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Historia de la Television

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El discurso sobre el otro en la television

Agregado: 10 de JUNIO de 2005 (Por anonimo) | Palabras: 23099 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
Categoría: Apuntes y Monografas > Historia >
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    Autor: anonimo (info@alipso.com)


    Historia de la televisin - El discurso sobre el otro en la televisin

    INTRODUCCIN


    Eleg presentar en televisin estas dos lecciones para tratar de ir ms all de los lmites del pblico ordinario de un curso del Colegio de Francia. Pienso que la televisin, a travs de diferentes mecanismos que me esfuerzo en describir de manera rpida un anlisis profundizado y sistemtico habra demandado ms tiempo -, crea dificultades en las diferentes esferas de la produccin cultural, arte, literatura, ciencia, filosofa, derecho: creo incluso que, contrariamente a lo que piensan y dicen, sin duda de buena fe, los periodistas ms conscientes de su responsabilidad, hace peligrar bastante a la vida poltica y democrtica. Podra probarlo fcilmente analizando el tratamiento que, empujada por la bsqueda de una audiencia mayor, la televisin, seguida de una parte de la prensa, acord a los promotores de actos xenfobos y racistas o mostrando las concesiones que hace diariamente a una visin reducida y estrechamente nacional, para no decir nacionalista, de la poltica. Y para aqullos que sospecharon que mostrara en detalle slo las particularidades de la televisin francesa, recordar, entre miles de patologas de la televisin americana, el tratamiento meditico del proceso de O. J. Simpson o, ms recientemente, la construccin de un simple asesinato como crimen sexual, con toda una serie de consecuencias jurdicas incontrolables. Pero es sin dudas un incidente ocurrido recientemente entre Grecia y Turqua el que mejor ilustra los peligros de la competencia sin lmites por la audiencia: luego de llamados a la movilizacin y de proclamas belicistas de un canal de televisin privado -a propsito de un minsculo islote desierto- Imia, los canales y las radios privadas griegas, y luego los diarios, se lanzaron a una intensa demagogia de delirios nacionalistas; los canales y peridicos turcos, llevados por la misma lgica de la competencia, entraron en combate. Desembarco de soldados griegos sobre el islote, desplazamiento de flotas, y la guerra no se evit ms que a ltimo momento. Quizs lo esencial de la novedad, en las explosiones de xenofobia y de nacionalismo, que se observan en Turqua y en Grecia, pero tambin en la antigua Yugoslavia, en Francia o en alguna otra parte, reside en las posibilidades de explotar a pleno las pasiones primarias que se alimentan, hoy, por parte de los modernos medios de comunicacin.

    Para tratar de respetar el contrato que establec en este curso concebido como una intervencin, me esforc por exponer de modo de ser comprendido por todos. Lo que me oblig, en ms de un caso, a simplificaciones o aproximaciones. Para poner en el primer plano lo esencial, es decir, el discurso, y su diferencia (o a la inversa) de lo que se practica ordinariamente en la televisin; eleg, de acuerdo con el director, evitar toda bsqueda formal en el enfoque y en la adopcin de perspectivas y renunciar a las ilustraciones extractos de emisiones, facsmiles de documentos, estadsticas, etc. los que, aparte de tomar un tiempo precioso, habran sin duda molestado el propsito de se quera ser argumentativo y demostrativo. El contraste con la televisin ordinaria -que era el objeto de anlisis- era deseado, como una forma de afirmar la autonoma del discurso analtico y crtico, aun cuando fuera bajo las apariencias pedantes y pesadas, didcticas y dogmticas de un curso magistral: el discurso articulado, que poco a poco ha sido excluido de los estudios de televisin - la regla quiere, se dice, que en los debates polticos, en Estados Unidos, las intervenciones no excedan los siete segundos queda en efecto como una de las formas ms seguras de la resistencia a la manipulacin y de la afirmacin de la libertad de prensa.

    Tengo consciencia de que la crtica por el discurso, a la que me encuentro reducido, no es ms que un mal menor, un sustituto, menos eficaz y divertido, de lo que podra ser una verdadera crtica de la imagen por la imagen, tal como se la encuentra, aqu y all, de Jean-Luc Godard en Tout va bien, Ici et ailleurs o Comment a va hasta Pierre Carles. Consciente tambin de que lo que hago se inscribe en la prolongacin, y el complemento, del combate constante de todos los profesionales de la imagen llevados a luchar por la independencia del cdigo de comunicacin y en particular por la reflexin crtica acerca de las imgenes de la cual Jean-Luc Godard, aun l, da una ilustracin ejemplar con su anlisis de una fotografa de Joseph Kraft y los usos que se hicieron de l. Y hubiera podido tomar a mi cuenta el programa que propona el cineasta: Este trabajo era comenzar a interrogarse polticamente (yo dira sociolgicamente) acerca de las imgenes y los sonidos, y acerca de las relaciones. Era no decir ms: Es la imagen justa sino: Es slo una imagen; no decir ms Es un oficial del Norte sobre un caballo, sino Es una imagen de un caballo y un oficial.

    Puedo esperar, pero sin hacerme muchas ilusiones, que mis anlisis no sean recibidos como ataques contra los periodistas y contra la televisin inspirados por no s cual nostalgia pasada de una televisin cultural estilo Tele Sorbona o por el rechazo, reactivo o regresivo, de todo lo que la televisin puede, a pesar de todo, aportar a travs de, por ejemplo, algunas emisiones de reportajes. Aunque para quejarme de que sirven slo para alimentar la complacencia narcisista de un mundo periodstico muy inclinado a tener sobre s mismo una mirada falsamente crtica, espero que podrn contribuir a dar los tiles o las armas a todos los que, incluso en los trabajos con las imgenes, luchan para que lo que hubiera podido ser un instrumento extraordinario de democracia directa no se convierta en un instrumento de opresin simblica.


    1. EL ESTUDIO TELEVISIVO Y SUS BASTIDORES
    Querra plantear aqu, en la televisin, cierto nmero de preguntas acerca de la misma. Intencin un poco paradjica ya que creo, en general, que no se puede decir gran cosa en la televisin, especialmente sobre la televisin. No se debera, si es verdad que no se puede decir nada en la televisin, entonces concluir con un buen nmero de intelectuales, artistas, escritores, entre los ms importantes, que uno se debe abstener de tratar de explicarse all?

    Me parece que no se puede aceptar esta alternativa separada en trminos de todo o nada. Creo que es importante ir a hablar en la televisin pero bajo ciertas condiciones. Hoy, gracias al servicio audiovisual del Colegio de Francia, me beneficio de condiciones excepcionales: en primer lugar, mi tiempo no est limitado. En segundo lugar, el tema de mi discurso no me fue impuesto -decid libremente y an puedo cambiarlo-. En tercer lugar, nadie est all, como en las emisiones ordinarias, para llamarme al orden en nombre de la tcnica, en nombre del "pblico que no comprender" o en nombre de la moral, del decoro, etc. Es una situacin particular pues, para emplear un lenguaje pasado de moda, tengo un manejo de los instrumentos de produccin que no es habitual. Insistiendo acerca de las condiciones excepcionales que se me ofrecieron, digo algo acerca de las condiciones ordinarias en las que uno es llevado a hablar a la televisin.

    Pero, se dir, por qu en las condiciones ordinarias se acepta, a pesar de todo, participar en emisiones televisivas? Es una pregunta importante y sin embargo la mayora de los investigadores, de estudiosos, de escritores, para no hablar de los periodistas que aceptan participar, no se la plantean. Creo importante indagar acerca de esta ausencia de interrogacin. Me parece que aceptando participar sin preocuparse de saber si se podr decir algo, se traiciona muy claramente que no se est all para decir algo sino por otras razones, sobre todo para hacerse ver y ser visto. "Ser, deca Berkeley, es ser percibido". Para algunos de nuestros filsofos (y escritores), ser, es ser percibido por la televisin, es decir, en definitiva, ser percibido por los periodistas, ser, como se dice, bien visto por los periodistas (lo que implica una buena cantidad de compromisos y condiciones) -y es verdad que al no poder casi contar con una produccin incesante para existir en la continuidad, no tienen otro recurso que aparecer tan frecuentemente como sea posible en la pantalla, escribir en intervalos regulares y breves, obras que, como observaba Gilles Deleuze, tienen por funcin principal asegurarse invitaciones a la televisin-. As, la pantalla televisiva se convirti hoy en una especie de espejo de Narciso, un lugar de exhibicin narcisista.

    Este prembulo puede parecer un poco extenso, pero considero deseable que los artistas, los escritores y los estudiosos se planteen explcitamente la pregunta -si es posible colectivamente-, para que cada uno ante s mismo no quede en la eleccin de saber si es preciso aceptar o no las invitaciones a la televisin, aceptar planteando condiciones o no, etc. Deseara mucho (siempre se puede soar) que tomen cartas en este asunto, colectivamente, y que traten de instaurar negociaciones con los periodistas, especializados o no, para llegar a una especie de contrato. Va de suyo que no se trata ni de condenar ni de combatir a los periodistas, que sufren a menudo muchas restricciones que a su vez estn obligados a imponer. Se trata, por el contrario, de asociarlos a una reflexin destinada a buscar las formas de sobrellevar en comn las amenazas de la instrumentacin.

    La opcin del rechazo puro y simple de expresarse por la televisin no me parece defendible. Pienso incluso que, en ciertos casos, puede haber una suerte de deber, a condicin de que sea posible hacerlo en ciertas condiciones razonables. Y para orientar la eleccin, hay que tomar en cuenta la especificidad del instrumento televisual. Se trata, con la televisin, de un instrumento que, tericamente, da la posibilidad de alcanzar a todo el mundo. De all un cierto nmero de preguntas previas: lo que digo est destinado a todo el mundo? Estoy en condiciones de hacer que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? Se puede incluso ir ms lejos: debe ser escuchado por todo el mundo? Hay una misin de los investigadores, de estudiosos en particular -y puede ser especialmente apremiante para las ciencias sociales- que es restituir a todos las adquisiciones de la investigacin. Somos, como deca Husserl, "funcionarios de la humanidad", pagados por el Estado para descubrir cosas, sea del mundo natural, sea del mundo social, y est en parte entre nuestras obligaciones, el restituir lo que hemos adquirido. Siempre me esforc para aceptar o rechazar las invitaciones a partir del cedazo de estas interrogaciones previas. Y deseara que todos los que son convocados a ir a la televisin se las planteen porque los telespectadores, los crticos de la televisin, se las plantean y las plantean a propsito de sus apariciones: Hay algo para decir? Es en estas condiciones que se puede decir algo? Lo que se dice merece ser dicho en este lugar? En una palabra, qu se hace all?


    Una censura invisible
    Pero vuelvo a lo esencial: empec sealando que el acceso a la televisin tiene por contrapartida una formidable censura, una prdida de autonoma ligada, entre otras cosas, a que el tema es impuesto, que las condiciones de la comunicacin son establecidas y sobre todo que la limitacin del tiempo impone al discurso restricciones tales que es poco probable que se pueda decir algo. Esta censura que se ejerce sobre los invitados, y tambin sobre los periodistas que contribuyen a hacerla pesar, se espera que yo diga que es poltica. Es cierto que hay intervenciones polticas, un control poltico (que se ejerce notablemente a travs de las nominaciones a los puestos dirigentes). Es verdad que tambin y sobre todo en un perodo en que, como hoy, hay un ejrcito de reserva y una gran precariedad del empleo en las profesiones de la televisin y la radio, la propensin al conformismo poltico es muy grande. La gente se conforma con una forma consciente o inconsciente de autocensura sin que sea necesario hacer llamados al orden.

    Se puede tambin pensar en las censuras econmicas. Es verdad que, en ltimo trmino, lo que pesa en la televisin es la restriccin econmica. Dicho esto, uno no se puede contentar con decir que lo que pasa en la televisin est determinado por los que la poseen, por los anunciantes que pagan la publicidad, por entender que el Estado que da subsidios, y si no se saba, subsidia a un canal de televisin por el nombre del propietario, la parte de los diferentes anunciantes en el presupuesto y la suma de las subvenciones. Sin entender todos estos factores no se comprendera gran cosa. Queda lo que es importante recordar. Es importante saber que la NBC es propiedad de General Electric, que CBS es propiedad de Westinghouse, que ABC es propiedad de Disney, que TF1 es propiedad de Bouygues, lo que tiene consecuencias a travs de una serie de mediaciones. Es evidente que hay cosas que un gobierno no le har a Bouygues sabiendo que Bouygues est detrs de TF1. stas son cosas tan gruesas y groseras que la crtica ms elemental las percibe, pero que esconden mecanismos annimos, invisibles, a travs de los cuales se ejercen censuras de todo tipo de rdenes que hacen de la televisin un formidable instrumento de mantenimiento del orden simblico.

    Debo detenerme un instante en este punto. El anlisis sociolgico se enfrenta a menudo a un malentendido: aqullos que estn inscriptos en el objeto de anlisis, en el caso particular de los periodistas, tienden a pensar que el trabajo de enunciacin, de develamiento de los mecanismos, es un trabajo de denuncia, dirigido contra personas o, como se dice, "ataques", ataques personales, ad hominem (dicho esto, si el socilogo o el escritor dijera la dcima parte de lo que escucha cuando habla con los periodistas a propsito de los "asuntos internos", por ejemplo, o acerca de la fabricacin -es la palabra justa- de los programas, sera denunciado por los mismos periodistas por su partido tomado y su falta de objetividad). La gente, de manera general, no estima ser tomada como objeto, objetivada, y los periodistas menos que ningn otro. Se siente dirigida, sujetada, mientras que cuanto ms se avanza en el anlisis del medio, ms uno se orienta a dejar de lado la responsabilidad de los individuos, -lo que no quiere decir que se justifique todo lo que pasa all-, y cuanto ms se comprende cmo funciona, ms se comprende tambin que los que participan all son manipulados tanto como manipuladores. Manipulan aun ms, a menudo, que lo que son ellos mismos manejados y ms inconscientes de serlo. Insisto en este punto, sabiendo que, a pesar de todo, lo que digo ser percibido como una crtica; reaccin que es tambin una manera de defenderse contra el anlisis. Creo incluso que la denuncia de escndalos, de hechos y fechoras de tal o cual presentador, o de los salarios exorbitantes de algunos productores, puede contribuir a perder de vista lo esencial, en la medida en que la corrupcin de las personas esconde esta suerte de corrupcin estructural (pero, es preciso, an hablar de corrupcin?) que se ejerce sobre el conjunto del sistema a travs de mecanismos tales como la competencia para las partes del mercado que voy a tratar de analizar.

    Querra desmontar una serie de mecanismos que hacen que la televisin ejerza una forma particularmente perniciosa de violencia simblica. sta es una violencia que se practica con la complicidad tcita de aqullos que la sufren y tambin, a menudo, de aqullos que la ejercen en la medida en que unos y otros son inconscientes de ejercerla o sufrirla. La sociologa, como todas las ciencias, tiene por funcin revelar las cosas ocultas; haciendo esto puede contribuir a minimizar la violencia simblica que se opera en las relaciones sociales y en particular en las de comunicacin meditica.

    Tomemos lo ms fcil: la informacin secundaria, que es siempre el material preferido de la prensa sensacionalista; la sangre y el sexo, el drama y el crimen siempre han hecho vender y el rating deba elevarse al inicio de los noticiosos. Estos ingredientes, ante la imagen de respetabilidad impuesta por el modelo de la prensa seria escrita, haban sido descartados o relegados. Pero la informacin general es tambin el conjunto de sucesos que divierten. Los magos tienen un principio elemental que consiste en llamar la atencin sobre otra cosa que la que hacen. Una parte de la accin simblica de la televisin, en el nivel de las informaciones por ejemplo, consiste en atraer la atencin sobre hechos que tienen una naturaleza tal que pueden llamar la atencin de todo el mundo, de all que son mnibus -es decir para todo el mundo. Los hechos mnibus son aquellos que, como su nombre lo indica, no deben molestar a nadie, no llevan a elegir, no dividen, hacen al consenso, interesan a todo el mundo pero de manera tal que no tocan nada importante. Los acontecimientos generales son una suerte de alimento elemental, rudimentario, de la informacin que es muy importante porque interesa a todo el mundo sin provocar consecuencias y toma tiempo que podra ser empleado para decir otra cosa. Pues el tiempo es un componente extremadamente raro en la televisin. Y si se emplean minutos preciosos para decir cosas ftiles, es que las cosas por triviales que sean en realidad son muy importantes porque esconden cosas ms valiosas. Si insisto sobre este punto, es porque se sabe que hay una proporcin muy importante de gente que no lee ningn diario; que est dedicada en cuerpo y alma a la televisin como fuente nica de informacin. La televisin tiene una especie de monopolio de hecho sobre la formacin de los cerebros de una parte importante de la poblacin. Poniendo el acento en la general, se llena este tiempo con el vaco, con la nada o casi nada, se desechan las informaciones pertinentes que debera poseer el ciudadano para ejercer sus derechos democrticos. Por esta va, se orienta a una divisin, en materia de informacin, entre aqullos que pueden leer los diarios llamados serios, si resisten a partir de la competencia con la televisin, los que tienen acceso a los diarios internacionales, a las radios extranjeras y, por otro lado, aquellos que tienen por todo bagaje poltico la informacin brindada por la televisin, es decir, casi nada (aparte del conocimiento directo que brinda la visin de hombres y mujeres, de sus expresiones, tantas cosas que hasta los ms desprovistos culturalmente saben descifrar, lo que contribuye mucho a alejarlos de un buen nmero de responsables polticos).


