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Teologia y Filosofia

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Aspectos destacables del capítulo 6 Interacción entre la teología y la filosofía, de  la encíclica papal FIDES ET RATIO. Curso de  Ingreso UCA

Agregado: 10 de OCTUBRE de 2002 (Por Natalia Lorena Parracia) | Palabras: 1972 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
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    Capítulo VI

    Interacción entre la teología y la filosofía

    Síntesis

    Esta capítulo habla de una interacción de mutua implicancia y circularidad. A la luz de esta complementariedad imprescindible pueden explicarse los temas tratados a lo largo del texto: doble principio metodológico (auditus fidei e intellectus fidei) de la teología; los diferentes tipos de teología (dogmática, fundamental y moral); la relación con las culturas; y los diferentes estados de la filosofía.

    En este capítulo se explica que la relación entre teología y filosofía será de circularidad por lo siguiente: "Para la teología, el punto de partida y la fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la inteligencia de ésta, profundizada progresivamente a través de las generaciones. Por otra parte, ya que la palabra de Dios es Verdad (cf. Jn 17, 17), favorecerá su mejor comprensión la búsqueda humana de la verdad, o sea el filosofar, desarrollado en el respeto de sus propias leyes"[1].

    De esta forma, la teología encuentra en la filosofía[2] la mejor herramienta para explicar e ilustrar sus contenidos, y la filosofía se enriquece y transita los caminos que la conducen a la Verdad revelada. Un buen ejemplo de ello son teólogos como San Gregorio Nacianceno, San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino; y pensadores como John Henry Newman, Antonio Rosmini, Jacques Maritain, Étienne Gilson, Edith Stein, Vladimir Soloviov, Pavel Florenskij, Petr Caadaev y Vladimir Lossjik.

    Esta relación de doble implicancia y enriquecimiento mutuo explica que la teología tenga un doble principio metodológico: el auditus fidei y el intellectus fidei. "Con el primero, asume los contenidos de la Revelación tal y como han sido explicados progresivamente en la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia. Con el segundo, la teología quiere responder a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexión especulativa"[3]. Es decir, aunque la Verdad divina "goza de una inteligibilidad propia con tanta coherencia lógica que se propone como un saber auténtico"[4], de todas maneras necesita necesita recurrir a la filosofía como método de comunicación y razonamiento, ya que el teólogo trabaja con sistemas filosóficos que influyeron tanto en las nociones como en la terminología de las enseñanzas de la Iglesia.

    Se trata de entender que la relación entre teología y filosofía es siempre complementaria y nunca competitiva. Que exista una Verdad divina no excluye la validez de la filosofía, ni que existan diferentes estados de la misma o una variedad de culturas, temas que se tocarán más adelante. En el fondo, esta interacción revela la universalidad del cristianismo, que consiste en aportar "a cada cultura la verdad inmutable de Dios"[5].

    La necesaria interacción entre teología y filosofía también explica los fines y medios de las diferentes teologías: dogmática especulativa, fundamental y moral.

    La primera de ellas debe ser capaz de explicar los misterios universales[6] en forma narrativa y argumentativa. "Esto es, debe hacerlo mediante expresiones conceptuales , formuladas de modo crítico y comunicables universalmente"[7]. En otras palabras, si la Verdad preexiste a la filosofía, no es menos cierto que encuentra en esta la herramienta más apta para ser comunicada. Esta teología, al ser dogmática y especulativa a la vez, presupone e implica una filosofía del hombre, del mundo y del ser (parte especulativa), pero fundada sobre la verdad objetiva (parte dogmática).

