La Ropa
A
los niños no les queda otro recurso que ponerse la ropa que les compran y no
eligen, conformándose en hacer suya la consigna del departamento infantil de
Gath y Chaves: “Vista a su nena como una damita, y a su nene como un gran
señor”. Hasta 1953, la pollerita tableada larga, por debajo de la rodilla, de
color azul, hace furor entre las niñas. Se la acompaña de blusitas de piqué en
algodón blanco, prendidas adelante y cuello baby, durante el verano, o con
“tricotas” de cuello alto en invierno. Si el frío arrecia – y los inviernos de
la infancia parecen mas duros por la falta de calefacción en las escuelas –
aparece el sacón naval en paño de lana azul marino, con sus botones dorados y
cuello para usar abierto o cerrado. El sacón naval es odiado, no por su corte y
menos por su innegable calidad de abrigo, sino por el celo materno en hacerlos
llevar absolutamente grandes, en ese temor ahorrativo aplicado a la ropa de los
niños “que crecen de un día para otro”.
En
los primeros cincuenta, el pantalón en las niñas es algo inusual. No se trata
de pantalones propiamente dichos, sino más bien de una suerte de buzos
deportivos, largos, en loneta o pirineo azul o verde. La exigencia a las niñas
del detestado delantal de algodón con
volados en las mangas, pollera fruncida, tiradores y moño en la espalda,
obedece a razones de protección contra las impurezas del ambiente (actúan como
guardapolvos) y al eventual ahorro en lavados de ropa en invierno. En cambio,
llegado el verano se lo anhela, pues permite la espalda desnuda y el fresco de
faldas amplias que giran en rosa y amarillo patito. Los vestidos con mangas
cortas, tipo farolito, los canesús con puntos smok o nido abeja, las florcitas
y los piques, son la alegría del verano. Las niñas sueñan con el famoso vestido
de organza o plumetí en blanco, rosa o celeste, ideal para los festivales de
piano, casamientos y otras sociabilidades. Al vestido se lo acompaña con
puntillas, bordados, alforcitas, flores y banda de terciopelo en la cintura.
Alrededor de 1953 las organzas son momentáneamente reemplazadas por las
taffetas escocesas con abundancia de rojos y amarillos. Pero la novedad no
prospera demaciado y el plumetí y la organza vuelven a ser el recurrente en las celebraciones estivales.
El
verano permite también la simpática libertad del solero, en piqué o en
algodones estampados, con adornos de trencillas en pico. Estas sirves muchas
veces para alargar polleras que de un verano para otro no cumplen con el largo
“ por debajo de las rodillas”. En los veranos de fines de la década son las mas
chicas quienes se ponen una especie de hotpans de piqué que acompañan
casaquitas largas. Esta moda debe considerarse como un avance en relativa
independencia vestimentaria de las niñas, condenadas a ataviarse con vestidos “primorosos” que las etiquetan como muñecas
rígidas. Demás está decir que pocas mamás fuera de lugares de veraneo toleran
el hot-pan en la nena. Puede especularse que la práctica de andar en bicicleta
en barrita o el deslizarse en patines por las bajadas umbrosas de barrios
jardines y residenciales donde viven extranjeros de costumbres menos
traumáticas, es lo que induce a las madres de pequeña burguesía a no
aterrorizarse demasiado y extender el uso del short a las más grandecitas.
El
vestido de comunión es de organza blanca, promiscuo de bordados, puntillas,
entredoses, alforzas, alforcitas, volados y plisados, cortado a la cintura, de
manga larga, cuellito baby y una mantilla generalmente de la misma organza,
aunque hay modelos que incluyen “tul de
ilusión” (detalle considerado de no muy buen gusto) y la inocente limosnera,
bolsita que se lleva en la cintura donde se ponen las estampas conmemorativas y
guardan las monedas y billetes que vecinos y parientes donan a la niña en su
peregrinación de visitas. El equipo se completa con toca, zapatos blancos,
rosario de nácar y misal con tapita de
nácar y bisagrita. No pueden faltar los guantes blancos, de jersey,
streetch o nylon transparente, que
terminarán usándose en fiestas escolares. Para invierno la moda de los tejidos
de lana impone conjuntos muy divertidos que vienen en azul, marrón, rojo y
verde, con pollerita tableada y guarda a rayas blancas en el ruedo y pullover
con el mismo motivo en el pecho. Domina el vestido escocés con pechera de piqué
desmontable, y el trajecito de lanilla a cuadritos blancos y negros, combinado
con terciopelo en el cuello, botones y tapitas, es casi obligatorio. En
primavera ingresan a la vestimenta los sacos de hilo blanco peruano. Estos
saquitos se usan durante todo el verano
“
por si refresca”, y cumplen, además,
una misión precautoria. En la misa de los niños que se oficia en latín, a las 9
del domingo en la Iglesia de Flores, donde se ruega a “San José amigo de los niños por todos los niños del mundo”,
sirven para cubrir misericordiosamente los bracitos de niñas de 5 años
expuestas al fuego del infierno por el desenfado de exhibirlos, según se lee en
los cartelones advertencia que el cura párroco ha ubicado estratégicamente a la
entrada del templo.
Son
los colegios religiosos los que, pese a las inclemencias de la moda, conservan
el uso del sombrero hasta bien entrada la década; éstos son de fieltro azul,
con casco redondo y ala ancha. Las reglamentaciones indican que el ala debe
llevarse doblada hacia arriba, pero las traviesas niñas de colegios de hermanas
tienden a bajarla, quizás movidas por el propósito inconfesable de lograr
cierto aire de vampiresas copiado de alguna revista que reproduce satánicas
escenas de cine, o simplemente por el sano reimplanta el uso del sombrero tal
como lo exigen las reglas de las monjas: se trata de la película Lilí. El
personaje de Leslie Caron y su sombrerito de ala hacia arriba es imitado, pero por poco tiempo, ya que para las
niñas de clase media que concurren a los colegios “pagos”, una campesina pobre,
boleada y suertuda como Lilí, no combiene conno modelo de nada.
