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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Las misiones jesuitas: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 3294 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
Año y
división: 2º 2ª
Materia: Música
Colegio: Colegio Nacional de Buenos Aires
Profesora: Ana María Belgallo

Los primeros misioneros
Los jesuitas, encabezados por
San Ignacio de Loyola, fueron creados en 1534 con el objeto de formar una
milicia al servicio del Papa para la difusión del cristianismo y la defensa de
la Iglesia. Su regla fue aprobada por Paulo III en 1539, y, definitivamente,
con la bula Regimini militantis en 1540.
Con los primeros soldados y
colonizadores, llegaron a América los misioneros (tanto jesuitas como dominicos
y franciscanos), que difundieron la doctrina cristiana entre los indios por
medio de la música, como lo hicieron el Padre Alonso Barzana, en el Tucumán, en
1585, y San Francisco Solano, en el Alto Paraná, en 1590. Estos dos religiosos,
así como el resto de sus colegas, hallaron gran aceptación por parte de los
nativos, que eran muy sensibles a toda actividad sonora y, como se descubrió
luego, poseían un manejo excelente con los instrumentos musicales. Sin embargo,
esta nueva forma de educación se practicó, en un principio, sin una finalidad
artística
El excelente trabajo elaborado por los jesuitas en todo lo que se
refiera a arte y cultura, llevó al nacimiento de un nuevo estilo: el jesuítico,
que en la música y en la poesía hizo resaltar ciertos aspectos regidos por el
intelecto.
Alonso
Barzana:
El Padre Alonso Barzana había
nacido en Córdoba, Andalucía, e ingresado a los 38 años de edad en la Compañía
de Jesús. El Padre Barzana fue un políglota prodigioso y se dedicó a estudiar
los idiomas indígenas, escribiendo “Arte y Vocabulario” de las lenguas tonocoté
y cacana, libro que se perdió.
Hacia 1569 viajó al Perú, y en
1585 arribó, junto con el Padre Pedro Añasco, al Tucumán. El gran esfuerzo
puesto por estos dos hombres en su tarea permitió que a siete meses de su
llegada, más de 2000 indios, lulues y tonocotés, supieran el catecismo.
Entre los años 1590 y 1592, se
trasladaron al Chaco, y fue en este último año mencionado, en que los dos
padres se separaron: Añasco se dirigió al encuentro de los indios omaguas (en
el mismo Chaco), y Alonso Barzana se encaminó a Santiago del Estero, retornando
luego a Tucumán.
En 1597 fue conducido enfermo al
Cuzco donde falleció el 1ro de enero de 1598, en el Colegio Jesuita de esa
región.
En una carta enviada por el
Padre Techo, en 1594, explica como instruía el Padre Barzana a los indígenas:
“... para ganarlos con su modo, a ratos los iba catequizando en la fe, a ratos
predicando, a ratos haciéndolos cantar en sus coros y dándoles nuevos cantares
a graciosos tonos; así se sujetaban como corderos, dejando arcos y flechas...”.
Según J.A. Carrizo los “cantares a graciosos tonos” enseñados a los lulues por
el Padre Barzana, eran las glosas de Fray Ambrosio de Montesino, cuyo
“Cancionero” se publicó en 1508. Incluía este cancionero numerosas letrillas y
villancicos populares glosados a lo divino y adjuntaba el tono con que debían
ser cantados. En septiembre de 1594 escribía el Padre Barzana: “Todas estas
naciones son muy dadas a bailar y cantar, y tan porfiadamente que algunos
pueblos velan la noche cantando, bailando y riendo. Los lulues, entre otros,
son los mayores músicos desde niños y con más graciosos sones y cantares”.
