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Golpe de estado de 1976

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articulo acerca del golpe militar de 1976 - 1983

Agregado: 09 de MAYO de 2005 (Por anonimo) | Palabras: 11675 | Votar! |
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Categoría: Apuntes y Monografías > Historia >
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    Autor: anonimo (info@alipso.com)




    Capítulo 68: El régimen militar (1976-1983)

    Introducción

    Tras el golpe del 24 de marzo de 1976 que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón (Isabel Perón), fue instaurado un régimen militar que sería conocido como Proceso de Reorganización Nacional. Una Junta Militar compuesta por los comandantes de las tres armas -general Jorge Rafael Videla, almirante Emilio Eduardo Massera y brigadier Orlando Ramón Agosti-, la cual debía nombrar al presidente, se hizo cargo del poder. Mediante el dictado de una serie de Actas Institucionales -el Acta para el proceso de reorganización nacional del 24 de marzo; el Acta estableciendo el propósito y los objetivos básicos para dicho proceso, de la misma fecha; el Estatuto para el mismo proceso del 31 de marzo; y la ley 21256, que aprobaba el Reglamento para el funcionamiento de la Junta Militar, el Poder Ejecutivo Nacional y la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), del 26 de marzo de 1976-, dicha Junta estableció una seudo-legalidad. La Constitución Nacional quedaba subordinada a los objetivos y fines del Proceso revolucionario. El presidente debía elegirse entre oficiales superiores de las fuerzas armadas y tendría atribuciones ejecutivas, legislativas y de nombramiento de funcionarios nacionales y provinciales. Dicho cargo recayó en uno de los miembros de la Junta Militar, el general Videla, quien hasta agosto de 1978 fue simultáneamente comandante en jefe del Ejército. (1)
    Las Actas Institucionales disponían la participación de las tres armas, por partes iguales en el manejo del estado. De este modo, las distintas áreas del gobierno nacional y los gobiernos provinciales fueron repartidos equitativamente. De acuerdo con este sistema, cada arma tendría 33% del poder, no sólo en el poder Ejecutivo -la Junta Militar, integrada por los comandantes en jefe de las tres armas-, sino también en el Legislativo -la Comisión de Asesoramiento Legislativo (la CAL, órgano integrado por oficiales en actividad cuya función era la de estudiar la creación de nuevas leyes)-. Asimismo, cada ministerio estuvo a cargo de un arma y cada funcionario designó a sus colaboradores de acuerdo con el estricto sistema castrense de lealtades personales. Pero también cada ministerio a cargo de un arma tuvo delegados militares observadores de las otras dos armas, y de las tres en el caso de ministerios a cargo de civiles (como, por ejemplo, el de Economía). Este sistema particular de controles mutuos, teóricamente tuvo por objetivo evitar la excesiva concentración de poder en una determinada arma y garantizar la incorruptibilidad del sistema. (2) En la práctica, sin embargo, terminó generando una estructura decisoria de alto nivel de conflictividad, donde se exacerbaron las rivalidades entre las tres armas, las internas dentro de cada arma y las luchas personales por controlar mayores espacios de poder. (3)
    Además de reunir la mayor cantidad de recursos para reprimir la guerrilla subversiva, las fuerzas armadas se propusieron un ambicioso plan de gobierno: reorganizar la nación, renovar sus estructuras económicas, reformar las instituciones políticas y dar nuevos contenidos a los valores establecidos en el preámbulo constitucional. Entre los objetivos básicos se mencionaban la soberanía política, la moral cristiana, la tradición nacional, la dignidad de ser argentino, la seguridad nacional, la erradicación de la subversión y de sus causas, y la inserción internacional del país en el “mundo occidental y cristiano”. (4) En opinión del sociólogo Torcuato Di Tella, el proceso iniciado en 1976 constituyó una “intervención transformativa”, que tuvo la intención de “construir” una “nueva Argentina” a través de la modernización de la economía, el disciplinamiento de los sindicatos y la liquidación de la subversión izquierdista. Asimismo, Marcelo Cavarozzi caracteriza este régimen como “autoritario refundacional”, por su propósito de transformar al conjunto de la sociedad argentina e imponer un orden económico y social ortodoxo que eliminara todo vestigio de las políticas populistas de peronismo. (5)
    Por otra parte, el contexto regional e interno de la segunda mitad de los años ’70, caracterizado por la presencia de la actividad guerrillera, llevó a los militares argentinos a adoptar la “doctrina de contrainsurgencia”, el eje más conservador de la Alianza para el Progreso. Esto significaba que la Doctrina de la Seguridad Nacional y el Desarrollo pasaría a ser la Doctrina de la Seguridad Nacional a secas. El objetivo hobbesiano de “extirpar” el “cáncer” de la subversión izquierdista y lograr el “orden” a cualquier precio pasó a ser la prioridad del régimen surgido del golpe de 1976. Así, en el Acta que fija el propósito y los objetivos básicos del Proceso y en el Acta para el Proceso, el término ”desarrollo nacional” aparece tan sólo mencionado un par de veces y totalmente mediatizado por las frecuentes referencias a objetivos vinculados a la seguridad, como la necesidad de erradicar la subversión y sus causas y la de suspender las actividades políticas, parlamentarias y gremiales. (6)
    A pesar de sus esfuerzos por demostrar una imagen monolítica ante la opinión pública, el nuevo régimen militar evidenció serias fracturas internas, lo cual contradice la imagen corriente del Proceso como una dictadura militar clásica, al estilo de la castrista en Cuba o la pinochetista en Chile. En el ámbito militar se distingue la presencia de dos grupos o facciones dentro de cada una de las Fuerzas Armadas: los llamados “blandos” o “palomas” y los “duros” o “halcones”. En el Ejército, el grupo o facción de las “palomas” estuvo representado por el primer presidente del régimen, el general Videla; el jefe de Estado Mayor, general Roberto Eduardo Viola; y un grupo de generales jóvenes del Ejército, en su mayor parte pertenecientes a la promoción Nº 76, que mantenía estrechos vínculos con Videla y con Viola desde mediados de la década de 1970. (7) Respecto de la política interna, las “palomas”, aunque respaldaron los métodos represivos adoptados para aplastar la guerrilla izquierdista, evidenciaron cierta identificación con algunas ideas provenientes del pensamiento liberal. (8) Ejemplo de esto fue el respaldo del presidente Videla a las recetas de ajuste liberal ortodoxo promovidas por el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, o el de su sucesor Viola a las recetas “gradualistas” del liberal Lorenzo Sigaut. En política exterior, las “palomas” tuvieron una marcada inclinación por la búsqueda de soluciones negociadas a los conflictos pendientes con los países limítrofes. En este sentido, puede mencionarse el respaldo a la mediación papal como vía de solución al diferendo argentino-chileno sobre el canal de Beagle, y la búsqueda de negociaciones para resolver las disputas pendientes en materia hidroeléctrica con Brasil y Paraguay, que culminó en la firma del Acuerdo Tripartito de 1979.
    En cambio, el grupo de los “duros” o “halcones” del Ejército, mayoritariamente representado por los generales de división y comandantes de Cuerpo, como los generales Carlos Guillermo Suárez Mason (I Cuerpo) y Luciano Benjamín Menéndez (III Cuerpo), tuvo, en política interna, una marcada inclinación por las ideas más ortodoxas del nacionalismo y atacó el sesgo liberal de las “palomas”, prefiriendo un Estado más autoritario e intervencionista. Una manifestación de esta postura fue, por ejemplo, el rechazo de los “halcones” a la política económica de Martínez de Hoz. Asimismo, en el terreno de la política exterior, estos sectores crudamente nacionalistas fueron partidarios de la continuación de hipótesis de conflicto con los países vecinos, repudiando los esfuerzos negociadores. Clara evidencia fue la gestación del “Operativo Soberanía” a fines de 1978, que, impulsado por los “halcones”, estuvo a punto de involucrar a la Argentina en una guerra con Chile.
