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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Resumen de la visa 28°: 1. CRISIS DE REPRESENTACIÓN, A. Factores de la crisis, B. El nuevo formato representativo, 3. PÉRDIDA DE SENTIDO, DE IDENTIDAD Y DE ETICIDAD, A. POSMODERNIDAD, NUEVO IMAGINARIO Y FAMILIA POSNUCLEAR, Consumo y crisis de sentido, crisis del estado-nación. Agregado: 24 de MAYO de 2000 | Palabras: 4506 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Polítíca > |
Resumen ficha nº 28
1.
CRISIS DE REPRESENTACIÓN
Las transformaciones operadas en la relación Estado - sociedad:
à
Consolidación del un régimen representativo estable;
à
Pasaje de partidos predominantes al formato bipartidista
à
Surgimiento de partidos catch all y
de nuevos movimientos sociales
à
La decisiva presencia de los mass media
en la mediación Estado – sociedad
à
Tendencias delegativas y de baja participación en los ciudadanos
Se está dando un fenómeno de desafección de la política.
Los teóricos se encuentran divididos
entre dos visiones polares sobre las causas de la crisis de representación:
1) Unos adjudican la
responsabilidad principal de que esta democracia sea delegativa a las
tradiciones delegativas y caudillistas y determinados estilos y liderazgos
latinoamericanos.
2) Otros afirman que es un fenómeno más amplio y de carácter
universal
A. Factores de la crisis
Los factores que tradicionalmente generaban el ciclo cívico – militar
tenían que ver con una conjunción histórica de:
à
Crisis de legitimidad (falta de acuerdos en el cuerpo político sobre
las características del régimen democrático)
à
Cultura política escindida (existencia de antinomias y polarización
política intensa)
à
Actores antisistémicos (fuerzas armadas con propensión a tomar el
poder, guerrilla, actores empresariales
y sindicales con poco cuidado de las reglas)
à
Alta movilización y bajo nivel de institucionalización, pretorianismo
e ingobernabilidad por exceso de demandas.
à
Contexto internacional rígido (falta de referente constitucional
común)
Al mismo tiempo que estos factores desestabilizadores van quedando
atrás, se constituye un sistema político con rutinas previsibles, de carácter
competitivo y de libre opinión.
El proceso de consolidación va de la mano de un apartamiento de la
gente de la política, del aumento de las apatías y la privatización de los
ciudadanos que prefieren los ámbitos sociales
o íntimos. En síntesis un distanciamiento entre sistema político y
sociedad y una crisis de expectativas.
Esta situación de pérdida de confiabilidad en los partidos, en el
Ejecutivo, en el Parlamento y en el Poder Judicial, pero no en la democracia
como sistema, puede ser definida como crisis de representación.
La democracia actual se caracteriza por transacciones entre élites que
se autonomizan de sus electores.
Causas explicativas de esta crisis:
-
Los sucesivos
incumplimientos programáticos. La pérdida del valor de los mandos electorales, la distancia
creciente entre promesas electorales y decisiones políticas.
El incumplimiento de las promesas y la brusca liberación económica
dieron lugar a una privatización de los individuos.
El modelo político del Estado de bienestar ya no se adapta, o lo hace
sólo con dificultad, a las nuevas demandas de una participación. Más
independiente y de “carácter social”, menos ideológica y vinculada a los
medios, a una esfera pública no estatal.
Al cambiar el proceso decisional en el marco de la globalización también se modifican los presupuestos de la teoría democrática clásica, sobre todo acerca de quiénes son los actores de las decisiones y dónde se toman las mismas. No hay política pública significativa donde no intervengan actores tales como organismos internacionales, bancos de inversión, Banco Mundial, FMI y distintas formas de financiación.
Dado que mucho más importantes son las exigencias que establecen los
organismos financieros internacionales, que los resultados de los debates
parlamentarios o la opinión de la población.
-
El fenómeno de
la corrupción.