    Esconder mostrando
    Puse el acento en lo ms visible. Querra ir hacia cosas ligeramente menos visibles mostrando cmo la televisin puede, paradojalmente, esconder mostrando. Exhibiendo otra cosa que lo que debera mostrar si hiciera lo que se supone que debe hacer, es decir informar. O incluso mostrando lo que hay que mostrar, pero de tal manera que no se lo da a conocer o se lo vuelve insignificante o lo construye de tal manera que toma un sentido que no se corresponde de ninguna manera con la realidad.

    Sobre este punto, tomara dos ejemplos prestados de los trabajos de Patrick Champagne. En La Misre du monde consagra un captulo a la representacin que los medios hacen de los fenmenos llamados de las "afueras de la ciudad" y muestra cmo los periodistas, llevados a la vez por las propensiones inherentes a su profesin, a su visin del mundo, a su formacin, a su disposicin, pero tambin por la lgica de la profesin, seleccionan de esta realidad particular que es la vida de las afueras de la ciudad, un aspecto absolutamente peculiar, en funcin de categoras de percepcin que les son propias. La metfora ms comnmente empleada por los profesores para explicar la nocin de categora, es decir, las estructuras invisibles que organizan lo percibido, determinando lo que se ve y lo que no se ve, es la de anteojeras. Estas categoras son el producto de nuestra educacin, de la historia, etc. Los periodistas tienen "anteojeras" particulares a partir de las cuales ven algunas cosas y otras no; y slo de una cierta manera las cosas que ven. Operan una seleccin y una construccin de lo que es seleccionado.

    El principio de seleccin es la bsqueda de lo sensacional, de lo espectacular. La televisin apela a la dramatizacin, en el doble sentido: pone en escena, en imgenes, un hecho y exagera su importancia, la gravedad y el carcter dramtico, trgico. Para las afueras de la ciudad, lo que importa son los motines. Es ya una gran palabra... (Se hace el mismo trabajo sobre las palabras. Con palabras ordinarias, no se "conmueve al burgus", ni al "pueblo". Es necesario que se empleen trminos extraordinarios. En resumen, paradojalmente el mundo de la imagen est dominado por palabras. La foto no es nada sin la leyenda que dice cmo debe leerse -legendum-, es decir, a menudo, leyendas que hacen ver cualquier cosa. Nombrar, ya se sabe, es hacer ver, es crear, llevar a la existencia. Y las palabras pueden causar estragos: islam, islamista, islmico -el pauelo es islmico o islamista? Y si se tratara de un mal vestido, sin ms? Se me ocurre que tengo ganas de retomar cada palabra de los presentadores que a menudo hablan a la ligera, sin tener la menor idea de la dificultad y la gravedad de lo que evocan ni de las responsabilidades que favorecen evocndolas, ante millones de telespectadores, sin comprenderlos y sin entender que ellos no los comprenden. Porque estas palabras hacen cosas, crean fantasmas, temores, fobias o, simplemente, representaciones falsas). Los periodistas, grosso modo, se interesan en lo excepcional, en lo que es excepcional para ellos. Lo que puede ser banal para otros podr ser extraordinario para ellos y a la inversa. Se interesan en lo que rompe con lo ordinario, lo que no es cotidiano -los diarios deben ofrecer cotidianamente lo extracotidiano, no es fcil...-. De all el lugar que acuerdan a lo extraordinario ordinario, es decir previsto por las esperas habituales, incendios, inundaciones, asesinatos, acontecimientos. Pero lo extraordinario es tambin y sobre todo lo que no es ordinario en relacin con los otros diarios. Es lo que es diferente de lo ordinario y lo que es diferente de lo que los otros peridicos dicen de lo ordinario, o dicen ordinariamente. Es una restriccin terrible: la que impone la persecucin de la primicia. Para ser el primero en ver y hacer ver cualquier cosa, se est dispuesto a cualquier cosa, y como se copian mutuamente para ganarle a los otros, hacer ante los otros, o hacer de otro modo que los otros, se termina por hacer todos la misma cosa, la bsqueda de la exclusividad que -por otra parte, y en otros campos, produce originalidad, singularidad- lleva aqu a la uniformidad y a la banalizacin.

    Esta bsqueda interesada, encarnizada, de lo extra-ordinario puede tener, como las consignas directamente polticas o las autocensuras inspiradas por el temor a la autoexclusin, efectos polticos. Disponiendo de esta fuerza excepcional que es la imagen televisiva, los periodistas pueden producir efectos sin equivalentes. La visin cotidiana de los barrios marginales, con su monotona y con su color gris, no dice nada a nadie, no interesa y a los periodistas menos que a nadie. Pero si les importara lo que pasa verdaderamente en los barrios de las afueras y quisieran verdaderamente mostrarlo, sera extremadamente difcil. No hay nada ms difcil que hacer sentir la realidad en toda su banalidad. Flaubert sola decir: "hay que pintar bien al mediocre". Es el problema con el que se encuentran los socilogos: volver extraordinario lo ordinario; evocar lo ordinario de manera que la gente vea hasta qu punto es extraordinario.

    Los riesgos polticos que son inherentes al uso corriente de la televisin se relacionan con la imagen que tiene la particularidad de producir lo que los crticos literarios llaman efecto de realidad, puede hacer ver y hacer creer en lo que hace ver. Este poder de evocacin tiene efectos de movilizacin. Puede hacer existir ideas o representaciones, pero tambin grupos. La informacin general, los incidentes o los accidentes diarios, pueden ser cargados de implicaciones polticas, ticas, etc. propias para desencadenar sentimientos fuertes, a menudo negativos, como el racismo, la xenofobia, el temor-odio al extranjero y la simple rendicin de cuentas; el hecho de referir, to record, reportar implica siempre una construccin social de la realidad capaz de ejercer efectos sociales de movilizacin (o de desmovilizacin).

    Otro ejemplo que tomo prestado a Patrick Champagne, el de la huelga de los estudiantes del Liceo en 1986, donde se ve cmo los periodistas pueden, en toda su buena fe, en toda su ingenuidad, dejndose conducir por sus intereses -lo que les interesa-, sus presupuestos, sus categoras de percepcin y de apreciacin, sus esperas inconscientes, producir efectos de realidad y efectos en lo real, que no son queridos por nadie y que, en ciertos casos, pueden ser catastrficos. Los periodistas tenan en la cabeza Mayo de 1968 y el temor de perder un "nuevo 68". Se trataban con adolescentes no muy politizados que no saban mucho qu decir, entonces se busca portavoces (sin duda entre los ms politizados) y se los toma en serio y los portavoces se toman ellos mismos en serio. Y la televisin que pretende ser un instrumento de registro se transform en un instrumento de creacin de la realidad. Se va cada vez ms a un universo en el que el mundo social es descripto-prescripto por la televisin. Ella se transforma en rbitro del acceso a la existencia social y poltica. Supongamos que hoy se quisiera obtener el derecho a la jubilacin a los 50 aos. Hace unos aos, se habra hecho una manifestacin, se haran pancartas, se habra desfilado, se habra concurrido al Ministerio de Educacin Nacional; hoy hay que tener un hbil consejero comunicacional (tal vez exagero pero apenas). Se hace en los medios algn gesto que conmueva: un disfraz, mscaras y se obtiene por televisin un efecto que no est lejos de aqul que obtendra una manifestacin de 50.000 personas.

    Uno de los desafos de las luchas polticas, a escala con los cambios cotidianos o a escala global, es la capacidad de imponer principios de visin del mundo, anteojos tales que la gente ve el mundo segn ciertas divisiones (los jvenes y los viejos, los extranjeros y los franceses). Imponiendo estas divisiones, se hacen grupos, que se movilizan y que, hacindolo, pueden llegar a convencer de su existencia, hacer presin y obtener beneficios. En estas luchas, hoy, la televisin juega un papel fundamental. Aqullos que creen que basta con manifestarse sin ocuparse de la televisin se arriesgan a equivocarse: hay que producir cada vez ms manifestaciones para la televisin, es decir, que sean de naturaleza tal que interesen a la gente del medio teniendo en cuenta lo que son sus categoras de percepcin y as, conocidos, amplificados a partir de ellos, recibirn su plena eficacia.


    La transmisin circular de la informacin
    Hasta ahora habl como si el sujeto de todos los procesos fuera el periodista. Pero l es una entidad abstracta que no existe; lo que existe, son periodistas diferentes segn el sexo, la edad, el nivel de instruccin, el peridico, el "medio". El mundo de los periodistas es un mundo dividido donde hay conflictos, competencias, hostilidades. Dicho esto, mi anlisis es verdadero porque lo que tengo en la mente es que los productos periodsticos son mucho ms homogneos de lo que se cree. Las diferencias ms evidentes, ligadas sobre todo a la coloracin poltica de los diarios (que, por otra parte, hay que decirlo, se decoloran cada da ms...), esconden similitudes profundas, ligadas notablemente a las restricciones impuestas por las fuentes y por toda una serie de mecanismos, el ms importante de los cuales es la lgica de la competencia. Se dice siempre, en nombre del credo liberal, que el monopolio uniformiza y que la competencia diversifica. No tengo nada, evidentemente, contra la competencia, pero observo slo que, cuando ella se ejercita entre periodistas o entre peridicos que estn sometidos a las mismas restricciones, a los mismos sondeos y anunciantes (basta ver con qu facilidad los periodistas se pasan de un diario a otro), homogeneiza. Hay que comparar las coberturas de los semanarios franceses con quince das de intervalo: tienen casi los mismos ttulos. Incluso en los noticiosos televisivos o radiales, para mejor o para peor, slo cambia el orden de las informaciones.

    Esto tiene que ver, por una parte, con el hecho de que la produccin es colectiva. En el cine, por ejemplo, las obras son productos colectivos de los cuales los genricos dan testimonio. Pero el agente de los mensajes televisivos no se reduce al grupo conformado por los que trabajan en una redaccin; engloba al conjunto de periodistas. Uno se plantea la pregunta "pero quin es el sujeto del discurso?" No se est nunca seguro de ser el sujeto de lo que se dice... Decimos muchas menos cosas originales de las que creemos. Pero esto es particularmente verdadero en el universo en que las restricciones colectivas son muy fuertes y en particular las restricciones de la competencia, en la medida en que cada uno de los productores est llevado a hacer cosas que no hara si no existieran los otros: cosas que hace, por ejemplo, para llegar antes que los otros. Nadie lee tantos peridicos como los periodistas que, por otro lado, tienen la tendencia a pensar que todo el mundo lee todos los diarios. (Olvidan que, en principio, mucha gente no lee y que los que leen slo lo hacen con un diario. No es frecuente que se lea el mismo da Le Monde, Le Figaro y Libration, a menos que se sea un profesional). Para los periodistas, la lectura de diarios es una actividad indispensable y la revista es un instrumento de trabajo: para saber lo que se va a decir, hay que saber lo que los otros dicen. Es uno de los mecanismos a travs de los cuales se engendra la homogeneidad entre los productos propuestos. Si Libration hace esto sobre tal acontecimiento, Le Monde no puede quedar indiferente, deja de individualizarse un poco (a fortioiri si es de TF1 que se trata) para marcar la distancia y guardar su reputacin de altura y seriedad. Pero estas pequeas diferencias a las cuales, subjetivamente, los diferentes peridicos les asignan tanta importancia, esconden enormes similitudes. En los comits de redaccin, se pasa una parte considerable del tiempo hablando de otros diarios, y en particular de lo que hicieron y no hicieron (Se perdi eso!) y lo que hubieran debido hacer - sin discusin- cuando lo hicieron. Es quizs ms visible en el orden de la crtica literaria, artstica o cinematogrfica. Si X habla de un libro en Libration, Y deber comentarlo en Le Monde o en Le Nouvel Observateur, incluso si lo encuentra nulo o sin importancia e inversamente. As se hacen los xitos mediticos, a veces correlativos con los xitos de ventas (aunque no siempre).

    Esta suerte de juego de espejos que se reflejan mutuamente produce un formidable efecto de clausura, de cerrazn mental. Otro ejemplo de este efecto de interlectura se cumple en todas las entrevistas: para hacer el programa del noticioso del medioda, hay que haber visto los ttulos del noticioso de la noche anterior y los de la maana y para hacer mis ttulos del diario de la tarde es necesario que haya ledo los diarios de la maana. Esto forma parte de las exigencias tcitas del trabajo, para estar a tono y a menudo con diferencias nfimas, a las cuales los periodistas asignan una importancia fantstica y que pasan completamente desapercibidas para el televidente. (He aqu un efecto de campo particularmente tpico: se hacen en referencia a los competidores, cosas para ajustarse a los deseos de los clientes.) Por ejemplo, los periodistas dirn - cito - Reventamos a TF1, como manera de confesar que una buena parte de sus esfuerzos lleva a producir pequeas diferencias. Se la dimos a TF1, esto significa: tenemos un diferencial de sentido; ellos no dieron con el tono, nosotros s. Diferencias absolutamente imperceptibles para el espectador medio, que slo podra percibir si viera dos canales al mismo tiempo; son imperceptibles, pero muy importantes desde el punto de vista de los productores que creen que, siendo percibidas, contribuyen al xito del rting, y perder un punto en algunos casos es mortal. No es ms que una de las ecuaciones, falsas desde mi punto de vista, a propsito de las relaciones entre el contenido de las emisiones y su efecto supuesto.

    Las opciones que se presentan en la televisin son, de algn modo, elecciones sin sujeto. Para explicar esta afirmacin quizs un poco excesiva, invocar simplemente los efectos del mecanismo de transmisin circular al que hice alusin rpidamente: el hecho de que los periodistas, en la prctica, tengan muchas caractersticas comunes, de condicin pero tambin de origen y de formacin, el que se lean unos a los otros, se vean en los debates en que se vuelven a encontrar siempre los mismos, tiene efectos de clausura y, no hay que dudar en decirlo, de censura tan eficaces - ms, incluso, porque su mecanismo es invisible- como aqullos que corresponden a una burocracia central o de una intervencin poltica expresa. (Para medir la fuerza de clausura de este crculo vicioso de la informacin, basta con tratar de hacer penetrar -para que salga hacia el gran pblico - una informacin no programada, sobre la situacin de Argelia, sobre el estatuto de los extranjeros en Francia, etc. La conferencia de prensa, el comunicado no sirven para nada; el anlisis que se lleva a cabo aburre y es imposible que pase al diario, a menos que sea firmado por un nombre conocido, que hace vender. Para romper este crculo hay que proceder por efraccin, pero sta no puede ser ms que meditica; hay que acordar en dar un golpe que interese a los medios o, por lo menos, a un medio y que podr ser arrastrado por el efecto de la competencia.)

