Literatura y Alquimia.
DE IMPUREZAS
Y PUREZAS.
(Un ensayo
sobre búsquedas y buscadores).
Por: José
Guillermo Anjel R.
Lo esotérico es aquello que, organizado con las mismas leyes
del cosmos, vibra al interior de las cosas que vemos o que nos conforman la
memoria. Sólo percibimos lo exterior, sólo eso. Intus Legere, leer al interior
de las cosas, esto significa la palabra inteligencia.
“Creo que mi
familiaridad con la química, con sus procesos y sus fórmulas, incidió también
en este rigorismo...”
El primer libro;
Auto de Fe. La conciencia de las Palabras.
Elias
Canetti.
Intróito:
Cuando la
lógica (esto que se tiene como un camino hacia lo cierto) no da los resultados
previstos, cosa que suele suceder cuando lo tenido como bueno carece de asombro
y genera poca curiosidad, el hombre regresa a lo marginal. Y allí, sintiendo
que renace, vuelve a comenzar. Todo hay que iniciarlo de nuevo revisando bajo
otra óptica cada paso, admitiendo en este reinicio lo inadmisible como
posibilidad, lo inservible como servible, lo oscuro como una posible
manifestación de lo claro, etc. La
ruptura con lo habido, el manejo de lo que todavía está lejano, la nueva
incertidumbre, genera ánimos y comienza la renovación: ese camino asombroso que
se construye por el error para llegar a la verdad.
La palabra
alquimia viene del árabe Al Kimiya (la química). Y Kimiya viene del
egipcio kimi,
que traduce negro del Nilo. Limo negro que todo lo renueva trayendo consigo la
vida. Alquimia, entonces, sería la renovación, la vuelta a la creación, el
entendimiento recuperado. Y todo este proceso se inicia en la palabra, símbolo
de todos los símbolos, comienzo de todos los comienzos. Al principio fue la
palabra que designaba , la palabra que ordenaba el mundo y luego dividía los
elementos mediante clasificaciones. Palabra memoria, palabra reflexión, palabra
asombro, palabra curiosidad resuelta o al menos definida en un punto fijo,
camino a la verdad.
La alquimia
tiene como objeto lograr, o al menos intentar a través de un complicado
pensamiento o codificación laberíntica, el proceso que lleva a purificar lo
impuro. Y, mediante esta purificación, obtener el conocimiento de lo absoluto.
La alquimia comienza
siendo literatura.
En el
principio fue la poeia, esa creación que lentamente y siguiendo un proceso de
memoria habida en la experiencia de los sentidos, en las curiosidades y los
asombros, permite una comprensión
inicial del mundo. Esta primera
interpretación tiene su origen en el mito y la leyenda. Son los días de la
poesía.
Cuando Cronos
repartió el mundo entre sus hijos, a Zeus le dio el cielo, a Poseidón el mar y
a Hefestos lo subterráneo y la
oscuridad. Los dos primeros tuvieron la luz, la del día y la de la noche. El
último, Hefestos, tuvo que crearla. Y cuando la creó, se hizo herrero y
transformador de metales. Allí, en el Hades helado y oscuro, este dios, como el
mago del tarot, mezcló los elementos y los valoró encontrándoles analogías y
simpatías. En este proceso, inició la purificación de lo impuro: de lo negro de
esa noche eterna heredada de Cronos, Hefestos (el herrero cojo), iniciaba su
camino hacia la luz a través de la fragua, fuego siempre vivo para para fundir
y alear, para ver hervir y oler todas las aromas de los minerales. Y aquí, en
el Hades, comienza el ascenso del hombre. Una leyenda, una literatura, una poeia
que no se ha detenido desde entonces, que cada vez es más amplia y que no
finalizará nunca porque Cronos vigilará
para que su herencia no se desvirtúe: Hefestos en el Hades, con su forja
siempre encendida y el crisol hirviente y rojo vomitando metales eternamente.