Los
días de lluvia traen, además del encanto de andar por los charcos, la delicia
de no ir a la escuela y cantar “¡que llueva, que llueva, / la vieja está en la
cueva!”, la reconquista de un atuendo: la capa. Es de tela engomada color beige
o azul, cerrada adelante con botones, dos aberturas por donde asoman las manos
como aspas y una capucha con elástico que parece una escafandra. Con capa, la
lluvia es una fiesta y los niños gustan caminar debajo de ella con ese disfraz
oloroso, tosco, de elásticos severos, como pequeños fantasmas. Las capitas que
venden Aguamar o Madanes son simpáticas a las niñas hasta los 10 u 11 años.
Este es límite por que a esa edad empiezan a padecerlas como una humillación,
pues anhelan el impermeable. A partir del 55 cuando Aguamar publicita sus
confecciones, quieren los impermeables de color negro, amarillo o rojo tomate,
reversibles, con el gorrito que se ata como un pañuelo a la manera impuesta por
Audrey Hepburn.
El
tema de las medias largas irrumpe en las conversaciones de niñas entre 10 y 12
años, quizá por ser de menor intimidad
que el del corpiño por el carácter convencional y generalizado de la prenda, o
seguramente, por su concurrencia con un hecho vital: las primeras
menstruaciones. Las chicas se preguntan: “¿Ya sos señorita?”, pero las que no
son amigas entre sí pueden leer el secreto de la otra en el código
vestimentario de las medias largas, índice de que la chica de referencia ya es
filosóficamente, al menos, una señorita. Claro que el uso de las medias largas
acarrea las mismas tragedias que en las adultas, con la administración
consiguiente de ligas, portaligas y
otros espantosos daños para el sistema circulatorio. Pese a todo, las medias
largas solucionan problemas de guardarropas casi al borde de la inhumanidad,
pues resulta penosísimo ver a esas niñas grandotas disminuidas por los zapatos
bajos y los abominables zoquetes blancos. Surgirán, naturalmente problemas con
las corridas, en chicas no sometidas a modales convencionales, libres todavía
de darse empujones y andar en bicicleta por la vereda.
Alrededor
de la fiesta de 15 años transcurre buena parte de la vida socio-cultural del
tercer año de la escuela secundaria. Las aulas se transfirman en cuchicheos
secretísimos, planes, listas de discos, nombres de muchachos, invitadas,
suprimidas y sobre todo vestidos y modelos.
En las fiestas de 15 el vestido
blanco viene pletórico de tules, con hombros descubiertos, escotes generosos,
volados, breteles finísimos, enaguas almmidonadas y visos de satén. La
oportunidad es aprovechada para colgarle toda suerte de gargantillas, pedrerías
brillantes y hasta diademas. Con este
traje de gala, la niña, muy nerviosa enfrentará al elegido para bailar el vals
después que lo ha hecho con el padre, un señor al que no se le ocurre todavía
perder la patria potestad. Para el papá la fiesta de 15 no precede al casamiento; se trata de una
simple reunión para que los muchachos se diviertan; no visualiza pretendientes
ni candidatos, y opina que la nena está bien en casa, no le falta nada y tiene
que estudiar. Es sabido que entre las niñas de colegios católicos es muy
requerido el monaguillo de la misa de nueve ( obligatoria ), pero por encima de
todos, predomina el agraciado militar sobre el civil. Se trata de un cadete de
la Escuela Naval –uniforme que provoca frenesí entre las colegialas- o del
Colegio Militar, que concurre uniformado al baile de 15, rígido, con el rostro
enrojecido por los deportes al aire libre.
Para
la época en que los varoncitos cumplen el año estrenan los primeros
bombachones, con elástico en las piernitas y lo más cortos posibles. Si son
paquetes llevan casacas con punto smock. Cuando el niño cumple tres años, y
para paseos veraniegos, le cuadra el proverbial trajecito de marinero o
“marinerito”. Los uniformes se compran en Harrods, Gath y Chaves, Voss y Tow, y
en los barrios, en las sucursales de La Casa del Niño, El Niño Moderno, El
Palacio del Niño y El Niño Argentino con novedades, “igual que en el centro” y
vidrieras habitadas por niños maniquís de yeso, con los dedos destrozados y el
gesto sorprendido, como enanos histéricos. El marinerito se compone, además del
conocido uniforme, de un pito con
cordoncito que se pone en el bolsillo superior de la blusa. Más civiles son los
trajecitos en brin de algodón, en beige y tostado. Pasada la etapa de los
bombachones y marineritos la moda
infantil para varones se estanca, o mejor dicho, o mejor dicho deja de ser
infantil para transformarse en un remedo de la adulta. Arrecia de traje de
pantalón corto, clásico, cruzado o derecho con tres botones y en tonos grises,
marrones y tostados. Para los chicos constituye una buena tragedia, pues el
traje de pantalón corto los embreta en una imitación del adulto que no son, les
impide correr y jugar con comodidad, crea actitudes embarazosas e impropias de
la edad. Un chico con traje y pantalón corto es un disfrazado de hombre (o medio hombre), un comediante disfrazado
que a los 4 años anda en pleno diciembre con saco, cuello y corbata. El
problema –ya de por sí absurdo- no es
por lo que el chico lleva puesto a los 4 años sino a los 14. Porque usar
pantalón corto cuando no se ingresó a la escuela primara es, después de todo,
una contingencia, pero persistir con los mismos cuando se está en el
secundario, es una falta de consideración. Y no se exajera: Harrods –casa que
no puede acusarse de “ordinaria” (“si es Harrods... se distingue”)- vende en
1951 trajes de pantalpon corto, tipo colegial, para hombrecitos de 6 a 15 años
y pantalones cortos extrarreforzados para “niños” de 2 a 15 años. La popular
Albion House será todavía más severa: ofrece “ambos para niño” de pantalón
corto hasta 16 años y “pantaloncitos” de 5 a 16, llegando al colmo en 1953
cuando postula trajes derechos o cruzados de pantalón corto para grandullones
de 19 años (!) El pantalón vaquero, en el modelo Far-West, se vende solo en
1954, pero su aceptación es reducida. Los chicos envidiarían el jean que el
hermano mayor consiguió en La Chinche
de Palermo, donde no hay números para niños.
