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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Nietzsche: Agregado: 24 de MAYO de 2000 | Palabras: 35614 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Música > |
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Friedrich
Wilhelm Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken bei Lützen, pueblo
de la provincia prusiana de Sajonia. Su padre fue el párroco protestante del
lugar, Karl Ludwig Nietzsche, y su madre, Franziska Oebler. Durante toda su
vida acarició Nietzsche, no sin orgullo, la idea de que sus antepasados habían
sido nobles polacos asentados en Prusia en siglos anteriores. Esta creencia se
hallaba desprovista de todo fundamento, pero ha puesto también de manifiesto el
notable hecho de que Nietzsche poseía antepasados comunes tanto con Samuel
Pufendorf, el célebre jurista e historiador, como con los hermanos Schlegel y
con Ricardo Wagner. En agosto de 1948, el padre de Nietzsche cae por una
escalera de su casa y muere en julio del año siguiente como consecuencia de las
lesiones sufridas, cuando sólo contaba con treinta y seis años de edad.
Casi
inmediatamente la madre abandona Röcken con sus dos hijos, Friedrich y
Elizabeth, y su traslada a Naumburg, al lado de su suegra, donde permanecerá ya
hasta el fin de su vida. En Naumburg pasa Nietzsche los años de su niñez en un
ambiente exclusivamente femenino compuesto por su abuela paterna, tres tías, su
madre y su hermana.
La relación
con sus parientes, especialmente con su madre y su hermana, por más distantes
que las dos estuvieran siempre de sus ideas, constituye un elemento esencial en
la vida y en destino de Nietzsche.
En Naumburg
recibe Nietzsche la enseñanza primaria, y después, en el Gymnasium o Instituto
de Segunda Enseñanza, la secundaria. Pocas noticias tenemos de esta época, pero
las que poseemos lo presentan como alumno aprovechado, con una rara inclinación
por los libros y el estudio; ya en este tiempo comienza a mostrarse su gran
pasión por la música, que tan decisiva influencia iba a ejercer sobre su vida y
su pensamiento.
Nietzsche no
sólo ejecuta el piano, sino que posee una sensibilidad musical extraordinaria.
La música es para él una gran fuerza metafísica. “Dios nos ha dado la música
–escribía a los catorce años- para que seamos conducidos por ella hacia lo
alto. La música reúne en sí todas las cualidades, puede elevar, juguetear,
puede alegrarnos, puede incluso, con sus sonidos dulces y melancólicos,
quebrantar el ánimo más tosco. Su destino principal es, empero, conducir
nuestros pensamientos a lo alto, elevarnos, incluso estremecernos de
emoción...”
En octubre de
1861 ingresa Nietzsche como becario de la ciudad de Naumburg en la Escuela
humanística de Schulpforte, una de las más célebres instituciones de Alemania,
de cuyas aulas han salido algunos de los más famosos investigadores.
Aislada la
Escuela en el paisaje y reglamentada estrictamente la vida de los alumnos, que
se levantan a las cinco de la mañana y
se acuestan a las nueve de la noche, la actividad entera dentro de Schulpforte
se hallaba concentrada en el estudio. En los seis años que Nietzsche pasó aquí,
adquirió los fundamentos de toda su formación científica; sobre todo, la base
sólida de su saber humanístico y el dominio profundo de las lenguas clásicas.
Aquí es también
donde comienza a mostrar un temperamento agudo y entregado a la reflexión.
En Schulpforte
se revela también su amor por Hölderlin, el trágico poeta, amor que ya no le
abandonará nunca, y sobre todo, su preocupación por los problemas religiosos.
Nietzsche, educado en un ambiente estrictamente ortodoxo y pirtista, llega a
Schulpforte con una fe cristiana intacta y un ánimo piadoso. Sin embargo,
dirige sin cesar su reflexión hacia este ámbito, y poco a poco va viendo como
la pura fe se diluye en un intento por comprender racionalmente el objeto
dogmático de la creencia. Es como si aquí, en la esfera reducida de un alma, se
repitiera el proceso de la teología protestante del siglo XIX.
Pero es, sin
embargo, en el verano de 1864, recién salido de Schulpforte, cuando Nietzsche
dará la expresión más acabada de su preocupación religiosa. Esta expresión se
halla en una poesía que lleva como título Al Dios desconocido, y en cuya última
estrofa dice:
“¡Quiero
conocerte, desconocido,
a ti que tan
profundamente penetras mi alma,
a ti que
atraviesas por mi vida como una tormenta,
a ti, el
inconcebible, el afín conmigo!
¡Quiero
conocerte, quiero servirte!”
El Muluszeit,
los mese que median entre la terminación de la segunda enseñanza y la entrada
en la Universidad, lo pasa Nietzsche con Paul Deussen; primero en Naumburg,
después recorriendo la región del Rin y haciendo una etapa en Neuwied, en casa
de los padres de su amigo. De aquí parten los dos para Bonn, en cuya
Universidad se matriculan como estudiantes. La ambición de la madre de
Nietzsche era que su hijo estudiase teología y siguiera la carrera eclesiástica
como su padre y la mayoría de sus antepasados. En su primer semestre académico
en Bonn, el del invierno 1864-65, Nietzsche figura, en efecto, como estudiante
de teología y, a la vez, matriculado en filología en la Facultad de Filosofía.
Mientras tanto, la racionalización de la fe comenzada en Schulpforte avanza
lentamente hacia una negación de los valores cristianos, que aparta a Nietzsche
definitivamente de la teología. En el siguiente semestre la decisión está ya
tomada. Muy a disgusto de su madre, Nietzsche abandona el estudio de la
teología y se dedica exclusivamente a la filología.
El año que
Nietzsche permanece en Bonn es una época de transición que se pierde en
propósitos y tentativas; la época de un estudiante que se esfuerza en hallar un
esquema de trabajo para su formación intelectual. Nietzsche llega a Bonn con
una formación sólida en los estudios clásicos y poco más que nula en las demás
ramas del saber. En su curriculum para la Universidad de Basilea describirá él
qué bien enseñado y qué mal formado llega a la Universidad un pfortense, tal
como él lo era. Ha pensado toda una suma de cosas, y le falta la destreza para
darle expresión. La vida de Nietzsche en Bonn es la de un estudiante
cualquiera. Con su amigo Deussen se hace miembro de la “Franconia”, corporación
estudiantil, de la que al año siguiente se separará. En la época de Bonn tiene
lugar también un incidente oscuro, que ha sido objeto de múltiples
interpretaciones, y al que, recientemente, a dado también forma literaria
Thomas Mann en su Doktor Faustus. Deussen lo relata así: “Un día, en febrero
de 1865, fue Nietzsche solo a Colonia y allí hizo que un mozo de cuerda le
guiara a ver algunos monumentos de la ciudad, pidiéndole, al fin, que le
condujera a un restaurante. El mozo, empero, en lugar de hacerlo así, le
conduce a una casa de mala nota. “De repente –me contaba Nietzsche al día
siguiente- me vi rodeado por media docena de figuras envueltas en gasas y
lentejuelas, que me miraban expectantes. Durante unos momentos permanecí
atónito. Después, instintivamente, me acerqué a un piano, el único ser con alma
que había allí, he hice sonar unos acordes. Esto me sacó de mi estupor, y
escapé a la calle”.
Es en Bonn
donde Nietzsche conoce a Friedrich Ritschl, el célebre filólogo y su maestro
futuro. Lo que Nietzsche veía en Ritschl era la voluntad firme y clara que
podía guiarle en su formación científica, un inquebrantable sentido de la
verdad, por el cual, años más tarde, no dudaría en calificarle de “mi
conciencia científica”. En 1888, en Ecce homo, hablará de él emocionadamente:
“Ritschl, lo digo con reverencia, es el único científico genial que he
encontrado hasta hoy.” Siguiendo a Ritschl, que, en 1865, se traslada de Bonn a
Leipzig, Nietzsche se matricula en esta Universidad, en la cual permanecerá
hasta 1869.