A
Europa llega la alquimia en el siglo X, luego de traducir al latín las teorías
de los alquimistas árabes, en especial a los alquimistas de Alejandría que, se
creía, eran los poseedores de los secretos de la mítica biblioteca de esa
ciudad y de las tonalidades de la luz del faro tremendo que iluminaba medio
mar, al decir de los navegantes. Y lo primero que reciben los iniciados a la
alquimia en Europa es un poema que determina, ya en sí, el ejercicio del Opus
Nigrum, antigua fórmula alquímica que establecía la fase de separación y
disolución de la materia. Este momento era el que mayor preparación exigía por
su alto nivel de dificultad y por su condición de inicio hacia la Gran Obra u
Opus Magna.
Decía el
poema:
Es verdad sin mentira/ cierto y muy
verdadero/ lo de abajo es igual a lo de arriba/ y lo de arriba igual a lo de
abajo/ Para obtener el milagro de una única cosa./Así como todas las cosas
proceden del Uno/también todas las cosas nacen de este Uno mediante conjugación.
Estos versos
son conocidos como la esencia de la Tabla de la Esmeralda, texto que, de
acuerdo con la leyenda, compuso Hermes Trimegistos, personaje mítico que habitó
historias en Grecia y Egipto, siempre contradiciéndose debido a su pensamiento
laberíntico. Hermes, conocido en el mundo latino como Mercurio, era el
mensajero de los dioses y a la vez el dios de los ladrones, los comerciantes y
la inteligencia. En Egipto, Hermes se convierte en tres veces el grande
(trimegistus) porque tiene la virtud de manejar los elementales (la física), el
cosmos (las matemáticas) y el intelecto (el pensamiento abstracto), es decir,
de entender el todo por su conjunto y por sus partes. Y a este Hermes se le
acredita La Tabla de la Esmeralda, llamada así porque estaba hecha con la
esmeralda que llevaba Lucifer en la frente y que pierde (la esmeralda cae a las
profundidades) cuando es vencido por el arcángel Gabriel. Esta esmeralda, según
una hadit (leyenda) de la sunna islámica, contenía el conocimiento de todo lo
que fue, es y será, y su depositario es Hermes, que la codifica para los
iniciados y los maestros de alquimia en versos de muy difícil entendimiento si
no se tiene imaginación.
La misma
leyenda de la Tabla de la esmeralda le será aplicada al santo Grial, copa
fabricada en esmeralda para depositar en ella la sangre (transparente) de Jesús
crucificado; sangre que salió del costado, lugar donde, de acuerdo con la
figura del Adam Kadmón de los cabalistas, estaba depositado el conocimiento de
la divinidad. Conocimiento que todo lo aclara para que la muerte no exista. En
la literatura, el Grial está conectado con el rey Arturo y con Merlín, mago
(sabio) concebido por un íncubo en el vientre de una monja. Es de anotar que
Merlín es un personaje nacido de una leyenda Celta (los celtas miraban a la
noche, en contraposición a las demás culturas que miran al sol) tejida en las
tierras brumosas de Irlanda, donde habita el señor de los Anillos, alquimista
excelso.
En el
Medioevo, la alquimia es un ejercicio de la forja, la filosofía escolástica
(donde se es discípulo de un maestro), las religiónes (la judeocristiana y la
islámica, y las viejas religiones, en especial la celta) y la literatura. Y
aunque se dice que la alquimia tenía como fin transmutar el plomo en oro, la
verdad es que los alquimistas buscaban convertir lo impuro en puro, lo que
tenía errores en perfección, para así ser como dioses, tal como aseveraba el
salmo. Pretendían llegar a ser por el hacer del ser, es decir, obtener la
pureza suprema por el entendimiento de las cosas, por sus semejanzas e
imágenes, por sus analogías y conexiones, por los principios y los opuestos. A
través de la manipulación y manejo debido de la naturaleza, el alquimista
buscaba tener un sentido completo de la vida. Y esa vida implicaba que materia
era forma (esencia y manifestación en términos aristotélicos), que alma era
cuerpo y que acto era potencia. Todos estos conceptos conformaban el absoluto y
cada uno de ellos, por si mismo, contenía a todos los otros. Frente a esto,
hombres tan sabios como santo Tomás de Aquino, se dejan seducir e intentan el
proceso alquímico (santo Tomás escribe un opúsculo sobre los metales y los
planetas). Y no sólo hacen uso de sus sentidos externos (la visión, el tacto,
etc.) sino, y en especial, de los sentidos internos: memoria, sentido común,
imaginación y estimación. Frente a la resolución de todo lo anterior, el
alquimista se convertía en el más intrincado personaje literario: en un
creador, en un soñador, en un maldito.
