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Resumen de la vida 4°

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Agregado: 24 de MAYO de 2000 (Por ) | Palabras: 3514 | Votar! |
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    Resumen ficha n 4

    La sociedad despolitizada. Nicolás Tenzer.

    Introducción.

    De la crisis.

    Existe crisis intelectual cuando es imposible acudir a una doctrina capaz de ofrecer una explicación sólida del mundo. Hay crisis ética cuando no se sabe a qué principios remitirse para conducir una acción política o incluso nuestra vida privada, y puesto que los juicios estéticos presentan una firmeza menor.

    Crisis es un estado intelectual, social, económico, político, cultural, donde la perturbación es tan grande que ya no se disciernen las salidas posibles.

    I.                    Tipología de la crisis.

    Si la política se derrumba es porque ya no hay interés en los asuntos comunes y porque la propia sociedad se disgrega. Se desaparece la conciencia de la existencia de una sociedad, la idea misma de cultura común para a ser un sinsentido, y el individuo pierde todo punto de referencia.

    -          Hay crisis de la política porque la sociedad ha perdido su cohesión y lo político se autorrepresenta como demasiado ilegítimo para restituirle una.

    -          Hay crisis de la sociedad porque la cultura que constituía su basamento se ha diluido junto con los mecanismos de interrelación en los que se hallaba su origen;

    -          Hay crisis de cultura, por ser crisis del pensamiento, del deseo mismo de pensamiento que, a fin de cuentas, empuja a los hombres hacia el otro y contiene la exigencia de un proyecto.

    A.     La crisis política

    Caracteres fundamentales:

             El estrechamiento del ámbito político: en la extrema derecha con el encierro de la política en una visión particularizada y escuadradora de los problemas, y en la extrema izquierda, donde el historicismo o el mesianismo tradicionales hacen las veces de política; pero también en el resto de la clase política, donde el propósito esencial es la búsqueda de un consenso en detrimento de un proyecto político.

             El sentimiento de inutilidad de la política: se ve incrementado por un debate político que en apariencia nunca estuvo tan desconectado de la esfera real.

             La desaparición del sentimiento de comunidad: de construir un espacio en el que las palabras tengan el mismo sentido para todos y donde valga la pena laborar en una tarea común. En materia de preferencia política, la referencia pasa ser el comportamiento individual. La elección personal, más que la idea colectiva o el valor de una civilización. Existe así una distorsión entre la realidad y la concepción que nos hacemos de ella. Esta contracción permite analizar la realidad social contemporánea: una sociedad con normas de hecho obligatorias, per son real solidaridad y comunidad entre sus miembros, una sociedad cuyos elementos están ligados entre sí, pero sin verdadero lazo, sin comunicación.

             La idea de un serio antagonismo ente la sociedad y la política.

    1.        Espacio público y legitimidad política.

    Sólo dentro de un espacio público tiene sentido la política. Sin espacio común, la sociedad política degenera en "dispersión tiránica" o en "concentración totalitaria". Una vez desaparecido el espacio público ya no se percibe cuál puede ser el ámbito de aplicación de la política: la legitimidad de la política se torna problemática, puesto que la existencia de un lugar común como ése ya no es, a priori, legítima.

    Existen tres etapas en la historia de la idea de legitimidad política.

             En un primer momento, la referencia trascendente garantizaba una legitimidad. El rey recibía su legitimidad de Dios y, más allá de Dios, de una costumbre cuyo origen nadie podía localizar.

             En un segundo momento, esta legitimidad se vio propulsada al orden político inmanente: el interés de los hombres, un contrato de formas diversas y hasta una construcción teológico - histórica señalaban el lugar del poder.

             En un tercer tiempo, la propia existencia de este orden inmanente se torna problemática. Habiendo perdido su marco indispensable, la idea de política desistió de toda significación.

    La política no se define por su acción concreta sino por sus posibilidades extremas de acción, es decir, de modificación de la naturaleza social.

