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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: La lengua castellana: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 5096 | Votar! | 2 votos | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Idiomas > |
Monografía sobre la lengua
castellana
Española, Lengua o Castellana, Lengua, lengua románica, derivada del
latín, que pertenece a la subfamilia itálica dentro del conjunto indoeuropeo;
es el idioma de España y de las naciones hispanoamericanas, excepto Brasil,
Haití y la Guayana; cuenta con unos cuatrocientos millones de hablantes,
incluyendo, además los habitantes de origen hispánico que viven en Estados
Unidos, algunos cientos de miles de filipinos, así como los grupos nacionales
saharauis y los de la República de Guinea en la costa occidental africana.
Esta lengua también se llama castellano, por ser el nombre de la
comunidad lingüística que habló esta modalidad románica en tiempos medievales:
Castilla. Existe alguna polémica en torno a la denominación del idioma; el
término español es relativamente reciente y no es admitido por los muchos
hablantes bilingües del Estado Español, pues entienden que español incluye los
términos valenciano, gallego, catalán y vasco, idiomas a su vez de
consideración oficial dentro del territorio de sus comunidades autónomas
respectivas; son esos hablantes bilingües quienes proponen volver a la
denominación más antigua que tuvo la lengua, castellano entendido como ‘lengua
de Castilla’.
En los países hispanoamericanos se ha conservado esta denominación y no
plantean dificultad especial a la hora de entender como sinónimos los términos
castellano y español. En los primeros documentos tras la fundación de la Real
Academia Española, sus miembros emplearon por acuerdo la denominación de lengua
española. Quien mejor ha estudiado esta espinosa cuestión ha sido Amado Alonso
en un libro titulado Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual
de tres nombres (1943). Volver a llamar a este idioma castellano representa una
vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores
iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello,
J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti.
Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición. Por otro lado, tanto derecho tienen los españoles a nombrar castellano a su lengua como los argentinos, venezolanos, mexicanos, o panameños de calificarla como argentina, venezolana, mexicana o panameña, por citar algunos ejemplos. Lo cual podría signifcar el primer paso para la fragmentación de un idioma, que por número de hablantes ocupa el tercer lugar entre las lenguas del mundo. En España se hablan además el catalán y el gallego, idiomas de tronco románico, y el vasco, de origen desconocido.
Como dice Menéndez Pidal “la base del idioma es el latín vulgar,
propagado en España desde fines del siglo III a.C., que se impuso a las lenguas
ibéricas” y al vasco, caso de no ser una de ellas. De este substrato ibérico
procede una serie de elementos léxicos autónomos conservados hasta nuestros
días y que en algunos casos el latín asimiló, como: cervesia > cerveza,
braca > braga, camisia > camisa, lancea > lanza. Otros autores
atribuyen a la entonación ibérica la peculiar manera de entonar y emitir el
latín tardío en el norte peninsular, que sería el origen de una serie de cambios
en las fronteras silábicas y en la evolución peculiar del sistema consonántico.
Otro elemento conformador del léxico en el español es el griego, puesto
que en las costas mediterráneas hubo una importante colonización griega desde
el siglo VII a.C.; como, por otro lado, esta lengua también influyó en el
latín, voces helénicas han entrado en el español en diferentes momentos
históricos. Por ejemplo, los términos huérfano, escuela, cuerda, gobernar,
colpar y golpar (verbos antiguos origen del moderno golpear), púrpura (que en
castellano antiguo fue pórpola y polba) proceden de épocas muy antiguas, así
como los topónimos Denia, Calpe. A partir del renacimiento siempre que se ha
necesitado producir términos nuevos en español se ha empleado el inventario de
las raíces griegas para crear palabras, como, por ejemplo, telemática, de
reciente creación, o helicóptero.
Entre los siglos III y VI entraron los germanismos y su grueso lo
hizo a través del latín por su contacto con los pueblos bárbaros muy
romanizados entre los siglos III y V. Forman parte de este cuerpo léxico
guerra, heraldo, robar, ganar, guiar, guisa (compárese con la raíz germánica de
wais y way), guarecer y burgo, que significaba ‘castillo’ y después pasó a ser
sinónimo de ‘ciudad’, tan presente en los topónimos europeos como en las
tierras de Castilla, lo que explica Edimburgo, Estrasburgo y Rotemburgo junto a
Burgos, Burguillo, Burguete, o burgués y burguesía, términos que entraron en la
lengua tardíamente. Hay además numerosos patronímicos y sus apellidos
correspondientes de origen germánico: Ramiro, Ramírez, Rosendo, Gonzalo,
Bermudo, Elvira, Alfonso. Poseían una declinación especial para los nombres de
varón en -a, -anis, o -an, de donde surgen Favila, Froilán, Fernán, e incluso
sacristán.
