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Estudio escarlata

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Los siete primeros capitulos de la primera parte de "Estudio en Escarlata", primer aventura de Sherlock Holmes publicada por Sir Arthur Conan Doyle.

Agregado: 09 de MAYO de 2005 (Por anonimo) | Palabras: 23920 | Votar! |
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Categoría: Apuntes y Monografas > Literatura >
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    Autor: anonimo (info@alipso.com)

    A continuacin podrs disfrutar de los primeros siete captulos de la primera parte de "Estudio en Escarlata", primer aventura de Sherlock Holmes publicada por Sir Arthur Conan Doyle. En prximas actualizaciones pondr los siguientes captulos.



    Estudio Escarlata
    PRIMERA PARTE. Copia de las memorias de Jhon Watson, Ex-Mdico mayor del ejrcito Ingls.
    Captulo I. Sherlock Holmes.


    En 1878 me doctor en medicina en la Universidad de Londres. Despus de haber perfeccionado mis estudios en Nedley (siguiendo as la costumbre de todos los mdicos militares), me destinaron definitivamente al 5 de fusileros de Northumberland, en calidad en mdico mayor. Este regimiento estaba entonces de guarnicin de incorporarme a l haba empezado la segunda campaa del Afganistn.

    Al desembarcar en Bombay, me enter que mi regimiento haba atravesando ya la frontera y estaba en el centro del pas enemigo. Me un a varios oficiales cuya situacin era anloga a la ma, y nos pusimos en marcha, para llegar cuanto antes a la ciudad de Kandahar. All encontr a mi regimiento, y aquel mimo da empec a desempear mis funciones. Ascensos, recompensas: tal fue para muchos el resultado de esta campaa; para m no fue ms que un centenar de sinsabores y desgracias.

    La permuta con un compaero me oblig a cambiar de regimiento y a incorporarme a los bekshires, con cuyo batalln tom parte en la fatal accin de Maiwand, y en la cual fui herido de un trabucazo en la espalda. Me rompieron una clavcula, interesndome la arteria, y ya iba a caer en poder de los feroces ghazis, cuando la abnegacin y el valor de mi asistente Murray me salvaron la vida. Tras una lucha denodada, consigui echarme sobre los lomos de un caballo y ganar as las filas inglesas. Rendido por el sufrimiento, debilitado por las fatigas y las privaciones, form parte de un convoy de heridos destinados al hospital central de Peshawur. All empec a recobrar mis perdidas fuerzas, y ya estaba suficientemente fuerte para poder pasearme por las salas y hasta tenderme al sol en una terraza, cuando fui atacado por el tifus, ese terrible azote de nuestras posesiones ndicas. Despus de haber pasado varios meses entre la vida y la muerte, san; pero estaba tan delgado y tan dbil, que los mdicos, luego de una detenida consulta, decidieron reembarcarme para Inglaterra, como nico medio de salvacin. Tom, pues, pasaje a bordo del Orontes, y un mes ms tarde desembarqu en Posrmouth, con poca salud, es verdad, pero provisto, en camino, de una licencia en toda regla, por la cual nuestro bueno y paternal gobierno me dejaba en completa libertad, durante nueve meses, para reponerme.

    Sin familia ni hogar, libre como el aire, contando por toda fortuna con catorce francos treinta y cinco cntimos diarios, no tuve, como es natural, otra idea que dirigirme a Londres, punto hacia el cual converge, desde los ms apartados rincones del Imperio britnico, esa multitud de personas que no tienen empleo fijo ni medio determinado de ganarse la vida. Me instal en un modesto hotel del Strand, y por algn tiempo mi existencia fue de lo ms aburrida y montona, no ocupndome ms que de ir mermando poco a poco mis ahorros. No pas mucho tiempo sin que mi estando econmico empeorase, de tal suerte, que me vi en la imprescindible necesidad de tomar una de estas dos determinaciones: o abandonar la capital e irme a vivir al campo y vegetar tristemente, o cambiar radicalmente mi gnero de vida. Me decidi por esto ltimo, y aquel da empec a ponerlo en prctica, mudndome de alojamiento y escogiendo otro, no tan lujoso, por lo menos ms econmico. El mismo da en que haba tomado esta determinacin, y estando en el bar Criterion, sent que alguien me tocaba en la espalda; me volv, y reconoc al joven Stamford, a quien haba tenido de practicante en el hospital de Barts. El encuentro de un conocido en medio del infernal mare magnum londinense es una de las cosas ms agradables que puede nadie imaginarse y, sobre todo, para una persona que est completamente sola. Por eso, aunque Stamford no esa un ntimo amigo mo, fraternic con l desde el primer momento, holgndome mucho del encuentro; l, por su parte, no pareca menos contento que yo. En un arranque de expansin le invit a almorzar en casa de Holborn. Acept, y momentos despus subamos a un choche que nos condujo al restaurant. Mientras el vehculo recorra las populosas calles de Londres, me pregunt mi compaero con asombro mal disimulado:

    - Pero qu diablo le ha ocurrido a usted, amigo Watson?

    En pocas palabras le puse al corriente de mi situacin. Terminaba de contarle mis aventuras, cuando llegamos a la puesta del restaurant.

    - Pobre muchacho!... - exclam Stamford, con tono de conmiseracin - Y ahora qu hace usted?

    - Por el momento, nada. Me ocupo en buscar un alojamiento ms modesto que el que tengo, y que sea, a pesar de su baratura, lo ms confortable posible.

    - Qu casualidad! - exclam mi interlocutor -. Es usted la segunda persona que en el da de hoy me habla de lo mismo.

    - Y quin es la primera?

    - Un muchacho que va al hospital a trabajar en el laboratorio qumico. Se lamentaba esta maana de no hallar un amigo con quien partir un piso que ha encontrado muy bonito y muy cmodo, pero demasiado caro para sus recursos.

    - Caramba! - exclam -. Si tiene tantos deseos de encontrar a alguien, presnteme a l. Acepto su proposicin; prefiero vivir acompaado, a vivir solo.

    Stamford me mir detenidamente antes de contesta.

    - No conoce usted todava a Sherlock Holmes - dijo despus de una pausa -;quizs cuando lo conozca no quiera vivir con l.

    - Por qu? Acaso no es un apersona decente? Se le puede reprochar algo?

    - No, no; no he querido decir eso. Es un poco original, un fantico para cierta clase de estudios; pero, por lo dems, es un muchacho muy agradable.

    - Estudiante de medicina, no es cierto?

    - No; realmente es difcil saber qu carrera sigue. Segn dicen, sabe mucha anatoma y es un gran qumico. De lo que estoy seguro es de lo ltimo; es un gran qumico, pero me parece que no ha seguido con regularidad los cursos universitarios. Estudia de un modo raro, verdaderamente excntrico, sin detenerse en aquello que todos aprendemos, y, en cambio, profundiza materias y puntos que todos descuidamos. Es el asombro de los profesores.

    - No le ha preguntado usted nunca por qu carrera se decida?

    - No, y acaso hubiera sido intil, porque es un hombre a quien en algunas ocasiones no se puede sacar una palabra del cuerpo, y en cambio otras veces est por dems comunicativo.

    - Bueno, pues me alegro mucho. De vivir con alguien, prefiero ser compaero de un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy an lo suficiente fuerte para soportar mucho ruido y agitarme, sobre que todo eso ya lo he sufrido bastante en el Afganistn, y no me encuentro con fuerzas para empezar de nuevo. Dnde encontraremos a su amigo?

    - Probablemente estar en el laboratorio - replic Stamford -. All va desde por la maana hasta por la noche; otras veces no le vemos durante semanas enteras. Si usted quiere, tomaremos un choche despus de almorzar e iremos en su busca.

    - Con mucho gusto - le respond, y nos pusimos a hablar de otra cosa. Camino ya del hospital, Stamford volvi a insistir sobre mi futuro compaero.

    - Bueno - exclam -; conste que usted no me reprochar nada, caso de que no llegue a entenderse con ese individuo; yo no le conozco ms que de verle de vez en cuando n el laboratorio; de usted, y no de m, ha nacido la idea de vivir con l.

    Yo le contest:

    - Si no nos entendiramos, con separarnos asunto concluido. Sin embargo, Stamford - aad mirndole fijamente -, me parece que tiene usted razones especiales para desentenderse de todo lo que pueda ocurrir entre l y yo. Es tan terrible por ventura, el carcter de ese hombre?...Vamos, hable francamente y djese de misterios.

    Stamford se ech a rer.

    - No hablo ms claro, amigo mo, porque me es difcil explicar lo inexplicable. Holmes est, segn mi opinin, tan identificado con la ciencia, siente tal fanatismo por ella, que fatalmente le conducir ala insensibilidad ms absoluta. Por ejemplo, me parece que no tendra el ms ligero escrpulo en administrar a usted una inyeccin de un veneno que estudiara, no por mala intencin, no, sino para observar el efecto que producira en el organismo humano. Debo de hacer constar, sin embargo, que lo mismo que le propina a usted la dosis venenosa, se la tomara l. Est obsesionado por el afn de profundizarlo todo y encerrarlo en frmulas matemticas.

    - Eso, realmente, no es un defecto.

    - Convenidos; pero la exageracin s lo es, y exageracin es, y muy grande, coger un bastn y golpear los cadveres colocados en la mesa de diseccin, eso, por lo menos, es extrao.

    - Qu me cuenta usted?

    - La pura verdad. Esto lo hizo un da para, segn l, estudiar los golpes producidos sobre los cadveres, y lo he visto yo.

    - Pero no dice usted que no es estudiante de medicina?

    - Y no lo es. Por ms que Dios sabe lo que se propone, siguiendo esa norma de estudios...Pero ya hemos llegado; ahora se convencer usted por s mismo de la verdad de lo que digo.


    Sin dejar de hablar, nos metimos en una callejuela y franqueamos una pequea puerta abierta en un ala del hospital. Era para m aquel terreno familiar, y no necesitaba gua para franquear los escalones de la vasta y severa escalera y para seguir el camino que me convena a travs de aquellos largos corredores, de paredes encaladas, y en las que se abra de vez en cuando alguna puerta pintada de oscuro. Casi al final de este pasillo habla otro, oscuro y lbrego, que conduca al laboratorio qumico. Figuraos una habitacin enorme, de techo elevado, y cubiertas sus paredes, de arriba abajo, de innumerables frascos. Por doquiera mesas grandes y muy bajas, distribuidas sin orden alguno, y sobre estas mesas y entre las retortas y las probetas, pequeas lmparas Busen de llama azul que daban una luz mezquina y vacilante.


    En esta sala y al fondo, haba un solo estudiante inclinado sobre una mesa y absorto completamente en su trabajo. Al ruido de nuestros pasos levant rpidamente la cabeza y se dirigi a nosotros dando gritos de triunfo y agitando la probeta que tena en la ms.

    - Aqu est! Aqu est! - grit - Por fin he encontrado el nico reactivo que precipita la hemoglobina!

    Creo que s hubiera descubierto una mina de oro, no habra estado tan contento.

    - El doctor Watson...el seor Sherlock Holmes - dijo Stamford presentndonos.

    - Cmo est usted? - dijo Holmes con amistosa franqueza, estrechndome la mano con una energa reveladora de una fuerza muscular que yo no hubiera adivinado a primera vista- Ah! Cmo se conoce que viene usted del Afganistn.

    - Cmo lo ha adivinado usted? - exclam admirado.

    - Bah! Eso no tiene importancia - replic sonriendo -. Hoy por hoy, lo importante es la hemoglobina y su reactivo. Comprenden ustedes toda la trascendencia de este descubrimiento?...

    - Evidentemente - respond.

    - Tiene mucho inters desde el punto de vista qumico; ahora, que desde el punto de vista prctico...Ms an, precisamente su relacin con la medicina legal es lo que da a este descubrimiento una importancia desusada. No comprende usted que esta sustancia nos da a conocer de un modo infalible la presencia de la sangre humana? Venga, venga usted por aqu.

    Y en su apresuramiento me cogi de la manga y me llev hacia su mesa de trabajo.

    - Pero antes procurmonos sangre fresca - dijo, y se dio un lancetazo en el dedo con el bistur, recogiendo en un tubito una gota de sangre -. Ahora echo esta gota en un litro de agua; ya ve usted que conserva el mismo color de antes; la proporcin de sangre no puede exceder de una millonsima; sin embargo, no dudo que obtendremos la reaccin caracterstica.

    Y acompaando la accin a la palabra, ech en el recipiente varios cristales blancos y despus algunas gotas de un lquido transparente; en un instante el agua qued coloreada, y en el fondo del recipiente se form un precipitado de color obscuro.

    - Ah! Ah! - grit batiendo sus manos con alegra infantil -. Qu tal? Qu le parece a usted?...

    - Es maravilloso, verdad? Antes con el Gaic se obtenan raras veces difciles y oscuros resultados. Adems, haba que someter los glbulos de sangre al anlisis microscpico, y si esta sangre estaba seca no se obtena resultado alguno; mi reactivo, por el contrario, sirve lo mismo y produce idnticos resultados en la sangre seca como en la sangre fresca. Oh, si hubiera sido conocido antes! Cuntos hombres que se pasean tranquilamente hubieran sufrido hace tiempo el castigo consiguiente a sus crmenes!

    - Es verdad - exclam.

    - Y tanto como es verdad; como que este es un punto capitalsimo en gran nmero de asuntos judiciales. No se sospecha que un hombre ha cometido un crimen hasta pasados algunos meses; entonces se examinan sus ropas, sus trajes, todo, y se encuentran en ellos manchas rojizas. De qu son? De sangre? De barro? De hierro? O simplemente el zumo de una fruta? Y ya tienen ustedes a la justicia despistada. Por qu? Porque no posee un reactivo infalible; pero ahora poseemos ya afortunadamente el reactivo Sherlock Holmes, y la incertidumbre, la duda, desaparecen.

    Mientras hablaba, brillaban sus ojos. Cuando hubo acabado puso la mano sobre su corazn y se inclin profundamente en actitud de dar las gracias a una muchedumbre imaginaria y entusiasta.

    - Enhorabuena! Enhorabuena! - le dije, admirado, an ms que del descubrimiento, de su entusiasmo.

    - Y en apoyo de mi teora, no tenemos el caso de Ruchoff, de Francfort?...Seguramente a estas fechas estara ahorcado si hubiera sido conocido mi reactivo, Y Marn, de Bradford? Y el Clebre Mller? Y Lefevre, de Montpellier, y el Sansn e Nueva Orlens? Y como stos pudiera citar muchos casos ms.

    - Es usted un repertorio viviente de crmenes! - exclam Stamford, riendo -. Por qu no publica una memoria que se titule Anales judiciales del tiempo pasado?

    - No crea usted que no sera interesante - murmur Sherlock Holmes, pegndose un tafetn a la cisura que se haba hecho en el dedo.

    - Luego aadi, mostrndome su mano y sonriendo.

    - Esto es una medida preventiva, porque como manejo tanto veneno...

    - Y entonces me fij que la mano tena varias cicatrices y quemada en algunos sitios por los cidos.

    - Bueno, pero no hemos venido a esto slo - interrumpi Stamford, sentndose en un taburete y acercndome otro con el pie para que le imitase -. Hemos venido para hablar de negocios y de negocios serios. Este amigo mo est buscando, como usted, piso que le convenga y como esta maana le he odo a usted quejarse de no encontrar alguien que quisiera ser compaero de casa, he credo hacer una buena obra ponindolos a ustedes al habla.

    Sherlock Holmes pareci alegrarse mucho ante la idea de vivir juntos.

    - Tengo apalabrado un piso en Baker Street - me dijo -, que creo nos convendra; pero debo advertir a usted que fumo mucho y un tabaco muy fuerte.

    - Yo, por mi parte, fumo el tabaco de marineros.

    - Bueno; tambin he de advertirle algo ms: estoy casi siempre rodeado de ingredientes qumicos, y algunas veces hago experimentos y pruebas. No le molestar a usted?

    - De ningn modo.

    - Esta bien; djeme que piense y le ponga al corriente de todos mis otros vicios... Ah, s! Suelen acometerme malos humores, que me duran varios das, y durante los cuales no abro la boca. Nada de incomodarse entonces conmigo; basta con dejarme, e insensiblemente vuelvo a mi estado normal. Ahora suplico a usted me diga cules son sus defectos, pues para dos personas que piensan vivir juntas, en convenientsimo saber los vicios de cada una.

    Aquel inesperado interrogatorio me hizo sonrer.

    - Poseo un perrito bull-dog - le dije -. Mis nervios han sufrido tales excitaciones de algn tiempo a esta parte, que me molesta considerablemente toda clase de ruidos. Me levanto a horas inverosmiles y soy excesivamente perezoso. Tengo otra porcin de vicios, pero, realmente, estos son los principales defectos que poseo.

    - Le molesta a usted el ruido del violn? - me pregunt Holmes con vaga inquietud.

    - Depende de como lo toquen - le respond -; cuando se toca bien, tiene algo de placer de los dioses; pero si se rascan malamente sus cuerdas...

    - Ah! Perfectamente, trato hecho, sin ms condiciones que la de que sea de su agrado el piso apalabrado por m.

    - Cundo quiere usted que le veamos?

    - Venga a buscarme aqu maana a medioda; iremos juntos a verle.

    - Convenido - le contest, estrechndole la mano -. Hasta maana a medioda.

    Stamford y yo le dejamos engolfado de nuevo en sus experimentos qumicos, y emprendimos otra vez el camino del hotel.

    - Pero, Cmo diablos habr podido averiguar que he estado en el Afganistn? - le pregunt a mi compaero.

