Friedrich Nietzsche: El nacimiento de la tragedia. La visión dionisíaca del mundo. Sócrates y la tragedia.
Friedrich Nietzsche El
nacimiento de la tragedia
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LA VISIÓN DIONISÍACA DEL MUNDO
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ENSAYO DE AUTOCRÍTICA
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SÓCRATES Y LA TRAGEDIA
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1
Mucho
habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo al
discernimiento lógico, sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el
desarrollo continuado del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo
y lo dionisíaco: de forma similar a como la generación depende de la
dualidad de sexos, en lucha permanente y en reconciliación que sólo se produce
periódicamente. Esos nombres los tomamos en préstamo a los griegos, los cuales
a quien discierne le hacen perceptibles las profundas doctrinas secretas de su
intuición del arte no, ciertamente, con conceptos, sino con las figuras
penetrantemente claras del mundo y sus dioses. Con sus dos divinidades del
arte, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego
subiste una antítesis monstruosa, en origen y metas, entre el arte del
escultor, el arte apolíneo y el arte no-escultórico de la música, que es el
arte de Dioniso: ambas pulsiones tan diferentes van en compañía, las más de las
veces en abierta discordancia entre ellas y excitándose mutuamente para tener
partos siempre nuevos y cada vez más vigorosos, con el fin de que en ellos se
perpetúe la lucha de aquella antítesis, sobre la cual la común palabra
"arte" tiende un puente sólo en apariencia; hasta que finalmente,
aparecen, gracias a un milagroso acto metafísico de la "voluntad"
helénica apareados entre sí, y en ese apareamiento engendran por último la obra
de arte de la tragedia ática, que es dionisíaca en la misma medida que
apolínea.
Para
poner a nuestro alcance esas dos pulsiones imaginémoslas, primero, como los
mundos artísticos separados de los sueños y de la embriaguez;
entre cuyos fenómenos fisiológicos se puede notar una antítesis que se
corresponde con la existente entre lo apolíneo y lo dionisíaco. En los sueños
se presentaron por vez primera, según la versión de Lucrecio, las magnificas
figuras de los dioses ante las almas de los hombres, en los sueños veía el gran
escultor la fascinante construcción de los cuerpos de seres sobrehumanos, y el
poeta helénico, interrogado acerca de los secretos de la procreación poética,
también habría hecho alusión a los sueños y habría dado una instrucción similar
a la que da Hans Sachs en Los maestros cantores:
Amigo mío, ésta es justamente la
obra del poeta,
observar e interpretar sus sueños.
Creedme, la ilusión más verdadera del hombre se le ofrece en los sueños;
Todo arte poético y toda poesía no es sino interpretación de sueños verdaderos.
La bella apariencia de los
mundos oníricos, en cuya producción todo hombre es artista completo, es el
presupuesto de todo arte figurativo e incluso,como veremos, de una mitad
importante de la poesía. Nosotros gozamos en la comprensión inmediata de la
figura, todas las formas nos hablan, no hay nada indiferente ni innecesario. En
la vida culminante de esta realidad onírica aún tenemos, sin embargo, la
sensación traslúcida de su apariencia: ésta es al menos, mí experiencia,
en defensa de su frecuencia, sí, de su normalidad, podría aportar muchos
testimonios y las máximas de los poetas. El hombre filosófico tiene hasta el
presentimiento de que también debajo de esta realidad en la que vivimos y somos
está oculta una segunda realidad completamente diferente, esto es, que la
primera también es una apariencia; y al don que permite que los seres humanos y
todas las cosas se presenten en determinadas ocasiones como meros fantasmas o
imágenes oníricas, Schopenhauer lo califica claramente como la señal distintiva
de la aptitud filosófica. El filósofo se relaciona con la realidad de la
existencia de la misma manera que el ser humano sensible al arte se comporta
con la realidad de los sueños; la contempla a conciencia y a gusto; pues desde
esas imágenes él se interpreta la vida, en esos sucesos se ejercita para la
vida. No son sólo precisamente las imágenes agradables y amistosas las que
experimenta en sí mismo con comprensión total: también lo serio, turbio, triste
y tenebroso, los impedimentos repentinos, las bromas al azar, las esperas
llenas de desasosiego, en una palabra, toda la "divina comedia" de la
vida, con su Inferno, desfila ante él, no sólo como un juego de sombras
—puesto que en esas escenas él también vive y comparte los sufrimientos—, y sin
embargo, tampoco sin aquella sensación fugaz de apariencia; y tal vez recuerden
varios, como yo, que aveces, en los peligros y terrores de los sueño, se han
gritado, animándose a sí mismo, y con éxito:"¡Es un sueño! ¡Quiero seguir
soñándolo!" Así me lo han contado también de personas que estuvieron en
condiciones de continuar durante tres y más noches seguidas la causalidad de
uno y el mismo sueño: hechos que dan claramente testimonio de que nuestra
esencia más intima, el substrato común de todos nosotros, vive en si la
experiencia de los sueños con profundo placer y con alegre necesidad.
Esta alegre necesidad de la
experiencia onírica también la expresaron los griegos en su Apolo: Apolo en
tanto que dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez el dios
vaticinador. Él, que según su etimología es el "resplandeciente"
["Schienende"], la divinidad de la luz, domina también la bella
apariencia [Schein] del mundo interno de la fantasía. La verdad superior, la
perfección de estos estados en contraposición con la parcialmente comprensible
realidad diurna, así como la profunda conciencia de que en el dormir y el soñar
la naturaleza cura y ayuda, todo ello es, a la vez, el analogon simbólico de la
capacidad vaticinadora y de las artes en general, gracias a las cuales la vida
se hace posible y digna de ser vivida. Pero aquella delicada línea que a la
imagen onírica no le es lícito sobrepasar para no producir efectos patológicos,
pues de lo contrario, la apariencia nos engañaría como si fuese grosera
realidad — tampoco es lícito que falte en la imagen de Apolo: la mesurada
limitación, el estar libre de las agitaciones más salvaje, el sabio sosiego del
dios escultor. Su ojo, de acuerdo con su origen, ha de ser "solar";
aun cuando esté enojado y mire de mal humor, la solemnidad de la bella
apariencia le recubre. Y de este modo podría ser válido para Apolo, en un
sentido excéntrico, aquello que Shopenhauer dice del hombre cogido por el velo
de Maya. El mundo como voluntad y representación, I, p. 416: "Como
en el mar embravecido, que ilimitado por doquier, entre aullidos hace que
montañas de olas asciendan y se hundan, un navegante está en una barca
confiando en la débil embarcación; así está en medio de un mundo de tormentas,
tranquilo el hombre individual, sostenido y confiando en el pricipium
individuationis" Incluso habría que decir de Apolo que él han
alcanzado su mas sublime expresión la confianza imperturbable en el principium
y el tranquilo estar ahí de todo el que se encuentre cogido en él, e incluso se
podría designar a Apolo como la magnifica imagen divina del pricipium
individuationis, con cuyos gestos y miradas nos hablarían todo el placer y
toda la sabiduría de la "apariencia", en compañía de su belleza.
