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Miércoles 27 de Octubre de 2021 |
 

Obras de Alfredo Bryce Echenique

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Pobre gente de París... No me esperen en abril (fragmento).

Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 4573 | Votar | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura >
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    Obras de Alfredo Bryce Echenique

    Pobre gente de París...

    A Remigio González le había dicho su padre, cuando le despidió allá en su Lima natal, que no se anduviese con cuentos en París, que le sacase un enorme provecho a su beca para estudiar cooperativismo, y que, por encima de todo, mucho pero mucho cuidado con pescar una gonorrea en invierno. "Hijo mío -le había concluido su padre a Remigio González, hablándole de hombre a hombre y abrazándole entre paternal, brutal, y los hombres también lloramente, ante la puerta de embarque número cinco del aeropuerto de Lima-. No olvides, mijito mío de mi alma, que yo soy la voz de la experiencia y que también viví mi París de soltero, allá por el año veinticinco. Y créeme que un invierno en París es cosa seria y que con gonorrea el asunto se pone ya de necesidad mortal. Y recuerda siempre que, por más de la puta madre (con el perdón de aquí tu señora madre) que esté una franchutita, en el fondo de su alma no es más que una puta. Y jamás olvides que la piba más bella del barrio latino terminó convertida en una madame Ivonne, en Buenos Aires, según canta en un tango el inmortal Carlitos Gardel, que de minas francesas supo casi tanto como Dios, porque, además, nació en Toulouse de Francia. Todas, mijito, dan muy mal pago y gonorrea. Y todas, todititas, son como la Brigitte Bardot esa, que mucho acentito lindo y mucho pimpollo y pepa de mango, pero que de BB nada y de PP todo".

    Después, el padre de Remigio González le cedió la palabra, el último abrazo, el beso conmovedoramente prolongado y el llanto a mares, a aquí tu señora madre, que ante la puerta de embarque y última llamada número cinco del aeropuerto de Lima sólo atinó a desgarrarse aún más, aunque logrando a pesar de todo exhalar un lamentable y último suspiro de limeña. Consistió éste en la promesa eterna de llevar el hábito color morado del Señor de los Milagros cada mes de octubre, porque en octubre se estaba embarcando suijito, y porque el Señor de los Milagros no le fallaba nunca a nadie y era el Cristo moreno y patrón de la ciudad de Lima, también llamada Ciudad Jardín, por entonces, algo que en la altamente tugurizada Lima que se fue, de hoy y de Chabuca Granda, resulta ya totalmente imposible y suena más bien a insulto de extranjero indeseable.

    Soplaban vientos de otoño, de 1964, y de Charles Aznavour cantando La bohème y Comme cest triste Venise, cuando entre varios centenares más de latinoamericanos de ambos sexos y del más amplio espectro y aspecto (cholos chatos, multiformes y todoterreno, mulatos alegres al principio, pero luego los peores para aguantar inviernos de comida sin picante y lontananzas sin ritmos patrios, una minoría negra, entre serena, virreinal y muy en su lugar, o sea, sólo por encima del indio, ningún indio de mierda, un pelirrojo como Dios manda, arios bajo sospecha y un millonario de verdad, que quería empezar de cero, como empezó su padre), Remigio González ocupó por primera vez su lugar en la cola del edificio Chatelet, donde chicas y chicos españoles y latinoamericanos cobraban mensualmente la beca del gobierno francés.

    El era el pelirrojo de verdad. Y era tan alto y pelirrojo y fornido que ya casi no parecía un latinoamericano, sino un actor de Hollywood años cincuenta representando el papel de Un americano en París. Pero, no, qué va. A Remigio González, a pesar de la gonorrea mortal de su padre y del hábito desgarradoramente morado de su señora madre, su alma-corazón-y-vida lo delataron como un gran seductor made in Perú y muy años sesenta, o sea, ya casi decimonónico, en el preciso momento en que llegó a la ventanilla de pago y la funcionaria de turno -que no estaba nada mal para ser una funcionaria de turno y porque en tiempo de guerra todo hueco es trinchera y La bohème, la bohème..., de Charles Aznavour-, con el fin de ubicar el sobre con sus miserables cuatrocientos ochenta francos mensuales, le preguntó su nombre, nacionalidad y la rama del saber que lo había traído a Francia. Sintiendo y tarareando el orgullo y la felicidad de ser peruano, de haber nacido en esa hermosa tierra del sol, donde el indómito Inca, prefiriendo morir, legó a su raza la gran herencia de su valor, etc., etc., y con su mejor espíritu de futbolista peruano con camiseta patria en estadio extranjero, Remigio González untó su voz con miel de abejas y néctar de dioses, y se presentó:

    -La bohème, la bohème, mamasel mamacita. My name is Remi, aunque solo para ti soy made in Perú, de pies a cabeza, y mi especialidad en el saber es la de latin lover, pero latino, además, lo cual es, como quien dice, un primer valor añadido...

