Meteorología
Es el estudio
científico de la atmósfera de la Tierra. Incluye el estudio de las variaciones
diarias de las condiciones atmosféricas (meteorología sinóptica), el estudio de
las propiedades eléctricas, ópticas y otras de la atmósfera (meteorología
física); el estudio del clima, las condiciones medias y extremas durante largos
periodos de tiempo (climatología), la variación de los elementos meteorológicos
cerca del suelo en un área pequeña (micro meteorología) y muchos otros
fenómenos. El estudio de las capas más altas de la atmósfera (superiores a los
20 Km. o los 25 Km.) suele implicar el uso de técnicas y disciplinas
especiales, y recibe el nombre de aeronomía. El término aerología se aplica al
estudio de las condiciones atmosféricas a cualquier altura.
Historia
Los estudiosos
de la antigua Grecia mostraban gran interés por la atmósfera. Ya en el año 400
A.C., Aristóteles escribió un tratado llamado Meteorológica, donde abordaba el
“estudio de las cosas que han sido elevadas”; un tercio del tratado está
dedicado a los fenómenos atmosféricos y el término meteorología deriva de su
título. A lo largo de la historia, gran parte de los progresos realizados en el
descubrimiento de leyes físicas y químicas se vio estimulado por la curiosidad
que despertaban los fenómenos atmosféricos.
La predicción
del tiempo ha desafiado al hombre desde los tiempos más remotos, y buena parte
de la sabiduría acerca del mundo exhibida por los diferentes pueblos se ha
identificado con la previsión del tiempo y los almanaques climatológicos. No
obstante, no se avanzó gran cosa en este campo hasta el siglo XIX, cuando el
desarrollo en los campos de la termodinámica y la aerodinámica suministraron
una base teórica a la meteorología. Las mediciones exactas de las condiciones
atmosféricas son también de la mayor importancia en el terreno de la
meteorología, y los adelantos científicos se han visto potenciados por la
invención de instrumentos apropiados de observación y por la organización de
redes de observatorios meteorológicos para recoger datos. Los registros
meteorológicos de localidades individuales se iniciaron en el siglo XIV, pero
no se realizaron observaciones sistemáticas sobre áreas extensas hasta el siglo
XVII. La lentitud de las comunicaciones también dificultaba el desarrollo de la
predicción meteorológica, y sólo tras la invención del telégrafo a mediados del
siglo XIX se hizo posible transmitir a un control central los datos
correspondientes a todo un país para correlacionarlos a fin de hacer una
predicción del clima.
Uno de los
hitos más significativos en el desarrollo de la ciencia moderna de la
meteorología se produjo en tiempos de la Iº Guerra Mundial, cuando un grupo de
meteorólogos noruegos encabezado por Vilhelm Bjerknes realizó estudios
intensivos sobre la naturaleza de los frentes y descubrió que la interacción
entre masas de aire genera los ciclones, tormentas típicas del hemisferio
norte. Los posteriores trabajos en el campo de la meteorología se vieron
auxiliados por la invención de aparatos como el rawinsonde o radiosonda,
descrito más adelante, que hizo posible la investigación de las condiciones
atmosféricas a altitudes muy elevadas. Después de la Iº Guerra Mundial, un
matemático británico, Lewis Fry Richardson, realizó el primer intento
significativo de obtener soluciones numéricas a las ecuaciones matemáticas para
predecir elementos meteorológicos. Aunque sus intentos no tuvieron éxito en su
época, contribuyeron a un progreso explosivo en la predicción meteorológica
numérica de nuestros días.
Observación del clima
La mejora en
las observaciones de los vientos a gran altitud durante y después de la II
Guerra Mundial suministró la base para la elaboración de nuevas teorías sobre
la predicción del tiempo y reveló la necesidad de cambiar viejos conceptos
generales sobre la circulación atmosférica. Durante este periodo las
principales contribuciones a la ciencia meteorológica son del meteorólogo de
origen sueco Carl-Gustav Rossby y sus colaboradores de Estados Unidos.