Y en alguien muy atractivo para describirlo en su pensamiento y sus
actos, en sus maravillas y sus infiernos.
Los
musulmanes (al fin y al cabo grandes imaginadores) son los primeros que se
ayudan de la literatura para espacializar la alquimia, para territorializarla y
darle un lugar en la lúdica del entendimiento humano. A mediados del siglo XIV,
corre por las manos de los alquimistas el relato místico- esotérico titulado “De cosas
extrañas y maravillosas que he visto y contemplado con mis ojos en la isla
Verde, situada en el mar Blanco”, cuyo autor es el sheik iraní Alí
Ibn Fazel Mazandarani. Este relato epopeyo-iniciático busca el imán oculto que
está en la fuente de la vida y a la sombra el paraíso. Imán que permite
entenderlo todo y vencer a la muerte. Y aunque el texto pertenece a uno de esos
mundos imaginables de oriente, los alquimistas occidentales (por esos días los
moros también hacían parte de occidente: España, Sicilia, Bosnia, Venezia etc.)
se nutren de él con pasión. Y allí abundan palabras árabes como alambique,
elíxir, atanor, que la alquimia europea
utilizará hasta el sin sentido.
El poeta
islámico Al- Toghri, conocido entre los latinos como Artefio el alquimista, no
admitirá otra alquimia que no sea la espiritual, la kimyá al saadá (la alquimia
de la felicidad). Este aspecto es bien interesante porque, para que la alquimia
sea atractiva, según Artefio, lo que el alquimista debe buscar es dar solución
a la imaginería y literatura populares: conversión de lo innoble en noble,
obtención del reconocimiento, rebelión contra lo establecido, dicho de otra
manera, ascender a la cúpula por caminos marginales (laberínticos, diría
Umberto Eco) donde lo científico se confunde con lo literario, siendo lo
literario lo más importante porque es allí donde están legitimados los deseos
populares (amores entre patricios y plebeyos, reyes sin raíces, ayuda de los
seres invisibles etc.) que, sino sufren un proceso alquímico, serán imposibles
de lograr.
Artefio y por
extensión los alquimistas como Raimundo Lullio, quien además de la filosofía,
la teología y la literatura también
ejerció la alquimia, hacen más literatura que ciencia al describir los
utensilios y procesos necesarios para la transmutación. Esto sucede porque sus referentes son literarios. De
aquí que sus manuales mezclen la ciencia conocida con sus propios miedos.
