TEXTO BAJADO DE WWW.ALIPSO.COM
Universidad
Nacional de Entre Ríos
Facultad
de Ciencias de la Educación
Teorías
Políticas
Monografía
“La televisión y los jóvenes”
Leandro
Fridman
La televisión y los jóvenes
“¿Qué es la televisión, pobre? (...) Probablemente, a través
de la selección de críticas que aquí se incluyen pueda surgir el malentendido
de que la TV es sólo ‘esa porquería’. Bueno, no, por favor no, no es así. Pero
no nos engañemos, en la Argentina nunca fue mucho más...”
“¿Qué es la
televisión, pobre? (...): ‘opio de los pueblos’; ‘narcotizante barato’;
‘especie de inmundo Atila electrónico que todo lo que toca se destruye’;
‘siniestro deformante de nuestra realidad’; ‘aparato al que no hay que dejar
entrar en nuestras casas para protección de niños y mayores’; ‘instrumento para
moldear la opinión pública’; ‘síntesis acabada de lo grosero’; ‘pantalla
generadora de mentes apáticas y pasivas’; ‘máquina de tontería y
vulgarización’, o como lo decretó el juez Mario Pizzoni a principio de 1973 en
una sentencia histórica ‘un alienante, desviacionista y enajenante’”
Antes que nada, no olvidemos que la televisión (TV) es un negocio y
como tal otorga más importancia a lo cuantitativo de las divisas que a lo
cualitativo del producto. Su interés es generar ganancias en una lógica de
mercado. La diferencia que existe entre un canal de TV y el quiosco de la
esquina, aunque mínimo a los ojos económicos, es el producto a comercializar.
Uno nos vende caramelos, el otro productos culturales.
Si partimos de la base de que no existe una neutralidad ideológica, y a
este precepto lo aplicamos a los productos culturales, podemos llegar a la
conclusión que, no solamente la TV, sino todos los medios, son industrias
ideológicas. La televisión privada, que es como la conocemos hoy en Argentina,
reconoce abiertamente su objetivo de entretenimiento – amusement, según Adorno y
Horkheimer -, descargando la responsabilidad educativa sobre el Estado, quien,
no hace falta que se diga desde aquí, sabemos cómo la pondera. La TV, como
híbrido que es del cine y la radio, no se somete fácilmente a definiciones
positivas. Mientras que, siguiendo la línea de sus genes cinematográficos, se
declara una industria de la diversión, por otro lado, y tal vez para no
deshonrar su herencia genética radiodifusora, emplea un discurso, demagogo
claro está, sobre lo que ofrece:
“...está
sobradamente probado que cuando usted le exige al espectador un esfuerzo
atencional fuera de los común, ese hombre lo deja a usted plantado. TV es un
medio masivo, y las preferencias de la masa son las que marcan la pauta”.
¿En qué quedamos? ¿Lo que la TV ofrece es lo
que pide la masa o la masa es lo que ofrece la TV? ¿O tal vez es la masa la que
pide lo que la convierte justamente en masa, lo que lo objetiviza? ¿El viejo
ideal iluminista de “conviértete en lo que ya eres”, ya
analizado por Marcuse? ¿Será como dice Adorno que la TV a los hombres“...los
convierte en lo que ya son, sólo que con mayor intensidad de lo que
efectivamente son. Ello corresponde a la tendencia económica general fundante
de la sociedad contemporánea, que no pretende en sus formas de conciencia
sobrepasarse y superar el statu quo, sino que trata incansablemente de
reforzarlo...”?
Además de la referencia a estos autores, me viene a la cabeza uno de
los aspectos de la noción de obediencia en la Epístola a los Romanos de San
Pablo. Allí como en nuestra TV, es nuestra culpa estar en desobediencia: “...como el
pecado entró al mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte
pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”.
