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La Libertad
INTRODUCCIÓN Libertad, capacidad de autodeterminación de la voluntad, que permite a los seres humanos actuar como deseen. En este sentido, suele ser denominada libertad individual. El término se vincula a de la soberanía de un país en su vertiente de ‘l
LA Libertad
1. INTRODUCCIÓN Libertad, capacidad de autodeterminación de la voluntad,
que permite a los seres humanos actuar como deseen. En este sentido, suele ser
denominada libertad individual. El término se vincula a de la soberanía
de un país en su vertiente de ‘libertad nacional’. Aunque desde estas perspectivas
tradicionales la libertad puede ser civil o política, el concepto moderno
incluye un conjunto general de derechos individuales, como la igualdad de oportunidades
o el derecho a la educación.
2. LA LIBERTAD Y SUS LÍMITES
Como es lógico, el reconocimiento de una libertad ilimitada haría
imposible la convivencia humana, por lo que son necesarias e inevitables las
restricciones a la libertad individual. La libertad se define como el derecho
de la persona a actuar sin restricciones siempre que sus actos no interfieran
con los derechos equivalentes de otras personas.
La naturaleza y extensión de las restricciones a la libertad, así
como los medios para procurarlas, han creado importantes problemas a los filósofos
y juristas de todos los tiempos. Casi todas las soluciones han pasado por el
reconocimiento tradicional de la necesidad de que exista un gobierno, en cuanto
grupo de personas investidas de autoridad para imponer las restricciones que
se consideren necesarias. Más reciente es la tendencia que ha subrayado
la conveniencia de definir legalmente la naturaleza de las limitaciones y su
extensión. El anarquismo representa la excepción a todo esto,
al considerar que los gobiernos son perversos por su propia naturaleza, y sostener
que es preferible su sustitución por una sociedad ideal donde cada individuo
observe los elementales principios éticos.
El equilibrio perfecto entre el derecho del individuo a actuar sin interferencias
ajenas y la necesidad de la comunidad a restringir la libertad ha sido buscado
en todas las épocas, sin que se haya logrado alcanzar una solución
ideal al problema. Las restricciones son en no pocas ocasiones opresivas. La
historia demuestra que las sociedades han conocido situaciones de anarquía
junto a periodos de despotismo en los que la libertad era algo inexistente o
reservado a grupos privilegiados. Desde estas situaciones hasta su evolución
hacia los estados de libertad individual cristalizados en los gobiernos democráticos,
conocidos en algunos círculos como ‘la menos mala de las soluciones’
respecto a ese deseo natural del hombre por ser libre.
3. HISTORIA
En la antigüedad, la esclavitud fue considerada como una institución
necesaria para la sociedad. En la edad media, la más importante demostración
de cómo los grupos organizados de personas se encontraban en disposición
de exigir determinados privilegios a los poderosos fue la Carta Magna, impuesta
en el siglo XIII al rey Juan Sin Tierra de Inglaterra por un grupo de barones
ingleses. El documento tiene gran significado en la historia de las libertades
de los pueblos. Cuando la época medieval tocaba su fin, el renacimiento
planteó el problema de la libertad intelectual y de conciencia, con constantes
desafíos a los dogmas de la Iglesia católica. La Reforma protestante
trajo ideas bastante diferentes acerca de la consideración de estas libertades.
Las grandes revoluciones contribuyeron a definir la libertad individual y a
asegurar su implantación. En el siglo XVII, la Revolución Gloriosa
supuso la culminación de cientos de años de intentos de imponer
restricciones a los monarcas absolutos ingleses. El Bill of Rights, aprobado
en el Parlamento en 1689, trajo consigo el establecimiento de un gobierno representativo
en Inglaterra.
La guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783) combinó los
problemas de la libertad individual con los de la libertad nacional, propios
de la creación de un nuevo Estado. La Declaración de Independencia
proclamó la libertad frente a Inglaterra, y la Constitución de
Estados Unidos, cuyas diez primeras enmiendas, siguiendo el modelo del Bill
of Rights, contienen la enumeración de los derechos civiles, supuso el
primer eslabón en la cadena de las sucesivas constituciones nacionales.
La Revolución Francesa de 1789 destruyó el sistema feudal en
Francia y estableció el sistema del gobierno representativo. La Ilustración,
fuente intelectual de la Revolución Francesa, definió la libertad
como un derecho natural del hombre a actuar sin interferencias de ninguna clase,
al tiempo que estableció la necesidad de limitaciones a la libertad para
con ello procurar la existencia de una organización social propia. Enterrada
la teoría del origen divino del poder real, las nuevas teorías
ponían el fundamento del poder en el pueblo, y que la tiranía
comienza cuando, ignorando esa procedencia, se violan los derechos individuales.
En la Revolución Francesa se encuentra el origen ideológico de
la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, que sirvió
como modelo para la mayoría de las declaraciones sobre la libertad adoptadas
por los estados europeos del siglo XIX.
En Latinoamérica, los principios liberales que rigieron las luchas por
la emancipación durante las dos primeras décadas del siglo XIX
estuvieron enmarcadas también en los ideales de libertad, personal y
de comercio, que dieron origen a la Revolución Francesa.
