“¿Como se explica que las matemáticas siendo
un producto de la mente humana, independiente de la existencia, estén tan
admirablemente adaptadas a la realidad?”,
se preguntó en su magnífico ensayo Geometría y Experiencia, el gran físico
teórico, creador de una de las más revolucionarias teorías acerca de las leyes
que gobiernan nuestro universo y uno de los más grandes genios de la humanidad.
Albert Einstein no fue el único hombre que tuvo esta duda, ni mucho menos el
primero, ni tampoco alguien que diera una respuesta definitiva al respecto.
Esto por que muchas veces resulta asombroso ver como partiendo de un conjunto
de peincipios definidos bajos ciertas reglas se llegan a conclusiones que ni se
pensaron cuando éstos se construyeron, o para lo que se construyeron; descubriendo
nuevas propiedades y teoremas. O encontrar que en la naturaleza existen
singulares fenómenos que al parecer siguen un orden estricto y en cualquier
circunstancia, cual máquina programada para realizar un trabajo, estos fenómenos
se repiten rígidamente como manejados por una mano invisible.
Uno de los tantos
ejemplos que existen de lo anterior es sin duda el de la constante de Planck.
Max Planck, alemán, premio nobel de física, después de veinte años de trabajo
alcanzó su ansiada meta. Realizó el siguiente experimento: calentó hasta la
incandecencia un cuerpo hueco, dejó salir un rayo de radiación a través de una
pequeña abertura, rayo que analizó en un electroscopio. El experimento lo
repitió múltiples veces y encontró que la energía radiante no es una corriente
continua. Es emitida en cantidades integrales, o cuantos, que pueden ser
expresados en números integrales. En otras palabras, la medida siempre
proporciona múltiples integrales de h v, donde v es la frecuencia y h una
cantidad universal, conocida como la constante de Planck. El descubrimiento
tiene dos logros, uno, su habilidad técnica para medir el valor de esta
constante y otro, el más importante a mi juicio, encontrar que ninguna
radiación puede ser emitida a no ser que se trate de esa cantidad o de un
múltiplo entero de ella. Es decir, una estufa no puede proporcionar calor hasta
que haya acumulado al menos esa cantidad. La radiación de su calor aumentará
hasta que acumule el doble de la cantidad inicial y así sucesivamente.
Pongo este ejemplo,
a pesar de ser poco conocido por el común de la gente, no solo por que me
parezca asombroso que el valor de esta constante sea igual tanto en el
laboratorio, en el mundo y en las estrellas, lo que por sí ya es sumamente
inquietante, y sin duda que ejemplos como este hay en grandes cantidades. Sino
que además a partir de este descubrimiento se pone en tela de juicio el
principio de causalidad, tema al cual el propio Planck dedicó gran parte de su
tiempo, y que refuta la antigua creencia de que todos los procesos siguen el
orden causa efecto, produciéndose un gran quiebre entre como se pensaba que la
naturaleza se regía y como realmente lo hacía, pensándose actualmente incluso
que en algún futuro los efectos pueden preceder a las causas y el tiempo correr
en sentido contrario.
En la actualidad y
desde hace algún tiempo existe, entre el público, gran interés por la física,
ello debido a que la física es la expresión más vital del pensamiento humano de
nuestros días. Además, el contenido metafísico de las más altas especulaciones
de la física teórica parece ser el sustento favorito para el hambre del alma
que antes era apaciguada con los ideales del arte y de la religión.
Este hambre de saber,
de querer desentrañar la trama oculta del universo, de conocer el orden de las
cosas, si es que realmente existe, de tener algo concreto en las manos que nos
indique que conocemos nuestro entorno, no es algo reciente, sin duda.
