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  • BIOGRAFÍA

     

    Friedrich Wilhelm Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken bei Lützen, pueblo de la provincia prusiana de Sajonia. Su padre fue el párroco protestante del lugar, Karl Ludwig Nietzsche, y su madre, Franziska Oebler. Durante toda su vida acarició Nietzsche, no sin orgullo, la idea de que sus antepasados habían sido nobles polacos asentados en Prusia en siglos anteriores. Esta creencia se hallaba desprovista de todo fundamento, pero ha puesto también de manifiesto el notable hecho de que Nietzsche poseía antepasados comunes tanto con Samuel Pufendorf, el célebre jurista e historiador, como con los hermanos Schlegel y con Ricardo Wagner. En agosto de 1948, el padre de Nietzsche cae por una escalera de su casa y muere en julio del año siguiente como consecuencia de las lesiones sufridas, cuando sólo contaba con treinta y seis años de edad.

    Casi inmediatamente la madre abandona Röcken con sus dos hijos, Friedrich y Elizabeth, y su traslada a Naumburg, al lado de su suegra, donde permanecerá ya hasta el fin de su vida. En Naumburg pasa Nietzsche los años de su niñez en un ambiente exclusivamente femenino compuesto por su abuela paterna, tres tías, su madre y su hermana.

    La relación con sus parientes, especialmente con su madre y su hermana, por más distantes que las dos estuvieran siempre de sus ideas, constituye un elemento esencial en la vida y en destino de Nietzsche.

    En Naumburg recibe Nietzsche la enseñanza primaria, y después, en el Gymnasium o Instituto de Segunda Enseñanza, la secundaria. Pocas noticias tenemos de esta época, pero las que poseemos lo presentan como alumno aprovechado, con una rara inclinación por los libros y el estudio; ya en este tiempo comienza a mostrarse su gran pasión por la música, que tan decisiva influencia iba a ejercer sobre su vida y su pensamiento.

    Nietzsche no sólo ejecuta el piano, sino que posee una sensibilidad musical extraordinaria. La música es para él una gran fuerza metafísica. “Dios nos ha dado la música –escribía a los catorce años- para que seamos conducidos por ella hacia lo alto. La música reúne en sí todas las cualidades, puede elevar, juguetear, puede alegrarnos, puede incluso, con sus sonidos dulces y melancólicos, quebrantar el ánimo más tosco. Su destino principal es, empero, conducir nuestros pensamientos a lo alto, elevarnos, incluso estremecernos de emoción...”

    En octubre de 1861 ingresa Nietzsche como becario de la ciudad de Naumburg en la Escuela humanística de Schulpforte, una de las más célebres instituciones de Alemania, de cuyas aulas han salido algunos de los más famosos investigadores.

    Aislada la Escuela en el paisaje y reglamentada estrictamente la vida de los alumnos, que se levantan a las cinco de la mañana  y se acuestan a las nueve de la noche, la actividad entera dentro de Schulpforte se hallaba concentrada en el estudio. En los seis años que Nietzsche pasó aquí, adquirió los fundamentos de toda su formación científica; sobre todo, la base sólida de su saber humanístico y el dominio profundo de las lenguas clásicas.

    Aquí es también donde comienza a mostrar un temperamento agudo y entregado a la reflexión.

    En Schulpforte se revela también su amor por Hölderlin, el trágico poeta, amor que ya no le abandonará nunca, y sobre todo, su preocupación por los problemas religiosos. Nietzsche, educado en un ambiente estrictamente ortodoxo y pirtista, llega a Schulpforte con una fe cristiana intacta y un ánimo piadoso. Sin embargo, dirige sin cesar su reflexión hacia este ámbito, y poco a poco va viendo como la pura fe se diluye en un intento por comprender racionalmente el objeto dogmático de la creencia. Es como si aquí, en la esfera reducida de un alma, se repitiera el proceso de la teología protestante del siglo XIX.

    Pero es, sin embargo, en el verano de 1864, recién salido de Schulpforte, cuando Nietzsche dará la expresión más acabada de su preocupación religiosa. Esta expresión se halla en una poesía que lleva como título Al Dios desconocido, y en cuya última estrofa dice:

     

    “¡Quiero conocerte, desconocido,

    a ti que tan profundamente penetras mi alma,

    a ti que atraviesas por mi vida como una tormenta,

    a ti, el inconcebible, el afín conmigo!

    ¡Quiero conocerte, quiero servirte!”

     

    El Muluszeit, los mese que median entre la terminación de la segunda enseñanza y la entrada en la Universidad, lo pasa Nietzsche con Paul Deussen; primero en Naumburg, después recorriendo la región del Rin y haciendo una etapa en Neuwied, en casa de los padres de su amigo. De aquí parten los dos para Bonn, en cuya Universidad se matriculan como estudiantes. La ambición de la madre de Nietzsche era que su hijo estudiase teología y siguiera la carrera eclesiástica como su padre y la mayoría de sus antepasados. En su primer semestre académico en Bonn, el del invierno 1864-65, Nietzsche figura, en efecto, como estudiante de teología y, a la vez, matriculado en filología en la Facultad de Filosofía. Mientras tanto, la racionalización de la fe comenzada en Schulpforte avanza lentamente hacia una negación de los valores cristianos, que aparta a Nietzsche definitivamente de la teología. En el siguiente semestre la decisión está ya tomada. Muy a disgusto de su madre, Nietzsche abandona el estudio de la teología y se dedica exclusivamente a la filología.

    El año que Nietzsche permanece en Bonn es una época de transición que se pierde en propósitos y tentativas; la época de un estudiante que se esfuerza en hallar un esquema de trabajo para su formación intelectual. Nietzsche llega a Bonn con una formación sólida en los estudios clásicos y poco más que nula en las demás ramas del saber. En su curriculum para la Universidad de Basilea describirá él qué bien enseñado y qué mal formado llega a la Universidad un pfortense, tal como él lo era. Ha pensado toda una suma de cosas, y le falta la destreza para darle expresión. La vida de Nietzsche en Bonn es la de un estudiante cualquiera. Con su amigo Deussen se hace miembro de la “Franconia”, corporación estudiantil, de la que al año siguiente se separará. En la época de Bonn tiene lugar también un incidente oscuro, que ha sido objeto de múltiples interpretaciones, y al que, recientemente, a dado también forma literaria Thomas Mann en su Doktor Faustus. Deussen lo relata así: “Un día, en febrero de 1865, fue Nietzsche solo a Colonia y allí hizo que un mozo de cuerda le guiara a ver algunos monumentos de la ciudad, pidiéndole, al fin, que le condujera a un restaurante. El mozo, empero, en lugar de hacerlo así, le conduce a una casa de mala nota. “De repente –me contaba Nietzsche al día siguiente- me vi rodeado por media docena de figuras envueltas en gasas y lentejuelas, que me miraban expectantes. Durante unos momentos permanecí atónito. Después, instintivamente, me acerqué a un piano, el único ser con alma que había allí, he hice sonar unos acordes. Esto me sacó de mi estupor, y escapé a la calle”.

    Es en Bonn donde Nietzsche conoce a Friedrich Ritschl, el célebre filólogo y su maestro futuro. Lo que Nietzsche veía en Ritschl era la voluntad firme y clara que podía guiarle en su formación científica, un inquebrantable sentido de la verdad, por el cual, años más tarde, no dudaría en calificarle de “mi conciencia científica”. En 1888, en Ecce homo, hablará de él emocionadamente: “Ritschl, lo digo con reverencia, es el único científico genial que he encontrado hasta hoy.” Siguiendo a Ritschl, que, en 1865, se traslada de Bonn a Leipzig, Nietzsche se matricula en esta Universidad, en la cual permanecerá hasta 1869.

