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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: La revolucion francesa: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 6228 | Votar! | 3 votos | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
Trabajo
Práctico sobre la Revolución Francesa:
La Revolución Francesa, fue el proceso
social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas principales
consecuencias fueron el derrocamiento de Luis XVI,
perteneciente a la Casa real de los Borbones, la abolición de la monarquía en
Francia y la proclamación de la I República, con lo
que se pudo poner fin al Antiguo Régimen en este país. Aunque las causas que
generaron la Revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las
más influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes —nobleza, clero y
burguesía— para hacer frente a los problemas de Estado, la indecisión de la
monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado, el
empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el
Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia
estadounidense. Las teorías actuales tienden a minimizar la relevancia de la
lucha de clases y a poner de relieve los factores políticos, culturales e ideológicos
que intervinieron en el origen y desarrollo de este acontecimiento.
Las
razones históricas de la Revolución
Más de un siglo
antes de que Luis XVI ascendiera al trono (1774), el Estado francés había
sufrido periódicas crisis económicas motivadas por las largas guerras
emprendidas durante el reinado de Luis XIV, la mala
administración de los asuntos nacionales en el reinado de Luis XV, las
cuantiosas pérdidas que acarreó la Guerra Francesa e India (1754-1763) y el
aumento de la deuda generado por los préstamos a las colonias británicas de
Norteamérica durante la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783).
Los defensores de la aplicación de reformas fiscales, sociales y políticas
comenzaron a reclamar con insistencia la satisfacción de sus reivindicaciones
durante el reinado de Luis XVI. En agosto de 1774, el rey nombró controlador
general de Finanzas a Anne Robert Jacques Turgot, un hombre de ideas liberales
que instituyó una política rigurosa en lo referente a los gastos del Estado. No
obstante, la mayor parte de su política restrictiva fue abandonada al cabo de
dos años y Turgot se vio obligado a dimitir por las presiones de los sectores
reaccionarios de la nobleza y el clero, apoyados por la reina, María Antonieta
de Austria. Su sucesor, el financiero y político Jacques Necker tampoco
consiguió realizar grandes cambios antes de abandonar su cargo en 1781, debido
asimismo a la oposición de los grupos reaccionarios. Sin embargo, fue aclamado
por el pueblo por hacer público un extracto de las finanzas reales en el que se
podía apreciar el gravoso coste que suponían para el Estado los estamentos
privilegiados. La crisis empeoró durante los años siguientes. El pueblo exigía
la convocatoria de los Estados Generales (una asamblea formada por representantes
del clero, la nobleza y el tercer estado), cuya última reunión se había
producido en 1614, y el rey Luis XVI accedió
finalmente a celebrar unas elecciones nacionales en 1788. La censura quedó
abolida durante la campaña y multitud de escritos que recogían las ideas de la
Ilustración circularon por toda Francia. Necker, a quien el monarca había
vuelto a nombrar interventor general de Finanzas en 1788, estaba de acuerdo con
Luis XVI en que el número de representantes del tercer
estado (el pueblo) en los Estados Generales fuera igual al del primer estado
(el clero) y el segundo estado (la nobleza) juntos, pero ninguno de los dos
llegó a establecer un método de votación.
A pesar de que
los tres estados estaban de acuerdo en que la estabilidad de la nación requería
una transformación fundamental de la situación, los antagonismos estamentales
imposibilitaron la unidad de acción en los Estados Generales, que se reunieron
en Versalles el 5 de mayo de 1789. Las delegaciones que representaban a los
estamentos privilegiados de la sociedad francesa se enfrentaron inmediatamente
a la cámara rechazando los nuevos métodos de votación presentados. El objetivo
de tales propuestas era conseguir el voto por individuo y no por estamento, con
lo que el tercer estado, que disponía del mayor número de representantes,
podría controlar los Estados Generales. Las discusiones relativas al
procedimiento se prolongaron durante seis semanas, hasta que el grupo dirigido
por Emmanuel Joseph Sieyès y el conde de Mirabeau se constituyó en Asamblea
Nacional el 17 de junio. Este abierto desafío al gobierno monárquico, que había
apoyado al clero y la nobleza, fue seguido de la aprobación de una medida que
otorgaba únicamente a la Asamblea Nacional el poder de legislar en materia
fiscal. Luis XVI se apresuró a privar a la Asamblea de su sala de
reuniones como represalia. Ésta respondió realizando el 20 de junio el
denominado Juramento del Juego de la Pelota, por el que se comprometía a no
disolverse hasta que se hubiera redactado una constitución para Francia. En ese
momento, las profundas disensiones existentes en los dos estamentos superiores
provocaron una ruptura en sus filas, y numerosos representantes del bajo clero
y algunos nobles liberales abandonaron sus respectivos estamentos para integrarse
en la Asamblea Nacional.
