Los problemas iniciales, Hacia el superconductor, La teoría de Abrikosov. Se crean las categorías, En busca del superconductor ideal. Nuevos problemas, Aplicaciones de la tecnología superconductora.
LA SUPERCONDUCTIVIDAD EN CIRCUITOS DE POTENCIA
NIVEL
DE 3º B.U.P. o C.O.U. (Este trabajo es de subir nota. Me pusieron un 9. Está basado
-no “copiado”- en un ejemplar de la revista Investigación y ciencia de los años
70 que me agencié en su día. No recuerdo el mes, pero la revista es extranjera
y te lo puedes inventar porque esto no lo conoce ni su padre, y vale a modo de bibliografía.
Para aprovechar los materiales que transportan corriente sin pérdidas,
hubo que aguardar hasta la creación de los superconductores, que soportan altas
densidades de corriente y fuertes campos magnéticos.
Los problemas iniciales.-
Un hilo que no ofrece resistencia al paso de una corriente eléctrica
permanente suscita la posibilidad de generar energía eléctrica con un
rendimiento cercano al 100% y su transmisión sin pérdidas a largas distancias.
Hay varias razones para explicar porqué no están llenos los circuitos de
potencia de superconductores y porqué no ha sido comercializado todavía ningún
generador o línea de transmisión superconductora.
El primer problema al
que tiene que hacer frente esta tecnología es el de la refrigeración. La
superconductividad se consigue sólo a temperaturas próximas al cero absoluto;
por lo tanto, se necesita helio líquido como refrigerante. La necesidad de
aparatos criogénicos excluye de partida la aplicación a pequeña
escala de los superconductores; no servirían pues, en los circuitos eléctricos
domésticos, por ejemplo. Sin embargo, en una gran central generadora de energía
la refrigeración representa sólo un coste pequeño e inconvenientes de
importancia mínima.
Hasta la década de
1960 existía un impedimento más serio contra la adopción de la tecnología de
energía superconductora: los superconductores conocidos tendían a extinguirse o
a ser restablecidos a su estado resistivo normal, si se les exponía a un fuerte
campo magnético o si se les forzaba a transportar una alta densidad de
corriente eléctrica. Las máquinas eléctricas de gran tamaño, como por ejemplo
los dinamos, requieren casi invariablemente un campo magnético intenso y una
alta densidad de corriente para funcionar con eficiencia.
Se han descubierto
cierto número de aleaciones y compuestos superconductores no usuales que
retienen su superconductividad incluso cuando se les somete a intensidades de
campo y a densidades de corriente extremadamente altas. Estos materiales poseen
también las temperaturas de transición hacia el estado de superconducción más
altas, aunque sigue siendo necesaria la refrigeración por helio. Con la
introducción de estas aleaciones y compuestos, se han salvado los principales
obstáculos que se oponían a la creación de un sistema de potencia de
superconducción. Los problemas que restan son más tecnológicos y económicos que
físicos.
Hacia el superconductor.-
Los nuevos superconductores de campo y corrientes altos ofrecen dos
ventajas para la industria eléctrica: pueden transportar grandes corrientes
eléctricas a través de un calentamiento resistivo, sin pérdida alguna de
energía, y pueden operar en campos magnéticos muy intensos. Consideradas
aisladamente, ambas propiedades son valiosas; ahora bien, los mayores
beneficios se recaban probablemente de su combinación en un material único.
Para explicar este punto convendrá dar un breve repaso a la historia de la
tecnología de la energía eléctrica.
Dos hechos iniciales
importantes fueron la invención de la batería electroquímica por Alessandro
Volta en 1800 y el descubrimiento realizado en 1819 por Hans Christian Oersted
de que la corriente eléctrica que fluía por un hilo conductor originaba un campo
magnético local. En 1830, Michael Faraday, Joseph Henry y otros hallaron que el
campo magnético así generado podía acrecentarse arrollando el conductor en una
bobina o hélice dispuesta alrededor de un núcleo de hierro. Tales electroimanes
se convirtieron en los bloques centrales de soporte del equipo de potencia.
