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Sábado 23 de Octubre de 2021 |
 

El largo atardecer del caminante

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    TRABAJO PRÁCTICO

    DE LITERATURA

    EL LARGO ATARDECER

    DEL

    CAMINANTE

    Profesora: Amalia Iniesta

    Alumnos: Dorio, Julieta

    García Tiberti, Federico

    Año y División: 5 8

    Biografía de Abel Posse

    Nació en Córdoba, pero creció y se educó en Buenos Aires. Diplomático de carrera, vivió en Moscú, Lima, Venecia, París, Israel y Praga, donde se desempeñó como embajador argentino en Checoeslovaquia. Es autor de 9 novelas, entre ellas Los perros del paraíso, que obtuvo en 1987 el V Premio Internacional Rómulo Gallegos, máximo galardón literario de Hispanoamérica. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, holandés, sueco, checo, ruso y estonio. Este libro ha ganado el concurso Extremadura-América 92 convocado por la comisión Española del V Centenario y dotado con 150.000 dólares de premio.

    Narrador - Protagonista.

    El narrador aparece en primera persona singular. Su participación en la historia es la de protagonista. La novela incluye dos relatos: uno más cercano al momento de la narración, y otro en un pasado lejano. El primero trata sobre los acontecimientos vividos por el protagonista a medida que escribe el segundo. En ambos, el tiempo de la narración es lineal. Mientras que en el relato de "Álvar Núñez escritor" se utilizan dos tiempos verbales (Pretérito y presente) indistintamente; en el otro, que narra la verdadera historia de sus Naufragios, el tiempo verbal predominante es el pasado.

    A lo largo de la novela, el momento de la narración se modifica. Esto afecta al primer relato (base), ya que al contar los sucesos desconoce sus consecuencias, su futuro. Gracias a este recurso, Posse logra que los sentimientos del narrador puedan cambiar y que el protagonista evolucione. De esta manera, de las dos historias paralelas, una, la de la escritura, es descubierta por el narrador prácticamente al mismo tiempo que por el lector (el narrador es equisciente). La otra, en cambio, ya es conocida en su totalidad por el narrador, que en este caso sabe más que el lector.

    La narración se caracteriza por su forma autobiográfica, dado que Álvar Nuñez cuenta sus propias historias, su pasado y su presente, su gloria y su final.

    Se observa en la caracterización del personaje una creciente tendencia al desengaño y a la crítica, con respecto a todo, pero en especial, a la situación de España.

    "No hemos descubierto las Indias. Lo que hemos descubierto es España. Esta España enferma que emerge como un subterráneo río de aguas servidas en la riña de Dorantes y Castillo. El imperio que traía el dios verdadero, se descubre el dios miserable, que siembra muerte en nombre de la vida. En los puntos más lejanos de nuestra maldad se repite como una costumbre." (pág. 163)

    Esto se ve influido por su propia decadencia física y social. El odio y el rencor crecen a medida que ve más lejanos sus objetivos.

    "Estabamos rodeados de rufianes, putas y aventureros, que es como decir, el alma de la España de ahora..."(pág. 204)

    Relación España-América.

    En primer lugar, hay que hacer una diferencia entre los europeos que han tenido un profundo contacto con la civilización indígena y aquellos que no la comprenden por desinterés o desconocimiento.

    Dentro del primer grupo se encuentra Álvar Núñez. El protagonista es el que marca la relación entre España y América en la novela. Todas las comparaciones están puestas en su discurso. Esto es así por la condición de Álvar Núñez. Álvar ha convivido seis años con ellos y ha aprendido a respetarlos, admirarlos y hasta quererlos. Se involucra de una forma muy especial, dado que forma una familia entre los indígenas. Esta es una relación de sangre y, como la sangre es la que separa a los indígenas de los europeos, a Álvar se le desdibujan un poco los límites.

    En la novela, Álvar se muestra impresionado por la relación de los chorrucos con la naturaleza: "Nunca podría comprender un oficial del Consejo de Indias que, desde un punto vista estrictamente natural, nosotros estabamos comparativamente disminuidos frente a ellos. Simplemente eran mejores animales de la tierra." (pág. 74)

    El protagonista reconoce que aprendió mucho durante sus años de convivencia, pero, en especial, los indios le enseñaron a no temerle a la naturaleza. Y es probable que su resignación frente a la muerte también sea parte de la sabiduría indígena que ha incorporado.

    Asimismo, Álvar muestra su asombro por la sencillez e ingenuidad de los indios, a las que toma por virtudes imprescindibles. Quizá llegue al punto de la idealización del mundo indígena, pero esto se debe a la comparación constante que él hace con el mundo europeo, al que describe como hipócrita, corrompido, en decadencia, y del que dice que arrastra consigo, en su camino hacia la perdición, a la América recientemente conquistada. Ve su propia civilización, la cristiana, como un mal creciente, en expansión, que corrompe. El narrador lo define con las siguientes palabras: "En donde nosotros entrábamos el mundo inmediatamente perdía su inocencia. Eramos como la mancha que se extendía más allá de nuestra voluntad,..." (pág. 182)

    En ese sentido, Álvar considera a los americanos como seres libres del pecado original (América tiene un ambiente similar al paraíso bíblico) y va a apoyar su opinión a lo largo del relato (pág. 84, 101, 168, 183, entre otras). En su última alusión al tema, resume la idea que enunció anteriormente: "No, [dice Álvar] los americanos no tienen nada que ver con Adán. [...] Somos sólo nosotros quienes los hemos sacado de la eternidad y los hemos metido en sayal de los pecadores." (pág. 184)

    Todas estas críticas a España se dan porque el personaje conoce otra cultura. El personaje se da cuenta de lo mal que está su mundo cuando conoce a fondo otro mundo y los puede comparar. Es el "mirar desde afuera" de Octavio Paz.