Los
chicos tienen también su fiesta de 15, su presentación en sociedad. No se trata
exactamente de una fiestita con discos de Franky Lane, aunque las hay y muchas,
sino del ingreso a la adultez signado por la vestimenta. “Ponerse los
pantalones largos”, además de ser una consigna declamatoria y típicamente
machista, implica para un muchachito recientemente púber asumir
transformaciones físicas, ambiciones y complejos que el primer año de la
secundaria trae de golpe. Culturalmente el ingreso a la secundaria requiere de
pantalón largo. Pero no es tan sencillo. Las mamás demoran la puesta por
diversas razones: biológicas, porque el pantalón largo simboliza el fin de la
niñez, y el nene “cobra alas”; mitológicas, que arguyen la leyenda sobre las
diferencias entre los hijos varones con las hijas mujeres, depositarios
aquellos de un corazón desaprensivo,
pues según se dice las hijas son “compañeras” en la vejez de los padres mientras
los hijos “vuelan del nido”. Este es el afán por no perder la propiedad el
menor, por evitar que se un sujeto y no, como hasta ahora, un muñeco para
vestir con cariño, indica que el pantalón largo es algo así como darle
–retaceada, por supuesto- una libertad de hombre, que por las razones impuestas por la costumbre en la década del 50 el niño
todavía no merece.
La
actitud hacia el pantalón largo es sufrida por los niños en carne propia. Las
cargaditas avergüenzan (“¡bájalos a tomar agua!” ), provengan de un desconocido que les grita en la calle o desde un
tranvía, de los amigos que ya los usan o del almacenero.
Pero
fatalmente el día llega, y el sentenciado quejido materno (“es muy chico
todavía”) debe ceder ante la realidad de un casamiento, el cumpleaños de la
hermana, velorio de familia cercano, enfermedades del púber y estirones
consiguientes, o como medio (ilusorio por cierto) de poner fin a las
angustiosas rebeldías del niño que, según suponen los mayores, un buen par de
pantalones largos pueden remediar. La
clase media es poco remilgosa a conceder a la niñez el derecho a una vestimenta
que la cubra y asciende de status. Las casas que la nutren –Harrods, Scherre-
confeccionan ambos de pantalón largo de franela de lana peinada, en tonos
grises, para estudiantes de 15 a 19 años. Un pantalón para hombrecitos se
ofrece en variedad de tonos, también de 15 a 19 años. Vale decir, que hasta
1951, para las casas chic donde consumen sectores de la clase media porteña,
los 15 años son la edad óptima para ponerse los largos. Pero en las tiendas más
populares –Albion House, La Mondiale- la edad indicada para la misma época es a
partir de los 16. Claro que hay fluctuaciones, concesiones graciosas y otras
liviandades, pero la pauta familiar extendida es alargar el tiempo de los
largos, o de los cortos, según quiera medirse. En los sectores populares, donde
los chicos sólo llegan a sexto grado, el término de la escuela primaria marca
el ingreso al aparato productivo. Seguramente
el primer pantalón largo del joven obrero es el overol de loneta azul
comprado en Coppa y Chego (ropa de
trabajo tan resistente que no se altera
aunque un atleta desde la derecha y un
perrazo desde la izquierda intenten descuartizarla). Con costumbres menos
inhibitorias, los menores que trabajan, hijos de familia obrera, unen al pantalón
largo el salir a trabajar, demostrando que su práctica social es más poderosa
que los mitos de la estabilidad doméstica.
En
la primera época, la moda juvenil, como
tal, prácticamente no existe. Lo corriente es copiarse de los mayores, vestirse
de grande. Las posibilidades de expresión propia son contadas. Así cuando las
jovencitas usan pollera de ruedo amplio –las mexicanas, húngaras o aldeanas en
forma de plato- sus posibilidades pueden medirse en que se atreven a llevarlas
mas allá de lo que permite el estilo, pero nunca mas allá de exceso. Pueden ser
más las más insistentes en inculcar el color azul, que es forzoso para estar a
la page en 1954, en destacar la blusa
de lunares en verano, el solero, la malla de dos piezas, la enagua de cintura,
el portaligas, la modernidad que significan las medias de nylon, el calzado
mocassin (con dos eses como se escribía) o ballerina, y en invierno es sacón
naval, pullover con cuellito y pantalón de franela gris, pero todo como una
propuesta para ser mujer, no como una actitud juvenil, identificatoria.
En
cuanto a los muchachos, mucho menos todavía. Es posible que los mas audaces
optaran por un traje derecho, en vez del cruzado que quiere comprarle la mamá,
pero siempre dentro del homespun y otras tentaciones del momento típicas de una
liquidación de La Mondiale. Un jovencito puede usar suspensor Clipper para
sostenerse el sexo, como una confirmación que resguarda lo que va descubriendo,
pero jamás consistiría en meterse un pantaloncito de baño de piel de leopardo, que se reserva para adultos
indefinidos con ganas de mostrarse. Al
joven le está permitiendo abandonar el
short que le llega hasta la media pierna e incluso la malla de lana que
conserva desde niño y sustituirlos por un anatómico pantalón suspensor Polo de
riguroso color negro, pero no más.
En
los primeros años de la década los talles de las muchachas se moldeaban –de
modo casi primitivo- con los famosos cinturetes, una faja elástica enganchada
adelante que se usan encima de la ropa. El espectáculo es devastador,
desbordante en nalgas, completándose la corsetería con ceñidores de marca diversa, siendo el avispa, entre otros, el
que emblematiza con su nombre el ideal: una cintura tan finita como la del
insecto.
Las
excedidas de peso –casi todas, pues predominan las gorditas. Encuentran en las
trusas para ajuste Nambá, ventajas terminantes. Algunas audacias son: el
pantalón pescador –entre los cuales el Corsario, de poplín de algodón estampado
viene ceñidécimo- los shorts, con cintura elástica; el color “calípso”
(turquesa subido), la camisa afuera, y el mesurado bombachón, creado para
anular en caso de polleras al viento el buen resultado de las miradas rápidas.