Diverso concepto de libertad fue el sustentado en la Revolución Rusa
de 1917. El Estado resultante (Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas), de acuerdo con la ideología marxista en la que se
basó su Constitución, mantuvo que todo reconocimiento de la libertad
individual favorecía al individuo concreto, pero siempre en perjuicio
de la mayoría de la población. La verdadera libertad era posible
sólo por medio de la eliminación de la clase explotadora. El éxito
de la revolución consistió en el anuncio de una nueva era de la
libertad del hombre. Pero el gobierno de tipo dictatorial y opresor de Iósiv
Stalin llevó a no poca gente a considerar que el socialismo, basado en
la tesis de la propiedad colectiva de los medios de producción, desemboca
sin remedio en la dictadura.
4. PROBLEMAS MODERNOS
Desde que tuvieron lugar las revoluciones aludidas, el principal problema en
relación con la libertad nacional se ha desarrollado en paralelo con
las ansias de soberanía e independencia de pequeños países
y colonias. A ello deben añadirse los problemas de las minorías
raciales, siempre dispuestas a ganar autonomía interior en relación
con el Estado.
Respecto a la libertad individual en su estado actual, el problema ha consistido
en la protección y extensión de los derechos civiles, como son
la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad religiosa,
la de expresión, reunión, cátedra, manifestación
y otras, o lo que es lo mismo, en la búsqueda del punto en el que termina
la libertad de una persona y comienza la de los demás. Así, la
libertad de información o de expresión no puede ejercitarse sin
límites, pues un ejercicio abusivo de las mismas puede vulnerar el derecho
al honor o la intimidad de otra persona.
Aparte de la experiencia soviética y de sus países satélites
(Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc.), otras amenazas a la libertad
tuvieron lugar en la primera mitad del siglo XX europeo en forma de gobiernos
totalitarios en Alemania, Italia y España. En estos países las
libertades civiles fueron destruidas, y los derechos individuales quedaron por
entero subordinados a las exigencias gubernamentales, de modo que quienes no
comulgaban con esta política eran castigados (delitos de opinión,
por ejemplo). La libertad se restauró al final de la II Guerra Mundial
en Alemania e Italia, pero en España quedó restringida hasta la
muerte de Francisco Franco en 1975. Otras dictaduras se han sucedido en numerosos
países iberoamericanos, destacando los casos de Chile, Argentina, Paraguay
y Panamá. En los dos primeros casos, tanto en 1973 (Chile) como en 1976
(Argentina) surgieron férreas dictaduras a cuyo fin renacieron los sistemas
democráticos. El caso paraguayo es diferente, dado que, durante décadas
fue gobernada por el dictador Alfredo Stroessner, el cual fue depuesto en la
década de 1980. Asimismo, el caso panameño tiene matices, dado
que la lucha del dirigente nacionalista Omar Torrijos por la defensa del Canal
de Panamá tuvo un carácter distinto a la del general Manuel Antonio
Noriega, acusado por Estados Unidos de tráfico de drogas. También
en Nicaragua la dictadura de la familia Somoza acabó en una revolución
que, luego de un gobierno provisional, desembocó en elecciones democráticas.
APÉNDICE:
EL VALOR POSITIVO DE LA LIBERTAD HUMANA:
La afirmación de la existencia, del "valor de realidad"-del
libre albedrío humano, testimoniada por la experiencia de él,
no es todavía la afirmación de que este modo de la libertad sea
valioso en su esencia. Desde el punto de vista de lo meramente biológico-entendiendo
por meramente biológico lo que el hombre tiene en común con los
seres vivientes infrahumanos-, la libertad de arbitrio es juzgada un contravalor
o valor negativo-,una imperfección- por ARNOLDO GEHLEN. De ésta,
digámoslo así, "descalificación biológica"
de libre albedrío humano a hechos M.MULLER un breve y optimo resumen,
contrastándolo con la valoración tradicional: "la libertad
es inseguridad, privación, por tanto, de fijeza y univocidad en el comportamiento.
La querencia de fijeza, y univocidad y estabilidad lleva el nombre de indeterminatio
en la tradición de la filosofía clásica, en la llamada
philosophia perennis,. Y la definición de la libertad como indeterminación
o inestabilidad,..., es antigua, pero solo significaba originariamente la característica
negativa de un fenómeno en si mismo positivo,...,para GEHLEN, es su perspectiva
biológica esa característica es el rasgo predominanante. La libertad
es un fenómeno biológicamente negativo, la carencia de coordinación
univoca del estimulo y la reacción".
El propio GEHLEN reconoce como antecedentes de su concepción algunas
ideas de SCHILLER y HERDER, y hasta KANT e incluso de SANTO THOMAS (señaladas
esta por J.PIEPER y A.SZALAI), todas ellas referidas de una u otra manera, a
la indefensión natural del cuerpo humano, comparativamente a lo de los
otros animales. Sin embargo, en ninguno de estos "antecedentes" aparece
el libre albedrio humano como un hecho esencialmente negativo, aunque suponga
en el organismo corporeo del hombre una cierta negatividad o imperfección.
Es-para decirlo con M.MULLER en su alusión a la idea tradicional de la
libertad-"la característica negativa de un fenómeno en si
mismo positivo". El aspecto negativo del libre albedrío humano es
la indeterminación que este requiere, por una parte, en el cuerpo mismo
del hombre (carente de los dispositivos necesarios para la conducta inivocante
determinada por los instintos en los demás animales) y, por otra parte,
en la voluntad humana, naturalmente indeterminada en relación a todo
bien limitado o que como tal aparece. Pero el libre albedrío humano no
se reduce a ese necesario aspecto negativo, que es más una condición
que una nota constitutiva de su esencia. La indeterminación es necesaria
precisamente para la autodeterminación, en la cual consiste el aspecto
positivo de la libertad de arbitrio de nuestra potencia volitiva.