    De ese momento, el problema concreto para los hombres políticos pasa a ser el de asegurar un gobierno correcto de la sociedad ajeno a toda idea de legitimidad superior y, por lo tanto, a toda discusión sobre un eventual proyecto. A la legitimidad le sucede, pues, la idea de legalidad, pantalla necesaria de la democracia.

    2.        Desaparición del debate público

    Por un lado, la creciente complejidad de la sociedad desemboca en la eliminación, en el campo del debate público, de los sujetos en los que ella se manifiesta particularmente y en la consagración de un poder de peritaje. Los criterios de decisión pasan a ser criterios técnicos y no criterios de sentidos o, criterios de legalidad y no de legitimidad. Esto acentúa el estado de confusión en el que se extenúa la definición de las elecciones esenciales: el ciudadano tiene la vista clavada sobre la coacción. En nuestra sociedad mediática, que parceliza el enfoque de la realidad, las coacción se perciben como absolutas, incondicionales, y ya no se sabe a qué fines corresponden.

    El segundo facto objetivo es la presencia de tabúes en la conciencia colectiva, de los cales el más poderoso es el que prohibe por principio cualquier cuestionamiento de la privacidad de parcelas esenciales de la existencia de los individuos. Lo más cotidiano queda desterrado, pues, del campo político.

    En suma, la política desaparece a la vez por lo bajo porque la tecnicidad le impide regentar el detalle de los programas de gobierno, y por lo alto porque la ideología le impide existir.

    3.        La política, el número y la comunicación.

    En la Atenas democrática, la política era a lo sumo, un arte formal de elección por la Asamblea del pueblo y el gobierno sólo estaba encargado de administrar la ciudad (podía designárselo por sorteo), con tal de que no se tratase de un general demasiado ambicioso o de un retórico demasiado brillante. Ejercía competencias; no poseía poder propio, pues sólo el pueblo disponía de éste.

    En la democracia ateniense, la representación perfecta, sin autonomía del gobierno con respecto al mandante y que fue durante mucho tiempo el ideal de la democracia, era posible y hasta necesaria. En las democracias contemporáneas, donde el problema esencial es el del número, existe una necesaria distancia entre el representante y el representado. A medida que esta distancia aumenta, el poder se autonomiza.

    La democracia ateniense, gobierno directo y consensual, funcionaba sobre la naturaleza de la polis, sobre su cultura y sus instituciones. El papel de la política es necesariamente la búsqueda de la democracia más perfecta posible, esto significa también que el proyecto político podía ser nulo en Atenas, impuesto antiguamente a una nación heterogénea pero sin comunicación mientras que hoy cumple el rol de soldar a una comunidad disemejante y comunicante.

    En caso que la política se redujera a la pura gestión, el vínculo desaparecería, vínculo que no puede existir en cuanto a la forma y en cuanto al fondo, sin un proyecto para la sociedad. En cuanto a la forma, porque hace falta un elemento en el cual converjan todas las miradas para unir a los que miran. El ciudadano casi no experimenta la necesidad de controlar al poder del Estado, reducido a la gestión de los asuntos domésticos. La política, es decir, el arte de definir el futuro de una sociedad, está ausente en un Estado que, sin deliberación, no tiene cualidad para querer pero cuya sola presencia no es ahora garante del lazo social. Por lo tanto, sin definición de un proyecto por la instancia deliberativa, la sociedad quedará condenada a permanecer sin vínculo.

    En el fondo, la cohesión social, no siendo ya ni inmediata ni natural pasa por un proyecto que le da un sentido y hace ver que nuestra presencia en sociedad no es fortuita sino, por el contrario, necesaria. El contenido de ese proyecto está predeterminado por la idea de unión social que volcamos en la política: como nuestro espacio público ya no es el del ágora, el proyecto político se resume en un trabajo a favor de la existencia de un leguaje común y de referencias comunes que puedan unir a la sociedad.

    El sentido de la sociedad es la percepción del carácter indispensable del vínculo entre los hombres y el afán de conducir concretamente este vínculo social a su grado máximo de densidad.

    B.       La crisis social

    El desempleo aumenta, la pobreza se muestra con más agudeza que antaño en razón de la desestructuración de las solidaridades locales, y por contraste con la prosperidad general; pero aquí se trata sobre todo de una crisis económica de efectos sociales y no de una crisis global de la sociedad.