El
inicio de la Revolución
El rey se vio
obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la
predisposición al amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó
a la nobleza y al clero que se unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional
Constituyente. Luis XVI cedió a las presiones de la reina María Antonieta
y del conde de Artois (futuro rey de Francia con el nombre de Carlos X) y dio
instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en
París y Versalles. Al mismo tiempo, Necker fue nuevamente destituido. El pueblo
de París respondió con la insurrección ante estos actos de provocación; los
disturbios comenzaron el 12 de julio, y las multitudes asaltaron y tomaron La
Bastilla —una prisión real que simbolizaba el despotismo de los Borbones— el 14
de julio.
Antes de que
estallara la revolución en París, ya se habían producido en muchos lugares de
Francia esporádicos y violentos disturbios locales y revueltas campesinas
contra los nobles opresores que alarmaron a los burgueses no menos que a los
monárquicos. El conde de Artois y otros destacados líderes reaccionarios,
sintiéndose amenazados por estos sucesos, huyeron del país, convirtiéndose en
el grupo de los llamados émigrés. La burguesía parisina, temerosa
de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el derrumbamiento del antiguo
sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se apresuró a establecer
un gobierno provisional local y organizó una milicia popular, denominada
oficialmente Guardia Nacional. El estandarte de los Borbones fue sustituido por
la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los revolucionarios
que pasó a ser la bandera nacional. No tardaron en constituirse en toda Francia
gobiernos provisionales locales y unidades de la milicia. El mando de la
Guardia Nacional se le entregó al marqués de La Fayette, héroe de la guerra de
la Independencia estadounidense. Luis XVI, incapaz de
contener la corriente revolucionaria, ordenó a las tropas leales retirarse.
Volvió a solicitar los servicios de Necker y legalizó oficialmente las medidas
adoptadas por la Asamblea y los diversos gobiernos provisionales de las
provincias.
La
redacción de una constitución
La Asamblea
Nacional Constituyente comenzó su actividad movida por los desórdenes y
disturbios que estaban produciéndose en las provincias (el periodo del 'Gran
Miedo'). El clero y la nobleza hubieron de renunciar a sus privilegios en la
sesión celebrada durante la noche del 4 de agosto de 1789; la Asamblea aprobó
una legislación por la que quedaba abolido el régimen feudal y señorial y se
suprimía el diezmo, aunque se otorgaban compensaciones en ciertos casos. En
otras leyes se prohibía la venta de cargos públicos y la exención tributaria de
los estamentos privilegiados.
A continuación,
la Asamblea Nacional Constituyente se dispuso a comenzar su principal tarea, la
redacción de una Constitución. En el preámbulo, denominado Declaración de los
Derechos del hombre y del ciudadano, los delegados formularon los ideales de la
Revolución, sintetizados más tarde en tres principios, "Liberté, Égalité,
Fraternité"
("Libertad, Igualdad, Fraternidad"). Mientras la Asamblea deliberaba,
la hambrienta población de París, irritada por los rumores de conspiraciones
monárquicas, reclamaba alimentos y soluciones. El 5 y el 6 de octubre, la
población parisina, especialmente sus mujeres, marchó hacia Versalles y sitió
el palacio real. Luis XVI y su familia fueron rescatados por La Fayette,
quien les escoltó hasta París a petición del pueblo. Tras este suceso, algunos
miembros conservadores de la Asamblea Constituyente, que acompañaron al rey a
París, presentaron su dimisión. En la capital, la presión de los ciudadanos
ejercía una influencia cada vez mayor en la corte y la Asamblea. El radicalismo
se apoderó de la cámara, pero el objetivo original, la implantación de una
monarquía constitucional como régimen político, aún se mantenía.
El primer
borrador de la Constitución recibió la aprobación del monarca francés en unas
fastuosas ceremonias, a las que acudieron delegados de todos los lugares del
país, el 14 de julio de 1790. Este documento suprimía la división provincial de
Francia y establecía un sistema administrativo cuyas unidades eran los
departamentos, que dispondrían de organismos locales elegibles. Se ilegalizaron
los títulos hereditarios, se crearon los juicios con jurado en las causas
penales y se propuso una modificación fundamental de la legislación francesa.
Con respecto a la institución que establecía requisitos de propiedad para
acceder al voto, la Constitución disponía que el electorado quedara limitado a
la clases alta y media. El nuevo estatuto confería el poder legislativo a la
Asamblea Nacional, compuesta por 745 miembros elegidos por un sistema de votación
indirecto. Aunque el rey seguía ejerciendo el poder ejecutivo, se le impusieron
estrictas limitaciones. Su poder de veto tenía un carácter meramente
suspensivo, y era la Asamblea quien tenía el control efectivo de la dirección
de la política exterior. Se impusieron importantes restricciones al poder de la
Iglesia católica mediante una serie de artículos denominados Constitución civil
del Clero, el más importante de los cuales suponía la confiscación de los
bienes eclesiásticos. A fin de aliviar la crisis financiera, se permitió al
Estado emitir un nuevo tipo de papel moneda, los asignados, garantizado por las
tierras confiscadas. Asimismo, la Constitución estipulaba que los sacerdotes y
obispos fueran elegidos por los votantes, recibieran una remuneración del
Estado, prestaran un juramento de lealtad al Estado y las órdenes monásticas
fueran disueltas.
