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Sábado 23 de Octubre de 2021 |
 

Obras de José O. Álvarez

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Segunda parte. Huracán de pasión. El mimo fugitivo. Círculo hermenéutico. Humana trinidad. Pedro Mena, autor de Borges. Omnipresencia. Efecto mariposa. Nace una estrella. Misa por la guerra. Juan Pablo el marchista. Angeles de Eslovaquia. La monja de Borinquen. Prometeo desempleado. Don de la paloma. Fogoso patriotismo. Divina terquedad. Impotencia sansónica. Sherezado. Exhibicionista frustrado. Elsoytú.

Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 12719 | Votar | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
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    Obras de José O. Álvarez

    Huracán de pasión

        -Conmigo tienes amor todos los días -dijo María mientras devoraba al pintor Olimpo con toda la fuerza de su pasión.

        -Es lo que menos espero -contestó éste tratando de ocultar los escalofríos que le producían el ser objeto del deseo mariano.

        María sacia su inextinguible apetito con pintores, músicos, poetas y narradores. El ejercicio del amor la mantiene en forma y sus 40 abriles han conservado una primavera que apenas empieza a hacer mella en su cuerpo escultural. Ha sido la musa de más de mil artistas que han caído bajos sus encantos y dimitido temprano ante la avalancha de su amor desenfrenado.

        Le gustan los colores primarios que hacen resaltar su piel de alabastro que adquiere un halo mágico cuando está desnuda.

        En el acostumbrado paseo por las populares galerías de la Calle Ocho en la "sabuesera"de Miami, la encontramos como antes lo habíamos hecho con el descendiente de Miranda y el cilicio de su esposa, pareja irreconciliable que no se pierde una corrida de catres en cuanto a eventos artísticos se refiere. Como en esto me identifico con los Miranda, invité a Olimpo a hacer lo mismo. Acababa de llegar de Colombia huyendo de la caravana de la muerte.

        Nos sentamos en la avenida 16 a mirar a un bailarín que lo hace con cuatro mujeres que compiten en belleza y quienes esperan calladas su turno para mover espectacularmente hombros y caderas con el hombre. No falta un borracho que les toque las nalgas o una lesbiana drogada que les bese la boca. No se percatan que son maniquíes.

        El maestro no solo alisa con sus manos la cola de caballo de su mustia cabellera sino que sus inquietas manos les gusta recorrer el cabello de las chicas que se acercan a beber de su sapiencia. En ausencia de las chiquillas, de las que acostumbra a rodearse para mantener en vivo la virilidad, acariciaba con ternura a María quien se prende como chispa en verano duradero.

        El bailarín desarmó su tinglado disgustado con la drogada que no cesaba de besar a las despampanantes maniquíes dando paso a que los meseros empezaran a hacer lo mismo con las mesas desarmables. Al quedarnos sin mesa y sin mesero que nos atendiera, optamos por montarnos en la chiva de Hernando Díaz que se detuvo un momento y que acarreaba a varios colombianos que escandalosamente cantaban "La gota fría".

        Alcancé a oír que María coreaba "O me lleva él, o me lo llevo yo", cambiando un poco la patibularia frase de sentencia de muerte de la canción por esa de declaración de amor que denunciaba sus ganas exacerbadas por Olimpo. Las llamas del deseo la transforman, la alborotan y la hacen exudar un olor de hembra en celo que mi olfato de perro detectó al momento.

        Olimpo se hacía el loco y evitaba los rayos que le lanzaba María. En su rostro se notaba cierto disgusto acompañado de curiosidad. La chiva nos dejó en un bar-teatro frente al estacionamiento donde María había dejado su Lexus último modelo. Como todo estaba cerrado decidimos regresar a casa y ella gustosamente se ofreció a llevar al pintor.

        Al despedirnos alcancé a notar que Olimpo, en el SOS que nos lanzó en su mirada, trataba de decirnos que lo libráramos del huracán de pasión que se le venía encima.

    El mimo fugitivo

        El mimo se salió del cuadro y se fue a pasear a la Calle Ocho.

        Había logrado que Gastón le diera un espacio en una ventanilla de la "Galería Gastón" donde riegan los cuadro por el suelo. No es raro tropezarse con un Botero (100 mil dólares), un Obregón (150 mil dólares) o un Olimpo (250 mil dólares). Los cuadros de Gastón son los que guindan de las paredes.

        -"Ni que los precios de esos maestros estén por el piso", pensé al sospechar que tenía la intención de demostrar con ello que su obra tenía más altura.

        -Es que los precios de esos maestros los tengo por el piso, -se atrevió a decir al ver que no dejaba de observar una y otra vez los trazos firmes de Obregón, el manejo de las atmósferas de Botero y la abstracción levitacional de Olimpo.

        Un olor de animal muerto me sacó de mis elucubraciones. Alcanzaba a vislumbrar un aúrea azulosa que brotaban de las axilas de un mimo. Su traje remendado mostraba la pobreza absoluta que se cierne sobre los desamparados.

        Quise abordarlo pero la muralla del olor era infranqueable. LeonnoeL, el pintor con quien me encontraba haciendo el recorrido por las galerías de la Calle Ocho ya me había hablado del mimo. Se le había metido en la cabeza que ese mimo le había señalado el camino unidireccional que exige el mercado del arte a los artistas.

        -Ese mimo es mi eureka -me dijo el entusiasmado pintor mientras con señas le preguntaba al mimo su número de teléfono que éste dibujaba en el aire. LeonnoeL entiende de pinceladas firmes y concretas en el lienzo y no de pinturas en el aire. LeonnoeL seguía sin entender y lo acosaba para que dejara de hacer muecas y que hablara.

        Posiblemente el mimo sintió que esa presión tenía que ver con deudas contraídas y en un descuido se nos escapó. Mi olfato de perro me sirvió para seguir la huella azul que se iba haciendo tenue mientras se alejaba.

        Por las aceras llenas de cachibaches se entremezclaba. La expresión aterradora de su rostro demostraba que quería escapar de nuestro acecho.

        En una esquina lo perdimos. Hasta el tenue azul se hizo invisible porque el olor se desvaneció del todo.

        -Posiblemente hemos seguido un fantasma o una ánima en pena que no quiere que la martiricemos más, -le dije a LeonnoeL.

        Cuando lo dábamos por perdido un comentario al azar nos hizo mirarnos a los ojos con sorpresa.

        -Tremendo susto me ha pegado ese mimo, -dijo una señora que parecía un Botero que movía su escultural figura por la Calle Ocho.

        Cortésmente nos acercamos a ella. Aunque comprobamos que era un Botero, no le dimos mucha importancia a ese hecho. Lo que nos interesaba de ella era el comentario que había lanzado apoyando sus voluminosas manos en el pecho.

        -¿Dónde fue que viste al mimo? -le preguntó LeonnoeL.

        -Debo estar alucinando -dijo mientras su regordete dedo señalaba una galería y su mofletudo rostro perdía color y compostura.

        -¿Qué pasó? -volvió a insistir el pintor.

        -Me pareció que un mimo se metía en un cuadro -dijo la gorda apretando sus labios como si fuera a dar un beso.

        -Son locuras de esta vieja -nos dijo un señor de aspecto distinguido que la acompañaba. Su porte me trajo a la memoria uno de los personajes de la familia presidencial.

        En cámara lenta levanté mi quijada y empecé a dirigir mi olfato hacia la dirección señalada por la Botero. El olor poco a poco se abrió camino hasta llegar a mis narices.

        Caminando lentamente como si llevara una valiosa vajilla haciendo equilibrio en mi cabeza, nos dirigimos a la galería.

    Círculo hermenéutico

        "Buenas noches. Me llamo José Alvarez y me han pedido que tome la palabra en nombre de una académica que a última hora dimitió.

        Para emular su ponencia he recurrido a la hermenéutica arquetípica, la ciencia que me permitirá adentrarme como Hermes en los laberintos crípticos de los mensajes abiertos y velados de estos escritores de la diáspora.

        Retomo para ello los planteamientos de Martin Heidegger quien logró penetrar a través de una filosofía de entendimiento humano el círculo hermenéutico propuesto por Federico Schleiermacher.

        Deconstruir esos mensajes de los cuentos que esta noche van a leer es una tarea que Derrida haría de dos formas: la primera, denunciando el discurso central; la segunda, exponiendo los límites conceptuales metafísicos para que no quede por fuera ni el significante, ni el significado, ni la significación.

        Este criticismo genético fenomenológico de buscar la historia detrás del cuento es la herramienta que me permite como académico auscultar el pulso de la poética expresiva semiótica cuya recepción estética está presente en autores de calibre como los que esta noche nos honran con su presencia."

        Las caras de todos los que habían ido a participar en la tertulia literaria organizada por el consulado de Colombia en Coral Gables, estaban marcadas por un interrogante como preguntándose qué diablos hacían allí, o qué diablos hacía el petulante conferencista con esa jerga filosófico literaria que no tenía ni pies ni cabeza.

        Sentados en la mesa de honor, los escritores también se miraban atónitos poniendo en duda que sus cuentos ameritaran disquisiciones de esa índole. Los habían escrito solo para divertir y no para devanarse los sesos.