    El iba a agregar mucho más, el inefable, caduco y lamentable Remigio González iba a preguntarle a qué hora salía del trabajo mamasel mamacita, cuando la funcionaria le rompió en sus narices el sobre con sus cuatrocientos ochenta francos del alma y del mes, a gritos se lo rompió, además, llamando a su jefe y éste luego a la policía, por si las moscas, mientras en la cola enfurecían los españoles porque ya basta de tanta espera por el pelirrojo ese de eme, coño.

    Entre los latinoamericanos, en cambio, nació al unísono la más alegre solidaridad anti Remigio González cuando una panameña desenfadada, de buen ver y mejor estar en este mundo, gritó, autoritaria y lideresa: "Qué cobre el que sigue y que viva el mambo de Pérez Prado. Y usted, compadre made in Perú, lo menos que agarra este mes para dormir y comer es un muelle del Sena by night, o sea, que mucho ojo con los clochards, que también los hay del otro equipo!". La verdad, hasta Simón Bolívar habría aprovechado ese momento de total concordia latinoamericana para crear un gran estado fuerte y unido al sur del río Grande.

    "Alfredo Bryce" -me dije, lo menos bolivarianamente que darse pueda, y profundamente triste, mientras observaba el avergonzado y solitario caminar de cabeza gacha con que Remigio González abandonaba al edificio Chatelet. "Alfredo Bryce" -me repetí, abandonando enseguida mi lugar en la cola para acercarme al pelirrojo más derrotado que he visto hasta hoy en mi vida. Pero que hay gente que hasta la muerte es como Remigio González, aprendí en aquella oportunidad, cuando al acercarme y presentarme pude comprobar que hay individuos que, por decirlo de alguna manera, se crecen ante la adversidad cuando tienen ante sí a un tipo aún más imbécil que ellos. Remigio González no sólo me dejó con la mano tendida, sino que pegó un escupitajo que me rozó un zapato, olvidó por completo y para siempre que acaba de portarse como un imbécil y, recuperando la totalidad de su metro ochenta y cinco y el esplendor rojo de su engominado pelo, cruzó la calle como quien cruza un baile limeño muy 1960 para matar a una hembrita con sus andares y su mirada, y partió hacia un millón de conquistas amorosas.

    Volví a entrar al edificio, y me disponía a ubicarme al final de la cola cuando un español me dio la voz y me dijo que me había estado guardando mi lugar, delante de él, en esa cola.

    -Mi nombre es Antonio Linares -me dijo-, y vengo de Málaga a estudiar sociología. Debo confesarte que llevo un buen rato observándote y que eres el único aquí que no se ha pasado todo el rato mirándole el culo a las mujeres. ¿Cómo te llamas?

    -Bryce... Alfredo Bryce... Muchas gracias por guardarme el sitio.

    -Nada, hombre... ¿Peruano?

    -De Lima, sí. Y he venido a estudiar literatura francesa.

    Antonio Linares fue mi primer amigo en París. Y fue también mi maestro. Y aunque con el tiempo el hombre se politizó en exceso y sólo vivió para su causa, siempre hizo una risueña excepción conmigo, como si aquel fracaso mío con el cretino de Remigio González le hubiese abierto una pequeña brecha en el corazón de paredón que reinaba entre la izquierda de aquellos años. Me refiero, claro, a los hispanohablantes, a los españoles y, sobre todo, a los latinoamericanos. Mezclado con éstos, y al mismo tiempo no sintiéndome jamás completamente mezclado con nada, aprendí que era gente peligrosa por un hecho fundamental: porque es malo creer en una sola idea, sobre todo en el caso en que se tiene una sola idea.

    En fin, como el semanario que todos leíamos en aquella época, Le Nouvel Observateur, muy pronto me descubrí convertido en una suerte de nuevo observador, a menudo condenado a fracasos como el que había experimentado sólo por apiadarme de Remigio González. Y entonces parecía un espectador taurino que, en el medio de la más apoteósica faena, descubre que a la roja y grave muleta del torero le falta un pespunte y que, en cambio, la capa trae una alegre y hermosa perfección que le permite al matador ejercer con plenitud la personificación de su arte, o sea, aquello que Joselito llamó el estilo y que, según él, no era otra cosa más que la gracia con que se viene al mundo.