Leipzig es la
etapa decisiva en la formación de Nietzsche. En la “Asociación Filológica”,
fundada por él y otros estudiantes, conoce a Erwin Rohde, más tarde filólogo de
fama mundial, con el que le unirá hasta poco antes de la catástrofe una amistad
y un cariño entrañables. Es en Leipzig donde traba contacto por azar con la
filosofía de Schopenhauer, bajo cuyo influjo se desarrollará toda la obra de su
juventud. La impresión que le causo a Nietzsche la primer lectura de una obra
de Schopenhauer, queda plasmada en estas palabras: “Cada línea gritaba aquí
renunciación, negación, resignación, y aquí encontré un espejo en el que pude
contemplar con terrible grandeza el mundo, la vida y el propio ánimo. Aquí me
miraba el sol pleno y desinteresado del arte, aquí vi dolencia y curación,
destierro y asilo, infierno y cielo”. En Leipzig, en fin, conoce también
Nietzsche en casa del profesor Brockhaus a Wagner.
En Leipzig,
Nietzsche se incorpora al círculo reducido de los discípulos de Ritschl y
recibe entre ellos su formación científica definitiva. En enero de 1866,
pronuncia Nietzsche en la “Asociación Filológica” una conferencia sobre
Teognis, el poeta griego a cuya obra había dedicado ya un trabajo durante sus
años de Schulpforte. Nietzsche pone el manuscrito de la conferencia en manos de
Ritschl, que lo exhorta a que la reelabore convirtiéndola en un pequeño libro.
Al lado de Ritschl, Nietzsche aprende el oficio de filólogo de una manera
profunda, como lo prueban sus trabajos.
Ritschl ve en
Nietzsche exclusivamente el filólogo, el alumno de dotes extraordinarios con un
magnífico porvenir dentro de la Universidad. Nietzsche, en cambio, no considera la filología como su vocación, ni siquiera como la
profesión principal de su vida, sino como un mero adiestramiento del espíritu,
como “una ciencia que puede cultivarse con reflexión desapasionada, con
frialdad lógica, por medio de un trabajo uniforme, y sin que sus resultados le
hablen a uno al corazón”. Bajo la labor filológica, exacta y realizada por él
con toda precisión, arde en Nietzsche el fuego de la preocupación filosófica.
Lo que le preocupa verdadera y personalmente son los grandes problemas del mundo histórico, la estructura de la ética
cristiana, el destino de la cultura occidental. Dos veces piensa en doctorarse
en filosofía, y una de ellas llega incluso a doctorar una tesis que no se ha
conservado, sobre los “Esquemas fundamentales de la representación”, que no es
aceptada por la Facultad de Filosofía de Leipzig. La tensión entre filosofía y
filología determina el curso de su desarrollo posterior y agota sus fuerzas en
los años siguientes, hasta que una decisión heroica le entrega, al fin, plenamente
a su destino auténtico.
En 1866
estalla la guerra entre Prusia y Austria, y Nietzsche sigue con entusiasmo la
política de Bismarck. Al principio fue declarado inútil para el servicio
militar por causa de su miopía, pero al año siguiente, de modo inesperado, es
incorporado al ejercito como soldado de artillería. Los meses que pasa en Naumburg, interrumpen casi completamente
sus estudios, y además, padece una grave caída de un caballo que le tiene en
cama durante cinco meses sometido a tratamiento médico. Hasta octubre de 1868
no puede retornar a Leipzig y entregarse de nuevo plenamente a la labor
científica. Su plan es ahora dedicarse por entero a preparar su tesis doctoral
y, a continuación, realizar un viaje por el extranjero, para visitar sobre todo
las bibliotecas de París. En la Universidad de Basilea ha quedado vacante la
cátedra de filología clásica y Nietzsche es nombrado a los veinticuatro años
profesor extraordinario; un caso único en el mundo universitario alemán.
Todavía no posee el grado de doctor, pero la Facultad de Filosofía de Leipzig
se lo otorga sin examen, basándose en los trabajos ya publicados por él.
Con su
nombramiento de profesor de filología, Nietzsche se ve forzado a seguir un
camino extraño a su vocación y a sus más íntimos anhelos.
El primer
semestre que Nietzsche da clase en Basilea es el del verano de 1869. La
Universidad y la ciudad misma experimentaban a la sazón, en el primer período
de calma después de las graves luchas políticas de la generación anterior, una
época de resurgimiento cultural, un “segundo humanismo”. Espíritus universales
en los que todavía vive la gran tradición del movimiento clásico alemán de
principios de siglo, imprimen su sello a la ciudad: el filósofo Gustav
Teichmüller, el pintor Arnold Böcklin, el etnólogo e historiador del Derecho
J.J.Bachofen, Jakob Burckhardt. Con todos ellos, a excepción de Böckrin,
mantuvo Nietzsche relaciones más o menos estrechas. Nietzsche asistió a dos
célebres cursos de Burckhardt: en el semestre del invierno de 1870-71 al curso
“Sobre el estudio de la historia” y en el semestre del verano de 1876, al curso
sobre “Historia de la cultura griega”. No hay duda de que el trato con el viejo
historiador fue uno de los grandes influjos espirituales experimentados por
Nietzsche durante sus años en Basilea. En 1870 se une a estas amistades la de
Franz Overbeck, el nuevo profesor de historia de la Iglesia en la Universidad,
una de las más extrañas y complejas personalidades del siglo XIX, sobre cuya
obra y sobre cuyo pensamiento sólo en los últimos años comienza a hacerse
alguna claridad. Nietzsche le llama “el hombre y el investigador más serio, más
liberal y, personalmente, más amable y
sencillo que uno puede desearse como amigo; y a la vez, de ese radicalismo sin
el cual yo ya no puedo tratar con nadie”.
La experiencia
vital de Nietzsche durante sus primeros años de Basilea es la amistad con
Richard Wagner. En julio de 1869, escribía Nietzsche: “Richard Wagner es como
hombre absolutamente de igual grandeza y singularidad que como artista”. El
viejo compositor y reformador, treinta años mayor que él, ejerce con su
poderosa personalidad una especie de fascinación sobre Nietzsche. Wagner es
para él la personificación del “genio” en el sentido que Schopenhauer da a esta
palabra; su música, su concepción entera del arte como una potencia cultural y
política le aparecen como la clave para una
renovación de la cultura alemana, como el único remedio contra la
nivelación, contra la banalización de la existencia en el Estado moderno.
Nietzsche escribirá en mayo de 1872,
después de la partida de Wagner para Bayreuth: “¡Qué no significan para
mí estos tres años pasados en las cercanías de Tribschen –lugar donde residía
Wagner-...! Si me faltaran, ¿Qué sería
yo?”.
En el marco de
estas amistades se desarrolla la vida y el pensamiento de Nietzsche durante sus
años en Basilea. Una vida y un pensamiento que se hallan durante toda su
existencia bajo el signo de una lucha incesante entre su profesión de filólogo
y su impulso filosófico. La solución la ve en llevar a la filología sus anhelos
filosóficos, utilizándola como medio e instrumento para una labor educadora. En
su lección inaugural, “Homero y la filología clásica”, pronunciada el 28 de
mayo de 1869. El problema sobre el que Nietzsche vierte aquí su atención no es,
en realidad, Homero, sino la situación de la filología de su tiempo, sus
posibilidades como potencia formativa.