    Leipzig es la etapa decisiva en la formación de Nietzsche. En la “Asociación Filológica”, fundada por él y otros estudiantes, conoce a Erwin Rohde, más tarde filólogo de fama mundial, con el que le unirá hasta poco antes de la catástrofe una amistad y un cariño entrañables. Es en Leipzig donde traba contacto por azar con la filosofía de Schopenhauer, bajo cuyo influjo se desarrollará toda la obra de su juventud. La impresión que le causo a Nietzsche la primer lectura de una obra de Schopenhauer, queda plasmada en estas palabras: “Cada línea gritaba aquí renunciación, negación, resignación, y aquí encontré un espejo en el que pude contemplar con terrible grandeza el mundo, la vida y el propio ánimo. Aquí me miraba el sol pleno y desinteresado del arte, aquí vi dolencia y curación, destierro y asilo, infierno y cielo”. En Leipzig, en fin, conoce también Nietzsche en casa del profesor Brockhaus a Wagner.

    En Leipzig, Nietzsche se incorpora al círculo reducido de los discípulos de Ritschl y recibe entre ellos su formación científica definitiva. En enero de 1866, pronuncia Nietzsche en la “Asociación Filológica” una conferencia sobre Teognis, el poeta griego a cuya obra había dedicado ya un trabajo durante sus años de Schulpforte. Nietzsche pone el manuscrito de la conferencia en manos de Ritschl, que lo exhorta a que la reelabore convirtiéndola en un pequeño libro. Al lado de Ritschl, Nietzsche aprende el oficio de filólogo de una manera profunda, como lo prueban sus trabajos.

    Ritschl ve en Nietzsche exclusivamente el filólogo, el alumno de dotes extraordinarios con un magnífico porvenir dentro de la Universidad. Nietzsche, en cambio,  no considera la filología  como su vocación, ni siquiera como la profesión principal de su vida, sino como un mero adiestramiento del espíritu, como “una ciencia que puede cultivarse con reflexión desapasionada, con frialdad lógica, por medio de un trabajo uniforme, y sin que sus resultados le hablen a uno al corazón”. Bajo la labor filológica, exacta y realizada por él con toda precisión, arde en Nietzsche el fuego de la preocupación filosófica. Lo que le preocupa verdadera y personalmente son los  grandes problemas del mundo histórico, la estructura de la ética cristiana, el destino de la cultura occidental. Dos veces piensa en doctorarse en filosofía, y una de ellas llega incluso a doctorar una tesis que no se ha conservado, sobre los “Esquemas fundamentales de la representación”, que no es aceptada por la Facultad de Filosofía de Leipzig. La tensión entre filosofía y filología determina el curso de su desarrollo posterior y agota sus fuerzas en los años siguientes, hasta que una decisión heroica le entrega, al fin, plenamente a su destino auténtico.

    En 1866 estalla la guerra entre Prusia y Austria, y Nietzsche sigue con entusiasmo la política de Bismarck. Al principio fue declarado inútil para el servicio militar por causa de su miopía, pero al año siguiente, de modo inesperado, es incorporado al ejercito como soldado de artillería.  Los meses que pasa en Naumburg, interrumpen casi completamente sus estudios, y además, padece una grave caída de un caballo que le tiene en cama durante cinco meses sometido a tratamiento médico. Hasta octubre de 1868 no puede retornar a Leipzig y entregarse de nuevo plenamente a la labor científica. Su plan es ahora dedicarse por entero a preparar su tesis doctoral y, a continuación, realizar un viaje por el extranjero, para visitar sobre todo las bibliotecas de París. En la Universidad de Basilea ha quedado vacante la cátedra de filología clásica y Nietzsche es nombrado a los veinticuatro años profesor extraordinario; un caso único en el mundo universitario alemán. Todavía no posee el grado de doctor, pero la Facultad de Filosofía de Leipzig se lo otorga sin examen, basándose en los trabajos ya publicados por él.

    Con su nombramiento de profesor de filología, Nietzsche se ve forzado a seguir un camino extraño a su vocación y a sus más íntimos anhelos.

    El primer semestre que Nietzsche da clase en Basilea es el del verano de 1869. La Universidad y la ciudad misma experimentaban a la sazón, en el primer período de calma después de las graves luchas políticas de la generación anterior, una época de resurgimiento cultural, un “segundo humanismo”. Espíritus universales en los que todavía vive la gran tradición del movimiento clásico alemán de principios de siglo, imprimen su sello a la ciudad: el filósofo Gustav Teichmüller, el pintor Arnold Böcklin, el etnólogo e historiador del Derecho J.J.Bachofen, Jakob Burckhardt. Con todos ellos, a excepción de Böckrin, mantuvo Nietzsche relaciones más o menos estrechas. Nietzsche asistió a dos célebres cursos de Burckhardt: en el semestre del invierno de 1870-71 al curso “Sobre el estudio de la historia” y en el semestre del verano de 1876, al curso sobre “Historia de la cultura griega”. No hay duda de que el trato con el viejo historiador fue uno de los grandes influjos espirituales experimentados por Nietzsche durante sus años en Basilea. En 1870 se une a estas amistades la de Franz Overbeck, el nuevo profesor de historia de la Iglesia en la Universidad, una de las más extrañas y complejas personalidades del siglo XIX, sobre cuya obra y sobre cuyo pensamiento sólo en los últimos años comienza a hacerse alguna claridad. Nietzsche le llama “el hombre y el investigador más serio, más liberal y, personalmente,  más amable y sencillo que uno puede desearse como amigo; y a la vez, de ese radicalismo sin el cual yo ya no puedo tratar con nadie”.

    La experiencia vital de Nietzsche durante sus primeros años de Basilea es la amistad con Richard Wagner. En julio de 1869, escribía Nietzsche: “Richard Wagner es como hombre absolutamente de igual grandeza y singularidad que como artista”. El viejo compositor y reformador, treinta años mayor que él, ejerce con su poderosa personalidad una especie de fascinación sobre Nietzsche. Wagner es para él la personificación del “genio” en el sentido que Schopenhauer da a esta palabra; su música, su concepción entera del arte como una potencia cultural y política le aparecen como la clave para una  renovación de la cultura alemana, como el único remedio contra la nivelación, contra la banalización de la existencia en el Estado moderno. Nietzsche escribirá en mayo de 1872,  después de la partida de Wagner para Bayreuth: “¡Qué no significan para mí estos tres años pasados en las cercanías de Tribschen –lugar donde residía Wagner-...!  Si me faltaran, ¿Qué sería yo?”.

    En el marco de estas amistades se desarrolla la vida y el pensamiento de Nietzsche durante sus años en Basilea. Una vida y un pensamiento que se hallan durante toda su existencia bajo el signo de una lucha incesante entre su profesión de filólogo y su impulso filosófico. La solución la ve en llevar a la filología sus anhelos filosóficos, utilizándola como medio e instrumento para una labor educadora. En su lección inaugural, “Homero y la filología clásica”, pronunciada el 28 de mayo de 1869. El problema sobre el que Nietzsche vierte aquí su atención no es, en realidad, Homero, sino la situación de la filología de su tiempo, sus posibilidades como potencia formativa.  Su conclusión es: “Toda actividad filológica tiene que estar abarcada y sostenida por una concepción filosófica del mundo, en la que se evapora como inadmisible todo lo singular y aislado, no quedando en pie más que lo total y unitario”. La idea que aquí se apunta adquiere contornos precisos en dos conferencias pronunciadas a comienzos del año siguiente: “El drama musical griego” y “Sócrates y la tragedia”. Una de las nociones fundamentales de Nietzsche comienza ya a perfilarse: “El error común a todo el racionalismo, con Sócrates a la cabeza, es la creencia de que puede transformarse el ser humano por medio del conocimiento”.