Veamos: La Gran Obra (Opera Magna) comenzaba con el atanor, hornillo alquímico
activado con calor de leña o aceite, donde se cocinaba el aludel o huevo
filosofal. Este recipiente tenía forma ovoide (del huevo nace la vida, esta era
la referencia) y era de barro, vidrio o cristal, sobre todo de estos dos
ultimas, para que el alquimista pudiera ver y testificar la cocción de la
materia prima, lo que quedaba (Opus Nigrum) y lo que se evaporaba. Este huevo
filosofal era su alambique, la retorta de cristal, a donde llegaba el material
a cocinar a través de un crisol que tenía la boca en forma de cruz para evitar
cualquier tipo de contaminación demoniaca. El huevo filosofal era cerrado con
el sello de Hermes, a fin de que nada pudiera escapar y así el alquimista
vivenciara todo el proceso de la creación. O el de la destrucción, que por su
calidad de opuesto tenía un valor similar (se entiende lo blanco por el negro,
lo gordo por lo flaco, lo alto por lo bajo etc.). Este sello de Hermes, como lo
atestigua uno que fue publicado en 1599, es un texto donde se especifica, de
manera mínima (esto permitía la creación de imaginarios), la correspondencia
simbólica entre la astrología, la alquimia y la cosmología, apoyada por una
frase que decía: “visita el interior de la tierra y rectificando, encontrarás
la piedra escondida (Visita Interiora Terrrae. Rectificando Invenies
Occultum Lapidem)”. Las
iniciales de cada palabra producían el anagrama VITRIOL, referenciando su uso
alquímico. Vitriolo era el nombre que los alquimistas daban a las sales
residuales (hoy las conocemos como sulfatos) que veían arder en el interior del
huevo filosofal de vidrio, que no era otra cosa que ácido sulfúrico concentrado.
Este vitriolo era azul cuando hacía referencia al sulfato de cobre, blanco
cuando se trataba de sulfato de zinc y verde cuando era sulfato de hierro. Con
base en el conocimiento de estos procesos, la literatura ubica el laboratorio
del alquimista en las puertas del infierno. Y no era para más, pues los olores
y vapores terribles así lo acreditaban. Lo anterior permitió la producción
interminable de relatos, que iban desde el que cuenta la creación del reloj
fabricado por el monje Gerberto con la ayuda del diablo (este relato renace hoy
con el título de El Reloj Mecánico, escrito por Paul Pullman) hasta los
científicos locos de Orwell y Huxley.
La alquimia
le ha servido a la literatura para establecer umbrales con lo terrible o con
los opuestos básicos (buena parte del entendimiento del mundo lo hacemos con
base en opuestos). También para escribir relatos con ambientes rondados por el
demonio, que a fin de cuentas es el que vaga por la eternidad buscando la
piedra esmeraldina que cayó de su frente cuando se rebeló contra Dios. Y para
darle un carácter mágico a ciertas escenas. Hay rememoración alquímica en El
Quijote cuando Cervantes escribe: “Los altos cielos que de vuestra divinidad
divinamente con las estrellas os fortifican”
(Primera parte, cap. I). También cuando en este mismo capítulo el flaco
hidalgo se coloca encima un nombre mágico y le pone otro a su caballo.
Cervantes, a pesar de su burla a las novelas de caballería, es un hombre de su
época y de sus sueños y, para hacer de la novela un espejo de la imaginería
popular, a su caballero le coloca el yelmo de Mambrino, le da el bálsamo de
fiebrabás y lo coloca en camino hacia la ínsula Barataria. En Ese don Quijote
de la Mancha (Opus Nigrum), la intención es la Opera Magna, el todo
absoluto de la vida a través del absurdo. No es de extrañar entonces que en El
Quijote se evidencie lo que Umberto Eco ha llamado pensamiento laberíntico.
Pensamiento que establece que a través de la contradicción se puede llegar al
acierto y que en términos científicos no es otra cosa que el método
ensayo-error, ya filosofado por Karl Popper. Y puesto en la práctica por Jaim
Weissmann, en su libro “Por el Error a la Verdad”, curiosa y
acertadamente.
Dante
estructura la Divina Comedia haciendo uso de sus conocimientos alquímicos.
