanto se alegró de verle resucitado; el
alegría también de los discípulos, que tan desconsolados estaban sin su
Maestro, y tanta consolación recibieron en le ver; y con esto ruega al Señor te
de a sentir alguna parte de lo que ellos este día sintieron. Y no sólo esta
vez, mas otras muchas veces y de otras maneras les apareció el Señor por
espacio de cuarenta días, comiendo y bebiendo con ellos: para que con estos
argumentos confirmase nuestra fe, y con sus promesas esforzase nuestra
esperanza, y con los dones que del cielo nos enviase, encendiese nuestra
caridad.



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