Remontémonos cuando
Platón formuló su teoría de las ideas. Ésta explicaba la realidad diciendo que
lo que nosotros percibíamos eran sombras, producto de moldes o figuras ideales
que existían detrás de todo lo que veíamos a nuestro alrededor. Ya en ese
entonces existía curiosidad por conocer el mundo de las ideas que habitaba detrás del mundo de
los sentidos que era el que nosotros percibíamos. El conocimiento
del mundo de los sentidos era imperfecto porque era conseguido a través de
éstos los cuales eran engañosos y distintos para cada individuo. Por lo que la
consecución de conocimientos ciertos solo podía obtenerse en el del mundo de
las ideas, mediante la utilización de la razón.
Los griegos pensaban
que este conocimiento seguro lo proporcionaban
las matemáticas, porque según ellos, las relaciones matemáticas jamás
cambiaban. Incluso para poder aprender de filosofía había que saber antes
matemáticas, esto se deduce del cartel fijado en la entrada del centro
intelectual de esa época, la prestigiosa Academia de Platón, el cual decía
“Nadie ingrese aquí si ignora la geometría”.
Es precisamente a
partir de esta rama de la matemática, cuando Euclides formula los principios de
su geometría en el libro Los Elementos, que se comienza a pensar
que se había encontrado la verdad absoluta de la creación, las leyes que Dios
había inventado para que gobernaran la naturaleza. Transformándose este
descubrimiento en una de las piedras angulares del pensamiento humano desde los
primeros griegos hasta el siglo XIX.
Teoremas ciertos
sobre líneas y triángulos, círculos y cuadrados, se seguían con lógica
impecable a partir de hipótesis claramente establecidas llamadas axiomas.
Euclides extrajo sus
ideas sobre las verdades geométricas dibujando figuras en la arena y examinando
las relaciones entre longitudes, ángulos y formas. Las “verdades” autoevidentes
de lo que veía ante sí en el suelo las idealizó en postulados que iban sostener
sus razonamientos sobre lo que en el futuro podría dibujar en la arena. La
característica más singular de la geometría euclideana es el V postulado, el
que dice que las líneas paralelas nunca se encuentran. Esta verdad parece
evidente. Todos los intentos realizados a lo largo de los siglos para derivarla
como consecuencia de las otras hipótesis básicas aceptadas por Euclides han
fracasado.
La geometría
original de Euclides tuvo sutiles influencias sobre otras áreas del pensamiento
humano. Sirvió de base a toda la composición arquitectónica y artística, a toda
la navegación y la astronomía. En el campo de la ciencia subyace en los pilares
de la obra de Newton sobre el movimiento y la gravitación. Sus famosos Principia,
que aparecieron hace trescientos años, se presentan a un observador cualquiera
como un gran tratado de geometría, ya que Newton era un maestro en la
aplicación de la geometría a la descripción de la naturaleza. Tal maestría era
el sello de un matemático del siglo XVII y XVIII. Había modelos newtonianos de
gobierno y de comportamiento humano que apelaban a la certeza de sus
matemáticas. Había argumentos de la existencia de Dios basados en la certeza
matemática de las leyes geométricas de la naturaleza que Newton había revelado.
La geometría proporcionaba a sus estudiosos un sistema de pensamiento que era
absolutamente cierto porque empleaba razonamientos lógicos perfectos a partir
de premisas que eran enunciados acerca de cómo se veía el mundo.
Puede discernirse el
estatus especial que tenía esta geometría a través del tratamiento que le dio
Kant en su sistema filosófico durante el siglo XVIII. Su sistema de pensamiento
estaba unido a la inevitabilidad de la geometría euclideana. Él la daba como un
ejemplo de un conocimiento sintético a priori, es decir, algo que es
necesariamente verdadero. Para Kant, esta necesidad emanaba de la naturaleza de
los modos humanos de pensamiento. La forma en que estaba construido el cerebro
humano aseguraba que debemos encontrar que las verdades de la geometría se
cumplen.
El descubrimiento de
que la geometría euclideanea no era una verdad única inevitable y absoluta
sobre el mundo llegó como una conmoción. Su impacto fue irreversible y de largo
alcance. Socavó las ideas absolutas sobre el conocimiento humano en un vasto
espectro del pensamiento humano. Aunque los matemáticos se resistieron durante
mucho tiempo a su muerte, quienes trataban de derrocar las certezas euclideanas
tradicionales se apegaron a ello como una señal de que el relativismo era una
regla.