De ningún modo puede ser explicada la autodeterminación como
una consecuencia o un efecto de la indeterminación. Sólo hasta
cierto punto cabe lícitamente sostener que el hombre tiene que autodeterminarse
porque en virtud de su propia naturaleza no se encuentra determinado. Si no
tuviese ya por naturaleza una cierta potencia de autodeterminación-es
decir, sin poseyese esta potencia de una manera innata-,no podría autodeterminarse
de modo alguno. Para darse así mismo el correspondiente poder, tendría
ya que tenerlo y ciertamente la indeterminación no puede darselo. Para
"sacar fuerzas de flaqueza" es menester tenerlas, aunque no estén
activas, y el "hecho" de que la necesitamos no tiene poder bastante
para determinar su producción.
Estas observaciones criticas a GEHLEN son también aplicables a ZUBIRI.
No es que ZUBIRI mantenga-de ninguna manera lo ha afirmado- el libre arbitrio
del hombre es un hecho esencial y primordialmente negativo; pero, en cambio
es verdad el libre albedrío humano queda interpretado por ZUBIRI como
algo que emerge de la relativa indeterminación-"inconclusión"-de
la tendencias humanas: "no es que las tendencias humanas dejen un margen
dentro del cual puede jugar la libertad. Es algo más que eso. Pero lo
más grave y decisivo es que las tendencias exigen precisamente de que
hayan libertad, y lo exigen por su inconclusión, por lo que nos colocan
inexorablemente es en situación de libertad. La libertad no es algo que
se superpone para manejar dentro de ciertos límites lo anterior a ellos,
lo natural, si no que es exigido por la inconfusión de lo natural para
poder subsistir, incluso en tanto que natural ". O también: "la
función primaria de la tendencia es hacer posible por su inconclusión
la emergencia de la libertad.
De ahí que las tendencias, es un ser como el hombre, si bien no son
formalmente libres, si bien en muchos casos son participativamente libres, la
verdad es que en todo caso son exigitivamente la raíz de la libertad,
que es cosa distinta".
Si ZUBIRI se hubiese limitado a sostener lo que dice en el inicio del segundo
de los dos pasajes consignados, a saber que la función primera de las
tendencias es hacer posible, por su inconclusión la emergencia de la
libertad, se podría discutir si la función primera de la tendencia
es precisamente esa y no otra pero no estaría justificado aplicarle a
ZUBIRI la misma objeción arriba hecha al pensamiento de GEHLEN. Pues
el hacer posible la emergencia de la libertad no es tanto como exige esa emergencia
y como poner en situación de libertad al hombre.
Pero es el caso que en el primero de los dos textos, en el final del segundo
afirma ZUBIRI, que las tendencias inconclusas requiere la libertad, siendo en
el hombre, exigitivamente, la raíz de ella para lo que natural pueda
subsistir, incluso en tanto que natural. Ya estas afirmaciones coinciden básicamente
con la doctrina de GEHLEN, por cuanto en ella la autodeterminación viene
exigida-, y, por cierto, también para que el hombre pueda subsistir-precisamente
por la indeterminación. Insisto no es igual "hacer posible"
que "exigir". Ni "exigir algo" es lo mismo que "ponerlo".
(las ganas de comer exigen el alimento que las quita, más no por ello
lo ponen, ni me confieren tampoco el poder de elegirlo, por más que sean
efectivamente una tendencia inconclusa, al menos en el sentido de que no determinará
concreto alimento he de tomar, ni como concretamente he de tomarlo).
CONCLUSIÓN:
1- El valor del libre albedrío humano no es el valor de lo mas radical
en el ser específico del hombre ni tampoco el más alto de los
valores que a este le son posible sino el más alto de los valores que
el hombre tiene como virtud de su innata realidad.
No puede ser el valor de lo más radical en la índole específica
del hombre-ni tampoco, por tanto, el más radical de los valores de esta
índole-porque el libre albedrío humano presupone la libertad trascendental
del entendimiento y de la voluntad, cuyos valores son por ende, más radicales
que el de la libertad de arbitrio de nuestra potencia volitiva. El más
radical de los valores de nuestro ser específico es el valor de nuestro
entendimiento y ellos no solo porque el entendimiento hace posible los actos
libres de la voluntad, sino porque también hace posible a la libertad
misma, tanto en su libertad trascendental, cuanto la libertad de arbitrio que
ella tiene. "La inteligencia-dice, con acierto solo parcial, ZUBIRI-es
lo que hace posible que una facultad intrínsicamente es libre pueda efectivamente
ser libre en acto, ejecutar en acto segundo su propia libertad". El acierto
de ZUBIRI, es solamente parcial, porque la inteligencia no podría hacer
posible que fuese libre el ejercicio del libre albedrío humano sino hiciese
también en nuestra potencia volitiva tengan intrínsicamente esta
forma de libertad. La libertad humana está dotada de libertad de arbitrio
porque todo bien limitado, captado de una manera intelectiva precisamente como
no absoluto, puede ser querido, o sea, porque la voluntad no quiere necesariamente
lo que el entendimiento representa como un bien que lo que es con alguna limitación.