Es un eje central. Ayuda a conformar una visión muy negativa de la política,
cuestionadora no sólo del partido gobernante sino del conjunto de la clase
política. La sospecha de una ligazón jueces – políticos – empresarios termina
asociando la política a la impunidad.
La corrupción también se vincula al desprestigio más reciente que
arrostra el Poder Judicial, tanto por la sensación de impunidad de ciertos
casos famosos como por la suerte de connivencia que parecería existir entre
algunos políticos, jueces y policías.
Se termina conformando una creencia cada vez más extendida acerca de
la corrupción del conjunto de la clase política: la política se asocia al poder
y éste a la corrupción. Esto terminó por producir un cambio de 180º en la
concepción del poder en la sociedad, un pasaje de su valoración positiva en los
60 y 70, como herramienta de cambio y emancipación, a una perspectiva
pesimista, como fenómeno de opacidad, transacción y corrupción. Lo cual también
es favorecido por cierta visión antipolítica del liberalismo que predomina en
el proceso de globalización.
Este fenómeno genera nuevas demanda y, en consecuencia, surgen
liderazgos provenientes del campo del deporte o del espectáculo.
-
La situación
social declinante de vastos sectores. En los últimos 15 años, la conformación de
nuevos pobres y la ampliación de la pobreza es un punto central de la crisis de
representación. Es la primera vez que el proceso democrática queda asociado a
experiencias de distribución negativa del ingreso, de exclusión y sin
demasiadas expectativas de reingreso.
Han aumentado las desigualdades en un continente que ya tenía la
distribución del ingreso y de las riquezas más desigual del planeta.
Los problemas de exclusión y deterioro de las condiciones sociales,
junto a la simultánea elevación del nivel de vida de la clase política,
ayudaron a generalizar este cuadro de desprestigio. Esta situación facilitó la
culpabilización de los políticos sobre un mundo que cambia y que genera una
gran incertidumbre sobre el futuro y, si bien los políticos tienen parte de
responsabilidad por su falta de ejemplaridad, la política tiende a aparecer
como el chivo expiatorio de todos los males. De esta manera, se
desresponsabilizan otros actores como empresarios, tecnocracias, gerentes,
organismo internacionales y comunicadores que gozan de la mayor credibilidad.
-
La mayor
profesionalización y especialización técnica. Son producto del proceso de modernización,
de la creciente diferenciación social y funcional.
El proceso de globalización aumenta, al mismo tiempo, la necesidad y dificultad de dominar la complejidad. La política se distancia y, para operar, se tecnifica. En la sociedad compleja, el político debe ser full-time y profesional. La política comienza a operar como “carrera” competitiva y para pocos, lo que se contrapone a la visión vocacional y masiva anterior y a las formas de hacer política propias del modelo “militante”.
El apartamiento de la política y de la participación también responde al hecho de que las cuestiones económicas tienen una dosis de información técnica y complejidad que hacen difícil su comprensión y llevan al ciudadano y al militante a abdicar frente al experto.
Excluidos del proceso efectivo de decisión, los partidos pierden su capacidad creadora de identidades colectivas; se diluye “el sujeto” del orden democrático, el “pueblo o la nación”.
-
La crisis de
los grandes relatos.
La escasa credibilidad de que gozan hoy las grandes utopías de la modernidad
(el desarrollo nacional, el socialismo, la emancipación plena) significa el
quiebre del imaginario revolucionario, de la conciencia de clase y de la idea
de lo “nacional – popular” .
Con la crisis del Estado benefactor , entra en declinación una forma
de hacer política que se basaba en fuertes componentes normativos asociados a
las utopías sociales, a cierta credibilidad sobre las garantías de éxito
colectivo y en la promesa de una nueva sociedad
La crisis de las ideologías mina el poder basado en las organizaciones
populares y en la movilización, reforzando el poder asociado a la técnica, al
conocimiento, a la información y a los recursos económicos. También el
posmodernismo y el neoliberalismo introducen una crisis cultural que genera una
orientación creciente al individualismo, preocupación por la esfera de la
propia performance y de lo privado, reclusión, desestructuración de las tramas
sociales y debilitamiento de orientaciones a la participación.