        La mayoría de los asistentes a la tertulia eran mujeres que habían dejado a sus esposos en casa disfrutando del partido de fútbol que se jugaba a la misma hora de la tertulia entre las selecciones de Colombia y Chile. Los equipos participaban en una Copa que por fin le traería paz al convulsionado país suramericano.

        Sin embargo, a pesar de haberle puesto cabeza a la decisión de asistir al consulado a cultivar el intelecto, las palabras emitidas por el conferencista pasaban de largo. "Más fructífero hubiera sido quedarnos viendo el partido en estos momentos cruciales para la patria", pensaban dándole la razón por primera vez a sus maridos.

        -¿Por qué es que si ese carajo está hablando en español no le entiendo ni jota? -le dijo a soto voce una puertorriqueña a una distinguida canosa que ya empezaba a dar muestras de impaciencia rascándose la cabeza como se la rascan los que tienen una preocupación de peso mayor.

        Un murmullo como de panal de abejas empezó a cundir en el Salón Santander del consulado e hizo que el conferencista levantara la cabeza para encontrarse con otras estupefactas. Las mefistofélicas cejas alimentadas de una penetrante mirada cortaron de tajo el murmullo. Posiblemente para no romper el silencio sepulcral que se posó sobre el salón, sin decirlo con palabras les dijo con señas que qué pasaba. La distinguida canosa levantó tímidamente la mano y pausadamente como midiendo las palabras demostrando su fina intención de ocultar su ignorancia dijo:

        -Lo único que he entendido es que usted se llama José Alvarez.

        El consulado se vino al piso de la estruendosa carcajada que todos soltaron al tiempo y de los aplausos a rabiar que arrancó esa interrupción tan oportuna.

        -Oh... lo siento, -dijo el conferencista que recibió la carcajada como una violenta cachetada a su hermenéutica postura.

        Trastabillando de nervios se dirigió a la mesa donde había dejado una carpeta. Al regresar al podio pidió excusas inclinando seguidamente la testa como anfitrión japonés.

        -Esas eran las notas de una ponencia que voy a dar en la Universidad de Yoayo sobre otra diáspora de las muchas que abundan en estos días -dijo tratando de recuperar la compostura de aquellos que se dan cuenta que han estado orinando fuera del tiesto.

        La rigidez que había empezado a imponer las galimatías que desde la torre de cristal del podio dirigía el conferensita se rompió en pedazos y creó un ambiente de verdadera tertulia que los escritores Rafael Vega, Marta Daza, Juan Pablo Salas, Jaime Cabrera y Luis Miranda se encargaron de hacer amena.

        Solo una escritora, con pose de intelectual consumada y cuya crítica literaria aparece en las mejores revistas del género pidió primero y luego exigió al conferencista que le diera una copia de esa "circunspecta ponencia" como lo recalcó con ínfulas de pavo real frente a un grupo de tertulianos que degustaban una picada ofrecida por el restaurante "Los Arrieros".

        Los del corrillo se abrieron como onda en lago al recibir una pedrada y los dejaron solos para que disfrutaran de la conversación de altura que se da en los círculos hermenéuticos.

        Acostumbrada a la jerigonza que manejaba en sus ensayos literarios, le reprochó al conferencista el que hubiera interrumpido la ponencia que ella estaba entendiendo a cabalidad.

    Humana trinidad

        Yo soy yo y dos más que me siguen a todas partes. Generalmente soy yo el que pongo la cara por lo que hacen y deshacen los otros dos.

        Yo soy ordenado, responsable, hierático, madrugador y adicto al trabajo. Sigo las reglas al pie de la letra y trato siempre de no descarrilarme. Las tentaciones las dejo pasar de largo porque evito caer en ellas. Soy tan correcto que produzco animaversión por ello. He podido detectar por el rabillo de mis ojos que la gente que me conoce sonríe hipócritamente y con un rictus de desprecio se conmueven de mi rectitud. No perdonan el hecho que sea un profesional, con varios títulos universitarios sumido en el anonimato de la alienación.

        Sobre mí podría escribir libros enteros que evito hacer para no dar material en bruto a los manuales de educación cívica y urbanidad. Claro que al final de cuentas ser yo no me hace ninguna gracia porque vivo de lunes a viernes cumpliéndole al tirano de mí mismo.

        Sábado y domingo les pertenece a los otros dos que comparten su tiempo sin poner reparos. Como el yo los ha acostumbrado a madrugar, estos tipos se levantan temprano los dos días de descanso para aprovechar mientras todos en casa duermen.

        Uno de ellos es narrador y el otro pintor. Esta humana trinidad es inadmisible en un mundo que llama a la superespecialización. Ellos han caído en esa trampa y cada uno se especializa en lo suyo aunque los tres comparten los descubrimientos realizados en su campo.

        Al narrador le gustan los cuentos breves porque piensa, como su maestro Borges, que son los más difíciles de lograr. A veces consulta a Rulfo porque le recuerda lo telúrico de su infancia.

        Como sabe escribir se puede dar el lujo de hacer un cuento de cualquier suceso por insignificante que sea porque sabe extraer toda la savia subyacente que recorren los ríos de la cotidianidad.

        Al pintor le encanta la abstracción. Educado por chamanes del Amazonas, sabe que puede penetrar en la espiritualidad del color y de la forma en espacios polidireccionales. No es un místico pero cree que en el segundo de una meditación puede consultar la infinita cantera de imágenes que escasamente alcanza a reflejar pálidamente en sus cuadros. No disfruta tanto el producto final sino el proceso paulatino en que los colores y las formas se mezclan, entrechocan, se difuminan, explotan y crean un caleidoscopio como el que se da cuando nace una estrella.

        A este yo plural, una sola persona en tres distintos personajes, he querido ajustarlos en una cronotopia equitativa, pero el tiempo se escapa y el espacio se reduce.

        Los tres discuten, comparten y disfrutan de cosas que los apartan y los unen, de lazos más fuertes que las células que comparten en ese vehículo estrictamente corporal. Eso les ayuda a soportar cualquier crítica porque les evita el postmoderno síndrome de la depresión.

        A fin de cuentas soy yo el que muchas veces sufro la depre porque me doy cuenta que el paso irremediable de los años me afecta a mí que me la paso haciendo cosas que no tienen trascendencia. En cambio lo que hacen el narrador y el pintor, puede salvarlos del olvido.

    Pedro Mena, autor de Borges

        Soy Pedro Mena y soy el autor de Borges. Puede que esta confesión caiga como baldado de agua fría en la cabeza de los amantes de ese impostor, pero es una verdad que no ha visto la luz por estar cumpliendo condena. Un editor que tiene los derechos de la obra cervantina y ahora "dizque borgesiana", me demandó por plagio.

        Sus espías académicos defensores de las letras y la dignidad me cogieron copiando El Quijote al pie de la letra y eso me ha costado casi toda mi vida en prisión. Sin embargo, el mismo desgraciado que desgració mi vida se dio mañas para hacerse a mis escritos.

        Ahora que soy libre me encuentro con que todos mis apuntes los han falseado y tergiversado y le son atribuidos a un tal Borges.

        El tiempo de prisión me curó de la costumbre de copiar textualmente a los clásicos que tenía desde que tengo uso de razón. Dante, Shakespeare, Homero, Tomás de Aquino, Aristóteles y uno o dos más eran mis maestros. Repetir textualmente los escritos de estos autores me permitía adentrarme en los vericuetos de su genialidad para apropiarme de su memoria y de sus demonios.

        Aunque mi amigo el siquiatra me diagnosticó que la mejor manera de ser escritor era asistiendo a los talleres de escritura, con una sola vez que asistí a uno de ellos quedé curado porque me estrellé con mucha parla, poca letra.

        En la corte no aceptaron mis excusas de que la mejor lectura es la que se escribe. El peso de la fortuna del editor de marras pesó a la hora del fallo y mi vida se dirigió por los senderos del infortunio.

        No fue por falta de talento que no escribí novelas o ensayos peripatéticos. La brevedad de mis escritos se debió a la falta de papel. El único escrito largo, exceptuando las obras que copiaba textualmente, fue el que escribí en las paredes de la cárcel que pintaban una y otra vez. Esa, que considero mi obra maestra, era mandada a borrar cada vez que llenaba sus muros, por el director de prisiones, un enemigo acérrimo de los graffitis. Abrigo la esperanza que algún día, cuando logre aclarar todo este embrollo, pueda exhumar el palimpsesto de mi obra maestra siguiendo los procedimientos que utilizaron para recuperar el original de la Ultima Cena de Leonardo de Vinci que casi había desaparecido.

        La infamia de todo este enredo merece una historia local. Han llegado al descaro de titular a unos de mis manuscritos como "Textos cautivos", cuando el que estaba cautivo era yo. Afortunadamente puedo contar el cuento porque no llegaron al extremo de poner en práctica los postulados del homicida Roland Barthes.

        No quiero enumerar los hechos de mi vida para dar constancia de mi reclamo, sino enumerar algunas de las obras cuyos títulos y contenido fueron tergiversados añadiéndoles retazos de enciclopedia para congraciarse con los pedantes.

