Trabajo de Investigación
Tema: La
Filosofía
Autor:
profesor José Luis Dell’Ordine
*
INTRODUCCIÓN
Los Padres,
los amigos, los maestros, la gente de la calle, nos van mostrando el mundo
desde que nacemos. La madre pone el pecho en la boca del recién nacido, y éste
chupa, se alimenta, y recibe al mismo tiempo una caricia. Lo viste, lo arropa,
y el niño vive esas prendas como abrigo. Agitan ante él el juguete. Le impiden
acercar la mano a una llama, o se quema con ella, y entran en el horizonte de
su vida la prohibición, el dolor, el peligro. Intenta el niño levantar una
mesa, y descubre el peso –y la impotencia-. Se da un golpe contra la pared y
cuenta con la resistencia de las cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a
distinguir entre lo serio y la broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes
que él había otros, y sucesos que no eran suyos. Le prometen algo, y se pone a
esperar en el futuro. Lo elogian o le regañan, y el niño empieza a darse cuenta
de que hay lo bueno y lo malo, la aprobación y la desaprobación. Le reprochan
haber hecho algo que no ha hecho, y tropieza con la injusticia. Lo engañan, y
ve que junto a la verdad, en la cual vivía sin saberlo, hay la falsedad o la mentira. Empieza a explorar la
casa, el jardín, las calles del pueblo o de la ciudad, el campo, y ve que hay
“más allá”, que el mundo es abierto, dilatado, desconocido, atractivo,
peligroso, hermoso o feo. Distingue muy pronto dos formas de los “otros”:
hombres, mujeres; y muy poco después una tercera forma: los “semejantes”, los
niños, a diferencia de los “mayores”.
Le hablan y
oye hablar. Distingue voces, y los tonos, y sabe cuándo se dirigen a él o no.
Le gustan más o menos: se siente atendido, acariciado, mimado, reprendido,
olvidado. Va entendiendo “de qué se trata”; luego, lo que se dice. Conoce
algunas palabras, y otras que no; adivina su significado unas veces, otras
quedan oscuras. Empiezan a “enseñarle” cosas: a andar, a comer, a vestirse, a
pronunciar, a mover las manos, a jugar, a hacer las cosas “bien”, a saludar, a
contar, luego a leer, a escribir, a rezar, a callarse, a esperar, a obedecer, a
resignarse. Y luego, noticias, informaciones, ritos, ciencias.
Casi toda la
vida va regida por esas formas que nos han sido “inyectadas” por los demás,
conocidos o desconocidos, sobre todo al verlos vivir ante nosotros. Estamos en la creencia de que las cosas son “así”,
de que hay que hacer tales o cuales cosas, de que podemos contar con ellas de
cierta manera. Nuestros deseos, nuestros proyectos, nos llevan a hacer algo de
acuerdo con esas líneas de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo
imprevisto, cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando alguien
se enfrenta con nosotros, no podemos seguir viviendo espontáneamente. Nos
paramos. ¿A qué? A pensar.
Lo primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que
hacer. Si no lo encontramos, recordamos lo que sabemos, lo que hemos
aprendido, los conocimientos adquiridos, para ver si nos sirven, si nos
permiten salir del apuro. Un tercer paso es tratar de conseguir más conocimientos,
preguntar a otros maestros, otros libros, otras ciencias.
Pero puede
ocurrir que, entre tantos saberes, nos encontremos perdidos, en la duda. No
sabemos qué hacer, no sabemos qué pensar. Ha aparecido ante nosotros algo nuevo, con
lo cual no contábamos. O lo que creíamos o pensábamos choca con lo que vemos;
¿cómo decidir? O, finalmente, sabemos muchas cosas, estamos rodeados de
objetos, recursos, aparatos, pero nos preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué
sentido tiene? ¿Qué es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta cuándo? ¿Y
después, que podemos esperar?
