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Lenguaje y realidad en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

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analisis de la obra cien años de soledad de Gabriel Garcia Marquez

Agregado: 17 de MARZO de 2005 (Por anonimo) | Palabras: 7019 | Votar! |
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    Autor: anonimo (info@alipso.com)

    Lenguaje y realidad en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

    María Ana Rago
    Alumna de Letras (Plan B) de la USAL.
    Trabajo presentado en la cátedra de Literatura Hispanoamericana II,
    a cargo de los profesores Jorge Lafforgue y María Vignolles.

    Cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios.

    —Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones

    El vínculo entre la realidad y el lenguaje es un tema que ha sido y es abordado tanto por la filosofía como por la literatura. En escritos pertenecientes a uno y otro campo nos encontramos con interesantes estudios sobre el tema.

    A partir de Cien años de soledad, la novela de García Márquez que se constituirá en corpus del presente trabajo, podemos aproximarnos a algunas de las relaciones entre la palabra y la realidad que postula la filosofía. No nos proponemos abordar la novela desde toda la filosofía del lenguaje. La intención del presente trabajo es hacer una lectura de Cien años de soledad, a la luz de algunas de las líneas teóricas propuestas por Michel Foucault en Las palabras y las cosas y de nuestra particular concepción del vínculo entre la realidad y el lenguaje.

    Para introducir el tema, vamos a remitirnos a definiciones esenciales para nuestro trabajo. Las palabras son signos que constituyen un sistema que nos permite comunicarnos; las cosas conforman nuestro mundo, nuestra realidad y son el referente de las palabras. Pese a que en las definiciones el lenguaje y la realidad tengan un lugar diferenciado, en el seno de la relación que los une hay un punto en que no podemos disociarlos. Por un lado, la evolución de las distintas comunidades de hombres corre paralela al desarrollo de su lenguaje; por otro lado, nuestro conocimiento de las cosas está condicionado por un a priori que es la gramática.

    García Márquez cuenta la historia de un pueblo, Macondo, desde sus orígenes hasta su destrucción. Nos ocuparemos de: (a) los distintos momentos de esa historia y su relación con la transformación del lenguaje propuesta por el teórico francés y (b) la existencia de este pueblo como universo discursivo, determinado por la palabra. Como veremos, en la historia que narra esta novela, el lenguaje preexiste a la realidad, las palabras son una condición para la existencia de las cosas. Las palabras proféticas de algunos personajes, los manuscritos indescifrables de Melquíades, entre otros episodios, ponen de manifiesto la intención de destacar la estrecha relación entre el lenguaje y la realidad, que nos permite pensar Cien años de soledad como una construcción a partir del vínculo indisoluble entre las palabras y las cosas.

    Haremos un rastreo de los episodios que destacan la interdependencia entre el lenguaje y la realidad, con el objeto de confirmar la hipótesis de trabajo que proponemos: en el universo ficcional de Cien años de soledad podemos advertir estrechas relaciones entre el lenguaje y sus distintos portadores (narrador y personajes), y la realidad que describe la novela, la de Macondo. Por lo tanto, en la novela de García Márquez, el lenguaje del narrador y de los personajes actúa como constructor de realidad; el narrador-Dios de la obra construye un universo discursivo que nace con la palabra y muere cuando la lectura cesa.

    Entender el lenguaje como representación implica reconocer en las palabras la capacidad de representar las cosas, de estar en lugar de las cosas sin ser ellas. Pero el lenguaje no se define sólo por su propiedad de representar la realidad, a partir de una sintaxis que enlaza las palabras y las cosas. Hay una sintaxis interna que ordena las palabras al mismo tiempo que otorga un orden a la realidad.

    Foucault, filósofo francés, describe la historia de la formación del lenguaje: nace con el señalamiento y se constituye finalmente en objeto de estudio. El hombre primitivo utiliza los gestos que su naturaleza le permite para expresar su pensamiento y sus sentimientos; así, recurre al señalamiento. El lenguaje se constituye como tal cuando se convencionaliza un conjunto de signos tomados de la naturaleza, que permite representar la realidad.

    Al apropiarse el hombre del lenguaje, estudiarlo, hacerse crítico de las palabras, lo objetiva. Así, el lenguaje se coloca en el mismo orden de cosas que el resto que constituye nuestra realidad. En consecuencia, el lenguaje y su gramática son un a priori de la realidad:

    Convertido en realidad histórica, espesa y consistente. [...] Los hombres que creen, al expresar sus pensamientos en palabras de las que no son dueños, alojándolos en formas verbales cuyas dimensiones históricas se les escapan, que su propósito les obedece, no saben que se someten a sus exigencias.