    Dentro de la Armada la mayor parte de sus integrantes se encolumnó tras la figura de su comandante en jefe, almirante Emilio Eduardo Massera. Enfrentados con las duplas de poder conformadas por el presidente Videla y su ministro Martínez de Hoz, y por Videla y el jefe de Estado Mayor Viola, los masseristas procuraron ganar espacios de poder apelando a alianzas ideológicamente contradictorias. Por un lado, se acercaron a los “halcones” del Ejército. Para ello, Massera y sus seguidores no dudaron en explotar cada posible veta de oposición a Videla, Viola y Martínez de Hoz. De este modo, adoptaron un discurso duramente crítico de los intentos de apertura política de Videla y Viola y de la política económica de Martínez de Hoz, y fuertemente nacionalista en cuestiones territoriales de la agenda externa, como Beagle y Malvinas. La retórica masserista fue, por cierto, muy agradable a los oídos de los “halcones” del Ejército y de la Marina. (9)
    Pero, al mismo tiempo, Massera y los suyos intentaron su propia “apertura política” alternativa. Entraron en contactos y negociaciones con los mismos sectores “populistas” que generaban rechazo en los sectores “duros” del Ejército y la Marina: esto es, con dirigentes sindicales, e incluso con figuras de franca tendencia izquierdista, como el jefe de los Montoneros, Mario Firmenich. Esta paradoja se explica por el hecho de que Massera no estaba atado a ortodoxias ideológicas, sino al deseo de llegar a la presidencia y ser “un nuevo Perón” que encabezara un frente amplio de connotación anti-liberal. Para ello, no dudó en captar tanto a los sectores militares más rígidamente nacionalistas (que a la vez eran visceralmente anti-peronistas) como a los sectores populares identificados precisamente con ese pasado populista-peronista. (10)
    Cabe señalar, sin embargo, que un sector minoritario de la Armada criticó la politización del arma orquestada por Massera, sosteniendo la necesidad de volver a la histórica posición “profesionalista” y apolítica. Según este sector, Massera no seguía los intereses de la Armada sino los suyos propios. Un referente de este grupo fue el sucesor de Massera en la comandancia en jefe de la Armada, el almirante Armando Lambruschini, quien intentó, no con demasiado éxito, despolitizar o “desmasserizar” el arma. (11)
    Por último, los oficiales de la Fuerza Aérea jugaron un papel de “tercera fuerza”, destinada a destrabar las numerosas impasses producidas en las internas desatadas entre “duros” y “blandos” del Ejército y la Marina.
    Por otro lado, la división de la interna militar en sectores “duros” y “blandos” mencionada no debe hacernos perder de vista otro importante eje de debate. En todo caso, la pugna entre “duros” y “blandos” constituyó la extensión, en el ámbito de las Fuerzas Armadas, de un debate muy anterior al golpe de 1976 entre las distintas variantes de las corrientes liberal y nacionalista, que, por cierto, siempre contó con interlocutores tanto civiles como militares. No obstante esta continuidad básica, cabe notar que, a diferencia de las etapas anteriores, en el ciclo 1976-1983 la variante “desarrollista” del nacionalismo -la que ponía el acento en la falta de desarrollo económico como principal causa de la subversión- perdió peso respecto de las opciones más extremas u “ortodoxas” del nacionalismo y del liberalismo.
    El liberalismo “ortodoxo”, planteó que la mejor forma de lograr el retorno al “orden” era la aplicación, en forma drástica, de medidas de ajuste anti-inflacionario, apertura económica y privatización. A su vez, el nacionalismo “ortodoxo” apuntó a suplantar un sistema liberal de partidos percibido como deficiente por un estado fuerte, de sesgo fascistoide, donde la represión lisa y llana de los grupos subversivos, los sindicatos y, en fin, el conjunto de la sociedad pasó a ser un fin en sí misma, más que el medio para recuperar el “orden” y la estabilidad perdidos. La enorme desconfianza de los nacionalistas “ortodoxos” por los partidos políticos y los sindicatos -percibidos como referentes de la “pesadilla populista” de los años 1973-1976- los llevó a concebir un Proceso militar que no tenía plazos para el retorno a la democracia.
    En la práctica, el Proceso militar fue producto de una extraña convivencia entre liberales y nacionalistas ortodoxos. En un punto, y tal como ocurriera en el caso del modelo económico aplicado por el general Augusto Pinochet en Chile desde septiembre de 1973, la indiscriminada represión resultaba funcional a la necesidad del modelo liberal ortodoxo de “disciplinar” a los agentes económicos, particularmente a aquéllos beneficiados con el modelo “populista” del peronismo - como sindicatos o pequeños y medianos empresarios-. Pero en otro punto, la receta liberal ortodoxa entró en franca colisión con el nacionalismo “ortodoxo”. Así, objetivos tales como el crecimiento del gasto en armamentos para sostener hipótesis de conflicto con los países vecinos y la onerosa apuesta al “Plan Nuclear” argentino fueron pasos acordes con los intereses de los nacionalistas “ortodoxos”, que chocaron con los principios de la ortodoxia liberal de bajar el gasto público -incluyendo el militar- y privilegiar los mecanismos de cooperación e integración económica por sobre las hipótesis de conflicto. En realidad, esta extraña convivencia entre las ortodoxias liberal y nacionalista -en tanto la primera maximizaba la soberanía económica del mercado y la segunda la del Estado- ya había comenzado a anunciarse durante la gestión de Isabel Perón, pero constituyó un rasgo definitorio en los gobiernos del Proceso militar abierto en marzo de 1976. (12)
    En términos estrictamente políticos, existió dentro del régimen militar una corriente “liberal”, partidaria, en política interna, de una “gradual” u “ordenada” transición hacia una democracia. Dicha corriente se opuso a eternizar el Proceso militar como pretendían los nacionalistas “ortodoxos”. Esta corriente “liberal” -dentro de las lógicas limitaciones de aplicación que tiene este término en el caso de un régimen autoritario- ideó un proceso político dividido en dos etapas. La primera, de necesaria represión de la guerrilla, y la segunda, donde una vez lograda la eliminación del fenómeno subversivo, se concretaría la transición del régimen militar hacia una democracia “ordenada”, cuyos protagonistas serían un partido “oficial”, surgido del propio Proceso militar, y los partidos políticos tradicionales. En realidad, como sostiene María de los Angeles Yanuzzi, tanto el discurso aperturista de Videla como el de Viola se referían a “partidos” pero más en el sentido de “movimientos de opinión” que de partidos políticos propiamente dichos, en tanto su forma organizativa era menos estructurada que la de los últimos. (13) Podemos mencionar como integrantes militares de esta corriente “liberal” con reservas al propio presidente y comandante en jefe del Ejército, general Jorge Rafael Videla; al jefe del Estado Mayor de dicha arma y más tarde comandante en jefe, general Roberto Eduardo Viola; al ministro de Trabajo, general Horacio Tomás Liendo, y al secretario general de la Presidencia, general José Rogelio Villarreal.
    No obstante, esta corriente liberal, a pesar de la común convicción de sus integrantes de que el Proceso no debía ser indefinido, distó mucho de ser homogénea, ya que no hubo acuerdo respecto de quiénes serían los protagonistas de la futura democracia “ordenada”. Podemos distinguir, en este sentido, dos proyectos distintos de apertura política: el proyecto Videla-Villarreal-Yofre, y el proyecto Viola.
    El proyecto del presidente Videla, con el respaldo de Villarreal y de su segundo, el subsecretario y abogado radical Ricardo Yofre, buscó la transición hacia la democracia sobre la base de los partidos políticos ya existentes, en particular, del radicalismo, dada la particular desconfianza de Videla por el sesgo “populista” del peronismo. Villarreal impulsó junto con Yofre el diálogo entre el presidente Videla y los partidos políticos, a fin de otorgar al primer mandatario una imagen de “hombre moderado” del Proceso tanto dentro como fuera de la Argentina, que lo diferenciara de los sectores “duros” del régimen, opuestos a la apertura política. (14)