Junto a estos elementos lingüísticos también hay que tener en cuenta al
vasco, idioma cuyo origen se desconoce, aunque hay varias teorías al respecto.
Algunos de sus hábitos articulatorios y ciertas particularidades gramaticales
ejercieron poderosa influencia en la conformación del castellano por dos
motivos: el condado de Castilla se fundó en un territorio de influencia vasca,
entre Cantabria y el norte de León; junto a eso, las tierras que los
castellanos iban ganando a los árabes se repoblaban con vascos, que, lógicamente,
llevaron sus hábitos lingüísticos y, además, ocuparon puestos preeminentes en
la corte castellana hasta el siglo XIV. Del substrato vasco proceden dos
fenómenos fonéticos que serán característicos del castellano. La introducción
del sufijo -rro, presente en los vocablos carro, cerro, cazurro, guijarro,
pizarra, llevaba consigo un fonema extravagante y ajeno al latín y a todas las
lenguas románicas, que es, sin embargo, uno de los rasgos definidores del
sistema fonético español; se trata del fonema ápico-alveolar vibrante múltiple
de la (r).
La otra herencia del vasco consiste en que ante la imposibilidad de
pronunciar una f en posición inicial, las palabras latinas que empezaban por
ese fonema lo sustituyeron en épocas tempranas por una aspiración, representada
por una h en la escritura, que con el tiempo se perdió: así del latín farina
> harina en castellano, pero farina en catalán, italiano y provenzal, fariña
en gallego, farinha en portugués, farine en francés y faina en rumano; en vasco
es irin.
La lengua árabe fue decisiva en la configuración de las lenguas de
España, y el español es una de ellas, pues en la península se asienta durante
ocho siglos la dominación de este pueblo. Durante tan larga estancia hubo
muchos momentos de convivencia y entendimiento. Los cristianos comprendieron
muy pronto que los conquistadores no sólo eran superiores desde el punto de
vista militar, sino también en cultura y refinamiento. De su organización
social y política se aceptaron la función y la denominación de atalayas,
alcaldes, robdas o rondas, alguaciles, almonedas, almacenes. Aprendieron a
contar y medir con ceros, quilates, quintales, fanegas y arrobas; aprendieron
de sus alfayates (hoy sastres), alfareros, albañiles que construían zaguanes,
alcantarillas o azoteas y cultivaron albaricoques, acelgas o algarrobas que
cuidaban y regaban por medio de acequias, aljibes, albuferas, norias y
azadones. Influyeron en la pronunciación de la s- inicial latina en j- como en
jabón del latín ‘saponem’. Añadieron el sufijo -í en la formación de los
adjetivos y nombres como jabalí, marroquí, magrebí, alfonsí o carmesí. Se
arabizaron numerosos topónimos como por ejemplo Zaragoza de “Caesara(u)gusta”,
o Baza de “Basti”. No podría entenderse correctamente la evolución de la lengua
y la cultura de la península sin conceder al árabe y su influencia el lugar que
le corresponde.
En la formación del español cabe distinguir tres grandes periodos: el
medieval, también denominado del castellano antiguo, fechado entre los siglos X
al XV; el español moderno, que evolucionó desde el siglo XVI a finales del
XVII, y el contemporáneo, desde la fundación de la Real Academia Española hasta
nuestros días.
El nombre de la lengua procede de la tierra de castillos que la
configuró, Castilla, y antes del siglo X no puede hablarse de ella. Por
entonces existían cuatro grandes dominios lingüísticos en la Península que
pueden fijarse por el comportamiento de la vocal breve y tónica latina o en
sílaba interior de palabra como la o de portam que diptongó en ué en el
castellano, puerta, y vaciló entre ue, uo y ua en el leonés y aragonés (puorta)
y mozárabe (puarta). En términos generales, se mantuvo la o del latín (porta)
en la lengua del extremo occidental, el galaico-portugués —del que surgiría el
gallego y el portugués—, y en el catalán del extremo oriental, que ejercería su
influencia posterior por las tierras mediterráneas, fruto de la expansión
política.