Por eso: “A
la gente hay que darle lo que pide, pero eso sí, fácil porque la gente no
entiende y no hay por qué preocuparla con más problemas de los que ya tiene...”,
en un claro proceso de homogeneización hacia abajo. Este tipo de afirmaciones,
subestima a la audiencia, rebajándola a la categoría de Cultura de Masas donde
se anulan las diferencias. Este tipo de recursos ideológicos propagados desde
la omnipotencia del oligopolio de los medios de comunicación durante la última
represión, favoreció la “despolitización” de 30.000 “subversivos”, algo así
como la promesa de “...ira y enojo a los que (...) no obedecen a la
verdad”
que dejó una secuela de desconfianza mutua, de fragmentación social traducida
en la frases del tipo “por algo será” que en mucho se asemeja a la advertencia
bíblica “No
te ensorbebezcas, sino teme”
Cuando Herbert Marcuse pensó la cultura
afirmativa, no tenía idea de las dimensiones que ésta tomaría de la mano (o
debería decir de los ojos) de la TV. Así es, los medios de comunicación y, por
su carácter masivo y popular, especialmente la TV, son reproductores de un
estado de cosas, no importa cuál sea éste. El clima político no puede, y bajo
la lógica de mercado neoliberal, no debe ser un impedimento para seguir generando
ganancias. Así, los personajes televisivos suelen afirmar cosas como:
“En
este país el trabajo es lo que sobra y el que quiere trabajar no necesita
recomendación”
Ejemplos como este de cómo se elude la
problemática social ofreciendo una imagen arcadiana de la realidad, los hay y
de sobra. La proliferación de programas que podríamos denominar como “sin
contenido” es uno. Bajo esta calificación llamamos a aquellos programas que no
tienen más objeto que el entretenimiento en su esfera más pura. Es así que dentro
de esta categorización que intentamos hacer –que peca de rígida pero que a los
fines metodológicos nos es de gran utilidad - encontramos:
·
las telenovelas: que no son otra cosa que
historias serializadas bajo un esquema de vulgarización de una trama original
ajustado a tiempos;
·
los programas de premios: que tanto
abundan en los veranos cuando el clima “general” es de esparcimiento vacacional
(sobre todo por la “creciente” cantidad de trabajadores que veranean);
·
aquellos que se autodenominan de entretenimiento;
·
los talk shows, esa puesta en escena de la
vida cotidiana convertida en drama, en espectáculo público y dentro de esta
misma línea, aquellos programas de chismes que hacen lo propio con la vida
privada de los personajes públicos (y no tanto) de la llamada farándula
nacional;
·
los canales de deportes, una variante más
de elusión enmascarada bajo la calificación de “espacios de descarga social”; y
por último,
·
aquellos canales cuya programación se basa
en videos musicales y todo lo relacionado a ese entorno (merchandising,
publicidad de recitales y lanzamientos comerciales, etc.).
Respecto a este último ítem, algunos podrán
argumentar que la música puede ser considerada arte, y en tal caso estos
canales no se ajustarían a la categoría a la que tratamos de fijarlos. A
aquellos que así piensen, desde aquí les respondemos que el modo y el contenido
de los programas que en esos canales (MTV, MuchMusic, etc.) se emiten no hay
más que la difusión con fines comerciales de un círculo muy restringido de artistas,
relacionados a las compañías discográficas más importantes y que las
excepciones, cuando las hay, no responden más a que a un intento demagógico de
legitimación de sus consignas de abarcar todo el espectro de, por ejemplo en el
caso de MTV, América Latina. Además, la división de sus programas corresponde a
la división comercial de estilos, cuyo objetivo, más que el representar a
aquellos quienes se sienten identificados con estas características tipificadas
que se convierten en arquetipos de música (Hard y Heavy Metal, Clásicos, etc.)
es el de abarcarlos como consumidores.
Asimismo, consideramos válido aclarar que el uso de las comillas
responde a la necesidad de escepticismo con el que hay que tratar la falta de
contenido. Como dijimos más arriba, no existe la neutralidad ideológica, y
aquellos intentos por manifestarse como tal, no son más que la ratificación del
orden, es decir, de las relaciones de poder reinantes. Aquí, el uso del vocablo
“reinantes”
tampoco es casual, sino que también responde a una forma de
calificar como monárquicas las decisiones tomadas desde las posiciones más
altas de la estructura de poder que, globalización y concentración de por
medio, se acercan cada vez más a un Leviathán hobbesiano, no sólo por lo
diabólico de su imagen, sino por la imposibilidad de romper con el contrato
–siguiendo la terminología del inglés- ya que un estado de naturaleza de los
medios de comunicación, y especialmente de la TV, es tan imposible como
utópico. El poder de los medios para decidir y manipular la programación está
basada en la gramática del miedo que expresan las citas de San Pablo y Hobbes,
representado en la exclusión –y consecuente “muerte” comercial- de un programa.
Este deceso equivale a desempleo y éste a la necesidad de reemplearse, muchas
veces –la mayoría- al costo de la calidad de la propuestas presentadas.