    Stamford se sonri.

    - Ese es precisamente uno de sus secretos; todo el mundo se pregunta cmo a primera vista puede llegar a conocer las cosas ms ocultas.

    - Siempre el misterio - dije, frotndome las manos -; cada vez me interesa ms su manera de ser. No puede figurarse cunto le agradezco el que me haya puesto en relacin con semejante personaje. La nica manera de conocer a la humanidad consistira, a ser posible, en estudiar separadamente a cada individuo.

    - Pues bien, dedquese usted a estudiar a ste; pero debo advertirle que se lanza a la resolucin de un problema harto difcil de resolver, y apostara cualquier cosa a que l llegar antes a conocer el carcter de usted que usted el de l. Tnganlo por seguro. Buenas tardes.

    - Buenas tardes - le contest; y segu mi camino, intrigadsimo por mi nuevo amigo.


    PRIMERA PARTE. Copia de las memorias de Jhon Watson, Ex-Mdico mayor del ejrcito Ingls.
    Captulo II. En donde se ve que la deduccin puede llegar a constitutir una verdadera ciencia.




    Al da siguiente, despus de habernos encontrado en el punto convenido Sherlock Holmes y yo, nos fuimos al nmero 221 de Baker Street, para ver el piso en cuestin. Se compona de dos alcobas muy cmodas y una sala bastante grande, elegantemente amueblada, bien aireada y con dos grandes ventanas que daban a la calle. Nuestra unin me seduca tanto y el precio era tan mdico, puesto que por el momento pagbamos la mitad del alquiler cada uno de nosotros, que cerramos el trato all mismo. Tomamos posesin inmediatamente, y aquella misma tarde llev todos mis papeles y establec mi despacho en la nueva casa, y a la maana siguiente lleg Sherlock Holmes cargado de cajas y maletas. Durante dos o tres das nos ocupamos nicamente en desembalar nuestros chismes y bibelots, y los colocamos de modo y manera que tuvieran la mejor vista posible. Terminados estos preliminares nos consideramos definitivamente instalados y empezamos a familiarizarnos con nuestro nuevo alojamiento. Holmes no era un hombre de vida desordenada; modesto en su manera de ser, regular en sus costumbres, rara vez se acostaba despus de las diez de la noche, al levantarme, haba salido ya de casa despus de haber tomado su desayuno. El da lo pasaba entre el laboratorio qumico y la sala de diseccin, y algunas veces se daba largos paseos, casi siempre por las afueras de la poblacin. No puede formarse una idea de su actividad cuando estaba en uno de esos perodos de excitacin. Transcurra algn tiempo, vena la reaccin, y entonces das enteros, desde que amaneca hasta que anocheca, se los pasaba tumbado sobre un canap, inmvil y sin articular palabra. Sus ojos tomaban una expresin tan vaga y soadora, que cualquiera le hubiera tomado por un imbcil o por un loco si su sobriedad caracterstica y la perfecta moralidad de su vida no hubieran sido una constante protesta semejante suposicin.

    Se sucedan las semanas y mi curiosidad creca por momentos por conocer el mvil de su vida. El aspecto suyo llamaba la atencin del menos observador. Su elevada estatura, pues tena cinco pies y medio, aumentaba su delgadez; sus ojos eran vivos y penetrantes, excepto en esos perodos de sopor de que antes habl, y su nariz, delgada y aguilea como el pico de un ave de rapia, daban a su cara una expresin de excesiva penetracin. La forma cuadrada y prominente de su barbilla denotada en l una rara fuerza de voluntad. Llevaba las manos constantemente manchada de tinta y quemadas por los cidos, y a pesar de las cicatrices, tena una habilidad extraordinaria en los dedos, como pude comprobarlo varias veces vindole manejar sus pequeos instrumentos de fsica.

    An cuando se me tache de curiosidad femenil, debo decir en descargo mo que cada vez me intrigaba ms aquel hombre, y a todo trance quera descubrir el misterio de que se rodeaba. No puede jugrseme severamente, teniendo en cuenta que mi vida no tena atractivo alguno. Mi salud no me permita salir ms que cuando abonanzaba mucho el tiempo y no tuve nunca uno de esos amigos a quienes confiarme y en cuya compaa olvidar la monotona de mi existencia, que cada vez se me haca ms pesada y larga. He aqu por qu empleaba la mayor parte del tiempo en pretender desentraar el misterio de que se rodeaba mi compaero. No estudiaba medicina; al preguntarle yo algo sobre el particular, me confirm su contestacin lo que Stamford y yo presumamos. Nunca subordin sus lecturas a un mtodo fijo, con lo que hubiera progresado considerablemente en una ciencia determinada, y por otra parte demostraba singular predileccin por cierta clase de estudios. Su erudicin era realmente extraordinaria, y ms de una vez me qued sorprendido ante sus citas y sus dichos "Indudablemente - pensaba yo - no es posible que un hombre trabaje as y adquiera en ciertas materias tan vastos conocimientos si no se propone un fin muy definido y si no tiene un plan perfectamente trazado. Las gentes que leen sin seguir un camino determinado no pueden recordar la mayor parte de lo que han ledo, ni a nadie creo capaz de meterse en la cabeza conocimientos meramente secundarios, sin tener para ello razones muy especiales."

    Pero al lado de su profundo saber en algunas cosas, para otras era una verdadera nulidad. Tanto en literatura como en filosofa o poltica, ignoraba hasta lo ms rudimentario. Habindole citado un da a Tomas Carlyle, me pregunt con la mayor ignorancia que quin era y qu haba hecho; pero no fue aquello lo que ms me choc; cuando mi asombr subi de punto fue el da en que por casualidad me enter que ignoraba en absoluto la teora de Coprnico y desconoca la explicacin del sistema solar. Que hubiera en pleno siglo XIX un ser civilizado que no supiera que la tierra giraba alrededor del sol me pareci inconcebible, no poda creerlo.

    - No le extrae a usted mi ignorancia - me dijo sonriendo al ver mi asombro -. Ahora que s lo que es y de lo que se trata, har cuanto me sea posible por olvidarlo.

    - Por olvidarlo?...

    - Va usted a comprenderlo. En los primeros aos de la vida el cerebro humano es, segn mi opinin, un cuartucho vaco, y el deber de cada uno consiste en amueblarlo y alojarlo a su gusto. Se trata de un imbcil? Pues llenar su cabeza de materias intiles que ocuparn el sitio que otras que quizs pudieran servirle para algo. Su cabeza ser una amalgama sin orden ni concierto, que ningn provecho le reportar. Por el contrario, fjese en la mayora de los seres vulgares, de los industriales, por ejemplo, y observar que tienen especial cuidado en el plan de sus estudios; nicamente se dedicarn a aquellos que ms tarde o ms temprano puedan servirles de algo. Es un error creer que las paredes del cerebro humano son elsticas y pueden agrandarse o encogerse a la libre voluntad de cada uno. Crame usted: llega un momento en que para cada cosa nueva que se aprende, se olvida otra anteriormente aprendida. No debe cargarse la imaginacin de algo que ms que nada dificulta y entorpece y hace olvidar lo que algn da puede sernos necesario.

    - Si, pero el sistema solar... - empec a decirle en tono de protesta.

    - Pero qu bien puede reportar eso? - me contest con mal reprimida impaciencia -. Dice usted que la tierra gira alrededor de la luna. Me tiene sin cuidado, y no creo que sufran detrimento alguno mis investigaciones y mis otros trabajos.

    A punto estuve de preguntarle en qu consistan esos trabajos; pero me arrepent, porque comprend que mi pregunta en aquella ocasin hubiera sido intempestiva. Sin embargo, me puse a meditar detenidamente sobre cuando haba dicho, y consegu encerrarlo en una conclusin No dijo que no quera aprender nada que no estuviera en relacin con el fin? Pues cuanto saba tena que servirle y serle til para algo. Me puse a recordar todas las materias en las cuales me pareci estar muy fuerte, y fui formando una pequea lista, ante la cual no pude por menos de sonrerme cuando la rele. Deca as:

    RESUMEN DE CONOCIMIENTOS DE SHERLOCK HOLMES


    Literatura: nada.
    Filosofa: dem.
    Astronoma: dem.
    Poltica: conocimientos muy superficiales.
    Botnica: conocimientos varios. Versadsimo en todo lo que se refiere a la belladona, el opio y toda clase de venenos. Desconocimiento absoluto de horticultura prctica.
    Geologa: conocimientos muy limitados. No distingue las diversas clases de capas geolgicas; pero, en cambio, cuando vuelve de sus largos paseos, al ensearme el lodo en el borde de sus pantalones me dice de qu punto de Londres procede aquel barro.
    Qumica: conocimientos profundsimos.
    Anatoma: universalidad de conocimientos, pero adquiridos sin arreglo a un plan fijo.
    Literatura sensacional: posee una erudicin increble. Al parecer no existe teora revolucionaria (literariamente hablando) que no conozca.
    Toca el violn bastante bien.
    Maneja bien el bastn y la espada, y es diestro en el boxeo.
    Conoce prcticamente la ley inglesa.
    Pero cuando hube formado esta lista de la serie de conocimientos de Holmes, la arroj al fuego, dicindome: "Es preferible renunciar a todo antes de llegar a saber qu carrera y a qu fin pueden llevar esta amalgama de estudios."

    Acabo de citar a Holmes como violinista. En efecto, tocaba el violn maravillosamente, pero siempre a su manera, de modo tan raro y excntrico como todo cuanto haca. Que tocaba piezas de dificultad suma, no hay que dudarlo. Muchas veces, en obsequio mo, toc romanzas de Mendelssohn y de otros autores tanto o ms difciles. Pero cuando estaba solo, tan pronto se dedicaba a la verdadera msica como intercalaba trozos de lo ms vulgar y rampln.

    En ocasiones, y cuando se tumbaba en el canap, colocaba el violn sobre las rodillas y haba vibrar las cuerdas. Unas veces las vibraciones producan una meloda dulce y melanclica; otras se sucedan las notas alegres y vibrantes de modo fantstico y raro. Aquello era algo as como el reflejo de sus sentimientos ms ntimos; pero aquella msica era una de antas excitaciones de sus facultades mentales, o, por el contrario, un capricho del momento? Nunca llegu a saberlo.

    Hubiera tenido sobrados motivos para protestar enrgicamente de aquellos solos, si en compensacin a ellos no hubiera terminado siempre sus sesiones dedicndome alguno de mis nmeros preferidos.

    Durante la primera semana nadie vino a vernos, y empec a creer que mi compaero tena tan pocos amigos como yo. Me convenc bien pronto de lo contrario; tena muchos amigos, y en todas las clases sociales. Recuerdo a un individuo delgaducho y macilento, de ojos vivos y penetrantes, cuya cabeza achatada recordaba las de las ratas. Vino tres o cuatro veces durante aquella semana, fue presentado con el nombre de Lestrade. Una maana lleg una muchacha muy elegante y muy bonita, y habl con Holmes durante media hora; en la tarde de aquel mismo da vino un individuo de cabello gris cortado a punta de tijera, con todo el tipo del judo embaucador y marrullero; hallbase sumamente excitado y le hablaba a Holmes en tono de splica; poco tiempo despus lleg una mujer en chancletas. Otra de las tardes vino a visitarle un caballero de cabellos blancos y aspecto venerable, y en otra ocasin un empleado del ferrocarril, con su uniforme de terciopelo ribeteado (por el uniforme supuse que era empleado en ferrocarriles).

    Cada vez que llegaba uno de estos individuos, Sherlock Holmes me suplicaba le dejase a solas con ellos; yo entonces me retiraba a mi habitacin. Me daba mil excusas por la molestia que por l me tomada y me deca: "Necesito este cuarto para despachar a mis clientes, porque toda esta gente son clientes mos." Tambin hubiera podido valerme de esta ocasin para preguntarle algo acerca de su extraa vida; pero me pareci siempre una imprudencia pretender hacerme cmplice de sus confidencias. Supuse desde el primer momento que alguna razn deba asistirle para no ponerme al corriente de sus asuntos; era el primero en no hacerme partcipe de todo cuanto a l se refera. El 4 de marzo (tengo motivos para no olvidar esta fecha) me levant un poco ms temprano que de costumbre, esperando que le sirvieran el desayuno. Estbamos todos acostumbrados a una vida tan mecnica y tan sujeta a leyes fijas, que mi desayuno no me lo haban servido; con la impaciencia inherente a toda naturaleza humana, llam para que a toda prisa me lo sirvieran. Sobre la mesa haba una revista literaria, y me puse a hojearla en tanto mi compaero devoraba en silencio unos bizcochos. Uno de los artculos apareca marcado con lpiz rojo, y, naturalmente, mi curiosidad me hizo detener la vista en l y leerlo.

    Se titulaba El libro de la vida , y me pareci algo pretencioso. El autor quera dar a conocer la regla para que todo hombre medianamente observador sacara el mayor partido posible de los actos humanos despus de un metdico y detenido examen. Lo que deca sobre el particular me pareci una extraa mezcla de sutileza e ingenuidad; por claros que fueran los razonamientos, las deducciones estaban tan tradas por los cabellos, que caan en la exageracin ms espantosa. El ms pequeo gesto, la contraccin de un msculo cualquiera, una mirada, eran lo bastante, segn aquel autor, para revelar el ms escondido secreto, fuere de quien fuere. Nadie que poseyere cualidades de observacin y analizara un poco deba equivocarse, sino que, por el contrario, deba sacar conclusiones tan exactas como pudieran serlo los teoremas de Euclides; y es ms, los resultados que llegaran a obtenerse deban aparecer a los ojos de la gente, que, naturalmente, no estara al tanto de los procedimientos empleados, como verdaderos fenmenos de sortilegio.

    "Presentad - deca el autor - una gota de agua a cualquier hombre dotado de un poco de lgica y ser capaz de deducir por aquella simple gota la existencia del ocano o del Nigara, sin que jams haya tenido la menor idea ni del uno ni del otro. La vida de todo individuo a modo de una cadena, en la que basta conocer uno de sus eslabones para deducir cmo son todos los dems. Para ello, es verdad, se necesitan condiciones de deduccin y anlisis; pero estas condiciones son necesarias para todas las ciencias en general; no pueden llegar a conseguirse sino despus de un detenido estudio, y la vida entera de un individuo no sera bastante para llegara un grado de perfeccin den la materia. Tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista intelectual, este estudio es de tal complejidad, que es cien veces preferible lanzarse a la resolucin de los dems problemas de la vida a detenerse en ste. Cuando vemos por primera vez a un hombre es necesario que al primer golpe de vista deduzcamos su historia, su profesin, y este ejercicio, practicado diariamente, aguza nuestras facultades instintivas de observacin de la manera, que poco a poco e insensiblemente nos ensea el camino que debemos servir.

    Fijaos en las uas, en las manchas de la ropa, en el calzado, en las rodilleras del pantaln, en las callosidades de los dedos pulgar e ndice, en la expresin de la cara, en los puos de la camisa, y veris cmo despus de este detenido examen llegas a conocer a fondo todo cuando concierne al individuo en quien hayis puesto vuestra atencin. No es lgico que con tal riqueza de detalles aunados, cualquiera, aun cuando no posea un grado extraordinario de inteligencia, llegue a conseguir resultados tan claros como perfectos?"

    - Qu cmulo de tonteras! - exclam dejando la revista sobre la mesa -. En mi vida he ledo imbecilidad como sta.

    - Qu le pasa a usted? - me pregunt Sherlock Holmes.

    - El artculo este que acabo de leer - dije sealndoselo con la cuchara y disponindome a tomas el desayuno -. Debe usted haberlo ledo ya, porque est marcado con lpiz. Por una parte tiene ingenio, pero por otra llega a cansar tanta candidez. A travs de sus renglones veo al utpico rgido que se complace en ir demostrando con teoras sus extraas paradojas; le veo embutido en un silln y en la oscuridad de su despacho... Porque, veamos la parte prctica de todo esto. Vaya usted a preguntarle, por ejemplo, a cualquiera de esos que viajan en tercera el oficio y la vida de sus compaeros de viaje; apostara mil contra uno a que no lo acierta.

    - Pues perdera usted - me contest Holmes con mucha calma -, y este artculo es mo.

    - De usted?...

    - Mo. Todo cuanto sea observacin y deduccin me encanta, y todas esas teoras que le parecen a usted quimricas no pueden ser ms prcticas de lo que son, tan prcticas como pueden serlo los medio de que me valgo para ganarme la vida.

    - No lo entiendo - le contest.

    - Pues voy a demostrrselo a usted. Tengo una profesin especialsima, tan especial, que dudo haya otra en el mundo. Soy, valga la frase, un "polica consultivo". Aqu en Londres, la polica est compuesta de dos clases de agentes: los que dependen del Gobierno y los que pudiramos llamar secretos. Pues bien; cuando cualquiera de ellos duda acerca de un asunto, vienen a consultarme, y yo les saco de la duda en que se hallan. Para ello me exponen el hacho con todos sus detalles, y gracias al estudio especial que hago del crimen, si, por ejemplo, de un crimen se trata, logro llevarlos al camino de la verdad para que ellos lo sigan despus. Todos los crmenes tienen algo de comn entre s. Como es natural, nos hemos familiarizado ya con ellos, y nada tiene de particular que despus de conocer mil, se llegue por la deduccin al descubrimiento del mil y uno. Ese Lestrade que ha visto antes es uno de los inspectores ms conocidos de Londres; le han denunciado un hecho; y no sabe cmo llegar a su descubrimiento; ha venido a consultarme.

