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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: San Justino Mártir (filósofo y teólogo): "Apologética, en filosofía significa la justificación de los propios argumentos y convicciones. De forma general se entiende como el hecho de responder a aquél que pide una explicación. Es una opción por el diálogo. Cuando la religión cristiana comienza a Agregado: 09 de JUNIO de 2001 (Por Lic. José Luis Dell Ordine) | Palabras: 27658 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Filosofía > |
(filósofo y teólogo)
Lic.
José Luis Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
dellordine@arnet.com.ar
http://dellordine.ecomundo.com.ar
http://fundaciontm.ecomundo.com.ar
DESCRIPCIÓN TEMÁTICA:
Apologética, en filosofía significa la justificación de los
propios argumentos y convicciones. De forma general se entiende como el hecho
de responder a aquél que pide una explicación. Es una opción por el diálogo.
Cuando la religión cristiana comienza a ser conocida y criticada, un grupo de
fieles comienza a explicar el sentido de su fe y a responder a los ataques y
críticas que reciben desde otras confesiones. A estos autores se les llama
apologetas y constituyen la primera generación de cristianos que recurren a la
Escritura como fundamento de la defensa de sus creencias. Tertuliano, autor de Apologético;
san Justino y su Diálogo con Trifón; Taciano con su Discurso a los
griegos y así también algunos autores anónimos (Carta a Diogneto),
son algunos de los principales apologetas de la historia.
ÍNDICE:
1.
SAN JUSTINO MÁRTIR
2.
FILOSOFÍA GRIEGA
3.
BIBLIA
4.
CRISTIANISMO
5.
MARCO AURELIO ANTONINO
6.
IGLESIA CATÓLICA APOSTÓLICA Y ROMANA
7.
BIBLIOGRAFÍA
8.
TRABAJO A CARGO
9.
BANNERS
Nació en Flavia Neapolis (actual Nablus, Jordania), una ciudad
romana construida en el lugar donde estuvo la antigua Siquem, en Samaria. Sus
padres fueron paganos y de joven se dedicó al estudio de la filosofía griega,
en especial la obra de Platón y la de los filósofos adscritos al estoicismo.
Tras estudiar la Biblia se convirtió al cristianismo y, a partir de entonces,
se dedicó a difundir, a través de sus enseñanzas y escritos, todo lo que había
descubierto en la Sagrada Escritura. Se le atribuye, con certeza, la autoría de
dos Apologías, donde realizó una erudita defensa de los cristianos
frente a los cargos de ateísmo y sedición contra el Estado romano, y del Diálogo
con Trifón, que recoge una discusión real mantenida en Éfeso. Estos
escritos son también valiosos por la información que proporcionan sobre la
Iglesia cristiana del siglo II.
Tras negarse a ofrecer sacrificio a los dioses paganos, fue
decapitado durante el reinado del emperador romano Marco Aurelio Antonino. En
el siglo IX fue incluido en el martirologio de la Iglesia católica. Su
festividad se celebra el 1 de junio.
INTRODUCCIÓN Filosofía griega, conjunto de conceptos, teorías, escuelas,
autores y obras que, en el campo de la filosofía, aparecieron y se
desarrollaron en Grecia durante la edad antigua, siendo el periodo comprendido
entre los años 600 y 200 a.C. el de su máximo esplendor. La filosofía griega
constituyó el fundamento de toda la posterior especulación de la filosofía
occidental. Las hipótesis intuitivas de los antiguos griegos presagiaron
diversas teorías de la ciencia moderna e incluso muchas de sus ideas morales
fueron incorporadas a las doctrinas del cristianismo. Igualmente, el
pensamiento político de los pensadores griegos influyó de forma determinante a
lo largo de la historia.
FILOSOFÍA GRIEGA PRESOCRÁTICA
La historia de la antigua
filosofía griega puede ser dividida entre los filósofos que buscaron una
explicación del mundo en términos físicos y los que subrayaron la importancia
de las formas inmateriales o ideas. Sus primeros exponentes, denominados en
conjunto presocráticos, estuvieron ligados geográficamente a las colonias
griegas de Asia Menor y a la Magna Grecia.
Escuela jónica o milesia
La primera escuela
importante de la filosofía griega, la jónica o milesia, era en gran parte
materialista. Fundada por Tales de Mileto en el siglo VI a.C., partió de la
creencia de éste en una sustancia primigenia, el agua, de la que procedería
toda la materia. Anaximandro ofreció una idea más elaborada y mantuvo que la
base de toda materia es una sustancia eterna que se transforma en todas las
formas materiales conocidas. Esas formas, a su vez, cambian y se funden en
otras de acuerdo con la regla de la justicia, es decir, una especie de
equilibrio y proporción. Heráclito consideraba que el fuego es la fuente
primordial de la materia, pero creía que el mundo entero está en constante
cambio o flujo y que la mayoría de los objetos y sustancias se producen por la
unión de principios opuestos. Consideraba el alma, por ejemplo, como una mezcla
de fuego y agua. El concepto de nous (pensamiento o razón), sustancia
infinita e inmutable que penetra y controla cada objeto viviente, fue
desarrollado por Anaxágoras, que también pensaba que la materia consistía en
pequeñas partículas o átomos. Compendió la filosofía de la escuela jónica al
proponer un principio no físico director, junto a una base materialista de la
existencia.
Escuelas pitagórica y eleática
La división entre idealismo
y materialismo se hizo más clara con el paso del tiempo. Pitágoras destacó la
importancia de la forma sobre la materia al explicar la estructura material. La
escuela pitagórica también incidió mucho en la importancia del alma,
considerando al cuerpo como una simple cárcel del alma. Según Parménides, autor
de Sobre la naturaleza y guía de la escuela eleática, la apariencia del
movimiento y de la existencia en el mundo de objetos distintos son mera
ilusión: sólo parecen existir. Las ideas de Pitágoras y Parménides supusieron
la base del idealismo que caracterizaría después a la filosofía griega.
Una interpretación más
materialista fue la de su discípulo Empédocles, que aceptó la idea de que la
realidad es eterna pero está compuesta por combinaciones casuales de las cuatro
sustancias primarias: fuego, aire, tierra y agua. Estas explicaciones
materialistas alcanzaron su punto culminante en las doctrinas de Demócrito,
para el que las diferentes formas de la materia están causadas por diferencias
en la forma, tamaño, posición y orden de los átomos que la componen.
FILOSOFÍA GRIEGA CLÁSICA
El periodo clásico de la
antigua filosofía griega, cuyo marco espacial principal radicó en Atenas, se
inició con la aparición en el siglo V a.C. de los sofistas y del pensamiento
socrático, y conoció sus momentos de mayor auge con los sistemas platónico y
aristotélico.
Sofistas
El materialismo aplicado a
la vida diaria inspiró la filosofía de un grupo cuyos miembros eran denominados
sofistas, que surgió en el siglo V a.C. Haciendo hincapié en la importancia de
la percepción humana, sofistas como Protágoras dudaban que la humanidad pudiera
ser capaz de alcanzar nunca la verdad objetiva a través de la razón, y
defendían que el éxito material, en lugar de la verdad, debía ser el propósito
de la vida.
Sócrates
En contraste con estas
opiniones se mostraban las ideas de Sócrates, con quien la filosofía griega
alcanzó su cima. Su objetivo reconocido fue “cumplir la misión del filósofo de
buscar dentro de mí mismo y de los demás hombres”. El método socrático era
dialéctico: después de plantear una proposición, hacía una serie de preguntas
destinadas a analizar y depurar la proposición examinando sus consecuencias y
comprobando si coincidía con los hechos conocidos. Sócrates describió el alma
no en términos de misticismo, sino como “aquello en virtud de lo cual se nos
califica de sabio o de loco, bueno o malo”. En otras palabras, Sócrates
consideraba el alma como una combinación de la inteligencia y el carácter de un
individuo.