    Por otra parte, están los que no conocen a fondo la cultura indígena, y no ven más que a bárbaros e idólatras. Sin embargo, dentro de este mismo grupo existen aquellos que, sin conocerlos, no niegan la existencia de una civilización indígena, de un mundo americano anterior a la intrusión europea.

    Según el texto de Abel Posse, Hernán Cortés pertenecía a este grupo. En una conversación con Álvar Núñez, Cortés reconoce: "Nunca los he conocido... Los traté sólo para manejarlos, para vencerlos. [...] Pero en todo caso nunca los hemos descubierto. Más bien los hemos sepultado..." (pág. 153)

    Aquí, Cabeza de Vaca coincide con él: "No era un nuevo mundo. Era otro mundo." (pág. 83). Y luego dice: "No fuimos a descubrir, que es conocer; sino a desconocer" (pág. 214). De esta manera, Álvar determina una cierta independencia entre América y España: el Nuevo Mundo no es gracias a la llegada de los colonizadores, sino que ya era, mucho antes de que los extranjeros pusieran su pie en una de sus costas. Muy por el contrario, los conquistadores de su época, están haciendo que la América precolombina pierda su esencia (sus costumbres, su religión, y, junto con ellas, su inocencia).

    Al mismo tiempo, se desarrollaba en Europa la discusión sobre la naturaleza de sus seres -los indios- americanos. Finalmente, el Papa Pablo III "los declaró definitivamente humanos" (pág. 42). A partir de esto se inició una nueva discusión acerca de si los indios tendrían alma o no. Si era verdad que la tenían, entonces también era verdad que podían ser condenados por sus cultos paganos. Y aquí el mundo civilizado encontró la excusa perfecta para su colonización. Pero, para muchos, los indígenas significaban poco más que animales. Esto se ve, por ejemplo, en la actitud inconmovible que Videla y Salazar tuvieron con Amaría, a quien el primero "maltrataba y despreciaba" (pág. 254/5), al soltar el mastín "para poner a prueba el olfato"(pág.255).

    Algunos veían a América como un paraíso terrenal. Pero no de la misma manera que Álvar Núñez, cuando se refiere a las Cataratas del Iguazú ("Por un instante, apenas una hora quizás, estuvimos en el portal del Paraíso Terrenal. Todos lo tenemos a esto por cierto. No podríamos, sin embargo, demostrárselo a nadie..." (pág. 192).); sino como un lugar en donde podrían enriquecerse rápidamente y a cualquier costo.

    Pero la idea que predominaba era la del Nuevo Mundo, la Nueva España; continente para descubrir, no para conocer.

    El punto de vista indígena sobre los españoles fue cambiando a medida que crecía un desengaño generalizado, según cuenta el protagonista: "...se tenían, desde el mar de los Caribes, noticias muy contradictorias que oscilaban entre la creencia en un retorno de dioses barbados civilizadores -reencarnación de Quetzacóatl- y una invasión de detestables y criminosos tzizimines, demonios enanos venidos del mar, capaces de todo crimen, acosados por una lujuria insaciable, entusiastas ladrones, guiados por un dios que había sido condenado a muerte, mediante la tortura de la cruz por algún motivo muy poco claro o por entonces muy mal entendido, ya que el mismo pueblo, según la leyenda que repetían los blancos barbados, habían preferido dejar en libertad al ladrón, al asesino, y no a él." (Pág. 82). Muestra claramente la consternación y el descreimiento que la religión cristiana causaba en los indios. Aunque fuera el Verdadero, no podían aceptar a un Dios que trajera tantos males para su gente y que quebrara con las creencias de sus antepasados. Esta última visión es la que finalmente adopta el protagonista.

    Cuando Álvar Núñez intenta hablarles sobre el catolicismo, los chorrucos lo miran con escepticismo, como a un loco inofensivo. Casi con compasión (ver pág. 88). De la misma manera, reaccionó Dulján cuando Álvar le habló sobre la pena por brujería: "Se río piadosamente y me explicó que el curandero, el brujo, no existe. [...] tus gentes son muy tontas, me parece que no son más que gentes llenas de miedo." (Pág. 109). El protagonista cuenta este episodio con suma admiración, como si el jefe indígena le hubiera confesado un importante secreto.

    Y mientras que los españoles siempre (o en la mayoría de los casos) se ven a sí mismos como seres superiores frente a los indígenas, éstos opinan que tanto ellos como los otros son sólo "una prueba", poniéndose así al mismo nivel. Sobre esto, Dulján le comenta a Álvar: "-Blanco, ya sabemos que ustedes no son los dioses. No son mejores. Creíamos que eran los esperados, los venidos del mar. [...] Fue un desengaño muy triste. Creíamos que traíais las nuevas fundaciones, el nuevo Sol... Sabemos que vosotros también sois sólo una prueba, hombres de paja, como nosotros, apenas muñecos, aunque a vosotros falta aún mucho tiempo para saberlo... Tenéis la fuerza, todavía, de los que se creen verdaderos. Vosotros y nosotros: apenas muñecos, apenas una prueba del Dador de la Vida." (Pág. 131/2). Tal vez Cortés tenía razón cuando aseguraba que los indios "No creían más en el hombre, en los hombres, ni en ellos mismos..."