    - Y todos los dems que han venido despus de ese Lestrade?...

    - Casi todos son de la polica secreta. Vienen a que les saque de la duda en que se hallan; oigo cuanto me dicen, ellos a su vez oyen mis explicaciones, y cobro despus mis honorarios.

    - Y sin moverse de ese cuarto tiene usted la pretensin de aconsejar con perfecto conocimiento de causa en todo aquello que a los dems les es difcil llegar a saber estudindolo sobre el terreno?

    - Ya lo creo. Tengo para mi uso particular una intuicin extraordinaria. De vez en cuando suele presentarse algn caso que requiere ms atencin que los dems, y entonces voy adonde debo ir y veo las cosas por mis propios ojos. Ya creo habr usted notado que poseo una universalidad de conocimientos que, claro est, me valgo de ellos para la resolucin de todos los problemas y me dan un magnfico resultado. Y ese mtodo de deduccin que expongo en el artculo que tanto ha indigna a usted, para m es de inapreciable valor, y puedo demostrarlo, puesto que he sido el primero en llevarlo a la prctica. La observacin es en m una segunda naturaleza. Recuerde que el mismo da que nos conocimos le dije que haba usted estado en el Afganistn.

    - Podan habrselo dicho a usted antes.

    - Nada de eso, y desde el primer momento comprend que vena usted de all. Por la prctica adquirida durante mucho tiempo, y casi sin darme cuanta de ello, llego a mis conclusiones, eslabonando en mi cerebro las deducciones que se van sucediendo rpidamente. "He aqu (me dije) un hombre con todo el aspecto de un mdico y de un militar. Indudablemente es un mdico militar. Viene de los trpicos, me lo da a entender su tez tostada por el sol; no es el color natural de su rostro, puesto que sus muecas conservan la blancura de la piel. Ha debido pasar grandes privaciones y debe haber estado muy enfermo: me lo indica el color. Adems, debe haber sido herido en el brazo izquierdo, puesto que lo juega con dificultad. A qu punto de los trpicos puede haber ido un mdico militar ingls, para haber sufrido tanto y haber sido herido? Al Afganistn". Y toda esta serie de deducciones no han tardado en sucederse las unas a las otras ni un segundo. Recuerda su asombro cuando le dije que vena usted del Afganistn?

    - Y ahora que lo oigo, creo que no puede darse nada ms sencillo - le contest sonriendo -. Me recuerda usted a Dupin de Edgar Allan Poe; pero nunca cre que tales seres pudieran existir ms que en la novela.

    Sherlock Holmes se levant, y encendiendo su pipa me dijo:

    - Cree usted halagarme comparndome con Dupin, y en mi opinin Dupin era un hombre vulgar. Su nico mrito consista en penetrar el pensamiento de su interlocutor, pero al cabo de un cuarto de hora de silencio absoluto y de haber hecho ciertas observaciones. Ese es un sistema sencillsimo y que puede rebatirse sin gran esfuerzo. Posea evidentemente condiciones analticas; pero de eso a presentarlo como un fenmeno, segn pretendo Poe, hay una gran diferencia.

    - Ha ledo usted las obras de Goboriau? - le pregunt -. Para usted, Lecoq debe ser el perfecto polica.

    Sherlock Holmes me contest irnicamente:

    - Lecoq era simplemente un enredador; no tena de bueno ms que su energa. Nada ms. Es un libro detestable Se trataba, por ejemplo, de identificar a una persona desconocida? Pues lo que a m me hubiera costado veinticuatro horas, a Lecoq le costaba seis meses. Yo hara que conocieran esa obra todos los inspectores y agentes de polica, para que supieran lo que no deben hacer.

    Me molestaba que tipos que me complaca en admirar fueran criticados con tal saa. Me levant y me fui a la ventana, para ver la calle con su animacin acostumbrada. "Este muchacho (me dije) no dudo que valga; pero est posedo de s mismo."

    Sherlock Holmes aadi:

    - Puede decirse que ya no hay ni crmenes ni criminales. De qu sirve tener un cerebro perfectamente organizado, en nuestra profesin, se entiende? Tengo la seguridad de que mi nombre podra llegar a ser clebre en muy poco tiempo. No ha habido nadie, que yo sepa, que haya adquirido el nmero de conocimientos en la materia, ni que rena condiciones especiales tan grandes como las mas para combatir el crimen. Y para qu? Si los crmenes que hoy se cometen estn tan psimamente maquinados que el ms torpe de los agentes de Escoltan Yarda puede dar con el criminal en cuanto quiera!...

    Al ver tan pedantera cambi de conversacin.

    - Qu buscar aquel hombre? - pregunt sealando con el dedo a un individuo que lentamente miraba los nmeros de las casas de enfrente.

    Era un muchacho de anchas espaldas y modestamente vestido. Llevaba en la mano un sobre azul, e indudablemente tena encargo de entregrselo a alguien.

    - Dice usted aquel subteniente retirado de la marina? - me pregunt Sherlock Holmes.

    "Vayan al diablo semejante fanfarronadas!(me dije para m). Sabe perfectamente que no puedo ir a comprobar sus ridculas deducciones".

    Apenas haba acabado de pensar esto, cuando el muchacho de la calle, despus de fijarse en el nmero de nuestra casa, atraves la calle rpidamente. Llamaron a la puerta. Hablaron bajo breves momentos, y un torpe andar oyose en la escalera.

    - Para el seor Sherlock Holmes - dijo el hombre aquel, entrando y entregando la carta a Sherlock.

    Aquella era una gran ocasin para echar por tierra los embustes de mi compaero, y no bien lo hube pensado, le hice la siguiente pregunta que viniera a confirmar mis presunciones:

    - Dgame usted - le dije amablemente -. Qu profesin o qu oficio tiene usted?

    - Mandadero - me contest bruscamente -; pero mi librea estn arreglndomela, y...

    - Y antes? - le pregunt, mirando a Holmes maliciosamente con el rabillo del ojo.

    - Antes era sargento de infantera ligera de la marina de guerra... Tiene contestacin la carta?

    - No - dijo Holmes

    - Entonces, buenas tardes.

    Se cuadr, llvose la mano a la visera, y sali.

    Captulo III. El misterio del Jardn Lauriston.




    Lo confieso; esta inesperada prueba de la exactitud de las teoras de mi amigo me caus tan profunda impresin, que se tradujo en un aumento considerable del respeto y consideracin que por sus facultades analticas senta. Sin embargo, an dudaba. No poda ser lo sucedido un golpe de efecto preparado de antemano con el nico fin de embaucarme? Quizs; pero qu fin se propona al sorprender de tal suerte mi buena fe y mi credulidad?

    Al pensar en esto me dediqu a observarle. Haba acabado de leer la carta, y su mirada haba tomado esa vaguedad caracterstica en l, cuando su imaginacin volaba por el espacio.

    - Cmo ha podido adivinar lo de antes? - le pregunt.

    - Adivinar qu? - me contest bruscamente.

    - Que ese hombre era un subteniente de marina.

    - Vaya una cosa! - murmur por lo bajo; despus aadi sonriendo: - Perdona, amigo Watson, mis intemperancias; ha interrumpido usted el curso de mis pensamientos; pero quizs sea preferible. Despus de todo, me alegro. De modo que de veras no adivin usted desde el primer momento que aquel hombre haba sido o era subteniente de un navo?

    - De veras; no lo adivin.

    - Sin embargo, ms fcil era adivinarlo que explicar el proceso de observacin conducente a conocerle. Me es tan difcil el explicrselo a usted bien, como a usted le sera el explicar que dos y dos son cuatro; y no obstante, no hay nada ms absolutamente cierto, no es verdad? De todos modos, se lo explicar a usted como pueda. Cuando aquel individuo estaba frente a la casa, pude observar un precioso tatuaje azul en el dorso de una de sus manos. Esto es un signo caracterstico de todo marino; adems, su tipo era militar: aquellas patillas y aquella sotabarba estaban pregonndolo escandalosamente. Tena cierto aire altivo, y andaba y se mova como el tiene el hbito del mando. No se fij usted en su modo de levantar la cabeza y cmo golpeaba el suelo con el bastn? Y por ltimo, como no era muy joven, sino ms bien tena una vaga apariencia de respectability, deduje que aquel hombre haba sido o era subteniente de navo.

    - Maravilloso! - exclam asombrado.

    - Nada de eso; muchas gracias, - replic modestamente Holmes, aunque me pareci adivinar que le haba halagado mucho aquel grito mo de espontnea admiracin -. Deca hace poco que ya no haba criminales dignos de tal nombre, es verdad? - pregunt -. Pues bien, me equivocaba de medio a medio al afirmarlo. Lea usted.

    Y me dio la carta que acababa de serle entregada.

    - Qu horror! - exclam despus de haberla ledo - Esto es horrible!

    - S, se sale un poco de la monotona de todos los das - replic tranquilamente - Tiene usted la bondad de lermela en voz alta?

    He aqu el contenido de la carta:





    "Querido seor Sherlock Holmes:
    Esta noche pasada se ha cometido un crimen en el nmero 3 de la calle del Jardn Lauriston, cerca de Briston Road. Hacia las dos de la maana, el guardia de ronda vio luz en la casa; como est inhabitada, le llam la atencin y se decidi a entrar en ella. La puerta estaba abierta; en el primer cuarto, completamente desamueblado, apareca el cadver de un hombre decentemente vestido, que pareca pertenecer a una clase social elevada; en uno de sus bolsillos hemos encontrado tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland (Ohio) V. S. A.; no creo que el robo haya sido el mvil del crimen, y tambin es imposible, por ahora, saber cmo se ha cometido. En las paredes y en el suelo de la habitacin hay manchas de sangre: pero el cuerpo no slo no tiene ninguna herido, sino que no hemos podido encontrar la ms ligera contusin. Cmo ha logrado entrar este hombre en la casa inhabitada? He aqu el problema, o mejor dicho, uno de los problemas, porque este asunto aparece rodeado de tal misterio, que le da caracteres de enigma.

    Me encontrar usted en el lugar del suceso a cualquier hora antes de las doce. Lo he dejado todo pendiente hasta saber si vena usted o no. En caso de no poder venir, escrbame y le dar todos los detalles que necesite, y excuso decirle lo que me agradara si me asociara usted a sus indagaciones para descubrir la verdad.

    Queda de usted afectsimo, etc., etc.,"

    TOBIAS GREGSON



    - Gregson es el ms fino y el ms astuto de los sabuesos de Scotland Yard - observ Holmes -. Lestrade y l son los mejores y ms temibles agentes de ese barrio tan poco recomendable. Son los dos valientes, listos, conocedores del terreno y los hombres, pero desgraciadamente no son fros, y muchas veces son vctimas de su parti-pris. Sienten tal emulacin el uno por el otro, como no lo sentiran dos mujeres a la moda, si los dos se encargan de este asunto. Le prometo a usted desde ahora escenas divetidsimas.

    Yo estaba asombrado ante la tranquilidad de Holmes.

    - No perdamos tiempo - exclam -. Quiere que vaya a buscar un coche?

    - No s, djeme pensarlo. Soy el perezoso mayor del mundo, amigo Watson; vivo habitualmente por temporadas; ya sabe usted que son escasos mis perodos de actividad.

    - Pero esta es la ocasin que usted tanto deseaba.

    - S, es verdad; pero qu beneficio me puede reportar? Supongamos que desentrao el misterio; tenga usted la seguridad de que Gregson, Lestrade y compaa sern los que se aprovechen he aqu uno de los inconvenientes de no tener cargo oficial.

    - Sin embargo, desde el momento que solicitan su concurso

    - Sabe usted por qu? Gregson no ignora que mis condiciones policiacas aventajan, con mucho, a las suyas, y que yo quizs lo descubriera; pero antes se dejara arrancar la lengua que confesarlo. De todos modos, vamos; sabremos de qu se trata, y ya que no otra cosa, nos reiremos de los dos. En marcha.

    Diciendo esto, se puso su gabn y se animaba por momentos. Empezaba el periodo de actividad.

    - Pronto, el sombrero de usted - dijo.

    - Qu? Le acompao?

    - S, si no tiene usted nada que hacer.

    Minutos despus, y dentro de un hansom, marchbamos en direccin de Briston Road. La maana era brumosa; el cielo estaba cubierto de nubes plomizas, y una neblina que pareca el barro de las calles limado flotaba entre las casas y sobre las casas. Holmes se hallaba de muy buen humos, hablando de los violines de Cremosa y sobre los mritos comparados de un stradivarius y un amati. Yo guardaba silencia; el tiempo tristn, aquel crimen y sus circunstancias me impresionaban penosamente.

    - No parece que se preocupa usted mucho de este asunto - dije tras largo silencio, interrumpiendo la disertacin musical de mi amigo.

    - An no tengo por qu preocuparme - respondi -; no soy partidario de sentar conclusiones y conjeturas antes de tener los materiales necesarios para ello; este sistema es contraproducente.

    - Pues no tendr que esperar mucho para empezar a estudiar - dije mirando por la ventanilla -; ya hemos llegado a Briston Road, y, si no me equivoco, aquella es la casa.

    - Tiene usted razn. Cochero, para! - grit.

    Estbamos an a unos cien metros del lugar del suceso, pero Holmes se empeo a echar pie a tierra para hacer el resto del trayecto a pie.

    La casa nmero 3 de la calle del Jardn Lauriston tena un aspecto impresionante y siniestro; formaba parte de un grupo de cuatro casas construidas algo retiradas de la calle; las dos primeras estaban habitadas, las otras dos, no. Estas ltimas tenan las hileras de ventanas abiertas, de aspecto lgubre y abandonada, y de ves en cuando oscilaban pendientes cartones blancos en seal de que estn aquellas casas por alquilar; estos cartones, destacndose sobre el fondo negro de las ventanas abiertas, daban la impresin de ojos cubiertos por un velo blanco. La calle estaba separada de las casas por un pequeo jardn; ahora estos jardines, enlodados por la continua lluvia de la noche anterior, se haban convertido en cenegales inmundos. En tiempo seco y ordinario serva de paso una estrecha vereda de arena, que ms bien pareca una cinta amarillenta que camino de hombres; se vean de trecho en trecho algunas plantas decoloridas y mustias. Por ltimo, para cerrar la finca, haba un muro de ladrillo de un metro de altura, coronado por una verja de madera.

    Cuando llegamos, un polcia estaba apoyado contra esta verja, y un grupo bastante numerosos de curiosos y vagabundos alargaban el cuello y clavaban la vista en el interior, con la dbil esperanza de conocer algn detalle del drama misterioso que tras aquellas paredes haba ocurrido. Pensaba yo que Sherlock Holmes no perdera un minuto en entrar en la casa y atacar de frente el enigma; pero, con gran asombro mo, procedi de un modo completamente distinto. Con aire de indiferencia supina (que, dadas las circunstancias, no dud en calificar de afectacin) empez a pasear por la calle a pasos cortos y dirigiendo sus miradas tranquilas ya hacia el suelo, ya hacia las casas de enfrente, ya hacia la verja. Cuando hubo terminado este examen, se dirigi lentamente hacia la casa, cuidando de seguir por el borde de los macizos, y con los ojos fijos en tierra. Dos veces se detuvo, y se dibuj una sonrisa en su rostro, al tiempo que brotaban de sus labios una exclamacin de satisfaccin. Sobre la tierra encharcada se vean huellas de numerosos pasos; pero con el trajn y el continuo ir y venir de los policas, no comprenda yo qu importancia tendran estas seales para Holmes. Esto no obstante, conociendo la maravillosa aptitud de Sherlock para estudiar los ms pequeos detalles, comprend que iba descubriendo multitud de cosas interesantes all donde yo no notaba nada de particular. Cuando llegamos a la puerta de la casa, apareci en el umbral un hombre alto, de tez plida, de cabellos rubios como el lino, y con un libro de apuntes en la mano, que se dirigi hacia nosotros, salud efusivamente a mi compaero, al tiempo que le deca:

    - Muchas gracias por haber venido; an no hemos hecho nada ni resuelto nada, esperndole a usted.

    - Excepto por aqu - exclam mi amigo, sealando con el dedo el camino de arena -. Una manada de bfalos no hubiera causando los desperfectos que han cometido ustedes; sin embargo, ya habr usted hecho las observaciones necesarias en el jardn, verdad, Gregson?

    - He tenido tanto quehacer en el interior de la casa - contest evasivamente el polica -. Pero mi colega el seor Lestrade creo que s se ha ocupado de examinar el jardn.

    Holmes me mir guindome un ojo, y aadi:

    - Con dos policas como usted y Lestrade, no tendr yo mucho que hacer que digamos.

    Gregson se frot las manos con aire satisfecho.

    - Creo, en efecto - aadi -, que hemos hecho todo lo que humanamente se poda hacer; porque le advierto que es un caso curiossimo; y como s que le gustan a usted los

    - Ha vendo usted en coche? - interrumpi Sherlock Holmes.

    - No.

    - Y Lestrade?

    - Lestradre, tampoco.

    - Est bien; veamos por dentro.

    Y despus de esta interrupcin, que yo cre era incoherente, entro en la casa seguido de Gregson, que pareca estar completamente aturdido. Un corto pasillo, cuyo suelo estaba alfombrado materialmente por el polvo, conduca a la cocina y las habitaciones interiores; a cada lado de este corredor se abra una puerta; una de ellas tena todas las trazas de no haberse abierto nunca o haca mucho tiempo; la otra daba al comedor, en donde se haba desarrollado el drama. Hacia esta pieza se dirigi resueltamente, y yo lo segu, dominado por esa extraa sensacin que experimentamos todos en presencia de la muerte.