Platón y Aristóteles
El idealismo de Sócrates fue
organizado por Platón en una filosofía sistemática. En su teoría de las ideas,
expuesta principalmente en La República, Platón sostuvo que los objetos
del mundo real son meras sombras de las formas eternas o ideas. Las únicas e
inmutables ideas, las formas eternas, pueden ser objeto del conocimiento
verdadero; la percepción de sus sombras, es decir, el mundo tal y como se oye,
ve y siente, es una simple opinión. La meta del filósofo, decía, es conocer las
formas eternas e instruir a los demás en este conocimiento.
La teoría del conocimiento
de Platón está implícita en su teoría de las ideas. Sostenía que tanto los
objetos materiales percibidos como el individuo que los percibe están en
constante cambio; pero, como el conocimiento se relaciona tan sólo con los
objetos inmutables y universales, el conocimiento y la percepción son
diferentes en esencia.
En lugar de las ideas de
Platón, que poseen entidad propia y eterna, Aristóteles propuso una serie de
conceptos que representan las propiedades comunes de cualquier grupo de objetos
reales. Los conceptos, a diferencia de las ideas de Platón, no tienen
existencia fuera de los objetos que representan. Más cerca del pensamiento de
Platón se hallaba la definición aristotélica de forma, como una distinguible
propiedad de la materia, pero con una existencia independiente de la de los
objetos en los que se encuentra. Al describir el Universo material, Aristóteles
afirmó que consiste en los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y agua, más un
quinto elemento que existe en todas partes y es el único constitutivo de todos
los cuerpos celestiales.
En los escritos de Platón y
de Aristóteles las tendencias dominantes de idealismo y materialismo en la
filosofía griega alcanzaron, en uno u otro caso, su más alta expresión, dando
lugar a un cuerpo de pensamiento que sigue ejerciendo una fuerte influencia
sobre la investigación filosófica.
FILOSOFÍA HELENÍSTICA Y NEOPLATÓNICA
La filosofía griega
posterior, que refleja un periodo histórico de agitación civil y de inseguridad
individual, se preocupó menos por la naturaleza del mundo que por los problemas
individuales. Durante ese periodo surgieron cuatro grandes escuelas
filosóficas, en gran parte materialistas e individualistas: la de los cínicos,
y la de los que se adhirieron al epicureísmo, escepticismo y estoicismo. Muchas
de estas escuelas plantearon cuestiones originales y, en especial el
neoplatonismo de Plotino, ejercieron una notable influencia en la filosofía
medieval islámica y cristiana.
INTRODUCCIÓN Biblia, también llamada Santa Biblia, libro sagrado o Escrituras,
de judíos y cristianos. Sin embargo, las Biblias del judaísmo y del
cristianismo difieren en varios aspectos importantes. La Biblia judía son las
escrituras hebreas, 39 libros escritos en su versión original en hebreo, a excepción
de unas pocas partes que fueron redactadas en arameo. La Biblia cristiana
consta de dos partes: el Antiguo Testamento y los 27 libros del Nuevo
Testamento. Las dos principales ramas del cristianismo estructuran el Antiguo
Testamento de modo algo diferente. La exégesis del Antiguo Testamento leída por
los católicos es la Biblia del judaísmo más otros siete libros y adiciones
(véase la tabla adjunta). Algunos de los libros adicionales fueron escritos en
su versión primitiva en griego, al igual que el Nuevo Testamento. Por su parte,
la traducción protestante del Antiguo Testamento se limita a los 39 libros de
la Biblia judía. Los demás libros y adiciones son denominados apócrifos por los
protestantes y libros deuterocanónicos por los católicos.
El término Biblia llegó al
latín del griego biblia o ‘libros’, forma diminutiva de byblos,
el término para ‘papiro’ o ‘papel’ que se exportaba desde el antiguo puerto
fenicio de Biblos. En la edad media, los libros de la Biblia eran considerados
como una entidad unificada.
ORDEN DE LOS LIBROS
El orden y el número de los
libros es distinto entre las versiones judía, protestante y católica de la
Biblia. La Biblia del judaísmo se divide en tres partes bien diferenciadas: la Torá,
o Ley, también llamada libros de Moisés; Profetas, o Neviím, dividida en
Profetas Antiguos y Profetas Posteriores; y Hagiográficos, o Ketuvim,
que incluye Salmos, los libros sapienciales y literatura diversa. El Antiguo
Testamento cristiano organiza los libros según su contenido: el Pentateuco, que
se corresponde con la Torá; los libros históricos; los libros poéticos o
sapienciales, y los libros proféticos. Hay quienes han percibido en esta
organización una cierta sensibilidad en cuanto a la perspectiva histórica de
los libros: primero, los relativos al pasado; a continuación, los que hablan
del presente; por último, los orientados hacia el futuro. Las versiones
protestante y católica del Antiguo Testamento ordenan los libros en la misma
secuencia, aunque los protestantes incluyen sólo los libros que aparecen en la
Biblia judía.
El Nuevo Testamento incluye los cuatro Evangelios; los Hechos de
los Apóstoles, que es la historia de los primeros tiempos del cristianismo; las
Epístolas, o cartas, de Pablo y otros autores; y el Apocalipsis o Libro de la
Revelación. Algunos libros identificados como epístolas —en particular la
Epístola a los Hebreos— son en realidad tratados teológicos.
USO
La Biblia es un libro
religioso, no sólo en virtud de su contenido, sino también del uso que le dan
cristianos y judíos. Se lee en la práctica totalidad de los servicios de culto
público, sus palabras conforman la base de la predicación y la instrucción, y
se emplea en el culto y estudio privados. El lenguaje de la Biblia ha moldeado
y dado forma a las oraciones, liturgia e himnos del judaísmo y del
cristianismo. Sin la Biblia, estas dos religiones habrían sido mudas.
Tanto la importancia reconocida como la real de la Biblia difieren
de una forma considerable entre las diversas subdivisiones del judaísmo y del
cristianismo, aunque todos sus fieles le atribuyen un mayor o menor grado de
autoridad. Muchos reconocen que la Biblia es la guía íntegra y suficiente para
todos los asuntos de la fe y de su práctica; por su parte, otros respetan la
autoridad de la Biblia a la luz de la tradición o de la continuidad de la fe y
de la práctica de la Iglesia desde los tiempos de los apóstoles.
INSPIRACIÓN BÍBLICA
Los primeros cristianos
heredaron del judaísmo una concepción de las Escrituras que daba por sentado
que constituían una fuente autorizada. En un principio no se propuso ninguna
doctrina formal acerca de la inspiración de las Escrituras, como es el caso del
islam, que sostiene que el Corán fue dictado desde los cielos. Sin embargo, por
lo general los cristianos creían que la Biblia contenía la palabra de Dios tal
y como fue transmitida por su Espíritu: primero a través de los patriarcas y
profetas y más tarde por boca de los apóstoles (véase Apocalipsis). De
hecho, los autores de los libros del Nuevo Testamento aludieron a la autoridad
de las Escrituras hebreas en apoyo de sus alegaciones con respecto a
Jesucristo.