El gran poema sigue el camino del huevo filosofal, se alambica: del frío del
infierno donde se coccionan todas las impurezas, opus nigrum en frío como era
el sueño de los alquimistas, se llega al cielo, pureza absoluta, ser total,
Beatrice Fortinari, Opera Magna (alquimia de la felicidad, sueño de Artefio). Y
es que en la Divina Comedia se evidencia la estructura alquímica: materia
prima, lo que existe en frío, donde Dante desecha lo impuro; luego es fuego que purifica lo bueno de esa
materia prima; después el cielo a donde van los aciertos y un limbo donde queda
aquello que presenta error pero que aún se considera como bueno. Para el hombre
medioeval, lector de la naturaleza y de lo improbable, que nada dejaba de lado
porque a diario lo acechaban las pestes y los infortunios, la alquimia le daba
la posibilidad de la esperanza. Verde la esperanza, como la esmeralda
luciferina donde estaba encerrado todo el conocimiento.
Un gran libro de
alquimia:
El libro de
las “Mil
Noches y una Noche”, que es un tratado de las mutaciones donde un
cuento produce otro después de una serie de dificultades, llega tarde a Europa
y los alquimistas no pueden usar los planteamientos que allí se hacen. Y mal
traducido, que la moralidad de traductores como Galland plantearon un contexto
distinto al esencial, que era inteligente, erótico y creador de vida. Esta
traducción, que fue la que más le agradó a Borges, quizás por la curiosidad que
le generó lo traducido, que Galland había tenido la virtud de afrancesar a los
árabes y esto ya era todo un proceso de alquimia, apenas fue rebatida a finales
del siglo XIX. En la traducción íntegra de Sir Richard Burton (traductor inglés
acusado de pornógrafo, cuestión que en un principio demeritó la traducción pues
se aseguraba que Burton era más un enfermo sexual que un arabista), los
lectores occidentales accedimos a toda la magia y alquimia que asisten a estos
relatos, donde la alquimista es Scherezada y tiene por encargo purificar el
corazón negro del Califa Al Rachid. Magia, porque lo mágico consiste en
observar para entender. Y alquimia por la línea que sigue el texto: detener la
impureza de una actitud criminal para concluir en la exaltación de la pureza. Y
en ese proceso, se recurre a la poesía, el erotismo, la crueldad, el humor y a toda
clase de estratagemas (logos y frónesis). En las Mil Noches y una Noche, el
constructo del conocimiento, construir sobre la cosa sabida, es el que lleva al
logro del objetivo. En otros términos, es con base en el conocimiento positivo
como se llega al imaginario probable.
En la cultura
religiosa semita, la mujer carga con la impureza. A ella se le debe el pecado y
el que lo evidencie cada 28 días. Y Scherezada, al aimpura, es quien legitima
esas mil noches y una noche, porque ella es la materia prima donde se imagina y
se crean semejanzas, donde se establecen las conexiones y se buscan resultados.
Al finalizar la Opera Magna, la impureza se ha vuelto pura y la sabiduría a
vencido a la ignorancia. Es bien sabido que los árabes fueron los creadores del
álgebra, alquimia de la lógica. Y ese proceso algebráico se aplica en las Mil
Noches y una Noche, donde la noche y el día se unen con una incógnita que se
debe despejar a como dé lugar (Scherezada deja, cada amanecer, el relato que
cuenta en su punto más interesante, lo que obliga al califa a no matarla porque
desesperaría de no saber el resultado de lo que ella le está contando). Hay una ecuación que requiere una respuesta,
hay un alquimista que vislumbra el final positivo de todo aquello que macera y
cuece en el huevo filosofal: es que lo disperso se une luego de la purificación
y así se logra la felicidad (estado de máxima pureza entre los creyentes del
Islam) y el placer eterno. Por esto no es raro que en el libro, cuando alguien
está feliz, deba esta felicidad a una serie de acciones desfavorables
(errores). Pasa igual que con los personajes de la Biblia, donde la dicha es
fruto de maceraciones y cocciones, de dolor. Así se justifica un José, un
David, un Job, que son los preámbulos sagrados de un par de paganos como Simbad
o Aladino, buscadores hábiles estos dos, pero siempre asustados por las
desmesuras que tienen que enfrentar para lograr su objetivo, lo que los obliga
a usar artimañas de todos los pelambres (engañar a las apariencias y a las
estimaciones es un principio básico el la alquimia). Pero los dos tienen fe
absoluta en sus creencias, lo que lleva a que el supremo bien se acabe
imponiendo sobre el mal. Así mismo, se notan en el texto los juegos
cabalísticos y los poemas aclaradores (descripción de procesos) como el de Docta
Simpatía y el poeta de la corte, Abu Nowas, que tenían el poder de
la palabra para que la felicidad se hiciera realidad. Personajes alquímicos que
discurren entre lo impuro y lo puro, entre los vapores de los azogues que envenenan
el aire a la vez que maravillan porque el azogue (mercurio) es un metal vivo
que no se deja atrapar fácil. Es que viene del cinabrio, que tiene el interior
rojo.