Como decíamos, la proliferación de estos programas y su consumo son
sintomáticos en una sociedad en crisis, tanto económica como de valores
sociales y políticos, entendiéndose éstos como aquellos intereses que están
relacionados más con la comunidad como colectividad cuyo destino está
interrelacionado que con el individualismo propio de la política global de
neoliberalismo en la que estamos viviendo.
Ante la pregunta “¿Qué tipos de programas te gustan ver?”, Alejandra,
una prostituta de 18 años contestó: “Novelas, no miro mucho televisión”, y más
abajo concluyó que “todos los políticos son iguales”, pues “prometen y no
cumplen...” cuando se le preguntó por los posibles funcionarios
públicos; y Ana, una estudiante de 20 años, reafirma que los políticos “son lo peor
que hay...” y admite pasar unas cinco horas diarias frente a la
“caja boba”, mirando preferentemente “programas de entretenimiento”. Tal vez
podríamos coincidir con Adorno y asegurar que Alejandra, como muchos otros,
confunden “lo
que es enteramente mediato, planificación de ilusiones, con una solidaridad a
la que se aspira”.
De esto, y de una serie más amplia de entrevistas analizadas,
consideramos que, y en esto consiste nuestra hipótesis, la relación que existe
entre el tipo de programas que se miran por TV y el grado de interés y
confianza en la política es constante. A mayor descreimiento en esta última, es
mayor el consumo de programas “sin contenido”.
En el extremo opuesto, podemos considerar a Francisco, un estudiante de
18 años de Administración de Empresas de la Universidad Austral en Rosario,
quien es militante de Acción por la República y asegura interesarse en la
política: “Es
un tema que me gusta”, pero eso sí, no pudo contarnos con
claridad qué sucedió en el ’76 o en el ‘82. Este muchacho, consume programas
que entrarían bajo la etiqueta de “interés general” con los que etiquetan a
programas como CQC y los noticieros, además de los programas de fútbol.
De esta manera, podríamos comparar qué tipos de programas son
consumidos según el grado interés de los televidentes en la llamada
“actualidad”. De alguna forma, es acordar con Adorno y Horkheimer en que el
Iluminismo es ya Barbarie. Si, como los autores dicen, “el programa del Iluminismo consistía en
liberar el mundo de la magia”, es decir, que “mediante la ciencia, disolver los
mitos...”,
la programación televisiva, hoy se encarga de volver a los mitos y fábulas,
como las de las domésticas que son hijas no reconocidas del patrón pero no hija
de la patrona y que por una candidatura política no puede salir la verdad a la
superficie, y
desviar la mente en rumbos menos productivos, y a la vez, menos peligrosos a
los intereses de quienes manejan los hilos del poder, que, dadas las
circunstancias político-económicas de hoy, son los mismos propietarios de
canales de TV, de las señales de radio, los periódicos, los distribuidores de
la publicitada Internet y, próximamente, legalmente los dueños también de los
teléfonos.
Por otro lado, sabemos por estudios realizados por Lazarsfeld y Merton
que los únicos que consumen los llamados “programas políticos serios”, que en
nuestro país es, lamentablemente, sólo sinónimo de Grondona y Lanata, son
aquellos que ya tienen una posición tomada respecto a lo que en esos programas
se trata, posición que no cambian por lo que se diga en éste. Esto quiere decir
que aquellos a quienes supuestamente están dirigidas estas emisiones, que no es
otra que la mentada Opinión Pública, en realidad, jamás los ve.
Esta división tajante, esta relación inicialmente mecanicista se
complica un poco en otros ejemplos. Tomemos la entrevista realizada a Mariela.
Ella tiene 23 años y estudia Licenciatura en Historia. Como era de esperarse,
tiene presente los acontecimientos del ’76, ’82 y de Semana Santa –en su
aspecto político- y tiene una postura tomada respecto a cada uno. Cuando se le
preguntó respecto a su interés por la política respondió: “Sí, por supuesto... Porque si no ¿para
qué sirve la Historia (...)?. La historia sirve para comprender (...) las cosas
que están sucediendo...”. Aquí encontramos, una nueva relación.