San
Francisco Solano:
Ha quedado en la historia de la
evangelización, como figura destacada de la cofradía francesa, San Francisco
Solano, nacido en Montilla, Andalucía, en 1549 y muerto en Lima, en 1610, a
quien se le rinde culto en nuestras provincias, bajo la representación de un
asceta músico. En 1586 llegó a los territorios que hoy forman la República
Argentina, procedente del Perú, y en el año 1590, se establecía en Tucumán. Sus
frecuentes viajes lo llevaron a Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja,
Tucumán, Paraguay y Perú.
Fue respetado y querido por los
indios a quienes convertía a los sones de su violín, sacándolos de las selvas y
congregándolos en pacíficas poblaciones. Además del violín, podía ejecutar una
especie de flauta (una quena, probablemente), tal como lo afirmara el cardenal
doctor Antonio Caggiano. En el proceso de la canonización del santo se lee:
“Otra muchas veces tuvo altísimas elevaciones, y coloquios con nuestro Señor y
su bendita Madre, y para incitar a esto el ánimo, y provocar su espíritu a
devoción, como hacía David cuando decía: “Exurge psalterium e chitara”, tomaba
un violoncillo y con él se iba a cantar delante del Santísimo Sacramento y de
la imagen de Nuestra Señora y se quedaba elevado en oración”
Francisco Solano cultivó la
poesía, de alto vuelo místico; la tradición a perpetuado una “Oración” suya,
que en el norte argentino todavía se canta para acuñar el sueño de los niños.
Carlos Gregoriano Romero Sosa la reproduce en su trabajo, “Un Soneto de San
Francisco Solano”, Salta, 1956. Comienza así:
Mi buen Jesús, mi
redentor y amigo
Qué es lo que sé, que no
me hayas enseñado?
Qué tengo yo que tú no
me hayas dado?
Qué valgo yo, si no
estoy contigo?
La Compañía de Jesús se destaca
entre las ordenes religiosas coloniales por la complejidad y trascendencia de
su obra. Esta Orden fue, durante casi dos siglos, uno de los centros de mayor
influencia de la Argentina, participando tanto en el campo religioso como en
los campos político, social y cultural del país. Así como en un principio se
ocupó de la evangelización de los hijos de los jefes nativos, luego ocupó una
posición predominante en la educación de los jóvenes de los nacientes poblados.
Toda su estructura cultural tenía centro en Córdoba, que unía a los conventos
del resto de la región.
Los jesuitas entraron en
territorio en 1586, como simples misioneros desprendidos de la provincia del
Perú. Sus progresos en estos parajes, movieron al Padre Claudio Aquaviva, general
de la Compañía, a dividir la primitiva provincia peruana, creando en 1607 la
llamada generalmente “provincia paraguaya”, que comprendía Paraguay, el Plata,
Tucumán, Uruguay, la Patagonia y Chile. Su primer provincial fue el Padre
Torres. Fue con la creación de esta provincia cuando Córdoba se convirtió en el
centro intelectual de la región, con su universidad, su biblioteca, su archivo
y todos sus conventos y organizaciones.
La
vida musical en las Misiones Jesuíticas
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Las reducciones de guaraníes se
iniciaron en 1609. Ese mismo año el Padre Torres ordenaba que se les enseñara a
los hijos de los nativos la doctrina, a leer, a escribir y, d8e ser posible, a
tañer la flauta; instrucción que ratificó al año siguiente con las nuevas
reducciones, encargándoles además la enseñanza del canto y la música.
Cada reducción contaba con una
capilla de músicos, que podían tocar casi cualquier instrumento, y con variados
coros, los cuales impresionaron grandemente a los padres Pedro de Oñate y
Francisco Jarque. Según documentos de la época, los indígenas poseían un “don”
natural que les permitía aprender a tocar instrumentos y a cantar, cosas que
hacían excelentemente. Además, debe tenerse en cuenta la atracción que generaba
en los nativos cualquier actividad musical. Sin embargo, no existía ningún
nativo que compusiese sus propias obras, ya que sólo se limitaban a tocar o
cantar lo que estuviese escrito (cosa que los jesuitas atribuían a su escasa
inteligencia). Se organizaban en cada pueblo bandas, orquestas y coros, gracias a la acción de maestros como el
Padre Luis Berger, el Padre Juan Vaseo, etc. Hasta el propio Papa, en 1749,
alabó el alto nivel musical alcanzado en América, llegando a comparar las misas
de Europa con las de este continente.