    Es ahora cuando el lenguaje se cierra sobre sí mismo, pierde su transparencia y se convierte en un objeto de conocimiento entre otros. El lenguaje es algo externo al hombre, quien se encuentra dominado por aquél. Así "las disposiciones gramaticales de una lengua son el a priori de lo que puede enunciarse en ella".

    En el capítulo primero de Las palabras y las cosas, que nos servirá especialmente para el desarrollo de este trabajo, Foucault analiza la pintura Las Meninas de Velázquez en función del tema que le interesa: la capacidad de representación del lenguaje. La pintura puede darse como pura representación cuando se libera de lo que se constituye en su fundamento; entonces el lenguaje puede darse como pura representación cuando se libera de las cosas, que son su modelo.

    Hay un punto exterior al cuadro que cumple una triple función: en él vienen a superponerse la mirada del modelo en el momento en el que se le pinta, la del espectador que contempla la escena y la del pintor en el momento en que compone su cuadro (no el representado). Estos tres puntos de vista se confunden en ese punto exterior.

    Estos lineamientos teóricos serán tomados como referencia en el desarrollo de este trabajo.

    El propietario de la palabra en Cien años de soledad es un gitano de características muy particulares, que regresa de la muerte porque no soporta la soledad del más allá. En unos manuscritos indescifrables, que son reiteradamente mencionados en la novela, Melquíades compone la historia de Macondo y sus habitantes. Lo que estamos leyendo, al leer la novela, no es más que ese pergamino en el que el gitano escribió la historia; sólo que esto recién lo sabemos en el desenlace de la obra. Cuando acaba nuestra lectura, acaba también Macondo.

    Como lectores, asistimos a la fundación de Macondo, a los orígenes de ese pueblo; también somos testigos de su evolución y finalmente de su destrucción. Con el desarrollo de la vida en Macondo, también conocemos el origen y evolución de su lenguaje, que resume la historia de todo lenguaje humano: desde el señalamiento, la representación, hasta su objetivación.

    Para respetar la naturaleza de los distintos episodios que presenta Cien años de soledad, vamos a establecer relaciones entre lenguaje y realidad (tal como nos lo planteamos al comienzo) teniendo en cuenta la índole de las "realidades" que aparecen en la novela; con esto queremos decir que distinguiremos dos planos: el de lo real-objetivo y el de lo real-imaginario, siguiendo los lineamientos de Vargas Llosa en su estudio crítico Historia de un deicidio.

    Lenguaje y evolución

    José Arcadio Buendía, siendo joven, acompañado por sus hombres, con mujeres, niños y animales, atravesó "la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso". Al comienzo, era una aldea en la que no se mandaba con papeles; cuando Don Apolinar Moscote mostró el papel en el que había sido nombrado corregidor del pueblo, José Arcadio Buendía le dijo: "En este pueblo no mandamos con papeles". Vemos la fase primitiva de Macondo, en la que hay predominio de la oralidad; luego, veremos la importancia de la lengua escrita. En la historia de las distintas civilizaciones, podemos señalar el valor de la tradición oral y la memoria en una primera etapa; luego, tiene lugar el registro escrito.

    1) El lenguaje como designación

    El surgimiento del lenguaje está determinado por la necesidad de designar la realidad. Las palabras nacen para poder estrechar vínculos con las cosas y establecer una comunicación con los demás.

    En la primera fase del proceso de formación de un lenguaje, el hombre recurre al señalamiento:

    [el hombre] puede utilizar esta mímica, convertida en signo, para suscitar en sus compañeros la idea que él mismo experimenta, las sensaciones, las necesidades, las penas que se asocian, por lo común, a tales gestos y a tales sonidos [...]. Con este uso concertado del signo (que ya es expresión) está en vías de nacer algo así como un lenguaje.

    En la fase primitiva de Macondo, en los orígenes de este pueblo, nos encontramos con sus fundadores y primeros habitantes que se enfrentan a la exigencia de nominar lo que contemplan por primera vez y recurren al señalamiento:

    El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

    Macondo era por entonces un pueblo muy reciente; el narrador subraya que un pueblo sin muertos, es un pueblo sin pasado. Y Macondo era, al comienzo, un pueblo sin cementerio.

    Así como Macondo empieza a tener existencia a partir de su fundación, también hay un hecho fundante que da existencia a este pueblo en el mundo de los muertos:

    [...]porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte.