    Todas estas concepciones van a adquirir forma y expresión clásicas en un libro, el primero que Nietzsche da a la imprenta: El origen de la tragedia. Con este libro dirá Nietzsche en una anotación póstuma: “por  alguien que retorna del más extraño de los países, ni diciéndolo todo ni callándolo todo”, formula aquí su idea de la misión y del sentido de la filología clásica. Desde 1870 Nietzsche se ocupa constantemente con el proyecto de una obra comprensiva sobre los griegos. En un principio, el centro de gravedad de ella debía haberse hallado en el nacimiento y desarrollo de la tragedia ática; más adelante, y con el título de “Serenidad griega”, Nietzsche traza el plan de un trabajo sobre el espíritu griego y sus formas históricas. Hacia mediados de 1871 estos proyectos sufren una transformación decisiva, y la obra originaria se convierte en una interpretación del alma helena desde un punto de vista estético y con el arte de Wagner como fondo y motivo último. En este carácter inconcluso, en esta falta de continuidad, en muchas de sus partes radica sin embargo, de otro lado, el encanto y la fuerza singulares de este libro, al que Nietzsche llamará “un libro imposible” en su Autocrítica de 1876. Es producto de una mente a una busca de nuevos caminos. Lo más importante en el libro no son los conceptos, ni siquiera la contraposición de lo “dionisíaco” y lo “apolíneo”, que Nietzsche no abandonará ya nunca, no es tampoco su posición frente a Sócrates histórico, sino el tono general, el movimiento que anima cada una de sus páginas. En el libro hay que ver, de un lado, el fruto de un largo desarrollo intelectual, y, de otro, un comienzo, en el que se halla el germen de todo el pensamiento posterior de Nietzsche.

    El libro produjo entusiasmo entre los amigos. Los representantes de la filología oficial, en cambio, responden con un silencio helado. Sin embargo, no era sólo silencio lo que iba a encontrar la obra. En junio del mismo año aparece con el título Filología del futuro un folleto de U. von Wilamowitz-Möllendorf, el que iba a ser famoso helenista, en el que se atacaba despiadadamente el libro de Nietzsche, diciendo que en él “la soñada genialidad y la desvergüenza en la formulación de afirmaciones de halla en exacta relación con la ignorancia y la falta de amor a la verdad”. Wagner responde al ataque con una carta abierta publicada en la Norddeutsche Allgemeine Zeitung, en la que se recomendaba a Nietzsche seguir el consejo de Sócrates y no responder con una patada a la coz del asno;  en el otoño hace lo mismo Rohde con un folleto, After-Philologie, en el que refuta detalladamente las afirmaciones de Wilamowitz. Nada, sin embargo, logra apartar de la cabeza de Nietzsche el anatema lanzado contra él por la filología oficial. Los profesores de las Universidades alemanas aconsejan a sus estudiantes que no acudan a Basilea, y en el invierno de 1872-73 Nietzsche no tiene más que dos alumnos, ninguno de los cuales es estudiante de filología.

    Con la condena unánime por parte de la filología universitaria termina, en realidad, la carrera de Nietzsche como filólogo; por lo menos, termina su intento de renovar desde  dentro de la filología clásica y de hacer de ella un elemento educador y conformador de la cultura moderna. Fracasada su tentativa con la filología, Nietzsche ensaya un nuevo camino.  Si El origen de la tragedia había descansado en un propósito esencialmente constructivo, este nuevo camino es más bien, destructivo. Su expresión se halla en las Consideraciones intempestivas. La primera de las Consideraciones, la que más resonancia y más contradicción iba a provocar, aparece en 1873n y lleva como título David Strauss, el confesional y el escritor. El problema es aquí el de la despersonalización e instrumentalización de la cultura. David Strauss, que acaba de publicar La fe antigua y la fe nueva (1872) es el objeto del ataque de Nietzsche como representante de una burguesía que descansando en sus triunfos militares veía en la cultura y en los valores históricos, no algo con lo que había de mantener una relación individual y dinámica, sino medios para el goce material y soluciones definitivas que garantizaban la seguridad y la ausencia de preocupaciones profundas. En la primera página, casi en las primeras líneas del escrito, se leen ya palabras proféticas y admonitorias a la Alemania satisfecha, victoriosa de las armas francesas. “Un  gran triunfo es un gran peligro. La naturaleza humana soporta más difícilmente un triunfo que una derrota, más aún, parece incluso que es más fácil lograr un triunfo tal, que soportarlo de manera que no surja de él una derrota más grave”. La prensa nacionalista, con el Grenzbote a la cabeza, se desata, es verdad, contra un libro en el que sólo ve una ofensa contra el poder ascendente de la Alemania de Bismarck; Nietzsche, sin embargo, sabe ahora que se halla en buen camino, y con una rapidez de concepción asombrosa da a luz en el espacio de un año otras dos Consideraciones: Sobre la utilidad y el daño para la vida de la historia (1874) y Schopenhauer como educador (1874). La potencia expresiva de Nietzsche alcanza en ambas calidades que superan  con mucho la de sus anteriores libros, la concepción se ha hecho más clara, la capacidad crítica incomparablemente más aguda; y sin embargo, ninguno de los dos nuevos escritos alcanza el eco de El origen de la tragedia o del David Strauss. En los dos, y sobre todo en el dedicado al análisis de la conciencia histórica, la obra quizás más profunda que nos ha dejado Nietzsche se debaten problemas como el del historicismo o el del sentido educador de la personalidad, que se hallaban por necesidad fuera del horizonte de su época, y a los que sólo lentamente iba a encontrar acceso el pensamiento occidental. La última Consideración entre las impresas, Ricardo Wagner en Bayreuth (1876), el libro más penetrante que se ha escrito sobre el gran músico, queda sin eco alguno, porque, poco después de su aparición, tiene lugar la ruptura de Nietzsche con Wagner.

    Las publicaciones de Nietzsche son la parte externa de su actividad en estos años, un retorno a sí mismo, una clarificación paulatina del propio destino, el descubrimiento del cometido a cuyo servicio debía estar su pensamiento. En abril de 1874 escribía a Carl von Gersdorff: “no busco otra cosa que un poco de libertad... y me defiendo, me rebelo contra los muchos, indeciblemente muchos elementos no libres que hay  en mí”. Nietzsche va adquiriendo conciencia cada vez más clara de qué es lo que sus más profundos instintos le llamaban a realizar, y va percibiendo el carácter falso y estéril de su existencia como profesor de filología. En los últimos años de su vida consiente Nietzsche designará como causa principal de ella la “conversión” de Wagner al cristianismo y su apología y glorificación en el Parsifal. Nietzsche sitúa, en efecto, sus propios ideales en Wagner como en Schopenhauer, convirtiéndose los dos para él en personificación de lo que exige de la vida en sentido ético. En este profundo sentido hay que entender el pasaje de Ecce homo en que dice que en sus dos últimas Consideraciones, si se quiere entenderlas, es preciso poner el nombre de Nietzsche allí donde se lee  Schopenhauer o Wagner. La destrucción de esta ilusión idealizadora, a medida que Nietzsche alcanza su propia madurez, es la causa última, tanto de la separación de Wagner como del abandono de la filosofía de Schopenhauer.

