Resumen
ficha nº 4
La
sociedad despolitizada. Nicolás Tenzer.
Introducción.
De
la crisis.
Existe crisis intelectual
cuando es imposible acudir a una doctrina capaz de ofrecer una explicación
sólida del mundo. Hay crisis ética cuando no se sabe a qué principios remitirse
para conducir una acción política o incluso nuestra vida privada, y puesto que
los juicios estéticos presentan una firmeza menor.
Crisis es un estado
intelectual, social, económico, político, cultural, donde la perturbación es
tan grande que ya no se disciernen las salidas posibles.
I.
Tipología
de la crisis.
Si la política se derrumba
es porque ya no hay interés en los asuntos comunes y porque la propia sociedad
se disgrega. Se desaparece la conciencia de la existencia de una sociedad, la
idea misma de cultura común para a ser un sinsentido, y el individuo pierde
todo punto de referencia.
-
Hay crisis de la política porque la sociedad ha perdido su
cohesión y lo político se autorrepresenta como demasiado ilegítimo para restituirle una.
-
Hay crisis de la sociedad porque la cultura que constituía su
basamento se ha diluido junto con los mecanismos de interrelación en los que se
hallaba su origen;
-
Hay crisis de cultura, por ser crisis del pensamiento, del
deseo mismo de pensamiento que, a fin de cuentas, empuja a los hombres hacia el
otro y contiene la exigencia de un proyecto.
A.
La crisis política
Caracteres fundamentales:
·
El estrechamiento del ámbito político: en la extrema derecha
con el encierro de la política en una visión particularizada y escuadradora de
los problemas, y en la extrema izquierda, donde el historicismo o el mesianismo
tradicionales hacen las veces de política; pero también en el resto de la clase
política, donde el propósito esencial es la búsqueda de un consenso en
detrimento de un proyecto político.
·
El sentimiento de inutilidad de la política: se ve incrementado
por un debate político que en
apariencia nunca estuvo tan desconectado de la esfera real.
·
La desaparición del sentimiento de comunidad: de construir un
espacio en el que las palabras tengan el mismo sentido para todos y donde valga
la pena laborar en una tarea común. En materia de preferencia política, la
referencia pasa ser el comportamiento individual. La elección personal, más que
la idea colectiva o el valor de una civilización. Existe así una distorsión
entre la realidad y la concepción que nos hacemos de ella. Esta contracción
permite analizar la realidad social contemporánea: una sociedad con normas de
hecho obligatorias, per son real solidaridad y comunidad entre sus miembros,
una sociedad cuyos elementos están ligados entre sí, pero sin verdadero lazo,
sin comunicación.
·
La idea de un serio antagonismo ente la sociedad y la política.
1.
Espacio público y legitimidad política.
Sólo dentro de un espacio
público tiene sentido la política. Sin espacio común, la sociedad política
degenera en “dispersión tiránica” o en “concentración totalitaria”. Una vez
desaparecido el espacio público ya no se percibe cuál puede ser el ámbito de
aplicación de la política: la legitimidad de la política se torna problemática,
puesto que la existencia de un lugar común como ése ya no es, a priori,
legítima.
Existen tres etapas en la
historia de la idea de legitimidad
política.
·
En un primer momento, la referencia trascendente garantizaba una
legitimidad. El rey recibía su legitimidad de Dios y, más allá de Dios, de una
costumbre cuyo origen nadie podía localizar.
·
En un segundo momento, esta legitimidad se vio propulsada al orden
político inmanente: el interés de los hombres, un contrato de formas diversas y
hasta una construcción teológico - histórica señalaban el lugar del poder.
·
En un tercer tiempo, la propia existencia de este orden inmanente se
torna problemática. Habiendo perdido su marco indispensable, la idea de
política desistió de toda significación.
La política no se define por
su acción concreta sino por sus posibilidades extremas de acción, es decir, de
modificación de la naturaleza social.
De ese momento, el problema
concreto para los hombres políticos pasa a ser el de asegurar un gobierno
correcto de la sociedad ajeno a toda
idea de legitimidad superior y, por lo tanto, a toda discusión sobre un
eventual proyecto. A la legitimidad le sucede, pues, la idea de legalidad,
pantalla necesaria de la democracia.
