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Catalogado en base de datos como: La visión del hombre según C. Marx y F. Nietzsche: La visión del hombre según C. Marx y F. Nietzsche
Agregado: 07 de FEBRERO de 2005 (Por Valeria) | Palabras: 2631 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
Categoría: Apuntes y Monografías > Filosofía >

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  • Publicado por Valeria vale@jj72.org

    La visión del hombre según C. Marx y F. Nietzsche

     

    Primeramente, antes de exponer las visiones de cada uno de los autores, informaré un poco sobre sus biografías a fin de poder comprender mejor el desarrollo de las teorías.

     

    Friedrich Nietzsche (1844 – 1900), hijo de un pastor protestante, a los cuatro años quedó huérfano de padre. Se formó en filología clásica en las universidades de Bonn y Leipzig, orientándose al estudio de la teología y la filosofía, además participó en la guerra franco-prusiana (1870-71), en el cuerpo de sanidad. Fue profesor de lengua y literatura griegas en la Universidad de Basilea, donde conoció a Richard Wagner y entabló una relación de amistad que, con el paso del tiempo, quedó rota.

    En 1878 tuvo que abandonar la docencia por una enfermedad. Una modesta pensión le permitió viajar por Suiza, Italia y Túnez. Y fue en Roma donde conoció a Lou André-Salomé, a la que pedirá en matrimonio. Sin embargo, el rechazo de ésta supone para Nietzsche una fuerte depresión.

    Schopenhauer, influyó grandemente en su pensamiento. Las obras de Nietzsche reflejan la evolución de su propio pensamiento. Así, en la primera etapa, marcada por la aportación de la dicotomía apolíneo/dionisíaco, realiza un análisis de la filosofía griega, que corresponde la escritura de "El origen de la tragedia" (1872) y "Consideraciones extemporáneas" (1873-76). Es en estas obras donde muestra su crítica al imperio de la razón sobre la voluntad humana, impuesto primero por los griegos y continuado por el cristianismo. La publicación de "Humano, demasiado humano" (1878), "Aurora" (1881) y "La gaya ciencia" (1882) marcan una segunda etapa en su pensamiento, en la que Nietzsche profundiza en su ateísmo.

    A finales de la década de los ochenta inicia un período de fecunda actividad. Es ahora cuando publica "Así habló Zaratustra" (1883-85), "Más allá del bien y del mal, preludio de una filosofía del futuro" (1886), "La genealogía de la moral" (1887), y las editadas póstumamente: "Ecce homo", "El Anticristo, maldición contra el cristianismo", "Ditirambos de Dionisio", "El caso Wagner, un problema para amantes de la música", "Crepúsculo de los ídolos o cómo filosofar a martillazos" y "La voluntad de poder" (1906). Es en esta etapa donde se reafirma en su crítica a la moral cristiano-burguesa, en su ateísmo, y donde perfila los conceptos de "superhombre", "voluntad de poder" y "eterno retorno".

     

    Karl Marx (1818–1993) nació en Renania y, en su juventud, su mente fue moldeada en las universidades alemanas y especialmente en la de Berlín. Aunque desde el principio reconoció ser internacionalista -"los trabajadores no tienen patria", había de declarar en el Manifiesto comunista- y aunque se desarraigó y pasó la mayor parte de su vida en el exilio, no perdió nunca todas las huellas de su origen alemán. Engels habló verdaderamente con orgullo del "socialismo científico alemán" de su amigo. Marx sentía desprecio por los eslavos del este y del sudeste de Europa y sólo al final de su vida aceptó la idea de que podía venir algo bueno de Rusia. La adhesión de Marx al orden y a la disciplina, su autoritarismo, su laboriosidad y su tenaz perseverancia, son quizá parte del legado de su país natal.