    Nuestra sociedad mediatizada es una sociedad pacificada porque aunque no tenga conciencia de su unidad o sus valores, al menos no se pondrá agresiva para imponer la concepción dominante del mundo a una parte minoritaria de ella misma. Lo esencial de la argumentación de quienes no perciben ninguna crisis social, descansa en la convicción de que la violencia ha quedado definitivamente conjurada.

    1.        La crisis social, ¿mito o realidad?

    El acabamiento de las grandes luchas sociales tiene su explicación: la integración de los obreros en la sociedad se ha cumplido de manera satisfactoria; su nivel de vida a ha progresado; sus conductas y prejuicio sociales y morales fueron calcados de los del resto de la sociedad.

    Paralelamente a estos factores materiales de homogeneización social debida a un enraisamiento general de las diferencia, las causas ideológicas de las luchas y divisiones ya no existe. Los fundamentos económicos (humanización del trabajo), sociológico (liberación de las mujeres y los jóvenes) y religiosos (ocaso de la religión considerada como sistema doctrinario organizado) de los enfrentamientos ideológicos, han desaparecido efectivamente.

    La crisis de la sociedad proviene, más prosaicamente, del hecho de que las tareas políticas prioritarias son menos evidentes que antaño. Todo Estado que no aceptara una mayor igualdad económica, independencia respecto de la religión y libre determinación de cada cual en sus costumbres, se condenaba a partir de cierto grado de desarrollo, a conmociones más graves que las que podía suscitar la nueva inseguridad resultante. En síntesis, lo político no tenía elección.

    Ahora, no habiendo ya reivindicaciones urgentes y de peso, tampoco hay deseo real de cambio. Sin embargo, un pueblo que ya no quiere nada, que ignora lo que quiere y que no es capaz ya de desear, se convierte en un pueblo pronto a abrazar cualquier ideología. La crisis social estriba en esta potencialidad.

    2.        Homogeneidad y heterogeneidad

    Existe una discordancia entre la representación social del país (homogeneidad) y su realidad (diferenciación): la homogeneidad permite la indiferencia política, mientras que la heterogeneidad revela la parcelación y reclama, por tanto, una acción correctiva.

    Lo que domina es la heterogeneidad, como valor y sobre todo como realidad. La heterogeneidad cultural como valor se traduce en una relación diferente con la cultura, con el conocimiento, con la ética. Hay, no obstante, otra heterogeneidad, muchísimo más marcada, en la percepción del mundo y en la capacidad de comunicación, independiente tanto del contexto ideológico como de las doctrinas políticas y sociales, las preferencias partidarias y el juicio emitido sobre los individuos y las cosas. Si hay crisis de la sociedad, es esencialmente porque las palabras no tienen el mismo sentido para todos.

    Hay una identidad de comportamiento vivida como heterogénea. El culto de las diferencias es casi siempre el ropaje de la repetición de lo mismo; se admite tanto mejor al otro cuanto es insignificante y no habla. La ausencia de comunicación conduce a aceptar una diversidad indeterminada. Las diversidades se recluyen y se amurallan en el silencia, no se comunican para construir una sociedad rica en experiencias y obras a intercambiar y acaban por aniquilarse en la repetición solitaria de lo mismo. Se valorizan las heterogeneidades formales en detrimento de las diferencias reales.

    3.        Comunicación y violencia social.

    Otra función de la comunicación mediatizada es ocupar el terreno y llenar un espacio dejado vació por el pensamiento. En nuestras sociedades ya no es la comunicación lo que permite la conjuración de la violencia sino el hecho de que ya no haya espacio libre en el que esta violencia pueda ejercerse. La mediatización de la sociedad misma ocupa todo el terreno.

    La comunicación mediatizada tiene un carácter anestesiante. Al estar en todas partes, sin interrupción, y al desafiar el orden del sentido, ella aplacaría los conflictos sumergiéndolos en una bruma difusa. De su carácter perpetuo y finalmente indistinto nació su acción de igualación de todas las cosas y de desjerarquización de los problemas que una sociedad se plantea.