*
El nacimiento de la filosofía
Cuando el
hombre primitivo estaba agobiado por las dificultades, cuando le era difícil
seguir viviendo, comer, beber, abrigarse, calentarse, defenderse de las
intemperies, de las fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía respiro para
hacerse preguntas. No solo cada día, cada hora tenía su afán. Y no sabía casi
nada. Pero cuando, al cabo de los siglos, el hombre consiguió alguna riqueza,
cierta seguridad, instrumentos que le permitieron desarrollar una técnica,
noticias y conocimientos, cuando su memoria no fue sólo suya y la de sus
padres, sino la de la tribu o la ciudad o el país –una memoria histórica-,
cuando hubo autoridades y mando y alguna forma de derecho y estabilidad,
consiguió el hombre holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar
algún instrumento, bailar, componer versos, dibujar o esculpir, levantar
edificios que no eran sólo cobijo, sino que debían ser hermosos, inventar
historias, y a veces representarlas. Y entonces, en esa vida más compleja, más
atareada y a la vez con más calma, sintió sorpresa, la admiración, el asombro,
la extrañeza: ante lo bello, lo
magnífico, lo misterioso, lo horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una
mirada abarcadora, que en lugar de fijarse en tal cosa particular contemplaba
el conjunto: y al entrar en sí mismo, al ensimismarse como decimos con una
maravillosa palabra en español, empezó a atender al conjunto de su vida y a
preguntarse por ella. Así nació, seis o siete siglos antes de Cristo, en
Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar, que vino a
llamarse filosofía.
Hay un
paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad entonces y lo que ocurre al
hombre y a la mujer cuando llega a cierta altura de su vida. Todavía es mayor
el paralelismo si se piensa que no todos los pueblos han cultivado la
filosofía, y que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas. Los demás siguen
viviendo sin claridad, o se contentan con la certidumbre que da la acción, o
aquella otra en que se está por una creencia, o con otra distinta que dan los
conocimientos, las ciencias particulares, que nos enseñan tantas cosas. Hoy,
tantas que nadie las sabe, que, por tanto, funcionan para cada hombre como otra
forma de creencia: creemos que se saben todas esas cosas, que las sabe la
ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?
Para que
alguien se haga las preguntas de la filosofía hace falta que se den varias
condiciones. 1) Que se sienta perdido, que no sepa qué hacer o qué pensar, que
no sepa a qué atenerse. 2) Que los conocimientos particulares no lo saquen de
su duda, no le den una certeza suficiente, porque lo que necesita saber es qué
es todo esto, quién soy yo, qué será de mí 3) Que tenga la esperanza de poder
encontrar respuesta a esas preguntas, de poder salir él mismo de la duda. Lo
cual quiere decir: 4) Que suponga que esas preguntas pueden tener respuesta,
que tienen sentido. Y finalmente: 5) Que el hombre perdido y lleno de dudas
tiene algún medio de interrogar a la realidad y obligarla a manifestarse y
responder, a ponerse en claro, a manifestar la verdad. Ese medio es lo que se
suele llamar pensamiento o razón.
*
La vida humana
" Ya se han escrito todas las buenas máximas, solo falta ponerlas
en práctica.", lo decía Pascal.
Siempre mi vida ha girado en un constante aprendizaje
de aplicación de la filosofía en la vida. Pero resulta que eso es tan extraño,
complejo y misterioso que llamamos filosofía se parece mucho a lo que todos los
hombres hacen todos los días desde el principio del mundo. Por lo cuál, tal vez
no sea tan extraño, y desde luego es algo muy propio del hombre.
Yo me encuentro en el mundo, rodeado de cosas,
haciendo algo con ellas, "viviendo". Cuándo caigo en la cuenta de
eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es decir, que mi vida ha empezado ya, no
he asistido a su comienzo. Entre las cosas que encuentro está mi propio cuerpo,
que se presenta como una cosa más, que me gusta más o menos, que funciona bien
o mal, que no he elegido. Es cierto que me acompaña siempre, que lo llevo
siempre "puesto", que lo que le pasa me interesa y me afecta, que por
medio de él veo, toco, me relaciono con todas las cosas; que por él esta aquí
estoy yo aquí, y que gracias a él cambio de lugar.
Y también encuentro eso que llaman las
"Facultades psíquicas": la inteligencia, la memoria, la
voluntad, el carácter. A lo mejor mi inteligencia es buena para algo, pero mala
para otras cosas; o recuerdo bien los versos y mal los números de
teléfono; o tengo voluntad débil, o mal genio. Nada de eso he elegido, nada de
eso soy yo, sino que es mío, como el país o la época en que he nacido, la
familia a la que pertenezco, mi condición social, etc.