La doctrina de la inspiración de la Biblia por el Espíritu Santo y
de la infalibilidad de su contenido surgió en realidad durante el siglo XIX
como respuesta al desarrollo de la crítica bíblica, estudios científicos que
parecían poner en entredicho el origen divino de la Biblia. Esta doctrina
sostiene que Dios es autor de la Biblia; por eso la Biblia es Su palabra. Los
científicos bíblicos y los teólogos han propuesto numerosas teorías para
explicar esta doctrina, que van desde un dictado verbal directo de las
Escrituras por Dios, hasta una iluminación que ayudó al autor inspirado a
comprender la verdad que expresaba, tanto si ésta era revelada como aprendida
por la experiencia.
IMPORTANCIA E INFLUENCIA
La importancia e influencia
de la Biblia entre cristianos y judíos puede explicarse, en general, en
términos externos e internos. La explicación externa es el poder de la
tradición, de las costumbres y del credo: grupos religiosos que manifiestan
estar guiados por la Biblia. En cierto sentido, el verdadero autor de las
Escrituras es la comunidad religiosa, que las desarrolló, las reverenció, las
utilizó y las canonizó (es decir, las incluyó en listas de libros bíblicos
reconocidos de una forma oficial). Por otra parte, la explicación interna es lo
que numerosos cristianos y judíos continúan sintiendo como poder del propio
contenido de los libros bíblicos. El antiguo Israel y la primitiva Iglesia
conocían muchos más textos religiosos que los que constituyen la Biblia actual.
Sin embargo, los escritos bíblicos fueron venerados y utilizados por lo que
decían y por cómo lo decían. Fueron canonizados con rango oficial porque la
gran mayoría de los creyentes los utilizaba y creía en ellos. La Biblia es el
auténtico documento fundamental del judaísmo y del cristianismo.
Es de público conocimiento
que la Biblia, en sus centenares de diferentes traducciones, es el libro de
mayor difusión en la historia de la humanidad. Es más: en todas sus formas, la
Biblia ha sido influyente hasta llegar a extremos insólitos, y no sólo entre
las comunidades religiosas que la consideran sagrada y la reverencian. En
especial, la literatura, el arte y la música del mundo occidental tienen una
enorme deuda con los temas, motivos e imágenes de la Biblia. Algunas
traducciones al inglés, como la así llamada “Biblia Autorizada” (o versión del
rey Jacobo, 1611) o la traducción de la Biblia al alemán por Martín Lutero
(terminada en 1534), no sólo influyeron en la literatura sino que también
promovieron el desarrollo de ambos idiomas. Estos efectos siguen vigentes en
las naciones en proceso de formación, donde las traducciones de la Biblia a la
lengua vernácula contribuyen a moldear las tradiciones lingüísticas futuras.
EL ANTIGUO TESTAMENTO Es
notable que el cristianismo incluya dentro de su propia Biblia las escrituras
íntegras de otra religión, el judaísmo. El término Antiguo Testamento
(de la palabra latina para ‘alianza’) se aplicó a estas Escrituras sobre la
base de las obras de Pablo y de otros primitivos cristianos, que diferenciaron
entre la ‘Antigua Alianza’ que Dios estableció con Israel y la ‘Nueva Alianza’
sellada a través de Jesucristo (véase, por ejemplo, Heb. 8,7). Como la
primitiva Iglesia creía en la continuidad de la historia y de la actividad
divinas, incluyó en la Biblia cristiana los registros escritos de la antigua y
de la nueva alianza.
LITERATURA DEL ANTIGUO TESTAMENTO El Antiguo Testamento puede considerarse desde numerosas y diversas
perspectivas. Desde el punto de vista literario el Antiguo Testamento (de
hecho, la Biblia entera) constituye una antología, una colección de muchos
libros diferentes. No es en absoluto un libro unificado por lo que respecta a
sus autores, su fecha de composición o su estilo literario. Por el contrario,
representa una auténtica biblioteca.
En general los libros del Antiguo Testamento y las partes que los
componen pueden clasificarse como narraciones, obras poéticas, escritos
proféticos, códices legales o apocalipsis. En su mayoría, se trata de
categorías amplias que incluyen diversos tipos o géneros diferentes de
literatura y tradiciones orales. Ninguna de estas categorías se limita al
Antiguo Testamento, ya que puede hallarse en otras literaturas antiguas, en
especial la del Oriente Próximo. Sin embargo, es necesario subrayar que algunos
estilos no quedaron al fin incluidos en el Antiguo Testamento. Las cartas o
epístolas, tan importantes en el Nuevo Testamento, no se encuentran en el
Antiguo en forma de libros separados (a excepción de la Carta de Jeremías en
algunas tradiciones manuscritas). No es posible hallar tampoco autobiografías,
dramas ni sátiras. Sorprende de una forma especial el hecho de que la mayor
parte de los libros del Antiguo Testamento contiene varios géneros literarios.
Por ejemplo, el Éxodo incluye narraciones, leyes y poesía; la mayoría de los
libros proféticos incorporan narraciones y poesía, además de los géneros
proféticos como tales.
NARRACIONES Tanto
en su contexto como en su contenido, la gran mayoría de los libros del Antiguo
Testamento son narraciones, es decir, recogen y refieren los acontecimientos
del pasado. Si tienen, como casi todos, una trama (o al menos el desarrollo de
una tensión y su resolución), una caracterización de los personajes y una
descripción del escenario en el que se producen los acontecimientos, son
relatos. Por otra parte, muchas obras narrativas del Antiguo Testamento son
historias, aunque no se ajusten a la definición científica del término. Una
historia es una narración escrita del pasado guiada por los hechos, en la
medida en que el autor pueda determinarlos e interpretarlos, y no por
consideraciones estéticas, religiosas o de otra índole. Las narraciones
históricas del Antiguo Testamento son obras más populares que críticas, ya que
los autores recurrieron a menudo a tradiciones orales, algunas de ellas poco
fiables, para escribir sus relatos. Además, todas las narraciones se
compusieron con un propósito religioso. Pueden, en consecuencia, llamarse historias
de salvación, ya que su propósito es demostrar cómo participó Dios en los
acontecimientos humanos. Ejemplos de dichas obras son la Historia
deuteronomística (desde el Deuteronomio hasta el 1 y 2 Reyes), el Tetrateuco
(desde el Génesis hasta el libro de los Números) y la Historia del Cronista (1
y 2 Crónicas, Esdras y Nehemías). La así llamada Historia de la sucesión del
trono de David (2 Sam. 9-20, 1 Re. 1-2) es la narración bíblica que más se
acerca al concepto moderno de la historia. El autor presta atención a los
detalles de los eventos y personajes históricos e interpreta el curso de los
acontecimientos a la luz de las motivaciones humanas. No obstante, puede
intuirse la intervención divina en el trasfondo de los textos.
Otros libros narrativos son: Rut, un breve episodio; Jonás, un
relato didáctico; y Ester, una novela histórica o una leyenda festiva. Es
probable que estos libros tengan su origen en cuentos populares o leyendas. En
los libros deuterocanónicos pueden encontrarse algunos relatos didácticos:
Tobías, Judit, Susana y Bel y el dragón.
En los libros del Antiguo Testamento pueden hallarse muchos de
estos y otros géneros narrativos. El Génesis, como la mayoría de las demás
obras narrativas, está compuesto de diversos relatos individuales, muchos de
los cuales circulaban de forma oral e independiente. Las historias patriarcales
del Génesis (11-50) han sido denominadas leyendas, sagas y, con mayor
precisión, sagas familiares. Muchas de ellas son etiológicas, es decir, que
explican un lugar, una práctica o un nombre en términos de su origen.