El siguiente avance de
interés se debe también a Faraday. Nos referimos a su descubrimiento, en 1831,
de la introducción de corriente en un conductor producida cuando éste se mueve
a través de un campo magnético. Más tarde, Faraday construyó modelos de generadores
homopolares o de disco rotativo que generan corriente continua y
modelos de bobina giratoria que generan corriente alterna. La explotación
industrial de estos principios se retrasó a 1870, cuando la invención de la luz
eléctrica creó un incentivo económico para la construcción de las redes
comunitarias de energía eléctrica. La industria moderna de energía eléctrica se
propagó rápidamente después de 1870 a través de los esfuerzos de
inventores-empresarios tales como Thomas Edison y George Westinghouse.
Las ventajas de
transmisión de potencia a altas tensiones y de su generación y su utilización a
tensiones mucho más bajas condujo pronto a la industria a adoptar la corriente
alterna, por cuanto la transformación de tensión resultaba relativamente sencilla.
A medida que los alternadores de las estaciones centrales aumentaron de tamaño,
el modelo de generador Faraday fue evolucionando. Se hizo girar el electroimán
en el centro de la máquina y se generó la potencia en bobinas fijas que
rodeaban el imán. El desarrollo intensivo de esta idea en el siglo pasado
permitió conseguir potencias de salida de más de 1000 megavatios en un solo
alternador. En principio, con 400 máquinas de este tipo se podría cubrir la
potencia actual consumida por los Estados Unidos.
Todas las máquinas eléctricas actuales se excitan mediante
electroimanes que emplean bobinados de cobre. En estos aparatos, la mayor parte
del flujo magnético proviene de la alta permeabilidad ferromagnética del hierro
o de las aleaciones de hierro; los bobinados de cobre se limitan a aplicar un
pequeño campo excitador al núcleo de hierro. Cada átomo de hierro, o de otro
material ferromagnético, posee un momento magnético que puede ser inducido a
alinearse con un campo magnético impuesto desde fuera. La proporción de
momentos atómicos alineados depende de la tensión del campo aplicado, y por
tanto, de la corriente de excitación. Incluso con una corriente relativamente
pequeña, la mayoría de los momentos magnéticos están alineados, dando como resultado
que la magnitud del campo magnético total supere en mucho a la atribuida a los
propios abobinados aislados. Por consiguiente, la función del núcleo de hierro
es acrecentar el campo magnético generado por la corriente de excitación
Este proceso tiene un
límite obvio; una vez que los momentos atómicos son paralelos, los incrementos
ulteriores que puedan registrarse en la corriente de excitación no inciden ya
en la magnetización. Se dice entonces que el núcleo está saturado. En el caso
del hierro, la saturación se alcanza para una intensidad de campo de unas dos
tesla, es decir, unos 20.000 gauss.
(Para poder comparar, el campo magnético en la superficie de la tierra tiene un
valor medio de un gauss aproximadamente). Los imanes, las máquinas eléctricas y
los restantes componentes del sistema de potencia están actualmente limitados
en su rendimiento por la barrera de la saturación.
La barrera de flujo de
dos tesla de la tecnología de potencia eléctrica no es rígida; podemos
franquearla en el laboratorio de múltiples formas. Por ejemplo, el nivel de
flujo de saturación de ciertos metales raros, tales como el dysprosium, se
aproxima a cuatro tesla a baja temperatura. También pueden obtenerse campos
magnéticos permanentes superiores a 20 tesla con bobinas solenoides de cobre de alta potencia
refrigeradas por agua, del tipo de las que desarrollara, por primera vez
Francis Bitter hacia el año 1935. Mediante las técnicas avanzadas por Peter
Kapitza, en 1920, o por la compresión explosiva del flujo magnético en una envoltura
metálica, pueden alcanzarse campos de corta duración con valores de cresta todavía más conspicuos.
Se precisa de una
potencia enorme para excitar los imanes de tales bobinas de solenoide de cobre
y hay que bombear grandes volúmenes de agua a través de los arrollamientos para
mantenerlos fuera del estado de fusión. Estos métodos tan bastos son adecuados
para la investigación, pero no sirven para las aplicaciones diarias del sistema
de potencia eléctrica. Aun cuando este tipo de imán pudiera actuar con
fiabilidad en un generador, la energía consumida en sus arrollamientos
sobrepasaría con creces la ganancia que pudiera obtenerse en el rendimiento
resultante del campo magnético más intenso.