Un
personaje de Beatriz Guido (El Incendio y las Vísperas) recrea este momento de
jóvenes perseguidos por los ritos y la forma de vestirse. El protagonista debe
luchar, en un escarceo con su novia, contra la moda entablillada de gomas,
tiras, abrochaderas, combinaciones y otras torturas que lógicamente tienden al
desgano sexual. La chica en cuestión no tiene más de 20 años. “El ya no puede
echarse atrás –comprueba la novelista- debe seguir adelante y la abraza:
encuentra resistencia en el corselete que ajusta la cintura. Solamente su
cintura, desbordando las partes que limita. Trata de que sus manos recorran su
cuerpo; entre abismos y salientes encuentra el lugar adecuado para sus
manos...”, y enseguida: “Adela acomoda el cuerpo demasiado sujeto y por las
prendas interiores. Pablo no sabe por donde empezar: imagina que en el
itinerario sus manos encontrarán siempre una nueva valla. Pero ella afloja el
botón mágico de la espalda y una blandura, demasiado blanda, se le ofrece sin
resistencia (...)”.
A
partir de 1956 la juventud comienza a ser protagonista de la indumentaria, una
protagonista elegida, pero creadora a la vez. Será en esos meses de faldas
cortas y collares, de niñas bailando charleston en un fugaz revival de los años
twenty , cuando el maduro circunspecto comienza a juvenilizarse y empieza a
aceptar lo joven como realidad, como manifestación de lo “moderno”.
Pero
la moda es la mujer, la mujer joven. El varón –joven salvo las controvertidas
permisiones de hacerse teddy boy en 1958, como en 1953 fue ser existencialista
y en menor medida petitero- sigue la penuria del adulto, continuará sufriendo
la disciplina del saco, la camisa y el cuello como una maldición. Se ha salvado
milagrosamente de lucir el sombrero Laguito, el que se sumergió boqueando, sin
adeptos en 1954. Pero sigue enchalecado, prisionero de las mangas largas, las
medias, las ligas y el almidón, aún en los días de rigurosa canícula. El cuello duro y la corbata
anudada como una horca, es la condena cotidiana de los jóvenes empleados
públicos, bancarios, de comercio y otras víctimas, que muestran signos de al
tortura en los rostros siempre adustos, como si estuvieran constipados.
Para
esos años, puede considerarse moda
adolescente típica aquella que si bien
incorpora el dernier cri, no lo hace totalmente. Esto quiere decir que fabrica,
en la medida de su ingenio, otras ondas indumentarias. Estas son en su origen
de características casi tribales, de barritas y grupos que se copian y envidian
naturalmente, imponiéndose por fin las que se adecuan mejor al modelo que se
tiene en cuenta con más o menos claridad. El usar el jumper del colegio con el
cinturón bien caído, pintarse los ojos
con virome o gastar zapatos Pichi mientras se camina braceando constituyen
modas –para ser más precisos, ondas- que se extienden rápidamente de colegio en
colegio, de club en club. Empero las ondas indumentarias que crea y recrea la
adolescencia no son autóctonas; copia y adopta como modelos absolutos ciertos
tics relumbrantes de alguna película americana de éxito juvenil.
En
los años anteriores a 1955, Audrey Hepburn de La princesa que quería
vivir en la estrella, sobre todo por la larga falda acampanada. La
pollera gitana con tres paños fruncidos, que se lleva con enagua almidonada y
cinturete interior a ballenita, responde a otro modelo: Natalie Wood en Rebelde sin
causa, en la famosa
secuencia en que da la señal de partida a los coches que se lanzan al
acantilado. Unos años después (59), cuando la pollera bombonera, menos amplia
que la gitana y de vuelo que no se logra por frunces sino por tablas, con
cintura alta y bolsillos a los costados, de raffia en verano y tela gruesa en
invierno, es una nueva reverencia a Audrey Hepburn.
Entonces,
la vestimenta adolescente se nutre, en primer lugar de los modelos
cinematográficos: luego, de lo que ella misma fabrica. Es autoproducción
deriva, en buena medida, de las transformaciones introducidas en la moda
juvenil por el auge de los uniformes de los colegios privados (o “pagos”, como
se decía) y las variaciones que a estos les i ponen los propios jóvenes. Es
justo hacer notar que hasta 1958, los colegios de hermanas tienen uniformes
marcadamente anticuados para la época. Cerrados, ocultadores, parece que las
alumnas estudian para monjas. Quienes incitan a renovar son los colegios
privados ingleses. Estos traen la renovación del jumper, que enseguida promueve
cambios en los colegios católicos y de este modo se extiende a la vestimenta
adolescente en general. Junto al jumper aparece el blazer es, además, un
importante renovador vestimentario sexual, ya que es indistinto para chicas y
muchachos. A través del colegio privado y sus derivaciones la juventud se
uniforma. En la clase media es posible que adolescentes del sexo opuesto vistan
de blazer (que no puede ser sino azul, aunque también es posible el verde y él
bordó), pollera o pantalón de franela gris y mocasines. Las chicas lucen medias
¾ de lana, y junto con los muchachos, pullovers amarillo patito o celeste.
Estos ensayos unisex se extienden en invierno a las camperas de cuero color
habano y en primavera a la campera de gabardina. Es más las muchachas que están
en la “onda”, en una suerte de unisex avant la letre, asumen la atrayente
vestimenta de los muchachos (de aquellos que también están en la “onda” se
entiende). Usan pantalón de color azul, negro o gris, con cierre al costado o
vaquero; incluso llega al pullover con escote en “V”, combinado con camisa tipo
leñador de Testai. Las que pueden se ponen pulloveres del hermano, con quien
comparten las camperas. Pero lo que sin duda aparece como la panacea de la
tersura y la resistencia, es fibra de Cualicrom, nombre que adoptan en la
Argentina las prendas de balon y orlon. Son los difundidos sweaters y cardigans
blancos, patitos y celestes, livianos y superlavables, que con una etiqueta
amarilla aseguran el control de calidad. Ajandra Vidal Olmos, el personaje de Sobre Héroes
y Tumbas, viste “su siempre blusa blanca, su pollera y sus
zapatillas chatas”. Debe recordarse que Alejandra muere en 1955. Su modelo es
estilizado e hiperintelectual; en cambio la chica típica de los años 50 usará
chatitas escotadas, que combinará con blue-jeans arremangando (altura pescador)
bombilla y conjunto de balon.
El
vaquero Far-West o Ranchero, penosa imitación con tachas y otros motivos
carnavalescos, comenzó a ofrecerse en 1954. Será a partir del 57-58 que se
usan, aunque los preferidos son los jeans americanos traídos por amigos o
parientes que viajan. Los jeans deben gastarse y para eso hay que rasparlos por
la vereda. Al vaquero lo usa el joven, pero más la jovencita. Es para andar por
la calle, pero por las del barrio, menos para viajar en ómnibus o ir al centro.