OBRAS POÉTICAS Entre
los libros poéticos del Antiguo Testamento se incluyen Salmos, Job, Proverbios,
Eclesiastés, Cantar de los Cantares (canónicos), Eclesiástico (deuterocanónico)
y Plegaria de Manasés (apócrifo). Sabiduría tiene mucho en común con los libros
poéticos sapienciales, aunque no es poesía. La mayoría de los libros proféticos
están escritos de acuerdo con las reglas líricas hebreas, aunque son lo
bastante distintos como para que puedan ser diferenciados.
Características generales La poesía hebrea tiene dos características principales, una fácil
de reconocer incluso en una traducción, y una segunda más difícil de discernir.
La característica más obvia es el uso del parallelismus membrorum o
paralelismo de versos u otras partes. Por ejemplo, el significado de un
versículo puede reformularse o repetirse en un segundo versículo, como en Sal.
6,1: “Yahvé, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues”. Se
trata, como resulta obvio, de sinónimos. Por otra parte, la segunda línea de la
unidad puede exponer el aspecto negativo de la aseveración de la primera, como
en Prov. 15,1: “Una respuesta suave calma el furor, una palabra hiriente
aumenta la ira”. En otros casos, la segunda línea puede ampliar o explicar la
primera y en otras circunstancias el paralelismo es pura formalidad. Una
importante ventaja de la mayoría de las traducciones modernas de la Biblia es
que mantienen la forma poética del hebreo, permitiendo al lector disfrutar y
comprender la estructura del original.
La otra característica importante de la poesía hebrea es el ritmo,
que parece haberse basado en el número de acentos en cada línea. Una de las
métricas más fáciles de reconocer es la de la kiná (endecha o
lamentación), en la que la primera línea tiene tres sílabas acentuadas y la
segunda, dos.
Los libros poéticos abarcan una gran diversidad de géneros. Los
más difundidos son los diversos cantares de adoración (Salmos) y la poesía
sapiencial. Además, la Biblia incluye un libro de poesía amorosa, el Cantar de
los Cantares.
Poesía lírica La
literatura cultual (del culto religioso) de Israel era poesía lírica; es decir,
poesía pensada para ser cantada. La mayoría de estos libros, aunque no todos,
están recopilados en Salmos. Muchos son himnos: canciones de alabanza a Dios, a
sus obras a favor de Israel o a su creación. Otros son lamentaciones de la
comunidad o cantares de queja que, de hecho, son oraciones de petición,
cantadas por el pueblo cuando se veía enfrentado a una situación difícil. Casi
una tercera parte de los Salmos son lamentaciones individuales, cánticos
utilizados por o en nombre de individuos al borde de la muerte o del desastre.
Una vez que la nación o el individuo han sido salvados de sus infortunios, se
cantan poesías de acción de gracias. Unos pocos salmos, como 2, 45 y 110
celebran la coronación de un rey en Israel como egregio siervo de Dios.
Poesía sapiencial La
poesía sapiencial incluye colecciones de refranes de sabiduría y poemas breves,
como en Proverbios, y largas composiciones, como en Job, Eclesiastés y
Eclesiástico. Los materiales sapienciales más concisos son proverbios, refranes
y admoniciones, por lo general de uno o dos versos de longitud. Algunos eran
sin duda refranes tradicionales o populares mientras que otros llevan el sello
de la reflexión y la composición creativa. Proverbios 1-9 contiene un conjunto
de poemas sobre la naturaleza de la propia sabiduría, mientras que Job es una
composición poética larga en forma de diálogo enmarcado en un cuento popular.
Eclesiastés es una obra un tanto inconexa y Eclesiástico es un libro escrito
por un maestro judío que más tarde tradujo su nieto.
La temática central de los refranes sapienciales abarca desde los
consejos prácticos para una vida provechosa y próspera, hasta reflexiones
acerca de la relación entre transitar por el camino de la sabiduría y obedecer
a la ley revelada por la divinidad. A Job, al menos en cierto sentido, le
atormenta el sufrimiento de los justos, en tanto que Eclesiastés es una triste reflexión
acerca del significado de la vida por parte de alguien que se halla a las
puertas de la muerte.
MATERIALES PROFÉTICOS Los
profetas eran conocidos en otras regiones del antiguo Oriente Próximo, pero
ninguna otra cultura desarrolló un cuerpo de literatura profética comparable al
de Israel. Por ejemplo, los antiguos autores egipcios escribieron obras
literarias llamadas ‘profecías’, pero por su forma y contenido eran diferentes
de los libros proféticos de la Biblia.
La mayoría de los libros proféticos hebreos contienen tres tipos
de literatura: narraciones, oraciones y discursos proféticos. Por lo general,
las narraciones son relatos o reseñas de la actividad profética, atribuidos al
propio profeta o contados por una tercera persona. Incluyen descripciones de
visiones, reseñas de acciones simbólicas, relaciones de actividades proféticas
(como, por ejemplo, los conflictos entre los profetas y sus opositores) y
narraciones o notas históricas. Uno de los libros de la colección profética,
Jonás, es en realidad un relato acerca de un profeta, y contiene un solo
versículo de mensaje profético (Jon. 3,4). Las oraciones incluyen himnos y
peticiones, como las lamentaciones de Jer. (por ejemplo, Jer. 15,10-21).
En la literatura profética predominan los discursos, ya que la
actividad inherente del profeta consistía en difundir la palabra de Dios
relativa al futuro inmediato. Los mensajes más comunes son profecías de castigo
o de salvación. Tanto unas como otras están contextualizadas, como la mayoría
de los discursos proféticos, por fórmulas que identifican las palabras
reveladas por Dios; por ejemplo, “oráculo de Yahvé”. Por lo general, la
profecía de castigo explica las razones de éste en términos de injusticia
social, arrogancia religiosa o apostasía y asimismo detalla la naturaleza del
desastre, militar o de otra índole, que recaerá sobre la nación, grupo o
individuo a la que va dirigida. Las profecías de salvación anuncian la
inminente intervención de Dios para rescatar a Israel. Otros discursos incluyen
las profecías contra las naciones extranjeras, discursos de aflicción que
enumeran los pecados del pueblo, admoniciones o advertencias.
LEYES La materia legal es
tan destacada en las Escrituras hebreas que el judaísmo llamó Torá (del hebreo torah,
‘ley’) a los primeros cinco libros y los primitivos cristianos a la totalidad
del Antiguo Testamento. Los textos legales son dominantes en Éxodo, Levítico y
Números. El quinto libro de la Biblia fue denominado Deuteronomio (‘segunda
ley’) por sus traductores griegos, aunque el libro es en síntesis un informe de
las últimas palabras y hechos de Moisés. Contiene, no obstante, numerosas
leyes, por lo general en el contexto de la interpretación y la predicación o el
sermón.
Según la tradición bíblica, la voluntad de Dios fue revelada a
Israel a través de Moisés al establecer la alianza en el monte Sinaí. En
consecuencia, todas las leyes —a excepción de las contenidas en Deuteronomio—
pueden encontrarse desde Éxodo 20 hasta Números 10, donde se relatan los
acontecimientos que tuvieron lugar en Sinaí.
Los especialistas han detectado en las leyes hebreas dos
modalidades principales, las apodícticas y las casuísticas. La ley apodíctica
está representada por los Diez Mandamientos (Éx. 20,1-21; 34,14-26); (Dt.