El Padre José Cardiel arribó a
la provincia del Paraguay en el año 1730, y desempeñó diversos cargos. Fue uno
de los escritores que mejor supo reflejar la vida de las reducciones guaraníes.
Según sus escritos, así sería la escuela y la música en las reducciones:
Se enseñaba a leer, a escribir, música y danza. En general sólo
eran aceptados los hijos de la “nobleza” del pueblo, quienes eran educados por
maestros indios, en su mayoría. Se seleccionaba a los alumnos según fueran al
coro o a la capilla de músicos.
Un interrogante se le plantea al Padre: ¿por qué no hay algún
indígena que sepa componer?. Según él,
porque carecen completamente de creatividad, y sólo se contentan con hacer lisa
y llanamente lo que se les dice, aunque con gran énfasis. Es así como llegaban
a tocar los instrumentos y a cantar tan bien, dice Cardiel.
Se emociona finalmente el jesuita José Cardiel al describir el
orden de los cantos que se hacen durante la semana. Los salmos, los himnos, y
todas las otros géneros existentes. Señala la devoción, la profunda humildad y
la inocencia de los indígenas al alabar a Dios, y la “celestial” forma de
cantar y de hacer sonar los instrumentos.
Los maestros de
las misiones: Juan Vaseo, Luis Berger, Pedro Comental, Antonio Sepp, Doménico
Zípoli, Martín Schmid, Juan Fecha, Florián Paucke.
El primer gran maestro de los
jesuitas fue el Padre Juan Vaiseau o Vaseo. Nacido en Tournay, Bélgica, en
1584, y natural de Flandes, cuna de los más sabios e inspiradores cultores de
la polifonía vocal sacra de los siglos XV y XVI, sintió la influencia de estos
músicos, sobre todo, de Joaquín Deprés. De esta forma, en 1612 ingresó a la
Compañía, dando gran importancia al estudio de la música, con la idea de
utilizar sus conocimientos musicales en la conversión de los indios americanos.
Apenas llegado a Bs. As. En
1617, fue destinado a la reducción de Loreto, en Misiones, donde pasó los
últimos seis años de su vida dedicado al bautizo y catequización de los indios.
Vaseo falleció en este mismo
lugar en 1623, mientras asistía a los indios contagiados de una peste maligna.
Luis
Berger
Luis Berger era pintor, platero,
músico y danzante. En 1614 ingreso en la compañía de Jesús, siendo su principal
deseo el de ir a las Indias y consagrarse a la conversión de los indios. Llegó
a Buenos Aires en los primeros días de
1617. Destinado poco después a las misiones guaraníes y al pueblo de reducción
de San Ignacio, escribe en 1622 una carta al general de la compañía pidiéndole
cuerdas de laúd. Éste, en su respuesta, expresa sus felicitaciones a Berger por
hacer ese trabajo.
A su arribo a las misiones
guaraníticas hubo una fiesta donde los indios tocaron música con los
instrumentos, enseñados por un jesuita francés.
La fama de Berger llegó hasta
Chile, y el provincial de la compañía de esta región escribió al general de los
jesuitas solicitando que Berger cruzara la cordillera para llevar sus
enseñanzas a su región. El músico francés pasó, en efecto, a Chile, y el
provincial peruano comenzó a solicitarlo también. Esto último no fue posible,
ya que Berger murió unos días después de su llegada a Buenos Aires, en 1639, a
los 52 años de edad.