    Otra vez aparece el lenguaje como señalamiento, ahora en el plano de lo imaginario. Melquíades señala en un mapa el lugar de Macondo y este pueblo pasa a tener existencia, por el lenguaje, para el mundo de los muertos.

    Otro episodio hace referencia a esta capacidad de designación del lenguaje por el señalamiento. En el segundo capítulo de la novela, José Arcadio (segunda generación) se va con los gitanos que año tras año llevaban sus inventos a Macondo. Úrsula inmediatamente corre tras los pasos de su hijo; cuando José Arcadio Buendía (padre) advierte la ausencia de su esposa, reúne a un grupo de hombres y parten en pos de Úrsula:

    Unos pescadores indígenas, cuya lengua desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie.

    2) El lenguaje como representación

    El hombre recibe de la naturaleza con qué hacer los signos y estos signos le sirven, en primer lugar, para entenderse con los otros hombres y elegir los que han de retenerse, los valores que les reconocerán, las reglas de su uso.

    El lenguaje como designación da lugar al lenguaje como representación. Las palabras ocupan en el discurso el lugar de las cosas y al darle nombre a la realidad, podemos llegar a ser dadores de entidad. Decíamos antes que el lenguaje es pura representación cuando se libera de las cosas. Veamos el siguiente caso, presente en el pueblo de García Márquez:

    José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:

    —Es el diamante más grande del mundo.

    —No —corrigió el gitano—. Es hielo.

    Entre las grandes novedades que distintos grupos de gitanos llevaban a Macondo, apareció el hielo como el "gran invento de nuestro tiempo". Los macondinos pagaban cinco reales para tocarlo y sentirse frente a lo sagrado.

    Diamante más grande del mundo y hielo son dos expresiones que designan una misma realidad. En consecuencia constituyen un juicio sobre esa realidad que designan. ¿Designan? En este punto podemos advertir que le dan una entidad diferente al nombrarla, que crean distintas realidades a partir del lenguaje. ¿Cuál es el hecho? ¿el diamante o el hielo? Vemos cómo el lenguaje se libera de su modelo y es pura representación.

    La admiración que le provoca a José Arcadio Buendía la contemplación del témpano por primera vez, el descubrimiento de una realidad "sin nombre", lo lleva a designarla con una expresión de asombro. La exageración, la hiperbolización es un recurso recurrente en la novela que nos ocupa, que crea, como apreciaremos a continuación, hechos real-imaginarios.

    ¿Cómo interpretar el interesante episodio de José Arcadio Buendía en el que empieza a manifestar síntomas de su desvarío? José Arcadio afirma con convicción que sigue siendo lunes porque las cosas no manifiestan signos de que el tiempo haya transcurrido. Quizá no sea como José Arcadio lo enuncia; probablemente las cosas sí evidencien el transcurrir del tiempo, pero él no pueda expresarlo. No poder expresar cambios en las cosas implica un no transcurrir del tiempo:

    [...]de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes. [...] Esto es un desastre —dijo—. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes. [...] Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo.

    Si nos atenemos a las formulaciones de Foucault, y pensamos con él que el lenguaje se libera de su modelo y se constituye en pura representación, podemos interpretar este episodio como la consecuencia de una ruptura completa entre las palabras y las cosas. José Arcadio no puede expresar cambios en la realidad que lo circunda, sólo percibe las repeticiones cotidianas (el aire, el cielo, el sol), pero no las diferencias.

    3) El lenguaje como objeto

    El lenguaje como representación, la posibilidad de dar entidades diferentes a las cosas a partir de la palabra, dan mayor espesor al lenguaje y lo constituyen en objeto de estudio y de crítica.

    En el prefacio a Las palabras y las cosas, Foucault subraya la idea del lenguaje como lugar común. Asimismo, advierte el peligro de que un espacio común, en tanto garantiza la posibilidad de una yuxtaposición, se encuentre en ruinas: cuando se hace imposible no el encuentro de las cosas sino el sitio en el que podrían encontrarse. Y esto ocurre cuando el lenguaje se convierte en objeto, cuando, pese a ser posibilidad de clasificación, se constituye en una clase más.

    La historia de Macondo en unos manuscritos es un objeto de estudio; lo vemos claramente en el arduo trabajo de desciframiento que lleva a cabo Aureliano Babilonia. Aureliano ocupaba todas sus mañanas en descifrar los pergaminos; se había convertido en un hombre encastillado en la realidad escrita. Más adelante nos ocuparemos en detalle de este episodio que nos conduce al desenlace de la novela.