5,6-21), aunque no se limita a ellos. Estas leyes, que por lo general se
encuentran en compilaciones de cinco o más, son sucintas manifestaciones,
inequívocas y sin ambigüedades de la conducta humana que Dios exige. En caso de
ser positivas, se denominan mandamientos; si son negativas, se trata de
prohibiciones. Por otra parte, cada una de las leyes casuísticas consta de dos
secciones. La primera establece una condición (“Si un hombre roba un buey o una
oveja, y los mata o vende...”) y la segunda las consecuencias legales (“...pagará
cinco bueyes por el buey, y cuatro ovejas por la oveja”, Éx. 21,37). Por lo
general, estas leyes se refieren a los problemas que pueden surgir en la vida
rural y urbana. Las leyes casuísticas son similares en su forma, y a menudo en
su contenido, a las normas recogidas en el Código de Hammurabi y otros códigos
legales del antiguo Oriente Próximo.
ESCRITOS APOCALÍPTICOS El
apocalipsis, como género diferenciado, surgió en Israel en el periodo posterior
al exilio, es decir, tras el cautiverio de los judíos en Babilonia entre el 586
y el 538 a.C. Un apocalipsis o revelación expone una serie de
acontecimientos futuros mediante una larga y detallada reseña de un sueño o de
una visión. Utiliza imágenes de fuerte contenido simbólico y con frecuencia extravagantes,
que a su vez son explicadas e interpretadas. Los escritos apocalípticos suelen
reflejar la perspectiva histórica que tiene el autor de su propia era, en un
momento en que las fuerzas del mal se aprestaban para librar su batalla final
contra Dios, tras lo cual nacería una nueva edad.
Daniel es el único libro apocalíptico, como tal, de las Escrituras
hebreas, y su primera mitad (capítulos 1 al 6) es en realidad una serie de
historias legendarias. Sin embargo, partes de otros libros son en muchos
aspectos similares a la literatura apocalíptica (Is. 24-27; Zac. 9-14; y
algunas partes de Ezequiel). Entre los apócrifos, Esdras es un apocalipsis. El
judaísmo de los dos últimos siglos a.C. y del primer siglo d.C. produjo muchas
otras obras apocalípticas que nunca fueron consideradas canónicas. Entre ellas
se incluyen Enoc, Guerra de los Hijos de la Luz y los Hijos de la Oscuridad, y
el Apocalipsis de Moisés. Véase Pseudoepígrafos.
Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los especialistas sostenía
que el desarrollo de la literatura y el pensamiento apocalípticos estuvo muy
influido por la religión persa. Este punto de vista está siendo objetado por la
identificación de las raíces de la literatura apocalíptica en el propio
pensamiento israelita, en especial en la concepción del futuro por parte de los
profetas, así como en las más antiguas tradiciones del Oriente Próximo. Véase
Escritos apocalípticos.
LA EVOLUCIÓN DEL ANTIGUO TESTAMENTO No cabe ninguna duda de que todos los libros del Antiguo
Testamento no tuvieron su origen en la misma época y en el mismo lugar. Por el
contrario, son el producto de la evolución de la fe y la cultura israelitas
durante al menos un milenio. En consecuencia, otra perspectiva literaria
analiza los libros y sus elementos constituyentes en términos de sus autores y
de su historia literaria y preliteraria.
En la práctica, todos los libros atravesaron un largo periodo de
transmisión y evolución antes de llegar a ser recopilados y canonizados. Es
más: es necesario distinguir entre los puntos de vista tradicionales judíos y
cristianos en cuanto a la autoría y datación de los libros, por una parte, y su
historia literaria real como ha sido reconstruida por los especialistas a
partir de las pruebas contenidas en los libros bíblicos y en otros lugares, por
la otra. El presente artículo no tiene por objeto presentar una reseña
detallada de la historia literaria del Antiguo Testamento. Muchos de los hechos
reales se desconocen, la historia es larga y por lo general complicada, y las
conclusiones más antiguas deben revisarse cada cierto tiempo a la luz de nuevos
hallazgos y métodos de investigación. Sin embargo, es posible resumir el perfil
general de dicha historia.
Casi todos los libros del Antiguo Testamento recorrieron un largo
camino desde el momento en que se pronunciaron o escribieron las primeras
palabras hasta que adquirieron su forma definitiva. En este proceso
participaron muchas personas, como narradores, autores, editores, oyentes y
lectores. Y en este devenir les cupo un papel importante, no sólo a los
individuos, sino a las diferentes comunidades de fe.
Detrás de muchas de las actuales obras literarias pueden
discernirse tradiciones orales. Por ejemplo, la mayoría de los relatos del
Génesis circularon de forma oral antes de ser transcritos. Los discursos
proféticos, hoy en forma escrita, se transmitieron primero de modo oral. De
hecho, todos los Salmos, tanto si fueron escritos como si no, se compusieron
para ser cantados o recitados en voz alta durante las ceremonias religiosas.
Sin embargo, no sería prudente deducir que la difusión oral fuera tan sólo
precursora de la literatura escrita, y que cesó una vez que se escribieron los
libros porque está probado que las tradiciones orales coexistieron con el
material escrito durante muchos siglos.
EL PENTATEUCO Según
la tradición judeo-cristiana Moisés fue el autor del Pentateuco, los primeros
cinco libros de la Biblia. Sin embargo, tal aseveración no aparece en ninguno
de estos libros. La tradición tiene su origen en la forma en que son denominados
por los hebreos, libros de Moisés, aunque con ello quisiesen significar relativos
a Moisés. Ya en la edad media, los eruditos judíos reconocieron que existía
un problema con la tradición: Deuteronomio (el último libro del Pentateuco)
relata la muerte de Moisés. En realidad, los libros son obras compuestas por
autores anónimos. Sobre la base de numerosas copias y repeticiones, incluyendo
dos designaciones diferentes para la deidad, dos relatos separados de la
creación, dos historias entrelazadas del diluvio, dos versiones de las plagas
de Egipto y muchas otras pruebas, los especialistas modernos han llegado a la
conclusión de que los escritores del Pentateuco utilizaron varias fuentes
distintas, cada una de un escritor y de un periodo diferentes.
Las fuentes difieren en su vocabulario, estilo literario y
perspectiva teológica. La más antigua es la Jehovística o Yahvista (J,
porque utiliza el nombre divino Jahvé, transcrito también como Jehová, o
Yahvé), que por lo general suele datarse entre los siglos X o IX a.C. La
segunda es la Elohísta (E, porque utiliza el nombre general de Elohím
para designar a Dios), y suele situarse en el siglo VIII a.C. A continuación
está la Deuteronómica (D, limitada al Deuteronomio y a unos pocos
pasajes de otros libros), de finales del siglo VII a.C. La última es la
Sacerdotal (P, de ‘priest’, sacerdote en inglés, por su énfasis en la
ley cúltica y en los asuntos sacerdotales), situada en los siglos VI o V a.C. J
incluye una reseña narrativa completa desde la creación hasta la conquista de
Canaán por Israel. E ya no es una narración completa, si es que alguna
vez lo fue; su material más antiguo se remonta a Abraham. P se concentra
en la alianza y en la revelación de la ley en el monte Sinaí, aunque sitúa
ambos elementos dentro de una narración que se inicia en la creación.
Ninguno de los autores de estos documentos, si es que fueron
individuos y no grupos, fue un autor creativo en el sentido moderno del
término. Más bien trabajaron como editores que recopilaron, organizaron e interpretaron
tradiciones más antiguas, tanto orales como escritas. En consecuencia, la mayor
parte del contenido de las fuentes es mucho más antiguo que las propias
fuentes. Algunos de los materiales escritos más antiguos son pasajes extraídos
de obras poéticas como Paso del Mar (Éx. 15), y parte del material legal tiene
su origen en antiguos códigos. Una opinión reciente sugiere que los relatos
individuales del Pentateuco fueron compilados bajo un epígrafe que aludía a
diversas temáticas trascendentales (la promesa a los patriarcas, el éxodo, la
travesía del desierto, Sinaí y la conquista de la Tierra Prometida),
adquiriendo su forma básica en torno al 1100 a.C. En cualquier caso, el
relato de las raíces de Israel se conformó en y bajo la influencia de la comunidad
de la fe.