    Naufragios

    Álvar Nuñez escribió estos relatos a modo de informe para el Rey de España, en el momento en que regresa a Europa "...traer a Vuestra Magestad relación de lo que en diez años que por muchas y muy estrañas tierras que anduve perdido y en cueros, pudiesse saber y ver, ..." (cfr. Prohemio de los Naufragios) . Las anécdotas no incluidas en el mismo, son las más importantes de las que le sucedieron durante su estancia en esas tierras. A la vez, éstas son las más comprometedoras y que podrían haberlo llevado a una precipitada caída entre la gloria y el fracaso, razón por la cual no las incluye. Estas "evasiones", fueron percibidas por varios personas. Por ejemplo, el historiador Oviedo llega a decirle: "Cuando se leen sus Naufragios uno tiene la sensación de que usted oculta más de lo que cuenta" (pág. 31)

    Al cambiar el contexto en que desarrollará la escritura (ya no es un informe oficial), se modificará lo que en ella se revele. Álvar lo llama "libertad de papel" (pág. 38), ya que sabe que sus textos no serán leídos hasta después de su muerte, por lo que redacta para "sí mismo", sin tapujos ni restricciones. "Si tuviera que escribir para Lucinda sería algo tan mentido y empacado como mis Naufragios y Comentarios." (pág. 31)

    Sin embargo, él decide tomar los Naufragios como base de su nuevo camino por el papel, debido a que cuando realizó la confección de este último, los recuerdos se encontraban más "frescos", se remitía a un pasado reciente.

    La inquisición

    Álvar pertenecía al tribunal de la Inquisición, no porque compartiera la ideología de la misma sino por imposición, debido a que si se hubiera negado habría provocado sospechas y podría haber sido acusado de hereje. Él estaba en total desacuerdo con la acción que realizaba ésta, ya que creía que imponía una desmesurada censura.

    Por otro lado, si los inquisidores se hubieran enterado de la estrecha relación que Cabeza de Vaca mantuvo con la población indígena, éste hubiera sido severamente castigado, hasta con la muerte. "Yo, el brujo de Malhado, tenía muchos más títulos para ser condenado que cualquiera de esos infelices, sin embargo, me tocaba estar del lado de los jueces, de los custodios del orden" (pág. 115/6)

    Su crítica a la Santa Inquisición se basa en que ésta no reprendía para defender la fe, sino para satisfacer los requerimientos de los poderosos del Imperio y mantener sus intereses y poder "Hay que aterrorizar para conservar la fe"(pág. 116). Además, señala que el verdadero objetivo de la conquista no era "salvar" a los pueblos americanos de sus falsas creencia, sino apropiarse de las riquezas del Nuevo Mundo.

    "Sólo la fe cura, sólo la bondad conquista."

    Otredad

    El caso de Álvar Núñez -protagonista y narrador- es muy particular, porque posee no uno, ni dos "otros" (como le sucede al Inca Garcilaso), sino tres otros, debido a un conflicto con su personalidad.

    El pronombre ellos, la tercera persona plural, adquiere, por esta razón, un nuevo significado: ya no se refiere a "ellos, los indios" o "ellos, los españoles". Aunque en muchas oportunidades les dará estos usos, hay uno nuevo que se diferencia del resto y es "Álvar Núñez Cabeza de Vaca y el otro (o los otros) Álvar Núñez". El protagonista se diferencia de sí mismo en el pasado. Se desconoce, se añora. Por eso se diferencia.

    Esta multiplicidad se ve marcada por dos factores determinantes: el tiempo transcurrido y su vivencia en América, ambos relacionados.

    Los otros determinados por el tiempo son tres: uno, joven, esbelto, glorioso. El verdadero caminante y náufrago.

    El otro Álvar Núñez se divide en dos: uno, escritor, el que recuerda, el náufrago -derrotado, fracasado- y el caminante -por las blancas hojas -. Es el que conecta a Cabeza de Vaca con su yo lector, el más pasivo y lejano de los tres.

    A través de la obra, el protagonista nos muestra que cada uno es dependiente de los otros dos: los tres Álvar Núñez se necesitan y se complementan: "Sólo a mí mismo me puedo contar mi verdadera historia. Esas vidas de ese otro que siempre andan escabulléndose y disfrazándose como un gran delincuente buscado por todos los poderes y todas las buenas opiniones." (Pág. 78). Y luego cuenta: "Surgía aquí, en la azotea, aquel otro Cabeza de Vaca frente al que muere en un largo atardecer. [...] Creo que me miró sin prepotencia: soy apenas su escribiente, su muriente. Soy su tumba, su memoria. (Él podrá despreciarme, pero sin mí y mis cuartillas, no existiría)." (pág. 140)

    Y, sin embargo, no siempre es sincero consigo mismo, como cuando contó la historia de su tercer hija: dijo que había tenido que matarla, y que se había sentido "como hombre de ellos, de ese mundo y no del cristiano." (Pág. 102). Le cuesta caer en sí mismo, lo cual, dice, no es fácil. Debe convencerse de que no habrá otro lector, más allá de él mismo, sino hasta dentro de muchos años después de su muerte, para poder dejar su orgullo de lado.