    Por todo ello puedo decir, hoy, que al inefable matador de hembritas parisienses Remigio González le faltó siempre un pespunte y que nunca me cansé de observarlo. En otoño llevaba siempre un impermeable a lo Albert Camus y Humphrey Bogart, y esquineaba por todas las calles del barrio latino, poniéndose en marcha, eso sí, no bien pasaba una mamasel mamacita digna de que él pusiera en funcionamiento la estudiada y presumida ciencia del enamoramiento que allá, en su Lima de barrio chico y cortas miras, le había resultado tan exacta como infalible. Yo conocía sus itinerarios preferidos y me dedicaba a observarlo con tanta curiosidad como piedad. ¿Cuál era su error? ¿Cuál era la razón por la que, una y otra vez, tarde tras tarde y noche tras noche, abandonara el barrio latino sin una sola presa?

    Yo creo que era que ya las muchachas de aquel momento parisiense y cosmopolita ni lo entendían. Y que poco a poco el altivo pelirrojo empezaba a parecerse cada vez más un desamparado indio que baja a Lima desde sus andinas alturas y quiere preguntarnos algo desesperadamente, en un idioma que le es ajeno. Se ha dicho, y es cierto, que por Lima uno pude curzarse con un hombre que acaba de llegar, por ejemplo, del siglo XVI. Pues eso es lo que creo yo que le ocurría al pobre.

    Porque cuando llegó al invierno y Remigio González -que, dicho sea de paso, jamás pisó el curso de cooperativismo para el que se le había otorgado la beca- estrenó un abrigo simple y llanamente inenarrable, y se engominó más que nuca su roja cabellera lacia y dijo más que nunca mamasel y mamacita y ¿voulezvous un café avec un péruvien comme moi à París la bohème?, Sin la más remota posibilidad de éxito, él y su decaída fama de don Juanito -éste era su apodo, desde mediados del invierno, más o menos-, no tuvieron más remedio que trasladar sus puntos de observación del devenir femenino al mundo de las hembritas árabes. Y ahí no sólo fracasó, una vez más, sino que le llegó, además, la noche en que una mancha estudiantil árabe obró grupalmente, asestándole tremenda paliza por el solo hecho de haber pisado territorio magrebí.

    Y todo esto se debe, cómo no, a que un magrebí es como un latinoamericano corregido y aumentado, en todo lo que al eterno femenino se refiere. Los magrebíes respetan tu terreno con ley de hampa donjuanesca y hasta le hacen serias y respetuosas venias a tu pareja, por más bella y sublime que ésta sea. Y, ay, por consiguiente, ay de ti si te metes con una falda que les pertenece. Te aplican la ley del más macho con nocturnidad, alevosía y gran maldad, y eso equivale a que te caen de a montón magrebí y te dejan bien pateado en el suelo y convertido en carne de ambulancia.

    Y a aquella soberana paliza se debió la prolongada desaparición del barrio latino, sus esquinas y sus calles, del ya pobrecito Remigio González, y también su coja y tardía reaparición primaveral en el bulevar Saint Michel. Dicen que Valle Inclán fascinaba a las mujeres contádoles mil y una versiones de la pérdida de su brazo. Limitémonos a decir que, definitivamente, Remigio González no escribió Divinas palabras ni Luces de bohemia ni nada que se le parezca, ni muchísimo menos tampoco. Y que con la llegada del verano, y tras un fracaso en el ambiente de las latinoamericanas, redujo al máximo su campo de acción y ya sólo probó suerte sin suerte alguna entre sus compatriotas peruanas. Y que se fue de París sin saber absolutamente nada acerca de París y que en Lima se quedó calvo tan rápido que, hablándole muy de hombre a hombre, su padre le preguntó si por casualidad no había sobrevivido con las justas a una gonorrea en primavera o en verano, porque la gonorrea en el París de 1925 del señor González padre también era menos maligna y mortal que en invierno.

    Yo hubiera pagado por asistir a aquella conversación de hombre a hombre entre un padre de 1925 y un hijo que regresó del frente de batalla, en 1965, sin una sola condecoración y sin haber aprendido absolutamente nada sobre cooperativismo. Pero yo no estaba en Lima cuando Remigio González regresó de la guerra y perdió lastimosamente su pelirrojez, muy probablemente debido al clima desalentador y gris en que debió recordar uno por uno los momentos mil en que no logró disparar un solo tiro en París.