Durante los
quince meses que transcurrieron entre la aprobación del primer borrador
constitucional por parte de Luis XVI y la
redacción del documento definitivo, las relaciones entre las fuerzas de la
Francia revolucionaria experimentaron profundas transformaciones. Éstas fueron
motivadas, en primer lugar, por el resentimiento y el descontento del grupo de
ciudadanos que había quedado excluido del electorado. Las clases sociales que
carecían de propiedades deseaban acceder al voto y liberarse de la miseria
económica y social, y no tardaron en adoptar posiciones radicales. Este
proceso, que se extendió rápidamente por toda Francia gracias a los clubes de los
jacobinos, y de los cordeliers, adquirió gran impulso cuando
se supo que María Antonieta estaba en constante comunicación con su hermano
Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Al
igual que la mayoría de los monarcas europeos, Leopoldo había dado refugio a
gran número de émigrés y no había ocultado su oposición a los
acontecimientos revolucionarios que se habían producido en Francia. El recelo
popular con respecto a las actividades de la reina y la complicidad de Luis XVI quedó
confirmado cuando la familia real fue detenida mientras intentaba huir de
Francia en un carruaje con destino a Varennes el 21 de junio.
Radicalización
del gobierno
El 17 de julio de
1791 los sans-culottes
(miembros de una tendencia revolucionaria radical que exigía la proclamación de
la república) se reunieron en el Campo de Marte y exigieron que se depusiera al
monarca. La Guardia Nacional abrió fuego contra los manifestantes y los
dispersó siguiendo las órdenes de La Fayette, vinculado políticamente a los feuillants,
un grupo formado por monárquicos moderados. Estos hechos incrementaron de forma
irreversible las diferencias existentes entre el sector burgués y republicano
de la población. El rey fue privado de sus poderes durante un breve periodo,
pero la mayoría moderada de la Asamblea Constituyente, que temía que se
incrementaran los disturbios, restituyó a Luis XVI con la
esperanza de frenar el ascenso del radicalismo y evitar una intervención de las
potencias extranjeras. El 14 de septiembre, el rey juró respetar la
Constitución modificada. Dos semanas después, se disolvió la Asamblea
Constituyente para dar paso a las elecciones sancionadas por la Constitución.
Durante este tiempo, Leopoldo II y Federico Guillermo II, rey de
Prusia, emitieron el 27 de agosto una declaración conjunta referente a Francia
en la que se amenazaba veladamente con una intervención armada. La Asamblea
Legislativa, que comenzó sus sesiones el 1 de octubre de 1791, estaba formada
por 750 miembros que no tenían experiencia alguna en la vida política, dado que
los propios integrantes de la Asamblea Constituyente habían votado en contra de
su elegibilidad como diputados de la nueva cámara. Ésta se hallaba dividida en
facciones divergentes. La más moderada era la de los feuillants, partidaria de la
monarquía constitucional tal como se establecía en la Constitución de 1791. El
centro de la cámara acogía al grupo mayoritario, conocido como el Llano, que
carecía de opiniones políticas definidas pero que se oponía unánimemente al
sector radical que se sentaba en el ala izquierda, compuesto principalmente por
los girondinos, que defendían la transformación de la monarquía constitucional
en una república federal, un proyecto similar al de los montagnards (grupo que por
ocupar la parte superior de la cámara, recibió el apelativo de La Montaña)
integrados por los jacobinos y los cordeliers, que abogaban por la
implantación de una república centralizada. Antes de que estas disensiones
abrieran una profunda brecha en las relaciones entre los girondinos y los montagnards,
el sector republicano de la Asamblea consiguió la aprobación de varios
proyectos de ley importantes, entre los que se incluían severas medidas contra
los miembros del clero que se negaran a jurar lealtad al nuevo régimen. Sin
embargo, Luis XVI ejerció su derecho a veto sobre estos decretos,
provocando así una crisis parlamentaria que llevó al poder a los girondinos. A
pesar de la oposición de los más destacados montagnards, el gabinete girondino,
presidido por Jean Marie Roland de la Platière, adoptó una actitud beligerante
hacia Federico Guillermo II y Francisco II, el nuevo
emperador del Sacro Imperio Romano, que había sucedido a su padre, Leopoldo II, el 1 de marzo
de 1792. Ambos soberanos apoyaban abiertamente las actividades de los émigrés
y secundaban el rechazo de la aristocracia de Alsacia a la legislación
revolucionaria. El deseo de entablar una guerra se extendió rápidamente entre
los monárquicos, que confiaban en la derrota del gobierno revolucionario y en
la restauración del Antiguo Régimen, y entre los girondinos, que anhelaban un
triunfo definitivo sobre los sectores reaccionarios tanto en el interior como
en el exterior. El 20 de abril de 1792 la Asamblea Legislativa declaró la
guerra al Sacro Imperio Romano.