        "El Delta", que seguía las electroencefalográficas frecuencias del sueño, fue cambiado a "El Aleph" que se ubica en el nivel de lo real. La cuadratura del tiempo finito representado en un dado, da paso a la cacofonía del caos del infinito tiempo circular representado en una minúscula bola brillante.

        El jardín de los senderos que se bifurcan era el de los senderos que se multiplican. Había rehusado ese título que fue el primero que me asaltó al escribirlo, porque empezaba a sospechar de las pobres dicotomías que tanto sirven a los críticos.

        Funesto el desmemoriado, quien había servido de conejillo de indias a un doctor alemán de apellido Alzheimer, lo bautizaron "Funes, el memorioso". El protagonista mío veía la inutilidad de la historia que siempre se repite. Por eso su memoria era virgen. Ninguna idea lo manchaba. En cambio el otro, se convertía en una enciclopedia ambulante de saberes que mataban la capacidad del asombro.

        Para no caer en el campo de las repeticiones de las enumeraciones tan abusadas por mi impostor, el lector ya puede imaginar lo que sucedió con todos los otros manuscritos como lo plantea Wolfgang Iser con su teoría de la recepción.

        Su supuesto "corpus" literario es motivo de discusión en todos los círculos del planeta a donde he tratado de entrar para aclarar dicha impostura pero siempre me sacan a empellones y me declaran persona no grata.

        Una revista francesa que denunció el entuerto fue sacada de circulación y Roger Caillois, quien firmaba el documento, condenado al olvido. Antonio Tabuchi, siguiendo las pistas del francés, lo corroboró en el suplemento literario del periódico Clarín de Buenos Aires el 13 de junio de 1996, pero recibió su bien merecido: fue ignorado y declarado loco.

        No culpo a Borges. El fue solo una víctima del tinglado armado por académicos y editores. Se aprovecharon de su bondad pero fundamentalmente de su ceguera, como se aprovecharon de mí por venir de un lugar remoto.

        Por ese complejo de inferioridad de creer que solo trasciende lo que huela a extranjero, hasta mi nombre fue cambiado. En lugar de Pedro Mena, natural del Chocó, Colombia, me llamaron Pierre Menard.

    Omnipresencia

        ¿Estás aquí, allá o acullá? -me preguntan al mismo tiempo Héctor, Juán Pablo y Freda.

       Esa pregunta me produce pánico al constatar que mis carnes acostumbradas a compartir un tiempo y un espacio señalados están ahora en tres partes.

        El vértigo que siento al subvertir la medida del espacio es un absurdo para un simple mortal como yo, que al hacerlo se enmanguala con la ubicuidad de los dioses.

        El ayer, el hoy y el mañana, no me producen temor porque ya los he develado descubriendo sus secretos. Por esa razón había aceptado tiempo atrás participar en las lecturas que realizan los escritores de la diáspora en las librerías de Barnes and Nobles de Coral Gables, Kendall y Plantation, en el estado del sol. En ese momento no me di cuenta que comprometía mi presencia con un futuro ubicuo que ahora me tiene tripartido.

        Por eso si me preguntas de nuevo dónde estoy te puedo asegurar que ahora mismo te presento a ti Héctor Vallés, aquí en Coral Gables; a ti Juan Pablo Salas, aquí en Kendall, y a ti Freda Mosquera, aquí en Plantation.

       Esta relación lineal de un hecho simultáneo me impide adentrarme en los vericuetos de la obra de cada uno de ustedes estimados compañeros. Creerán que he cometido una injusticia al dejar a la escritora de último en esta relación. Para evitar cismas en el seno de la diáspora quiero aclarar que este orden obedece más al orden temporal en que ustedes me solicitaron que los presentara, y no a supuestas manipulaciones que se entroncan más con el manoseado tema de congresos académicos cegados con géneros e identidades reivindicadoras.

       Por otro lado, no quiero estropear la lectura de tu libro Héctor que has llamado "Memorias del sanatorio" con disquisiciones sobre el mundo de la sinrazón razonada; ni del tuyo Juan Pablo, esas "Crónicas del último colombiano" desplazado de su amado espacio telúrico; mucho menos tus "Cuentos de seda y de sangre", Freda, donde el erotismo se derrama a borbotones. Prefiero que los compren y los disfruten, porque están hechos para entretener y no para cambiar el mundo que de por sí cambia vertiginosamente.

       Como el papel aguanta todo, en el Nuevo Herald aparecía mi nombre como presentador de ustedes tres a la misma hora en diferente lugar. Casi nadie se dio cuenta de ese entrecruce obnubilados por la amnesia del presentismo devorador.

       Tu llamada Freda, para avisarme que me habías dado el honor de presentarte aquí esta noche y de que ibas a leer el anuncio en el programa Monitor de Caracol Radio, me alertó del entrecruce y me llenó de angustia cuando me dijiste que no te fuera a quedar mal con ese tono sensual de seda que emula a tus cuentos.

       -"Acuérdate que serás el último colombiano al que recurra si me dejas plantado", me dijiste tú Juan Pablo, con un dejo de cordial amenaza que me hizo imaginar la recibida por el protagonista de tu obra en una llamada que entró por la otra línea mientras hablaba con Freda.

        En el momento que hablábamos three way entró Héctor a apersonarse que cumpliría el compromiso de presentarlo.

       A los tres les di el sí como novio que no sabe para dónde coger cuando está frente al altar al lado de una novia puesta a fuerza.

       Afortunadamente un alma gemela con la mía, que logra trasladarse a dimensiones desconocidas, me prestó un cassette que conduce a la omnipresencia si uno se relaja a profundidad y se auto-hipnotiza.

       Aunque el espíritu es el que logra fraccionarse para viajar a donde uno quiera y azuzado por el compromiso contraído, me di a la tarea de lograr lo mismo con el cuerpo.

       De mi padre aprendí que palabra dada, palabra sagrada; que no debe profanarse, aunque para ello haya que romperse en pedazos con tal de cumplirla al pie de la letra.

    Efecto mariposa

        Educado dentro de esa rígida concepción cristiana, Orlando Sánchez no se atrevía a saltar barreras ni cuestionar el universo que veía como un enorme reloj suizo. El orden era su faro.

       Una noche que fue a quedarse donde los Miranda se estrelló con el caos. Un seguidor de Ilya Prigogine lo mantuvo a raya con el cuento de las "estructuras de no equilibrio" y del "efecto mariposa". La cháchara caótica la alimentaba con marigüana, hongos, peyote, yagé, whisky, vodka y aguardiente.

       Seguidor de simetrías, determinismos e inmutabilidades, Orlando había apoyado sus creencias en Newton y Leibniz en vista que los cimientos de su fe flaqueaban un poco. Estaba convencido como Newton que Dios no jugaba a los dados y como Leibniz de la armonía de lo creado.

       Caer de sopapo en las garras de L. C. Vila fue toda una revelación superior a las que tenía en los grupos de oración a que pertenecía donde lograban rozar el paraíso cuando los espíritus se caldeaban con los cantos y alabanzas.

       El orden de Orlando no se reflejaba en su presencia personal como el caos tampoco en L. C. El uno comía lo que le pusieran al frente sin miramientos, mientras que el otro se cuidaba de las carnes y las grasas. Las yerbas abundaban en sus recetas. Las comidas preparadas por L. C. eran una delicia para el paladar. Estaba convencido que hombre que no sabía cocinar no sabía hacer el amor.

       -Creo que el amor completo es el que se asemeja a la divina trinidad que ustedes los cristianos pregonan.

       Orlando paró sus orejas de Bimbo. Por fin L. C. decía algo que se entroncaba en sus creencias.

       -Tienes razón -ripostaba Orlando-. Ahí desemboca toda la fuente de nuestra creencia: en la Santísima Trinidad.

       La ironía de la sonrisa de L. C. ponía en acecho a Orlando. Su mofletuda cara se llenaba de sangre.

      -Un hombre y una mujer forman la trinidad perfecta, -dijo L. C. revelando el por qué de su sonrisa.

      -Eso es degradante -contestó Orlando haciendo resonar la r' para enfatizar su palabra.

        -Un hombre no está en capacidad de saciar la pasión de una mujer.

        L. C. vive con dos mujeres y los tres se aman. Orlando es monógamo y, según sus aferrados criterios, el amor es una costumbre que solo la muerte puede acabar.

        Orlando imaginó con envidia que no podía igualar los encantos de L. C. que saltaban a la vista. La pasión que ponía a sus palabras hacía tambalear los prejuicios de Orlando quien emulaba con su voz arrastrada el peso de su barriga y su papada.

        La tercera mujer entró por casualidad en la vida de pareja de L. C. con su novia. Luego de hacer el amor notaba que su compañera quedaba en espera de más aunque disfrutaba del sexo. Una vez, después de hacerlo, su novia le confesó su fantasía erótica: dejarse amar de una mujer. A L. C. le pareció que esta idea era perfecta y se dieron a la caza hasta que encontraron un corazón gemelo en una de las correrías por las galerías de Coral Gables.

        Los dos quedaron prendados de una mujer alta, cuerpo trabajado, cabellos negros, ojos negros y profundos, cejas espesas, sonrisa ancha, boca sensual y en los treinta; atributos compartidos por ellos como si de una hermana se tratara. Una mirada triangular selló el pacto y esa noche L. C. constató que su novia lograba la plenitud.