El castellano fue tan innovador en la evolución del latín como lo fueron
los habitantes de Castilla en lo político. A esta época pertenecen las Glosas
Silenses y las Emilianenses, del siglo X, que son anotaciones en romance a
los textos en latín: contienen palabras y construcciones que no se entendían
ya. Las primeras se escribieron en el monasterio benedictino de Silos, donde
para aclarar el texto de un penitencial puede leerse “quod: por ke”,
“ignorante: non sapiendo”; las Glosas Emilianenses se escriben en el monasterio
de San Millán de la Cogolla o de Suso.
En el sur, bajo dominio árabe, hablaban mozárabe las comunidades hispanas
que vivían en este territorio y conservaron su lengua heredada de épocas
anteriores. La mantuvieron sin grandes alteraciones, bien por afirmación
cultural que marcara la diferencia con las comunidades judía y árabe, bien por
falta de contacto con las evoluciones que se estaban desarrollando en los
territorios cristianos. En esta lengua se escriben algunos de los primeros
poemas líricos romances: las jarchas, composiciones escritas en alfabeto árabe
o hebreo, pero que transcritas corresponden a una lengua arábigo-andaluza. De
los cambios fonéticos que produjeron en esta época en el castellano, el más
original consistió en convertir la f- inicial del latín en una aspiración en la
lengua hablada, aunque conservada en la escritura.
El primer paso para convertir el castellano en la lengua oficial del
reino de Castilla y León lo dio en el siglo XIII Alfonso X, que mandó
componer en romance, y no en latín, las grandes obras históricas, astronómicas
y legales. El castellano medieval desarrolló una serie de fonemas que hoy han
desaparecido. Distinguía entre una -s- sonora intervocálica, que en la
escritura se representaba por s, como en casa, y una s sorda, que podía estar
en posición inicial de palabra como silla, o en posición interna en el grupo
-ns-, como en pensar o en posición intervocálica que se escribía -ss- como en
viniesse. Las letras ç y z equivalían a los sonidos africados (equivalente a
ts, si era sordo, y a ds, si era sonoro), como en plaça y facer. La letra x
respondía a un sonido palatal fricativo sordo, como la actual ch del francés o
la s final del portugués y también existía correspondiente sonoro, que se
escribía mediante j o g ante e, i: así dixo, coger, o hijo. Distinguía entre
una bilabial oclusiva sonora -b-, que procedía de la -p- intervocálica del
latín o b de la inicial sonora del latín (y que es la que hoy se conserva), y
la fricativa sonora, que procedía de la v del latín, cuyo sonido se mantiene
hoy en Levante y algunos países americanos.
Desde el punto de vista gramatical ya habían desaparecido las
declinaciones del latín y eran las preposiciones las que señalaban la función
de las palabras en la oración. El verbo haber todavía tenía el significado
posesivo tener, como en había dos fijos y se empleaba para tener y para formar
las perífrasis verbales de obligación que originarían a partir del
siglo XIV los tiempos compuestos; por eso, entre la forma del verbo haber
y el infinitivo siguiente era posible interponer otro material léxico, hoy
impensable, como en “Enrique vuestro hermano habia vos de matar por las sus
manos”. Los adjetivos posesivos iban precedidos de artículo; así se decía los
sus ojos alza.
El español del siglo XII ya era la lengua de los documentos
notariales y de la Biblia que mandó traducir Alfonso X; uno de los
manuscritos del siglo XIII se conserva en la biblioteca de El Escorial.
Gracias al Camino de Santiago entraron en la lengua los primeros galicismos,
escasos en número, y que se propagaron por la acción de los trovadores, de la
poesía cortesana y la provenzal.
La publicación de la primera gramática castellana de Elio Antonio de
Nebrija en 1492, fecha del descubrimiento de América y de la toma de Granada
por los Reyes Católicos, establece la fecha inicial de la segunda gran etapa de
conformación y consolidación del idioma.