En el mismo pasaje Schopenhauer
nos ha descrito el horrible espanto que conmociona al hombre cuando, de
repente, en las formas de conocimiento del fenómeno ya no sabe a qué atenerse
mientras el principio de razón parece que sufre, en una cualquiera de sus
configuraciones, una excepción. Si a este espanto le añadimos el éxtasis lleno
de delicias que, en la misma ruptura del principium individuationis se
eleva desde el fondo más íntimo del hombre y de la misma naturaleza, entonces
tendremos una visión de la esencia de lo dionisíaco, a la cual la
analogía de la embriaguez es la que nos la pone más a nuestro alcance.
Aquellas agitaciones dionisíacas, en cuya intensificación lo subjetivo
desaparece hasta el autoolvido completo, se despiertan bien por el influjo de
la bebida narcótica, de la que haban en himnos todos los hombres y pueblos
originarios, o bien en la poderosa inminencia de la primavera, que con placer
se infiltra por toda la naturaleza. También en la Edad Media alemana, y
hallándose bajo esa misma violencia dionisíaca, multitudes cada vez mayores
iban dando vueltas de un sitio a otro, cantando y bailando: en estos danzante
de San Juan y de San Vito reconocemos nosotros los coros báquicos de los
griegos, con su prehistoria en Asia Menor, remontándose hasta Babilonia y los
orgiásticos saceos. Hay hombres que, por falta de experiencia o por estupidez,
se apartan de tales fenómenos como de "enfermedades del pueblo",
ridiculizándolos o lamentándolos desde el sentimiento de su propia salud: los
pobres no sospechan, desde luego, qué cadavérico y fantasmagórico es el aspecto
que tiene precisamente esa "salud" suya cuando pasa junto a ellos en
plena efervescencia la vida ardiente de los entusiastas dionisíacos.
Bajo la magia de lo dionisiaco
no sólo se remueva la alianza entre los humanos: también la naturaleza
alienada, hostil o subyugada celebra de nuevo su fiesta de reconciliación con
su hijo perdido, el hombre. De manera voluntaria ofrece la tierra sus dones y
pacíficamente se acercan las fieras de las rocas y del desierto. El carro de
Dionisos está cubierto de flores y guirnaldas: bajo su yugo la pantera y el
tigre caminan paso a paso. Transfórmese el "Canto a la Alegría"
de Beethoven en una pintura y no se quede nadie atrás con su imaginación cuando
millones se postran en el polvo llenos de escalofríos: de esta manera podremos
acercarnos a lo dionisíaco. Ahora el esclavo es hombre libre, ahora se rompen,
todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la necesidad, la arbitrariedad o
la "moda atrevida" han establecido entre los hombres. Ahora, en el
evangelio de la armonía de los mundos, cada cual se siente no sólo unido,
reconciliado, fundido con su prójimo, sino hecho uno con él, como si el velo de
Maya estuviera roto y tan sólo revolotease en jirones ante lo misterioso
Uno-primordial. Cantado y bailando se exterioriza el hombre como miembro de una
comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de
alzar el vuelo por los aires bailando. En sus gestos habla la transformación
mágica. Así como ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, así
también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo ahora anda
tan extático y erguido como veía en sueños que andaban los dioses. El hombre ya
no es artista, se ha convertido en su obra de arte: la violencia artística de
la naturaleza entera se revela aquí bajo los escalofríos de la embriaguez para
la suma satisfacción deliciosa de lo Uno-primordial. La arcilla más noble, el
mármol más preciado son aquí amasado y tallados, el ser humano, y a los golpes
de cincel del artista dionisíaco de los mundos resuena la llamada de los
misterios elusinos: "¿Caéis postrados, millones?, ¿presientes tú al
creador?
3
Para comprender esto tenemos que
desmontar piedra a piedra, por así decirlo, aquel primoroso edificio de la cultura
apolínea, hasta ver los fundamentos sobre los que se asienta. Aquí
descubrimos en primer lugar las magníficas figuras de los dioses olímpicos,
que se yerguen en los frontones de ese edificio y cuyas hazañas, representadas
en relieves de extraordinaria luminosidad, decoran sus friso. El que entre
ellos está también Apolo como una divinidad particular junto a otras y sin la
pretensión de ocupar el primer puesto es algo que no debe inducirnos a error.
Todo ese mundo olímpico ha nacido del mismo instinto que tenía su figura
sensible en Apolo, y en este sentido nos es lícito considerar a Apolo como
padre del mismo. ¿Cuál fue la enorme necesidad de que surgió un grupo tan
resplandeciente de seres olímpicos?
Quien se acerca a estos
Olímpicos llevando en su corazón una religión distinta y busque en ellos altura
ética, más aún, santidad, espiritualización incorpórea, misericordiosas miradas
de amor, pronto tendrá que volverles las espaldas, disgustado y decepcionado.
Aquí nada recuerda la ascética, la espiritualidad y el deber: aquí nos habla
tan sólo una existencia exuberante, más aún, triunfal, en la que está
divinizado, todo lo existente, lo mismo si es bueno que si es malo. Y así el
espectador quedará sin duda atónito antes este fantástico desbordamiento de
vida y se preguntará qué bebedizo mágico tenían en su cuerpo esos hombres
altaneros para gozar de la vida de tal modo que a cualquier lugar a que mirasen
tropezaban con la risa de Helena, imagen ideal de su existencia, "flotante
en una dulce sensualidad". Pero a este espectador vuelto ya de espaldas
tenemos que gritarle: no te vayas de aquí, sino oye primero lo que la sabiduría
popular griega dice de esa misma vida que aquí se despliega ante ti con una
jovialidad tan inexplicable. Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo
el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de
Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta
qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el
demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en
medio de una risa estridente: "Estirpe miserable de un día, hijos del azar
y de la fatiga, ¡por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy
ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber
nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti
—morir pronto."