        Orlando escuchaba boquiabierto cómo L. C. ponía sobre el tapete intimidades de su vida.

        A pesar de desnudar su alma, L. C. no logró desnudar la de Orlando y supuso que no lo hacía porque comprendía que en su vida todo había sido arreglado, corregido y aceptado con férula.

        Posiblemente de niño su espíritu rebelde fue domesticado. Orlando guardó para sí los recuerdos. En casa, la severidad de su padre no aceptaba descarríos y develarlos era un agravio a su venerada memoria. El recuerdo lo golpeó de nuevo al sentir la punzada cuando era puesto en el rincón de la sala arrodillado y con ladrillos levantados en cada mano hasta que no podía con ellos y sus brazos se entumecían de cansancio. Era el castigo mínimo a mínimas travesuras. Las mayores le producían escalofríos con sólo evocarlas.

        En la escuela también conoció todos los rincones de los salones de clase. Allí era puesto por no atender, por mirar por la ventana, por pintar o escribir lo que no era.

        Por eso Orlando a pesar de su formalidad y precisión, empezó a mirar con otros ojos a L. C. Pensaba que al igual que él, había sido un espíritu libre con la diferencia que a L. C. no le habían puesto freno.

        El humo sutil de marigüana que entraba a bocanadas a la casa, aunque L. C. se la fumara afuera, Orlando se lo imaginaba como el aleteo de la mariposa de Pekín que desencadenaba huracanes en California. Ese efecto mariposa se metía por los intersticios de la muralla china construida con tesón por sus ancestros y que Orlando con su estrabismo veía derrumbarse fractalmente para entrar en el reino de la incertidumbre.

    Nace una estrella

        La noche que murió mi madre le prometí una serenata.

       Amante de la música de cuerdas aguantó su último suspiro para cerciorarse que lo que oía era verdad. No quería llevarse la frustración que tuvo el día de las madres cuando pensó que su querido cejudo había atravesado el Atlántico para ir a cantarle sus canciones preferidas que cantaron unos amigos que le llevaron serenata.

       No alcancé a decirle que lo haría cuando escampara porque estiró la pata antes de confirmar la fecha.

       -Posiblemente la plegaria del espíritu de su madre conmovió a San Pedro, -dijo una amiga que se encontraba entre la multitud de familiares y amigos que acudieron a darle el último adiós.

       No habían servido las rogativas ni los sacrificios. Ese verano había sido largo y hasta las piedras sintieron la furia solar al chitiarse en lajas.

       Al expirar se abrieron las compuertas del cielo y llovió a cántaros sábado, domingo y lunes.

       Aun bajo la lluvia torrencial todo el pueblo se dio mañas para ir a la Funeraria Gutiérrez, no tanto por velar a mi madre, sino por cerciorarse de las palpitaciones de un Cristo que había pintado mi hermano emulando al de Velásquez y que habían colocado en medio de la capilla de velación.

       Al tercer día escampó. El verde se apoderó del paisaje y la tierra expelió un aroma de gratitud.

       La noche del martes, el cielo del Carmen de Apicalá, donde nació mi madre, abrió una ventana triangular. Era el único espacio libre dejado por las estrellas que colgaban como racimos. Esa ventana dejaba ver la nebulosa del águila que en ese momento el telescopio Hubbles tenía en la mira como pude comprobar después por la Internet.

       Al terminar de cantar la canción que tanto le gustaba...

       Mama vieja, yo te canto desde aquí,

       esta zamba, que una vez te prometí...

       ... de la esquina superior de la ventana se desprendió una luz que viajó en cámara lenta hasta el centro de la pirámide donde explotó con una ternura que me erizó los vellos, hizo desmayar a mi hermana e inundar de una emoción incontrolable a mi cuñada.

       Mi hermano menor, quien coincidencialmente había llegado allí guitarra en mano, no pudo verla por estar pendiente de que se hijo no se fuera por el abismo.

       -Es un milagro -dijo mi cuñada cuando pudo destrabar la lengua.

       Mi hermana despertó del desmayo con una cara plena, iluminada de felicidad, como si hubiera rozado el paraíso. La huella de angustia y dolor que se había marcado en los ocho meses desde que supo del cáncer implacable que azotó a mi madre se borró de su semblante.

       -Ella ahora sí descansa para siempre -nos dijo para aclarar nuestro extrañamiento.

       Esa hermosa luz azul que vi multiplicarse en un caleidoscopio de colores se coló en mis sueños. Intrigado me puse a investigar y descubrí que mi madre agradeció la serenata que le había prometido el día de su muerte naciendo en una estrella.

    Misa por la guerra

        -Yo no voy a esa misa porque no creo en el Dios del Antiguo Testamento, -fue la respuesta tajante que le dio Julia a Orlando cuando éste la invitó al consulado. -Por Rafael Escalona me haría el viaje, pero por una misa donde posiblemente pongan como estandarte la ley del talión, olvídate! -reafirmó con un tono que mostraba la apatía completa hacia lo que Julia llamaba "el opio de la humanidad".

        Orlando estaba enamorado de Julia y como a ella le gustaba asistir a los actos programados por el consulado colombiano de Coral Gables, siempre se hacía el viaje Miami - West Palm Beach - Miami multiplicado por dos para poder disfrutar de su presencia por unas horas aunque no de sus ideas. Orlando se había propuesto no solo conquistar su cuerpo, sino salvar su alma.

        Apesadumbrado Orlando se fue solo para el consulado y para su sorpresa lo encontró repleto. El homenaje al maestro Rafael Escalona, compositor de vallenatos que Carlos Vives ha puesto en la palestra internacional, había sido sustituido por una misa en memoria a las víctimas de la masacre cometida por terroristas desalmados al corazón financiero y militar de los Estados Unidos.

        Orlando se conmovió hasta las lágrimas con el sermón de un sacerdote que con una voz apenas perceptible llamaba a la vindicta del ojo por ojo, diente por diente.

        -Le he pedido a Dios para que le de la fuerza a este país para que borre de la faz de la tierra al enemigo.

        Eso mismo rezaba Orlando todas las noches antes de acostarse y desde la tragedia había aumentado la vigilia, prendido velas, puesto banderas, rebajó dos libras con la dieta de sus 260 normales, había llorado como lo hacía en la misa al ver que sus sentimientos guerreristas eran compartidos por casi todos los asistentes a la misa que aprobaban con la cabeza el sermón del sacerdote.

        Pero no todos aprobaban el sermón. Orlando alcanzó a escuchar claramente que al rezar el Padre Nuestro un grupo de jóvenes vestidos de naranja enfatizaron el "perdona nuestras ofensas como también nosotros PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN".

        Una mirada piadosa se lanzaron la cónsul, vice-cónsul, sacerdote y feligreses al ver que la oración que rezaban mecánicamente adquiría un significado distinto para el grupo naranja.

        Al pasar a comulgar Orlando vio un hermoso cuerpo de una mujer morena, pelo largo y negro, blue jeans de color naranja que demarcaban un trasero bien moldeado parecido al de Julia, estuvo a punto de devolverse y no comulgar por tener pensamientos lascivos como los que tenía al ver y pensar en Julia. Mentalmente pidió perdón a Dios por caer en la tentación y siguió adelante. Al regresar comprobó que ese cuerpo escultural era el de Julia que estaba allí entre el grupo que había alzado la voz en la oración que Jesús le enseñó a sus discípulos.

        Orlando casi se ahoga con el cuerpo de Cristo, pero logró controlarse. A la hora de la paz, el grupo anaranjado hizo gran alboroto abrazando a todos los que estaban cerca. Cuando una de las del grupo optó por abrazarle en lugar de estrechar la mano que él le extendía mientras le decía conmovida que "la paz sea contigo", Orlando recapacitó que esos sentimientos de venganza que abrigaba últimamente no eran saludables.

        Si un atisbo de arrepentimiento había asomado lo anuló el hecho de ver cómo el grupo anaranjado le caía al sacerdote para cuestionarle duramente el sermón guerrerista que "no se compadecía con las enseñanzas del divino maestro", como le recalcaba uno de ellos.

        Quiso hablarle a Julia pero ella se había enfrascado en una discusión con una católica que había dejado de cantar el canto a la Virgen de "ha venido a América, ha venido a América, ha venido a América a traer la paz", para criticar con los ánimos exaltados a ese grupo de "idiotas útiles que le hacen juego a Satanás", como se lo repetía con los ojos salidos de las órbitas a Julia que lo único que había querido era invitarla a ver si se le medía a la marcha hacia el Caguán para detener la violencia en Colombia.

        Al ver que Orlando aprobaba lo que decía la feligrés mariana, Julia lo miró de arriba a abajo como si fuera la primera vez que lo viera y con plante altanero lo dejó y se fue a repartir volantes entre la concurrencia para ver si encontraba a alguien que se comprometiera con el efecto naranja.

        Al verse despreciado Orlando decidió olvidarse de Julia y salir del consulado como perro regañado. De no ser porque rechazaba la evolución, por un momento pensó que la cola se le metía por entre las piernas. Era verdad que el cuerpo de esa mujer lo traía loco pero su alma ya estaba conprometida con el diablo. Entre la disyuntiva entre el bien y el mal que había recalcado el sacerdote en su sermón siguiendo las "claras directrices de la Operación Justicia Infinita del presidente", Orlando escogía las del bien aunque para ello hubiera que borrar de la faz del planeta a la mitad de sus habitantes.

