Las Pirámides de Gizeh, Los Jardines Colgantes de Babilonia, El Templo de Artemisa en Efeso, La Estatua de Zeus en Olimpia, El Mausoleo de Halicarnaso, El Faro de Alejandría, El Coloso de Rodas, caracteristicas de cada una de las siete maravillas del mund
Las Siete Maravillas Del Mundo
La humanidad es una especie
curiosa. Cuando hablamos de sus conquistas, la mayoría de las veces lo hacemos
refiriéndonos a sangrientas y destructivas expediciones guerreras. Pero de vez
en cuando, la humanidad también produce obras de impresionante belleza,
destinadas a perdurar durante siglos para hacernos recordar a todos que, cuando
queremos, podemos emplear nuestro esfuerzo y talento para construir maravillas.
Más que ninguna otra cosa, son estas obras las que nos identifican
inequívocamente como humanos. Nos representan ante nosotros mismos... y
también, si alguna vez en el futuro acude a nuestro planeta azul cualquier
visitante, serán sin duda estas maravillas las que constituyan nuestras
principales señas de identidad.
De todas las obras
conocidas por su belleza o por su monumentalidad en la antigüedad, fueron siete
las más famosas. De ahí el sobrenombre de "las siete maravillas del
mundo". Lamentablemente, hoy, con una única excepción, no nos quedan más
que las descripciones que hicieron los cronistas de la época. Guiémonos por
ellas y emprendamos un viaje imaginario a través del tiempo para conocer las
maravillas de nuestros antiguos.
Las Pirámides de Gizeh

La más antigua de las
maravillas, y, curiosamente, la única que ha llegado hasta nosotros, es el
monumental conjunto de las pirámides de Gizeh, en Egipto. Todos hemos oído
hablar de ellas y conocemos su aspecto, así como sabemos que eran la tumba de
los faraones. Pero acerquémonos más, y averigüemos algunos detalles
interesantes.
Los egipcios iniciaron la
construcción de pirámides hace muchísimo tiempo, a lo largo de su Antiguo
Imperio: ¡Las más antiguas tienen cerca de CINCO MIL años! En efecto, la más
antigua que se conoce es la pirámide escalonada de Sakkara, tumba del farón
Djoser, que data del 2750 a. de C. El arquitecto inventor de la pirámide fué el
gran visir, y famoso sabio, Imhotep. Después de este primer ejemplo, los
egipcios continuaron construyendo pirámides hasta bien entrado el Imperio
Medio, en que se pasó a emplear el sepulcro subterráneo en vez de las
pirámides. Sin embargo, del Antiguo Imperio nos han quedado nada menos que
ochenta de éstas, repartidas por el Bajo Egipto.
Imaginaos ahora que estamos
presentes en el séquito funerario del farón Khufu. Una ligera embarcación nos
transporta por el Nilo desde la antigua capital, Menfis, hasta la necrópolis de
sus afueras, en la vasta llanura de Gizeh. Allí abundan las construcciones
funerarias, pues es el cementerio donde van a parar todos los habitantes de la
capital, nobles o villanos. Nuestra embarcación se detiene: en la orilla nos
espera una comitiva de sacerdotes. Detrás, espera el templo construído
especialmente para nuestro faraón, donde se le rendirá culto igual que a un
dios (¿acaso no es de naturaleza divina?). Aquí es donde el cuerpo del faraón
es preparado convenientemente e introducido en el sarcófago. Después, una
comitiva trasporta éste a lo largo de una vía funeraria hacia su sepultura.
Ya vemos las pirámides. Su
impresionante mole destaca sobre el horizonte de la llanura, dejándonos
boquiabiertos. ¡Todo eso es piedra! Bloques de granito descomunalmente pesados,
de un metro de altura, forman las filas tan apretadamente que no es posible
introducir ni un cuchillo entre ellos. Las filas de piedras están pintadas,
formando franjas de diferentes colores; la punta es de color dorado. Todas las
pirámides, absolutamente
todas, tienen la misma alineación: están orientadas al norte con total
exactitud. Los lados de la pirámide tienen una inclinación impresionante, de 51
grados, que cuando nos acercamos más nos produce la sensación de que la
pirámide "se nos cae" encima. En los alrededores, se encuentran las
pirámides menores y mastabas (edificaciones rectangulares de paredes inclinadas)
para los altos funcionarios.