A esta época pertenecen el cambio de las consonantes que altera y
consolida definitivamente el sistema fonológico del español. Desaparece la
aspiración de la h, cosa que testimonia la versificación. Se funden en un único
fonema la s sonora y sorda, prevaleciendo el valor sordo. Las consonantes ç y z
pasan a ser el fonema fricativo (con pronunciación equivalente a ts) que se
escribirá ç durante el siglo XVI y pasará a tener el valor de la z (con su
pronunciación actual) en el siglo siguiente, con lo que de esta manera se
resolvió la vacilación ortográfica c, ç, z. Las variaciones fonéticas que
representaban x, g, j, se solucionaron también en favor del sonido velar fricativo
sordo que en el XVII pasa a tener la pronunciación y grafía actuales de g y de
j. Desapareció asimismo la distinción -b-, -v- que se neutralizó en -b- durante
el siglo XVI. En la morfología aparecieron los tiempos compuestos de los
verbos, y se convierte en auxiliar el verbo haber. En la sintaxis el orden de
los elementos de la oración se hace más rígido, y se anteponen los pronombres
átonos a infinitivos y gerundios.
Desde el punto de vista del léxico adquirió una gran cantidad de
neologismos, pues a estos momentos correspondió la expansión de Castilla y, por
lo tanto, el contacto con otras culturas. Consiguió consolidarse como lengua
dominante frente a otros dialectos peninsulares al llevarse a cabo la unidad
política de Castilla y Aragón y ser el castellano la lengua de los documentos
legales, de la política exterior y la que llegó a América de la mano de la gran
empresa realizada por la Corona de Castilla, ya fijada en la gramática
normativa de Nebrija. A partir de los primeros momentos del siglo XVI se
prefirió la denominación de española para la lengua del nuevo imperio, y la
preocupación de los intelectuales del momento se refleja en la enorme tarea de
sistematizarla, analizarla y divulgarla. Lo demuestran la publicación del gran
Diccionario de Alcalá, obra de la Universidad Complutense creada por Cisneros;
la aparición de la Minerva de Francisco de las Brozas, conocido por El
Brocense, que es una gramática normativa y descriptiva más moderna que la
realizada por el grupo francés de Port Royal, y, a principios del siglo XVII,
la publicación del Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de
Sebastián de Covarrubias, primer diccionario de la lengua, que contiene cuanta
información histórica y sincrónica había disponible en el momento de su publicación.
En Francia, Italia e Inglaterra se editaban gramáticas y diccionarios
para aprender español, que fue la lengua diplomática hasta la primera mitad del
siglo XVIII. En esta etapa de la lengua se llegó al esplendor literario
que representan los autores del siglo de oro. El léxico incorpora palabras
originarias de tantas lenguas como contactos políticos tenía el imperio. Del
italiano entran en el español desde el siglo XV al XVII los nombres de la
métrica y preceptiva literaria como soneto, asonante, silva y lira, palabras
relacionadas con las bellas artes como fachada, escorzo, medalla, piano. De
otros campos léxicos son italianismos de la época centinela, alerta, escopeta,
aspaviento, charlar, estropear y muchas más. Son galicismos paje, jardín,
jaula, sargento, forja o reproche.
Los americanismos, que comienzan a entrar en el siglo XVI, ofrecen
una lista referida a las realidades que en Europa no se conocían y que son
españolismos tomados por las lenguas europeas como patata, cóndor, alpaca,
vicuña, pampa, puma, papa (denominación afincada en Canarias para patata), que
proceden del quechua y el guaraní. Los términos más antiguos, como canoa, ya
citado en el diccionario de Nebrija, proceden de los arawak. A este conjunto
pertenecen huracán, sabana, maíz, cacique, colibrí, caribe, enagua y caníbal.
De la familia de lenguas náhuatl habladas por los nahuas, se incorporan hule,
chocolate, tomate, cacao, aguacate y petate.
En el año 1713 se fundó la Real Academia Española. Su primera tarea fue
la de fijar el idioma y sancionar los cambios que de su idioma habían hecho los
hablantes a lo largo de los siglos, siguiendo unos criterios de autoridad. En
esta época se había terminado el cambio fonético y morfológico y el sistema
verbal de tiempos simples y compuestos era el mismo que ha estado vigente hasta
la primera mitad del siglo XX.
Los pronombres átonos ya no se combinaban con las formas de participio y,
gracias a la variación morfológica, los elementos de la oración se pueden
ordenar de formas muy diversas con una gran variedad de los estilos literarios,
desde la mayor violación sintáctica que representan el barroco del
siglo XVII, los poetas de la generación del 27 y el lenguaje publicitario,
hasta la imitación de los cánones clásicos, también violentadores del orden del
español, que incorporaron los neoclásicos o los primeros renacentistas.