Lovachevski, Gauss y
Bolyai se dieron cuenta, en una complicada y disputada secuencia de
acontecimientos, de que la geometría euclideana era una de entre muchas
posibilidades.sobre cualquier superficie curva, por ejemplo la superficie de
une esfera, uno puede establecer postulados y reglas de razonamientos análogos
a los de Euclides. Si las líneas rectas se siguen considerando el camino más
corto entre dos puntos en una superficie, entonces puede dibujarse un triángulo
en la superficie de una esfera, pero los tres ángulos interiores del triángulo
ya no suman 180º. El famoso V postulado “de las paralelas” no es cierto en este
tipo de superficies y no es uno de los postulados utilizados.
Finalmente, Bernhard
Riemann mostró como sistematizar el estudio de todas las posibles geometrías
dentro de una clase muy amplia (que incluye la geometría de Euclides como el
caso más simple) en términos de los cambios que se hagan en el famoso teorema
de Pitágoras respecto a las relaciones entre las longitudes de los lados de los triángulos rectángulos.
El descubrimiento de
que la geometría euclidiana no era un único atributo divino del mundo hizo que
se cuestionaran todo tipo de prejuicios y creencias similares a finales del
siglo XIX, y una tendencia creciente hacia el relativismo cultural tomó impulso
a través de la sintonía fortuita con otras ideas revolucionarias tales como la
teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin y la hipótesis
de la nebulosa de Simon de Laplace para explicar el origen del sistema solar a
partir de una nube turbulenta de gas primordial. En todos estos ámbitos, lo
real se había mostrado como solamente una entre muchas posibilidades. La
revolución que tuvo lugar no fue, como muchas de las llamadas “revoluciones
científicas”, una que hubiera visto como la geometría no euclidiana reemplazaba
a la geometría euclidiana como la descripción del mundo. La geometría
euclidiana permaneció en un primer momento incuestionada como descripción del
espacio en que vivimos; lo que cambió fue su estatus lógico no menos seguro que
la del mundo de Euclides. Esta última podría ahora distinguirse solo por la
afirmación de que era la geometría empleada en la naturaleza, pero no se podía
dar ninguna razón por la que debería ser esta y no otra. El efecto sobre las
propias matemáticas fue importante. La idea de axiomas se divorcio por primera
vez de la realidad física y se abrieron las puertas para que las matemáticas se
ramificasen en innumerables “mundos de papel” lógicos en su propia
construcción. Había nacido la división entre matemáticas puras y aplicadas. O como
dijo Einstein, que desde ahora existían geometrías prácticas, las que se
basaban en observaciones experimentales de la realidad física, y las geometrías
axiomáticas, las cuales solo cumplían su papel en el mundo bajo el cual habían
sido concebidas. Las matemáticas no podían considerarse como una herramienta
para describir el funcionamiento de las cosas o como un catálogo abierto de
interconexiones lógicas. A su debido tiempo esto conduciría a ideas
radicalmente nuevas acerca de la naturaleza de las propias matemáticas.
Posteriormente, esta historia tuvo un espectacular desenlace en 1915 cuando
Einstein basó su nueva teoría de la gravitación en la premisa de que nuestro
espacio físico posee una geometría no euclidiana creada por la presencia de
masa y energía en el universo.
Las geometrías no
euclidianas ya no existían solamente como sistemas lógicos en hojas de papel,
diferenciadas por la euclidiana solo por el hecho bruto de que Dios había
escogido esta última en su arquitectura del universo. Las observaciones
confirmaron las predicciones de la teoría del espacio no euclidiano de Einstein.
El mundo real no era euclidiano después de todo. Las desviaciones de la
geometría de Euclides son muy pequeñas, poco mayores que una parte en cien mil
en la escala de nuestro sistema solar, pero su presencia fue innegablemente
confirmada por la observación exactamente como Einstein había predicho.
