ÓSCAR WILDE (1854-1900): DEL ARTE POR EL ARTE A UNA CENA CON PANTERAS.
POR RODRIGO QUESADA MONGE.
“And all men kill the thing they love,
By all let this be heard,
Some do it with a bitter
look,
Some with a flattering word.
The coward does it with a
kiss,
The brave man with a sword!”
NOCIONES
PRIMIGENIAS.
Hablemos de Óscar Wilde
(1854-1900). Pero hagámoslo con la alegría de quien se prepara a dedicar una
canción, una canción para uno de los más grandes poetas de este siglo, y por lo
tanto, uno de los más agudos y lúcidos visionarios de nuestra época. Porque,
entre la tristeza y el gozo, la gloria y la miseria, el triunfo y la caída, la
figura de Wilde se yergue grande y aleccionadora por dondequiera que se la
mire.
A contra pelo del canon
victoriano, es decir, del conjunto de creencias y principios que regían el
gusto artístico y la conducta moral de los ingleses, durante el reinado de la
adusta e hierática reina Victoria (1837-1901), uno tiene la dicha reservada y
discreta de encontrarse con espíritus aventureros y osados, como Wilde, que se atrevieron a tomar tales convencionalismos y reglas por los
pelos, para lanzarlos por encima de la
borda de un programa socio-ideológico, que no sólo era fiel tributario de la
corona sino también de las estructuras imperiales.
En la condena de Wilde a dos
años de trabajos forzados por sodomía, confluyen la hipocresía moral, el
cinismo político, la prepotencia colonialista y finalmente la más
desproporcionada intolerancia
que uno pueda imaginarse. Mientras la corona británica hace todo lo posible por
destruir a Wilde, siete años después de muerto éste, en la más absoluta
soledad, en el medio de la pobreza y de la sequía artística, la corona sueca
premia con el Nobel de Literatura a Rudyard Kipling (1865-1936) por su
obediencia al canon victoriano, y por
su lucidez en la defensa de los derechos que tienen los países “civilizados”
para someter a los que no lo son, como los de África, Asia y América Latina
(“la carga del hombre blanco”, decía él).
A cien años de su muerte,
recordar a Wilde no es gratuito, no se trata de una simple pose académica, o
porque nos obsesionen las efemérides. Cuando algunos, desde una posmodernidad
vulgar y vana, quieren decirnos que el arte no sirve para nada, es el momento
de preocuparnos, puesto que está a la vuelta de la esquina la posibilidad de
que también nos digan que el humanismo ya perdió vigencia. Así lo han intentado
con la herencia del marxismo y de las distintas variantes del pensamiento
socialista, y casi lo han logrado con los anhelos de las personas por soñar y
construir utopías cotidianas, uno de los grandes legados del siglo XIX, ese
siglo burgués por excelencia, con todas sus contradicciones, pasiones y
desgracias.
De tal forma que, hablar,
pensar, sentir a Óscar Wilde desde este siglo brutal, sangriento y opresivo, no
es baladí, es una necesidad. Puesto que su frescura, su alegría, su capacidad
de sufrimiento y su ciclópeo coraje son una lección descomunal para todo aquél
que crea en la más simple de las virtudes humanas: la honradez..
ÓSCAR WILDE: EL HOMBRE.
“De Irlanda por raza, y de
Oxford por cultura”, como
solía decir de un amigo suyo, a Wilde se le puede visualizar de largo, como el
prototipo del hombre moderno: repleto de contradicciones, y sin embargo,
portador de una sustancial capacidad para soñar. Esa constante disposición al
desafío lo puso frente a frente con una masa informe de reglas, normas y
prohibiciones, que a la larga terminarían por aplastarlo.
Uno lo encuentra en los patios,
jardines y plazoletas de la vetusta universidad de Oxford, engalanado de poses
y mascaradas, jugando a la mediocridad, cuando en realidad sabemos que su
inteligencia y sensibilidad estaban por encima de las de cualquier hombre o mujer
de su tiempo. Pero el juego era muy peligroso, porque se trataba de manipular
al medio y a los otros con simulaciones, pequeñas traiciones, jugarretas y
paradojas, que buscaban tentar la curiosidad del amigo, del vecino, del lector,
en una tómbola abigarrada de enigmas y acertijos que a él mismo lo dejarían sin
salida alguna. Nos estamos refiriendo a que Óscar Wilde se construyó con esmero
y dedicación su propio laberinto, según el buen entender de los griegos, a
quienes tanto tradujo y amó. “Con frecuencia ocurre, nos decía, que
cuando creemos que estamos experimentando con los otros, es con nosotros mismos
con quienes lo hacemos en realidad”.
Ni duda cabe de que Wilde con
ese amor por la simulación anunciaba con mucho algunas de las tendencias más
notables de la estética del siglo XX. Tanto así que, a veces sus tesis casi
configuran un programa existencial, muy bien articulado en ciertos de sus más
profundos ensayos, conferencias, diálogos y artículos, como lo veremos luego.
Pero a Wilde le estaba reservado convertirse en la víctima propiciatoria que
pusiera en evidencia toda la hipocresía pantagruelesca del reinado de Victoria.