-
La influencia
de los medios de comunicación. Los medios de comunicación empiezan a ocupar el lugar de nexos entre
el Estado y la sociedad, de mediadores de esta relación. Coinciden con una
crisis del espacio público. Asumen funciones que no les son propias: generar la
agenda de discusión cotidiana. Los medios simplifican los temas, a veces en
forma extrema, y a la vez los politizan: determinan responsables, culpables,
inocentes, les ponen nombres a las cosas. Proporcionan a los nuevos movimientos
sociales oportunidades de expresarse y posicionar sus temas en la agenda
favoreciendo la emergencia de un espacio público no estatal o no político. Los
ciudadanos buscan en los medios lo que no logran en las burocracias estatales.
La fuerte concentración de los multimedia y su articulación con intereses económicos otorga a pocos grupos gran capacidad de construcción de la agenda y de posicionamientos deliberados de la opinión pública. Los medios pueden construir un orden de prioridades e instaurar problemáticas que no siempre responden a los intereses reales de la sociedad. Los medios concentrados aparecen como grupos multimedia que articulan intereses empresariales, conforman negocios múltiple y oligopolizan la comunicación, también aparecen como un nuevo factor de poder.
B. El nuevo formato representativo
De la misma manera que se modifica el estado de bienestar, se comienza
a configurar un modelo de representación distinto. Este cambio del formato
representativo se basa en tres ejes:
1-
La democracia
de lo público.
La representación se instala en un esquema amplio y fuertemente mediático. El
mensaje político se presenta por la vía massmediática y que es diferente al
contacto personal que se tenía en la democracia parlamentaria clásica. La
política, al comercializarse su operatoria y en la medida que los punteros
tampoco garantizan ya la participación de la gente, termina por mostrar los
límites de esas estructuras, no sólo para lograr resultados electorales sino también
para gestionar políticas públicas eficaces sin un verdadero compromiso de los
grupos sociales involucrados.
2-
La emergencia
de la sociedad civil y del tercer sector, significa que la participación tiende a ser
más “social” o apartidaria y construida sobre redefinidas solidaridades y temas
más puntuales. Ahora son mujeres las
protagonistas de muchas de las organizaciones sociales.
Es decir, mientras un primer circuito de la política representativa se consolida, ahora se constituye un segundo circuito, conformado por ONGs, movimientos sociales, organizaciones voluntarias, vecinales, que representan a vastos sectores que no se sienten contenidos ni tampoco expresados por partidos y sindicatos, que apuntan a cuestiones puntuales y no a la conquista del poder. Y este segundo circuito de la política plantea una acción colectiva “social” que se encuentra en tensión y, a la vez, en complementación con el primero.
3-
El surgimiento
de una nueva ciudadanía posmoderna o del consumidor que puede caracterizarse como:
·
El posmoderno por la crisis de los grandes relatos, la falta de la
dimensión utópica y del imaginario revolucionario, y la pérdida de centralidad
de la política.
·
El ciudadano como consumidor, usuario, cliente, contribuyente, con
bajas expectativas sobre el Estado y que aspira al disfrute de los bienes y
servicio de la sociedad de consumo, siendo el acceso a esos bienes su
identificación ciudadana. El “consumidor2 empieza a ocupar el lugar del
trabajador, aumenta la competencia en lo económico laboral, los individuos, se
preocupan por el mejoramiento de su calidad de vida. Pero este individualismo
posmoderno se paga con aislamiento, pérdida de identidad y de certidumbres
ideológicas.
·
El posnacional. La idea de nación legitimadora del Estado que se
basaba en la homogeneidad económica, la tradición histórica y los proyectos
políticos y, junto con ella, ala comunidad política que la constituía, se
desdibujan. La educación se debilita en su función socializadora y pasando esta
función más a los medios y mercados.