Lógicas y Lógicas
Si la geometría de
Euclides era una piedra angular del
universo, ella misma estaba construida sobre esa piedra fundamental de
la racionalidad que es la propia lógica. Desde la primera sistematización de la
argumentación lógica hecha por Aristóteles en el siglo IV a.c., las leyes de la
lógica se habían identificado con las leyes del pensamiento. Nunca se cuestionó
esto, puesto que las leyes tradicionales que gobiernan la maquinaria de la
deducción lógica que habían sido establecidas por Aristóteles son aparentemente
indiscutibles. En primer lugar, está la ley de la identidad : todas las cosas
son lo que son, es decir, dada alguna entidad llamada A, se tiene que A es A:
“un arado es un arado”. En segundo lugar, está la ley de no contradicción: es decir,
no pueden ser ciertos a la vez A y su negación no-A: “no se puede estar a la
vez vivo y muerto”. Finalmente, existe el “principio del tercio excluso”: todo
enunciado es o verdadero o no verdadero: se están leyendo estas palabras o no
se están leyendo. De la misma forma que la geometría euclideana se había
distinguido de las demás por la suposición de su exacta aplicabilidad a la
realidad, también se daba por supuesto que estas reglas describían la forma del
mundo.
Pero la metamorfosis
de la geometría euclideana en uno entre muchos sistemas posibles de geometría,
cada uno de ellos caracterizados por un conjunto particular de axiomas
definitorios cuya validez requería solo la coherencia, iba en desmedro también
del estatus de la lógica simple. Incluso si la experiencia seguía en efecto
estas tres leyes de la lógica simple, esto no las dotaba de un estatus
inviolables y especial a los ojos de los matemáticos. La lógica, como la
geometría, iba a divorciarse de la realidad física: sería una compleja sucesión
de juegos realizados con símbolos que creaban mundos de papel de derecho propio.
Las tres “leyes del
pensamiento” fueron desafiadas por los lógicos que exploraban nuevos sistemas.
Pero, sin duda, fue la tercera la que fue sometida a un examen más severo. Esta
hipótesis hace de la lógica simple una lógica bivalente porque cada enunciado
tiene dos posibles valores de verdad: verdadero o falso. Esta hipótesis está en
la raíz de muchas de las más famosas demostraciones matemáticas creadas por los
antiguos griegos. Garantiza la técnica de demostración por contradicción, o la
reducción al absurdo, en la que uno supone que lo que trata de probar que es
verdadero, es en realidad falso. El papel jugado por el tercer excluso es
obviamente esencial. Sin él, este medio de demostración deja de ser válido.
A comienzos de los
años veinte algunos lógicos como Jan Lukasiewicz,Emil Post y Alfred Tarski
mostraron que podían existir lógicas no bivalentes perfectamente consistentes.
Ellos no dieron por cierta la validez del tercio excluso, e inventaron lógicas
trivalentes, habiendo incluso 3.072 posibles versiones de ellas, permitiendo
que un enunciado fuera verdadero o falso o indecidido. Y, de hecho,
podrían incluso inventarse lógicas en las que cualquier proposición pueda tomar
uno cualquiera entre un infinito número de posibles valores de verdad. Según
uno de los propios creadores de estas lógicas, esto demostraba que “la ley del
tercio excluso no está escrita en los cielos”.
La demostración de
que tampoco había verdades necesarias sobre el universo acabó con los únicos
candidatos plausibles de que dispoinían los filósofos y teólogos como ejemplos
de verdades absolutas acerca del universo que nuestras mentes podían describir.
Los efectos
psicológicos del reconocimiento de que se podría idear todo tipo de diferentes
formas coherentes de razonamiento lógico fueron profundos y amplios. Tuvieron
un efecto liberador en los pensadores que luchaban con problemas cuya solución
parecía desafiar las formas tradicionales de argumentación.