    Tanto el escritor como el lector dan el tiempo de la narración (y tiempo de la acción presente), mientras que el caminante es claramente anterior (en tiempo de la acción, pasado). Cada vez que escribe, los tres Álvar Núñez se reúnen, se encuentran y hasta se saludan: "Me visto como para visitarme a mí mismo y dialogar con los otros Álvar Núñez Cabeza de Vaca, los que ya murieron o merodean dentro de mí como almas en pena. [...] Bastaría hasta que me salude a mí mismo." (pág. 34)

    Álvar se empeña en ser una persona de alcurnia, como lo fueron su abuelo y su madre, y se viste como si verdaderamente fuese a visitar a una persona de la alta sociedad. Pero, por momentos, parece dudar acerca de si su pasado fue verdadero o fue tan sólo una ilusión, como tantas otras que se le aparecen en forma de fantasmas o de sombras mientras recuerda. Enseguida vuelve en sí, retoma su escritura, ya seguro de sí mismo, seguro de su otro, el caminante Cabeza de Vaca.

    Mientras recuerda y escribe, revive parte de su antigua vitalidad, y es como si su otro reencarnara en el ya deshecho Álvar Núñez. Esto hace que cada vez añore con mayor nostalgia aquellos días, y lo incita a seguir escribiendo. Y se pregunta: "¿Ese Álvar se asomará así, poderoso y sarcástico para curiosear el velatorio de este abuelo escribiente, este viejo que vive de la memoria de sus restos?" (pág. 150)

    Hasta aquí, encontramos tres Álvar Núñez que se diferencian por sus acciones. Podríamos decir, entonces, que esta distinción se da desde el punto de vista de Álvar, el escritor, el narrador y protagonista. Sus otros no son tales sino sólo para él. Cualquier persona vería a un mismo Álvar Núñez, que es responsable de las tres acciones.

    Pero, además de esto, existe un Álvar Núñez Cabeza de Vaca que está relacionado con su negación a su propia identidad, a ser español. Aunque ésta también es una distinción desde su punto de vista, puesto que nadie ha tomado muy en cuenta su identificación con los indígenas, existe una diferencia muy profunda entre estas dos personalidades y las tres anteriores, y es que si alguien supiera que él cree en tres Álvar, lo creería, posiblemente, un viejo loco. En cambio, si descubrieran su personalidad (y su familia) india, podrían condenarlo a muerte por herejía. Y él lo sabe. En parte por eso mantiene sus nuevos escritos en secreto.

    Muchas veces Álvar Núñez cuenta acerca de su cambio. Y se llama se llama sí mismo "un otro", esto es, un otro desde el punto de vista español. Desde el momento en que se encuentra con los conquistadores, en América, descubre que él ya no pertenece a esa cultura: "Era otra vez don Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el señor de Xerés. Pero era otro, por más que yo simulase. Era ya, para siempre, otro." (pág. 117)

    Se siente ajeno, distante, aunque se hace responsable de los males causados en América al utilizar la primera persona plural ("Eramos como una mancha que se extendía..." -pág. 182-), se desentiende de la España de su tiempo: "No era yo. Era un actor. Un histrión. Actuaba de español pleno..." (pág. 179); "Yo no era un hombre fiel al imperio. Yo era un otro (ese que tanto inquietara al viejo Fernández de Oviedo). Tenía mi propósito." (pág. 216)

    Este otro estaba representado por nosotros en sus Naufragios. Es el otro que no es ni totalmente español ni totalmente indio. Cuando le preguntan a Álvar por la naturaleza de ese nosotros, responde: "Tal vez me haya querido referir a los que ya no podemos ser ni tan indios ni tan cristianos... [...] Tal vez hubo un momento en que, en efecto, empezó a haber cristianos, indios y nosotros... Nosotros, simplemente." (pág. 32)

    Lo mismo le ocurre a Cieza de León, que, como el narrador nos cuenta, fue llevado a las Indias cuando era aún muy niño: "A su modo, se transformó en un otro. Ni tan español ni indio." (Pág. 212). Esto es, exactamente, lo que Álvar Núñez piensa en sí mismo: que no es uno, sino muchos, que se juntan para morir en un largo atardecer.


    Biografía de personajes nombrados en el texto

    Cabeza de Vaca, Álvar Núñez (c. 1490-c. 1557), explorador español, nacido en Jerez de la Frontera (Cádiz). En 1527 fue nombrado tesorero de una expedición real compuesta de 300 hombres y capitaneada por Pánfilo de Narváez, cuyo objetivo era la conquista y colonización de la península de Florida. La expedición llegó a la bahía de Tampa hacia el mes de abril de 1528, desde donde inició el recorrido por tierra hasta la bahía de Apalachee, en un intento de llegar a México. Durante los dos años siguientes murieron más de la mitad de los hombres y Cabeza de Vaca se convirtió en el líder de la expedición. Con el pequeño grupo de supervivientes llegó a una isla, probablemente la de Galveston, a la altura de la actual Texas, donde fueron capturados por los indígenas. A principios de 1535, Cabeza de Vaca y otros tres supervivientes lograron huir y emprendieron un largo viaje a través de lo que es ahora el sudoeste de los Estados Unidos y el norte de México. En el año 1536 consiguieron llegar a un asentamiento español en el río Sinaloa, en México. En 1537 Cabeza de Vaca regresó a España, y como recompensa fue nombrado gobernador de Río de la Plata (lo que es ahora casi en su totalidad Paraguay).