    Juan Pablo el marchista

        Juan Pablo se alinea siempre con grupúsculos que todavía tienen viva la llama del ideal. Ante un mundo oscurecido por el cinismo, la voz de jóvenes como la de Juan Pablo, es como una arenita en el desierto.

        Un perro moribundo atropellado por un carro fantasma y salvado por el llamado solidario que hizo otro joven como Juan Pablo a través de la Internet, fue la chispa que dio nacimiento a un proyecto que pretendía salvar a la moribunda Colombia y de una vez por todas acabar con su violencia endémica.

        Al proyecto se le midieron jóvenes de todo el mundo al ver que la propuesta reflejaba una sutura a los ideales rotos por las generaciones anteriores que los habían traicionado.

        Juan Pablo puso su destreza de escritor en redactar los siete puntos del siguiente comunicado por la paz:

    "Yo, colombiano del siglo XXI, en unidad con mis hermanos colombianos y en un acto voluntario y libre, declaro:

    • 1. Que perdono a quienes me han causado daño y pido perdón por todo el daño que consciente o inconscientemente he causado a mis hermanos colombianos y a mi país.
    • 2. Que elijo la vida como la más importante de las instituciones y me comprometo a defenderla en toda circunstancia.
    • 3. Que renuncio a ejercer cualquier forma de maltrato, intolerancia y violencia.
    • 4. Que pido que inmediatamente cesen el secuestro, la represión y la muerte.
    • 5. Que eligo amar y respetar a mi hermano y a mi país y que manifestaré ese amor con mi servicio desinteresado.
    • 6. Que prometo participar en la generación de ideas constructivas para mí, para mi familia y para mi país.
    • 7. Que con este acto entrego mi corazón entero a la causa de la paz, ayudando a construir una Colombia justa y equitativa donde se pueda ser libre y feliz."

        Un brillo mesiánico en los ojos se apoderó del grupo que se confundía con el color naranja con que vistieron. Como nuevos profetas se enfrentaron a la indiferencia de sus compatriotas cansados ya de tantas promesas incumplidas y preocupados más por satisfacer sus necesidades primarias.

        -¿Usted se le mide? -me confrontó Juan Pablo la primera vez que lo conocí en el consulado colombiano de Coral Gables luego de una misa en memoria de las víctimas de los ataques terroristas en Nueva York y Washington.

        -Claro... -le contesté con temor pensando que era un kamikase que estaba dispuesto a ir a inmolarse en las cuevas afganas con tal de arrasar a los enemigos como lo había planteado sabiamente el sacerdote en el sermón.

        Juan Pablo me puso el brazo en el hombro y como si fuéramos amigos de toda la vida me dijo que se llamaba Juan Pablo, que me invitaba a mí y a toda mi familia a unirme a la marcha de 3 millones de colombianos que irían a San Vicente del Caguán a pedirle a Tirofijo y a sus secuaces a que depusieran las armas y como mansas ovejas se aunaran al redil para construir una patria justa, libre y soberana.

        Horrorizado me zafé de su abrazo. Quise espetarle todo el odio que sentía contra esos demonios que habían puesto al país de rodillas amparados en unas negociaciones que servían solo para aumentar su poderío.

        -¿Pero es que usted no ha escuchado a Bush? ¿Acaso no se da cuenta que esos son peores que Osama bin Landen porque no creen en Dios?

        -Usted no entiende.... - me dijo Juan Pablo en tono conciliatorio tratando de enfriar la sangre que se me había subido a la cabeza, -nosotros lo que queremos....

        -.... ustedes lo que son, son unos idiotas útiles, marxistas trasnochados, hippies drogos -le interrumpí señalando acusatoriamente con el índice mientras le miraba la cola de caballo que me había puesto en ascuas cuando me colocó el brazo por encima de mi hombro.

        -Pero... -insistió Juan Pablo.

        -Aquí no hay pero que valga. Eso hay que dejarlo en manos de Dios y de Estados Unidos que son los que tienen el poder de barrer esas alimañas -le dije marcando las palabras para ponerle punto final a su atrevimiento de hacerme acalorar luego de haber comulgado y rezado para que Dios iluminara a nuestros líderes en extirpar el mal de la faz de la tierra. Mientras retomé el coro de la Virgen que ha venido a América a traer la paz, me alejé con disgusto del consulado.

        Juan Pablo, como buen marchista de la paz, no se amilanó y siguió repartiendo volantes tratando de convencer a la gente para que se le midieran a la marcha de los 3 millones al Caguán.

    Angeles de Eslovaquia

        Anoche mientras dormía un ángel de Eslovaquia cayó del cielo. Creí que despertaba para seguir soñando que una rubia de ojos azules se metía en mi sueño. Tuve que pellizcarme para comprobar que no era uno de mis escapes oníricos.

        Un suave beso me despertó y creí recuperar el paraíso perdido. El hermoso ángel me susurraba una frase melodiosa en un idioma extraño para mí. Eran tan celestiales sus palabras que las grabé en mi corazón:

                    Ja prichadzam z neba pocítit - tvoj zivot (He venido a llenar el vacío de tu vida).

        El aroma de flores frescas asaltó mi olfato de perro. Con mis labios recorrí el pétalo de su piel y bebí el rocío de su mañana. Sus vellos erizados parecían espigas de trigo listos para la vendimia. En la fuente de su vida me detuve a beber la Vía Láctea hasta que sus gemidos la hicieron convulsionar.

        Las flores en primavera son para admirarlas, olfatearlas, saborearlas y acariciarlas, no para estropearlas. Aunque el animal despierto quería imponer sus instintos, interpuse mi condición de asceta y me quedé contemplándola mientras Annette tiernamente entraba en los laberintos del sueño con una sonrisa angelical. Mi ensoñación al verla tan radiante me hizo meterme en su sueño para descubrir que estaba en Bratislava, compartiendo con su amiga Lianna la experiencia que acababa de vivir.

        Teniendo como testigo el río Danubio y un barranco que conectaba con los Cárpatos, me volví brisa para repetir el recorrido por las hermosas tierras de Lianna junto con Annete hasta que sus gemidos se confundieron con el azul que se metió en el río y el viento que venía de las montañas.

        Ya L. C. Vila me había dicho que el amor perfecto es el triangular. Según la teorética de Vila el hombre no tiene la capacidad para satisfacer a las mujeres. La experiencia con Annette y Lianna lo confirmaba.

        El sutil aleteo de una mariposa y el olor a frutas frescas me despertó para encontrarme frente a Annette, recién bañada con dulces fragancias que se sienten a las orillas del Váh, del Orava, del Hornád, del Slaná y del Danubio y quien febrilmente tecleaba en la computadora. Suavemente acaricié el oro de su cabellera mientras trataba de descifrar lo que escribía en la pantalla.

        En eslovaco estaba chateando desde Tallahassee con su amiga Lianna que se encontraba en Bratislava y quien le pedía que ella también quería inmortalizar su primavera en las letras de ese otoñal escritor que andaba de gira por las universidades del norte de la Florida promoviendo su último libro de "Cuentos de vida, muerte y resurrección".

    La monja de Borinquen

        Los escritores no quisieron quedarse en el convento habitado por fantasmas. Habían sido invitados a participar en la Feria Internacional del libro de Puerto Rico y todos optaron por quedarse en el hotel de la universidad aunque tuvieron que compartir el cuarto.

        Lo que a ellos desanimó a mí me animó. Hasta ese momento nadie se había atrevido a pecnoctar ahí, sin embargo acepté quedarme en ese antiquísimo monasterio mandado a construir por el emperador Carlos V en 1786 en el mismo lugar donde descansaban los restos de las monjas carmelitas.

        Cuatro llaves sampedrinas me dieron para abrir los monumentales portones de madera reforzados de herrería que conducían desde la entrada hasta la sacristía, celda que había sido adaptada como modesta habitación.

        Al filo de la media noche sentí un escalofrío que me dejó sentado rígido de espanto con los pelos puerco espín. El hechizo de una mirada glacial congelaba mi cuerpo a pesar del insoportable calor caribeño que me había hecho acostar desnudo. Por las rendijas de una bóveda que quedaba en un nivel inferior salía un vapor celeste de hielo.

        Al medio volver en mí de regreso de ese terrible espanto, cauteloso me acerqué a golpear la cripta que se vino abajo como un castillo de naipes dejando al descubierto a una mujer de inmortal belleza cuyos ojos tenían el brillo de la madrugada.

        -Graias por liberarme.

        El pavor que se había apoderado de mí amainó un poco al dulce encanto de esa voz con acento peninsular. Por un momento llegué a pensar que era una broma de los organizadores de la Feria Internacional del libro que querían poner a prueba mi capacidad de asombro. El olor a santidad que emanaba y las caricias que me daba para regresar mis erizados vellos y cabellos a la normalidad me hicieron ver un cielo desconocido.

