Trabajo Práctico sobre el Socialismo
Alumno: Lucas Ratosi
Profesor: Ferrito
Socialismo: término que, desde principios del siglo XIX,
designa aquellas teorías y acciones políticas que defienden un sistema
económico y político basado en la socialización de los sistemas de producción y
en el control estatal (parcial o completo) de los sectores económicos, lo que
se oponía frontalmente a los principios del capitalismo. Aunque el objetivo
final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, se
han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del
capitalismo. A medida que el movimiento evolucionó y creció, el concepto de
socialismo fue adquiriendo diversos significados en función del lugar y la
época donde arraigara.
Si bien sus inicios se remontan a
la época de la Revolución Francesa y los discursos de François Nöel Babeuf, el
término comenzó a ser utilizado de forma habitual en la primera mitad del siglo
XIX por los intelectuales radicales, que se consideraban los verdaderos
herederos de la Ilustración tras comprobar los efectos sociales que trajo
consigo la Revolución Industrial. Entre sus primeros teóricos se encontraban el
aristócrata francés conde de Saint-Simon, Charles Fourier y el empresario
británico y doctrinario utópico Robert Owen. Como otros pensadores, se oponían
al capitalismo por razones éticas y prácticas. Según ellos, el capitalismo
constituía una injusticia: explotaba a los trabajadores, los degradaba,
transformándolos en máquinas o bestias, y permitía a los ricos incrementar sus
rentas y fortunas aún más mientras los trabajadores se hundían en la miseria.
Mantenían también que el capitalismo era un sistema ineficaz e irracional para
desarrollar las fuerzas productivas de la sociedad, que atravesaba crisis
cíclicas causadas por periodos de superproducción o escasez de consumo, no
proporcionaba trabajo a toda la población (con lo que permitía que los recursos
humanos no fueran aprovechados o quedaran infrautilizados) y generaba lujos, en
vez de satisfacer necesidades. El socialismo suponía una reacción al extremado
valor que el liberalismo concedía a los logros individuales y a los derechos
privados, a expensas del bienestar colectivo.
Sin embargo, era también un
descendiente directo de los ideales del liberalismo político y económico. Los
socialistas compartían con los liberales el compromiso con la idea de progreso
y la abolición de los privilegios aristocráticos aunque, a diferencia de ellos,
denunciaban al liberalismo por considerarlo una fachada tras la que la avaricia
capitalista podía florecer sin obstáculos.
El socialismo
científico
Gracias a Karl Marx y a Friedrich
Engels, el socialismo adquirió un soporte teórico y práctico a partir de una
concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía que el capitalismo
era el resultado de un proceso histórico caracterizado por un conflicto
continuo entre clases sociales opuestas. Al crear una gran clase de
trabajadores sin propiedades, el proletariado, el capitalismo estaba sembrando
las semillas de su propia muerte, y, con el tiempo, acabaría siendo sustituido
por una sociedad comunista.
En 1864 se fundó en Londres la
Primera Internacional, asociación que pretendía establecer la unión de todos
los obreros del mundo y se fijaba como último fin la conquista del poder
político por el proletariado. Sin embargo, las diferencias surgidas entre Marx
y Bakunin (defensor del anarquismo y contrario a la centralización jerárquica
que Marx propugnaba) provocaron su ruptura. Las teorías marxistas fueron
adoptadas por mayoría; así, a finales del siglo XIX, el marxismo se había
convertido en la ideología de casi todos los partidos que defendían la
emancipación de la clase trabajadora, con la única excepción del movimiento
laborista de los países anglosajones, donde nunca logró establecerse, y de
diversas organizaciones anarquistas que arraigaron en España e Italia, desde
donde se extendieron, a través de sus emigrantes principalmente, hacia
Sudamérica. También aparecieron partidos socialistas que fueron ampliando su capa
social (en 1879 fue fundado el Partido Socialista Obrero Español). La
transformación que experimentó el socialismo al pasar de una doctrina
compartida por un reducido número de intelectuales y activistas, a la ideología
de los partidos de masas de las clases trabajadoras coincidió con la
industrialización europea y la formación de un gran proletariado.