Con todo eso que encuentro a mi
disposición, bueno o malo, tengo que hacer mi vida, tengo que elegir en cada
momento lo que voy a hacer, quién voy a ser. Lo más grave es que la parte
más interesante del mundo no está presente, no dispongo de ella, porque lo
que elijo es quién voy a ser mañana, y el mañana no existe; existirá... mañana;
es el futuro. Y el futuro es inseguro, incierto, está oculto.
¿Qué hacer?, ¿Que elegir?, ¿Que camino
tomar?, no tengo más remedio que tratar de ver juntas todas mis posibilidades,
para poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré? depende de quién quiero
ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme primero como tal
persona, como tal hombre o mujer, y ese proyecto imaginario es el que, ante las
posibilidades que tengo ante mí, decide. Dicho con otras palabras, para vivir
tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme a mí mismo y ver en su
conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español José Ortega y Gasset
hablaba de la razón vital, sin la cuál no puedo vivir porque solo puedo vivir
pensando, razonando.
Vemos ahora que la filosofía no es más que hacer a
fondo, con rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario para
poder vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y las épocas que
filosofan viven con mayor claridad, no se dejan arrastrar, saben lo que
hacen, tienen una iluminación superior a los demás. Y tienen también la
audacia de creer que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse
por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que puede conducir a
ese descubrimiento. La consecuencia es que el que filosofa pretende ser más el
mismo, más de verdad, ser lo que se llama más auténtico.
*
La historia de la filosofía
Es larga y compleja la historia de la filosofía.
Iniciada en Grecia a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales de
Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Empédocles, Anaxágoras,
Demócrito, Sócrates), llevada a su perfección por Platón y Aristóteles,
desarrollada luego, en Grecia y en Roma (Séneca, Marco Aurelio, Plotino),
cristianizada luego, sobre todo en San Agustín, y en la Edad Media (San
Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, Escoto, Ockam), sin olvidar a
los judíos (Maimónides) o musulmanes (Avicena, Averroes, Ebenjaldún),
continuada en el Renacimiento por Nicolás de Cusa, Luis Vives, Erasmo, Giordano
Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes, Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke,
Hume; Zubiri, Wittgenstein y tantos otros, esa historia ha sido vista a veces
como una historia de errores de la mente humana; pero no es así.
Hay una continuidad y coherencia en la historia de la
filosofía, que hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque cada uno
tenga que formular el problema a su manera propia, desde su punto de vista
personal, que no excluye forzosamente los otros, porque las perspectivas reales
son muchas y complementarias. Un gran filósofo dijo: “Todo lo que un hombre ha
visto es verdad”. Quería decir que la falsedad viene sólo de lo que cada uno
añade a lo que verdaderamente ha visto; y ahí es donde puede producirse la
contradicción y la discordia. La historia entera de la filosofía es el camino
de la mente humana para conocer la realidad, para aproximarse a ella y
descubrirla, rectificar los errores e integrar la visión personal con las de
los demás.
*
La visión responsable
Ante una cosa, el filósofo no se pregunta, como el
científico, por sus propiedades particulares –mineral, vegetal, animal, cuerpo
celeste, echo psíquico o histórico, forma social o política, ley, enfermedad,
obra literaria o artística, etcétera-; se pregunta por lo que tiene de
realidad, es decir, por el tipo de realidad que le corresponde. No es lo mismo
una piedra o un pino o un caballo, o bien el número 7, o el triángulo
isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una sirena o un centauro; o un soneto; o
Don Quijote; o Cervantes; o Dios.
El filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la
realidad tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles son sus
atributos y su manera de comportarse y cómo se
lo puede conocer. Y tiene que preguntarse igualmente por la realidad en
su conjunto, por su estructura, las jerarquías o grados de realidad que hay
dentro de ella, las relaciones o conexiones entre todas las cosas que son en un
sentido o en otro, reales.
Se puede pensar que la filosofía es muy difícil, que
no se puede comprender, que sólo muy pocas personas la entienden. No es así;
hemos visto que en el fondo es lo que todos los hombres hacemos todo el tiempo;
si es así, ¿cómo no vamos a comprender eso que sin darnos cuenta hacemos?