HISTORIA DEUTERONOMÍSTICA
En los últimos años,
Deuteronomio, Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes han sido reconocidos
como un relato unificado de la historia de Israel desde los tiempos de Moisés
(siglo XIII a.C.) hasta el exilio en Babilonia (el periodo que arranca desde la
caída de Jerusalén en el 586 a.C. hasta culminar en la reconstrucción en
Palestina de un nuevo Estado judío tras el 538 a.C.). Por cuanto el estilo
literario y la perspectiva teológica son similares a las del Deuteronomio, esta
reseña se ha dado en denominar Historia deuteronomística. Sobre la base de los
últimos acontecimientos que reseña, entre otras evidencias, se ha llegado a la
conclusión de que puede haber sido escrita en torno al 560 a.C., durante
el exilio. Sin embargo, es posible que al menos una edición fuera anterior.
El escritor (o escritores)
de la obra tenía como objetivo registrar la historia de Israel, así como dar
cuenta de la catástrofe que recayó sobre la nación a manos de los babilonios.
Por un lado, trabajó como lo haría cualquier otro historiador, recogiendo y
organizando fuentes más antiguas, tanto escritas como orales. Empleó materiales
muy heterogéneos, incluyendo relatos de los profetas, relaciones de diversa
índole, crónicas más antiguas e incluso registros de la corte. De hecho, suele
derivar al lector a sus fuentes (por ejemplo, Jos. 10,13; 2 Sam. 1,18; 2 Re.
15,6). No obstante aplicó también la visión del teólogo, quizá de alguien que
ya tenía firmes convicciones acerca del curso y significado de los
acontecimientos que iba registrando. Estas convicciones hallaron su expresión
en la forma en que organizó el material y añadió los discursos, que él mismo
había escrito, en boca de los principales protagonistas (por ejemplo, Jos. 1).
Creía que Israel había sido sojuzgada por Babilonia debido a la desobediencia a
la ley de Moisés (como en Deuteronomio), en especial por adorar dioses falsos
en altares paganos; creía asimismo que los profetas habían advertido del exilio
mucho tiempo antes de que se produjera.
LOS LIBROS POÉTICOS Resulta
muy difícil datar o atribuir a un determinado autor o autores tanto la poesía
cultual como la sapiencial del Antiguo Testamento, sobre todo por contener tan
pocas alusiones históricas. Se considera que David es el autor de Salmos
porque, según la tradición, cantaba y componía. De hecho, sólo 70 de los 150
salmos se identifican de modo inequívoco con David, y muchísimos menos datan de
la época de este rey hebreo. Las atribuciones a David y a otros se hallan en los
encabezados, añadidos mucho después que los Salmos fueran escritos. La
identificación de Proverbios y de otros libros sapienciales con Salomón tiene
su origen en la tradición de la gran sabiduría de este monarca, y es fiable por
cuanto promovió instituciones que desarrollaron este tipo de literatura. La
poesía sapiencial contiene algunos de los materiales más antiguos de las
Escrituras hebreas (en los refranes y proverbios), y las composiciones como
Eclesiastés y Eclesiástico algunos de los más recientes.
Salmos se convirtió en el libro de himnos y oraciones del Segundo
Templo de Israel, pero muchos de los cánticos son anteriores a la construcción
del santuario. Contienen motivos, temas y expresiones que Israel heredó de sus
predecesores cananeos. Muchas voces hablan en y a través de los Salmos, pero
sobre todas se oye la expresión de una comunidad que se entrega a la oración.
LOS LIBROS PROFÉTICOS Muy
pocos libros proféticos, si acaso, fueron escritos en su integridad por la
persona con cuyo nombre han sido designados. Es más: en la mayoría de los
casos, incluso las palabras del profeta original fueron registradas por otros.
La historia de Baruc, escriba de Jeremías (Jer. 36 y también Is. 8,16) ilustra
uno de los métodos con los que las palabras pronunciadas por los profetas se
convirtieron en libros. Las diversas manifestaciones de los profetas deben de
haber sido recordadas y recopiladas por sus seguidores y, según lo indicaran
las circunstancias, transcritas. Más tarde, la mayoría de los libros fueron editados
y ampliados. Por ejemplo, cuando Amós (c.7 55 a.C.) se utilizó en
tiempos del exilio, se le dio un final nuevo y esperanzador (Am. 9,8-15).
Isaías refleja siglos de la historia israelita y la obra de varios profetas y
otras personalidades; Is. 1-39 se basa sobre todo en el profeta original
(742-700 a.C.); los capítulos 40 al 55 son obra de un profeta desconocido
del exilio, denominado Segundo Isaías (539 a.C.); y los capítulos 56 al
66, identificados con el Tercer Isaías, provienen de diversos escritores del
periodo posterior al exilio.
EL CANON La Biblia hebrea y
las versiones cristianas del Antiguo Testamento fueron canonizadas en distintos
momentos y lugares, aunque el desarrollo de los cánones cristianos debe
entenderse en los términos de las Escrituras judías.
EL CANON HEBREO En
Israel, la idea de un libro sagrado data, como mínimo, del 621 a.C.
Durante la reforma de Josías, rey de Judá, cuando se estaba rehabilitando el
Templo, el sumo sacerdote Jilquías descubrió “el libro de la Ley” (2 Re. 22).
El rollo era probablemente la parte central del actual Deuteronomio, pero lo
importante es la autoridad a la que se atribuyó. Más respeto se concedió al
texto leído por Esdras, el sacerdote y escriba hebreo, ante la comunidad a
finales del siglo V a.C. (Neh. 8).
La Biblia hebrea se fue convirtiendo en Sagradas Escrituras a lo
largo de tres etapas diferenciadas. La secuencia se corresponde con las tres
partes del canon hebreo: la Torá, los Profetas y los Hagiográficos. Sobre la
base de las pruebas externas, parece evidente que la Torá o Ley fue aceptada
como texto sagrado entre las postrimerías del exilio de Babilonia
(538 a.C.) y el cisma samaritano del judaísmo, hacia el 300 a.C. Los
samaritanos reconocen como Biblia sólo a la Torá.
La segunda fase fue la canonización de Neviím (Profetas).
Tal y como lo indican los encabezamientos de los libros proféticos, las
palabras de los profetas que habían quedado registradas comenzaron a
considerarse palabra de Dios. A todos los efectos, la segunda parte del canon
hebreo se concluyó a finales del siglo III a.C., no mucho antes del
200 a.C.
Entre tanto se compilaban, leían y utilizaban otros libros en el
culto y el estudio. Hacia la época en que se escribió Eclesiástico
(c. 180 a.C.), se había desarrollado la idea de una Biblia
tripartita. El contenido de la tercera parte, Ketuvim (Hagiográficos),
se mantuvo bastante fluido en el judaísmo hasta después de la caída de
Jerusalén en poder del Imperio romano, en el 70 d.C. Hacia finales del
siglo I d.C., los rabinos de Palestina ya habían determinado y cerrado la lista
definitiva.