    Entre 1541-1542 estuvo al frente de una expedición que recorrió 1.600 Km, a través del sur de lo que es hoy Brasil, hasta Asunción, la capital de Río de la Plata. Tomó posesión como gobernador de la provincia en 1542, pero dos años después, como resultado de una revuelta, fue expulsado. En 1554 tuvo que volver a España bajo la orden de arresto y, poco después, fue desterrado a África, hasta que en 1556 obtuvo el perdón y una pensión. Su relato de la expedición de Narváez, Relación (1542), y sus narraciones sobre la ciudad de Zuñi y sus pobladores, una de las legendarias Siete Ciudades de Cibola, sirvió de aliciente para otras expediciones al continente americano, en especial las de los exploradores Hernando de Soto y Francisco Vázquez de Coronado.

    Narváez, Pánfilo de (c. 1470-1528), conquistador español, gobernador de La Florida (1528). Al parecer nació en Valladolid. Estuvo en Jamaica y de ahí pasó a Cuba, donde recibió varias encomiendas y desde 1512 colaboró con el gobernador Diego Velázquez de Cuéllar en la conquista y pacificación de la isla. Con Las Casas y Juan de Grijalva realizó expediciones que le llevaron hasta el extremo más occidental de la isla en 1514. Viajó a España como procurador de Velázquez en 1516, y obtuvo para éste los títulos de adelantado y gobernador de Cuba y, para él mismo, el cargo de contador.

    Dirigió la expedición que Velázquez envió a Nueva España, para intentar detener el avance de Hernán Cortés, en marzo de 1520. Al frente de 19 embarcaciones y 1.400 hombres marchó contra Cortés y rechazó las propuestas de negociación que éste le hizo, pero no pudo evitar que gran parte de sus tropas se pasaran al bando cortesiano. Fue derrotado en Cempoala el 20 de mayo de 1520, y permaneció prisionero de Cortés o en libertad vigilada hasta 1523, año en el que volvió a España. En 1526 consiguió una capitulación para la conquista de La Florida. Con el título de gobernador de un territorio que se extendía desde el río Pánuco hasta una parte indeterminada del litoral septentrional, llegó a las costas de La Florida el 12 de abril de 1528, al mando de 5 navíos, 1 bergantín, 80 jinetes y 400 hombres, entre los cuales estaban el contador Alonso Enríquez, el factor Alfonso Solís, el franciscano Fray Juan Suárez y Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Realizó una expedición por el interior hasta alcanzar los montes Apalaches, pero la pobreza del territorio y las dificultades con que tropezó le obligaron a regresar a las costas de Texas, donde murió en un naufragio con la mayoría de sus hombres en 1528. La obra Naufragios (1555), de Cabeza de Vaca, constituye el testimonio más directo del fracaso final de la expedición.

    Cortés, Hernán (1485-1547), conquistador de México. Nacido en Medellín (Badajoz), tuvo por padres a Martín Cortés y a Catalina Pizarro, emparentada ésta con la familia del mismo apellido, avecindada en Trujillo (Cáceres). Se dice que por algún tiempo fue estudiante en la Universidad de Salamanca. De hecho Cortés se preciaba de su conocimiento del latín, los romances y la historia, lo que le permitió expresarse con soltura y atildado estilo en sus varios escritos y de modo particular en sus Cartas de Relación. Liado en aventuras amorosas, interrumpió sus estudios si bien poco después aprendió el oficio de escribano en Valladolid.

    Llegada a América

    A los 19 años, se embarcó con rumbo a Santo Domingo, en donde actuó como escribano en la villa de Azua. Acompañó a Diego Velázquez en 1511 en la conquista de Cuba. Fue luego secretario del mismo y más tarde alcalde de Santiago de Baracoa. A pesar de que tuvo dificultades con Diego Velázquez, al casarse en 1514 con Catalina Juárez Marcaida, logró que él fuera su padrino. Esta relación, así como el conocimiento de las capacidades de Cortés, propiciaron que, después de las dos expediciones a la tierra firme de lo que hoy es México, las capitaneadas por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, confiara el gobernador Velázquez a Cortés la organización de una tercera expedición.

    El gran interés que puso Cortés en la preparación de lo tocante a la Armada que iba a capitanear, despertó en Diego Velázquez sospecha de traición. Sin embargo, no pudo impedir que el 18 de febrero de 1519 zarpara llevando 11 navíos, más de 500 soldados, cerca de 100 marineros, 16 caballos, 14 cañones, 32 ballestas y 13 escopetas. Pocos días después llegó a la isla de Cozumel, de la que los indígenas se habían retirado. Entrando al fin en contacto con algunos, inquirió acerca de los náufragos españoles que sabía se hallaban cautivos en las tierras cercanas. Para sorpresa general, apareció entonces Jerónimo de Aguilar que habría de convertirse en inapreciable colaborador de Cortés, gracias a su conocimiento de la lengua maya. A través de él se supo que el otro náufrago sobreviviente, Gonzalo Guerrero, no había querido salir al encuentro de los españoles.

    Las embarcaciones de Cortés costearon luego los litorales de la península de Yucatán hasta el río de Tabasco que se conoció ya como Grijalva. En el pueblo de Centla, en Tabasco, ocurrió el primer enfrentamiento bélico con los indios. Consumada la victoria de Cortés, los señores mayas agasajaron a los españoles haciéndoles entrega de veinte jóvenes mujeres entre las que estaba la célebre Malintzin o Malinche. Esta última fue entregada a Alonso Hernández Portocarrero.