Las grandes cantidades
de energía disipadas en los arrollamientos de un imán de cobre no se necesitan
para mantener el campo magnético. Al contrario, no se precisa de energía alguna
para mantener un campo magnético permanente una vez establecido éste. La
energía se pierde en la compensación de la resistencia del cobre frente a la
circulación de la corriente de excitación. De aquí se sigue que un imán
superconductor, que tiene una resistencia nula, puede mantener un campo
magnético sin la entrada de energía. La intensidad máxima del campo magnético
no viene limitada por los requerimientos de potencia o por la disipación de
calor, sino únicamente por las propiedades intrínsecas del material
superconductor.
El descubrimiento. Las propiedades.-
La superconductividad fue descubierta hace 90 años por el investigador
holandés Heike Kamerlingh Onnes, quien notó con sorpresa que un hilo de
mercurio helado perdía bruscamente toda su resistencia eléctrica a una
temperatura inmediatamente inferior a 4,2 grados Kelvin, que es el punto de
ebullición del helio. Más tarde la transición abrupta a un estado sin
resistencia se descubrió en el plomo a la temperatura de 7,2 grados y en el
estaño a 3,7 grados. Onnes pensó en seguida la posibilidad de construir un
electroimán de alto campo y, en 1913, construyó una bobina de plomo para ensayar
la idea. Los resultados fueron desconcertantes. Si bien la bobina era
superconductora en tanto que la corriente de excitación fuera pequeña, cuando
el campo magnético excedía de una intensidad moderada el plomo pasaba siempre
al estado resistivo. Experimentos ulteriores mostraron que todos los
superconductores metálicos puros presentaban una intensidad de campo crítica
que les era propia y que estaba claramente definida, siendo usualmente menor de
0,1 tesla; al llegar a este valor, la superconductividad se extinguía
súbitamente.
Las propiedades
magnéticas de un superconductor son insólitas incluso para campos inferiores al
nivel crítico. Si se aplica un pequeño
campo magnético a un superconductor, aquél induce una sobrecorriente permanente
en la superficie del metal, que excluye el flujo del campo magnético desde el
interior. El campo magnético penetra sólo hasta una capa delgada de la
superficie. La longitud hasta la que el campo se extiende dentro del material
denominada profundidad
de penetración, suele ser de 10 elevado a -5 centímetros o menor.
En las postrimerías de
la década de los treinta, se llegó al conocimiento de que la superconductividad
provenía de una transición de fase entre los electrones de conducción del
metal. A temperatura ambiente, los electrones forman un gas; por debajo de una
temperatura crítica de transición, algunos de ellos pasan a una fase de
condensación, la cual posee una energía más baja que la del gas. Faltaba
todavía una teoría mecánico-cuántica de la condensación que se fundara en las
interacciones básicas de los electrones.
Dicha teoría fue
formulada en 1957 por John Bardeen, Leon N. Cooper y J. Robert Schrieffer, que
estaban entonces en la Universidad de Illnois. Su análisis partía de la idea
siguiente: quienes transportan la corriente eléctrica en un superconductor no
son electrones individuales, sino pares de electrones corticales entrelazados. Naturalmente
todos los electrones tienen la misma carga eléctrica negativa, por cuya razón
tienden de ordinario a repelerse mutuamente, no a unirse entre sí. Sin embargo,
en el retículo cristalino de un metal existe una interacción de atracción entre
los electrones, que puede ser mediada por la existencia de iones metálicos
positivos. Los iones positivos son más pesados que los electrones y se mueven
mucho más lentamente; de ahí que se retrase su respuesta ante el paso de un
electrón. La persistencia de la respuesta después del paso de un electrón crea
una concentración de carga positiva que atrae al segundo electrón, apareándose
ambos. La fuerza de atracción indirecta entre los electrones es excesivamente
débil y, a temperatura ambiente, es compensada por su agitación térmica. Pero
en un metal con una estructura química y cristalina adecuada y a temperatura
próxima al cero absoluto, los electrones pueden reducir su energía total
mediante la condensación en pares. Como todos los pares de electrones poseen
necesariamente el mismo momento
, el momento de un par no puede modificarse por difusión y, por tanto, no
existe resistencia.
La teoría introducida por Bardeen, Cooper y Schrieffer daba cuenta, con
buen acierto, de la mayoría de las características básicas del estado de
superconduccion, energía reducida de los pares de electrones y existencia de un
campo magnético crítico incluidas. Pero no abordaba otros aspectos de la
superconductividad: las propiedades de las aleaciones superconductoras.