Estamos ante la pirámide.
Sus dimensiones son impresionantes: 146.59 m de altura, 230 m de lado. Tras
subir un poco por su lateral, penetramos en su interior. A la fluctuante luz de
las antorchas vamos descubriendo las paredes, perfectamente lisas, como
corresponde a la sepultura de una encarnación del dios Ra. Tras depositar el
sarcófago en la cámara sepulcral, el corredor será cegado y disimulado, para
evitar robos. La pirámide contiene asimismo una falsa cámara sepulcral.
A pesar de todas estas
precauciones, son pocas las tumbas egipcias que permanecerán intactas hasta la
llegada de los arqueólogos. Los ladrones de tumbas y los árabes irán saqueando
con el paso del tiempo la mayoría de las pirámides y sepulcros. Cuando el
arqueólogo Flinders Petrie entre en las tumbas reales de Abydos, unas de las
más antiguas de Egipto, sólo podrá encontrar un brazo de la momia de una reina.
De las tres grandes pirámides, sólo la más pequeña, la de Micerino, permanecerá
intacta.
Una controversia famosa relacionada
con las pirámides es la relación entre el doble de la longitud de su lado y su
altura: el número Pi. ¿Porqué se tomarían tantas molestias los antiguos
egipcios para conseguir que sus construcciones mantuvieran una relación
matemática tan precisa? ¿Una especie de chauvinismo matemático? Personalmente
prefiero pensar que lo hicieron porque era la forma más segura de conseguir que
la inclinación de las pirámides fuera uniforme, y de que éstas serían
perfectamente regulares. En efecto, si pensamos que probablemente se servían de
ruedas de madera para medir longitudes de forma fácil y exacta, veremos que con
una de éstas ruedas, hecha de la misma altura que los bloques de piedra, se
comprobaba la inclinación rápidamente: cada nueva hilera de piedras debía medir
media vuelta menos. De esta forma sale, automáticamente, la relación de Pi
entre el doble del lado y la altura de la pirámide. Suena lógico, ¿verdad? Pero
lo más curioso es que, como de forma meticulosa me ha hecho notar Jesús Cea,
ello no implica necesariamente que los antiguos egipcios conocieran el número
Pi; después de todo, éste sale automáticamente
debido a que se realizaron
las medidas a base de ruedas.
Han pasado ya cerca de
cinco mil años hasta nuestros días, y la humanidad todavía no ha realizado nada
semejante. La más pequeña de las tres pirámides de Gizeh multiplica varias
veces el peso de la mayor de las construcciones modernas; y es que los
aparejadores de nuestros días se las verían y se las compondrían para
enfrentarse con esos enormes bloques de piedra, difíciles de manejar hasta para
las más potentes grúas. Cuando pensamos en que los antiguos egipcios carecían
de máquinas, que movían las enormes piedras sólo con el esfuerzo físico de
cuadrillas de docenas de trabajadores, nos parece un milagro. De hecho, ni
siquiera los propios egipcios fueron capaces de superarlo: continuarían
construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin llegar a igualar el
esplendor de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente, fueron de las
primeras que se construyeron.
Como corolario, citaré dos
testimonios célebres: el de Abd-ul-Latif, que dijo "Todas las cosas temen
el tiempo, pero el tiempo tiene miedo a las pirámides"; y el de Napoleón,
que comandó una expedición a Egipto cuando era primer cónsul, y pronunció las
conocidas palabras "Desde lo alto de estas pirámides, veinte siglos nos
contemplan".
Aunque, la verdad, Napo,
cuarenta y cinco habría sido una cantidad más precisa.
Pero aún nos queda una
visita que realizar en la llanura de Gizeh: se trata de la guinda del pastel:
la esfinge. Esta escultura, que representa a un león con rostro humano (se cree
que representa al farón Khafra; al menos, viste sobre la cabeza el típico
klaft, manto que llevaban los faraones) es contemporánea de las pirámides, mide
70 metros de longitud y 20 de altura. Para construirla, aprovecharon un
montículo de caliza en la llanura, que labraron y completaron con bloques de
piedra. Cuando ya contaba con mil años de edad, el faraón Tuthmosis IV hizo
esculpir entre sus patas una escena representando un sueño, en el cual la
esfinge le daba el trono en recompensa por haberla
salvaba de morir sepultada
bajo la arena del desierto. Otros mil y pico años más tarde, en la época
romana, se excavó un santuario en el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge ya
superaba los cuatro mil años, estas modificaciones posteriores pasaron a ser
destructivas en vez de constructivas: los iconoclastas primero, y los mamelucos
después, mutilaron el monumento, dañando sus ojos y arrancándole su nariz.