    Continuando la navegación, llegó Cortés a la región conocida como Chalchicueyecan ('el lugar de la diosa de la falda de jade'), en donde el Viernes Santo de 1519 hizo la fundación de la Villa Rica de la Veracruz. Cortés, decidido a romper toda relación de obediencia con Diego de Velázquez, creó el cabildo de esa Villa Rica, el cual a su vez lo nombró capitán general y justicia mayor. Acerca de esto informaría él muy pronto al emperador Carlos V (Carlos I de España). De este modo su única vinculación iba a ser ya con la Corona.

    Estableció luego Cortés contacto con indígenas totonacas en Zempoala. Recibió también una primera embajada de Moctezuma con grandes presentes de joyas, oro, plumajes y varios atavíos. Según los testimonios indígenas que se conservan, Moctezuma, hondamente preocupado por las noticias que le llegaban de las costas del Golfo, pensó que los recién venidos eran Quetzalcóatl y otros dioses que lo acompañaban. Nuevamente envió mensajeros que llevaron, entre otras cosas, dos grandes discos, uno de oro y otro de plata artísticamente trabajados. Esos mensajeros regresaron a México-Tenochtitlán y refirieron a Moctezuma todo lo que habían visto. El señor de los aztecas (mexicas) se sumió entonces en profunda consternación.

    Hernán Cortés dispuso una embajada que debía zarpar con rumbo a España. Se redactó entonces la que se conoce como Carta del Cabildo, fechada el 10 de julio de 1519. En ella se hace saber a Carlos V que el dicho cabildo ha nombrado a Cortés capitán general y justicia mayor. Dos semanas después se embarcan los enviados de Cortés, yendo como procuradores Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo. Llevaron consigo presentes para el emperador, entre ellos algunos códices indígenas. Poco después Cortés ordena el desmantelamiento de sus naves. A mediados de agosto de ese mismo año emprende su salida hacia el interior de México.

    Dejando en la Villa Rica de la Veracruz al Ayuntamiento que había fundado, salió con 400 peones, 15 jinetes, 6 piezas de artillería, así como varios centenares de indígenas que llevaban los alimentos y la impedimenta. Después de cruzar la sierra, se aproximó a la región tlaxcalteca. Valiéndose de un grupo otomí sometido a ellos, los tlaxcaltecas pusieron a prueba la fuerza militar de los españoles. Al ver cómo los otomíes eran fácilmente vencidos, quedaron persuadidos de que esos blancos barbudos eran mucho más poderosos. Decidieron entonces aliarse con ellos con la esperanza de derrotar así a sus antiguos enemigos, los señores de México-Tenochtitlán. A fines de septiembre de 1519 los españoles entraban en la capital de los tlaxcaltecas, Ocotelulco, quedando desde entonces como aliados.

    Procedió luego su avance Cortés hacia la metrópoli de los mexicas. Al pasar por la gran ciudad de Cholula, sometida entonces al poderío mexica, según las crónicas españolas se descubrió una traición de sus habitantes dirigida a dar muerte a los españoles. Según las crónicas indígenas, la traición fue perpetrada en realidad por los mismos españoles y los aliados indígenas. El hecho es que allí tuvo lugar una matanza de indígenas por orden de Hernán Cortés.

    Conquista de México

    El 8 de noviembre de 1519, después de atravesar los volcanes, Cortés y su gente hicieron su primera entrada en México-Tenochtitlán, llegando por la calzada de Iztapalapa que unía a la ciudad con la ribera del lago por el sur. Alojados en los palacios reales, pudieron percatarse de la grandeza y poderío de la ciudad. Moctezuma, que los recibió como huéspedes, pronto se convirtió en su prisionero. En mayo de 1520 llegó Pánfilo de Narváez a la región de Zempoala, enviado por el gobernador de Cuba para deponer y hacer preso a Cortés. Este salió de México-Tenochtitlán para hacerle frente y derrotó a Narváez en Zempoala. Esto le permitió acrecentar el número de sus hombres, ya que muchos de los que venían con Narváez se pasaron a sus filas. En tanto que Cortés había estado fuera, Pedro de Alvarado acometió súbitamente a los mexicas durante la gran fiesta de Tóxcatl, en honor de su dios Huitzilopochtli. Los textos indígenas que hablan de ese episodio son en verdad dramáticos.

    Al regresar Cortés a la ciudad, la encontró en grande agitación. Consideró él entonces que lo mejor era salir de ella a ocultas. Fue entonces cuando perdió la vida Moctezuma. Según unos, al tratar de apaciguar a los mexicas, le lanzaron éstos varias pedradas, una de las cuales lo hirió en la cabeza; según otros, a mano de los españoles que le dieron más de una cuchillada en el bajo vientre. La noche del 30 de junio de ese año Cortés y sus hombres con gran sigilo abandonaron la ciudad. Los mexicas, que dieron la voz de alarma, los acometieron con furia. Los españoles perdieron entonces más de la mitad de sus hombres así como todos los tesoros de que se habían apoderado. Esta derrota se conoce con el nombre de 'la noche triste'.

    Los conquistadores marcharon en busca del auxilio de sus aliados tlaxcaltecas y no fue sino hasta casi un año después, es decir el 30 de mayo de 1521, cuando dieron principio al asedio formal de la ciudad de México-Tenochtitlán. Para ello concentró Cortés más de 80.000 tlaxcaltecas y reforzó sus propias tropas con la llegada de otras varias expediciones a Veracruz. Desde fines de abril de ese mismo año había botado al agua trece bergantines que jugaron un papel muy importante en el asedio de la isla donde se erigía la ciudad.