Se afrontó el estudio de las aleaciones superconductoras en la década
de los 30. Se descubrió entonces que algunas presentaban una tolerancia frente
a los campos magnéticos mayor que los materiales superconductores de metal
puro.
En 1934, Cornelius J. Gorter, de la universidad de Leyden, y Heinz
London, de la universidad de Oxford, sugirieron independientemente que podía
explicarse la región de transición ampliada, característica de las
aleaciones, mediante la formación de dominios superconductores y dominios
normales que se alternasen a través del material.
En 1953 Brian Pippard, de la universidad de Cambridge, introdujo el
concepto de longitud
de coherencia en los superconductores; esta longitud es una medida
de la gama de las funciones de onda de mecánica cuántica que definen los pares
de electrones superconductores. La longitud de coherencia también puede
caracterizarse como el espesor mínimo de la interfase entre una región
superconductora y otra normal. Pippard halló que la longitud de coherencia
disminuía en las aleaciones con mayor concentración de soluto. Si esta
longitud era menor que la profundidad de penetración, se satisfacía la
condición de energía de interfase negativa de Gorter y London y resultaría
una transición más amplia en un campo magnético.
La teoría de Abrikosov. Se crean las
categorías.-
Estas ideas recibieron una
nueva expresión en 1957 en el trabajo del físico ruso A.A. Abrikosov.
Distinguía dos categorías de superconductores, designadas por tipo I y tipo II.
En un campo magnético muy débil, estas dos clases de materiales actúan de forma
muy parecida: ambos expelen completamente el campo. Las diferencias surgen cuando
se intensifica el campo. En los materiales de tipo I, que en su mayor parte son
materiales puros, la corriente de blindaje de la superficie se
colapsa y el flujo magnético entra súbitamente en el material a una intensidad
de campo crítica bien definida. Los materiales de tipo II muestran su
superconductividad a través de un proceso más gradual. El flujo magnético
empieza a penetrar a una intensidad de campo baja (el campo crítico más bajo),
pero no se elimina la última traza de superconductividad hasta que se aplica un
campo más intenso (el campo crítico superior).
La penetración del flujo magnético en un superconductor del tipo II
depende crucialmente de una limitación de la mecánica cuántica: la existencia
de un cuanto
mínimo de flujo magnético. Por tanto, el campo del interior de un
superconductor del tipo II no puede crecer continuamente, sino que debe
aumentar por pasos, con un cuanto de flujo cada vez. Abrikosov sugirió que cada
cuanto de flujo pasa a través del material dentro de un canal microscópico de
metal resistivo normal. Cada canal está rodeado por un pequeño torbellino
de sobrecorriente, que actúa protegiendo el material superconductor
próximo respecto del campo interno del cuanto de flujo. La función de la
corriente en el torbellino es análoga a la de la corriente de blindaje
superficial a intensidades de campo más bajas.
Una sección transversal de tal tipo de torbellino revelaría una región
estrecha del núcleo donde el manto magnético alcanza su valor máximo y donde la
densidad de los pares de electrones superconductores es mínima. Un observador
que se desplazara hacia el exterior desde el núcleo comprobaría que la densidad
de los electrones apareados aumentaba y se aproximaba a la densidad de
equilibrio característica del material compacto a una distancia de una longitud
de coherencia. A la inversa, el campo magnético disminuiría con la distancia
referida al núcleo, y llegaría a anularse a la distancia de una profundidad de
penetración de valor unidad.
El tipo I o el tipo II
de un superconductor dado viene determinado por los valores relativos de la
longitud de coherencia y de la profundidad de penetración. En los metales
puros y en otros materiales pertenecientes al tipo I, la longitud de
coherencia es mayor que la profundidad de penetración; no se forman
torbellinos. El coste energético invertido en la creación de un torbellino es
mayor que el gastado en eliminar completamente el estado de superconducción. En
los materiales del tipo II, la longitud de coherencia es menor que la
profundidad de penetración. Por tanto, sale energéticamente favorecida la
formación de torbellinos.