Vemos aquí un primer ejemplo, aunque desgraciadamente no el último, que
demuestra que entre las capacidades del hombre se encuentra no sólo el
construir maravillas, sino también el destruirlas.
Los Jardines Colgantes
de Babilonia

Nos disponemos ahora a
realizar un prodigioso salto hacia delante en el tiempo: nada menos que dos mil
años deben transcurrir para que nuestro viaje nos lleve a la famosa Babilonia,
llamada Babel en la Biblia, a orillas del Éufrates. A pesar de que el nombre de
esta ciudad figura en los anales de la historia desde hace dos milenios, vemos
que
todas las construcciones
son nuevas y recientes: y es que hace poco más de cien años que los
sanguinarios asirios la destruyeron hasta los cimientos. Pero al fin los
babilonios, con la ayuda de los medos y los escitas, destruyeron por completo a
los asirios, y ahora la ciudad ha sido esplendorosamente reconstruída.
Estamos en a mediados del
siglo VI a. de C., y gobierna el rey Nabucodonosor II, el más famoso de todos
los del mismo nombre. Además de un gran guerrero y conquistador, Nabucodonosor
es también un gran arquitecto: la ciudad rebosa de construcciones monumentales.
Sin embargo, algo se echa de menos en esta majestuosa ciudad: todo es demasiado
llano, demasiado rectilíneo. Si subimos lo suficientemente
alto, veremos toda la
ciudad de un vistazo.
Esto entristece a Amytis,
la esposa de Nabucodonosor. Ella es una princesa meda, y se crió en montes y
colinas exuberantes de vegetación. Esta tristeza disgusta al rey. ¡Él, que ha
vencido en todas las batallas, que ha levantado de la nada una ciudad
impresionante, no consigue devolver la alegría a su esposa! Eso no puede ser.
¿Amytis
echa de menos sus colinas?
Pues no faltaba más: el se las construirá. ¿Acaso no es el más famoso
constructor de su tiempo? En seguida ordena traer grandes piedras, pues los
ladrillos utilizados normalmente no resisten bien la humedad. Así, edifica una
serie de terrazas escalonadas en las cuales deposita la tierra necesaria y
empieza a plantar árboles, flores, arbustos, etc. También construye una máquina
semejante a una noria que transportará el agua desde un pozo hasta los jardines
para regarlos. En poco tiempo, éstos rebosan de vegetación, y las copas de sus
árboles se divisan incluso desde fuera de las dobles murallas de la ciudad.
Nabucodonosor ha conseguido crear un aparente monte cubierto de verdeante
vegetación.
Sobre los jardines
colgantes existe también una leyenda, que sitúa la fecha de su construcción
cinco siglos antes, a finales del s. XI a. de C. Según esta leyenda, es la
reina Shammuramat, llamada Semíramis por los griegos, quien construye los
jardines. Shammuramat gobierna el imperio asirio como regente de su hijo
Adadnirari III, desde la muerte del rey Shamsidad V, y además de construir los
jardines colgantes, conquista la India y Egipto. Termina sus días suicidándose
a causa del dolor que le produce descubrir una conjura contra ella urdida por
su hijo. Algo trágico... como era de esperar en una leyenda, sobre todo
teniendo en cuenta que fueron los griegos quienes la recogieron.
En el año 539 a. de C. los
persas conquistan Babilonia, y ello provoca su decadencia. La población va
menguando y, para cuando Alejandro Magno visita la ciudad (sobre el 326 a. de
C.) parte de ésta se encuentra en ruinas. La destrucción definitiva tiene lugar
en el año 126-125 a. de C., fecha en la que el sátrapa parto Evemero conquista
la ciudad y la incendia. Desde entonces no quedan más que las ruinas a orillas
del Éufrates.