Su conclusión es: “Toda actividad filológica tiene que estar abarcada y
sostenida por una concepción filosófica del mundo, en la que se evapora como
inadmisible todo lo singular y aislado, no quedando en pie más que lo total y
unitario”. La idea que aquí se apunta adquiere contornos precisos en dos
conferencias pronunciadas a comienzos del año siguiente: “El drama musical griego”
y “Sócrates y la tragedia”. Una de las nociones fundamentales de Nietzsche
comienza ya a perfilarse: “El error común a todo el racionalismo, con Sócrates
a la cabeza, es la creencia de que puede transformarse el ser humano por medio
del conocimiento”.
Todas estas
concepciones van a adquirir forma y expresión clásicas en un libro, el primero
que Nietzsche da a la imprenta: El origen de la tragedia. Con este libro
dirá Nietzsche en una anotación póstuma: “por
alguien que retorna del más extraño de los países, ni diciéndolo todo ni
callándolo todo”, formula aquí su idea de la misión y del sentido de la
filología clásica. Desde 1870 Nietzsche se ocupa constantemente con el proyecto
de una obra comprensiva sobre los griegos. En un principio, el centro de gravedad
de ella debía haberse hallado en el nacimiento y desarrollo de la tragedia
ática; más adelante, y con el título de “Serenidad griega”, Nietzsche traza el
plan de un trabajo sobre el espíritu griego y sus formas históricas. Hacia
mediados de 1871 estos proyectos sufren una transformación decisiva, y la obra
originaria se convierte en una interpretación del alma helena desde un punto de
vista estético y con el arte de Wagner como fondo y motivo último. En este
carácter inconcluso, en esta falta de continuidad, en muchas de sus partes
radica sin embargo, de otro lado, el encanto y la fuerza singulares de este
libro, al que Nietzsche llamará “un libro imposible” en su Autocrítica de 1876. Es
producto de una mente a una busca de nuevos caminos. Lo más importante en el
libro no son los conceptos, ni siquiera la contraposición de lo “dionisíaco” y
lo “apolíneo”, que Nietzsche no abandonará ya nunca, no es tampoco su posición
frente a Sócrates histórico, sino el tono general, el movimiento que anima cada
una de sus páginas. En el libro hay que ver, de un lado, el fruto de un largo
desarrollo intelectual, y, de otro, un comienzo, en el que se halla el germen
de todo el pensamiento posterior de Nietzsche.
El libro
produjo entusiasmo entre los amigos. Los representantes de la filología
oficial, en cambio, responden con un silencio helado. Sin embargo, no era sólo
silencio lo que iba a encontrar la obra. En junio del mismo año aparece con el
título
Filología del futuro un folleto de U. von Wilamowitz-Möllendorf, el
que iba a ser famoso helenista, en el que se atacaba despiadadamente el libro
de Nietzsche, diciendo que en él “la soñada genialidad y la desvergüenza en la
formulación de afirmaciones de halla en exacta relación con la ignorancia y la
falta de amor a la verdad”. Wagner responde al ataque con una carta abierta
publicada en la Norddeutsche Allgemeine Zeitung, en la que se recomendaba a
Nietzsche seguir el consejo de Sócrates y no responder con una patada a la coz
del asno; en el otoño hace lo mismo
Rohde con un folleto, After-Philologie, en el que refuta
detalladamente las afirmaciones de Wilamowitz. Nada, sin embargo, logra apartar
de la cabeza de Nietzsche el anatema lanzado contra él por la filología
oficial. Los profesores de las Universidades alemanas aconsejan a sus
estudiantes que no acudan a Basilea, y en el invierno de 1872-73 Nietzsche no
tiene más que dos alumnos, ninguno de los cuales es estudiante de filología.
Con la condena
unánime por parte de la filología universitaria termina, en realidad, la carrera
de Nietzsche como filólogo; por lo menos, termina su intento de renovar
desde dentro de la filología clásica y
de hacer de ella un elemento educador y conformador de la cultura moderna.
Fracasada su tentativa con la filología, Nietzsche ensaya un nuevo camino. Si El origen de la tragedia había descansado
en un propósito esencialmente constructivo, este nuevo camino es más bien,
destructivo. Su expresión se halla en las Consideraciones intempestivas. La primera
de las Consideraciones,
la que más resonancia y más contradicción iba a provocar, aparece en
1873n y lleva como título David Strauss, el confesional y el escritor.
El problema es aquí el de la despersonalización e instrumentalización de la
cultura. David Strauss, que acaba de publicar La fe antigua y la fe nueva (1872)
es el objeto del ataque de Nietzsche como representante de una burguesía que
descansando en sus triunfos militares veía en la cultura y en los valores
históricos, no algo con lo que había de mantener una relación individual y dinámica,
sino medios para el goce material y soluciones definitivas que garantizaban la
seguridad y la ausencia de preocupaciones profundas. En la primera página, casi
en las primeras líneas del escrito, se leen ya palabras proféticas y
admonitorias a la Alemania satisfecha, victoriosa de las armas francesas.
“Un gran triunfo es un gran peligro. La
naturaleza humana soporta más difícilmente un triunfo que una derrota, más aún,
parece incluso que es más fácil lograr un triunfo tal, que soportarlo de manera
que no surja de él una derrota más grave”. La prensa nacionalista, con el Grenzbote
a la cabeza, se desata, es verdad, contra un libro en el que sólo ve una ofensa
contra el poder ascendente de la Alemania de Bismarck; Nietzsche, sin embargo,
sabe ahora que se halla en buen camino, y con una rapidez de concepción
asombrosa da a luz en el espacio de un año otras dos Consideraciones: Sobre la
utilidad y el daño para la vida de la historia (1874) y Schopenhauer
como educador (1874). La potencia expresiva de Nietzsche alcanza en
ambas calidades que superan con mucho
la de sus anteriores libros, la concepción se ha hecho más clara, la capacidad
crítica incomparablemente más aguda; y sin embargo, ninguno de los dos nuevos
escritos alcanza el eco de El origen de la tragedia o del David
Strauss. En los dos, y sobre todo en el dedicado al análisis de la
conciencia histórica, la obra quizás más profunda que nos ha dejado Nietzsche
se debaten problemas como el del historicismo o el del sentido educador de la
personalidad, que se hallaban por necesidad fuera del horizonte de su época, y
a los que sólo lentamente iba a encontrar acceso el pensamiento occidental. La
última Consideración
entre las impresas, Ricardo Wagner en Bayreuth (1876), el
libro más penetrante que se ha escrito sobre el gran músico, queda sin eco
alguno, porque, poco después de su aparición, tiene lugar la ruptura de
Nietzsche con Wagner.
Las
publicaciones de Nietzsche son la parte externa de su actividad en estos años,
un retorno a sí mismo, una clarificación paulatina del propio destino, el
descubrimiento del cometido a cuyo servicio debía estar su pensamiento. En
abril de 1874 escribía a Carl von Gersdorff: “no busco otra cosa que un poco de
libertad... y me defiendo, me rebelo contra los muchos, indeciblemente muchos
elementos no libres que hay en mí”.
Nietzsche va adquiriendo conciencia cada vez más clara de qué es lo que sus más
profundos instintos le llamaban a realizar, y va percibiendo el carácter falso
y estéril de su existencia como profesor de filología. En los últimos años de
su vida consiente Nietzsche designará como causa principal de ella la
“conversión” de Wagner al cristianismo y su apología y glorificación en el Parsifal.