Cuando se es muy joven, no se comprende la filosofía,
pero no porque sus razonamientos sean muy complicados –los de las matemáticas
suelen ser más difíciles- sino porque el niño no ve el problema, no ve en que
consiste la pregunta. Cuando se llega a la primera juventud se puede entender,
y el joven que “ve” la filosofía suele entusiasmarse. Los discípulos de
Sócrates y Platón eran muchachos muy jóvenes. Y es mejor acercarse a la
filosofía con frescura, con inocencia, sin saber nada, dispuesto a abrir los
ojos y mirar.
La única dificultad que tiene la filosofía es que
tiene una estructura, un orden, distinto del que tienen otras ciencias, por
ejemplo la matemática. Ésta tiene una estructura lineal: si un libro de
matemáticas tiene veinte teoremas, necesito entender los tres primeros para
entender el cuarto, pero no necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los
anteriores, pero no en los posteriores, y se estudian y aprenden linealmente.
En la filosofía, las verdades se apoyan unas en otras, mutuamente. Si se lee la
primera página de un escrito filosófico, no se la comprende íntegramente; al
leer la segunda la primera empieza a aclararse, y así sucesivamente; la
comprensión total de la primera página no se logra hasta que se ha llegado a la
última. Ésta estructura circular (o espiral) es lo que se llama sistema: un
conjunto de verdades, cada una de las cuáles esta sostenida y probada por todos
los demás.
Por esto es un error, cuando se lee un libro
filosófico, no pasar del principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se
entenderá nunca. Hay que seguir, recibiendo nuevas aclaraciones a medida que se
avanza, hasta el final. Las iluminaciones se van sucediendo, se van viendo
nuevas conexiones, se descubren relaciones inesperadas, y por eso la lectura de
un libro filosófico es apasionante, como la de una buena novela.
Esta comparación no es justificada: la filosofía es
una teoría dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa
creadoramente o del lector que revive esa teoría. No se entiende nada humano
más que contando una historia, y la filosofía tiene ese elemento dramático o
novelesco, que la hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía
reside en esa estructura: una vez reconocida y aceptada, resulta ser lo
verdaderamente inteligible; lo que de verdad se comprende; a su lado, todas las
demás formas de intelección carecen de última claridad.
A la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es
filosóficamente entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta
evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de una comprensión
filosófica. Supongamos que un profesor demuestra perfectamente en la pizarra
que los tres ángulos de un triangulo valen dos rectos, o el teorema de
Pitágoras, o la regla de la división. Si se nos pregunta porque es así, porque
aquello es válido, contestaremos que “está demostrado”, que un profesor nos lo demostró de manera
concluyente cuando estudiábamos en el colegio o el instituto. No nos acordamos
de la demostración, pero recordamos perfectamente que el profesor la dio de
manera convincente. ¿Vale esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar
renovándose en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de
justificación; no se puede aceptar nada por autoridad –ni siquiera por el
recuerdo de la evidencia, por la evidencia pasada-, sino por la evidencia
actual.
Por eso la filosofía puede definirse como la visión
responsable: es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero no
basta; es una visión que se justifica, que muestra sus razones, que “responde”
de lo que ve y responde a las preguntas.
*
Las
preguntas radicales
La filosofía se hace las preguntas radicales,
aquellas que necesitamos responder para estar en claro, para saber a qué
atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo y de nuestra vida, para
saber quiénes somos y qué tenemos que hacer y qué podemos esperar, qué será de
nosotros. Entre muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre
radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres lúcidamente, y no
a ciegas o como sonámbulos.
Se dirá: ¿Es que podemos alcanzar esa certidumbre?
¿Es posible ese saber superior y más profundo, ese núcleo del pensamiento
filosófico que se llama metafísica? No sabemos si es posible: sabemos que es
necesario, que lo necesitamos para vivir.