El Templo de Artemisa en
Efeso

Nuestro viaje nos lleva
ahora a tierras helenas, donde buscaremos la mayor parte de las maravillas que
nos faltan por ver. La Grecia clásica es el auténtico faro de la civilización
de su tiempo, y no es de extrañar que sea allí donde los artistas florecen y
realizan sus más excelsas obras.
Nos detenemos en la ciudad
de Éfeso, a orillas del mar Jónico y junto a la desembocadura del pequeño
Meandro. Seguimos a mediados del siglo VI a. de C. Esta ciudad ha sido desde
siempre un centro de culto a la diosa Artemisa, llamada después Diana por los
romanos. Se trata de la soberana de la naturaleza selvática y de los animales
salvajes, y suele representársela acompañada por una cierva y armada de arco y
flechas. Desde muy antiguo, existe un templo dedicado a la diosa. Pero en el
siglo VII a. de C., la ciudad sufrió el ataque de los cimerios y aunque se
resistió, no se pudo evitar que el templo se incendiara y fuera destruído.
Pero ahora casi toda la
Jonia ha pasado a manos del rey de Lidia, Creso. Sí, el mismo que ha inventado
esos nuevos y extraños discos de metal llamados "creseidas" que se
suponen que van a hacer de dinero. Nadie sabe dónde pararán estos inventos
modernos... pero Creso es un protector de sabios y artistas, ¡el mismo Esopo ha
pasado por su corte!, y se propone levantar un nuevo templo a Artemisa, mejor
que el anterior.
Para ello se lleva a cabo
una suscripción pública; todos los ciudadanos donan algo de dinero para el
templo nuevo.
Finalmente el templo se
levanta. Cuenta con 127 impresionantes columnas de 20 metros de altura, algo
descomunal para su época, y cuenta con esculturas de Escopas.
Este templo ilumina la
ciudad de Éfeso durante dos siglos. Sin embargo, llega la tragedia: en el año
356 a. de C., el pastor Eróstrato destruye el templo incendiándolo, por puro
afán de fama. Sin duda este pionero del gamberrismo consiguió lo que buscaba,
como lo prueba el que recordemos su nombre. Pero tal vez consiguió algo más que
eso: demostrar a todos los hombres que por cada Escopas hay un Eróstrato, y que
las maravillas construidas por el hombre deben ser protegidas del propio
hombre. ¡Demonios, espero que recibiera su merecido!
Esta historia tiene un
epílogo: cuando alrededor de veinte años después, Alejandro Magno ocupó la
ciudad de Éfeso y residió en ella por un tiempo, escuchó la historia del templo
de Artemisa y descubrió que había sido destruído la misma noche en que había
nacido él. Al parecer fué esta coincidencia la que le impulsó a reconstruir el
templo, durante el tiempo que permaneció en Éfeso instaurando un gobierno
democrático. Una vez terminado, el nuevo templo (que hace el número tres en
nuestra cuenta) contó con un retrato del propio Alejandro pintado por Apeles,
el más famoso pintor griego. Aunque el templo de Artemisa no recuperó jamás su
pasado esplendor, al menos su antigua fama le valió una pronta reconstrucción.
La Estatua de Zeus en
Olimpia

Nuestro viaje saltará ahora
un siglo adelante en el tiempo, pero en compensación no recorreremos apenas
distancia; tan sólo unos pocos kilómetros hasta Olimpia, en la Élida, centro
religioso de la antigua Grecia donde se rinde culto al principal de entre todos
los dioses: Zeus. Aquí, bajo el monte Olimpo (uno de los muchos que hay en
Grecia con ese nombre), se celebra cada cuatro años la más famosa de las
festividades en honor de Zeus: la Olimpiada.
Estamos en el 450 a. de C.,
y se está terminado de construir el impresionante templo de Zeus, para el que
no se escatiman medios: los mejores escultores de Grecia trabajan en él. Los
dos frontones representan los preparativos de la competición atlética de Pelópe
y Enomao para obtener la mano de Hipodamia, y la lucha entre lapitas y
centauros en la boda de Piritoo. Estos frontones, junto con las metopas, serán
considerados no sólo el más importante conjunto escultórico del estilo severo,
sino las más notables series escultóricas del arte clásico griego junto con el
Partenón. Su autor, de quien no se sabrá el nombre, será conocido como el
Maestro de Olimpia.
Pero nos queda por ver lo
mejor del templo: la estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado nada menos
que al más famoso de entre todos los escultores de la antigua Grecia: Fidias.
