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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Ética de Aristóteles y Ética de Kant: La noción bien. Agregado: 07 de FEBRERO de 2005 (Por Valeria) | Palabras: 1174 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Filosofía > |
Publicado por Valeria vale@jj72.org
El tema que voy a tratar en el presente trabajo es la noción del bien en la ética de Aristóteles y la ética de I. Kant. Para ello, trabajé con los textos obligatorios y complementarios facilitados por el profesor y el ayudante.
En Aristóteles, encontramos que, para él, tanto el arte como la investigación y también toda acción y libre elección tienden a algún bien; por eso es que expresa que “el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”[1]. Sin embargo, diferencia los fines de aquellas acciones ya que algunos son actividades y otros son obras aparte de dichas actividades. “En los casos en que hay algunos fines aparte de las acciones, las obras son naturalmente preferibles a las actividades. Pero como hay muchas acciones, artes y ciencias, muchos son también los fines; (...) el fin de la medicina es la salud; el de la construcción naval, el navío (...). Pero cuantas de ellas están subordinadas a una sola facultad (como la fabricación de frenos (...) se subordinan a la equitación, y, a su vez, ésta y toda actividad guerrera se subordinan a otras diferentes), en todas ellas los fines de las principales son preferibles a los de las subordinadas, ya que es con vistas a los primeros como se persiguen los segundos. Y no importa que los fines de las acciones sean las actividades mismas o algo diferente de ellas (...).”[2] El fin de la acción será lo bueno y lo mejor si de las cosas que hacemos hay un fin que queremos por sí mismo y dicha acción no está determinada por otra cosa. Sin embargo, hay que determinar cuál es este bien y a cuál de las ciencias o facultades pertenece.
La ciencia debe ser suprema y directiva, y, según Aristóteles, ésta es la política ya que es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. Además, las facultades más estimadas, como la economía, le están subordinadas y, puesto que la política se sirve de las demás ciencias y determina lo que se debe hacer y lo que no, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias y constituirá el bien del hombre.
El bien al que tienden las actividades es distinto en cada arte, por lo tanto es evidente que no todos los fines son perfectos, sin embargo algunos los elegimos sobre otros. Entonces, si hay sólo un bien perfecto, éste será el que buscamos. Y si hay varios buscaremos el más perfecto de ellos. “Llamamos perfecto lo que siempre se elige por sí mismo y nunca por otra cosa.”[3] Aristóteles señala dos características que le corresponden a este bien supremo o fin último; en primer lugar, tiene que ser final, algo que deseemos por sí mismo y no por otra cosa; en segundo lugar, tiene que ser algo que se baste a sí mismo, es decir, que sea autártico, porque si no se bastase a sí mismo nos llevaría a depender de otra cosa. Tal bien supremo es la felicidad; y Aristóteles dice: “La felicidad, sobre todo lo demás, pertenece al género de los bienes últimos; porque la felicidad es aquello que siempre elegimos por sí mismo y nunca por otra cosa..”[4]
El bien, para Aristóteles es la noción central de la ética. En Kant, encontramos que la única cosa que merece absolutamente la denominación de bueno es la voluntad buena ya que esta “no se define como la intención de obrar bien, sino como un querer puesto en práctica, como voluntad misma en cuanto es capaz de actuar determinada por la razón.”[5].
Solamente tenemos un cierto acceso a lo absoluto gracias a una especie de contacto que se da en la conciencia moral, es decir, la conciencia del bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo que se debe hacer y lo que no. Hay tres tipos de mandatos que pueden imponerse a la voluntad; los técnicos (aquellos que son reglas necesarias para llevar a cabo una habilidad), los pragmáticos (los consejos de prudencia) y los morales (aquellos que hacen que algo sea necesariamente bueno). Sólo una buena voluntad es algo incondicionalmente bueno: “Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad.” El dinero, por ejemplo, es bueno; puede servir para comprar libros. Pero también puede servir para corromper a una persona; por lo tanto, el dinero es bueno dependiendo de cómo se lo emplee. La buena voluntad, en cambio, es absolutamente buena, en ninguna circunstancia puede ser mala. Lo único que en el mundo, o aun fuera de él, es absolutamente bueno, es la buena voluntad.“La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma.”[6]
Con tres ejemplos podemos comprender esto. Suponiendo que una persona se está ahogando presentamos tres casos. En el primero trato salvarlo haciendo todo lo que está a mi alcance pero no lo logro y la persona se ahoga. En el segundo caso logro salvarla. Y en el último caso yo, de casualidad, pescando con una red, sin darme cuenta la saco con algunos peses y la salvo.
Lo efectuado es el salvamento de quien estaba a punto de ahogarse. En cuanto al valor moral de los tres actos, en el tercero encontramos que éste no lo tiene ya que, a pesar de que allí se ha efectuado el salvamento, ocurrió sin que yo tuviera la voluntad o intención de realizar la acción. El acto es, entonces, moralmente indiferente (ni bueno ni malo). Los otros dos actos, en cambio, son actos moralmente buenos y de buena voluntad (aunque en el primer caso no se haya logrado realizar lo que se quería y en el segundo sí); ambos tienen el mismo valor ya que éste es independiente de lo realizado (“La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice” sino “sólo por el querer” [por el fin].)
Bibliografía
-Aristóteles, Ética nicomáquea (selección de fragmentos).
-Carpio, Adolfo P., Capítulo VI: “El mundo de las sustancias. Aristóteles”, en Principios de Filosofía, Glauco, Buenos Aries, 1979.
-Carpio, Adolfo P., Capítulo X: “El idealismo trascendental. Kant”, en Principios de Filosofía, Glauco, Buenos Aries, 1979.
-Cortés Morató, Jordi y Martínez Riu, Antoni, Diccionario de Filosofía en CD-ROM, Empresa Editorial Heder S.A., Barcelona, 1996.
-Kant, Immanuel, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, (selección de fragmentos), Escasa Calpe, Madrid, 1994.
[1] Aristóteles, Ética nicomáquea (selección de fragmentos).
[2] Op. cit.
[3] Op. cit.
[4] Carpio, Adolfo P., Capítulo VI: “El mundo de las sustancias. Aristóteles”, en Principios de Filosofía, Glauco, Buenos Aries, 1979.
[5] Cortés Morató, Jordi y Martínez Riu, Antoni, Diccionario de Filosofía en CD-ROM, Empresa Editorial Heder S.A., Barcelona, 1996.
[6] Carpio, Adolfo P., Capítulo X: “El idealismo trascendental. Kant”, en Principios de Filosofía, Glauco, Buenos Aries, 1979.
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