    Marx era hijo de un abogado y él mismo escogió también el estudio de las leyes, que llevó a acabo como materia secundaria, al mismo tiempo que se dedicaba a la filosofía y a la historia. Siendo estudiante en Berlín, se vio afectado por el hechizo de la filosofía hegeliana, que había cautivado por entonces la imaginación de muchos jóvenes intelectuales. Marx no escapó nunca a la influencia de Hegel y, en 1873, en el prefacio de la segunda edición de El Capital, se declaró a sí mismo "discípulo del gran pensador". Se doctoró en filosofía en la Universidad de Jena en 1841, con una tesis que discutía los elementos idealistas y materialistas de las doctrinas de Demócrito y Epicuro. Incluso entonces, el joven Marx estaba imbuido de un espíritu de rebelión contra las autoridades establecidas y los valores aceptados.

     

    Para Marx no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

                En primer lugar hay que advertir que Marx, como Spinoza y más tarde Freud, creía que la mayor parte de lo que los hombres piensan conscientemente es conciencia “falsa”, ideología y racionalización; que las verdaderas fuentes de los actos del hombre son inconscientes. Estos actos inconscientes se originaban en toda la organización social del hombre, que dirige su conciencia en determinadas direcciones y le impide que cobre conciencia de determinados hechos y experiencias.

                Marx hablaba de la conciencia, no de los ideales. Es precisamente esa ceguera del pensamiento consciente lo que le impide al hombre tener conciencia de sus verdaderas necesidades humanas y de los ideales arraigados en ellas. Solamente si la conciencia falsa de transformara en conciencia de la realidad podríamos cobrar conciencia también de nuestras necesidades humanas reales y verdaderas.

               

                La tesis de Nietzsche es que los hombres son los más vulnerables de los animales y los más necesitados de un cuidado constante por parte de sus semejantes. Por esta razón, deben ser capaces de expresar sus necesidades, para que otros se las satisfagan, lo cual exige que el hombre se conozca a sí mismo.

                Sin embargo, el pensar no exige que el hombre sea consciente de que piensa. Para él, el hombre, como todo ser viviente piensa constantemente pero no lo sabe; el pensamiento que llega a ser consciente de sí mismo es la parte mínima.

    El pensamiento consciente requiere la facultad de identificar y expresar su contenido. Y ningún pensamiento del cual seamos conscientes puede dejar de ser verbal, pues necesitamos del lenguaje para identificarlo. Pero entonces no podríamos detectar pensamientos no verbales mediante la introspección. La incapacidad para expresar inteligiblemente las necesidades expondría al hombre a la extinción; todas las expresiones exitosas debes ser públicamente comprensibles, es decir, encararse en el lenguaje que todos los miembros del grupo pueden captar. Por lo tanto, el desarrollo de la conciencia y el del lenguaje van ligados y a la par. Y el hombre adquiere conciencia de sí mismo sólo como animal social.

    La idea de Nietzsche,  es que la conciencia no pertenece a la existencia individual de los hombres, sino más bien a su naturaleza comunitaria e integrante (el hombre el grupo) En consecuencia, cada uno de los hombres, animado de la mejor buena voluntad de comprenderse a sí mismo lo más individualmente posible, llevará siempre a la conciencia lo que no es individual. “Nuestro pensamiento, a través del carácter de la conciencia... se retrotrae siempre a la perspectiva del rebaño”. Así, aunque las acciones del hombre sean en el fondo, personales, únicas y absolutamente individuales tan pronto como se trasladan a la conciencia ya no lo parecen”.

     

    Siguiendo con la línea de Marx vemos que, para él, los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas.

    Partió de la idea de que el hombre qua hombre es un ser reconocible y determinable; que el hombre puede definirse como hombre no sólo biológica, anatómica y fisiológicamente sino también psicológicamente.

    Distingue en el hombre dos tipos de impulsos y apetitos: los constantes y fijos (como el hambre y el instinto sexual, que son parte integrante de la naturaleza humana), y los apetitos relativos, (que no son parte integrante de la naturaleza humana pero que se originan en ciertas estructuras sociales y en ciertas condiciones de producción y comunicación). Marx da como ejemplo las necesidades producidas por la estructura capitalista de la sociedad. La necesidad de dinero es la necesidad real creada por la economía moderna y la única necesidad que ésta crea.