A medida que aumenta el campo magnético aplicado a un superconductor
del tipo II, va creciendo el número de cuantos de flujo enfilados a través del
material. Forman típicamente una estructura similar al cristal con una célula
unitaria triangular. Entre los canales del torbellino quedan regiones del metal
superconductor; de este modo persiste la superconductividad en el material
compacto. Mientras se mantenga un único filete contínuo de superconductor, la
resistencia medida en la muestra debe ser igual a cero. El superconductor del
tipo II sólo se extingue cuando los torbellinos están agrupados tan
estrechamente que no puede existir ese paso continuo; tal ocurre cuando se
alcanza al campo crítico superior.
Aunque el modelo de
Abrikosov aportaba una base teórica que
permitía comprender los superconductores de alto campo, no despertó de
inmediato ningún interés hacia la tecnología de la superconductividad. La
posibilidad de campos críticos extremadamente altos, mayores de dos teslas, no
era obvia, por un lado, y además, no se consideraba la cuestión de la densidad
de corriente.
En busca del superconductor ideal. Nuevos
problemas.-
El descubrimiento de superconductores útiles desde el punto de vista
tecnológico resultó de la búsqueda de nuevos materiales de temperatura
altamente críticas. T.H Geballe, J.K. Hulm y Bernd T. Matthias de la
Universidad de Chicago, trabajaron con un compuesto superconductor, de
niobio-estaño, que se convertía en superconductor a los 18 grados Kelvin y
sostenía una intensidad de corriente de más de 100.000 amperios, inmerso en
campo magnético de casi nueve teslas. Su campo crítico excedía por su parte los
20. El material era un superconductor del tipo II y cuya longitud de coherencia
era mucho más corta que su profundidad de penetración Gorter y Philip W.
Anderson observaron que la corriente en el superconductor ejercía una fuerza en
las líneas de flujo magnético que tendían a empujarlas en ángulo recto con
relación a su propio eje y a la dirección del flujo de la corriente a la vez.
El movimiento de las líneas de flujo por la influencia de esta fuerza podía
ocasionar un calentamiento que extinguiese la superconductividad. Se intentaron
diversos modos de acabar con este sobrecalentamiento, pero ninguno con éxito
total. Así que se llegó a la conclusión de que los superconductores de campo y
corriente altos reseñan por lo general a malos conductores en estado normal
resistivo.
Desde la década de los
60 se han encontrado varios materiales que satisfacen para trabajar con un
campo y corriente altos. Sólo dos de ellos se han utilizado finalmente en los
imanes superconductores, aleaciones de niobio y titanio. Estos materiales por
tanto poseen una longitud de coherencia mucho más pequeña que la profundidad de
penetración.
Ni siquiera disponiendo de los materiales adecuados la fabricación de
un imán superconductor resulta una tarea simple. Si alguna pequeña región del
arrollamiento extingue su superconductividad por superar la densidad de
corriente eléctrica, es necesario que los imanes superconductores prácticos
pasen seguros al estado normal. En una bobina de un superconductor puro, esta
zona se comportaría como una conexión de alta resistencia y se vería spometido
a un fuerte calentamiento resistivo. El calor desarrollado extinguiría
naturalmente las zonas próximas al superconductor, con lo que no aumentarían
las zonas
normales. De no controlarse ese proceso las consecuencias podrían
ser terribles. El colapso podría introducir altas tensiones; éstas podrían
destruir el aislamiento y dañar permanentemente la estructura.
Para evitar esto un primer paso sería revestir el superconductor de un
conductor normal de baja resistencia, con cobre, por ejemplo. En el caso de que
una región del arrollamiento perdiese su superconductividad, la corriente de
excitación se dirigiría al cobre.
Este revestimiento permite que un pequeño imán superconductor pase a
salvo hacia el estado resistivo. Pero en un imán de mayor tamaño la energía
sería demasiado grande para disiparse en forma de calor por los arrollamientos.
Para solucionarlo se creó la estabilización criostática. Se aumentó el
cobre hasta alcanzar valores de 20 a 1 en relación al superconductor. Se hizo
circular además helio de refrigeración directamente sobre la superficie de los
arrollamientos, para extraer el calor con rapidez. Con ello una pequeña región
resistiva podía eliminarse sin que la temperatura aumentara, deteniéndose el
crecimiento de la zona normal, restableciéndose la superconducción. El mayor
conveniente de esta técnica es que reduvce sensiblemente la densidad de
corriente total en el arrollamiento. Para obtener campos más elevados se ha
desarrollado una nueva estrategia, identificando una liberación de energía con
su consiguiente elevación de la temperatura a la que se denominó salto de
flujo (producida a medida que cambia el campo en el
superconductor). La energía térmica
liberada por un salto de flujo es proporcional al diámetro del hilo
superconductor. Por ello es posible reducir el efecto de las inestabilidades
del salto de flujo sustituyendo un conductor único por un conjunto de pequeños
superconductores embebidos en una matriz de un buen conductor normal. La
fabricación de tales conjuntos de microfilamentos es una tecnología muy
compleja.