Su estilo, por su plasticismo, por su equilibrio en la elección de temas, en la
composición y en las gradación de los efectos del claroscuro, por su
representación esencial, sin ser detallada, del cuerpo humano, por su
majestuosa y noble serenidad, y por su armonía de formas, consigue ser la
encarnación de los ideales del arte griego.
Fidias pone manos a la obra
representando al dios sentado sobre un trono. La inmensa estatua no puede ser
más llamativa a la vista: Fidias emplea la técnica crisoelefantina, consistente
en cincelar sobre marfil y añadir por encima oro, representando la carne y las
vestiduras del personaje. Y además de todo esto, el trono está adornado por
diversas pinturas. Fidias empleará más de un año en llevar a cabo la estatua,
lo cual nos da idea de su gran tamaño y de su detalle y calidad.
A diferencia de las dos
maravillas anteriores, esta va a perdurar durante bastante tiempo: unos mil
años, hasta que los terremotos que se producirán en el siglo VI d. de C.
destruyan el templo en su mayor parte.
El Mausoleo de
Halicarnaso
Volvemos a saltar un siglo
hacia delante en el tiempo, y llegamos al año 352 a. de C. Las maravillas del
mundo, que ya sumaban cuatro, vuelven a ser sólo tres, puesto que Eróstrato
acaba de consumar su infame obra destruyendo el templo de Artemisa, hace apenas
cuatro años. Pero el relevo va a llegar en seguida: una nueva maravilla será construída,
dándose tales coincidencias entre ambas, que parece obra de una magia
bienhechora decidida a compensar la pérdida.
Estamos en Halicarnaso, en
la Caria, un estado del Asia Menor. Se trata de una ciudad importante; incluso
cuenta con una fábrica de esos extraños discos de metal inventados por Creso
que hacen de dinero (y es que a todo nos terminamos acostumbrando). La ciudad
luce esplendorosa: el buen sátrapa Mausolo ha conseguido llevarla a su cenit.
Pero ahora la ciudad está de luto, pues Mausolo acaba de fallecer. ¿Qué tumba,
que sepulcro será suficiente para un rey así? Su viuda Artemisa toma la
decisión de no reparar en gastos; y de pronto, es como si toda la ciudad
supiera que nunca más volvería a vivir una época tan magnífica como la de Mausolo,
disponiéndose a demostrar su reconocimiento haciéndole la sepultura más
especial de la historia, tanto, que dará nombre a los "mausoleos" que
se construirán en el futuro.
Ya están en marcha las
obras: los arquitectos Sátiros y Piteos construyen un podio rectangular; sobre
él, se levanta una columnata de orden jónico; sobre ésta, una pirámide
escalonada. Y en lo más alto, una estatua representando una cuádriga. El
conjunto alcanza la vertiginosa altura de 50 metros. Pero eso no es todo; los
mejores escultores griegos de la época esculpirán las estatuas y relieves:
Briaxis, Timoteo, Leucastes y el famoso Escopas (que nada tiene que ver, salvo
el nombre, con el escultor del templo de Artemisa).
Pero esta maravilla, ¡ay!
va a ser la menos duradera de todas. Apenas dieciséis años más tarde, en el 334
a. de C., Alejandro Magno destruye la ciudad. Él, que ordenara reconstruir el
templo de Artemisa en Éfeso, muestra ahora su semblante destructor. Y aunque
poco después los reyes egipcios conquistarán la Caria y reconstruirán
Halicarnaso, ciudad que permanecerá hasta nuestros días (hoy llamada Bodrum),
del mausoleo sólo nos quedará la leyenda.
El Faro de Alejandría

Vamos a saltar ahora unos
setenta años hacia delante, y a viajar de nuevo a Egipto. Estamos en el año 280
a. de C., y desde que Alejandro liberó a este estado del dominio persa, los
lazos entre griegos y egipcios se han estrechado: tanto, que su rey, Tolomeo
II, es de origen griego. Esta fusión de egipcios y griegos tiene especial
relevancia en la capital, Alejandría. Fundada por Alejandro Magno en el 332 a.
de C., esta próspera ciudad se ha convertido el más importante foco de la
cultura helena.
