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Estudio escarlata

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Los siete primeros capitulos de la primera parte de "Estudio en Escarlata", primer aventura de Sherlock Holmes publicada por Sir Arthur Conan Doyle.

Agregado: 09 de MAYO de 2005 (Por anonimo) | Palabras: 23920 | Votar! |
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Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura >
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    Autor: anonimo (info@alipso.com)

    A continuación podrás disfrutar de los primeros siete capítulos de la primera parte de "Estudio en Escarlata", primer aventura de Sherlock Holmes publicada por Sir Arthur Conan Doyle. En próximas actualizaciones pondré los siguientes capítulos.



    Estudio Escarlata
    PRIMERA PARTE. Copia de las memorias de Jhon Watson, Ex-Médico mayor del ejército Inglés.
    Capítulo I. Sherlock Holmes.


    En 1878 me doctoré en medicina en la Universidad de Londres. Después de haber perfeccionado mis estudios en Nedley (siguiendo así la costumbre de todos los médicos militares), me destinaron definitivamente al 5° de fusileros de Northumberland, en calidad en médico mayor. Este regimiento estaba entonces de guarnición de incorporarme a él había empezado la segunda campaña del Afganistán.

    Al desembarcar en Bombay, me enteré que mi regimiento había atravesando ya la frontera y estaba en el centro del país enemigo. Me uní a varios oficiales cuya situación era análoga a la mía, y nos pusimos en marcha, para llegar cuanto antes a la ciudad de Kandahar. Allí encontré a mi regimiento, y aquel mimo día empecé a desempeñar mis funciones. Ascensos, recompensas: tal fue para muchos el resultado de esta campaña; para mí no fue más que un centenar de sinsabores y desgracias.

    La permuta con un compañero me obligó a cambiar de regimiento y a incorporarme a los bekshires, con cuyo batallón tomé parte en la fatal acción de Maiwand, y en la cual fui herido de un trabucazo en la espalda. Me rompieron una clavícula, interesándome la arteria, y ya iba a caer en poder de los feroces ghazis, cuando la abnegación y el valor de mi asistente Murray me salvaron la vida. Tras una lucha denodada, consiguió echarme sobre los lomos de un caballo y ganar así las filas inglesas. Rendido por el sufrimiento, debilitado por las fatigas y las privaciones, formé parte de un convoy de heridos destinados al hospital central de Peshawur. Allí empecé a recobrar mis perdidas fuerzas, y ya estaba suficientemente fuerte para poder pasearme por las salas y hasta tenderme al sol en una terraza, cuando fui atacado por el tifus, ese terrible azote de nuestras posesiones índicas. Después de haber pasado varios meses entre la vida y la muerte, sané; pero estaba tan delgado y tan débil, que los médicos, luego de una detenida consulta, decidieron reembarcarme para Inglaterra, como único medio de salvación. Tomé, pues, pasaje a bordo del Orontes, y un mes más tarde desembarqué en Posrmouth, con poca salud, es verdad, pero provisto, en camino, de una licencia en toda regla, por la cual nuestro bueno y paternal gobierno me dejaba en completa libertad, durante nueve meses, para reponerme.

    Sin familia ni hogar, libre como el aire, contando por toda fortuna con catorce francos treinta y cinco céntimos diarios, no tuve, como es natural, otra idea que dirigirme a Londres, punto hacia el cual converge, desde los más apartados rincones del Imperio británico, esa multitud de personas que no tienen empleo fijo ni medio determinado de ganarse la vida. Me instalé en un modesto hotel del Strand, y por algún tiempo mi existencia fue de lo más aburrida y monótona, no ocupándome más que de ir mermando poco a poco mis ahorros. No pasó mucho tiempo sin que mi estando económico empeorase, de tal suerte, que me vi en la imprescindible necesidad de tomar una de estas dos determinaciones: o abandonar la capital e irme a vivir al campo y vegetar tristemente, o cambiar radicalmente mi género de vida. Me decidió por esto último, y aquel día empecé a ponerlo en práctica, mudándome de alojamiento y escogiendo otro, no tan lujoso, por lo menos más económico. El mismo día en que había tomado esta determinación, y estando en el bar Criterion, sentí que alguien me tocaba en la espalda; me volví, y reconocí al joven Stamford, a quien había tenido de practicante en el hospital de Barts. El encuentro de un conocido en medio del infernal mare magnum londinense es una de las cosas más agradables que puede nadie imaginarse y, sobre todo, para una persona que está completamente sola. Por eso, aunque Stamford no esa un íntimo amigo mío, fraternicé con él desde el primer momento, holgándome mucho del encuentro; él, por su parte, no parecía menos contento que yo. En un arranque de expansión le invité a almorzar en casa de Holborn. Aceptó, y momentos después subíamos a un choche que nos condujo al restaurant. Mientras el vehículo recorría las populosas calles de Londres, me preguntó mi compañero con asombro mal disimulado:

    - ¿Pero qué diablo le ha ocurrido a usted, amigo Watson?

    En pocas palabras le puse al corriente de mi situación. Terminaba de contarle mis aventuras, cuando llegamos a la puesta del restaurant.

    - ¡Pobre muchacho!... - exclamó Stamford, con tono de conmiseración - Y ahora ¿ qué hace usted?

    - Por el momento, nada. Me ocupo en buscar un alojamiento más modesto que el que tengo, y que sea, a pesar de su baratura, lo más confortable posible.

    - ¡Qué casualidad! - exclamó mi interlocutor -. Es usted la segunda persona que en el día de hoy me habla de lo mismo.

    - ¿Y quién es la primera?

    - Un muchacho que va al hospital a trabajar en el laboratorio químico. Se lamentaba esta mañana de no hallar un amigo con quien partir un piso que ha encontrado muy bonito y muy cómodo, pero demasiado caro para sus recursos.

    - ¡Caramba! - exclamé -. Si tiene tantos deseos de encontrar a alguien, presénteme a él. Acepto su proposición; prefiero vivir acompañado, a vivir solo.

    Stamford me miró detenidamente antes de contesta.

    - No conoce usted todavía a Sherlock Holmes - dijo después de una pausa -;quizás cuando lo conozca no quiera vivir con él.

    - ¿Por qué? ¿Acaso no es un apersona decente? ¿Se le puede reprochar algo?

    - No, no; no he querido decir eso. Es un poco original, un fanático para cierta clase de estudios; pero, por lo demás, es un muchacho muy agradable.

    - Estudiante de medicina, ¿no es cierto?

    - No; realmente es difícil saber qué carrera sigue. Según dicen, sabe mucha anatomía y es un gran químico. De lo que estoy seguro es de lo último; es un gran químico, pero me parece que no ha seguido con regularidad los cursos universitarios. Estudia de un modo raro, verdaderamente excéntrico, sin detenerse en aquello que todos aprendemos, y, en cambio, profundiza materias y puntos que todos descuidamos. Es el asombro de los profesores.

    - ¿No le ha preguntado usted nunca por qué carrera se decidía?

    - No, y acaso hubiera sido inútil, porque es un hombre a quien en algunas ocasiones no se puede sacar una palabra del cuerpo, y en cambio otras veces está por demás comunicativo.

    - Bueno, pues me alegro mucho. De vivir con alguien, prefiero ser compañero de un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy aún lo suficiente fuerte para soportar mucho ruido y agitarme, sobre que todo eso ya lo he sufrido bastante en el Afganistán, y no me encuentro con fuerzas para empezar de nuevo. ¿Dónde encontraremos a su amigo?

    - Probablemente estará en el laboratorio - replicó Stamford -. Allí va desde por la mañana hasta por la noche; otras veces no le vemos durante semanas enteras. Si usted quiere, tomaremos un choche después de almorzar e iremos en su busca.

    - Con mucho gusto - le respondí, y nos pusimos a hablar de otra cosa. Camino ya del hospital, Stamford volvió a insistir sobre mi futuro compañero.

    - Bueno - exclamó -; conste que usted no me reprochará nada, caso de que no llegue a entenderse con ese individuo; yo no le conozco más que de verle de vez en cuando n el laboratorio; de usted, y no de mí, ha nacido la idea de vivir con él.

    Yo le contesté:

    - Si no nos entendiéramos, con separarnos asunto concluido. Sin embargo, Stamford - añadí mirándole fijamente -, me parece que tiene usted razones especiales para desentenderse de todo lo que pueda ocurrir entre él y yo. ¿Es tan terrible por ventura, el carácter de ese hombre?...Vamos, hable francamente y déjese de misterios.

    Stamford se echó a reír.

    - No hablo más claro, amigo mío, porque me es difícil explicar lo inexplicable. Holmes está, según mi opinión, tan identificado con la ciencia, siente tal fanatismo por ella, que fatalmente le conducirá ala insensibilidad más absoluta. Por ejemplo, me parece que no tendría el más ligero escrúpulo en administrar a usted una inyección de un veneno que estudiara, no por mala intención, no, sino para observar el efecto que produciría en el organismo humano. Debo de hacer constar, sin embargo, que lo mismo que le propina a usted la dosis venenosa, se la tomaría él. Está obsesionado por el afán de profundizarlo todo y encerrarlo en fórmulas matemáticas.

    - Eso, realmente, no es un defecto.

    - Convenidos; pero la exageración sí lo es, y exageración es, y muy grande, coger un bastón y golpear los cadáveres colocados en la mesa de disección, eso, por lo menos, es extraño.

    - ¿Qué me cuenta usted?

    - La pura verdad. Esto lo hizo un día para, según él, estudiar los golpes producidos sobre los cadáveres, y lo he visto yo.

    - ¿Pero no dice usted que no es estudiante de medicina?

    - Y no lo es. Por más que Dios sabe lo que se propone, siguiendo esa norma de estudios...Pero ya hemos llegado; ahora se convencerá usted por sí mismo de la verdad de lo que digo.


    Sin dejar de hablar, nos metimos en una callejuela y franqueamos una pequeña puerta abierta en un ala del hospital. Era para mí aquel terreno familiar, y no necesitaba guía para franquear los escalones de la vasta y severa escalera y para seguir el camino que me convenía a través de aquellos largos corredores, de paredes encaladas, y en las que se abría de vez en cuando alguna puerta pintada de oscuro. Casi al final de este pasillo habla otro, oscuro y lóbrego, que conducía al laboratorio químico. Figuraos una habitación enorme, de techo elevado, y cubiertas sus paredes, de arriba abajo, de innumerables frascos. Por doquiera mesas grandes y muy bajas, distribuidas sin orden alguno, y sobre estas mesas y entre las retortas y las probetas, pequeñas lámparas Busen de llama azul que daban una luz mezquina y vacilante.


    En esta sala y al fondo, había un solo estudiante inclinado sobre una mesa y absorto completamente en su trabajo. Al ruido de nuestros pasos levantó rápidamente la cabeza y se dirigió a nosotros dando gritos de triunfo y agitando la probeta que tenía en la más.

    - ¡Aquí está! ¡Aquí está! - gritó - ¡Por fin he encontrado el único reactivo que precipita la hemoglobina!

    Creo que sí hubiera descubierto una mina de oro, no habría estado tan contento.

    - El doctor Watson...el señor Sherlock Holmes - dijo Stamford presentándonos.

    - ¿Cómo está usted? - dijo Holmes con amistosa franqueza, estrechándome la mano con una energía reveladora de una fuerza muscular que yo no hubiera adivinado a primera vista- ¡Ah! Cómo se conoce que viene usted del Afganistán.

    - ¿Cómo lo ha adivinado usted? - exclamé admirado.

    - ¡Bah! Eso no tiene importancia - replicó sonriendo -. Hoy por hoy, lo importante es la hemoglobina y su reactivo. ¿Comprenden ustedes toda la trascendencia de este descubrimiento?...

    - Evidentemente - respondí.

    - Tiene mucho interés desde el punto de vista químico; ahora, que desde el punto de vista práctico...Más aún, precisamente su relación con la medicina legal es lo que da a este descubrimiento una importancia desusada. ¿No comprende usted que esta sustancia nos da a conocer de un modo infalible la presencia de la sangre humana? Venga, venga usted por aquí.

    Y en su apresuramiento me cogió de la manga y me llevó hacia su mesa de trabajo.

    - Pero antes procurémonos sangre fresca - dijo, y se dio un lancetazo en el dedo con el bisturí, recogiendo en un tubito una gota de sangre -. Ahora echo esta gota en un litro de agua; ya ve usted que conserva el mismo color de antes; la proporción de sangre no puede exceder de una millonésima; sin embargo, no dudo que obtendremos la reacción característica.

    Y acompañando la acción a la palabra, echó en el recipiente varios cristales blancos y después algunas gotas de un líquido transparente; en un instante el agua quedó coloreada, y en el fondo del recipiente se formó un precipitado de color obscuro.

    - ¡Ah! ¡Ah! - gritó batiendo sus manos con alegría infantil -. ¿Qué tal? ¿Qué le parece a usted?...

    - Es maravilloso, ¿verdad? Antes con el Gaic se obtenían raras veces difíciles y oscuros resultados. Además, había que someter los glóbulos de sangre al análisis microscópico, y si esta sangre estaba seca no se obtenía resultado alguno; mi reactivo, por el contrario, sirve lo mismo y produce idénticos resultados en la sangre seca como en la sangre fresca. ¡Oh, si hubiera sido conocido antes! ¡Cuántos hombres que se pasean tranquilamente hubieran sufrido hace tiempo el castigo consiguiente a sus crímenes!

    - Es verdad - exclamé.

    - Y tanto como es verdad; como que este es un punto capitalísimo en gran número de asuntos judiciales. No se sospecha que un hombre ha cometido un crimen hasta pasados algunos meses; entonces se examinan sus ropas, sus trajes, todo, y se encuentran en ellos manchas rojizas. ¿De qué son? ¿De sangre? ¿De barro? ¿De hierro? ¿O simplemente el zumo de una fruta? Y ya tienen ustedes a la justicia despistada. ¿Por qué? Porque no posee un reactivo infalible; pero ahora poseemos ya afortunadamente el reactivo Sherlock Holmes, y la incertidumbre, la duda, desaparecen.

    Mientras hablaba, brillaban sus ojos. Cuando hubo acabado puso la mano sobre su corazón y se inclinó profundamente en actitud de dar las gracias a una muchedumbre imaginaria y entusiasta.

    - ¡Enhorabuena! ¡Enhorabuena! - le dije, admirado, aún más que del descubrimiento, de su entusiasmo.

    - Y en apoyo de mi teoría, ¿no tenemos el caso de Ruchoff, de Francfort?...Seguramente a estas fechas estaría ahorcado si hubiera sido conocido mi reactivo, ¿Y Marón, de Bradford? ¿Y el Célebre Müller? ¿Y Lefevre, de Montpellier, y el Sansón e Nueva Orleáns? Y como éstos pudiera citar muchos casos más.

    - ¡Es usted un repertorio viviente de crímenes! - exclamó Stamford, riendo -. ¿Por qué no publica una memoria que se titule Anales judiciales del tiempo pasado?

    - No crea usted que no sería interesante - murmuró Sherlock Holmes, pegándose un tafetán a la cisura que se había hecho en el dedo.

    - Luego añadió, mostrándome su mano y sonriendo.

    - Esto es una medida preventiva, porque como manejo tanto veneno...

    - Y entonces me fijé que la mano tenía varias cicatrices y quemada en algunos sitios por los ácidos.

    - Bueno, pero no hemos venido a esto sólo - interrumpió Stamford, sentándose en un taburete y acercándome otro con el pie para que le imitase -. Hemos venido para hablar de negocios y de negocios serios. Este amigo mío está buscando, como usted, piso que le convenga y como esta mañana le he oído a usted quejarse de no encontrar alguien que quisiera ser compañero de casa, he creído hacer una buena obra poniéndolos a ustedes al habla.

    Sherlock Holmes pareció alegrarse mucho ante la idea de vivir juntos.

    - Tengo apalabrado un piso en Baker Street - me dijo -, que creo nos convendría; pero debo advertir a usted que fumo mucho y un tabaco muy fuerte.

    - Yo, por mi parte, fumo el tabaco de marineros.

    - Bueno; también he de advertirle algo más: estoy casi siempre rodeado de ingredientes químicos, y algunas veces hago experimentos y pruebas. ¿No le molestará a usted?

    - De ningún modo.

    - Esta bien; déjeme que piense y le ponga al corriente de todos mis otros vicios... ¡Ah, sí! Suelen acometerme malos humores, que me duran varios días, y durante los cuales no abro la boca. Nada de incomodarse entonces conmigo; basta con dejarme, e insensiblemente vuelvo a mi estado normal. Ahora suplico a usted me diga cuáles son sus defectos, pues para dos personas que piensan vivir juntas, en convenientísimo saber los vicios de cada una.

    Aquel inesperado interrogatorio me hizo sonreír.

    - Poseo un perrito bull-dog - le dije -. Mis nervios han sufrido tales excitaciones de algún tiempo a esta parte, que me molesta considerablemente toda clase de ruidos. Me levanto a horas inverosímiles y soy excesivamente perezoso. Tengo otra porción de vicios, pero, realmente, estos son los principales defectos que poseo.

    - ¿Le molesta a usted el ruido del violín? - me preguntó Holmes con vaga inquietud.

    - Depende de como lo toquen - le respondí -; cuando se toca bien, tiene algo de placer de los dioses; pero si se rascan malamente sus cuerdas...

    - ¡Ah! Perfectamente, trato hecho, sin más condiciones que la de que sea de su agrado el piso apalabrado por mí.

    - ¿Cuándo quiere usted que le veamos?

    - Venga a buscarme aquí mañana a mediodía; iremos juntos a verle.

    - Convenido - le contesté, estrechándole la mano -. Hasta mañana a mediodía.

    Stamford y yo le dejamos engolfado de nuevo en sus experimentos químicos, y emprendimos otra vez el camino del hotel.