En invierno se lleva el pantalón de franela arremangado debajo del tapado;
cuando se entra a casa de una amiga allí es posible bajarlo. Demás está decir
que es inconcebible ir al empleo con pantalones, y en la Universidad e iglesias
se considera absolutamente
incompatibles andar con ellos. Es la mujer obrero quien se atreve a
llevarlos sin ningún inconvenientes y sin importarle que un pasado de moda le
diga “varonera”. Para la muchacha de barrio el pantalón vaquero o de lana, es
casi de entre casa, incluso para sábados y domingos, atreviéndose a exhibirse
con el jeans en la puerta de la casa, y
no más. Claro que no faltan las que usan pantalones stretch con estribo,
que tienen la virtud de ocultar lo que quiere ser mostrado. Pero estos
movimientos son festivos, en bailes, carnavales, veraneos y ocasiones así.
La
ropa interior para chicas sigue la corriente de apertura y cosa nueva que
domina en la ropa de calle hacia mediados y final de la década. Al camisón lo
reemplaza el pijama con pantalón pescador y como correlato casi obligatorio le
sigue la bombacha de nylon con el
soutien Peter-Pan junior. Para las gorditas, la fajita calzón Lira, de un
liviano y “revolucionario” material, el perlón, o el slíp elástico Reductil pero
lo que sin duda inaugura la nueva
actitud, lo que hace tocar el techo al cambio es el camisolín Baby Doll,
transparente, cortito, que permite exhibir los músculos que seis mese atrás
estaban vedados. El Baby Doll es la gloria del nylon, la institucionalización,
si se quiere, su carácter revelador, que situado en el mundillo de la intimidad
femenina desacraliza con su carga de sinceridad, claridad y limpieza, al mito
de la lencería como velo prejuicioso y a la ropa interior como sinónimo de
prenda vergonzante. Las chicas que usan Baby Doll son las que están dispuestas
a no ocultar nada, a tener la vida derecho al pateleo. Por lo menos
verbalmente, se entiende.
Asistimos
a un embate mundial contra la vikini. En 1958 esta política se concreta en las
playas europeas hasta casi su total desaparición. En Buenos Aires, cuando la
vikini no ha salido prácticamente en las fotos de las revistas, también es
sofocada. La juventud acepta la medida, o mejor dicho, no está todavía en
condiciones psicológicas ni culturales para luchar contra la anti-vikini, moda
por otra parte bien aprovechada por la moralina de las adultas. Se vuelven a
imponer a toda costa las normas del decoro. Así el traje de baño
consentido por las damas que no
soportan que la gente se bañe semivestida, quiere que sea de una sola pieza,
con breteles desmontables a veces y casi siempre con una pequeña falda en la
parte delantera. La tendencia es a alargar ligeramente la malla, y se advierte
el resurgimiento de los tonos oscuros y predominio de un solo color –negro o
azul noche- sin la transgresión de adornos.
Al
petitero lo condiciona la vestimenta. Es una imitación-por lo tanto exagerada y
falsa- de la moda vestimentaria masculina de las clases altas. Esta se
caracteriza por su tono adusto, cacos ni largos ni cortos, por lo general
derechos, camisa clara, nudos de corbata tradicional y buen calzado. El
petitero, proveniente de barrios de clase media de barrios populares, se
denomina así porque el modelo que imita, los muchachos del barrio Norte, acostumbran
concurrir al Peti Café, de Santa Fe casi esquina Callao. La confitería, de
estilo art-decó, dispone de dos amplios salones, con grandes espejos, columnas
de mármol, hierros, bronces y tulipas. Las mesas son de mármol veteado, sobre
las que se apoyan grandes ceniceros de quebracho, y las sillas de cuero,
comodísimas. Pocas veces el petitero penetra en el Petit Café, pero cuando lo
hace es un extraño, un turista admirado de lo que el supone es colmo del buen
gusto. Como le es imposible reproducir el status económico de los jóvenes de
Santa Fe y Callao –no es consciente de esto, ni acaso tampoco le interesa-
copia la exterioridad, la vestimenta. No quiere parecerse (no quiere ser) como
los jóvenes “tangueros” de su barrio, rechaza formalmente las pautas barriales
y aspira a salir del entorno doméstico dirigiéndose al centro, a la Meca
cultural del Petit Café y su moda. Si el varón de clase alta que el observa
paseando por “la gran Vía del Norte” no
lleva el saco casi tocándole las rodillas, como los “ordinarios” de su cuadra,
es porque su sastre se ha guiado por la cordura. Pero el petitero no lo
entiende así: el se acorta el acorta el saco cada vez más y más, hasta la
desmesura de que le queden los glúteos sin protección. ¿con que en el barrio se
usan el saco holgado?, pues, entonces, el petitero se introduce en un saquito
justo, derecho, apretado, con los tres botones comprimiéndole. El pantalón, de
acuerdo con el saquito, también será estrecho, a veces sin botamanga.
En
el calzado se imponen mocasines, para oponerlos a los “Elevantor” de los
petisos, de los tangueros y a los tacones militares de los Divitos. De acuerdo
con la imitación, todo debe apretujarse. La corbata se enlaza con nudo
tradicional (“corazón”, ¡jamas!) es de lana, tipo escocés de un solo color y al
cuello –cerrado y de ser posible, redondo- se le encaja la “trabita”, brete que
lo obliga a una incómoda situación civil de “firme”, como si se ahogara o
estuviese haciendo fuerza. El unifirme del petitero es de blazer azul y el
pantalón gris, símil colegios privados del barrio Norte, Belgrano, Devoto, a
los que el petitero no asiste por la escasez de recursos familiares o por
presión ecológica. En invierno usa pullover celeste o amarillo de mangas
largas. Siempre lleva corbata y salvo en calores fastidiosos, no se quita el
saco. Como no todos los aspirantes a petiteros acceden al “conjunto”, es
corriente ver en los barrios a los pre-petiteros, que se acortan bárbaramente
el saco y ajustan las botamangas de los pantalones de un traje de corte común,
de confección, lo que les da un aire desordenado, de extravío.