Pero esta vez la maravilla
no va a ser un templo, ni ninguna otra clase de edificio, sino una torre. Para
guiar a los numerosos barcos que acuden constantemente a Alejandría, el rey ha
decidido construir una torre que identifique el lugar de la ciudad desde muy
lejos. Para ello han escogido la pequeña isla de Faros, frente al puerto.
El arquitecto Sostrato de
Cnido dirigie las obras, que conforme avanzan, adquieren un aspecto más
impresionante. Cuando se finaliza, la torre mide más de 120 metros. En su cima
está equipada con espejos metálicos para señalar su posición reflejando la luz
del sol; y por las noches, a falta de luz, se enciende una hoguera.
Esta maravilla va a durar
bastante: unos mil seiscientos años, hasta que en siglo XIV los terremotos la
derriben. De nuevo, como el Mausoleo, el nombre de esta maravilla -que en
realidad es "la Torre de Faros"- designará a todas las construcciones
posteriores realizadas con el fin de mostrar el camino a los barcos.
El Coloso de Rodas

Sin viajar apenas en el
tiempo (apenas unos tres años hacia delante, hasta el 277 a. de C.) vamos a
presenciar la construcción de la última de las maravillas. Para ello
abandonaremos el Asia Menor y nos internaremos en el mar Egeo. Allí, a apenas
18 kilómetros de la costa, encontraremos la más importante de las islas
Esporadas: Rodas. Es importante porque su ciudad, del mismo nombre, es la
capital del Dodecaneso, archipiélago compuesto por una veintena de islas. La
situación geográfica de Rodas es privilegiada para comerciar con Grecia, el
Asia Menor e incluso Egipto, y gracias a eso se ha convertido en el centro
comercial más importante del Mediterráneo Oriental.
Por ello no es extraño que
alguna potencia de la época ambicione apoderarse de Rodas e intente tomarla,
como Macedonia. Su rey, Demetrio I Poliarcetes, es conocido por su experiencia
en el arte militar, sobre todo en los asedios, tanto, que en futuro los
militares se referirán a la técnica de asediar fortalezas como
"Poliarcética". Demetrio ataca, pues, Rodas. Sin embargo, la ciudad
resiste los embates de este temible guerrero, quien finalmente se marcha con el
rabo entre las piernas. ¡La ciudad ha resistido!
Para celebrar este triunfo,
la ciudad decide elevar un monumento memorable a Helios, dios del sol, en el
puerto. Dirige las obras Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. La estatua va
creciendo, primero el armazón de hierro y sobre él las placas de bronce.
Finalmente, cuando la estatua se termina mide nada menos que 32 metros de
altura. Su fama atraerá a viajeros de todo el mundo antiguo para verlo.
Con el Coloso llegaron a
ser cinco las maravillas del mundo que se alzaban sobre la faz de la tierra,
número que no fué superado sino que fué decreciendo. Cincuenta y seis años
después de su construcción, en el 223 a. de C., un terremoto derribó al Coloso.
Los habitantes de Rodas, siguiendo el consejo de un oráculo, decidieron dejar
yacer sus restos donde cayeron. Y así fué, durante cerca de novecientos años,
hasta que en el 654 d. de C. los musulmanes se apoderaron del bronce como botín
en una incursión.
La leyenda del Coloso
tendió, cómo no, a agrandar sus proporciones. Durante el renacimiento el Coloso
fué "descubierto" por los humanistas, al igual que el resto del arte
griego, y su monumentalidad fué remarcada haciéndose circular que sus tamaño
era tal que los barcos pasaban entre sus piertas. Pero el Coloso no necesita de
mitificación: habrá de pasar la friolera de dos mil años hasta que el hombre
realice otra estatua colosal que la supere, lo cual lo dice todo.
Epílogo
Han pasado más de dos
milenios. Todas las maravillas que quedaban en pie fueron cayendo, víctimas
principalmente de los terremotos.
Todas excepto una,
curiosamente la más antigua: las pirámides de Gizeh.
Ellas, las únicas que han
sido capaces de vencer al tiempo, nos recuerdan cuánta grandeza somos capaces
de crear cuando los humanos dejamos de lado nuestras disputas y coordinamos
nuestras energías.
BIBLIOGRAFÍA
Enciclopedia Monitor. Ed.
Salvat.
Historia del arte. Ed.
Salvat.
Historia ilustrada del
mundo para niños, t. 2. Ed. Plesa-SM.