Pocas veces podemos encontrar una reina más consciente de su “misión
civilizadora” como esta mujer. La magnificencia con que el totalitarismo
victoriano fue construido, no sólo revela la incontrovertible vocación
dictatorial de la mayor parte de las monarquías imperialistas de la época, sino
que también permite explicar en gran parte algunas de las causas del cataclismo
de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Para Victoria y los ideólogos
victorianos, los “súbditos” de su majestad no tenían vida privada. Todos y cada
uno de los más ocultos resquicios de su cotidianidad estaban reglamentados, al
extremo de que hasta las escaramuzas de alcoba debían sujetarse a cierto tipo
de codificación. Pero
es que le tocó en suerte a su reinado, definir los parámetros con que se
construiría y se cimentaría el imperio. No se podía pedir moral, disciplina,
civilización y otros principios a los pueblos de África, Asia o el Caribe, sino
se era capaz de construir una moral igualmente efectiva en casa.
Resulta que Óscar Wilde, su
persona, sus ideas, sus emociones, sus gustos y hasta sus gestos no encajaban
en ese esquema. Dos cosas entonces, parecen aflorar aquí con una fuerza
particular, si algo queremos entender de la saña y la brutalidad con que se le
reprimió, y finalmente se le aniquiló. Su homosexualidad por un lado, y sus
ideas socialistas por otro, eran dos ingredientes definitivos para que todo el
peso del canon disciplinario victoriano le cayera encima. Al lado de estos
elementos, todo el dispositivo caricaturesco que Wilde montó con su dramaturgia
sobre la moralidad burguesa, le representó en todo momento serios problemas
éticos, políticos, estéticos y sociales. Porque las críticas de Wilde son
anti-burguesas, más que anti-victorianas. Tenía claro que la monarquía era el
obediente instrumento de un todo más abrumador y destructivo: la civilización
capitalista. La monarquía y el imperio eran sus dos puntas de lanza, a las
cuales, un autor como Kipling, siempre rindió respeto y pleitesía.
La homosexualidad de Wilde
pareciera tener dos dimensiones, a cual más problemática y llena de riesgos.
Bien podemos decir que es la primera víctima de la homofobia burguesa, pero
también de aquella ajustada y apremiada por la racionalidad excesiva que ha
caraterizado toda la época moderna. La racionalidad burguesa no aceptará nunca
al homosexual pues éste está en contra de todos sus más caros principios: la
familia por ejemplo, para la salud de la cual es necesaria la reproducción; la
sexualidad displicente y mecánica, para la cual el cuerpo femenino no es asunto
de las mujeres sino de la burguesía, que lo concibe como el depositario cierto
de su visión material y espiritual del mundo. Por eso es que la rebeldía
feminista en gran parte empieza por el rescate y recuperación de su propio
cuerpo.

Todo el basamento
judeo-cristiano sobre el cual reposa la moral burguesa cruje ante la presencia
insolente y vanagloriosa de un homosexual como Óscar Wilde. Hitler, Stalin,
Somoza, Pinochet, todos los grandes
dictadores de nuestra época persiguieron y aniquilaron cualquier brote de
homosexualidad en sus sociedades. Y la reina Victoria, entre otros tiranos, les
enseñaron cómo hacerlo. Rodeado de un séquito sumiso e incondicional de
burócratas y policías, el dictador, el tirano, sea éste hombre o mujer, quiere
controlar todos los detalles del funcionamiento de su sociedad. Y no hay cosa
más difícil de controlar que la sensualidad, el erotismo, las espontaneidad de
las pasiones. Éstas son increíblemente subversivas, trátese de una pareja
homosexual o heterosexual. Resulta que la burguesía descubrió al individuo pero
le negó su individualidad, de tal forma que su sexualidad es un asunto social,
no lo es privado. Un homosexual entonces es un individuo marginal, un enfermo,
que debe ser aislado para proteger la individualidad de los otros, aunque ese
individuo en particular, deba ser eliminado. Aquí se trata de una decisión,
como bien puede verse, muy civilizada, prendida del sano objetivo de proteger
la “salud mental” del grupo, el cual, a la larga, para la burguesía, es
simplemente una suma de individuos no de individualidades, como ya anotamos.
Entonces, para bien de la
civilización, un homosexual, inteligente, sensible y educado como Wilde es
peligroso, subversivo, revolucionario enventualmente, porque es portador de una
individualidad demasiado fértil y vigorosa. Al fin y al cabo el sistema
aniquila al individuo, pero la herencia de su individualidad es lo mejor que
nos queda, y sobre eso no se discute porque al final de la jornada también se
puede subastar . No es desarmonioso en consecuencia, pero sí muy irónico, que el inventor de las reglas para el boxeo,
un deporte tan varonil y “machista”, el Marqués de Queensberry, padre de Lord
Alfred Douglas, amante y motivo de la tragedia de Wilde, fuera quien finalmente
lo enviara a la cárcel.