    - Pero, ¿Cómo diablos habrá podido averiguar que he estado en el Afganistán? - le pregunté a mi compañero.

    Stamford se sonrió.

    - Ese es precisamente uno de sus secretos; todo el mundo se pregunta cómo a primera vista puede llegar a conocer las cosas más ocultas.

    - Siempre el misterio - dije, frotándome las manos -; cada vez me interesa más su manera de ser. No puede figurarse cuánto le agradezco el que me haya puesto en relación con semejante personaje. La única manera de conocer a la humanidad consistiría, a ser posible, en estudiar separadamente a cada individuo.

    - Pues bien, dedíquese usted a estudiar a éste; pero debo advertirle que se lanza a la resolución de un problema harto difícil de resolver, y apostaría cualquier cosa a que él llegará antes a conocer el carácter de usted que usted el de él. Ténganlo por seguro. Buenas tardes.

    - Buenas tardes - le contesté; y seguí mi camino, intrigadísimo por mi nuevo amigo.


    PRIMERA PARTE. Copia de las memorias de Jhon Watson, Ex-Médico mayor del ejército Inglés.
    Capítulo II. En donde se ve que la deducción puede llegar a constitutir una verdadera ciencia.




    Al día siguiente, después de habernos encontrado en el punto convenido Sherlock Holmes y yo, nos fuimos al número 221 de Baker Street, para ver el piso en cuestión. Se componía de dos alcobas muy cómodas y una sala bastante grande, elegantemente amueblada, bien aireada y con dos grandes ventanas que daban a la calle. Nuestra unión me seducía tanto y el precio era tan módico, puesto que por el momento pagábamos la mitad del alquiler cada uno de nosotros, que cerramos el trato allí mismo. Tomamos posesión inmediatamente, y aquella misma tarde llevé todos mis papeles y establecí mi despacho en la nueva casa, y a la mañana siguiente llegó Sherlock Holmes cargado de cajas y maletas. Durante dos o tres días nos ocupamos únicamente en desembalar nuestros chismes y bibelots, y los colocamos de modo y manera que tuvieran la mejor vista posible. Terminados estos preliminares nos consideramos definitivamente instalados y empezamos a familiarizarnos con nuestro nuevo alojamiento. Holmes no era un hombre de vida desordenada; modesto en su manera de ser, regular en sus costumbres, rara vez se acostaba después de las diez de la noche, al levantarme, había salido ya de casa después de haber tomado su desayuno. El día lo pasaba entre el laboratorio químico y la sala de disección, y algunas veces se daba largos paseos, casi siempre por las afueras de la población. No puede formarse una idea de su actividad cuando estaba en uno de esos períodos de excitación. Transcurría algún tiempo, venía la reacción, y entonces días enteros, desde que amanecía hasta que anochecía, se los pasaba tumbado sobre un canapé, inmóvil y sin articular palabra. Sus ojos tomaban una expresión tan vaga y soñadora, que cualquiera le hubiera tomado por un imbécil o por un loco si su sobriedad característica y la perfecta moralidad de su vida no hubieran sido una constante protesta semejante suposición.

    Se sucedían las semanas y mi curiosidad crecía por momentos por conocer el móvil de su vida. El aspecto suyo llamaba la atención del menos observador. Su elevada estatura, pues tenía cinco pies y medio, aumentaba su delgadez; sus ojos eran vivos y penetrantes, excepto en esos períodos de sopor de que antes hablé, y su nariz, delgada y aguileña como el pico de un ave de rapiña, daban a su cara una expresión de excesiva penetración. La forma cuadrada y prominente de su barbilla denotada en él una rara fuerza de voluntad. Llevaba las manos constantemente manchada de tinta y quemadas por los ácidos, y a pesar de las cicatrices, tenía una habilidad extraordinaria en los dedos, como pude comprobarlo varias veces viéndole manejar sus pequeños instrumentos de física.

    Aún cuando se me tache de curiosidad femenil, debo decir en descargo mío que cada vez me intrigaba más aquel hombre, y a todo trance quería descubrir el misterio de que se rodeaba. No puede jugárseme severamente, teniendo en cuenta que mi vida no tenía atractivo alguno. Mi salud no me permitía salir más que cuando abonanzaba mucho el tiempo y no tuve nunca uno de esos amigos a quienes confiarme y en cuya compañía olvidar la monotonía de mi existencia, que cada vez se me hacía más pesada y larga. He aquí por qué empleaba la mayor parte del tiempo en pretender desentrañar el misterio de que se rodeaba mi compañero. No estudiaba medicina; al preguntarle yo algo sobre el particular, me confirmó su contestación lo que Stamford y yo presumíamos. Nunca subordinó sus lecturas a un método fijo, con lo que hubiera progresado considerablemente en una ciencia determinada, y por otra parte demostraba singular predilección por cierta clase de estudios. Su erudición era realmente extraordinaria, y más de una vez me quedé sorprendido ante sus citas y sus dichos "Indudablemente - pensaba yo - no es posible que un hombre trabaje así y adquiera en ciertas materias tan vastos conocimientos si no se propone un fin muy definido y si no tiene un plan perfectamente trazado. Las gentes que leen sin seguir un camino determinado no pueden recordar la mayor parte de lo que han leído, ni a nadie creo capaz de meterse en la cabeza conocimientos meramente secundarios, sin tener para ello razones muy especiales."

    Pero al lado de su profundo saber en algunas cosas, para otras era una verdadera nulidad. Tanto en literatura como en filosofía o política, ignoraba hasta lo más rudimentario. Habiéndole citado un día a Tomas Carlyle, me preguntó con la mayor ignorancia que quién era y qué había hecho; pero no fue aquello lo que más me chocó; cuando mi asombró subió de punto fue el día en que por casualidad me enteré que ignoraba en absoluto la teoría de Copérnico y desconocía la explicación del sistema solar. Que hubiera en pleno siglo XIX un ser civilizado que no supiera que la tierra giraba alrededor del sol me pareció inconcebible, no podía creerlo.

    - No le extrañe a usted mi ignorancia - me dijo sonriendo al ver mi asombro -. Ahora que sé lo que es y de lo que se trata, haré cuanto me sea posible por olvidarlo.

    - ¿Por olvidarlo?...

    - Va usted a comprenderlo. En los primeros años de la vida el cerebro humano es, según mi opinión, un cuartucho vacío, y el deber de cada uno consiste en amueblarlo y alojarlo a su gusto. ¿Se trata de un imbécil? Pues llenará su cabeza de materias inútiles que ocuparán el sitio que otras que quizás pudieran servirle para algo. Su cabeza será una amalgama sin orden ni concierto, que ningún provecho le reportará. Por el contrario, fíjese en la mayoría de los seres vulgares, de los industriales, por ejemplo, y observará que tienen especial cuidado en el plan de sus estudios; únicamente se dedicarán a aquellos que más tarde o más temprano puedan servirles de algo. Es un error creer que las paredes del cerebro humano son elásticas y pueden agrandarse o encogerse a la libre voluntad de cada uno. Créame usted: llega un momento en que para cada cosa nueva que se aprende, se olvida otra anteriormente aprendida. No debe cargarse la imaginación de algo que más que nada dificulta y entorpece y hace olvidar lo que algún día puede sernos necesario.

    - Si, pero el sistema solar... - empecé a decirle en tono de protesta.

    - Pero ¿qué bien puede reportar eso? - me contestó con mal reprimida impaciencia -. Dice usted que la tierra gira alrededor de la luna. Me tiene sin cuidado, y no creo que sufran detrimento alguno mis investigaciones y mis otros trabajos.

    A punto estuve de preguntarle en qué consistían esos trabajos; pero me arrepentí, porque comprendí que mi pregunta en aquella ocasión hubiera sido intempestiva. Sin embargo, me puse a meditar detenidamente sobre cuando había dicho, y conseguí encerrarlo en una conclusión ¿No dijo que no quería aprender nada que no estuviera en relación con el fin? Pues cuanto sabía tenía que servirle y serle útil para algo. Me puse a recordar todas las materias en las cuales me pareció estar muy fuerte, y fui formando una pequeña lista, ante la cual no pude por menos de sonreírme cuando la releí. Decía así:

    RESUMEN DE CONOCIMIENTOS DE SHERLOCK HOLMES


    Literatura: nada.
    Filosofía: ídem.
    Astronomía: ídem.
    Política: conocimientos muy superficiales.
    Botánica: conocimientos varios. Versadísimo en todo lo que se refiere a la belladona, el opio y toda clase de venenos. Desconocimiento absoluto de horticultura práctica.
    Geología: conocimientos muy limitados. No distingue las diversas clases de capas geológicas; pero, en cambio, cuando vuelve de sus largos paseos, al enseñarme el lodo en el borde de sus pantalones me dice de qué punto de Londres procede aquel barro.
    Química: conocimientos profundísimos.
    Anatomía: universalidad de conocimientos, pero adquiridos sin arreglo a un plan fijo.
    Literatura sensacional: posee una erudición increíble. Al parecer no existe teoría revolucionaria (literariamente hablando) que no conozca.
    Toca el violín bastante bien.
    Maneja bien el bastón y la espada, y es diestro en el boxeo.
    Conoce prácticamente la ley inglesa.
    Pero cuando hube formado esta lista de la serie de conocimientos de Holmes, la arrojé al fuego, diciéndome: "Es preferible renunciar a todo antes de llegar a saber qué carrera y a qué fin pueden llevar esta amalgama de estudios."

    Acabo de citar a Holmes como violinista. En efecto, tocaba el violín maravillosamente, pero siempre a su manera, de modo tan raro y excéntrico como todo cuanto hacía. Que tocaba piezas de dificultad suma, no hay que dudarlo. Muchas veces, en obsequio mío, tocó romanzas de Mendelssohn y de otros autores tanto o más difíciles. Pero cuando estaba solo, tan pronto se dedicaba a la verdadera música como intercalaba trozos de lo más vulgar y ramplón.

    En ocasiones, y cuando se tumbaba en el canapé, colocaba el violín sobre las rodillas y había vibrar las cuerdas. Unas veces las vibraciones producían una melodía dulce y melancólica; otras se sucedían las notas alegres y vibrantes de modo fantástico y raro. Aquello era algo así como el reflejo de sus sentimientos más íntimos; pero ¿aquella música era una de antas excitaciones de sus facultades mentales, o, por el contrario, un capricho del momento? Nunca llegué a saberlo.

    Hubiera tenido sobrados motivos para protestar enérgicamente de aquellos solos, si en compensación a ellos no hubiera terminado siempre sus sesiones dedicándome alguno de mis números preferidos.

    Durante la primera semana nadie vino a vernos, y empecé a creer que mi compañero tenía tan pocos amigos como yo. Me convencí bien pronto de lo contrario; tenía muchos amigos, y en todas las clases sociales. Recuerdo a un individuo delgaducho y macilento, de ojos vivos y penetrantes, cuya cabeza achatada recordaba las de las ratas. Vino tres o cuatro veces durante aquella semana, fue presentado con el nombre de Lestrade. Una mañana llegó una muchacha muy elegante y muy bonita, y habló con Holmes durante media hora; en la tarde de aquel mismo día vino un individuo de cabello gris cortado a punta de tijera, con todo el tipo del judío embaucador y marrullero; hallábase sumamente excitado y le hablaba a Holmes en tono de súplica; poco tiempo después llegó una mujer en chancletas. Otra de las tardes vino a visitarle un caballero de cabellos blancos y aspecto venerable, y en otra ocasión un empleado del ferrocarril, con su uniforme de terciopelo ribeteado (por el uniforme supuse que era empleado en ferrocarriles).

    Cada vez que llegaba uno de estos individuos, Sherlock Holmes me suplicaba le dejase a solas con ellos; yo entonces me retiraba a mi habitación. Me daba mil excusas por la molestia que por él me tomada y me decía: "Necesito este cuarto para despachar a mis clientes, porque toda esta gente son clientes míos." También hubiera podido valerme de esta ocasión para preguntarle algo acerca de su extraña vida; pero me pareció siempre una imprudencia pretender hacerme cómplice de sus confidencias. Supuse desde el primer momento que alguna razón debía asistirle para no ponerme al corriente de sus asuntos; era el primero en no hacerme partícipe de todo cuanto a él se refería. El 4 de marzo (tengo motivos para no olvidar esta fecha) me levanté un poco más temprano que de costumbre, esperando que le sirvieran el desayuno. Estábamos todos acostumbrados a una vida tan mecánica y tan sujeta a leyes fijas, que mi desayuno no me lo habían servido; con la impaciencia inherente a toda naturaleza humana, llamé para que a toda prisa me lo sirvieran. Sobre la mesa había una revista literaria, y me puse a hojearla en tanto mi compañero devoraba en silencio unos bizcochos. Uno de los artículos aparecía marcado con lápiz rojo, y, naturalmente, mi curiosidad me hizo detener la vista en él y leerlo.

    Se titulaba El libro de la vida , y me pareció algo pretencioso. El autor quería dar a conocer la regla para que todo hombre medianamente observador sacara el mayor partido posible de los actos humanos después de un metódico y detenido examen. Lo que decía sobre el particular me pareció una extraña mezcla de sutileza e ingenuidad; por claros que fueran los razonamientos, las deducciones estaban tan traídas por los cabellos, que caían en la exageración más espantosa. El más pequeño gesto, la contracción de un músculo cualquiera, una mirada, eran lo bastante, según aquel autor, para revelar el más escondido secreto, fuere de quien fuere. Nadie que poseyere cualidades de observación y analizara un poco debía equivocarse, sino que, por el contrario, debía sacar conclusiones tan exactas como pudieran serlo los teoremas de Euclides; y es más, los resultados que llegaran a obtenerse debían aparecer a los ojos de la gente, que, naturalmente, no estaría al tanto de los procedimientos empleados, como verdaderos fenómenos de sortilegio.

    "Presentad - decía el autor - una gota de agua a cualquier hombre dotado de un poco de lógica y será capaz de deducir por aquella simple gota la existencia del océano o del Niágara, sin que jamás haya tenido la menor idea ni del uno ni del otro. La vida de todo individuo a modo de una cadena, en la que basta conocer uno de sus eslabones para deducir cómo son todos los demás. Para ello, es verdad, se necesitan condiciones de deducción y análisis; pero estas condiciones son necesarias para todas las ciencias en general; no pueden llegar a conseguirse sino después de un detenido estudio, y la vida entera de un individuo no sería bastante para llegara un grado de perfección den la materia. Tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista intelectual, este estudio es de tal complejidad, que es cien veces preferible lanzarse a la resolución de los demás problemas de la vida a detenerse en éste. Cuando vemos por primera vez a un hombre es necesario que al primer golpe de vista deduzcamos su historia, su profesión, y este ejercicio, practicado diariamente, aguza nuestras facultades instintivas de observación de la manera, que poco a poco e insensiblemente nos enseña el camino que debemos servir.

    Fijaos en las uñas, en las manchas de la ropa, en el calzado, en las rodilleras del pantalón, en las callosidades de los dedos pulgar e índice, en la expresión de la cara, en los puños de la camisa, y veréis cómo después de este detenido examen llegaís a conocer a fondo todo cuando concierne al individuo en quien hayáis puesto vuestra atención. ¿No es lógico que con tal riqueza de detalles aunados, cualquiera, aun cuando no posea un grado extraordinario de inteligencia, llegue a conseguir resultados tan claros como perfectos?"

    - ¡Qué cúmulo de tonterías! - exclamé dejando la revista sobre la mesa -. En mi vida he leído imbecilidad como ésta.

    - ¿Qué le pasa a usted? - me preguntó Sherlock Holmes.

    - El artículo este que acabo de leer - dije señalándoselo con la cuchara y disponiéndome a tomas el desayuno -. Debe usted haberlo leído ya, porque está marcado con lápiz. Por una parte tiene ingenio, pero por otra llega a cansar tanta candidez. A través de sus renglones veo al utópico rígido que se complace en ir demostrando con teorías sus extrañas paradojas; le veo embutido en un sillón y en la oscuridad de su despacho... Porque, veamos la parte práctica de todo esto. Vaya usted a preguntarle, por ejemplo, a cualquiera de esos que viajan en tercera el oficio y la vida de sus compañeros de viaje; apostaría mil contra uno a que no lo acierta.

    - Pues perdería usted - me contestó Holmes con mucha calma -, y este artículo es mío.

    - ¿De usted?...

    - Mío. Todo cuanto sea observación y deducción me encanta, y todas esas teorías que le parecen a usted quiméricas no pueden ser más prácticas de lo que son, tan prácticas como pueden serlo los medio de que me valgo para ganarme la vida.

    - No lo entiendo - le contesté.

    - Pues voy a demostrárselo a usted. Tengo una profesión especialísima, tan especial, que dudo haya otra en el mundo. Soy, valga la frase, un "policía consultivo". Aquí en Londres, la policía está compuesta de dos clases de agentes: los que dependen del Gobierno y los que pudiéramos llamar secretos. Pues bien; cuando cualquiera de ellos duda acerca de un asunto, vienen a consultarme, y yo les saco de la duda en que se hallan. Para ello me exponen el hacho con todos sus detalles, y gracias al estudio especial que hago del crimen, si, por ejemplo, de un crimen se trata, logro llevarlos al camino de la verdad para que ellos lo sigan después. Todos los crímenes tienen algo de común entre sí. Como es natural, nos hemos familiarizado ya con ellos, y nada tiene de particular que después de conocer mil, se llegue por la deducción al descubrimiento del mil y uno. Ese Lestrade que ha visto antes es uno de los inspectores más conocidos de Londres; le han denunciado un hecho; y no sabe cómo llegar a su descubrimiento; ha venido a consultarme.

    - ¿Y todos los demás que han venido después de ese Lestrade?...

    - Casi todos son de la policía secreta. Vienen a que les saque de la duda en que se hallan; oigo cuanto me dicen, ellos a su vez oyen mis explicaciones, y cobro después mis honorarios.