¿Qué relación mantiene el mundo
de los dioses olímpicos con esta sabiduría popular? ¿Qué relación mantiene la
visión extasiada del mártir torturado con sus suplicios? Ahora la montaña
mágica del Olimpo se abre a nosotros, por así decirlo, y nos muestra sus
raíces. El griego conoció y sintió los horrores y espantos de la existencia: para
poder vivir tuvo que colocar delante de ellos la resplandeciente criatura
onírica de los Olímpicos. Aquella enorme desconfianza frente a los poderes
titánicos de la naturaleza, aquella Moira que reinaba despiadada sobre
todos los conocimientos, aquel buitre del gran amigo de los hombres, Prometeo,
aquel destino horroroso del sabio Edipo, aquella maldición de la estirpe de los
Atridas que compele a Orestes a asesinar a su madre, en suma, toda aquella
filosofía del dios de los bosques, junto con sus ejemplificaciones míticas, por
la que perecieron los melancólicos etruscos, —fue superada constantemente, una
y otra vez, por los griegos, o, en todo caso encubierta y sustraída a la
mirada, mediante aquel mundo intermedio artístico de los Olímpicos. Para
poder vivir tuvieron los griegos que crear, por una necesidad hondísima estos
dioses: esto hemos de imaginarlo sin duda como un proceso en el que aquel
instinto apolíneo de belleza fue desarrollando en lentas transiciones, a partir
de aquel originario orden divino titánico del horror, el orden divino de la
alegría: a la manera como las rosas brotan de un arbusto espinoso. Aquel pueblo
tan excitables en sus sentimientos, tan impetuoso en sus deseos, tan
excepcionalmente dotado para el sufrimiento, ¿de qué otro modo habría
podido soportar la existencia, si en sus dioses ésta no se le hubiera mostrado
circundada de una aureola superior? El mismo instinto que da vida al arte, como
un complemento y una consumación de la existencia destinados a inducir a seguir
viviendo, fue el que hizo surgir también el mundo olímpico, en el cual la
"voluntad" helénica se puso delante un espejo transfigurador.
Viviéndola ellos mismo es como los dioses justifican la vida humana —¡única
teodicea satisfactoria! La existencia bajo el luminoso resplandor solar el
autentico dolor de los hombres homéricos se refiere a la separación de
esta existencia, sobre todo a la separación pronta: de modo que ahora podría
decirse de ellos, invirtiendo la sabiduría silénica, "lo peor de todo es
para ellos el morir pronto, y lo peor en segundo lugar el llegar a morir,
alguna vez". Siempre que resuena el lamento, éste habla del Aquiles
"de corta vida", del cambio y paso del genero humano cual hojas de
árboles, del ocaso de la época heroica. No es indigno del más grande de los
héroes el anhelar seguir viviendo, aunque sea como jornalero. En el estadio
apolíneo la "voluntad" desea con tanto ímpetu esta existencia, el
hombre homérico se siente tan identificado con ella, que incluso el lamento se
convierte en un canto de alabanza de la misma.
Aquí hay que manifestar que esta
armonía, más aún, unidad del ser humano con la naturaleza, contemplada con
tanta nostalgia por los hombres modernos, para designar la cual Schiller puso
en circulación el término técnico "ingenuo", no es de ninguna manera
un estado tan sencillo, evidente de suyo, inevitable, por así decirlo, con el
que tuviéramos que tropezarnos en la puerta de toda cultura, cual se
fuera un paraíso de la humanidad: esto sólo pudo creerlo una época que intentó imaginar
que el Emilio de Rousseau era también un artista, y que se hacía la
ilusión de haber encontrado en Homero ese Emilio artista, educado junto al
corazón de la naturaleza. Allí donde tropezamos en el arte con lo
"ingenuo", hemos de reconocer el efecto supremo de la cultura
apolínea: la cual siempre ha de derrocar primero un reino de Titanes y matar
monstruos, y haber obtenido la victoria, por medio de enérgicas ficciones
engañosas y de ilusiones placenteras, sobre la horrorosa profundidad de su consideración
del mundo y sobre una capacidad de sufrimiento sumamente excitable. ¡Más qué
raras veces se alcanza lo ingenuo, ese completo quedar enredado en la belleza
de la apariencia! Que indeciblemente sublime es por ello Homero, que en cuanto
individuo mantiene con aquella cultura apolínea popular una relación semejante
a la que mantiene el artista onírico individual con la aptitud onírica del
pueblo y de la naturaleza en general. La "ingenuidad" homérica ha de
ser concebida como victoria completa de la ilusión apolínea: es ésta una
ilusión semejante a la que la naturaleza emplea con tanta frecuencia para
conseguir sus propósitos. La verdadera meta queda tapada por una imagen
ilusoria: hacia ésta alargamos nosotros las manos, y mediante nuestro engaño la
naturaleza alcanza aquélla. En los griegos la "voluntad" quiso
contemplarse a si misma en la trasfiguración del genio y del mundo del arte:
para glorificarse ella a sí misma, sus criaturas tenían que sentirse dignas de
ser glorificadas, tenían que volver a verse en una esfera superior, sin que ese
mundo perfecto de la intuición actuase, como un imperativo o como un reproche.
Esta es la esfera de la belleza, en la que los griegos veían sus imágenes
reflejadas como en un espejo, los Olímpicos. Sirviéndose de este espejismo de
belleza luchó la "voluntad" helénica contra el talento para el
sufrimiento y para la sabiduría del sufrimiento, que es un talento correlativo
del artístico: y como memorial de su victoria se yergue ante nosotros Homero,
el artista ingenuo.