    Y eso que era terco como una mula, el lamentable y caduco Remigio. Esto me consta porque, entrado ya el calor fuerte del verano parisiense, hizo una última aparición donjuanesca por la rue des Ecoles.

    Tuve el triste privilegio de cruzármelo en mi camino y me detuve para verlo avanzar en dirección nada menos que al Panteón, con unos pantalones que ni un torero soportaría, de tan apretados, y una amplísima camisa hawaiana de mangas super cortas y que le colgaba por delante y por detrás con dos grandes faldellines. Mataba como nunca el asfalto poblado de féminas con su andar de torero en prostíbulo y de esbirro de dictadura trujillista en una imaginaria República Dominicana de 1965. Ahí lo dejé, camino al Panteón, sin que una sola muchacha se dignara pegarle una miradita siquiera a aquel gran macho del novecientos.

    Y seguí caminando por ese barrio latino poblado de latinoamericanos en el que ya triunfaban un Julio Cortázar, un Mario Vargas Llosa y un Miguel Angel Asturias. Y en el que todos los latinoamericanos eran de izquierda. Sí, todos eran de izquierda. Hasta los de derecha en vacaciones lo eran. Todos, toditos lo eran en aquel entonces barrio estudiantil por el que yo continuaba caminando y tarareando una canción que años atrás había dado la vuelta al mundo, creo:

    Pobre gente de París

    No la pasa muy feliz...

    Con la única excepción de Verita, por supuesto, que, por decirlo de alguna manera, a París llegó en 1966 para vengar a Remigio González y volver a izar hasta las nubes el pabellón del eterno seductor latinoamericano, aunque en una versión bastante actualizada, para decir la verdad. ¿O qué se han creído ustedes que era Verita? Verita era...

    No me esperen en abril (fragmento)

    Ramoncito Fitzgerald Olavarría, que leía a Proust y estaba emparentado con medio Lima, había sido demasiado lindo de niño, delicadísimo de adolescente, piadosísimo al cumplir la mayoría de edad y, finalmente, un adulto profundamente depresivo hasta que encontró la salvación de su equilibrio psíquico en su verdadera vocación: Sacerdote de moda. Lo suyo, según él mismo confesaba y predicaba en púlpitos pero sólo en iglesias de San Isidro, lo suyo era continuar metido entre los millones que su familia había poseído gracias a urbanizables haciendas aledañas a Lima, y hacer entre los ricos su verdadero apostolado con el fin de que algún día íntegre la alta sociedad de Lima pasara por el hueco de una aguja. Detestaba, eso sí, compararla con un camello, y se deprimía a muerte cuando alguien se olvidaba de invitarlo a uno de esos cócteles a los que llegaba vestido con un elegantísimo terno gris y el cuello sacerdotal por todo sacerdocio, ya que enseguida se lanzaba a contar chistes y chismes de grupo en grupo, respetando siempre, no faltaría más, la antigüedad de los apellidos y el monto de las fortunas. Pero nunca había sido mala la intención del padre Ramoncito, que vivía en una preciosa casita de estilo inglés, en pleno corazón de San Isidro, que daba la vida por confesar a los adolescentes hijos de sus amigos de adolescencia, pero no en un confesionario de iglesia sino, pero qué moderno es el hijo de Luchita Olavarría, en la media luz eterna de la salita de su casa, al lado de la chimenea, fumando su pipa y de tú a tú, por supuesto.

    Verita y la Ciudad luz

    A Nole y Jean Franco

    "Mamita! Qué tal par de cretinos!", fueron las primeras palabras que escuché decir a Verita. Aún no lo conocía, ni sabía quién era, ni sabía tampoco que era peruano ni en qué momento había hecho su aparición en L'Escale, un pequeño, muy oscuro y sumamente atabacado local musical, situado en la rue Monsieur le Prince, entre los bulevares Saint Germain y Saint Michel, y en pleno corazón elegante del Barrio latino.