Los socialistas o socialdemócratas
(por aquel entonces, los dos términos eran sinónimos) eran miembros de partidos
centralizados o de base nacional organizados de forma precaria bajo el
estandarte de la Segunda Internacional Socialista que defendían una forma de
marxismo popularizada por Engels, August Bebel y Karl Kautsky. De acuerdo con
Marx, los socialistas sostenían que las relaciones capitalistas irían
eliminando a los pequeños productores hasta que sólo quedasen dos clases
antagónicas enfrentadas, los capitalistas y los obreros. Con el tiempo, una
grave crisis económica dejaría paso al socialismo y a la propiedad colectiva de
los medios de producción. Mientras tanto, los partidos socialistas, aliados con
los sindicatos, lucharían por conseguir un programa mínimo de reivindicaciones
laborales. Esto quedó plasmado en el manifiesto de la Segunda Internacional
Socialista y en el programa del más importante partido socialista de la época,
el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD, fundado en 1875). Dicho programa,
aprobado en Erfurt en 1890 y redactado por Karl Kautsky y Eduard Bernstein,
proporcionaba un resumen de las teorías marxistas de cambio histórico y explotación
económica, indicaba el objetivo final (el comunismo), y establecía una lista de
exigencias mínimas que podrían aplicarse dentro del sistema capitalista. Estas
exigencias incluían importantes reformas políticas, como el sufragio universal
y la igualdad de derechos de la mujer, un sistema de protección social
(seguridad social, pensiones y asistencia médica universal), la regulación del
mercado de trabajo con el fin de introducir la jornada de ocho horas reclamada
de forma tradicional por anarquistas y sindicalistas y la plena legalización y
reconocimiento de las asociaciones y sindicatos de trabajadores.
Los socialistas creían que todas
sus demandas podían realizarse en los países democráticos de forma pacífica,
que la violencia revolucionaria podía quizás ser necesaria cuando prevaleciese
el despotismo (como en el caso de Rusia) y descartaban su participación en los
gobiernos burgueses. La mayoría pensaba que su misión era ir fortaleciendo el
movimiento hasta que el futuro derrumbamiento del capitalismo permitiera el
establecimiento del socialismo. Algunos —como por ejemplo Rosa Luxemburg—
impacientes por esta actitud contemporizadora, abogaron por el recurso de la
huelga general de las masas como arma revolucionaria si la situación así lo
requería.
El SPD proporcionó a los demás
partidos socialistas el principal modelo organizativo e ideológico, aunque su
influencia fue menor en la Europa meridional. En Gran Bretaña los poderosos
sindicatos intentaron que los liberales asumieran sus demandas antes que formar
un partido obrero independiente. Hubo, pues, que esperar hasta 1900 para que se
creara el Partido Laborista, que no adoptó un programa socialista dirigido
hacia la propiedad colectiva hasta 1918.
Bolcheviques y
socialdemócratas
La I Guerra Mundial y la Revolución Rusa provocaron la
ruptura de la Segunda Internacional entre los partidarios del bolchevismo de
Lenin y los socialdemócratas reformistas, que habían respaldado en su mayoría a
los gobiernos nacionales durante la guerra a pesar de las proclamaciones
pacifistas de la Internacional. Los primeros fueron conocidos como comunistas y
los segundos siguieron siendo, durante todo el periodo de entreguerras, la
corriente dominante del movimiento socialista europeo, contando con el apoyo
del electorado en general bajo una serie de nombres: Partido Laborista en Gran
Bretaña, Países Bajos y Noruega, Partido Socialdemócrata en Suecia y Alemania,
Partido Socialista en Francia e Italia, Partido Socialista Obrero en España, y
Partido Obrero en Bélgica. En estos años, en el seno de estos partidos
socialistas se produjo la escisión de grupos proclives al comunismo leninista,
apareciendo así los partidos comunistas en diferentes países como Francia,
Italia o España (el Partido Comunista de España fue fundado en 1921). En la
Unión Soviética y, más tarde, en los países comunistas surgidos después de
1945, el término socialista hacía referencia a una fase de transición entre el
capitalismo y el comunismo, la etapa correspondiente a la dictadura del
proletariado marxista. En los demás países, los socialistas aceptaron todas las
normas básicas de la democracia liberal: elecciones libres, derechos
fundamentales y libertades públicas, pluralismo político y soberanía del
Parlamento. La rivalidad existente entre socialistas y comunistas sólo se
interrumpió de forma transitoria como ocurrió a mediados de la década de 1930,
para unir sus fuerzas contra el fascismo en la política denominada de ‘Frente
Popular’.