En la noche 895, Scherezade cuenta la
historia de un libro mágico que hace reír y llorar al mismo tiempo, libro que
ningún hombre es capaz de interpretar y que se guarda en el olvido para que la
Destructora de Felicidad y la Constructora de Tumbas no se hagan presentes. Es
claro que aquí hay una crítica a los buscadores de imposibles, quizás a los
alquimistas que lo sacrificaban todo en el deseo de obtener algo vano, pues la
felicidad en sí no es nada al igual que la muerte, que todo final es un
principio y en la vida, como sucede con el mito de Sísifo, la tarea total de un
hombre nunca se cumple. Es que alguien, a partir de ahí, seguirá construyendo.
Libro contradictorio este d las Mil Noches y una Noche, legitimador del
pensamiento laberíntico dentro de un pensamiento de línea.
Lo gótico occidental:
En la
literatura occidental, el papel del alquimista o su reflejo, ha permitido
asumir lo gótico. Y con base en estos vapores y brumas, se han escrito novelas
y cuentos, capítulos y párrafos verdaderamente maestros. Veamos unos ejemplos:
“Todo el mundo había podido observar las interminables horas que él (Claude
Frollo) solía pasar sentado en el pretil de atrio calculando el ángulo de la
mirada de aquel cuervo situado en el pórtico izquierdo, dirigida hacia un punto
misterioso al interior de la iglesia donde probablemente estaría oculta la piedra
filosofal”. Este párrafo hace parte de Nuestra Señora de París y allí
Victor Hugo seguramente se inspiró en la imagen de Nicolás Flamel, el más
conocido de los alquimistas franceses de la Edad Media. O también en la suma de
Cagliostro (José Bálsamo, aventurero, médico, farsante y alquimista italiano,
nacido en Palermo en 1743) y en el conde de Saint Germain, misterioso personaje
que, al igual que Aschaverus, habita el tiempo y sólo habrá final de él cuando
ya no exista nada. Sin embargo, todo apunta a que el diácono Claude Frollo, que
tenía su laboratorio en una de las torres de la Catedral de Nôtre Dame, sea una
extensión literaria de Nicolás Flamel. Después de todo, a este curioso
personaje lo asiste la leyenda dorada de la alquimia.
Nicolás
Flamel logró fama en los medios alquimistas porque se sabía que él era el
depositario del libro de Abraham, el
judío. En ese texto, dice la leyenda, se encontraba el secreto de la
transmutación de los metales innobles, como el plomo, en metales preciosos. De
la formulación que se planteaba en el libro, salía el oro con que las
comunidades hebreas pagaban los cada vez más crecientes impuestos al papa y a
los reyes. Pero Flamel no entiende los nombres y definiciones de Abraham y se
ve en la necesidad de encontrar a alguien que se lo descifre, ojalá un judío
español (por aquello de que la cábala se desarrollaba en las juderías
españolas, especialmente en Girona). Flamel encuentra el maestro descifrador en
un converso llamado Canchés, pero este muere antes de lograr la traducción
total del libro por lo cual Nicolás Flamel se queda sin el secreto y sin el
libro, porque a medida que iba siendo traducido, el original desaparecía. Toda,
una trageia, así como el amor de Cuasimodo por la bella Esmeralda, verdadero
proceso de transformación de lo feo en bello, que Victor Hugo lleva a cabo para
asombrarnos. Igual que nos asombra el último alquimista conocido: Fulcanelli,
quien escribió dos libros, el Misterio de las Catedrales y las Moradas
Filosofales. Lo interesante es que hasta el día de hoy no se sabe quién fue
Fulcanelli, aunque se conocen los libros,
y las pocas pistas que se tienen de él sólo conducen a vapores
sulfurosos. ¿Será acaso el diácono aquel que se pasaba tardes enteras tratando
de establecer cuál era la geometría secreta que existía entre el grifo de la
catedral y el paso de los cuervos?