    Si uno se pregunta, cuestin que puede parecer un poco inocente, cmo se informa la gente que est a cargo de informarnos, parece que, en buena medida, lo hacen a travs de otros informadores. Por supuesto, est AFP, las agencias, las fuentes oficiales (ministerios, polica, etc.) con las cuales los periodistas tienen que mantener relaciones de intercambio muy complejas. Pero la parte ms determinante de los contenidos, es decir la informacin sobre la informacin que permite decidir lo que es importante y lo que merece ser transmitido viene en una buena medida de otros informadores. Y esto lleva a una suerte de nivelacin, de homogeneizacin de jerarquas. Recuerdo haber tenido una entrevista con un director de programacin a quien todo le pareca evidente. Le preguntaba: Por qu pone esto antes que esto otro?. Y me responda: Es evidente. Y es sin duda por esta razn que ocupaba el lugar en el que estaba; es decir, porque las categoras de percepcin estaban ajustadas a las exigencias objetivas. Por supuesto, en las diferentes posiciones en el interior de un mismo medio, los diferentes periodistas no encuentran igualmente evidente lo que se tiene por tal. Los responsables que encarnan el rating tienen un sentimiento de evidencia que no es necesariamente compartido por el pequeo escritorzuelo que desembarca, que propone un tema y a quien se dice: Esto no tiene ningn inters.... No se puede concebir este medio como homogneo: hay chicos, jvenes, subversivos, casse-pieds que luchan desesperadamente para introducir pequeas diferencias en el enorme bullicio homogneo que impone el crculo (vicioso) de la informacin que circula de manera circular entre gente que tiene en comn - no hay que olvidarlo -, el hecho de estar sometido al rating; ellos mismos son dependientes del rating.

    El rating es la tasa de audiencia que obtienen los diferentes canales (hay instrumentos, actualmente, en algunos canales, que permiten verificar la audiencia cada cuarto de hora e incluso -es un perfeccionamiento reciente- que permite ver las variaciones de las grandes categoras sociales). Se tiene pues un conocimiento muy preciso de lo que pasa y de lo que no. Este parmetro se convirti en el juicio ltimo del periodismo: incluso en sus sitios ms autnomos; aparte quizs de Le Canard Enchan, Le Monde diplomatique, y algunas pequeas revistas de vanguardia de gente generosa e irresponsable, el rating est en todos los cerebros. Actualmente hay una mentalidad-rating en todas las redacciones, las salas de edicin, etc. En todos lados se piensa en trminos de xito comercial. Hace treinta aos y a partir del siglo XIX, Baudelaire, Flaubert, etc., entre los escritores de vanguardia (escritores para escritores, reconocidos por sus pares o, incluso, entre los artistas que buscaban ser reconocidos por otros artistas) el xito comercial inmediato era sospechoso: se vea en eso un signo de compromiso con el siglo, con el dinero... Hoy, cada vez ms, el mercado es reconocido como la instancia de legitimacin. Esto se ve bien en esa otra institucin reciente que es la lista de los best-sellers. Escuch incluso esta maana en la radio a un presentador comentar el ltimo best-seller y decir: La filosofa est de moda este ao ya que El mundo de Sofa vendi 800.000 ejemplares. Daba como veredicto absoluto, como juicio ltimo, el de las cifras de ventas. A travs del rating, la lgica del comercio se impone en las producciones culturales. Sin embargo, tengamos en cuenta que, histricamente, todas las producciones culturales que yo y cierto nmero de personas -no soy el nico, espero- consideramos como las producciones ms importantes de la humanidad, las matemticas, la poesa, la literatura, la filosofa, todas ellas han sido creadas contra la lgica del comercio. Incluso, introducir esta mentalidad rting hasta en los editores de vanguardia, aun en las instituciones especializadas que comienzan a hacer muestreos de audiencia, es muy inquietante porque esto induce a cuestionar las condiciones mismas de la produccin de obras que pueden parecer esotricas, porque no estn pendientes de las expectativas del pblico, pero que s son capaces de crear su pblico.


    La urgencia y el fast thinking
    Respecto de la televisin, la audiencia ejerce un efecto absolutamente particular: este se manifiesta en la presin de la urgencia. La competencia entre peridicos y la televisin, la que ocurre entre los canales, toma la forma de una competencia por la primicia, por ser el primero. Por ejemplo, en un libro en el que presenta cierto nmero de entrevistas con periodistas, Alain Accardo muestra cmo ellos son conducidos: porque un canal de la competencia ha cubierto una inundacin, hay que cubrir esa inundacin tratando de mostrar alguna cosa que el otro no consigui. En resumen, hay objetos que son exhibidos a los teleespectadores porque se les imponen a los productores; y se les imponen a ellos porque la mecnica de la competencia con otros productores. Esta especie de presin cruzada que los periodistas hacen pesar unos a otros es generadora de toda una serie de consecuencias que se retraducen en elecciones, ausencias y presencias.

    Deca al inicio que la televisin no es muy favorable a la expresin del pensamiento. Estableca un vnculo, negativo, entre la urgencia y el pensamiento. Es un viejo tpico del discurso filosfico: es la oposicin que hace Platn entre el filsofo que tiene tiempo y la gente que est en el gora, la plaza pblica, quienes estn presionados por la urgencia. Sugiere que en la urgencia no se puede pensar. Es francamente aristocrtico. Es el punto de vista del privilegiado que tiene tiempo y que no se pregunta demasiado acerca de su ventaja. Pero no es ste el lugar de discutir acerca de esta cuestin; lo que es seguro es que hay un vnculo entre el pensamiento y el tiempo. Y uno de los problemas mayores que plantea la televisin es el de las relaciones entre el pensamiento y la velocidad. Se puede pensar en la velocidad? La televisin, dando la palabra a pensadores que estn orientados a reflexionar en un ritmo acelerado, no se condena a tener slo fast-thinkers, pensadores que piensan ms rpido que sus sombras...?

    Hay que preguntarse por qu son capaces de responder en estas condiciones particulares, porque deliberan en condiciones en las que nadie lo hace. La respuesta, me parece, es que piensan por ideas recibidas, aquellas de las que habla Flaubert, que son ideas recibidas por todo el mundo, banales, convencionales, comunes; pero son tambin concepciones que, cuando se las recibe, estaban ya de antemano, de manera que el problema de la recepcin no aparece. Puesto que, se trate de una discusin, de un libro, de un mensaje televisivo, el problema mayor de la comunicacin es el de saber si las condiciones de recepcin son alcanzadas; el que escucha tiene el cdigo para poder decodificar lo que estoy diciendo? Cuando se enuncia una idea recibida, es como si estuviera hecha: el problema est resuelto. La comunicacin es instantnea porque, en un sentido, no es tal. O no es ms que aparente. El intercambio de lugares comunes es una comunicacin sin otro contenido que el hecho mismo de la comunicacin. Los lugares comunes que juegan un papel enorme en la conversacin cotidiana tienen esta virtud de que todo el mundo puede recibirlos instantneamente; por su banalidad, son comunes al emisor y al receptor. Por el contrario, el pensamiento, es subversivo: debe comenzar por desmontar las ideas recibidas y a continuacin demostrar. Cuando Descartes habla de demostracin, habla de largas cadenas de razones. Esto lleva tiempo, hay que desarrollar una serie de proposiciones encadenadas por expresiones como en consecuencia, pues, dicho esto..., porque este despliegue del pensamiento pensante est intrnsecamente ligado al tiempo.

    Si la televisin privilegia un cierto nmero de fast-thinkers que proponen un fast-food cultural, la alimentacin cultural predigerida, prepensada, no es slo porque (y esto forma parte tambin de la sumisin a la urgencia) tienen una libreta de referentes, por otro lado siempre la misma (sobre Rusia, es el seor o la seora. X, sobre Alemania, es el seor Y): hay comentaristas empujados a decir alguna cosa en verdad, es decir, a menudo jvenes, an desconocidos, comprometidos en su investigacin, poco inclinados a frecuentar los medios, que habra que ir a buscarlos, pero que salen de la manga, siempre disponibles y prestos a poner en el papel alguna cosa o dar entrevistas, son los habitus de los medios. Se da tambin el hecho de que, para ser capaz de pensar en ciertas condiciones en las que nadie puede pensar, hay que ser un pensador de un tipo particular.


    Debates verdaderamente falsos o falsamente verdaderos
    Es nacesario que me referiera a los debates. En este punto voy a ser rpido porque pienso que la demostracin es ms fcil: hay, en principio, debates verdaderamente falsos, que se los reconoce de inmediato como tales. Cuando se ve en televisin a Alain Minc y Attali, Alain Minc y Sorman, Ferry y Finkielkraut, Julliard e Imbert..., son camaradas. (En EE.UU., hay gente que gana su vida yendo de una facultad a otra haciendo dos de este tipo...). Se trata de personas que se conocen, que desayunan juntos, que cenan juntos. (Hay que leer el diario de Jacques Julliard, LAnne des dupes, que apareci en Seuil este ao, para ver cmo funciona esto que digo). Por ejemplo, en una emisin de Durant acerca de las lites que yo haba mirado, toda esta gente estaba presente. Estaba Attali, Sarkozy, Minc... En un momento dado, Attali, hablando a Sarkozy, le dijo Nicols... Sarkozy. Hubo un silencio entre el nombre y el apellido: si se detena en el nombre, se habra notado que eran compinches, que se conocan ntimamente, aunque sean, aparentemente, de dos partidos opuestos. Hay all un pequeo signo de connivencia que podra pasar desapercibido. En sntesis, el universo de los invitados permanentes es un mundo clausurado de interconocimientos que funciona en una lgica de permanente autoreforzamiento. (El debate entre Serge July y Philippe Alexandre en Christine Ockrent, o su parodia por las marionetas que sintetizaron todo esto, es, desde este punto de vista, ejemplar). Se trata de adversarios que se oponen de una manera tan acordada... Por ejemplo, Julliard e Imbert aparentan representar a la derecha y la izquierda. Acerca de alguien que habla a tontas y a locas, los kabiles dicen: Me puso el este en el oeste. En el mismo sentido, ellos son gente que pone la derecha en la izquierda. El pblico es consciente de esta complicidad? No es seguro. Digamos que quizs y esto se manifiesta bajo la forma de un rechazo global de Pars, que la crtica fascista hacia la centralidad de las cuesiones parisinas trata de rescatar y que se expres una vez ms, en ocasin de los sucesos de noviembre: esas son historias de parisinos. Sienten que sucede alguna cosa, pero no ven hasta qu punto se trata de un mundo clausurado, cerrado sobre s mismo y, en consecuencia, cerrado a sus problemas y a su existencia.

    Hay tambin debates aparentemente verdaderos, falsamente verdaderos. Voy a analizar uno rpidamente: eleg el organizado por Cavada durante las huelgas de noviembre porque tienen todas las apariencias de un debate democrtico, y para poder razonar a fortiori. Pues, cuando se mira lo que pas fuera de esta controversia (voy a proceder como hice hasta ahora yendo de lo ms visible a lo ms oculto), se ve una serie de operaciones de censura.

    Primer nivel: el rol del presentador, que importa siempre a los espectadores. Ven bien que haga intervenciones restrictivas. Es l quien impone el tema, quien determina la problemtica (a menudo tan absurda como el debate de Durand - Hay que quemar a las lites?-, ya que todas las respuestas, s o no, lo son). Impone el respeto de la regla del juego, norma de geometra variable: no es la misma cuando se trata de un sindicalista que cuando se trata de M. Peyreffite de la Academia Francesa. Distribuye la palabra, dispensa los signos de importancia. Algunos socilogos trataron de desprender el implcito no verbal de la comunicacin verbal: decimos tanto a travs de las miradas, los movimientos, los gestos, la mmica, etc., como a travs de la palabra misma. Y tambin a travs de la entonacin, por todo un conjunto de cosas. Se manifiesta entonces mucho ms que lo que se puede controlar (esto debera inquietar a los fanticos del espejo de Narciso). Hay tantos niveles en la expresin, no slo el de la palabra propiamente dicha si se controla el nivel fonolgico, no se controla el sintctico, y as sucesivamente-, que nadie, incluso el que mejor dominio tenga de s mismo, a menos que juegue un papel o practique un lenguaje rgido, est en condiciones de manejar todo. El presentador mismo interviene a travs del lenguaje inconsciente, su manera de plantear las preguntas, su tono que dir a unos, cortante: Haga el favor de responder, no respondi a mi pregunta o Espero su respuesta. Van a continuar con la huelga?. Otro ejemplo muy significativo, las diferentes maneras de decir gracias. Gracias! puede significar Le agradezco, estoy reconocido, tomo con gratitud su palabra. Pero hay otra manera de decir gracias que remite a concluir: Gracias quiere decir entonces Listo, terminado. Pasemos al siguiente. Todo esto se manifiesta de manera infinitesimal, en los matices levsimos del tono, pero el interlocutor lo recibe, retiene la semntica aparente y la semntica oculta; conserva los dos y puede perder sus medios.

    El presentador distribuye sus tiempos de habla, el tono de habla, respetuoso o desdeoso, solcito o impaciente. Por ejemplo, hay una manera de hacer S, s, s... que apresura, que hace sentir al interlocutor impaciencia o indiferencia... (En las entrevistas que hacemos, sabemos que es muy importante brindar a la gente signos de acuerdo, de inters, si no se desaniman y poco a poco la palabra pierde inters: esperan cosas pequeas, s, s, movimientos de cabeza, pequeos signos de inteligencia, como se dice). Estos signos imperceptibles son manipulados por el presentador de manera ms inconsciente, frecuentemente, que consciente. Por ejemplo, el respeto a las eminencias culturales, en el caso del autodidacta con poco roce cultural, lo va a llevar a admirar falsos esplendores, los acadmicos, la gente dotada de ttulos que aparentan respeto. Otra estrategia del presentador: manipula la urgencia; se sirve del tiempo, del reloj, para cortar la palabra, para apurar, para interrumpir. Y all, tiene otro recurso, como todos los presentadores, se hace portavoz del pblico: Lo interrumpo, no comprendo lo que quiere decir. No se da a conocer como un idiota, da a entender que el espectador de base que, por definicin, lo es, no lo comprender. Y se transforma en portavoz de los imbciles para interrumpir un discurso inteligente. En resumen, como lo he podido verificar, la gente autorizada a jugar este rol de censor, es, a menudo, la ms exasperada por los cortes.

    El resultado es que, en una emisin de dos horas, el representante de la CGT tuvo exactamente cinco minutos para todo, agregando las intervenciones (pues, como todo el mundo sabe que si no hubiera habido CGT no habra habido huelga, ni programas de televisin sobre el tema, etc.). Mientras que aparentemente, y es por ello que la emisin de Cavada era significativa, todas las formas exteriores de igualdad formal se haban respetado.

    Lo que plantea un problema importante desde el punto de vista de la democracia: es evidente que todos los locutores no son iguales en el estudio de televisin. Hay profesionales de la escena, del habla y del escenario y, frente a ellos, aficionados (puede tratarse de huelguistas que alrededor de una fogata hacen tal o cual cosa...); es de una desigualdad extraordinaria. Y para restablecer un poquito de igualdad, sera necesario que el presentador fuera desigual, es decir que participe lo ms despojadamente que pueda, como lo hicimos en nuestro trabajo. La Misre du Monde. Cuando se quiere que alguien que no es profesional de la palabra llegue a decir cosas (y a menudo dice cosas absolutamente extraordinarias que la gente que usa la palabra desde hace tiempo no estara en condiciones de pensar), hay que hacer un trabajo de asistencia al discurso. Para ennoblecer lo que acabo de expresar, dira que es una misin socrtica en todo su esplendor. Se trata de ponerse al servicio de alguien cuya opinin es importante, de quien se quiere saber lo que tiene para decir, lo que piensa, ayudndolo a decirlo. Sin embargo, no es en absoluto lo que hacen los presentadores. No slo no ayudan a los ms desfavorecidos sino que, si se puede decir, acentan las debilidades.

    Pero, all, se est an en un nivel fenomnico. Hay que llegar a un segundo nivel: la composicin del estudio televisivo. Es determinante. Es un trabajo invisible cuyo escenario mismo es el resultado. Por ejemplo, hay toda una labor de invitacin previa: hay gente a la que ni se suea en invitar; gente a la que se invita y rechaza la invitacin. El escenario televisivo est all y lo percibido esconde lo no percibido: no se ven, en una percepcin fabricada, las condiciones sociales de construccin. En consecuencia, no se dice: toma, no est fulano de tal. Ejemplo de este trabajo de manipulacin (uno entre miles): durante las huelgas, hubo dos emisiones sucesivas del Cercle de minuit acerca de los intelectuales y las huelgas. Haba, grosso modo, dos campos del lado intelectual. En la primera emisin, los intelectuales no favorables a la huelga parecan de derecha - para decirlo rpidamente. En la segunda, se cambi la composicin del escenario, agregando personas ms de derecha y haciendo desaparecer a aqullas que eran favorables a la huelga. Lo que hace que las personas que, en la primera emisin, estaban a la derecha parecan a la izquierda. Derecha e izquierda son posiciones relativas por definicin. Entonces, en este caso, un cambio en la composicin del escenario da un cambio en el sentido del mensaje.