Nietzsche sitúa, en efecto, sus propios ideales en Wagner como en Schopenhauer,
convirtiéndose los dos para él en personificación de lo que exige de la vida en
sentido ético. En este profundo sentido hay que entender el pasaje de Ecce homo
en que dice que en sus dos últimas Consideraciones, si se quiere entenderlas,
es preciso poner el nombre de Nietzsche allí donde se lee Schopenhauer o Wagner. La destrucción de
esta ilusión idealizadora, a medida que Nietzsche alcanza su propia madurez, es
la causa última, tanto de la separación de Wagner como del abandono de la
filosofía de Schopenhauer.
La amistad
entre Nietzsche y Wagner alcanza su cenit el 22 de mayo de 1872, el día en que
el Maestro coloca con Nietzsche y un reducido grupo de amigos la primera piedra
del teatro de Bayreuth. A partir de entonces, Nietzsche deja de frecuentar cada
vez más el trato con Wagner y su esposa y la correspondencia con ellos en los
años siguientes se limita casi a invitaciones desde Bayreuth y a evasivas
corteses pero firmes por parte de Nietzsche. El choque decisivo tiene lugar en
1876, con ocasión de la inauguración de los festivales de Bayreuth, para los
que Nietzsche había escrito su cuarta Consideración. Lo que Nietzsche ve en Bayreuth, y que Kurt Hildebrandt nos ha
descripto en páginas inolvidables, le da fuerzas para tomar una decisión, le
empuja, más bien necesariamente a una decisión. El teatro convertido en pura
maquinaria, una música enervante sirviendo de narcótico a la alta burguesía,
personalidades políticas y sociales dando realce al espectáculo, en esto habían
venido a parar los sueños de dar nueva vida a la tragedia ática, de convertir
al arte en la potencia educadora de la nación. Nietzsche, que había pasado los
pocos días de su estancia en Bayreuth aquejado de constantes dolores de cabeza
y sin frecuentar apenas el trato de los círculos wagnerianos, escapa de repente
de la ciudad y busca refugio en Klingenbrunn, en Bohemia, donde comienza a
escribir los primeros pensamientos de lo que iba a ser, más tarde, Humano,
demasiado humano.
En estrecha
relación con este proceso de liberación interna se encuentra también la
enfermedad que ahora, de modo casi súbito, ataca la constitución por lo demás
robusta de Nietzsche, que hasta entonces no había padecido ninguna enfermedad
seria, se ve atacado cada vez más persistentemente por dolores agudísimos de
cabeza y trastornos estomacales, mientras que, a la vez, su vista decrece de
modo alarmante. En Ecce homo considerará Nietzsche su
dolencia en Basilea como un don benéfico: “La enfermedad me liberó lentamente,
me ahorró toda clase de ruptura, toda acción violenta y desagradable... me dio
algo así como un derecho al cambio radical de todas mis costumbres”. Parece que
su enfermedad no era de carácter orgánico, sino de raíces psíquicas, es decir,
que su relación con la situación espiritual de Nietzsche entonces era
aproximadamente la contraria de la que él iba a construir pasados los años. De
octubre de 1876 a mayo de 1877, lo pasa Nietzsche en Italia, en Sorrento, donde
es acogido y atendido por Malwida von Meysenbug. Nietzsche no va solo, sino que
lo acompañan Paul Rée, un escritor filosófico que había publicado ensayos
positivistas sobre el origen de las representaciones morales, y Albert Brenner, un discípulo de Nietzsche,
que trata de restablecer en el Sur su salud quebrantada. El 27 de octubre pasa
Nietzsche la velada con Wagner y su esposa, que viven también en un hotel en
Sorrento; es la última vez que se verán los dos. Aquí continua también
Nietzsche trabajando en la obra comenzada en Klingenbrunn, la cual debió llevar
originalmente el título de “La reja del arado”. Las anotaciones y borradores de
estos meses, los llamados “papeles sorrentinos”, de los cuales tan sólo una parte pasará después a Humano,
demasiado humano, es el gran resultado de este período de la vida de
Nietzsche. Vuelto a Basilea, su estado experimenta un empeoramiento repentino
que se prolonga durante los dos años siguientes. Por fin, el 2 de mayo de 1879,
tiene que renunciar a su cátedra, y las autoridades de la ciudad le conceden en
atención a los servicios prestados una pensión anual de tres mil francos, que
le permitirá, en los años siguientes, entregarse exclusivamente a su obra. Con
su separación de la cátedra y del mundo de Basilea se cierra toda una época en
la vida de Nietzsche; es, podría decirse el término de su juventud.
El fruto y, a
la vez, el símbolo de este período de clarificación y de lucha interna en la
vida de Nietzsche es Humano, demasiado humano, cuya primera
parte aparece en mayo de 1878 y la segunda y tercera, en marzo y diciembre de
1879. La redacción para la imprenta tiene lugar en los meses en Nietzsche
experimenta casi sin interrupción los más dolorosos ataques. Nietzsche va
dictando aforismo tras aforismo a Peter Gast, su fiel discípulo y amigo. Un
“libro de crisis” llamará más tarde Nietzsche a Humano, demasiado humano;
más exacto sería designarlo “libro de liberación”. En él Nietzsche se desprende
de todas las ilusiones que, hasta entonces, le habían servido para mediar entre
su destino y la realidad de su vida. Él mismo dirá en el prólogo que precede al libro en la edición de 1886: “¿Qué
es lo que ata con más fuerza? ¿Qué lazos son poco menos que indestructibles? En
personas de naturaleza elevada y selecta son los deberes, esa reverencia
peculiar de la juventud, ese respeto y delicadeza por lo digno venerado
tradicionalmente, esa gratitud hacia el suelo que nacieron, por la mano que las
guió, por el templo en el que
aprendieron a rezar... Para los así vinculados la gran liberación llega
repentinamente, como un fenómeno sísmico: el alma joven se ve inesperadamente
conmovida, desprendida, lanzada, ella misma no entiende lo que sucede. Un
impulso, una fuerza se imponen y dominan como una orden; surge una voluntad y
un deseo de partir, de partir hacia cualquier sitio y a toda costa; en todos
sus sentidos arde y flamea una violenta y peligrosa curiosidad por un mundo no
descubierto. “Mejor morir que vivir aquí”, dice una voz imperiosa y seductora;
y este “aquí”, este “en casa” es todo lo que hasta ahora se había amado”. Y sin
embargo, este libro, fruto de una pasión inconmensurable, es todo menos un
libro apasionado. Casi nada queda en él del pathos entusiástico de las obras
anteriores, nada del movimiento, del juego del idioma que en ellas lucía como
llama del espíritu. Humano, demasiado humano es un libro frío,
intelectivo, en el que la pasión se muestra sólo como dominio, como potencia
crítica ejerciéndose sobre el mundo del ser. En sus primeros libros Nietzsche
se había hecho problemas del sentido de la cultura de su época y de los modos
de su renovación; ahora, su mirada adquiere de súbito una penetración radical y
saltando por encima de las fronteras de su tiempo se hace cuestión de las
presuposiciones generales de toda cultura, del sentido mismo del existir humano
en la totalidad del ser.
Nada tiene de
extraño que este libro provocara, por eso, una sensación dolorosa de sorpresa y
extrañeza entre los amigos de Nietzsche. La reacción más abrupta es la de
Wagner, quién dejo sin respuesta el envío del libro, que Nietzsche había hecho
acompañar con unos versos amables. Este silencio Nietzsche lo sintió como una ofensa mortal: “La palabra más
dura... me parece más honesta que el silencio”, como lo dirá, más tarde, en Ecce homo.
Pocos meses después, en agosto del mismo año, Wagner escribe en las Bayreuther Blätter un artículo lleno de
malignidades y frases de doble sentido, en el que, sin mencionar a Nietzsche,
trataba de poner en evidencia su persona y su libro.