Los socialistas pudieron formar
gobiernos durante el periodo de entreguerras, por lo general en coalición o
apoyados por otros partidos. De este modo pudieron permanecer en el poder,
aunque de forma intermitente, en Gran Bretaña y Alemania durante la década de
1920 y en Bélgica, Francia y España durante la década de 1930 (en estos dos
últimos países bajo la fórmula de Frente Popular). En Suecia, donde los
socialdemócratas han tenido más éxito que en ninguna otra parte, gobernaron sin
interrupción desde 1932 hasta 1976.
Después de 1945, los partidos
socialistas se convirtieron, en la mayor parte de Europa occidental, en la
principal alternativa frente a los partidos conservadores y democristianos,
siendo Suiza y la República de Irlanda las principales excepciones. Aun
manteniendo su antiguo compromiso con el socialismo como ‘estado final’, es
decir, una sociedad en la que se anularan las diferencias sociales,
desarrollaron un concepto de socialismo ‘como proceso’ —propuesta que había
sido anticipada por el revisionista alemán Eduard Bernstein a finales del siglo
XIX. En la práctica, esto significaba que, mientras sus seguidores más
comprometidos se aferraban a la idea de un objetivo final, los partidos
socialistas, por esta época a menudo en el poder, se concentraban en reformas
socioeconómicas factibles dentro del sistema capitalista. Aunque variaban según
los países, las reformas socialistas incluían, en primer lugar, la introducción
de un sistema de protección social (conocido como Estado de bienestar) que, en
la formulación tomada del reformista liberal británico William Beveridge,
protegiera a todos los ciudadanos “desde la cuna hasta la tumba”, y en segundo
lugar, la consecución del pleno empleo mediante técnicas de gestión
macroeconómica desarrolladas por otro liberal, John Maynard Keynes.
En Gran Bretaña estas reformas
fueron llevadas a cabo por los primeros gobiernos laboristas de la posguerra.
En el resto de Europa los socialistas alcanzaron algunos de sus objetivos, ya
fuera en el seno de una coalición gubernamental con otros partidos (como fue el
caso de Bélgica y Países Bajos, y, en la década de 1970 en Alemania) o
ejerciendo una presión efectiva sobre los gobiernos no socialistas.
Socialismo y
servicios públicos
Fue sobre todo después de 1945
cuando se relacionó el socialismo con la gestión de la economía por parte del
Estado y con la expansión del sector público a través de las nacionalizaciones.
Aunque los activistas socialistas concebían la propiedad estatal como un primer
paso hacia la abolición del capitalismo, las nacionalizaciones tenían por lo
general objetivos más prácticos, como rescatar empresas capitalistas débiles o
ineficaces, proteger el empleo, mejorar las condiciones de trabajo o controlar
las empresas de servicio público. A pesar de que las nacionalizaciones han sido
relacionadas a menudo con los partidos socialistas fueron con frecuencia los
gobiernos de partidos no socialistas los que recurrían a ellas, como ocurrió en
Francia (1945-1947), Austria (1945-1947) e Italia (1945-1947 y en la década de
1960). Por el contrario, un partido socialista triunfante como el Partido
Socialdemócrata Sueco, en el poder desde 1932 hasta 1976, entre 1982 y 1991 y
de nuevo desde 1994, no recurrió a la propiedad estatal y optó en cambio por
controlar el mercado del trabajo y mantener el pleno empleo, a la vez que creaba
un sistema de ‘salarios justos’ conocido con el nombre de ‘política solidaria
de salarios’. Los socialdemócratas alemanes, que formaron varios gobiernos de
coalición entre 1966 y 1982, se centraron en el desarrollo económico y
experimentaron con formas de democracia industrial.
En el aspecto internacional, la
mayoría de los partidos socialistas se alinearon junto a Occidente durante la
Guerra fría, aunque importantes minorías dentro de cada partido intentaran
hallar una vía intermedia entre la democracia capitalista y el comunismo
soviético, denunciaron la política exterior estadounidense y expresaron su
solidaridad con los países en vías de desarrollo.