    La composicin del estudio televisivo es importante porque debe dar la imagen de un equilibrio democrtico (el lmite es el frente a frente: Seor, usted consumi los treinta segundos...). Se ostenta la igualdad y el presentador se erige como el rbitro. En el escenario de la emisin de Cavada, haba dos tipos de personas: actores comprometidos, protagonistas, huelguistas; y luego haba otros que eran tambin importantes, pero que estaban puestos en posicin de observadores. Haba gente que estaba all para explicarse (Por qu hace usted esto?, Por qu molesta a los usuarios?, etc.) y otros que estaban para explicar, para sostener un metadiscurso.

    Otro factor invisible y sin embargo determinante: el dispositivo montado con anticipacin por las conversaciones preparatorias con los participantes, y que puede llevar a una suerte de escenario, ms o menos rgido, en el cual los invitados deben desplazarse (la preparacin, puede, en algn caso, como en ciertos juegos, tomar la forma de un cuasiensayo). En este mbito previsto con anticipacin, no hay lugar para la improvisacin, para la palabra libre, desenfadada, incluso peligrosa para el presentador y para su emisin.

    Otra propiedad invisible de este espacio es la lgica misma del juego del lenguaje como dice el filsofo. Hay reglas tcitas de este juego que se va a desarrollar; cada uno de estos universos sociales en los que circula el discurso tiene una estructura tal que algunas cosas pueden decirse y otras no. Primer presupuesto implcito de este juego del lenguaje: el debate democrtico pensado segn el modelo del catch; es preciso que haya confrontaciones, bueno, torpe... Y, al mismo tiempo, no se permiten todos los golpes. Es preciso que stos se deslicen en una lgica del lenguaje formal, sabio. Otras propiedades del espacio: la complicidad entre profesionales que acabo de sealar. Aqullos que llamo fast-thinkers, los especialistas del pensamiento veloz, los integrantes del medio los llaman los buenos clientes. Son personas a las que se puede invitar, se sabe que harn una buena composicin, que no van a crear dificultades, hacer historias y adems hablan en abundancia, sin problemas. Hay un universo de buenos clientes que estn como peces en el agua y otros que son peces fuera del agua. Y por fin, la ltima cosa invisible, es el inconsciente de los presentadores. Me sucedi muy a menudo, incluso frente a periodistas muy bien dispuestos segn mi punto de vista, que tuve que comenzar todas mis respuestas por un cuestionamiento a la pregunta. Los periodistas, con sus anteojos, sus categoras de pensamiento, plantean preguntas que no tienen nada que ver con nada. Por ejemplo, acerca de los problemas llamados del conurbano (banlieues) tienen en la cabeza todos los fantasmas que acabo de evocar y, antes de comenzar a responder, hay que decir elegantemente su pregunta es, sin dudas interesante, pero me parece que hay otra cosa ms importante.... Cuando no se est un poco preparado, se responde a preguntas que no se plantean.


    Contradicciones y tensiones
    La televisin es un instrumento de comunicacin muy poco autnomo sobre el que pesan toda una serie de restricciones que remiten a las relaciones sociales entre los periodistas, relaciones de competencia encarnadas, impiadosamente, hasta el absurdo. Son tambin vnculos de connivencia, de complicidad objetiva, fundados en intereses comunes ligados a su posicin en el campo de la produccin simblica y sobre el hecho de que comparten estructuras cognitivas, categoras de percepcin y apreciacin provenientes de su origen social, su formacin (o su no formacin). Se sigue que este instrumento de comunicacin aparentemente sin lmites que es la televisin en realidad est absolutamente limitado. Cuando, en los aos 60, apareci como un fenmeno nuevo, un cierto nmero de socilogos (con muchas comillas) se precipitaron a decir que la televisin, en tanto medio de comunicacin de masas, iba a masificar. La televisin estaba llamada a nivelar, homogeneizar poco a poco a todos los telespectadores. En resumen, era subestimar las capacidades de resistencia. Pero, sobre todo, era subestimar la capacidad que el medio tuvo de transformar a los que la producen y, especialmente, a los periodistas y al conjunto de productores culturales (a travs de la fascinacin irresistible que ejerci en algunos de ellos). El fenmeno ms importante, y que era demasiado difcil de prever, es la extensin admirable de la influencia televisiva sobre el conjunto de actividades culturales, comprendidas las producciones cientficas o artsticas. Hoy la televisin llev al extremo, al lmite, una contradiccin que es frecuente en todos los universos de produccin cultural. Es la que existe entre las condiciones econmicas y sociales en las que hay que estar ubicado para poder producir un cierto tipo de obras (cit el ejemplo de las matemticas porque es el ms evidente pero es verdadero tambin en la poesa de vanguardia, la filosofa, la sociologa, etc.), obras que se llaman puras (es una palabra ridcula) o autnomas, en relacin con las restricciones sociales de transmisin de los productos obtenidos en estas circunstancias; contradiccin entre las condiciones en las cuales hay que estar para poder hacer matemticas de vanguardia, poesa de vanguardia, etc., y las condiciones en las cuales hay que estar para poder transmitir cosas a todo el mundo. La televisin lleva al extremo esta incompatibilidad en la medida en que ella sufre todos los otros universos de produccin cultural, la presin del comercio, por intermedio del rating.

    Del mismo modo, en este microcosmos que es el mundo del periodismo, las tensiones son muy fuertes entre aqullos que querran defender los valores de la autonoma, de la libertad en relacin con el comercio, las demandas, los jefes, etc. y aqullos que se someten a la necesidad y que son pagados ... Estas tensiones no pueden casi explicarse, al menos en las pantallas, porque las condiciones no son muy favorables: pienso por ejemplo en la oposicin entre las grandes figuras con enormes fortunas, particularmente visibles y remuneradas, pero tambin sumisas y los testaferros invisibles de la informacin que cada vez estn ms condicionados por la lgica del mercado del empleo y son utilizados para cosas cada vez ms pedestres, cada vez ms insignificantes. Tienen, detrs de los micros, de las cmaras, gente incomparablemente ms cultivada que sus equivalentes de los aos 60. Dicho de otro modo, esta tensin entre lo que es solicitado por la profesin y las aspiraciones que la gente adquiere en las escuelas de periodismo o en las facultades es cada vez ms grande - aunque haya tambin una adaptacin anticipada, que opera la gente de dientes largos... Un periodista deca recientemente que la crisis de la cuarentena (a los 40 aos se descubre que un trabajo no es todo lo que se crea) se transforma en la crisis de la treintena. Las personas descubren cada vez ms rpido las necesidades terribles de la profesin y, en particular, todas las restricciones asociadas al rating, etc. El periodismo es una de las profesiones donde se encuentra a la gente ms inquieta, insatisfecha, movediza o cnicamente resignada, donde se expresa muy comnmente (sobre todo del costado de los dominados, evidentemente) la clera, la repugnancia o el desencanto ante la realidad de un trabajo que se sigue viviendo o reivindicando como diferente de los otros. Pero se est lejos de una situacin en la que estos desprecios o estos rechazos podran tomar la forma de una verdadera resistencia individual y, sobre todo, colectiva.

    Para comprender todo lo que evoqu y que se podra creer, a pesar de mis esfuerzos, que lo imputo a las responsabilidades individuales de los presentadores, de los comunicadores, hay que pasar al nivel de los mecanismos globales, al nivel de las estructuras. Platn (lo cit mucho hoy) deca que somos marionetas de los dioses. La televisin es un universo en el que se tiene la impresin de que los agentes sociales, teniendo las apariencias de importancia, de libertad, de autonoma e, incluso a veces un aura extraordinaria (basta leer los noticiosos televisivos), son marionetas de un afn que hay que describir, de una estructura que hay que desmenuzar y poner al da.


    2. LA ESTRUCTURA INVISIBLE Y SUS EFECTOS
    Para ir ms all de una descripcin, por minuciosa que sea, de lo que pasa en un estudio de televisin y tratar de explicar los mecanismos de sus prcticas, hay que hacer intervenir una nocin, un poco tcnica pero que estoy obligado a invocarla, que es la de campo periodstico. El mundo del periodismo es un microcosmos que tiene sus leyes propias y que se define por su posicin en el mundo global, por sus atracciones y sus rechazos respecto de otros microcosmos. Decir que es autnomo, que tiene su propia ley, es decir que lo que pasa all no puede ser comprendido de una manera directa a partir de factores exteriores. Se presupone aqu la objecin de explicar por los factores econmicos todo lo que pasa en el periodismo. Por ejemplo, no se puede justificar lo que se hace en TF1 por el slo hecho que este canal pertenece al seor Bouygues. Es evidente que una explicacin que no tomara en cuenta este hecho sera insuficiente pero otra que tomara slo este dato no lo sera menos. Y esta ltima sera quizs ms inaceptable porque tendra el aspecto de serlo. Hay una forma de materialismo primitivo, asociado a la tradicin marxista, que no explica nada, que denuncia sin aclarar nada.


    Partes del mercado y de la competencia
    Para comprender lo que ocurre en el canal TF1, hay que considerar todo lo que TF1 debe al hecho de estar situado en un universo de relaciones objetivas entre los diferentes canales de televisin. stos estn en una competencia que se define en su forma, de manera invisible, por relaciones de fuerza no percibidas que pueden ser capturadas a travs de indicadores tales como las partes del mercado, el peso de los anunciantes, el capital colectivo de los periodistas prestigiosos, etc. Dicho de otro modo, hay entre estos canales, no slo interacciones -gente que se habla y que no se habla, que se influye, que se lee, todo lo que cont hasta aqu- sino que tambin hay relaciones de fuerza completamente invisibles que hacen que, para comprender lo que pasa en el canal TF1 o en el Arte, haya que tomar en cuenta el conjunto de las relaciones de fuerza que constituyen la estructura objetiva del campo. En el de las empresas econmicas, por ejemplo, una empresa muy poderosa tiene el poder de deformar el espacio econmico casi en su totalidad; puede, al bajar los precios, impedir que se incorpore otra a la competencia, puede instaurar una suerte de barrera a la entrada de nuevas empresas. Estos efectos no son necesariamente producto de las voluntades. TF1 cambi el paisaje audiovisual por el simple hecho de que acumul un conjunto de poderes especficos que se ejercen sobre este universo y que se retraducen efectivamente por las partes del mercado. Esta estructura no es percibida por los telespectadores, ni por los periodistas; ellos slo perciben los efectos pero no ven hasta qu punto la importancia relativa de la institucin en la que se encuentran pesa sobre ellos, as como su lugar y la injerencia que cada uno tiene en ella. Para tratar de comprender lo que puede hacer un periodista, hay que tener en cuenta una serie de parmetros: por una parte, la posicin del rgano de prensa en el que se encuentra, TF1 o Le Monde, en el campo periodstico; en segundo lugar, su posicin especfica dentro de ese espacio.

    Un campo es un mbito social estructurado, un campo de fuerzas -hay dominantes y dominados, hay relaciones constantes, permanentes, de desigualdad que se ejercen en su interior- y es tambin un espacio de luchas para transformar o conservar este campo de fuerzas. Cada uno en el interior de este universo, compromete en su competencia con los otros la fuerza (relativa) que detenta y define su posicin en el campo y, en consecuencia, sus estrategias. La competencia econmica entre los canales o los diarios por los lectores y el pblico o, como se dice, las partes del mercado, se alcanza concretamente bajo la forma de una competencia entre los periodistas, que tiene sus propias reglas especficas, el scoop (la primicia), la informacin exclusiva, la reputacin en un asunto determinado, etc. Y que no se ve ni se piensa como una lucha puramente econmica en funcin de las ganancias, estn sometidas tambin a la posicin del rgano de prensa considerado en las relaciones de fuerza econmicas y simblicas. Hay actualmente relaciones objetivas invisibles entre personas que no pueden jams reencontrarse, entre Le Monde Diplomatique, para tomar un extremo, y TF1, pero que son llevadas a tomar en cuenta en lo que hacen, consciente o inconscientemente, las limitaciones y los efectos que se ejercen sobre ellos por pertenecer a un mismo universo. Dicho de otro modo, si quiero saber hoy lo que va a decir o escribir tal periodista, lo que encontrar evidente o impensable, natural o indigno de l, tengo que saber la posicin que ocupa en este espacio, es decir, el poder especfico que detenta su rgano de prensa y que mide, entre otros indicios, el peso econmico en las partes del mercado, pero tambin el peso simblico, ms difcil de determinar. (En realidad, para ser completo, se debera tomar en cuenta la posicin del campo meditico nacional en el campo mundial y, por ejemplo, la dominacin econmico-tcnica y, sobre todo, simblica de la televisin americana que es un modelo y una fuente de ideas, de frmulas y procedimientos para muchos periodistas).

    Para comprender mejor esta estructura en su forma actual, es bueno recorrer la historia del proceso que lo constituy. En los aos 50, la televisin estaba apenas presente en el campo periodstico; cuando se hablaba de periodismo apenas se pensaba en ella. La gente de la televisin estaba doblemente dominada: por una parte se sospechaba que estaban subordinados al poder poltico y por lo tanto dominados desde el punto de vista cultural, simblico y del prestigio; y, por otra parte, lo estaban tambin desde la faz econmica ya que eran dependientes de los subsidios del Estado y por ello mucho menos eficientes, poderosos. Con los aos (el proceso debera describirse en detalle) la relacin se dio vuelta completamente y la televisin tiende a convertirse en dominante econmica y simblicamente en el campo periodstico. Esto se muestra notablemente en la crisis de los peridicos: hay diarios que desaparecen, otros a los que se los obliga a plantearse permanentemente la cuestin de la sobrevivencia, de la conquista o reconquista de su pblico; los ms amenazados son, al menos en Francia, los que ofrecen informacin general y deporte. No tienen mucho para oponer a la televisin cada vez ms orientada hacia estos objetos porque escapa a la dominacin del periodismo serio (que pone o pona, en primer plano, en primera pgina, las noticias referidas a la realidad internacional, la poltica, incluso el anlisis poltico, reduciendo la informacin general y los deportes a una ubicacin relativa).

    Lo que hago es una descripcin grosera; debera entrar en los detalles, hacer (desgraciadamente no existe) una historia social de la evolucin de las relaciones entre los diferentes rganos de prensa (y no de un solo rgano de prensa). Es en el nivel de la historia estructural del conjunto del universo donde las cosas ms importantes aparecen. Lo que cuenta en un campo son los pesos relativos: un peridico puede permanecer absolutamente idntico, no perder un lector, no cambiar en nada y es, sin embargo, profundamente transformado porque su peso y su posicin relativa se encuentran en un espacio ya transformado. Por ejemplo, un diario deja de ser dominante cuando su poder de influir en el espacio cincundante disminuye y no hace ms la ley. Se puede decir que en el universo del periodismo escrito, Le Monde haca la ley. Haba ya un campo, con la oposicin -que hacen todos los historiadores del periodismo- entre los diarios que dan news, noticias, hechos generales, y los diarios que dan views, puntos de vista, anlisis, etc; entre los diarios de gran tiraje, como France-Soir, y los de tiraje proporcionalmente ms restringido pero dotados de una autoridad semioficial. Le Monde estaba bien ubicado en las dos relaciones: era suficientemente importante por su tiraje para ser un poder desde el punto de vista de los anunciantes y estaba bastante dotado de capital simblico para ser una autoridad. Acumulaba los dos factores de poder en este campo.

    Los diarios de reflexin aparecieron a finales del siglo XIX, como reaccin contra los diarios de gran tiraje, para gran pblico, sensacionalistas, que suscitaron siempre el temor o el disgusto de los lectores cultivados. La emergencia de este medio de masas por excelencia que es la televisin no es un fenmeno sin precedente, slo lo es por su amplitud. Abro aqu un parntesis: uno de los grandes problemas de los socilogos es evitar la cada en una de las dos ilusiones simtricas, la del jams visto (hay socilogos que adoran esto, es muy elegante, sobre todo en la televisin, anunciar fenmenos inauditos, revoluciones) y aqulla del siempre as (que es a menudo el tema de los conservadores: nada nuevo bajo el sol, habr siempre dominantes y dominados, ricos y pobres...). El riesgo es siempre muy grande, tanto que la comparacin entre pocas es extremadamente difcil: no se puede comparar ms que de una estructura a otra, y siempre se corre el riesgo de equivocarse y describir como algo inaudito cualquier cosa banal simplemente por falta de cultura. Es una de las razones por las cuales los periodistas son a veces peligrosos: no siendo muy cultivados, se asombran de cosas no muy asombrosas y no se sorprenden de cosas relevantes... La historia es indispensable para nosotros, socilogos; desgraciadamente en muchos dominios, sobre todo en relacin con la historia de la poca reciente, los trabajos son an insuficientes, en especial cuando se trata de fenmenos nuevos como el periodismo.