2.
Desaparición del debate público
Por un lado, la creciente
complejidad de la sociedad desemboca en la eliminación, en el campo del debate
público, de los sujetos en los que ella se manifiesta particularmente y en la
consagración de un poder de peritaje. Los criterios de decisión pasan a ser
criterios técnicos y no criterios de sentidos o, criterios de legalidad y no de
legitimidad. Esto acentúa el estado de confusión en el que se extenúa la
definición de las elecciones esenciales: el ciudadano tiene la vista clavada
sobre la coacción. En nuestra sociedad mediática, que parceliza el enfoque de
la realidad, las coacción se perciben como absolutas, incondicionales, y ya no
se sabe a qué fines corresponden.
El segundo facto objetivo es
la presencia de tabúes en la conciencia colectiva, de los cales el más poderoso
es el que prohibe por principio cualquier cuestionamiento de la privacidad de
parcelas esenciales de la existencia de los individuos. Lo más cotidiano queda
desterrado, pues, del campo político.
En suma, la política
desaparece a la vez por lo bajo porque la tecnicidad le impide regentar el
detalle de los programas de gobierno, y por lo alto porque la ideología le
impide existir.
3.
La política, el número y la comunicación.
En la Atenas democrática, la
política era a lo sumo, un arte formal de elección por la Asamblea del pueblo y
el gobierno sólo estaba encargado de administrar la ciudad (podía designárselo
por sorteo), con tal de que no se tratase de un general demasiado ambicioso o
de un retórico demasiado brillante. Ejercía competencias; no poseía poder
propio, pues sólo el pueblo disponía de éste.
En la democracia ateniense,
la representación perfecta, sin autonomía del gobierno con respecto al mandante
y que fue durante mucho tiempo el ideal de la democracia, era posible y hasta
necesaria. En las democracias contemporáneas, donde el problema esencial es el
del número, existe una necesaria distancia entre el representante y el
representado. A medida que esta distancia aumenta, el poder se autonomiza.
La democracia ateniense,
gobierno directo y consensual, funcionaba sobre la naturaleza de la polis,
sobre su cultura y sus instituciones. El papel de la política es necesariamente
la búsqueda de la democracia más perfecta
posible, esto significa también que el proyecto político podía ser nulo
en Atenas, impuesto antiguamente a una nación heterogénea pero sin comunicación
mientras que hoy cumple el rol de soldar a una comunidad disemejante y
comunicante.
En caso que la política se
redujera a la pura gestión, el vínculo desaparecería, vínculo que no puede
existir en cuanto a la forma y en cuanto al fondo, sin un proyecto para la
sociedad. En cuanto a la forma, porque hace falta un elemento en el cual
converjan todas las miradas para unir a los que miran. El ciudadano casi no
experimenta la necesidad de controlar al poder del Estado, reducido a la
gestión de los asuntos domésticos. La política, es decir, el arte de definir el
futuro de una sociedad, está ausente en un Estado que, sin deliberación, no
tiene cualidad para querer pero cuya sola presencia no es ahora garante del
lazo social. Por lo tanto, sin definición de un proyecto por la instancia
deliberativa, la sociedad quedará condenada a permanecer sin vínculo.
En el fondo, la cohesión
social, no siendo ya ni inmediata ni natural pasa por un proyecto que le da un
sentido y hace ver que nuestra presencia en sociedad no es fortuita sino, por
el contrario, necesaria. El contenido de ese proyecto está predeterminado por
la idea de unión social que volcamos en la política: como nuestro espacio
público ya no es el del ágora, el proyecto
político se resume en un trabajo a favor de la existencia de un leguaje
común y de referencias comunes que puedan unir a la sociedad.
El sentido de la sociedad es
la percepción del carácter indispensable del vínculo entre los hombres y el
afán de conducir concretamente este vínculo social a su grado máximo de
densidad.
B.
La crisis social
El desempleo aumenta, la
pobreza se muestra con más agudeza que antaño en razón de la desestructuración
de las solidaridades locales, y por contraste
con la prosperidad general; pero aquí se trata sobre todo de una crisis
económica de efectos sociales y no de una crisis global de la sociedad.