    - ¿Y sin moverse de ese cuarto tiene usted la pretensión de aconsejar con perfecto conocimiento de causa en todo aquello que a los demás les es difícil llegar a saber estudiándolo sobre el terreno?

    - Ya lo creo. Tengo para mi uso particular una intuición extraordinaria. De vez en cuando suele presentarse algún caso que requiere más atención que los demás, y entonces voy adonde debo ir y veo las cosas por mis propios ojos. Ya creo habrá usted notado que poseo una universalidad de conocimientos que, claro está, me valgo de ellos para la resolución de todos los problemas y me dan un magnífico resultado. Y ese método de deducción que expongo en el artículo que tanto ha indigna a usted, para mí es de inapreciable valor, y puedo demostrarlo, puesto que he sido el primero en llevarlo a la práctica. La observación es en mí una segunda naturaleza. Recuerde que el mismo día que nos conocimos le dije que había usted estado en el Afganistán.

    - Podían habérselo dicho a usted antes.

    - Nada de eso, y desde el primer momento comprendí que venía usted de allá. Por la práctica adquirida durante mucho tiempo, y casi sin darme cuanta de ello, llego a mis conclusiones, eslabonando en mi cerebro las deducciones que se van sucediendo rápidamente. "He aquí (me dije) un hombre con todo el aspecto de un médico y de un militar. Indudablemente es un médico militar. Viene de los trópicos, me lo da a entender su tez tostada por el sol; no es el color natural de su rostro, puesto que sus muñecas conservan la blancura de la piel. Ha debido pasar grandes privaciones y debe haber estado muy enfermo: me lo indica el color. Además, debe haber sido herido en el brazo izquierdo, puesto que lo juega con dificultad. ¿A qué punto de los trópicos puede haber ido un médico militar inglés, para haber sufrido tanto y haber sido herido? Al Afganistán". Y toda esta serie de deducciones no han tardado en sucederse las unas a las otras ni un segundo. ¿Recuerda su asombro cuando le dije que venía usted del Afganistán?

    - Y ahora que lo oigo, creo que no puede darse nada más sencillo - le contesté sonriendo -. Me recuerda usted a Dupin de Edgar Allan Poe; pero nunca creí que tales seres pudieran existir más que en la novela.

    Sherlock Holmes se levantó, y encendiendo su pipa me dijo:

    - Cree usted halagarme comparándome con Dupin, y en mi opinión Dupin era un hombre vulgar. Su único mérito consistía en penetrar el pensamiento de su interlocutor, pero al cabo de un cuarto de hora de silencio absoluto y de haber hecho ciertas observaciones. Ese es un sistema sencillísimo y que puede rebatirse sin gran esfuerzo. Poseía evidentemente condiciones analíticas; pero de eso a presentarlo como un fenómeno, según pretendo Poe, hay una gran diferencia.

    - ¿Ha leído usted las obras de Goboriau? - le pregunté -. Para usted, Lecoq debe ser el perfecto policía.

    Sherlock Holmes me contestó irónicamente:

    - Lecoq era simplemente un enredador; no tenía de bueno más que su energía. Nada más. Es un libro detestable ¿Se trataba, por ejemplo, de identificar a una persona desconocida? Pues lo que a mí me hubiera costado veinticuatro horas, a Lecoq le costaba seis meses. Yo haría que conocieran esa obra todos los inspectores y agentes de policía, para que supieran lo que no deben hacer.

    Me molestaba que tipos que me complacía en admirar fueran criticados con tal saña. Me levanté y me fui a la ventana, para ver la calle con su animación acostumbrada. "Este muchacho (me dije) no dudo que valga; pero está poseído de sí mismo."

    Sherlock Holmes añadió:

    - Puede decirse que ya no hay ni crímenes ni criminales. ¿De qué sirve tener un cerebro perfectamente organizado, en nuestra profesión, se entiende? Tengo la seguridad de que mi nombre podría llegar a ser célebre en muy poco tiempo. No ha habido nadie, que yo sepa, que haya adquirido el número de conocimientos en la materia, ni que reúna condiciones especiales tan grandes como las mías para combatir el crimen. ¿Y para qué? ¡Si los crímenes que hoy se cometen están tan pésimamente maquinados que el más torpe de los agentes de Escoltan Yarda puede dar con el criminal en cuanto quiera!...

    Al ver tan pedantería cambié de conversación.

    - ¿Qué buscará aquel hombre? - pregunté señalando con el dedo a un individuo que lentamente miraba los números de las casas de enfrente.

    Era un muchacho de anchas espaldas y modestamente vestido. Llevaba en la mano un sobre azul, e indudablemente tenía encargo de entregárselo a alguien.

    - ¿Dice usted aquel subteniente retirado de la marina? - me preguntó Sherlock Holmes.

    "¡Vayan al diablo semejante fanfarronadas!(me dije para mí). Sabe perfectamente que no puedo ir a comprobar sus ridículas deducciones".

    Apenas había acabado de pensar esto, cuando el muchacho de la calle, después de fijarse en el número de nuestra casa, atravesó la calle rápidamente. Llamaron a la puerta. Hablaron bajo breves momentos, y un torpe andar oyose en la escalera.

    - Para el señor Sherlock Holmes - dijo el hombre aquel, entrando y entregando la carta a Sherlock.

    Aquella era una gran ocasión para echar por tierra los embustes de mi compañero, y no bien lo hube pensado, le hice la siguiente pregunta que viniera a confirmar mis presunciones:

    - Dígame usted - le dije amablemente -. ¿Qué profesión o qué oficio tiene usted?

    - Mandadero - me contestó bruscamente -; pero mi librea están arreglándomela, y...

    - ¿Y antes? - le pregunté, mirando a Holmes maliciosamente con el rabillo del ojo.

    - Antes era sargento de infantería ligera de la marina de guerra... ¿Tiene contestación la carta?

    - No - dijo Holmes

    - Entonces, buenas tardes.

    Se cuadró, llévose la mano a la visera, y salió.

    Capítulo III. El misterio del Jardín Lauriston.




    Lo confieso; esta inesperada prueba de la exactitud de las teorías de mi amigo me causó tan profunda impresión, que se tradujo en un aumento considerable del respeto y consideración que por sus facultades analíticas sentía. Sin embargo, aún dudaba. ¿No podía ser lo sucedido un golpe de efecto preparado de antemano con el único fin de embaucarme? Quizás; pero ¿qué fin se proponía al sorprender de tal suerte mi buena fe y mi credulidad?

    Al pensar en esto me dediqué a observarle. Había acabado de leer la carta, y su mirada había tomado esa vaguedad característica en él, cuando su imaginación volaba por el espacio.

    - ¿Cómo ha podido adivinar lo de antes? - le pregunté.

    - ¿Adivinar qué? - me contestó bruscamente.

    - Que ese hombre era un subteniente de marina.

    - ¡Vaya una cosa! - murmuró por lo bajo; después añadió sonriendo: - Perdona, amigo Watson, mis intemperancias; ha interrumpido usted el curso de mis pensamientos; pero… quizás sea preferible. Después de todo, me alegro. De modo que ¿de veras no adivinó usted desde el primer momento que aquel hombre había sido o era subteniente de un navío?

    - De veras; no lo adiviné.

    - Sin embargo, más fácil era adivinarlo que explicar el proceso de observación conducente a conocerle. Me es tan difícil el explicárselo a usted bien, como a usted le sería el explicar que dos y dos son cuatro; y no obstante, no hay nada más absolutamente cierto, ¿no es verdad? De todos modos, se lo explicaré a usted como pueda. Cuando aquel individuo estaba frente a la casa, pude observar un precioso tatuaje azul en el dorso de una de sus manos. Esto es un signo característico de todo marino; además, su tipo era militar: aquellas patillas y aquella sotabarba estaban pregonándolo escandalosamente. Tenía cierto aire altivo, y andaba y se movía como el tiene el hábito del mando. ¿No se fijó usted en su modo de levantar la cabeza y cómo golpeaba el suelo con el bastón?… Y por último, como no era muy joven, sino más bien tenía una vaga apariencia de respectability, deduje que aquel hombre había sido o era subteniente de navío.

    - ¡Maravilloso! - exclamé asombrado.

    - Nada de eso; muchas gracias, - replicó modestamente Holmes, aunque me pareció adivinar que le había halagado mucho aquel grito mío de espontánea admiración -. Decía hace poco que ya no había criminales dignos de tal nombre, ¿es verdad? - preguntó -. Pues bien, me equivocaba de medio a medio al afirmarlo. Lea usted.

    Y me dio la carta que acababa de serle entregada.

    - ¡Qué horror! - exclamé después de haberla leído - ¡Esto es horrible!

    - Sí, se sale un poco de la monotonía de todos los días - replicó tranquilamente - ¿Tiene usted la bondad de leérmela en voz alta?

    He aquí el contenido de la carta:





    "Querido señor Sherlock Holmes:
    Esta noche pasada se ha cometido un crimen en el número 3 de la calle del Jardín Lauriston, cerca de Briston Road. Hacia las dos de la mañana, el guardia de ronda vio luz en la casa; como está inhabitada, le llamó la atención y se decidió a entrar en ella. La puerta estaba abierta; en el primer cuarto, completamente desamueblado, aparecía el cadáver de un hombre decentemente vestido, que parecía pertenecer a una clase social elevada; en uno de sus bolsillos hemos encontrado tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland (Ohio) V. S. A.; no creo que el robo haya sido el móvil del crimen, y también es imposible, por ahora, saber cómo se ha cometido. En las paredes y en el suelo de la habitación hay manchas de sangre: pero el cuerpo no sólo no tiene ninguna herido, sino que no hemos podido encontrar la más ligera contusión. ¿Cómo ha logrado entrar este hombre en la casa inhabitada? He aquí el problema, o mejor dicho, uno de los problemas, porque este asunto aparece rodeado de tal misterio, que le da caracteres de enigma.

    Me encontrará usted en el lugar del suceso a cualquier hora antes de las doce. Lo he dejado todo pendiente hasta saber si venía usted o no. En caso de no poder venir, escríbame y le daré todos los detalles que necesite, y excuso decirle lo que me agradaría si me asociara usted a sus indagaciones para descubrir la verdad.

    Queda de usted afectísimo, etc., etc.,"

    TOBIAS GREGSON



    - Gregson es el más fino y el más astuto de los sabuesos de Scotland Yard - observó Holmes -. Lestrade y él son los mejores y más temibles agentes de ese barrio tan poco recomendable. Son los dos valientes, listos, conocedores del terreno y los hombres, pero desgraciadamente no son fríos, y muchas veces son víctimas de su parti-pris. Sienten tal emulación el uno por el otro, como no lo sentirían dos mujeres a la moda, si los dos se encargan de este asunto. Le prometo a usted desde ahora escenas divetidísimas.

    Yo estaba asombrado ante la tranquilidad de Holmes.

    - No perdamos tiempo - exclamé -. ¿Quiere que vaya a buscar un coche?

    - No sé, déjeme pensarlo. Soy el perezoso mayor del mundo, amigo Watson; vivo habitualmente por temporadas; ya sabe usted que son escasos mis períodos de actividad.

    - Pero esta es la ocasión que usted tanto deseaba.

    - Sí, es verdad; pero ¿qué beneficio me puede reportar? Supongamos que desentraño el misterio; tenga usted la seguridad de que Gregson, Lestrade y compañía serán los que se aprovechen… he aquí uno de los inconvenientes de no tener cargo oficial.

    - Sin embargo, desde el momento que solicitan su concurso…

    - ¿Sabe usted por qué? Gregson no ignora que mis condiciones policiacas aventajan, con mucho, a las suyas, y que yo quizás lo descubriera; pero antes se dejaría arrancar la lengua que confesarlo. De todos modos, vamos; sabremos de qué se trata, y ya que no otra cosa, nos reiremos de los dos. En marcha.

    Diciendo esto, se puso su gabán y se animaba por momentos. Empezaba el periodo de actividad.

    - Pronto, el sombrero de usted - dijo.

    - ¿Qué? ¿Le acompaño?

    - Sí, si no tiene usted nada que hacer.

    Minutos después, y dentro de un hansom, marchábamos en dirección de Briston Road. La mañana era brumosa; el cielo estaba cubierto de nubes plomizas, y una neblina que parecía el barro de las calles limado flotaba entre las casas y sobre las casas. Holmes se hallaba de muy buen humos, hablando de los violines de Cremosa y sobre los méritos comparados de un stradivarius y un amati. Yo guardaba silencia; el tiempo tristón, aquel crimen y sus circunstancias me impresionaban penosamente.

    - No parece que se preocupa usted mucho de este asunto - dije tras largo silencio, interrumpiendo la disertación musical de mi amigo.

    - Aún no tengo por qué preocuparme - respondió -; no soy partidario de sentar conclusiones y conjeturas antes de tener los materiales necesarios para ello; este sistema es contraproducente.

    - Pues no tendrá que esperar mucho para empezar a estudiar - dije mirando por la ventanilla -; ya hemos llegado a Briston Road, y, si no me equivoco, aquella es la casa.

    - Tiene usted razón. ¡Cochero, para! - gritó.

    Estábamos aún a unos cien metros del lugar del suceso, pero Holmes se empeño a echar pie a tierra para hacer el resto del trayecto a pie.

    La casa número 3 de la calle del Jardín Lauriston tenía un aspecto impresionante y siniestro; formaba parte de un grupo de cuatro casas construidas algo retiradas de la calle; las dos primeras estaban habitadas, las otras dos, no. Estas últimas tenían las hileras de ventanas abiertas, de aspecto lúgubre y abandonada, y de ves en cuando oscilaban pendientes cartones blancos en señal de que están aquellas casas por alquilar; estos cartones, destacándose sobre el fondo negro de las ventanas abiertas, daban la impresión de ojos cubiertos por un velo blanco. La calle estaba separada de las casas por un pequeño jardín; ahora estos jardines, enlodados por la continua lluvia de la noche anterior, se habían convertido en cenegales inmundos. En tiempo seco y ordinario servía de paso una estrecha vereda de arena, que más bien parecía una cinta amarillenta que camino de hombres; se veían de trecho en trecho algunas plantas decoloridas y mustias. Por último, para cerrar la finca, había un muro de ladrillo de un metro de altura, coronado por una verja de madera.

    Cuando llegamos, un polícia estaba apoyado contra esta verja, y un grupo bastante numerosos de curiosos y vagabundos alargaban el cuello y clavaban la vista en el interior, con la débil esperanza de conocer algún detalle del drama misterioso que tras aquellas paredes había ocurrido. Pensaba yo que Sherlock Holmes no perdería un minuto en entrar en la casa y atacar de frente el enigma; pero, con gran asombro mío, procedió de un modo completamente distinto. Con aire de indiferencia supina (que, dadas las circunstancias, no dudé en calificar de afectación) empezó a pasear por la calle a pasos cortos y dirigiendo sus miradas tranquilas ya hacia el suelo, ya hacia las casas de enfrente, ya hacia la verja. Cuando hubo terminado este examen, se dirigió lentamente hacia la casa, cuidando de seguir por el borde de los macizos, y con los ojos fijos en tierra. Dos veces se detuvo, y se dibujó una sonrisa en su rostro, al tiempo que brotaban de sus labios una exclamación de satisfacción. Sobre la tierra encharcada se veían huellas de numerosos pasos; pero con el trajín y el continuo ir y venir de los policías, no comprendía yo qué importancia tendrían estas señales para Holmes. Esto no obstante, conociendo la maravillosa aptitud de Sherlock para estudiar los más pequeños detalles, comprendí que iba descubriendo multitud de cosas interesantes allí donde yo no notaba nada de particular. Cuando llegamos a la puerta de la casa, apareció en el umbral un hombre alto, de tez pálida, de cabellos rubios como el lino, y con un libro de apuntes en la mano, que se dirigió hacia nosotros, saludó efusivamente a mi compañero, al tiempo que le decía:

    - Muchas gracias por haber venido; aún no hemos hecho nada ni resuelto nada, esperándole a usted.

    - Excepto por aquí - exclamó mi amigo, señalando con el dedo el camino de arena -. Una manada de búfalos no hubiera causando los desperfectos que han cometido ustedes; sin embargo, ya habrá usted hecho las observaciones necesarias en el jardín, ¿verdad, Gregson?

    - He tenido tanto quehacer en el interior de la casa - contestó evasivamente el policía -. Pero mi colega el señor Lestrade creo que sí se ha ocupado de examinar el jardín.

    Holmes me miró guiñándome un ojo, y añadió:

    - Con dos policías como usted y Lestrade, no tendré yo mucho que hacer que digamos.

    Gregson se frotó las manos con aire satisfecho.

    - Creo, en efecto - añadió -, que hemos hecho todo lo que humanamente se podía hacer; porque le advierto que es un caso curiosísimo; y como sé que le gustan a usted los…

    - ¿Ha vendo usted en coche? - interrumpió Sherlock Holmes.

    - No.

    - ¿Y Lestrade?

    - Lestradre, tampoco.

    - Está bien; veamos por dentro.

    Y después de esta interrupción, que yo creí era incoherente, entro en la casa seguido de Gregson, que parecía estar completamente aturdido. Un corto pasillo, cuyo suelo estaba alfombrado materialmente por el polvo, conducía a la cocina y las habitaciones interiores; a cada lado de este corredor se abría una puerta; una de ellas tenía todas las trazas de no haberse abierto nunca o hacía mucho tiempo; la otra daba al comedor, en donde se había desarrollado el drama. Hacia esta pieza se dirigió resueltamente, y yo lo seguí, dominado por esa extraña sensación que experimentamos todos en presencia de la muerte.

