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Resumen Historia de la Civilización

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Agregado: 02 de AGOSTO de 2011 (Por María Fernanda Díaz) | Palabras: 7662 | Votar | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
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    Autor: María Fernanda Díaz (mfdiaz@velocom.com.ar)


    CAPITULO 1: "LIBERTAD E IGUALDAD"


     


    Hay tres procesos clave dentro de la historia de la humanidad y son las revoluciones liberales que tuvieron lugar en Inglaterra, Estados Unidos y Francia entre mediados del siglo XVII y fines del siglo XVIII.


    Estas revoluciones impusieron un cambio en la idea misma de revolución. Hasta entonces se utilizaba esta categoría para denominar a un cambio de un gobierno como resultado de un levantamiento armado. A partir de la revolución norteamericana y esencialmente a partir de la Revolución Francesa, el contenido del concepto revolución cambió, ya que comenzó a utilizarse para designar a un proceso de cambio socioeconómico estructural, acompañado de un cambio en el reparto del poder dentro de una sociedad.


    La Revolución Francesa no fue revolucionaria por haberse sustanciado a través de un movimiento armado, sino que lo fue primordialmente por la nueva concepción del hombre que trajo consigo y por su capacidad de revolucionar al conjunto de las sociedades occidentales a lo largo del tiempo. Si bien se inició en una fecha determinada, la Francia de 1789, como un acto político concreto, en tanto en la transformación de la concepción de la idea del hombre, sus orígenes son muy anteriores, y su duración mucho más prolongada.


    El principal aspecto revolucionario de la Revolución Francesa es su carácter de "revolución", antes que "francesa".


    Estos ideales de los que estaba inspirada la Revolución Francesa se articulaban con las nuevas ideas económicas de la época, y permitieron crear las condiciones adecuadas para el surgimiento de un nuevo sistema económico: el capitalismo. En el terreno político, la Revolución Francesa abrió las compuertas para la consagración de la burguesía como nueva clase hegemónica. Antes de la revolución las sociedades eran estamentales. El mundo entero estaba compuesto por privilegios y perjuicios, que encontraban la razón de su ubicación social en la cuna en que les había tocado nacer.


    La burguesía, nueva clase social nacida a partir de las transformaciones experimentadas por las sociedades europeas desde el siglo VII, a partir del siglo XV, expresaba una nueva lógica social asentada sobre el individualismo, la capacidad de enriquecimiento, el ahorro y la inversión. Sin embargo, al momento de la revolución esta lógica no había conseguido extenderse aún a los demás estamentos sociales, razón por la cual los poderes políticos, militar y social continuaban en manos de estructuras aristotélicas.


    La revolución francesa expresó la determinación de la burguesía de liquidar esos privilegios. Por esto, uno de los ideales centrales de esta revolución fue la libertad, entendida como la determinación de construir una sociedad en la cual la cuna no otorgara privilegios que premiaran o condenaran a los hombres a lo largo de su vida. Por el contrario, los burgueses establecían que cada hombre debía alcanzar el lugar que él mismo fuese capaz de conseguir.


    Pero, la burguesía era todavía una clase demasiado débil como poder derribar por sí sola a la aristocracia, por lo que intentó agrupar a otros grupos sociales postergados como artesanos y campesinos, pequeños propietarios.


    Un segundo ideal el de la igualdad, las nuevas ideas afirmaban que los hombres debían nacer libres e iguales. En realidad, a la burguesía no le preocupaba demasiado la suerte de los demás grupos sociales, sólo le interesaba consagrar la idea de que los hombres nacían iguales.


    Para la burguesía la igualdad era el principal valor que caracterizaban a la revolución francesa y para garantizarla, el estado debería adquirir una matiz social que le permitirá velar por la igualdad entre los hombres, poniendo límites a la capacidad de acumulación individual que acababa por propiciar situaciones de explotación del hombre por el hombre. A lo largo del siglo XIX, esta matiz social se desarrolló a partir de dos vértices una de ellas íntimamente vinculaba con la antigua idea comunitaria del cristianismo, la otra identificada con el socialismo.


    Aportó un tercer ideal, la fraternidad entre los hombres. Cuando la burguesía revolucionaria planteó la idea de la fraternidad lo hizo afirmando que el principal deber de los hombres era con los hombres, sus iguales y no con la aristocracia o con la monarquía. Esto implicaba sostener que los pueblos deberían ser fraternales entre ellos en su lucha de liberación respecto del poder aristocrático, ya que todos en conjunto formaban parte de una misma especie, que no admitía privilegios ni dotes excepcionales surgidos de la cuna. Con el paso del tiempo y una vez que la burguesía y su forma de entender el mundo consiguieron adquirir un carácter hegemónico, el ideal de fraternidad fue muy cuestionado por los gobiernos y las burguesías nacionales. , ya que permitía definir a un hombre universal que se encaminaba hacia algún tipo de liberación y con acción hacia la destrucción de cualquier tipo de coerción.


    Ni en el gobierno doméstico ni en la administración de sus territorios imperiales, las clases dirigentes occidentales se ocupaban seriamente de impulsar la vigencia de este valor por el contrario su interés radicó siempre en dividir a los hombres para poder gobernarlos con mayor facilidad.