Nuestra sociedad mediatizada
es una sociedad pacificada porque aunque no tenga conciencia de su unidad o sus
valores, al menos no se pondrá agresiva para imponer la concepción dominante
del mundo a una parte minoritaria de ella misma. Lo esencial de la
argumentación de quienes no perciben ninguna crisis social, descansa en la
convicción de que la violencia ha quedado definitivamente conjurada.
1.
La crisis social, ¿mito o realidad?
El acabamiento de las
grandes luchas sociales tiene su explicación: la integración de los obreros en
la sociedad se ha cumplido de manera satisfactoria; su nivel de vida a ha
progresado; sus conductas y prejuicio sociales y morales fueron calcados de los
del resto de la sociedad.
Paralelamente a estos
factores materiales de homogeneización social debida a un enraisamiento general
de las diferencia, las causas ideológicas de las luchas y divisiones ya no
existe. Los fundamentos económicos (humanización del trabajo), sociológico
(liberación de las mujeres y los jóvenes) y religiosos (ocaso de la religión
considerada como sistema doctrinario organizado) de los enfrentamientos
ideológicos, han desaparecido efectivamente.
La crisis de la sociedad
proviene, más prosaicamente, del hecho de que las tareas políticas prioritarias
son menos evidentes que antaño. Todo Estado que no aceptara una mayor igualdad
económica, independencia respecto de la religión y libre determinación de cada
cual en sus costumbres, se condenaba a partir de cierto grado de desarrollo, a
conmociones más graves que las que podía suscitar la nueva inseguridad
resultante. En síntesis, lo político no tenía elección.
Ahora, no habiendo ya
reivindicaciones urgentes y de peso, tampoco hay deseo real de cambio. Sin
embargo, un pueblo que ya no quiere nada, que ignora lo que quiere y que no es
capaz ya de desear, se convierte en un pueblo pronto a abrazar cualquier ideología.
La crisis social estriba en esta potencialidad.
2.
Homogeneidad y heterogeneidad
Existe una discordancia
entre la representación social del país (homogeneidad) y su realidad
(diferenciación): la homogeneidad permite la indiferencia política, mientras
que la heterogeneidad revela la parcelación y reclama, por tanto, una acción
correctiva.
Lo que domina es la
heterogeneidad, como valor y sobre todo como realidad. La heterogeneidad
cultural como valor se traduce en una relación diferente con la cultura, con el
conocimiento, con la ética. Hay, no obstante, otra heterogeneidad, muchísimo
más marcada, en la percepción del mundo y en la capacidad de comunicación,
independiente tanto del contexto ideológico como de las doctrinas políticas y
sociales, las preferencias partidarias y el juicio emitido sobre los individuos
y las cosas. Si hay crisis de la sociedad, es esencialmente porque las palabras
no tienen el mismo sentido para todos.
Hay una identidad de
comportamiento vivida como heterogénea. El culto de las diferencias es casi
siempre el ropaje de la repetición de lo mismo; se admite tanto mejor al otro
cuanto es insignificante y no habla. La ausencia de comunicación conduce a
aceptar una diversidad indeterminada. Las diversidades se recluyen y se amurallan
en el silencia, no se comunican para construir una sociedad rica en
experiencias y obras a intercambiar y acaban por aniquilarse en la repetición
solitaria de lo mismo. Se valorizan las heterogeneidades formales en detrimento
de las diferencias reales.
3.
Comunicación y violencia social.
Otra función de la
comunicación mediatizada es ocupar el terreno y llenar un espacio dejado vació
por el pensamiento. En nuestras sociedades ya no es la comunicación lo que
permite la conjuración de la violencia sino el hecho de que ya no haya espacio
libre en el que esta violencia pueda ejercerse. La mediatización de la sociedad
misma ocupa todo el terreno.
La comunicación mediatizada
tiene un carácter anestesiante. Al estar en todas partes, sin interrupción, y
al desafiar el orden del sentido, ella
aplacaría los conflictos sumergiéndolos en una bruma difusa. De su carácter
perpetuo y finalmente indistinto nació su acción de igualación de todas las
cosas y de desjerarquización de los problemas que una sociedad se plantea.