Con la ruptura
definitiva con Wagner y el apartamiento más o menos expreso de la mayoría de
sus amigos, comienza a avanzar al primer plano de la vida de Nietzsche un
elemento que, de ahora en adelante, determinará cada vez más decisivamente la
estructura de su existencia: la soledad. Para Nietzsche: “Son estos los más
duros sacrificios que ha exigido de mí mi camino en la vida y en el reino del
pensamiento. Todavía hoy vacila toda mi filosofía al cabo de una hora de
conversación simpática con gentes completamente extrañas”.
Alejado así de
la comprensión y de la amistad, reducido cada vez más al trato epistolar con
Overbeck y con Peter Gast, Nietzsche se concentra en los dos últimos lustros de
su vida consciente en la meditación y la elaboración de su obra. Es una vida de
ascetismo y renunciación. Con medios económicos muy escasos, Nietzsche viaja de
ciudad en ciudad buscando un cielo despejado y una temperatura que le aleje sus
ataques constantes. Y en medio de esta existencia inquieta van surgiendo y
adquiriendo forma libro tras libro, pensamientos de audacia indecibles,
visiones que penetran como dardos el futuro.
El invierno de
1879-80, que sigue a su renuncia a la cátedra, es para Nietzsche, como
escribirá en Ecce homo, el “más pobre en sol” de toda su vida.
Aprovechando un instante de leve mejoría, abandona Naumburg y parte, primero
para Riva, a orillas del lago de Garda y desde aquí, acompañado por Peter Gast,
a Venecia. Aquí, forzado a una inactividad casi completa, en una habitación
modestísima, Nietzsche permanece desde marzo hasta finales de junio de 1880. En
los pocos momentos en que su estado le permite trabajar a comenzado a dictar a
Gast un nuevo libro, Ombra di Venezia, al que siguiendo
una sugestión del mismo Gast, dará más
tarde el título de Aurora. Esta obra queda terminada en
febrero de 1881 en Génova. El libro aparece en julio del mismo año con el
subtítulo “Ideas sobre la moral como prejuicio”, es una prolongación de la
problemática sobre la que se hallaba edificado Humano, demasiado humano, un
análisis de la condicionalidad humana e histórica de las valoraciones morales;
a la vez que en él alienta una nueva atmósfera, una seguridad que alude ya a
nuevos fines, a una nueva axiología. Su idea fundamental, dirá Nietzsche más
tarde, se halla “en una transmutación de todos los valores, en una liberación
de todas las valoraciones morales, en una afirmación y confianza en todo lo
que, hasta ahora, ha estado prohibido, despreciado, maldito”. De Nietzsche en
cambio, se apodera, cada vez más, una certeza indescriptible: “Ya ahora
–escribe en marzo de 1881- hay momentos en que paseo por las alturas de Génova
con miradas y sensaciones semejantes a las que quizás un día lanzaron a Colón a
los mares y al futuro”.
El verano de
este año lo pasa Nietzsche en la Engadina, en Sils Maria. Aquí, en agosto, le
ilumina repentinamente un pensamiento: la idea del eterno retorno y la figura
de Zaratustra. En Ecce homo nos ha relatado este momento de su vida: “Voy a
contar ahora la historia del Zaratustra. La noción fundamental de la
obra, la idea del eterno retorno, la más alta fórmula de afirmación que pueda
alcanzarse, tiene su origen en agosto de 1881, y está anotada en una hoja de
papel que lleva esta indicación: ‘a
seis mil pies de altura sobre los hombres y el tiempo’. Aquel día caminaba yo
por el bosque a orillas del lago Silvaplana, cuando me detuve ante una roca
enorme que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei. En este momento
tuve la idea del eterno retorno”.
Con el germen
de la nueva idea en su pecho retorna Nietzsche a Génova en octubre. Un mes
después, el 27 de noviembre, oye por primera vez en el teatro Politeama, Carmen,
la ópera de Bizet, que, desde entonces, iba ocupar un lugar central en su
sensibilidad artística. Mientras tanto, Nietzsche trabaja en una nueva obra, La gaya ciencia, que aparecerá en
septiembre de 1882; un libro que se halla ya bajo la sombra de Zaratustra, y
cuyas últimas páginas marcan, en efecto, la transición del mundo de ideas
iniciado con Humano, demasiado humano a la nueva concepción metafísica.
En abril del mismo año Nietzsche se traslada por unas pocas semanas a Messina y
compone allí una serie de poesías –algunas de ellas habían sido ya concebidas
en Génova- que publica con el título de Idilios de Messina, y que, en 1886,
añadirá a la nueva edición de La gaya ciencia, otras con el título común
de Canciones
del Príncipe Vogelfrei.
El
acontecimiento decisivo del año 1882 se halla para Nietzsche, sin embargo, en
la esfera personal. A finales de abril, Nietzsche vuelve a Messina, y, en Roma
conoce por medio de Malwida von Meysenbug a Lou Salomé, una joven rusa de
veinte años, dotada de extraordinaria finura mental, y de un potente
temperamento artístico. Nietzsche cree ver en Lou una discípula, una persona,
al fin, capaz de entender las presuposiciones existenciales de su pensamiento.
El derrumbamiento de las ilusiones concebidas es, por eso, para Nietzsche
doblemente doloroso, el más trágico desengaño después de la ruptura con Wagner.
El verdadero curso de las relaciones entre Nietzsche y Lou Salomé, así como las
causas de su separación, están todavía envueltas en oscuridad, y la misma Lou
en su libro sobre Nietzsche ha callado sobre todos los aspectos personales del
asunto. Probablemente hay que buscar en la hermana de Nietzsche el elemento
principal de la discordia. El amor fraternal herido, celos de que el hermano se
viera guiado e influido por otra mujer, todo ello unido a la sensibilidad
exacerbada de Nietzsche, hacen que esta amistad se rompa.
El fracaso de
las esperanzas puestas en Lou significa para Nietzsche un desengaño tremendo,
que agudiza su sensación de soledad. Con un nuevo esfuerzo de su voluntad
Nietzsche parte de Leipzig, donde había tenido lugar el desenlace de sus
relaciones con Lou; y se dirige a la Riviera, permaneciendo durante el invierno
en Rapallo. El primero de febrero de 1883 escribe ya a Peter Gast hablándole de
su próxima obra: “Es lo mejor que he hecho, y me he quitado de encima un gran
peso... Con este libro penetro en un nuevo ‘círculo’; a partir de ahora, es
seguro que seré considerado en Alemania como un loco”. El 13 de febrero queda
terminada, en efecto, la primera parte de Zaratustra; es el mismo día en que muere
Wagner, y Nietzsche considerará siempre esta coincidencia como algo misterioso
y cargado de significaciones. La composición de esta primera parte es el fruto
de una realidad repentina dada a una idea madurada con anterioridad. El
manuscrito fue redactado tan sólo en diez días. Del mismo modo nace también la
segunda parte del libro, del 26 de junio al 6 de julio del mismo año, esta vez
en la Engadina. La sombra de Lou vuelve a aparecer, y unas revelaciones,
verdaderas o falsas, de su hermana le conducen a una ruptura violenta con Rée.
De otra parte, por consejo también de su hermana, ahora secundada por Overbeck,
Nietzsche acaricia durante algún tiempo la idea de retornar a una Universidad
alemana como profesor, y piensa concretamente en Leipzig; el rector de la
misma, sin embargo, antiguo amigo de Nietzsche, le indica con toda sinceridad
que las ideas sobre la religión cristiana expuestas repetidamente en sus obras
le cierran toda posibilidad de ser admitido por la Facultad correspondiente.