En el proceso de canonización obraron tanto fuerzas positivas como
negativas. Por una parte, la mayoría de las decisiones ya habían sido adoptadas
de facto: Torá, Profetas y la mayor parte de Hagiográficos venían
sirviendo como Escrituras desde hacía varios siglos. La controversia giró sólo
en torno a unos pocos libros de los Hagiográficos, como Eclesiastés y Cantar de
los Cantares. Por la otra, se escribían y difundían otros muchos libros religiosos,
que aducían ser también la palabra de Dios. Entre éstos se incluían los
actuales apócrifos de los protestantes (algunos de ellos deuterocanónicos para
los católicos y ortodoxos, y otros apócrifos también para éstos), algunos de
los libros del Nuevo Testamento, y muchos más. En consecuencia, la decisión
oficial de establecer una Biblia debe considerarse como la respuesta a un
planteamiento teológico: ¿según qué libros definirá el judaísmo su propia
doctrina y su relación con Dios?
EL CANON CRISTIANO El
segundo canon, el que hoy es la versión católica del Antiguo Testamento, surgió
primero como una traducción de los primeros libros hebreos al griego. El
proceso se inició en el siglo III d.C. fuera de Palestina, debido a que las
comunidades judías de Egipto y de otros lugares necesitaban las Escrituras en
el idioma de su propia cultura. La mayoría de los libros adicionales de esta
Biblia, incluyendo suplementos de libros más antiguos, tuvo su origen entre las
comunidades judías no palestinas. Hacia finales del siglo I d.C., cuando se
recopilaban y difundían los primeros escritos cristianos, existían ya dos
versiones de las Escrituras del judaísmo: la Biblia hebrea y el Antiguo
Testamento en griego (conocido como Septuaginta). Sin embargo, la Biblia hebrea
marcaba la norma oficial de la teología y la práctica. Ninguna prueba indica
que en el judaísmo haya existido alguna vez una lista oficial de Escrituras en
griego. Los libros adicionales de la Septuaginta fueron reconocidos de forma
oficial sólo por el cristianismo. Los escritos de los primeros Padres de la
Iglesia contienen numerosas y diversas listas, pero es evidente que prevaleció
el Antiguo Testamento en griego, más extenso.
El último paso importante en la historia del canon cristiano tuvo
lugar durante la Reforma protestante. Cuando Martín Lutero tradujo la Biblia al
alemán, redescubrió lo que otros (destacando de modo muy notable san Jerónimo,
el erudito bíblico del siglo IV) ya sabían: que el Antiguo Testamento original
estaba escrito en hebreo. Eliminó de su Antiguo Testamento todos los libros no
incluidos en la Biblia judía y los tildó de apócrifos. Esta medida tuvo por
objeto volver al texto y al canon acaso más antiguos y por consiguiente
mejores, y oponer a la autoridad de la Iglesia la autoridad de aquella versión
más antigua de la Biblia. Véase Apócrifos; Libros Deuterocanónicos;
Apócrifos del Nuevo Testamento.
LOS TEXTOS Y LAS VERSIONES ANTIGUAS Todos los traductores contemporáneos de la Biblia intentan
recuperar y utilizar el texto más antiguo, quizá el más fiel al original. No
existen copias originales ni autográficas, sino centenares de manuscritos
diferentes con numerosas versiones distintas. En consecuencia, todo intento de
determinar cuál es el mejor texto de un libro o versículo concretos debe
basarse en el trabajo meticuloso y en el juicio de los científicos.
TEXTOS MASORÉTICOS Con
respecto al Antiguo Testamento, la principal diferenciación es la existente
entre los textos en hebreo y las versiones o traducciones en otros idiomas
antiguos. Los testimonios más importantes y por lo general más fiables en
hebreo, son los textos masoréticos, obra de los eruditos judíos (denominados
masoretas) que se encargaron de la tarea de copiar y transmitir con fidelidad
la Biblia (véase Masora). Estos sabios, que trabajaron desde los
primeros siglos de la era cristiana hasta la edad media, también insertaron en
el texto la puntuación, las vocales (el texto hebreo original contiene sólo
consonantes) y diversas notas. La Biblia hebrea modelo que se utiliza en
nuestros días es la reproducción de un texto masorético escrito en 1088. El
manuscrito, en forma de códice o libro, se encuentra en la colección de la
Biblioteca Pública de San Petersburgo. Otro texto masorético, el Códice de
Alepo (primera mitad del siglo X d.C.) es el sustrato básico de una nueva
edición del texto que está preparando la Universidad Hebrea de Jerusalén. El
Códice de Alepo es el manuscrito más antiguo de la Biblia hebrea íntegra,
aunque data de más de un milenio después de que se escribieran los últimos
libros bíblicos, y quizá más de 2.000 años después de los primeros.
No obstante, se conservan manuscritos hebreos más antiguos
—masoréticos y de otra índole— de libros individuales. Muchos de ellos, que
datan del siglo VI, fueron descubiertos a finales del siglo XIX en la guenizá
(depósito en el que se guardan los escritos inutilizados o desechados para
evitar que se profane el nombre de Dios escrito en ellos) de la sinagoga de El
Cairo. Numerosos manuscritos y fragmentos, muchos de ellos de la era
precristiana, fueron recuperados en la región del mar Muerto desde 1947 (véase
Manuscritos del Mar Muerto). Aunque muchos de los manuscritos más importantes
son bastante tardíos, en particular los textos masoréticos conservan una
tradición textual que se remonta cuando menos a un siglo antes de la era
cristiana.
LA SEPTUAGINTA Y OTRAS VERSIONES EN GRIEGO
Las versiones más valiosas
de la Biblia hebrea son las traducciones al griego. En algunos casos las
versiones griegas presentan un material superior al de la hebrea, ya que se
basan en textos hebreos más antiguos que los que nos han llegado hasta hoy.
Muchos de los manuscritos griegos son mucho más antiguos que los manuscritos de
la Biblia hebrea íntegra, y fueron incluidos en copias de la Biblia cristiana
completa que datan de los siglos IV y V d.C. Los manuscritos más importantes
son el Códice Vaticano (en la Biblioteca del Vaticano), el Códice Sinaítico y
el Códice Alejandrino (ambos se encuentran en el Museo Británico).
La versión griega más importante se denomina Septuaginta (en
griego, ‘setenta’), porque la leyenda afirma que la Torá fue traducida en el
siglo III d.C. por 70 (o 72) traductores. Tal vez, la leyenda sea cierta en
algunos aspectos: la primera traducción al griego incluía sólo a la Torá y fue
realizada en Alejandría en el siglo III a.C. Más tarde se tradujeron las demás
Escrituras hebreas, aunque parece lógico que esta tarea fuese realizada por
otros eruditos cuya pericia y concepciones eran distintas.
Se emprendieron muchas otras traducciones al griego, que en su
mayoría se conservan sólo gracias a fragmentos o citas de los primeros Padres
de la Iglesia y otros. Entre ellas se incluyen las versiones de Áquila, Símaco,
Teodoción y Luciano. El teólogo cristiano Orígenes (siglo III) estudió los
problemas que presentaban estas versiones diferentes y preparó una Hexapla,
una crítica textual en la que organizó en seis columnas paralelas el texto
hebreo, el texto hebreo transliterado al griego, y las versiones de Áquila,
Símaco, Teodoción y Luciano.
PEŠITTA, ANTIGUA LATINA, VULGATA Y LOS TARGUM Entre otras versiones merecen mencionarse la Pešitta, o siríaca,
iniciada con toda probabilidad en el siglo I d.C.; la Antigua latina, que
no fue traducida del hebreo sino que procede de la Septuaginta en el
siglo II; y la Vulgata, traducida del hebreo al latín por san Jerónimo a
finales del siglo IV d.C.