Descubrieron la llamada corriente en chorro, una corriente de aire de alta
velocidad que rodea el planeta a gran altitud. En 1950, gracias a las primeras
computadoras, fue posible aplicar las teorías fundamentales de la termodinámica
y la hidrodinámica al problema de la predicción climatológica, y en nuestros
días las grandes computadoras sirven para generar previsiones en beneficio de
la agricultura, la industria y los ciudadanos en general.
Observaciones desde la superficie
Las
observaciones hechas a nivel del suelo son más numerosas que las realizadas a
altitudes superiores. Incluyen la medición de la presión atmosférica, la
temperatura, la humedad, la dirección y velocidad del viento, la cantidad y
altura de las nubes, la visibilidad y las precipitaciones (la cantidad de
lluvia o nieve que haya caído).
Para la
medición de la presión atmosférica se utiliza el barómetro de mercurio. Los
barómetros aneroides, aunque menos precisos, son también útiles, en especial a
bordo de los barcos y cuando se usan junto con un mecanismo de registro llamado
barógrafo para registrar las tendencias barométricas a lo largo de un cierto
periodo de tiempo. Todas las lecturas barométricas empleadas en los trabajos
meteorológicos se corrigen para compensar las variaciones debidas a la
temperatura y la altitud de cada estación, con el fin de que las lecturas
obtenidas en distintos lugares sean directamente comparables.
Para la
observación de la temperatura se emplean muchos tipos diferentes de
termómetros. En la mayor parte de los casos, un termómetro normal que abarque
un rango habitual de temperaturas es más que suficiente. Es importante situarlo
de modo que queden minimizados los efectos de los rayos solares durante el día
y la pérdida de calor por radiación durante la noche, para obtener así valores
representativos de la temperatura del aire en la zona a medir.
El instrumento
que se utiliza más a menudo en los observatorios meteorológicos es el
higrómetro. Un tipo especial de higrómetro, conocido como psicrómetro, consiste
en dos termómetros: uno mide la temperatura con el bulbo seco y el otro con el
bulbo húmedo. Un dispositivo más reciente para medir la humedad se basa en el
hecho de que ciertas sustancias experimentan cambios en su resistencia
eléctrica en función de los cambios de humedad. Los instrumentos que hacen uso
de este principio suelen usarse en el radiosonda o rawisonde, dispositivo
empleado para el sondeo atmosférico a grandes altitudes.
El instrumento
más utilizado para medir la dirección del viento es la veleta común, que indica
de dónde procede el viento y está conectada a un dial o a una serie de
conmutadores electrónicos que encienden pequeñas bombillas (focos) en la
estación de observación para indicarlo. La velocidad del viento se mide por
medio de un anemómetro, un instrumento que consiste en tres o cuatro
semiesferas huecas montadas sobre un eje vertical. El anemómetro gira a mayor
velocidad cuanto mayor sea la velocidad del viento, y se emplea algún tipo de
dispositivo para contar el número de revoluciones y calcular así su velocidad.
Las precipitaciones
se miden mediante el pluviómetro o un nivómetro. El pluviómetro es un cilindro
vertical abierto en su parte superior para permitir la entrada de la lluvia y
calibrado en milímetros o pulgadas, de modo que se pueda medir la profundidad
total de la lluvia caída. El nivómetro es también un cilindro que se hinca en
la nieve para obtener una muestra. Después se funde ésta y se mide en términos
de profundidad equivalente de agua, permitiendo con ello que su medición sea
compatible con la de las precipitaciones. Las mediciones de la profundidad de
la nieve caída se efectúan con una regla similar a las reglas comunes.
Los recientes
avances producidos en el campo de la electrónica han ido acompañados de un
desarrollo concomitante en el uso de instrumentos meteorológicos electrónicos.
Uno de estos instrumentos es el radar meteorológico, que hace posible la
detección de huracanes, tornados y otras tormentas fuertes a distancias de
varios miles de kilómetros. Para tales fines, se usan las ondas de radar reflejadas
por las precipitaciones asociadas con las alteraciones, que sirven para trazar
su curso. Otros instrumentos meteorológicos electrónicos incluyen: el empleado
para medir la altura de las nubes y el que se usa para medir el efecto total
del humo, la niebla y otras limitaciones a la visibilidad. Ambos instrumentos
suministran importantes mediciones para el despegue y aterrizaje de los
aviones.