En conclusión, la moral burguesa primero
arrincona al individuo, cuando a éste se le ocurre desafiar su indubitable
dominación, para luego someter a escrutinio su individualidad. Si la herencia
factible que ésta posibilita puede pasar a formar parte del acervo cultural de
la civilización capitalista, entonces la burguesía termina merodeando esa
herencia, se la apropia y la hace suya, es decir, la convierte en mercancía. En
el caso de Óscar Wilde, como de muchos otros grandes artistas, individuo e
individualidad son inseparables, aunque la moral burguesa los obligue a
realizar una vida en el “closet”. Mucha
de la más bella poesía o de las cartas escritas por Wilde son directamente
proporcionales a su naturaleza sexual. Ignorar ésto es separar al hombre del
artista, una aberración que hoy nos hemos acostumbrado a ver con una gran naturalidad.
Pero junto al sufrimiento que
tal desgarre produce, en términos humanos y artísticos, existe otro todavía más
grave y de mayor impacto sobre la vida personal y social del artista. Esta es
la otra dimensión de la homosexualidad de Wilde a la que queríamos referirnos
también. Él lo describía maravillosamente, cuando decía que bajar a los mundos
subterráneos de la prostitución masculina del Londres victoriano, era como
“cenar con panteras”, puesto que siempre
se exponía al zarpazo, al chantaje que tales licencias suponían a manera de
resaca ineludible. En estos viajes demenciales y arriesgados siempre lo
acompañó Lord Alfred Douglas (1870-1945), Bosie.
Del paso de las tranquilas
plazoletas del verde y aristocrático Oxford, al sucio y desvencijado Londres,
Wilde y Douglas hicieron una aventura. La misma que los llevaría a la tragedia,
la desgracia, la humillación y finalmente al desamor y al odio. Estas
aventuras, aparentemente traviesas y juguetonas, tienen un perfil terrible, si
pensamos en que, el que hacía las
mayores apuestas era Wilde.
El tránsito de la
homosexualidad como tragedia del pensamiento y la cultura, a la homsexualidad
como comedia, proxenesis y vicio, les resultó a ambos amantes increíblemente
caro. Ese juego camaleónico, esa mascarada
sibilante repleta de entuertos e infortunios, tendría que sostenerse
indefectiblemente en los bordes de la moral burguesa, la que no comprendería
jamás ese ir y venir entre las dos caras de una homosexualidad diseñada para
ocultar el verdadero propósito de toda esta aventura: encontrarle sitio al arte
en una sociedad que hacía mucho rato había dejado de entenderlo. Creemos que Lord Alfred Douglas tampoco
comprendió en toda su justa dimensión este azaroso manipular de espejos en que
lo había metido Wilde.
Para él el juego tenía
dirección sólo en la medida en que su individualidad artística saliera
fortalecida, envigorizada para continuar con una tarea que toda la sociedad
burguesa en algún momento vería como una absoluta aberración. En el trayecto
Wilde no sólo perdería el control sobre su cuerpo, puesto que su carcelero
sería el verdadero dueño durante dos años, sino también sobre lo más preciado y
valioso para un artista: la independencia y la tranquilidad de espíritu para
crear. Bastará leer “De Profundis” para darse cuenta de las enormes
proporciones que tiene para Wilde el
arrepentimiento, por todo el tiempo perdido al lado de Bosie cenando con
panteras.
Finalmente, en este afán
nuestro por entender al hombre, para recalar sus lecciones artísticas a nuestra
época, no podemos concluir esta sección sin referirnos a sus ideas políticas,
las que en realidad creemos, le causaron su caída y su desgracia final.
Ampliaremos este tema un poco más adelante, entre tanto, anotemos que algunos
críticos contemporáneos sostienen que, en todo lo que respecta a Óscar Wilde,
los ingleses siempre se han equivocado. Sabemos hoy que, a pesar de que sus
afeminadas maneras, su esteticismo y hedonismo a ultranza fueron el blanco de
la burla de la prensa victoriana, y también de alguna prensa amarga y venenosa
de los Estados Unidos (de San Francisco para ser preciso, durante su visita en
1882), lo que resultó más incómodo tanto para los oficiales del imperio
británico, como para la burguesía aristocrática de algunos circulos culturales
norteamericanos, fue la forma directa y veraz, con que Wilde abordó el problema
irlandés. Contamos con fragmentos de sus conferencias en los Estados
Unidos, en las cuales el escritor
siempre que pudo, criticó al imperio británico, a la política migratoria de
aquél, y de manera sutil y elegante insinuó que el socialismo era un ideario
digno de tomar en cuenta para combatir la ocupación británica de Irlanda. Es
cierto, durante su estadía en los Estados Unidos, aquellos circulos culturales
que mencionamos arriba, sintieron que el poeta se burlaba de sus poses
academicistas, vacías y burdas. A él, por su parte, la prensa de San Francisco
lo hizo víctima del escarnio y la mofa caricaturesca. Pero el hombre asumió el
asunto con estoicismo, con una inteligencia sólo digna de Óscar Wilde.