    Era el comedor una habitacin grande que la total ausencia de muebles haca parecer mayor. Un papel pintado muy ordinario cubra las paredes; se vean grandes renegrones producidos por la humedad, y en algunos sitios largas tiras de papel pendan, dejando al descubierto el muro sucio y hmedo que debieran haber cubierto. Frente a la puerta, y en el ngulo de una chimenea pretenciosa, imitacin de mrmol blanco, se vea un cabo de vela de cera roja casi consumido. Los cristales de la nica ventana de aquel comedor estaban tan sucios, que a duras penas permitan que pesase la luz del da, dando a toda la habitacin un tinte sombro y lbrego, aumentado por la espesa capa de polvo de que estaban cubiertos todos los objetos que all haba.

    Pero todos estos detalles los record pasado algn tiempo; en aquel momento solicitaba toda mi atencin el horrible espectculo que tenamos ante nosotros. A nuestros pies, inmvil, rgido, yaca el cadver de un hombre, dirigiendo hacia el techo la mirada sin vida de sus ojos espantosamente abiertos. Pareca tener de cuarenta y cuatro a cuarenta y cinco aos, de estatura regular, ancho de espaldas, de cabello negro y rizado y barba corta y escasa. Estaba vestido con una americana basta, un chaleco basto tambin y un pantaln claro; el cuello y los puos de la camisa eran de una blancura inmaculada. Un sombrero de copa nuevo y brillante estaba en tierra, los brazos los tena en cruz; las manos crispadas y las extremidades inferiores denotaban que los sufrimientos de la agona debieron ser horribles; en aquel rostro se retrataba tal expresin de horror y de odio como no he visto ni he vuelto a ver en ningn otro. Todo su aspecto, su frente deprimida, su nariz achatada, su barba prominente, y sobre todo, su posicin y sus miembros torcidos y an retorcidos, contribuan a darle la apariencia de un gorila, ms que de un ser humano. He visto la muerte presentndose en todas formas y maneras; pero como aquel da, en aquella habitacin lbrega y sombra, nunca.

    Lestrade, con el aspecto de hurn caracterstico en l, estaba en el umbral de la puerta, y nos salud cuando entramos.

    - Vaya un asunto sensacional, Holmes! - dijo -. Hace mucho tiempo que estoy en el servicio, y ya me he acostumbrado a todo; pero como este negocio he visto pocos.

    - Ni un indicio - dijo Gregson.

    - Vaya un asunto sensacional, Holmes! - dijo -. Hace mucho tiempo que estoy en el servicio, y ya me he acostumbrado a todo; pero como este negocio he visto pocos.

    - Ni un indicio - dijo Gregson. - Ni uno - apoy Lestrade.

    Sherlock Holmes se aproxim al cadver, se arrodill y lo examin detenidamente.

    - Estn ustedes seguros de que no tiene herida alguna? - pregunt, sealando las numerosas gotas de sangre que haba por todas partes.

    - Completamente seguros - dijeron los policas a un tiempo.

    - Entonces, esta sangre ser otro, quiz del asesino si esto es un asesinato. Este caso me recuerda, por las circunstancias que le rodean, el de Van Janse, de Utrecht, en 1834 Se acuerda usted, Gregson?

    - No, seor.

    - Pues lalo, se lo aconsejo. Leyendo mucho se convence uno de que nada hay nuevo bajo el sol, de que todo lo que pasa ya ha pasado.

    Mientras hablaba, sus dedos giles y prontos opriman, desabrochaban, suban, bajaban, inspeccionaban todo; sus ojos haban vuelto a tomar la expresin vaga que ya he explicado. Tan rpido fue el examen, que nunca hubiera credo fuera tan escrupuloso como despus me convenc que haba sido.

    Holmes se inclin sobre la boca del muerto y aspir, luego sopl, y por ltimo, termin su trabajo examinndola suela de las botas, que llevaban la marca de un buen zapatero.

    - No ha movido nadie este cadver? - pregunt.

    - nicamente lo indispensable - contestaron.

    - Bueno; pues ya pueden ustedes mandarlo al depsito; yo ya he terminado.

    Gregson, ya haca rato, haba hecho venir a cuatro hombres con una camilla; entraron y cogieron el cadver. En el momento de levantarlo del suelo, cay una sortija. Lestrade la cogi y la mir estupefacto.

    - Aqu ha entrado una mujer - exclam -; ste es un anillo de boda.

    Y lo mostraba sobre la palma de la mano. Todos le rodeamos y examinamos el hallazgo; efectivamente, era un anillo de boda.

    - Vaya, otra complicacin - murmur Gregson -, como si ya no lo estuviera bastante.

    - Quizs, por el contrario, sea una pista - observ Holmes -. Pero mirando el anillo no sacaremos nada en limpio. No han encontrado nada en los bolsillos?

    - S, ah est todo - contest Gregson sealando un montn de objetos colocados en un escaln -; un reloj de oro nmero 97.163, de casa Barraud, de Londres; una cadena de oro de las llamadas "Albert", slida y muy pesada; una sortija de oro con un signo masnico; alfiler de oro que representa la cabeza de un bull-dog, figurando los ojos dos rubes, y un tarjetero de piel de Rusia con dos tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland. Este nombre corresponde a las iniciales E.J.D. que en la ropa interior se ven; no hay ningn portamonedas, pero s hemos encontrado en un bolsillo dinero por valor de siete libras trece chelines (188 francos 75 cntimos), una edicin de bolsillo de Decamern, de Boccaccio, marcando en la primera pgina con el nombre de Jos Stangerson.

    - Qu firma llevan esas cartas?

    - Banco Americano, Strand. Lista de correos. Son las dos de la compaa de vapores Guion, y hablan de las fechas en que sus barcos salen de Liverpool. Como se deduce, este desgraciado pensaba embarcar un da u otro para Nueva York.

    - No ha tratado usted de averiguar nada acerca de ese Stangerson?

    - S - respondi Gregson -. He hecho insertar anuncios en todos los peridicos y he enviado uno de mis agentes al Banco Americano; pero an no ha regresado.

    - Ha telegrafiado usted a Cleveland?

    - Esta maana.

    - Y cmo ha redactado el telegrama?

    - He puesto nicamente las circunstancias que rodean a este asunto, y he dicho que agradeceremos mucho todos los detalles que nos trasmitan, con el fin de esclarecer los puntos oscuros.

    - Y no ha preguntado nada acerca de algo muy importantes?

    - He pedido detalles sobre Stragerson.

    - Nada ms? No comprende usted que debe haber algo que constituye la clave de todo esto? No piensa volver a telegrafiar?

    - Yo, no. Ya he hecho todo lo que tena que hacer - contest Gregson, algo amostazado.

    Sherlock Holmes murmur entre dientes, y ya iba a contestar destempladamente a Gregson, cuando entr Lestrade - que durante esta conversacin estaba en la habitacin del muerto, pues nosotros permanecamos en el recibimiento - frotndose las manos con aire triunfal y gozoso.

    - Seor Gregson - dijo -: acabo de hacer un descubrimiento de gran importancia, y que seguramente nadie se hubiera fijado en ello si a m no me da la idea de practicar un registro minucioso y detallado.

    Sus ojos brillaban, y a duras penas poda disimular la alegra que experimentaba por haber echado la zancadilla a su colega.

    - Por ah, vengan ustedes por aqu - dijo

    - Le seguimos, y me pareci que el aire de aquella habitacin era ms respirable desde que no estaba el muerto en ella.

    - Ahora, fjense ustedes.

    Encendi una cerilla en la suela de su zapato, y la levant como para alumbrar la pared.

    - Miren! - exclam triunfalmente.

    He dicho hace poco que no haba papel en algunos sitios de la pared en algunos sitios de la pared; en un rincn, un gran pedazo de este papel haba sido arrancado, dejando al descubierto la pared, sucia y mugrienta; en el muro vease escrito con letras rojas y en caracteres burdos y groseros: RACHE.

    - Ni uno - apoy Lestrade.

    Sherlock Holmes se aproxim al cadver, se arrodill y lo examin detenidamente.

    - Estn ustedes seguros de que no tiene herida alguna? - pregunt, sealando las numerosas gotas de sangre que haba por todas partes.

    - Completamente seguros - dijeron los policas a un tiempo.

    - Entonces, esta sangre ser otro, quiz del asesino si esto es un asesinato. Este caso me recuerda, por las circunstancias que le rodean, el de Van Janse, de Utrecht, en 1834 Se acuerda usted, Gregson?

    - No, seor.

    - Pues lalo, se lo aconsejo. Leyendo mucho se convence uno de que nada hay nuevo bajo el sol, de que todo lo que pasa ya ha pasado.

    Mientras hablaba, sus dedos giles y prontos opriman, desabrochaban, suban, bajaban, inspeccionaban todo; sus ojos haban vuelto a tomar la expresin vaga que ya he explicado. Tan rpido fue el examen, que nunca hubiera credo fuera tan escrupuloso como despus me convenc que haba sido.

    Holmes se inclin sobre la boca del muerto y aspir, luego sopl, y por ltimo, termin su trabajo examinndola suela de las botas, que llevaban la marca de un buen zapatero.

    - No ha movido nadie este cadver? - pregunt.

    - nicamente lo indispensable - contestaron.

    - Bueno; pues ya pueden ustedes mandarlo al depsito; yo ya he terminado.

    Gregson, ya haca rato, haba hecho venir a cuatro hombres con una camilla; entraron y cogieron el cadver. En el momento de levantarlo del suelo, cay una sortija. Lestrade la cogi y la mir estupefacto.

    - Aqu ha entrado una mujer - exclam -; ste es un anillo de boda.

    Y lo mostraba sobre la palma de la mano. Todos le rodeamos y examinamos el hallazgo; efectivamente, era un anillo de boda.

    - Vaya, otra complicacin - murmur Gregson -, como si ya no lo estuviera bastante.

    - Quizs, por el contrario, sea una pista - observ Holmes -. Pero mirando el anillo no sacaremos nada en limpio. No han encontrado nada en los bolsillos?

    - S, ah est todo - contest Gregson sealando un montn de objetos colocados en un escaln -; un reloj de oro nmero 97.163, de casa Barraud, de Londres; una cadena de oro de las llamadas "Albert", slida y muy pesada; una sortija de oro con un signo masnico; alfiler de oro que representa la cabeza de un bull-dog, figurando los ojos dos rubes, y un tarjetero de piel de Rusia con dos tarjetas a nombre de Enoch J. Drebler, de Cleveland. Este nombre corresponde a las iniciales E.J.D. que en la ropa interior se ven; no hay ningn portamonedas, pero s hemos encontrado en un bolsillo dinero por valor de siete libras trece chelines (188 francos 75 cntimos), una edicin de bolsillo de Decamern, de Boccaccio, marcando en la primera pgina con el nombre de Jos Stangerson.

    - Qu firma llevan esas cartas?

    - Banco Americano, Strand. Lista de correos. Son las dos de la compaa de vapores Guion, y hablan de las fechas en que sus barcos salen de Liverpool. Como se deduce, este desgraciado pensaba embarcar un da u otro para Nueva York.

    - No ha tratado usted de averiguar nada acerca de ese Stangerson?

    - S - respondi Gregson -. He hecho insertar anuncios en todos los peridicos y he enviado uno de mis agentes al Banco Americano; pero an no ha regresado.

    - Ha telegrafiado usted a Cleveland?

    - Esta maana.

    - Y cmo ha redactado el telegrama?

    - He puesto nicamente las circunstancias que rodean a este asunto, y he dicho que agradeceremos mucho todos los detalles que nos trasmitan, con el fin de esclarecer los puntos oscuros.

    - Y no ha preguntado nada acerca de algo muy importantes?

    - He pedido detalles sobre Stragerson.

    - Nada ms? No comprende usted que debe haber algo que constituye la clave de todo esto? No piensa volver a telegrafiar?

    - Yo, no. Ya he hecho todo lo que tena que hacer - contest Gregson, algo amostazado.

    Sherlock Holmes murmur entre dientes, y ya iba a contestar destempladamente a Gregson, cuando entr Lestrade - que durante esta conversacin estaba en la habitacin del muerto, pues nosotros permanecamos en el recibimiento - frotndose las manos con aire triunfal y gozoso.

    - Seor Gregson - dijo -: acabo de hacer un descubrimiento de gran importancia, y que seguramente nadie se hubiera fijado en ello si a m no me da la idea de practicar un registro minucioso y detallado.

    Sus ojos brillaban, y a duras penas poda disimular la alegra que experimentaba por haber echado la zancadilla a su colega.

    - Por ah, vengan ustedes por aqu - dijo

    - Le seguimos, y me pareci que el aire de aquella habitacin era ms respirable desde que no estaba el muerto en ella.

    - Ahora, fjense ustedes.

    Encendi una cerilla en la suela de su zapato, y la levant como para alumbrar la pared.

    - Miren! - exclam triunfalmente.

    He dicho hace poco que no haba papel en algunos sitios de la pared en algunos sitios de la pared; en un rincn, un gran pedazo de este papel haba sido arrancado, dejando al descubierto la pared, sucia y mugrienta; en el muro vease escrito con letras rojas y en caracteres burdos y groseros: RACHE.

    - Eh? Qu piensan ustedes de esto? - dijo el polica tomando el tono de un saltimbanqui a la puerta de su barranca -. No habamos visto antes esta inscripcin porque est, como se habrn ustedes fijando, en el rincn ms oscuro de cuarto; pero el asesino, hombre o mujer, ha escrito esto con su propia sangre, indudablemente; miren, miren cmo se ha corrido la sangre a lo largo de la pared; este descubrimiento aleja por completo toda idea de suicidio. Ahora bien; por qu ha escogido el asesino este sitio y no ha escogido el asesino este sitio y no otro? Muy sencillo: cuando aquella vela estaba encendida, ste era el rincn ms alumbrado del cuarto; lo contrario que ahora, que es el ms oscuro.

    - Bueno; y qu os viene usted a demostrar con este descubrimiento? - pregunt Gregson irnicamente.

    - Qu vengo a demostrar? Pues que alguien iba a escribir el nombre de Raquel y, que circunstancias fortuitas , no ha podido terminarlo; acurdese de lo que digo: cuando se haya hecho la luz en este misterio, ver usted cmo una mujer llamada Raquel interviene en el asunto S, s; rase, seor Sherlock Holmes; usted ser muy hbil, muy malicioso, pero una vez ms el viejo perro de caza ha ganado al joven

    - Dispnseme, Lestrade - dijo mi amigo, cuyo intempestivo acceso de risa haba provocado aquella salida del polica -. Reconozco desde ahora que a usted corresponde la gloria de haber descubrimiento esta palabra, que, como dice muy bien, no puede haber sido escrita ms que por el segundo personaje del drama de esta noche. Yo no he tenido an tiempo de examinar este cuarto, y con su permiso voy a hacerlo inmediatamente.

    Y acompaando la accin a la palabra, sac de su bolsillo un metro y una lupa redonda y se puso a examinar todos los rincones de la habitacin silenciosamente, parndose aqu, arrodillndose all, y algunas veces hasta detenindose cuan largo era en el suelo.

    Esto le absorba de tal manera, que pareca haber olvidado nuestra presencia; se le oa de vez en cuando hablar en voz baja, dejando escapar exclamaciones de rabia, despecho, alegra o gozo. Vindole as, traa a la memoria un perro de caza cuando va de un lado a otro persiguiendo la caza, y que ladra de vez en cuando.

    Estas investigaciones duraron veinte minutos. Tan pronto Holmes meda con minuciosidad extremada la distancia entre dos seales casi invisibles, como aplicaba el metro contra la pared para medirla por extenso. Una de las veces cogi un puado de polvo gris del suelo y lo meti en un sobre. Por ltimo, examin detenidamente con la lupa los contornos de las letras escritas con sangre. Y acabado este examen, dio por terminada su investigacin y se guard el metro y la lupa en el bolsillo.

    - Dicen que es hombre de talento el que se sabe dar importancia inconscientemente - dijo sonriendo -. No es cierto este axioma, pero se puede aplicar perfectamente a los policas.

    Gregson y Lestrade haban estado observando las maniobras de su colega con cierta curiosidad no exenta de desdn; no comprendan lo que yo empezaba a adivinar: que los ms pequeos actos de Sherlock Holmes convergan a un punto determinado y definitivo.

    - Qu opina usted? - preguntaron a un tiempo los dos.

    - No quiero arrebatarles a ustedes el mrito de resolver este problema - contest mi amigo -. Y por otra parte, no necesitan que nadie se mezcle en sus asuntos, pues ustedes solos se bastan para acometer las ms altas empresas.

    Estas palabras encerraban todo un mundo de irona, que no comprendieron.

    - Sin embargo, si quieren ustedes darme cuenta del resultado de sus investigaciones, no tengo el ms pequeo inconveniente en ayudarles en la medida de mis fuerzas. Quisiera hablar con el polica que ha descubierto el cadver. Podran decirme dnde vive?

    Lestrade consult su libro de apuntes.

    - Se llama John Rance - dijo -. Pero ahora est franco de servicio. Le encontrar usted en Kennington Park-Yate, nmero 46.

    Holmes apunt la direccin y me dijo:

    - Vamos, doctor, vamos a buscar a ese hombre.