Charles
Maturin, escritor inglés, también toma la alquimia como referente para su libro
Melmoth el Errabundo, considerado la más grande de las novelas góticas. Melmoth
es un hombre que habita las oscuridades y lo sórdido y allí, en ese medio que
lo convierte en sombra y en fantasma, donde es perseguido por herejía, intenta
trasmutar el infierno en cielo. Pero al fin es la derrota, porque el sino del
alquimista es la confinación a la confusión, la locura y el horror. Quizás esto
se deba a haber retado a Dios, que la divinidad no perdona a quien trabaja para
restituirle el conocimiento a Lucifer, acto que igualaría al Maldito con el
Señor del universo.
El siglo XIX
tentó a la literatura con la alquimia y escritores como Honorato de Balzac
intentaron dar con la piedra filosofal. En “La Indagación de lo Absoluto”,
Balthazar (el personaje), dilapida su fortuna buscando dar con la gran verdad
alquímica. Pero sólo logra entenderla cuando está agonizando: “...y con voz
tronante, clamó la famosa frase de Arquímedes: ¡Eureka!, y murió exhalando un
quejido espantoso; y sus convulsos ojos expresaron, hasta el momento de
cerrárselos el médico, el pesar de no haberle podido legar a la ciencia la
clave de un enigma cuyo velo desgarrábase tardíamente bajo los descarnados
dedos de la muerte”. La luz al final, cuando ya no existe la posibilidad
del reconocimiento, este es el premio del alquimista. O quizás si exista el
reconocimiento porque al morir se ingresa en un espacio de conocimiento pleno
donde la alquimia no es necesaria. Como es de suponer que le pasó a Yehuda
Halevi, que murió en el mismo instante que pisaba la tierra de Israel, última
pieza que necesitaba encajar para lograr la felicidad, el fin de su trasegar
por las sefirot.
Literatura, Cábala y
Alquimia:
Es
evidente que la cábala y la alquimia tienen como punto de unión la
transmutación de la palabra, la mezcla de valores y conceptos, la ruptura de la
línea. Quizás por esta razón, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares se dieron
a la tarea de recopilar literaturas fantásticas donde hay verdaderos procesos
alquímicos, como los usados por los chinos (cultura que descubre la pólvora y
le da otro valor a la luz) y por Franza Kafka
en ese relato maravilloso que es La Metamorfosis (traducido al
castellano por Borges). Y a tal punto llega la curiosidad de estos dos
escritores argentinos que, como resultado de sus investigaciones en ese laboratorio
de la palabra que es la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, componen “El Libro del
Cielo y el Infierno” donde intentan dar una razón del bien y el mal.
Y lo que es más interesante, del camino que hay del uno al otro. En términos de
cábala y alquimia, esto no es más que la igualación de los contrarios, la
negación de lo bueno y lo malo en Dios,
como sostenía Baruj Spinoza. Se lee allí, en El Libro del Cielo y el Infierno:
“si un hombre no comprende el infierno, no
comprende su propio corazón”, frase de Marcel Jouhandean, escrito en
el Álgebra de los Valores Morales. Todo un opus nigrum, sin lugar a dudas.