Coincidiendo con otro momento de esplendor literario, el primer tercio
del siglo XX, aparecieron las nuevas modificaciones gramaticales que aún
hoy están en proceso de asentamiento. De ellas cabe citar: la reducción del
paradigma verbal en sus formas compuestas de indicativo y subjuntivo, la
sustitución de los futuros por perífrasis verbales del tipo tengo que ir por
iré, la práctica desaparición del subjuntivo, la reduplicación de los
pronombres átonos en muchas estructuras oracionales y con verbos de
significación pasiva, que están desarrollando una conjugación en voz media como
en le debo dinero a María; la posposición casi sistemática de los calificativos,
la reducción de los relativos, prácticamente limitados a que y quien en la
lengua hablada. Junto a ello, la irrupción continua de neologismos, que nombran
innovaciones técnicas y avances científicos, tiene dos momentos: los anteriores
a la mitad del presente siglo, que contienen raíces clásicas como termómetro,
televisión, átomo, neurovegetativo, psicoanálisis o morfema, y los neologismos
apenas castellanizados, siglas y calcos del inglés y fruto de la difusión que
de ellos hacen las revistas especializadas, la publicidad o la prensa, como
filmar, radar, módem, casete, anticongelante, compacto, PC, o spot.
Hasta la irrupción de la radio y la televisión en la sociedad —en la
segunda mitad de este siglo—, era relativamente fácil diagnosticar por los
hábitos fonéticos y la entonación la pertenencia de un determinado hablante a
su correspondiente área dialectal. Hoy, aunque también se siguen dando estas
diferencias, la imitación de la norma que esos medios han ido creando entre los
hablantes, hace que la pertenencia a diferentes comunidades lingüísticas no sea
tan clara ni tan rotunda.
Del mapa lingüístico medieval ibérico surgieron variedades lingüísticas
que algunas se convirtieron en lenguas y otras, con el paso del tiempo, se
transformaron en dialectos de alguna de ellas. Entre las variedades
relacionadas con el español se encuentran: el leonés, que se habló desde
Asturias hasta las tierras de Cáceres y que, ya a finales del siglo XV,
había dejado su lugar de idioma en pugna con el castellano para ocupar el
puesto de mera variedad dialectal; el aragonés, con una situación análoga al
leonés, que se habló en el reino de Aragón y cuyas fronteras naturales son los
Pirineos por el norte, la cordillera Ibérica por el oeste y los límites de
Cataluña y Valencia por el este. A partir del siglo XIV, como consecuencia
de la conquista de Andalucía por los castellanos, surgió el andaluz, que
integró algunos rasgos del mozárabe, como un auténtico dialecto del castellano.
El extremeño, que empezó siendo una variedad fronteriza del leonés y el
castellano se ha consolidado como uno de los pocos dialectos hoy todavía
identificables por sus aspiraciones implosivas y su peculiar léxico. El
riojano, que se habló en La Rioja, y que tan decisivamente influyó en el castellano
escrito de los primeros tiempos, era una variedad dialectal del aragonés. Otro
dialecto de fronterizo aún vigente lo representa el murciano, en el que
confluyeron el castellano, el aragonés y el valenciano, variedad catalana. En
las islas Canarias existe el canario, cuya entonación, léxico y fonética
influyeron en el español americano del istmo y norte de Sudamérica.
En el siglo XVI el castellano sirvió de base para la creación de un
sabir o lengua de intercambio en el Mediterráneo. Un siglo después se configura
otro sabir en el Caribe, que luego se criolliza para dar paso al papiamento de
Curaçao. Los jesuitas que entraron en contacto con los indios guaraníes crearon
otra lengua de intercambio conocida como lengua general. Un hecho análogo se
dio en Filipinas, del que surgió otra lengua criolla que hoy está prácticamente
perdida.
En cuanto al continente americano, no han faltado autores que calificaban
de dialectos a cada una de las variedades lingüísticas que se han consolidado
en los respectivos países. Pero, en rigor, no se puede hablar del dialecto
argentino, sino del dialecto porteño, variedad popular de un barrio de Buenos
Aires. Tampoco cabe hablar de grandes zonas dentro del español americano como
el caribeño, andino, rioplatense, ecuato-peruano, mexicano o centroamericano,
porque son imprecisas e imposibles de sistematizar. La dialectología del
español en América debe hacerse por cada país antes de que la homogeneidad que
imponen la radio, el cine y la televisión borren las fronteras dialectales que
aún existen. El único rasgo común al español americano consiste en la práctica
desaparición del fonema interdental fricativo sordo /z/, rasgo que comparte con
el dialecto andaluz, extremeño y canario. Así pues, hablando con propiedad
cabría decir lo contrario: en el español peninsular existe un fonema, rasgo que
no comparten la mayoría de los dominios lingüísticos de este idioma.