    La amistad entre Nietzsche y Wagner alcanza su cenit el 22 de mayo de 1872, el día en que el Maestro coloca con Nietzsche y un reducido grupo de amigos la primera piedra del teatro de Bayreuth. A partir de entonces, Nietzsche deja de frecuentar cada vez más el trato con Wagner y su esposa y la correspondencia con ellos en los años siguientes se limita casi a invitaciones desde Bayreuth y a evasivas corteses pero firmes por parte de Nietzsche. El choque decisivo tiene lugar en 1876, con ocasión de la inauguración de los festivales de Bayreuth, para los que Nietzsche había escrito su cuarta Consideración. Lo que Nietzsche ve en  Bayreuth, y que Kurt Hildebrandt nos ha descripto en páginas inolvidables, le da fuerzas para tomar una decisión, le empuja, más bien necesariamente a una decisión. El teatro convertido en pura maquinaria, una música enervante sirviendo de narcótico a la alta burguesía, personalidades políticas y sociales dando realce al espectáculo, en esto habían venido a parar los sueños de dar nueva vida a la tragedia ática, de convertir al arte en la potencia educadora de la nación. Nietzsche, que había pasado los pocos días de su estancia en Bayreuth aquejado de constantes dolores de cabeza y sin frecuentar apenas el trato de los círculos wagnerianos, escapa de repente de la ciudad y busca refugio en Klingenbrunn, en Bohemia, donde comienza a escribir los primeros pensamientos de lo que iba a ser, más tarde, Humano, demasiado humano.

    En estrecha relación con este proceso de liberación interna se encuentra también la enfermedad que ahora, de modo casi súbito, ataca la constitución por lo demás robusta de Nietzsche, que hasta entonces no había padecido ninguna enfermedad seria, se ve atacado cada vez más persistentemente por dolores agudísimos de cabeza y trastornos estomacales, mientras que, a la vez, su vista decrece de modo alarmante. En Ecce homo considerará Nietzsche su dolencia en Basilea como un don benéfico: “La enfermedad me liberó lentamente, me ahorró toda clase de ruptura, toda acción violenta y desagradable... me dio algo así como un derecho al cambio radical de todas mis costumbres”. Parece que su enfermedad no era de carácter orgánico, sino de raíces psíquicas, es decir, que su relación con la situación espiritual de Nietzsche entonces era aproximadamente la contraria de la que él iba a construir pasados los años. De octubre de 1876 a mayo de 1877, lo pasa Nietzsche en Italia, en Sorrento, donde es acogido y atendido por Malwida von Meysenbug. Nietzsche no va solo, sino que lo acompañan Paul Rée, un escritor filosófico que había publicado ensayos positivistas sobre el origen de las representaciones morales,  y Albert Brenner, un discípulo de Nietzsche, que trata de restablecer en el Sur su salud quebrantada. El 27 de octubre pasa Nietzsche la velada con Wagner y su esposa, que viven también en un hotel en Sorrento; es la última vez que se verán los dos. Aquí continua también Nietzsche trabajando en la obra comenzada en Klingenbrunn, la cual debió llevar originalmente el título de “La reja del arado”. Las anotaciones y borradores de estos meses, los llamados “papeles sorrentinos”,  de los cuales tan sólo una parte pasará después a Humano, demasiado humano, es el gran resultado de este período de la vida de Nietzsche. Vuelto a Basilea, su estado experimenta un empeoramiento repentino que se prolonga durante los dos años siguientes. Por fin, el 2 de mayo de 1879, tiene que renunciar a su cátedra, y las autoridades de la ciudad le conceden en atención a los servicios prestados una pensión anual de tres mil francos, que le permitirá, en los años siguientes, entregarse exclusivamente a su obra. Con su separación de la cátedra y del mundo de Basilea se cierra toda una época en la vida de Nietzsche; es, podría decirse el término de su juventud.

    El fruto y, a la vez, el símbolo de este período de clarificación y de lucha interna en la vida de Nietzsche es Humano, demasiado humano, cuya primera parte aparece en mayo de 1878 y la segunda y tercera, en marzo y diciembre de 1879. La redacción para la imprenta tiene lugar en los meses en Nietzsche experimenta casi sin interrupción los más dolorosos ataques. Nietzsche va dictando aforismo tras aforismo a Peter Gast, su fiel discípulo y amigo. Un “libro de crisis” llamará más tarde Nietzsche a Humano, demasiado humano; más exacto sería designarlo “libro de liberación”. En él Nietzsche se desprende de todas las ilusiones que, hasta entonces, le habían servido para mediar entre su destino y la realidad de su vida. Él mismo dirá en el prólogo que  precede al libro en la edición de 1886: “¿Qué es lo que ata con más fuerza? ¿Qué lazos son poco menos que indestructibles? En personas de naturaleza elevada y selecta son los deberes, esa reverencia peculiar de la juventud, ese respeto y delicadeza por lo digno venerado tradicionalmente, esa gratitud hacia el suelo que nacieron, por la mano que las guió, por el templo en el    que aprendieron a rezar... Para los así vinculados la gran liberación llega repentinamente, como un fenómeno sísmico: el alma joven se ve inesperadamente conmovida, desprendida, lanzada, ella misma no entiende lo que sucede. Un impulso, una fuerza se imponen y dominan como una orden; surge una voluntad y un deseo de partir, de partir hacia cualquier sitio y a toda costa; en todos sus sentidos arde y flamea una violenta y peligrosa curiosidad por un mundo no descubierto. “Mejor morir que vivir aquí”, dice una voz imperiosa y seductora; y este “aquí”, este “en casa” es todo lo que hasta ahora se había amado”. Y sin embargo, este libro, fruto de una pasión inconmensurable, es todo menos un libro apasionado. Casi nada queda en él del pathos entusiástico de las obras anteriores, nada del movimiento, del juego del idioma que en ellas lucía como llama del espíritu. Humano, demasiado humano es un libro frío, intelectivo, en el que la pasión se muestra sólo como dominio, como potencia crítica ejerciéndose sobre el mundo del ser. En sus primeros libros Nietzsche se había hecho problemas del sentido de la cultura de su época y de los modos de su renovación; ahora, su mirada adquiere de súbito una penetración radical y saltando por encima de las fronteras de su tiempo se hace cuestión de las presuposiciones generales de toda cultura, del sentido mismo del existir humano en la totalidad del ser.

    Nada tiene de extraño que este libro provocara, por eso, una sensación dolorosa de sorpresa y extrañeza entre los amigos de Nietzsche. La reacción más abrupta es la de Wagner, quién dejo sin respuesta el envío del libro, que Nietzsche había hecho acompañar con unos versos amables. Este silencio  Nietzsche lo sintió como una ofensa mortal: “La palabra más dura... me parece más honesta que el silencio”, como lo dirá, más tarde, en Ecce homo. Pocos meses después, en agosto del mismo año, Wagner escribe en las  Bayreuther Blätter un artículo lleno de malignidades y frases de doble sentido, en el que, sin mencionar a Nietzsche, trataba de poner en evidencia su persona y su libro. 