Entre política e historia. Está claro que Mariela era, por sus estudios, la
encargada de explicitarla. ¿Dónde, entonces, se pueden adquirir conocimientos
de historia? La que nos dieron en las escuelas primarias, no cuenta. Y los
datos –no me animo a considerarlos conocimientos-, suministrados en la
secundaria no son suficientes. Así llegamos a la conclusión que, si no es por
interés propio o estudiándolo aunque sea de manera aledaña en alguna carrera
terciaria o de grado, la educación no nos brinda posibilidades de conocer, de
aprehender saberes que nos sirvan para evaluar sucesos pasados y darnos, de
esta manera, la oportunidad de, como dice Mariela, “comprender las cosas que están
sucediendo...”. Lo que quiero decir es que, dentro de la relación
que habíamos encontrado entre los programas que se ven y el grado de interés en
la “actualidad”, es decir, en la relación entre las variables que habíamos
comenzado a estudiar, existe un tercer factor que en un comienzo no habíamos
contemplado: la educación. Pero no la educación como sinónimo de instrucción,
no. La educación como factor de interés. Esa educación, o mejor, la falta de
esa educación, atenta directamente sobre el interés en la actualidad y, dando
por cierta nuestra hipótesis, hace que se consuman ciertos productos culturales
fabricados para apagar cada día un poco más la chispa de curiosidad. Dice
Giovanni Sartori:
“La
escuela apoya este proceso de degradación cultural por motivos independientes
(...). La escuela baja su nivel frente a la TV porque los maestros que están en
ella provienen de la generación de la TV y no tienen una formación completa”
Con esta cita queremos exponer una cierta perspectiva global de este
conflicto. La problemática de la educación degradada es un tema que viene
siendo discutido desde tiempo ha, y sigue sin resolverse. Es nuestra humilde
opinión que lamentablemente seguirá irresoluta hasta que las bases desde donde
se discute sean también replanteadas e incorporen en un grado mucho mayor la
opinión de los principales implicados: los alumnos. Y aunque no estemos en un
todo de acuerdo con este pensador, compartimos sí su lucha por evitar que los
debates desaparezcan, aunque en muchos casos el precio sea el encono de alguna
de las partes.
Las novelas como Muñeca Brava; las tragedias ajenas reflejadas en los
talkshows de Lía Salgado y Moria Casán; las búsquedas de Franco Bagnato, los
programas farandulescos como los de Lucho Avilés –hoy retirado- o Rumores
(América), y su éxito no son casualidades. Hay una estrategia detrás de todo
esto. Sin caer en la paranoia de los Expedientes X (siguiendo con los ejemplos
que la TV nos proporciona), sí existe un proyecto de elusión que durante la
reciente coyuntura electoralista que hemos vivido, había menguando.
Pero volviendo sobre el vínculo que existe entre la educación, el
interés en la actualidad y los programas de TV que se consumen, podemos nombrar
más ejemplos dentro del cúmulo de entrevistas. La tenemos a Carolina
(Estudiante de teatro, 19 años), quien no recuerda nada del ’76, ni del ’82, a
quien no le interesa la política, aunque está segura que “todos los políticos son una cagada”
y que consume casi exclusivamente “películas, boludo (sic)”. La tenemos
también a Jessica (estudiante de Licenciatura en Matemáticas, no consta la
edad), quien del ’76 sólo tiene la memoria de lo que contaron sus familiares y
del ’82 una posición anti, no se sabe muy bien anti qué, si anti guerra o anti
la gente que la orquestó. Dice no interesarse por la política porque “La política
no se merece que a mí me interese porque no es política, es un circo. Hay mucha
mentira (...) Prefiero no hablar del tema porque me molesta, me enferma y no
tiene sentido porque nunca llegás a nada, porque cualquier protesta que puedas
llegar a hacer cae en un saco roto y no sirve” y afirma mirar “Gasoleros y
una novela de las dos de la tarde, Mirada de Mujer, miro muchos canales de
música...” y cuando se le preguntó por los políticos concluyó que
éstos son personas “que no tienen alma (...) [y] son
inservibles”.
Podríamos seguir dando ejemplos, pero estos son suficientes. Hubiese
sido muy enriquecedor contar con respuestas a otras preguntas más acordes con
la articulación que estamos intentando demostrar, tales como “¿Qué opina de la
educación que recibió?”. Tal vez las respuestas de estos jóvenes hubiesen sido
muy ilustrativas a los fines de explicar cómo se conectan las variables que
manejamos en esta monografía.
La televisión especula con la desocupación y el estancamiento económico
y hace las veces de hada madrina, en una maniobra tendiente a neutralizar los
conflictos sociales y a velar, una vez más, la realidad.