Como
derivado se internaliza una cultura petitera, que naturalmente es un remedo de
aquello que se considera “bien”. Es de cajón que el petitero sea
“antiperonista”, nunca hincha de Boca, afecto al rugbi (aunque más no sea
sentimentalmente) y a todo lo que sea americano, a la Coca Cola, a beber Cuba
Libre, y en un salto riesgoso, a los “claritos”, cuando le toca ostentar ante
el mozo de la Meca. Debe bailar exclusivamente jazz (de estilo swing) y algún
bolero, muy apretado con las pibas de la “barra”. El petitero puede ser algo
amanerado, o más precisamente, afectado, haciendo grave el tono de la voz y
adoptando un andar de brazos caídos a lo largo del cuerpo, levemente inclinado
hacia delante, sin arrastrar los pies. Aspira el tipo semiintelectual, adicto a
la cultura de sobaco, pues para el petitero, un libro bajo el brazo también
viste. Parlotea inglés e “idiomas”, es candidato a estudiar derecho y se peina
con fijador bien estirado, exhibiendo un semblante sin barba ni bigotes. Pasea
por Santa Fe y Florida, aunque se domicilie en Villa Pueyrredón. En el barrio
frecuenta la confitería exclusiva, la que está cerca de la iglesia, porque el
petitero es misero, lo que no quiere decir católico. Hay una cancioncita que lo
retrata: “somos los muchachos de Florida/nos codeamos con la gente
distinguida”. En verdad no se codea, en verdad lo que anhela es tener “roce”
con la gente distinguida; pero por mas esfuerzos que haga, el petitero es una
ilusión que camina.
La
moda adulta reúne características de indumentaria pulcra, no ostensible. Todo
está pensado para no exagerar; las combinaciones para señoras con rosas, negras
o blancas y el pecho está refrenado con modelos de corpiño Relicario, concebido
como chaleco de fuerza: vienen en raso de rayón y en colores salmón o blanco,
con busto reforzado, estomaguera y cuatro presillas de elástico con ganchos. En
la misma constante dominan las fajas o fajas calzón, con cintura alástica de
goma, frente de raso labrado y parte trasera en batista elástica importada de
USA con cierre rápido y cartera con broches y 45 centímetros de alto. Este
sistema de corazas, de protección contra desbordes, se traslada a los fríos
sudores de los caballeros, que durante otoño, invierno, primavera y verano,
consiguen en La Mondiale –Avenida de Mayo esquina Piedras, “el palacio del buen
vestir”- camisetas de estación, ya sea la sin mangas tipo musculosa para el mes
de diciembre, o la invencible camiseta de abrigo disponible desde marzo a
octubre, de color natural con cartera y mangas largas o cortas. Sin olvidar el
poco sexy calzoncillo de algodón con pretina cruzada y cintura de alástico, el
“Simbo”, que ya ha desplazado, afortunadamente, el juego de calzoncillos
largos, destinado a cuarentones y friolentos, que abundaban, en esa época en
que los sistemas generales de calefacción estaban poco difundidos.
Un
hombre mayor debe ir de traje. Las tentaciones van desde comprarlos en la
popular Casa Muñoz (“donde un peso vale dos”) a Spiro y Demetrio y Warrington,
pasando por Braudo (“la casa del pantalón gratis”), Albion House, Perramus,
Scherrer, Rivol, Costa Grande, Cervantes, La Mondiale, Sporting Stepper,
Modart, Casa Tow, M. Alvarez, Thompson y Williams (“la marcha de su elegancia y
sus 10.000 créditos”) y las acreditadas Harrods y Gath y Chaves. Si bien las
sastrerías de barrio se sienten seguras contra la competencia del centro, Han
pensado sistemas de crédito y otras invenciones de ayuda mutua. El adulto es
menos fiel que el joven o la señora al negocio del barrio. Conoce el centro,
los precios de liquidación y la variedad de modelos. Además, está acostumbrado
a viajar y a no perderse por las diagonales.
No
todos pueden gastar en las prendas de semimedida, de estupenda terminación que
ofrecen Spiro y Dmetrio en Diagonal Norte 871, ropa para caballeros de orión,
trabita, corbata de lana, sobretodo cruzado con pañuelo en el bolsillo superior
y guantes. Estos señores son los “ejecutivos” del 50, que se asesoran en los
gustos exclusivos de Warrington o Rhoders eligiendo camisas sobre medida en
batista italiana, tela inglesa oxford, poplín francés 2 por 2 Rigmel Shruk y
fantasías cuadriculadas de colores celestes, gris o beige que armonizan con los
elegantes rayados de corbatas “de presentación” indeformables, confeccionadas
en foulard pura seda natural importada. Si sienten fresco, no soportan otro
pullover que no sea el de lana merino con vivos en diferentes tonos. Usan
sombrero panamá tipo orión o dorset en verano, y sobre todo pelo de camello en
los inviernos.
Puede
convenirse que el sombrero para hombre deja de ser una disciplina ya para
mediados de la década. La galantería será, por consiguiente, menos ceremoniosa,
más directa y verbal. Los héroes
sinsombrerismo son los jóvenes. Algunos adultos insisten, por razones que
varían entre una práctica que no pueden dejar
(“ sea elegante por entero /bien vestido y ... con sombrero”), un medio
saludo parco que le facilita mensurar la comunicación, y en buena medida, para
disimular la calvicie, cobijando la cabeza de las miradas indicadoras y también
del fresquito. En casi todos los negocios de ropa para caballeros hay servicios
de bonetería; Grattarola Hnos de Sarmiento y Maipú, vende sus fieltros con
guarniciones de primera calidad; Noels, Auld ‘s y Giesso, ofrecen en verano sus
ranchos Rustric, y para cuando las desgracias suceden, los bien armados ranchos
de luto.
Sombreros
Laguito, en los clásicos chambergo, orión y dorset, es la marca más popular,
incluyendo el deformado sombrero para lluvia, que pocos se atreven a no usar.
La
polémica entre traje derecho y traje cruzado, símbolo vestimentario de la
disputa cultural entre la clase media y los sectores populares, entre lo “bian”
y aquello que no lo es, tiene su expresión en Casa Muñoz, que se envanece en
exhibir en sus vidrieras sólo trajes cruzados, que pronto comenzará a
claudicar.