La
lucha por la libertad
Los ejércitos
austriacos obtuvieron varias victorias en los Países Bajos austriacos gracias a
ciertos errores del alto mando francés, formado mayoritariamente por
monárquicos. La posterior invasión de Francia provocó importantes desórdenes en
París. El gabinete de Roland cayó el 13 de junio, y la intranquilidad de la
población se canalizó en un asalto a las Tullerías, la residencia de la familia
real, una semana después. La Asamblea Legislativa declaró el estado de
excepción el 11 de julio, después de que Cerdeña y Prusia se unieran a la
guerra contra Francia. Se enviaron fuerzas de reserva para aliviar la difícil
situación en el frente, y se solicitaron voluntarios de todo el país en la
capital. Cuando los refuerzos procedentes de Marsella llegaron a París, iban
cantando un himno patriótico conocido desde entonces como La Marsellesa. El
descontento popular provocado por la gestión de los girondinos, que habían
expresado su apoyo a la monarquía y habían rechazado la acusación de deserción
presentada contra La Fayette, hizo aumentar la tensión. El malestar social,
unido al efecto que generó el manifiesto del comandante aliado, Charles William
de Ferdinand, duque de Brunswick, en el que amenazaba con destruir la capital
si la familia real era maltratada, provocó una insurrección en París el 10 de
agosto. Los insurgentes, dirigidos por elementos radicales de la capital y
voluntarios nacionales que se dirigían al frente, asaltaron las Tullerías y
asesinaron a la Guardia suiza del rey. Luis XVI y su familia
se refugiaron en la cercana sala de reuniones de la Asamblea Legislativa, que
no tardó en suspender en sus funciones al monarca y ponerle bajo arresto. A su
vez, los insurrectos derrocaron al consejo de gobierno parisino, que fue
reemplazado por un nuevo consejo ejecutivo provisional, la denominada Comuna de
París. Los montagnards,
liderados por el abogado Georges Jacques Danton, dominaron el nuevo gobierno
parisino y pronto se hicieron con el control de la Asamblea Legislativa. Esta
cámara aprobó la celebración de elecciones en un breve plazo con vistas a la
constitución de una nueva Convención Nacional, en la que tendrían derecho a
voto todos los ciudadanos varones. Entre el 2 y el 7 de septiembre, más de mil
monárquicos y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia,
fueron sometidos a juicio y ejecutados. Los elementos desencadenantes de las
denominadas 'Matanzas de Septiembre' fueron el temor de la población al avance
de los ejércitos aliados contra Francia y los rumores sobre conspiraciones para
derrocar al gobierno revolucionario. Un ejército francés, dirigido por el
general Charles François Dumouriez, obtuvo una importante victoria en la
batalla de Valmy frente a las tropas prusianas que avanzaban hacia París el 20
de septiembre.
Un día después de
la victoria de Valmy se reunió en París la Convención Nacional recién elegida.
La primera decisión oficial adoptada por esta cámara fue la abolición de la
monarquía y la proclamación de la I República. El
consenso entre los principales grupos integrantes de la Convención no fue más
allá de la aprobación de estas medidas iniciales. Sin embargo, ninguna facción
se opuso al decreto presentado por los girondinos y promulgado el 19 de
noviembre, por el cual Francia se comprometía a apoyar a todos los pueblos
oprimidos de Europa. Las noticias que llegaban del frente semanalmente eran
alentadoras: las tropas francesas habían pasado al ataque después de la batalla
de Valmy y habían conquistado Maguncia, Frankfurt del Main, Niza, Saboya y los
Países Bajos austriacos. Sin embargo, las disensiones se habían intensificado
seriamente en el seno de la convención, donde el Llano dudaba entre conceder su
apoyo a los conservadores girondinos o a los radicales montagnards. La primera gran
prueba de fuerza se decidió en favor de estos últimos, que solicitaban que la
Convención juzgara al rey por el cargo de traición y consiguieron que su
propuesta fuera aprobada por mayoría. El monarca fue declarado culpable de la
acusación imputada con el voto casi unánime de la Cámara el 15 de enero de
1793, pero no se produjo el mismo acuerdo al día siguiente, cuando había de
decidirse la pena del acusado. Finalmente el rey fue condenado a muerte por 387
votos a favor frente a 334 votos en contra. Luis XVI fue
guillotinado el 21 de enero.