    Despus, dirigindose a los dos policas, aadi:

    - Permtanme que les d algn detalle que quizs pueda serles til. Estamos presencia de un asesinato, y lo ha cometido un hombre; este hombre tiene de estatura un metro ochenta centmetros por lo menos, y est en la plenitud de su vida; sus pies son pequeos con relacin a su estatura; llevaba calzado vulgar de punta cuadrada y fumaba pitillos de Trichinpolis. Vino aqu con su vctima en un coche de alquiler de cuatro ruedas, de un solo caballo, cuyas herraduras tres eran viejas y la otra completamente nueva. El asesino, casi asegurara que es sanguneo; las uas de su mano derecha son extremadamente largas Esto, repito, no son ms que detalles, pero quizs puedan ser tiles.

    Lestrade y Gregson se miraron sonriendo con incredulidad.

    - Si hubo un asesinato, cmo lo han matado? Con qu? - pregunt el primero.

    - Por medio de un veneno - respondi secamente Sherlock, e hizo ademn de irse - Ah! Una palabra, Lestrade - dijo en el momento de franquear el umbral -. "Rache" es una palabra alemana que significa "venganza"; no pierda usted el tiempo en buscar alguna Raquel.

    Y despus de haber disparado esta especie de "flecha de parto", sali definitivamente, dejando con la boca abierta a sus dos colegas, que le miraban alejarse con ojos llenos de asombro.

    Captulo IV. Los datos sumistrados por John Rance.


    Daba la una cuando abandonamos la casa nmero 3 de la calle del Jardn Lauriston. Sherlock Holmes se detuvo en la primera estacin telegrfica y redact y expidi un extenso telegrama. Despus tomamos un coche, que nos condujo adonde Lestrade nos haba indicado.

    - Lo que hemos podido averiguar en el lugar del suceso - dijo Sherlock - no tiene importancia alguna. Ya tengo formada mi opinin respecto a este crimen, y s, sobre poco ms o menos, el camino que debe seguirse. Sin embargo, bueno es que tengamos en cuenta todos los detalles posibles, para obrar despus con mayor conocimiento de causa.

    - Le admiro a usted, Holmes - contest -, y tendra verdadero gusto en que me demostrara de una manera clara y terminante en qu se funda para fijar su atencin en esa serie de pequeas cosas que ha ido usted enumerando a Lestrade.

    - Pues me fundo en seales indelebles, que no engaan jams - me respondi -. En lo primero que me fij fue en la doble marca hechas por las ruedas de un coche que se detuvo junto a la verja. Aparecan en el suelo las dos rayas tan claras, se distinguan tan perfectamente, que no caba duda alguna que aquellos surcos haban sido hechos durante la noche anterior. Me fij tambin en las huellas que dejaron las herraduras del caballo, y vi que algunas de ellas se dibujaban en el barro con mayor claridad que las otras, lo que indicaba que la herradura era nueva. Tena la seguridad de que all se detuvo un coche despus de empezar a llover, y luego, por las declaraciones de Gregson, supe que durante la maana no se haba visto coche alguno. Deduje, sin gran dificultad, que durante la noche llegaron en el coche el asesino y su vctima.

    - Hasta ahora me parece todo perfectamente lgico - le contest -; pero cmo ha podido usted averiguar la estatura del asesino?

    - Voy a explicrselo. De cada diez veces, nueve puede calcularse la estatura de un hombre por la longitud de sus pasos. No quiero cansar a usted con la serie de operaciones necesarias para conseguirlo; pero es un clculo perfectamente exacto y seguro. Bstele saber que he sumado dos veces primero el nmero de pasos que dio en aquel pasillo sucio y polvoriento. Adems, fjese usted en que siempre que un hombre escribe o dibuja en la pared, instintivamente lo hace a la altura de sus ojos, y la palabra aquella estaba a un metro ochenta y dos centmetros del suelo.

    - Y su edad? - le pregunt.

    - Si un hombre puede sin esfuerzo dar un paso que mida un metro veinte centmetros, se deduce que no de ser un hombre viejo y achacoso; por el contrario, debe tratarse de un hombre que est en la plenitud de su vida, y eso es lo que meda un charco que debi saltar. No s si se fijara usted en que aquel lodazal estaba bordeado por las huellas de unos zapatos casi femeninos, en tanto que los zapatos de punta cuadrada haba podido salvarlo de un solo salto. Se convence usted cmo no tienen nada de particular mis observaciones? Basta aplicar cualquiera de las reglas de deduccin de artculo. Quiere sabe alguna cosa ms?

    - S, seor; la dimensin de sus uas y lo del cigarro de Trichinpolis - le contest.

    - La inscripcin de la pared la hizo con el ndice mojado en sangre. Pues bien; con mi lupa he podido observar que el yeso estaba ligeramente araado, lo que, como es de suponer, no hubiera ocurrido si la ua del dedo hubiera sido corta; y en cuanto el cigarro, recog algunas pizcas de ceniza; vi que era negra y compacta, y es clase de ceniza la producen tan slo los cigarros de Trichinpolis. Debo advertir a usted que he hecho detenidos estudios de toda clase de cenizas, y hasta he escrito algo sobre el particular, y distingo a primera vista de la ceniza de que se trata, sea del tabaco que sea. Precisamente estos detalles son los que diferencian a un polica hbil de un Gregson o de un Lestrade cualquiera.

    - Ha dicho usted que aquel hombre deba de ser de temperamento sanguneo? - le pregunt.

    - S; esa es una afirmacin algo ms aventurada que las otras; pero, a pesar de todo, estoy casi seguro de ello. Le ruego que, por el momento, no insista sobre el particular, pues no podra contestar a usted categricamente.

    Me pas la mano por la frente y dije:

    - Cuanto ms pienso en todo lo que rodea a este crimen, ms misterioso y raro me parece. Cmo diablos llegaron a esa casa desalquilada los dos hombres, si es que, como dice usted, fueron dos? Dnde est el cochero que los llev hasta la casa? Cmo puede un hombre obligar a otro a envenenarse? De dnde procede aquella sangre que vimos en la pared? Cul fue el mvil que indujo al asesino, si no fue el del robo? Por qu estaba all aquella sortija de mujer? Y, sobre todo, qu quiere decir aquella palabra alemana "Rache" que escribi con sangre el asesino antes de huir? Confieso que me sera imposible llegar al descubrimiento de todo esto.

    Mi compaero sonri con aire de aprobacin, y me dijo:

    - Veo que enumera usted de un modo claro y preciso todas las dificultades que se presentan en el caso, y algunas de ellas parecen de difcil solucin; sin embargo, casi estoy seguro de llegar a dar con el quid de cada una. En cuanto a los trabajos practicados por Lestrade, no son ms que infundios y patraas, con los que pretende hacer creer a la polica que el socialismo alemn y las asociaciones secretas se hallan mezcladas en todo esto. La palabra "Rache" no la ha escrito un alemn. A poco que se haya fijado, habr visto que la a se parece algo a la a del alfabeto alemn; pero cuando un verdadero alemn tiene que escribir un alemn tiene que escribir un nombre propio, como por ejemplo, en este caso, se vale de los caracteres latinos, de donde se deduce que la palabra esa no la ha escrito un alemn, sino una mano torpe que ha querido valerse de esa artimaa para despistar. No quiero decir a usted ms, querido doctor. Ya sabe que el prestidigitador pierde el mrito de su trabajo tan pronto como descubre la trampa de sus juegos; y si sigo explicando a usted mis procedimientos de investigacin acabar por creerme un hombre tan vulgar como el que ms.

    - No crea -le contest -. Ha llegado usted a hacer de la profesin de polica una ciencia eminentemente exacta.

    Mi afirmacin, y ms que nada el tono convincente de mis palabras satisficieron en grado sumo a mi compaero. Los elogios hechos a sus estudios y a su ciencia le enorgullecieron y producan en l el mismo efecto que producen en una mujer las alabanzas hechas a su belleza.

    - Debo advertir a usted algo ms - me dijo -. Los dos hombres, el de calzado pulcro y fino, y el otro, que seguramente calzaba zapato o bota de punta cuadrada, en tanto caminaban por el pasadizo, iban el uno junto al otro, quizs cogidos del brazo; pero cuando entraron en la casa, se separaron y anduvieron as largo trecho, y aun me atrevo a afirmar que el hombre de zapato afeminado qued de guardia, en tanto el otro recorra las habitaciones. He podido observar todo en el polvo del suelo y he podido observar tambin que cuanto ms andaba ms excitado e intranquilo estaba. Esto ltimo lo prueba lo largo de sus pasos, que aumentaban considerablemente conforme avanzaba. Deba de hablar al mismo tiempo, y su clera debi de llevarle al paroxismo de la desesperacin, y durante esa desesperacin exagerada fue cuando se desarroll la tragedia. Existen bases segursimas que pueden tomarse como puntos de partida. Lo que deseara es abreviar o ms posible, porque tengo verdadero empeo en or esta tarde a Norma Neruda, que canta en Hall.

    Durante nuestro dilogo el coche atraves una infinidad de calles sucias y tortuosas, y cuando hubimos llegado a la ms oscura y triste, detvose; el cochero, sealndonos con el ltigo un callejn que se abra entre aquellos paredones de ladrillos, nos dijo:

    - All est Andley-Court; yo los esperar aqu.

    El aspecto de Andley-Court dejaba bastante que desear. Atravesamos el corto y estrecho paraje, y fuimos a salir a un patio burdamente empedrado y rodeado de puertecillas que daban acceso a nauseabundas habitaciones. Nos abrimos camino a travs de una barahnda de chiquillos desarrapados y de un laberinto de ropa tendida de color indefinible, hasta que conseguimos llegar a una puerta sobre la que se lea en una plancha de cobre el nombre de Rance. Entramos; nos dijeron que Rance estaba en la cama, y en una habitacin muy reducida, que haca las veces de sala, esperamos a que se levantara. Le debi hacer poca gracia que le interrumpiramos en su descanso.

    - En la Prefectura he dicho lo que tena que decir - dijo Rance.

    Holmes sac del bolsillo de su chaleco una monedita de oro y se puso a jugar con ella distradamente.

    - Ya lo s - dijo Sherlock -; pero queremos or de boca de usted lo ocurrido.

    - Con mucho gusto dir a ustedes cuanto sepa - contest el agente, sin quitar el ojo de la moneda de oro.

    - Explquenoslo a su manera.

    Rance se sent en un canap, y despabilndose para no olvidar nada de lo sucedido, empez as:

    - Voy a decir a ustedes todo, c por b. Mis horas de servicio eran desde las diez de la noche hasta las seis de la maana. A las once hubo una ria en la taberna del "Corazn de Plata"; pero descontando esto, en mi distrito reinaba la mayor tranquilidad. A la una de la madrugada empez a llover, y a esa hora aproximadamente me encontr a Harry Murcher, mi compaero del distrito de Holanda, con quien estuve hablando un buen rato en la esquina de la calle Enriqueta. De repente, seran las dos, minuto ms o menos, se me ocurri dar una vuelta por Briston Road para ver si haba alguna novedad. Aquello estaba horrorosamente sucio y solitario; no haba un alma, y no encontr ms que uno o dos coches durante todo el trayecto. Caminaba lentamente, pensando en lo bien que me hubiera sentado un vaso de vino caliente, cuando distingo una sombra en la ventana de la casa del crimen; como saba perfectamente que aquellas dos casas estaban desalquiladas, porque el dueo se niega a hacer las reparaciones en las atarjeas, a consecuencia de lo cual muri el inquilino anterior de unas tifoideas, me extra ver alumbrada una de las habitaciones, y supuse que deba ocurrir algo extrao y anormal, cuando llegu a la puerta.

    - S; se detuvo, y despus volvi hasta la verja del jardn. Y por qu hizo eso?

    Rance, asombrado, mir a Sherlock Holmes.

    - S, efectivamente, eso hice; pero me extraa que lo sepa usted, pues no creo que por all hubiera nadie que fuera a contarlo Lo hice porque cuando llegu a la puerta y vi aquello tan solo y abandonado, la verdad, pens que no hubiera estado de ms el hacerme acompaar de otro, de Murcher, por ejemplo. No tengo miedo a nada ni a nadie; pero se me ocurri que quizs aquella sombra fuera el muerto de tifoideas, que vena a inspeccionar las malditas atarjeas. Me sobrecogi aquello de tal manera, que di la vuelta para ver si se distingua la linterna de Murcher; pero no vi nada ni nadie.

    - A nadie?

    - A nadie, ni un gato. Me rehice, volv y abri la puerta. Dentro, todo estaba tranquilo y silencioso; entr en una habitacin donde haba luz, y no encontr ms que una vela de cera roja sobre la chimenea y el cadver tendido en tierra.

    - S, ya s; entonces dio usted algunos pasos por la habitacin, se arrodill junto al muero, sali de aquel cuarto y pretendi abrir la puerta de la cocina, y entonces

    John Rance se levant entre admirado y confuso, y dijo a Holmes:

    - Pero dnde estaba para ver todo eso? Me parece que sabe usted ms de lo debido, y Sherlock Holmes se ech a rer, y sacando su tarjeta, dijo Rance:

    - No vaya a detenerme creyndome el autor del crimen; soy el perro de caza que busca al perro. Gregson y Lestrade podrn dar a usted ms detalles. Pero sepamos: qu hizo despus?

    Rance se sent y continu:

    - Baj de nuevo hasta la verja y silb Entonces Murcher y los dems agentes vinieron al or la seal.

    - Haba alguien en las calles?

    - Nadie, mejor dicho, como si no hubiera habido nadie.

    - Por qu dice usted "como si no hubiera habido nadie"?

    El agente hizo una mueca y dijo:

    - Pues porque he visto muchos borrachos en mi vida: pero como aquel hombre que estaba all cuando sal de la casa, no he visto nada. Agarrando como un mono a la verja del jardn, cantaba a voz en cuello la copla de Colombine u otra cosa parecida. No poda tenerse en pie!

    - Y qu aspecto tena? - pregunto Sherlock Holmes.

    A Rance pareca extraarle que Sherlock Holmes insistiera en puntos completamente ajenos a la cuestin.

    - Pues el aspecto de un hombre alcoholizado, y de fijo hubiera dormido en la Prefectura a no haber tenido ocupaciones ms importantes a que dedicarnos.

    - Pero la cara, cmo iba vestido, eso es lo que me hace falta saber. No pudieron ver cmo era?

    - S, y tanto como lo vimos. Figrese usted: Murcher le llevaba de un brazo y yo de otro Tena cara coloradota.

    - Basta; no siga usted. Dnde est ese hombre? - pregunt Holmes.

    - Ah! No lo s - respondi bruscamente el agente - Nosotros le dejamos camino de su casa.

    - Y cmo dice que iba vestido?

    - Con un gabancillo oscuro

    - Llevaba un ltigo en la mano?

    - No, seor.

    - Entonces debi dejrselo en el pescante. No vio usted despus ningn coche, ni oy ningn ruido?

    - No.

    - Est bien: tom.

    - Y mi compaero puso en la mano de Rance una monedita de oro.

    Se levant, cogi su sombrero y dijo:

    - Amigo Rance, temo que no llegue usted a ocupar altos puestos en su profesin. Es preciso no considerar a la cabeza solamente como un adorno fsico, sino como algo que puede sernos muy til y de lo que tenemos que valernos. Ayer pudo ganar los entorchados de brigadier, porque ese hombre que tuvo entre sus manos en el que posee la clave del misterio; mejor dicho, es el hombre que nos haca falta para descubrirlo todo Vmonos, doctor.

    Fuimos en busca del coche, dejando a Rance estupefacto, incrdulo an.

    - Qu imbcil! - exclam Holmes amargamente en tanto volvamos a casa -. No volveremos a encontrar ocasin parecida! Qu lstima no haberla aprovechado!

    - No acabo de ver claro en todo esto - le contest -. La descripcin que usted me hizo del cmplice del crimen concuerda en un todo con las seas de ese hombre de que nos ha hablado Rance. Pero por qu ha vuelto al lugar del crimen? Por qu no huy, como todo criminal?

    - Pues por la sortija; volvi, a buscar la sortija que encontramos all. Si no encontramos otra pista, tendramos que valernos de la sortija para tirar nuestras lneas. Ah! Pero caer, doctor, le aseguro que muy pronto caer en mis manos. Y pensar que le debo este nuevo estudio que acabo de hacer! Porque, a no haber sido por usted, yo no me hubiera molestado en lo ms mnimo. Pero es encantador, verdad?, es encantador llegar a atrapar la pista de ese hilo teido en sangre de todo crimen, y poco a poco ir desenredndolo de entre la madeja humana, para cortarlo, aislarlo de lo dems y estudiarlo despus detenidamente. Ahora vamos a almorzar, y luego iremos a or a Norma Neruda, que canta como un ruiseor; nadie como ella ataca la nota y la resuelve poco a poco despus sin esfuerzo alguno. Recuerda usted aquella romanza de Chopin que empieza trala-la-la-lira-lari?

    Y arrebujado en el interior del coche, psose a canturriar aquel amateur policaco, en tanto yo pensaba en los diversos aspectos que puede ofrecer el espritu humano.

    Captulo V. El anuncio surte efecto.


    Todas estas emociones haban sido demasiado violentas par mi salud, an poco fuerte, ay al llegarla noche estaba fatigadsimo. Cuando se fue Holmes, me tumb sobre un sof con la esperanza de dormir una o dos horas. Todo fue intil. Estaba demasiado nervioso para poder conseguirlo, y las ideas ms fantsticas, seguirlo, y las ideas ms fantsticas, las suposiciones ms extraas, nacan y tomaban cuerpo en mi cerebro. Cada vez que cerraba los ojos vea el cadver con su cabeza de gorila y sus miembros retorcidos. Tan mal efecto me haba producido su vista, que hasta llegu a disculpar al asesino; porque en muchos individuos ha impreso el vicio su imborrable estigma, pero como en la cara de Enoch J. Drebler, de Cleveland, en niniguno. A pesar de todo, no dejaba de reconocer que, por poco interesante que fuese la vctima, la justicia tena el deber de esclarecer el misterio y la ley deba castigar tan horrible crimen.