    Las crónicas indígenas hablan de la elección del señor Cuitláhuac como sucesor de Moctezuma y de la epidemia de viruelas en la que murieron él y otros muchos. También describen con pormenor la nueva elección y actuaciones del joven príncipe Cuauhtémoc. Unos y otros, los cronistas españoles e indígenas, refieren luego lo que fueron el asedio y la resistencia indígena a lo largo de casi ochenta días de sitio. El 13 de agosto de 1521 cayó la ciudad México-Tenochtitlán en manos de Hernán Cortés que aprisionó al joven Cuauhtémoc. Cortés se establece entonces en Coyoacán, en tanto que se procedía a la reconstrucción de la ciudad de México concebida con nueva planta al modo renacentista. Su mujer, Catalina Juárez Marcaida, llega procedente de Cuba y unos meses después muere misteriosamente en Coyoacán. En agosto del mismo 1523 desembarcan los tres franciscanos flamencos, Pedro de Gante, Juan de Tecto y Juan de Ayora. Enterado Cortés de que Cristóbal de Olid, enviado suyo a la región de las Hibueras, se había rebelado, dispuso entonces una expedición para someterlo. Abandonó Cortés la ciudad de México en 1524 dejándola al cargo de varios oficiales reales los que, además de reñir entre sí, cometieron numerosos atropellos. Cortés, tras una expedición llena de sinsabores e inútil porque, al llegar a las Hibueras ya había muerto Cristóbal de Olid, regresó a la ciudad de México hacia mediados de 1526.

    Casi simultáneamente recibió una orden de Carlos V para que enviara una armada hacia las Molucas en auxilio de las que, zarpando desde España habían llegado a esas islas. Coincidió todo esto con la venida del juez Luis Ponce de León para tomar juicio de residencia a Cortés. Muerto poco tiempo después, se hizo cargo del juicio Marcos de Aguilar. Éste falleció asimismo en pocos días. Cortés, que tenía ya en construcción varias embarcaciones, despachó tres con rumbo a las Molucas y a las órdenes de Álvaro de Saavedra Cerón, su primo, para auxiliar a la armada de fray García Jofre de Loaisa. Esa armada zarpó de Zihuatanejo el 31 de octubre de 1528. Uno de los barcos de la misma llegó a las Molucas.

    Gobierno de Cortés

    Entrado ya el año siguiente, y obedeciendo instrucciones de Carlos V, Cortés emprendió un viaje a España. Llegó al puerto de Palos y tras pasar por Sevilla, Medellín y el monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, se entrevistó con el emperador en Toledo. Aunque no recobró el gobierno de la Nueva España, obtuvo al menos el título de marqués del Valle de Oaxaca, así como 22 villas y 23.000 vasallos. Casado con doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar, regresó a México hacia mediados de 1530.

    La Nueva España se encontraba entonces en grande agitación debido a los desmanes de Nuño Beltrán de Guzmán que había sido nombrado presidente de la primera Audiencia. Cortés tiene que hacer frente a los de dicha audiencia que le impiden la entrada a la capital. Hallándose en Tezcoco, su madre Catalina Pizarro, que había venido con él, terminó allí sus días. Un año después, se instaló una segunda Audiencia con Sebastián Ramírez de Fuenleal como presidente de la misma.

    Con base en las capitulaciones que había celebrado durante su estancia en España, Cortés emprende en 1532 una serie de expediciones en el mar del Sur (océano Pacífico). A mediados de ese año envía dos naves al mando de Diego Hurtado de Mendoza, sin alcanzar resultado alguno. El propio Cortés dirige personalmente en Tehuantepec la construcción de otras naves en el astillero que allí tiene establecido. El año siguiente zarpan otras dos embarcaciones desde el puerto de Santiago en Colima. Una de ellas, al mando Juan de Grijalva, descubre las islas Revillagigedo. La otra, al frente de la cual iba Diego Becerra, tras un motín a bordo, alcanzó a llegar al extremo sur de la Baja California. Allí la mayor parte de los que iban a bordo perdieron la vida en un enfrentamiento con los indios.

    últimos años

    Porfiando con la fortuna, según la expresión de su mujer doña Juana Zúñiga, emprendió Cortés en 1535 una tercera expedición yendo personalmente al frente de ella. Fundó entonces una pequeña colonia en la bahía de la Paz, que designó como de la Santa Cruz. Más de un año después regresó a México sin haber alcanzado cosa alguna en esa tierra que más tarde se llamó California. Incansable, envió luego dos naves con rumbo al Perú para auxiliar a Francisco Pizarro que se encontraba sitiado en Lima. En 1537 dio principio a una ruta de comercio marítimo, desde el puerto de Huatulco hasta Panamá y Perú. En 1539 despachó su cuarta expedición al Mar del Sur. Encomendó esta empresa al capitán Francisco de Ulloa que penetró hasta la desembocadura del río Colorado y, regresando hasta el extremo sur de la península, remontó por el Pacífico hasta más allá de la isla de Cedros. Como lo muestra la cartografía universal, que se producía entonces, gracias a las expediciones de Hernán Cortés comenzó a conocerse mejor el perfil geográfico de los litorales del Pacífico norte del Nuevo Mundo.

    Para hacer defensa de sus derechos, Cortés emprendió nuevo viaje a España. Entre otras cosas dirigió allí un memorial a Carlos V quejándose de los agravios que, en su opinión, había recibido del primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza. Los restantes años de su vida que transcurrieron todos en España fueron para Cortés tiempo difícil en que se vio envuelto en una serie de litigios y agobiado por el nunca terminado juicio de residencia.