    Lo real-imaginario y lo real-objetivo

    En esta sección del trabajo nos ocuparemos de establecer las relaciones entre lenguaje y realidad planteadas en la novela, con el propósito de descubrir en qué medida la palabra se presenta como constructora de realidad.

    1) En el plano de lo real objetivo

    —En vez de andar pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos —replicó—. Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los burros.

    José Arcadio Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula.

    José Arcadio Buendía, absorbido por los inventos de los gitanos y fascinado de tal modo por los mismos, convertido en experimentador, se había olvidado de la realidad que lo circundaba. Él era sólo para sus inventos. Incluso había dejado de ocuparse de sus propios hijos; en cierto modo, habían dejado de existir para él. El conjuro de Úrsula es la expresión que emplea el narrador como sinónimo de "las palabras de Úrsula"; a partir de éstas, en el instante en que son pronunciadas, los hijos empiezan a existir para su padre.

    En la historia de la familia Buendía es interesante destacar la explicación que Fernanda del Carpio da a la genealogía de los nombres:

    En la larga historia de la familia, la tenaz repetición de los nombres le había permitido sacar conclusiones que le parecían terminantes. Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico.

    La historia de la familia Buendía es una historia de repeticiones. Los nombres Aureliano y José Arcadio reiterados nos hablan del eterno retorno. Los personajes, designados con los nombres de otros, adquieren rasgos de personalidad de sus antecesores. Esta agrupación por clases (los Aurelianos y los Arcadios) define el carácter de los personajes y marca sus destinos.

    Una transgresión a la clasificación:

    Los únicos casos de clasificación imposible eran los de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. [...] pero cuando empezaron a asistir a la escuela optaron por cambiarse la ropa y las esclavas y por llamarse ellos mismos con los nombres cruzados [...]. Desde ese entonces no se sabía con certeza quién era quién.

    Esto despertó sospechas en Úrsula: eran los dos únicos miembros de la familia cuyos nombres no se correspondían con su forma de ser. Los gemelos le jugaron una trampa al lenguaje.

    José Arcadio Buendía en cierta oportunidad, se dispuso a encontrar la prueba científica de la existencia de Dios:

    Mediante un complicado proceso de exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la casa, estaba seguro de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existía, o poner término de una vez por todas a la suposición de su existencia.

    Existe lo que puede ser apresado en el signo lingüístico. Finalmente, José Arcadio Buendía renunció a la persecución de la imagen de Dios, convencido de su inexistencia. "Es" lo que se puede capturar en imagen, uno de los términos del signo.

    Versiones de la historia

    Las relaciones entre el lenguaje y la realidad pueden conducirnos hacia infinitos lugares; la historia es uno de ellos. El pasado histórico de una nación se convirtió a partir de la modernidad en el meta-relato de una serie de acontecimientos ligados por la relación de causa-consecuencia.

    La posmodernidad anuncia el fin de la historia; proclama la muerte de una voz única que narra los hechos del pasado desde un punto de vista objetivo, proclama la muerte de la verdad histórica. Ya no hablamos de un meta-relato de la historia, sino de relatos.

    Proclamar una versión de los hechos es suponer una visión objetiva que interpreta y legitima esos hechos. En contraposición a la objetividad, la modernidad "crea" la subjetividad, a la que podríamos definir como "la otra historia". Estos dos registros han regido y condicionado el mundo moderno. Es en la posmodernidad donde los relatos individuales desplazan a la verdad universal y se constituyen como verdades parciales que tienen sentido en tanto puntos de vista.

    Vattimo, el filósofo italiano, sostiene la hipótesis de que la posmodernidad comienza cuando desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria. ¿Qué implica esto? Propone que no existe una historia única sino imágenes del pasado concebidas desde distintos puntos de vista; sostiene que es "ilusorio" pensar en un punto de vista supremo, más verdadero que los otros puntos de vista.

    En Cien años de soledad aparecen varios puntos de vista respecto de un mismo hecho histórico:

    Así empezó la leyenda de la ubicuidad del coronel Aureliano Buendía. Informaciones simultáneas y contradictorias lo declaraban victorioso en Villanueva, derrotado en Guacamayal, devorado por los indios Motilones, muerto en una aldea de la ciénaga y otra vez sublevado en Urumita.

    Del mismo modo, dos puntos de vista se proyectan sobre los acontecimientos sucedidos en Macondo durante la guerra civil: la versión de la masacre contada por José Arcadio Segundo y la versión oficial de los hechos, según la cual no hubo muertos, son dos relatos que niegan la posibilidad de la historia como hecho unitario:

    La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia.