C.
La crisis cultural
La crisis política resulta
no sólo de un pesimismo absoluto en cuanto a cualquier acción tendente a
reducir las imperfecciones de la sociedad y a suministrarle un proyecto, sino
sobre todo de una falta de sensibilidad a esta s imperfecciones, de una
ausencia de atención al otro y de cuestionamiento de sí. La crisis social es
una crisis de la comunicación activa y por lo tanto de pertenencia voluntaria.
En cuanto a la crisis cultural, se identifica con una crisis de conciencia
histórica y con una dislocación del espacio público en un mundo cuyas
referencias han desaparecido.
1.
Crisis de la cultura e historia.
El hombre, puesto que vive
en sociedad, está ligado a una cultura y a una historia. Él pertenece a la
historia, y es esto lo que le hará anhelar que la memoria histórica conserve
cierta imagen de su época, ajustada a sus ideales de dignidad y humanidad.
No puede haber conciencia
histórica sierva. Una conciencia histórica cuyo único fundamento fuera la
ingurgitación de una historia preescrita y a la que los hombres deberían
ajustarse, no sería una conciencia sino un simple objeto, manipulable por una
instancia exterior: el partido, el gran líder. La conciencia histórica no
justifica y no autoriza nada. Pero puede guiar un proyecto político, servir de
línea directriz a una política educativa, social, cultural.
No se puede imponer a un
pueblo una conciencia histórica. La conciencia histórica es cultural y política:
cada ciudadano debe hacer suya esta conciencia de la historia que es conciencia
de lo que debe ser la sociedad. No hay conciencia histórica sin libertad de
pensamiento y sin deliberación.
2.
La cultura pública
Existen condiciones para que
pueda existir la conciencia histórica.
Primera condición: es
preciso que la sociedad exista en el espíritu de la gente. La idea de
pertenencia a un grupo guiado por un destino común, en la hora del mundo
universal, esta conciencia voluntaria es una conciencia de pertenencia a un
conjunto que es el género humano.
Segunda condición: que el
espacio social, público, no se perciba como hostil al individuo sino, por el
contrario, como el vínculo natural de consumación de su libertad. Esta percepción
tiene por fundamento un reparto entre la esfera política y la privada. La determinación
de este reparto es cultural.
Cuando crece la complejidad
del mundo y en cambio los medios para comprenderla, o por lo menos aceptarla,
no se desarrollaron proporcionalmente, el “rechazo” de esta complejidad tiende
igualmente a aumentar y a generalizarse a toda la sociedad. De ahí sobre todo,
una propensión a escapar hacia la esfera privada, para acondicionarse en ella
un pequeño mundo a la medida de cada cual, controlable y previsible. Este comportamiento
tiene consecuencias directas sobre la formación del espíritu público y de la
cultura de una nación.
La opinión común según la
cual la libertad y la realización de sí halla su terreno de elección en la
esfera privada, compromete también la existencia de una cultura común fundadora
del lazo político. La crisis aparece
con la creencia de que la política y la libertad se oponen.
Desde el momento en que
estimamos que lo que somos y hacemos es ampliamente indiferente a la historia,
nuestro lazo con los hombres y la sociedad se deshace.
3.
Desaparición de las referencias comunes.
Vivimos en un estado que se
ha calificado de “anomia ideológica”. Anomia, es decir, ni autonomía ni
heteronomía. No hay autonomía, lo que significa que, al no haber adquirido el hábito
del juicio y de la crítica, la gente no sabe darse a sí misma una ley. Tampoco heteronomía,
ya que los grandes sistemas religiosos e ideológicos no están completamente
desmembrados y no ejercen ya ningún papel en la estructuración del pensamiento.
II.
Pensar la crisis hoy.
A.
La especificidad de la crisis.
La verdadera crisis se da
cuando, para una colectividad se ha cometido lo irreparable. No hay esencia
intemporal de la crisis: cada una de las crisis debe ser apreciada en función
de una época.
Si en otro tiempo no había realmente
crisis de
la sociedad, esto no significa que no hubiera crisis en la sociedad. Sólo que éstas crisis eran parciales,
particulares. O bien, traían aparejado un progreso de la sociedad.