    Con intención de regresar a México, llegó a Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla. Allí poco antes había dictado su testamento. El 2 de diciembre de 1547 murió a la edad de 62 años. Le sobrevivieron su mujer, sus hijos Martín y Luis, así como el otro Martín que había tenido con la Malinche, y María, Catalina y Juana nacidas de su esposa, además de otros tenidos también fuera de matrimonio, como aquella doña Leonor, nacida de doña Isabel de Moctezuma.

    El primer entierro de Cortés fue en la iglesia de San Isidoro del Campo en Sevilla. Años después, sus restos fueron trasladados a la Nueva España y enterrados en la iglesia adjunta al convento de San Francisco en Tezcoco. De allí pasaron a la Capilla Mayor del convento de San Francisco en la ciudad de México. Su último reposo lo alcanzó en la iglesia de Jesús Nazareno, contigua al Hospital de Jesús fundado por él. En la actualidad se conservan en una urna colocada en un nicho en el muro del costado del Evangelio. Numerosas son las biografías que se han escrito acerca del conquistador de México. Algunos lo han considerado un villano y otros un héroe. La historiografía moderna ha logrado una imagen más equilibrada de este personaje ciertamente extraordinario.

    Fernández de Oviedo, Gonzalo (1478-1557), historiador español, cronista de Indias. Nació en Madrid, en agosto de 1478, en una familia noble oriunda del valle de Valdés, en el Principado de Asturias. Vinculado a la corte por pertenecer su familia a la nobleza, en ella transcurrieron los años de su infancia y juventud. Hacia los doce años entró al servicio del duque de Villahermosa en la villa de Cortes (Navarra), y con esta familia adquirió una educación refinada que marcó su talante cortesano y erudito. En 1493 fue mozo de cámara del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, con quien compartió, hasta su muerte prematura en 1497, las enseñanzas y el refinamiento propios del ambiente cortesano. De esta rica experiencia dejó testimonio Oviedo en su Libro de la Cámara del Príncipe don Juan. Tras la muerte de don Juan, pasó a Italia, vivió en Milán hasta 1498, al servicio de Ludovico Sforza y sirvió después a Isabel de Aragón en Mantua y a la familia Borgia en Roma. En 1500 estaba en Nápoles, en la corte del rey Fadrique, y en Palermo conoció a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

    La estancia italiana fue decisiva para la formación de Fernández de Oviedo. Regresado a España, participó con el duque de Calabria en la campaña del Rosellón y a partir de la muerte de Isabel la Católica el año 1504, entró en la corte de Fernando el Católico. En 1506 debió casarse con Margarita de Vergara, que murió pronto y de la que estuvo muy enamorado. En ese mismo año, fue nombrado notario público y secretario del Consejo de la Santa Inquisición; al año siguiente se casó por segunda vez con Catalina Rivafecha y trabajó hasta 1511 en una notaría pública de Madrid. En 1512 ejerció de secretario del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, cargo que desempeñó por poco tiempo, pues en 1514 se embarcó hacia América en la expedición del gobernador Pedrarias Dávila a Castilla del Oro (Panamá), con el cargo de veedor de las fundiciones de oro. A partir de ese momento realizó sucesivos viajes a España para denunciar ante la Corona los abusos y el mal gobierno de Pedrarias. En 1549 fijó definitivamente su residencia en el Nuevo Mundo.

    Autor de una extensa obra, el Sumario de la Natural Historia de las Indias, o la Historia General y Natural de las Indias, Fernández de Oviedo murió el 26 de junio de 1557 como alcaide de la fortaleza de Santo Domingo.

    Giralda, La, magnífico alminar del periodo almohade (siglo XII) perteneciente a la desaparecida mezquita mayor; es la imagen más significativa de Sevilla. Las dimensiones y la magnificencia del templo islámico exigían como complemento vertical una torre. Por iniciativa del califa Abu Ya'qub Yusuf, el alarife Ahmad ibn Baso construyó los cimientos para la torre en el lugar en que la mezquita se unía a la muralla de la Alcazaba. Hacia 1188 se iniciaron las obras, que prosiguieron bajo la dirección de Alí de Gomara y concluyeron en 1198, con los últimos remates de la coronación. La torre, de planta cuadrada de 13,6 m de lado, está situada junto al muro oriental de la mezquita. Otro cuadrado interior forma el núcleo central, con una rampa que asciende entre ambos. Ocupan el interior del machón central siete habitaciones superpuestas, cubiertas con bóvedas vaídas y de arista. La rampa se cubre también por bóvedas de arista con arranques volados. La organización de los muros exteriores está conformada en la parte inferior por huecos de luces en forma de arcos lobulados y de herradura, enmarcados por alfices. A partir de la mitad de su altura, cada lienzo se divide en tres paños: en el central, cuatro ventanas geminadas superpuestas, con arcos de herradura o lobulados enmarcados por otro gran arco ciego; cada paño lateral, dividido horizontalmente en dos, está decorado con ladrillos aparejados en forma de rombos sobre dos arcos ciegos con columnas de mármol y jaspe y capiteles omeyas. La parte musulmana está rematada por diez arcos ciegos. La coronación renacentista, obra de Hernán Ruiz, fue construida en 1558 por encargo del cabildo catedralicio. Consta de tres cuerpos escalonados que armonizan con el conjunto almohade, del que se perdieron la linterna y almenas originarias. La hábil concatenación de estas piezas describe la capacidad de la arquitectura para ser testigo de los diversos momentos de la historia.


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