Igual al opus nigrum de Adrián Levenkhün, personaje de El Doctor Faustus (de
Tomas Mann), donde se da todo, incluso el alma al diablo, para llegar a la
música suma, a esas esferas donde sólo Dios habita. La misma Marguerite
Yourcenar, mujer negadora de vida porque quizás ella misma se estaba buscando,
se refugia en la magia de la alquimia, en ese observar y leer de manera diversa
cada proceso, y escribe “Opus Nigrum”, donde Zenón, médico alquimista del siglo
XVI, representa los sueños y terrores, los asombros y las desdichas del
alquimista. Del alquimista que fue Paracelso con sus hadas y sus elfos; del que
fue Miguel de Servet con sus estudios sobre la circulación de la sangre; del
que fue Leonardo Da Vinci cuando, bajo el amparo de Ludovico El Moro, miraba
podrir animales delante de él para que se le ocurrieran ingenios y respuestas a
sus preguntas. “Opus Nigrum”, de Marguerite Yourcenar es un texto contra la
intolerancia, el peor de los demoniosque tuvieron que enfrentar los
alquimistas. Y como la intolerancia es ignorancia, resulta peor que la hoguera.
En este siglo XX tan repleto de respuestas
tecnológicas y de miles de procesos evidenciados como útiles cuando hasta hace
poco se los tenía como mera brujería, no alcanzamos una noción más alta de
libertad porque no hubo respuestas a las preguntas espirituales del hombre
moderno. O si las hubo, pero están camufladas en la literatura y por ahí vagan
como Leviatán, escondidas entre las olas, siguiendo su ritmo, creando un scorzo
que apenas se delinea, dormidas hasta que alguno las despierte sin obligarlas a
la ira. Por esto es válido el Melquíades de García Márquez, único poseerdor de
la razón de ser de ese microcosmos que es Macondo. Y son válidos los rabinos
cabalistas y los dibbucks de Isaac Bashevis Singer, seres que lo habitan todo y
no habitan nada, criados en esa confusión donde lo puro y lo impuro se miran
reflejándose, construyéndose y destruyéndose. Igual que en la obra de Shmuel Joseph
Agnón (premio Nobel 1966), donde para construirse hay que volver a los inicios,
al yo enfrentado a la nada (en hebreo, aní=ain) y reflejado en ella.
Para concluir, citaré a Elias Canetti, quizás
el último escritor que logró hacer una novela con criterio alquímico, “Auto de Fe”.
Este texto tiene que ver con el fuego y con un hombre libro que se llama Kien y
que pudo haber sido Kant o Brand, como anota Canetti en “La Conciencia de las
Palabras”. Kant, porque este filósofo
buscó la razón pura con la misma pasión
que un buscador de la piedra filosofal. Brand (palabra que en alemán significa
incendio) porque las llamas todo lo purifican y, cuando ya nada impuro queda,
lo puro se hace presente y aparece un gallo rojo (nombre del último capítulo de “Auto de Fe”) anunciador del nuevo día, de
ese día donde Dios habló y se hicieron las cosas mediante el sonido. Canetti, en su novela, quema al hombre libro
con la totalidad de su biblioteca. Y en ese opus nigrum generado por el fuego,
revuelve aire, tierra y agua en una orgía loca donde abundan los ruidos, los
crujidos, las carcajadas. Todos los sonidos mezclados en uno solo, en el
incendio, intento último de llegar al Shem HaMeforash, nombre impronunciable de
D-s, con el que se crea la nueva vida,
la que no es dolor sino gloria de la creación.
Elias Canetti confiesa que el elemento
ordenador de “Auto de Fe”, el que no permitía que los elementos se desbordaran,
fue Sthendal. El autor de Rojo y Negro, fue la luz a seguir; la Metamorfosis de
Kafka, el corpus a lograr. Con la lectura de ambos, mezcla laberíntica, obtuvo
el rigor: “...me incliné ante semejante modelo (la Metamorfosis) sabiendo que
era inalcanzable, pero me dio fuerzas”.