La situación actual ya no
tolera la existencia de crisis particulares, aisladas. O bien no existe crisis
global, y entonces vivir aislado es un mal personal del individuo, o bien hay
crisis apenas un grupo denuncia un malestar o, lo que es peor, vive un malestar
sin denunciarlo: las manifestaciones más aisladas de una inadecuación de las
reglas sociales generales señalan el escándalo absoluto de una humanidad
denegada a algunos, pero que está en consonancia con la humanidad de todos.
Toda acción política es hoy
de naturaleza mucho más global de cuanto lo era ayer, es decir que no puede
contentarse con una acción marginal, local sobre ciertos grupos sociales. Ahora
es el conjunto del espíritu de un pueblo el que debe verse afectado por su acción.
B.
Las dificultades para salir de la crisis.
Este carácter de autosustento
de la crisis participa de su definición: la crisis tiende a cerrarse a sí misma
cualquier vía de salida. La crisis cultural compromete en el ciudadano la
posibilidad de tener acceso a un sistema de referencias; la crisis social
refuerza la idea de que la sociedad no existe; la crisis política aleja de su
espíritu la representación de lo que la política debe realizar.
Factores que impiden salir
de la crisis y la agravan:
Primer factor: relación ambigua con el poder.
La crítica absoluta de todo poder es un factor de mantenimiento de la crisis. Puesto
que la política es la del gobierno, el rechazo de la existencia de un gobierno,
de un poder y de una autoridad que lo garantice, compromete la salida de la
crisis. La política no es una instancia exterior que suponga una diferencia
entre el que detenta el poder y aquel sobre quien se ejerce.
Segundo factor: temor a conflictos que podrían
surgir en relación con cuestiones fundamentales para el futuro de nuestra
sociedad, temor que desemboca en la inacción política. Este temor es pernicioso
porque conduce al rechazo de la superación política de los conflictos, en
nombre de un punto de vista global que trasciende a las tomas de posición
particulares. La política es el arte de administrar los conflictos y no de
negarlos.
Tercer factor: la designación de la idea de
libertad. El rechazo del pensamiento como fin político esencial agrava esta
tendencia a la deformación de la idea de libertad: puesto que la idea de
libertad es separada de su contenido concreto, sólo subsiste su forma. Reaparece
aquí la actitud mágica: la libertad es algo que uno nombra, y su sola invocación
transforma lo indistinto o lo vil en objeto codiciado. Corroída así la idea de
libertad, pierde su alcance y su eficacia políticas, indispensables para salvaguardar
nuestra humanidad. La libertad se vuelve contra sí misma y pasa a ser un
instrumento de opresión: se llama libertad a la violencia, mientras que lo
inhumano es hombre sagrado.
Cuarto factor: deficiencia
en la definición de las finalidades. Finalidad es un objetivo que un conjunto
organizado de individuos se asigna, sea colectivamente, sea para cada uno de
sus miembros, sea para una parte de la sociedad y que va a regir su
funcionamiento dando un sentido a la ación, a quienes ejercen una actividad en
su seno, una perspectiva individual y colectiva y, correlativamente, un
principio de organización. Está eclipsándose la posibilidad misma de
representarse un fin por motivos referidos en particular a la incertidumbre
sobre las razones para estar juntos, al no avizoramiento de la necesidad de una
acción, a la incapacidad para representarse de qué modo actuar y a la pérdida
del sentido de la contingencia y de la necesidad de la historia.
No habría crisis de la
sociedad si no hubiese crisis del individuo, pero la crisis del individuo
propicia la de la sociedad. Tristeza, desesperación en algunos; sentimiento de
abandono en otros; atontamiento y alienación y búsqueda del olvido en la
diversión son otros tantos síntomas de una crisis del individuo que nada tiene
de novedosa. Lo que sí particulariza a nuestra época es la progresiva
generalización de esta crisis individual, su efecto disolvente sobre el sentido
de pertenencia pública, l hecho de que se traduzca en una doble fuga, de sí
mismo y del mundo, y de que en esta forma se refuerce aún más la dificultad
para su resolución.