    Por otra parte, me asombraba la seguridad con que mi compaero afirm que aquel hombre haba muerto envenenado; me acord que Holmes habase inclinado sobre los labios del cadver, y estaba convencido de que haba descubierto alguna pista. Adems, si no haba muerto envenenado, de qu haba muerto no presentando, como no presentaba su cuerpo, ninguna herida ni seal de estrangulacin? Pero por otra parte, de dnde provenan aquellas manchas de sangre? Por ms que hicimos, no encontramos el ms ligero indicio de lucha ni la ms pequea seal de que aquel hombre hubirase defendido arma en mano. Siempre, siempre el misterio y cuanto ms pensaba, ms me convenca de que, hasta no resolverlo satisfactoriamente, ni Holmes ni yo dormiramos tranquilos. Esto no quita para que l estuviera tan tranquilo e indiferente, lo cual me obligaba a pensar que ya deba estar sobre alguna pista segura; pero cual era? Por ms que cavilaba, no puede adivinarla.


    Holmes volvi tarde, tan tarde, que sin duda no slo el concierto le haba detenido fuera de casa. Cuando lleg ya estaba servida la cena.


    - He pasado una tarde deliciosa - dijo sentndose -. Se acuerda usted lo que dice Darwin sobre la msica? Pretende que el hombre, mucho antes de hablar, saba producir sonidos meldicos que luego armonizaba. Quizs por esto nos entusiasma tanto la msica. Todava tenemos en lo ntimo de nuestro ser alguna que otra reminiscencia de aquella poca envuelta en la bruma del pasado, cuando la tierra y la humanidad estaban en la infancia.


    - Me parece muy abstracta es teora - observ.


    - Todas las teoras deben ser abtractas como la naturaleza que interpretan, o, por lo menos, deben interpretar - respondi -. Pero qu tiene usted? Est distrado y preocupado. Tanto le ha impresionado el asunto de Briston Road?


    - S, lo confieso; me han impresionado mucho, a pesar de que deba de estar curado de espanto por mi campaa en el Afganistn. He visto a mis compaeros ser despedazados materialmente en Maiwand y he conservado mi sangre fra; pero este asunto


    - Lo comprendo. Y a que no sabe usted por qu? Porque aqu hay un misterio que impresiona su imaginacin. Cuando sta no trabaja, puede decirse que el hombre no existe Ha ledo los peridicos de esta noche?


    - No.


    - Dan noticias bastantes detalladas del crimen; pero no mencionan el descubrimiento de la sortija de mujer que cay al suelo cuando levantaron el cadver, de lo que me alegro mucho.


    - Por qu?


    - Lea este anuncio - me respondi -. Cuando venamos a casa esta maana, envi una copia a todos los diarios de Londres.


    Cog el peridico y le el sitio indicado. Era el primer anuncio de la columna reservada a los objetos perdidos y deca as:




    "Esta maana ha sido encontrado en Briston Road, entre la taberna del 'Corazn de Plata' y Holland-Grove, un anillo de boda, de oro mate. Dirigirse al doctor Watson, Baker Street,, 221 bis, entre ocho y nueve de la noche."

    - Dispnseme usted haber tomado su nombre - me dijo -; si hubiera puesto el mo, alguno de mis colegas lo habra ledo y hubiera querido mezclarse.


    - Tiene usted razn - contest -. Pero si viene alguien a pedir la sortija, que le entrego? Yo no tengo ninguna.


    - Le entrega usted sta - replic, dndome una -, que puede servir perfectamente; es un facsmil muy bien hecho; parece la original.


    - Quin cree usted que podr venir al leer el anuncio?


    - Quin quiere que venga? El hombre del abrigo oscuro, nuestro amigo, de rostro colorado y de zapatos de punta cuadrada Y si no viene l en persona, enviar algn cmplice.


    - No cree usted que pueden sospechar?


    - No; si mis suposiciones son exactas, y tengo todos los motivos para creer que lo son, ese hombre se expondr a toda clase de peligros y riesgos antes que perder esta sortija. Yo creo que se le cay al inclinarse sobre el cadver de Drebler y que no lo not. Luego, cuando ya hubo salido, se fij en que le faltaba la sortija; pero no se atrevi a volver a buscarla, porque ya la polica estaba en la casa y haba descubierto el crimen por su imprudencia de dejar la vela encendida. Para justificar entonces su presencia en aquellos barrios y a tales horas, no encontr mejor medio que fingirse borracho, creyendo as alejar toda sospecha. Y ahora, pngase usted en su lugar; pensando ha debido suponer que bien poda haber perdido la sortija despus de salir de la casa del crimen. Qu hacer entonces? De seguro leer los peridicos de la noche, para ver si en la seccin "objetos perdidos" encuentra algo; ver el anuncio y tendr, de fijo, una gran alegra. La forma del anuncio alejar de su imaginacin toda idea de un lazo tendido para descubrirle. Bien puede cualquiera haberse encontrado la sortija sin estar en relacin ni con la polica ni con los delincuentes. As, pues, estoy seguro de que vendr. Antes de una hora estar aqu.


    - Y entonces? - pregunt.


    - Entonces entro yo. Tiene usted armas?


    - S, mi revlver de ordenanza y algunas balas.


    - Bueno, pues crguelo usted, quizs nos encontremos ante un hombre que luche desesperadamente antes de rendirse, y aunque confo en descubrirle por sorpresa, ms vale estar prevenidos.


    Fui, pues, a mi habitacin a buscar el revlver; cuando volv ya haban quitado la mesa y Holmes se haba entregado a su distraccin favorita: tocaba el violn.


    - Poco a poco vamos adelantando - dijo cuando me vio entrar -; acabo de recibir la contestacin al telegrama que mand a Amrica esta maana; todas mis suposiciones van convirtindose en realidades.


    - Qu suposiciones? - dije yo vivamente.


    - Me parece que mi violn necesita cuerdas nuevas - contest eludiendo la respuesta -. Meta usted el revlver en el bolsillo; cuando venga el que venga, hblele como si tal cosa, con naturalidad, y tenga confianza en m Sobre todo, no le mire usted con demasida fiereza; eso quizs le hiciera sospechar.


    - Son las ocho - dije mirando mi reloj.


    - Quizs est aqu dentro de algunos minutos - contest -. Entorne la puerta As, eso es. Meta la llave en la cerradura por la parte de dentro Muy bien, gracias Mire qu libro tan curioso he encontrado ayer en un baratillo, De Jure inter Gentes , publicando en latn y editado en Lieja (Pases Bajos) en 1642. Cuando se public este libro an estaba firme la cabeza de Carlos I.


    - Quin es el editor?


    - Un tal Felipe de Croy. En la primera pgina est escrito con tinta ya amarillenta por el tiempo Ex libris Gullelmi Whyte ; quin sera este Guillermo Whyte? Algn magistrado culto, sin duda; los rasgos de la escritura delatan al hombre de ley Pero, s no me equivoco, ah est el que esperamos.


    Y en el mismo momento de decir esto son la campanilla. Sherlock Holmes se levant tranquilamente y se volvi con silla y todo cara a la puerta. Omos a la criada ir al recibiendo y descorrer el cerrojo


    - Vive aqu el seor Watson? - pregunt una voz clara, aunque un poco ruda.


    No lleg a nuestros odos la respuesta de la criada; pero omos cerrar la puerta y los pasos de alguien que suba la escalera. Estos pasos eran como vacilantes e inseguros. Al escucharlos, se dibuj en la cara de Holmes una sorpresa sin lmites. Los pasos se fueron acercando; llamaron dulcemente con los nudillos en la puerta.


    - Adelante! - grit.


    Y se abri la puerta.


    En vez del hombre fornido y brutal que esperbamos, entr cojeando una vieja caduca y arrugada. Pareci deslumbrada al encontrarse en plena luz, y despus de haber esbozado una reverencia, qued aguardando le hablsemos, con los ojos entornados y revolviendo las manos en los bolsillos. Mir de reojo a mi amigo, y le en su cara tal expresin de descontento y decepcin, que a duras penas pude contener la risa.


    La vieja sac un peridico de la noche, y ensendonos el anunci, nos dijo:


    - Esto es lo que me trae a su casa, seores; el anuncio de haber encontrado un anillo de oro en Briston Road; debe ser el de mi hija Sally, que se ha casado, por ahora hace un ao, y cuyo marido es matre d'htel en un barco de la Unin. De seguro tendramos un disgusto si viniera y la encontrara sin la sortija; porque es muy bueno, pero cuando tiene alguna copa de ms Sally fue anoche al circo con


    - Es sta la sortija? - pregunt.


    - S, sa es - exclam la vieja -. Qu alegra va a tener Sally al recobrarla! sa es, sa es


    - Quiere usted decirme sus seas? - dije cogiendo un lpiz.


    - Duncan Street, Hounditsh, nmero 13; bastante lejos de aqu - contest.


    - No creo que el circo est en el camino entre Briston Road y Hounsditsh - observ secamente Sherlock Holmes.


    La vieja se volvi y lanz una mirada penetrante.


    - El seor me ha pedido mis seas - contest -. Sally vive en Marfield Place Peskham, nmero 3.


    - Cmo se llama usted? - pregunt.


    - Sawyer. Y Sally lleva el apellido Dennis, porque su esposo es Tom Dennis, porque su esposo es Tom Dennis, buen muchacho mientras est sobre el agua, durante las travesas. No hay matre d'htel ms apreciado y ms querido que l en la compaa; pero en tierra, las mujeres, el vino y las malas compaas


    - Ah va la sortija - seora Sawyer - dije yo interrumpindola a una seal de Holmes -. Veo que, efectivamente, es de su hija, y me alegro mucho de poder restituirla a su legtimo propietario.


    La vieja guard el anillo en el bolsillo mascullando un cmulo de bendiciones y protestas de reconocimiento. Se fue, y la omos bajar la escalera con paso incierto e inseguro. Casi no haba desaparecido, cuando Sherlock Holmes se levant como impulsado por un resorte y se meti en su cuarto; a los pocos segundos sali envuelto en un ulster y con una bufanda que casi le cubra toda la cara.


    - Voy a seguirla - me dijo rpidamente -, y siguindola descubrir algo. Espreme.


    Y se fue.


    Por la ventana vi a nuestra visitante desliarse penosamente por la acera de enfrente seguida con disimulo por su espa. "O todas sus suposiciones son infundadas y falsas - pens -, o no tardar mucho en desentraar el misterio." No tena necesidad de decir que le esperase, porque yo estaba convencido de que me sera imposible dormir sin conocer el resultado de esta aventura.


    Eran las nueve cuando se fue Holmes. Como yo no saba el tiempo que estara solo, me prepar lo ms cmodamente posible; encend la pipa y me puse a leer las Escenas de la vida bohemia , de Enrique Murger. Dieron las diez, y o a la criada que iba a acostarse; dieron las once, y distingu claramente a nuestra patrona que se dispona a hacer otro tanto. Por ltimo, a eso de las doce, me pareci or el ruido sigiloso de la llave de Holmes en la cerradura. Cuando entr adivin que no haba sacado gran fruto de su expedicin; pareca divertido y disgustado a la vez; sin embargo, al verse en nuestro cuarto, no pudo ms y empez a rerse con toda su alma.


    - Por nada del mundo quisiera que se enterasen de lo que me ha pasado esta noche mis buenos amigos de Scotland Yard. Me he burlado tantas veces de ellos, que ahora tomaran con exceso la revancha; sin embargo, yo me puedo rer, porque valgo mucho ms que ellos.


    - Pero que ha pasado? - pregunt.


    - Ahora ver usted, ahora ver usted, no tengo el ms pequeo escrpulo en contar de qu modo he sido chasqueado, burlado. La vieja ech a andar, y anduvo durante un rato, pasado el cual empez a cojear, como si le doliera un pie; se par y llam a un coche de alquiler que pasaba. Me acerqu entonces para or las seas que daba, pero aunque no me hubiese molestado, hubiera sido igual; la vieja dijo al cochero en voz tan alta, que se debi de or seguramente en la acera de enfrente: "Duncan Street. Hounsditsh,, 13". Confieso que al or esto dud, y cre que no haba dicho la verdad aquella mujer, y cuando arranc el coche me suba la trasera medida que debe tomar todo buen polica. El cochero fustig a los caballos y echamos a andar; tras largo camino, llegamos al sitio indicado; yo me bajo de mi sitio y me pongo a pasear indiferentemente; el coche se detiene; el cochero baja del pescante, abre la portezuela y espera a que se apee el viajero... Nadie sale; yo, que observo todo esto con el rabillo del ojo, me acerco y me encuentro al cochero buscando debajo del asiento y jurando desesperado por lo que empezaba a sospechar que le haba sucedido; en el interior del coche no haba nadie, y creo que el bueno del auriga debe ir perdiendo la esperanza de cobrar esta carrera. En el nmero 13 nos dijeron que all viva un honradsimo fabricante de papel pintado, llamado Keswich, y que no conocan a nadie que se llame Sawyer y Dennis.


    - Pero - exclam asombrado - cmo es posible que aquella vieja, que casi no poda andar, haya tenido fuerzas para arrojarse desde el coche en marcha, sin que el cochero ni usted se hayan apercibido?


    - Qu vieja ni qu diablos! - dijo Holmes speramente -. Nosotros s que hemos sido unos inocentes, para dejarnos engaar de ese modo. Aquella vieja era un hombre, y un hombre joven y vigoroso; y adems, un gran actor, porque convengamos en que ha fingido maravillosamente y que ha hecho a la perfeccin su papel de vieja valetudinaria. Se apercibi indudablemente de que alguien le espiaba, y se me escap. Esto nos demuestra que no es l solo el interesado en este asunto, que tiene amigos, y amigos prontos a arriesgarse a todo por salvarle Doctor, vaya a acostarse, que est usted muy nervioso.


    Como, en efecto, lo estaba, segu su consejo. Dej solo a Holmes ante una buena chimenea, hasta bien entrada la noche o el sonido melanclico del violn; prueba irrecusable de que mi amigo meditaba en la resolucin del difcil problema que traa entre manos.

    Captulo VI. En donde se ve de lo que es capaz Tobas Gregson.


    Al da siguiente, los peridicos no hablaban ms que del "misterio de Briston", como dieron en llamar al crimen. Todos daban cuenta minuciosamente del hecho, y aun alguno lo puso como artculo de fondo. Con tal motivo, puede enterarme de nuevos detalles que desconoca y que recopil en mi libro de apuntes, que conservo an.

    Deca el Daily Telegraph que en los anales judiciales no se recordaba un caso parecido ni que presentara caracteres tan extraos. La palabra alemana inscrita en la pared, la carencia de mvil que indujera al crimen, todo haca sospechar que se trataba de un crimen en que las pasiones polticas y los revolucionarios haban intervenido en gran parte. El socialismo tena varias ramificaciones en Amrica, y quin sabe si el haber violado las leyes del partido le habra costado la vida a aquel hombre? Despus de enumerar y comentar la Sainte-Vehnse, el agua Tofana, los Carbori, la marquesa de Brinvilliers, el darwinismo, las teoras de Malthus y los robos cometidos por los salteadores de caminos de Ratcliff, terminaba el artculo dirigindose al gobierno y aconsejndole vigilara ms a los extranjeros domiciliados en Inglaterra.

    El Standard haca observar que cuando los liberales estaban en el poder, era precisamente cuando se cometan esta clase de crmenes, menospreciando y violando toda clase de leyes. Aquello era un palpable ejemplo de hasta dnde puede llegar el apasionamiento, cuya semilla, arrojada en el pueblo, engendra despus el desprestigio y la falta de respeto a toda autoridad. La vctima era un americano que llevaba en Londres algunas semanas; viva en una casa de huspedes que tena Mad. Charpentier en Torquay Terrace, en el distrito de Camberwell; y durante su viaje tuvo un secretario particular llamado Jos Stargenson. Los dos se despidieron del dueo de la casa el 4 del corriente y se dirigieron a la estacin de Euston, diciendo que tomaran el expreso de Liverpool. Se les vio en la sala de espera despus no se volvio a saber de ellos hasta que en aquella casa desalquilada de Briston Road se encontr el cadver de Drebler. Sabido es que Briston Road dista algunos kilmetros de Euston. Quin le haba llevado, pues, hasta all? Quin era el asesino? Nadie lo saba. "Se desconoce - aada - en absoluto el paradero de Stangerson; pero se ha confiado la busca y captura del asesino a los inspectores Seores Lestrade y Gregson, de Scotland Yard, y podemos asegurar que, gracias a su celo y proverbial astucia, muy pronto se har la luz en este misterioso crimen".

    El Daily News dudaba desde el primer momento que se tratara de un crimen poltico. El despotismo y el odio que imperaban en los gobiernos del continente haban dado por resultado una emigracin que vena a acogerse en nuestro seno, y aquel gran nmero de hombres que hubieran sido unos honradsimos ciudadanos, traan el germen y la lcera abierta an de sus sufrimientos, y naturalmente, en su libertad desahogaban sus pasiones ms violentamente. Todos los esfuerzos deban encaminarse a la busca de Stangerson y averiguar qu clase de vida haca y qu costumbres tena la vctima. Habase dado un gran paso descubriendo la casa en donde sirvi, y todo ello se deba a la perspicacia de los seores Lestrade y Gregson, de Scotland Yard.