    Por cierto, un rasgo importante del proyecto “liberal” impulsado por Villarreal y Yofre fue la designación de embajadores provenientes de partidos políticos tradicionales, idea que Videla aceptó pues ayudaba a contrarrestar las denuncias sobre derechos humanos y revertir la negativa imagen argentina en el exterior. De este modo, el gobierno de Videla incorporó como embajadores a políticos a los radicales Héctor Hidalgo Solá -titular de la legación argentina en Venezuela-; Rubén Blanco -embajador en el Vaticano- y Tomás de Anchorena -embajador en Francia-; al demócrata progresista Rafael Martínez Raymonda -embajador en Italia-; al desarrollista Oscar Camilión -embajador en Brasil-; al demócrata mendocino Francisco Moyano -quien se desempeñó como embajador en Colombia y asesor presidencial de Videla-; y al socialista Américo Ghioldi -embajador en Portugal-. (15)
    Contrariando el deseo de los sectores más “ortodoxos” del régimen de prorrogar indefinidamente la etapa de tutela militar previa al inicio del diálogo con los partidos políticos y otros sectores de la sociedad civil, el presidente Videla anunció el comienzo de esta etapa “dialoguista” en marzo de 1977, luego de su viaje a Perú, señalando que “la época del silencio ha terminado” y que era “necesario dar contenido político al Proceso”. Pero, probablemente procurando evitar repercusiones negativas en la interna militar, el presidente no hizo ninguna referencia a plazos concretos, limitándose a hablar de objetivos a cumplir. (16)
    Con serias objeciones de parte de los “ortodoxos” del régimen militar, la mención de Videla del “diálogo político” reapareció en distintos momentos de su gobierno. Así, en diciembre de 1979, la Junta Militar dio a conocer públicamente las llamadas “Bases Políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso de Reorganización Nacional”, que señalaban el segundo semestre de 1980 como fecha para dar a conocer las normas legales sobre el régimen de los partidos políticos y la normalización institucional. Quedaban excluidas del juego político ideologías totalitarias que tuvieran el “inaceptable” propósito de “fomentar la lucha de clases”. (17) El segundo momento fue el 6 de marzo de 1980, cuando el presidente Videla transmitió un mensaje por cadena oficial de radio y televisión, en el que señaló oficialmente el inicio del llamado “diálogo político”. (18)
    Pero a pesar del discurso de Videla, el “diálogo político” tardó en concretarse, debido a la poderosa resistencia que el retorno de los partidos políticos provocaba en buena parte de las Fuerzas Armadas, en virtud de la negativa experiencia de los años 1973 a 1976. Maniatados por sus dudas y recelos respecto del desempeño de la dirigencia política, los militares aplazaron el “diálogo político” hasta que, por efecto de la crisis generada por la derrota en la guerra de las Malvinas, ya no tuvieron ningún espacio para condicionar la transición a la democracia y debieron aceptar las exigencias de esa misma clase política.
    A diferencia del proyecto impulsado por los “videlistas”, que tenía una impronta predominantemente radical y totalmente despojada de rasgos populistas, el llamado Movimiento de Opinión Nacional (MON), patrocinado por los sectores “violistas”, pretendió ser un partido integrado por numerosas fuerzas políticas donde no estaban excluidos los representantes del peronismo y otros equivalentes “populistas”. Estaba compuesto por alianzas de partidos provinciales bajo la jefatura explícita o implícita de la diputada jujeña María Cristina Guzmán, representantes del sindicalismo y probables desprendimientos del radicalismo y del peronismo. Por cierto, los contactos que mantuvo el entonces jefe del Estado Mayor del Ejército general Viola con el sindicalismo le valieron tanto la oposición de Massera -que precisamente rivalizó con Viola en la captación de la dirigencia sindical-, como la de los sectores “duros” del Ejército y la Marina, que rechazaban por convicción ideológica lo que consideraban una inclinación “populista” o “peronizante” de Viola. Así, en una reunión de generales de división que tuvo lugar a mediados de 1977, los “duros” Luciano Benjamín Menéndez, Santiago Omar Riveros, Carlos Guillermo Suárez Mason y Ramón Genaro Díaz Bessone se opusieron al MON “porque no queremos que de sus entrañas nazca un nuevo Perón”. (19)
    Así como Videla y Viola, a pesar de su común pertenencia a la corriente que podemos definir como “liberal” con ciertas reservas, no tuvieron pensamientos coincidentes en materia de apertura política, también presentaron divergencias en lo que a política económica se refiere. Mientras Videla representó la variante ortodoxa del liberalismo, Viola, opuesto a la política de Martínez de Hoz, fue un firme defensor de la variante heterodoxa o gradualista. Así, la opción de ajuste drástico y ortodoxo, encarnada en la política del ministro de Economía Martínez de Hoz, predominó durante la presidencia de Videla, entre marzo de 1976 y marzo de 1981. La del ajuste gradual, en cambio, fue defendida por Viola, quien temió que las medidas de ajuste de Martínez de Hoz provocaran un nuevo Cordobazo como el que había sufrido el liberal Adalbert Krieger Vasena durante su gestión como ministro de Onganía. Este temor explica la elección de un liberal “gradualista” como el economista Lorenzo Sigaut durante la presidencia de Viola, entre marzo y diciembre de 1981.
    En cuanto a la política exterior, Videla y Martínez de Hoz consideraron prioritaria la necesidad de atraer capitales y créditos para la economía argentina. En la práctica, el titular de Economía invadió ámbitos privativos de otros ministerios, como el de Relaciones Exteriores. Así, actuó como un “superministro” y utilizó sus buenos contactos con empresarios y entidades financieras en el exterior para revertir la imagen negativa de la Argentina en materia de violaciones a los derechos humanos. Asimismo, el enorme poder que Videla le otorgó a Martínez de Hoz quedó también evidenciado en el hecho de que la mayor parte de los embajadores correspondientes a países del Primer Mundo -fuente de los créditos internacionales- dependieron del titular de la cartera económica. (20)
    En el caso de la corriente nacionalista, la vertiente “ortodoxa” estuvo representada por figuras tales como el gobernador de Buenos Aires, Ibérico Saint Jean; el jefe de la policía provincial, coronel Ramón J. Camps; los comandantes de Cuerpo, generales Carlos Guillermo Suárez Mason (I Cuerpo, Buenos Aires), Luciano Benjamín Menéndez (III Cuerpo, Córdoba) y René Osvaldo Azpitarte (V Cuerpo, Bahía Blanca). Fueron éstos los sectores “duros” o “halcones” del ámbito militar, que se inclinaron por un esquema gubernamental dictatorial de corte rígidamente anticomunista y antisemita, donde fuera desterrada toda participación política o sindical como vestigio del pasado “populista” e “izquierdista” que había que arrancar de cuajo en la sociedad argentina. En este sentido, el general Saint Jean definió claramente el método y objetivos de la “guerra contra la subversión” desde la perspectiva de los “nacionalistas ortodoxos”: “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después (...) a sus simpatizantes, en seguida (...) a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos (...)”. (21)
    Acorde con la ortodoxia de su pensamiento, Saint Jean presentó en octubre de 1976 su plan político, que llevó el nombre de “Un nuevo ciclo histórico argentino: del Proceso de Reorganización Nacional a la Tercera República. Lineamientos para una estrategia nacional”. El plan del entonces gobernador de Buenos Aires planteaba la “limpieza” del cauce institucional y la emergencia de una “Tercera República” constituida por “una nueva clase dirigente” y donde “los partidos perderán el monopolio de la representación en la sociedad y de la conducción del Estado”. Los partidos políticos y el Parlamento eran reemplazados en este proyecto por el llamado Consejo de la República, un “verdadero espejo de pluralidad social”, que funcionaría “por vía de la multiplicación de comisiones”, y en donde las Fuerzas Armadas ejercerían el rol de “custodios” de la seguridad, disponiendo además de poder de veto. (22)
    A su vez, el comandante del III Cuerpo de Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez, expuso claramente el anticomunismo militante de los sectores “ortodoxos” del régimen. En su discurso del 1º de noviembre de 1977 en la Tercera Reunión Regional de Gobernadores llevada a cabo en San Juan, Menéndez sostuvo que