13
Que en su tendencia Sócrates se
halla estrechamente relacionado con Eurípides es cosa que no se le escapó a la
Antigüedad de su tiempo; y la expresión más elocuente de esa afortunada
sagacidad es aquella leyenda que circulaba por Atenas, según la cual Sócrates
ayudaba a Eurípides a escribir sus obras. Ambos nombres eran pronunciados a la
vez por los partidarios de los "buenos viejos tiempos" cuando se
trataba de enumerar a los seductores del pueblo en aquella época: de su influjo
procede, decían el que el viejo, maratoniano y cuadrado (vierschrötig)
vigor del cuerpo y alma sea sacrificado cada vez más a una discutible
ilustración (Aufklärung), en una progresiva atrofia de las fuerzas
corporales y psíquicas. En este tono, a medias de indignación y a medias de
desprecio, suele hablar de aquellos hombres la comedia aristofanea, para horror
de los modernos, que con gusto renuncian ciertamente a Eurípides, pero que no
pueden maravillarse lo suficiente de que Sócrates aparezca en Aristófanes como
el primero y el más alto de los sofistas, como el espejo y el compendio
de todas las aspiraciones sofísticas: en lo cual lo único que procura un
consuelo es poner en la picota al mismo Aristófanes, presentándolo como un
licencioso y mentiroso Alcibíades de la poesía. Sin detenerme en este lugar a
defender contra tales ataques los profundos instintos de Aristófanes, paso a
demostrar, basándome en la sensibilidad antigua, la estrecha conexión que
existe entre Sócrates y Eurípides; en este sentido hay que recordar especialmente
que Sócrates, como adversario del arte trágico, se abstenía de concurrir a la
tragedia, y sólo se incorporaba a los espectadores cuando se representaba una
nueva obra de Eurípides. Lo más famoso es, sin embargo, la aproximación de
ambos nombres en la sentencia del oráculo délfico, el cual dijo que Sócrates
era el más sabio de los hombres, pero a la vez sentenció que a Eurípides le
correspondía el segundo premio en el certamen de la sabiduría.
Pero la frase más aguda a favor
de aquel nuevo e inaudito aprecio del saber y de la inteligencia la pronunció
Sócrates cuando encontró que él era el único en confesarse que no sabía nada;
mientras que, en su deambular crítico por Atenas, por todas partes topaba, al
hablar con los más grandes hombres de Estado, oradores, poetas y artistas, con
la presunción del saber. Con estupor advertía que todas aquellas celebridades
no tenían una idea correcta y segura ni siquiera de su profesión, y que la
ejercían únicamente por instinto. "Únicamente por instinto": con esta
expresión tocamos el corazón y el punto central de la tendencia socrática. Con
ella el socratismo condena tanto el arte vigente como la ética vigente;
cualquiera que sea el sitio a que dirija sus miradas inquisidoras, lo que ve es
la falta de inteligencia y el poder de la ilusión, y de esa falta infiere que
lo existente es íntimamente absurdo y repudiable. Partiendo de ese único punto
Sócrates creyó tener que corregir la existencia: él, sólo él, penetra con gesto
de desacato y de superioridad, como precursor de una cultura, un arte y una
moral de especie completamente distinta, en un mundo tal que el agarra con
respeto las puntas del mismo consideraríamos lo nosotros como la máxima
fortuna.
Esta es la enorme perplejidad
que con respecto a Sócrates se apodera siempre de nosotros, y que una y otra
vez nos estimula a conocer el sentido y el propósito de esa aparición, la más
ambigua de la Antigüedad. ¿Quién es este que se permite atreverse a negar, él
solo, el ser griego, ese ser que , como Homero, Píndaro y Ésquilo, como Fidias,
como Pericles, como Pitia, como Dioniso, como el abismo más profundo y la
cumbre más elevada, está seguro de nuestra estupefacta adoración? ¿Qué fuerza
demónica es esa, que se permite la osadía de derramar por el polvo esa bebida
mágica? ¿Qué semidiós es este, al que el coro de espíritus de los más nobles de
la humanidad tiene que gritar: "¡Ay! ¡Ay! Tú lo has destruido, el mundo
bello, con puño poderoso; ¡ese mundo se derrumba, se desmorona!".
Una clave para entender el ser
de Sócrates ofrécenosla aquel milagroso fenómeno llamado "demon de
Sócrates". En situaciones especiales, en las que vacilaba su enorme
entendimiento, éste encontraba un firme sostén gracias a una voz divina que en
tales momentos se dejaba oír. Cuando viene, esa voz siempre disuade. En
esta naturaleza del todo anormal la sabiduría instintiva se muestra únicamente
para enfrentarse acá y allá al conocer consciente poniendo obstáculos.
Mientras que en todos los hombres productivos el instinto es precisamente la
fuerza creador y afirmativa, y la conciencia adopta una actitud crítica y
disuasiva: en Sócrates el instinto se convierte en un crítico, la consciencia
en un creador — ¡una verdadera monstruosidad per defectum! Y
ciertamente, aquí advertimos un monstruoso defectus de toda disposición
mística, hasta el punto de que a Sócrates habría que llamarlo el no-místico
específico, en el cual, por una superfetación, la naturaleza lógica tuvo un
desarrollo tan excesivo como en el místico lo tiene aquella sabiduría
instintiva. Mas por otra parte, a aquel instinto lógico que en Sócrates aparece
estábale completamente vedado volverse contra sí mismo; en ese desbordamiento
desenfrenado muestra Sócrates una violencia natural cual sólo la encontramos,
para nuestra sorpresa horrorizada, en las fuerzas instintivas más grandes de
todas. Quien en los escritos platónicos haya notado aunque sólo sea un soplo de
aquella divina ingenuidad y seguridad propias del modo de vida socrático, ese
sentirá también que la enorme rueda motriz del socratismo lógico está en
marcha, por así decirlo, detrás de Sócrates, y que hay que intuirla a
través de éste como a través de una sombra. Pero que él mismo tenía un
presentimiento de esa circunstancia, eso es algo que se expresa en la digna
seriedad con que en todas partes, e incluso ante su jueces, hizo valer su
vocación divina. Refutar a Sócrates en eso era, en el fondo, tan imposible como
dar por bueno su influjo disolvente de los instintos. En este conflicto
insoluble, cuando Sócrates fue conducido ante el foro del Estado griego, sólo
una forma de condena era aplicable, el destierro; tendría que haber sido lícito
expulsarlo al otro lado de las fronteras, como a algo completamente enigmático,
inclasificable, inexplicable, sin que ninguna posteridad hubiera tenido derecho
a incriminar a los atenienses de un acto ignominioso. Pero el que se le
sentenciase a muerte, y no a destierro únicamente, eso parece haberlo impuesto
el mismo Sócrates, con completa claridad y sin el horror natural de la muerte:
se dirigió a ésta con la misma calma con que, según la descripción de Platón,
es el último de los bebedores en abandonar el simposio al amanecer para
comenzar un nuevo día; mientras a sus espaldas quedan sobre los bancos y el
suelo, los adormecidos comensales, para soñar con Sócrates, el verdadero
erótico. El Sócrates moribundo se convirtió en el nuevo ideal, jamás
visto antes en parte alguna, de la noble juventud griega; ante esa imagen se
postró con todo el ardiente fervor de su alma de entusiasta, sobre todo Platón,
el joven heleno típico.