A través de las búsquedas de “Gente que busca gente”, con la conducción
de Franco Bagnato, la TV funciona como un hada madrina cumplidora de los deseos
de reencuentro entre familiares; la mayoría de ellos desperdigados por el país
a causa de la situación económica que atravesaba en un momento equis de la
historia la familia y que los obligó a separarse en busca de mejor destino, o a
causa de traiciones amorosas. En todos los casos, las lacrimógenas escenas
concluyen con un final feliz. Si el buscado está muerto, no caben dudas que
tuvo una segunda familia y entonces la reunión entre su hermano y su esposa, o
entre la hija del primer matrimonio y los hijos del segundo, servirán a los
fines de un final que, ineluctablemente está pactado a las siete de la tarde;
mas nunca se analizan las razones últimas que llevaron a que esa familia se
distanciara. Si fue por cuestiones económicas, no será mencionado; aunque si la
causa está relacionada con alguna imagen impactante a los sentidos, en una
apelación descarada a los sentimientos colectivos, de seguro se le dedicará un
segmento especial, puesto que se trata de un condimento extra a la fórmula de
probado éxito de este programa. Para este conductor –y discúlpennos los que
piensan de otra manera -, la televisión es un negocio y en ese negocio la
exigencia consiste en lograr picos de audiencia, de rating que garanticen el
ingreso de capitales bajo la forma de publicidades. No explica las razones
sociopolíticas que condujeron a los protagonistas de sus programas a tomar
semejantes decisiones, se limita a explotar la emoción y los “golpes bajos”,
bordeando el sadismo.
Lo mismo sucede con los enfermos. Gracias a los medios, pues ya no es
patrimonio exclusivo de la “tele”, es posible conseguir una silla de ruedas o
remedios o dinero para una operación en el exterior en cuestión de minutos. Los
medios aparecen así como omnipotentes. Pueden conseguirlo todo: una pareja (“Yo
me quiero casar...y Ud.”), una familia perdida (“Gente que busca gente”), la
identificación con una mujer golpeada o engañada -o por qué no, con un hombre
golpeado- (“Hablemos claro”), los electrodomésticos para la casa, un viaje a
Bariloche, dinero en efectivo, o virtualmente lo que fuera. Desde esta postura,
la televisión canaliza los deseos de la gente y los proyecta, acercándolos
asintóticamente. ¿Por qué asintóticamente? Porque permite a los telespectadores
reflejarse en los actores hasta casi sentir a través suyo, pero sola e
irremediablemente casi. Si en vez de utilizar esa identificación para vender se
pusieran en práctica políticas efectivas de concientización -no como la
propaganda de lucha contra el cólera-, distinto sería quizás el contenido de
este texto.
Pero entonces, ¿por qué el zapping? Pero antes ¿qué es el zapping?
El zapping, según Eliseo Verón, es el “producto de la confluencia de tres elementos:
la generalización del control remoto, la irritación que causan las tandas
publicitarias, y el desarrollo de un gran número de canales (posibilitado por
la TV por cable)”.
¿Pero es tan sólo eso? No.
El zapping es, según algunos intelectuales, la mirada resultante de una
cultura que llaman posmoderna, cuya máxima característica es ser
anti–modernidad, y las palabras de Sartori arriba transcriptas dan cuenta de
ello. La degradación de la educación está íntimamente relacionada con la
necesidad de replanteamiento de la dinámica de aprendizaje. En esta lógica de
deconstrucción-reconstrucción, el zapping parece ser una forma de mirar, esto
es, crear significación anti-moderna. ¿Y qué significa ser anti-moderno?
Significa rechazar la razón como Razón instrumental, significa reconocer una
vez más, que las palabras de Adorno y Horkheimer siguen vigentes, significa que
la noción de función disruptiva de Walter Benjamín sigue, no sólo vigente, sino
que extendida a todo el campo de los productos culturales. Significa reconocer
que el avance tecnológico vinculado a los medios masivos de comunicación, trajo
consigo una serie de consecuencias sociales que aún deben ser estudiadas, pero
que, quizás inconscientemente, la gente –no la masa amorfa que conforma el público-
ya ha comenzado a combatir. No olvidemos que los medios de comunicación son, a
la vez que parte del proceso del capitalismo, y como tal indispensable para
éste; una herramienta del poder político, el cual en su mayoría, al menos en
nuestro país, está ejercido por los mismos que detentan el poder económico, de
lo que se deduce que los medios de comunicación, esas industrias ideológicas
como las hemos llamado, son también herramientas del poder económico.
Lo que intentamos lograr es mostrar, utilizando una metáfora gráfica,
un círculo, en donde el poder económico impulsa la tecnología de las
comunicaciones y transportes para alcanzar una mayor y más rápida circulación
de sus mercaderías. Una vez que el capitalismo conquista el poder político,
sigue utilizando a los medios para reproducir su lógica de consumo de un
sistema favorable esencialmente a las necesidades económicas de sus promotores.