    [...] Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. "Seguro que fue un sueño", insistían los oficiales.

    Para la versión oficial, la que con el tiempo será considerada la verdadera historia, "en Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz. Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales".

    2) En el plano de lo real imaginario

    Para un mejor diseño de este apartado tomaremos como referencia la clasificación formulada por Mario Vargas Llosa: lo fantástico, lo maravilloso, lo mítico legendario y lo milagroso.

    Cabe destacar que Vargas Llosa incluye dentro de lo real imaginario a aquellas situaciones que, pese a pertenecer al plano de lo real objetivo, son presentadas por un narrador que se sitúa en el plano de lo real imaginario.

    Lo mágico

    En este plano también podemos apreciar relaciones entre el lenguaje y la realidad, donde aquél aparece como determinante de las cosas que percibimos como reales.

    Cuando Aureliano, el primer ser humano que nació en Macondo, tenía tres años, entró a la cocina y sorprendió a su madre diciendo:

    "Se va a caer". La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento irregular irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó en el suelo.

    El presagio de Aureliano no se quedó en las palabras; dentro del plano de lo real imaginario también aparecen episodios en los que claramente la palabra determina la realidad. Aquí son los presagios de Aureliano los que se convierten en hechos.

    Otras palabras proféticas de Aureliano se constituyen en centro de episodios importantes. El coronel Aureliano Buendía, después de ocho meses de haber partido, le escribió a su madre Úrsula. Dentro del sobre lacrado que le envió por medio de un emisario, había un papel escrito con una caligrafía preciosista que decía: "Cuiden mucho a papá porque se va a morir".

    Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo.

    Lo fantástico

    Otro episodio en el que se evidencia la estrecha relación entre las palabras y las cosas es el de la peste del insomnio y del olvido. Los macondinos habían contraído esta enfermedad; hasta los niños permanecían despiertos sin poder, como el resto de los habitantes del pueblo, conciliar el sueño de modo alguno. Tiempo después "nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir":

    [...]lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido [...] empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado.

    Aureliano fue quien descubrió la fórmula que los defendería de las evasiones de la memoria: marcar cada cosa con su nombre fue el modo de no olvidar la realidad.

    Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad.

    La necesidad de la inscripción para reconocer las cosas supone el condicionamiento que la palabra tiene sobre los entes reales; lo que es es lo que la palabra determina. De nuevo aquí tenemos una ruptura absoluta entre las palabras y las cosas; los personajes "pierden" las cosas porque no pueden designarlas. Las cosas reales no eran para los macondinos en tanto no tenían nombre; las inscripciones sobre ellas las determinaban. Del mismo modo, su utilidad estaba condicionada por el lenguaje:

    El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

    Entre los carteles que habían invadido Macondo, uno decía "Dios existe". Todo lo que pudiera ser apresado por las palabras se convertía inmediatamente en una realidad. La comprobación de su existencia era la posibilidad de ser expresado por el lenguaje.

    Este episodio, cuyo origen es la llegada al pueblo de Visitación, una india guajira, y de su hermano, quienes huían de una peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde hacía varios años, transformó a Macondo durante el tiempo que duró la peste. La primera que manifestó los síntomas de la enfermedad fue Rebeca, con sus "ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad".

    Es éste uno de los hechos más significativos en cuanto a la relación entre las palabras y las cosas. La pérdida de la palabra es la pérdida de la memoria y del pasado.

    La peste del olvido nos presenta a un narrador que frente al suceso acentúa la idea de una estrecha dependencia de la realidad con respecto al lenguaje; la idea de que las cosas y sus utilidades están representadas por las palabras que las nombran aparece en todo su esplendor, es llevada al extremo. La realidad capturada por las palabras aparece aquí como una realidad inverosímil. Pero es interesante ver cómo la liberación de las cosas con respecto a sus nombres y la consecuente pérdida de la realidad que debe ser apresada por las palabras pone de manifiesto el vínculo indisoluble que une lenguaje y realidad.

    Lo milagroso

    Cansado de predicar en el desierto, el padre Nicanor [...]. Suplicó tanto que perdió la voz [...]. Cantó los evangelios con voz lacerada por la súplica.