    Por esta razón, una vez que la revolución francesa consiguió triunfar, el ideal de fraternidad entre todos los hombres del mundo fue reemplazada por la idea nacional, del vinculó cultural y simbólico y en muchos casos genético, que unía a los miembros de una misma comunidad nacional, y que debía resaltar lo suficientemente sólido como para permitir relativizar las profundas diferencias de clase que aquejaban al cuerpo social. De este modo, igualdad - libertad, fraternidad - nación, constituyen los dos principales núcleos de tensión que presentó la revolución francesa. En su momento, estos valores permitieron liquidar el poder aristocrático absoluto y poner en marcha procesos de modificaciones estructural. La revolución francesa fue revolucionaria sólo hasta un punto, aquél hasta en cual la burguesía estaba dispuesta a ser revolucionaria. No quería construir una sociedad de iguales. Su objetivo, a partir de la revolución francesa, simplemente consistió en genera sociedades en las cuales no existieran más los privilegios de nacimiento, pero donde las diferencias ente las clases sociales quedaran marcadas y consolidadas a través de los nuevos valores e instituciones del liberalismo triunfante. Por esa razón, durante la revolución francesa, la burguesía fue revolucionaria en su decisión inicial de acabar con el poder aristocrático, pero cuando advirtió la gestión de un peligro mayor es decir, que los pobres, los miembros de las clases marginales y más desplazadas intentasen llegar a gobernarse por sí mismo, modificar sustancialmente su situación y dar a luz un mundo en el que la igualdad fuese la pauta, y no ya la libertad no tuvo inconvenientes en modificar s plan original, y buscar una alianza con una aristocracia ya decrépita y debilitada. Así, con los sectores populares a la izquierda y la aristocracia a la derecha, la burguesía pudo presentarse a sí misma como expresión de equilibrio del justo medio. Por este motivo, las expectativas de la burguesía francesa y de la internacional en a lo largo del siglo 19 dejaran pasar por profundizar y llevar la revolución hasta sus últimas instancias, para trenzar un alianza con las aristocracias que l permitiesen controlar a las clases inferiores y explotarlas en beneficio mutuo. Y en esto, precisamente, está situado el límite de la revolución francesa en su carácter de revolución burguesa, instrumental para os intereses de la burguesía. Esta afirmación el ideario burgués tuvo que enfrentar a el socialismo y el anarquismo. Un objetivo final, la construcción de una sociedad son clases y la liquidación del estado, considerado como un instrumento de opresión, de dominación del hombre, aunque por cierto, las estrategias y los procesos a través de los cuales se proponía esa liquidación del estado y la construcción de una sociedad de iguales difirieron en ambos casos.


     


     


    Capitulo 18: La revolución industrial


     


    La historiografía tradicional consideraba que la revolución industrial había sido un proceso muy rápido, gestaba a partir de la innovación productiva. Sin embargo, las corrientes histograficas de las últimas décadas permiten observar que la transformación fue muy paulatina y que su origen se remontan a la segunda mitad del siglo 17. Se interrogan por las razones que expliquen por qué si gran parte de las potencias europeas de la época tenían potencialidades económicas y sociales similares, sólo Inglaterra pudo ser precursora del industrialismo.


     


    El orden internacional


     


    Si bien este país rivalizaba con sus pares europeos, como Holanda, Francia, España, y Portugal, su hegemonía residía en su extendido comercio, su capacidad bélica y en su dominio de los mares. Hasta la finalización de la guerra de los siete años (1756- 1763) las posesiones inglesas en América eran relativamente jóvenes, a diferencia de la colonización de España y Portugal, Inglaterra ejercía un dominio colonial de escasa importancia en el norte de América y en el caribe. En América del norte, rivalizaba con Francia. El sistema imperial británico hasta 1763  fue de servidumbre comercial y libertad civil. En efecto al ser colonias marginales en comparación por ejemplo a la importancia económica de la india, les permitió tener en forma temprana un clima de amplias libertades, por el contrario, en materia económica, estaban sujetas a amplias regulaciones, las colonias no poseían libertad de comercio, ya que la intención impidió el ingreso de algunos productos coloniales. En el período comprendido entre 1763 y 1815, Inglaterra comienza a predominar militar, naval y económicamente. Inglaterra era consciente de la condición estratégica de su imperio y de su imperio y de su importancia y de su importancia para los cambios que estaban ocurriendo en el interior de su economía. Así, la metrópolis comenzó a explotar su potencialidad colonial, en tanto necesitaban expandir sus mercados simultáneamente al desarrollo industrial. Esta postura tendería a consolidarse en la segunda mitad del siglo 18. Sin embargo, al mismo tiempo se produce la independencia de los estados de la unión americana, que conformarán los estados unidos. La pérdida de ese territorio implicó posteriormente la guerra contra las trece colonias, que contaron con el auxilio de Francia y, en menor medida, de Holanda. Si bien Inglaterra pierde las trece colonias, paralelamente la gran joya colonial de ese tiempo: la india. La india era un instrumento ideal para el beneficio de su metrópoli, un gran mercado consumidor cautivo, siendo además un proveedor de materias primas cuando las necesidades industriales así lo requirieran. Es sistema colonial inglés fue subsidiario de la gran transformación industrial que tomará impulso a mediados del siglo 18.


     


     


    Las condiciones políticas y culturales


     


    Inglaterra logró conciliar rápidamente las tensiones entre la nobleza y la naciente burguesía. Inglaterra fue precursora del establecimiento de una monarquía parlamentaria. Proceso conocido con el nombre de la revolución gloriosa. La convivencia del sector aristocrático con la burguesía, en el parlamento, facilitaría la transformación productiva. No obstante, el proyecto civilizado que encarnaba la burguesía inglesa tuvo que lidiar con las fuerzas reaccionarias de la nobleza terrateniente, pero aun con machas y contramarchas, estaba en una posición más ventajosa que sus pares europeos, donde aún las monarquías absolutistas dominaban las estructuras gubernamentales.


    La revolución política permitiría derribar una de las mayores trabas para la conformación de un mercado de trabajo libre. La temprana abolición de la servidumbre abrió el camino para la instauración del sistema capitalista, la burguesía aceleró, además, la eliminación de disposiciones aduaneras que limitaban el comercio.