Con los nuevos desengaños pesando sobre él, parte Nietzsche de Sils Maria para
pasar, por primera vez el invierno en Niza, y aquí, escribe en unos días la
tercera parte de Zaratustra. La cuarta y última, muy diferente en estilo y
estructura de las anteriores, surge, en cambio, lenta y reflexivamente, entre
el otoño de 1884 y febrero de 1885.
Ninguno de sus
libros fue tan amado, ninguno tan apreciado por Nietzsche como el Zaratustra.
Con él se crea un mundo de imágenes, una figura que, desde ahora, no se
apartará de él. La consciencia de sí, la convicción del valor de su obra
adquieren acentos extremos a partir de este libro. El propio Nietzsche dice en El
crepúsculo de los ídolos: “He dado a la humanidad el libro más
profundo que posee, mi Zaratustra”. El estilo mismo, la fuerza
expresiva de la obra significaban para él una cima en la historia del idioma
alemán. Así lo escribía a Rohde en 1884: “Creo que con este Zaratustra
he llevado a su perfección el idioma alemán. Después de Lutero y Goethe, había
que dar un tercer paso; mira... si alguna vez se han dado tan unidas la
fuerza, la ductilidad y la sonoridad”.
Esta obra de la que los amigos de Nietzsche no supieron más que alabar las
cualidades de belleza externa, ocupa un lugar único en la historia de la
literatura filosófica. En Zaratustra la reflexión no se comunica
directamente, sirviéndose del encadenamiento lógico de los conceptos, sino
imaginativamente, a través de un mundo de la fantasía, que, a su vez no
subsiste por sí mismo, sino sólo referido al pensamiento que expresa. La obra
es, sin duda, la más personal de Nietzsche; es además aquella que se halla
sustentada, casi desbordada por una inspiración más auténtica y vigorosa. En este
sentido significa una altura máxima, un momento que divide en dos la vida y la
producción de Nietzsche. Todo lo que Nietzsche escribe desde 1876 es como un
trabajo preliminar, una clarificación de ideas y de medios de impresión que va
a culminar en el Zaratustra; de igual manera, toda la producción que sigue se
mueve bajo el influjo recibido de este libro y es, en muchos casos, su
comentario y su hermenáutica.
Nietzsche en
la carta a Gersdorff dice: “No te dejes engañar por el estilo de leyenda en que
está concebido este libro. Detrás de sus sencillas y extrañas palabras se
encierra mi mayor seriedad y toda mi filosofía. Es un comienzo para darme a
conocer, y nada más”. Sigue ahora en Nietzsche un período esencialmente
sistemático, en el que el pensamiento adquiere líneas precisas y se ordena
distintamente en un todo y hacia un fin. Entendiendo la expresión “sistema” en
un sentido radicalmente nuevo. El primer paso en este camino es Más allá del
bien y del mal, el más difícil quizás de los libros de Nietzsche,
pero, a la vez, el más elaborado y el que posee estructura más acabada. La obra
terminada en junio de 1885, y publicada en el verano de 1886, va precedida por
nuevas desilusiones, bajo el peso de las cuales Nietzsche acierta una vez más a
extraer energías y fe para su obra. En agosto de 1884 visita, en efecto, a
Nietzsche en Sils Maria un joven filósofo discípulo de Dilthey, Heinrich von
Stein, autor de análisis sobre problemas literarios y estéticos. La lucidez de
su espíritu, su preocupación por cuestiones afines a las que Nietzsche había
situado en el centro de su filosofía, todo contribuye a despertar en el
filósofo solitario un entusiasmo indescriptible por el visitante. El resultado
de esta visita de tres días es una de las poesías de más hondo patetismo que
haya escrito Nietzsche, la titulada “Desde las altas montañas”, que es enviada
por éste a Stein como respuesta a su primera carta. La respuesta de Stein
invitando a Nietzsche a colaborar en un diccionario de conceptos wagnerianos,
es para éste, por ello, uno de los grandes desengaños de su vida, un dolor
cuyos reflejos pueden percibirse en Ecce homo, y una nueva confirmación, la
definitiva, de que para su obra no hay sitio ni comprensión en Alemania. La
otra desilusión del año es el casamiento de su hermana con Bernhard Förster,
agitador antisemita en compañía del cual parte poco después para el Paraguay.
La separación de su hermana, y sobre todo, su enlace con alguien de ideas tan
radicalmente opuestas a las suyas, acentúa en Nietzsche, si aún es posible, su
sensación de soledad. Finalmente, también en el verano de 1886 tiene lugar la
última entrevista de Nietzsche con Rohde. Desde Venecia, con la salud más
quebrantada que nunca, Nietzsche parte para Naumburg y en seguida para Leipzig,
de cuya Universidad acababa de ser nombrado profesor Rohde. Rohde se encuentra envuelto en intrigas
universitarias, preocupado por cuestiones mínimas, alejado radicalmente del
mundo de ideas y de propósitos de Nietzsche. Los dos se hablan pero no se
entienden, sus palabras tienen sentido y significación diferentes. Con el alma
destrozada Nietzsche retorna a principios de julio a Sils Maria. Ahora ya sabe
que no tiene nada que esperar de los hombres.
En la obra de
Nietzsche el año de 1886 no sólo reviste significación por ver la luz en él, Más allá del
bien y del mal. Con motivo de cambiar de editor para sus libros,
Nietzsche escribe también en este año una serie de prólogos para sus obras
anteriores. Estos prólogos, a veces de muy pocas páginas, son de gran importancia
para la comprensión del pensamiento de Nietzsche; y uno de ellos, el destinado a Humano, demasiado humano, es
quizás el documento más significativo que
se posee sobre la unidad interna y el desarrollo de la filosofía de
Nietzsche. En la cima de su producción, extendiéndose ya ante él horizonte de
su sistema filosófico definitivo, un esfuerzo por poner en claro para sí y para
los demás el sentido y la ruta de su pensamiento.
La primera
manifestación hacia el exterior de este nuevo camino que Nietzsche se dispone
ahora a emprender es el libro quinto de La gaya ciencia, terminado durante una
breve estancia en Ruta Ligure, en octubre de 1886, y en el cual se contienen ya
in nuce
algunos de sus pensamientos filosóficos centrales. La segunda es un
libro breve, Sobre la genealogía de la moral, compuesto de tras partes
independientes pero enlazadas entre sí. El tono es todavía fundamentalmente
negativo y Nietzsche mismo dirá de él que es un comentario y una aclaración de Más allá del
bien y del mal; en realidad, la critica que alienta en sus páginas,
el análisis destructivo de las formas de la vida ética y religiosa de su tiempo
aluden ya a una construcción positiva, a una “superación” del nihilismo, y en
el libro se encuentran conceptos como el de “resentimiento” que pertenecen ya
al acervo esencial y permanente de su última filosofía.
Como un drama
que camina hacia su desenlace, la vida de Nietzsche adquiere también en esta
época una intensidad y un ritmo nuevos. Según lo escrito a Peter Gast: “Tengo
la sensación de que se ha cerrado un capítulo de mi vida y de que se extiende
ante mí su mayor y principal cometido”. El hecho central que determina este
sentimiento es el lento alborear en la mente de Nietzsche de las líneas
generales de su filosofía. En septiembre de 1886 había escrito a su hermana:
“Para los próximos cuatro años me propongo la conclusión de una obra en cuatro
volúmenes, cuyo título es ya para estremecer: ‘La voluntad de poderío. Ensayo
de una transmutación de todos los valores’. Para lograrlo me hace falta todo,
salud, soledad, buen humor, quizás una mujer.” Esta obra es la visión
metafísica de Nietzsche, el descubrimiento y formulación de aquel punto central
desde el que todo su pensamiento recibe sentido y forma. Un sentimiento de
seguridad le invade en relación con su obra anterior.