    (...) El objetivo político de las Fuerzas Armadas en esta tercera guerra mundial, apartada de la tremendez material de los dos conflictos mundiales anteriores, pero en la que se utilizan procedimientos más sutiles y totales, es aniquilar el marxismo en nuestro país y cerrarle toda posibilidad de surgimiento futuro (...), condición básica sobre la que se edificará el futuro de paz y grandeza que merece nuestra Argentina. (23)

    Asimismo, el general Leopoldo Fortunato Galtieri - reemplazante de Viola en la comandancia general del Ejército primero, y en la presidencia después- exigía en febrero de 1980 un “recambio mental” en los partidos políticos y especialmente en el peronismo, como paso previo a cualquier apertura política. (24) En marzo de ese año, Galtieri, entonces comandante en jefe del Ejército, se opuso abiertamente al inicio del diálogo con los partidos políticos como punto de partida para una gradual apertura del régimen. Frente a los anuncios que en este sentido había hecho el presidente Videla, Galtieri sostuvo que “las urnas están guardadas y bien guardadas”. (25) Galtieri volvió a insistir en su posición el 29 de mayo de 1981, en ocasión del día del Ejército, cuando envió a sus colegas del Colegio Militar un mensaje que se oponía claramente al sesgo aperturista iniciado por Viola:

    (...) Ultimamente han arreciado voces que demandan de las Fuerzas Armadas acelerar la transferencia del poder. No es voluntad de los hombres de armas prolongar de manera indefinida su paso por el Gobierno Nacional, pero sólo cuando estén dadas las condiciones, sólo entonces, se materializará dicha entrega, para que la misma sea exitosa y no implique el riesgo de un retorno al caos, previamente el país deberá desarrollar una labor de refundación política (...)
    Entiéndase esto: cuando el Proceso, cumpliendo sus objetivos, sea coronado por el éxito (...) habrá llegado el momento de poner en ejecución la democracia deseada, en forma gradual, o sea paso a paso, para evitar que un desliz nos precipite al abismo (...). (26)

    Otra figura renuente a la apertura del “diálogo político” fue el reemplazante de Massera en la comandancia de la Armada, el almirante Armando Lambruschini. A pesar de que Lambruschini nunca compartió la “politización” que su antecesor le imprimió al arma, paradójicamente tuvo en común con Massera la oposición a los contactos de Viola con los dirigentes sindicales peronistas, aunque por distintas razones. Mientras Massera se opuso a Viola porque era la gran figura política del Ejército y, por ende, un obstáculo importante para su aspiración a la presidencia, Lambruschini lo hizo por el natural prurito que sentía por un general que se contactaba con elementos “populistas”. (27) Así, en declaraciones de principios de marzo de 1980, Lambruschini sostuvo que: “(...) El Proceso procederá con particular reflexión, no urgido por las circunstancias (...) como no podemos ni queremos colocar parches que serían de duración efímera, la presencia del Proceso no será corta”. (28)
    Por último, en esta nómina de representantes del nacionalismo “ortodoxo” ocupa un lugar especial el ministro del Interior del gobierno de Videla, general Albano Eduardo Harguindeguy. Para desazón de Videla, Harguindeguy no compartió el interés presidencial en un proceso de apertura política basado en los partidos políticos tradicionales aunque “renovados” en ideas y hombres, a fin de acelerar la transición hacia una “democracia ordenada”. Ante las referencias de Videla al fin del tiempo de silencio y el inicio del diálogo político, Harguindeguy intentó desalentar el efecto que el mensaje presidencial produjo en la dirigencia política, advirtiendo que dicho fin no significa “bajo ningún concepto la apertura de un diálogo con las agrupaciones políticas”; que “el país deberá olvidarse por mucho tiempo de los partidos políticos” y que “este no es tiempo de partidos políticos”. En noviembre de 1977, el titular de Interior mencionó algunas fechas tentativas para poner en marcha el “diálogo” anunciado por el presidente Videla. Sin embargo, lo hizo de manera ambigua, dejando traslucir el condicionamiento de las mismas al logro de objetivos tales como la eliminación de la subversión y un cambio en la cultura política argentina que impidiera el retorno de los viejos vicios populistas. Para abril de 1978, nuevamente Harguindeguy dejó traslucir su rechazo a los partidos políticos tradicionales sosteniendo que “no tienen cabida en la Argentina del futuro”. (29)
    El ministro Harguindeguy fue reacio a la participación de los partidos políticos, fueran éstos “reformados” o no, lo cual lo acercó más a la visión corporativa de los “nacionalistas ortodoxos” que a la “liberal-partidista” del presidente Videla. Si bien el titular de Interior coincidió con el primer mandatario en el absoluto respaldo al plan económico de Martínez de Hoz, tuvo sus diferencias con Videla respecto del papel de los partidos políticos en la futura democracia. En otras palabras, Harguindeguy fue un “liberal” ortodoxo en cuanto a filosofía económica, pero compartió a la vez la desconfianza de los nacionalistas “ortodoxos” respecto de la dirigencia política tradicional. Sin embargo, en un contexto donde tanto para el gobierno como para amplios sectores de la sociedad civil la continuidad del plan de estabilidad económica justificaba la presencia de un Estado represor, la peculiar posición ideológica de Harguindeguy no resultó tan paradójica. (30) Por cierto, la falta de vocación aperturista demostrada por el ministro Harguindeguy enfureció a los dirigentes políticos como el radical Ricardo Balbín, entusiasmados con las permanentes referencias del presidente Videla al “diálogo político”. (31)
    Por su parte, la vertiente “desarrollista” del nacionalismo estuvo representada en la política interna por la figura del ministro de Planeamiento, general Ramón Genaro Díaz Bessone y los hombres de su fundación Año 2000. El “Proyecto Nacional” de Díaz Bessone, quien asumió como ministro de Planeamiento a fines de octubre de 1976, estableció hacia 1990 el fin del Proceso militar y la emergencia de una “Nueva República”. (32) El mencionado proyecto otorgaba un rol protagónico al Ministerio de Planeamiento, que controlaría el proceso político de transición del régimen militar a la “nueva” democracia cívico-militar. Pero ni el ministro de Economía Martínez de Hoz ni el propio presidente Videla estuvieron dispuestos a ver restringidos sus respectivos espacios de poder en aras de la manía “planificadora” de Díaz Bessone. Asimismo, la palabra “planificación” atentaba contra la convicción liberal de la dupla Videla-Martínez de Hoz. Finalmente, otro rasgo del proyecto de Díaz Bessone fue su exacerbado anticomunismo, que lo llevaba a proponer constantemente la guerra contra la Unión Soviética. En este punto, también el titular de Planeamiento chocó con el enfoque “pragmático-comercialista” del presidente y su ministro de Economía, que deseaban diversificar los contactos económicos externos de la Argentina sin atender ningún prejuicio ideológico. Esta serie de factores llevó a una serie de roces entre Martínez de Hoz y Díaz Bessone. Como el titular de Economía contaba con el respaldo del presidente Videla y del ministro del Interior Harguindeguy, Díaz Bessone presentó su renuncia en diciembre de 1977. (33)