17
También el arte dionisíaco
quiere convencernos del eterno placer de la existencia: sólo que ese placer no
debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas. Debemos darnos
cuenta de que todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso,
nos vemos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia
individual y, sin embargo, no debemos quedar helados de espanto: un consuelo
metafísico nos arranca momentáneamente del engranaje de las figuras mudables.
Nosotros mismos somos realmente, por breves instantes, el ser primordial, y
sentimos su indómita ansia y su indómito placer de existir; la lucha, el
tormento, la aniquilación de las apariencias parécenos ahora necesarios, dada
la sobreabundancia de las formas innumerables de existencia que se apremian y
se empujan a vivir, dada la desbordante fecundidad de la voluntad del mundo;
somos traspasados por la rabiosa espina de esos tormentos en el mismo instante
en que, por así decirlo, nos hemos unificado con el inmenso placer primordial
por la existencia y en que presentimos, en un éxtasis dionisíaco, la
indestructibilidad y eternidad de ese placer. A pesar del miedo y de la
compasión, somos los hombres que viven felices, no como individuos, sino como
lo único viviente, con cuyo placer procreador estamos fundidos.
La historia de la génesis de la
tragedia griega nos dice ahora, con luminosa nitidez, que la obra de arte
trágico de los griegos nació realmente del espíritu de la música: mediante ese
pensamiento creemos haber hecho justicia por vez primera al sentido originario
y tan asombroso del coro. Pero al mismo tiempo tenemos que admitir que el
significado antes expuesto del mito trágico nunca llegó a serles transparente,
con claridad conceptual, a los poetas griegos, y menos aún a los filósofos
griegos; sus héroes hablan, en cierto modo, más superficialmente de como
actúan; el mito no encuentra de ninguna manera en la palabra hablada su
objetivación adecuada. Tanto la articulación de las escenas como las imágenes
intuitivas revelan una sabiduría más profunda que la que el poeta mismo puede
encerrar en palabras y conceptos: esto mismo se observa también en Shakespeare,
cuyo Hamlet, por ejemplo, en un sentido semejante, habla más superficialmente
de como actúa, de tal modo que no es de las palabras, sino de una visión y
apreciación profundizada del conjunto de donde se ha de inferir aquella
doctrina de Hamlet antes citada. En lo que se refiere a la tragedia griega, la
cual se nos presenta, ciertamente, sólo como drama hablado, yo he sugerido
incluso que esa incongruencia entre mito y palabra podría inducirnos con
facilidad a tenerla por más superficial e insignificante de lo que es, y en
consecuencia a presuponer también que ella producía un efecto más superficial
que el que, según los testimonios de los antiguos, tuvo que producir: pues ¡qué
fácilmente se olvida que lo que el poeta de las palabras no había conseguido,
es decir, alcanzar la idealidad y espiritualización supremas del mito, podía
conseguirlo en todo instante como músico creador! Nosotros, es cierto, tenemos
que reconstruirnos la prepotencia del efecto musical casi por vía erudita, para
probar algo de aquel consuelo incomparable que tiene que ser propio de la
verdadera tragedia. Incluso esa prepotencia musical, sólo si nosotros fuéramos
griegos la habríamos sentido como tal: mientras que en el desarrollo entero de
la música griega infinitamente más rica que la que a nosotros nos es conocida y
familiar creemos oír tan sólo la canción juvenil del genio musical, entonada
con un tímido sentimiento de fuerza. Los griegos son, como dicen los sacerdotes
egipcios, los eternos niños, y también en el arte trágico son sólo unos niños
que no saben qué sublime juguete ha nacido y ha quedado roto entre sus manos.
Este esfuerzo del espíritu de la
música por encontrar una revelación figurativa y mítica, que va
intensificándose desde los comienzos de la lírica hasta la tragedia ática, se
interrumpe de pronto, apenas alcanzado un desarrollo exuberante, y desaparece,
por así decirlo, de la superficie del arte helénico: mientras que la
consideración dionisíaca del mundo nacida de ese esfuerzo sobrevive en los
Misterios y, a través de las más milagrosas metamorfosis y degeneraciones, no
deja de atraer a sí las naturalezas más serias. ¿No volverá a ascender algún
día como arte desde su profundidad mítica?
Ocúpanos aquí el problema de
saber si el poder que logró que la tragedia, al chocar contra su oposición, se
hiciese añicos, tendrá en todo tiempo suficiente fortaleza para impedir el
redespertar artístico de la tragedia y de la consideración trágica del mundo.
Si la tragedia antigua fue sacada de sus ríeles por el instinto dialéctico
orientado al saber y al optimismo de la ciencia, habría que inferir de este
hecho una lucha eterna entre la consideración teórica y la consideración
trágica del mundo; y sólo después de que el espíritu de la ciencia sea
conducido hasta su límite, y de que su pretensión de validez universal esté
aniquilada por la demostración de esos límites, sería lícito abrigar esperanzas
de un renacimiento de la tragedia: como símbolo de esa forma de cultura
tendríamos que colocar el Sócrates cultivador de la música, en el
sentido antes explicado. En esta confrontación yo entiendo por espíritu de la
ciencia aquella creencia, aparecida por vez primera en la persona de Sócrates,
en la posibilidad de sondear la naturaleza y en la universal virtud curativa
del saber.