        Tratando de esconder mis vergüenzas me vestí y le ofrecí un pantalón y una camisa para que dejara ese pesado traje salido de telares medievales. Zapatos no quiso ponerse, ni tenis, ni zandalias. El calor volvió a atacarnos y la sed se apoderó de mi cuerpo que había dejado de temblar. Le propuse que saliéramos a tomarnos una Medalla y ella gustosa aceptó. Cuando me dirigía a la puerta, me tomó de la mano y me condujo por un pasadizo secreto que conectaba con la calle de las Monjas por donde bajamos. Por la caleta del mismo nombre subimos hasta la calle del Santo Cristo y nos metimos en el bar de doña María cerca del Parque de las palomas.

        Sentados en la barra estaban dos zuritos dándose piquitos. Cerca de ellos, dos mujeres de exuberantes atributos hablaban animadamente mientras bebían cerveza y fumaban como murciélagos. Al fondo se escuchaba la misma tonada repetida hasta la saciedad de Pablo Milanés que una de las chicas tarareaba mientras la otra trataba de convencerla de ir a hacer el amor.

        Mi compañera me miró con cara de interrogante y yo le contesté con alzada de hombros que ahora eso era lo normal.

        -Anda -me dijo desbaratando el asombro -pues parece que la cosa no ha cambiado en cuatrocientos años.

        Lo que no lograba comprender era que muchos turistas solitarios que caminaban despistados por las noches sanjuaneras se acercaban y me preguntaban que si la silla que ocupaba mi compañera estaba vacía. Nadie la veía aunque para mí se me manifestara en todo su esplendor.

        La chica reticente a claudicar a los amores lesbianos para no crearle traumas a su hija de nueve años se fue para el baño. La otra me miró desafiante y agresiva me dijo que si era que estaba loco porque estaba hablando solo.

        Me hice el loco y le dije que me gustaba divagar en voz alta cuando me cogían las Medallas. Sospeché que presentarle a mi compañera era servirle en bandeja de plata semejante manjar.

        -Me he dado cuenta de eso -dijo la machorra con la intención de meterme miedo-. Aquí a los turistas que andan solos como usted a estas horas se les aparece la monja de borinquen que fue tapiada en los muros del convento que queda en esta calle.

        Noté que mi compañera se puso incómoda y me dijo con la mandíbula señalando la puerta que nos fuéramos.

        -Déjeme yo lo invito -me dijo la marimacho cuando quise pagarle a doña María-. Y ojalá que se encuentre con sor Imelda. 

         La alcohólica carcajada que los habitantes del bar lanzaron celebrando su estentórica maldición golpeó los oídos de mi compañera que se los cubrió con las dos manos. En la calle del Santo Cristo, y somo si descubriera un secreto a voces, me confirmó que ella era sor Imelda. Le dije que lo presentía desde el momento que la había visto por primera vez encerrada en esa cripta del convento.

        Mientras caminábamos por la calle de San Sebastían, en medio de una humareda de marijuana que salía de los bares aledaños colmados hasta el tope de jóvenes y jovencitas que mostraban su ombligo al mundo, me contó su triste historia y cómo su angelical belleza había sido su perdición.

        Sor Imelda era prima de Carlos V y se había recluido en el Monasterio de "El Abrojo" en Laguna de Durero. El emperador mandó construir un palacio y compró todas las tierras aledañas para convertirlas en bosques reales. Quería estar cerca de esa amada esquiva. Huyó de él con destino al Nuevo Mundo al saber que quería desposarla. Era conciente que las uniones consanguíneas que se daban en las monarquías de la época concebían retoños que en la edad madura eran perseguidos por los fantasmas de la locura como los que atacaron a su bisabuela Juana.

        Aunque no era hija legítima, su primo Carlos estaba enloquecido por ella. Su ardiente belleza había trascendido las fronteras y no sólo era su primo el que quería poseerla sino casi todos los desquiciados herederos de las dinastías reinantes.

        En el Nuevo Mundo se metió en el convento de las hermanas descalzas tratando de ocultar esa belleza que eclipsaba todo.

        El monje encargado de la Inquisición criolla se enamoró perdidamente de ella. Por el pasadizo secreto, que sólo él conocía para llegar al convento por el lado del pasaje de las monjas construido durante el sitio de Barbarroja, entraba sigiloso a refocilarse con algunas monjas.

        Una noche se le apareció en su celda y quiso violarla pero sor Imelda pataleó, manoteó y gritó como endemoniada. Las otras monjas corrieron a su celda y encontraron al monje maldito exorcisándola con las memorizadas retahilas que utilizaba sacadas del manual inquisitorial Malleus Maleficarum.

        El monje, que por las calles estiraba con desdén su brazo para que le besaran su enorme anillo que luego con asco se quitaba para meterlo en alcohol, le hizo un juicio. Pesó más la ciega lealtad que las órdenes cerradas tienen hacia las autoridades y terminaron aceptando el castigo que propuso el monje para lavarse sus mofletudas manos. Sor Imelda fue tapiada en vida en la cripta donde la había encontrado.

        Por eso caminaba agradecida de mi brazo aspirando la brisa caribeña que levantaba su hermosa cabellera que se confundía con la noche de San Juan.

        Un estrepitoso bramido de sirena de un enorme transatlántico apresuró el paso de una innumerable cantidad de turistas que se dirigieron hacia el muelle para embarcar hacia otras tierras. Sor Imelda me arrastró hasta el malecón porque sintió el llamado de su tierra. Yo corría, ella volaba.

        En el puerto, entró al enorme edificio flotante sin que nadie la detectara. Traté de seguirla pero los guardias de seguridad me impidieron el ingreso al crucero que iba para España. Dispuesto a no perderla, insistí como un poseso.

        Me maniataron y me encerraron en esta celda.

    Prometeo desempleado

        Una bandada de chulos cubrió el cielo de Hialeah. Sus graznidos se confundían con el ruido ambiental que ha convertido su progreso citadino en uno de los más infernales del planeta.

       Una paloma blanca se interpuso en mi camino. Al sobrevolarme le saqué el cuerpo confundiéndola con el Espíritu Santo que meses antes me había salpicado de dones en una capilla de Puerto Rico. Su sobrevuelo y su tímido chillido los tomé como un buen presagio y me animé a adentrarme en las tenebrosas oficinas de desempleo. Tuve que esperar largas horas para que me atendieran porque miles de desempleados se agolpaban allí a pedir compensación por haber sido despedidos de sus puestos de trabajo.

       -Yo no sabía qué era mejor; que me dejaran o que me echaran -me dijo una señora de aspecto distinguido con ganas de soltar la lengua para enfrentar el tedio.

       -No me diga que a ustedes les pasó lo mismo -contestó otra que vestía una camiseta con un enorme letrero que pregonaba las bendiciones de Dios para ese imperio que prevalecerá sobre el mal como pregonan sus dirigentes.

       Casi todos comentaban que en sus empresas el recorte no sólo era de personal sino de sueldos. Los que estuvieron dispuestos a asumir las responsabilidades de los que se iban, por menos salario, les garantizaban la estadía. Los demás tenían que hacer lo que estábamos haciendo: engrosar la interminable fila del ejército de desocupados.

       Los displicentes funcionarios mirando por encima de sus hombros trataban de controlar ese enorme regimiento de necesitados que empezaban a impacientarse. Varios representantes de la ley, como sacados del planeta de los símios, se encargaban de sacar de las interminables filas a los que perdían la cordura para conducirlos hacia la azotea de donde se descolgaba un olor a mortecina que se confundía con los malos humores que emanaban de los cuerpos de la gente que me rodeaba.

       Luego de esperar por mucho tiempo logré arribar donde una funcionaria peliteñida de rubio, con un trasero descomunal que desbordaba su silla, me dijo que tenía que hacer otra fila para llenar unos papeles. Resignado esperé otro tanto hasta que por fin un calvo de mustia mirada me asignó una computadora para que yo mismo llenara un formulario. "Si no sabe usarla, tiene que esperar", me dijo con ese desgano que tienen los funcionarios oficiales para quienes el tiempo de los demás no existe.

       El día antes de ser despedidos nos reunieron en el salón de juntas de la compañía que se vino a pique para pintarnos pajaritos de oro; que podríamos estudiar; que el gobierno nos iba a dar la mano; que la economía se estaba recuperando y que este era el mejor de los mundos. Ese optimismo que superaba al de Leibniz se hallaba lejos de las tinieblas proyectadas por los zopilotes que sobrevolaban las oficinas de desempleo.

       Las vueltas que me daban de un lugar para otro y de un funcionario malacaroso a otro me fueron llenando de soberbia hasta que no pude soportar y comencé a despotricar de los empleados, del darwinismo neoliberal y de las desigualdades abismales de este mundo. Parecía que Schopenhauer se hubiera apoderado de mís palabras que rasgaron la oscuridad de esa ejército de indigentes que veían sin ver y oían sin sentir obnubilados por el sueño americano. Tímidamente empezaron a llenarse de mi fuego y a levantar la voz.