    La palabra, convertida en algo que le es ajeno al hombre, encuentra a la predica del cura como carente de significado, ajena a la representación de lo sagrado. En este punto podemos establecer una comparación entre la palabra y el ritual. En su fase primitiva, los rituales significan, posteriormente se convierten en pura forma y pierden su contenido intrínseco; pasan a ser objeto de la representación y no representación de un significado. El lenguaje "sufre" la misma evolución. Por eso, el padre Nicanor Reyna se ve obligado a suplantar su tarea de predicador por otra; de la proclamación a la acción:

    El muchacho que había ayudado a misa le llevó una taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó sin respirar. Luego se limpió los labios con un pañuelo que sacó de la manga, extendió los brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros sobre el nivel del suelo. Fue un recurso convincente.

    Lo mítico legendario

    García Márquez se apropia de realidades ficticias presentes en otros textos literarios; éstas son absorbidas por Cien años de soledad. Realidades mítico-legendarias que fueron objeto de varias literaturas son también aquí objeto de la novelística del autor colombiano.

    Podemos apreciar, entonces, la entidad objetiva del lenguaje. Son objeto de Cien años de soledad los siguientes episodios mítico legendarios: la historia del judío errante, la presencia del fantasma de la nave corsario de Víctor Hugues (ser real de la historia francesa y ser imaginario de la novela El siglo de la luces, de Alejo Carpentier), el coronel Lorenzo Gavilán (personaje de la novela La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes), etc.

    Macondo como mundo discursivo

    Todas las cosas son palabras del idioma

    En que Alguien o Algo, noche y día,

    Escribe esa infinita algarabía

    Que es la historia del mundo.

    —Jorge Luis Borges

    Macondo es un pueblo construido a partir de la palabra. Hemos advertido a lo largo de la monografía cómo en distintos episodios se establecen interesantes relaciones entre el discurso y los hechos; cómo el lenguaje y la realidad son términos de un vínculo indisoluble. Ahora veremos cómo el lenguaje es el constructor de la realidad de Macondo, cómo Macondo es porque la palabra lo ha constituido.

    Mientras la historia se desarrolla, Melquíades está "sentado en el rincón, sentado al escritorio, garabateando signos indescifrables"; desde el comienzo de la novela podemos ir descubriendo que Melquíades es el narrador de la historia, la va construyendo desde la palabra. El gitano se pasaba horas y horas "garabateando su literatura enigmática". Melquíades es "aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus"; se señala con esta referencia al personaje, el poder de su palabra profética. Melquíades tenía una mirada "que parecía conocer el otro lado de las cosas". Y estas palabras nos remiten inmediatamente a Foucault; en el capítulo "Las Meninas", el filósofo describe el cuadro de Velázquez en el que el espectador sólo ve, en la representación del cuadro, el revés de la pintura que el pintor representado está trazando. "Por el hecho de que no vemos más que este revés, no sabemos quiénes somos ni lo que hacemos", señala Foucault. ¿Qué les pasa a los habitantes de Macondo? En tanto los personajes no descifran los manuscritos de Melquíades, no pueden conocer su identidad (especie condenada a vivir cien años en soledad) ni su destino final (la destrucción).

    Aureliano Segundo se dio a la tarea de descifrar los manuscritos de Melquíades; pero le fue imposible. "Las letras parecían ropas puestas a secar en un alambre, y se asemejaban más a la escritura musical que a la literaria". En una de sus jornadas de trabajo, Aureliano Segundo sintió que no estaba solo en el cuarto. Allí se encontraba Melquíades; desde esa vez se vieron casi todas las tardes. Con respecto a los manuscritos, le explicó que "nadie debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años".

    Aureliano Babilonia, quien sí pudo finalmente traducir los pergaminos, encerrado en su tarea de descifrar los manuscritos, ante una aparición de Melquíades le contó a éste que ya había descubierto en qué lengua estaban escritos: en sánscrito.

    Aureliano tenía tiempo de aprender el sánscrito en los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo y pudieran ser descifrados.

    Aureliano Babilonia, convertido en narratario, ocupó su tiempo en el aprendizaje del sánscrito para llegar a tiempo con la traducción. Después de tres años desde que Santa Sofía de la Piedad le llevara la gramática, consiguió traducir el primer pliego. Pero aún faltaba para lograr comprender esos versos cifrados. Hubo un "instante prodigioso" en el que encontró las claves del pergamino en el epígrafe que decía: "El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas". Así comprendió que esos manuscritos que estaba descifrando comprendían "la historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación". En el desenlace de la novela se devela la identidad del narrador: Melquíades.

    La historia de Macondo estaba escrita, las palabras preexistieron a la fundación, desarrollo y destrucción del pueblo. Aureliano Babilonia supo que su destino estaba escrito:

    [...] empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado.