Pedro Comental fue un músico y
matemático italiano que ingresó a la compañía de Jesús en 1611, llegando a
Buenos Aires a principios de 1617. Terminados sus estudios en Córdoba fue
destinado a las misiones guaraníes, donde estuvo hasta su muerte. Gracias a su
empeño la reducción de San Ignacio alcanzó la gloria de ser el primer centro
musical que hubo en estas regiones de América, primacía que mantuvo hasta muy
entrada la segunda mitad del siglo XVII, gloria que después habría de pasar a
la reducción de Yapeyú.
Desde
su niñez había sido instruido en la música, y por su preciosa voz había sido
escogido para integrar el coro de cantores de la Corte Imperial, en la cual
alcanzó celebridad.
Edmundo Wernicke ha
estudiado la personalidad del jesuita tirolés. Dice que era todo un artista y
sabía tocar varios instrumentos (flauta, corneta, piano, clarín, tromba marina
o sacabuche, la viola y la tiorba). También menciona que Sepp era compositor.
Ingresó en Germania jesuítica,
pero pasados algunos años, en 1691, tras manifestar sus deseos de ir a la
India, partió para Buenos Aires, llegando el 6 de abril del mismo año. A su
llegada dio una audición en el colegio de los jesuitas. El músico quedó
particularmente sorprendido al ver que la mayoría de sus instrumentos eran
desconocidos para ellos, especialmente la traza, que hizo que al ser tocada no
contuvieran más su intriga y fueron a ver que era ese instrumento.
Destinado al recorte de Yapeyú,
le cupo la gloria de convertir esta misión en el gran centro musical de fines
del siglo XVII y comienzos del XVIII. En las embarcaciones al tocar los
instrumentos y ser oídos por los indios, y estos acudían a la rivera para
escuchar su música.
Antes de su llegada a Yapeyú los
músicos del lugar no conocían la partitura del órgano, del bajo sostenido, del
bajo cantado, nada del compás y nada de música a dos, tres o cuatro voces, por
lo que se vio obligado a enseñarles.
Lo característico de los indios
era en general su destreza para producir instrumentos y tocarlos.
Antonio Sepp falleció en San
José el 13 de enero de 1733, a los setenta y siete años de edad.
Heredero de la formidable técnica organística de
Frescobaldi, su escritura se halla en el preciso punto de transito entre la
fórmula contrapuntística y simplemente dialogada.
Inicio sus estudios musicales
con el organista de una importante catedral de Florencia, posiblemente Giovanni
María Casini. Fue luego protegido y estimulado por el Duque de Toscana, quién
lo envió a Nápoles para que perfeccionara sus conocimientos con Alessandro
Scarlatti, pero como el encuentro no fue cordial decidió escapar a Bolonia,
donde su maestro pasó a ser el Padre Lavinio Vannucci. Luego fue a Roma, y fue
ahí donde estrenó su primer obra de importancia, el oratorio Sant Antonio.
Zípoli
Falleció en Córdoba el 2 de enero de
1726.
El
profesor Robert Stevenson ha realizado un hallazgo sensacional en un
pueblo de las antiguas Misiones: una
Misa para cuatro voces y bajo continuo de Zípoli. Entonces, es posible que la
opera que fue cantada por los indios de las Misiones en Buenos Aires halla sido
compuesta por él; lo mismo decimos de las operas representadas por los indios
ante Ceballos, con motivo de la jura de Carlos III, en 1960.
El lugar de su sepultura
constituye un misterio hasta el presente.
El nombre de Zípoli aparece por
primera vez en los programas musicales
realizados en Buenos Aires, en mayo de 1911, en que se realiza la inauguración
del órgano de la Iglesia de San Carlos.
El Padre Schmid nació en Suiza,
en 1694. Mientras cursaba sus estudios en el colegio jesuita de Lucerna,
comenzó a estudiar música con un profesor particular. En 1717 ingresó al
noviciado y en 1726 fue destinado al Paraguay. Llego al río de la Plata en
1727, y después de una breve estadía en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán fue
enviado a la misión de Chiquitos, donde actuó hasta 1767, cuando la expulsión
de los jesuitas regresó a su patria, y allí murió, en 1773.