Sin la lucidez intelectiva que hace posible captar en cada bien limitado la
limitación correspondiente, la voluntad se comportaría de un modo
tan necesario como el propio apetito sensorial o, mejor dicho, solo habría
apetito sensorial, no facultad volitiva, en tanto que esta implica, ya en si
misma, intrínsicamente-,que su sujeto está dotado así mismo
de la facultad de entender.
2- Los progresos de las ciencias y, en especial, lo de la sicología
y lo de la ciencias de la educación nos permiten ser realistas a la hora
de formular los conceptos antes vertidos. Entre los avances podemos citar el
mayor conocimiento de: los mecanismos y procesos en la comunicación humana
de los antecedentes sanos para una socialización óptima del ser,
la instrucción racional de los procesos de las soluciones de los problemas
humanas, en las relaciones personales y sociales, las tomas de decisiones grupales
y humanas, la nueva irrevelada visión de la creatividad y especialmente
las posibilidades de su potencia y mejora, la visión dialéctica
y bidireccional de las relaciones interpersonales. El crítico papel del
autocontrol, las posibilidades del autoconocimiento y de la auto-sensibilización,
la revalorización del papel de los sentimientos y de su expresión.
Los Padres, los amigos, los maestros, la gente de la calle, nos van mostrando
el mundo desde que nacemos. La madre pone el pecho en la boca del recién
nacido, y éste chupa, se alimenta, y recibe al mismo tiempo una caricia.
Lo viste, lo arropa, y el niño vive esas prendas como abrigo. Agitan
ante él el juguete. Le impiden acercar la mano a una llama, o se quema
con ella, y entran en el horizonte de su vida la prohibición, el dolor,
el peligro. Intenta el niño levantar una mesa, y descubre el peso –y
la impotencia-. Se da un golpe contra la pared y cuenta con la resistencia de
las cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a distinguir entre lo serio y la
broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes que él había otros,
y sucesos que no eran suyos. Le prometen algo, y se pone a esperar en el futuro.
Lo elogian o le regañan, y el niño empieza a darse cuenta de que
hay lo bueno y lo malo, la aprobación y la desaprobación. Le reprochan
haber hecho algo que no ha hecho, y tropieza con la injusticia. Lo engañan,
y ve que junto a la verdad, en la cual vivía sin saberlo, hay la falsedad
o la mentira. Empieza a explorar la casa, el jardín, las calles del pueblo
o de la ciudad, el campo, y ve que hay “más allá”, que el mundo
es abierto, dilatado, desconocido, atractivo, peligroso, hermoso o feo. Distingue
muy pronto dos formas de los “otros”: hombres, mujeres; y muy poco después
una tercera forma: los “semejantes”, los niños, a diferencia de los “mayores”.
Le hablan y oye hablar. Distingue voces, y los tonos, y sabe cuándo
se dirigen a él o no. Le gustan más o menos: se siente atendido,
acariciado, mimado, reprendido, olvidado. Va entendiendo “de qué se trata”;
luego, lo que se dice. Conoce algunas palabras, y otras que no; adivina su significado
unas veces, otras quedan oscuras. Empiezan a “enseñarle” cosas: a andar,
a comer, a vestirse, a pronunciar, a mover las manos, a jugar, a hacer las cosas
“bien”, a saludar, a contar, luego a leer, a escribir, a rezar, a callarse,
a esperar, a obedecer, a resignarse. Y luego, noticias, informaciones, ritos,
ciencias.
Casi toda la vida va regida por esas formas que nos han sido “inyectadas”
por los demás, conocidos o desconocidos, sobre todo al verlos vivir ante
nosotros. Estamos en la creencia de que las cosas son “así”, de que hay
que hacer tales o cuales cosas, de que podemos contar con ellas de cierta manera.
Nuestros deseos, nuestros proyectos, nos llevan a hacer algo de acuerdo con
esas líneas de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo imprevisto,
cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando alguien se
enfrenta con nosotros, no podemos seguir viviendo espontáneamente. Nos
paramos. ¿A qué? A pensar.
Lo primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que hacer. Si
no lo encontramos, recordamos lo que sabemos, lo que hemos aprendido, los conocimientos
adquiridos, para ver si nos sirven, si nos permiten salir del apuro. Un tercer
paso es tratar de conseguir más conocimientos, preguntar a otros maestros,
otros libros, otras ciencias.
Pero puede ocurrir que, entre tantos saberes, nos encontremos perdidos, en
la duda. No sabemos qué hacer, no sabemos qué pensar. Ha aparecido
ante nosotros algo nuevo, con lo cual no contábamos. O lo que creíamos
o pensábamos choca con lo que vemos; ¿cómo decidir? O,
finalmente, sabemos muchas cosas, estamos rodeados de objetos, recursos, aparatos,
pero nos preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué sentido
tiene? ¿Qué es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta
cuándo? ¿Y después, que podemos esperar?