    Una fuerza de banalizacin
    Para volver a los efectos provocados por la emergencia de la televisin, es cierto que la oposicin existi, pero nunca con esta intensidad (adopto una postura intermedia entre nunca visto y siempre as). Por su poder de difusin, la televisin plantea al universo del periodismo escrito y al universo cultural en general un problema absolutamente terrible. A su lado, la prensa de masas que alarmaba tanto (Raymond Williams avanz en la hiptesis de que toda la revolucin romntica en poesa fue provocada por el horror que inspir a los escritores ingleses la aparicin de la prensa de masas) parece poca cosa. Por su amplitud, su peso absolutamente extraordinario, la televisin produce efectos que, aunque no sean sin precedentes, son completamente inditos.

    Por ejemplo, la televisin puede juntar en una noche, en el noticioso de las veinte, ms gente que todos los diarios franceses de la maana y la tarde juntos. Si la informacin alimentada por tal medio deviene una informacin omnibus sin asperezas, homogeneizada, se notan los efectos polticos y culturales que puede ocasionar. Es una ley bien conocida: cuanto ms un rgano de prensa o un medio de expresin cualquiera alcanza un pblico extenso, ms debe perder en matices, todo lo que puede dividir, excluir piensen en Paris-Match-, debe intentar no chocar con nadie, como se dice, no levantar problemas o solamente conflictos sin historia. En la vida cotidiana, se habla mucho de la lluvia y del buen tiempo, porque es el tema sobre el cual se est seguro de no equivocarse salvo si se discute con un campesino que tiene necesidad de lluvia cuando se est de vacaciones- es un tema soft por excelencia. Cuanto ms extiende un diario su difusin, ms atiende a temas omnibus que no identifican problemas. Se construye el objeto conforme a las condiciones de recepcin del pblico.

    Es esto lo que hace que todo el trabajo colectivo que tiende a homogeneizar, a banalizar, a conformar y a despolitizar, convenga perfectamente, aunque nadie, en verdad, sea el responsable, que lo haya pensado y querido como tal. Es algo que se observa a menudo en el universo social: se ven venir las cosas que nadie quiere y que pueden parecer queridas (est hecho para). Es all donde la crtica simplista se vuelve peligrosa: evita todo el trabajo que hay que hacer para comprender problemas como el hecho de que, sin que nadie lo haya querido verdaderamente, sin la intervencin de los que lo financian, se tiene este producto absolutamente extrao que es, por ejemplo, el noticioso televisivo, que conviene a todo el mundo, que confirma cosas ya conocidas y, sobre todo que deja intactas las estructuras mentales. Hay revoluciones que tocan las bases materiales de una sociedad, aqullas que ordinariamente son evocadas se nacionalizan los bienes del clero, etc.- y revoluciones simblicas, aqullas que operan los artistas, los sabios o los grandes profetas religiosos o, a veces, ms raramente, los grandes profetas polticos, que tocan las estructuras mentales, es decir, que cambian nuestras maneras de ver y de pensar. Es el caso, en el mbito de la pintura, de Manet que alter una anttesis fundamental, una estructura acadmica, la oposicin entre lo contemporneo y lo antiguo. Si un instrumento tan poderoso como la televisin se orientara aunque sea un poco hacia una revolucin simblica de este tipo, les aseguro que se apresuraran a detenerla... Ahora bien, sucede que sin que nadie le haya pedido, por la sola lgica de la competencia y de los mecanismos que evoco, la televisin no hace nada de eso. Est perfectamente ajustada a las estructuras mentales del pblico. Podra evocar su moralismo, el costado telethon que habra que analizar en esta lgica. Con buenos sentimientos, deca Gide, se hace mala literatura, pero con buenos sentimientos se hace un buen rating. Habra que reflexionar acerca del moralismo de la gente de la televisin: a menudo cnicos, tienen propsitos de un conformismo moral absolutamente prodigioso. Los presentadores de los noticiosos, los animadores de los debates, los comentadores deportivos se han convertido en pequeos directores de conciencia. Son, con poco esfuerzo, los portavoces de una moral tpicamente pequeo burguesa, que dicen lo que hay que pensar acerca de los que llaman los problemas de la sociedad, las agresiones en las barriadas pobres o la violencia en la escuela. Lo mismo sucede en el dominio del arte y la literatura: las emisiones llamadas literarias, las ms conocidas sirven y de manera cada vez ms servil- a los valores establecidos, al conformismo y al academicismo o a los valores del mercado.

    Los periodistas habra que decir el campo periodstico- deben su importancia en el mundo social a que detentan un monopolio de hecho sobre los instrumentos de produccin y de difusin en gran escala de la informacin y, a travs de estos instrumentos, sobre el acceso de los simples ciudadanos pero tambin de otros productores culturales, sabios, artistas, escritores, a lo que llamo a veces el espacio pblico, es decir, la gran difusin. (A este monopolio que se enfrenta uno cuando, en tanto que individuo o miembro de una asociacin, de un grupo cualquiera, se quiere difundir ampliamente una informacin.) Aunque ocupen una posicin inferior, subordinada, en los campos de la produccin cultural, ejercen una forma extraa de dominacin: tienen el poder sobre los medios de expresarse pblicamente, de ser conocidos, de acceder a la notoriedad pblica (lo que, para los hombres polticos y para ciertos intelectuales, es un factor capital). Lo que les vale estar rodeados (al menos a los ms poderosos de entre ellos) de una consideracin a menudo desproporcionada en relacin con sus mritos intelectuales... Y pueden desviar una parte de este poder de consagracin en beneficio propio (el hecho de que los periodistas estn, incluso los ms reconocidos, en posicin de inferioridad estructural respecto de otras categoras, como la de los intelectuales entre los cuales ansan ubicarse y de los hombres polticos, contribuye sin duda a explicar su tendencia constante al antiintelectualismo).

    Pero sobre todo, pueden acceder en forma permanente a la visibilidad pblica, a la expresin en gran escala, absolutamente impensable -al menos hasta la aparicin de la televisin- para un productor cultural, incluso muy clebre; pueden imponer al conjunto de la sociedad su visin del mundo, su problemtica, sus puntos de vista. Se objetar que el universo periodstico est dividido, diferenciado, diversificado y, en consecuencia, es apto para representar todas las opiniones, todos los puntos de vista o para ofrecer la ocasin de expresarlas (y es cierto que, para atravesar la pantalla periodstica, se puede jugar, hasta un cierto punto, a condicin de tener un mnimo de peso simblico, con la competencia entre los periodistas y los diarios). Pero el campo periodstico, como los otros, descansa sobre un conjunto de presupuestos y de creencias compartidos (ms all de las diferencias de posicin y de opinin). Estos presupuestos, que estn inscriptos en un cierto sistema de categoras de pensamiento, en relacin con el lenguaje (con todo lo que implica, por ejemplo, una nocin como da bien en la televisin), estn en el principio de la seleccin que los periodistas hacen de la realidad social, y tambin en el conjunto de las producciones simblicas. No hay discurso (anlisis cientfico, manifiesto poltico, etc.) ni accin (manifestacin, huelga, etc.) que, para acceder al debate pblico, no deba someterse a la prueba de la seleccin, es decir, a esta formidable censura que los periodistas ejercen, incluso sin saberlo, reteniendo slo lo que est en condiciones de interesarles, de llamar la atencin, esto es, de entrar en sus categoras, en su grilla, y arrojando a la insignificancia o a la indiferencia expresiones simblicas que mereceran llegar al conjunto de los ciudadanos.

    Otra consecuencia, ms difcil de aprehender, del crecimiento de influencia relativa de la televisin en el espacio de los medios de difusin y del peso de la restriccin comercial que sufre, es el pasaje desde una poltica de accin cultural televisiva a una suerte de demagogia espontanesta (que tambin funciona en los peridicos llamados serios; stos hacen un lugar cada vez ms amplio a esta suerte de correo de lectores que son las tribunas libres, las opiniones). La televisin de los aos 50 se consideraba cultural y se serva en buena medida de su monopolio para imponer a todos productos con pretensin de serlo (documentales, adaptaciones de obras clsicas, debates culturales, etc.) y para formar los gustos del gran pblico; la televisin de los aos 90 llega a explotar y halagar sus gustos para llegar a la audiencia ms amplia ofreciendo a los telespectadores productos toscos, cuyo paradigma es el talk-show, relatos de vida, exhibiciones sin tapujos de experiencias vividas, a menudo extremas y destinadas a satisfacer una forma de voyeurismo y de exhibicionismo (como, por otra parte, los juegos televisados en los que se ansa participar, incluso como simple espectador para acceder a un instante de exposicin). Dicho esto, no comparto la nostalgia de algunos por la televisin pedaggico-paternalista del pasado y pienso que ella no se opone menos que el espontanesmo populista y la sumisin demaggica a los gustos populares, a un uso realmente democrtico de los medios de difusin en gran escala.


    Luchas reguladas por el rating
    Es preciso ir ms all de las apariencias, de lo que se ve en los estudios de televisin y aun de la competencia que se ejerce en el interior del campo periodstico para llegar a la relacin de fuerza que se da entre los diferentes rganos en la medida en que sta preside incluso la forma que adoptan las interacciones. Para comprender por qu hoy se da tal o cual debate regular entre tal o cual periodista, hay que pensar en la posicin de los rganos de prensa que estas personas representan en el espacio periodstico y el lugar de cada uno de ellos en estos rganos. Incluso, para comprender lo que puede escribir un editorialista de Monde y lo que no puede, hay que tener siempre en mente estos dos factores. Estas restricciones de posicin sern vividas como prohibiciones o mandatos ticos: es incompatible con la tradicin de Monde o es contrario al espritu de Monde, aqu no se puede hacer esto, etc. Todas estas expresiones que son anunciadas bajo la forma de preceptos ticos son la retraduccin de la estructura del campo a travs de una persona que ocupa una cierta posicin en este espacio.

    En un campo, los diferentes protagonistas tienen a menudo representaciones polmicas de los otros agentes con los cuales estn en competencia: producen, con propsitos propios, estereotipos, agresiones verbales (en el espacio deportivo, cada uno de los deportes produce imgenes estereotipadas de los otros deportes, los jugadores de rugby hablan mal de los futbolistas, etc.). Estas representaciones son a menudo estrategias de combate que toman la forma de relaciones de fuerza y llevan a transformarla o a conservarla. Actualmente, en los periodistas de la prensa escrita, y en particular en aqullos que ocupan un lugar determinado, que estn en diarios pequeos y en posiciones dbiles, se desarrolla un discurso muy crtico acerca de la televisin.

    En realidad, estas representaciones expresan esencialmente la postura de quien las dice bajo formas ms o menos ostensibles. Pero al mismo tiempo, son estrategias que transforman cada posicin. Hoy, en el medio periodstico, la lucha alrededor de la televisin es central; lo que hace que sea muy difcil estudiar este objeto. Una parte del discurso especializado acerca de la televisin no es ms que el registro de lo que la gente del medio dice sobre el mismo (los periodistas dirn de un modo ms complaciente que un socilogo que es correcto, que ese discurso est ms prximo a lo que ellos piensan. Por lo que no se puede esperar y, por otra parte, est bien que ello sea s- ser popular frente a la gente de la televisin cuando se trata de decir la verdad sobre ella). Dicho esto, tenemos indicios del progresivo retraimiento de la prensa escrita respecto de la televisin: el hecho de que se la ubique como su suplemento aumenta en todos los diarios, el hecho de que los periodistas pacten un salario ms alto al ser contratados en la televisin (y tambin, ser vistos en ella contribuye a ubicarlos mejor en sus diarios: un periodista que quiere tener peso debe tener un programa; ocurre incluso que los periodistas de la televisin obtienen posiciones muy importantes en los diarios, poniendo as en dudas la especificidad misma de la escritura, del trabajo: si una presentadora de televisin puede convertirse de la noche a la maana en directora de un diario, uno est obligado a preguntarse en qu consiste especficamente la labor periodstica); el hecho tambin de que lo que los americanos llaman agenda (eso de lo que hay que hablar, el tema de los editoriales, los problemas importantes) es cada vez ms definido por la televisin (en la circulacin circular de la informacin que describ, la injerencia de la televisin es determinante y sucede que un tema un asunto, un debate- lanzado por periodistas de la prensa escrita se convierte en determinante, central, cuando es retomado, orquestado, por la televisin e investido de eficacia poltica). La posicin de los periodistas de la prensa escrita se encuentra amenazada y, al mismo tiempo, la especificidad de la profesin est en duda. Todo lo que digo debera precisarse y verificarse: es a la vez un balance fundado en un cierto nmero de investigaciones y, a la vez, un programa. Son cosas muy complicadas en las que no se puede profundizar el conocimiento ms que a partir de un trabajo emprico muy importante (lo que no les impide a algunos representantes autodesignados de una ciencia que no existe, la mediologa, proponer, antes aun de toda investigacin, sus conclusiones perentorias acerca del estado del mundo meditico).

    Pero lo ms importante es que -a travs del crecimiento del peso simblico de la televisin y, entre las competidoras, de aqullas que se sacrifican con el mximo de cinismo y de exitismo a la bsqueda de lo sensacional, lo espectacular, lo extraordinario- una cierta visin de la informacin, hasta all relegada a los diarios sensacionalistas, dedicados a los deportes y a las noticias generales, tiende a imponerse en el conjunto del campo periodstico. Y , al mismo tiempo, una cierta categora de periodistas, reclutados al por mayor por su disposicin a plegarse sin escrpulos a las demandas del pblico menos exigente, por lo tanto los ms cnicos, los ms indiferentes a toda forma de deontologa y, a fortiori, a toda interrogacin poltica, que tiende a imponer sus valores, sus preferencias, sus maneras de ser y de hablar, su ideal humano, al conjunto de los periodistas. Empujados por la competencia entre las partes del mercado recurren cada vez ms a las viejas tretas de los diarios sensacionalistas, dando el primer sitio a las noticias generales y deportivas: es cada vez ms frecuente que aunque haya sucedido cualquier cosa en el mundo, la apertura del noticioso tenga en cuenta los resultados del campeonato de ftbol de Francia o algn suceso deportivo, programado para irrumpir en el noticioso de las ocho de la noche, o un aspecto ms anecdtico y ms ritualizado de la vida poltica (visita de jefes de Estado extranjeros, etc.) sin hablar de las catstrofes naturales, accidentes, incendios; en resumen, todo lo que puede suscitar un inters de simple curiosidad y que no requiere ninguna competencia especfica previa, sobre todo poltica. La informacin general, ya lo dije, tiene como efecto construir el vaco poltico, despolitizar y reducir la vida del mundo a la ancdota o el chisme (que puede ser nacional o planetario, con la vida de las estrellas o las familias reales), fijando y reteniendo la atencin sobre los sucesos sin consecuencias polticas, a los que se dramatiza para extraer conclusiones o para transformarlos en problemas de la sociedad: es entoneces cuando los filsofos de televisin son llamados para socorrer, para dar sentido a lo insignificante, a lo anecdtico y accidental, que se llev artificialmente a la escena y constituy un hecho (la vuelta de un alumno perdido a la escuela, la agresin a un profesor o todo otro hecho social bien realizado para suscitar las indignaciones patticas a la Finkielkraut o las consideraciones moralizantes a la Comte-Sponville). Y en la misma bsqueda de lo sensacional y, por lo tanto, del xito comercial, puede tambin llevar a seleccionar noticias generales que, abandonadas a las construcciones salvajes de la demagogia (espontnea o calculada), pueden suscitar un inmenso inters seduciendo las pulsiones o las emociones ms elementales (con temas como el rapto de nios y escndalos destinados a provocar la indignacin popular), incluso formas de movilizacin puramente sentimentales y caritativas o tambin pasionales, pero agresivas y prximas al linchamiento simblico, con los asesinatos infantiles o incidentes con grupos estigmatizados.