Las ciencias son diferentes. Un problema científico
que no tiene solución no es un problema. En filosofía, no. En primer lugar,
porque no se sabe si acaso pueda tener solución con otro método, planteado de
otra manera mejor; en segundo lugar, porque la filosofía no necesita tener
éxito: tiene que enfrentarse con sus problemas, no puede contenerse con
eliminarlos. Es la condición de la vida humana; el hombre no necesita tener
éxito, le basta con intentar hacer, lo mejor posible, lo que debe hacer. La
filosofía no puede renunciar a sus problemas fundamentales, porque entonces
renuncia a si misma, deja de ser filosofía (es lo que le pasa a gran parte de
lo que hoy se llama filosofía).
No hace falta ser un filósofo creador, original, para
tener acceso a la filosofía.
El que lee filosóficamente a un filósofo, o lo
escucha, repiensa su filosofía, se la apropia, la hace suya. Repite dentro de
sí mismo el movimiento mental que llevó al filósofo a preguntarse algunas
cosas, que lo condujo con un método riguroso de evidencia en evidencia, a
ciertas visiones: soluciones o un nuevo planteamiento más adecuado del
problema.
El filósofo es un hombre audaz, que se atreve a
enfrentarse con la realidad, interrogarla, levantar el velo que la cubre y
tratar de ponerla de manifiesto, hacerla patente. Por eso, la tentación del
filósofo es soberbia. Pero si es verdadero filósofo, tendrá que llegar a una
profunda humildad: primero, porque tendrá conciencia de que la realidad es
problemática, que ninguna verdad la agota que cuando dice “A es B”, no quiere
decir “A es B y nada más”, sino que su propia visión se podrá y deberá integrar
con otras, que no se excluyen forzosamente; segundo, porque lo que hace no es
dictar a la realidad cómo es o debe ser, sino al contrario. Ver cómo es,
reconocer que es así, aceptarlo. La filosofía requiere el valor de enfrentarse
con la realidad –toda realidad, sin amputaciones ni exclusiones, en todo su
problematismo-, pero significa la aceptación de la realidad, el sometimiento a
una verdad que el filósofo no
produce ni impone, sino descubre.
Los otros conocimientos, las otras ciencias, la
experiencia de la vida, las crisis históricas, todo eso lleva al hombre a
algunas preguntas esenciales que van más allá, que no tienen respuestas
prácticas ni dentro de cada una de las ciencias positivas. Hay problemas que no
tienen su lugar en la física, la psicología o la historia; pero son problemas
para el físico, el psicólogo o el historiador, para el hombre que cada uno de
ellos es (como para el hombre de la calle). Esas mismas ciencias plantean un
problema que excede de ellas mismas: ¿cuál es su puesto en el conjunto del
saber? Y ¿cuál es la realidad de su objeto? El físico estudia la naturaleza, la mide, descubre sus leyes; pero no se
pregunta qué es la naturaleza o por qué hay naturaleza. La pregunta por la
realidad histórica no es tema de la historia. Las ciencias particulares dan por
supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias positivas), pero el hombre no
puede dar nada por supuesto si quiere tener una ultima claridad. Esa es la
función, la exigencia de la filosofía.
Por otra parte, la filosofía no empieza nunca en
cero. No solo parte de innumerables noticias, experiencias, conocimientos, sino
que descansa sobre un subsuelo de creencias, se inicia en una situación social,
histórica, personal que condiciona el horizonte de los intereses, las
curiosidades, las inquietudes; que hace que un filosofo mire en una u otra
dirección, que eche de menos, claridad sobre unas cosa y no sobre otras. La
filosofía tiene siempre, para emplear una expresión de Ortega, una
“prefilosofía” que normalmente olvida y deja a su espalda.
Hay que aclarar esta importante cuestión. La idea de
una filosofía sin supuestos, que no parta de otros saberes, que empiecen en
cero, como antes dije, es completamente ilusoria. Pero si la filosofía olvida
todo eso, no tiene plena realidad, no se aclara sobre si misma, no es
estrictamente filosófica. Tiene que contar con todo eso que es su punto de
partida que la condiciona, pero tiene que dar razón de ello, es decir,
justificar filosóficamente. Nada de eso será filosofía hasta que la filosofía
lo absorba, lo ilumine, justifique, y así lo eleve hasta el nivel de la
filosofía misma.