Quien recuerde las consecuencias
inmediatas de ese espíritu de la ciencia lanzado incansablemente hacia
adelante, verá en seguida que el mito fue aniquilado por él y que la
poesía quedó expulsada, por esta aniquilación, de su natural suelo ideal, y fue
en lo sucesivo una poesía apátrida. Si hemos tenido. razón al atribuir a la
música la fuerza de poder volver a hacer nacer de sí el mito, también el
espíritu de la ciencia habremos de buscarlo en la senda en que él se enfrenta
hostilmente a esa fuerza creadora de mitos que la música posee. Esto acontece
en el desarrollo del ditirambo ático nuevo, cuya música no expresaba ya
la esencia interna, la voluntad misma, sino que sólo reproducía de modo
insuficiente la apariencia, en una imitación mediada por conceptos: de esa
música internamente degenerada se apartaron las naturalezas verdaderamente
musicales con igual repugnancia que tenían por la tendencia de Sócrates,
asesina del arte. El instinto, que actuaba con seguridad, de Aristófanes dio
sin duda en el blanco cuando conjuntó en un mismo sentimiento de odio a
Sócrates, la tragedia de Eurípides y la música de los nuevos ditirámbicos, y
barruntó en los tres fenómenos los signos característicos de una cultura
degenerada. De una manera sacrílega aquel ditirambo nuevo hizo de la música una
copia imitativa de la apariencia, por ejemplo, de una batalla, de una tempestad
marina, y con ello la despojó totalmente de su fuerza creadora de mitos. Pues
si la música intenta suscitar nuestro deleite tan sólo forzándonos a buscar
analogías externas entre un suceso de la vida y de la naturaleza y ciertas
figuras rítmicas y ciertas sonoridades características de la música, si nuestro
entendimiento debe contentarse con el conocimiento de esas analogías, entonces
quedamos rebajados a un estado de ánimo en el que resulta. imposible una
concepción de lo mítico; pues el mito quiere ser sentido intuitivamente como
ejemplificación única de una universalidad y verdad que tienen fija su mirada
en lo infinito. La música verdaderamente dionisíaca se nos presenta como tal
espejo universal de la voluntad del mundo: el acontecimiento intuitivo que en
ese espejo se refracta amplíase en seguida para nuestro sentimiento hasta
convertirse en reflejo de una verdad eterna. A la inversa, tal acontecimiento
intuitivo queda despojado en seguida de todo carácter mítico por la pintura
musical (Tonmalerei) del ditirambo nuevo; ahora la música se ha
convertido en un mezquino reflejo de la apariencia, y por ello es infinitamente
más pobre que ésta misma: con esa pobreza la música rebaja más aún, para
nuestro sentimiento, la apariencia misma, hasta el punto de que ahora, por ejemplo,
una batalla imitada musicalmente de ese modo se agota en ruido de marchas,
sonidos de trompetas, etc., y nuestra fantasía queda detenida justo en esas
superficialidades. La pintura musical es, por tanto, en todos los aspectos, el
reverso de la fuerza creadora de mitos que es propia de la verdadera música;
con ella la apariencia se vuelve más pobre de lo que es, mientras que con la
música dionisíaca la apariencia individual se enriquece y se amplifica hasta
convertirse en imagen del mundo. El espíritu no dionisíaco logró una gran
victoria cuando, en el desarrollo del ditirambo nuevo, enajenó a la música de
sí misma y la rebajó a esclava de la apariencia. Eurípides, que, en un sentido
superior, tiene que ser denominado una naturaleza completamente no musical, es,
justo por esa razón, un partidario apasionado de la nueva música ditírámbica,
y, con la prodigalidad propia de un ladrón, emplea todos sus efectismos y
amaneramientos.
Vemos en actividad, en otro
aspecto, la fuerza de ese espíritu no dionisíaco, dirigido contra el mito, al
volver nuestras miradas hacia el incremento en la tragedia, a partir de
Sófocles, de la representación de caracteres y del refinamiento
psicológico. El carácter no se dejará ya ampliar hasta convertirse en tipo
eterno, sino que, por el contrario, mediante artificiales matices y rasgos
marginales, mediante una nitidez finísima de todas las líneas producirá un
efecto tan individual que el espectador no sentirá ya en modo alguno el mito,
sino la poderosa verdad naturalista y la fuerza imitativa del artista. También
aquí vemos la victoria de la apariencia sobre lo universal, así como el placer
por el preparado anatómico individual, respiramos ya, por así decirlo, el aire
de un mundo teórico, para el cual el conocimiento científico vale más que el
reflejo artístico de una regla del mundo. El movimiento sobre la línea de lo
característico avanza con rapidez: mientras que todavía Sófocles pinta
caracteres enteros y somete el mito al yugo del despliegue refinado de los
mismos, Eurípídes no pinta ya más que grandes rasgos aislados de carácter, que
saben manifestarse en pasiones vehementes; en la comedia ática nueva no hay ya
más que máscaras con una sola expresión, viejos frívolos, rufianes engañados,
pícaros esclavos, repetidos incansablemente. ¿A dónde se ha escapado ahora el
espíritu formador de mitos propio de la música? Lo que de música queda todavía
es, o bien música para la excitación, o bien música para el recuerdo, es decir,
o bien un estimulante para nervios embotados y gastados, o bien pintura
musical. Para la primera apenas sigue contando el texto colocado debajo: ya en
Eurípídes, cuando sus héroes o coros comienzan a cantar, las cosas no marchan
bien; ¿hasta dónde se habrá llegado en sus insolentes sucesores?
Pero es en los desenlaces de los
nuevos dramas donde más claramente se revela el nuevo espíritu no dionisíaco.
En la tragedia antigua se había podido sentir al final el consuelo metafísico,
sin el cual no se puede explicar en modo alguno el placer por la tragedia:
acaso sea en Edipo en Colono donde más puro resuene el sonido
conciliador, procedente de un mundo distinto. Ahora que el genio de la música
había huido de la tragedia, ésta murió en sentido estricto: pues ¿de dónde se
podría extraer ahora aquel consuelo metafísico? Se buscó, por ello, una
solución terrenal de la disonancia trágica; tras haber sido martirizado
suficientemente por el destino, el héroe cosechaba un salario bien merecido, en
un casamiento magnífico, en unas honras divinas. El héroe se había convertido en
un gladiador, al que, una vez bien desollado y cubierto de heridas, se le
regalaba en ocasiones la libertad. El deus ex machina ha pasado a ocupar
el puesto del consuelo metafísico. Yo no quiero decir que la consideración
trágica del mundo quedase destruida en todas partes y de manera completa por el
acosador espíritu de lo no dionisíaco: lo único que sabemos es que aquélla tuvo
que huir del arte y refugiarse, por así decirlo, en el inframundo, degenerando
en culto secreto. Pero sobre el amplísimo campo de la superficie del ser
helénico causaba estragos el soplo devastador de aquel espíritu que se da a
conocer en esa forma de «jovialidad griega» de la que ya antes hemos hablado
como de un senil e improductivo placer de existir; esa jovialidad es el reverso
de la magnífica «ingenuidad» de los griegos antiguos, a la que se la ha de
concebir, según la característica dada, como la flor, brotada de un abismo
sombrío, de la cultura apolínea, como la victoria que con su reflejo de la
belleza alcanza la voluntad helénica sobre el sufrimiento y sobre la sabiduría
del sufrimiento. La forma más noble de aquella otra forma de «jovialidad
griega», la alejandrina, es la jovialidad del hombre teórico: ella
ostenta los mismos signos característicos que yo acabo de derivar del espíritu
de lo no dionisíaco, el combatir la sabiduría y el arte dionisíacos, el
intentar disolver el mito, el reemplazar el consuelo metafísico por una
consonancia terrenal, e incluso por un deus ex machina propio, a saber
el dios de las máquinas y los crisoles, es decir, las fuerzas de los espíritus
de la naturaleza conocidas y empleadas al servicio del egoísmo superior, el
creer en una corrección del mundo por medio del saber, en una vida guiada por
la ciencia, y ser también realmente capaz de encerrar al ser humano individual
en un círculo estrechísimo de tareas solubles, dentro del cual dice jovialmente
a la vida: «Te quiero: eres digna de ser conocida.»