El nacimiento de la filosofía
Cuando el hombre primitivo estaba agobiado por las dificultades, cuando le
era difícil seguir viviendo, comer, beber, abrigarse, calentarse, defenderse
de las intemperies, de las fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía
respiro para hacerse preguntas. No solo cada día, cada hora tenía
su afán. Y no sabía casi nada. Pero cuando, al cabo de los siglos,
el hombre consiguió alguna riqueza, cierta seguridad, instrumentos que
le permitieron desarrollar una técnica, noticias y conocimientos, cuando
su memoria no fue sólo suya y la de sus padres, sino la de la tribu o
la ciudad o el país –una memoria histórica-, cuando hubo autoridades
y mando y alguna forma de derecho y estabilidad, consiguió el hombre
holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar algún instrumento,
bailar, componer versos, dibujar o esculpir, levantar edificios que no eran
sólo cobijo, sino que debían ser hermosos, inventar historias,
y a veces representarlas. Y entonces, en esa vida más compleja, mas atareada
y a la vez con más calma, sintió sorpresa, la admiración,
el asombro, la extrañeza: ante lo bello, lo magnífico, lo misterioso,
lo horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una mirada abarcadora,
que en lugar de fijarse en tal cosa particular contemplaba el conjunto: y al
entrar en sí mismo, al ensimismarse como decimos con una maravillosa
palabra en español, empezó a atender al conjunto de su vida y
a preguntarse por ella. Así nació, seis o siete siglos antes de
Cristo, en Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar,
que vino a llamarse filosofía.
Hay un paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad entonces y lo
que ocurre al hombre y a la mujer cuando llega a cierta altura de su vida. Todavía
es mayor el paralelismo si se piensa que no todos los pueblos han cultivado
la filosofía, y que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas.
Los demás siguen viviendo sin claridad, o se contentan con la certidumbre
que da la acción, o aquella otra en que se está por una creencia,
o con otra distinta que dan los conocimientos, las ciencias particulares, que
nos enseñan tantas cosas. Hoy, tantas que nadie las sabe, que, por tanto,
funcionan para cada hombre como otra forma de creencia: creemos que se saben
todas esas cosas, que las sabe la ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?
Para que alguien se haga las preguntas de la filosofía hace falta que
se den varias condiciones. 1) Que se sienta perdido, que no sepa qué
hacer o qué pensar, que no sepa a qué atenerse. 2) Que los conocimiento
particulares no lo saquen de su duda, no le den una certeza suficiente, porque
lo que necesita saber es qué es todo esto, quién soy yo, qué
será de mí 3) Que tenga la esperanza de poder encontrar respuesta
a esas preguntas, de poder salir él mismo de la duda. Lo cual quiere
decir: 4) Que suponga que esas preguntas pueden tener respuesta, que tienen
sentido. Y finalmente: 5) Que el hombre perdido y lleno de dudas tiene algún
medio de interrogar a la realidad y obligarla a manifestarse y responder, a
ponerse en claro, a manifestar la verdad. Ese medio es lo que se suele llamar
pensamiento o razón.
La vida humana
" Ya se han escrito todas las buenas máximas, solo falta ponerlas
en práctica.", lo decía Pascal.
Siempre mi vida ha girado en un constante aprendizaje de aplicación
de la filosofía en la vida. Pero resulta que eso es tan extraño,
complejo y misterioso que llamamos filosofía se parece mucho a lo que
todos los hombres hacen todos los días desde el principio del mundo.
Por lo cuál, tal vez no sea tan extraño, y desde luego es algo
muy propio del hombre.
Yo me encuentro en el mundo, rodeado de cosas, haciendo algo con ellas, "viviendo".
Cuándo caigo en la cuenta de eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es
decir, que mi vida ha empezado ya, no he asistido a su comienzo. Entre las cosas
que encuentro está mi propio cuerpo, que se presenta como una cosa más,
que me gusta más o menos, que funciona bien o mal, que no he elegido.
Es cierto que me acompaña siempre, que lo llevo siempre "puesto",
que lo que le pasa me interesa y me afecta, que por medio de él veo,
toco, me relaciono con todas las cosas; que por él esta aquí estoy
yo aquí, y que gracias a él cambio de lugar.
Y también encuentro eso que llaman las "Facultades psíquicas":
la inteligencia, la memoria, la voluntad, el carácter. A lo mejor mi
inteligencia es buena para algo, pero mala para otras cosas; o recuerdo bien
los versos y mal los números de teléfono; o tengo voluntad débil,
o mal genio. Nada de eso he elegido, nada de eso soy yo, sino que es mío,
como el país o la época en que he nacido, la familia a la que
pertenezco, mi condición social, etc.
Con todo eso que encuentro a mi disposición, bueno o malo, tengo que
hacer mi vida, tengo que elegir en cada momento lo que voy a hacer, quién
voy a ser. Lo más grave es que la parte más interesante del mundo
no está presente, no dispongo de ella, porque lo que elijo es quién
voy a ser mañana, y el mañana no existe; existirá... mañana;
es el futuro. Y el futuro es inseguro, incierto, está oculto.
¿Qué hacer?, ¿Que elegir?, ¿Que camino tomar?,
no tengo más remedio que tratar de ver juntas todas mis posibilidades,
para poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré? depende
de quién quiero ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme
primero como tal persona, como tal hombre o mujer, y ese proyecto imaginario
es el que, ante las posibilidades que tengo ante mí, decide. Dicho con
otras palabras, para vivir tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme
a mi mismo y ver en su conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español
José Ortega y Gasset hablaba de la razón vital, sin la cuál
no puedo vivir porque solo puedo vivir pensando, razonando.