     


    La reforma agraria


     


    El mundo medieval se caracterizó por producir bajo un sistema de rotación de cultivos trianual. En gran parte d Europa la tierra se dividía en tres parcelas distintas, en las cuales se cultivaba en forma rotativa cereales y legumbres, dejando en barbecho o reposo la tercera parte del terreno con el objeto que la tierra recuperara sus nutrientes. Esa modalidad respondía a la ausencia de fertilizantes y provocaba una muy baja productividad de los terrenos, ya que una parte de ellos quedaban anualmente fuera del circuito económico. Aproximadamente en la segunda mitad del siglo 17, el sistema de producción, se comenzó por aplicar una rotación cuatrianual en los cultivos, introduciendo plantas forrajeras con la consecuente posibilidad de criar ganado vacuno y ovino. Este cambio en la forma de cultivos modificó la disposición territorial, eliminando paulatinamente las tierras comunales y de campos abiertos, propios del régimen feudal, a los cuales tenían acceso los hombres libres y siervos.  Desde 1760, los campos abiertos fueron desapareciendo como consecuencia de un conjunto de instrumentos jurídicos de vieja data denominadas globalmente leyes de cercamientos, el proceso derivó en que muchos campesinos terminaros siendo arrendatarios, unos pocos lograron transformarse en pequeños propietarios, y la mayoría fueron los nuevos excluidos del proceso industrial. La revolución agrícola impuso a la economía inglesa formas de producción mixta, agrícola ganadera, impulsando el cambio de hábitos de alimentación, enriquecimiento la dieta de la familia campesina con la incorporación de tubérculos, leguminosas, cereales y carne en forma regular. Dichos cambios alimentaron a las nuevas industrias que utilizaban materias primas la distribución de base para la creación de herramientas de producción, infraestructura y construcciones. Inglaterra se anticipó a los demás países europeos, ya que no sólo modificó la distribución territorial, sino que el sector rural proporciono los insumos básicos de la actividad motriz de la revolución industrial, el algodón permitiendo el desarrollo de la industria textil. La importancia de la revolución agrícola no se circunscribe a la innovación tecnológica, sino también a la configuración de la propiedad privada y la constitución paulatina, y como veremos posteriormente bastante accidentada de un mercado laboral capitalista.


     


    Población y mercado


     


    A partir de mediados del siglo 18, Inglaterra se distinguió de sus pares europeos por su extraordinario crecimiento demográfico. Este suceso fue inédito ya que, hasta ese momento, la sociedad europea mostraba un alto índice de mortalidad y una baja tasa relativa de natalidad que impedía una expansión demográfica sostenida. Quebrado la teoría de los ciclos que malthus. Según este pensador, el excedente demográfico era el causante e la escasez de alimentos y bienes de subsistencia, impidiendo la reproducción social, sin embargo, la misma naturaleza podía remediar la situación con el aumento de la mortalidad  a causa de las hambrunas y epidemias. De esta forma, la población sobreviviente era más fuerte y apta, teniendo en cuenta que había podido soportar tal cataclismo por mathus natural y hasta conveniente, en la medida que permitía el mejoramiento de la raza humana, estableciendo un equilibrio entre naturaleza y hombre. Pues bien, a partir de la revolución agrícola los ciclos maltusianos fueron superados por la posibilidad del hombre de producir mayor cantidad de bienes que su necesidades de supervivencia, siendo uno de los factores que permitieron una mayor esperanza de vida. El incremento de la población tuvo como efecto una expansión del mercado interno absorbiendo inicialmente la oferta de tejidos e hilados de la actividad textil. Uno de los requisitos para la existencia de un mercado interno fue la integración del territorio, lo cual requirió de la construcción de canales y de caminos pavimentados para el transporte e la mercadería. Dicho requisito fue percibido por la burguesía inglesa, uniendo rápidamente las ciudades más importantes, las zonas rurales algodoneras y los puertos ultramarinos.


    La economía británica creció a partir del comercio mercantilista y especialmente del comercio con Europa y América.


    Hacia 1820, la rentabilidad económica dependía cada vez más del mercado externo constituyendo un determinado modelos de desarrollo: el comercio y el transporte marítimo mantenían la economía inglesa con ingresos de exportación mientras que las importaciones ultramarinas de materias primas consolidarían el intercambio con el resto del mundo.


     


    La revolución tecnológica


     


    Existe consenso sobre la introducción de determinados inventos que a lo largo del siglo XVIII permitieron el desarrollo de la industria textil. La primera invención se trató de un telar manual bastante rudimentario llamado lanzadera volante, y cuya aparición data de la década del 30.


    Esta metodología de producción recibió por parte de los académicos contemporáneos el nombre de protoindustria. Consistía en un tipo de producción doméstica y artesanal, por el cual el comerciante abastecía de materia prima (lana y algodón) a la familia campesina, la cual se dedicaba a esta producción en sus tiempos libres cuando se desentendía de sus obligaciones del campo. La lanzadera volante permitía esta modalidad de la producción al ser manual y no requerir inversión excesiva de capital por parte del campesino, ya que pagaba un alquiler por dicha máquina al comerciante. Otra de las características de este sistema doméstico era su modalidad de pago, la cual se retribuía por pieza producida.


    Los primeros talleres tenían como objetivo la fase final del sistema domiciliario y su función era la de ensamble de los tejidos. Este sistema productivo tenía muchas limitaciones ya que el comerciante - empresario no podía ejercer ningún control sobre la familia campesina y porque ésta aún conservaba como medio de subsistencia su actividad rural, por lo cual no había ningún incentivo para el aumento de la productividad.


    Como bien afirma la teoría marxista, para que el capitalismo emergiera era necesario despojar al campesino de sus medios de producción, lo cual requería la reunión de obreros en un mismo espacio físico: la fábrica y que el hombre no tuviera mecanismos alternativos de supervivencia. Esto llegaría hacia 1770, con la aparición de las hiladoras mecánicas las cuales tenían la peculiaridad que estaban impulsadas por energía hidráulica. Estas nuevas máquinas comenzaron a utilizar como insumo básico el algodón, ya que tenía mejores cualidades de manipulación, de rentabilidad y se adaptaba más a las necesidades de los consumidores.