    Sólo puede el hombre relacionarse de una manera humana con una cosa cuando la cosa se relaciona con él de manera humana.

    El hombre vive sólo en tanto que es productivo, en tanto que capta al mundo que está afuera de él en el acto de expresar sus propias capacidades humanas específicas y de captar al mundo con esas capacidades. En tanto que el hombre no es productivo, en tanto que es receptivo y pasivo, no es nada, está muerto. En este proceso productivo, el hombre realiza su propia esencia, vuelve a su propia esencia, que en el lenguaje teológico no es otra cosa que su vuelta a Dios.

     

    Contraponiéndose a esto, encontramos que Nietzsche dice esto sobre Dios y su relación el hombre: se trata de una especie de locura de la voluntar, de demencia espiritual. La voluntad del hombre de considerarse culpable, indigno y sin expiación; la voluntad del hombre de erigir un “ideal” (el del Dios Sagrado) a cuya luz pueda estar seguro de su absoluta indignidad. El mensaje de Zaratustra, según el cual Dios ha muerto, está dirigido a eliminar esta culpa imposible, a restituir al hombre un sentido de dignidad pero no de satisfacción, reemplazando ese contraste de fecunda culpa por otro más benigno entre lo que el hombre es y lo que podría llegar a ser.

                Siguiendo con sus escritos, para este filósofo, el hombre, que carece de enemigos y resistencias externos y está obligado a confinarse en una restringida estrechez y en la regularidad ética, se desgarra impacientemente a sí mismo, se persigue, se corroe, y  se tortura a sí mismo. Al querer hacer pedazos a alguien, se estrella contra los barrotes de su propia jaula.

    El hombre hace de sí mismo una cámara de torturas, un desierto desconocido y peligroso. Este autocastigo es el fenómeno de la mala conciencia a la que Nietzsche mancha ominosamente como “la mayor y más desastrosa de las enfermedades, de la cual la humanidad todavía no ha sido curada; la enfermedad del hombre que sufre de sí mismo, dentro de sí mismo.”

    La vida misma del hombre es esencialmente apropiación, causar daño, sujeción del extranjero y el débil. Es opresión, dureza, imposición del propio dominio. La vida es justamente voluntad de poder. La apropiación no es simplemente típica de una sociedad perversa, imperfecta o primitiva: pertenece a la esencia de los seres vivos, como una función orgánica básica. Es una consecuencia de la voluntad de poder, que no es más que la voluntad de vivir.

    En uno de sus escritos (“Así hablaba Zaratustra”) Nietzsche plantea la idea del superhombre, como el grado superior al que el hombre debe aspirar.

    Es allí donde plantea lo siguiente: “¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa.”

    El superhombre es el significado de la tierra y lo contrasta con otros tipos de hombres, en particular con el hombre último, el hombre que como cualquier otro y que se siente feliz de ser feliz.

    Sin embargo, el hombre es algo que debe ser superado. Es una cuerda tendida entre la bestia y el superhombre, una cuerda tendida por encima del abismo existente entre aquellos. Lo único que puede amarse en el hombre es sus constitución de una transición y una destrucción.

    La idea es bastante simple para Nietzsche: sólo podemos pasar a algo superior pereciendo como meros seres humanos. Lo que Zaratustra plantea es que debemos sacrificarnos con el fin de producir un tipo humano superior. Y que el mecanismo es la voluntad de poder.

    Sin embargo, él no descartaba la posibilidad (y también el peligro amenazador del deterioro humano hasta el punto en que fuera imposible todo desarrollo) de la nivelación al ras, la total mediocrización. Este era el peligro del último hombre.

    “Es tiempo de que el hombre se ponga un fin. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su esperanza más elevada.”