Esta obra, que
había de dar expresión a lo más profundo y definitivo en el pensamiento de
Nietzsche, experimenta un destino singular. Nietzsche trabaja en ella
incansablemente, por lo menos desde 1886, y todos los papeles póstumos de estos
años son, en realidad, fragmentos de ella o planes y disposiciones para su
realización. Una idea de lo que esta obra hubiera debido ser nos la ofrecen los
fragmentos reunidos con el título de La voluntad de poder y dados a luz por la hermana
y por Peter Gast en 1906, y, sobre todo, la reconstrucción con el título El legado de
Nietzsche. Las notas, los esbozos se acumulan, pero Nietzsche no les
da forma definitiva, consciente del sentido terrible que se albergaba en su
respuesta al problema del ser del hombre. Había escrito ya con acento
profético: “La Europa actual no tiene ni la sospecha de las espantosas
decisiones en cuyo torno gira todo mi ser, del potro de problemas al que me
encuentro atado; no tiene ni una idea de que conmigo se prepara una catástrofe
cuyo nombre sé pero no quiero pronunciar”. En un momento en que la cultura
burguesa de su siglo parece celebrar sus más altos triunfos, en que la
formalización creciente del saber y el desarrollo incontenible de la técnica
cubren todos los problemas del existir con un manto de aparentes soluciones,
Nietzsche como Dostoievski, ve avanzar inexorablemente el destino que esta
misma cultura alimentaba en su seno: “Nuestro orden social se disolverá
lentamente. Experimentaremos conmociones, convulsiones sísmicas, un
desplazamiento de montes y valles que nadie ha podido soñar. Todas las
instancias de la vieja sociedad saltarán en mil pedazos, y habrá guerras como
nunca las ha habido en la tierra”. Un silencio cargado de significaciones, bajo
el cual arde como un fuego sagrado todo un mundo de ideas, se extiende, al fin,
sobre la última etapa de su vida.
Bajo la sombra
de esta obra inconclusa, cargada con la tensión que pone en su ánimo un
cometido estremecedor, discurre el último año de la vida consciente de
Nietzsche, este año de 1888, en el que descubrirá Turín, “la ciudad congenial a
mi filosofía”. El año de 1888 es el año más productivo de su vida. Cinco libros
escribe durante él: El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos, El
Anticristo, Nietzsche contra Wagner y Ecce homo,
todos, menos el primero publicados después de su derrumbamiento espiritual, y
los tres últimos, años después de su muerte. Ninguno de estos libros se halla
en relación esencial con la gran obra proyectada. En septiembre de 1888 escribe
a Deussen refiriéndose a los dos primeros libros: “Estas dos obras son, en
último término, sólo solaces en medio de un cometido decisivo e
inconmensurablemente duro, de un cometido que, si llega a comprenderse,
escindirá en dos mitades la historia de la humanidad”. Ya Overbeck, en octubre
del mismo año: “En medio de la gigantesca tensión de estos meses, un duelo con
Wagner era para mí un solaz completo”. “Desviaciones del camino”, pero, a la
vez también, preparación para su obra capital debían ser estos libros que se
suceden el uno tras el otro en un crescendo. Ecce homo pretendía
desesperadamente llamar la atención sobre sí, relatándose a sí mismo “con un
cinismo histórico”; es el último intento por hacerse oír, por ganar la
comprensión de un medio extraño cuando no hostil, un intento en el que todo,
hasta lo desmesurado, y esto quizás más que nada, obedece a un cálculo y a un
plan.
En este
instante mismo, en el que parece tocar con las manos el fruto de su vida,
cuando reúne al fin todas sus fuerzas para lanzarse a la gran decisión,
desciende la catástrofe sobre Nietzsche. Comienzan a verse síntomas de
perturbación mental. El 3 de enero de 1889, Nietzsche sale a dar su paseo
acostumbrado y, de repente, se desploma en medio de la calle. Llevado a su
casa, parece reponerse y emplea los días siguientes en escribir con todo
cuidado breves líneas a sus amistades,
a Rohde, a Cosima Wagner, a Georg Brandes, a Spitteler, a Hans von Bülow, a
Strindberg. Estas cartas, concebidas muchas de ellas en forma de mandatos
solemnes, y de las que sólo algunas se conservan, son ya documentos del
desvarío que Nietzsche firma en su mayoría como Dionysos o “el Crucificado”.
Los amigos no reaccionan enseguida, porque nadie espera nada semejante; algunos
llegan incluso a pensar en una farsa irónica. El 6 de febrero, sin embargo,
Jakob Burckhardt hace entrega a Overbeck de una larga carta de Nietzsche, cuyo
contenido no ofrece ya duda alguna de su locura. Tras un cambio de impresiones
con un psiquiatra, Overbeck se pone en camino al día siguiente para recoger a
Nietzsche en Turín. Internado en la clínica psiquiátrica de la Universidad, el
diagnóstico es el de parálisis progresiva, como hoy sabemos, de origen no
constitucional, sino debida a causas extrañas, bien a una infección, bien,
aunque menos probablemente, al abuso de drogas. El 17 de enero la madre recoge
al enfermo quien pasa el primer período de tratamiento en Jena, para
trasladarse después a Naumburg al cuidado de la madre y, a la muerte de ésta en
1897, a Weimar, cerca de su hermana. El 25 de agosto de 1900 muere, al fin,
Nietzsche sin haber recobrado la razón. Las últimas palabras ante su tumba en
el cementerio de Röcken estuvieron a cargo de Peter Gast: “Eras uno de los
hombres más nobles, más puros que han pasado por la tierra... Paz a tus
cenizas; ¡que tu nombre sea sagrado
para todas las generaciones venideras!”.
En 1883, la hermana, ayudada por Peter Gast y
unos pocos colaboradores fundan el “Archivo Nietzsche”, y desde ese instante
con la publicación, aunque todavía fragmentaria, de los papeles póstumos y la
reedición de las restantes obras, el pensamiento de Nietzsche va difundiéndose
y su influencia ascendiendo hasta convertirse en la primer potencia espiritual
de la época. El filósofo hasta entonces desconocido, que, no hacía más que unos
pocos años no podía encontrar editor para sus libros, escala de súbito las
cimas de la popularidad, y, ya antes de su muerte, ven la luz tres distintas
ediciones de sus obras completas.
Alemania, después de Lutero, es la tierra del devenir, de una voluntad
de ser que nunca se agota en formas políticas
y sociales. Sólo el espíritu alemán puede luchar contra la degeneración
moderna, contra el deterioro de la raza europea. En sum época Nietzsche fue uno
de los más raros y más resueltos adversarios del antisemitismo, lo cual debería
evitar toda confusión con nazismo, que ha apelado a él. Nietzsche no se
identifica con la nación, con el Volk alemán.
El pensamiento alemán, del que Nietzsche es un representante central, separa en cambio la nación y la racionalización. Nietzsche ataca “al hombre abstracto, privado de todo mito constructor, la educación abstracta, el derecho abstracto, el Estado abstracto”, en nombre del mito nacional, en nombre de aquello que es más profundo que una voluntad colectiva, la fuerza misma de la vida de un ser histórico concreto. El pensamiento de Nietzsche recurre a la vez al Ser y al movimiento de afirmación de la nación. La invocación al Ser, más allá del bien y del mal, lleva a reunir la libertad y la necesidad.
Puesto que Nietzsche
se caracteriza por una filosofía ahistórica, es importante conocer el contexto
en el que sus obras se gestaron para poder comprenderlas a fondo.