    Era el comedor una habitación grande que la total ausencia de muebles hacía parecer mayor. Un papel pintado muy ordinario cubría las paredes; se veían grandes renegrones producidos por la humedad, y en algunos sitios largas tiras de papel pendían, dejando al descubierto el muro sucio y húmedo que debieran haber cubierto. Frente a la puerta, y en el ángulo de una chimenea pretenciosa, imitación de mármol blanco, se veía un cabo de vela de cera roja casi consumido. Los cristales de la única ventana de aquel comedor estaban tan sucios, que a duras penas permitían que pesase la luz del día, dando a toda la habitación un tinte sombrío y lóbrego, aumentado por la espesa capa de polvo de que estaban cubiertos todos los objetos que allí había.

    Pero todos estos detalles los recordé pasado algún tiempo; en aquel momento solicitaba toda mi atención el horrible espectáculo que teníamos ante nosotros. A nuestros pies, inmóvil, rígido, yacía el cadáver de un hombre, dirigiendo hacia el techo la mirada sin vida de sus ojos espantosamente abiertos. Parecía tener de cuarenta y cuatro a cuarenta y cinco años, de estatura regular, ancho de espaldas, de cabello negro y rizado y barba corta y escasa. Estaba vestido con una americana basta, un chaleco basto también y un pantalón claro; el cuello y los puños de la camisa eran de una blancura inmaculada. Un sombrero de copa nuevo y brillante estaba en tierra, los brazos los tenía en cruz; las manos crispadas y las extremidades inferiores denotaban que los sufrimientos de la agonía debieron ser horribles; en aquel rostro se retrataba tal expresión de horror y de odio como no he visto ni he vuelto a ver en ningún otro. Todo su aspecto, su frente deprimida, su nariz achatada, su barba prominente, y sobre todo, su posición y sus miembros torcidos y aún retorcidos, contribuían a darle la apariencia de un gorila, más que de un ser humano. He visto la muerte presentándose en todas formas y maneras; pero como aquel día, en aquella habitación lóbrega y sombría, nunca.

    Lestrade, con el aspecto de hurón característico en él, estaba en el umbral de la puerta, y nos saludó cuando entramos.

    - ¡Vaya un asunto sensacional, Holmes! - dijo -. Hace mucho tiempo que estoy en el servicio, y ya me he acostumbrado a todo; pero como este negocio he visto pocos.

    - Ni un indicio - dijo Gregson.

    - ¡Vaya un asunto sensacional, Holmes! - dijo -. Hace mucho tiempo que estoy en el servicio, y ya me he acostumbrado a todo; pero como este negocio he visto pocos.

    - Ni un indicio - dijo Gregson. - Ni uno - apoyó Lestrade.

    Sherlock Holmes se aproximó al cadáver, se arrodilló y lo examinó detenidamente.

    - ¿Están ustedes seguros de que no tiene herida alguna? - preguntó, señalando las numerosas gotas de sangre que había por todas partes.

    - Completamente seguros - dijeron los policías a un tiempo.

    - Entonces, esta sangre será otro, quizá del asesino… si esto es un asesinato. Este caso me recuerda, por las circunstancias que le rodean, el de Van Janse, de Utrecht, en 1834… ¿Se acuerda usted, Gregson?

    - No, señor.

    - Pues léalo, se lo aconsejo. Leyendo mucho se convence uno de que nada hay nuevo bajo el sol, de que todo lo que pasa ya ha pasado.

    Mientras hablaba, sus dedos ágiles y prontos oprimían, desabrochaban, subían, bajaban, inspeccionaban todo; sus ojos habían vuelto a tomar la expresión vaga que ya he explicado. Tan rápido fue el examen, que nunca hubiera creído fuera tan escrupuloso como después me convencí que había sido.

    Holmes se inclinó sobre la boca del muerto y aspiró, luego sopló, y por último, terminó su trabajo examinándola suela de las botas, que llevaban la marca de un buen zapatero.

    - ¿No ha movido nadie este cadáver? - preguntó.

    - Únicamente lo indispensable - contestaron.

    - Bueno; pues ya pueden ustedes mandarlo al depósito; yo ya he terminado.

    Gregson, ya hacía rato, había hecho venir a cuatro hombres con una camilla; entraron y cogieron el cadáver. En el momento de levantarlo del suelo, cayó una sortija. Lestrade la cogió y la miró estupefacto.

    - Aquí ha entrado una mujer - exclamó -; éste es un anillo de boda.

    Y lo mostraba sobre la palma de la mano. Todos le rodeamos y examinamos el hallazgo; efectivamente, era un anillo de boda.

    - Vaya, otra complicación - murmuró Gregson -, como si ya no lo estuviera bastante.

    - Quizás, por el contrario, sea una pista - observó Holmes -. Pero mirando el anillo no sacaremos nada en limpio. ¿No han encontrado nada en los bolsillos?

    - Sí, ahí está todo - contestó Gregson señalando un montón de objetos colocados en un escalón -; un reloj de oro número 97.163, de casa Barraud, de Londres; una cadena de oro de las llamadas "Albert", sólida y muy pesada; una sortija de oro con un signo masónico; alfiler de oro que representa la cabeza de un bull-dog, figurando los ojos dos rubíes, y un tarjetero de piel de Rusia con dos tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland. Este nombre corresponde a las iniciales E.J.D. que en la ropa interior se ven; no hay ningún portamonedas, pero sí hemos encontrado en un bolsillo dinero por valor de siete libras trece chelines (188 francos 75 céntimos), una edición de bolsillo de Decamerón, de Boccaccio, marcando en la primera página con el nombre de José Stangerson.

    - ¿Qué firma llevan esas cartas?

    - Banco Americano, Strand. Lista de correos. Son las dos de la compañía de vapores Guion, y hablan de las fechas en que sus barcos salen de Liverpool. Como se deduce, este desgraciado pensaba embarcar un día u otro para Nueva York.

    - ¿No ha tratado usted de averiguar nada acerca de ese Stangerson?

    - Sí - respondió Gregson -. He hecho insertar anuncios en todos los periódicos y he enviado uno de mis agentes al Banco Americano; pero aún no ha regresado.

    - ¿Ha telegrafiado usted a Cleveland?

    - Esta mañana.

    - ¿Y cómo ha redactado el telegrama?

    - He puesto únicamente las circunstancias que rodean a este asunto, y he dicho que agradeceremos mucho todos los detalles que nos trasmitan, con el fin de esclarecer los puntos oscuros.

    - ¿Y no ha preguntado nada acerca de algo muy importantes?

    - He pedido detalles sobre Stragerson.

    - ¿Nada más? ¿No comprende usted que debe haber algo que constituye la clave de todo esto? ¿No piensa volver a telegrafiar?

    - Yo, no. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer - contestó Gregson, algo amostazado.

    Sherlock Holmes murmuró entre dientes, y ya iba a contestar destempladamente a Gregson, cuando entró Lestrade - que durante esta conversación estaba en la habitación del muerto, pues nosotros permanecíamos en el recibimiento - frotándose las manos con aire triunfal y gozoso.

    - Señor Gregson - dijo -: acabo de hacer un descubrimiento de gran importancia, y que seguramente nadie se hubiera fijado en ello si a mí no me da la idea de practicar un registro minucioso y detallado.

    Sus ojos brillaban, y a duras penas podía disimular la alegría que experimentaba por haber echado la zancadilla a su colega.

    - Por ahí, vengan ustedes por aquí - dijo

    - Le seguimos, y me pareció que el aire de aquella habitación era más respirable desde que no estaba el muerto en ella.

    - Ahora, fíjense ustedes.

    Encendió una cerilla en la suela de su zapato, y la levantó como para alumbrar la pared.

    - ¡Miren! - exclamó triunfalmente.

    He dicho hace poco que no había papel en algunos sitios de la pared en algunos sitios de la pared; en un rincón, un gran pedazo de este papel había sido arrancado, dejando al descubierto la pared, sucia y mugrienta; en el muro veíase escrito con letras rojas y en caracteres burdos y groseros: RACHE.

    - Ni uno - apoyó Lestrade.

    Sherlock Holmes se aproximó al cadáver, se arrodilló y lo examinó detenidamente.

    - ¿Están ustedes seguros de que no tiene herida alguna? - preguntó, señalando las numerosas gotas de sangre que había por todas partes.

    - Completamente seguros - dijeron los policías a un tiempo.

    - Entonces, esta sangre será otro, quizá del asesino… si esto es un asesinato. Este caso me recuerda, por las circunstancias que le rodean, el de Van Janse, de Utrecht, en 1834… ¿Se acuerda usted, Gregson?

    - No, señor.

    - Pues léalo, se lo aconsejo. Leyendo mucho se convence uno de que nada hay nuevo bajo el sol, de que todo lo que pasa ya ha pasado.

    Mientras hablaba, sus dedos ágiles y prontos oprimían, desabrochaban, subían, bajaban, inspeccionaban todo; sus ojos habían vuelto a tomar la expresión vaga que ya he explicado. Tan rápido fue el examen, que nunca hubiera creído fuera tan escrupuloso como después me convencí que había sido.

    Holmes se inclinó sobre la boca del muerto y aspiró, luego sopló, y por último, terminó su trabajo examinándola suela de las botas, que llevaban la marca de un buen zapatero.

    - ¿No ha movido nadie este cadáver? - preguntó.

    - Únicamente lo indispensable - contestaron.

    - Bueno; pues ya pueden ustedes mandarlo al depósito; yo ya he terminado.

    Gregson, ya hacía rato, había hecho venir a cuatro hombres con una camilla; entraron y cogieron el cadáver. En el momento de levantarlo del suelo, cayó una sortija. Lestrade la cogió y la miró estupefacto.

    - Aquí ha entrado una mujer - exclamó -; éste es un anillo de boda.

    Y lo mostraba sobre la palma de la mano. Todos le rodeamos y examinamos el hallazgo; efectivamente, era un anillo de boda.

    - Vaya, otra complicación - murmuró Gregson -, como si ya no lo estuviera bastante.

    - Quizás, por el contrario, sea una pista - observó Holmes -. Pero mirando el anillo no sacaremos nada en limpio. ¿No han encontrado nada en los bolsillos?

    - Sí, ahí está todo - contestó Gregson señalando un montón de objetos colocados en un escalón -; un reloj de oro número 97.163, de casa Barraud, de Londres; una cadena de oro de las llamadas "Albert", sólida y muy pesada; una sortija de oro con un signo masónico; alfiler de oro que representa la cabeza de un bull-dog, figurando los ojos dos rubíes, y un tarjetero de piel de Rusia con dos tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland. Este nombre corresponde a las iniciales E.J.D. que en la ropa interior se ven; no hay ningún portamonedas, pero sí hemos encontrado en un bolsillo dinero por valor de siete libras trece chelines (188 francos 75 céntimos), una edición de bolsillo de Decamerón, de Boccaccio, marcando en la primera página con el nombre de José Stangerson.

    - ¿Qué firma llevan esas cartas?

    - Banco Americano, Strand. Lista de correos. Son las dos de la compañía de vapores Guion, y hablan de las fechas en que sus barcos salen de Liverpool. Como se deduce, este desgraciado pensaba embarcar un día u otro para Nueva York.

    - ¿No ha tratado usted de averiguar nada acerca de ese Stangerson?

    - Sí - respondió Gregson -. He hecho insertar anuncios en todos los periódicos y he enviado uno de mis agentes al Banco Americano; pero aún no ha regresado.

    - ¿Ha telegrafiado usted a Cleveland?

    - Esta mañana.

    - ¿Y cómo ha redactado el telegrama?

    - He puesto únicamente las circunstancias que rodean a este asunto, y he dicho que agradeceremos mucho todos los detalles que nos trasmitan, con el fin de esclarecer los puntos oscuros.

    - ¿Y no ha preguntado nada acerca de algo muy importantes?

    - He pedido detalles sobre Stragerson.

    - ¿Nada más? ¿No comprende usted que debe haber algo que constituye la clave de todo esto? ¿No piensa volver a telegrafiar?

    - Yo, no. Ya he hecho todo lo que tenía que hacer - contestó Gregson, algo amostazado.

    Sherlock Holmes murmuró entre dientes, y ya iba a contestar destempladamente a Gregson, cuando entró Lestrade - que durante esta conversación estaba en la habitación del muerto, pues nosotros permanecíamos en el recibimiento - frotándose las manos con aire triunfal y gozoso.

    - Señor Gregson - dijo -: acabo de hacer un descubrimiento de gran importancia, y que seguramente nadie se hubiera fijado en ello si a mí no me da la idea de practicar un registro minucioso y detallado.

    Sus ojos brillaban, y a duras penas podía disimular la alegría que experimentaba por haber echado la zancadilla a su colega.

    - Por ahí, vengan ustedes por aquí - dijo

    - Le seguimos, y me pareció que el aire de aquella habitación era más respirable desde que no estaba el muerto en ella.

    - Ahora, fíjense ustedes.

    Encendió una cerilla en la suela de su zapato, y la levantó como para alumbrar la pared.

    - ¡Miren! - exclamó triunfalmente.

    He dicho hace poco que no había papel en algunos sitios de la pared en algunos sitios de la pared; en un rincón, un gran pedazo de este papel había sido arrancado, dejando al descubierto la pared, sucia y mugrienta; en el muro veíase escrito con letras rojas y en caracteres burdos y groseros: RACHE.

    - ¿Eh?… ¿Qué piensan ustedes de esto? - dijo el policía tomando el tono de un saltimbanqui a la puerta de su barranca -. No habíamos visto antes esta inscripción porque está, como se habrán ustedes fijando, en el rincón más oscuro de cuarto; pero el asesino, hombre o mujer, ha escrito esto con su propia sangre, indudablemente; miren, miren cómo se ha corrido la sangre a lo largo de la pared; este descubrimiento aleja por completo toda idea de suicidio. Ahora bien; ¿por qué ha escogido el asesino este sitio y no ha escogido el asesino este sitio y no otro? Muy sencillo: cuando aquella vela estaba encendida, éste era el rincón más alumbrado del cuarto; lo contrario que ahora, que es el más oscuro.

    - Bueno; ¿y qué os viene usted a demostrar con este descubrimiento? - preguntó Gregson irónicamente.

    - ¿Qué vengo a demostrar? Pues que alguien iba a escribir el nombre de Raquel y, que circunstancias fortuitas , no ha podido terminarlo; acuérdese de lo que digo: cuando se haya hecho la luz en este misterio, verá usted cómo una mujer llamada Raquel interviene en el asunto… Sí, sí; ríase, señor Sherlock Holmes; usted será muy hábil, muy malicioso, pero una vez más el viejo perro de caza ha ganado al joven…

    - Dispénseme, Lestrade - dijo mi amigo, cuyo intempestivo acceso de risa había provocado aquella salida del policía -. Reconozco desde ahora que a usted corresponde la gloria de haber descubrimiento esta palabra, que, como dice muy bien, no puede haber sido escrita más que por el segundo personaje del drama de esta noche. Yo no he tenido aún tiempo de examinar este cuarto, y con su permiso voy a hacerlo inmediatamente.

    Y acompañando la acción a la palabra, sacó de su bolsillo un metro y una lupa redonda y se puso a examinar todos los rincones de la habitación silenciosamente, parándose aquí, arrodillándose allá, y algunas veces hasta deteniéndose cuan largo era en el suelo.

    Esto le absorbía de tal manera, que parecía haber olvidado nuestra presencia; se le oía de vez en cuando hablar en voz baja, dejando escapar exclamaciones de rabia, despecho, alegría o gozo. Viéndole así, traía a la memoria un perro de caza cuando va de un lado a otro persiguiendo la caza, y que ladra de vez en cuando.

    Estas investigaciones duraron veinte minutos. Tan pronto Holmes medía con minuciosidad extremada la distancia entre dos señales casi invisibles, como aplicaba el metro contra la pared para medirla por extenso. Una de las veces cogió un puñado de polvo gris del suelo y lo metió en un sobre. Por último, examinó detenidamente con la lupa los contornos de las letras escritas con sangre. Y acabado este examen, dio por terminada su investigación y se guardó el metro y la lupa en el bolsillo.

    - Dicen que es hombre de talento el que se sabe dar importancia inconscientemente - dijo sonriendo -. No es cierto este axioma, pero se puede aplicar perfectamente a los policías.

    Gregson y Lestrade habían estado observando las maniobras de su colega con cierta curiosidad no exenta de desdén; no comprendían lo que yo empezaba a adivinar: que los más pequeños actos de Sherlock Holmes convergían a un punto determinado y definitivo.

    - ¿Qué opina usted? - preguntaron a un tiempo los dos.

    - No quiero arrebatarles a ustedes el mérito de resolver este problema - contestó mi amigo -. Y por otra parte, no necesitan que nadie se mezcle en sus asuntos, pues ustedes solos se bastan para acometer las más altas empresas.

    Estas palabras encerraban todo un mundo de ironía, que no comprendieron.

    - Sin embargo, si quieren ustedes darme cuenta del resultado de sus investigaciones, no tengo el más pequeño inconveniente en ayudarles en la medida de mis fuerzas. Quisiera hablar con el policía que ha descubierto el cadáver. ¿Podrían decirme dónde vive?

    Lestrade consultó su libro de apuntes.

    - Se llama John Rance - dijo -. Pero ahora está franco de servicio. Le encontrará usted en Kennington Park-Yate, número 46.

    Holmes apuntó la dirección y me dijo:

    - Vamos, doctor, vamos a buscar a ese hombre.

    Después, dirigiéndose a los dos policías, añadió:

    - Permítanme que les dé algún detalle que quizás pueda serles útil. Estamos presencia de un asesinato, y lo ha cometido un hombre; este hombre tiene de estatura un metro ochenta centímetros por lo menos, y está en la plenitud de su vida; sus pies son pequeños con relación a su estatura; llevaba calzado vulgar de punta cuadrada y fumaba pitillos de Trichinópolis. Vino aquí con su víctima en un coche de alquiler de cuatro ruedas, de un solo caballo, cuyas herraduras tres eran viejas y la otra completamente nueva. El asesino, casi aseguraría que es sanguíneo; las uñas de su mano derecha son extremadamente largas… Esto, repito, no son más que detalles, pero quizás puedan ser útiles.