La influencia de
los girondinos en la Convención Nacional disminuyó enormemente tras la
ejecución del rey. La falta de unidad mostrada por el grupo durante el juicio
había dañado irreparablemente su prestigio nacional, bastante mermado desde
hacía tiempo entre la población de París, más favorable a las tendencias
jacobinas. Otro factor que determinó la caída girondina fueron las derrotas
sufridas por los ejércitos franceses tras declarar la guerra a Gran Bretaña,
las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) el 1 de febrero de 1793, y a
España el 7 de marzo, que se habían unido a la Primera Coalición contra
Francia. Las propuestas de los jacobinos para fortalecer al gobierno ante las
cruciales luchas a las que Francia debería enfrentarse desde ese momento fueron
firmemente rechazadas por los girondinos. No obstante, a comienzos de marzo, la
Convención votó a favor del reclutamiento de 300.000 hombres y envió
comisionados especiales a varios departamentos para organizar la leva. Los
sectores clericales y monárquicos enemigos de la Revolución incitaron a la
rebelión a los campesinos de La Vendée, contrarios a tal medida. La guerra
civil no tardó en extenderse a los departamentos vecinos. Los austriacos
derrotaron al ejército de Dumouriez en Neerwinden el 18 de marzo, y éste
desertó al enemigo. La huida del jefe del ejército, la guerra civil y el avance
de las fuerzas enemigas a través de las fronteras de Francia provocó en la
Convención una crisis entre los girondinos y los montagnards, en la que estos
últimos pusieron de relieve la necesidad de emprender una acción contundente en
defensa de la Revolución.
El
Reinado del Terror
El 6 de abril, la
Convención creó el Comité de Salvación Pública, que habría de ser el órgano
ejecutivo de la República, y reestructuró el Comité de Seguridad General y el
Tribunal Revolucionario. Se enviaron representantes a los departamentos para
supervisar el cumplimiento de las leyes, el reclutamiento y la requisa de
municiones. La rivalidad existente entre los girondinos y los montagnards
se había agudizado durante este periodo. La rebelión parisina, organizada por
el periodista radical Jacques René Hébert, obligó a la Convención a ordenar el
2 de junio la detención de veintinueve delegados girondinos y de los ministros
de este grupo, Pierre Henri Hélène Marie Lebrun-Tondu y Étienne Clavière. A
partir de ese momento, la facción jacobina radical que asumió el control del
gobierno desempeñó un papel decisivo en el posterior desarrollo de la
Revolución. La Convención promulgó una nueva Constitución el 24 de junio en la
que se ampliaba el carácter democrático de la República. Sin embargo, este
estatuto nunca llegó a entrar en vigor. El 10 de julio, la presidencia del
Comité de Salvación Pública fue transferida a los jacobinos, que reorganizaron
completamente las funciones de este nuevo organismo. Tres días después, el
político radical Jean-Paul Marat, destacado líder de los jacobinos, fue
asesinado por Charlotte de Corday, simpatizante de los girondinos. La
indignación pública ante este crimen hizo aumentar considerablemente la
influencia de los jacobinos en todo el país. El dirigente jacobino Maximilien
de Robespierre pasó a ser miembro del Comité de Salvación Pública el 27 de
julio y se convirtió en su figura más destacada en poco tiempo. Robespierre,
apoyado por Louis Saint-Just, Lazare Carnot, Georges Couthon y otros
significados jacobinos, implantó medidas policiales extremas para impedir
cualquier acción contrarrevolucionaria. Los poderes del Comité fueron renovados
mensualmente por la Convención Nacional desde abril de 1793 hasta julio de
1794, un periodo que pasó a denominarse Reinado del Terror.
Desde el punto de
vista militar, la situación era extremadamente peligrosa para la República. Las
potencias enemigas habían reanudado la ofensiva en todos los frentes. Los
prusianos habían recuperado Maguncia, Condé-Sur-L'Escaut y Valenciennes, y los
británicos mantenían sitiado Tolón. Los insurgentes monárquicos y católicos
controlaban gran parte de La Vendée y Bretaña. Caen, Lyon, Marsella, Burdeos y
otras importantes localidades se hallaban bajo el poder de los girondinos. El
23 de agosto se emitió un nuevo decreto de reclutamiento para toda la población
masculina de Francia en buen estado de salud. Se formaron en poco tiempo
catorce nuevos ejércitos —alrededor de 750.000 hombres—, que fueron equipados y
enviados al frente rápidamente. Además de estas medidas, el Comité reprimió
violentamente la oposición interna.