    Sherlock y yo lemos toda la prensa mientras almorzbamos, y mi compaero pareca divertirse muchsimo leyendo aquellos artculos.

    - No le deca a usted que, pase lo que pase y hgase lo que se haga, Lestrade y Gregson sern los que recojan el laurel?

    - Depende todo del aspecto que tome el asunto.

    - No lo crea usted. Si llegan a encontrar a ese hombre, ser gracias a sus esfuerzos; si no dan con l, ser a pesar de sus esfuerzos. Siempre tendrn sus partidarios; un tonto tiene siempre un tonto ms tonto que l que le admira.

    - Pero quin viene? - dije al or un fuerte ruido de pasos en la escalera y en el recibimiento, acompaado de socces interjecciones y voces del dueo de la casa.

    - Ah! S - dijo Sherlock -; es la divisin de polica de Baker Street.

    Y no bien hubo terminado de decirlo, cuando una media docena de desgalichados mozalbetes, sucios y repulsivos, hicieron irrupcin en nuestro cuarto.

    - Odo - les grit mi compaero; y a su voz se formaron y quedaron inmviles como grotescas estatuas -. De hoy en adelante, que suba slo Wigins. Los dems os quedis esperando en la calle. Hay algo de nuevo, Wigins?

    - No, seor - respondi el interpelado.

    - Lo sospechaba. Seguid las pesquisas. He aqu la paga - y dio un cheln a cada uno -. Marchaos y procurad volver con mejores nuevas.

    Indicles con la mano que se fueran, y silenciosos fueron saliendo, para dejar or a los pocos momentos y ya en la calle, sus voces estridentes.

    - A veces - dijo Holmes - uno de estos infelices puede ser mucho ms til que una docena de agentes de oficio. La vista de un uniforme policiaco basta para hacer enmudecer a la gente, mientas que esos galopines cogen al vuelo una palabra un gesto, de donde puede sacarse mucho. Son ms listos que ardillas, y si tuvieran una buena organizacin formaran un cuerpo inapreciable.

    - Y se vale usted de ellos para descubrir el misterio de Briston?

    - Si; trato de aclarar un punto dudoso Todo es cuestin de tiempo, ya lo ver usted. Ah! Caramba! Ahora vamos a saber algo nuevo: veamos cmo ha tomado Gregson la revancha. Fjese, fjese usted qu aspecto tan beatfico el suyo. Seguramente viene a esta casa. S, ya entr

    El inspector, llam subi la escalera muy de prisa y entr en el cuarto donde estbamos.

    - Querido amigo! Abrceme usted! - le dijo a Holmes, que permaneci inmvil -.Ya lo he descubierto todo: estaba ms claro que el agua.

    Cre sorprender en el rostro de mi compaero un gesto de vaga inquietud.

    - Viene a decirnos que ha encontrado alguna pista segura?

    - Nada de pista: hemos dado con el hombre, y ya le tenemos encerrado

    - Ha dicho su nombre?

    - Arturo Charpentier, alfrez de navo - dijo ampulosamente Gregson, a tiempo que se fortaba las manos con aire de satisfaccin.

    Sherlock hizo un gesto de decepcin, y despus sonri.

    - Sintese usted y sepamos cmo ha descubierto el paradero de ese hombre. Quiere un cigarrillo o prefiere una copa de whisky y agua?

    - No, muchas gracias. Estoy rendido; llevo unos das que no descanso; ms que el malestar fsio el malestar moral es lo que me agota la tensin nerviosa. Nadie mejor que usted puede comprender lo que son estas cosas; los que sometemos a rudas pruebas nuestra inteligencia, nuestra actividad

    - Oh, Gregson, favor que usted me hace - contest Holmes revestido de cmica seriedad -. Pero veamos cmo ha podido usted conseguir

    El inspector arrellanse en la butaca, y miraba plcidamente cmo se disipaban las espirales de humo de su cigarro. Dise un golpe en la rodilla, que simbolizaba infantil alegra, y empez:

    - Lo gracioso del caso es que ese imbcil de Lestrade anda loco siguiendo una pista falsa. Ha salido en busca de Stangerson, que nada tiene que ver en todo esto y es ms inocente que una criatura recin nacida. Quizs le haya detenido a estas horas.

    Y aquella equivocacin de Lestrade le hizo tanta gracias, que se desternillaba de risa.

    - Pero acabe usted; sepamos quin le ha facilitado los medios de encontrar al individuo ese

    - All voy; pero doctor - aadi dirigindose a m -, suplic a usted que esto quede entre nosotros. Con la primera dificultad que tropezamos fue con la carencia absoluta de datos, de noticia laguna de ese americano. Quizs otros hubieran esperado el resultado de los anuncios que pusieron en los peridicos o lo que alguien hubiera venido a decir; pero ese otro no es Tobas Gregson Se acuerda usted del sombrero que se encontr junto al cadver?

    - S - contest Holmes -: un sombrero de casa de John Underwood e Hijos, Camberwell Road, 129.

    Gregson qued algo confuso.

    - No cre que se fijara en ese detalle - dijo el inspector -. Ha ido usted a la tienda?

    - No.

    - Ah! Vamos Vea usted, amigo Holmes, vea usted cmo eso que parece no tener importancia alguna puede ser el camino que nos conduzca antes al punto de destino.

    - No poda esperarse menos, tratndose de un espritu superior - contest Sherlock gravemente.

    - Pues bien; yo mismo he ido a la casa Undewood y he preguntao a quin se haba vendido un sombrero de tales y tales seas Han consultado los libros, y en seguida hemos encontrado el nombre del comprador. Se haba vendido el sombrero a un seor Drebler, que viva en casa de Mad. Charpentier, en Torquay Terrace Ya tenamos las seas, y por lo tanto, dnde dirigir nuestros pasos.

    - Caramba! Caramba! Qu importante es eso! - replic Sherlock Holmes.

    - Despus - prosigui Gregson - he ido a la casa de huspedes, he preguntado por la seora Charpentier. Debo hacer constar que estaba muy agitada y plida. En la habitacin inmediata hallbase su hija, que por cierto, es una preciosa nia. Los ojos los tena enrojecidos, quizs de llorar, y sus labios estaban temblorosos. Como puede usted figurarse, no se me ha escapado, el ms pequeo detalle, y en seguida empece a sospechar Demasiado sabe usted, querido Holmes, el efecto que produce en el nimo de cada cual esa alegra interna, ese estremicimiento de satisfaccin cuando uno cree tener la seguridad de lo que presiente De repente les pregunt:

    "- Han ledo ustedes la muerte misteriosa de su antiguo inquilino, el seor Enoch J. Drebler, de Cleveland?

    "La madre hizo un signo afirmativo con la cabeza y la hija rompi a llorar Cada vez iba cerciorndome ms y ms de que aquella gente era cmplice.

    "- A qu hora sali de aqu el seor Drebler para la estacin? - les pregunt.

    "- A las ocho - dijo la madre, pretendiendo disimular su excitacin -. El seor Stangerson, secretario suyo, le dijo que haba dos trenes: uno a las nueve y quince minutos y otro a las once. Decidi tomar el de las nueve y quince.

    "- Y no han vuelto ustedes a verle?

    "Cuando pregunt esto ltimo, aquella mujer se qued lvida. Despus de dudar un momento, y con voz trmula, pronunci un 'no' que apenas se oy.

    "Hubo un silencio de algunos minutos, al cabo de los cuales dijo la hija:

    "- Es intil que mintamos; a nada conduce. S, seor, volvimos a ver al seor Drebler.

    "- Qu Dios te perdone, hija ma! - replic la medre alzando sus brazos al cielo y cayendo acongojada en una butaca -. Has matado a tu hermano!

    "- Arturo sera el primero en querer que se dijera la verdad - contest la hija.

    "- Sera preferible que declarasen ustedes cuanto supieran; porque estas medias palabras, ms que nada son perjudiciales. Adems, sepan ustedes que es intil cuanto hagan por ocultar la verdad de lo ocurrido.

    "- Sea; t sers la culpable de lo que suceda a tu hermano, Alicia.

    "Y se dispuso a contrmelo todo.

    "- Voy a decir a usted cuanto sepa, pero le suplico que no atribuya mi excitacin a temores injustificados. Tenga la completa seguridad de que mi hijo no ha tenido participacin alguna en lo ocurrido. Mi temor procede de que a pesar de su inocencia, a pesar de su intachable conducta, pueda llegar a verse comprometido en este enojoso asunto. Afortunadamente le abona en su favor la moralidad excesiva de todos sus actos, sus antecedentes y su profesin.

    "- Insisto en que lo mejor que pueden hacer es hablarme francamente, y prometo a usted que si su hijo es inocente no sufrir el ms pequeo castigo.

    "- Alicia, retrate; quiero hablar a solas con este caballero.

    "La hija sali del cuarto.

    "- Confieso a usted que no pensaba decir una palabra a nadie, pero ya que mi hija me obliga a ello, dir la verdad escueta.

    "- Es lo mejor que puede hacer.

    "- El seor Drebler ha vivido en esta casa durante tres semanas; l y su secretario haban hecho, al parecer, un largo viaje por el continente. Me fij en que todas las maletas y bales tenan una etiqueta de 'Copenhague'. Fue sin duda el ltimo punto n donde se detuvieron. Stangerson era un hambre de juicio, reposado, tranquilo para todo; pero Drebler, en cambio, era todo lo contrario: grosero brutal El mismo da de llegar se enfureci no s por qu, y raro era el da que no tenan algn disgusto con las criadas; se permita libertades de lenguaje impropias de una persona decente, y poco a poco esas mismas libertades en el decir las tuvo para mi hija que, afortunadamente, es lo bastante inocente para no haberlas comprendido. En una ocasin hasta se atrevi a cogerla por el talle y abrazarla. Su mismo secretario le amonestaba y reprochaba aquella manera de ser.

    "- Y por qu aguantaba usted todo eso? No est en su perfecto derecho de no admitir ms huspedes que los que buenamente le convengan?

    "La seora Charpentier asinti a tan lgico razonamiento, y prosigui su relato:

    "- Dios es testigo de lo que sufr por no ponerle en la calle desde el primer da; pero era tan doloroso perder cincuenta francos diarios, es decir, trescientos cincuenta a la semana, hacindonos falta Soy viuda, mi hijo es marino, y a costa de grandes sacrificios ha podido darle la carrera. No tuve el valor de renunciar a ese dinero, creyendo prestar as a los mos un verdadero servicio, pero ya ltimamente, el seor Drebler lleg a tal extremo en su osada, que me vi precisada a echarle de casa. Ver usted por qu.

    "- S, dgamelo todo.

    "- Debo advertir a usted que de nada de lo ocurra le di cuenta a mi hijo, que haba venido a pasar algunos das a nuestro lado con licencia, primero, porque tiene un carcter muy violento y quera evitar algn disgusto, y luego, porque quiere a su hermana con delirio, y los atrevimientos de Drebler hubieran dado origen a un encuentro serio. Cuando se marcharon Drebler hubieran dado origen a un encuentro serio. Cuando se marcharon Drebler y Stangerson, me pareci quitrseme de encima un peso muy grande. No haba transcurrido una hora, cuando llaman a la puerta y oigo la voz del seor Drebler, que vena terriblemente excitado y atrozmente borracho. Entr en la habitacin donde estbamos mi hija y yo, y despus de una porcin de palabras incoherentes comprend que haba perdido el tren. Se dirigi a Alicia, y delante de m tuvo el atrevimiento y la imprudencia de proponerle que se fuera con l. Deca: 'Ya es usted mayor de edad y no necesita pedirle permiso a nadie. Tengo mucho dinero, que ni s cmo emplearlo. Deje a la vieja, y vmonos juntos. Ser usted una verdadera princesa.' Mi pobre Alicia trataba de huir, pero la tena cogida de la mano y la arrastraba hacia la puerta. Empec a gritar, y en aquel momento entr mi hijo. Lo que sucedi no lo s. Oa voces, blasfemias, el ruido de lucha; pero tan aterrada estaba que no me atreva a levantar los ojos del suelo. Cuando pude rehacerme y terciar, vi a mi hijo en el umbral de la puerta con un bastn en la mano y riendo nerviosamente: 'No volver a importunaros ese caballerete. Voy a seguirle; quiero saber adnde va.' Dijo esto y se march. A la maana siguiente lemos el misterioso crimen de Drebler.

    "Todo este relato fue acompaado, como es natura, de suspiros y sollozos. Y en ocasiones la seora Charpentier hablaba tan bajo, que difcilmente sela entenda. Tom nota de lo dicho para no sufrir despus equivocaciones, y"

    - Es importantsimo todo eso - dijo Sherlock Holmes -. Y qu ms?

    - Cuando termin la seora Charpentier, la mir fijamente y le pregunt a qu hora volvi su hijo.

    "- No lo s - me contest.

    "- Qu no lo sabe usted?

    "- No, seor; tiene llavn y entra sin llamar.

    "- Estaba usted acostada?

    "- S.

    "Y a qu hora se acost usted?

    "- A las once.

    "- Entonces su hijo ha estado fuera de caso dos o tres horas por lo menos.

    "- Si, seor.

    "- Y quiz cuatro o cinco?

    "- Si, seor; quin sabe!

    "-Y qu hizo durante ese tiempo?

    "- No lo s.

    "Acto seguido, como es de suponer, me he trasladado con dos agentes donde supona encontrar a Charpentier. Le he detenido inmediatamente, y cuando me present, ordenndole que me siguiera, pregunt cnicamente ' si le detena con motivo de la muerte de se sinvergenza de Drebler'. Como no le habamos dicho el por qu de su detencin, aquella pregunta me pareci algo sospechosa."

    - S; es verdad - dijo Holmes.

    - An llevaba el bastn de que habl su madre cuando sali en persecucin de Drebler. Es una tranca de roble.

    - Bueno, y qu opina usted de todo eso?

    - Mi opinin es que sigui a Drebler hasta Briston Road. All debieron tener un nuevo altercado, y Drebler quiz recibi un fuerte estacazo en la boca del estmago, que fue seguramente lo que le ocasion la muerte sin dejar rastro alguno. Como llova copiosamente y no pasaba un alma por la calle, Charpentier ha cogido el cadver y lo ha metido en aquella casa desalquilada; y todo lo dems, es decir, la buja, la sangre aquella, la inscripcin enigmtica de la pared, no son ms que patraas para despistar a la polica.

    - Muy bien, seor Gregson, muy bien; veo que llegaremos a hacer de usted un hombre de provecho - dijo Holmes enfticamente.

    - Realmente me vanaglorio de haber llevado este asunto por un camino bastante acertado. El muchacho ha declarado francamente que sigui a Drebler un gran rato, y cuando ste se apercibi de ello tom un choche para evitar que continuara siguindole. Dice que, de regreso a su casa, se encontr a un antiguo compaero, con quien estuvo paseando; pero cuando le interrogamos preguntndole dnde viva su compaero, no ha sabido darnos las seas. Lo que ms me divierte es saber que el pobre Lestrade corre como un gamo tras una pista falsa. Mucho me temo que no llegue a conseguir nada de provecho. Pero nos vamos a convencer bien pronto de ello, porque ya le tenemos aqu.

    En efecto; momentos despus entraba Lestrade, pero desconocido en absoluto; sus ropas en desorden y el rostro descompuesto. Vena indudablemente a consultar a Sherlock Holmes, pero le desconcert la presencia de su compaero Gregson. Se qued en medio de la habitacin, dando vueltas a su sombrero nerviosamente, y no sabiendo cmo empezar.

    - Es incomprensible; una cosa rarsima.

    - Ah, seor Lestrade! Le parece a usted incomprensible? - replic Gregson -. Yo cre que a estas horas ya tendra usted en su poder al seor Stangerson, secretario del seor Drebler.

    - Al seor Stangerson, secretario del seor Drebler - contest gravemente Lestrade -, le han asesinado hoy, a las seis de la maana, en el Hotel Hallyday.

    Captulo VII. Una luz de las Tinieblas.


    La noticia que nos trajo Lestrade era tan grave y tan inesperada, que todos quedamos suspensos. Gregson salt materialmente de la silla, derramando lo que quedaba de whisky en el vaso. Yo me fij en Sherlock Holmes, y vi nicamente que sus labios se fruncan y sus cejas se unan hasta formar una sola lnea de pelo.

    - Tambin Stangerson! murmur -. Esto se complica.

    - Ya estaba, sin esto, bastante complicaddo el asunto dijo Lestrade, sentndose -. Creo que voy a comparecer ante un consejo de guerra...

    - Pero... est usted seguro de las noticcias que nos ha trado? pregunt Gregson.

    - Hace un cuarto de hora que he salido dee la habitacin en donde se ha desarrollado este segundo crimen.

    - Gregson ha sido tan amable que me ha daado su opinin sobre este asunto y me ha dicho cuanto haba hecho para resolverlo dijo Holmes -. Quiere usted hacerme el favor de hacer otro tanto?

