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Catalogado en base de datos como: Literatura Argentina: Es esta sociedad tan atravesada por valores contradictorios, disvalores y mensajes ambiguos, aquellos que creemos en el efecto transformador de la educación, insistimos en que los niños y jóvenes debieran leer más, en que la lectura no tendría que ser ree
Agregado: 09 de JUNIO de 2001 (Por Lic. José Luis Dell Ordine) | Palabras: 16470 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura >

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  •  

    Literatura argentina

     

    Descripción temática:

     

    Es esta sociedad tan atravesada por valores contradictorios, disvalores y mensajes ambiguos, aquellos que creemos en el efecto transformador de la educación, insistimos en que los niños y jóvenes debieran leer más, en que la lectura no tendría que ser reemplazada por la t.v. o la pc., en fin, parecemos defender un sistema arcaico que la juventud ignora o menosprecia.

    Y sin embargo sabemos desde lo profundo de nuestra experiencia cuan invalorable es  lo que incorporamos a nuestro esquema a través de la literatura, podemos atestiguar apasionadamente cómo nuestro horizonte se abrió ante realidades ignotas y cuándo quizás nuestro mundo emocional percibió sensaciones ajenas, logrando así ser capaces de comprender a otros, fin último de la empatía tan buscada y pregonada en escuelas que intentan desarrollar la inteligencia emocional.

    Así todo, con nuestra convicción no alcanzamos el objetivo de desarrollar el hábito de la lectura en nuestros alumnos.  Las estadísticas aportan su verdad, cada vez que se venden menos libros, las personas encuestadas leen menos que hace 20 años, los exámenes que evaluaron a los alumnos de todo el país indican peores resultados en comprensión lectora.

    ¿Por qué, entonces, no incorporan a nuestras clases los estímulos que son motivantes para los jóvenes y llegar a través de ellos a impactar en la curiosidad de los alumnos? Si el grupo de rock “iron Maiden” musicalizó un poema de Coleridge, sería interesante descubrir en clase qué pudo inspirar en estos roqueros duros la hermosa balada del poema inglés.  Si  un juego de computadoras utiliza líneas del poema “the tyger” escrito por William Blake en el siglo xviii, y la voz cibernética las repite cuando el jugador cumple una etapa, los adolescentes usuarios de estos juegos pueden interesarse en profundizar en el significado de un texto que forma parte de un juego interactivo, y podrían quizás, como observé en una de mis clases, crear un “rap” con las líneas de blake.  Podemos también encontrar películas que ocupan  primeros puestos en el ranking u que mencionan autores u obras que todos tratamos de incorporar a la currícula  (véase a modo de ejemplo: “shakespeare in love”, “el abogado del diablo” por nombrar algunos recientes). También podemos crear con ellos o para ellos un hipertexto que los ayude a leer y comprender una pieza literaria en un formato distinto del formato libro y con links a internet.

    Rescatar a nuestros alumnos del mundo de lo cotidiano, lo vertiginoso de la imagen y lo superficial, no significa pedirles que abruptamente se concentren en el silencio  del claustro.  Quizás hay que mostrarles lo atractivo del mundo del pensamiento partiendo del producto cultural que los identifica y demostrar el camino que los creadores siguieron, basándose en las grandes obras de la literatura para recrearlas, reconstruirlas con nuevos significados utilizando los nuevos medios tecnológicos que ofrece el siglo xxi.

    La buena literatura nos hace reflexionar, analizar, ahondar en significados y este proceso introspectivo es el que finalmente buscamos en nuestros alumnos para encontrar allí con los valores de la sociedad occidental, cuestionarlos si es necesario y rescatarlos pero habiendo incorporado nuestro análisis e interiorización.  Llegar allí implica una mirada personal, inteligente y sensible que quizás no cuente con adeptos entre los adolescentes en primera instancia.  Sin embargo, si la curiosidad despierta el interés, son ellos precisamente los más ávidos investigadores,  científicos y críticos.

    El camino no está en abandonar los clásicos, en explicar en forma simplista o en recurrir a manuales sintéticos;; todo esto ya sabemos es el tortuoso camino del fracaso, busquemos en cambio el luminoso sendero de las grandes obras que aún hoy tienen mucho que decir.......”!!!!!!!!!!!!!!