    En el ámbito de la política exterior, un representante del “desarrollismo”, Oscar Camilión, se desempeñó como embajador argentino en Brasil durante el gobierno de Videla, jugando un rol protagónico en las negociaciones con Brasil y Paraguay que llevaron en 1979 a la firma del Acuerdo Tripartito. Por cierto, la decisión del presidente Videla de concretar el emprendimiento hidroeléctrico de Corpus, en sociedad con el gobierno de Asunción, fue acorde con los intereses de los sectores militares y civiles “desarrollistas”, que señalaban la necesidad de no quedar atrás respecto de la política de “hacer obras” emprendida por la Cancillería brasileña. Sin embargo, el largo e intrincado proceso que llevó a la firma del Acuerdo Tripartito de 1979 demostró que estos vestigios de “desarrollismo” estuvieron en la práctica mediatizados por las abrumadoras influencias de las ortodoxias nacionalista y liberal. La primera estuvo representada por los dos primeros cancilleres del Proceso, César Augusto Guzzetti (24 de marzo de 1976 al 23 de mayo de 1977) y Oscar Antonio Montes (23 de mayo de 1977 al 27 de octubre de 1978), quienes, siguiendo los duros lineamientos geopolíticos del entonces comandante en jefe de la Armada, almirante Emilio Massera, tuvieron poca o nula vocación por negociar con sus colegas de Brasil y Paraguay en torno al problema de los emprendimientos hidroeléctricos en la Cuenca del Plata. Por su parte, la ortodoxia liberal estuvo representada en las figuras del propio presidente Videla, del ministro de Economía Martínez de Hoz y de los sectores ligados a la burguesía terrateniente y financiera transnacional que privilegiaron la firma de un acuerdo tripartito que cedía terreno en aspectos considerados críticos por los nacionalistas tanto “ortodoxos” como “desarrollistas”, tales como la altura de la cota de la represa de Itaipú o el número de turbinas. Así, tanto unos como otros hablaron de la “brasileñización” del modelo económico argentino o del papel de la Argentina como “socio menor” del Brasil. (34)
    En los temas que afectaban directa o indirectamente la soberanía territorial, como el anteriormente mencionado de las represas hidroeléctricas en la Cuenca del Plata, el diferendo argentino-chileno por el canal de Beagle o la cuestión de las Malvinas, nacionalistas “ortodoxos” y “desarrollistas” se unieron, más allá de sus diferencias, con el fin de criticar la política del gobierno. Mientras el presidente y el ministro Martínez de Hoz dieron prioridad en estas cuestiones al diálogo y la búsqueda de fórmulas de negociación que superaran las hipótesis de conflicto con los países limítrofes, los sectores nacionalistas -tanto “ortodoxos” como “desarrollistas”- coincidieron en impugnar el sesgo dialoguista de los sectores liberales. Así, el general Osiris Guillermo Villegas, un nacionalista “desarrollista” de conocida trayectoria durante los años de la Revolución Argentina, ex embajador en Brasil y titular de la delegación argentina en las negociaciones con Chile, sostuvo un discurso de duro tono geopolítico, notablemente cercano a la variante ortodoxa del nacionalismo. A fines de 1978 Osiris Villegas pronunció frases tales como “hay que tomar lo que es de uno” y “la paz no debe ser nunca el producto de una claudicación”. (35)
    Por último, la figura del almirante Massera puede ser definida como representante de una variante peculiar de la corriente nacionalista, que definiremos como un nacionalismo “heterodoxo” en tanto no respondió a parámetros ideológicos fijos, sino únicamente al deseo de incrementar su poder personal. Con este fin, se opuso a las recetas liberales de Martínez de Hoz no tanto por convicciones ideológicas sino porque percibió que esa actitud le daría un aura de popularidad que le permitiría sumar a sus filas a todos los sectores opositores, desde los militares y civiles “nacionalistas ortodoxos” hasta los mismos peronistas. Percibiéndose a sí mismo como nexo entre los sectores peronistas y los grupos nacionalistas “ortodoxos” y “antiperonistas” de los “halcones” del Ejército, Massera soñó con un proyecto “populista militar”, una suerte de frente nacional con base militar-popular que le permitiera ocupar el sillón presidencial, desplazando del poder al trípode “liberal” de Videla, Viola y Martínez de Hoz. (36)
    Decidido a oponerse a cualquier estrategia que aumentara el margen de maniobra de este trípode, Massera se opuso a la apertura del “diálogo político” anunciada por el presidente Videla a principios de marzo de 1980. Durante ese mismo mes, Massera inició un gesto de acercamiento a los sectores “duros” u “ortodoxos” del Ejército al proclamar que lo realmente importante no era el diálogo en sí mismo, sino “saber qué intenciones tienen los que dialogan”. (37) Posteriormente, en junio, el ex jefe naval elaboró un documento fuertemente crítico de Videla y Martínez de Hoz. (38)
    Pero el blanco preferido por los ataques del masserismo fue el ministro Martínez de Hoz, por dos motivos. En primer lugar, el ministro de Economía constituyó un obstáculo importante para las ambiciones de Massera de llegar al poder presidencial. Ello se debía tanto a las excelentes contactos externos del ministro como al respaldo que le otorgaba el presidente Videla. Por cierto, Videla percibió cierta relación entre su estabilidad en el poder y la del titular de la cartera económica. Las importantes conexiones de Martínez de Hoz con los organismos financieros internacionales proveyeron a Videla de un importante aliado externo, en un momento de conflictivas relaciones con Washington por la espinosa cuestión de los derechos humanos. La segunda razón fue que, a diferencia de las figuras de Videla y Viola, que contaban con lealtades divididas en la interna militar, el enfoque liberal ortodoxo del ministro de Economía despertó resistencias tanto en los “duros” del Ejército y la Marina, como en los sectores de la sociedad antes beneficiados por el modelo “populista”. Incluso dentro de las “palomas” del Ejército, y a pesar de la influencia del pensamiento liberal, Viola y sus seguidores no compartieron el respaldo de Videla a las medidas del ministro Martínez de Hoz. Temían que los efectos de una política tan drástica produjeran un “rebrote subversivo” y le hicieran perder consenso y estabilidad al Proceso iniciado en 1976. De esta manera, era más fácil para Massera llevar a cabo una fuerte oposición al ministro que al presidente, quien aún disfrutaba entre sus subordinados de la imagen de eficiencia y profesionalidad que le otorgara el “Operativo Independencia” de lucha contra la subversión durante el último gobierno peronista. El ataque a la gestión de Martínez de Hoz era una forma indirecta pero efectiva de desestabilizar a Videla sin generar efectos contraproducentes en la interna del Ejército. Para ello, Massera enarboló un oportunista discurso antiliberal, que tuvo la virtud de aglutinar tanto a los nacionalistas “ortodoxos” del Ejército como a muchos dirigentes peronistas. (39)
    El ataque más importante de Massera hacia la figura de Martínez de Hoz se registró a mediados de junio de 1980, cuando salió a la luz un documento fuertemente crítico tanto hacia la política económica como hacia el sesgo “pragmático” y “economicista” de la política exterior de Videla. En uno de los párrafos más significativos de este documento, Massera denunció, para satisfacción de los nacionalistas “ortodoxos” la existencia de una crisis “moral” en la gestión de gobierno:

    (...) Cuando la defensa de nuestros derechos soberanos es una declamación sin contenido; cuando tratamos de justificar acuerdos internacionales carentes de sentido; cuando no defendemos con vigor nuestras Malvinas y alguno las negocia; cuando no distinguimos al amigo del enemigo, sino al que compra del que no compra; cuando los intereses pecuniarios superan a los intereses nacionales. (...) (40)

    En un ataque posterior, Massera no dudó incluso en vincular el surgimiento del terrorismo a políticas “antinacionales” como la de Martínez de Hoz. Así, en una conferencia que tuvo lugar en Salta en octubre de 1982, el almirante afirmó que

    El terrorismo antinacional ha sido derrotado, pero la Patria financiera lo activa (...) Ese sector (...) lo forma una minoría antinacional unida porque su único objetivo es ganar plata a costa del país (...). Esa minoría antinacional (...) desde el centro del escenario o desde las sombras, manejó los resortes del poder y se benefició con una dependencia dócil y hasta gozosa de nuestro país ante los grandes centros de decisión mundial. (41)

    En síntesis, guiado por sus apetitos de poder personal, Massera se opuso tanto a la política económica liberal del ministro Martínez de Hoz -respaldada por el presidente Videla- como a la propuesta de incorporación de dirigentes políticos al gobierno militar, como una manera de organizar la transición hacia la democracia -idea que contaba con el aval de Videla y del comandante en jefe del Ejército Viola-.
    El plan político de Massera se terminó de armar en octubre de 1977. Aunque no tuvo trascendencia oficial, apuntó a la conformación de un “movimiento cívico”, un partido político nuevo, que heredaría a través de las elecciones al gobierno militar. Para ello se proponía alentar la emergencia de un “movimiento de Opinión Nacional” que incluyera “a todos aquellos que deseen la verdadera grandeza del país”, desde “una izquierda inteligente (donde el peronismo tendría un rol importante) hasta una “derecha controlada”. En otras palabras, Massera planteó una especie de “neoperonismo” en donde su figura ocuparía el lugar de Perón con el fin de captar a los sectores obreros, una especie de programa social-demócrata opuesto al proyecto liberal de Martínez de Hoz, cargado con fuertes dosis de oportunismo nacionalista, que le permitirían la adhesión de los sectores “duros” del Ejército y la Marina. (42)
    La guerra entre Videla y Massera también se desarrolló en el ámbito de la política exterior. Sintiéndose dueño del área de Cancillería por lo establecido en el “cuoteo”, Massera se opuso a la designación de embajadores provenientes de partidos políticos impulsada por Videla, llegando a sostener ante el presidente que los embajadores de este origen representaban “el pasado de corrupción, mediocridad y decadencia que había puesto a la República al borde del abismo” y que el Proceso debía revertir. Por cierto, tras esta dialéctica moralista, Massera ocultó su deseo de disputarle espacios de poder a Videla y de utilizar precisamente la política exterior como una herramienta para su proyecto de poder personal. El jefe naval logró, en algunos casos, vetar a embajadores propuestos por los sectores “videlistas” -por ejemplo al peronista Hipólito Jesús Paz- (43) y en otros, los hizo renunciar -caso del embajador argentino en Washington, Arnaldo Musich-. (44) En los casos donde Massera no había logrado ni una cosa ni la otra, directamente los mandó eliminar -los famosos casos de la desaparición y posterior asesinato del embajador “videlista” en Venezuela, Hidalgo Solá, y de la funcionaria de la embajada argentina en París, Elena Holmberg-. (45)
    Asimismo, Massera dio instrucciones para que la Cancillería no colaborara con las visitas de Videla a Venezuela (mayo de 1977) y a Estados Unidos (septiembre del mismo año), y en general tendió a objetar los viajes de Videla al exterior, pretextando o bien que el país a visitar era una “cueva de subversivos y marxistas”, o que bien que “la visita va a ser usada para humillar a nuestro presidente con la campaña antiargentina que elementos subversivos desarrollan en el exterior”. Al mismo tiempo, el jefe naval maximizó sus propios contactos en el exterior, a fin de encontrar aliados para su proyecto político. Para ello diseñó una diplomacia paralela a la del entonces presidente, que tuvo como rasgos más destacados las actividades en el Centro Piloto de París. Las entrevistas del jefe naval incluyeron además de colegas de su arma en América latina y en Europa, al jefe de la logia derechista italiana Propaganda Due o P-2, el “Venerable” Licio Gelli, y a figuras ubicadas en las antípodas del pensamiento anticomunista entonces predominante entre los “halcones” del Ejército y la Armada, tales como los dirigentes montoneros exiliados en Europa y el dirigente socialista rumano Nicolae Ceaucescu. (46)
    Por cierto, como el proyecto de política exterior masserista respondió más a ambiciones personales que a convicciones ideológicas, contuvo elementos que lo acercaron al pensamiento rígidamente occidentalista de los nacionalistas “ortodoxos”, y rasgos que lo aproximaron extrañamente a la perspectiva de política exterior del peronismo. Un ejemplo de los primeros fue la identificación del “eurocomunismo” como una forma solapada de imperialismo soviético, que compartieron tanto Massera como los “halcones” del Ejército y la Marina. (47) A su vez, una muestra del sesgo “neoperonista” del discurso de política exterior de Massera fue el contenido de su disertación en la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Católica Argentina, ocasión en la que el ex comandante en jefe naval sostuvo un discurso de tono notablemente similar al de la “Tercera Posición” peronista:

    (...) Ante un socialismo colectivista y un capitalismo materialista (...) que buscan igualmente una sociedad que amenaza con la destrucción de los recursos naturales y de la calidad de vida, nosotros aspiramos a constituir un país en que sólo Dios sea más importante que el hombre. Creemos que el mundo se encuentra oprimido por la idolatría de la riqueza en dos formas opuestas que tienen su raíz en la misma adoración de lo material: el socialismo colectivista y el capitalismo materialista. El socialismo colectivista define la justicia a costa de la libertad y, finalmente a costa de la justicia misma. El capitalismo materialista (...) define la libertad a costa de la justicia, a costa de la libertad misma (...). (48)