Otras versiones que deben considerarse son los Targum arameos. En
el judaísmo, cuando el arameo sustituyó al hebreo como idioma cotidiano, se
hicieron necesarias traducciones, primero para acompañar la lectura oral de las
Escrituras en la sinagoga, y más tarde transcritas al papel. Los Targum no eran
traducciones literales, sino más bien paráfrasis o interpretaciones del
original. Los dos Targum más importantes son el que tuvo su origen en Palestina
y los revisados en Babilonia. En el último decenio se descubrió un manuscrito
íntegro del Targum palestino, el Neofiti I, guardado en la Biblioteca del
Vaticano. De los Targum babilónicos, los más conocidos son el de Onquelos
(Pentateuco) y el de Jonatán (Profetas).
Las versiones suelen ser testimonios cualificados, en ocasiones
los mejores, del texto original. Además, incluyen importantes pruebas de la
historia del pensamiento entre las comunidades para las que la Biblia
constituía un texto fundamental.
EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LA HISTORIA En casi todas sus páginas el Antiguo Testamento reclama atención
hacia la realidad y respeto hacia la importancia de la historia. El Pentateuco
y los libros históricos contienen historias de salvación; los profetas hacen
constantes referencias a hechos del pasado, del presente y del futuro. Como la
historia de Israel se recoge en el Antiguo Testamento, llegó a organizarse en
una serie de acontecimientos o periodos fundamentales: el éxodo (incluyendo los
relatos desde los patriarcas hasta la conquista de Canaán), la monarquía, el
exilio de Babilonia y el retorno a Palestina con la restauración de las
instituciones religiosas.
SEPARACIÓN ENTRE LA INTERPRETACIÓN Y LA HISTORIA Es importante diferenciar entre la interpretación que hace el
Antiguo Testamento sobre lo ocurrido, y la historia crítica. Para escribir una
reseña creíble, el historiador necesita fuentes más o menos fiables,
contemporáneas de los propios acontecimientos. La principal fuente de
información acerca de la historia de Israel es el Antiguo Testamento y, por lo
general, a sus autores les preocupaba en esencia el significado teológico del
pasado. Es más: la mayoría de los documentos son posteriores (en algunos casos
datan de varios siglos después) a los sucesos que describen. No existe un
cuerpo significativo de pruebas escritas que se remonte al periodo anterior a
los tiempos de la monarquía, instaurada con la unción de Saúl como primer rey
de Israel en el siglo XI a.C. Otras pruebas, obtenidas a partir de
escritos u objetos, se han recuperado gracias a la arqueología, aunque todas
las evidencias, tanto bíblicas como arqueológicas, deben evaluarse de manera
crítica (véase Arqueología bíblica; Ciencia bíblica). Sin duda, todos
los textos bíblicos que ha sido posible fechar contienen importante información
histórica. Revelan hechos relativos al periodo en que fueron escritos, aunque
ello no significa que hayan de incluir reseñas exactas y literales sobre los
acontecimientos que relatan.
EL NÚCLEO HISTÓRICO La
existencia de Israel fue parte de la historia del antiguo Oriente Próximo. Al
igual que otros pequeños pueblos del Mediterráneo Oriental, Israel estuvo a
merced de las grandes potencias de entonces —Egipto, Asiria y Babilonia— y pudo
prosperar de forma independiente sólo cuando éstas decaían o se enfrentaban
entre sí.
La historia antigua y el desarrollo de Israel Existe un considerable cuerpo de información relativo a la
historia del antiguo Oriente Próximo a partir del III milenio a.C., aunque una
historia detallada de Israel sólo puede comenzar en torno a los tiempos de
David (1000-961 a.C.). Ello no significa que no haya nada que decir acerca
de las épocas precedentes o que toda la información de los sucesos anteriores a
David sea inexacta. Implica que es muy difícil separar las pruebas históricas
de las interpretaciones posteriores y que se conocen con certeza pocos
detalles. Los relatos de Génesis sobre los patriarcas, por ejemplo, no fueron
concebidos como historia. La historia se refiere a acontecimientos públicos;
las narraciones de los patriarcas son episodios familiares, en su mayor parte
centrados en asuntos privados. Sin embargo, las pruebas arqueológicas han
demostrado que el entorno o escenario de estos relatos puede proporcionar un
cuadro bastante fidedigno de cómo era la vida durante la edad del bronce
tardío. Los relatos sugieren que los antepasados de Israel eran seminómadas y
aportan indicios acerca de sus creencias y prácticas religiosas.
Un cuidadoso análisis de los registros bíblicos y un uso prudente
de las pruebas arqueológicas permiten situar el éxodo desde Egipto en la
segunda mitad del siglo XIII a.C. No obstante, se desconoce incluso la ruta del
éxodo. Sobre este particular el Antiguo Testamento conserva al menos dos
tradiciones relevantes. Es posible que no participaran todas las tribus de
Israel, y lo más probable es que lo hicieran sólo las tribus de José.
En Josué 1-12 y Jueces 1-2 se encuentran dos versiones diferentes
de la entrada de Israel a la tierra de Canaán. Las sucintas manifestaciones que
aparecen en Josué dan cuenta de que los israelitas, bajo el mando de Josué,
conquistaron el territorio de manera repentina, mientras que Jueces 1-2 y otras
tradiciones apoyan la conclusión de que cada tribu fue ocupando su territorio
de manera gradual, y transcurrieron varias décadas, si no siglos, antes de que
Israel adquiriese su territorio. Así, el periodo de las conquista y el de
Jueces se superponen. Por lo general, durante los dos siglos posteriores al
1200 a.C., las tribus llevaron a veces existencias separadas y otras veces
conjuntas, para convertirse en una nación (Israel); sólo tras un proceso
gradual.
La monarquía La
monarquía surgió en torno al siglo XI a.C., en un clima de enfrentamientos
internos y amenazas externas. Las luchas intestinas giraron en torno a la forma
de gobierno adecuada para la nación. Mientras que algunos favorecían el estilo
más tradicional de liderazgo carismático en épocas de crisis, otros deseaban
una monarquía estable. Triunfó la monarquía debido a la amenaza exterior de los
filisteos, superiores en el orden militar, que ocuparon cinco ciudades de la
llanura costera. Saúl unió a las tribus e instauró la monarquía, pero murió
junto a su hijo Jonatán en una batalla contra los filisteos. David se convirtió
en rey, primero del sur y más tarde de toda la nación. Tras encargarse de
eliminar de una vez por todas la amenaza filistea, instauró un imperio que
abarcó desde Siria hasta la frontera con Egipto. Su reinado fue largo y
próspero, aunque no carente de luchas intestinas por la posesión de su trono.
Le sucedió su hijo Salomón, quien estableció una corte siguiendo el modelo de
otros monarcas orientales. Salomón construyó un palacio y el gran Templo de
Jerusalén, exprimiendo al máximo los recursos del país para realizar sus
grandiosos proyectos.
Los reinos de Israel y Judá
Tras la muerte de Salomón,
las tribus del norte se rebelaron bajo el mando de su hijo Roboam. Las dos
naciones, Israel en el norte y Judá en el sur, nunca volvieron a reunirse, y
con frecuencia lucharon entre sí. En Judá la dinastía de David continuó hasta
la ocupación del país por los babilonios (597-586 a.C.), aunque en Israel
abundaron los reyes y las dinastías. El periodo de la monarquía dividida estuvo
señalado por amenazas de parte de los asirios, los arameos y los babilonios.
Israel, con capital en Samaria, cayó en manos del ejército asirio en el
722-721 a.C., siendo sus gentes deportadas e instalándose extranjeros en
su lugar. Judá sufrió dos humillaciones a manos de los babilonios: la rendición
de Jerusalén en el 597, y su destrucción en el 586 a.C. En ambas ocasiones
se deportaron cautivos a Babilon