    Se sigue que hoy los periodistas de prensa escrita estn ante una eleccin: hay que seguir el modelo dominante, es decir, hacer diarios televisivos o disear una estrategia de diferenciacin del producto? Hay que entrar en la competencia, aun a riesgo de perder el pblico asociado a la definicin estricta de mensaje cultural, o acentuar la diferencia? El problema se plantea tambin en el interior del campo televisivo mismo que est englobado en el periodstico. En el estado actual de mis observaciones, pienso que inconscientemente, los responsables, vctimas de la mentalidad rating, no eligen verdaderamente. (Se observa muy regularmente que las grandes elecciones sociales son hechas por nadie. Si el socilogo molesta un poco es porque obliga a volver a cosas que se prefiere dejar inconscientes.) Pienso que la tendencia general lleva a los rganos de produccin cultural antiguos a perder su especificidad para ir a un terreno en el que son derrotados de todas maneras. As el canal cultural -Siete transformado en Arte- pas rpidamente de una poltica de esoterismo intransigente, incluso agresivo, a una adecuacin ms o menos vergonzante a las exigencias del rating que conduce a acumular compromisos con la frivolidad en prime time y con el esoterismo en las horas avanzadas de la noche. Le Monde est ante una eleccin del mismo tipo. No voy a entrar en el detalle del anlisis; ya dije demasiado para mostrar cmo se puede pasar del anlisis de las estructuras invisibles que son, en cierta medida, como la fuerza de gravitacin, las cosas que nadie ve pero que hay que suponer para comprender lo que pasa - a las experiencias individuales, cmo relaciones de fuerza invisibles van a retraducirse en conflictos personales, elecciones existenciales.

    El campo del periodismo tiene una particularidad: es mucho ms dependiente de las fuerzas externas que todos los otros campos de la produccin cultural, las matemticas, la literatura, el campo jurdico, el cientfico, etc. Depende muy directamente de la demanda, est sometido a la sancin del mercado, del plesbiscito, quizs mucho ms que el campo poltico. La alternativa de lo puro o de lo comercial que se observa en todos los campos (por ejemplo para el teatro, es la oposicin entre teatro de vanguardia y de revistas, oposicin equivalente a la que se da entre TF1 y Le Monde, con las mismas oposiciones entre un pblico ms cultivado de un lado, menos cultivado del otro, que cuenta ms estudiantes de un lado, ms comerciantes del otro, etc.) se impone all con una brutalidad particular y el peso del polo comercial es particularmente fuerte: sin precedente en intensidad, es tambin sin igual si se lo compara sincrnicamente, en el presente, a lo que ocurre en otros campos. Pero adems, no se encuentra, en el universo periodstico, el equivalente de lo que se observa en el cientfico, por ejemplo: esta suerte de justicia inmanente que hace que aqul que transgrede ciertas prohibiciones se inmola o, por el contrario, que aqul que se conforma con las reglas del juego atrae la estima de sus pares (manifestadas por ejemplo bajo la forma de referencias o citas). En el periodismo, dnde estn las sanciones, positivas o negativas? El nico embrin de crtica est en las emisiones satricas, como los Guignols. En cuanto a las recompensas, no hay ms que las citas (el hecho de ser citado, retomado por otros periodistas), pero es un ndice raro, poco visible y ambiguo.


    La influencia de la televisin
    El mundo del periodismo es un campo pero que est bajo la restriccin del econmico por la intermediacin del rating. En este espacio muy heternomo, muy fuertemente sometido a las restricciones comerciales, ejerce l mismo una limitacin sobre todos los otros, en tanto que estructura. Este efecto estructural, objetivo, annimo, invisible, no coincide con lo que se ve directamente, con lo que se denuncia ordinariamente, es decir la intervencin de tal o de cual... No se puede, uno no se debe contentar con denunciar a los responsables. Por ejemplo, Karl Kraus, el gran satirista viens, atacaba muy violentamente al equivalente de lo que sera hoy el director de Le Nouvel Observateur, pasaba su tiempo denunciando su conformismo destructor de la cultura, su complacencia con los escritores menores o abominables, el descrdito que arrojaba sobre las ideas pacifistas profesndolas hipcritamente...Igualmente, de manera muy general, las crticas se refieren a personas. Pero, cuando se hace sociologa, se aprende que si bien los hombres o las mujeres tienen su responsabilidad, ellos que son definidos ampliamente en sus posibilidades y sus imposibilidades por la estructura en la que estn ubicados y por la posicin que ocupan en ella. En consecuencia, uno no se puede quedar satisfecho con la polmica contra tal periodista, tal filsofo o tal filsofo-periodista... Cada uno tiene sus cabezas de turco. Yo mismo a veces me sacrifico all: Bernard-Henri Lvy se convirti en una suerte de smbolo del escritor-periodista o del filsofo-periodista. Pero no es digno de un socilogo hablar de Bernard-Henri Lvy... Hay que ver que no es ms que una especie de epifenmeno de una estructura, que es, a la manera de un electrn, la expresin de un campo. No se comprende nada si no se comprende el campo que lo produce y que le da su pequea fuerza.

    Lo anterior es importante para desdramatizar el anlisis y tambin para orientar racionalmente la accin. Tengo la conviccin, en efecto, (y el hecho de que lo presente en un canal de televisin lo testimonia) de que anlisis como stos pueden quizs contribuir, por una parte, a cambiar las cosas. Auguste Comte deca: Ciencia de donde surge la previsin, previsin de donde surge la accin. La ciencia social tiene derecho a esta ambicin como el resto de las ciencias sociales. Cuando describe un espacio como el del periodismo, investigando el origen de las pulsiones, los sentimientos, las pasiones -pasiones y pulsiones que se subliman por el trabajo de anlisis- el socilogo tiene una cierta esperanza de eficacia. Por ejemplo, elevando a la conciencia ciertos mecanismos, puede contribuir a dar un poco de libertad a las personas que son manipuladas por ellos, sean periodistas o telespectadores. Pienso - es un parntesis- que los periodistas que pueden sentirse objetivados, como se dice, si escuchan bien lo que digo, se preguntarn - por lo menos eso espero- si explicitando cosas que saben confusamente pero que no quieren conocer mucho, les doy instrumentos de libertad para manejar los mecanismos que evoco. De hecho, en el interior del periodismo, se puede pensar en alianzas extraperidicos que permitiran neutralizar ciertos efectos que nacen de la competencia. Si una parte de los efectos malficos proviene de los estructurales que orienta la competencia; ella misma provoca la urgencia. Ella misma produce la persecucin de la primicia, ella hace que se pueda lanzar una informacin extremadamente peligrosa simplemente para derrotar a un competidor cuando nadie se percate de ello. El hecho de volver estos mecanismos conscientes y explcitos puede llevar a una concertacin, en vistas a neutralizar la competencia (por ejemplo, en situaciones extremas, como los secuestros de nios, podemos imaginar - soar- que los periodistas se pongan de acuerdo para no invitar -con fines de rating- a lderes polticos conocidos por -y para- sus propsitos xenfobos y comprometerse a no reproducir este propsito- lo que sera infinitamente ms eficaz que todas las pretendidas refutaciones). Me dejo llevar verdaderamente por el utopismo y soy consciente de ello. Pero a aqullos que oponen siempre al socilogo su determinismo y su pesimismo, objetara slo que si los mecanismos estructurales que engendran las faltas a la moral fueran conscientes, una accin consciente que lleve a controlarlos se tornara posible. En este universo que se caracteriza por un alto grado de cinismo, se habla mucho de moral. En tanto que socilogo, s que la moral no es eficaz salvo si se apoya en mecanismos que inducen a la gente a interesarse en la moral. Y para que algo como una inquietud moral aparezca, sera preciso que encuentre soportes y refuerzos, recompensas. Estas recompensas, podran venir tambin del pblico -si estuviera ms despierto y ms consciente de las manipulaciones que sufre-.

    Pienso pues que actualmente todos los campos de la produccin cultural estn sometidos a la restriccin estructural del campo periodstico, y no de tal o cual periodista, de tal o cual director de canal. Y esta restriccin ejerce efectos sistemticos equivalentes en todos los campos. El periodismo trata, en tanto que campo, acerca de otros campos. Dicho de otro modo, un campo en s mismo crecientemente dominado por la lgica comercial impone cada vez ms sus restricciones a los otros universos. A travs de la presin de la audiencia, el peso de la economa se ejerce sobre la televisin y, por la influencia de la televisin sobre el periodismo, gravita sobre los otros diarios; incluso sobre los ms puros y sobre los periodistas que, poco a poco, se dejan imponer los problemas de la televisin. De la misma manera, a travs del peso del conjunto del espacio periodstico, pesa sobre todos los campos de produccin cultural.

    En un nmero de Actes de la recherche en sciences sociales que dedicamos al periodismo, hay un muy buen trabajo de Remi Lenoir que muestra cmo, en el universo judicial, un cierto nmero de magistrados justicieros -que no son los ms respetables desde el punto de vista de las normas internas del campo jurdico- pudieron servirse de la televisin para cambiar la relacin de fuerzas en el interior de su campo y provocar cortocircuitos en las jerarquas internas. Lo que puede estar bien en algunos casos pero que puede tambin poner en peligro un estado, difcilmente adquirido, de la racionalidad colectiva; o, ms precisamente, poner en cuestin las adquisiciones aseguradas y garantizadas por la autonoma del universo jurdico capaz de oponer su lgica propia a las intuiciones del sentido comn jurdico, a menudo vctimas de las apariencias o de las pasiones. Se cree que la presin de los periodistas, que expresan sus visiones o sus propios valores, o que pretenden, de buena fe, convertirse en portavoces de la emocin popular o de la opinin pblica, orienta a veces de manera muy fuerte la opinin de los jueces. Y algunos han hablado de una autntica transferencia de poder de juzgamiento. Se podra as encontrar el equivalente hasta en el universo cientfico donde, como se ve en los affaires analizados por Patrick Champagne, llega a que la lgica de la demagogia la del rating- sustituye la de la crtica interna.

    Todo esto parece muy abstracto; voy a volver a decirlo ms simplemente. En cada uno de los campos, el universitario, el de los historiadores, etc., hay dominantes y dominados segn los valores internos de cada campo. Un buen historiador es alguien a quien los buenos historiados llaman un buen historiador. Es necesariamente circular. Pero la heteronoma comienza cuando alguien que no es matemtico puede intervenir para dar su opinin sobre los matemticos, cuando alguien que no es reconocido como historiador (un historiador de televisin, por ejemplo) puede dar su opinin acerca de los historiadores y es escuchado. Con la autoridad que le da la televisin, M. Cavada les dice que el ms grande filsofo francs es M. X. Se puede uno imaginar que se solucione un conflicto entre dos matemticos, dos bilogos o dos fsicos por un referendum o por un debate entre dos colegas elegidos por M. Cavada? Pues, los medios no cesan de intervenir para anunciar sus veredictos. Los semanarios adoran esto: hacer el balance del decenio, designar a los diez ms grandes intelectuales del decenio, de la quincena, de la semana, los intelectuales que cuentan, los que ascienden, los que descienden... Por qu esto tiene tanto xito? Porque son instrumentos que permiten tratar en la bolsa valores intelectuales y de los cuales los intelectuales, es decir, los accionistas (a menudo pequeos accionistas pero poderosos en el periodismo o en la edicin...) se sirven para tratar de hacer subir el ritmo de sus ttulos. Hay tambin diccionarios (de filsofos, de socilogos, o de sociologa, de intelectuales, etc.) que son y han sido instrumentos de poder y de consagracin. Una de las estrategias ms comunes consiste, por ejemplo, en excluir gente que podra o debera ser incluida, o aun en poner al lado, en uno de estos premios, a Claude Lvi-Strauss y Bernard-Henri Lvy, es decir, un valor indiscutido con un valor indiscutiblemente discutible, para tratar de modificar las estructuras de las evaluaciones. Pero los diarios intervienen tambin para plantear problemas que son rpidamente retomados por los intelectuales-periodistas. El antiintelectualismo, que es una constante estructural (muy fcil de comprender) del mundo periodstico, lleva por ejemplo a los periodistas a sealar peridicamente el tema de los errores de los intelectuales o a introducir los debates que no pueden movilizar ms que a los intelectuales-periodistas y que a menudo no tienen otra razn de ser que permitirles existir mediticamente haciendo un crneau.

    Estas intervenciones exteriores son muy amenazadoras. En primer lugar, porque pueden hacer equivocar a los profanos que, a pesar de todo, tienen peso, en la medida en que los productores culturales tienen necesidad de auditores, de espectadores, de lectores, que contribuyen al xito de la venta de libros y, a travs de la venta, gravitan sobre los editores, y a travs de los editores, con las posibilidades de publicar en el futuro. Con la tendencia de los medios a celebrar productos comerciales, destinados a terminar en sus listas de best-sellers -como ocurre hoy- y hacer jugar la lgica de los reenvos de ascensor entre los escritores-periodistas y los periodistas-escritores, los jvenes autores de 300 ejemplares, ya sean poetas, novelistas, socilogos o historiadores, van a estar cada vez con menos posibilidades de publicar. (Parntesis: paradojalmente pienso que la sociologa y, en particular, la sociologa de los intelectuales contribuy al estado de cosas que observamos en el actual campo francs intelectual. Involuntariamente. Puede tener el objeto de dos empleos opuestos: uno cnico, que consiste en servirse del conocimiento de las leyes del medio para volver sus estrategias ms eficaces; el otro, que se puede llamar clnico, que consiste en servirse del conocimiento de las leyes o las tendencias para combatirlas. Tengo la conviccin de que un cierto nmero de cnicos, los profetas de la transgresin, los fast-thinkers de la televisin y los historiadores periodistas, autores de diccionarios o de balances del pensamiento contemporneo en casettes, se sirven deliberadamente de la sociologa o de lo que comprenden acerca de ella para dar golpes de fuerza, golpes de Estado especficos en el campo intelectual. Se podra decir lo mismo del supuesto criticismo del pensamiento de Debord que, constituido en un gran pensador del espectculo, sirve de coartada a un falso radicalismo cnico y propio para neutralizarlo.)


    La colaboracin
    Pero las fuerzas y las manipulaciones periodsticas pueden intentar tambin, de manera ms sutil, emplear la lgica del caballo de Troya, es decir, introducir en los universos autnomos, productores heternomos que, con el apoyo de fuerzas externas, recibirn una consagracin que no pueden recibir de sus propios pares. Estos escritores para no escritores, filsofos para no filsofos, y as sucesivamente, tendrn un costado televisivo, un peso periodstico acorde con su peso especfico en su propio universo. Es un hecho: cada vez ms, en algunas disciplinas, la consagracin por los medios es tomada en cuenta por las comisiones de la CNRS. Cuando tal o cual productor de emisiones de televisin o de radio invita a un investigador, le da un reconocimiento que hasta ahora era ms bien una forma de degradacin. Hace apenas treinta aos, Raymond Aron era profundamente sospechado en sus capacidades, poco discutibles, de universitario porque estaba ligado a los medios en tanto que periodista del Figaro. Hoy el cambio de relaciones de fuerzas entre los campos es tal que, cada vez ms, los criterios de evaluacin externos el paso por el programa de Pivot, la consagracin en las revistas, los retratos- se imponen contra el juicio de los pares. Sera necesario tomar ejemplos en universos ms puros, el campo cientfico de las ciencias duras (en el universo de las ciencias sociales, esto sera complejo porque los socilogos hablan de la sociedad en la que todo el mundo tiene sus apuestas, intereses; de modo que hay buenos y malos socilogos por razones que no tienen nada que ver con la sociologa). En el caso de disciplinas aparentemente ms independientes, como la historia o la antropologa, o la biologa y la fsica, el arbitraje meditico se vuelve cada vez ms importante ya que la obtencin de crditos puede depender de una notoriedad de la cual no se sabe demasiado qu debe a la consagracin meditica y qu a la reputacin ante los pares. Tengo la impresin de decir cosas excesivas pero, desgraciadamente, podra multiplicar los ejemplos de intrusin de los poderes mediticos, es decir, econmico-mediatizados, en el universo cientfico ms puro. Es por ello que la cuestin de saber si uno puede hacerse entender o no en la televisin es central y querra que la comunidad cientfica se ocupe de ello verdaderamente. Sera importante, en efecto, que la toma de conciencia de todos los mecanismos que describ lleve a tentativas colectivas para proteger la autonoma, que es condicin del progreso cientfico, contra la influencia creciente de la televisin.