    C.       La crisis cultural

    La crisis política resulta no sólo de un pesimismo absoluto en cuanto a cualquier acción tendente a reducir las imperfecciones de la sociedad y a suministrarle un proyecto, sino sobre todo de una falta de sensibilidad a esta s imperfecciones, de una ausencia de atención al otro y de cuestionamiento de sí. La crisis social es una crisis de la comunicación activa y por lo tanto de pertenencia voluntaria. En cuanto a la crisis cultural, se identifica con una crisis de conciencia histórica y con una dislocación del espacio público en un mundo cuyas referencias han desaparecido.

    1.        Crisis de la cultura e historia.

    El hombre, puesto que vive en sociedad, está ligado a una cultura y a una historia. Él pertenece a la historia, y es esto lo que le hará anhelar que la memoria histórica conserve cierta imagen de su época, ajustada a sus ideales de dignidad y humanidad.

    No puede haber conciencia histórica sierva. Una conciencia histórica cuyo único fundamento fuera la ingurgitación de una historia preescrita y a la que los hombres deberían ajustarse, no sería una conciencia sino un simple objeto, manipulable por una instancia exterior: el partido, el gran líder. La conciencia histórica no justifica y no autoriza nada. Pero puede guiar un proyecto político, servir de línea directriz a una política educativa, social, cultural.

    No se puede imponer a un pueblo una conciencia histórica. La conciencia histórica es cultural y política: cada ciudadano debe hacer suya esta conciencia de la historia que es conciencia de lo que debe ser la sociedad. No hay conciencia histórica sin libertad de pensamiento y sin deliberación.

    2.        La cultura pública

    Existen condiciones para que pueda existir la conciencia histórica.

    Primera condición: es preciso que la sociedad exista en el espíritu de la gente. La idea de pertenencia a un grupo guiado por un destino común, en la hora del mundo universal, esta conciencia voluntaria es una conciencia de pertenencia a un conjunto que es el género humano.

    Segunda condición: que el espacio social, público, no se perciba como hostil al individuo sino, por el contrario, como el vínculo natural de consumación de su libertad. Esta percepción tiene por fundamento un reparto entre la esfera política y la privada. La determinación de este reparto es cultural.

    Cuando crece la complejidad del mundo y en cambio los medios para comprenderla, o por lo menos aceptarla, no se desarrollaron proporcionalmente, el "rechazo" de esta complejidad tiende igualmente a aumentar y a generalizarse a toda la sociedad. De ahí sobre todo, una propensión a escapar hacia la esfera privada, para acondicionarse en ella un pequeño mundo a la medida de cada cual, controlable y previsible. Este comportamiento tiene consecuencias directas sobre la formación del espíritu público y de la cultura de una nación.

    La opinión común según la cual la libertad y la realización de sí halla su terreno de elección en la esfera privada, compromete también la existencia de una cultura común fundadora del lazo político. La crisis aparece con la creencia de que la política y la libertad se oponen.

    Desde el momento en que estimamos que lo que somos y hacemos es ampliamente indiferente a la historia, nuestro lazo con los hombres y la sociedad se deshace.

    3.        Desaparición de las referencias comunes.

    Vivimos en un estado que se ha calificado de "anomia ideológica". Anomia, es decir, ni autonomía ni heteronomía. No hay autonomía, lo que significa que, al no haber adquirido el hábito del juicio y de la crítica, la gente no sabe darse a sí misma una ley. Tampoco heteronomía, ya que los grandes sistemas religiosos e ideológicos no están completamente desmembrados y no ejercen ya ningún papel en la estructuración del pensamiento.

    II.                   Pensar la crisis hoy.

    A.      La especificidad de la crisis.

    La verdadera crisis se da cuando, para una colectividad se ha cometido lo irreparable. No hay esencia intemporal de la crisis: cada una de las crisis debe ser apreciada en función de una época.

    Si en otro tiempo no había realmente crisis de la sociedad, esto no significa que no hubiera crisis en la sociedad. Sólo que éstas crisis eran parciales, particulares. O bien, traían aparejado un progreso de la sociedad.

