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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: El desarrollo de los sistemas planetarios: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 2163 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Astronomía > |
Desarrollo de los Sistemas planetarios: es la formación y evolución de planetas, satélites y
otros cuerpos celestes a partir del gas y el polvo que acompaña a las
estrellas. Se cree que los sistemas planetarios, como nuestro propio Sistema
Solar, se forman junto con sus estrellas (en nuestro caso el Sol) a partir de
nubes de materia que se contraen por la acción de su propia gravedad. Es
imposible que las primeras estrellas —que se formaron a partir del hidrógeno y
helio iniciales producidos en la Gran Explosión o Big Bang que dio origen al
Universo— tuvieran planetas, porque no existían elementos pesados con los que
poder constituirse (véase Origen del Universo). Los sistemas
planetarios son en su totalidad sistemas de segunda generación (o posterior),
formados a partir de los restos de estrellas de generaciones anteriores en las
que se generaron mediante nucleosíntesis elementos pesados que más tarde se
dispersaron en el espacio por explosiones estelares.
Contracción de la nube inicial
Los sistemas planetarios no se
forman de modo aislado. Las nubes interestelares son tan grandes que cuando una
de ellas se contrae se rompe en numerosos fragmentos, tantos como para formar
varios cientos de estrellas como el Sol. Las nubes interestelares pueden
considerarse como viveros estelares en los que nacen muchas estrellas a la vez,
formando una asociación no demasiado estrecha conocida como cúmulo abierto de
estrellas, que se dispersa a medida que las estrellas individuales siguen sus
propias órbitas alrededor del centro de la galaxia. Véase Materia interestelar.
A medida que la nube empieza a
contraerse, cualquier movimiento de rotación que posea la hace girar más y más
deprisa, como ocurre con un patinador sobre hielo cuando encoge los brazos (véase
Mecánica). Los distintos fragmentos de la nube acaban girando en sentidos
opuestos (algunos en el sentido de las agujas del reloj y otros en sentido
contrario), con lo que el movimiento de giro (momento angular) global de la
nube se reparte y ninguna estrella individual acaba teniendo una rotación
excesivamente rápida. Por otra parte, los campos magnéticos asociados con la
joven estrella le permiten mantener su influencia sobre materiales situados muy
lejos de su núcleo. Estas influencias magnéticas pueden transportar momento
angular hacia el exterior. Cuando el núcleo de cada fragmento se contrae para
formar una estrella, parte del material a partir del cual se está formando se
mantiene alejado del centro de la nube como consecuencia del giro residual, y
el material se estabiliza formando un disco de polvo alrededor de la joven
estrella. Este tipo de discos se ha detectado en torno a estrellas jóvenes, lo
que confirma que nuestra comprensión de la formación de los sistemas
planetarios es correcta a grandes rasgos. En uno de estos sistemas, Beta
Pictoris, una estrella joven está rodeada por un grueso disco de materia, que
ha sido fotografiado y que se extiende a ambos lados de la estrella a una
distancia varias veces superior al tamaño de nuestro Sistema Solar.
Cerca de una estrella joven de este
tipo, el material más ligero del disco (fundamentalmente hidrógeno y helio
gaseosos) sale despedido debido al calor de la estrella. El material que queda
está compuesto por miles de millones de pequeños granos de polvo que colisionan
y se agrupan formando partículas mayores. Cuando la estrella empieza a brillar
(convirtiendo hidrógeno en helio por fusión nuclear en su interior), las
partículas de materia pueden tener unos cuantos milímetros de tamaño, y se
empiezan a concentrar en un disco más fino alrededor de la estrella. El proceso
de acreción —la acumulación de partículas que se van quedando ‘pegadas’— avanza
hasta que los granos de polvo originales se han convertido en pedazos de roca
de aproximadamente 1 km de anchura, similares a los numerosos asteroides
que orbitan en la actualidad en torno al Sol entre las órbitas de Marte y
Júpiter.
Cuando los pedazos de roca alcanzan
este tamaño, empiezan a atraerse entre sí por gravedad de forma significativa,
lo que los reúne en grupos que orbitan juntos alrededor de la estrella,
chocando ocasionalmente entre sí. La gravedad agrupa más y más los pedazos, y
los trozos más grandes (los que ejercen una mayor atracción gravitatoria) atraen
cada vez más material, y crecen convirtiéndose en planetas y lunas.