María Antonieta
fue ejecutada el 16 de octubre, y 21 destacados girondinos murieron
guillotinados el 31 del mismo mes. Tras estas represalias iniciales, miles de
monárquicos, sacerdotes, girondinos y otros sectores acusados de realizar
actividades contrarrevolucionarias o de simpatizar con esta causa fueron
juzgados por los tribunales revolucionarios, declarados culpables y condenados
a morir en la guillotina. El número de personas condenadas a muerte en París
ascendió a 2.639, más de la mitad de las cuales (1.515) perecieron durante los
meses de junio y julio de 1794. Las penas infligidas a los traidores o
presuntos insurgentes fueron más severas en muchos departamentos periféricos,
especialmente en los principales centros de la insurrección monárquica. El
tribunal de Nantes, presidido por Jean-Baptiste Carrier, el más severo con los
cómplices de los rebeldes de La Vendée, ordenó la ejecución de más de 8.000
personas en un periodo de tres meses. Los tribunales y los comités
revolucionarios fueron responsables de la ejecución de casi 17 mil ciudadanos
en toda Francia. El número total de víctimas durante el Reinado del Terror
llegó a 40.000. Entre los condenados por los tribunales revolucionarios,
aproximadamente el 8% eran nobles, el 6% eran miembros del clero, el 14%
pertenecía a la clase media y el 70% eran trabajadores o campesinos acusados de
eludir el reclutamiento, de deserción, acaparamiento, rebelión u otros delitos.
Fue el clero católico el que sufrió proporcionalmente las mayores pérdidas
entre todos estos grupos sociales. El odio anticlerical se puso de manifiesto
también en la abolición del calendario juliano en octubre de 1793, que fue
reemplazado por el calendario republicano. El Comité de Salvación Pública,
presidido por Robespierre, intentó reformar Francia basándose de forma fanática
en sus propios conceptos de humanitarismo, idealismo social y patriotismo. El
Comité, movido por el deseo de establecer una República de la Virtud, alentó la
devoción por la república y la victoria y adoptó medidas contra la corrupción y
el acaparamiento. Asimismo, el 23 de noviembre de 1793, la Comuna de París
ordenó cerrar todas las iglesias de la ciudad —esta decisión fue seguida
posteriormente por las autoridades locales de toda Francia— y comenzó a
promover la religión revolucionaria, conocida como el Culto a la Razón. Esta
actitud, auspiciada por el jacobino Pierre Gaspard Chaumette y sus seguidores
extremistas (entre ellos Hébert), acentuó las diferencias entre los jacobinos
centristas, liderados por Robespierre, y los fanáticos seguidores de Hébert,
una fuerza poderosa en la Convención y en la Comuna de París.
Durante este
tiempo, el signo de la guerra se había vuelto favorable para Francia. El
general Jean Baptiste Jourdan derrotó a los austriacos el 16 de octubre de
1793, iniciándose así una serie de importantes victorias francesas. A finales
de ese año, se había iniciado la ofensiva contra las fuerzas de invasión del
Este en el Rin, y Tolón había sido liberado. También era de gran relevancia el
hecho de que el Comité de Salvación Pública hubiera aplastado la mayor parte de
las insurrecciones de los monárquicos y girondinos.
La
lucha por el poder
La disputa entre
el Comité de Salvación Pública y el grupo extremista liderado por Hébert,
concluyó con la ejecución de éste y sus principales acólitos el 24 de marzo de
1794. Dos semanas después, Robespierre emprendió acciones contra los seguidores
de Danton, que habían comenzado a solicitar la paz y el fin del reinado del
Terror. Georges-Jacques Danton y sus principales correligionarios fueron
decapitados el 6 de abril. Robespierre perdió el apoyo de muchos miembros
importantes del grupo de los jacobinos —especialmente de aquéllos que temían
por sus propias vidas— a causa de estas represalias masivas contra los
partidarios de ambas facciones. Las victorias de los ejércitos franceses, entre
las que cabe destacar la batalla de Fleurus (Bélgica) del 26 de junio, que
facilitó la reconquista de los Países Bajos austriacos, incrementó la confianza
del pueblo en el triunfo final. Por este motivo, comenzó a extenderse el
rechazo a las medidas de seguridad impuestas por Robespierre. El descontento
general con el líder del Comité de Salvación Pública no tardó en transformarse
en una auténtica conspiración. Robespierre, Saint-Just, Couthon y 98 de sus
seguidores fueron apresados el 27 de julio de 1794 (el 9 de termidor del año
III según el calendario republicano) y decapitados al día siguiente. Se
considera que el 9 de termidor fue el día en el que se puso fin a la República
de la Virtud.
La Convención
Nacional estuvo controlada hasta finales de 1794 por el 'grupo termidoriano'
que derrocó a Robespierre y puso fin al Reinado del Terror. Se clausuraron los
clubes jacobinos de toda Francia, fueron abolidos los tribunales
revolucionarios y revocados varios decretos de carácter extremista, incluido
aquél por el cual el Estado fijaba los salarios y precios de los productos.