Realidad Numérica
Una de las formas
mediante las que hemos intentado crear una visión tan sencilla de la realidad
consiste en representar los diversos aspectos de la misma en símbolos. Podemos
escoger tan pocos símbolos como queramos y asociar solo los aspectos
particulares de un fenómeno complejo con algún símbolo. De este modo, cosas muy
diferentes pueden compararse directamente haciendo referencia a los diferentes
símbolos que han sido empleados. Es necesario una buena elección de símbolos,
una elección inequívoca, y cuando esto se hace esto tenemos certeza y rigor
donde antes teníamos duda y confusión.
A lo largo de los años diferentes
civilizaciones humanas han llegado a
apreciar la utilidad de los símbolos para representar cantidades. Los números,
hicieron un largo aprendizaje durante el que no fueron utilizados para nada más
excitante que el inventario de objetos o el registro de días y las estaciones,
y el paso de las horas del día. Más tarde, en algunos pocos lugares, sucedió algo
extraño. Se descubrió que estos símbolos tenían una vida propia que dictaban la
forma en que debían ser manipulados. Y el modo en que eran utilizados hizo
posible que se pudieran predecir nuevos hechos acerca del mundo. Hizo
posible el
crecimiento de la ciencia tal como la conocemos. Hoy miramos hacia atrás y vemos la efectividad de los números como
lenguaje simbólico de la naturaleza, “la analogía que nunca deja de ser
válida”, y comenzamos a preguntarnos ¿por qué el mundo es así y cual es este
extraño lenguaje de las matemáticas que nos hace capaces de descifrar y
predecir el funcionamiento de la naturaleza? ¿es simplemente un resumen, que
nosotros inventamos, de lo que realmente ocurre, o es una parte de la realidad
que nosotros descubrimos? Si es así, ¿dónde existe?. Ciertamente no en el mundo
de espacio y tiempo en el que vivimos, porque éste es en si mismo describible
por esas mismas matemáticas.
Según pensaba Platón
y los pitagóricos, el universo estaba regida por ciertas pautas matemáticas básicas.
La frase “Dios utiliza siempre procedimientos geométricos”, se atribuye
a Platón y como se dijo antes algo similar estaba sobre la puerta de su
academia. Por deferencia al saber clásico, vale la pena explicar que estas
citas son probablemente mitos: lo más parecido que se ha podido documentar
aparece en el Gorgias, donde Platón dice que “la igualdad geométrica tiene
una gran importancia entre los dioses y los hombres”. La filosofía platónica, y
aún más en el caso de los pitagóricos, vio números y formas geométricas en
todas partes, a menudo incluso cuando no existían. Hay mucho de numerología y
misticismo en la visión platónica del mundo, veamos un ejemplo de esto tomado
de La República:
Pero si tuviéramos que
averiguar, inversamente, qué distancia hay del rey al tirano en el disfrute
del verdadero placer, encontraríamos
que el rey es setecientas veintinueve veces más feliz que el tirano, y, al
mismo tiempo, que el tirano guarda esa misma proporción en su infelicidad.
Para el numerólogo,
los números y sus símbolos no eran simplemente
marcas sin vida en pergamino, eran realidades fundamentales, llenas de
significado y de recuerdos del pasado. Para los medievales, los números extraían
significados simbólicos de varias fuentes tradicionales. Estaban las diversas
partes de la anatomía humana: dos brazos, cuatro extremidades, diez dedos y así
sucesivamente...pero estaban también los números en las estrellas. Si podía
adivinarse un número a partir de los movimientos o la estructura de los cielos
, entonces se le atribuía una reverencia especial adecuada a la circunstancia
de haber sido ordenado divinamente. En la raíz de estas creencias astrológicas
estaba la búsqueda de la misteriosa
conexión entre la marcha de los cielos y los asuntos humanos. La forma en que
los números podrían actuar como medio a través del cual podían canalizarse
semejantes conexiones entre lo local y lo cósmico puede verse en muchas
situaciones. Los siete días de la semana son nombrados según los siete planetas
entonces conocidos. Para los medievales, el profundo significado de tales
ejemplos estaba garantizados por el reconocimiento de un número tras otro en las
páginas de la Biblia. Entretejido con estas referencias bíblicas estaba el hilo
numerológico que proporcionaba la tradición pitagórica del simbolismo numérico.