       Hasta ese momento comprendí el mensaje de alerta de la resplandeciente paloma blanca que trató de impedir mi entrada a ese antro de ignominia. Antes que la voz de la turba se volviera vocinglería, los gorilas me agarraron y me llevaron a la azotea donde me encadenaron a una roca. De allí era que emanaba el fétido olor. Tiras de carne de desempleados que se habían atrevido a protestar como yo estaban tiradas por toda la azotea. Los changos se las disputaban como si fueran regalos sacados de una caja de Pandora. Al verme expuesto al sol cual bandeja prometeica empezaron a despedazar mis carnes con una vitalidad tan extraordinaria que en pocos minutos acababan con mis entrañas.

       Algún resquicio de ilusión, alimentada posiblemente por mis lecturas de Leibniz cuando creía que se podía construir el paraíso en este valle de miserias, me mostró sorprendido el deseo de mis mónadas de aferrarse a la vida. El hecho de que la esperanza es lo último que me queda hace que mis entrañas renazcan de nuevo con cada picotazo.

       Por eso confiado espero que tú, afortunado lector, vengas a liberarme porque no soporto más esta terrible soledad que es más fuerte que la muerte.

    Don de la paloma

        Al enterarse Ruth Hinestroza que iba a quedarme a dormir en el viejo convento de la calle del Santo Cristo un escalofrío recorrió su cuerpo. Ruth cree apasionadamente en la Santísima Trinidad como en la teosofía de la nueva era. Aunque sospecho de esas literaturas fantásticas, posiblemente el hecho de admirarlas a todas por igual me pertrecha de un sexto sentido que los creyentes y no creyentes ignoran por su obscecación. Por eso alcancé a detectar su excitación y sus vellos rubios queriéndose salir de su piel tostada por las brisas caribeñas. Con los ojos brotando de sus pupilas como dos huevos fritos me conminó a creer en mí mismo.

        -Te veo como un autor consagrado -me dijo en tono conspiratorio para no levantar los celos de los otros autores que participaban conmigo en la Feria Internacional del libro de Puerto Rico y que habían rehusado quedarse allí por temor a los espantos.

        A pesar de estar cansado de dar vueltas por las casetas libreras y de tanto hablar carreta con Ylonka Nacidit, la hiperactiva poeta dominicana, el anhelado sueño se rehusaba a aparecer. Con un temor sacropagano me puse a recorrer el enorme convento. Todo estaba cerrado y oscuro como la noche de San Juan. Traté de probar las llaves Sampedrinas que me habían dado para abrir los enormes portones y la puerta de la celda en que iba a pasar la noche. Todo fue inútil. La puerta de la capilla, por el contrario, se abrió con el solo intento de probar una de las llaves en su cerradura. Creí que el viento helado que en ese momento llegó del inmenso patio era el que me había hecho el favor de abrirlas. También dude por un instante prolongado que alguien en el interior las había abierto para mí.

        Si la oscuridad de afuera me hacía caminar a tientas, la de adentro era absoluta. Como ciego me introduje hasta que una luz azul que se desprendía de la cima de la cúpula asaltó mis pupilas. Desde mis cataratas alcancé a ver cómo se confundían en uno el Padre, el Hijo y una hermosa Virgen que presidía el altar. La blancura celestial del ave conteniendo esas tres figuras iluminó completamente la capilla cual mediodía en plena medianoche.

        Deslumbrado cerré mis ojos, junté mis manos y recordé la devota frase de Ruth: "Aunque no creas en Dios, entra a la capilla y reza". Algún poder tenía esa frase porque comencé a rezar como cuando niño me elevaba a la divina esencia cuando el sacerdote levantaba la hostia al momento de la deificación. Los místicos hablan de la divina transverberación y los amantes de la orgásmica muerte. Esas cosas no igualan en lo más ínfimo la beatitud y la delectación del doloroso placer que irradió todos mis sentidos y que me arrancó arrobadas lágrimas porque posiblemente por primera y última vez sentí con pavor que penetraba el enigma de todo lo creado.

        Mi oración resonó en los oídos de las tres figuras convertidas en paloma. Lo que creí era una apostólica lengua de fuego que se precipitaba desde las alturas, la sentí caer sobre mi cabeza que con resignación recibió la fétida explosión de ese don acuoso como una estrella apagada.

        La consagración pronosticada por Ruth la veo atropelladamente aproximarse porque se me ha dado la excelsa gracia, a lo Midas, de convertir en cuento cualquier cosa por insignificante que sea ya que alcanzo a percibir el cosmos que secretamente encierra.

        Esa dicha alcanzada en la capilla forma parte del alimento que me motiva a seguir viviendo del cuento.

    Fogoso patriotismo

        Motivado por el aleluya de la guerra el sentimiento por la patria arde en los corazones de Luis y Fernando. Sobrios como jueces de circuito entran al "Bar de Emiliano". El tabernero con cara de sebo los recibe. Una sonrisa lambona que reparte por doquier disimula sus ojos sancochados. Hacen la V mientras se sientan. 

    ... pues dos Coronas gruñe agresivamente Fernando al cuestionamiento que el tabernero les hace con el sebo que centellea en la penumbra.

    Panean 270 grados con las cejas contrariándose. Garbo, parla y gestos afirman repetidamente el balanceo de pandilleros. El ambiente está agitado. La emoción patriotera es desbordante. El aire de triunfo nubla la cortina de humo del cigarro y de las risotadas. Las banderas del imperio que ondean por todos lados opacan las miradas de soslayo cotidianas de ese bar para dar paso a una cálida hermandad. Los televisores anuncian la gran cruzada contra el maligno con todos los condimentos militares, financieros y tecnocráticos.

    Vamos a darle palo a ...

    Bien merecido lo tienen ...

    Palo no. Candela.

    Tin, repiquetean las botellas que desocupan en un santiamén como si sus vidas dependieran de ese instante.

    Eso... Candela. El unísono de sus voces suena como un eco al sentir general.

    Pedro da su asentimiento cuando la V de la mano derecha de Luis se levanta. La arrogancia de quien se cree ombligo del mundo cubre los 360 grados de ese antro que por un momento deja de ser cueva de alimañas para convertirse en tierra de vencedores. La sed no es solo de justicia divina. Los guargüeros celebran de antemano la victoria con cebada fermentada.

    El sebo vuelve a brillar cuando el tabernero sale de su escondite y les sirve otra tanda.

        En esas entró un indo.........

    Divina terquedad

        Cuando Dios se dispuso a crear el universo otros dioses abúlicos voluminosamente empachados de gloria le dijeron, mientras acomodaban su panza, que se olvidara de eso porque bastaba y sobraba con el verbo guardado celosamente en el secreto diccionario.

        Dios recordó que esas palabras eran las que habían retrasado su proyecto largamente contemplado en sus instantes eternos de ocio. 

        Haciendo oídos sordos a esas necesades se llenó de aire y después de lanzarlo al infinito gritó al caos que había desatado: Hágase la luz!

        Y Luz (oximorónica) se (la) hizo.

        Como los dioses mayores desdeñosos lo abandonaron a su suerte, para paliar su soledad se copió a sí mismo. A esa criatura le dio un aditamento especial: el verbo sagrado que postula el universo.

        Ahora ese golem, en su verborrea que derrama a diestra y a siniestra, se cree dios y no para.

    Impotencia sansónica

        El día que Luis Miranda perdió la cola, me invadió un sentimiento de impotencia sansónica.

        Esa cola que representaba el último bastión libertario, cortada de tajo era la claudicación a las implacables fuerzas del mercado.

        En primera instancia no lo reconocí. Lo confundí con un ejecutivo con cara de lobo listo a cuidar el gallinero de cualquier corporación.

        -Oye José..., soy yo -me dijo cuando me vio dando vueltas como bobo que busca agujas en pajar en el shopping donde nos habíamos citado para revelarme una fórmula mágica.

        Para despejar mis dudas, me mostró un libro cuyo título me llevó a pensar que estaba tomando muy en serio su cambio de situación social. "El informe Lugano", de Susan George, según Luis, le había abierto los ojos definitivamente. Claro que lo que había disparado ese cambio había sido el escuchar de boca de una poetisa el abandono de las miserias del poema por el destello aurífero ofrecido por la narrativa liviana.

        -Es una revelación -me dijo asumiendo una actitud mesiánica. -Aquí están claras las razones que pronostican el apocalipsis del planeta.

        Mi escepticismo hacia las posiciones extremas se reflejó en mi rostro cuya ceja derecha se elevó como jalada por hilos invisibles y mis labios se arrugaron en un beso sin contraprestación.

        -Estoy mamado de luchar contra la corriente -expresó molesto ante mi silencio recriminatorio que empezaba a tambalear ante esa decisión contundente. Mis aspiraciones de vivir del cuento apoyado en la diáspora se derrumbaban como castillo de lo que se imaginan.

        Ese aplastante triunfo de las fuerzas caóticas darwinianas que manejan la situación imperante me coloca ante la disyuntiva proclamada por uno de los integrantes de dicha diáspora en mensaje exterminador: hacerse el harakiri o seguir como los perros que se muerden la cola.

        Pero el resquicio de esperanza que se niega a morir, a última hora también me ha dejado vislumbrar la posibilidad de salvación si sigo los pasos de Luis, de Menard o el de aquellos que el mediano mundo consagra y santifica.

    Sherezado

        Luis Miranda me sugirió que leyera algunos cuentos de mi libro de "Cuentos de vida, muerte y resurrección" en la librería Fifteenth Street Books de Coral Gables con el fin de conseguir algunos pesos para no ser degollado por el sultán de la vida.