Después de que la Convención volviera a estar dominada por los girondinos, el
conservadurismo termidoriano se transformó en un fuerte movimiento
reaccionario. Durante la primavera de 1795, se produjeron en París varios
tumultos, en los que el pueblo reclamaba alimentos, y manifestaciones de
protesta que se extendieron a otros lugares de Francia. Estas rebeliones fueron
sofocadas y se adoptaron severas represalias contra los jacobinos y sans-culottes
que los protagonizaron.
La moral de los
ejércitos franceses permaneció inalterable ante los acontecimientos ocurridos
en el interior. Durante el invierno de 1794-1795, las fuerzas francesas
dirigidas por el general Charles Pichegru invadieron los Países Bajos
austriacos, ocuparon las Provincias Unidas instituyendo la República Bátava y
vencieron a las tropas aliadas del Rin. Esta sucesión de derrotas provocó la
desintegración de la coalición antifrancesa. Prusia y varios estados alemanes
firmaron la paz con el gobierno francés en el Tratado de Basilea el 5 de abril
de 1795; España también se retiró de la guerra el 22 de julio, con lo que las
únicas naciones que seguían en lucha con Francia eran Gran Bretaña, Cerdeña y
Austria. Sin embargo, no se produjo ningún cambio en los frentes bélicos
durante casi un año. La siguiente fase de este conflicto se inició con las
Guerras Napoleónicas.
Se restableció la
paz en las fronteras, y un ejército invasor formado por émigrés fue derrotado en
Bretaña en el mes de julio. La Convención Nacional finalizó la redacción de una
nueva Constitución, que se aprobó oficialmente el 22 de agosto de 1795. La
nueva legislación confería el poder ejecutivo a un Directorio, formado por
cinco miembros llamados directores. El poder legislativo sería ejercido por una
asamblea bicameral, compuesta por el Consejo de Ancianos (250 miembros) y el
Consejo de los Quinientos. El mandato de un director y de un tercio de la
asamblea se renovaría anualmente a partir de mayo de 1797, y el derecho al
sufragio quedaba limitado a los contribuyentes que pudieran acreditar un año de
residencia en su distrito electoral. La nueva Constitución incluía otras
disposiciones que demostraban el distanciamiento de la democracia defendida por
los jacobinos. Este régimen no consiguió establecer un medio para impedir que
el órgano ejecutivo entorpeciera el gobierno del ejecutivo y viceversa, lo que
provocó constantes luchas por el poder entre los miembros del gobierno,
sucesivos golpes de Estado y fue la causa de la ineficacia en la dirección de
los asuntos del país. Sin embargo, la Convención Nacional, que seguía siendo
anticlerical y antimonárquica a pesar de su oposición a los jacobinos, tomó
precauciones para evitar la restauración de la monarquía. Promulgó un decreto
especial que establecía que los primeros directores y dos tercios del cuerpo
legislativo habían de ser elegidos entre los miembros de la Convención. Los
monárquicos parisinos reaccionaron violentamente contra este decreto y
organizaron una insurrección el 5 de octubre de 1795. Este levantamiento fue
reprimido con rapidez por las tropas mandadas por el general Napoleón
Bonaparte, jefe militar de los ejércitos revolucionarios de escaso renombre,
que más tarde sería emperador de Francia con el nombre de Napoleón I Bonaparte.
El régimen de la Convención concluyó el 26 de octubre y el nuevo gobierno
formado de acuerdo con la Constitución entró en funciones el 2 de noviembre.
Desde sus
primeros momentos, el Directorio tropezó con diversas dificultades, a pesar de
la gran labor que realizaron políticos como Charles Maurice de
Talleyrand-Périgord y Joseph Fouché. Muchos de estos problemas surgieron a
causa de los defectos estructurales inherentes al aparato de gobierno; otros,
por la confusión económica y política generada por el triunfo del
conservadurismo. El Directorio heredó una grave crisis financiera, que se vio
agravada por la depreciación de los asignados (casi en un 99% de su valor).
Aunque la mayoría de los líderes jacobinos habían fallecido, se encontraban en
el extranjero u ocultos, su espíritu pervivía aún entre las clases bajas. En
los círculos de la alta sociedad, muchos de sus miembros hacían campaña
abiertamente en favor de la restauración monárquica. Las agrupaciones políticas
burguesas, decididas a conservar su situación de predominio en Francia, por la
que tanto habían luchado, no tardaron en apreciar las ventajas que representaba
reconducir la energía desatada por la población durante la Revolución hacia
fines militares. Existían aún asuntos pendientes que resolver con el Sacro
Imperio Romano. Además, el absolutismo, que por naturaleza representaba una
amenaza para la Revolución, continuaba dominando la mayor parte de Europa.
El
ascenso de Napoleón al poder
No habían pasado
aún cinco meses desde que el Directorio asumiera el poder, cuando comenzó la
primera fase (de marzo de 1796 a octubre de 1797) de las Guerras Napoleónicas.