    Para que la imposicin del poder de los medios pueda ejercerse sobre universos como el cientfico, es preciso que encuentre complicidades en el campo considerado. Complicidad que la sociologa posibilita entender. Los periodistas observan a menudo con mucha satisfaccin que los universitarios se precipitan en los medios, pidiendo rendicin de cuentas, mendigando una invitacin, protestando contra el olvido en que han cado; y, a juzgar por sus testimonios aterrorizadores, inclina a dudar verdaderamente de la autonoma de los escritores, los artistas y los sabios. Hay que tomar en cuenta esta dependencia y sobre todo tratar de comprender las razones o las causas. Hay, en alguna medida, que intentar comprender quin colabora. Empleo el trmino como ensayo. Acabamos de publicar en Actes de la recherche en sciences sociales, un nmero que contiene un artculo de Gisle Sapiro acerca del campo literario francs bajo la ocupacin. Este buen anlisis no tiene como finalidad decir quin ha colaborado o quin no lo hizo y arreglar cuentas retrospectivamente. Se trata de comprender por qu, en ese momento, algunos escritores eligieron tal o cual campo ms que tal otro, a partir de un cierto nmero de variables. Para ir ms rpido, se puede decir que la gente reconocida por sus pares y, en consecuencia, rica en capital especfico, era llevada a tener una actitud de resistencia; a la inversa, cuanto menos autnomos repecto de sus prcticas especficamente literarias, es decir, atrados por lo comercial (como Claude Farrere, autor de novelas de xito, de las que hoy tambin se tienen equivalentes), eran ms proclives a la colaboracin.

    Pero debo explicar mejor lo que se debe entender por autnomo. Un campo muy autnomo, el de las matemticas por ejemplo, es aqul en el que los productores no tienen por clientes ms que a sus competidores, aqullos que hubieran podido estar en su lugar en relacin con el descubrimiento que presentan. (Mi sueo es que la sociologa se convierta en eso: desgraciadamente todo el mundo se mezcla. Todo el mundo cree conocerla, y M. Peyrefitte cree darme lecciones de esta disciplina. Y por qu no lo podra hacer, me dirn ustedes. Ya que se encuentran socilogos e historiadores para ir con l a la televisin...). Para conquistar la autonoma, hay que construir este espacio de torre de marfil en el interior de la cual se juzga, se critica, incluso se combate, pero con conocimiento de causa; se enfrenta, pero con armas, instrumentos cientficos, tcnicas, mtodos. Me ocurri un da debatir en la radio con uno de mis colegas historiadores. En el aire, me dice: Querido colega rehice su anlisis de las correspondencias (se trata de un mtodo de anlisis estadstico) acerca de los patrones y no encuentro lo mismo que usted.. Pens: es magnfico! Por fin alguien que me critica verdaderamente.... Ocurre que haba tomado otra definicin de lo que entenda por patronato y haba aplicado a la poblacin sometida a anlisis los parmetros correspondientes a los banqueros. Bastaba que los reintrodujera (lo que comprometa elecciones tericas e histricas importantes) para estar de acuerdo conmigo. Hay que tener un alto grado de acuerdo en el terreno del desacuerdo y en los medios de regularlos para tener un autntico debate cientfico que pueda conducir a una verdadera conformidad o disconformidad cientfica. Sorprende a veces ver en la televisin que los historiadores no estn de acuerdo entre ellos. No se comprende que, a menudo, estas discusiones oponen a personas que no tienen nada en comn y que no deberan sentarse a hablar (es como si se invitara los malos periodistas adoran esto- a un astrnomo con un astrlogo, un qumico con un alquimista, un socilogo de las religiones con el jefe de una secta, etctera.).

    Se tiene as, con la eleccin de los escritores franceses bajo la ocupacin, una aplicacin particular de lo que llamo la ley de Jdanov: cuanto ms un productor cultural es autnomo, rico en capital especfico y exclusivamente llevado al mercado restringido en el que tiene por clientes a sus propios competidores ms estar dispuesto a la resistencia. Por el contrario, si destina sus productos al mercado de las grandes producciones (como los ensayistas, los escritores-periodistas, los novelistas conformistas), ms inclinado estar a colaborar con los poderes extranjeros, el Estado, la Iglesia, el Partido y, hoy, periodismo y televisin, y a someterse a sus demandas o a sus rdenes.

    Es una ley muy general que se aplica tambin al presente. Se me objetar que colaborar con los medios no es lo mismo que colaborar con los nazis. Es cierto y no condeno a priori, evidentemente, toda forma de colaboracin con los diarios, la radio y la televisin. Pero desde el punto de vista de los factores que inclinan a la colaboracin, entendida como sumisin sin condiciones a las restricciones destructivas de las normas de campos autnomos, la correspondencia es conmovedora. Si los campos cientficos, polticos, literarios estn amenazados por la influencia de los medios, es porque hay en el interior de estos campos personas heternomas, poco consagradas desde el punto de vista de los valores especficos de un campo o, para emplear un lenguaje ordinario, fracasados o en vas de serlo que tienen inters en la falta de autonoma, en buscar fuera consagraciones (rpidas, precoces, prematuras o efmeras) que no obtuvieron en el interior del campo y que, adems, sern muy bien vistas por los periodistas porque no les temen (a diferencia de los autores ms autnomos) y porque estn prximos a aceptar sus exigencias. Si me parece indispensable combatir a los intelectuales heternomos, es porque son el caballo de Troya a travs del cual la heteronoma, es decir las leyes, de la economa, se introducen en el campo.

    Llego muy rpido al ejemplo de la poltica. El campo poltico mismo tiene cierta autonoma. Por ejemplo, el parlamento tiene una especie de arena en el interior de la cual van a regularse, por el lenguaje y por el voto, segn ciertas reglas, un cierto nmero de disputas entre sujetos que estn llamados a explicar intereses divergentes o incluso antagnicos. La televisin produce en este campo efectos anlogos a aqullos que produce en otros, en particular en el campo jurdico: cuestionar los derechos de autonoma. Para mostrarlo contar brevemente una historia contenida en el mismo nmero de Actes de la recherche en sciences sociales dedicada a la influencia del periodismo, el affaire de la pequea Karina. Es una nia del sur de Francia que fue asesinada. El diario local refiere los hechos, las protestas indignadas del padre y del hermano del padre que organiza una pequea manifestacin local, retomada por un pequeo diario y luego por otro. Se dice: es atroz, un chico! Hay que restablecer la pena de muerte!. Los polticos locales se mezclan, las personas prximas al Frente Nacional estn particularmente excitadas. Un periodista de Toulouse un poco ms consciente advierte: Cuidado, es un linchamiento, hay que reflexionar. Las asociaciones de abogados se mezclan tambin cuando les llega el turno y denuncian la tentativa de justicia directa... La presin aumenta; y al final de cuentas, la cadena perpetua se restablece. En esta pelcula acelerada, se ve cmo, a travs de los medios, la informacin movilizadora, como una forma perversa de democracia directa, puede ocupar un lugar que elimina la distancia en relacin con la urgencia, con la presin de las pasiones colectivas, no necesariamente democrticas, que es normalmente asegurada por la lgica relativamente autnoma del campo poltico. Se ve reconstituir una lgica de la venganza contra la cual todo el pensamiento jurdico, e incluso poltico, se constituy. Ocurre tambin que los periodistas, a falta de guardar la distancia necesaria para la reflexin, juegan el papel de bombero incendiario. Pueden contribuir a crear un acontecimiento, levantando un suceso menor (el asesinato de un joven francs por otro joven tambin francs pero de origen africano) para luego denunciar a los que arrojan ms fuego a la fogata que ellos han incentivado, es decir el FN que, evidentemente, explota o trata de explotar la emocin suscitada por el acontecimiento, como dicen los diarios poniendo en la misma bolsa, machacando al inicio de todos los noticiosos, etc.; y pueden exponer a continuacin un sentimiento de virtud, de una buena alma humanista, denunciando grandes crisis y condenando sentenciosamente la intervencin racista de aqul al que han contribuido a crear y al que continan ofreciendo sus mejores instrumentos de manipulacin.


    Derecho de entrada y deberes de salida
    Querra ahora decir algunas palabras acerca de las relaciones entre el esoterismo y el elitismo. Es un problema en el que se han debatido, y a veces empantanado, todos los pensadores desde el siglo XIX. Por ejemplo, Mallarm que es el smbolo mismo del escritor esotrico, puro, escritor para algunas personas en una lengua ininteligible para el comn, se preocup toda la vida en devolver a todos lo que haba conquistado a travs de su trabajo como poeta. Si hubiera habido medios, alguien podra preguntarse: Voy a la televisin? Cmo conciliar esta exigencia de pureza que es inherente a toda especie de trabajo cientfico e intelectual y que lleva al esoterismo con la preocupacin democrtica de volver estas adquisiciones accesibles a un gran nmero de personas? Observo que la televisin produce dos efectos. Por una parte, reduce el derecho de admisin a un cierto nmero de campos, filosfico, jurdico, etc.: puede consagrar como socilogo, escritor o filsofo, a personas que no pagaron el derecho de admisin desde la perspectiva de la definicin interna de su profesin. Por otra parte, alcanza al mayor nmero de personas. Lo que me parece difcil de justificar es que se argumenta con la extensin de la audiencia para reducir el derecho de admisin en el campo. Se objetar que estoy en tren de sostener propsitos elitistas, de defender la ciudadela sitiada de la gran ciencia y la gran cultura, o incluso de prohibir al pueblo (tratando de prohibir la televisin a aqullos que a veces se denominan portavoces del pueblo, con sus honorarios y sus estilos de vida fabulosos, bajo el pretexto de que saben hacerse entender por l, hacindose plesbicitar por el rating). Defiendo las condiciones necesarias de produccin y la difusin de las creaciones ms altas de la humanidad. Para escapar a esta alternativa del elitismo y de la demagogia, hay a la vez que defender el mantenimiento e incluso la elevacin del derecho de admisin en los campos de produccin deca recin que deseara que sea as para la sociologa, cuyas desgracias provienen para la mayora del hecho de que el derecho de admisin es demasiado bajo- y el refuerzo del deber de salida, acompaado por una mejora de las condiciones y los medios de salida.

    Se esgrime la amenaza de la nivelacin (es un tema recurrente del pensamiento reaccionario que se encuentra notablemente en Heidegger). En resumen, puede provenir de la intrusin de las exigencias mediticas en los campos de produccin cultural. Hay que defender a la vez el esoterismo inherente (por definicin) a toda bsqueda de vanguardia y la necesidad de hacer esotrico lo esotrico y luchar por obtener los medios para hacerlo en buenas condiciones. En otros trminos, hay que defender las condiciones de produccin necesarias para hacer progresar lo universal y, al mismo tiempo, hay que trabajar para generalizar las posibilidades de acceso a lo universal, para hacer que cada vez ms la gente rena condiciones necesarias para acceder a lo universal. Cuanto ms compleja es una idea, porque est producida en un universo autnomo, ms difcil es la restitucin. Para sobrellevar esta dificultad, es preciso que los productores que estn en su pequea ciudadela sepan salir y luchar, colectivamente, para tener buenas condiciones de difusin, para tener la propiedad de sus medios de difusin; luchar as, en relacin con los profesores, con los sindicatos, las asociaciones, etc., para que los receptores obtengan una educacin que los lleve a elevar su nivel de recepcin. Los fundadores de la Repblica, en el siglo XIX, decan (se los olvida a menudo) que el fin de la instruccin, no es slo saber leer y escribir, contar para ser un buen trabajador, sino disponer los medios indispensables para ser un buen ciudadano, para estar en condiciones de entender las leyes, comprender y defender sus derechos, creer en las asociaciones sindicales... Hay que trabajar para la universalizacin de las condiciones de acceso a lo universal.

    Se puede y se debe luchar contra el rating en nombre de la democracia. Esto parece paradojal porque la gente que defiende el reino del rating pretende que no hay nada ms democrtico (es el argumento favorito de los anunciantes y de los publicitarios ms cnicos, consultados por algunos socilogos, sin hablar de los ensayistas de ideas cortas, que identifican la crtica de los sondeos y el rating- con la crtica del sufragio universal), que hay que dejar a la gente la libertad de juzgar, de elegir (esos son sus prejuicios de intelectuales elitistas que los llevan a considerar todo eso como despreciable). El rating es la sancin del mercado, de la economa, es decir, de una legalidad externa y puramente comercial, y la sumisin a las exigencias de este instrumento de marketing es el exacto equivalente en materia cultural de lo que es la demagogia orientada por los sondeos de opinin en materia poltica. La televisin regida por el rating contribuye a hacer pesar sobre el consumidor supuestamente libre e iluminado las restricciones del mercado, que no tienen nada de expresin democrtica de una opinin colectiva iluminada, racional, de una razn pblica, como quieren hacerlo creer los demagogos cnicos. Los pensadores crticos y las organizaciones encargadas de explicar los intereses de los dominados estn muy lejos de pensar claramente este problema. Lo que contribuye bastante para reforzar todos los mecanismos que trat de describir.




    LA INFLUENCIA DEL PERIODISMO
    El objeto que aqu nos ocupa no es el poder de los periodistas -y menos an el periodismo como cuarto poder-, sino la influencia que los mecanismos de un campo cada vez ms sometido a las exigencias del mercado (lectores y anunciantes), ejercen, en principio, sobre los periodistas (y los intelectuales-periodistas), y luego, en parte a travs de ellos, sobre los diferentes campos de la produccin cultural (jurdico, literario, artstico, cientfico). Se trata de examinar cmo la restriccin estructural que pesa sobre este medio, l mismo dominado por las restricciones del mercado, modifica ms o menos profundamente las relaciones de fuerza en el interior de los diferentes campos, afectando lo que se hace all y lo que se produce y ejerciendo efectos muy parecidos en universos fenomnicamente muy diferentes. Ello sin caer en uno u otro de los dos errores opuestos, la ilusin del jams visto y la ilusin del siempre as.

    La influencia que el campo periodstico y, a travs de l, la lgica del mercado, ejercen en los campos de la produccin cultural, incluso los ms autnomos, no es radicalmente novedosa: se podra sin problemas componer, con textos de los escritores del siglo XIX, un cuadro realista de los efectos ms generales que produce en el interior de esos universos protegidos. Pero hay que cuidarse de ignorar la especificidad de la situacin actual que, ms all de las similitudes resultantes de la comparacin, presenta caractersticas relativamente sin precedentes: los efectos que el desarrollo de la televisin produce en el campo periodstico y, a travs de l, en todos los otros, son incomparablemente ms importantes, en su intensidad y su amplitud, que aqullos que la aparicin de la literatura industrial, con la gran prensa y el folletn, haba provocado, suscitando en los escritores reacciones de indignacin o de revuelta de donde salen, segn Raymond Williams, las definiciones modernas de cultura.

    Estos efectos que el campo periodstico genera se relacionan, por su forma y eficacia, en su propia estructura, es decir, en la distribucin de los diferentes peridicos y periodistas segn su autonoma respecto de las fuerzas externas, las del mercado de lectores y las del de anunciantes. El grado de autonoma de un rgano de difusin se mide, sin duda, por las ganancias que provienen de la publicidad y de la ayuda del Estado (bajo la forma de publicidad o subvenciones), pero tambin por el grado de concentracin de los anunciantes. En cuanto al nivel de autonoma de un periodista en particular, depende en principio del grado de concentracin de la prensa (que, al reducir el nmero de empleados potenciales, aumenta la inseguridad del empleo); luego de la posicin del diario en el espacio de los peridicos, es decir, ms o menos prximo del polo intelectual o del polo comercial; tambin de su ubicacin en el diario u rgano de prensa (efectivo, temporario, etc.), que determina las diferentes garantas estatutarias de las que dispone (ligadas sobre todo a la notoriedad); de su salario; y, finalmente, de su capacidad de produccin autnoma de la informacin (algunos periodistas, como los divulgadores cientficos o los analistas econmicos, son muy dependientes de este factor). Es claro que los diferentes poderes, y en particular las instancias gubernamentales, influyen no slo por las restricciones econmicas que estn en condiciones de ejercer sino tambin por todas las presiones que admite el monopolio de la informacin legtima -sobre todo de las fuentes oficiales -; este monopolio da, en principio, a las autoridades gubernamentales y de la administracin, a la polica, por ejemplo, pero tambin a las autoridades jurdicas, cientficas, etc. armas en la lucha que los opone a los periodistas y en la que tratan de manipular las informaciones o a los agentes encargados de transmitirlas, mientras que la prensa intenta por su parte manejar a los que detentan la informacin para que la brinden o para tener la exclusividad. Sin olvidar el poder simblico excepcional que confiere a las grandes autoridades estatales la capacidad de definir, por sus acciones, sus decisiones y sus intervenciones en el campo periodstico (entrevistas, conferencias de prensa, etc.), el orden del da y la jerarqua de los sucesos que se imponen a los diarios.