     

     

     

     

                           

     

               

     

              1.           INTRODUCCIÓN   Literatura argentina, recorrido histórico a través de las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo) escritas en la República Argentina.


    El nombre mismo del país tiene un origen literario, muy anterior a la existencia de la nación y el Estado. En 1602 apareció un poema descriptivo, La Argentina, de Martín del Barco Centenera (1544-1605), que creó el latinismo equivalente a Río de la Plata y cuyo contenido invoca la vida en las Indias meridionales. La palabra es retomada en 1612 en Argentina manuscrita, crónica en prosa de Ruy Díaz de Guzmán.

                2.         PERIODO COLONIAL  
    En el siglo XVII, el barroco rioplatense es pobre si se lo compara con otros del continente (véase Literatura mexicana; Literatura peruana). El primer poeta memorable es Luis José de Tejeda, autor de Coronas líricas y El peregrino en Babilonia, poesía tejedana principal. Domingo de Neyra (1684-1757) nos dejó los primeros esbozos de historia. Otros naturalistas y geógrafos continuaron esta primera tarea historiográfica: Pedro Lozano, José Guevara, Félix de Azara, viajeros jesuitas y, ya en los albores de la independencia, el primer historiador formal del país, Gregorio Funes. La imprenta y el periodismo llegaron con la Ilustración, en el siglo XVIII, cuando con las reformas de Carlos III se fundó el virreinato del Río de la Plata en 1776.

                3.         LA INDEPENDENCIA  
    Como en el resto de América, la emancipación fue muy celebrada por la pluma, pero siempre bajo la paradójica dependencia del clasicismo español. Así se observa en los versos de Vicente López y Planes (autor de la Marcha patriótica, himno nacional argentino), Esteban de Luca, fray Cayetano Rodríguez y Juan Cruz Varela (1794-1839), figura mayor de la tendencia y autor de una rica obra, con títulos como La Elvira o su célebre poema Al 25 de mayo de 1838. El teatro, iniciado en 1717 con una Loa de Antonio Fuentes del Arco, consiguió en 1817 abrir una Sociedad del Buen Gusto destinada a combatir las “malas costumbres” del barroco e imponer el racionalismo (véase Leandro Fernández de Moratín). En los escritos y traducciones de José Antonio Miralla (1789-1825) se advierte una evolución hacia el romanticismo. En el plano de las ideas, la escolástica dio paso a los planteamientos de la fisiocracia que introdujo el militar y político independentista Manuel Belgrano y a las ideas de Jean-Jacques Rousseau, traducido por el político Mariano Moreno. Véase también Literatura independentista y patriótica.


    En rigor, puede afirmarse que no hay una auténtica literatura argentina hasta la generación del 37. La huella romántica se prolongó en las obras de poetas como Olegario Víctor Andrade, Almafuerte y Claudio Mamerto Cuenca, y el neoclasicismo hasta Carlos Guido y Spano. Paralelamente a esta generación, se desarrolla la literatura y poesía gauchesca, en la que la figura del gaucho se va introduciendo en el mundo de las letras cultas rioplatenses, y cuya figura principal será José Hernández y su gran poema El gaucho Martín Fierro. Otros de sus representantes son: Bartolomé Hidalgo, Rafael Obligado, Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo.

                4.         FIN DE SIGLO Y MODERNISMO  
    La organización nacional que empezó con la Constitución de 1853 y culminó en 1880 con la federalización de la ciudad de Buenos Aires, trajo consigo un largo periodo de modernización, desarrollo, poblamiento y riqueza. Los escritores de la llamada generación del 80 practican una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la historia y la narrativa, inclinándose por la prosa; destacan: Lucio Vicente López, Miguel Cané, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla. Es muy importante la tarea de orientación intelectual que cumplió el francés Paul Groussac. En la novela, Eugenio Cambacérès introdujo el naturalismo, inspirado en las ideas del escritor francés Émile Zola, en la filosofía del positivismo y la teoría de la evolución. La narrativa realista se afianzó en la obra de Carlos María Ocantos, Francisco Sicardi, Julián Martel y, más tarde, con Roberto J. Payró, Benito Lynch y Manuel Gálvez.


