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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Raíces Fenomenológicas del concepto de Persona: Dos tipologías en una, el concepto de persona y la mirada fenomenológica y su impacto en el "tener en cuenta" de lo humano a la hora de la solidaridad. Agregado: 03 de FEBRERO de 2005 (Por Mario Rodriguez) | Palabras: 1542 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Filosofía > |
Publicado por Mario Rodriguez mariodrodriguez@arnet.com.ar
Raíces Fenomenológicas del concepto de Persona
A) Raíz fenomenológica:
La intencionalidad respondente
La fenomenología, al acentuar la dimensión relacional de la persona entendida intencionalmente, ha realizado en nuestros días importantes aportaciones gracias a Edmund Husserl Por nuestra parte, con el máximo esquematismo, mostraremos a continuación tan sólo algunas de las dimensiones éticas derivadas de la filosofía husserliana de la intencionalidad, recogidas luego por fenomenólogos personalistas como Lévinas y otros:
La persona es un ser necesitado, menesteroso, abierto desde su origen, y sólo se desarrolla y planifica en el buen trato con el otro y consigo mismo. - Si, pues, ser es ser-con-otro, y no meramente co-existiendo, ello exige dar respuesta, es decir, afrontar la relación con el otro, que por ser otro es pregunta, otro que -por tanto- también soy yo mismo para mí mismo en cuanto que asimismo devengo pregunta para mí. Todo preguntar es un abrirse relacionalmente. Tal apertura sólo resulta humana si solícita, nunca destitutiva ni destructiva. Esa apertura le hace al hombre «pastor del ser» (Heidegger) y, más en concreto, «guardián del hermano» (Levinas). Por ende, si me cierro y no doy respuesta para evitarme las molestias de toda relación interrogadora, entonces me inhibo y digo cainitamente: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?».
Al volverme incircunciso de oído, sordo a la llamada del otro, también me vuelvo absurdo, absurdus, sordo en el origen. Y así, por evitar a los otros alegando que son el infierno (Sartre), devengo verdugo en la medida en que no respondo a su llamada, pues no responder a la llamada escuchada significa generar victimación. Y además, si sólo respondo de mí, ¿aún puedo decir que soy yo? De modo y manera que sólo por un respondente «heme-aqui-para ti» devengo responsable.
- Cuando opto por una respuesta selectiva y digo: «Prójimo es sólo mi familiar, o mi amigo, o en todo caso aquel con el que me vinculo gratamente», entonces no he sobrepasado aún los estrechos límites de la ley del Talión, que dice: «Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal». Pero de ese modo no salgo del egoísmo, aunque sea apelando a la reciprocidad y a la simetría. Sólo el universalismo de la conducta, que deja atrás el egoísmo, plenifica relacionalmente. En consecuencia, un comportamiento universalizable exige, como ha señalado Emmanuel Levinas, un trastorno del egoísmo, y por ende una afirmación de la disimetría, que podríamos formular como sigue:
Los deberes del otro no son derechos para mi, mis deberes si son derechos para el otro.
-Claro que, en este orden de cosas, hay que tener cuidado para evitar la autoabsorción por el otro, pues, si tal no se evitara, se produciría una relación sin relación, es decir, la mera dependencia, la cual no es buena ni del otro hacia mí, ni de mí hacia el otro.
- De ahí el necesario cuidado de si mismo, el amor a mí mismo tanto como al otro. Esto conlleva la afirmación de la autorrealización heterorrealizante, que es en el fondo la reconciliación plena: del otro conmigo, mía con el otro
- Y esta relacionalidad se ha de abrir social y políticamente, pues la relación de intimidad personal ha de prolongarse en una afirmación de intimidad transpersonal, donde se conserve la identidad de la relación diádica (Nédoncelle), pero se la potencie comunitariamente, como siempre defendió el personalismo, que sólo lo es si también se afirma comunitariamente, por cuanto que desea que su beso abarque a la entera humanidad.
Dicho de otro modo: La respuesta al tú concreto exige su apertura relacional hacia el universal político (de la polis), donde la actuación amorosa y responsable exige a la par su implantación técnica.
B) Fenomenología de la audiencia
Así las cosas, la tipología de la escucha o, si se prefiere, la fenomenología de la audiencia, resulta harto compleja.
Para empezar, no parece del todo infrecuente oír a personas no precisamente exteriores o superficiales quejarse de que ellas no tienen conciencia de haber percibido nunca la voz de Dios en su interior: invocan -dicen- la voz de Dios, pero cuanto más la invocan tanto más les aparece la propia, la «voz de la propia conciencia», que toman incluso ocasionalmente por voz de Dios, aunque sospechan no ser sino la propia voz que actúa ventrílocuamente.