Era un hilo que ligaba estrechamente a cualquiera que trataba de mirar el
universo de nuevas maneras. Las matemáticas no eran sólo matemáticas. Igualar
números significaba cosas extrañas para muchas personas. Aún sentimos algo
extraño de esta poderosa tradición.
La astrología creó
la opinión de que cantidades fijas, descritas por el mismo número, estaban
relacionadas de alguna forma. Así, por ejemplo, existían conexiones entre el
siete en los cielos y los sietes encontrados en las sagradas escrituras y el
calendario. El giro ofrecido por la herencia pitagórica consistían en que ahora
se podía adquirir un nuevo conocimiento manipulando estos números: sumándolos,
restándolos, organizándolos en secuencias o pautas geométricas: Todas estas
actividades requerían intérpretes con la capacidad de extraer los verdaderos
significados de las cosas del mundo de
las apariencias. La Iglesia se estaba acomodando a este vínculo entre misterios
numéricos y números astrológicos, tratando de explotar los símbolos numéricos
como un modo de demostrar la inspiración y profunda armonía de las escrituras.
No estaba sola ni mucho menos en esta tarea. Las otras grandes religiones
monoteístas tenían también sus aspectos numerológicos con similares orígenes y
objetivos. Ninguna mención de un número en las Escrituras Sagradas se
consideraba superflua. Su verdadero significado en el esquema cósmico de las
cosas tenía que ser mediante el estudio
de intrincados factores comunes. Y la jerarquía de oficios y ceremonias
religiosas tenía su base en este esquema numérico. De este modo los números llegaron a poseer un aspecto que
estaba dentro del alcance del cálculo humano aunque seguían teniendo otros que
sólo podrían ser comprendidos por revelación divina. Cada usuario de los
números añade su propio ingrediente subjetivo a la cuestión de su verdadero
significado y su relación con los significados de otros aspectos de la
realidad. Casi igual de peligroso era el prejuicio de que todo tenía que tener
un aspecto numerológico. Como resultado de esto materias como la medicina, que
tenían poca o ninguna necesidad de números para el diagnóstico, lo introdujeron
como demostración de su importancia filosófica. Un divertido ejemplo de este
enfoque es la famosa ocasión en que Leonhard Euler, el gran matemático suizo
que fue en algún tiempo tutor de Catalina la Grande de Rusia durante el siglo
XVIII, decidió engañar a los filósofos volterianos de la corte en una discusión
sobre la existencia de Dios.
Pidiendo
una pizarra escribió:
(x+y)2 = x2+2xy+y2
luego Dios existe
Poco dispuestos a confesar si
ignorancia de la fórmula, o incapaces de cuestionar su relevancia para el tema
que trataban, sus oponentes aceptaron sus argumento con un gesto de profundo
asentimiento con la cabeza
La lección que se
extrae de este ejemplo de una parte de
nuestro pasado es que hubo un tiempo en que todos los números y sus símbolos
poseían significados profundos y polifacéticos. La combinación de números en
ecuaciones o mediante otras operaciones lógicas producía nuevos significados
que resonaban en los cielos. Es importante tener en cuenta este aspecto del
pasado cuando llegamos a considerar uno de los intentos más recientes para
explicar que son las matemáticas en un intento de colocarlas muy firmemente
bajo el control de la mente humana.