    Asimismo, a fines de 1982, Massera, completamente decidido a llevar adelante su proyecto político, mandó colocar en las calles de Buenos Aires afiches de fondo azul con letras blancas que decían lo siguiente:

    1945: Perón ó Braden
    1982: Massera ó Martínez de Hoz
    Patria ó Colonia
    Jamás el movimiento nacional será derrotado por la antipatria (49)

    Como puede apreciarse, el mensaje de estos afiches, que fueron el punto de partida para la conformación del partido de Massera -Partido para la Democracia Social- tenía una intencional continuidad con el acento nacionalista y antiliberal que caracterizó a los afiches con los que Perón se enfrentara en 1945 a la Unión Democrática.
    Por otra parte, tras meses de intensas deliberaciones entre los militares de las tres armas, a principios de mayo de 1978 la Junta Militar resolvió que, a partir del 1º de agosto de 1978 terminara el período de “excepcionalidad” de Videla, quien podía seguir ejerciendo la presidencia pero debía renunciar a su cargo de comandante en jefe del Ejército. Esto significaba la introducción de la figura del presidente como un “cuarto hombre”, es decir un militar retirado, subordinado a las decisiones de los comandantes en jefe de las tres armas que integraban la Junta Militar, y era una exigencia planteada por Massera desde el inicio mismo del Proceso. (50)
    En el diseño masserista, el presidente Videla debía ser precisamente ese “cuarto hombre” subordinado a las decisiones de los miembros de la Junta. Sin embargo, cuando el 1º de agosto de 1978 Videla renunció a su cargo de comandante en jefe para ejercer sólo el de presidente, se dio precisamente el efecto contrario al deseado por el alto jefe naval, ya que tras el nuevo reparto ministerial que tuvo lugar en los meses de octubre y noviembre, el poder de Videla, lejos de debilitarse, se vio fortalecido. A ello contribuyeron un conjunto de factores, entre ellos el nombramiento en la comandancia del Ejército de una figura fiel a Videla, la del general Roberto Eduardo Viola; el alejamiento de Massera de la comandancia en jefe de la Marina a mediados de septiembre y su reemplazo por una figura con un perfil más bajo, la del almirante Armando Lambruschini; (51) la alianza de los sectores videlistas con la cúpula de la Fuerza Aérea; la renuncia del canciller, vicealmirante Oscar Antonio Montes, y su reemplazo por una figura proveniente de la Fuerza Aérea, el brigadier Carlos Washington Pastor; (52) y el peso propio de la diplomacia del “superministro” Martínez de Hoz, que atravesaba su fase de apogeo -la conocida etapa de la llamada “plata dulce”-.
    El momento de máximo poder de Videla como “cuarto hombre” se dio particularmente entre la segunda mitad de 1978 y 1979, al compás del éxito relativo del “programa antiinflacionario” de Martínez de Hoz. No obstante, y tal como ocurriera en el primer tramo de su gestión, Videla siguió encontrando resistencias por parte de los sectores “duros” del Ejército, aliados con Massera, quien, no dejó de atacar al presidente y a su ministro de Economía Martínez de Hoz, en tanto ambos eran los dos obstáculos más importantes para su proyecto de promoción personal.
    En su pugna con Massera y los “halcones” del Ejército, Videla alternó derrotas con triunfos en esta nueva etapa. Entre las primeras, vale mencionar el frustrado proyecto del presidente Videla y el secretario de la Presidencia Villarreal de formar un gabinete de gobierno más abierto y pluralista, con participación de militantes de distintas expresiones políticas (Martínez Raymonda en Bienestar Social, Oscar Camilión en Relaciones Exteriores; Acuña Anzorena en Trabajo, Rubén Blanco en Educación y Amadeo Frúgoli en Justicia). Ante la resistencia de las demás fuerzas, Videla confeccionó un gabinete con mayor participación militar: el contraalmirante Jorge A. Fraga en Bienestar Social, el brigadier Carlos Washington Pastor en Cancillería, el contraalmirante Horacio de la Riva en Defensa. (53)
    Pero también Videla obtuvo importantes triunfos sobre los “halcones” del Ejército y la Marina, entre los que cabe mencionar el viaje presidencial a la ceremonia de entronización del Papa Juan Pablo I en Roma en septiembre de 1978; (54) la imposición de la mediación papal sobre la opción bélica con Chile en diciembre del mismo año; el acatamiento de los altos mandos del Ejército a la resolución de la Corte Suprema de Justicia de liberar al periodista y ex director de La Opinión, Jacobo Timerman; (55) y la neutralización del levantamiento del general Luciano Benjamín Menéndez en septiembre de 1979. (56) Finalmente, aunque con sus limitaciones, un triunfo de Videla en su etapa como “cuarto hombre” fue la elección de Viola como su sucesor. Primero, en la comandancia en jefe del Ejército -desde el 1º agosto de 1978 hasta el 29 de diciembre de 1979-, y luego en la misma presidencia -a partir del 29 de marzo de 1981-.
    Durante esta segunda etapa, el retiro del almirante Massera del servicio activo, producido a mediados de septiembre de 1978, estuvo muy lejos de ser un factor que contribuyera a amenguar sus ataques al presidente Videla y a la política económica de Martínez de Hoz. Massera mantuvo intacto el deseo de ser el heredero del poder que en ese momento tenían Videla y Martínez de Hoz. Así, en un discurso pronunciado a comienzos de junio de 1979 en el Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Georgetown, en Washington, Massera sostuvo que la política de Martínez de Hoz “ha llevado a la industria argentina a la quiebra”. El ministro de Economía, que en ese momento estaba casualmente en Nueva York, hizo serios reproches al ex comandante por ventilar en otro país asuntos de política interna argentina. (57) Massera, lejos de amedrentarse, volvió a atacar a Martínez de Hoz en un documento que salió a la luz el 15 de junio de 1980, en el cual, sin mencionarlo, criticó todos los aspectos de la política económica del ministro. (58) Martínez de Hoz respondió a los ataques de Massera. Sin mencionar explícitamente al ex comandante en jefe de la Armada, el titular de la cartera económica sostuvo que “el país ya está un poco cansado de afirmaciones que son de alguna manera o lugares comunes, con propósitos demagógicos, o inexactitudes muy gruesas”. (59)
    El juego de fuerzas de la interna militar tuvo su innegable correlato en la política exterior, en donde se registraron varios triunfos de los sectores “videlistas”
     
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