    Lestrade y Gregson se miraron sonriendo con incredulidad.

    - Si hubo un asesinato, ¿cómo lo han matado? ¿Con qué? - preguntó el primero.

    - Por medio de un veneno - respondió secamente Sherlock, e hizo ademán de irse - ¡Ah! Una palabra, Lestrade - dijo en el momento de franquear el umbral -. "Rache" es una palabra alemana que significa "venganza"; no pierda usted el tiempo en buscar alguna Raquel.

    Y después de haber disparado esta especie de "flecha de parto", salió definitivamente, dejando con la boca abierta a sus dos colegas, que le miraban alejarse con ojos llenos de asombro.

    Capítulo IV. Los datos sumistrados por John Rance.


    Daba la una cuando abandonamos la casa número 3 de la calle del Jardín Lauriston. Sherlock Holmes se detuvo en la primera estación telegráfica y redactó y expidió un extenso telegrama. Después tomamos un coche, que nos condujo adonde Lestrade nos había indicado.

    - Lo que hemos podido averiguar en el lugar del suceso - dijo Sherlock - no tiene importancia alguna. Ya tengo formada mi opinión respecto a este crimen, y sé, sobre poco más o menos, el camino que debe seguirse. Sin embargo, bueno es que tengamos en cuenta todos los detalles posibles, para obrar después con mayor conocimiento de causa.

    - Le admiro a usted, Holmes - contesté -, y tendría verdadero gusto en que me demostrara de una manera clara y terminante en qué se funda para fijar su atención en esa serie de pequeñas cosas que ha ido usted enumerando a Lestrade.

    - Pues me fundo en señales indelebles, que no engañan jamás - me respondió -. En lo primero que me fijé fue en la doble marca hechas por las ruedas de un coche que se detuvo junto a la verja. Aparecían en el suelo las dos rayas tan claras, se distinguían tan perfectamente, que no cabía duda alguna que aquellos surcos habían sido hechos durante la noche anterior. Me fijé también en las huellas que dejaron las herraduras del caballo, y vi que algunas de ellas se dibujaban en el barro con mayor claridad que las otras, lo que indicaba que la herradura era nueva. Tenía la seguridad de que allí se detuvo un coche después de empezar a llover, y luego, por las declaraciones de Gregson, supe que durante la mañana no se había visto coche alguno. Deduje, sin gran dificultad, que durante la noche llegaron en el coche el asesino y su víctima.

    - Hasta ahora me parece todo perfectamente lógico - le contesté -; pero ¿cómo ha podido usted averiguar la estatura del asesino?

    - Voy a explicárselo. De cada diez veces, nueve puede calcularse la estatura de un hombre por la longitud de sus pasos. No quiero cansar a usted con la serie de operaciones necesarias para conseguirlo; pero es un cálculo perfectamente exacto y seguro. Bástele saber que he sumado dos veces primero el número de pasos que dio en aquel pasillo sucio y polvoriento. Además, fíjese usted en que siempre que un hombre escribe o dibuja en la pared, instintivamente lo hace a la altura de sus ojos, y la palabra aquella estaba a un metro ochenta y dos centímetros del suelo.

    - ¿Y su edad? - le pregunté.

    - Si un hombre puede sin esfuerzo dar un paso que mida un metro veinte centímetros, se deduce que no de ser un hombre viejo y achacoso; por el contrario, debe tratarse de un hombre que esté en la plenitud de su vida, y eso es lo que medía un charco que debió saltar. No sé si se fijaría usted en que aquel lodazal estaba bordeado por las huellas de unos zapatos casi femeninos, en tanto que los zapatos de punta cuadrada había podido salvarlo de un solo salto. ¿Se convence usted cómo no tienen nada de particular mis observaciones? Basta aplicar cualquiera de las reglas de deducción de artículo. ¿Quiere sabe alguna cosa más?

    - Sí, señor; la dimensión de sus uñas y lo del cigarro de Trichinópolis - le contesté.

    - La inscripción de la pared la hizo con el índice mojado en sangre. Pues bien; con mi lupa he podido observar que el yeso estaba ligeramente arañado, lo que, como es de suponer, no hubiera ocurrido si la uña del dedo hubiera sido corta; y en cuanto el cigarro, recogí algunas pizcas de ceniza; vi que era negra y compacta, y es clase de ceniza la producen tan sólo los cigarros de Trichinópolis. Debo advertir a usted que he hecho detenidos estudios de toda clase de cenizas, y hasta he escrito algo sobre el particular, y distingo a primera vista de la ceniza de que se trata, sea del tabaco que sea. Precisamente estos detalles son los que diferencian a un policía hábil de un Gregson o de un Lestrade cualquiera.

    - ¿Ha dicho usted que aquel hombre debía de ser de temperamento sanguíneo? - le pregunté.

    - Sí; esa es una afirmación algo más aventurada que las otras; pero, a pesar de todo, estoy casi seguro de ello. Le ruego que, por el momento, no insista sobre el particular, pues no podría contestar a usted categóricamente.

    Me pasé la mano por la frente y dije:

    - Cuanto más pienso en todo lo que rodea a este crimen, más misterioso y raro me parece. ¿Cómo diablos llegaron a esa casa desalquilada los dos hombres, si es que, como dice usted, fueron dos? ¿Dónde está el cochero que los llevó hasta la casa? ¿Cómo puede un hombre obligar a otro a envenenarse? ¿De dónde procede aquella sangre que vimos en la pared? ¿Cuál fue el móvil que indujo al asesino, si no fue el del robo? ¿Por qué estaba allí aquella sortija de mujer? Y, sobre todo, ¿qué quiere decir aquella palabra alemana "Rache" que escribió con sangre el asesino antes de huir?… Confieso que me sería imposible llegar al descubrimiento de todo esto.

    Mi compañero sonrió con aire de aprobación, y me dijo:

    - Veo que enumera usted de un modo claro y preciso todas las dificultades que se presentan en el caso, y algunas de ellas parecen de difícil solución; sin embargo, casi estoy seguro de llegar a dar con el quid de cada una. En cuanto a los trabajos practicados por Lestrade, no son más que infundios y patrañas, con los que pretende hacer creer a la policía que el socialismo alemán y las asociaciones secretas se hallan mezcladas en todo esto. La palabra "Rache" no la ha escrito un alemán. A poco que se haya fijado, habrá visto que la a se parece algo a la a del alfabeto alemán; pero cuando un verdadero alemán tiene que escribir un alemán tiene que escribir un nombre propio, como por ejemplo, en este caso, se vale de los caracteres latinos, de donde se deduce que la palabra esa no la ha escrito un alemán, sino una mano torpe que ha querido valerse de esa artimaña para despistar. No quiero decir a usted más, querido doctor. Ya sabe que el prestidigitador pierde el mérito de su trabajo tan pronto como descubre la trampa de sus juegos; y si sigo explicando a usted mis procedimientos de investigación acabará por creerme un hombre tan vulgar como el que más.

    - No crea -le contesté -. Ha llegado usted a hacer de la profesión de policía una ciencia eminentemente exacta.

    Mi afirmación, y más que nada el tono convincente de mis palabras satisficieron en grado sumo a mi compañero. Los elogios hechos a sus estudios y a su ciencia le enorgullecieron y producían en él el mismo efecto que producen en una mujer las alabanzas hechas a su belleza.

    - Debo advertir a usted algo más - me dijo -. Los dos hombres, el de calzado pulcro y fino, y el otro, que seguramente calzaba zapato o bota de punta cuadrada, en tanto caminaban por el pasadizo, iban el uno junto al otro, quizás cogidos del brazo; pero cuando entraron en la casa, se separaron y anduvieron así largo trecho, y aun me atrevo a afirmar que el hombre de zapato afeminado quedó de guardia, en tanto el otro recorría las habitaciones. He podido observar todo en el polvo del suelo y he podido observar también que cuanto más andaba más excitado e intranquilo estaba. Esto último lo prueba lo largo de sus pasos, que aumentaban considerablemente conforme avanzaba. Debía de hablar al mismo tiempo, y su cólera debió de llevarle al paroxismo de la desesperación, y durante esa desesperación exagerada fue cuando se desarrolló la tragedia. Existen bases segurísimas que pueden tomarse como puntos de partida. Lo que desearía es abreviar o más posible, porque tengo verdadero empeño en oír esta tarde a Norma Neruda, que canta en Hallé.

    Durante nuestro diálogo el coche atravesó una infinidad de calles sucias y tortuosas, y cuando hubimos llegado a la más oscura y triste, detúvose; el cochero, señalándonos con el látigo un callejón que se abría entre aquellos paredones de ladrillos, nos dijo:

    - Allí está Andley-Court; yo los esperaré aquí.

    El aspecto de Andley-Court dejaba bastante que desear. Atravesamos el corto y estrecho paraje, y fuimos a salir a un patio burdamente empedrado y rodeado de puertecillas que daban acceso a nauseabundas habitaciones. Nos abrimos camino a través de una barahúnda de chiquillos desarrapados y de un laberinto de ropa tendida de color indefinible, hasta que conseguimos llegar a una puerta sobre la que se leía en una plancha de cobre el nombre de Rance. Entramos; nos dijeron que Rance estaba en la cama, y en una habitación muy reducida, que hacía las veces de sala, esperamos a que se levantara. Le debió hacer poca gracia que le interrumpiéramos en su descanso.

    - En la Prefectura he dicho lo que tenía que decir - dijo Rance.

    Holmes sacó del bolsillo de su chaleco una monedita de oro y se puso a jugar con ella distraídamente.

    - Ya lo sé - dijo Sherlock -; pero queremos oír de boca de usted lo ocurrido.

    - Con mucho gusto diré a ustedes cuanto sepa - contestó el agente, sin quitar el ojo de la moneda de oro.

    - Explíquenoslo a su manera.

    Rance se sentó en un canapé, y despabilándose para no olvidar nada de lo sucedido, empezó así:

    - Voy a decir a ustedes todo, c por b. Mis horas de servicio eran desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. A las once hubo una riña en la taberna del "Corazón de Plata"; pero descontando esto, en mi distrito reinaba la mayor tranquilidad. A la una de la madrugada empezó a llover, y a esa hora aproximadamente me encontré a Harry Murcher, mi compañero del distrito de Holanda, con quien estuve hablando un buen rato en la esquina de la calle Enriqueta. De repente, serían las dos, minuto más o menos, se me ocurrió dar una vuelta por Briston Road para ver si había alguna novedad. Aquello estaba horrorosamente sucio y solitario; no había un alma, y no encontré más que uno o dos coches durante todo el trayecto. Caminaba lentamente, pensando en lo bien que me hubiera sentado un vaso de vino caliente, cuando distingo una sombra en la ventana de la casa del crimen; como sabía perfectamente que aquellas dos casas estaban desalquiladas, porque el dueño se niega a hacer las reparaciones en las atarjeas, a consecuencia de lo cual murió el inquilino anterior de unas tifoideas, me extrañó ver alumbrada una de las habitaciones, y supuse que debía ocurrir algo extraño y anormal, cuando llegué a la puerta.

    - Sí; se detuvo, y después volvió hasta la verja del jardín. ¿Y por qué hizo eso?

    Rance, asombrado, miró a Sherlock Holmes.

    - Sí, efectivamente, eso hice; pero me extraña que lo sepa usted, pues no creo que por allí hubiera nadie que fuera a contarlo… Lo hice porque cuando llegué a la puerta y vi aquello tan solo y abandonado, la verdad, pensé que no hubiera estado de más el hacerme acompañar de otro, de Murcher, por ejemplo. No tengo miedo a nada ni a nadie; pero se me ocurrió que quizás aquella sombra fuera el muerto de tifoideas, que venía a inspeccionar las malditas atarjeas. Me sobrecogió aquello de tal manera, que di la vuelta para ver si se distinguía la linterna de Murcher; pero no vi nada ni nadie.

    - ¿A nadie?

    - A nadie, ni un gato. Me rehice, volví y abrió la puerta. Dentro, todo estaba tranquilo y silencioso; entré en una habitación donde había luz, y no encontré más que una vela de cera roja sobre la chimenea y el cadáver tendido en tierra.

    - Sí, ya sé; entonces dio usted algunos pasos por la habitación, se arrodilló junto al muero, salió de aquel cuarto y pretendió abrir la puerta de la cocina, y entonces…

    John Rance se levantó entre admirado y confuso, y dijo a Holmes:

    - Pero ¿dónde estaba para ver todo eso? Me parece que sabe usted más de lo debido, y … Sherlock Holmes se echó a reír, y sacando su tarjeta, dijo Rance:

    - No vaya a detenerme creyéndome el autor del crimen; soy el perro de caza que busca al perro. Gregson y Lestrade podrán dar a usted más detalles. Pero sepamos: ¿qué hizo después?…

    Rance se sentó y continuó:

    - Bajé de nuevo hasta la verja y silbé… Entonces Murcher y los demás agentes vinieron al oír la señal.

    - ¿Había alguien en las calles?

    - Nadie, mejor dicho, como si no hubiera habido nadie.

    - ¿Por qué dice usted "como si no hubiera habido nadie"?

    El agente hizo una mueca y dijo:

    - Pues porque he visto muchos borrachos en mi vida: pero como aquel hombre que estaba allí cuando salí de la casa, no he visto nada. Agarrando como un mono a la verja del jardín, cantaba a voz en cuello la copla de Colombine u otra cosa parecida. ¡No podía tenerse en pie!…

    - ¿Y qué aspecto tenía? - pregunto Sherlock Holmes.

    A Rance parecía extrañarle que Sherlock Holmes insistiera en puntos completamente ajenos a la cuestión.

    - Pues el aspecto de un hombre… alcoholizado, y de fijo hubiera dormido en la Prefectura a no haber tenido ocupaciones más importantes a que dedicarnos.

    - Pero la cara, cómo iba vestido, eso es lo que me hace falta saber. ¿No pudieron ver cómo era?

    - Sí, y tanto como lo vimos. Figúrese usted: Murcher le llevaba de un brazo y yo de otro… Tenía cara coloradota.

    - Basta; no siga usted. ¿Dónde está ese hombre? - preguntó Holmes.

    - ¡Ah! No lo sé - respondió bruscamente el agente - Nosotros le dejamos camino de su casa.

    - ¿Y cómo dice que iba vestido?

    - Con un gabancillo oscuro…

    - ¿Llevaba un látigo en la mano?

    - No, señor.

    - Entonces debió dejárselo en el pescante. ¿No vio usted después ningún coche, ni oyó ningún ruido?…

    - No.

    - Está bien: tomé.

    - Y mi compañero puso en la mano de Rance una monedita de oro.

    Se levantó, cogió su sombrero y dijo:

    - Amigo Rance, temo que no llegue usted a ocupar altos puestos en su profesión. Es preciso no considerar a la cabeza solamente como un adorno físico, sino como algo que puede sernos muy útil y de lo que tenemos que valernos. Ayer pudo ganar los entorchados de brigadier, porque ese hombre que tuvo entre sus manos en el que posee la clave del misterio; mejor dicho, es el hombre que nos hacía falta para descubrirlo todo… Vámonos, doctor.

    Fuimos en busca del coche, dejando a Rance estupefacto, incrédulo aún.

    - ¡Qué imbécil! - exclamó Holmes amargamente en tanto volvíamos a casa -. No volveremos a encontrar ocasión parecida!… ¡Qué lástima no haberla aprovechado!

    - No acabo de ver claro en todo esto… - le contesté -. La descripción que usted me hizo del cómplice del crimen concuerda en un todo con las señas de ese hombre de que nos ha hablado Rance. Pero ¿por qué ha vuelto al lugar del crimen?… ¿Por qué no huyó, como todo criminal?…

    - Pues por la sortija; volvió, a buscar la sortija que encontramos allí. Si no encontramos otra pista, tendríamos que valernos de la sortija para tirar nuestras líneas. ¡Ah! Pero caerá, doctor, le aseguro que muy pronto caerá en mis manos. ¡Y pensar que le debo este nuevo estudio que acabo de hacer! Porque, a no haber sido por usted, yo no me hubiera molestado en lo más mínimo. Pero es encantador, ¿verdad?, es encantador llegar a atrapar la pista de ese hilo teñido en sangre de todo crimen, y poco a poco ir desenredándolo de entre la madeja humana, para cortarlo, aislarlo de lo demás y estudiarlo después detenidamente. Ahora vamos a almorzar, y luego iremos a oír a Norma Neruda, que canta como un ruiseñor; nadie como ella ataca la nota y la resuelve poco a poco después sin esfuerzo alguno. ¿Recuerda usted aquella romanza de Chopin que empieza… trala-la-la-lira-lari…?

    Y arrebujado en el interior del coche, púsose a canturriar aquel amateur policíaco, en tanto yo pensaba en los diversos aspectos que puede ofrecer el espíritu humano.

    Capítulo V. El anuncio surte efecto.


    Todas estas emociones habían sido demasiado violentas par mi salud, aún poco fuerte, ay al llegarla noche estaba fatigadísimo. Cuando se fue Holmes, me tumbé sobre un sofá con la esperanza de dormir una o dos horas. Todo fue inútil. Estaba demasiado nervioso para poder conseguirlo, y las ideas más fantásticas, seguirlo, y las ideas más fantásticas, las suposiciones más extrañas, nacían y tomaban cuerpo en mi cerebro. Cada vez que cerraba los ojos veía el cadáver con su cabeza de gorila y sus miembros retorcidos. Tan mal efecto me había producido su vista, que hasta llegué a disculpar al asesino; porque en muchos individuos ha impreso el vicio su imborrable estigma, pero como en la cara de Enoch J. Drebler, de Cleveland, en niniguno. A pesar de todo, no dejaba de reconocer que, por poco interesante que fuese la víctima, la justicia tenía el deber de esclarecer el misterio y la ley debía castigar tan horrible crimen.