De este modo, los medios de comunicación se convierten en “punta de lanza” de
un sistema que, en sus distintas fases, ha ido expandiéndose, reproduciéndose y
regenerándose, en fin, adaptándose a los cambios que su propia gramática
provoca.
Y si el sistema ha debido adaptarse a sus propios cambios, cómo no
habrían de hacerlo las personas. En este sentido entendemos el zapping: como un
modo de defensa.
De esta manera, el control remoto ha sido considerado como el arma con
la cual defenderse ante el desentendimiento cualitativo que respecto a sus
productos hacen los canales de televisión. Pero, cuando el “si no les
gusta, cambien de canal” prolifera hasta la generalización e
inclusive hasta la totalidad –excepto por algunas excepciones que otorga la
televisión por cable, que es una forma de más de exclusión-, el principio del
zapping, esto es, defenderse de los ataques a la inteligencia de parte de los
programas, se torna inofensivo, puesto que no hay programación que no atente
contra las facultades del razonamiento. Y cuando esto sucede, la energía
conservada en las baterías del control remoto se esfuma como se terminan también
las balas de una pistola contra un ejército organizado por las empresas
multimedios editoras de cientos (quizás miles) de programas, y es allí, en esa
asimetría insoslayable, cuando el tiempo simplemente se limita a transcurrir –
que no es poco – sin lograr que la indefensa mente logre articular un discurso
razonable según los parámetros modernos; o lo que es lo mismo, se desarticule
completamente al intentar la articulación a partir de una multiplicidad que la
supera.
Esta
situación, hay que decirlo, no es exclusiva de la TV, ni siquiera de los medios
de comunicación. Como dice Hugo (24 años, sin trabajo estable), “los
políticos en general son excelentes vendedores. Son vendedores ambulantes para
mí (...) Son vendedores, que se venden a sí mismos y te venden promesas que,
mayormente, hoy no las cumplen...”. En este punto, coincide con
Habermas, cuando dice: “La propaganda es la otra función con que carga ahora
la publicidad, dominada por los medios de comunicación de masas. Los partidos y
sus organizaciones auxiliares se ven necesitados de influir publicísticamente
sobre las decisiones de sus electores de un modo análogo a la presión ejercida
por el reclamo publicitario sobre las decisiones de los consumidores: surge la
industria del marketing político (...) La publicidad política temporalmente
fabricada reproduce –sólo que con otros fines- la esfera regida por la cultura
integrativa; también el ámbito político acaba siendo integrado social y
psicológicamente por el ámbito del consumo”.
Esta
reflexión es traída a colación con el objeto de evitar circunscribir las
relaciones entre los programas, el interés en la realidad y la educación al
ámbito de lo comunicacional. Hoy en día, en tiempos de globalización e
Internet, los medios de comunicación juegan un rol esencial en la configuración
social, económica y política de nuestro país. Los medios masivos son, casi sin excepción, voceros de
una política económica emprendida por los holdings multimedios con capitales
extranjeros, plan que tiene íntima relación con la situación institucional y
política que atraviesa el país. Dentro de este plan, están previstos los
programas que son convenientes que lleguen al grueso de la población, a través
de los canales de aire. La censura, no es sólo de la época del Proceso. Debería
hacerse un estudio respecto a la cantidad de “pilotos” que son “rebotados” por
no ser políticamente correctos, o congruentes con la política de la compañía,
perdón, del canal.
Tomemos dos entrevistas más. Por un lado, Gustavo (22, estudiante),
asegura interesarse en la política, y refuerza esta afirmación con la
participación activa en el “Centro de Estudiantes de mi facultad (...) [y en] Franja Morada”. No suele
pasar mucho tiempo delante del televisor, pero a la hora de elegir programas se
inclinó por aquellos que son “preferentemente informativos. Los programas que
tienen que ver con la investigación periodística; vinculados al ámbito de lo
político”. Tras este cruce de educación, participación social (con
su carga de experiencia) e información, la conclusión de Gustavo sobre los
políticos fue: “son personas, son individuos (...)hay buenos y malos”.