Ya
en 1952 y 53, pero con total desprejuicio desde 1955, los consumidores del
cruzado, atrora emblema de varón, suburbio, milonga y otras connotaciones ceden
al estilo de onda cambiando el bando, dándose vuelta, o mejor dicho, dando
vuelta el traje que antes fue cruzado y ahora es derecho y “bien moderno” como
promete la Casa Durrey en el barrio de Almagro y Callioti, en once. Si algunas
reformas son señales de moda, otras serán de pobreza. “Tráiganos su traje
viejo, se lo dejaremos como nuevo” dicen hacia 1958 en Bartolomé Mitre al 3200.
Cuando la crisis económica pega, toda reforma es posible y los alaridos de la moda son los que menos
se oyen. “Reformamos trajes de hombres... para damas”, damos vuelta, trajes,
sobretodo y perramus”. Ya no se dice como en los primeros años de 50, “aceptamos
hechuras”. La ropa femenina de calle, es el tailleur. Una dama paqueta se
compone con un tailleur clásico de gabardina de lana y pollera recta. Se
prefieren los tonos en este orden:
biege, oliva, gris, plomo, marino y negro. El traje se acompaña con
sombrero de fieltrina que permite adornos de cinta rayón. La cartera, de becerro,
con forro de cuero; la blusa, de rayón blanco y bordado a mano. Los zapatos son
de cuero gamuzado liso al tono y tacón de 6 centímetros, en los colores negro,
marrón o azul. Un abrigo supone el corte suelto, amplio, en tela de lana a
cuadros esfumados y en tonos castaño, azul o gris.
El
atuendo deportivo, por su parte, asegura sobriedad. Las señoras practican
tenis, deporte que admite el uso de peluca para sostener el pelo, pero la
pollerita no será corta. Al presupuesto de mostrar poco corresponde el de
insinuar menos. El resultado es una línea de veraneo pensada más para andar alrededor
de la pileta que par abañarse. Entonces las expansiones – las zambullidas o la
cuota de sol – deben mesurarse, y el cuerpo quedará lo mas cubierto de tela que
sea posible, para evitar, además, el contacto riesgoso con la naturaleza que,
de algún modo, puede percudir. “La Nelly y su madre aparecieron en la
escalerilla, las dos con pantalones y sandalias de fantasía, anteojos de sol y
pañuelos en la cabeza”. Cortazár describe en Los Premios a dos mujeres de
sectores populares, inseguras de mostrarse
en un lugar de veraneo. Temen hacer un papelón y lo están haciendo a los ojos
del narrador, por la presentación de su indumentaria y la secuela de
colorinches, lentes ahumados y pañuelos. En cambio, una pareja joven de clase
media – quizás socios del Club Gimnasia y Esgrima que acostumbran correrse de vez en cuando un fin de
semana a Mar del Plata – enfrenta a la pileta para usarla (con ella bikini
rojo, él con slip verde), se zambullen y toman todo el sol que se les viene en
gana. Son actitudes totalmente diferenciadas, y la vestimenta subraya las
costumbres, los prejuicios, o la carencia de ellos. La señorita de bikini rojo
tiene relaciones con un homosexual y se afeita las axilas; la señorita de
pañuelo fantasía usa malla enteriza de “extraños rumbos azules y morados” y no
tiene ningún tipo de relaciones sexuales. Además, viaja con la mamá. Pero la
señorita de bikini rojo es, para la mayoría de las señoras, “una vampiresa”, y
en materia de moda vestimentaria una excepción casi... novelesca.
Modas
en T.V.; es el primer programa de moda por televisión. Las transmisiones se
realizan desde canal 7, pionero entusiasta y rudimentario. Comienza en junio de
1952 y se extiende por diez años consecutivos. La creadora del programa –que fue
premiada con el Martín Fierro- es Bibí Etcheto de Sueldo Piñeyro, quien también
lo produce. Los decorados de Biyina Klappenbach logran superar con imaginación
las escasas posibilidades técnicas. Este programa, que dirigen Fontanals y
Emilio Ariño, es la oportunidad para que las señoras puedan ver desfilar a las
modelos, y si bien conocen algo del rito por lo que han visto en cine o por la
movilidad que transmiten esos cuerpos tiesos y flacos desde las páginas de El
Hogar o Atlántida que hojean en el living del dentista y en la peluquería, poco
saben realmente del espectáculo, pues son contadas las mujeres que un lunes por
la tarde pueden concurrir al tea – room con caminata de Harrods. Se quedarían
admiradas por los desplazamientos de vestidos Dior que las mannequíns Alma, María
Victoria o Graciela desfilan. Ya entrada la década siguen sorprendiéndose y
jurando que jamas se pondrían eso encima, cuando Lagarrigue, el modisto cejudo,
presenta a María Marta, la mannequin predilecta. Pero modelo, lo que se dice
modelo vestimentario, de infinita mayor posibilidad y repercusión que Zully
Moreno, Virginia Mayo y diez personajes por el estilo juntos, es sin lugar a
dudas, Evita. Aunque la ropa que usa Eva Perón no es para imitar, salvo en Delia
Parodi, su correligionaria, o para que la Negra Bozán le haga una broma en el
Teatro Maipo, con las consecuencias imaginables. Los modelos de Evita se
dirigen principalmente a los adversarios políticos, que saben cuanto cuesta
vestirse en París. Son para fotografiar – La Razón de mi Vida registra varios
de calle y gran gala- para tomarlos frente a un enorme tapiz en la residencia
presidencial de Palermo o en las escalinatas afelpadas del Teatro Colón, abrumada
de plumas y joyas entre generales, granaderos, fracs y policías que le sirven
de corte. Para atender al público, en la sede de la fundación, ambientada en el
edificio del Concejo Deliberante, la señora prefiere el tailleur y su favorito –
aquel con que aparece en miles de afiches – es uno a cuadros príncipe de gales
con un pequeño cuello de terciopelo. Los sombreros, con velo, se los idea un
modisto francés que le ha recomendado Dior. A veces acepta gustos suaves y
femeninos; por ejemplo, cuando en julio de 1951, asiste a unas importante
recepción diplomática – Perón es condecorado por el gobierno franquista – lo hace
con un vestido muy simple de color beige, verde y marrón, que a su pedido es
jersey y sin adornos. Pero las ocasiones en que se disloca abundan: para ir a óperas
en el Colón, se pone un traje de noche en lamé y oro, de estilo oriental, más
indicado para la sastrería del teatro que para el protocolo.