    En la década de 1890 se instaló en Buenos Aires Rubén Darío, fundador del modernismo, el cual halló en la Argentina a su principal seguidor, Leopoldo Lugones. En torno a ellos se reunieron modernistas de diverso origen, como Ricardo Jaimes Freyre, Eugenio Díaz Romero, Leopoldo Díaz y Luis Berisso. La prosa modernista se manifestó en las novelas de Enrique Larreta, Ángel de Estrada y los comienzos del uruguayo Horacio Quiroga, afincado en Argentina, en caso similar al de su paisano Florencio Sánchez, primer nombre relevante del teatro nacional.


    Las ideas filosóficas fueron dejando atrás el positivismo y asumiendo el espiritualismo, el idealismo y el vitalismo en los trabajos y enseñanzas de Alejandro Korn y Coriolano Alberini.

    Tras la eclosión modernista, la poesía se desprendió de su gusto por lo decorativo y fastuoso, y recuperó un cierto romanticismo intimista en autores como Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Rafael Alberto Arrieta, Baldomero Fernández Moreno y Pedro Miguel Obligado, contemporáneos de la peculiar figura de Alfonsina Storni.

                5.         LAS VANGUARDIAS  
    El mundo de las vanguardias se introduce en Argentina a través de la obra precursora de Lugones, los poemas primerizos de Ricardo Güiraldes (El cencerro de cristal),  el curioso ejemplo de Macedonio Fernández, y de los movimientos creacionista y ultraísta, representados sobre todo por el autor chileno Vicente Huidobro. Eclosiona con los trabajos de Oliverio Girondo, a partir de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, y las revistas de los jóvenes de la década de 1920, Prisma y  Martín Fierro. Éstos derivan hacia preocupaciones estetizantes (Jorge Luis Borges, Eduardo González Lanuza, Horacio Rega Molina, Evar Méndez, Conrado Nalé Roxlo, Norah Lange, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi) y sociales, de signo político revolucionario (Roberto Arlt, Raúl González Tuñón, Nicolás Olivari, Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta). En lugares de difícil clasificación y marcada individualidad figuran nombres como Jacobo Fijman, Juan L. Ortiz y Antonio Porchia.


    Tras el estallido vanguardista de la década de 1920, sobrevino un momento de moderación neoclásica, en el cual alcanza el protagonismo la prosa narrativa y ensayística, en la obra del mismo Borges, Eduardo Mallea, Ezequiel Martínez Estrada, Bernardo Canal Feijoo, Leopoldo Marechal y otros autores que se incorporan al quehacer literario argentino: Adolfo Bioy Casares, Manuel Mujica Láinez, Silvina Bullrich, Bernardo Kordon, Bernardo Verbitzky, José Bianco y Julio Cortázar. La influencia del pensamiento existencial se notará especialmente en el trabajo del narrador y ensayista Ernesto Sábato.


    En el teatro, la obra señera de Samuel Eichelbaum destaca por su incursión en la psicología del inconsciente, mientras que otros autores, como Armando Discépolo y Francisco Defilippis Novoa renuevan la herencia del sainete costumbrista compartida por numerosos autores, entre los que destacan Carlos Mauricio Pacheco y Alberto Vaccarezza.


    En este periodo cabe subrayar la aparición  de  la revista Sur (1931), fundada y dirigida durante 40 años por Victoria Ocampo, que dio lugar a buena parte de la producción argentina y actualizó el conocimiento de la literatura europea y norteamericana.