En un polo opuesto, encontramos a una chica de 24 años, con dos hijos
de 8 y 6 años. Por sus respuestas, inferimos que viene de una familia religiosa
(“porque
yo estaba en la Iglesia en grupos juveniles”). No recuerda ni sabe
nada respecto a 1976, tampoco quiso o pudo opinar sobre 1982 y Semana Santa le
sugirió sólo la connotación católica. Mira “Verano del 98” y el noticiero al
mediodía. No mira más de tres horas diarias, de las cuales sólo una está
dedicada a informarse, los dos tercios restantes son consumidos en series.
Tampoco escucha radio, ni lee revistas o diarios. ¿Resulta extraño, entonces,
que no le interesen los políticos? “Los sigo porque lamentablemente tenemos que
depender de ellos, de los movimientos que hagan, de los pasos que den, la
perjudicada siempre somos la gente, más la gente de barrio, que vienen y te
pintan un futuro, una cosa hermosa y vos te re-enganchás, pero una vez que
suben... chau. Se olvidaron. Mucho como que no les llevo el apunte”.
Sin embargo, fue la única de las entrevistadas que ante la pregunta “¿Qué te
gustaría hacer y no podés?”, no respondió de manera egoísta: “Me gustaría
poder ayudar más a la gente, tener una posibilidad de poder brindar algo más de
lo que la gente necesite, poder ayudar (...). Ayudar más de lo que hago”.
Qué conclusiones podemos sacar de esto: ninguna... al menos de manera
determinante. Por un lado, tenemos la confluencia de información, educación y
participación, que de alguna manera es ya ayudar a la gente; y por el otro esta
muchacha que, sin un cúmulo de información con la que nutrirse de forma
autodidacta y con una educación limitada, tiene una vocación de participación
y, sobre todo, de solidaridad. Son dos modos de ayudar, uno desde lo macro de
la política; la otra desde lo micro del barrio. Ambas igualmente válidas; ambas
igualmente necesarias. La política, desde nuestro punto de vista, debería
consistir justamente en reproducir e integrar estas formas.
Entonces, ¿cuál es la respuesta?
Evidentemente, no hay una respuesta. Hay, sí, negaciones
comunes. Surge, tal como en la TV un “‘descartar todas las imágenes mentirosas’, para
‘explicarme quién soy’, y contarme mi historia desde ‘una relación negativa’;
sin olvidar esta afirmación: ‘rechazar las otras historias’ construye, al sesgo
de mi praxis de rechazo, la mía propia”.
Conclusión
La
televisión, en vez de ser un arma de crítica del público al Poder (corporizado
en el Estado) - en nuestras democracias, un cuarto poder que sea contrapoder de
los otros tres -, se ha convertido en un narcotizante proporcionado desde el
Poder hacia el público-consumidor, a través de una banalización del rol del
público, el cual queda relegado a la pura consumición de los productos
culturales, posibilitado a su vez, por una degradación paulatina pero constante
de la educación de la que resulta un estado de desinformación general y un
desentendimiento de las cuestiones comunes, corporizadas en nuestros representantes
y el juego de poder al que llamamos vulgarmente “política”, y reforzadas por
una programación de alcance masivo que, lejos de ofrecer información como
información y no como espectáculo –haciendo del periodista, un héroe- no hace
más que generar espacios donde proliferan los espejos rotos que sólo reflejan
realidades ajenas o distorsionadas.
En vez de
utilizar los medios masivos de comunicación como transmisor de exigencias hacia
“arriba”, como elemento de presión - ya que tampoco se encuentran ecos a
nuestros reclamos de parte de nuestros “representantes” democráticamente
elegidos -; son los medios los que nos utilizan, los que nos presionan con sus
constantes ofertas de productos, ya no sólo comerciales, sino políticos,
económicos y morales, muchas veces imponiéndonos dichas mercaderías a través de
un proceso de formación de opinión. Como afirmaban Adorno y Horkheimer en su
“Dialéctica del Iluminismo”, “...a través de las innumerables agencias de la
producción de masas y de su cultura, se inculcan al individuo los estilos
obligados de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decorosos y
razonables...”,
resultando que “las masas tienen lo que quieren y reclaman obstinadamente la ideología
mediante la cual se las esclaviza...”.
“...la constitución del Estado social de nuestros días
como una democracia de masas obliga a la publicidad a la actividad de los
órganos del Estado con objeto de que pueda llegar a hacerse efectivo un proceso
permanente de formación de la opinión y la voluntad como correctivo – y
garantía de libertad – del ejercicio del poder y del dominio...”.
Y la única arma de la cual disponemos es el control remoto que, cargado
de canales a modo de municiones, dispara incesantemente sobre los discursos que
no nos satisfacen, no en un canal, sino –casi siempre- en todos.