Vemos ahora que la filosofía no es más que hacer a fondo, con
rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario para poder
vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y las épocas que filosofan
viven con mayor claridad, no se dejan arrastrar, saben lo que hacen, tienen
una iluminación superior a los demás. Y tienen también
la audacia de creer que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse
por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que puede conducir
a ese descubrimiento. La consecuencia es que el que filosofa pretende ser más
el mismo, más de verdad, ser lo que se llama más auténtico.
La historia de la filosofía
Es larga y compleja la historia de la filosofía. Iniciada en Grecia
a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales de Mileto, Anaximandro,
Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Empédocles, Anaxágoras,
Demócrito, Sócrates), llevada a su perfección por Platón
y Aristóteles, desarrollada luego, en Grecia y en Roma (Séneca,
Marco Aurelio, Plotino), cristianizada luego, sobre todo en San Agustín,
y en la Edad Media (San Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino,
Escoto, Ockam), sin olvidar a los judíos (Maimónides) o musulmanes
(Avicena, Averroes, Ebenjaldún), continuada en el Renacimiento por Nicolás
de Cusa, Luis Vives, Erasmo, Giordano Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes,
Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke, Hume; Zubiri, Wittgenstein y tantos otros, esa
historia ha sido vista a veces como una historia de errores de la mente humana;
pero no es así.
Hay una continuidad y coherencia en la historia de la filosofía, que
hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque cada uno tenga
que formular el problema a su manera propia, desde su punto de vista personal,
que no excluye forzosamente los otros, porque las perspectivas reales son muchas
y complementarias. Un gran filósofo dijo: “Todo lo que un hombre ha visto
es verdad”. Quería decir que la falsedad viene sólo de lo que
cada uno añade a lo que verdaderamente ha visto; y ahí es donde
puede producirse la contradicción y la discordia. La historia entera
de la filosofía es el camino de la mente humana para conocer la realidad,
para aproximarse a ella y descubrirla, rectificar los errores e integrar la
visión personal con las de los demás.
La visión responsable
Ante una cosa, el filósofo no se pregunta, como el científico,
por sus propiedades particulares –mineral, vegetal, animal, cuerpo celeste,
echo psíquico o histórico, forma social o política, ley,
enfermedad, obra literaria o artística, etcétera-; se pregunta
por lo que tiene de realidad, es decir, por el tipo de realidad que le corresponde.
No es lo mismo una piedra o un pino o un caballo, o bien el número 7,
o el triángulo isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una
sirena o un centauro; o un soneto; o Don Quijote; o Cervantes; o Dios.
El filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la realidad
tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles
son sus atributos y su manera de comportarse y cómo se lo puede conocer.
Y tiene que preguntarse igualmente por la realidad en su conjunto, por su estructura,
las jerarquías o grados de realidad que hay dentro de ella, las relaciones
o conexiones entre todas las cosas que son en un sentido o en otro, reales.
Se puede pensar que la filosofía es muy difícil, que no se puede
comprender, que sólo muy pocas personas la entienden. No es así;
hemos visto que en el fondo es lo que todos los hombres hacemos todo el tiempo;
si es así, ¿cómo no vamos a comprender eso que sin darnos
cuenta hacemos?
Cuando se es muy joven, no se comprende la filosofía, pero no porque
sus razonamientos sean muy complicados –los de las matemáticas suelen
ser más difíciles- sino porque el niño no ve el problema,
no ve en que consiste la pregunta. Cuando se llega a la primera juventud se
puede entender, y el joven que “ve” la filosofía suele entusiasmarse.
Los discípulos de Sócrates y Platón eran muchachos muy
jóvenes. Y es mejor acercarse a la filosofía con frescura, con
inocencia, sin saber nada, dispuesto a abrir los ojos y mirar.
La única dificultad que tiene la filosofía es que tiene una estructura,
un orden, distinto del que tienen otras ciencias, por ejemplo la matemática.
Ésta tiene una estructura lineal: si un libro de matemáticas tiene
veinte teoremas, necesito entender los tres primeros para entender el cuarto,
pero no necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los anteriores, pero
no en los posteriores, y se estudian y aprenden linealmente. En la filosofía,
las verdades se apoyan unas en otras, mutuamente. Si se lee la primera página
de un escrito filosófico, no se la comprende íntegramente; al
leer la segunda la primera empieza a aclararse, y así sucesivamente;
la comprensión total de la primera página no se logra hasta que
se ha llegado a la última. Ésta estructura circular (o espiral)
es lo que se llama sistema: un conjunto de verdades, cada una de las cuáles
esta sostenida y probada por todos los demás.
Por esto es un error, cuando se lee un libro filosófico, no pasar del
principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se entenderá nunca.
Hay que seguir, recibiendo nuevas aclaraciones a medida que se avanza, hasta
el final. Las iluminaciones se van sucediendo, se van viendo nuevas conexiones,
se descubren relaciones inesperadas, y por eso la lectura de un libro filosófico
es apasionante, como la de una buena novela.
Esta comparación no es justificada: la filosofía es una teoría
dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa creadoramente
o del lector que revive esa teoría. No se entiende nada humano más
que contando una historia, y la filosofía tiene ese elemento dramático
o novelesco, que la hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía
reside en esa estructura: una vez reconocida y aceptada, resulta ser lo verdaderamente
inteligible; lo que de verdad se comprende; a su lado, todas las demás
formas de intelección carecen de última claridad.