Desde el punto de vista de la clasificación de las lenguas, el español es
una lengua flexiva, aunque en menor medida de lo que fue el latín. Es una
lengua de acentuación fundamentalmente grave, es decir, acento en la penúltima
sílaba, lo que no significa que no existan palabras agudas, muy numerosas, o
esdrújulas, procedentes mayoritariamente de préstamos griegos. Conserva
desinencias para el género, pero ha perdido el neutro en los nombres y los
adjetivos y lo conserva en los pronombres como eso, lo vuestro, y en el
artículo determinado lo, que se emplea como mecanismo nominalizador de
adjetivos y de oraciones, a las que confiere una significación de totalidad y
abstracción, como en lo que quieras.
El nombre ya había perdido las desinencias de caso en el latín tardío del
siglo VI. En su lugar el español, como las demás lenguas románicas
mediterráneas, sustituyó por un procedimiento sintáctico lo que fue en
principio morfológico, es decir, marcó con preposiciones más nombre las
funciones gramaticales de sujeto, objeto directo, indirecto y complementos
verbales de otra especie. Tanto en el caso de los objetos directos personales o
afectivos usa la preposición a, como en el esquema querer a una persona y
querer al gato; en el caso del objeto indirecto emplea asimismo a, como por
ejemplo dar algo a alguien; en el caso del sujeto, son las desinencias verbales
las que llevan la marca del sujeto (comíamos, supone siempre un sujeto en
primera persona plural) y sólo en el caso de necesitar especificarlo es el
orden, antepuesto al verbo, el elemento que determina esta función. Por
ejemplo, Los poblamientos humanos destruyen los bosques cambiaría su sentido si
se escribiera al revés: Los bosques destruyen los poblamientos humanos; por lo
tanto, el orden de los objetos que van pospuestos al verbo orden también es
importante. Los demás complementos observan un orden bastante libre.
Una ordenación diferente y peculiar del sujeto está presente en las
oraciones interrogativas del español que se habla en toda la zona de influencia
del Caribe. Mientras que en las demás variedades del idioma el sujeto de una
oración interrogativa va pospuesto al verbo de acuerdo con el esquema:
pronombre interrogativo-verbo-sujeto, como ¿qué quieres tú?, en esa variedad el
orden de la oración es: pronombre interrogativo-sujeto-verbo, como por ejemplo
¿qué tú quieres? No se trata, como algunos estudios señalaron, de ningún
anglicismo sintáctico, sino de una evolución interna del idioma relacionada con
otros hechos, como el cambio en la determinación y la pérdida de algunas
desinencias verbales, consecuencia de la relajación de los fonemas finales y su
consiguiente neutralización.
Los verbos redujeron a tres las cuatro conjugaciones del latín. Posee
desinencias para las personas, el número, el tiempo, el modo y la voz. En el
caso de la segunda persona, el español canario, andaluz occidental y americano,
salvo algunas zonas colombianas, ha conservado las formas del siglo XVII y
ha desarrollado una conjugación para el singular basada en la concordancia
originaria con vos, segunda persona del plural; las formas correspondientes a
tú se consideraron vulgares y hasta humillantes, y por esa razón la persona de
confianza reconocida como digna de respeto fue tratada de vos; a su vez, las
personas de menor confianza reciben el mismo tratamiento que en la península;
son usted y concuerdan con la tercera persona. El cambio afecta por igual a la
conjugación verbal y al paradigma de los pronombres personales y se denomina
voseo al cambio en el empleo de tú por vos, tanto en el verbo como en los
pronombres, así como en los posesivos que también necesitan la concordancia de
persona. Hoy se observa una tendencia a aceptar el paradigma peninsular entre
las clases urbanas y cultas, sobre todo las argentinas.
En el caso de la voz, las cosas no son tan claras como aparecen en
algunos manuales. La voz activa emplea haber como verbo auxiliar para formar
los tiempos compuestos, lo que permite a ciertas escuelas lingüísticas hablar
de desinencias discontinuas o morfemas discontinuos en los tiempos compuestos,
porque el verbo auxiliar está completamente gramaticalizado y no posee otra
función que la de marca de tiempo, persona y modo. En la voz pasiva todos los
tiempos se forman con el auxiliar ser, también gramaticalizado, y no existen
más desinencias de pasiva que las que comporta el auxiliar.