     

    Marx planteaba dos importantes conceptos respecto al hombre que eran, la individualidad y la emancipación, y la enajenación.

    La independencia y la libertad se basaban en el acto de la autocreación. Un ser no se pude considerar independiente si no es dueño de sí mismo, y sólo es dueño de sí mismo cuando su existencia se debe a sí mismo. Un hombre que vive del favor de otro no se considera un ser dependiente. Pero sólo se vive totalmente del favor de otra persona cuando se le debe no sólo la conservación de la vida sino también su creación; cuando esa persona es su fuente.

    El hombre sólo puede llegar a ser independiente si afirma su individualidad como hombre total en cada una de sus relaciones con el mundo, al ver, oír, oler, saborear, sentir, pensar, desear, amar. En resumen, si afirma y expresa todos los órganos de su individualidad. Que no sólo sea libre de sino también libre para.

    Para Marx, el fin del socialismo era la emancipación (libertad) del hombre y la emancipación del hombre era lo mismo que su autorrealización en el proceso de la relación y la unidad productiva con el hombre y la naturaleza. El fin del socialismo, en conclusión,  era el desarrollo de la personalidad individual.

    La concepción de la autorrealización del hombre sólo puede entenderse plenamente en relación con el concepto del trabajo. Se debe observar que el trabajo y el capital no eran en absoluto para Marx únicamente categorías económicas; eran categorías antropológicas, inculcadas de un juicio de valor arraigado en su postura humanista.

    El trabajo, en primer lugar, es un proceso entre la naturaleza y el hombre; proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción, su propio intercambio de materias con la naturaleza. En este proceso, el hombre pone en acción las fuerzas naturales que forman su cuerpo (los brazos y las piernas, la cabeza y la mano) para poder asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le ofrece. Y de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma desarrollando las potencias que están en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.

     

    Además, el trabajo es la autoexpresión del hombre; expresión de sus facultades individuales, tanto físicas como mentales. En este proceso el hombre se desarrolla, se vuelve él mismo; el trabajo no es sólo un medio para lograr un fin, sino un fin en sí, la expresión significativa de la energía humana, por eso el trabajo es susceptible de ser gozado. Como el fin del desarrollo humano es el del desarrollo del hombre total, universal, el hombre tiene que emanciparse de la influencia paralizadora de la especialización.

    La enajenación (o “extrañamiento”) significa que el hombre no se experimenta a sí mismo como el factor activo en su captación del mundo, sino que el mundo (la naturaleza, los demás y él mismo) permanece ajeno a él. Que permanecen por encima y en contra suya como objetos, aunque puedan ser objetos de su propia creación. La enajenación es, esencialmente, experimentar al mundo y a uno mismo pasivamente, como sujeto separado del objeto.

    El trabajo está enajenado porque ha dejado de ser parte de la naturaleza del trabajador y, en consecuencia, no se realiza en su trabajo sino que se niega, experimenta una sensación de malestar más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías mentales y físicas, sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente abatido.

    Marx, además, se preocupaba por la salvación del individuo. En el trabajo no enajenado el hombre no sólo se realiza como individuo si no también como especie. El hombre debe dejar de ser “un monstruo paralítico para convertirse en un ser humano plenamente desarrollado”.

    El hombre enajenado no sólo está enajenado de la esencia de la humanidad, tanto en sus cualidades naturales como espirituales. Esta enajenación de la esencia humana conduce a un egotismo existencial, descrito por Marx como la esencia humana del hombre convirtiéndose en “medio para su existencia individual. El trabajo enajenado separa al hombre de su propio cuerpo, la naturaleza externa, su vida mental y su vida humana.

     

     

     

    Valeria Inés Crovetto

     

    Bibliografía

     

    ArteHistoria, http://www.artehistoria.com/, Consultado el 26 de agosto de 2004

     

    Textos facilitados por el profesor.

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