    Por otra parte, me asombraba la seguridad con que mi compañero afirmó que aquel hombre había muerto envenenado; me acordé que Holmes habíase inclinado sobre los labios del cadáver, y estaba convencido de que había descubierto alguna pista. Además, si no había muerto envenenado, ¿de qué había muerto no presentando, como no presentaba su cuerpo, ninguna herida ni señal de estrangulación? Pero por otra parte, ¿de dónde provenían aquellas manchas de sangre? Por más que hicimos, no encontramos el más ligero indicio de lucha ni la más pequeña señal de que aquel hombre hubiérase defendido arma en mano. Siempre, siempre el misterio… y cuanto más pensaba, más me convencía de que, hasta no resolverlo satisfactoriamente, ni Holmes ni yo dormiríamos tranquilos. Esto no quita para que él estuviera tan tranquilo e indiferente, lo cual me obligaba a pensar que ya debía estar sobre alguna pista segura; pero ¿cual era? Por más que cavilaba, no puede adivinarla.


    Holmes volvió tarde, tan tarde, que sin duda no sólo el concierto le había detenido fuera de casa. Cuando llegó ya estaba servida la cena.


    - He pasado una tarde deliciosa - dijo sentándose -. ¿Se acuerda usted lo que dice Darwin sobre la música? Pretende que el hombre, mucho antes de hablar, sabía producir sonidos melódicos que luego armonizaba. Quizás por esto nos entusiasma tanto la música. Todavía tenemos en lo íntimo de nuestro ser alguna que otra reminiscencia de aquella época envuelta en la bruma del pasado, cuando la tierra y la humanidad estaban en la infancia.


    - Me parece muy abstracta es teoría - observé.


    - Todas las teorías deben ser abtractas… como la naturaleza que interpretan, o, por lo menos, deben interpretar - respondió -. Pero ¿qué tiene usted? Está distraído y preocupado. ¿Tanto le ha impresionado el asunto de Briston Road?


    - Sí, lo confieso; me han impresionado mucho, a pesar de que debía de estar curado de espanto por mi campaña en el Afganistán. He visto a mis compañeros ser despedazados materialmente en Maiwand y he conservado mi sangre fría; pero este asunto…


    - Lo comprendo. ¿Y a que no sabe usted por qué? Porque aquí hay un misterio que impresiona su imaginación. Cuando ésta no trabaja, puede decirse que el hombre no existe… ¿Ha leído los periódicos de esta noche?


    - No.


    - Dan noticias bastantes detalladas del crimen; pero no mencionan el descubrimiento de la sortija de mujer que cayó al suelo cuando levantaron el cadáver, de lo que me alegro mucho.


    - ¿Por qué?


    - Lea este anuncio - me respondió -. Cuando veníamos a casa esta mañana, envié una copia a todos los diarios de Londres.


    Cogí el periódico y leí el sitio indicado. Era el primer anuncio de la columna reservada a los objetos perdidos y decía así:




    "Esta mañana ha sido encontrado en Briston Road, entre la taberna del 'Corazón de Plata' y Holland-Grove, un anillo de boda, de oro mate. Dirigirse al doctor Watson, Baker Street,, 221 bis, entre ocho y nueve de la noche."

    - Dispénseme usted haber tomado su nombre - me dijo -; si hubiera puesto el mío, alguno de mis colegas lo habría leído y hubiera querido mezclarse.


    - Tiene usted razón - contesté -. Pero si viene alguien a pedir la sortija, ¿ que le entrego?… Yo no tengo ninguna.


    - Le entrega usted ésta - replicó, dándome una -, que puede servir perfectamente; es un facsímil muy bien hecho; parece la original.


    - ¿Quién cree usted que podrá venir al leer el anuncio?


    - ¿Quién quiere que venga? El hombre del abrigo oscuro, nuestro amigo, de rostro colorado y de zapatos de punta cuadrada… Y si no viene él en persona, enviará algún cómplice.


    - ¿ No cree usted que pueden sospechar?


    - No; si mis suposiciones son exactas, y tengo todos los motivos para creer que lo son, ese hombre se expondrá a toda clase de peligros y riesgos antes que perder esta sortija. Yo creo que se le cayó al inclinarse sobre el cadáver de Drebler y que no lo notó. Luego, cuando ya hubo salido, se fijó en que le faltaba la sortija; pero no se atrevió a volver a buscarla, porque ya la policía estaba en la casa y había descubierto el crimen por su imprudencia de dejar la vela encendida. Para justificar entonces su presencia en aquellos barrios y a tales horas, no encontró mejor medio que fingirse borracho, creyendo así alejar toda sospecha. Y ahora, póngase usted en su lugar; pensando ha debido suponer que bien podía haber perdido la sortija después de salir de la casa del crimen. ¿ Qué hacer entonces? De seguro leerá los periódicos de la noche, para ver si en la sección "objetos perdidos" encuentra algo; verá el anuncio y tendrá, de fijo, una gran alegría. La forma del anuncio alejará de su imaginación toda idea de un lazo tendido para descubrirle. Bien puede cualquiera haberse encontrado la sortija sin estar en relación ni con la policía ni con los delincuentes. Así, pues, estoy seguro de que vendrá. Antes de una hora estará aquí.


    - ¿Y entonces?… - pregunté.


    - Entonces… entro yo. ¿Tiene usted armas?


    - Sí, mi revólver de ordenanza y algunas balas.


    - Bueno, pues cárguelo usted, quizás nos encontremos ante un hombre que luche desesperadamente antes de rendirse, y aunque confío en descubrirle por sorpresa, más vale estar prevenidos.


    Fui, pues, a mi habitación a buscar el revólver; cuando volví ya habían quitado la mesa y Holmes se había entregado a su distracción favorita: tocaba el violín.


    - Poco a poco vamos adelantando - dijo cuando me vio entrar -; acabo de recibir la contestación al telegrama que mandé a América esta mañana; todas mis suposiciones van convirtiéndose en realidades.


    - ¿Qué suposiciones? - dije yo vivamente.


    - Me parece que mi violín necesita cuerdas nuevas - contestó eludiendo la respuesta -. Meta usted el revólver en el bolsillo; cuando venga… el que venga, háblele como si tal cosa, con naturalidad, y tenga confianza en mí… Sobre todo, no le mire usted con demasida fiereza; eso quizás le hiciera sospechar.


    - Son las ocho - dije mirando mi reloj.


    - Quizás esté aquí dentro de algunos minutos - contestó -. Entorne la puerta… Así, eso es. Meta la llave en la cerradura por la parte de dentro… Muy bien, gracias… Mire qué libro tan curioso he encontrado ayer en un baratillo, De Jure inter Gentes , publicando en latín y editado en Lieja (Países Bajos) en 1642. Cuando se publicó este libro aún estaba firme la cabeza de Carlos I.


    - ¿Quién es el editor?


    - Un tal Felipe de Croy. En la primera página está escrito con tinta ya amarillenta por el tiempo Ex libris Gullelmi Whyte ; ¿quién sería este Guillermo Whyte? Algún magistrado culto, sin duda; los rasgos de la escritura delatan al hombre de ley… Pero, sí no me equivoco, ahí está el que esperamos.


    Y en el mismo momento de decir esto sonó la campanilla. Sherlock Holmes se levantó tranquilamente y se volvió con silla y todo cara a la puerta. Oímos a la criada ir al recibiendo y descorrer el cerrojo


    - ¿Vive aquí el señor Watson? - preguntó una voz clara, aunque un poco ruda.


    No llegó a nuestros oídos la respuesta de la criada; pero oímos cerrar la puerta y los pasos de alguien que subía la escalera. Estos pasos eran como vacilantes e inseguros. Al escucharlos, se dibujó en la cara de Holmes una sorpresa sin límites. Los pasos se fueron acercando; llamaron dulcemente con los nudillos en la puerta.


    - ¡Adelante! - grité.


    Y se abrió la puerta.


    En vez del hombre fornido y brutal que esperábamos, entró cojeando una vieja caduca y arrugada. Pareció deslumbrada al encontrarse en plena luz, y después de haber esbozado una reverencia, quedó aguardando le hablásemos, con los ojos entornados y revolviendo las manos en los bolsillos. Miré de reojo a mi amigo, y leí en su cara tal expresión de descontento y decepción, que a duras penas pude contener la risa.


    La vieja sacó un periódico de la noche, y enseñándonos el anunció, nos dijo:


    - Esto es lo que me trae a su casa, señores; el anuncio de haber encontrado un anillo de oro en Briston Road; debe ser el de mi hija Sally, que se ha casado, por ahora hace un año, y cuyo marido es maître d'hôtel en un barco de la Unión. De seguro tendríamos un disgusto si viniera y la encontrara sin la sortija; porque es muy bueno, pero cuando tiene alguna copa de más… Sally fue anoche al circo con…


    - ¿Es ésta la sortija? - pregunté.


    - Sí, ésa es - exclamó la vieja -. ¡Qué alegría va a tener Sally al recobrarla! Ésa es, ésa es…


    - ¿Quiere usted decirme sus señas? - dije cogiendo un lápiz.


    - Duncan Street, Hounditsh, número 13; bastante lejos de aquí - contestó.


    - No creo que el circo esté en el camino entre Briston Road y Hounsditsh - observó secamente Sherlock Holmes.


    La vieja se volvió y lanzó una mirada penetrante.


    - El señor me ha pedido mis señas - contestó -. Sally vive en Marfield Place Peskham, número 3.


    - ¿Cómo se llama usted? - pregunté.


    - Sawyer. Y Sally lleva el apellido Dennis, porque su esposo es Tom Dennis, porque su esposo es Tom Dennis, buen muchacho mientras está sobre el agua, durante las travesías. No hay maître d'hôtel más apreciado y más querido que él en la compañía; pero en tierra, las mujeres, el vino y las malas compañías…


    - Ahí va la sortija - señora Sawyer - dije yo interrumpiéndola a una señal de Holmes -. Veo que, efectivamente, es de su hija, y me alegro mucho de poder restituirla a su legítimo propietario.


    La vieja guardó el anillo en el bolsillo mascullando un cúmulo de bendiciones y protestas de reconocimiento. Se fue, y la oímos bajar la escalera con paso incierto e inseguro. Casi no había desaparecido, cuando Sherlock Holmes se levantó como impulsado por un resorte y se metió en su cuarto; a los pocos segundos salió envuelto en un ulster y con una bufanda que casi le cubría toda la cara.


    - Voy a seguirla - me dijo rápidamente -, y siguiéndola descubriré algo. Espéreme.


    Y se fue.


    Por la ventana vi a nuestra visitante desliarse penosamente por la acera de enfrente seguida con disimulo por su espía. "O todas sus suposiciones son infundadas y falsas - pensé -, o no tardará mucho en desentrañar el misterio." No tenía necesidad de decir que le esperase, porque yo estaba convencido de que me sería imposible dormir sin conocer el resultado de esta aventura.


    Eran las nueve cuando se fue Holmes. Como yo no sabía el tiempo que estaría solo, me preparé lo más cómodamente posible; encendí la pipa y me puse a leer las Escenas de la vida bohemia , de Enrique Murger. Dieron las diez, y oí a la criada que iba a acostarse; dieron las once, y distinguí claramente a nuestra patrona que se disponía a hacer otro tanto. Por último, a eso de las doce, me pareció oír el ruido sigiloso de la llave de Holmes en la cerradura. Cuando entró adiviné que no había sacado gran fruto de su expedición; parecía divertido y disgustado a la vez; sin embargo, al verse en nuestro cuarto, no pudo más y empezó a reírse con toda su alma.


    - Por nada del mundo quisiera que se enterasen de lo que me ha pasado esta noche mis buenos amigos de Scotland Yard. Me he burlado tantas veces de ellos, que ahora tomarían con exceso la revancha; sin embargo, yo me puedo reír, porque valgo mucho más que ellos.


    - Pero ¿que ha pasado? - pregunté.


    - Ahora verá usted, ahora verá usted, no tengo el más pequeño escrúpulo en contar de qué modo he sido chasqueado, burlado. La vieja echó a andar, y anduvo durante un rato, pasado el cual empezó a cojear, como si le doliera un pie; se paró y llamó a un coche de alquiler que pasaba. Me acerqué entonces para oír las señas que daba, pero aunque no me hubiese molestado, hubiera sido igual; la vieja dijo al cochero en voz tan alta, que se debió de oír seguramente en la acera de enfrente: "Duncan Street. Hounsditsh,, 13". Confieso que al oír esto dudé, y creí que no había dicho la verdad aquella mujer, y cuando arrancó el coche me subía la trasera… medida que debe tomar todo buen policía. El cochero fustigó a los caballos y echamos a andar; tras largo camino, llegamos al sitio indicado; yo me bajo de mi sitio y me pongo a pasear indiferentemente; el coche se detiene; el cochero baja del pescante, abre la portezuela y espera a que se apee el viajero... Nadie sale; yo, que observo todo esto con el rabillo del ojo, me acerco y me encuentro al cochero buscando debajo del asiento y jurando desesperado por lo que empezaba a sospechar que le había sucedido; en el interior del coche no había nadie, y creo que el bueno del auriga debe ir perdiendo la esperanza de cobrar esta carrera. En el número 13 nos dijeron que allí vivía un honradísimo fabricante de papel pintado, llamado Keswich, y que no conocían a nadie que se llame Sawyer y Dennis.


    - Pero - exclamé asombrado - ¿cómo es posible que aquella vieja, que casi no podía andar, haya tenido fuerzas para arrojarse desde el coche en marcha, sin que el cochero ni usted se hayan apercibido?


    - ¡Qué vieja ni qué diablos! - dijo Holmes ásperamente -. Nosotros sí que hemos sido unos inocentes, para dejarnos engañar de ese modo. Aquella vieja era un hombre, y un hombre joven y vigoroso; y además, un gran actor, porque convengamos en que ha fingido maravillosamente y que ha hecho a la perfección su papel de vieja valetudinaria. Se apercibió indudablemente de que alguien le espiaba, y se me escapó. Esto nos demuestra que no es él solo el interesado en este asunto, que tiene amigos, y amigos prontos a arriesgarse a todo por salvarle… Doctor, vaya a acostarse, que está usted muy nervioso.


    Como, en efecto, lo estaba, seguí su consejo. Dejé solo a Holmes ante una buena chimenea, hasta bien entrada la noche oí el sonido melancólico del violín; prueba irrecusable de que mi amigo meditaba en la resolución del difícil problema que traía entre manos.

    Capítulo VI. En donde se ve de lo que es capaz Tobías Gregson.


    Al día siguiente, los periódicos no hablaban más que del "misterio de Briston", como dieron en llamar al crimen. Todos daban cuenta minuciosamente del hecho, y aun alguno lo puso como artículo de fondo. Con tal motivo, puede enterarme de nuevos detalles que desconocía y que recopilé en mi libro de apuntes, que conservo aún.

    Decía el Daily Telegraph que en los anales judiciales no se recordaba un caso parecido ni que presentara caracteres tan extraños. La palabra alemana inscrita en la pared, la carencia de móvil que indujera al crimen, todo hacía sospechar que se trataba de un crimen en que las pasiones políticas y los revolucionarios habían intervenido en gran parte. El socialismo tenía varias ramificaciones en América, y ¿quién sabe si el haber violado las leyes del partido le habría costado la vida a aquel hombre? Después de enumerar y comentar la Sainte-Vehnse, el agua Tofana, los Carbori, la marquesa de Brinvilliers, el darwinismo, las teorías de Malthus y los robos cometidos por los salteadores de caminos de Ratcliff, terminaba el artículo dirigiéndose al gobierno y aconsejándole vigilara más a los extranjeros domiciliados en Inglaterra.

    El Standard hacía observar que cuando los liberales estaban en el poder, era precisamente cuando se cometían esta clase de crímenes, menospreciando y violando toda clase de leyes. Aquello era un palpable ejemplo de hasta dónde puede llegar el apasionamiento, cuya semilla, arrojada en el pueblo, engendra después el desprestigio y la falta de respeto a toda autoridad. La víctima era un americano que llevaba en Londres algunas semanas; vivía en una casa de huéspedes que tenía Mad. Charpentier en Torquay Terrace, en el distrito de Camberwell; y durante su viaje tuvo un secretario particular llamado José Stargenson. Los dos se despidieron del dueño de la casa el 4 del corriente y se dirigieron a la estación de Euston, diciendo que tomarían el expreso de Liverpool. Se les vio en la sala de espera después no se volvi´´o a saber de ellos hasta que en aquella casa desalquilada de Briston Road se encontró el cadáver de Drebler. Sabido es que Briston Road dista algunos kilómetros de Euston. ¿Quién le había llevado, pues, hasta allí? ¿Quién era el asesino? Nadie lo sabía. "Se desconoce - añadía - en absoluto el paradero de Stangerson; pero se ha confiado la busca y captura del asesino a los inspectores Señores Lestrade y Gregson, de Scotland Yard, y podemos asegurar que, gracias a su celo y proverbial astucia, muy pronto se hará la luz en este misterioso crimen".

    El Daily News dudaba desde el primer momento que se tratara de un crimen político. El despotismo y el odio que imperaban en los gobiernos del continente habían dado por resultado una emigración que venía a acogerse en nuestro seno, y aquel gran número de hombres que hubieran sido unos honradísimos ciudadanos, traían el germen y la úlcera abierta aún de sus sufrimientos, y naturalmente, en su libertad desahogaban sus pasiones más violentamente. Todos los esfuerzos debían encaminarse a la busca de Stangerson y averiguar qué clase de vida hacía y qué costumbres tenía la víctima. Habíase dado un gran paso descubriendo la casa en donde sirvió, y todo ello se debía a la perspicacia de los señores Lestrade y Gregson, de Scotland Yard.