Surge una nueva ciudadanía independiente, desprovista de identidades
políticas permanentes que está más informada pero que es, a la vez, más confusa
y escéptica.
El liberalismo acentúa la aparición de un ciudadano más libre e
independiente, y capaz de participar directamente a través de las nuevas
posibilidades que ofrecen la informática, una suerte de ágora electrónica. La
realidad nos muestra una ciudadanía más dependiente del mercado porque gran
parte de la población está consagrada a la ya heroica tarea de sobrevivir, lo
cual le deja poca energía y tiempo para participar. Y, por otro lado, la
emergencia de una suerte de ciudadanía “asistida” por planes focalizados,
asistenciales y de contención que reproducen la dependencia y pasividad de los
individuos.
Se produce un cambio de las relaciones de poder Estado-mercado. La
globalización, junto con el endeudamiento y los programas de ajuste
estructural, reduce los márgenes de autonomía del Estado-nación y la capacidad
de la política para regular una economía desnacionalizada. Este proceso se
agudiza en países de desarrollo por la forma en que este cambio se produce: más
como ruptura y negación con el Estado de Bienestar que como superación.
En este sentido, el desprestigio de la clase política se hace
funcional al establishment, y esto, que facilitó históricamente en Argentina a
los grupos económicos atentar contra la democracia en el modelo anterior
invocando el “vacío de poder”, ahora les facilita posicionarse desde una
situación que les permite ejercer una presión continua hacia los decisores
gubernamentales.
3.
PÉRDIDA DE SENTIDO, DE IDENTIDAD Y DE ETICIDAD.
Uno de los efectos más evidentes de la globalización se observa en la
uniformación creciente de los estilos de vida, estandarización de los consumos,
generalización de modas y prácticas que hacen que casi todos en diversas
sociedades se vistan de una misma manera y tengan similares preferencias y
aspiraciones.
Los avances tecnológicos
modifican el comportamiento de las personas y se tiende a vivir desde informaciones
globales pero fragmentarias. Ello lleva a la pérdida de puntos de referencia en
distintos ámbitos de la vida, de creencia y de seguridades básicas para
situarse en el mundo. Se trata de una fuerte presión por el triunfo y por el
ascenso individual, de aprovechamiento d la oportunidad, junto a la crisis de
los grandes proyectos.
Tres aspectos significativos de este cambio:
a.
El primero, vinculado a un desplazamiento del marco cultural moderno
(basado en la razón, visión progresiva de la historia, grandes relatos) al
posmoderno (indeterminación, individualismo, subjetividad).
b. El segundo, por el pasaje del
Estado de bienestar (basado en la igualdad social, en identificaciones
fuertemente políticas y en una ética nacional), al individualismo competitivo.
c.
Y el tercero, por el pasaje del imaginario de la sociedad industrial
(el “del trabajador”) al de la sociedad postindustrial (el del consumidor).
A. POSMODERNIDAD, NUEVO IMAGINARIO
Y FAMILIA POSNUCLEAR.
La cultura posmoderna es la que corresponde a las sociedades
postindustriales. En primer lugar, el pasaje a esta cultura se caracteriza por
la velocidad y radicalidad con que ocurre. En ninguna época de la humanidad se
vivieron en tan corto plazo cambios tan acelerados y definitivos. Se
caracteriza por la crisis de certeza. El neoindividualismo aparece como una
afirmación radical de autodeterminación, desconfiando de todo lo colectivo, así
como de toda forma de compromiso por una causa.
Se exalta la transformación de lo único que hoy es posible
transformar: el cuerpo y la personalidad. Y esto ha generado dos amores nuevos:
las diversas terapias light y los grupos de autoayuda y de cuidado del cuerpo.
Se trata de una situación donde no hay puntos de referencia
universales ni valores absolutos o constantes, donde no predomina una gran
permisividad en el campo de la conducta moral. Se produce también un
resurgimiento religioso. Un
resurgimiento religioso cruzado por elementos mágicos, que va da la mano con
una ruptura de la hegemonía que antes tenían los símbolos e instituciones del
catolicismo.