En nuestro propio Sistema Solar hay
cuatro planetas rocosos próximos al Sol, todos ellos formados del modo que
acabamos de describir: Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. A continuación existe
un cinturón de ‘escombros’ espaciales (el cinturón de asteroides), un anillo
que en muchos aspectos es representativo del tipo de material del que se
formaron los planetas interiores. El material de este anillo no pudo agruparse
para constituir un planeta porque se vio perturbado continuamente por la
influencia gravitatoria de Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar.
Más allá del cinturón de asteroides hay cuatro planetas gaseosos gigantes:
Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Probablemente, sus características son
típicas de los planetas que se forman a gran distancia de la estrella, en los
que se conserva el material volátil originario, con lo que están compuestos
sobre todo por gas, aunque puedan contener un pequeño núcleo rocoso.
Formación de cuerpos celestes más
pequeños
Pero los gigantes gaseosos no están
aislados. Alrededor de cada uno de ellos hay un conjunto de satélites (lunas) y
anillos, como si se tratara de un sistema planetario en miniatura, y aunque
algunas de las lunas pueden ser trozos de desechos cósmicos capturados, muchas
de ellas se han formado en órbita en torno a sus planetas por los mismos
procesos de acreción y atracción gravitatoria que formaron los planetas. Esto
demuestra que, siempre que se forman objetos grandes por atracción gravitatoria
a partir de nubes de desechos en el espacio, estos objetos están acompañados
por una familia de objetos menores que orbitan en torno a ellos: un indicio
bastante significativo de que la formación de sistemas planetarios alrededor de
estrellas es un hecho común.
Sin embargo, debe hacerse una
salvedad. Todo lo dicho es válido para sistemas estelares que, como en el caso
del Sol, están formados por una sola estrella. Una gran cantidad de estrellas
no son solitarias, sino que pertenecen a sistemas formados por dos o más
estrellas, en los que puede resultar difícil la formación de planetas debido a
la inexistencia de órbitas estables: los protoplanetas se verían arrastrados en
una y otra dirección por las influencias gravitatorias de las diferentes
estrellas. En estos sistemas es probable que lo único que se forme sean pedazos
de escombros cósmicos como los que existen en nuestro cinturón de asteroides.
Incluso después de que los cuatro
cuerpos principales que se convertirían en los planetas interiores hubieran
tomado forma en el disco de material situado en torno al joven Sol, existían
muchos pedazos de escombros más pequeños en el Sistema Solar interior, que
seguían sus propias órbitas y eran absorbidos por los cuatro planetas al pasar
cerca de ellos. Los cráteres de la superficie lunar muestran el efecto del
bombardeo que continuó después de la formación de los planetas; las sondas
espaciales que han visitado Mercurio, planeta que —al igual que la Luna— carece
de una atmósfera que borre las huellas del antiguo bombardeo, han encontrado
impactos similares. Una vez más, parece que estos impactos son típicos del modo
en que se forman los planetas, aunque sólo podemos estudiar en detalle el
ejemplo de nuestro propio Sistema Solar. En el caso de éste, el proceso de
formación de planetas comenzó hace unos 4.500 millones de años, al mismo tiempo
que se formó el Sol, y el bombardeo finalizó hace unos 4.000 millones de años
(aparte de impactos ocasionales como el que probablemente causó la extinción de
los dinosaurios hace unos 65 millones de años).
Pero los planetas, asteroides y
satélites no son los únicos componentes de los sistemas planetarios. Los
cometas son otros cuerpos celestes que contienen poca masa (en comparación con
un planeta) pero que orbitan en grandes cantidades en torno a su estrella, a
distancias mucho mayores que los planetas, llegando a mitad de camino de las
estrellas vecinas.
Desarrollo de asteroides y cometas
En el disco original de material
situado alrededor del Sol, a partir del cual se formaron los planetas, la zona
hoy ocupada por el cinturón de asteroides contenía seguramente suficiente
materia para dar lugar a un planeta unas cuatro veces más pesado que la Tierra.
En un principio, las partículas de esta zona (al igual que las de regiones
próximas al Sol donde se formaron los planetas interiores) es muy probable que
se movieran alrededor de la joven estrella en órbitas casi circulares, unas al
lado de otras, por lo que las colisiones entre las mismas serían bastante
suaves, lo que tendería a unirlas. Pero a medida que Júpiter empezó a crecer
por acreción en las proximidades, su influencia gravitatoria perturbó las
órbitas de estos objetos del cinturón de asteroides. A medida que dichas
órbitas se hacían más elípticas, se cruzaban unas con otras de forma caótica.