El hedonismo sincero de Wilde pudiera
haber producido algún grado de acidez en los sectores más conservadores y
vigilantes de la moral pública victoriana. Lo mismo que el lado oculto de su
vida privada, atemperado por un matrimonio trágico y falaz, parecía atraer la
curiosidad más morbosa del público británico de la época, porque rara vez
alguien exponía su verdadera naturaleza sexual con tanta sinceridad como lo
había hecho el escritor. Todavía estos ingredientes podían ser manejables en
una corte de justicia. Pero que el arte por el arte fuera la excusa para
promover sus verdaderas ideas políticas, hacían de nuestro poeta una presa
fácil, como veremos más adelante, de los inveterados prejuicios políticos y
culturales de la corona británica. Ser irlandés, rojo y maricón, eran
indiscutiblemente tres componentes decisivos para hacer saltar en pedazos a
cualquiera que se atreviera a criticar al venerable e intachable imperio
británico. Lo más curioso de todo ésto es que Wilde amaba a su reina Victoria,
y cada vez que podía celebraba los cumpleaños de ella, con la misma devoción
que cualquier anciano británico, ciego creyente de la infalibilidad de su
monarca.
ÓSCAR WILDE: EL ESTETA.
Con frecuencia, la enigmática
visión de la vida que tenía Óscar Wilde, evoca en nosotros una capacidad
particular para llevar hasta sus últimas consecuencias aquello en lo que
creemos y en lo que sentimos. El esteticismo de Óscar Wilde tiene el tono de la
ficción, del puente que se establece entre el sueño y la realidad. Vivir la
vida como una obra de arte puede
plantearle problemas a quien la aborda con la cordura que da la perpetua
racionalización a que nos obliga la vida cotidiana.
El arte por el arte, postulado central de
algunos de los grandes teóricos de la estética pre-rafaelista como Walter Pater
(1839-1894), y cuya influencia artística en Wilde fue decisiva, en apariencia,
podía profundizar las contradicciones entre la amoralidad del arte y el
supuesto compromiso que el artista debía tener con los problemas de su tiempo.
Porque para Wilde no existían el libro pervertido o el libro virtuoso. Existían
los libros bien o mal escritos. Y esta sola afirmación fue capaz de provocar un
debate de grandes proporciones, que incluso se siente hoy día entre
nosotros.
El esteticismo de Óscar Wilde,
su dandysmo, pertenecen a la era del imperialismo, a los sobrecogedores
umbrales del siglo XX. No es el dandysmo de Charles Baudelaire por ejemplo,
todavía bajo los influjos de una revolución francesa que no acaba su tarea, aun
cuando la comuna de París de 1871, supuestamente, debió de haber llevado al
colmo una herencia que en el presente recordamos con nostalgia y gratitud. El arte por el arte, como patrón ideológico,
en el caso más que concreto de Oscar Wilde, es una estrategia de evasión, ante
las evidencias contundentes de la fealdad de la sociedad industrial. En estos
casos jamás el arte podrá imitar la vida.
Si partimos de la base de que
el arte por el arte es una actitud irresponsable, sometida a los vaivenes del
gusto literario y artístico de la época, o metida de plano en los caprichos
estéticos del artista, eso sería ponerle límites muy serios a un conjunto de
ideas que no se agotan en el culto por el objeto de arte, sino que va más allá
y abarca también el grado de inserción que tenga el artista en su realidad
social, política y cultural específica. Cuando Wilde sostenía que el arte era
inútil, se refería precisamente a su supuesta banalidad, predicada por años por
una burguesía pragmática y estéril, que sólo confiaba en la industria para
producir “cosas útiles”. Se refería
también a los despropósitos socio-económicos del mismo, puesto que los afectos, las emociones y la soledad
creativa del artista no están diseñadas para producir cosas útiles según el
criterio de la burguesía, sino objetos bellos, capaces de evocar en el
espectador la posibilidad de tener acceso a un mundo mejor. En ese sentido el arte es subversivo, pero
sigue siendo inútil. Aunque el artista y su creación serían muy útiles para la
burguesía si defendieran y estuvieran al servicio de sus intereses.
La tesis del arte por el arte,
no sólo como se expresó en la Inglaterra victoriana, sino también en la Francia
del Segundo Imperio, generaba una serie de acaloradas discusiones sobre todo
porque, si la revolución industrial había traído consigo una riqueza colosal
para los poderosos, también se hizo acompañar por una pobreza aterradora. Tal
tesis en este caso, era poco menos que frívola y superficial. Sin embargo,
difícilmente el artista con sus creaciones podía modificar dicha situación. La
pintura de los pre-rafaelistas no alteró un ápice los desmanes imperialistas
británicos en la India, por ejemplo. O la humillante situación en la que se
encontraba la mujer.
Sin embargo, en el ejemplo de
Wilde como en el de muchos otros creadores de su época, el arte podía
convertirse en un artefacto de poderosa influencia política y social, a partir
de la fuerza y de la naturaleza del compromiso con que el artista se insertaba
en la sociedad de su tiempo. De tal manera que, entre el buen decir de Wilde, y
su verdadero hacer, la lógica dialéctica nos dice que son los resultados los
que nos permiten medir la verdadera dimensión del impacto de sus creaciones, y
los mismos son de tal magnitud que hoy podemos decir que existe una
bibliografía cercana a los ocho mil títulos sobre su vida y su obra.