En lo sustancial, el socialismo ha
seguido estando limitado a Europa occidental o a países cuya población es o ha
sido de origen europeo, como Australia, Nueva Zelanda, Israel o varios países
latinoamericanos. La principal excepción la constituyen los Estados Unidos,
donde nunca ha existido un partido socialista importante, algo que ha dejado a
menudo perplejos a los teóricos socialistas, que se equivocaron al creer que la
industrialización conlleva siempre el advenimiento del socialismo. En el resto
del mundo se consideró al socialismo como una variante del comunismo, de ahí
las frecuentes referencias que se hacen al socialismo africano y al socialismo
árabe. En Latinoamérica existen partidos socialistas importantes en Chile,
Ecuador, Venezuela y Uruguay; en otros países forman frentes políticos con
otras organizaciones. El partido socialista más antiguo de Latinoamérica es el
argentino, fundado en 1896 por socialistas alemanes e italianos. En Brasil el
Partido Socialista se fundó en 1916. En Chile los movimientos socialistas se
transformaron en partido político en 1915. El primer diputado socialista del Uruguay
fue elegido en 1911. En Puerto Rico, Santiago Iglesias, hermano de Pablo
Iglesias, dirigente socialista español, fue elegido diputado en 1917. En Cuba,
el Partido Socialista fue fundado en 1910. En México muchos socialistas están
incluidos en el oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI), así
como en partidos de la oposición de izquierdas. En general, y bajo la
denominación socialista, obrerista, trabalhista (Brasil), los movimientos
socialistas tienen gran importancia en toda la América de habla hispana. En
Asia, más que una doctrina de claro cuño anticapitalista, el socialismo era
sólo una ideología que defendía la modernización por parte del Estado, liberado
de cualquier presión colonial o imperialista. Aunque sólo en contadas ocasiones
desembocaron en la formación de partidos independientes basados en el modelo
occidental europeo, las ideas socialistas tuvieron una gran influencia en los
movimientos independentistas anticoloniales, en especial sobre el Congreso
Nacional Indio de la India, el Congreso Nacional Africano de Suráfrica y sobre
algunos regímenes poscoloniales, como fue el caso de Zambia, Tanzania y
Zimbabwe.
Las tesis
revisionistas
Hacia el final de la década de
1950, los partidos socialistas de Europa occidental empezaron a descartar el
marxismo, aceptaron la economía mixta, relajaron sus vínculos con los
sindicatos y abandonaron la idea de un sector nacionalizado en continua
expansión. El notable desarrollo económico desde postulados capitalistas
durante las décadas de 1950 y 1960 puso fin a la creencia que mantenía que la
clase trabajadora sería cada vez más pobre o que la economía sufriría un
colapso que favorecería la revolución social. Ya que un sector considerable de
la clase trabajadora seguía votando a partidos de centro y de derecha, los
partidos socialistas intentaron de forma paulatina captar votantes entre la
clase media y abandonaron los símbolos y la retórica del pasado. Este
revisionismo de finales de la década de 1950 proclamaba que los nuevos
objetivos del socialismo eran ante todo la redistribución de la riqueza de
acuerdo con los principios de igualdad y justicia social. Los socialdemócratas
alemanes dejaron constancia de estos principios en el Congreso de Bad Godesberg
de 1959, principios que habían sido popularizados en Gran Bretaña por Anthony
Crosland (El
futuro del socialismo, 1956). Los socialdemócratas creían que un
crecimiento económico continuado serviría de apoyo a un floreciente sector
público, aseguraría el pleno empleo y financiaría un incipiente Estado de
bienestar. Estos supuestos eran a menudo compartidos por los partidos
conservadores o democristianos y se ajustaban de una forma tan estrecha al
desarrollo real de las sociedades europeas que el periodo comprendido entre
1945 y 1973 ha recibido a veces el nombre de ‘era del consenso
socialdemócrata’. Coincidía, de modo ostensible, con la edad de oro del
fordismo, supuesta modalidad pura del capitalismo.
El fuerte incremento sufrido por
los precios del petróleo en 1973 fue el desencadenante de la crisis económica
que puso fin a esta hipotética edad de oro. Durante el final de la década de
1970 se pensó que, en general, para restaurar el crecimiento económico,
patronos y gobiernos tendrían que alcanzar algún tipo de entendimiento con los
sindicatos. En estas circunstancias, los partidos socialistas obtuvieron el
poder en Portugal, España, Grecia y Francia, países en los que nunca o rara vez
habían gobernado, y que en los tres primeros casos se produjeron después del
fin de sistemas dictatoriales.