25
Música y mito trágico son de
igual manera expresión de la aptitud dionisíaca de un pueblo e inseparables una
del otro. Ambos provienen de una esfera artística situada más allá de lo
apolíneo; ambos transfiguran una región en cuyos placenteros acordes se
extinguen deliciosamente tanto la disonancia como la imagen terrible del mundo;
ambos juegan con la espina del displacer, confiando en sus artes mágicas
extraordinariamente poderosas; ambos justifican con ese juego incluso la
existencia de «el peor de los mundos». Aquí lo dionisíaco, comparado con lo
apolíneo, se muestra como el poder artístico eterno y originario que hace
existir al mundo entero de la apariencia: en el centro del cual se hace
necesaria una nueva luz transfiguradora, para mantener con vida el animado
mundo de la individuación. Si pudiéramos imaginarnos una encarnación de la
disonancia ¿y qué otra cosa es el ser humano? , esa disonancia necesitaría,
para poder vivir, una ilusión magnífica que extendiese un velo de belleza sobre
su esencia propia. Ese es el verdadero propósito artístico de Apolo: bajo cuyo
nombre reunimos nosotros todas aquellas innumerables ilusiones de la bella
apariencia que en cada instante hacen digna de ser vivida la existencia e
instan a vivir el instante siguiente. Sin embargo, en la consciencia del
individuo humano sólo le es lícito penetrar a aquella parte del fundamento de
toda existencia, a aquella parte del substrato dionisíaco del mundo que puede
ser superada de nuevo por la fuerza apolínea transfiguradora, de tal modo que
esos dos instintos artísticos están constreñidos a desarrollar sus fuerzas en
una rigurosa proporción recíproca, según la ley de la eterna justicia. Allí
donde los poderes dionisíacos se alzan con tanto ímpetu como nosotros lo
estamos viviendo, allí también Apolo tiene que haber descendido ya hasta
nosotros, envuelto en una nube; sin duda una próxima generación contemplará sus
abundantísimos efectos de belleza.
Pero que ese efecto es
necesario, eso es algo que con toda seguridad lo percibiría por intuición todo
el mundo, con tal de que se sintiese retrotraído alguna vez, aunque sólo fuera
en sueños, a una existencia de la Grecia antigua: caminando bajo elevadas
columnatas jónicas, alzando la vista hacia un horizonte recortado por líneas
puras y nobles, teniendo junto a sí, en mármol luminoso, reflejos de su
transfigurada figura, y a su alrededor hombres que avanzan con solemnidad o se
mueven con delicadeza, cuyas voces y cuyo rítmico lenguaje de gestos suenan
armónicamente tendría sin duda que exclamar, elevando las manos hacia Apolo, en
esta permanente riada de belleza: «¡Dichoso pueblo de los helenos! ¡Qué grande
tiene que haber sido entre vosotros Dioniso, si el dios de Delos considera
necesarias tales magias para curar vuestra demencia ditirámbica!» Mas a alguien
que tuviese tales sentimientos un ateniense anciano le replicaría, mirando hacia
él con el ojo sublime de Esquilo: «Pero di también esto, raro extranjero:
¡cuánto tuvo que sufrir este pueblo para poder llegar a ser tan bello! ¡Ahora,
sin embargo, sígueme a la tragedia y ofrece conmigo un sacrificio en el templo
de ambas divinidades!»
LA VISIÓN DIONISÍACA DEL MUNDO
(verano de 1870)
Los griegos, que en sus dioses
dicen y a la vez callan la doctrina secreta de su visión del mundo, erigieron
dos divinidades, Apolo y Dioniso, como doble fuente de su arte. En la esfera
del arte estos nombres representan antítesis estilísticas que caminan una junto
a otra, casi siempre luchando entre sí, y que sólo una vez aparecen fundidas,
en el instante del florecimiento de la "voluntad" helénica, formando
la obra de arte de la tragedia ática. En dos estados, en efecto, alcanza el ser
humano la delicia de la existencia, en el sueño y en la embriaguez. La bella
apariencia del mundo onírico, en el que cada hombre es artista completo, es la
madre de todo arte figurativo y también, como veremos, de una mitad importante
de la poesía. Gozamos en la comprensión inmediata de la figura, todas
las formas nos hablan; no existe nada indiferente e innecesario. En la vida
suprema de esta realidad onírica tenemos, sin embargo, el sentimiento
traslúcido de su apariencia; sólo cuando ese sentimiento cesa es cuando
comienzan los efectos patológicos, en los que ya el sueño no restaura, y cesa
la natural fuerza curativa de sus estados. Mas, en el interior de esa frontera,
no son sólo acaso las imágenes agradables y amistosas las que dentro de
nosotros buscamos con aquella inteligibilidad total: también las cosas serias,
tristes, oscuras, tenebrosas son contempladas con el mismo placer sólo que
también aquí el velo de la apariencia tiene qué estar en un movimiento
ondeante, y no le es lícito encubrir del todo las formas básicas de lo real.
Así, pues, mientras que el sueño es el juego del ser humano individual con lo
real, el arte del escultor (en sentido amplio) es el juego con el sueño.