La sensación de vértigo virtual que implica el flujo continuo de
imágenes, el desarrollo de la memoria retiniana; el fenómeno de
destemporalización posibilitado por la simultaneidad y sensación de presente
continuo que nos ofrece el saltar (y saltar, y saltar...) de canal en canal, su
lógica consecuencia fragmentadora de la gramática visual, que influye sobre las
funciones de lectoescritura;
son sólo algunas de las incidencias que trajo aparejada la “justicia por mano
propia” que intentamos realizar a través de la efectiva negación de ver algo
intentando abarcarlo todo.
Esta tendencia a la autodefensa ha surgido espontáneamente,
posibilitada por la tecnología, pero influenciada por lo que Marx llamaría las
condiciones objetivas del medio. Ya que el único mensaje que se emite ejerce
una violencia contra el hombre-masa televidente, descentrándolo de la realidad;
el hombre-usuario no tiene más remedio que seguir descentrándolo hasta
encontrarle una forma, hasta centrarlo. Mas nada –ni nadie- asegura que esto
sea posible. Como hemos dicho, la Programación Televisiva es en sí, tiene el
objetivo casi podríamos decir que por naturaleza, de descentrar la atención
sobre la realidad para centrarla en los millones de píxeles que componen la
imagen. Una no debe ser necesariamente excluyente de la otra. La utópica
posibilidad de que imagen televisiva sea reflejo de realidad, existe. La
tecnología está, lo que sigue ausente es un uso, una política, que tienda ha
funcionar como espejo.
Parafraseando a Adorno y Horkheimer, es el hombre mismo el que se
defrauda constantemente respecto aquello que se promete. Dice Marcuse: “El idealismo
burgués (...) no sólo tranquiliza ante lo que es, sino que también recuerda
aquello que podría ser”. El zapping constituye, justamente, el
último reducto de aquello que podría ser. Mas lamentablemente, ese reducto está
construido con materiales de aquello que sólo tranquiliza. Así, nos insertamos
en un círculo de construcción de alternativas, sobre la base de aquello de lo
que queremos escapar. La solución definitiva, al menos desde nuestro punto de
vista (el cual no es menos utópico que el deseo de que se cumpla), no es
alternar hasta el infinito; sino crear las bases de una forma nueva.
¿Qué
hacer entonces? Las respuestas no son absolutas. Sólo planteo repensar la idea
de hegemonías de Gramsci y tomar a los medios de comunicación como trincheras
desde las cuales luchar por crear esas bases que son necesarias para el cambio
que estamos solicitando.
Esta consistiría
en aprovechar las disidencias internas que todo consorcio tiene, según el
supuesto marxista de que nada es absoluto y todo es unidad de contrarios.
Es cierto
que “...bajo
una modalidad u otra el capital siempre vigila la existencia y la reproducción
adecuada de las instancias de la circulación, ya que el proceso de las mismas,
implica crear las condiciones de conclusión de su proceso general de
producción, y en consecuencia, de su acumulación contemporánea.”,
pero entonces, la respuesta debe estar en escapar a la vigilancia. Alternar con
lo impuesto, lucharle, no de igual a igual, sino subrepticiamente. Haciendo
trabajo de hormiga, uno a uno, hasta conseguir cambiar los patrones de
imposición.
Como dijo Antonio Gramsci: “Los lectores
–sobre cualquier soporte físico o tecnológico- deben ser considerados desde dos puntos
de vista principales: 1º) como elementos ideológicos ‘transformables’
filosóficamente, capaces, dúctiles, maleables a la transformación; 2º) como
elementos ‘económicos’ capaces de asimilar las publicaciones y de hacerlas
asimilar a los demás. Estos dos elementos son siempre diferenciados en la
realidad, porque el elemento ideológico es un estímulo para el acto económico
de la adquisición y de la difusión...”.
En base a esto y haciéndome eco de un texto
titulado “La pantalla de la Comunicación”, recuerdo que “un espacio de negociación con los
medios, en la búsqueda irrenunciable de una democracia mediática, requiere del
fortalecimiento de las organizaciones de la sociedad civil”.
No olvidemos nunca que, por lo menos en
nuestra realidad, el poder sólo dialoga con el poder...
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Biblia. Éxodo y Epístola a los
Romanos
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Hobbes,
Thomas.
“De Cive” en Antología. Ediciones Península. España.
·
Los
textos fueron obtenidos a través de diferentes cátedras y en ellos no constan
más datos que los especificados.