    Con la ruptura definitiva con Wagner y el apartamiento más o menos expreso de la mayoría de sus amigos, comienza a avanzar al primer plano de la vida de Nietzsche un elemento que, de ahora en adelante, determinará cada vez más decisivamente la estructura de su existencia: la soledad. Para Nietzsche: “Son estos los más duros sacrificios que ha exigido de mí mi camino en la vida y en el reino del pensamiento. Todavía hoy vacila toda mi filosofía al cabo de una hora de conversación simpática con gentes completamente extrañas”.

    Alejado así de la comprensión y de la amistad, reducido cada vez más al trato epistolar con Overbeck y con Peter Gast, Nietzsche se concentra en los dos últimos lustros de su vida consciente en la meditación y la elaboración de su obra. Es una vida de ascetismo y renunciación. Con medios económicos muy escasos, Nietzsche viaja de ciudad en ciudad buscando un cielo despejado y una temperatura que le aleje sus ataques constantes. Y en medio de esta existencia inquieta van surgiendo y adquiriendo forma libro tras libro, pensamientos de audacia indecibles, visiones que penetran como dardos el futuro.

    El invierno de 1879-80, que sigue a su renuncia a la cátedra, es para Nietzsche, como escribirá en Ecce homo, el “más pobre en sol” de toda su vida. Aprovechando un instante de leve mejoría, abandona Naumburg y parte, primero para Riva, a orillas del lago de Garda y desde aquí, acompañado por Peter Gast, a Venecia. Aquí, forzado a una inactividad casi completa, en una habitación modestísima, Nietzsche permanece desde marzo hasta finales de junio de 1880. En los pocos momentos en que su estado le permite trabajar a comenzado a dictar a Gast un nuevo libro, Ombra di Venezia, al que siguiendo una  sugestión del mismo Gast, dará más tarde el título de Aurora. Esta obra queda terminada en febrero de 1881 en Génova. El libro aparece en julio del mismo año con el subtítulo “Ideas sobre la moral como prejuicio”, es una prolongación de la problemática sobre la que se hallaba edificado Humano, demasiado humano, un análisis de la condicionalidad humana e histórica de las valoraciones morales; a la vez que en él alienta una nueva atmósfera, una seguridad que alude ya a nuevos fines, a una nueva axiología. Su idea fundamental, dirá Nietzsche más tarde, se halla “en una transmutación de todos los valores, en una liberación de todas las valoraciones morales, en una afirmación y confianza en todo lo que, hasta ahora, ha estado prohibido, despreciado, maldito”. De Nietzsche en cambio, se apodera, cada vez más, una certeza indescriptible: “Ya ahora –escribe en marzo de 1881- hay momentos en que paseo por las alturas de Génova con miradas y sensaciones semejantes a las que quizás un día lanzaron a Colón a los mares y al futuro”.

    El verano de este año lo pasa Nietzsche en la Engadina, en Sils Maria. Aquí, en agosto, le ilumina repentinamente un pensamiento: la idea del eterno retorno y la figura de Zaratustra. En Ecce homo nos ha relatado este momento de su vida: “Voy a contar ahora la historia del Zaratustra. La noción fundamental de la obra, la idea del eterno retorno, la más alta fórmula de afirmación que pueda alcanzarse, tiene su origen en agosto de 1881, y está anotada en una hoja de papel  que lleva esta indicación: ‘a seis mil pies de altura sobre los hombres y el tiempo’. Aquel día caminaba yo por el bosque a orillas del lago Silvaplana, cuando me detuve ante una roca enorme que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei. En este momento tuve la idea del eterno retorno”.

    Con el germen de la nueva idea en su pecho retorna Nietzsche a Génova en octubre. Un mes después, el 27 de noviembre, oye por primera vez en el teatro Politeama, Carmen, la ópera de Bizet, que, desde entonces, iba ocupar un lugar central en su sensibilidad artística. Mientras tanto, Nietzsche trabaja en una nueva obra,  La gaya ciencia, que aparecerá en septiembre de 1882; un libro que se halla ya bajo la sombra de Zaratustra, y cuyas últimas páginas marcan, en efecto, la transición del mundo de ideas iniciado con Humano, demasiado humano a la nueva concepción metafísica. En abril del mismo año Nietzsche se traslada por unas pocas semanas a Messina y compone allí una serie de poesías –algunas de ellas habían sido ya concebidas en Génova- que publica con el título de Idilios de Messina, y que, en 1886, añadirá a la nueva edición de La gaya ciencia, otras con el título común de Canciones del Príncipe Vogelfrei.

    El acontecimiento decisivo del año 1882 se halla para Nietzsche, sin embargo, en la esfera personal. A finales de abril, Nietzsche vuelve a Messina, y, en Roma conoce por medio de Malwida von Meysenbug a Lou Salomé, una joven rusa de veinte años, dotada de extraordinaria finura mental, y de un potente temperamento artístico. Nietzsche cree ver en Lou una discípula, una persona, al fin, capaz de entender las presuposiciones existenciales de su pensamiento. El derrumbamiento de las ilusiones concebidas es, por eso, para Nietzsche doblemente doloroso, el más trágico desengaño después de la ruptura con Wagner. El verdadero curso de las relaciones entre Nietzsche y Lou Salomé, así como las causas de su separación, están todavía envueltas en oscuridad, y la misma Lou en su libro sobre Nietzsche ha callado sobre todos los aspectos personales del asunto. Probablemente hay que buscar en la hermana de Nietzsche el elemento principal de la discordia. El amor fraternal herido, celos de que el hermano se viera guiado e influido por otra mujer, todo ello unido a la sensibilidad exacerbada de Nietzsche, hacen que esta amistad se rompa.

    El fracaso de las esperanzas puestas en Lou significa para Nietzsche un desengaño tremendo, que agudiza su sensación de soledad. Con un nuevo esfuerzo de su voluntad Nietzsche parte de Leipzig, donde había tenido lugar el desenlace de sus relaciones con Lou; y se dirige a la Riviera, permaneciendo durante el invierno en Rapallo. El primero de febrero de 1883 escribe ya a Peter Gast hablándole de su próxima obra: “Es lo mejor que he hecho, y me he quitado de encima un gran peso... Con este libro penetro en un nuevo ‘círculo’; a partir de ahora, es seguro que seré considerado en Alemania como un loco”. El 13 de febrero queda terminada, en efecto, la primera parte de Zaratustra; es el mismo día en que muere Wagner, y Nietzsche considerará siempre esta coincidencia como algo misterioso y cargado de significaciones. La composición de esta primera parte es el fruto de una realidad repentina dada a una idea madurada con anterioridad. El manuscrito fue redactado tan sólo en diez días. Del mismo modo nace también la segunda parte del libro, del 26 de junio al 6 de julio del mismo año, esta vez en la Engadina. La sombra de Lou vuelve a aparecer, y unas revelaciones, verdaderas o falsas, de su hermana le conducen a una ruptura violenta con Rée. De otra parte, por consejo también de su hermana, ahora secundada por Overbeck, Nietzsche acaricia durante algún tiempo la idea de retornar a una Universidad alemana como profesor, y piensa concretamente en Leipzig; el rector de la misma, sin embargo, antiguo amigo de Nietzsche, le indica con toda sinceridad que las ideas sobre la religión cristiana expuestas repetidamente en sus obras le cierran toda posibilidad de ser admitido por la Facultad correspondiente. Con los nuevos desengaños pesando sobre él, parte Nietzsche de Sils Maria para pasar, por primera vez el invierno en Niza, y aquí, escribe en unos días la tercera parte de Zaratustra. La cuarta y última, muy diferente en estilo y estructura de las anteriores, surge, en cambio, lenta y reflexivamente, entre el otoño de 1884 y febrero de 1885.