    [...] antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".

    Recordemos la imposibilidad, planteada por Foucault en "Las Meninas", de ver representante y representado simultáneamente. Melquíades es el autor de los manuscritos que el último Aureliano descifra; se vale de una lengua, el sánscrito, para componer la historia de Macondo, que, como culmina junto con el desciframiento de los manuscritos, deviene en universo discursivo; su existencia está predeterminada por la palabra. La palabra es el a priori de su ser. Nosotros, lectores, coincidimos en el último párrafo de la novela con un personaje de la misma: Aureliano. Quien lee esas líneas es Aureliano, pero también somos nosotros. Y ambos ocupamos el mismo lugar de su autor, Melquíades. Nos encontramos en ese centro señalado por Foucault y frente al triángulo postulado en "Las Meninas".

    Foucault señala tres puntos de vista que se confunden en un punto exterior a la obra: una mirada que la ha ordenado (en la novela de García Márquez, Melquíades), la mirada del modelo (una región latinoamericana) y la del espectador que contempla la obra. Ese punto exterior a la obra es un punto ideal en relación con lo representado, pero al mismo tiempo, perfectamente real, ya que a partir de él se hace posible la representación. Tendríamos que agregar una cuarta mirada, la de García Márquez.

    Josefina Ludmer dice que el verdadero final de la novela:

    [...] está dado por el desciframiento de los manuscritos, que son un doble (en segundo grado) del relato. Los manuscritos explicitan al texto como escrito; se encuentran en ese punto un personaje y la función del lector, un personaje que es dos [...]: un actor, el consecuente final de la estirpe, y al mismo tiempo un lector, el que descifra un texto idéntico al del relato.

    Ludmer señala además que en ese encuentro que se produce entre:

    [...] los manuscritos y el relato mismo no sólo se anulan los tiempos: se identifican también el destinatario de los manuscritos, su lector y descifrador, y el lector y descifrador de Cien años de soledad: se autoidentifican y se identifican uno con el otro, se reconocen en espejo. [...] Estos manuscritos omnipotentes, que revelan el origen, el nombre, la historia, la ley y el destino del que lee, que instituyen el sujeto del libro, el lector, al instituir su destinatario, implican que leer es leerse, que conocer el texto es conocerse, que el que no escribe (el lector) es escrito.

    Ludmer identifica el texto de Melquíades como un texto "en espejo".

    En Macondo hay una realidad representada. Macondo es parte de la geografía latinoamericana; mira a un modelo, como Velázquez en Las Meninas mira al rey Felipe IV y su esposa, modelos de su pintura, de su representación.

    Imaginemos Macondo como una pintura y a sus habitantes como personajes de una escena viviente; el creador de esa imagen (o de esas imágenes), Melquíades, es a la vez representante y representado. Porque no es posible ver simultáneamente a ambos, Melquíades se sumerge en la historia narrada en sus manuscritos. Si Melquíades permaneciese en el sitio del representante sin involucrarse en el devenir de los hechos representados, no llegaríamos a conocer la existencia discursiva de Macondo; nuestro conocimiento estaría limitado a la representación de los hechos y nos estaría vedada la condición de existencia de Macondo: la palabra. Pero el representante se convierte en representado y nos devela el misterio; él es la posibilidad de existencia de Macondo. Nuestra mirada de lectores casi superpuesta a la de Melquíades se dirige hacia Macondo y su historia. Nos recuerda otro triángulo: Dios hecho hombre interviene en la historia de la Humanidad para revelarse como representante de su existencia; Dios (representante), la Humanidad (representados) y los lectores de ese misterio.

    Melquíades, narrador-Dios de la historia de Macondo, es parte de la vida del pueblo; pero mientras actúa como personaje, sus escritos son jeroglíficos indescifrables; recién después de su muerte, cuando desaparece de la historia del pueblo y sólo se presenta como inspirador de la traducción, los manuscritos pueden ser leídos. Melquíades está representado en los manuscritos porque es parte de la historia de Macondo; y es también representante, en tanto autor de los manuscritos. Pero no puede ser visto a la vez el que representa y aquel espacio en el que se ocupa de representar algo, para que el lenguaje pueda constituirse como pura representación. Así, los manuscritos son pura representación de la realidad y con su traducción, con su anulación como misterio, también desaparece Macondo.

    Una posible comparación

    Pintura de Velázquez. Las Meninas
    Manuscritos de Melquíades
    Modelo (referente de los signos)
    El rey Felipe IV y su esposa Mariana.
    Macondo y su historia.