    Algunas propiedades del campo periodstico
    Para comprender cmo contribuye el campo periodstico a reforzar, en el seno de todos los campos, lo comercial en detrimento de lo puro, a los productores ms inclinados a las seducciones del poder econmico y poltico a expensas de los productores que defienden los principios y los valores del mtier, hay que advertir que se organiza segn una estructura homloga a la de otros campos y que el peso de lo comercial es aqu mucho mayor.

    El campo periodstico se constituy como tal, en el siglo XIX, alrededor de la oposicin entre los diarios que ofrecan novedades, preferentemente sensacionales o, mejor dicho, sensacionalistas y los diarios que proponan anlisis, comentarios y se diferenciaban respecto de los primeros, afirmando siempre los valores de objetividad . Es el sitio de una lucha entre dos lgicas y dos principios de legitimacin: el reconocimiento por los pares, brindado por aqullos que reconocen ms cabalmente los valores o los principios internos, y el reconocimiento por el mayor nmero, materializado en la cantidad de lectores, de espectadores y de la audiencia, esto es, por las cifras de ventas (best-sellers) y la ganancia en dinero: la sancin del plesbiscito que es en este caso inseparable del mercado.

    Como el literario o el artstico, el campo periodstico es el sitio de una lgica especfica, en verdad cultural, que se impone a los periodistas a travs de las restricciones y los controles cruzados que hacen pesar unos sobre otros; y el respeto consiguiente a esas reglas (a veces nombrado como deontologa) funda las reputaciones de honorabilidad profesional. En sntesis, fuera quizs de estas marcas -cuyo valor y significacin dependen de la posicin en el campo de quienes las hacen y de quienes se benefician- hay pocas sanciones positivas relativamente indiscutibles; en cuanto a las sanciones negativas, contra aqul que omite citar las fuentes, por ejemplo, son casi inexistentes si bien se tiende a no citar la fuente, sobre todo cuando se trata de un medio menor, para no pagar el derecho correspondiente.

    Pero (como el campo poltico y el econmico, y mucho ms que el mundo cientfico, artstico o literario, o incluso el jurdico) el campo periodstico est sometido permanentemente a las pruebas y veredictos del mercado, a travs de la sancin directa de la clientela o indirecta del rating (incluso si la ayuda del Estado asegura cierta independencia respecto de las restricciones inmediatas del mercado). Y los periodistas estn ms inclinados a adoptar el criterio rating en su produccin (hacer simple, hacer corto, etc.) o en la evaluacin de sus productos e incluso de sus productores (da bien en la televisin, se vende bien, etc.), cuando ocupan una posicin ms encumbrada (directores de canal, redactores jefe, etc.) en un rgano ms directamente ligado al mercado (un canal comercial por oposicin a un canal cultural, etc.). Los periodistas ms jvenes y menos comprometidos con un medio son, por el contrario, ms proclives a oponer los principios y los valores del mtier a las exigencias ms realistas o ms cnicas, de sus antecesores.

    En la lgica especfica de un campo orientado hacia la produccin de este bien altamente perecedero que son las noticias, la competencia por la clientela adopta la forma de una disputa por la prioridad, es decir, por las nuevas ms nuevas (la primicia) ,- y ello es en tanto ms, evidentemente, cuanto ms prximo se est del polo comercial. La restriccin del mercado no se ejerce ms que por intermedio del efecto de campo: un nmero considerable de estas primicias, que son buscadas y apreciadas como victorias en la conquista de la clientela, han debido permanecer ignoradas por los lectores o los espectadores y son slo percibidas por los competidores (los periodistas que son los nicos que leen todos los diarios...). Inscripta en la estructura y los mecanismos del campo, la competencia por la prioridad busca y favorece a los profesionales que se inclinan a ubicar toda la prctica periodstica bajo el reinado de la velocidad (o de la precipitacin) y de la renovacin permanente. Disposiciones reforzadas por la temporalidad misma de la prctica periodstica que, obligando a vivir y a pensar al da y a valorizar una informacin en funcin de su actualidad, favorece una suerte de amnesia permanente que es el revs negativo de la exaltacin de la novedad y tambin una tendencia a juzgar a los productores y a los productos segn la oposicin de nuevo y pasado.

    Otro efecto del campo, absolutamente paradojal y poco favorable a la afirmacin de autonoma colectiva o individual: la competencia incita a ejercer un cuidado permanente (que puede llegar hasta al espionaje mutuo) sobre las actividades de los rivales, a fin de sacar provecho de sus fracasos, evitando los mismos errores, y de contrarrestar sus xitos, tomando prestados los instrumentos supuestos de sus logros (temas de nmeros especiales que son retomados; libros retomados por otros y de los cuales no puede no hablarse; invitados que hay que tener; asuntos que se deben cubrir porque otros los han descubierto e incluso periodistas que son disputados, tanto para impedir a la competencia tenerlos cuanto por el deseo real de poseerlos). As, en este dominio como en otros, la competencia, lejos de ser automticamente generadora de originalidad y de diversidad, tiende a menudo a favorecer la uniformidad de la oferta, como se puede fcilmente advertir comparando los contenidos de los grandes semanarios, de los canales o las radios de gran audiencia. Pero este mecanismo, muy poderoso, tiene tambin por efecto el hecho de imponer insidiosamente al conjunto del campo las elecciones de los instrumentos de difusin ms directa, completamente sometidos a los veredictos del mercado, como los de la televisin; lo que contribuye a orientar toda la produccin en la conservacin de los valores establecidos, como lo atestigua, por ejemplo, el hecho de que los premios peridicos con los cuales los intelectuales-periodistas se esfuerzan en imponer su visin del campo (y, en favor de los ascensos en ascensor, el reconocimiento de los pares...) yuxtaponen casi siempre autores de productos altamente perecederos y destinados a figurar durante algunas semanas, con esfuerzo, en la lista de los best-sellers, y autores consagrados que son a la vez valores seguros propios para sealar el buen gusto de aqullos que los consagran y tambin, en tanto clsicos, los best-sellers de la larga duracin. Es decir que, incluso si su eficiencia se alcanza casi siempre a travs de las acciones de personas singulares, tanto los mecanismos por los cuales el periodismo es el sitio y sus efectos sobre los otros campos estn determinados en su intensidad y su orientacin por la estructura que lo caracteriza.


    Los efectos de la intrusin
    La influencia del campo periodstico refuerza en los agentes y las instituciones ms dependientes del efecto del nmero y del mercado. Este efecto se ejerce tanto ms cuanto los campos que lo sufren estn ms estrechamente sometidos, en su funcionamiento, a esta lgica y el campo periodstico est l mismo subordinado, coyunturalmente, a las restricciones externas que, estructuralmente, lo afectan ms que a los otros campos de produccin cultural. Se observa hoy por ejemplo que las sanciones internas tienden a perder su fuerza simblica; los periodistas y los diarios serios pierden su aura y estn ellos mismos impelidos a hacer concesiones a la lgica del mercado y del marketing introducida por la televisin comercial y a este nuevo principio de legitimidad que es la consagracin, llamada visibilidad meditica, capaz de conferir a algunos productos (culturales o incluso polticos) o a algunos productores el sustituto aparentemente democrtico de las sanciones especficas impuestas por los campos especializados. Algunos anlisis de la televisin han tenido xito ante los periodistas, sobre todo ante los ms sensibles al efecto de la audiencia, porque confieren legitimidad democrtica a la lgica comercial, contentndose con plantear en trminos de poltica, en consecuencia de plesbiscito, un problema de produccin y de difusin culturales.

    As, la creciente influencia de un campo periodstico cada vez ms sometido a la dominacin directa o indirecta de la lgica comercial tiende a amenazar la autonoma de los diferentes campos de produccin cultural, reforzando, en el seno de cada uno de ellos, a los agentes o las empresas que estn ms dispuestas a ceder ante los beneficios externos porque son menos ricos en capital especfico (cientfico, literario, etc.) y menos seguros de los beneficios propios que el campo les garantiza en lo inmediato o a trmino ms o menos prximo.

    El ascendiente del periodismo sobre los otros campos de produccin cultural (en materia de filosofa y sobre todo de ciencias sociales) se ejerce principalmente a travs de la intervencin de productores culturales situados en un lugar incierto sobre el medio periodstico y los campos especializados (literario o filosfico, etc.). Estos intelectuales-periodistas, que se sirven de la doble pertenencia para esquivar las exigencias especficas de los dos universos y para importar en cada uno de ellos los poderes adquiridos en el otro, estn hechos a medida para ejercer dos efectos mayores: por una parte, introducir formas nuevas de produccin cultural, ubicadas en un espacio mal definido entre esoterismo universitario y exotismo periodstico; por otra parte, imponer, por medio de juicios crticos, principios de evaluacin de las producciones culturales que, ratificando con una apariencia de autoridad intelectual las sanciones del mercado y reforzando la inclinacin espontnea de ciertas categoras de consumidores a la allodoxia tienden a reforzar el efecto audiencia o de best-seller list sobre la recepcin de productos culturales y tambin, indirectamente, sobre la produccin, orientando las elecciones (la de los editores, por ejemplo) hacia obras menos exigentes y ms vendibles.

    Y pueden contar con el sostn de aqullos que -identificando la objetividad con una suerte de saber vivir de buena compaa y de neutralidad eclctica en relacin con todas las partes involucradas- toman los productos de cultura media por obras de vanguardia o denigran las investigaciones de vanguardia (y no slo en materia de arte) en nombre de los valores del buen sentido; pero stos pueden en su momento contar con la aprobacin o incluso con la complicidad de los consumidores que, como ellos, estn inclinados a la alladoxia por su distancia del reducto de los valores culturales y por su propensin a disimular los lmites de sus capacidades de apropiacin segn la lgica de la self deception que evoca la frmula a menudo empleada por los lectores de las revistas de vulgarizacin: es una revista cientfica de muy alto nivel y accesible a todos.

    As se encontraran amenazados los logros obtenidos por la autonoma del campo y por su capacidad de resistir a las demandas mundanas, aqullas que simboliza hoy el rating y que los escritores del siglo pasado enfrentaban expresamente cuando se levantaban contra la idea de que el arte (se podra decir lo mismo de la ciencia) pudiera someterse al veredicto del sufragio universal. Ante este peligro, son posibles dos estrategias, ms o menos empleadas segn los campos y su grado de autonoma: sealar firmemente los lmites del campo y tratar de restaurar las fronteras amenazadas por la intrusin del modo de pensar y actuar del periodismo; o salir de la torre de marfil (segn el modelo inaugurado por Zola) para imponer los valores surgidos de la reclusin en ella, y servirse de todos los medios disponibles, en los campos especializados o afuera, y en el seno mismo del periodismo, para imponer en el exterior las adquisiciones y las conquistas posibles por su autonoma.

    Hay condiciones econmicas y culturales que permiten un juicio cientfico esclarecido y no se puede pretender que el voto universal (o las encuestas) delimite los problemas de la ciencia (aunque a veces se haga indirectamente y sin saberlo) sin desfavorecer al mismo tiempo las condiciones mismas de la produccin cientfica, es decir, la barrera que protege la ciudadela cientfica (o artstica) contra la irrupcin destructiva de los principios de produccin y de evaluacin externos, impropios y desplazados. Pero no significa que la barrera no pueda ser atravesada en otro sentido y que sea intrnsecamente imposible trabajar en una redistribucin democrtica de los logros posibles por la autonoma. Esto es factible a condicin de que se advierta claramente que toda accin que difunda las adquisiciones ms raras de la investigacin cientfica o artstica supone el cuestionamiento del monopolio de los instrumentos de difusin de esta informacin (cientfica o artstica) que el campo periodstico detenta de hecho y tambin la crtica del horizonte de expectativas que disea la demagogia comercial de los que tienen los medios de interponerse entre los productores culturales (entre quienes se puede contar, en este caso, a los polticos) y la gran masa de consumidores.

    La distancia entre los productores profesionales (o sus productos) y los simples consumidores (lectores, oyentes, espectadores y tambin electores) que encuentra su fundamento en la autonoma de los campos especializados es ms o menos grande, ms o menos difcil de sobrellevar y ms o menos inaceptable, desde el punto de vista de los principios democrticos, segn los campos. Y, contrariamente a las apariencias, se observa tambin en el orden de la poltica que sta contradice los principios declarados. Aunque los agentes comprometidos en el campo periodstico y en el poltico estn en una relacin de competencia y de lucha permanentes y aunque el periodismo sea, de alguna manera, englobado en el campo poltico donde ejerce efectos muy poderosos, ambos tienen en comn el estar muy directamente y estrechamente ubicados bajo el imperio de la sancin del mercado y del plesbiscito. Se sigue que la influencia del campo periodstico refuerza las tendencias de los agentes comprometidos en la poltica a someterse a la presin de las demandas y las exigencias del mayor nmero, a veces pasional e irreflexivas, y a menudo constituidas en reivindicaciones movilizadoras por el lugar que reciben en la prensa.

    Salvo cuando emplea libertades y poderes crticos que le aseguran su autonoma, la prensa, sobre todo la televisiva (y comercial), funciona en el mismo sentido que el sondeo, con el que debe contar: aunque pueda servir tambin de instrumento de demagogia racional tendente a reforzar la cerrazn sobre s misma del campo poltico, el sondeo instaura con los electores una relacin directa, sin mediacin, que pone fuera de juego a todos los agentes individuales o colectivos (como los partidos o los sindicatos) socialmente ordenados para elaborar y proponer opiniones constituidas; expropia a todos los mandatarios y a quienes pretender ser sus portavoces (al igual que los grandes editorialistas del pasado) el monopolio de la expresin legtima de la opinin publica y, al mismo tiempo, de su capacidad de trabajar en una elaboracin crtica (y a veces colectiva, como en los poderes legislativos) de opiniones reales o supuestas de sus mandantes.

    Todo esto hace que la influencia acrecentada de un campo periodstico, l mismo sometido a una presin creciente de la lgica comercial, sobre el campo poltico obsesionado por la tentacin de la demagogia (especialmente en un momento en que los sondeos ofrecen el medio para ejercerla de manera racionalizada) contribuye a debilitar la autonoma de lo poltico y, al mismo tiempo, la capacidad acordada a los representantes (polticos u otros) de invocar su competencia de expertos o su autoridad de guardias de los valores colectivos.

    Cmo no evocar, para finalizar, el caso de los juristas que, al precio de una piadosa hipocresa, insisten en que sus veredictos encuentran su principio no en las restricciones externas, sobre todo econmicas, sino en las normas trascendentes de las cuales ellos son sus guardianes? El campo jurdico no es lo que cree ser, es decir, un universo puro de todo compromiso con las necesidades de la poltica o de la economa. Pero el hecho de hacerse reconocer como tal contribuye a producir efectos sociales reales y, en principio, sobre aqullos que tienen como trabajo hablar de derecho. Pero qu llegarn a ser los juristas, encarnaciones ms o menos sinceras de la hipocresa colectiva?, qu ocurrir si se convierte en pblica notoriedad que, lejos de obedecer a las verdades o a los valores trascendentes y universales, estn atravesados, como todos los otros actores sociales, por restricciones como aqullas; si es evidente que se alteran los procedimientos o las jerarquas por la presin de las necesidades econmicas o la seduccin de los xitos periodsticos?


    Pequeo post-scriptum normativo
    Develar las restricciones ocultas que pesan sobre los periodistas y que inciden a su vez sobre todos los productores culturales no es -es necesario decirlo?- denunciar a los responsables, sealar con en el ndice a los culpables. Es intentar ofrecer a unos y otros una posibilidad de liberarse, por la toma de conciencia, de la influencia de estos mecanismos y proponer quizs el programa de una accin concertada entre los artistas, los escritores, los sabios y los periodistas, detentadores del (cuasi)monopolio de los instrumentos de difusin. Slo una colaboracin de este tipo permitira trabajar eficazmente en la divulgacin de los logros ms universales de la investigacin y tambin, por otra parte, a la universalizacin prctica de las condiciones de acceso a lo universal.


    fuente:http://www.avizora.com/publicaciones/television/textos/0005_sobre_television.htm

     
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