En este sentido, toda filosofía es histórica, esta “a
la altura del tiempo”, es la propia de cada época. Y no puede olvidar que lleva
dentro toda las demás del pasado, que a llegado a ese nivel, es un proceso sin
el cual se la podría entender. La filosofía no es separable de su historia,
pero esta remite al presente: nos obliga a hacer filosofía, por que todas las
demás, de pretérito, no nos sirve, no son suficientes, porque están pensadas en
situaciones distintas de la nuestra, porque no se enfrentan, al menos de manera
adecuada, con nuestros problemas, aquellos que nos obligan a filosofar. La
filosofía del pasado no queda arrumbada o rechazada: queda absorbida,
incorporada en la actual; el filósofo filosofa con todos los demás que lo han
precedido, y no puede reducirse a ninguno.
*
La verdad
de la vida
“Una vida no examinada (es decir, sin
filosofía) no es vividera para el hombre”, decía Platón. “Todas las ciencias son más necesarias que
la filosofía-decía Aristóteles-; superior, ninguna.” La filosofía “no sirve
para nada”, y por eso no sirve a nadie: es la ciencia de los hombres libres. “Si la sabiduría es Dios, el verdadero
filósofo es el amador de Dios”, decía San Agustín. Y Spinoza la ve como amor
Dei intellectualis. “Amor intelectual a Dios”. Y Ortega, en su primer libro.
Definía la filosofía como la “ciencia general del amor”.
Esa conexión entre amor
y filosofía es esencial, porque la filosofía busca la conexión general de todas
las cosas-eso es precisamente la razón-, y eso es obra del amor. Por eso la filosofía consistió, desde el
principio, en la máxima dilatación del espíritu, hasta llegar a preguntarse por
el todo. ¿Qué es todo esto? Por este
camino se llegó a descubrir la naturaleza, más allá de cada cosa, y como
principio de explicación de ellas (la naturaleza de las cosas). La idea cristiana de creación llevó a ver el
mundo como criatura, con una realidad fundada en la de Dios creador. La
evidencia del carácter único e irreducible de eso que llamamos “yo” llevó al
pensamiento moderno (Descartes y sus continuadores) al idealismo, a la
afirmación del yo pensante como la realidad primaria, de quién serían “ideas”
todas las cosas. Pero nuestro tiempo ha
visto que, si bien es verdad que nada puedo saber sin mí, sin ser yo testigo de
los demás. Yo no me encuentro nunca solo, sino rodeado de cosas, en un mundo,
haciendo algo con él, algo que se llama vivir.
Y al vivir encuentro, de una manera o de otra, todo lo que hay, presente
y manifiesto o latente y oculto, accesible o inaccesible, desde mi propio
cuerpo y las cosas que me rodean hasta Dios, del cual encuentro en mi vida al menos
la noticia o revelación.
La filosofía es el
descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles. Volverse de espaldas a ellas es renunciar a
ver, aceptar una ceguera parcial, contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un incalculable
enriquecimiento del mundo. Es además
una disciplina moral: la exigencia de no engañarse, de no aceptar como evidente
lo que no lo es. (Sin que esto quiera
decir que hay que rechazar lo que no es evidente, porque muy pocas cosas lo
son.) Es sobre todo, una llamada a la
lucidez, a ese “señorío de la luz sobre las cosas y sobre nosotros mismos”, de
que hablaba Ortega. Y con ello, una
llamada a la autenticidad, a la verdad de la vida, a ser cada uno quien verdaderamente
pretende ser.
El último fruto de la
filosofía es la aceptación del destino libremente elegido, eso que se llama
vocación.
Bibliografía consultada:
Los estudios de un joven de hoy, de la Editorial
Fundación Universidad-Empresa, Madrid 1982.
Diccionario de la Lengua Española.
El libro de las virtudes, Javier Vergara Editor,
Buenos Aires, 1995.
Platón, Diálogos, Porrúa, México, 1976.
Ser hombre, de Elías M. Zacarías.
Fundamentos de Filosofía, Madrid 1986
Las Virtudes Fundamentales, Josef Pieper, Ed. Rialp, Madrid, 1988.
Filosofía Cristiana, José M. De Torre, Ediciones
Palabra, S.A., Madrid, 1982.
Profesor José Luis Dell’Ordine
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