Observaciones en la atmósfera superior
Los métodos
modernos de predicción, así como las necesidades de la aviación, exigen que la
medición cuantitativa del viento, la presión, la temperatura y la humedad se
realicen en la atmósfera libre. Estos datos son recogidos hoy por observadores
distribuidos en varios cientos de estaciones dispersas por todos los continentes
(sobre todo en el hemisferio norte) y desde unos cuantos barcos dispersos por
los océanos.
Para las
mediciones rutinarias realizadas en las capas superiores de la atmósfera, los
meteorólogos han desarrollado el rawinsonde (radio-wind-sounding device) o
radiosonda, que consiste en un instrumento meteorológico ligero capaz de medir
la presión, la temperatura y la humedad equipado con un pequeño transmisor de
radio de alta frecuencia. El instrumento se sujeta a un globo de helio que lo
lleva hasta la atmósfera superior. Las mediciones realizadas por los
instrumentos meteorológicos son transmitidas automáticamente y recibidas por
una estación en tierra. Un radio detector sigue la dirección del globo mientras
éste es arrastrado por los vientos de las capas superiores de la atmósfera y,
midiendo la posición del mismo en momentos sucesivos, se puede calcular la
velocidad y dirección del viento a diferentes altitudes.
Para obtener
datos sobre la atmósfera superior se emplean también aviones, en especial
cuando los huracanes o los tifones amenazan con afectar a zonas habitadas. Se
sigue la pista a estas peligrosas tormentas tropicales mediante aviones de
reconocimiento que se envían para localizar el centro u ojo de la tormenta y
realizar mediciones meteorológicas del viento, la temperatura, la presión y la
humedad tanto en el interior como en las cercanías de la tormenta.
Los métodos
convencionales de observación de la atmósfera superior empiezan a resultar cada
vez más inadecuados para hacer frente a las necesidades de los nuevos métodos
de predicción numérica. Las teorías modernas sobre la circulación atmosférica
hacen cada vez más hincapié en la importancia de la unidad global de la
atmósfera, y produce gran preocupación que existan enormes regiones oceánicas que
permanecen ignotas en la práctica para los métodos convencionales. Se
mantienen, con un coste muy elevado, algunos barcos meteorológicos, pero
disponer de ellos en número suficiente para lograr una cobertura apropiada,
aunque sólo fuera en el hemisferio norte, tendría un coste prohibitivo.
Uno de los
nuevos métodos de mayor éxito para la observación general de la atmósfera ha
sido el empleo de satélites artificiales. Los satélites que fotografían de
forma automática la Tierra desde órbitas polares, suministran imágenes de los
patrones nubosos y las tormentas, una vez al día, a cualquier estación
meteorológica equipada para recibir sus transmisiones de radio. Casi todos los
servicios meteorológicos importantes del mundo están equipados para recibir
estas imágenes, y los países ribereños de los grandes océanos se benefician de
la capacidad para mantener una vigilancia continua de las tormentas que
amenazan a sus costas. Los sensores de infrarrojos permiten determinar la
temperatura de la parte superior de las nubes, y de esta forma hace posible
estimar la altitud aproximada de los sistemas nubosos de la atmósfera. Otros
satélites en órbita polar han demostrado que pueden obtenerse imágenes de alta
resolución de los sistemas tormentosos durante la noche por medio de la luz
infrarroja. Hoy se fotografían de modo continuo los patrones climáticos de más
de la mitad de la Tierra desde satélites situados en órbitas geoestacionarias
sobre puntos predeterminados del ecuador a una altitud de unos 35.400
kilómetros.
Por desgracia,
los patrones fotográficos suministrados por los satélites tienen una utilidad
limitada para los métodos modernos de predicción meteorológica, que se basan en
el empleo de mediciones de la temperatura y la presión en el interior mismo de
la atmósfera. Se están realizando grandes esfuerzos en la investigación de
nuevos métodos para recoger datos sobre la atmósfera superior en todo el mundo.
Una de las propuestas en estudio es la Técnica de Sondeo Horizontal Global
(Global Horizontal Sounding Technique, GHOST), que combinaría una red general
de globos de flotación libre equipados con instrumentos y los datos obtenidos
por los satélites para recopilar la información necesaria.