Incluso hoy en día,
el misticismo numerológico no se ha desvanecido por completo. El cristalógrafo
Alan MacKay, en un artículo titulado “Pero ¿qué es simetría?”, observaba:
Tenemos una vena pitagórica en
nuestra cultura que siempre nos ha hecho ver
como aceptable la idea de que,
en cierto modo, la figuras geométricas dotadas de simetría –en particular los
cinco sólidos platónicos- están en la base de todas las cosas
Sin embargo, como explica MacKay en el mismo
artículo, estos rasgos de misticismo católico perduran porque nos parecen
útiles:
El discurso sobre la
estructuras sólidas es imposible si no se es realmente capaz de hacer surgir de
la memoria conceptos prefabricados, recorriendo uno a uno los distintos
niveles, entre los cuales el más sencillos es, si se quiere, el de los sólidos
platónicos. Las expresiones hechas, tales como “triancontaedro rómbico” o
“paradiclorobenceno”, poseen significados precisos. Si no sabemos lo necesario
acerca de ellos, no podremos ni siquiera empezar a utilizar ese árbol de
conceptos jerárquicamente estructurado que es la ciencia moderna.
Simetría
Siempre se ha considerado la simetría como un
tipo de accidente en la geometría. En otros aspectos como la biología, la
simetría forma parte de la evolución, tener dos ojos ubicados simétricamente es
mucho menos costoso que tenerlos asimétricos, cuerpos como las estrellas de mar
presentan una disposición de sus brazos que parecen tener más sentido estético,
sin embargo hay razones que indican que la forma simétrica de la estrella de
mar tiene sentido en cuanto a la recolección de sus alimentos de manera más
simple y la forma más simple de disponer cinco puntos es la forma pentagonal,
ya que es simplemente una repetición cinco veces una distancia.
Siguiendo lo que en
ellos es una costumbre, los matemáticos se pusieron a darle vuelta de campana a
todo y empezaron a considerar que la geometría, o más bien dicho, las geometrías,
eran una consecuencia de la geometría.
Felix Klein, un matemático alemán, fue el que
convirtió las simetrías en algo fundamental y a las geometrías en algo
secundario. Como buen alemán, Klein quiso poner orden en el caos de la geometría.
Sin embargo, en vez de ponerse a catalogar todas las posibilidades, introdujo
un nuevo elemento en la estructura matemática. En 1872, en la Universidad de Erlangen,
dio una clase magistral que ha pasado a la historia bajo el nombre de Programa de
Erlangen. La esencia del programa de Klein consistía en afirmar que la geometría
es teoría de grupos. Los grupos se forman a partir de las transformaciones que
dejan invariables las nociones básicas de la geometría, pero esta relación se
puede invertir, de forma que , según las palabras del alemán “las propiedades
geometricas se caracterizan por su invariabilidad al ser sometidas a un grupo
de transformaciones” cada tipo de geometría posee su propio grupo; sin embargo,
dentro del marco de ese grupo, cada geometría se desarrolla siguiendo líneas análogas.
La teoría de grupos proporciona ese terreno común que constituye la conexión
entre las distintas geometrías.
Por ejemplo, en la
geometría euclideana las nociones básicas son las distancias y los ángulos. Las
transformaciones que conservan las distancias y los ángulos son precisamente
los movimientos rígidos. La idea de Klein consiste en invertir este argumento:
tomar el grupo de movimientos rígidos como objeto básico y, a partir de ahí,
deducir la geometría. Así, un concepto geométrico que sea legítimo en la
geometría euclideana es algo que permanece invariable después de aplicarle un
movimiento rígido. Un concepto de este tipo es por ejemplo el triángulo rectángulo
, sin embargo el concepto horizontal no lo es, porque las líneas rectas se
pueden inclinar al aplicarles movimientos rígidos. La obsesión de Euclides por
los triángulos semejantes como método de demostración se vuelve así transparente, ya que dos triángulos son
semejantes cuando uno de ellos puede ser colocado sobre la parte superior del
otro mediante un movimiento rígido.
En una de las
variedades de geometrías no euclideanas, la geometría elíptica, las paralelas
no existen en lo absoluto. En otra de las variedades, la geometría hiperbólica,
las paralelas existen en haces infinitos. Cada tipo de geometría no euclideana
tiene su propio grupo de movimientos rígidos: movimientos que conservan las
distancias, según la particular idea de distancia que exista para esa geometría.