    Sin embargo, L'Escale distaba mucho de ser un local distinguido o minimamente elegante, siquiera, y ahí uno se instalaba como podía en mesitas apretujadas y se sentaba en incomodísimos y muy bajos taburetitos, sin saber nunca muy bien qué hacer con las piernas. Pero aquel simpático y muy popular antrillo era algo así como la meca musical de los latinoamericanos en la época en que llegué a París y lo seguiría siendo muchísimos años después. En él habían cantado o tocado la guitarra, el arpa, la quena, el charango y qué sé yo cuántos instrumento más del folclor latinoamericano, con la única finalidad de ganarse un con qué vivir, jóvenes promesas de las letras y de las artes, como el venezolano Soto, cuya obra plástica adquiriría con el tiempo renombre universal, Y a él acudía cada noche, a escuchar su música y beberse tintorros y sangrías de nostalgia, o simple y llanamente a divertirse con un grupo de amigotes o con una chicoca, toda una fauna proveniente de cuanto rincón pueda encontrar uno entre el Grande y la Patagonia.

    Una noche estaba yo ahí sentado con mis amigos y compatriotas Carmen Barreda, futura gran pintora peruana, Raúl Asín, futuro abogadazo y hasta presidente de una gran empresa, y el simpático y siempre correcto Carlos Condemarín, otro mayúsculo futurible más, y no sé bien si hasta ministro aún en pañales, pero sí algún día presidente, me parece, de algo tan importante como el Banco de la Nación o el Reserva del Perú, o qué sé yo, pero a lo grande, eso sí.

    Y estábamos de lo más tranquilos con nuestra jarra de sangría, escuchando canciones paraguayas, pasillos ecuatorianos y Juan Charasqueado, nuestra canción preferida, cuando a alguien se le ocurrió mandarse La Cumparsita y dos bonaerenses casi se nos mueren juntitos de nostalgia, a pesar de encontrarse ubicados en las dos mesas más distantes que había en L'Escale.

    - Llo no aguanto más sin Buenos Aires - se quejó amargamente el bonaerense invisible de la mesa del fondo del negro local.

    - Y llo mucho más que vos - se amargó lamentablemente el invisible de la mesa justito al pie del estrado.

    - Fíjate que lla llevo tres días desde que salí - dialogó en la oscuridad el llo del fondo invisible.

    - Y llo toda una semana - empezaba a batir su propio récord el invisible de al lado del estrado, cuando se oyó que un tipo soltaba la carcajada, al tiempo que encendía un encendedor Zippo y se ponía la tremenda mecha encendida en la cara, para que lo vieran bien y oyeran aún mejor su irónico y exclamativo comentario:

    - Mamita! Qué tal par de cretinos!

    Era Verita, por supuesto, y resultó ser peruano y bien macho, si lo pide la ocasión, y hasta se puso de pie con el Zippo de fogata, porque aquí el que ronca ronca y qué, pero felizmente los bonaerenses ni lo vieron ni lo oyeron, de puro enfrascados en la nostalgia en que se hallaban.

    Así conocimos a Luis Antonio Vera, alias Verita, por lo entrañable y simpático que era, ingeniero agrónomo de profesión, enólogo de especialización, en Francia y donde haya buen vino, hombre de sonrisa eterna que jamás en su vida había tenido un problema, y que en su enológico y motorista recorrido por los viñedos de Europa y media, iba dejando una estela de alegría y positivismo absolutos y contagiosamente maravillosos. Porque para Verita todo lo bueno era posible y todo lo malo simple y llanamente imposible. Verita era un ejemplar único de peruano optimista de principio a fin y de cabo a rabo, de sol a sol y de año tras año y de década tras década, mañana, tarde y noche. Yo, un día, por ejemplo, le pregunté por Cesar Vallejo, el más metafísicamente triste y pesimista de todos los peruanos, que ya es decir, y que incluso consideraba muy seria y gravemente la posibilidad de haber nacido un día en que Dios estaba enfermo...

    - No me vengas con cuentos, hermanito - me interrumpió Verita, agregando: - Sin ánimo de querer discutir con todo un hombre de letras de cambio, je je, como tú, permíteme decirte que, por más grande y genial que fuera Vallejo como poeta, sólo a un huevas tristes se le ocurre pensar una cosa semejante, y además soltártela en un poema.

    - Bueno, pero se le ocurrió.

    - Púchica, hermanito. Ponme tú al Cholo Vallejo delante y meto tal inyección de desahuevina que lo convierto en Walt Whitman. A ese hombre seguro que le faltaba una buena hembrita y uno de esos vinos cuyo secreto sólo posee este pechito.