    - Con mucho gusto respondi Lestrade -.. Antes de pasar adelante debo confesar que estaba convencido de la complicidad de Stangerson de la muerte de Drebler, antes de que este otro asesinato viniera a convencerme de lo contrario y a sacarme de mi error. Con esta idea fija me lanc a la busca y captura del secretario. Me enter que haban visto juntos a Drebler y Stangerson hacia las ocho y media de la noche en la estacin de Euston. A las dos de la maana encontrbamos muerto a Drebler en la casa de Briston Road; el punto importante, pues, era saber en qu haba empleado el tiempo Stangerson desde las ocho de la noche hasta despus de cometido. Telegrafi a Liverpool dando las seas del hombre y recomendando una gran vigilancia en los barcos americanos. Despus me dediqu a visitar todos los hoteles y casas de huspedes prximos a la estacin de Euston, pues sup8use que si, contra lo que yo pensaba, Drebler y Stangerson se haban separado momentos antes de cometer el crimen, el ltimo deba haber pasado la noche en alguna casa cercana a la estacin, para poder marcharse lo ms pronto posible al da siguiente.

    - Quiz citaran para ese mismo da obsserv Holmes.

    - Eso mimo pienso yo. As, pues, me pas todo el da de ayer investigando, sin conseguir nada satisfactorio. Esta maana volv a empezar muy temprano, y a las cinco llegu al Hotel Halliday, situado en la calle de Little-Georges. Cuando pregunt si viva all el seor Stangerson, me respondieron afirmativamente.

    - Usted ser, sin duda, el seor a quien espera hace dos das me dijeron.

    - Dnde est? En qu habitacin? pregunt.

    - An est en la cama. Ha mandado que no se le llame hasta las nueve.

    - Bueno; voy a responderle repliqu, pensando que mi entrada repentina e inesperada en su cuarto quiz le arrancara alguna exclamacin o frase involuntaria.

    El portero se ofreci a conducirme al cuarto, el cual estaba situado en el segundo piso y al final de un corto pasillo. Llegamos, y ya se dispona a bajar mi gua, cuando vi un horrible espectculo, capaz de poner los pelos de punto a cualquiera, como me los puso a m, a pesar de mis veinte aos de experiencia. Por debajo de la puerta corra un estrecho surco de sangre, que haba atravesado el pasillo y formaba charco, contenido por la pared frontera a la puerta. Di tal grito, que el portero vino corriendo, y yo creo que si no es por m se desmaya aquel hombre al ver la sangre.

    La puerta de la habitacin estaba cerrada por dentro; pero tras muchos trabajos, conseguimos saltar las cerraduras. Junto a la ventana yaca el cuerpo de un hombre en camisn, con la cara vuelta hacia el suelo. Deba de hacer tiempo que haba muerto o haba sido asesinado, porque ya estaba completamente rgido y fro. El portero reconoci pasada la primera impresin de terror, que aqul era el individuo que haba alquilado la habitacin bajo el nombre de Jos Stangerson. La muerte debi causarla una pualada en el lado izquierdo, daba con tal violencia que, sin duda, interes el corazn. Y ahora, fjense en lo que voy a decir, que es lo que ms me extraa: a que no saben ustedes lo que se poda leer con perfecta claridad sobre el cadver?

    Me estremec violentamente, presintiendo algo terrible. Sherlock Holmes respondi:

    - La palabra Rache, escrita en leetras de sangre.

    - Eso mismo dijo Lestrade con voz inseggura.

    Nos miramos en silencio durante algunos minutos.

    Este asesino desconocido proceda de un modo tan metdico e incomprensible, que presentaba los crmenes mil veces ms espantosos de lo que en realidad eran. Mis nervios, que innumerables batallas no haban conseguido desequilibrar, se excitaban extraordinariamente ante estos misterios.

    - Han visto al asesino continu dicienddo Lestrade -. El lechero, al pasar por el callejn que separa el hotel de las cuadras, not que una escalera que sola ver siempre all estaba apoyada contra el marco de una de las ventanas del segundo piso, y que dicha ventana estaba abierta; despus de haber pasado se volvi y vio a un hombre bajar por la escalera, pero con tanta tranquilidad y con tan poca prisa, que crey, segn me tan poco prisa, que crey, segn me ha dicho despus, que era un obrero cualquiera que trabajaba en el hotel; as, pues, no le dio importancia, suponiendo que aquel hombre empezaba su faena muy temprano. Cree recordar que este individuo era alto, de cara colorada y que llevaba un abrigo oscuro. Siguiendo mis investigaciones, casi estoy seguro de que el asesino estuvo bastante tiempo en la habitacin despus de cometer el crimen, pues el cubo, segn he podido observar, estaba lleno de agua tinta en sangre y las toallas tenan seales de haber servido para limpiar el pual.

    Mir a Holmes cuando Lestrade acab de hacer esta descripcin del asesino, tan parecida a la que haba hecho Sherlock, pero no vi en su rostro el ms leve indicio de triunfo o de satisfaccin.

    - No encontr en el cuarto algo que nos pusiera sobre la pista de ese hombre? pregunt.

    - No, seor, nada; Stangerson llevaba en el bolsillo el portamonedas de Drebler, pero eso no tiene nada de particular; al contrario, es lo natural, puesto que el encargado de manejar los fondos. Habra sobre poco ms o menos trescientos francos y no se notaba en ningn mvil del crimen haba sido el robo; es ms, estoy seguro de que el asesino no ha matado a esos dos hombres para robarles; no encontramos ni papeles, ni lpiz, ni tarjeta, ni nada, en fin, en los bolsillos de la vctima; nicamente un telegrama fechado hace un mes en Cleveland, que deca J. H. Est en Europa, sin firma...

    - Nada ms? pregunt Holmes.

    - Nada ms... que tenga importancia; una novela que el desgraciado haba empezado a leer para dormirse, y que estaba an sobre la cama; su pipa en una silla; sobre la mesa un vaso de agua y en el alfeizar de la ventana una caja con dos pldoras.

    Sherlock Holmes se puso en pie rpidamente, lanzando un grito de alegra.

    - Por fin!... He aqu el hilo que me falltaba. Ya lo tengo todo completo! exclam.

    Los dos policas le miraron con asombro.

    - Ahora continu mi amigo con tono y vooz confidenciales puedo decir que tengo cogidos todos los hilos de esta maraa tan complicada; me faltan, como es natural, algunos detalles; pero estoy tan seguro de los acontecimientos que se desarrollaron desde que Drebler se separ de Stangerson en la estacin hasta que fue descubierto el cadver como si los hubiera presenciado; o si no; van ustedes a convencerse Tiene ah las pldoras?

    - S, seor; aqu estn dijo Lestrade, entregando a Sherlock una caja blanca -. He cogido tambin el portamonedas, el telegrama y todo lo que he encontrado, para depositarlo en la Delegacin. Confieso, sin embargo, que por poco no me traigo las pldoras, pues no creo que tenga nada que ver con el crimen, el asesino y su descubrimiento.

    - Dmelas dijo Holmes -. Doctor, podra usted decirme si estas pldoras son vulgares y corrientes?

    En realidad no lo eran. Tenan un color gris perla, y eran pequeas, redondas y casi transparentes a la luz.

    - Su poco peso y su transparencia dijee yo me dan lugar a creer que estas pldoras son disolubles en el agua.

    - Muy bien respondi Holmes -. Ahora, tiene usted la bondad de ir a buscar el terrier ese que est enfermo hace tanto tiempo y que ayer le suplic a usted el casero le matase?

    Baj, y sub con el perro en brazos. Su respiracin anhelosa, sus ojos vidriosos, demostraba que su muerte no estaba muy lejana; hocico fro y blanco como la nieve probada ya que tocaba a su fin la agona del pobre animal. Le coloqu en un almohadn delante de la chimenea.

    - Ahora, corto una de estas pldoras y laa divido en dos dijo Holmes, acompaando la accin a la palabra -; meto una de estas mitades en la caja, porque quizs me sirva para otra vez, y la otra mitad la echo en un vaso que previamente habr llenado de agua. Ya ven ustedes cmo tena razn el doctor al decir que estas pldoras se disuelven fcilmente.

    - Bueno; todo eso ser muy interesante dijo Lestrade con el tono de un hombre que no consienten que de un hombre que no consiente que se burlen de l -; pero no veo muy clara la analoga que guarda con la muerte de Jos Stangerson.

    - Paciencia, amigo mo, paciencia; ya se convencer usted dentro de poco de s tiene esto que estoy haciendo alguna relacin con el asunto que nos ocupa... Ahora aado un poco de lecha, para hacer ms agradable la mixtura, y se la doy al perro; ya vern ustedes que la toma sin la ms pequea repugnancia.

    Y, efectivamente, mientras hablaba haba echado el contenido del vaso en un platillo, se lo haba presentado al terrier y ste se lo bebi al momento. Las palabras de Sherlock nos hicieron tal impresin, que quedamos en silencio, esperando que la bebida hiciera efecto; pero nos equivocamos; el perro sigui echado en el almohadn respirando penosamente, ni peor ni mejor que antes de haber hecho con l, el experimento.

    Holmes haba sacado el reloj; los minutos pasaban sin que ocurriese nada de extraordinario, y al ver esto, la impaciencia y la decepcin se iban dibujando en el semblante de Sherlock; se morda los labios, daba pequeos y frecuentes golpes en la mesa, y, en una palabra mostrbase presa de gran excitacin nerviosa. Tal era su emocin, que al verle casi estaba yo tan afligido como l; en tanto, los dos policas, entusiasmados por este fracaso, sonrean llenos de irnica compasin.

    - Es imposible que esto sea una coincidenncia dijo por fin, levantndose de la silla y recorriendo a grandes pasos la habitacin -, es imposible, imposible. Estas pldoras, cuya existencia conoca yo en el asunto Drebler, aparecen ahora en el de Stangerson... y, sin embargo, son inofensivas. Qu es esto? qu quiere decir esto?... Mis conjeturas, mis suposiciones, no pueden ser infundadas... es imposible, imposible... pero, por otra parte, este maldito perro no se muere... Ah! ya est, ya est!

    Y dirigindose a la mesa alegremente, cogi la caja, sac la otra pldora, la dividi en dos pedazos, la disolvi, y como la primera se le dio al perro. Apenas el desdichado animal sinti la humedad en la lengua, se estremeci convulsivamente, estir sus miembros, alarg su cuello y cay muerto como herido por un rayo.

    Sherlock Holmes lanz un suspiro de satisfaccin y sec su frente empapada en sudor.

    - No he debido desconfiar dijo -; no hee debido, con la experiencia que tengo, dudar que, cuando se han hecho las presunciones que yo he hecho las presunciones que yo he hecho y no resultan ciertas, yo he hecho y no resultan ciertas, no es porque sean falsas, sino porque hay que buscar otro modo de explicrselas. Dos pldoras haba en la caja, una estaba compuesta con un veneno activsimo y mortal; la otra era inofensiva... He debido fijarme ms de lo que me he fijado.

    Este aserto me pareci tan extrao y sorprendente, que casi no lo cre y pens que mi amigo haba perdido la razn. Sin embrago, all estaba el cadver del perro para demostrar lo exacto de sus conjeturas. Al or esto y ver el cadver, me pareci que se iba disipando la nebulosa que sobre este asunto tena y que empezaba a ver claro.

    - Todo esto le parecer a usted extrao Continu diciendo Holmes porque desde el principio de sus investigaciones no ha encontrado usted, como yo, un indicio de verdadera importancia. Yo, por el contrario, s lo he encontrado, y todo lo que despus ha sucedido no ha hecho ms que confirmar mis primeras suposiciones. De donde resulta que lo que a usted tanto embrollaba y aturrullaba, a m, por el contrario, me llevaba como de la mano al descubrimiento de la verdad. Es un error crassimo creer que lo extrao es lo misterioso; el crimen ms vulgar puede ser, y muchas veces es, ms misterioso y ms difcil de estudiar que otro cualquiera, porque no presenta ningn detalle saliente y particular que pueda servir de pista. El asesinato que nos ocupa sera, sin gnero de duda, ms difcil si el cuerpo de la vctima se hubiera encontrado en una carretera sin ninguna de las circunstancias sensacionales que le han rodeado, circunstancias que, en lugar de dificultar nuestro trabajo, lo simplifican.

    Gregson, que haba escuchado este discurso con impaciencia mal disimulada no pudo contenerse ms y exclam:

    - Est bien; nosotros reconocemos que ustted, Sherlock Holmes, es muy hbil y muy astuto; pero ahora no se trata de teorizar ni de hablar; aqu lo que necesitamos en un medio eficaz para capturar al criminal; confieso que me he equivocado en la pista que segua a la seora Charpentier; desde ahora aseguro que no est complicada es este asunto; Lestrade tampoco ha estado muy afortunado persiguiendo a Stangerson; usted, por su parte, se ha contentado con deslizar de vez en cuando alguna que otra insinuacin, como para darnos a entender que sabe, puede y sirve ms que nosotros; pues bien, dganos lo que sepa; tenemos derecho a ello. Quin es el asesino? Dnde est?...

    - Opino lo mismo que Gregson dijo Lestrrade -; tanto l como yo, nos hemos equivocado en nuestras presunciones, lo confesamos; usted, que por lo visto sabe tanto, dganos lo que sepa; creo que ya es hora de que deje usted esos misterios.

    - El ms pequeo retraso en prender al assesino dije yo por mi parte dara lugar quizs a nuevos crmenes.

    Holmes, al ver que todos le apremibamos, pareci dudar; sigui paseando por el cuarto, con la cabeza baja y las cejas fruncidas, como acostumbraba cuando estaba preocupado.

    - Ya no se cometern ms crmenes dijo parndose de repente frente a nosotros -; estn seguros de ello; me han preguntado ustedes hace un momento si s cmo se llama el asesino; s, lo s; pero el mero hecho de saberlo no disminuye en nada las dificultades de prenderle; no obstante, cuento, espero conseguirlo pronto, gracias a mis procedimientos particulares y especiales; sin embargo, hay que andarse con mucho tiento, porque luchamos con un hombre astuto, capaz de todo, temible como hay pocos. Mientras este hombrea crea que no se le vigila, tendremos alguna esperanza de apoderarnos de l; pero a la primera sospecha que tenga, cambiar de nombre y desaparecer entre los cuatro millones de habitantes de Londres. Sin que esto sea censurarles, dir que en esta ocasin tienen que luchar con un hombre ms hbil que ustedes... por lo cual no he solicitado su curso. Si fracaso, el fracaso ser mo y para m nada ms; pero tengo mis razones para esperar lo contrario. Termino prometiendo a ustedes unirles cuando lo crea conveniente a mis combinaciones y pasos: ms adelante quizs les puede decir algo ms.

    No parecieron Gregson y Lestrade muy satisfechos con estas palabras, mucho menos con la alusin a la polica. El primero ya haba enrojecido hasta la raz del cabello, y los ojos del segundo brillaban animados por la curiosidad y el resentimiento, y se disponan a contestar, cuando alguien llam con los nudillos a la puerta, y entr el mandadero, el joven Wigins, tan sucio y antiptico como siempre.

    - Con permiso dijo quitndose la mugrieenta gorra -. El coche espera.

    - Gracias, as me gusta contest Holmees -. He aqu un instrumento que deban ustedes llevarse a Scotland Yard aadi enseando un par de esposas de acero que haba sacado de un armario -. Miren qu mecanismo ms ingenioso; en un abrir y cerrar de ojos se agarrota a un hombre.

    - El modelo viejo es bastante bueno dijjo Lestrade -. Estoy pensando que el cochero poda ayudarme a bajar los bales... Dile que suba, Wigins.

    Yo estaba asombrado al or a mi compaero hablar de viaje, no habindome dicho anteriormente nada. En un rincn de la habitacin haba un bal pequeo, lo trajo al centro y se puso a atar las correas, y en esta ocupacin estaba entretenido cuando entr el cochero.

    - Aydeme, cochero dijo sin levantar laa cabeza y arrodillado en el suelo. El cochero se acerc con aire receloso y empez a ayudar a Holmes; en el mismo instante omos un ruido seco, metlico, y Sherlock Holmes se levant un salto.

    - Seores grit con los ojos brillantess y el rostro radiante -, les presento a Jefferson Hope, asesino de Enoch Drebler y Jos Stangerson.

    Todo esto haba sido tan rpido que casi no me di cuenta; pero no olvidar nunca el aire triunfante y gozoso de Holmes y la ira que se pint en la cara del cochero al contemplar las brillantes esposas que agarrotaban sus muecas. Durante uno o dos segundo quedamos todos convertidos en estatuas. De pronto, en un arranque sbito de furor desesperado, se escap el preso de las manos de Holmes y se arroj por la ventana; los cristales y las maderas volaron hechos polvo; pero antes de que cayera, Gregson, Lestrade y Holmes le sujetaron echndose sobre l como los perros sobres su presa. Le metieron otra vez en la habitacin y empez una batalla terrible. Tan vigoroso era aquel hombre, que nos sacuda con sus movimientos desesperados como si furamos pavesas, sin que pudiramos sujetarle; me pareca estar cuidando a un epilptico en un acceso furioso y violento; su cara y sus manos se las haba cortado en diversos sitios al tratar de saltar por la ventana; pero la prdida de sangre no diminuida en nada su resistencia. nicamente cuando Lestrade le ech mano al cuello y casi le estrangula, se rindi, comprendiendo lo intil de sus esfuerzos y tentativamente; sin embargo, hasta no haberle atado los pies fuertemente, como tena las manos, no estuvimos tranquilos. Entonces nos levantamos, sudorosos y jadeantes.

    - Abajo tenemos su coche dijo Sherlock Holmes -; en l le llevaremos a Scotland Yard... Y ahora, seores aadi sonriendo amablemente -, hemos encontrado la solucin de nuestro problema. Pueden hacerme todas las preguntas que crean convenientes, que tendr sumo gusto en contestarlas.

    bibliografia:http://www.geocities.com/Paris/Library/3227/libros/fragholmes7.htm





     
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