    Sherlock y yo leímos toda la prensa mientras almorzábamos, y mi compañero parecía divertirse muchísimo leyendo aquellos artículos.

    - ¿No le decía a usted que, pase lo que pase y hágase lo que se haga, Lestrade y Gregson serán los que recojan el laurel?…

    - Depende todo del aspecto que tome el asunto.

    - No lo crea usted. Si llegan a encontrar a ese hombre, será gracias a sus esfuerzos; si no dan con él, será a pesar de sus esfuerzos. Siempre tendrán sus partidarios; un tonto tiene siempre un tonto más tonto que él que le admira.

    - Pero ¿quién viene? - dije al oír un fuerte ruido de pasos en la escalera y en el recibimiento, acompañado de socces interjecciones y voces del dueño de la casa.

    - ¡Ah! Sí - dijo Sherlock -; es la división de policía de Baker Street.

    Y no bien hubo terminado de decirlo, cuando una media docena de desgalichados mozalbetes, sucios y repulsivos, hicieron irrupci´n en nuestro cuarto.

    - Oído - les gritó mi compañero; y a su voz se formaron y quedaron inmóviles como grotescas estatuas -. De hoy en adelante, que suba sólo Wigins. Los demás os quedáis esperando en la calle. ¿Hay algo de nuevo, Wigins?

    - No, señor - respondió el interpelado.

    - Lo sospechaba. Seguid las pesquisas. He aquí la paga - y dio un chelín a cada uno -. Marchaos y procurad volver con mejores nuevas.

    Indicóles con la mano que se fueran, y silenciosos fueron saliendo, para dejar oír a los pocos momentos y ya en la calle, sus voces estridentes.

    - A veces - dijo Holmes - uno de estos infelices puede ser mucho más útil que una docena de agentes de oficio. La vista de un uniforme policiaco basta para hacer enmudecer a la gente, mientas que esos galopines cogen al vuelo una palabra un gesto, de donde puede sacarse mucho. Son más listos que ardillas, y si tuvieran una buena organización formarían un cuerpo inapreciable.

    - ¿Y se vale usted de ellos para descubrir el misterio de Briston?

    - Si; trato de aclarar un punto dudoso… Todo es cuestión de tiempo, ya lo verá usted. ¡Ah! ¡Caramba! Ahora vamos a saber algo nuevo: veamos cómo ha tomado Gregson la revancha. Fíjese, fíjese usted qué aspecto tan beatífico el suyo. Seguramente viene a esta casa. Sí, ya entró…

    El inspector, llamó subió la escalera muy de prisa y entró en el cuarto donde estábamos.

    - ¡Querido amigo! ¡Abráceme usted! - le dijo a Holmes, que permaneció inmóvil -.Ya lo he descubierto todo: estaba más claro que el agua.

    Creí sorprender en el rostro de mi compañero un gesto de vaga inquietud.

    - ¿Viene a decirnos que ha encontrado alguna pista segura?

    - Nada de pista: hemos dado con el hombre, y ya le tenemos encerrado…

    - ¿Ha dicho su nombre?

    - Arturo Charpentier, alférez de navío - dijo ampulosamente Gregson, a tiempo que se fortaba las manos con aire de satisfacción.

    Sherlock hizo un gesto de decepción, y después sonrió.

    - Siéntese usted y sepamos cómo ha descubierto el paradero de ese hombre. ¿Quiere un cigarrillo o prefiere una copa de whisky y agua?

    - No, muchas gracias. Estoy rendido; llevo unos días que no descanso; más que el malestar físio el malestar moral es lo que me agota la tensión nerviosa. Nadie mejor que usted puede comprender lo que son estas cosas; los que sometemos a rudas pruebas nuestra inteligencia, nuestra actividad…

    - ¡Oh, Gregson, favor que usted me hace… - contestó Holmes revestido de cómica seriedad -. Pero veamos cómo ha podido usted conseguir…

    El inspector arrellanóse en la butaca, y miraba plácidamente cómo se disipaban las espirales de humo de su cigarro. Dióse un golpe en la rodilla, que simbolizaba infantil alegría, y empezó:

    - Lo gracioso del caso es que ese imbécil de Lestrade anda loco siguiendo una pista falsa. Ha salido en busca de Stangerson, que nada tiene que ver en todo esto y es más inocente que una criatura recién nacida. Quizás le haya detenido a estas horas.

    Y aquella equivocación de Lestrade le hizo tanta gracias, que se desternillaba de risa.

    - Pero acabe usted; sepamos quién le ha facilitado los medios de encontrar al individuo ese…

    - Allá voy; pero… doctor - añadió dirigiéndose a mí -, suplicó a usted que esto quede entre nosotros. Con la primera dificultad que tropezamos fue con la carencia absoluta de datos, de noticia laguna de ese americano. Quizás otros hubieran esperado el resultado de los anuncios que pusieron en los periódicos o lo que alguien hubiera venido a decir; pero ese otro no es Tobías Gregson… ¿Se acuerda usted del sombrero que se encontró junto al cadáver?

    - Sí - contestó Holmes -: un sombrero de casa de John Underwood e Hijos, Camberwell Road, 129.

    Gregson quedó algo confuso.

    - No creí que se fijara en ese detalle - dijo el inspector -. ¿Ha ido usted a la tienda?

    - No.

    - ¡Ah! Vamos… Vea usted, amigo Holmes, vea usted cómo eso que parece no tener importancia alguna puede ser el camino que nos conduzca antes al punto de destino.

    - No podía esperarse menos, tratándose de un espíritu superior - contestó Sherlock gravemente.

    - Pues bien; yo mismo he ido a la casa Undewood y he preguntao a quién se había vendido un sombrero de tales y tales señas… Han consultado los libros, y en seguida hemos encontrado el nombre del comprador. Se había vendido el sombrero a un señor Drebler, que vivía en casa de Mad. Charpentier, en Torquay Terrace… Ya teníamos las señas, y por lo tanto, dónde dirigir nuestros pasos.

    - ¡Caramba! ¡Caramba! ¡Qué importante es eso! - replicó Sherlock Holmes.

    - Después - prosiguió Gregson - he ido a la casa de huéspedes, he preguntado por la señora Charpentier. Debo hacer constar que estaba muy agitada y pálida. En la habitación inmediata hallábase su hija, que por cierto, es una preciosa niña. Los ojos los tenía enrojecidos, quizás de llorar, y sus labios estaban temblorosos. Como puede usted figurarse, no se me ha escapado, el más pequeño detalle, y en seguida empece a sospechar… Demasiado sabe usted, querido Holmes, el efecto que produce en el ánimo de cada cual esa alegría interna, ese estremicimiento de satisfacción cuando uno cree tener la seguridad de lo que presiente… De repente les pregunté:

    "- ¿Han leído ustedes la muerte misteriosa de su antiguo inquilino, el señor Enoch J. Drebler, de Cleveland?

    "La madre hizo un signo afirmativo con la cabeza y la hija rompió a llorar… Cada vez iba cerciorándome más y más de que aquella gente era cómplice.

    "- ¿A qué hora salió de aquí el señor Drebler para la estación? - les pregunté.

    "- A las ocho - dijo la madre, pretendiendo disimular su excitación -. El señor Stangerson, secretario suyo, le dijo que había dos trenes: uno a las nueve y quince minutos y otro a las once. Decidió tomar el de las nueve y quince.

    "- ¿Y no han vuelto ustedes a verle?

    "Cuando pregunté esto último, aquella mujer se quedó lívida. Después de dudar un momento, y con voz trémula, pronunció un 'no' que apenas se oyó.

    "Hubo un silencio de algunos minutos, al cabo de los cuales dijo la hija:

    "- Es inútil que mintamos; a nada conduce. Sí, señor, volvimos a ver al señor Drebler.

    "- ¡Qué Dios te perdone, hija mía!… - replicó la medre alzando sus brazos al cielo y cayendo acongojada en una butaca -. ¡Has matado a tu hermano!

    "- Arturo sería el primero en querer que se dijera la verdad - contestó la hija.

    "- Sería preferible que declarasen ustedes cuanto supieran; porque estas medias palabras, más que nada son perjudiciales. Además, sepan ustedes que es inútil cuanto hagan por ocultar la verdad de lo ocurrido.

    "- Sea; tú serás la culpable de lo que suceda a tu hermano, Alicia.

    "Y se dispuso a contármelo todo.

    "- Voy a decir a usted cuanto sepa, pero le suplico que no atribuya mi excitación a temores injustificados. Tenga la completa seguridad de que mi hijo no ha tenido participación alguna en lo ocurrido. Mi temor procede de que a pesar de su inocencia, a pesar de su intachable conducta, pueda llegar a verse comprometido en este enojoso asunto. Afortunadamente le abona en su favor la moralidad excesiva de todos sus actos, sus antecedentes y su profesión.

    "- Insisto en que lo mejor que pueden hacer es hablarme francamente, y prometo a usted que si su hijo es inocente no sufrirá el más pequeño castigo.

    "- Alicia, retírate; quiero hablar a solas con este caballero.

    "La hija salió del cuarto.

    "- Confieso a usted que no pensaba decir una palabra a nadie, pero ya que mi hija me obliga a ello, diré la verdad escueta.

    "- Es lo mejor que puede hacer.

    "- El señor Drebler ha vivido en esta casa durante tres semanas; él y su secretario habían hecho, al parecer, un largo viaje por el continente. Me fijé en que todas las maletas y baúles tenían una etiqueta de 'Copenhague'. Fue sin duda el último punto n donde se detuvieron. Stangerson era un hambre de juicio, reposado, tranquilo para todo; pero Drebler, en cambio, era todo lo contrario: grosero brutal… El mismo día de llegar se enfureció no sé por qué, y raro era el día que no tenían algún disgusto con las criadas; se permitía libertades de lenguaje impropias de una persona decente, y poco a poco esas mismas libertades en el decir las tuvo para mi hija que, afortunadamente, es lo bastante inocente para no haberlas comprendido. En una ocasión hasta se atrevió a cogerla por el talle y abrazarla. Su mismo secretario le amonestaba y reprochaba aquella manera de ser.

    "- ¿Y por qué aguantaba usted todo eso? ¿No está en su perfecto derecho de no admitir más huéspedes que los que buenamente le convengan?

    "La señora Charpentier asintió a tan lógico razonamiento, y prosiguió su relato:

    "- Dios es testigo de lo que sufrí por no ponerle en la calle desde el primer día; pero era tan doloroso perder cincuenta francos diarios, es decir, trescientos cincuenta a la semana, haciéndonos falta… Soy viuda, mi hijo es marino, y a costa de grandes sacrificios ha podido darle la carrera. No tuve el valor de renunciar a ese dinero, creyendo prestar así a los míos un verdadero servicio, pero ya últimamente, el señor Drebler llegó a tal extremo en su osadía, que me vi precisada a echarle de casa. Verá usted por qué.

    "- Sí, dígamelo todo.

    "- Debo advertir a usted que de nada de lo ocurría le di cuenta a mi hijo, que había venido a pasar algunos días a nuestro lado con licencia, primero, porque tiene un carácter muy violento y quería evitar algún disgusto, y luego, porque quiere a su hermana con delirio, y los atrevimientos de Drebler hubieran dado origen a un encuentro serio. Cuando se marcharon Drebler hubieran dado origen a un encuentro serio. Cuando se marcharon Drebler y Stangerson, me pareció quitárseme de encima un peso muy grande. No había transcurrido una hora, cuando llaman a la puerta y oigo la voz del señor Drebler, que venía terriblemente excitado y atrozmente borracho. Entró en la habitación donde estábamos mi hija y yo, y después de una porción de palabras incoherentes comprendí que había perdido el tren. Se dirigió a Alicia, y delante de mí tuvo el atrevimiento y la imprudencia de proponerle que se fuera con él. Decía: 'Ya es usted mayor de edad y no necesita pedirle permiso a nadie. Tengo mucho dinero, que ni sé cómo emplearlo. Deje a la vieja, y vámonos juntos. Será usted una verdadera princesa.' Mi pobre Alicia trataba de huir, pero la tenía cogida de la mano y la arrastraba hacia la puerta. Empecé a gritar, y en aquel momento entró mi hijo. Lo que sucedió no lo sé. Oía voces, blasfemias, el ruido de lucha; pero tan aterrada estaba que no me atrevía a levantar los ojos del suelo. Cuando pude rehacerme y terciar, vi a mi hijo en el umbral de la puerta con un bastón en la mano y riendo nerviosamente: 'No volverá a importunaros ese caballerete. Voy a seguirle; quiero saber adónde va.' Dijo esto y se marchó. A la mañana siguiente leímos el misterioso crimen de Drebler.

    "Todo este relato fue acompañado, como es natura, de suspiros y sollozos. Y en ocasiones la señora Charpentier hablaba tan bajo, que difícilmente sela entendía. Tomé nota de lo dicho para no sufrir después equivocaciones, y…"

    - Es importantísimo todo eso - dijo Sherlock Holmes -. ¿Y qué más?

    - Cuando terminó la señora Charpentier, la miré fijamente y le pregunté a qué hora volvió su hijo.

    "- No lo sé - me contestó.

    "- ¿Qué no lo sabe usted?

    "- No, señor; tiene llavín y entra sin llamar.

    "- ¿Estaba usted acostada?

    "- Sí.

    "¿Y a qué hora se acostó usted?

    "- A las once.

    "- Entonces su hijo ha estado fuera de caso dos o tres horas por lo menos.

    "- Si, señor.

    "- ¿Y quizá cuatro o cinco?

    "- Si, señor; ¡quién sabe!

    "-¿Y qué hizo durante ese tiempo?…

    "- No lo sé.

    "Acto seguido, como es de suponer, me he trasladado con dos agentes donde suponía encontrar a Charpentier. Le he detenido inmediatamente, y cuando me presenté, ordenándole que me siguiera, preguntó cínicamente ' si le detenía con motivo de la muerte de se sinvergüenza de Drebler'. Como no le habíamos dicho el por qué de su detención, aquella pregunta me pareció algo sospechosa."

    - Sí; es verdad - dijo Holmes.

    - Aún llevaba el bastón de que habló su madre cuando salió en persecución de Drebler. Es una tranca de roble.

    - Bueno, ¿y qué opina usted de todo eso?

    - Mi opinión es que siguió a Drebler hasta Briston Road. Allí debieron tener un nuevo altercado, y Drebler quizá recibió un fuerte estacazo en la boca del estómago, que fue seguramente lo que le ocasionó la muerte sin dejar rastro alguno. Como llovía copiosamente y no pasaba un alma por la calle, Charpentier ha cogido el cadáver y lo ha metido en aquella casa desalquilada; y todo lo demás, es decir, la bujía, la sangre aquella, la inscripción enigmática de la pared, no son más que patrañas para despistar a la policía.

    - Muy bien, señor Gregson, muy bien; veo que llegaremos a hacer de usted un hombre de provecho - dijo Holmes enfáticamente.

    - Realmente me vanaglorio de haber llevado este asunto por un camino bastante acertado. El muchacho ha declarado francamente que siguió a Drebler un gran rato, y cuando éste se apercibió de ello tomó un choche para evitar que continuara siguiéndole. Dice que, de regreso a su casa, se encontró a un antiguo compañero, con quien estuvo paseando; pero cuando le interrogamos preguntándole dónde vivía su compañero, no ha sabido darnos las señas. Lo que más me divierte es saber que el pobre Lestrade corre como un gamo tras una pista falsa. Mucho me temo que no llegue a conseguir nada de provecho. Pero nos vamos a convencer bien pronto de ello, porque ya le tenemos aquí.

    En efecto; momentos después entraba Lestrade, pero desconocido en absoluto; sus ropas en desorden y el rostro descompuesto. Venía indudablemente a consultar a Sherlock Holmes, pero le desconcertó la presencia de su compañero Gregson. Se quedó en medio de la habitación, dando vueltas a su sombrero nerviosamente, y no sabiendo cómo empezar.

    - Es incomprensible; una cosa rarísima.

    - ¡Ah, señor Lestrade! ¿Le parece a usted incomprensible? - replicó Gregson -. Yo creí que a estas horas ya tendría usted en su poder al señor Stangerson, secretario del señor Drebler.

    - Al señor Stangerson, secretario del señor Drebler - contestó gravemente Lestrade -, le han asesinado hoy, a las seis de la mañana, en el Hotel Hallyday.

    Capítulo VII. Una luz de las Tinieblas.


    La noticia que nos trajo Lestrade era tan grave y tan inesperada, que todos quedamos suspensos. Gregson saltó materialmente de la silla, derramando lo que quedaba de whisky en el vaso. Yo me fijé en Sherlock Holmes, y vi únicamente que sus labios se fruncían y sus cejas se unían hasta formar una sola línea de pelo.

    - ¡También Stangerson! – murmuró -. Esto se complica.

    - Ya estaba, sin esto, bastante complicaddo el asunto – dijo Lestrade, sentándose -. Creo que voy a comparecer ante un consejo de guerra...

    - Pero... ¿está usted seguro de las noticcias que nos ha traído? – preguntó Gregson.

    - Hace un cuarto de hora que he salido dee la habitación en donde se ha desarrollado este segundo crimen.

    - Gregson ha sido tan amable que me ha daado su opinión sobre este asunto y me ha dicho cuanto había hecho para resolverlo – dijo Holmes -. ¿Quiere usted hacerme el favor de hacer otro tanto?