    Una década más tarde llegaría una máquina llamada Mule que resultó ser un avance respecto de las anteriores ya que aplicaba el vapor al proceso de producción.


    A partir de la introducción de máquinas que requerían energía hidráulica se hizo imprescindible la creación de fábricas, inicialmente cercanas a los ríos para la extracción de energía y generando una clase social nueva: el proletariado.


    La incorporación de energía hidráulica, máquinas de vapor, combustión a través del carbón, fueron las sucesivas innovaciones que ralearon al hombre de las tareas de movimiento y transmisión de la fuerza motriz necesaria para la producción de bienes. En este punto radica la gran revolución tecnológica que dio nacimiento a la era industrial.


    A partir del maquinismo, una sola máquina motriz pudo accionar simultáneamente numerosas herramientas de trabajo. La máquina motriz dio nacimiento a la posibilidad de fabricar máquinas mediante máquinas, siendo visible a partir de la aparición de la máquina de vapor.


    En el último cuarto del siglo XVIII, la economía inglesa era impulsada a través de las actividades textiles algodoneras y la incipiente producción de hierro. Para dicha época, James Watt dio origen a la era de los combustibles fósiles con la invención de un motor a vapor alimentado con carbón.


    Lentamente el carbón fue desplazando a la madera como fuente de energía, primero en Inglaterra y luego en todo el continente. La extracción del carbón no estaba exenta de dificultades; una vez agotados los recursos disponibles en la superficie, su explotación desarrolló la actividad minera. A partir de una cierta profundidad se alcanzaron las capas freáticas y el drenaje se convirtió en un serio obstáculo para sacar el carbón a la superficie, lo cual fue resuelto por la bomba a vapor, una herramienta que permitía a los mineros extraer el agua a la superficie y acceder al carbón, llegando de esta forma a capas más profundas. El carbón se utilizó inicialmente para el uso doméstico y fue adoptado rápidamente para la fundición del hierro; la fabricación de hierro colado y en lingotes dio nacimiento a la actividad metalúrgica. Estas actividades progresaron febrilmente al ritmo de la expansión que tuvo la vida industrial hasta 1820, momento en el cual se inició una nueva fase industrial.


     


    La revolución de los transportes


     


    El período que se extiende desde 1770 a 1820 se caracterizó por una valorización de los productos agrícolas en el mercado internacional, superando la anterior depresión crónica de precios.


    La producción textil debía acelerar su expansión al mercado mundial ya que comenzaban a visualizarse rendimientos decrecientes en dicha rama; aunque no eran preocupantes, ya que podían superarse vendiendo a los nuevos países independientes de América Latina. Más difícil era la situación de la metalurgia y la actividad minera, donde el mayor inconveniente pasaba por el transporte, siendo elementos muy pesados y con distancias a recorrer muy largas entre las minas y las industrias. El boom de esta actividad inauguraría la era del ferrocarril.


    Diversas condiciones coadyuvaron para que el tren transformara la economía y la vida de los hombres. La primera condición fue la consolidación de Inglaterra como taller del mundo ampliando su comercio industrial a otros países que comenzaban a industrializarse como Francia, Estados Unidos y, Alemania. La segunda condición era la necesidad de unificar el territorio inglés para crear un mercado integrado y facilitar el acceso a las rutas de exportación. Otro factor requerido para la industria del transporte fue la existencia de excedentes de capitales acumulados en el período precedente.


    Si la primera fase no necesitó una inversión de importancia, la segunda requería una gran inversión tecnológica y una cantidad antes desconocida de trabajadores implicados. Dicha acumulación se combinó con la consolidación del sistema financiero.


    El capitalismo mostraba un perfil financiero muy distinto al conocido hasta entonces. El mercado de capitales empujados por las bolsas de Manchester y Liverpool inauguró los modernos sistemas de inversión bursátiles. Si bien en principio, el mercado de capitales va a invertir en las guerras europeas, sobre todo en el agitado período de la Revolución Francesa, luego se dirigirían a la producción de ferrocarriles. Esa inversión conllevaba un aceleramiento de la producción del hierro tanto para los rieles, la infraestructura, como para los ferrocarriles. El tendido de vías se dio con gran rapidez.


    Una vez saturada la capacidad geográfica los capitales se dirigieron primero a Europa y Estados Unidos y luego a los productores de materias primas, como la Argentina, Australia o la India. Estas inversiones en el exterior fueron más importantes que las inversiones en su propio territorio, con la peculiaridad que el costo de instalación de las primeras fue extremadamente alto en comparación con las inversiones posteriores.


    La industria metalúrgica mejoró sensiblemente el transporte marítimo, aumentando la capacidad, su rapidez y la posibilidad de viajes transatlánticos con mayor carga. Este adelanto se combinó con la invención norteamericana del barco a vapor. El sistema de refrigeración completó este proceso, favoreciendo el flujo de materias primas desde los nuevos países.


    Hacia 1860 Inglaterra lideraba un proyecto civilizatorio que comenzó a tener nombre: el capitalismo.


     


    Un nuevo orden social


     


    En la primera fase de industrialización, la nobleza terrateniente contaba con un poder político considerable y lograba obstaculizar la creación de un sistema basado en la libertad formal de los individuos para vender y comprar la fuerza de trabajo. Esto implicó la convivencia por un tiempo considerable de relaciones tradicionales junto a modalidades modernas de trabajo.


    La transición fue productor de determinadas coyunturas económicas y políticas que fueron abriendo el camino para el dominio definitivo del orden burgués.


    En primer término puede desarrollarse la evolución del sector agrícola. Las ganancias generadas por la industria textil y por la valorización de los precios agrícolas comenzaron a resentirse a principios del siglo XIX.


    Los terratenientes pudieron amortiguar la caída de la productividad agrícola extendiendo los terrenos cultivables.