El creciente desempleo, sin
embargo, debilitó a los sindicatos y, al hacer aumentar la pobreza y los
problemas con ella asociados, hizo que la protección social del sistema del
bienestar fuera mucho más costosa de lo que lo había sido en los días del pleno
empleo. Mantener los niveles de bienestar con una tasa elevada de desempleo
exigía un alto nivel de impuestos, medida que no gozó del favor de los
ciudadanos. Los partidos conservadores se distanciaron del consenso político,
aduciendo que era necesario “hacer retroceder al Estado”, reducir el gasto
público y privatizar las compañías estatales. Acusados de estatistas,
burocráticos y derrochadores, los socialistas fueron poniéndose cada vez más a
la defensiva. Hacia 1980 el proletariado industrial se había convertido en
minoritario en toda Europa, y las nuevas tecnologías agravaban la división
existente en sus filas. Los incrementos de la productividad ya no suponían la
creación de nuevos empleos. Por el contrario, estas nuevas tecnologías hacían
posible un mayor volumen de producción en detrimento del empleo, mientras que
los sectores en proceso de expansión eran incapaces de absorber a los
trabajadores despedidos por culpa de las reconversiones industriales. La
prosperidad de la que gozaban los trabajadores cualificados en las empresas de
éxito contrastaba con el número creciente de trabajadores temporales y no
cualificados, muchos de los cuales eran inmigrantes o mujeres, empleados a
tiempo parcial. Considerar, pues, a la clase obrera como una clase universal
que prefiguraba un futuro poscapitalista parecía algo cada vez más anacrónico.
La creciente interdependencia económica que se extendió con gran rapidez
durante las décadas de 1970 y 1980 suponía que las políticas macroeconómicas
tradicionales del keynesianismo ya no eran efectivas y que la reflación interna
(en cuanto política que activa instrumentos monetarios y fiscales destinados a
frenar el desempleo) originaba problemas con la balanza de pagos, así como
medidas inflacionarias, tal y como descubrieron, a sus expensas, los gobiernos
socialistas británico y francés en las décadas de 1970 y 1980.
Aunque supuso la transformación de
muchos de los antiguos partidos comunistas en partidos socialistas, el
derrumbamiento del comunismo en la Unión Soviética y en la Europa central y
oriental no constituyó un consuelo para la izquierda europea occidental. La
crisis de las economías planificadas comunistas fue interpretada en términos
generales como una prueba más de que las decisiones espontáneas de millones de
consumidores individuales, gracias a los mecanismos del libre mercado,
distribuían mejor los recursos de lo que pudiera hacerlo cualquier forma de
mediación estatal. Las ideologías neoliberales ganaban, en consecuencia,
terreno en multitud de países.
El Estado de bienestar
Según se acercaba a su fin el
siglo, el socialismo —tal y como se hallaba representado por los partidos
socialistas— no sólo había perdido su perspectiva anticapitalista original sino
que también empezaba a aceptar, aunque con dolor por su parte, que el
capitalismo no podía ser controlado de un modo suficiente, y mucho menos
abolido.
Debido a su inmovilidad actual,
definir el concepto de socialismo al final del siglo XX presenta numerosos
problemas. La mayoría de los partidos socialistas ha llevado a cabo un proceso
de renovación programática cuyos contornos no son aún muy claros. Es posible,
sin embargo, catalogar algunas de las características definitorias del
socialismo europeo según se prepara para hacer cara a los retos del próximo
milenio: 1) reconocer que la regulación estatal de las actividades capitalistas
debe ir pareja al desarrollo correspondiente de las formas de regulación
supranacionales (la Unión Europea, que contó en un principio con la oposición
mayoritaria de los socialistas, es considerada como terreno controlador de las
nuevas economías interdependientes); 2) crear un ‘espacio social’ europeo que
sirva de precursor a un Estado de bienestar europeo armonizado; 3) reforzar el
poder del consumidor y del ciudadano para compensar el poder de las grandes
empresas y del sector público; 4) mejorar el puesto de la mujer en la sociedad
para superar la imagen y prácticas del socialismo tradicional, en exceso
centradas en el hombre, y enriquecer su antiguo compromiso a favor de la
igualdad entre los sexos; 5) descubrir una estrategia destinada a asegurar el
crecimiento económico y a aumentar el empleo sin dañar el medio ambiente; y 6)
organizar un orden mundial orientado a reducir el desequilibrio existente entre
las naciones capitalistas desarrolladas y los países en vías de desarrollo.
Esta
relación no pretende en absoluto ser exhaustiva. Sin embargo, subraya algunos
elementos de continuidad con el socialismo tradicional: una visión pesimista de
lo que la economía podría lograr si se le permitiera seguir creciendo sin
restricciones, y el optimismo en lo que se refiere a la posibilidad de que una
sociedad organizada en el orden político pudiera progresar de forma consciente
hacia un estado de cosas que podría aliviar el sufrimiento humano.