A la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es filosóficamente
entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta
evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de una comprensión
filosófica. Supongamos que un profesor demuestra perfectamente en la
pizarra que los tres ángulos de un triangulo valen dos rectos, o el teorema
de Pitágoras, o la regla de la división. Si se nos pregunta porque
es así, porque aquello es válido, contestaremos que “está
demostrado”, que un profesor nos lo demostró de manera concluyente cuando
estudiábamos en el colegio o el instituto. No nos acordamos de la demostración,
pero recordamos perfectamente que el profesor la dio de manera convincente.
¿Vale esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar renovándose
en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de justificación;
no se puede aceptar nada por autoridad –ni siquiera por el recuerdo de la evidencia,
por la evidencia pasada-, sino por la evidencia actual.
Por eso la filosofía puede definirse como la visión responsable:
es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero no basta;
es una visión que se justifica, que muestra sus razones, que “responde”
de lo que ve y responde a las preguntas.
Las preguntas radicales
La filosofía se hace las preguntas radicales, aquellas que necesitamos
responder para estar en claro, para saber a qué atenernos, para orientarnos
sobre el sentido del mundo y de nuestra vida, para saber quiénes somos
y qué tenemos que hacer y qué podemos esperar, qué será
de nosotros. Entre muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre
radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres lúcidamente,
y no a ciegas o como sonámbulos.
Se dirá: ¿Es que podemos alcanzar esa certidumbre? ¿Es
posible ese saber superior y más profundo, ese núcleo del pensamiento
filosófico que se llama metafísica? No sabemos si es posible:
sabemos que es necesario, que lo necesitamos para vivir.
Las ciencias son diferentes. Un problema científico que no tiene solución
no es un problema. En filosofía, no. En primer lugar, porque no se sabe
si acaso pueda tener solución con otro método, planteado de otra
manera mejor; en segundo lugar, porque la filosofía no necesita tener
éxito: tiene que enfrentarse con sus problemas, no puede contenerse con
eliminarlos. Es la condición de la vida humana; el hombre no necesita
tener éxito, le basta con intentar hacer, lo mejor posible, lo que debe
hacer. La filosofía no puede renunciar a sus problemas fundamentales,
porque entonces renuncia a si misma, deja de ser filosofía (es lo que
le pasa a gran parte de lo que hoy se llama filosofía).
No hace falta ser un filosofo creador, original, para tener acceso a la filosofía.
El que lee filosóficamente a un filósofo, o lo escucha, repiensa
su filosofía, se la apropia, la hace suya. Repite dentro de sí
mismo el movimiento mental que llevó al filósofo a preguntarse
algunas cosas, que lo condujo con un método riguroso de evidencia en
evidencia, a ciertas visiones: soluciones o un nuevo planteamiento más
adecuado del problema.
El filósofo es un hombre audaz, que se atreve a enfrentarse con la
realidad, interrogarla, levantar el velo que la cubre y tratar de ponerla de
manifiesto, hacerla patente. Por eso, la tentación del filósofo
es soberbia. Pero si es verdadero filósofo, tendrá que llegar
a una profunda humildad: primero, porque tendrá conciencia de que la
realidad es problemática, que ninguna verdad la agota que cuando dice
“A es B”, no quiere decir “A es B y nada más”, sino que su propia visión
se podrá y deberá integrar con otras, que no se excluyen forzosamente;
segundo, porque lo que hace no es dictar a la realidad cómo es o debe
ser, sino al contrario. Ver cómo es, reconocer que es así, aceptarlo.
La filosofía requiere el valor de enfrentarse con la realidad –toda realidad,
sin amputaciones ni exclusiones, en todo su problematismo-, pero significa la
aceptación de la realidad, el sometimiento a una verdad que el filósofo
no produce ni impone, sino descubre.
Los otros conocimientos, las otras ciencias, la experiencia de la vida, las
crisis históricas, todo eso lleva al hombre a algunas preguntas esenciales
que van más allá, que no tienen respuestas prácticas ni
dentro de cada una de las ciencias positivas. Hay problemas que no tienen su
lugar en la física, la psicología o la historia; pero son problemas
para el físico, el psicólogo o el historiador, para el hombre
que cada uno de ellos es (como para el hombre de la calle). Esas mismas ciencias
plantean un problema que excede de ellas mismas: ¿cuál es su puesto
en el conjunto del saber? Y ¿cuál es la realidad de su objeto?
El físico estudia la naturaleza, la mide, descubre sus leyes; pero no
se pregunta qué es la naturaleza o por qué hay naturaleza. La
pregunta por la realidad histórica no es tema de la historia. Las ciencias
particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias positivas),
pero el hombre no puede dar nada por supuesto si quiere tener una ultima claridad.
Esa es la función, la exigencia de la filosofía.
Por otra parte, la filosofía no empieza nunca en cero. No solo parte
de innumerables noticias, experiencias, conocimientos, sino que descansa sobre
un subsuelo de creencias, se inicia en una situación social, histórica,
personal que condiciona el horizonte de los intereses, las curiosidades, las
inquietudes; que hace que un filosofo mire en una u otra dirección, que
eche de menos, claridad sobre unas cosa y no sobre otras. La filosofía
tiene siempre, para emplear una expresión de Ortega, una “prefilosofía”
que normalmente olvida y deja a su espalda.