Como ejemplo de estas geometrías se incluye una figura que muestra una litografía
de Escher basada en la geometría hiperbólica. Aunque los ángeles y los demonios
parecen encogerse a medida que se acercan al borde del círculo, esto es cierto
solo según la típica noción euclideana de distancia. En la noción de distancia
vigente en la geometría hiperbólica, todos los ángeles y todos los demonios son
idénticos, formando una especie de embaldosado deñ plano hiperbólico. Es evidente
que este plano tiene mucha simetría.
El punto de vista de Klein ejerció una gran influencia, no solo porque
unificaba la amplia gama de geometrías, sino también porque los matemáticos de
su época iban descubriendo que sus problemas se centraban cada vez más en torno
a las transformaciones y los grupos. Henri Poincaré decía que “la teoría de los
grupos es, en cierto modo, como si tomáramos las matemáticas en su conjunto y
las despojáramos de su materia para dejarlas en reducidas en forma pura”.
A partir de aquí el
desarrollo de las teorías de grupo fue inmenso y tuvo muchos seguidores pero no
es mi intención hablar de ellos, no porque no sean importantes, sin duda que lo
son y mucho, pero quería concluir contando que pueden existir, como hemos
visto, múltiples formas de geometría, y no es precisamente la euclideana la que
se adapta mejor a la naturaleza, ni tampoco como se cree la única posible de imaginar en nuestras mentes, Einstein da
un ejemplo fantástico de esto en el famoso ensayo citado al principio, donde
dice al final del texto “Hoy, mi único objetivo ha sido demostrar que la
facultad humana de visualización no está condenada a rendirse ante la geometría
no euclideana”.
Lo que debe tenerse
en claro es que hay demasiadas interpretaciones de cómo es nuestro mundo,
tantas como individuos si se quiere y si lo que pretendemos es buscar el consenso,
este a mi juicio no llegará nunca, porque si así fuera llegaría un momento en
el que encontraríamos la verdad absoluta y ahí no detendríamos, me parece mejor
pensar, dado a que la historia nos ha enseñado que todas las teorías se han refutado, que vivimos de una ciencia
laberíntica la cual no tiene una única salida.
Una de las películas
más famosas del director de cine japonés Akira Kurosawa, Rashomon, presenta una
secuencia de sucesos que al principio parece muy simple. Una mujer joven es
atacada cuando viaja a través de los bosques con un grupo de amigos y
parientes. Lo que sigue es una serie de relatos de los sucesos por parte de
todos los participantes. Cada relato es diferente, muy diferente, pero cada uno
es el relato de un testigo ocular de los mismos sucesos. Uno espera que estas
contradicciones se resuelvan al final, dejando la historia como un relato
simple y sencillo de la verdad absoluta de lo que tuvo lugar. Pero no aparece
tal desenlace y, cuando la película termina uno se queda reflexionando en como
nuestro deseo de una visión inequívoca del mundo es tan fuertemente sentido y
tan raramente satisfecho.
Quizás todo es parte
de nuestra paranoica mentalidad la cual trata de encontrar relaciones en todos
lados y cuando se repite una par de veces establecemos leyes las cuales creemos
tautológicas.
Un divertido ejemplo
de esto es en la novela del escritor y semiólogo italiano Umberto Eco El péndulo
de Foucault.
Señores -dijo-, les invito a que vayan a
medir aquel kiosko. Verán que la longitud del entarimado es de 149 cms., es
decir, la cien mil millonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol. La
altura posterior dividida por el ancho de la ventana da 176/56=3,14. La altura
anterior es de 19 decímetros, que corresponde al número de años del ciclo lunar
griego. La suma de las alturas de las dos aristas anteriores y de las dos
aristas posteriores da 190 x 2 + 176 x
2 = 732, que es la fecha de la victoria de Poitiers. El espesor del entarimado
es de 3,10 cms., el ancho del marco de la ventana es de 8,8 cms. Si reemplazamos
los números enteros por la letra alfabética correspondiente, tendremos C10H8,
que es la fórmula de la naftalina.