Durante su estadía en los
Estados Unidos, en 1882, Wilde impartió conferencias sobre las distintas y
variadas expresiones de la belleza, pero la sonoridad del recibimiento que le
dieron no estuvo en proporción con los contenidos y las críticas que quiso
hacer. La buena sociedad norteamericana parecía hacer derroche de su riqueza,
pero no sucedía lo mismo en lo que respecta al buen gusto, la delicadeza, y el
glamour en los disttintos escenarios que ofrecía la vida cotidiana. Como les
hizo ver con cínica franqueza sus limitaciones, algunos escritores y críticos
del autor lo encontraron presuntuoso e infatuado, pero rara vez escrutaron a
profundidad lo que Wilde entendía por belleza, sentido estético y sensibilidad
artística.
Esta clase de desacuerdos, por
más esfuerzos que él hubiera hecho para atemperarlos y no perder la paciencia
con el mal gusto de la pretenciosa y arrogante nueva burguesía industrial norteamericana,
le enseñaron mucho y lo ubicaron de frente a la gran polémica del siglo: ¿Dónde
reside el verdadero valor de una obra de arte? ¿Quién decide lo que es una obra
maestra? Dos preguntas que, cómo decía Wilde, habían recibido una riquísima
gama de respuestas, pero sobre las
cuales cada vez sabíamos menos.
Hoy, cuando el valor de una pieza
artística se mide por su cotización en la bolsa, el esteticismo de Wilde
tendría muy poco que añadir, pero es un resonante llamado de atención. Por eso,
en gran medida continúa con nosotros, porque tuvo el coraje de sostener que la
belleza tenía valor en sí misma, y que no era un medio para enriquecer a su
poseedor. La economía política del gusto nos enseña a fin de cuentas que la
belleza, el talento, el ingenio no se poseen, somos poseídos por ellos. Una
cosa que la inveterada burricia maquinista de la burguesía no vislumbró jamás.
Su mundo de objetos útiles, su insaciable necesidad de cosas, de mercancías, ha
jugado el papel de una plataforma muy efectiva para dinamizar al mundo de los
marchantes, pero ha dejado libres, aunque sufrientes y exangües, a los
creadores, sobre todo aquellos que no se venden, así les vaya en ello la salud
física y mental.
Por eso el esteticismo de Wilde
como decíamos arriba, no se puede comprender fuera de su proyecto vital, el
cual incluye su homosexualidad, su condición de irlandés y de soñador
socialista. “El mapa del mundo estará incompleto si en él no incluimos al país
de la Utopía”.
Aseveraciones como ésta eran las que le ocasionaban sus tórridos
enfrentamientos con el orden burgués establecido. Porque siempre le gustó jugar
al borde de los límites, víctima de las tentaciones y de la marginalidad. Tomar
riesgos al filo del precipicio no sólo fue una idea que permeó su sexualidad, sino
también sus creencias estéticas, las cuales aunque no tenían muy buena acogida
por los teóricos del “establishment”, eran frecuentemente recibidas con cierta
simpatía por los sectores populares, como le sucedió con los mineros y las amas
de casa en los Estados Unidos, cuando se dirigió a ellos para hablarles de la
importancia de la belleza en nuestra vida cotidiana, y de la necesidad de tener
una casa bien decorada y atendida. Si
la mujer victoriana iba a ser ama y señora de los dominios de su hogar, entonces
había que decorarlo de tal manera que se hiciera más tolerable la vida
cotidiana en él.
Con el principio hegeliano en
las manos, recogido en nuestros días y llevado hasta sus últimas consecuencias
por un crítico como Lucáks, de que la belleza de un objeto no es un tema de
discusión ontológica necesariamente, autores como Sir Edward Arnold, John
Ruskin y Walter Pater, a quien ya nos referimos, le prepararon el terreno a
Wilde para que su estética esencialista fuera más allá del simple placer
cotidiano o instantáneo que pudiera producir una obra de arte. Tal tensión
entre la cotidianidad y la eternidad no se resolvía con el hedonismo de los
pre-rafaelistas, aunque las propuestas de Rossetti o Morris eran dignas de
tomar en cuenta, sino, según Wilde, de acuerdo con la capacidad que tuviera un
determinado artista de minar el terreno de la estética burguesa desde adentro.
Bien sabemos que dicha tensión le reventó en la cara. Sin embargo, encontró
seguidores en autores posteriores como Gide, Auden, Nabokov, Beckett, Mann y
otros que supieron plantarse de manera frontal ante una estética burguesa que
aspiraba a la legitimación esencialista del objeto, en la medida en que éste
tarde o temprano terminaría convertido en mercancía.