Pero el desarrollo de los conjuntos de multifilamentos no ha eliminado
totalmente la fase de ensayo de los imanes superconductores. El problema ha
surgido de nuevo al introducirse imanes mayores. Parece como si al excitar por
primera vez el imán, ,los conductores deban “ponerse en condiciones de
funcionar” pasando a nuevas posiciones y liberando picos de calor. Además de
los picos térmicos provocados por los saltos de flujo y por el movimiento del
conductor, se genera también calor en el arrollamiento magnético por las
corrientes de blindaje inducidas siempre que cambia el campo interno. Muchos
imanes de investigación de gran tamaño como los aceleradores de partículas
deben ser alimentados en un régimen de todo-nada, por lo que el campo varía
rapidisimamente. La fabricación de filamentos cada vez menores reduce
sensiblemente las llamadas pérdidas dinámicas. Además se incorporan
barreras resistivas entre ellos normalmente a partir de una aleación de
cobre-níquel de alta resistencia. Así, el material final tiene una estructura francamente complicada:
un haz de filamentos finísimos superconductores (torsionados y transpuestos),
embebidos cada uno en cobre y aislado de sus elementos más próximos por una
pared delgada de cobre-níquel. Hay en estudio otras maneras de fabricar
superconductores, entre ellas unos del “tipo A15” de los que no hablamos por su
excesiva complejidad.
Aplicaciones de la tecnología superconductora.-
Quizás la aplicación más sencilla de la tecnología de los
superconductores sea la fabricación de imanes fijos proyectados para generar un
campo constante o un campo que sólo cambia muy lentamente. Dentro de unos años
podrían utilizarse en la industria de energía eléctrica. Los imanes
superconductores se han mostrado especialmente útiles en la física de las
partículas fundamentales: el de la CERN en Ginebra, el del Fermilab de Chicago,
el anillo en el Brookhaven National Laboratory en EE.UU,…
Los imanes superconductores alimentados por corriente continua tienen
un gran número de aplicaciones potenciales en la industria eléctrica: la
técnica de generación por magnetohidrodinámica, o simplemente MHD, que puede
sustituir la caldera, la turbina y el alternador de un grupo de potencia que
queme carbón o fuel-oil. Su explicación resultaría muy larga, pero se puede
decir que está basado en un campo que desvía los iones positivos de los
negativos en direcciones opuestas de un plasma a alta temperatura.
De la adopción de superconductores en los grandes alternadores cabe
esperar varias ventajas. Supondría acabar con las pérdidas eléctricas en un 50%
o más, lo que supondría un ahorro energético considerable. Aun cuando el coste
inicial del alternador superconductor resultase un poco elevado el rendimiento
eléctrico mejorado representaría una ventaja económica. Sólo parte de los
ahorros pueden atribuirse directamente a la eliminación de pérdidas resistivas
en los arrollamientos del rotor. Otra economía energética tiene que ver con la
eliminación de la carga de refrigeración normal del rotor. Aunque se ha de
contar con un refrigerador de helio para el rotor superconductor, su consumo de
energía es mucho menor que el de los ventiladores necesarios para refrigerar un
rotor de bobinado de cobre.
Un alternador superconductor será también menor que una máquina en
cobre e hierro con la misma capacidad de potencia, lo que deberá reducir los
costos de transporte. Además, las reducciones en tamaño y en peso factibles
gracias a los campos magnéticos más altos de los sistemas superconductores
resultan bastante atractivas para los equipos de aviones y embarcaciones.
Todas estas aplicaciones le auguran mucho futuro a los
superconductores. Todavía hay problemas por resolver, todos esos aumentos de
temperatura, la dificultad para encontrar helio,… pero la base está ahí, por lo
que pensar en las aplicaciones a gran escala de esta tecnología aparecerán
pronto.