    Mirada del espectador
    Espectadores de la pintura.
    Aureliano Babilonia/lectores.
    Mirada del autor
    Velázquez.
    Melquíades


    La relación que Foucault establece entre el lenguaje y la pintura es la siguiente: "por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto jamás reside en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que se despliega a la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis".

    El idioma analítico de Melquíades

    La cita del comienzo es un texto en el que Borges habla del "secreto diccionario de Dios", del inasible corpus de palabras de la voz de Dios.

    Porque Foucault sitúa la génesis de Las palabras y las cosas en la lectura de este cuento de Borges, es lícito incluir en el presente trabajo un breve comentario de "El idioma analítico de John Wilkins" y su relación con la novela de García Márquez.

    En "El idioma analítico...", Borges cita una clasificación de animales que incluye la categoría "incluidos en esta clasificación". Anula así el espacio en el que ese orden enumerado (enunciado) sería posible. Los animales se distribuyen en clases a), b), c)... Si a=a, b=b, c=c y c=a+b+c, c coincide con la totalidad de las clases; en consecuencia, es equivalente al espacio en el que esas cosas se dan.

    ¿Por qué termina Macondo cuando acaba el discurso? Algo semejante a lo que ocurre con la clasificación de Borges puede explicar ese interrogante. Los manuscritos de Melquíades proponen un cierto modo de ser de las cosas; la realidad del discurso se despliega sobre la realidad ficcional. Dentro de la historia del propio Macondo aparece la figura que posibilita la existencia de ese discurso, anulando así el lenguaje que posibilitaba el desarrollo de la historia. Melquíades, el clasificador de ese mundo discursivo, aparece como una clase más dentro de la realidad ficcional.

    El lenguaje es el espacio en el que se configura un cierto modo de ser de las cosas, un orden posible que se da a partir de múltiples condiciones de posibilidad de las cosas. Coincide con las cosas. Palabra = cosa.

    En el cuento de Borges, la "mesa" es el lugar común en que se ordenan las clases de animales: espacio en el que se configura un cierto modo de ser de los animales. Coincide con la suma de las clases de animales. "Mesa" = animales.

    El manuscrito de Melquíades es el espacio en el que se despliega la realidad de Macondo; coincide con la historia del pueblo.

    Una frase de Borges resume el indisoluble vínculo entre el lenguaje y la realidad: "Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es" (Borges, Narraciones, Hyspamérica, Buenos Aires, 1982, p. 140). ¿De qué modo más sintético, de qué forma más concisa, puede explicarse la apasionante relación entre las palabras y las cosas? No podemos librarnos del conjuro de nuestro lenguaje; frente a lo simultáneo, sólo podremos dar cuenta de lo sucesivo, frente al orden del mundo, sólo podremos describirlo por el orden de las palabras, frente a Macondo, sólo podremos aproximarnos a él como Aureliano Babilonia, descifrando manuscritos, encontrando su sentido en las palabras. "Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante." Este hallazgo fue hecho por Aureliano, después de su ardua tarea de desciframiento.

    La estrechísima relación entre las palabras y las cosas es, por más que intentemos adentrarnos en ella, un misterio para el hombre. Porque el hombre es el resultado de esta relación; por eso los Buendía son un fascinante juego de palabras diseñado por Melquíades.

    Aunque al comienzo de la novela Macondo es anunciado como "la tierra que nadie les había prometido", finalmente descubrimos que es un pueblo fundado por la palabra. La tierra prometida, que alude a la historia bíblica, es la tierra prometida por el lenguaje.

    Tanto en el plano de lo real objetivo como en el de lo real imaginario, García Márquez presenta episodios en los que la dependencia de la realidad respecto del lenguaje es evidente; hemos visto cómo en la peste del olvido los carteles hacen que las cosas sean, que cobren utilidad al ser nombradas. Esta dependencia es tan estrecha que finalmente Macondo resulta ser obra de la palabra: su historia estaba escrita.

    Además, pudimos observar el curso paralelo que sigue la historia del pueblo y la evolución del lenguaje, desde el lenguaje como señalamiento hasta el lenguaje como objeto; desde el señalamiento hasta el lenguaje como constructor de mundos. Las instancias del desarrollo de todo lenguaje quedan así comprendidas en la historia de Macondo.

    Cien años de soledad es un espacio en el que se despliega el lenguaje como realidad; es una invitación a reflexionar sobre el lenguaje.

    Bibliografia:http://www.salvador.edu.ar/ua1-7-gramma-01-01-19.htm
     
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