En ningún lugar, finalmente,
podemos ver con más claridad la textura de dicha tensión que en los diálogos
que sostienen sus personajes dramáticos. El dialoguismo de Wilde, como diría
Bakhtin, es un recurso mediante el cual el autor despliega a plenitud todas sus
objeciones hacia la sociedad burguesa, pero tiene la fuerza particular, asumida
con sutileza y elegancia, de revelar sus paradojas sin caer en la vulgaridad
discursiva o panfletaria que sus temas pudieron haber provocado. Si el artista
vive en los límites de la sociedad, y con regularidad puede ser confundido con
un criminal, por su actitud rebelde y marginal, la burguesía hace lo mismo,
sólo que se oculta tras una pasta de afeites a la cual hay que penetrar con el
cincel de la crítica y la sensibilidad individuales. De aquí que el socialismo
de Wilde apunte hacia el rescate del individuo antes que a cualquier masa
social informe y primitiva. A continuación nos referiremos un poco al tema.
OSCAR WILDE: EL SOCIALISTA.
“La principal ventaja que se
obtendría del establecimiento del socialismo, sería indudablemente que el
socialismo nos relevaría de la sórdida necesidad de trabajar para otros, la
que, en el presente estado de cosas, presiona tanto sobre casi todo el mundo.
De hecho, casi nadie escapa ”.
Wilde sostenía que en el
socialismo el desarrollo del individuo, a la larga, devendría en un
extraordinario beneficio para toda la comunidad. Pero era fundamental,
ofrecerle a ese individuo las condiciones ideales para que su expansión y
crecimiento como ser humano se dieran sin limitaciones de ninguna naturaleza.
En su condición de irlandés católico, hijo de una mujer (Esperanza) dirigente dura y combativa del movimiento
feminista, también líder lúcida y brillante de las tareas por la liberación de
Irlanda, Wilde nunca separó su sueño de la posible construcción del socialismo
de las luchas por la independencia de su país. Sostenía que la sensibilidad y
profundidad de los celtas no tenían por qué estar sometidas a la frivolidad y
al burdo sentido práctico de los teutones (sajones o ingleses). Estas ideas, desplegadas en varios de sus
ensayos, pero notablemente en The soul of man under socialism (1891), le ocasionaron algunos problemas con la
crítica literaria victoriana. A ésta, la Revolución Industrial le había creado
el falso sentimiento de la infalibilidad del proyecto burgués de civilización,
y por ello, el cánon victoriano estaba lubricado de arriba a abajo con la
húmeda creencia de que todos los pueblos del planeta le merecían incondicional
entrega. Húmeda en la sangre, el sudor y las lágrimas, de los trabajadores de
las colonias, quienes durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) empezarían
a inmolarse por una causa que no era la suya.
La Inglaterra victoriana es la
del apogeo de la industrialización, pero también la del crecimiento de la clase
trabajadora, de sus luchas, sus avances, retrocesos y conquistas. En la era del
imperialismo, cuando las utopías sociales florecen como hongos por todas
partes, puesto que la miseria que ha traído consigo la expansión capitalista en
pro del enriquecimiento colosal de unos cuantos, no pasa inadvertida para
aquellos con suficiente sensibilidad y sentido común como para percatarse sobre
quién se beneficia y cómo legitima esos privilegios.
Las reflexiones de Wilde sobre
la sociedad de su tiempo son portadoras de esa orientación. Pocos autores
del período hicieron tanto para
promocionarse a sí mismos, pero también pocos lograron penetrar tan a fondo lo
que en realidad era la Inglaterra victoriana. Sus viajes a los bajos fondos de
Londres, una ciudad con dos millones de pobres al iniciarse los noventa, se
completaban con su conocimiento práctico y teórico sobre los círculos sociales
más distinguidos de aquella.
Consecuente con su hipótesis de
que el carisma, el buen vestir, la prudencia en las comidas y la templanza en
los placeres eran el resultado de un conocimiento adquirido en un mano a mano
con los excesos, Wilde hizo lo que estuvo a su alcance para vender su imagen, y
con ello estaba dando el primer paso hacia la venta de sí mismo como mercancía
artística, producto de la publicidad, una de las grandes aspiraciones del
hombre contemporáneo. Todos seremos famosos por lo menos durante quince minutos
de nuestras vidas, decía Warhol. Y de
esta manera, Wilde saldó sus deudas con su pasado en Oxford, con una pizca de
notoriedad.
Porque sostenía que los dos grandes
cambios de su vida habían tenido lugar cuando sus padres lo enviaron a Oxford,
y cuando la sociedad lo envió a prisión. No podemos decir que estos dos acontecimientos
fueran hitos decisivos en su discreto enfrentamiento con la burguesía
victoriana, pero sí lo fueron en el diseño de su perfil como poeta y escritor,
porque el material que ambas experiencias suplieron le facilitó un mejor
conocimiento de sí mismo y por supuesto la creación de ese mundo literario
personal en el que el único héroe visible era él mismo.
No debemos llamarnos a engaño
atragantándonos con la creencia de que las utopías que sueña Wilde tienen algo
que ver con el concepto totalitario que tiene Marx del socialismo. Es de notar
que, a pesar de que el marxismo se sirvió con mucho de la sólida tradición
racionalista burguesa, que se remonta a los inicios del siglo XVI, y que bien
por ello lo podemos considerar como parte del pensamiento burgués occidental,
aunque moleste a sus más severos defensores, nunca perdió, tal vez más bien
exacerbó, la vena totalitaria de tal racionalismo. Puede resultar difícil de
negar la vertiginosa propensión totalitaria del reinado de Victoria; ahí están
las brutalidades de su imperio para probarlo. Precisamente es contra esa
tiranía victoriana que Wilde escribe sus ensayos, sus historias para niños y
sus dramas. Pero no se le enfrenta de
una manera abierta y exultante. Su lucha contra la mojigatería, la falsa espiritualidad,
y la frivolidad volátil de los victorianos está planteada en términos
estéticos, de manera que es también estética la noción de socialismo que
cultiva Wilde.