Asistimos al pasaje del énfasis en la razón al predominio de la
sensación, a una mayor valoración de lo corporal y de lo subjetivo.
Cuando se habla del fin de los grandes relatos, significa que ya no se
puede descansar en la certeza acerca del sentido final de la Historia. El
resultado más inmediato de la muerte de la Historia como teleología es la
omniprescencia de la “desoladora contingencia”: lo general ya no concede
significado y sentido a lo particular que liberado de esa matriz recobra su
carácter múltiple, aleatorio y diverso: contingente.
Así como la modernidad industrial trajo consigo el avance de la
familia nuclear sobre la ampliada, somos testigos del nacimiento de una nueva
estructura familiar propia del posindustrialismo. Se hace más precoz el primer
contacto sexual entre los adolescentes;
se retrasa la edad de casarse; nace más tarde el primer hijo; baja la tasa de
fecundidad; disminuye la nupcialidad; hay más cohabitación y se produce una
mayor disolución voluntaria de las parejas; hay cada día más mujeres en la
población activa, y se consolida una simetría mayor en las relaciones de poder
entre los miembros adultos de la familia.
En un mundo no de confrontación generacional sino de desconexión, los
jóvenes prolongan su permanencia para la mantención de un cierto status social
de consumo.
La familia es el marco de contención y permanencia, una auténtica
“seguridad social”, tanto para los hijos que tardan en encontrar su primer
puesto de trabajo y como para los individuos que han perdido el empleo.
Los jóvenes gozan de un amplio grado de libertad y de tolerancia
paterna. Ha disminuido el sentido de la relación sexual en términos de
responsabilidad, compromiso e institución. Y sobre todo se tiende a banalizar
la misma en término de seguridad e higiene.
En este pasaje de la familia nuclear a la posnuclear avanzamos hacia
una sociedad donde son tres los tipos de familiar dominantes: las familias de
primeros matrimonios nucleares típicas, las monoparentales y las familias
recompuestas. La familia recompuesta se integra mediante la unión de una o dos
personas divorciadas y su descendencia, que aportan los hijos habido en el
matrimonio anterior.
Se observa una tendencia cultural a la constitución de una sociedad
“centrada en el hogar”: el ocio, esparcimiento, la educación y las compras se
hacen cada vez más en la casa, vinculadas a la informática y al hecho de que es
más barato y seguro “dentro” que “fuera”. Pero lo cierto es que la sociedad de
la información y neoliberal, más que
estar centrada en la familia, lo está en el individuo.
El cambio que se produce en las formas de amor y en las relaciones de
pareja tiene una marca distintiva: el aumento de la soledad.
Por otro lado, surge una familia con nuevas posibilidades, con formas
más simétricas de relación en la pareja. Se trata de un replanteo del rol de la
mujer, con hechos decisivos como su creciente incorporación al mercado de trabajo,
el acceso a cargos y posiciones destinados anteriormente sólo a los hombres, y
una mayor facilidad en el control de la natalidad, como así también un modelo
de hombre más afectivo.
La articulación familiar es amenaza por dos vías: la económica y la cultural.
La primera, por un mundo laboral que
quita tiempo para fortalecer las relaciones personales. El desempleo, la
inestabilidad laboral, presupone pérdida de dignidad y de autoestima para los
jefes de familia.
La segunda, porque la sociedad de la información y de los medios está
centrada en el individuo, en su autonomía y realización, y en la reivindicación
de un relativismo que tiene como único logos la libertad personal y el éxito
económico.
En síntesis, la desocupación y el individualismo competitivo y el
Estado ausente pesan sobre la familia como una gran amenaza. Se encuentran allí
grandes necesidades económicas y afectivas insatisfechas y fuertes tensiones.