    En este período predominaban dos tipos de productores: por un lado, los terratenientes, por otro, los agricultores libres que ocupaban tierras menos productivas y obtenían una tasa de ganancia mucho menor; este sector no podía competir con el sector hegemónico de la economía.


    Los terratenientes pudieron imponer una legislación protectora cuando se vieron acorralados por la caída de la tasa de ganancia. Ésta fue la función que cumplió la Ley de Cereales que impedía la exportación de granos; ante la ausencia de competencia externa, los grandes productores de cereales pudieron fijar precios internos a su criterio, elevando continuamente el costo de la canasta básica familiar de los sectores más pobres, cuya dieta se basaba en el pan.


    El otro instrumento que utilizó el terrateniente fue la Ley de Speenhamland, cuando sucesivas modificaciones terminaron con su completa abolición dos años mas tarde. Por esta, el Estado subsidiaba a los productores agrícolas para el empleo de jornaleros. El mercado de trabajo del sector agrícola diferenciaba a los trabajadores de acuerdo con el régimen de subsidios estatales.


    Muy distintos eran los jornaleros, los cuales percibían un salario muy miserable. Para poder subsistir necesitaron del complemente salarial que entregaba el sistema de Speenhamland, que constaba de un subsidio que entregaba el Estado a los productores y que éstos transferían a los jornaleros.


    Esta ley tuvo varias consecuencias: en primer lugar pauperizó al jornalero; para poder recibir el subsidio, los productores establecían un endeble equilibrio entre mantener al borde de la inanición a la familia del jornalero pero asegurándose que éste pudiera seguir trabajando al día siguiente. El segundo efecto de la ley fue obtener la mayor sumisión del jornalero respecto del patrón. Así, el jornalero debía complacer al patrón, para que éste no lo despidiera quedándose sin ese mínimo sustento para mantener a su familia. El tercer efecto fue la fijación territorial.


    Esta legislación establecía la fijación territorial de los individuos por parroquia. La ley extraía los mismos fundamentos, ya que solamente eran merecedores del subsidio estatal aquellos que vivían dentro de la jurisdicción.


    En consecuencia este sistema tuvo como efecto retrasar la generación de un mercado de trabajo capitalista. Otra consecuencia de esta ley fue un desequilibrio en los índices de procreación. El subsidio estatal solamente estaba destinado a las familias numerosas, por lo tanto, la consecuencia demográfica fue que el jornalero se casaba en forma temprana y rápidamente tenía una gran cantidad de hijos, ya que ese comportamiento lo suponía como merecedor del subsidio. Pero a mayor cantidad de población el salario tendió a decrecer; provocando un pernicioso círculo entre exceso de población y pobreza.


    Otra ley fue el Estatuto de artífices que establecía que el trabajador debía recibir una educación laboral durante siete años.


    De este conjuntos de leyes se puede concluir que estuvieron destinadas a aparentar la sustentabilidad del sector agrícola cuando ya no existían ventajas comparativas para Inglaterra: a esa altura, muchos países no industriales podían producir materias primas más eficientemente. Esta afirmación permite analizar la incongruencia entre una legislación proteccionista en un primer período industrial y el paradigma liberal.


    Estas medidas si bien estaban destinadas a proteger a la vieja clase terrateniente, impidió que el cambio a un sistema capitalista generara una profundización del conflicto social a corto plazo.


    En la segunda fase la eliminación de la leyes de cereales y de subsidios salariales fueron posible por la existencia de una clase media en expansión, con mayor poder político que fue relegando al sector terrateniente. La nueva clase media consideraba a este sector como una clase parasitaria y estéril que vivía de políticas artificiales del Estado restringiendo el libre mercado.


    Hacia 1840, la nobleza se retiraría definitivamente del sector agrícola e incluso quedaban muy pocos agricultores independientes. El último éxodo rural se concretó cuando el sistema industrial estuvo en condiciones de absorber trabajadores a través de la actividad minera, el ferrocarril, la actividad metalúrgica y la ya consolidada industria textil. De la legislación social sólo quedó como resabio la nueva Ley de pobres cuyos destinatarios no eran los trabajadores sino los nuevos excluidos sociales: los indigentes.


    En 1849, Inglaterra adoptó el librecambio y empezó a especializarse en bienes industriales, fortaleciendo un intercambio internacional basado en la complementariedad, según el cual algunos países se abocarían a la producción de bienes primarios e Inglaterra y los nuevos países industriales a productos manufacturados.


     


    La protesta obrera


     


    Desde finales del siglo XVIII la elite británica bloqueó la creación de sindicatos mediante una Ley de antiasociación, que se perpetuó hasta el último tercio del siglo XIX cuando finalmente aceptó legalmente la asociación gremial.


    La cuestión social inicialmente emergió, como era de esperarse, bajo el común denominador del aumento en el costo de vida donde los sectores populares llevaban siempre la peor parte. Las revueltas más importantes coincidieron con la guerra contra Francia y la ley de cereales que combinó un proceso inflacionario interno y caída de los salarios de los jornaleros.


    Poco a poco la acción se trasladó al mundo urbano.


    La misma contenía demandas políticas y sociales, enmarcadas en los derechos del hombre pregonados por los revolucionarios franceses, y se combinaba explosivamente con la escasez de alimentos provocados por la guerra.


    Pero entrado el siglo XIX, los sucesivos perfeccionamientos del maquinismo motivó la reacción más importante del pueblo inglés contra el sistema económico. Los artesanos llevaron la delantera, pero poco tiempo después muchos trabajadores industriales comenzaron a nucleares en formaciones clandestinas.