                6.         LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX  
    Tras la década de 1920 no se registraron movimientos orgánicos de marcada identidad como las vanguardias ultraísta y creacionista, aunque se hicieron notar las influencias de movimientos europeos como el futurismo italiano y el surrealismo francés. En la poesía es visible esta huella en las obras de los escritores que aparecen en la década de 1940, como Enrique Molina, Alberto Girri y Olga Orozco, seguidos por Francisco Madariaga y Carlos Latorre, entre otros. Un decantado neorromanticismo sobresale en la década de 1950 en Raúl Gustavo Aguirre y demás integrantes de la revista Poesía Buenos Aires. La década de 1960 recogió la influencia de César Vallejo, en una poesía de cuño realista y coloquial, entre cuyos cultivadores cuentan Juan Gelman, Horacio Salas y Juana Bignozzi, entre otros. En cambio, Alejandra Pizarnik y Roberto Juarroz se inclinan por una poesía de tipo intelectual y reflexivo. Arturo Carrera (1948) representa, sobre todo en sus primeros libros, la afirmación del neobarroco en poesía, ligado sin duda a experiencias como la del escritor cubano Severo Sarduy.

    A mediados de la década de 1950 hubo además una nueva promoción de prosistas, entre el ensayo y la narrativa, marcada por la doble preocupación de la filosofía existencialista, en algunos casos enriquecida por el marxismo, y una revisión del realismo social y político. De las publicaciones coetáneas, marcó un hito importante la revista Contorno. Recogiendo las huellas del historicismo (en los ensayos de Ezequiel Martínez Estrada, Raúl Scalabrini Ortiz, Carlos Astrada y el citado Mallea), debe destacarse la obra de ensayistas como Juan José Sebreli, Julio Mafud, Adolfo Prieto y Noé Jitrik. Entre los narradores, figuran Beatriz Guido, Antonio di Benedetto, Juan José Manauta, Andrés Rivera, David Viñas y Alberto Rodríguez.

    En el teatro, la diversidad de tendencias señala el curso del absurdo (Griselda Gambaro), la revisión del sainete costumbrista, la farsa de caracteres y el grotesco (Tulio Carella, Juan Carlos Ghiano, Agustín Cuzzani) y una actualización del realismo social y político (Carlos Gorostiza, Oswaldo Dragún, Roberto Cossa, Carlos Somigliana, Ricardo Talesnik).


    En la narrativa de las últimas décadas se registran distintas tendencias, que no pueden ser agrupadas sino parcialmente. El realismo mágico de la novela latinoamericana se refleja en la obra de Hugo Foguet y Héctor Tizón, en tanto que el arte camp que critica el discurso de los medios masivos se muestra en las novelas de Manuel Puig. La crítica social retorna en diversas aproximaciones actualizadas de los recursos realistas, en narradores como Isidoro Blaisten, Daniel Moyano, Juan José Hernández, Abelardo Castillo, Alicia Steinberg, Amalia Jamilis, Liliana Heker, Enrique Medina, Juan Martini, Rodolfo Rabanal, Héctor Lastra y Jorge Asís. La reflexión sobre el acto de narrar predomina, en cambio, en obras como las de Juan José Saer y Ricardo Piglia.


    En las promociones más recientes, el énfasis en lo ficcional de la ficción se encuentra en la prosa de narradores como Guillermo Martínez, Martín Caparrós, María Negroni (más conocida por su obra poética), Ricardo Ibarlucía, César Aira, Fogwill y Daniel Guebel, entre otros. [1]

     

    Martín Fierro

     Martín Fierro es la obra literaria más popular argentina. José Hernández consiguió crear un héroe nacional, el gaucho, y un paisaje idílico, la pampa. Con la estructura de la épica tradicional, este poema es una larguísima tirada de versos en el que en primera persona va desgranando su vida. El fragmento que sigue es el principio de la primera parte: El gaucho Martín Fierro.

     

     

    Fragmento de Martín Fierro.

    De José Hernández.

    "La vuelta de Martín Fierro", I.

     

     

    Aquí me pongo a cantar

    Al compás de la vigüela,

    Que el hombre que lo desvela

    Una pena extraordinaria,

    Como la ave solitaria

    Con el cantar se consuela.

     

    Pido a los santos del Cielo

    Que ayuden mi pensamiento,

    Les pido en este momento

    Que voy a cantar mi historia

    Me refresquen la memoria

    Y aclaren mi entendimiento.

     

    Vengan santos milagrosos,

    Vengan todos en mi ayuda,

    Que la lengua se me añuda,

    Y se me traba la vista;

    Pido a mi Dios que me asista

    En esta ocasión tan ruda.