    La teología moral, por su parte, trata sobre temas que son objeto de la revelación divina (libertad, responsabilidad personal, culpa, entre otros), pero que también han sido definidos por la ética filosófica. El Evangelio propone principios generales y preceptos concretos de conducta cristiana[8], que cada individuo aplica según las eventuales circunstancias de su vida, y para ello "el cristiano debe ser capaz de emplear a fondo su conciencia y la fuerza de su razonamiento"[9]. Es decir, la aplicación particular de principios generales necesita tanto de la teología (basada siempre en la palabra de Dios) como de la filosofía, que aporta el andamiaje de razonamiento y comunicativo para fundamentar la práctica de estos principios generales. En palabras de Juan Pablo II en este capítulo, "esto significa que la teología moral debe acudir a una visión filosófica correcta tanto de la naturaleza humana y de la sociedad como de los principios generales de una decisión ética"[10].

    Mientras la teología fundamental es la propia explicación de la interacción entre teología y filosofía, pues "debe encargarse de justificar y explicitar la relación entre la fe y la reflexión filosófica"[11]. Si la teología moral y la dogmática necesitan de la interacción entre la teología y filosofía para ser sólidas; en el caso de la teología fundamental es diferente, pues -como su nombre lo indica- desarrolla los fundamentos de este relación de circularidad y mutua implicancia.

    La teología fundamental explica que "la fe, don de Dios, a pesar de no fundarse en la razón, ciertamente no puede prescindir de ella; al mismo tiempo, la razón necesita fortalecerse mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que no podría llegar por sí misma"[12][13].

    Relación con las culturas

    Esta relación, se explica en el Capítulo VI, tiene implicaciones en el campo filosófico y teológico. La relación con las culturas es la que establece la salvación realizada por Cristo con las mismas. Es decir, cuando el hijo de Dios llega con sus promesas universales derriba los muros que separan a las culturas, en el sentido que todos pasan a ser "conciudadanos de los santos y familiares de Dios". (San Pablo, ver página 3 del Capítulo VI).

    Las culturas siempre incluyen a Dios, por su apertura del hombre a la universalidad y la trascendencia. Pero lo hacen desde las formas específicas de su propio tiempo y espacio. Toda cultura "tiene en sí misma la posibilidad de acoger la relación divina"[14], pero lo hacen desde su propio pasado, presente y sus expectativas de futuro. La universalidad del mensaje cristiano no significa la eliminación de las diferencias culturales, sino el enriquecimiento de cada cultura con la Verdad divina[15]. Por ello "los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo"[16], y por ello además "el anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia"[17].

    Para ampliar la realización de este concepto, y para también ampliar y enriquecer la interacción entre teología y filosofía, Juan Pablo II recomienda la apertura hacia culturas de Oriente, la India entre ellas. De esta manera, explica el Sumo Pontífice, la teología dejará de relacionarse predominantemente con la filosofía griega, para tomar contacto con otras tradiciones filosóficas muy ricas.

    Así crecerá el enriquecimiento mutuo de la interacción entre teología y filosofía, siempre atendiendo a varios criterios: universalidad del espíritu humano, no rechazar la herencia del pensamiento grecolatino, no confundir la reivindicación del pensamiento indio con la idea de que debe encerrarse en su diferencia y afirmarse en oposición a otras tradiciones.

    Además de la India, aquí se recomienda estimular la relación con otras culturas que permanecieron fuera de la influencia del cristianismo: India, China, Japón, otros países de Asia, y Africa.

    Diferentes estados de la filosofía

    Estos diferentes estados, en tanto posiciones de la filosofía respecto a la fe cristiana, muestran diversas formas de interacción entre la teología y la filosofía.

    La filosofía totalmente independiente de la revelación evangélica se desarrolló antes del nacimiento de Cristo, por ello tiene aspiración de proyecto autónomo basado sólo en las fuerzas de la razón, y no en las de la fe. Esta filosofía excluye la complementación con la teología, aunque "el empeño filosófico, como búsqueda de la verdad en el ámbito natural, permanece al menos implícitamente abierto a lo sobrenatural"[18].