    Hacia 1811 Ned Ludd, trabajador imaginario que un día, hastiado de la opresión laboral, empezó a destruir máquinas. De ahí surgió un movimiento llamado ludismo, que consideraba que el desempleo y la caída del salario estaban vinculados con la introducción de maquinarias y cuya metodología de acción fue la destrucción de las herramientas industriales. El ludismo se extendió rápidamente entre los productores manuales de telas y luego fue asimilado por otros sectores. Este movimiento fue un importante cuestionamiento al statu quo industrial y, por ello, la represalia no reparó en medios ni en crueldad.


    El surgimiento del radicalismo fue contemporáneo de las agrupaciones obreras de la Europa continental. Este grupo concentró sus reclamos en la oposición a la Ley de antiasociación, la escasez de bienes, víveres y alimentos.


    Hacia 1830, la organización obrera transitó por ideologías análogas a las que florecieron en Francia, y así como en este país, más agitado política y socialmente, se expandió el socialismo utópico.


    Estos movimientos fueron pioneros en reconocer que el desempleo era resultado de una deficiencia del mercado de trabajo y no, como afirmaba la burguesía, fruto de la predisposición al ocio y a la vagancia de algunos hombres. El socialismo primitivo aún creía en las bondades de la modernidad industrial y en la posibilidad de una conciliación de clases.


    El movimiento cartista nació de la constitución de la National Charter Association. El movimiento impulsó la gran huelga de 1842, cuyo objetivo fue la ampliación de los derechos políticos de los sectores populares y fue el precursor del laborismo inglés.


    Los disturbios sociales comenzaron a apaciguarse a finales de la década del 40, lo que Engels denominaría el sueño invernal de la clase obrera inglesa.


    No menos importantes fueron las políticas gubernamentals inglesas que, temerosas de la exacerbación de los conflictos de clase, aprobó en 1847 las Ten Hours Bill y progresivamente, se impulso la semana inglesa. Estas medidas tuvieron que lidiar con la obstinada reticencia de los empresarios, convencidos que la mejor gestión del empleo era dejarlo librado al equilibrio invisible de la oferta y la demanda.


    Su oposición escondía los verdades propósitos empresarios, esto es utilizar el salario como variable de ajuste en coyunturas de recesión.


    La industria del algodón debió acogerse obligatoriamente a la Ten Hours Bill y esto facilitó que las demás industrias fueran imitando esta legislación.


    El sector obrero quedó inerme frente al sector empresario, sin reconocimiento legal con sus máximos dirigentes exiliados, y con una ecléctica conciencia que transitaba entre la explotación cotidiana dentro de la fábrica, el sueño de ascenso social y ser testigo de la opulencia de las clases medias que parecían no tener fin.


    Por todas estas razones el movimiento obrero inglés se consolidó como un sector reformista y no impugnador del sistema económico. Y este carácter no revolucionario llevó a las autoridades a aceptar la sindicalización y a la ampliación del sufragio en la década de 1870.


     


    La Francia revolucionaria


     


    Francia fue un gran rival para Inglaterra durante la mayor parte del siglo XVIII. La burguesía francesa tenía una presencia importante en el desarrollo económico y productivo, y el sistema protoindustrial era el tópico común en las regiones más urbanizadas. La variable discordante la daba el poder político, y por ello la Francia del siglo XVIII fue considerada el paradigma político del absolutismo monárquico.


    Francia era considerada atrasada y donde no era posible distinguir saltos productivos que marcaran puntos de ruptura considerables. Esta caracterización es actualmente desestimada en la historiografía por varias razones: la primera es que el desarrollo tecnológico difícilmente podía seguir las pautas de Inglaterra, porque no existe prueba alguna en la historia moderna de que algún país intente un idéntico desafío tecnológico cuando otro ya lo ha inventado.


    La segunda razón del desigual desarrollo francés fue su estructura social: en Francia el 84% de la población era rural y por ello cualquier modificación drástica en las relaciones de producción hubiera sido motivo de inestabilidad social en un período que ya de por sí se caracterizaba por revueltas permanentes y deslegitimación vertiginosa de los gobiernos inmediatos a la descomposición del régimen feudal. Las reformas nunca podían ser tan drásticas que afectaran de forma profunda al sector campesino, en tanto tenían la capacidad de desestabilizar cualquier estatus jurídico y político.


    La tercera razón remite a la emergencia del Tercer Estado como baluarte de la revolución. Para el ascenso de la burguesía al poder fue necesaria la acción revolucionaria, en muchas ocasiones armada, de las masas campesinas. Si bien esto ocasionó el Gran Miedo por el extremismo de las demandas, una vez iniciada la apertura de este proceso ya no se pudo ignorar totalmente a los sectores más pobres, fueran campesinos u obreros.


     


    El Imperio Francés


     


    La vocación bélica e imperial del reinado hizo que Francia estuviera en perpetua guerra con sus pares europeos. En América, Francia poseía colonias en el Caribe, también le había correspondido la primera colonización de Canadá. Controlaba sus bases comerciales en la India, las que competían con las de Inglaterra.


    Francia utilizaba algunos territorios colonizados como mecanismo de expulsión del excedente poblacional de la metrópoli, el cual dada la densidad de habitante de dicha país era poco eficaz para contener semejante explosión demográfica. Esta política estaba destinada a ocupar colonias con población fiel a la corona y fortificar así el comercio de esclavos.


    Bajo el sistema mercantil, las exportaciones fueron incrementándose por lo menos hasta 1786, cuando comenzó un descenso vertiginoso debido a la bancarrota del Estado francés. Esto se explica porque asociado con las contiendas ultramarinas fue emergiendo un Estado centralizado con poderes cada vez mayores cuyo objetivo era recaudar recursos para financiar sus flotas y ejércitos.


    La venta de cargos era también uno de los mecanismos utilizados por la monarquía para aumentar sus ingresos y destinarlos a las guerras. Este sistema era funcional a la monarquía en la medida que los éxitos imperiales lo acompañaran, pero a su vez, generaba una casta de funcionarios públicos encargados de administrar los burocráticos expedientes que legalizaban dichos privilegios. Otro perjuicio de este sistema fue la creación de un ejército de acreedores del Estado, los cuales ocupaban importantes cargos y gozaban de un considerable poder.