El verbo carece de desinencia de aspecto, pero existe una serie de
perífrasis con claro valor aspectual de acción en desarrollo, como estar +
gerundio o acabar de + infinitivo. En las gramáticas escolares hasta mediado el
siglo XX se hablaba de una conjugación perifrástica, activa y pasiva; hoy
las gramáticas más completas hablan de perífrasis de obligación del tipo haber
de + infinitivo, tener que + infinitivo, o deber (de) + infinitivo. Sea
adecuado o no el tratamiento como voz o como meras perífrasis, son
procedimientos muy rentables en español para construir la obligación y hasta
los matices del futuro; compárense estos matices en la significación de vendrá,
debe venir, tiene que venir, ha de venir.
Otro hecho relacionado con el cambiante paradigma de la voz es la
conjugación pronominal, que empezó siendo una conjugación reflexiva y que hoy
ha adquirido valor de voz media, como nos tomamos unos cafés. En esos casos el
pronombre átono recibe el nombre de anáfora. Este fenómeno no aparece tan
extendido en el español americano.
El español también se
caracteriza por su constante empleo del pronombre se, y el uso vivo del
subjuntivo que tantos problemas origina a quienes aprenden español como segunda
lengua. Entre las características heredadas del latín debe destacarse la
sintaxis y los procedimientos sintácticos para matizar, calificar o convertir
en nombres, y por tanto sujetos, a oraciones completas.
Formular una hipótesis es un hecho complejo en español; así puede decirse
quizá venga sin matización mayor, o bien, es posible que venga, podría venir,
puede que venga, o si viniera. Otras lenguas no matizan con posibilidades
gramaticales, sino léxicas, y poseen un inventario mayor de adverbios y frases
adverbiales que signifiquen hipótesis. No obstante, la complejidad gramatical,
la matización y la gradación es mayor que si se realiza por medios léxicos,
pues ninguna lengua mantiene muchas palabras de significado tan próximo como el
que proporcionan las construcciones anteriores, al menos entre las lenguas no
aislantes.
El español es, por número de hablantes, la
tercera lengua del mundo. Pese a ser una lengua hablada en zonas tan distantes,
existe una cierta uniformidad en el nivel culto del idioma que permite a las
gentes de uno u otro lado del Atlántico entenderse con relativa facilidad. Las
mayores diferencias son de carácter suprasegmental, es decir, la variada
entonación, fruto al parecer de los diversos substratos lingüísticos que
existen en los países de habla hispánica. La ortografía y la norma lingüística
aseguran la uniformidad de la lengua; de ahí la colaboración entre las diversas
Academias de la Lengua para preservar la unidad, hecho al que coadyuva la
difusión de los productos literarios, científicos, pedagógicos,
cinematográficos, televisivos, ofimáticos, comunicadores e informáticos.
Desde España se ha elaborado el primer método unitario de enseñanza del
idioma que difunde por el mundo el Instituto Cervantes. El trabajo coordinado
de las Academias ha cristalizado en la “Elaboración de la norma culta de las
grandes ciudades”, que presta especial atención a la fonología y el léxico. Es
el segundo idioma hablado en Estados Unidos, que cuenta con varias cadenas de
radio y televisión con emisiones totalmente en español; asimismo, y por razones
estrictamente económicas, es la lengua que más se estudia como idioma
extranjero en los países no hispánicos de América y Europa. Lejanos ya los
tiempos en que fue considerada la lengua diplomática, cuando fue sustituida por
el francés, hoy es lengua oficial de la ONU y sus organismos, de la Unión
Europea y otros organismos internacionales. Ha sido incluido como idioma dentro
de las grandes autopistas internacionales de la información como Internet, lo
que asegura la constante traducción de las innovaciones informáticas, su
difusión e intercomunicación. Donde aparece más incierto el futuro del idioma
es en el continente africano, abandonado por razones políticas a la voluntad de
sus hablantes; no hay que olvidar que todavía sirve de lengua diplomática junto
al francés para el pueblo saharaui. No obstante, todo parece augurar que en el
próximo siglo será una de las lenguas de mayor difusión, y quién sabe si en
momentos de deseable mestizaje no dé lugar a una lengua intermedia que asegure
la comunicación con el continente americano en su conjunto.
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