     

    Yo he visto muchos cantores,

    Con famas bien obtenidas,

    Y que después de adquiridas

    No las quieren sustentar:—

    Parece que sin largar

    Se cansaron en partidas.

     

    Más ande otro criollo pasa

    Martín Fierro ha de pasar,

    Nada lo hace recular

    Ni los fantasmas lo espantan;

    Y dende que todos cantan

    Yo también quiero cantar.

     

    Cantando me he de morir,

    Cantando me han de enterrar

    Y cantando he de llegar

    Al pie del Eterno Padre—

    Dende el vientre de mi madre

    Vine a este mundo a cantar.

     

    Que no se trabe mi lengua

    Ni me falte la palabra—

    El cantar mi gloria labra

    Y poniéndome a cantar,

    Cantando me han de encontrar

    Aunque la tierra se abra.

     

    Me siento en el plan de un bajo

    A cantar un argumento—

    Como si soplara el viento

    Hago tiritar los pastos—

    Con oros, copas y bastos

    Juega allí mi pensamiento.

     

    Yo no soy cantor letrao,

    Mas si me pongo a cantar

    No tengo cuándo acabar

    Y me envejezco, cantando

    Las coplas me van brotando

    Como agua de manantial.

     

    Con la guitarra en la mano

    Ni las moscas se me arriman,

    Naide me pone el pie encima,

    Y cuando el pecho se entona,

    Hago gemir a la prima

    Y llorar a la bordona.

     

    Yo soy toro en mi rodeo

    Y toraso en rodeo ajeno,

    Siempre me tuve por güeno

    Y si me quieren probar,

    Salgan otros a cantar

    Y veremos quién es menos.

     

    No me hago al lao de la güeya

    Aunque vengan degollando,

    Con los blandos yo soy blando

    Y soy duro con los duros,

    Y ninguno, en un apuro

    Me ha visto andar titubeando.

     

    En el peligro ¡qué Cristos!

    El corazón se me ensancha,

    Pues toda la tierra es cancha

    Y de esto naide se asombre,

    El que se tiene por hombre,

    Ande quiera hace pata ancha.

     

    Soy gaucho, y entiendaló

    Como mi lengua lo explica,

    para mí la tierra es chica

    Y pudiera ser mayor,

    Ni la víbora me pica

    Ni quema mi frente el sol.

     

    Nací eomo nace el peje

    En el fondo de la mar,

    Naides me puede quitar

    Aquello que Dios me dió,

    Lo que al mundo truje yo

    Del mundo lo he de llevar.

     

    Mi gloria es vivir tan libre

    Como el pájaro del cielo,

    No hago nido en este suelo

    Ande hay tanto que sufrir

    Y naides me ha de seguir

    Cuando yo remonto el vuelo.

    Fuente: Hernández, José. El gaucho Martín Fierro. Buenos Aires. Librería Martín Fierro, 1894.[2]

     

    Vanguardias latinoamericanas

     Con el término de vanguardias se engloba una serie de movimientos artísticos y culturales que se desarrollaron en Europa y en América a partir de la década de 1920. El profesor e hispanista Jorge Schwartz, analiza y explica el porqué de estos términos en el siguiente fragmento de su libro Las vanguardias latinoamericanas.

     

     

    Fragmento de Las vanguardias latinoamericanas.

    De Jorge Schwartz.

    Introducción.

    VANGUARDIA, VANGUARDIAS

    Hacia fines de los años 20, la creciente politización de la cultura latinoamericana reintrodujo la polémica sobre el significado y el uso de la palabra «vanguardia» mediante la clásica oposición del «arte por el arte» y el «arte comprometido». En realidad, la controversia no se da en torno de la utilización específica del término sino en el sentido más amplio de una definición del propio estatuto del arte. Inicialmente restringido al vocabulario militar del siglo XIX, acepción todavía prioritaria en los artículos de los diccionarios, el término «vanguardia» acaba adquiriendo en Francia un sentido figurado en el área política, especialmente entre los discípulos de Saint-Simon (1760-1825). Para el creador del socialismo utópico el papel de la vanguardia artística, en la medida en que pretende revolucionar a la sociedad, se reviste de una función pragmática y de una finalidad social. Según Donald Drew Egbert, para Saint-Simon «el arte debería dedicarse a alcanzar fines sociales y de ahí sería necesariamente funcional, utilitario, didáctico y finalmente, comprensible».