    La Guerra de los Sietes Años (1756 - 1763) le produjo importantes pérdidas coloniales. Los esfuerzos realizados por la monarquía para liquidar las deudas adquiridas por dicho conflictos sumados a su intervención en la Guerra de Independencia norteamericana (1776 - 1783) suscitaron la bancarrota y el descrédito final del rey.


    La revolución no impidió seguir disputando un rol preponderante en el orden internacional. Pero ahora lo ejercería en nombre de los Derechos del Hombre, la libertad y la igualdad. Su misión ecuménica la llevó a anexar numerosos territorios aledaños. La reacción de las naciones europeas fue muy dura y la guerra, encabezada por Inglaterra, signó el proceso posterior a 1792.


    Las colonias de ultramar generaron otra fuente de conflictos, esta vez con sus propios colonos. El gobierno francés otorgó a los colonos los mismos derechos políticos que a los ciudadanos residentes en territorio francés, pero simultáneamente abolió la esclavitud en todos sus dominios.


    Esta última medida generó la revuelta de dichos colonos, quienes alegaron perjuicios económicos y pidieron resarcimientos monetarios. Esta disputa duró hasta el establecimiento del Primer Imperio, cuando nuevamente se impusieron ciertas jerarquías eliminando los derechos políticos de los colonos, pero el Estado realizó pagos por la libertad de esclavos atendiendo de esa forma los reclamos de los colonos. Además, se impuso un poder extraordinario sobre los antiguos esclavos, se volvía a la aplicación del rigor propia del período absolutista. El expansionismo francés tuvo su apogeo en el período napoleónico dominando vastas zonas del continente. Con todo, Napoleón sentó las bases del derecho burgués en los territorios que ocupó.


     


    Las condiciones políticas y culturales


     


    Durante el siglo precedente a la revolución, la estructura política francesa había sufrido graduales erosiones en su poder. El Estado francés de inicios del siglo XVIII sólo ejercía un control directo en algunas regiones y unidades administrativas pequeñas. En dichas áreas el Estado del Antiguo Régimen gobernaba a partir de sus intermediarios, particularmente el clero, la nobleza y las oligarquías urbanas. La distinción política más clara en Francia era la diferencia entre las provincias que conservaban sus Estados con el poder de negociar el pago de impuestos indirectos, y aquellas regiones donde los antiguos gobiernos autónomos habían sido sustituidos por tribunales reales. Durante el transcurso de ese siglo los funcionarios del Estado intentaron obtener fondos para hacer frente a la actividad militar, ampliando el control directo, cercenando privilegios con el fin de impedir la resistencia de los intermediarios a entregar los tributos recaudados al poder central.


    Francia iniciaría así una política de centralización estatal.


    Paralelamente a dicha centralización, Francia comenzó a liberarse de algunas trabas feudales, impulsando la libertad de comercio y navegación. El Estado se había dotado de un nuevo marco legal y había instrumentado una carrera de funcionariado público a la cual podía acceder la nobleza más baja.


    Estas medidas aisladas resultaban ineficaces si no se eliminaban los derechos feudales y no se generaban las condiciones para la acumulación de capital del nuevo actor social: la burguesía. La monarquía absolutista no estaba dispuesta a modificar el régimen social y económico, mucho menos a realizar acuerdos con la burguesía; la puesta e la realeza fue la confrontación y perdió todo. Apeló a gravar la tierra con impuestos ocasionando la revuelta nobiliaria, y a ella le siguió la rebelión burguesa y la explosión de las masas rurales y urbanas; en muy poco tiempo, la descomposición del régimen fue absoluta.


    Los revolucionarios eliminaron todas las jurisdicciones territoriales que había creado el Antiguo Régimen, abolieron el diezmo y los derechos feudales.


    La revolución desplazó tanto a nobles como eclesiásticos del ejercicio gubernamental en todos los ámbitos de poder.


    La secularización fue tan profunda que los revolucionarios obligaron a los funcionarios de la Iglesia a jurar fidelidad a la nueva religión civil, encarnada en sus nuevas instituciones burguesas y simbolizada en la bandera tricolor.


    Quienes escribían y hacían públicas las ideas de libertad e igualdad provenían de las capas altas e ilustradas de la sociedad como los que dieron nacimiento a la escuela iluminista: Voltaire, Diderot o Mably.


    Pero las ideas revolucionarias no podían ser exclusivamente ilustradas. La discusión tendió a radicarse y a generalizarse en los campesinos y sectores pobres urbanos. A través de panfletos y mitines políticos se abrió el debate a una opinión pública más ampliada.


    La yuxtaposición del pensamiento de las luces y el accionar de diversos sectores le dieron vida a la revolución.


    El componente protestante tuvo escasa incidencia en el proceso político y económico. Durante el siglo XVI y XVII Francia contó con un vasto movimiento religioso reformista. La adscripción fue esencialmente calvinista, dado que Calvino era exiliado de Francia y sus primeros discípulos hablaban ese idioma. Sin embargo las sucesivas guerras de religión encabezadas por la monarquía francesa, que incluyeron matanzas feroces, hicieron que este movimiento perdiera fuerza.


     


    El mundo rural


     


    Como era de esperar, el elemento detonante revolucionario tenía estrecha relación con el mundo rural; el intento de sancionar nuevos impuestos tenían como objeto gravar la tierra, perjudicando a la nobleza provinciana.


    Este conflicto se profundizó por la crisis económica en la que estaba inmersa el país, signada por una inflación que redujo a la mitad los ingresos populares.