El Padre Schmid
tocaba el órgano con toda maestría, y en Potosí aprendió a fabricar estos
instrumentos. En Chiquitos instaló una fundición, de donde salían todas las
partes metálicas de éstos, incluso los tubos, y de donde salieron las piezas
metálicas de todos los instrumentos construidos en la zona.
También instaló en Chiquitos una
escuela de cantores, para explotar el especial talento del cual los indios eran
dueños.
Además de músico el Padre Schmid
era tallista y constructor, construyó la iglesia del pueblo de San Ignacio, en 1761.
Juan
Mesner
Nació en Austria, Bohemia, en
1703. Ingresó en la Compañía en 1722. Estudió letras, canto y música.
En
1733 llegó al Río de la Plata, transladándose luego a Santa Fe en 1734. Dos
años más tarde fue destinado a las misiones de Chiquitos, donde se unió al
padre Schmid. Fue allí donde realizó importantes transcripciones de piezas
musicales europeas. Además, colaboró con el padre Schmid en la organización de
coros y de la música. En 1767, con la expulsión de los jesuitas, fue conducido,
enfermo, al puerto de Tacna. Murió poco antes de tomar el barco que lo llevaría
de vuelta a Europa, en 1768.
La obra de este jesuita permaneció viva durante un largo tiempo en
muchas reducciones, donde los indios todavía sabían componer y cantar la música
que él les había enseñado.
Juan
Fecha
Nacido en Santiago de Galicia en
1727, se unió a la Compañía y llegó al Río de la Plata en 1745. Cinco años
después, fue transferido a las misiones del Tucumán estableciendo allí una
escuela musical en la Reducción de Lules, con gran éxito. Su coro llegó a tener
gran éxito.
Sabía fabricar y ejecutar varios
instrumentos. Desterrado, como muchos otros, en 1767, viaja a Italia, muriendo
en Faenza en 1812.
Florián
Paucke
Nació en Witizg, Silesia, el 24 de septiembre de
1719. Unido a la Compañía desde 1736, siempre pidió su traslado a América,
donde esperaba realizar su obra. Por fin, en 1748, llegó la orden de Roma de
partir hacia el Paraguay. Llegó allí en 1749.
Realizó estudios de filosofía,
teología (que finalizó en la Universidad de Córdoba en 1749) y letras. No era
músico de profesión, pero su afición por este logró que pudiera desarrollar una
gran actividad musical en las misiones, con una habilidad como instrumentista
alabable.
Fue en Córdoba donde instruyó a
su primer coro, conformado por diez nativos preseleccionados, hasta 1752, donde
fue destinado a las misiones de los Mocobíes
(actual Santa Fe). Allí juntó a un coro, conformado por el mismo número
de compositores, con el cual estuvo durante tres años. Este fue su trabajo más
importante, porque sus interpretaciones alcanzaban tal excelencia que superaba
a todo nivel musical existente en la zona, incluyendo Buenos Aires, Santa Fe y
Córdoba.
Con el destierro de los
jesuitas, Paucke regresó a Europa, donde escribió una autobiografía donde
narraba sus actividades en América y su actual desazón y tristeza en el viejo
continente. Murió el 13 de abril de 1780 en la reducción de Zwelet, Baja
Austria.
Foto
de la reducción jesuítica de Tucumán

Foto
de la capilla del convento de San Francisco

Foto
de la ex misión de San Francisco Solano

Foto
de la Celda de la capilla de San Francisco Solano, en Santiago del Estero

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·
“Historia de la música en la Argentina”;
Gesualdo, Vicente; Tomo I.
·
“Diccionario Enciclopédico Espasa Calpe”;
Espasa Calpe.
·
“Enciclopedia Planeta”; Ed. Planeta.
·
“Diccionario Enciclopédico Larousse”; Ed.
Larousse.
·
“Cultura musical II”; Cánepa, J.C. García.
·
Sitio web: www.monumentos.org.ar.
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