     

    Sólo con las teorías del socialista utópico Charles Fourier (1772-1837), contemporáneo de Saint-Simon y opositor de sus ideas, surge en las primeras décadas del siglo XIX la posibilidad de disociar el arte de un sentido rigurosamente político. Los anarquistas, inspirados en las ideas de Fourier, serían atraídos por la posibilidad de desvincular la producción artística de toda causa social. Esto va a permitir que algunos artistas declaradamente anarquistas, como Oscar Wilde, puedan dedicarse al ejercicio del «arte por el arte», sin recibir interferencias de orden político.

     

    La utilización estrictamente política del término «vanguardia» comienza a mediados del siglo XIX, con Marx y Engels. Como fundadores del comunismo, ellos se consideraban parte de la vanguardia social. Pero, en realidad, es Lenin quien usa apropiadamente el término al decir que «al educar a los trabajadores del partido, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado». A partir de 1890 proliferan en Europa numerosos periódicos políticamente partidarios, comunistas, socialistas y anarquistas, que traen en su nombre la palabra «vanguardia»; las relaciones del arte con la vida parecen firmemente establecidas y en ellas se atribuye al arte una función pragmática, social y restauradora.

     

    El caso extremo de la utilización en este sentido del término «vanguardia» en el siglo XX, se dio con el stalinismo, que en forma paradójica se identificaba con la vanguardia política al mismo tiempo que restringía ferozmente cualquier tipo de expresión artística que no estuviese subordinada a las reglas estéticas impuestas por el Partido. Las décadas del 30 y del 40 marcan el apogeo del realismo socialista, responsable de la abolición de las vanguardias artísticas dentro del sistema, al considerarlas expresión de un arte decadente. Incluso un crítico tan fino como Mariátegui, en 1927, llega a decir que «una gran parte de los presuntos vanguardistas revela, en su individualismo y su objetivismo exasperados, su espíritu burgués decadente».

     

    Al mismo tiempo en que las facciones anarquistas y comunistas se apropiaban del término «vanguardia», como sinónimo de una actitud partidaria capaz de transformar a la sociedad, el surgimiento de los ismos europeos dio un gran margen para la experimentación artística, desvinculándola, en mayor o en menor grado, de todo pragmatismo social. Y aunque las vanguardias artísticas tenían como denominador común la oposición a los valores del pasado y a los cánones artísticos establecidos por la burguesía del siglo XIX y comienzos del XX, ellas se distinguieron no sólo por las diferencias formales y por las reglas de la composición, sino por su toma de posición ante las cuestiones sociales.

     

    En este sentido, el expresionismo alemán y el surrealismo francés, situados al inicio y al final del período de las vanguardias, respectivamente, a pesar de estar muy diferenciados en otros aspectos, tienen como factor semejante su preocupación social. Pero en el expresionismo es una reacción ante los horrores de la Primera Guerra Mundial y en el surrealismo apunta hacia la utopía de la transformación del hombre a través de la liberación de las fuerzas del inconsciente. «Nada les es más extraño que la fórmula del arte por el arte», dice José Carlos Mariátegui en relación a lo último. Por otra parte, el futurismo toma la delantera de todos los ismos como violenta reacción contra la burguesía de la época, contra el arte museológico y contra todo parámetro pasatista. El intento de abolir el tiempo y la distancia aproxima al futurismo italiano con el simultaneísmo y el multiperspectivismo propuestos por los cubistas de la década del 10. El dadaísmo, que también fue una reacción ante la Primera Guerra Mundial, actúa de modo diferente: por el nihilismo, por el humor, por la auto-irrisión y por la autodestrucción.