Hay que aclarar este importante cuestión. La idea de una filosofía
sin supuestos, que no parta de otros saberes, que empiecen en cero, como antes
dije, es completamente ilusoria. Pero si la filosofía olvida todo eso,
no tiene plena realidad, no se aclara sobre si misma, no es estrictamente filosófica.
Tiene que contar con todo eso que es su punto de partida que la condiciona,
pero tiene que dar razón de ello, es decir, justificar filosóficamente.
Nada de eso será filosofía hasta que la filosofía lo absorba,
lo ilumine, justifique, y así lo eleve hasta el nivel de la filosofía
misma.
En este sentido, toda filosofía es histórica, esta “a la altura
del tiempo”, es la propia de cada época. Y no puede olvidar que lleva
dentro toda las demás del pasado, que a llegado a ese nivel, es un proceso
sin el cual se la podría entender. La filosofía no es separable
de su historia, pero esta remite al presente: nos obliga a hacer filosofía,
por que todas las demás, de pretérito, no nos sirve, no son suficientes,
porque están pensadas en situaciones distintas de la nuestra, porque
no se enfrentan, al menos de manera adecuada, con nuestros problemas, aquellos
que nos obligan a filosofar. La filosofía del pasado no queda arrumbada
o rechazada: queda absorbida, incorporada en la actual; el filósofo filosofa
con todos los demás que lo han precedido, y no puede reducirse a ninguno.
La verdad de la vida
“Una vida no examinada (es decir, sin filosofia) no es vividera para el hombre”,
decía Platón. “Todas las ciencias son más necesarias que
la filosofía-decía Aristóteles-; superior, ninguna.” La
filosofía “no sirve para nada”, y por eso no sirve a nadie: es la ciencia
de los hombres libres. “Si la sabiduría es Dios, el verdadero filósofo
es el amador de Dios”, decía San Agustín. Y Spinoza la ve como
amor Dei intellectualis. “amor intelectual a Dios”. Y Ortega, en su primer libro.
Definía la filosofía como la “ciencia general del amor”.
Esa conexión entre amor y filosofía es esencial, porque la filosofía
busca la conexión general de todas las cosas-eso es precisamene la razón-,
y eso es obra del amor. Por eso la filosofía consistió, desde
el principio, en la máxima dilatación del espíritu, hasta
llegar a preguntarse por el todo. ¿Qué es todo esto? Por este
camino se llegó a descubrir la naturaleza, más allá de
cada cosa,y como principio de explicación de ellas (la naturaleza de
las cosas). La idea cristiana de creación llevó a ver el mundo
como criatura, con una realidad fundada en la de Dios creador. La evidencia
del carácter único e irreductible de eso que llamamos “yo” llevó
al pensamiento moderno (Descartes y sus continuadores) al idealismo, a la afirmación
del yo pensante como la realidad primaria, de quién serían “ideas”
todas las cosas. Pero nuestro tiempo ha visto que, si bien es verdad que nada
puedo saber sin mí, sin ser yo testigo de los demás. Yo no me
encuentro nunca solo, sino rodeado de cosas, en un mundo, haciendo algo con
él, algo que se llama vivir. Y al vivir encuentro, de una manera o de
otra, todo lo que hay, presente y manifiesto o latente y oculto, accesible o
inaccesible, desde mi propio cuerpo y las cosas que me rodean hasta Dios, del
cual encuentro en mi vida al menos la noticia o revelación.
La filosofía es el descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles.
Volverse de espaldas a ellas es renunciar a ver, aceptar una ceguera parcial,
contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un
incalculable enriquecimiento del mundo. Es además una disciplina moral:
la exigencia de no engañarse, de no aceptar como evidente lo que no lo
es. (Sin que esto quiera decir que hay que rechazar lo que no es evidente, porque
muy pocas cosas lo son.) Es sobre todo, una llamada a la lucidez, a ese “señorío
de la luz sobre las cosas y sobre nosotros mismos”, de que hablaba Ortega. Y
con ello, una llamada a la autenticidad, a la verdad de la vida, a ser cada
uno quien verdaderamente pretende ser.
El último fruto de la filosofía es la aceptación del
destino libremente elegido, eso que se llama vocación
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
"EL VALOR DE LA LIBERTAD" de ANTONIO MILLÁN PUELLES.
"PEDAGOGÍA VISIBLE Y EDUCACIÓN INVISIBLE" de VICTOR
GARCÍA HOZ.
"PSICOLOGÍA Y EDUCACIÓN PARA LA PROSOCIALIDAD" de ROBERT
ROCHE OLIVAR
1) Los estudios de un joven de hoy, de la Editorial Fundación Universidad-Empresa,
Madrid 1982.
2) Diccionario de la Lengua Española.
3) El libro de la virtudes, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1995.
4) Platón, Diálogos, Porrúa, México, 1976.
5) Ser hombre, de Elías M. Zacarías.
6) Fundamentos de Filosofía, Madrid 1986
7) Las Virtudes Fundamentales, Josef Pieper, Ed. Rialp, Madrid, 1988.
8) Filosofía Cristiana, José M. De Torre, Ediciones Palabra,
S.A.,Madrid, 1982.
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