B. CONSUMISMO Y CRISIS DE SENTIDO
En la “cultura consumista” el
nuevo modelo de ciudadano se caracteriza por una orientación centrada en la
adquisición de bienes, la exhibición y ostentación como elementos centrales de
la identidad. Un afán de poseer y consumir que no deja tiempo para gozar
plenamente de lo poseído, donde se tiende a la creación constante de
necesidades ficticias pero que se presentan como impostergables.
Así la sociedad en su conjunto tiene que repensarse sin el horizonte
de la utopía, de valores sustantivos compartidos, y es en esta caída del
imaginario donde la crisis de sentido se ve con más fuerza.
El consumismo rompe la estructura de acción colectiva, fortaleciendo
la acción individual y la competencia sobre la cooperación. Modifica el esquema
de solidaridad vinculado al mundo del trabajo. En el individualismo competitivo
cambia la relación público – privado: hay distanciamiento de la esfera pública
y retirada hacia la privada.
Los efectos de este modelo de acumulación sobre la cultura y la
democracia. En el primer caso porque se ha impulsado una cultura donde los
vencedores son los que ganan dinero y acumulan riqueza y entre ello, los más exitosos son los que hacen
fortuna más rápido.
En la elaboración permanentemente estimulada por los medios de una
sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades,
la sexualidad, con un fuerte énfasis en los derecho humanos y apuntando al
máximo de elecciones, a la mínima austeridad y a la máxima realización del
deseo. Este individualismo es distinto al del Estado liberal. Ahora también
penetra en los sectores populares y también puede ser signo de aislamiento.
El pasaje brusco de una cultura del trabajo protectiva, garantizada y
estatal, a otra más flexible y mediocrática del mercado, pero sin garantías ni
derechos.
El modelo fortalece las diferencias y la propia culpabilización en una
guerra discursiva en la cual los pobres se sienten responsables de su propia
situación de marginalidad. Ello genera pérdida de autoestima, aumento de la
inseguridad e incertidumbre hacia el futuro.
Se observan los déficits del modelo en lo que se pensaba más exitoso
del mismo: en lo económico. Porque la gente empieza a ver que la estabilidad de
precios viene asociada a una fuerte inestabilidad social. Donde la
desnacionalización de la propiedad de las empresas y decisiones, la creciente
desigualdad y segmentación, los llevan a sentirse como “extranjeros en la
propia tierra”.
C. CRISIS DEL ESTADO-NACIÓN
La pérdida de identidades tiene que ver principalmente con la de los
referentes políticos que constituyeran la sociedad, en términos tanto de las
identidades políticas que configuraron el Estado de bienestar, como de la
nación misma.
Respecto de la educación en la actualidad, por un lado, se está
configurando un sistema educativo que se vuelve cada vez más dual. No sólo por
la presencia más importante de la educación privada y la declinación de la
pública, sino porque la educación de excelencia se vuelve cara. El modelo
económico genera, en la educación, diferencias cada vez más marcadas ente los
que pueden acceder a los niveles superiores de calificación y los que quedan
marginados.
Esta crisis de identidad
tiende a un refuerzo de lo local, asentidos de pertenencia depositados en las
marcas del consumo, en los estilos de vida o en la relación con cierta
geografía.
La globalización postula una ciudadanía trasnacional. Pero, por otro
lado, afirma también la pertenencia a lo local, a lo más cercano. Este
fortalecimiento de lo local o subregional puede desembocar en una dinámica de “bote salvavidas”, donde
cada región o ciudad busca salvarse por sí solo realizando un corte con
solidaridades más amplias.
D. RECONSTRUCCIÓN DE UNA ÉTICA
SOCIAL
En la sociedad postradicional la problemática deja de ser una cuestión
menor y casi privada, para convertirse en una dimensión política y reflexiva de
mayor significación.
Ética
individual. Luego
de un momento de transgresión asociado a los primeros años de la irrupción
neoliberal, aparece de otra forma, no basada en la religión tradicional del
deber, sino en la búsqueda de reglas justas y equitativas. En la era del vacío,
se erosiona el sentido del “deber ser” absoluto. La sociedad del posdeber sería
de una moral indolora. De satisfacción del deseo. Hedonista pero ordenada, de
autonomía pero evitando los excesos. Coexiste con una vuelta del deber ser pero
proviniendo de3 una fuerte presión por el éxito individual.