Pero aquí no hablamos de un socialismo
melifluo y azucarado, sino de un socialismo de catacumba, marginal, que sueña
con un mundo mejor para los desheredados de la tierra, los minoritarios, los
criminales, los desajustados y los irracionales. En gran parte ese es el
tributo que Wilde le rinde a los chulitos de los barrios bajos de Londres:
soñar sus sueños y traducirlos en poesía, prosa y pensamiento. Pero como buen
pequeño burgués, citadino y acomodaticio, también se cobra su precio: acostarse
con ellos, aunque después le devuelvan el zarpazo.
La educación sentimental de
Wilde bien puede valorarse a partir de su catalítico más notable, su relación
con Lord Alfred Douglas; pero le haríamos una gran injusticia si hiciéramos
algo igual con su ideario socialista y
utópico, pues éste tiene una gestación más tribal, casi familiar, en el cual la
atractiva figura de su madre es vertebral.
Wilde está más cerca de Tolstoi
que de Bakhunin, y todavía más de los fabianos que de los marxistas. Pareciera
feliz de estar al margen de las ruidosas discusiones que se suscitan al
interior de la Segunda Internacional de los Trabajadores, definitivamente
rasgada en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Aún así, la vida de Wilde se
extiende a lo largo de un período rico en acontecimientos sociales, políticos y
culturales, que no le pasaron desapercibidos en su gran mayoría, y en los
cuales, cuando fue requerido, tuvo una participación importante, como el asunto
de la cacería de brujas que provocó el caso Dreyfus. Su participación en el
“affaire” no está clara por completo, pero sabemos que con Emile Zola y otros
grandes escritores de la época, hizo lo necesario para mostrarle al mundo el
racismo y la intolerancia que había detrás de la condena de Alfred Dreyfus
(1859-1935) por supuesta alta traición al ejército francés en favor de los
alemanes. Su gran delito fue ser judío.
El individualismo de Wilde,
sustentado sobre la sólida idea de que si la persona humana no dispone de
condiciones materiales y espirituales para desplegarse a cabalidad abre el paso
a muchas variantes de la esclavitud, tiene una vigencia y una vitalidad en
nuestros días, que asombra por su frescura y su inmediatez. No se trata del
individualismo rampante y explotador que predican el liberalismo y el
neoliberalismo actuales, sino más bien de aquél que sostiene que si los seres
humanos no sacan todo lo que tienen dentro, la sociedad se verá invadida por
todos los vicios y consecuencias nefastas que traen consigo la frustración, las
inhibiciones, la amargura y la represión. La belleza, el cultivo del espíritu,
la solidaridad, serían los vehículos mediante los cuales los hombres y mujeres
de la nueva Utopía harán posible la recuperación del individuo. “El estado fue
concebido entonces para hacer lo útil, el individuo para realizar lo bello”
decía Wilde, en una frase que recoge a la perfección su criterio sobre los
distintos terrenos en que deben moverse ambos sujetos.
El individualismo burgués,
cuyas raíces penetran en el egoísmo más elaborado, es objeto de crítica y
sarcasmo por parte de Wilde. El argumenta que el hombre egoísta jamás tendrá
conflictos con la máquina, porque ésta le completa como instrumento de
producción, y culturalmete hablando, lo deja intacto desde el punto de vista
moral. El ingeniero industrial, para usar un ejemplo, al estilo de los que
soñaban Ford y Taylor, y que fue maravillosamente tipificado en los trabajos de
Ayn Rand, es un sujeto sin contradicciones de ninguna especie, tan compacto que
asusta su efectividad, para la cual todo lo no que genere mercancías es inútil.
No era ese el tipo de individualismo en el que estaba pensando de Wilde.
Uno quisiera pensar que el socialismo de Wilde es más sistemático, más y
mejor articulado que muchas propuestas que circulaban por aquellos días, pero
no pasa de ser una pose romántica, anti-colonialista y certeramente estética,
nada más. Leerlo con los ojos de un marxista de nuestros días, puede llenarnos
de frustraciones, pues podríamos ponerlo a decir cosas que nunca dijo, ni pensó
remotamente. Casi nos inclinamos por argumentar que para Wilde el arte y la
individualidad, esa noción específica que tiene del individualismo, son
interdependientes. Ya decíamos páginas atrás, que él intuyó la diferencia
operativa entre individuo e individualidad. Para fines estéticos tal distinción
es central, pues la burguesía tiene una idea del individuo que en nada se
parece a la que estuvo trabajando Wilde hasta su muerte en 1900.