    Ninguno de sus libros fue tan amado, ninguno tan apreciado por Nietzsche como el Zaratustra. Con él se crea un mundo de imágenes, una figura que, desde ahora, no se apartará de él. La consciencia de sí, la convicción del valor de su obra adquieren acentos extremos a partir de este libro. El propio Nietzsche dice en El crepúsculo de los ídolos: “He dado a la humanidad el libro más profundo que posee, mi Zaratustra”. El estilo mismo, la fuerza expresiva de la obra significaban para él una cima en la historia del idioma alemán. Así lo escribía a Rohde en 1884: “Creo que con este Zaratustra he llevado a su perfección el idioma alemán. Después de Lutero y Goethe, había que dar un tercer paso; mira... si alguna vez se han dado tan unidas la fuerza,  la ductilidad y la sonoridad”. Esta obra de la que los amigos de Nietzsche no supieron más que alabar las cualidades de belleza externa, ocupa un lugar único en la historia de la literatura filosófica. En Zaratustra la reflexión no se comunica directamente, sirviéndose del encadenamiento lógico de los conceptos, sino imaginativamente, a través de un mundo de la fantasía, que, a su vez no subsiste por sí mismo, sino sólo referido al pensamiento que expresa. La obra es, sin duda, la más personal de Nietzsche; es además aquella que se halla sustentada, casi desbordada por una inspiración más auténtica y vigorosa. En este sentido significa una altura máxima, un momento que divide en dos la vida y la producción de Nietzsche. Todo lo que Nietzsche escribe desde 1876 es como un trabajo preliminar, una clarificación de ideas y de medios de impresión que va a culminar en el Zaratustra; de igual manera, toda la producción que sigue se mueve bajo el influjo recibido de este libro y es, en muchos casos, su comentario y su hermenáutica.

    Nietzsche en la carta a Gersdorff dice: “No te dejes engañar por el estilo de leyenda en que está concebido este libro. Detrás de sus sencillas y extrañas palabras se encierra mi mayor seriedad y toda mi filosofía. Es un comienzo para darme a conocer, y nada más”. Sigue ahora en Nietzsche un período esencialmente sistemático, en el que el pensamiento adquiere líneas precisas y se ordena distintamente en un todo y hacia un fin. Entendiendo la expresión “sistema” en un sentido radicalmente nuevo. El primer paso en este camino es Más allá del bien y del mal, el más difícil quizás de los libros de Nietzsche, pero, a la vez, el más elaborado y el que posee estructura más acabada. La obra terminada en junio de 1885, y publicada en el verano de 1886, va precedida por nuevas desilusiones, bajo el peso de las cuales Nietzsche acierta una vez más a extraer energías y fe para su obra. En agosto de 1884 visita, en efecto, a Nietzsche en Sils Maria un joven filósofo discípulo de Dilthey, Heinrich von Stein, autor de análisis sobre problemas literarios y estéticos. La lucidez de su espíritu, su preocupación por cuestiones afines a las que Nietzsche había situado en el centro de su filosofía, todo contribuye a despertar en el filósofo solitario un entusiasmo indescriptible por el visitante. El resultado de esta visita de tres días es una de las poesías de más hondo patetismo que haya escrito Nietzsche, la titulada “Desde las altas montañas”, que es enviada por éste a Stein como respuesta a su primera carta. La respuesta de Stein invitando a Nietzsche a colaborar en un diccionario de conceptos wagnerianos, es para éste, por ello, uno de los grandes desengaños de su vida, un dolor cuyos reflejos pueden percibirse en Ecce homo, y una nueva confirmación, la definitiva, de que para su obra no hay sitio ni comprensión en Alemania. La otra desilusión del año es el casamiento de su hermana con Bernhard Förster, agitador antisemita en compañía del cual parte poco después para el Paraguay. La separación de su hermana, y sobre todo, su enlace con alguien de ideas tan radicalmente opuestas a las suyas, acentúa en Nietzsche, si aún es posible, su sensación de soledad. Finalmente, también en el verano de 1886 tiene lugar la última entrevista de Nietzsche con Rohde. Desde Venecia, con la salud más quebrantada que nunca, Nietzsche parte para Naumburg y en seguida para Leipzig, de cuya Universidad acababa de ser nombrado profesor Rohde.  Rohde se encuentra envuelto en intrigas universitarias, preocupado por cuestiones mínimas, alejado radicalmente del mundo de ideas y de propósitos de Nietzsche. Los dos se hablan pero no se entienden, sus palabras tienen sentido y significación diferentes. Con el alma destrozada Nietzsche retorna a principios de julio a Sils Maria. Ahora ya sabe que no tiene nada que esperar de los hombres.

    En la obra de Nietzsche el año de 1886 no sólo reviste significación por ver la luz en él, Más allá del bien y del mal. Con motivo de cambiar de editor para sus libros, Nietzsche escribe también en este año una serie de prólogos para sus obras anteriores. Estos prólogos, a veces de muy pocas páginas, son de gran importancia para la comprensión del pensamiento de Nietzsche; y uno de ellos,  el destinado a Humano, demasiado humano, es quizás el documento más significativo que  se posee sobre la unidad interna y el desarrollo de la filosofía de Nietzsche. En la cima de su producción, extendiéndose ya ante él horizonte de su sistema filosófico definitivo, un esfuerzo por poner en claro para sí y para los demás el sentido y la ruta de su pensamiento.

    La primera manifestación hacia el exterior de este nuevo camino que Nietzsche se dispone ahora a emprender es el libro quinto de La gaya ciencia, terminado durante una breve estancia en Ruta Ligure, en octubre de 1886, y en el cual se contienen ya in nuce algunos de sus pensamientos filosóficos centrales. La segunda es un libro breve, Sobre la genealogía de la moral, compuesto de tras partes independientes pero enlazadas entre sí. El tono es todavía fundamentalmente negativo y Nietzsche mismo dirá de él que es un comentario y una aclaración de Más allá del bien y del mal; en realidad, la critica que alienta en sus páginas, el análisis destructivo de las formas de la vida ética y religiosa de su tiempo aluden ya a una construcción positiva, a una “superación” del nihilismo, y en el libro se encuentran conceptos como el de “resentimiento” que pertenecen ya al acervo esencial y permanente de su última filosofía.

    Como un drama que camina hacia su desenlace, la vida de Nietzsche adquiere también en esta época una intensidad y un ritmo nuevos. Según lo escrito a Peter Gast: “Tengo la sensación de que se ha cerrado un capítulo de mi vida y de que se extiende ante mí su mayor y principal cometido”. El hecho central que determina este sentimiento es el lento alborear en la mente de Nietzsche de las líneas generales de su filosofía. En septiembre de 1886 había escrito a su hermana: “Para los próximos cuatro años me propongo la conclusión de una obra en cuatro volúmenes, cuyo título es ya para estremecer: ‘La voluntad de poderío. Ensayo de una transmutación de todos los valores’. Para lograrlo me hace falta todo, salud, soledad, buen humor, quizás una mujer.” Esta obra es la visión metafísica de Nietzsche, el descubrimiento y formulación de aquel punto central desde el que todo su pensamiento recibe sentido y forma. Un sentimiento de seguridad le invade en relación con su obra anterior.