Otros, por el contrario, se apropian la voz de Dios con toda trivialidad y llegan a manipularla hasta el punto de hacerse pasar por profetas: para el falso profeta, Dios es la voz de sí mismo.
Los terceros, quizá esta vez los santos, sin hacerse tanto problema de todo esto, dejan serenamente que Dios hable a su través con una permeabilidad asombrosa, haciéndose de tal modo portavoces de lo divino, y situándose obviamente en la antítesis del pseudoprofeta.
Los cuartos oyen la voz de Dios a través de algunos sujetos en los que resuena, los cuales, sin embargo, aseguran no oírla.
En quinto lugar, por continuar con una taxonomía rápida y nerviosa, pero sin ánimo alguno de exhaustividad, algunos (de forma literal y literaria en la obra San Manuel bueno mártir, de don Miguel de Unamuno, por ejemplo) predicarían como predicador insensible, pero que quiere que los otros sientan, porque está convencido de que su propia insensibilidad no es más que un defecto acústico privado.
En sexto término, hay quienes se hacen como niños y llaman a su padre invocando auxilio; el niño -que es la voz del Sur y no el vozarrón del Norte- habla con voz de niño, y es a través de esa llamada como se pone en máxima disponibilidad de escucha.
Por último, algunos prefieren la experiencia del silencio para conferir más sonoridad a su propia palabra, que brota con demasiada facilidad; otros, por el contrario, habrán de hablar más para salir de su angosto vivir silente, haciendo de esta guisa el aprendizaje de la palabra. La realidad es que existen en nosotros muchos aprendizajes posibles de foniatría comunicacional, lo mismo en el orden de la superación de la hipoacusia o sordera (ya sea sordera de transmisión, ya sea sordera de recepción), que en el orden de la superación de la hiperacusia (esto es, aquella paradójica sordera que consiste en oír lo que no se dice).
De todos modos, no siempre se trata de algún tipo de imposibilidad de escuchar del propio oído, sino muchas otras veces de alteración en el proceso y en las circunstancias de transmisión en que la voz adviene a nosotros, toda vez que el ambiente en que proferimos y acogemos la palabra se halla tan polucionado, tan contaminado, que apenas si cabe superar las interferencias y los ruidos para inteligir alguna profundidad de mensaje.
Se diría que el Norte no es el lugar más idóneo para evitar las sorderas y los sarcasmos de la razón comunicativa, pues no llega a nosotros del mismo modo la voz del otro a través del agua, que a través del aire, que a través de un sólido, y tampoco llega a nosotros del mismo modo a través de la amistad, que a través del dinero, o que mediante el gesto inequívoco del desprendimiento solidario. La voz puede en esos casos ser la misma, pero la distorsión mediatizadora del ambiente la hace distinta. Y sería harto ingenuo, en verdad, pretender una fenomenología de la voz sin una cuidada analítica del ambiente en que la voz misma es proferida.
De cualquier forma, la voz de la persona puede ir cambiando, lo mismo que cambia la voz del niño cuando se hace adolescente, y la del adolescente cuando adulto, y la del adulto cuando anciano.
Carecemos de una voz definida y definitiva «ne varietur». Desde la compleja arquitectura de nuestra realidad personal emergen profundas y roncas, dulces y atipladas voces, quizá en situaciones distintas nos sorprenden voces interiores nuevas, quizá no nos pide la voz el mismo tono ni la misma flexión con toda la gente, hay voces para los unos y voces para los otros... Toda voz tiene su tiempo, del mismo modo que todo rostro tiene su instante, y que toda mirada posee su punto de inflexión en el espejo multióptico que la vida misma nos presenta.
Se gana y se pierde vista, se gana y se pierde oído, se gana y se pierde voz, se gana y se pierde en proximidad y en projimidad. Y en todo caso ha de preguntarse cada cual: ¿Dónde está tu hermano?
Paul Luis Landsberg llegó a escribir al respecto nada menos que lo que diferencia a cada persona de las demás sería la respuesta que ella confiere a esta cuestión:
«Si tratamos de descubrir el contenido de la diferencia central entre las personas, ella aparece como la manera singular en que el hombre encuentra a su Dios».
Es decir, que el «principio de individuación» de la persona vendría dado por su relación con el otro, en la medida en que esa relación constituye nuestra propia identidad. La voz auténtica, así las cosas, no sería el eco autista y solipsista donde Narciso cree escucharse a sí mismo y sólo a sí mismo, sino la percusión y la resonancia de mi voz en el otro que me la devuelve como mía siendo suya, y recíprocamente.
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