Sonará formalista lo que vamos
a señalar, pero a veces es útil este tipo de juegos semiológicos. Si separamos
al sueño del soñador, nos daremos cuenta que en un ensayo como “The soul of
man…” el contenido utopista del trabajo lleva la dirección de hacerle notar
al lector que sin él, ningún progreso social o cultural es posible. Wilde no
sistematiza su sueño, sólo piensa en los cambios que experimentará el soñador
cuando esa nueva sociedad se vislumbre en el horizonte. Esto es perfectamente
lógico, a partir del andamiaje estético que Wilde se ha construido. En sus
“historias socialistas para niños” la belleza de las narraciones, de los temas,
del lenguaje, de los personajes, nos impiden de primera entrada darnos cuenta
que en casi todas ellas, se parte de postulados binarios: justo-injusto,
bueno-malo, bello-feo, egoísta-generoso, y así en casi todos sus cuentos. No
podía haber sido de otra manera, la lógica formal, de fuerte sabor
aristótelico, es la plataforma sobre la que reposa la visión del mundo de la
burguesía colonialista de los tiempos de Wilde, y él, para bien o para mal, fue
educado por ella, a pesar de que su decadentismo esteticista le haya grangeado
su mala voluntad. Con serias dificultades la burguesía tolera de nuevo en sus
filas, a quienes la traicionan.
UNA REFLEXIÓN FINAL.
Con este ensayo nos hemos dado
cuenta de un asunto: en la vida y obra de Oscar Wilde hay tres pecados y una
virtud. Su homosexualidad, sus ideas socialistas y su procedencia nacional,
junto a su capacidad para soñar, para diseñar utopías, hicieron del proyecto
vital de este hombre algo paradigmático en el desarrollo personal de algunos de
los grandes creadores de este siglo.
Pero esa confluencia de
factores no se da de forma idéntica en todos ellos, puesto que la especificidad
histórica define el perfil que tendrá ese proyecto existencial en
particular. ¿Será posible una
comparación entre Óscar Wilde y el escritor cubano disidente Reinaldo Arenas
(1943-1990), una de las grandes plumas de la literatura latinoamericana de este
siglo? En este último caso, la bronca de Arenas no es contra el proyecto
cultural burgués, es contra otro supuestamente inspirado en los ideales del
socialismo. Pero él también fue víctima de otra forma de totalitarismo: aquél
que se sirve a manos llenas de las grandes y buenas lecciones de la historia.
Es difícil escamotear la idea de que, al fin y al cabo, la honestidad le
demanda a cualquier historiador no eludir las grandes y abrumadoras semejanzas
que se pueden establecer entre el fascismo y el stalinismo.
Pero el ejemplo que nos dejan
artistas como Arenas, a partir de la luz que arrojan las lecciones de autores
como Wilde, es que desde la perspectiva cultural, a pesar de las distintas
expresiones que puede asumir el autoritarismo, éste sigue siendo portador de la
misma naturaleza opresiva, brutal e intolerante, sin importar los parámetros
espacio-temporales que estemos manejando. Tampoco importa el dictador de
marras, al fin y al cabo la prepotencia, la arrogancia y la mentalidad
paternalista de fuertes ecos medievales, es la misma, así se trate de la reina
Victoria o de Augusto Pinochet.
Wilde como Arenas y otros
similares, nos dejan la gran enseñanza de que la insolencia imperialista y
totalitaria, con sus distintas expresiones, puede llegar a límites
insospechados, cuando los grupos que la sustentan sienten que las instituciones
y los aparatos que los legitiman pueden rodar por los suelos. Aquí, el dogma, el
catecismo y toda la liturgia civil que las hizo posibles entran en crisis y de
esta manera, entonces, se ponen en movimiento los mecanismos requeridos para
sacar de circulación a esa persona o personas, que amenazan con traerse abajo
la nueva forma de pensamiento y disciplina eclesiásticos, que ha venido al
mundo con la monarquía de una persona o de una maquinaria partidista.
En su lucha contra esa
maquinaria, un hombre como Wilde se arriesgó pero perdió su vida. Sólo el arte
lo salvó del olvido irreparable que trae consigo el ostracismo cultural a que
se ven sometidos los artistas e intelectuales que osan enfrentar al monstruo de
la dictadura, en cualquiera de sus distintos disfraces. Razón tenía Proust al
sistematizar aquella maravillosa idea de que solamente con el arte se recupera
el tiempo perdido. Con Wilde el asunto es todavía más grave porque no tuvo
tiempo suficiente para rescatarse a sí mismo, y cuando la tragedia lo alcanzó
apenas comprendió lo que le estaba sucediendo. Dos años en prisión no fueron
suficientes para despejar el enigma en que se había convertido su vida. Nos
damos cuenta de que fue poco lo que alcanzó a entender, cuando al salir de
prisión lo primero que el hombre hace es buscar a su antiguo amante,
precisamente quien de alguna manera fue el principal instrumento de su
desgracia. ¿O será que las razones del corazón no atienden a razones? Cien años
después de su muerte, recordamos de Wilde su lírica terquedad emocional, una
que Proust, Gide y Arenas después de él, convirtieron en el mecanismo artístico
más eficaz para sellar su ingreso al siglo veinte.