Para
la clase media, los exhabruptos de la cultura Divito que alborotan en la década
del cuarenta y transmiten su remanente de vestuarios y siluetas en los primeros
del 50, no son de su agrado, aunque leen a gusto y se identifican con los
chistes de la revista Rico Tipo. Desde la tapa y a través de los personajes de
las secciones fijas la revista postula un mundo pequeño burgués, moderno, pícaro
y desprejuiciado. (“Me agrada la música – confiesa una chica Divito. Anoche fui
a un concierto. – Lo previa querida – le contesta la otra -. Por tu frescura se
ve que has dormido bien”). El rasgo básico son esas chicas lindísimas, seguras
y felices, que se ríen de los hombres anticuados y babosos.
Entonces,
¿La moda Divito, tan decayendo en los años 50, es una vestimenta para la clase
a quien está dirigida y acepta Rico Tipo, es, en cambio, una extralimitación de
mal gusto, una antimoda para no usar, un atuendo para causar risa, un chiste
impuesto a los crédulos que creen poder ver “a lo Divito” en las calles de
Buenos Aires? Porque lo que se supone es la moda y aquello que de ésta acepta,
es solamente el ropaje, pero no la propuesta de su estilo de vida. Sucede que
hay un desencuentro de mensajes o un error de receptores. La revista se dirige
a la clase media, refleja su mundo o las aspiraciones de su mundo, y la moda
vestimentaria – lo que se dice la “moda Divito”- es consumida por sectores
culturales y sociales diferentes.
Veamos
la moda Divito masculina, por ejemplo, y convengamos que su uso es
absolutamente incompatible con las costumbres y ritos de la clase media
ciudadana. Es posible que a la clase media no le preocupe el dernier cri, pero también es cierto que
quiere presentarse adecentada, por las normas escritas de la familia y por la
sociabilidad que implica andar vestido como la gente, no por el horror “al qué
dirán”, sino por aceptar de buen grado alguans convenciones que después de todo
no son cuestión de vida o muerte.
Un
Divito es un hombre con un traje Divito. Se trata de un fenómeno vestimentario.
Claro que pueden indagarse culturas, gustos, ecología. Pero el uniforme es
claro y esencia, lo primero y lo último. El traje es de sastre, aunque Gon-ser
(abreviatura de Gonzales Sergio) lo ofrece confeccionado por Esmeralda y
Corrientes, en telas de verano y media estación. Los colores predilectos son el
marrón y el azul marino. El sastre de barrio es el demiurgo al que se recurre a
hacerse ese traje que consta de: saco cruzado, larguísimo, casi sobre la
rodilla, entallado, con solapa larga y ancha, de un solo botón, debajo del estómago.
El pecho se aprovecha para el lucimiento de la corbata y de la faja cintura del
pantalón. El pantalón es bombilla, de botamanga alta, que al caer sobre el
calzado toma forma de acordeón. La faja de la misma tela del traje es de 15 a
20 centímetros de alto con 3 a 6 botones en la parte delantera. Esta
faja-cintura sobresale por encima del cruce de las solapas del saco. Se usa con
camisa blanca de cuello Porteño, corbata chillona y nudo “corazón”. No falta
quien lleva una palmera pintada y otros abalorios tropicales en la corbata, a
la que firma el sujetador, por lo general dorado. Los tiradores son de rigor, lo
mismo que el pañuelo en el bolsillo superior del saco, en puntas, haciendo “barquitos”.
El Divito puede llevar flor en el ojal, si es posible de tamaño grande. Otros
ingredientes son la peinada con gomina a base a jopo y cola de pato. También la
preferencia por anillos de oro con piedras de colores y el chevalier, en el
dedo meñique. Los zapatos son negros, enterizos, de tacón alto.
El
traje Divito tiene por lo menos dos influencias. El saco largo y el pantalón
con faja, es americano. Lo usa el yanqui de fiesta, pero con telas brillantes y
tonos que el Divito porteño jamás se atreverá. Es la vestimenta de jazzman de
película en technicolor. En cambio, la otra influencia es amarga y local: viene
del orillero del novecientos, del compadre de la guardia vieja, de pantalón
bombilla y botín arrambalero. Porque el Divito es, en el 40 y en el 50, una
vestimenta barrial, tanguera, especial a los que gustan del tango y lo bailan.
Además, el Divito, es diferenciador. Los pantalones altos, el saco cruzado, los
botines y el nudo de corbata ancho, son
utilizados para enfrentar a los petiteros y
pitucos de ropa fruncida, saco corto y mocasines, que bailan boleros. El
Divito es canyengue, conservador, arrinconado por la cultura moderna,
nostalgioso de arrabal amargo, identificado con el peronismo, habitantes de
barrios populosos o estacionado en los estratos económicamente bajos de los
barrios de clase media típica. Es la vestimenta del suburbio recién habitado
por gente de provincia, y son los trajes con telas de tonos marrón y azul
marino, los que uniforman al recién venido a Buenos Aires, al “payuca”, que
concurre a los bailes con orquesta típica y música nativa.
El
divitismo, una moda pensada para consumo chistoso de la clase media, es
incorporado (saqueado así) por los sectores populares, pero en sus rasgos mas
externos: adornos, silueta, vestimenta, no en su interioridad, en sus pautas
culturales y modernosas que son rechazadas, continuándose, pese a la ropa, con
la cultura que viene del campo que hace poco se dejó o del suburbio al cual se
está aferrando. Así Rico Tipo poco tiene que ver con Divito con los Divitos y
las Divitas. La revista y su constante de boites, chicas liberales y fumadoras,
millonarios, viejos verdes, mantenidas, oriones, habanos, ruletas, París, jazz,
maitres y rubias, dista un abismo de las chicas divitos del barrio. Éstas si
bien marcan obsesivamente la cintura con fajas, cinturetes y cinturones,
exhiben caderas anchas, busto prominente, labios pintados, pollera tubular,
taco aguja y variedad de aros y gargantillas, son morochas tipo “leonas”,
obreras peronistas y nada sofisticadas, muchachas apenas llegadas del interior.