    Así esa Luis Antonio Vera, Verita para sus amigos y Varita Mágica para sus amigas. Todavía lo recuerdo, corriendo en su moto por todo París con una chica en el asiento posterior. Y una chica distinta, cada día. Y sin embargo, Verita no era un donjuán ni un veleta, ni era tampoco un motociclista que recorría Europa dejando un amor en cada puerto. Verita era simple y llanamente simpático y contagioso. Sí, sumamente contagioso. Porque durante el año que permaneció en París todos conocimos montones de chicas encantadoras y muchos incluso nos casamos. Yo, el primero. Y nadie tenía un centavo para celebrar su boda pero eso no fue jamás problema alguno para aquel muchacho tan generoso como entrañable y alegre. Se conquistaba al primer dueño de restaurante que conocía, organizaba una colecta en pro del amor, y todo quedaba pagado en un comedor especial que él hacía cerrar para los festejos, aunque con una extraña condición, eso sí: que lo dejaran sacar a la novia cargada del restaurante cuando terminara el bailongo.

    - ¿Y eso por qué, Verita? - Le pregunté un día.

    - Para entrenarme, hermanito - me decía. - Porque el día que Verita ame, nadie va a amar como Verita. Y a su hembrita la va llevar cargada por el mundo entero.

    - ¿Y por qué no te entrenas cargando a todas las chicas que paseas en tu moto?

    - Pa' que no se hagan locas ilusiones, pues, hermanito. Cargando a las novias de mis amigos nadie se hace ilusiones y en cambio Verita se mantiene en forma para el gran día del amor.

    Verita, que jamás conoció ni oyó hablar de caduco y lamentable Remigio González, el peruano aquel que tiempo antes de su llegada se pasó un año entero en París dedicado única y exclusivamente a meterle letra a cuanta chica se cruzaba en su camino, y que abandonó la Ciudad luz con la cara de héroe muerto en batalla perdida, tras haber llegado con un optimismo guerrero que ni los generales Eisenhower, Patton y Mac Arthur juntos. Verita, que con su permanente sonrisa, sus ojitos chinos de felicidad y vivaces y locuaces miraba a mil sitios al mismo tiempo y de cada uno de ellos le llovía una muchacha para su moto, Verita, sí, era una suerte de inmensa y definitiva reivindicación del honor perdido por un peruano tan cretino como creído y tan caduco en su estilo como lamentable en su grosera ambición. Verita nos había dado, en cambio, y nos seguía dando cada día, lo mejor de su campechanismo, de su naturalidad, de su nobleza y de su contagiosísima alegría. O sea que Verita se merecía lo mejor, y lo encontró en París.

    Y había que verlo y oírlo cuando nos hablaba de su Ingrid, con su habitual plaga de diminutivos: "Una alemanita, hermanito, una diocesita, una virgencita de altar", Y se montaba en su moto y salía disparado a sus cursos intensivos de alemán en el Instituto Goethe de París. Y nos mostraba feliz las buenas notas que iba acumulando mientras su Ingridcita visitaba a sus padres en Alemania para anunciarles su inminente boda con el enólogo peruano diplomado summa cum laude en la lengua de Goethe y todo. Y la esperaba soñando en diminutivo y con la más grande y feliz ternura que he visto en mi vida. Y por mi departamento caía a cada rato para mantenerse en forma, cargando un rato a mi carcajeante esposa. Y de mi departamento corría al de otro amigo y luego al de otro y así de visita en visita para que uno tras otro los amigos le prestáramos cinco minutitos a tu señora, hermanito, para que cuando mi Ingridcita regrese yo esté en forma para llevarla cargada por el mundo entero y sus viñedos...

    Nevaba el día en que tomamos conciencia de que hacía varios meses que nadie veía a Verita. Y fuimos varios los amigos que nos acercamos al departamento en que vivía, en busca de noticias. Un portero locuaz nos hizo saber que el señor Luis Antonio Vera había sufrido algún tipo de dolencia y que también algún problema personal o sentimental; lo había hecho vender su motocicleta, cancelar su contrato de alquiler y desaparecer de la noche a la mañana, sin despedirse de nadie.

    Tuve que esperar un año para enterarme, de la forma más casual, que Ingridcita, su alemanita, su diocesita y virgencita de altar, no sólo lo había estafado, dejándolo sin un centavo, sino que al mismo tiempo le había trasmitido una enfermedad venérea. Melo contó un estudiante de medicina que conocí una tarde y que, al enterarse de que yo era peruano, recordó el caso de un pobre compatriota mío que, encontrándose en la miseria, se había prestado como conejillo de indias en una clase práctica de la Facultad de Medicina, a cambio de un tratamiento gratuito. Se llamaba Luis Antonio Vera y un catedrático de la Facultad lo había expuesto en su clase como ejemplo de lo que puede ser una feroz gonorrea, ante un grupo de muy atentos alumnos


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