    La situación actual ya no tolera la existencia de crisis particulares, aisladas. O bien no existe crisis global, y entonces vivir aislado es un mal personal del individuo, o bien hay crisis apenas un grupo denuncia un malestar o, lo que es peor, vive un malestar sin denunciarlo: las manifestaciones más aisladas de una inadecuación de las reglas sociales generales señalan el escándalo absoluto de una humanidad denegada a algunos, pero que está en consonancia con la humanidad de todos.

    Toda acción política es hoy de naturaleza mucho más global de cuanto lo era ayer, es decir que no puede contentarse con una acción marginal, local sobre ciertos grupos sociales. Ahora es el conjunto del espíritu de un pueblo el que debe verse afectado por su acción.

    B.       Las dificultades para salir de la crisis.

    Este carácter de autosustento de la crisis participa de su definición: la crisis tiende a cerrarse a sí misma cualquier vía de salida. La crisis cultural compromete en el ciudadano la posibilidad de tener acceso a un sistema de referencias; la crisis social refuerza la idea de que la sociedad no existe; la crisis política aleja de su espíritu la representación de lo que la política debe realizar.

    Factores que impiden salir de la crisis y la agravan:

    Primer factor: relación ambigua con el poder. La crítica absoluta de todo poder es un factor de mantenimiento de la crisis. Puesto que la política es la del gobierno, el rechazo de la existencia de un gobierno, de un poder y de una autoridad que lo garantice, compromete la salida de la crisis. La política no es una instancia exterior que suponga una diferencia entre el que detenta el poder y aquel sobre quien se ejerce.

    Segundo factor: temor a conflictos que podrían surgir en relación con cuestiones fundamentales para el futuro de nuestra sociedad, temor que desemboca en la inacción política. Este temor es pernicioso porque conduce al rechazo de la superación política de los conflictos, en nombre de un punto de vista global que trasciende a las tomas de posición particulares. La política es el arte de administrar los conflictos y no de negarlos.

    Tercer factor: la designación de la idea de libertad. El rechazo del pensamiento como fin político esencial agrava esta tendencia a la deformación de la idea de libertad: puesto que la idea de libertad es separada de su contenido concreto, sólo subsiste su forma. Reaparece aquí la actitud mágica: la libertad es algo que uno nombra, y su sola invocación transforma lo indistinto o lo vil en objeto codiciado. Corroída así la idea de libertad, pierde su alcance y su eficacia políticas, indispensables para salvaguardar nuestra humanidad. La libertad se vuelve contra sí misma y pasa a ser un instrumento de opresión: se llama libertad a la violencia, mientras que lo inhumano es hombre sagrado.

    Cuarto factor: deficiencia en la definición de las finalidades. Finalidad es un objetivo que un conjunto organizado de individuos se asigna, sea colectivamente, sea para cada uno de sus miembros, sea para una parte de la sociedad y que va a regir su funcionamiento dando un sentido a la ación, a quienes ejercen una actividad en su seno, una perspectiva individual y colectiva y, correlativamente, un principio de organización. Está eclipsándose la posibilidad misma de representarse un fin por motivos referidos en particular a la incertidumbre sobre las razones para estar juntos, al no avizoramiento de la necesidad de una acción, a la incapacidad para representarse de qué modo actuar y a la pérdida del sentido de la contingencia y de la necesidad de la historia.

    No habría crisis de la sociedad si no hubiese crisis del individuo, pero la crisis del individuo propicia la de la sociedad. Tristeza, desesperación en algunos; sentimiento de abandono en otros; atontamiento y alienación y búsqueda del olvido en la diversión son otros tantos síntomas de una crisis del individuo que nada tiene de novedosa. Lo que sí particulariza a nuestra época es la progresiva generalización de esta crisis individual, su efecto disolvente sobre el sentido de pertenencia pública, l hecho de que se traduzca en una doble fuga, de sí mismo y del mundo, y de que en esta forma se refuerce aún más la dificultad para su resolución.

     
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