    A partir de 1789, todas las iniciativas políticas sirvieron para transformar la estructura rural. Como la Iglesia era uno de los grandes señores feudales, la expropiación de sus tierras liberó al mercado un volumen no despreciable de capital. Con la ayuda del Estado, muchos campesinos se transformaron en pequeños y medianos productores. Esta política tuvo su apogeo en el período jacobino y, por este motivo, la forma que adquirió la estructura territorial es distinta a la inglesa.


    Los municipios fueron los encargados de vender las tierras en pequeñas parcelas y con amplias facilidades de pago. Dicha política aseguró una alianza entre burguesía y campesinado bastante inusual. No se puede concluir que esta política benefició a todos por igual, ya que no todos los campesinos se convirtieron en dueños de las tierras: muchos quedaron bajo las órdenes del sector arrendatario. En efecto, al terminar con el poder territorial de los nobles y el clero, la revolución amenazó, con desplazar a los grandes arrendatarios; sin embargo, éstos superaron el desafío y pudieron acomodarse al nuevo statu quo.


     


    Población y mercado


     


    La economía francesa dependía del mercado externo, y por ello la legitimidad política se alimentaba del imperialismo. La población superabundante era, paradójicamente, la causa de la debilidad del mercado interno.


    La excesiva oferta de fuerza de trabajo repercutió en la ausencia de incentivos para introducir innovaciones tecnológicas.


    La burguesía francesa contó con un mercado de trabajo abundante y por ello no necesitó suplirlo con capital fijo. Las consecuencias fueron el retraso de la creación de un mercado consumidor y la coexistencia de formas industriales modernas con el trabajo domiciliario. La segunda razón que explicaría la debilidad del mercado interno fue la escasa  integración del territorio y las dificultades de transporte. No había caminos ni canales que unificaran el territorio francés. En los años previos a la revolución francesa, la monarquía comenzó un proceso de modernización de infraestructura creando canales y una red de caminos e intentando integrar el territorio. No obstante, la heterogénea geografía sólo pudo ser sorteada con la aparición del ferrocarril.


     


    La industria francesa


     


    Las industrias pioneras en Francia fueron la textil y el hierro.


    La historia francesa muestra que el pasaje a un moderno sistema industrial con alta tecnología no determinó la muerte del trabajo doméstico sino que coexistieron ambos modelos de producción hasta el siglo XX.


    La principal característica de la industria francesa fue la ausencia de un sistema industrial integrado. Las unidades productivas solían concentrase en determinados rubros de producción y distribuirse como enclaves industriales en contadas ciudades.


    Pero los problemas no se desvanecían con la simple eliminación de los viejos elementos feudales. Una de las primeras medidas fue la redistribución del territorio, imponiendo un marco geográfico y político uniforme.


    La nueva planificación territorial alteró las relaciones entre el poder económico y político, al situar a las ciudades que eran poderosas en el comercio a la misma altura de pequeñas ciudades donde aún persistían rasgos del Antiguo Régimen.


    Las disputas intestinas entre los componentes revolucionarios y la guerra externa afectaron también el desarrollo industrial.


    Para superar esa resistencia, los revolucionarios crearon nuevos controles, exacerbando el conflicto entre el poder central y el local. En las regiones donde la burguesía era fuerte la oposición fue moderada, pero en las regiones rurales poco desarrolladas no contaron con el auxilio de la burguesía celosa de guardar las prerrogativas que comenzaba a otorgarle la revolución, y fue allí donde se dio la mayor resistencia al poder centralizado ejercido desde París.


    Todo este convulsionado período repercutió negativamente en la economía, ya que todos los recursos fiscales y producivos tuvieron como destino los gastos de guerra y la industria se paralizó.


    El movimiento comercial más importante en el periodo posrevolucionario estuvo en manos de aquellas ciudades que habían gozado de mayor libertad durante el Antiguo Régimen y que por ellos habían logrado extender su economía a través del intercambio. En materia laboral, si bien los salarios siguieron siendo bajos, descendió la presión de los trabajadores por la gran cantidad de hombres destinados a las contiendas bélicas.


    Durante el período de Napoleón Bonaparte se comenzó a importar maquinaria textil desde Inglaterra incrementando la importancia de las hilaturas de algodón frente las tradicionales de lana y seda. Sto requirió también el desarrollo de la energía hidráulica.


    A partir de la década de 1840, cuando el capitalismo como régimen de acumulación entraba en su etapa triunfal, Francia había establecido todas las pautas de una sociedad industrial.


    La configuración de un sistema de transporte ferroviario nacional caracterizó este período; aquí la tecnología provino de Inglaterra, al igual que la mayoría de la materia prima para la combustión de las locomotoras.


    El advenimiento del Segundo Imperio con Napoleón III, quien gobernó entre 1851 y 1870 hasta su caída con la Comuna de País, imprimió el carácter de definitivo de la industria francesa. Este país pudo ampliar la gama de actividades manufactureras, crear un sistema financiero nacional y generar un equilibrio económico, que la colocó en virtual equilibrio con otras potencias europeas industriales.


     


    Un nuevo orden social


     


    La configuración de un orden social moderno fue productor de la revolución. Su estallido mostraba un país bastante distinto a la percepción monárquica; su mayor apoyo, la nobleza, había sufrido fragmentaciones considerables en los dos siglos precedentes y conformaba un estamento bastante heterogéneo. Existían diferencias no sólo de origen sino también de intereses. La nobleza provinciana estaba integrada por familias de estirpe que se consideraban como los fundadores de Francia: por otro lado, estaba la nobleza de toga, encargada de la administración de justicia. La nobleza no podía ejercer el comercio ni las profesiones liberales. Este impedimento determinaba que el trabajo y la riqueza de la nación recaían sobre el Tercer Estado. La burguesía estaba constituida por tenderos y comerciantes, pero también pertenecían a este grupo abogados, notarios y otros grupos que obtenían sus ingresos gracias al movimiento de su capital, más que por su condición de propietarios de industrias o tierras.


     


     


     


     


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