Se debe adoptar una moral únicamente estratégica. Una ética individual
como límite y no como principio, como plena de derechos pero sin obligaciones;
es decir, “yo renuncio a nada, pero me conviene tener algunas consideraciones
estratégicas”. Está vinculada a la ética de la autenticidad, espontaneidad,
franqueza, sinceridad, sentimiento, dejar traducir lo que verdaderamente se
piensa, pero sin un compromiso social definido.
Ética
social. El
valor social emergente en el mundo
actual no tiene que ver con la igualdad sino con la solidaridad. Esta
importancia que el valor solidaridad adquiere en la posmodernidad puede dar
lugar, por su ambigüedad, a concepciones de solidaridad privada, esporádica y
neofilantrópica, reforzada por medios y campañas televisivas.
Hay una acentuación del
carácter profesional de la ética laboral, de superación personal, de
capacitación permanente, de hacer bien las cosas. Las corporaciones buscan
ampliar y mejorar su imagen.
Se promueve la ética como límite y no como principio, una construcción
legalista, indolora, estética y à la carte, y como utilización estratégica
de ésta, introyectando la cultura del instrumento, también una ética como
imagen y posicionamiento empresario frente a la comunidad, a bajo costo.
Ética
pública. Esta
ética está vinculada al Estado, vinculada a los problemas de corrupción, de
falta de transparencia y opacidad del poder a partir del desprestigio de los
políticos. Aparece una ética pública concebida como cumplimiento de reglas más
que como parte de una ética más amplia.
Y esta visión legalista se revela en los reiterados intentos del
gobierno de reglamentar la Ley de Ética Pública. Se busca instaurar que se
presenten las declaraciones patrimoniales de los funcionarios, los CEO de
grandes empresas constructoras que ganan centenares de miles de dólares por mes
mientras sus obreros mueren por falta de condiciones de seguridad. Se
exclusiviza así una perspectiva legalista de la concepción de la equidad y la
justicia, basada en reglas y derechos de propiedad, sin un verdadero planteo
acerca de la responsabilidad de cada uno de los diversos actores en la
configuración del bien común, o se pone el acento en la actuación del poder
político y no en otros actores.
Si sólo se entiende por ética el conjunto de normas que rigen el
desempeño de la función pública, se excluye a los ciudadanos que no son
funcionarios. En este sentido, una ética pública restringida a un reglamento de
presentación de bienes aparece configurada a la medida de los empresarios.
Se hace necesario distinguir además del derecho privado y el público
(estatal), un derecho (público) social con sus reglas propias. Éste no se
referiría a todo tipo de empresa, sino a aquellas cuyo poder afecta la vida de
la comunidad económica política que se convierten en instituciones “cuasi
públicas” con incidencia evidente sobre la vida cotidiana de los argentinos.
-
Etica y
comunicación. El
mundo de los medios aparece como un campo totalmente desregulado, monopolizado
y trasnacionalizado. Se requiere incluir aquí también el principio de sociedad
civil, de institucionalizar una regulación social vía regulaciones
antimonopolios, mediante audiencias organizadas, de consumidores y ciudadanos.
-
Ética como
reconstrucción del “nosotros”. Lograr un cierto enraisamiento social e histórico de la perspectiva
ético-cultural, un esquema de cooperación social implica la existencia de un
“nosotros” como posibilidad de hacer viable una sociedad humana particular. Hay
sociedad y en consecuencia hay esfera pública, en el sentido de una
preocupación por lo común, por lo compartible, por el interés del conjunto. El
“nosotros” se constituye así en la dimensión fundante de una sociedad.
En la etapa de la globalización se requiere entonces generar algún
sentido de pertenencia e identidad. Y ello tiene que ver con superar la
imitación y el mero trasplante de una globalización universal y uniforme.
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