Los tres golpes de Estado que se produjeron durante este periodo —el 4 de
septiembre de 1797 (18 de fructidor), el 11 de mayo de 1798 (22 de floreal) y
el 18 de junio de 1799 (30 de pradial)—, reflejaban simplemente el
reagrupamiento de las facciones políticas burguesas. Las derrotas militares
sufridas por los ejércitos franceses en el verano de 1799, las dificultades económicas
y los desórdenes sociales pusieron en peligro la supremacía política burguesa
en Francia. Los ataques de la izquierda culminaron en una conspiración iniciada
por el reformista agrario radical François Nöel Babeuf, que defendía una
distribución equitativa de las tierras y los ingresos. Esta insurrección, que
recibió el nombre de 'Conspiración de los Iguales', no llegó a producirse
debido a que Babeuf fue traicionado por uno de sus compañeros y ejecutado el 28
de mayo de 1797 (8 de pradial). Luciano Bonaparte, presidente del Consejo de
los Quinientos; Fouché, ministro de Policía; Sieyès, miembro del Directorio y
Talleyrand-Périgord consideraban que esta crisis sólo podría superarse mediante
una acción drástica. El golpe de Estado que tuvo lugar el 9 y 10 de noviembre
(18 y 19 de brumario) derrocó al Directorio. El general Napoleón Bonaparte, en
aquellos momentos héroe de las últimas campañas, fue la figura central del
golpe y de los acontecimientos que se produjeron posteriormente y que
desembocaron en la Constitución del 24 de diciembre de 1799 que estableció el
Consulado. Bonaparte, investido con poderes dictatoriales, utilizó el
entusiasmo y el idealismo revolucionario de Francia para satisfacer sus propios
intereses. Sin embargo, la involución parcial de la transformación del país se
vio compensada por el hecho de que la Revolución se extendió a casi todos los
rincones de Europa durante el periodo de las conquistas napoleónicas.
Las
transformaciones producidas por la Revolución
Una consecuencia
directa de la Revolución fue la abolición de la monarquía absoluta en Francia.
Asimismo, este proceso puso fin a los privilegios de la aristocracia y el
clero. La servidumbre, los derechos feudales y los diezmos fueron eliminados;
las propiedades se disgregaron y se introdujo el principio de distribución
equitativa en el pago de impuestos. Gracias a la redistribución de la riqueza y
de la propiedad de la tierra, Francia pasó a ser el país europeo con mayor
proporción de pequeños propietarios independientes. Otras de las
transformaciones sociales y económicas iniciadas durante este periodo fueron la
supresión de la pena de prisión por deudas, la introducción del sistema métrico
y la abolición del carácter prevaleciente de la primogenitura en la herencia de
la propiedad territorial.
Napoleón
instituyó durante el Consulado una serie de reformas que ya habían comenzado a
aplicarse en el periodo revolucionario. Fundó el Banco de Francia, que en la
actualidad continúa desempeñando prácticamente la misma función: banco nacional
casi independiente y representante del Estado francés en lo referente a la
política monetaria, empréstitos y depósitos de fondos públicos. La implantación
del sistema educativo —secular y muy centralizado—, que se halla en vigor en
Francia en estos momentos, comenzó durante el Reinado del Terror y concluyó
durante el gobierno de Napoleón; la Universidad de Francia y el Institut de
France fueron creados también en este periodo. Todos los ciudadanos,
independientemente de su origen o fortuna, podían acceder a un puesto en la
enseñanza, cuya consecución dependía de exámenes de concurso. La reforma y
codificación de las diversas legislaciones provinciales y locales, que quedó
plasmada en el Código Napoleónico, ponía de manifiesto muchos de los principios
y cambios propugnados por la Revolución: la igualdad ante la ley, el derecho de
habeas
corpus y disposiciones para la celebración de juicios justos. El
procedimiento judicial establecía la existencia de un tribunal de jueces y un
jurado en las causas penales, se respetaba la presunción de inocencia del
acusado y éste recibía asistencia letrada.
La Revolución
también desempeñó un importante papel en el campo de la religión. Los
principios de la libertad de culto y la libertad de expresión tal y como fueron
enunciados en la Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano, pese a no
aplicarse en todo momento en el periodo revolucionario, condujeron a la
concesión de la libertad de conciencia y de derechos civiles para los
protestantes y los judíos. La Revolución inició el camino hacia la separación
de la Iglesia y el Estado.
Los ideales
revolucionarios pasaron a integrar la plataforma de las reformas liberales de
Francia y Europa en el siglo XIX, así como sirvieron de motor ideológico a las
naciones latinoamericanas independizadas en ese mismo siglo, y continúan siendo
hoy las claves de la democracia. No obstante, los historiadores revisionistas
atribuyen a la Revolución unos resultados menos encomiables, tales como la
aparición del Estado centralizado (en ocasiones totalitario) y los conflictos
violentos que desencadenó.
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