Como resultado de ello, los pedazos de roca que pudieran haber crecido en esa
zona empezaron a chocar entre sí a velocidades mayores, con lo que en lugar de
mantenerse pegados para constituir objetos más grandes (y acabar siendo un
único planeta) se rompían. Es posible que en lo que hoy es el cinturón de
asteroides llegaran a formarse ocho superasteroides, cada uno de ellos tan
grande como Marte, antes de fragmentarse de esta forma. De hecho, Marte podría
ser un superviviente de esa fase de formación del Sistema Solar.
De las cuatro ‘masas terrestres’
que había en el cinturón de asteroides, toda la materia, salvo un 0,3% de la
masa terrestre, ha sido despedida, en gran medida por influencia de Júpiter,
hacia órbitas que provocaron la caída de los objetos al Sol o hacia órbitas que
alejaron definitivamente los fragmentos del Sistema Solar. Es probable que uno
de los superasteroides del tamaño de Marte, enviado hacia el Sol de esta forma,
colisionara con la Tierra fundiendo una gran cantidad de roca y poniéndola en
órbita alrededor de la Tierra, donde se solidificó y se convirtió en nuestra
Luna.
En la parte interior del Sistema
Solar, hasta llegar a los asteroides, el calor era suficiente para que los
materiales volátiles se evaporaran y salieran despedidos, por lo que se
formaron planetas pequeños y rocosos, además de los asteroides. Más allá de la
órbita de Marte, el frío mantuvo heladas sustancias como hielo, metano
congelado, amoníaco congelado y otros materiales. Desde el primer momento,
cuando las partículas se agrupaban para formar pedazos más grandes, los pedazos
contenían muchas sustancias heladas, como si fuera una bola de nieve sucia.
Muchas de estas ‘bolas de nieve sucia’ se agruparon para formar los planetas
gigantes. El calor liberado en las colisiones acabó evaporando las sustancias,
aunque la fuerte gravedad de los planetas gigantes logró mantener parte del
hidrógeno y helio primitivos. Todos estos gases dieron a esos planetas su
estructura actual.
Además del material que constituyó
los planetas gigantes, muchas bolas congeladas de hielo y polvo cayeron
seguramente bajo la influencia de la gravedad de los gigantes gaseosos, del
mismo modo que los objetos del cinturón de asteroides cayeron bajo la
influencia de Júpiter. Algunos de estos objetos helados fueron lanzados a
órbitas que los llevaron cerca del Sol y se evaporaron; otros fueron despedidos
hacia fuera desde la zona de los planetas gigantes y acabaron en órbitas que
los alejaron del Sol 100.000 veces más que la Tierra, hasta 15 billones de
kilómetros. A distancias tan enormes, las bolas de nieve sucia se vieron
influidas por la gravedad de otras estrellas, por lo que sus órbitas se
suavizaron y se convirtieron en una capa esférica de cometas que rodea el Sistema
Solar, conocida como la nube de Oort. Se cree que existe un billón de cometas
en la nube de Oort: esto significa que en nuestro Sistema Solar hay más cometas
que estrellas en la Vía Láctea. Sin embargo, la masa total de todo ese material
es sólo unas tres veces superior a la masa de la Tierra.
Más cerca de nosotros, poco más
allá de la órbita de Neptuno, se encuentra un cinturón interno de cometas
conocido como cinturón de Kuiper, que contiene unos mil millones de cometas.
Plutón, que por motivos históricos suele clasificarse como planeta, debería
considerarse más bien un ejemplo extremo de los supercometas helados típicos
del cinturón de Kuiper.
También en este caso, aunque la
descripción está basada en estudios del Sistema Solar, hay indicios de que existen
nubes de cometas similares alrededor de otros sistemas planetarios. A mediados
de la década de 1990, los astrónomos identificaron varios sistemas en los que
las estrellas están acompañadas de planetas con un tamaño comparable al de
Júpiter. Inevitablemente, la influencia gravitatoria de un planeta gigante así
lanzaría material helado a una nube similar a la nube de Oort durante la
formación del sistema planetario.
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