    - Con mucho gusto – respondió Lestrade -.. Antes de pasar adelante debo confesar que estaba convencido de la complicidad de Stangerson de la muerte de Drebler, antes de que este otro asesinato viniera a convencerme de lo contrario y a sacarme de mi error. Con esta idea fija me lancé a la busca y captura del secretario. Me enteré que habían visto juntos a Drebler y Stangerson hacia las ocho y media de la noche en la estación de Euston. A las dos de la mañana encontrábamos muerto a Drebler en la casa de Briston Road; el punto importante, pues, era saber en qué había empleado el tiempo Stangerson desde las ocho de la noche hasta después de cometido. Telegrafié a Liverpool dando las señas del hombre y recomendando una gran vigilancia en los barcos americanos. Después me dediqué a visitar todos los hoteles y casas de huéspedes próximos a la estación de Euston, pues sup8use que si, contra lo que yo pensaba, Drebler y Stangerson se habían separado momentos antes de cometer el crimen, el último debía haber pasado la noche en alguna casa cercana a la estación, para poder marcharse lo más pronto posible al día siguiente.

    - Quizá citaran para ese mismo día – obsservó Holmes.

    - Eso mimo pienso yo. Así, pues, me pasé todo el día de ayer investigando, sin conseguir nada satisfactorio. Esta mañana volví a empezar muy temprano, y a las cinco llegué al Hotel Halliday, situado en la calle de Little-Georges. Cuando pregunté si vivía allí el señor Stangerson, me respondieron afirmativamente.

    “- Usted será, sin duda, el señor a quien espera hace dos días – me dijeron.

    “- ¿Dónde está? ¿En qué habitación? – pregunté.

    “- Aún está en la cama. Ha mandado que no se le llame hasta las nueve.

    “- Bueno; voy a responderle – repliqué, pensando que mi entrada repentina e inesperada en su cuarto quizá le arrancara alguna exclamación o frase involuntaria.

    “El portero se ofreció a conducirme al cuarto, el cual estaba situado en el segundo piso y al final de un corto pasillo. Llegamos, y ya se disponía a bajar mi guía, cuando vi un horrible espectáculo, capaz de poner los pelos de punto a cualquiera, como me los puso a mí, a pesar de mis veinte años de experiencia. Por debajo de la puerta corría un estrecho surco de sangre, que había atravesado el pasillo y formaba charco, contenido por la pared frontera a la puerta. Di tal grito, que el portero vino corriendo, y yo creo que si no es por mí se desmaya aquel hombre al ver la sangre.

    “La puerta de la habitación estaba cerrada por dentro; pero tras muchos trabajos, conseguimos saltar las cerraduras. Junto a la ventana yacía el cuerpo de un hombre en camisón, con la cara vuelta hacia el suelo. Debía de hacer tiempo que había muerto o había sido asesinado, porque ya estaba completamente rígido y frío. El portero reconoció pasada la primera impresión de terror, que aquél era el individuo que había alquilado la habitación bajo el nombre de José Stangerson. La muerte debió causarla una puñalada en el lado izquierdo, daba con tal violencia que, sin duda, interesó el corazón. Y ahora, fíjense en lo que voy a decir, que es lo que más me extraña: ¿a que no saben ustedes lo que se podía leer con perfecta claridad sobre el cadáver?”

    Me estremecí violentamente, presintiendo algo terrible. Sherlock Holmes respondió:

    - La palabra Rache, escrita en leetras de sangre.

    - Eso mismo – dijo Lestrade con voz inseggura.

    Nos miramos en silencio durante algunos minutos.

    Este asesino desconocido procedía de un modo tan metódico e incomprensible, que presentaba los crímenes mil veces más espantosos de lo que en realidad eran. Mis nervios, que innumerables batallas no habían conseguido desequilibrar, se excitaban extraordinariamente ante estos misterios.

    - Han visto al asesino – continuó dicienddo Lestrade -. El lechero, al pasar por el callejón que separa el hotel de las cuadras, notó que una escalera que solía ver siempre allí estaba apoyada contra el marco de una de las ventanas del segundo piso, y que dicha ventana estaba abierta; después de haber pasado se volvió y vio a un hombre bajar por la escalera, pero con tanta tranquilidad y con tan poca prisa, que creyó, según me tan poco prisa, que creyó, según me ha dicho después, que era un obrero cualquiera que trabajaba en el hotel; así, pues, no le dio importancia, suponiendo que aquel hombre empezaba su faena muy temprano. Cree recordar que este individuo era alto, de cara colorada y que llevaba un abrigo oscuro. Siguiendo mis investigaciones, casi estoy seguro de que el asesino estuvo bastante tiempo en la habitación después de cometer el crimen, pues el cubo, según he podido observar, estaba lleno de agua tinta en sangre y las toallas tenían señales de haber servido para limpiar el puñal.

    Miré a Holmes cuando Lestrade acabó de hacer esta descripción del asesino, tan parecida a la que había hecho Sherlock, pero no vi en su rostro el más leve indicio de triunfo o de satisfacción.

    - ¿No encontró en el cuarto algo que nos pusiera sobre la pista de ese hombre? – preguntó.

    - No, señor, nada; Stangerson llevaba en el bolsillo el portamonedas de Drebler, pero eso no tiene nada de particular; al contrario, es lo natural, puesto que el encargado de manejar los fondos. Habría sobre poco más o menos trescientos francos y no se notaba en ningún móvil del crimen había sido el robo; es más, estoy seguro de que el asesino no ha matado a esos dos hombres para robarles; no encontramos ni papeles, ni lápiz, ni tarjeta, ni nada, en fin, en los bolsillos de la víctima; únicamente un telegrama fechado hace un mes en Cleveland, que decía “J. H. Está en Europa”, sin firma...

    - ¿Nada más? – preguntó Holmes.

    - Nada más... que tenga importancia; una novela que el desgraciado había empezado a leer para dormirse, y que estaba aún sobre la cama; su pipa en una silla; sobre la mesa un vaso de agua y en el alfeizar de la ventana una caja con dos píldoras.

    Sherlock Holmes se puso en pie rápidamente, lanzando un grito de alegría.

    - ¡Por fin!... He aquí el hilo que me falltaba. ¡Ya lo tengo todo completo! – exclamó.

    Los dos policías le miraron con asombro.

    - Ahora – continuó mi amigo con tono y vooz confidenciales – puedo decir que tengo cogidos todos los hilos de esta maraña tan complicada; me faltan, como es natural, algunos detalles; pero estoy tan seguro de los acontecimientos que se desarrollaron desde que Drebler se separó de Stangerson en la estación hasta que fue descubierto el cadáver como si los hubiera presenciado; o si no; van ustedes a convencerse ¿Tiene ahí las píldoras?

    - Sí, señor; aquí están – dijo Lestrade, entregando a Sherlock una caja blanca -. He cogido también el portamonedas, el telegrama y todo lo que he encontrado, para depositarlo en la Delegación. Confieso, sin embargo, que por poco no me traigo las píldoras, pues no creo que tenga nada que ver con el crimen, el asesino y su descubrimiento.

    - Démelas – dijo Holmes -. Doctor, ¿podríía usted decirme si estas píldoras son vulgares y corrientes?

    En realidad no lo eran. Tenían un color gris perla, y eran pequeñas, redondas y casi transparentes a la luz.

    - Su poco peso y su transparencia – dijee yo – me dan lugar a creer que estas píldoras son disolubles en el agua.

    - Muy bien – respondió Holmes -. Ahora, ¿¿tiene usted la bondad de ir a buscar el terrier ese que está enfermo hace tanto tiempo y que ayer le suplicó a usted el casero le matase?

    Bajé, y subí con el perro en brazos. Su respiración anhelosa, sus ojos vidriosos, demostraba que su muerte no estaba muy lejana; hocico frío y blanco como la nieve probada ya que tocaba a su fin la agonía del pobre animal. Le coloqué en un almohadón delante de la chimenea.

    - Ahora, corto una de estas píldoras y laa divido en dos – dijo Holmes, acompañando la acción a la palabra -; meto una de estas mitades en la caja, porque quizás me sirva para otra vez, y la otra mitad la echo en un vaso que previamente habré llenado de agua. Ya ven ustedes cómo tenía razón el doctor al decir que estas píldoras se disuelven fácilmente.

    - Bueno; todo eso será muy interesante – dijo Lestrade con el tono de un hombre que no consienten que de un hombre que no consiente que se burlen de él -; pero no veo muy clara la analogía que guarda con la muerte de José Stangerson.

    - Paciencia, amigo mío, paciencia; ya se convencerá usted dentro de poco de sí tiene esto que estoy haciendo alguna relación con el asunto que nos ocupa... Ahora añado un poco de lecha, para hacer más agradable la mixtura, y se la doy al perro; ya verán ustedes que la toma sin la más pequeña repugnancia.

    Y, efectivamente, mientras hablaba había echado el contenido del vaso en un platillo, se lo había presentado al terrier y éste se lo bebió al momento. Las palabras de Sherlock nos hicieron tal impresión, que quedamos en silencio, esperando que la bebida hiciera efecto; pero nos equivocamos; el perro siguió echado en el almohadón respirando penosamente, ni peor ni mejor que antes de haber hecho con él, el experimento.

    Holmes había sacado el reloj; los minutos pasaban sin que ocurriese nada de extraordinario, y al ver esto, la impaciencia y la decepción se iban dibujando en el semblante de Sherlock; se mordía los labios, daba pequeños y frecuentes golpes en la mesa, y, en una palabra mostrábase presa de gran excitación nerviosa. Tal era su emoción, que al verle casi estaba yo tan afligido como él; en tanto, los dos policías, entusiasmados por este fracaso, sonreían llenos de irónica compasión.

    - Es imposible que esto sea una coincidenncia – dijo por fin, levantándose de la silla y recorriendo a grandes pasos la habitación -, es imposible, imposible. Estas píldoras, cuya existencia conocía yo en el asunto Drebler, aparecen ahora en el de Stangerson... y, sin embargo, son inofensivas. ¿Qué es esto? ¿qué quiere decir esto?... Mis conjeturas, mis suposiciones, no pueden ser infundadas... es imposible, imposible... pero, por otra parte, este maldito perro no se muere... ¡Ah! ¡ya está, ya está!

    Y dirigiéndose a la mesa alegremente, cogió la caja, sacó la otra píldora, la dividió en dos pedazos, la disolvió, y como la primera se le dio al perro. Apenas el desdichado animal sintió la humedad en la lengua, se estremeció convulsivamente, estiró sus miembros, alargó su cuello y cayó muerto como herido por un rayo.

    Sherlock Holmes lanzó un suspiro de satisfacción y secó su frente empapada en sudor.

    - No he debido desconfiar – dijo -; no hee debido, con la experiencia que tengo, dudar que, cuando se han hecho las presunciones que yo he hecho las presunciones que yo he hecho y no resultan ciertas, yo he hecho y no resultan ciertas, no es porque sean falsas, sino porque hay que buscar otro modo de explicárselas. Dos píldoras había en la caja, una estaba compuesta con un veneno activísimo y mortal; la otra era inofensiva... He debido fijarme más de lo que me he fijado.

    Este aserto me pareció tan extraño y sorprendente, que casi no lo creí y pensé que mi amigo había perdido la razón. Sin embrago, allí estaba el cadáver del perro para demostrar lo exacto de sus conjeturas. Al oír esto y ver el cadáver, me pareció que se iba disipando la nebulosa que sobre este asunto tenía y que empezaba a ver claro.

    - Todo esto le parecerá a usted extraño – Continuó diciendo Holmes – porque desde el principio de sus investigaciones no ha encontrado usted, como yo, un indicio de verdadera importancia. Yo, por el contrario, sí lo he encontrado, y todo lo que después ha sucedido no ha hecho más que confirmar mis primeras suposiciones. De donde resulta que lo que a usted tanto embrollaba y aturrullaba, a mí, por el contrario, me llevaba como de la mano al descubrimiento de la verdad. Es un error crasísimo creer que lo extraño es lo misterioso; el crimen más vulgar puede ser, y muchas veces es, más misterioso y más difícil de estudiar que otro cualquiera, porque no presenta ningún detalle saliente y particular que pueda servir de pista. El asesinato que nos ocupa sería, sin género de duda, más difícil si el cuerpo de la víctima se hubiera encontrado en una carretera sin ninguna de las circunstancias sensacionales que le han rodeado, circunstancias que, en lugar de dificultar nuestro trabajo, lo simplifican.

    Gregson, que había escuchado este discurso con impaciencia mal disimulada no pudo contenerse más y exclamó:

    - Está bien; nosotros reconocemos que ustted, Sherlock Holmes, es muy hábil y muy astuto; pero ahora no se trata de teorizar ni de hablar; aquí lo que necesitamos en un medio eficaz para capturar al criminal; confieso que me he equivocado en la pista que seguía a la señora Charpentier; desde ahora aseguro que no está complicada es este asunto; Lestrade tampoco ha estado muy afortunado persiguiendo a Stangerson; usted, por su parte, se ha contentado con deslizar de vez en cuando alguna que otra insinuación, como para darnos a entender que sabe, puede y sirve más que nosotros; pues bien, díganos lo que sepa; tenemos derecho a ello. ¿Quién es el asesino? ¿Dónde está?...

    - Opino lo mismo que Gregson – dijo Lestrrade -; tanto él como yo, nos hemos equivocado en nuestras presunciones, lo confesamos; usted, que por lo visto sabe tanto, díganos lo que sepa; creo que ya es hora de que deje usted esos misterios.

    - El más pequeño retraso en prender al assesino – dije yo por mi parte – daría lugar quizás a nuevos crímenes.

    Holmes, al ver que todos le apremiábamos, pareció dudar; siguió paseando por el cuarto, con la cabeza baja y las cejas fruncidas, como acostumbraba cuando estaba preocupado.

    - Ya no se cometerán más crímenes – dijo parándose de repente frente a nosotros -; estén seguros de ello; me han preguntado ustedes hace un momento si sé cómo se llama el asesino; sí, lo sé; pero el mero hecho de saberlo no disminuye en nada las dificultades de prenderle; no obstante, cuento, espero conseguirlo pronto, gracias a mis procedimientos particulares y especiales; sin embargo, hay que andarse con mucho tiento, porque luchamos con un hombre astuto, capaz de todo, temible como hay pocos. Mientras este hombrea crea que no se le vigila, tendremos alguna esperanza de apoderarnos de él; pero a la primera sospecha que tenga, cambiará de nombre y desaparecerá entre los cuatro millones de habitantes de Londres. Sin que esto sea censurarles, diré que en esta ocasión tienen que luchar con un hombre más hábil que ustedes... por lo cual no he solicitado su curso. Si fracaso, el fracaso será mío y para mí nada más; pero tengo mis razones para esperar lo contrario. Termino prometiendo a ustedes unirles cuando lo crea conveniente a mis combinaciones y pasos: más adelante quizás les puede decir algo más.

    No parecieron Gregson y Lestrade muy satisfechos con estas palabras, mucho menos con la alusión a la policía. El primero ya había enrojecido hasta la raíz del cabello, y los ojos del segundo brillaban animados por la curiosidad y el resentimiento, y se disponían a contestar, cuando alguien llamó con los nudillos a la puerta, y entró el mandadero, el joven Wigins, tan sucio y antipático como siempre.

    - Con permiso – dijo quitándose la mugrieenta gorra -. El coche espera.

    - Gracias, así me gusta – contestó Holmees -. He aquí un instrumento que debían ustedes llevarse a Scotland Yard – añadió enseñando un par de esposas de acero que había sacado de un armario -. Miren qué mecanismo más ingenioso; en un abrir y cerrar de ojos se agarrota a un hombre.

    - El modelo viejo es bastante bueno – dijjo Lestrade -. Estoy pensando que el cochero podía ayudarme a bajar los baúles... Dile que suba, Wigins.

    Yo estaba asombrado al oír a mi compañero hablar de viaje, no habiéndome dicho anteriormente nada. En un rincón de la habitación había un baúl pequeño, lo trajo al centro y se puso a atar las correas, y en esta ocupación estaba entretenido cuando entró el cochero.

    - Ayúdeme, cochero – dijo sin levantar laa cabeza y arrodillado en el suelo. El cochero se acercó con aire receloso y empezó a ayudar a Holmes; en el mismo instante oímos un ruido seco, metálico, y Sherlock Holmes se levantó un salto.

    - Señores – gritó con los ojos brillantess y el rostro radiante -, les presento a Jefferson Hope, asesino de Enoch Drebler y José Stangerson.

    Todo esto había sido tan rápido que casi no me di cuenta; pero no olvidaré nunca el aire triunfante y gozoso de Holmes y la ira que se pintó en la cara del cochero al contemplar las brillantes esposas que agarrotaban sus muñecas. Durante uno o dos segundo quedamos todos convertidos en estatuas. De pronto, en un arranque súbito de furor desesperado, se escapó el preso de las manos de Holmes y se arrojó por la ventana; los cristales y las maderas volaron hechos polvo; pero antes de que cayera, Gregson, Lestrade y Holmes le sujetaron echándose sobre él como los perros sobres su presa. Le metieron otra vez en la habitación y empezó una batalla terrible. Tan vigoroso era aquel hombre, que nos sacudía con sus movimientos desesperados como si fuéramos pavesas, sin que pudiéramos sujetarle; me parecía estar cuidando a un epiléptico en un acceso furioso y violento; su cara y sus manos se las había cortado en diversos sitios al tratar de saltar por la ventana; pero la pérdida de sangre no diminuida en nada su resistencia. Únicamente cuando Lestrade le echó mano al cuello y casi le estrangula, se rindió, comprendiendo lo inútil de sus esfuerzos y tentativamente; sin embargo, hasta no haberle atado los pies fuertemente, como tenía las manos, no estuvimos tranquilos. Entonces nos levantamos, sudorosos y jadeantes.

    - Abajo tenemos su coche – dijo Sherlock Holmes -; en él le llevaremos a Scotland Yard... Y ahora, señores – añadió sonriendo amablemente -, hemos encontrado la solución de nuestro problema. Pueden hacerme todas las preguntas que crean convenientes, que tendré sumo gusto en contestarlas.

    bibliografia:http://www.geocities.com/Paris/Library/3227/libros/fragholmes7.htm





     
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