    Esta filosofía no comprende que la gracia perfecciona la naturaleza y no la destruye, un error comprensible por haberse desarrollado antes de la llegada del Redentor. Pero este error no tiene justificación en la filosofía separada, que reinvindica la autosuficiencia del pensamiento y rechaza así las aportaciones de verdad de la revelación divina.

    Mientras la filosofía cristiana es la que más aprovecha la rica interacción entre teología y filosofía, pues une a la especulación filosófica con la fe. De esta manera cuenta con una aspecto subjetivo, que libera a la razón de la presunción y dota al filósofo de humildad. Y también de otro objetivo: trata temas que no hubieran sido accesibles a la razón sin relacionarse con la fe: el concepto de un Dios personal, libre y creador; la realidad del pecado; la concepción de la persona como ser espiritual; el anuncio cristiano de la dignidad, igualdad y libertad entre los hombres; entre otros.

    Otra posición de la filosofía se da cuando la teología misma recurre a ella. Siempre la segunda tuvo necesidad del aporte de la primera, pero además la necesita "como interlocutora para verificar la inteligibilidad y la verdad universal de sus aserciones"[19]. Esto refuerza lo que sostenemos desde el principio de este escrito: la mutua implicancia y complementariedad entre teología y filosofía.

    A modo de conclusión

    Tanto se necesitan la teología y la filosofía que el teólogo que rechaza la segunda corre el riesgo de hacer filosofía sin darse cuenta, y el filósofo que excluye la teología debería llegar por su propia cuenta a los contenidos de la fe cristiana. Es decir, no pueden excluirse, ya que una termina complementándose -implícita o explícitamente- con la otra.

    La verdad es un sola, pero necesita de la filosofía para ser comunicada entre los hombres. "Es deseable pues que los teólogos y los filósofos se dejen guiar por la única autoridad de la verdad, de modo que se elabore una filosofía en consonancia con la palabra de Dios. Esta filosofía ha de ser el punto de encuentro entre las culturas y la fe cristiana, el lugar de entendimiento entre creyentes y no creyentes. Ha de servir de ayuda para que los creyentes se convenzan firmemente de que la profundidad y autenticidad de la fe se favorece cuando está unida al pensamiento y no renuncia a él"[20]



    [1] Capítulo 6, ítem 73.

    [2] Más que filosofía debe hablarse de filosofías (plural), pues en el ítem 64 se dice que la teología "no puede prescindir de relacionarse con las filosofías elaboradas de hecho a lo largo de la historia". Aunque para generalizar, hablaremos de filosofía (en singular) a lo largo del texto.

    [3] Idem, ítem 65.

    [4] Idem, ítem 66.

    [5] Idem, ítem 71.

    [6] Por ejemplo, el sentido universal del misterio del Dios Uno y Trino.

    [7] Idem, ítem 66.

    [8] Los Diez Mandamientos son el mejor ejemplo de este concepto.

    [9] Idem, ítem 68.

    [10] Idem, ítem 68.

    [11] Idem, ítem 67.

    [12] Juan Pablo II, Carta a los participantes en el Congreso internacional de Teología Fundamental a 125 años de la Dei Filius (30 de septiembre de 1995), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 13 de octubre de 1995, p. 2. Citado en el Capítulo VI,

    [13] Si Dios es Uno y Trino, y además su hijo trajo un mensaje universal para la diversidad de culturas existentes, no tiene por qué haber división entre una disciplina fundada en la Verdad revelada y otra desarrollada por el razonamiento de los hombres.

    [14] Idem, ítem 71.

    [15] Siempre el cristianismo produjo esto, y ahora Juan Pablo II quiere profundizarlo a través del contacto con culturas en las cuales el mensaje de Cristo no tiene mucha irradiación. De esto hablan los párrafos que siguen.

    [16] Idem, ítem 71.

    [17] Idem, ítem 71.

    [18] Idem, ítem 75.

    [19] Idem, ítem 77.

    [20] Idem, ítem 79.


     
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