La revolución de febrero de 1848 en
Francia fue la señal para una serie de movimientos en la Europa central, el
primero de los cuales fue el levantamiento del 13 de marzo en Austria.
Multitudes de estudiantes y obreros provocaron disturbios en Viena y obligaron
a renunciar al último gran pilar del antiguo régimen, el príncipe Metternich.
Alarmado por la negativa de sus tropas a disparar contra los rebeldes, el
emperador prometió una Constitución para la Austria alemana, con excepción de
Hungría y las posesiones italianas. Tal como quedó aprobada finalmente, la
nueva Constitución establecía un gabinete responsable ante el parlamento y una
concesión liberal de derechos políticos, y la asamblea que la redactó terminó
también con las obligaciones feudales todavía subsistentes de los campesinos.
Casi inmediatamente los húngaros aprovecharon la agitación existente en Viena
para organizar un gobierno liberal y en abril de 1849, con la dirección de Luis
Kossuth, declararon la independencia de la República Húngara. Pero ninguna de
esas revoluciones tuvo un éxito verdadero, ya que pronto se enredaron en los
conflictos del nacionalismo. Los liberales húngaros no estaban más dispuestos
que los austríacos a otorgar a las nacionalidades sometidas los privilegios que
reclamaban para sí. De esta forma, los
Habsburgo podían excitar el descontento de los eslavos y utilizar a éstos para
contener las ambiciones de los grupos étnicos dominantes. En el verano de 1849
el emperador ya había logrado derribar la República Húngara y revocar la
Constitución austríaca. Pero el descontento continuó hasta que en 1867 se llegó
entre austríacos y húngaros a una transacción conocida con el nombre de Ausgleich.
El Ausgleich
establecía una doble monarquía en la que el jefe de la casa de Habsburgo
gobernaba a la vez como emperador de Austria y rey de Hungría. Cada una de las
dos partes del imperio era prácticamente independiente y contaba con su
gabinete y su Parlamento. Tres ministros comunes a ambas partes, los de guerra,
hacienda y relaciones exteriores, cuidaban los intereses del Estado en conjunto
en sus esferas respectivas. Este acuerdo, que permitía a los magiares, en
Hungría y a los alemanes en Austria gobernar como razas dominantes, continuó
hasta que el imperio dual se desmoronó en 1918.
El interés principal de los
nacionalistas en Alemania era la unificación de su país. Los estados alemanes,
juntamente con Austria constituían desde 1815 los treinta y ocho miembros de la
Confederación Germánica. Liberales influyentes entre los nacionalistas
confiaban unificar a toda Alemania en un gran imperio. Otros, sin embargo,
estaban mucho más preocupados por hacer progresar los ideales y la cultura germanas.
Creían ardorosamente en la superioridad del pueblo germano, de la ley germana, y en el
concepto de un Reich germano. Algunos eran francamente expansionistas, y
proclamaban el derecho alemán de civilizar a los pueblos más atrasados e
incluso de ocupar sus territorios. Gran parte de los dogmas de violencia de
esos hombres coincidieron con las tendencias de los militantes posteriores,
desde Bismarck hasta Hitler.
El nacionalismo germano alcanzó su
primer climax en la Revolución de 1848. La agitación llevada a cabo por los
liberales disidentes forzó a los príncipes alemanes a sancionar o a prometer
reformas. En mayo, algunos dirigentes esclarecidos convocaron a una gran
asamblea nacional en Franckfort para sancionar una Constitución que habría de
regir a una Alemania unida. Desde el comienzo surgieron controversias respecto
de numerosas cuestiones: ¿la forma de gobierno, sería la de una república o la
de una monarquía restringida? En este último caso, ¿a quién habría de ofrecerse
la corona? ¿Debería estar incluida Austria, o sólo estrictamente los estados
alemanes? Estas fueron las piedras que constituyeron los cimientos de la
asamblea de Franckfort. Bien pronto después se disolvió con disgusto, sin nada
para mostrar como fruto de sus esfuerzos. Gran parte de las reformas que habían
tenido lugar al margen de la asamblea
fueron diluyéndose gradualmente, y millares de revolucionarios emigraron del
país y buscaron refugio en los Estados Unidos.
Recién en 1870, Alemania e Italia
llegan a constituir Estados nacionales, gracias a la acción de la monarquía y
la nobleza feudal que la acompaña. Ambas naciones surgen con fuertes resabios
feudales, sobre todo en el este de Alemania y sur de Italia. La monarquía, la
nobleza y el ejército serán las instituciones que protagonicen políticamente la
construcción de la nación. Esta situación explica la debilidad de sus
instituciones políticas y de su burguesía, las que no podrán afrontar
adecuadamente los tiempos de crisis.
En el caso de Alemania, será la dinastía prusiana de los Hohenzollern,
la que transformará al joven reino de Prusia en la nueva potencia militar del
norte de Europa, la que en estrecha sociedad con su nobleza feudal construya la
nación alemana, imponiéndola por la espada. En efecto, la misma surge como
resultado de los éxitos militares prusianos de los siglos XVII y XIX. Las
hazañas de Federico el Grande en el primero de estos siglos, las victorias
sobre el Primer Imperio Napoleónico, sobre el Imperio Austro-Húngaro y sobre el
Segundo Imperio Napoleónico, permiten la proclamación del II Reich[1]. Surge entonces, lo que pretende ser el continuador del Imperio
Románico Germánico.
El príncipe
Otto von Bismarck,
terrateniente del este alemán,
que es canciller prusiano
primero y luego del Reich,
gobernando entre 1862 y 1890, es el estadista cuya capacidad política v hábil gestión de gobierno, logra concretar
un Estado nacional alemán
tras siglos de frustración
Bísmarck construye,
desde el poder que le da la confianza de la monarquía, el
apoyo de los terratenientes
prusianos y el contar con una muy eficiente burocracia, una pujante sociedad nacional Sin embargo, esta se caracteriza
desde sus comienzos por sus acentuados contrastes políticos y económicos, que solo el peso de la personalidad de
Bismarck puede conciliar
En este período tienen una preponderancia política los intereses agrarios del Este alemán y la subsistencia de un conservadurismo prusiano cuasi feudal, que es la expresión
institucional de los mismos.
Idéntica situación se da en el plano económico, en el que la inteligencia estratégica de Bismarck, le permite comprender que solo una nación desarrollada industrialmente
puede llegar a tener presencia internacional en su tiempo Es por eso que el
gobierno, y no los empresarios
burgueses apoyaran el
crecimiento de la industria alemana La
burguesía tras las frustradas revoluciones liberales de 1848 no solo
renuncio a su autonomía
política, aceptando la conducción de la nación por parte de monarquía
prusiana, sino que también delegó en ésta la orientación de la economía Esto
permite explicar no
solo la subsistencia de
los terratenientes del Este, sino que además explica la
persistencia de su
supremacía política.
Bismarck logra durante todo su gobierno mantener al liberalismo político dividido y manipulado, favoreciendo la
preponderancia del
conservadurismo político Carente de una burguesía
que le del respaldo económico autónomo del Estado,
asustada por el crecimiento de un partido clasista que se define como
revolucionario, el social demócrata, temerosa también del otro
gran partido de masas»,
el centro católico, la
derecha liberal se alineara primero con Bismarck y luego con sus sucesores.
Un acelerado desarrollo industrial, crea senos problemas sociales
Como consecuencia de ello surge en Alemania el sindicalismo y su partido hermano, el socialdemócrata,
que constituyen en poco tiempo,
las mejores y más organizadas estructuras marxistas
del mundo industrial Sin embargo tienen una debilidad y esta consiste en no
ser partidos revoluciónanos,
sino meros partidos antisistema.