    En su transformación ejecutiva luego de haberse cortado la cola, éste era uno de sus primeros pasos firmes con los que piensa lanzar al mundo de los bestsellers las obras de los que integramos la diáspora.

    A las ocho de la noche ya el local estaba copado de muchos amigos que habían ido dispuestos a colaborar en el empeño. Comenzado el acto, se hizo presente una horda de personajes como salidos de Las mil y una noches. Ocuparon la mesa que la arabesca Gladys había servido con antojitos, uvas, nueces, vinos, y todas esas cosas que en los 50.000 emails que Luis había enviado aparecían con el sofisticado nombre de h'ors d'ouvres.

    La lectura de los cuentos pretendía despertar el interés de la audiencia para que comprara el libro. Cuando pensaba que ya era hora de dar por terminada la sesión, precisamente en el momento que estaba en su climax, un sonido de cimitarras hizo temblar los h'ors d'ouvres. Mientras se alisaban la barba, con miradas penetrantes los extraños personajes exigieron que siguiera con la lectura.

    Un vago presentimiento había tenido la noche anterior cuando desde el bote bicicleta en que me monto para hacer ejercicios vi una luna árabe flotando en el infinito azul pascaliano. Llegué a sentir que el espíritu de Sherezada me invadía y en el leve sonido que el viento producía sobre las aguas del lago alcancé a distinguir que me susurraba al oído su promesa de acompañarme la siguiente noche en la presentación de mi libro.

    Una semana antes también otra premonición había sentido el día que Fernando Piraquive, coordinador de Cuenteros.com, me visitó en la casa y me dio unas claves para "posicionar" (ese era su insistente verbo) mis cuentos en el mundo ciberespacial.

    Cuando me encontraba leyendo el cuento "Voces sin voz", un súbito estremecimiento se posesionó de mí y me quedé mudo. Era como si el hechizo de la sacerdotisa del amor rondara en la tertulia contradiciendo su radical promesa de no participar en ningún evento donde estuviera presente el Cacique de Bolombolo. Tuve que recurrir a la ayuda del cacique, quien con voz impostada y pose de actor copiada de Víctor Mallarino, siguió leyendo otros cuentos hasta que volví a recuperarla de nuevo luego de unas infusiones que me preparó Rita la peruana que agobia a los presentes con su esmerada atención.

    Cuando el primer rayo de la madrugada se estrelló contra la ventana, los visitantes se miraron aterrados. En tropel salieron a la calle donde los esperaban sendas limusinas negras que montaron volados antes de que la mañana los asaltara. Junto con todos todos mis amigos salimos a ver cómo se alejaban por Aragón Avenue rumbo hacia el oriente.

    Al querer entrar de nuevo a la librería ésta se había cerrado. Alguien que posiblemente había quedado embrujado por el nocturno arábico se le ocurrió decir Abrete Fifteenth Street! y esa frase fue la llave que nos permitió entrar a la librería.

    Asombrados con las mandíbulas desencajadas como las de bobo detrás de tapia pueblerina, la vimos convertida en la cueva de Alí Babá, llena de joyas y objetos preciosos, con hermosos libros raros de pastas doradas.

    Fiel a la nueva senda que se había trazado y dejando el asombro a un lado, Luis insinuó a los presentes que mi libro estaba a la venta pero ninguno quiso comprarlo porque ya lo habían disfrutado de boca del autor.

    Exhibicionista frustrado

        Dispuesto a vivir del cuento quise aprovechar la oportunidad de la visita del Papa para colocar mi libro en la lista de los bestsellers.

        Una multitud delirante agolpada en la calle cantando la canción "Amigo", me despertó. Mientras colocaba mi libro en un plástico, envuelto en una sábana me asomé a la puerta pero la masa me absorbió. Por no dejar escapar el libro, no sabía cómo mantener firme esas sábanas que cubrían mi desnudez. Al pisar uno de los cueros de oveja con que habían adornado la calle como preámbulo al paso del pastor, decidí cogerlo para armarme un taparrabos y evitar la abominación de que me trataran de exhibicionista. Un perro olfateó el cuero y de un tarascazo se lo llevó en los colmillos. El temor a que el perro arrancara mis vergüenzas, hizo que la sábana cayera para ser retomada por unos grupos que la ondeaban como bandera de la paz. La multitud me señaló dispuesta a lanzar la primera piedra. Los altos mandos militares que desfilaban imponentes evitaron el linchamiento. El comandante me miró de reojo. Me atreví a sugerirle que me llevara ante el Papa para entregarle la ofrenda con que me tapaba. Inmediatamente cuatro perros de gafas oscuras, me levantaron en vilo y me llevaron a una tienda de campaña repleta de vagabundos, locos y sospechosos de terroristas.

        El libro de cuentos que había mantenido firme en mis manos metido en la bolsa plástica para entregarlo a su Santidad, me lo quitaron y en su lugar plantaron una pistola para justificar su detención y atropello. La barba casi me la arrancan creyendo que era postiza y el enema que me hicieron me dejó descoyuntado. Habían descubierto un arma letal en el intestino grueso de uno de los detenidos la cual se activó antes de tiempo en el cuerpo del desdichado que recogieron pisoteado y amoratado en el templete donde se iba a celebrar la misa solemne.

        -Con que a darle muerte a su santidad -decían voces grotescas como de perros amaestrados.

        Negando con la cabeza y aterrorizado insistía en que sólo quería entregar mi libro de "Cuentos de vida, muerte y resurrección" al Santo Padre.

        -Un exhibicionista -dijo la mujer que me acariciaba los testículos y cuya voz reconocí porque me susurraba al oído obscenidades mientras trataba de arrancarme una confesión y una delación de cosas que desconocía.

        Tuve que conformarme con el anonimato. Una cosa eran los sueños por macabros que fueran y otra la cruda realidad. En medio de una masa delirante que me hacía soñar con la consagración, desde una cabina de cristal Juan Pablo II hablaba en múltiples idiomas sobre la vida, la muerte y la resurrección.

    Elsoytú

        Una nueva Venecia se abrió ante mis ojos. El cielo se miraba en esas aguas limpias que los habitantes cuidaban con amor. A pesar de ser un extraño en esas tierras me había aventurado hasta los sitios más apartados siempre atento al asalto pistolero de cualquier esquina. No tenía equipaje, sólo lo que llevaba encima y no sabía dónde iba a pasar la noche. 

        Unos muchachos que se encontraban en la calle no se inmutaron con mi presencia y continuaron con su ensayo de bailes y música cuando me les acerqué. Uno de ellos me dijo que si era amigo de Elsoytú. El nombre me sonó familiar pero no la persona. Les dije que sí, suponiendo por la forma como preguntaron era alguien importante en ese lugar.

        -Nos dijo que lo recibiéramos -dijo uno de los chicos dejando la guitarra a un lado. Se levantó del puesto y me dio la mano con la firmeza y calor que emanaban sus hospitalarios ojos. Seguidamente me tomó del brazo para ir en busca de Elsoytú.

        Cruzamos por la plaza de mercado y las generosas vendedoras le regalaban viandas. Recordé la película "El Padrino", cuando la gente de buena gana se quitaba lo poco que tenía para dárselo al "don". Viniendo del mundo de la realidad, imaginé que Elsoytú era un gran capo que imponía su dominio a punta de pistola. Me extrañaba la amabilidad de la gente. Todos me saludaban con cariño. Como Cristóbal Colón, me impresionaron la limpieza de la ciudad y la pulcritud de las gentes como si todos fueran hijos de reyes. Esa alegría desbordante me inundaba y una sonrisa se posó en mi acostumbrado rostro fruncido. Cruzamos la ciudad y llegamos al piedemonte de una montaña. A lo lejos se divisaba una cueva. Un hombre ciego como Homero salió a recibirnos. Su mirada perdida hacia el horizonte le permitía auscultar lo que se alejaba o se acercaba.

        -Te presento al maestro quien con cuentos como parábolas nos ha enseñado a vivir en paz -dijo el guía arrobado señalándome al anciano.

        -Sabía que vendrías -me dijo mientras abría los brazos para saludarme.

        De la cueva salía una energía que se confundía con la del profeta. Su enorme barba y su pelo largo como uno de los mil colores de la nieve le daban las características de un dios listo a crear el mundo.

        -Si lo que te preocupa es dónde pasar la noche, aquí puedes quedarte hasta que desees -dijo el ciego con voz dulce como si adivinara mi preocupación.

        -La clave de la felicidad está en desear poco y que ese poco sea demasiado -me dijo al ver mi sorpresa al notar que no tenía nada que lo atara a este mundo.

        Ahora que veo llegar por el camino a ese escritor que busca por todos los medios cómo colocar su libro en la lista de los bestsellers, recuerdo el día en que llegué afanoso buscando lo mismo. Un alivio me recorre por que sé que viene a reemplazarme.

        Cuando murió mi maestro, la gente empezó a tratarme como si yo fuera Elsoytú. Ya para entonces había despertado convertido en profeta, con barba larga y pelo largo del color de la ceniza semejante a los de él y al de todos los que lo precedieron.


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