    Esta obra, que había de dar expresión a lo más profundo y definitivo en el pensamiento de Nietzsche, experimenta un destino singular. Nietzsche trabaja en ella incansablemente, por lo menos desde 1886, y todos los papeles póstumos de estos años son, en realidad, fragmentos de ella o planes y disposiciones para su realización. Una idea de lo que esta obra hubiera debido ser nos la ofrecen los fragmentos reunidos con el título de La voluntad de poder y dados a luz por la hermana y por Peter Gast en 1906, y, sobre todo, la reconstrucción con el título El legado de Nietzsche. Las notas, los esbozos se acumulan, pero Nietzsche no les da forma definitiva, consciente del sentido terrible que se albergaba en su respuesta al problema del ser del hombre. Había escrito ya con acento profético: “La Europa actual no tiene ni la sospecha de las espantosas decisiones en cuyo torno gira todo mi ser, del potro de problemas al que me encuentro atado; no tiene ni una idea de que conmigo se prepara una catástrofe cuyo nombre sé pero no quiero pronunciar”. En un momento en que la cultura burguesa de su siglo parece celebrar sus más altos triunfos, en que la formalización creciente del saber y el desarrollo incontenible de la técnica cubren todos los problemas del existir con un manto de aparentes soluciones, Nietzsche como Dostoievski, ve avanzar inexorablemente el destino que esta misma cultura alimentaba en su seno: “Nuestro orden social se disolverá lentamente. Experimentaremos conmociones, convulsiones sísmicas, un desplazamiento de montes y valles que nadie ha podido soñar. Todas las instancias de la vieja sociedad saltarán en mil pedazos, y habrá guerras como nunca las ha habido en la tierra”. Un silencio cargado de significaciones, bajo el cual arde como un fuego sagrado todo un mundo de ideas, se extiende, al fin, sobre la última etapa de su vida.

    Bajo la sombra de esta obra inconclusa, cargada con la tensión que pone en su ánimo un cometido estremecedor, discurre el último año de la vida consciente de Nietzsche, este año de 1888, en el que descubrirá Turín, “la ciudad congenial a mi filosofía”. El año de 1888 es el año más productivo de su vida. Cinco libros escribe durante él: El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos, El Anticristo, Nietzsche contra Wagner y Ecce homo, todos, menos el primero publicados después de su derrumbamiento espiritual, y los tres últimos, años después de su muerte. Ninguno de estos libros se halla en relación esencial con la gran obra proyectada. En septiembre de 1888 escribe a Deussen refiriéndose a los dos primeros libros: “Estas dos obras son, en último término, sólo solaces en medio de un cometido decisivo e inconmensurablemente duro, de un cometido que, si llega a comprenderse, escindirá en dos mitades la historia de la humanidad”. Ya Overbeck, en octubre del mismo año: “En medio de la gigantesca tensión de estos meses, un duelo con Wagner era para mí un solaz completo”. “Desviaciones del camino”, pero, a la vez también, preparación para su obra capital debían ser estos libros que se suceden el uno tras el otro en un crescendo. Ecce homo pretendía desesperadamente llamar la atención sobre sí, relatándose a sí mismo “con un cinismo histórico”; es el último intento por hacerse oír, por ganar la comprensión de un medio extraño cuando no hostil, un intento en el que todo, hasta lo desmesurado, y esto quizás más que nada, obedece a un cálculo y a un plan.

    En este instante mismo, en el que parece tocar con las manos el fruto de su vida, cuando reúne al fin todas sus fuerzas para lanzarse a la gran decisión, desciende la catástrofe sobre Nietzsche. Comienzan a verse síntomas de perturbación mental. El 3 de enero de 1889, Nietzsche sale a dar su paseo acostumbrado y, de repente, se desploma en medio de la calle. Llevado a su casa, parece reponerse y emplea los días siguientes en escribir con todo cuidado breves líneas  a sus amistades, a Rohde, a Cosima Wagner, a Georg Brandes, a Spitteler, a Hans von Bülow, a Strindberg. Estas cartas, concebidas muchas de ellas en forma de mandatos solemnes, y de las que sólo algunas se conservan, son ya documentos del desvarío que Nietzsche firma en su mayoría como Dionysos o “el Crucificado”. Los amigos no reaccionan enseguida, porque nadie espera nada semejante; algunos llegan incluso a pensar en una farsa irónica. El 6 de febrero, sin embargo, Jakob Burckhardt hace entrega a Overbeck de una larga carta de Nietzsche, cuyo contenido no ofrece ya duda alguna de su locura. Tras un cambio de impresiones con un psiquiatra, Overbeck se pone en camino al día siguiente para recoger a Nietzsche en Turín. Internado en la clínica psiquiátrica de la Universidad, el diagnóstico es el de parálisis progresiva, como hoy sabemos, de origen no constitucional, sino debida a causas extrañas, bien a una infección, bien, aunque menos probablemente, al abuso de drogas. El 17 de enero la madre recoge al enfermo quien pasa el primer período de tratamiento en Jena, para trasladarse después a Naumburg al cuidado de la madre y, a la muerte de ésta en 1897, a Weimar, cerca de su hermana. El 25 de agosto de 1900 muere, al fin, Nietzsche sin haber recobrado la razón. Las últimas palabras ante su tumba en el cementerio de Röcken estuvieron a cargo de Peter Gast: “Eras uno de los hombres más nobles, más puros que han pasado por la tierra... Paz a tus cenizas; ¡que tu nombre  sea sagrado para todas las generaciones venideras!”.

    En  1883, la hermana, ayudada por Peter Gast y unos pocos colaboradores fundan el “Archivo Nietzsche”, y desde ese instante con la publicación, aunque todavía fragmentaria, de los papeles póstumos y la reedición de las restantes obras, el pensamiento de Nietzsche va difundiéndose y su influencia ascendiendo hasta convertirse en la primer potencia espiritual de la época. El filósofo hasta entonces desconocido, que, no hacía más que unos pocos años no podía encontrar editor para sus libros, escala de súbito las cimas de la popularidad, y, ya antes de su muerte, ven la luz tres distintas ediciones de sus  obras completas.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    CONTEXTO HISTÓRICO

     

    Alemania, después de Lutero, es la tierra del devenir, de una voluntad de ser que nunca se agota en formas políticas  y sociales. Sólo el espíritu alemán puede luchar contra la degeneración moderna, contra el deterioro de la raza europea. En sum época Nietzsche fue uno de los más raros y más resueltos adversarios del antisemitismo, lo cual debería evitar toda confusión con nazismo, que ha apelado a él. Nietzsche no se identifica con la nación, con el Volk alemán.

    El pensamiento alemán, del que Nietzsche es un representante central, separa en cambio la nación y la racionalización. Nietzsche ataca “al hombre abstracto, privado de todo mito constructor, la educación abstracta, el derecho abstracto, el Estado abstracto”, en nombre del mito nacional, en nombre de aquello que es más profundo que una voluntad colectiva, la fuerza misma de la vida de un ser histórico concreto. El pensamiento de Nietzsche recurre a la vez al Ser y al movimiento de afirmación de la nación. La invocación al Ser, más allá del bien y del mal, lleva a reunir la libertad y la necesidad.

    Puesto que Nietzsche se caracteriza por una filosofía ahistórica, es importante conocer el contexto en el que sus obras se gestaron para poder comprenderlas a fondo.