     

    La tensión resultante del enfrentamiento entre «vanguardia política» y «vanguardia artística» produce diversas influencias en la producción cultural de los años 20, que varían de acuerdo con el momento, los contextos y las experiencias individuales de los fundadores de los movimientos. Las causas, la producción y el consumo cultural son elementos dinámicos, en cambio permanente. No es posible limitar la vanguardia a un perfil estético único, como tampoco se puede generalizar esquematizando un cuadro maniqueísta del tipo «izquierda» versus «derecha», como hace Pedro Henríquez Ureña cuando reseña en la revista Valoraciones de La Plata la Antología de la poesía argentina moderna (1926) organizada por Julio Noé. En esta reseña hay un ejemplo interesante de esas variantes: Leopoldo Lugones pasa de la categoría de «extrema izquierda» a la de «capitán de las derechas».

     

    Estos cambios ideológicos explican la existencia, por ejemplo, de más de un Borges, de más de un Neruda, de más de un Vallejo. El primer Borges, aquel que vivió en Europa desde 1914 hasta 1921 y que se sintió muy afectado por la Primera Guerra Mundial, se compromete con la estética expresionista y se sumerge en la obsesión vanguardista por la nueva metáfora. El regreso a Buenos Aires le hace descubrir la ciudad natal, su lenguaje y sus tradiciones. Aparece entonces un segundo Borges empeñado en negar al primero y en reafirmar sus orígenes, como queda claro en sus primeros libros de poemas -Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929)-y en el libro de ensayos Evaristo Carriego (1930).

     

    En Neruda el proceso es opuesto: de una poesía altamente surrealizante en Residencia en la tierra (1925-1931) evoluciona hacia una especie de militancia poética que lo distancia bastante de sus primeras obras. En Vallejo los mecanismos son muy diferentes: después de su viaje a París en 1923, loss dos viajes a la Unión Soviética en 1928 y 1929, y su participación en la Guerra Civil Española, el poeta más radical de la poesía en lengua castellana de la década del 20 lanza un virulento ataque contra todo principio vanguardista. Obras como El tungsteno (1931) y España, aparta de mí este cáliz (1939), muestran cuánto se había apartado de la experimentación y de la ruptura estética de Trilce, su obra poética más lograda.

     

    Justamente en las revistas de vanguardia las propuestas culturales se pueden apreciar con mayor claridad. Debido a su esencial carácter contestatario, tanto en artes como en cuestiones sociales, ellas mantienen una relación pragmática con el público lector, emplean un lenguaje más directo que el discurso estrictamente literario y presentan un estatus mucho menos «aurático» (para usar el concepto de Benjamin) que la poesía o la prosa de ficción. En ellas hay un fuerte sentido de oposición que no pasa por la censura o por la criba de la gran prensa. Lo que no significa que las vanguardias no hayan utilizado, siempre que pudieron, los diarios de gran tiraje para hacer circular sus ideas.

     

    Debido a su carácter efímero, las revistas de vanguardia presentan líneas ideológicas más nítidas, tanto por las definiciones explícitamente avanzadas en los editoriales, cuanto por el escaso tiempo de que disponían para asimilar una nueva tendencia o, inclusive, cambiar la trayectoria de ideas inicial.

     

    Es fácil encontrar revistas que se proponen promover la renovación de las artes, los nuevos valores, la importación de la «nueva sensibilidad», el combate contra los valores del pasado y el status quo impuesto por las academias. Este es el caso de Klaxon en Sao Paulo, de Proa (1.ª época) y Martín Fierro (2.ª época) en Buenos Aires, Revista de Avance en La Habana y válvula en Caracas, todas ellas representativas de una estética vanguardista más radical.

     

    Fuente: Schwartz, Jorge. Las vanguardias latinoamericanas. Textos programáticos y críticos. Madrid. Ediciones Cátedra, 1991.[3]

     

     

    Vanguardias latinoamericanas

     Con el término de vanguardias se engloba una serie de movimientos artísticos y culturales que se desarrollaron en Europa y en América a partir de la década de 1920. El profesor e hispanista Jorge Schwartz, analiza y explica el porqué de estos términos en el siguiente fragmento de su libro Las vanguardias latinoamericanas.

     

     

    Fragmento de Las vanguardias latinoamericanas.