    La revolución de febrero de 1848 en Francia fue la señal para una serie de movimientos en la Europa central, el primero de los cuales fue el levantamiento del 13 de marzo en Austria. Multitudes de estudiantes y obreros provocaron disturbios en Viena y obligaron a renunciar al último gran pilar del antiguo régimen, el príncipe Metternich. Alarmado por la negativa de sus tropas a disparar contra los rebeldes, el emperador prometió una Constitución para la Austria alemana, con excepción de Hungría y las posesiones italianas. Tal como quedó aprobada finalmente, la nueva Constitución establecía un gabinete responsable ante el parlamento y una concesión liberal de derechos políticos, y la asamblea que la redactó terminó también con las obligaciones feudales todavía subsistentes de los campesinos. Casi inmediatamente los húngaros aprovecharon la agitación existente en Viena para organizar un gobierno liberal y en abril de 1849, con la dirección de Luis Kossuth, declararon la independencia de la República Húngara. Pero ninguna de esas revoluciones tuvo un éxito verdadero, ya que pronto se enredaron en los conflictos del nacionalismo. Los liberales húngaros no estaban más dispuestos que los austríacos a otorgar a las nacionalidades sometidas los privilegios que reclamaban para sí.  De esta forma, los Habsburgo podían excitar el descontento de los eslavos y utilizar a éstos para contener las ambiciones de los grupos étnicos dominantes. En el verano de 1849 el emperador ya había logrado derribar la República Húngara y revocar la Constitución austríaca. Pero el descontento continuó hasta que en 1867 se llegó entre austríacos y húngaros a una transacción conocida con el nombre de Ausgleich. El Ausgleich establecía una doble monarquía en la que el jefe de la casa de Habsburgo gobernaba a la vez como emperador de Austria y rey de Hungría. Cada una de las dos partes del imperio era prácticamente independiente y contaba con su gabinete y su Parlamento. Tres ministros comunes a ambas partes, los de guerra, hacienda y relaciones exteriores, cuidaban los intereses del Estado en conjunto en sus esferas respectivas. Este acuerdo, que permitía a los magiares, en Hungría y a los alemanes en Austria gobernar como razas dominantes, continuó hasta que el imperio dual se desmoronó en 1918.

    El interés principal de los nacionalistas en Alemania era la unificación de su país. Los estados alemanes, juntamente con Austria constituían desde 1815 los treinta y ocho miembros de la Confederación Germánica. Liberales influyentes entre los nacionalistas confiaban unificar a toda Alemania en un gran imperio. Otros, sin embargo, estaban mucho más preocupados por hacer progresar los ideales y la cultura germanas. Creían ardorosamente en la superioridad del pueblo germano, de la ley germana, y en el concepto de un Reich germano. Algunos eran francamente expansionistas, y proclamaban el derecho alemán de civilizar a los pueblos más atrasados e incluso de ocupar sus territorios. Gran parte de los dogmas de violencia de esos hombres coincidieron con las tendencias de los militantes posteriores, desde Bismarck hasta Hitler.

    El nacionalismo germano alcanzó su primer climax en la Revolución de 1848. La agitación llevada a cabo por los liberales disidentes forzó a los príncipes alemanes a sancionar o a prometer reformas. En mayo, algunos dirigentes esclarecidos convocaron a una gran asamblea nacional en Franckfort para sancionar una Constitución que habría de regir a una Alemania unida. Desde el comienzo surgieron controversias respecto de numerosas cuestiones: ¿la forma de gobierno, sería la de una república o la de una monarquía restringida? En este último caso, ¿a quién habría de ofrecerse la corona? ¿Debería estar incluida Austria, o sólo estrictamente los estados alemanes? Estas fueron las piedras que constituyeron los cimientos de la asamblea de Franckfort. Bien pronto después se disolvió con disgusto, sin nada para mostrar como fruto de sus esfuerzos. Gran parte de las reformas que habían tenido lugar al margen  de la asamblea fueron diluyéndose gradualmente, y millares de revolucionarios emigraron del país y buscaron refugio en los Estados Unidos.

    Recién en 1870, Alemania e Italia llegan a constituir Estados nacionales, gracias a la acción de la monarquía y la nobleza feudal que la acompaña. Ambas naciones surgen con fuertes resabios feudales, sobre todo en el este de Alemania y sur de Italia. La monarquía, la nobleza y el ejército serán las instituciones que protagonicen políticamente la construcción de la nación. Esta situación explica la debilidad de sus instituciones políticas y de su burguesía, las que no podrán afrontar adecuadamente los tiempos de crisis.

    En el caso de Alemania, será la dinastía prusiana de los Hohenzollern, la que transformará al joven reino de Prusia en la nueva potencia militar del norte de Europa, la que en estrecha sociedad con su nobleza feudal construya la nación alemana, imponiéndola por la espada. En efecto, la misma surge como resultado de los éxitos militares prusianos de los siglos XVII y XIX. Las hazañas de Federico el Grande en el primero de estos siglos, las victorias sobre el Primer Imperio Napoleónico, sobre el Imperio Austro-Húngaro y sobre el Segundo Imperio Napoleónico, permiten la proclamación del II Reich[1]. Surge entonces, lo que pretende ser el continuador del Imperio Románico Germánico.

    El príncipe Otto von Bismarck, terrateniente del este alemán, que es canciller prusiano primero y luego del Reich, gobernando entre 1862 y 1890, es el estadista cuya capacidad política v hábil gestn de gobierno, logra concretar un Estado nacional alemán tras siglos de frustracn Bísmarck construye, desde el poder que le da la confianza de la monarquía, el apoyo de los terratenientes prusianos y el contar con una muy eficiente burocracia, una pujante sociedad nacional Sin embargo, esta se caracteriza desde sus comienzos por sus acentuados contrastes políticos y económicos, que solo el peso de la personalidad de Bismarck puede conciliar En este período tienen una preponderancia potica los intereses agrarios del Este alemán y la subsistencia de un conservadurismo prusiano cuasi feudal, que es la expresión institucional de los mismos.

    Idéntica situacn se da en el plano económico, en el que la inteligencia estratégica de Bismarck, le permite comprender que solo una nación desarrollada industrialmente puede llegar a tener presencia internacional en su tiempo Es por eso que el gobierno, y no los empresarios burgueses apoyaran el crecimiento de la industria alemana La burguesía tras las frustradas revoluciones liberales de 1848 no solo renuncio a su autonomía política, aceptando la conducción de la nacn por parte de monarquía prusiana, sino que tambn delegó en ésta la orientacn de la economía Esto permite explicar no solo la subsistencia de los terratenientes del Este, sino que además explica la persistencia de su supremacía política.

    Bismarck logra durante todo su gobierno mantener al liberalismo político dividido y manipulado, favoreciendo la preponderancia del conservadurismo potico Carente de una burguesía que le del respaldo económico autónomo del Estado, asustada por el crecimiento de un partido clasista que se define como revolucionario, el social demócrata, temerosa tambn del otro gran partido de masa, el centro católico, la derecha liberal se alineara primero con Bismarck y luego con sus sucesores.

    Un acelerado desarrollo industrial, crea senos problemas sociales Como consecuencia de ello surge en Alemania el sindicalismo y su partido hermano, el socialdemócrata, que constituyen en poco tiempo, las mejores y más organizadas estructuras marxistas del mundo industrial Sin embargo tienen una debilidad y esta consiste en no ser partidos revolucnanos, sino meros partidos antisistema.

    La accn de Bismarck frente al avance