La estatua, en cuanto bloque de mármol, es algo muy real, pero lo real de la
estatua en cuanto figura onírica es la persona viviente del dios.
Mientras la estatua flota aún como imagen de la fantasía ante los ojos del
artista, éste continúa jugando con lo real; cuando el artista traspasa esa
imagen al mármol, juega con el sueño.
¿En qué sentido fue posible
hacer de Apolo el dios del arte? Sólo en cuanto es el dios de las
representaciones oníricas. El es "el Resplandeciente" de modo total:
en su raíz más honda es el dios del sol y de la luz, que se revela en el
resplandor. La "belleza" es su elemento: eterna juventud le acompaña.
Pero también la bella apariencia del mundo onírico es su reino: la verdad
superior, la perfección propia de esos estados, que contrasta con la sólo
fragmentariamente inteligible realidad diurna, elévalo a la categoría de dios
vaticinador, pero también ciertamente de dios artístico. El dios de la bella
apariencia tiene que ser al mismo tiempo el dios del conocimiento verdadero.
Pero aquella delicada frontera que a la imagen onírica no le es lícito
sobrepasar para no producir un efecto patológico, pues entonces la apariencia
no sólo engaña, sino que embauca, no es lícito que falte tampoco en la esencia
de Apolo: aquella mesurada limitación, aquel estar libre de las emociones más salvajes,
aquella sabiduría y sosiego del dios-escultor. Su ojo tiene que poseer un
sosiego "solar": aun cuando esté encolerizado y mire con malhumor, se
halla bañado en la solemnidad de la bella apariencia.
El arte dionisíaco, en cambio,
descansa en el juego con la embriaguez, con el éxtasis. Dos poderes sobre todo
son los que al ingenuo hombre natural lo elevan hasta el olvido de sí que es
propio de la embriaguez, el instinto primaveral y la bebida narcótica. Sus
efectos están simbolizados en la figura de Dioniso. En ambos estados el principium
individuationis queda roto, lo subjetivo desaparece totalmente ante la
eruptiva violencia de lo general-humano, más aún, de lo universal-natural. Las
fiestas de Dioniso no sólo establecen un pacto entre los hombres, también
reconcilian al ser humano con la naturaleza. De manera espontánea ofrece la
tierra sus dones, pacíficamente se acercan los animales más salvajes: panteras
y tigres arrastran el carro adornado con flores, de Dioniso. Todas las
delimitaciones de casta que la necesidad y la arbitrariedad han establecido
entre los seres humanos desaparecen: el esclavo es hombre libre, el noble y el
de humilde cuna se unen para formar los mismos coros báquicos. En muchedumbres
cada vez mayores va rodando de un lugar a otro el evangelio de la "armonía
de los mundos": cantando y bailando manifiéstase el ser humano como
miembro de una comunidad superior, más ideal: ha desaprendido a andar y a
hablar. Más aún: se siente mágicamente transformado, y en realidad se ha
convertido en otra cosa. Al igual que los animales hablan y la tierra da leche
y miel, también en él resuena algo sobrenatural. Se siente dios: todo lo que
vivía sólo en su imaginación, ahora eso él lo percibe en sí. ¿Qué son ahora
para él las imágenes y las estatuas? El ser humano no es ya un artista, se ha
convertido en una obra de arte, camina tan extático y erguido como en sueños
veía caminar a los dioses. La potencia artística de la naturaleza, no ya la de
un ser humano individual, es la que aquí se revela: un barro más noble, un
mármol más precioso son aquí amasados y tallados: el ser humano. Este ser
humano configurado por el artista Dioniso mantiene con la naturaleza la misma
relación que la estatua mantiene con el artista apolíneo.
Así como la embriaguez es el
juego de la naturaleza con el ser humano, así el acto creador del artista
dionisíaco es el juego con la embriaguez. Cuando no se lo ha experimentado en
si mismo, ese estado sólo se lo puede comprender de manera simbólica: es algo
similar a lo que ocurre cuando se sueña y a la vez se barrunta que el sueño es
sueño. De igual modo, el servidor de Dioniso tiene que estar embriagado y, a la
vez, estar al acecho detrás de sí mismo como observador. No en el cambio de
sobriedad y embriaguez, sino en la combinación de ambos se muestra el artista
dionisíaco.
Esta combinación caracteriza el
punto culminante del mundo griego: originariamente sólo Apolo es dios del arte
en Grecia, y su poder fue el que de tal modo moderó a Dioniso, que irrumpía
desde Asia, que pudo surgir la más bella alianza fraterna. Aquí es donde con
más facilidad se aprehende el increíble idealismo del ser helénico: un culto
natural que entre los asiáticos significa el más tosco desencadenamiento de los
instintos inferiores, una vida animal panhetérica, que durante un tiempo
determinado hace saltar todos los lazos sociales, eso quedó convertido entre
ellos en una festividad de redención del mundo, en un día de transfiguración.
Todos los instintos sublimes de su ser se revelaron en esta idealización de la
orgía.
Pero el mundo griego nunca había
corrido mayor peligro que cuando se produjo la tempestuosa irrupción del nuevo
dios. A su vez, nunca la sabiduría del Apolo délfico se mostró a una luz más
bella. Al principio resistiéndose a hacerlo, envolvió al potente adversario en
el más delicado de los tejidos, de modo que éste apenas pudo advertir que iba
caminando semiprisionero. Debido a que los sacerdotes délficos adivinaron el
profundo efecto del nuevo culto sobre los procesos sociales de regeneración y
lo favorecieron de acuerdo con sus propósitos políticoreligiosos, debido a que
el artista apolíneo sacó enseñanzas, con discreta moderación, del arte
revolucionario de los cultos báquicos, debido, finalmente, a que en el culto
délfico el dominio del año quedó repartido entre Apolo y Dioniso, ambos
salieron, por así decirlo, vencedores en el certamen que los enfrentaba: una
reconciliación celebrada en el campo de batalla. [...]
ENSAYO DE AUTOCRÍTICA (1886)
uno
Sea lo que sea aquello que esté
a la base de este libro problemático: una cuestión de primer rango y máximo
atractivo tiene que haber sido, y, además, una cuestión profundamente personal
— testimonio de ello es la época en la cual surgió, pese a la cual
surgió, la excitante época de la guerra franco-alemana de 1870/71. Mientras los
estampidos de la batalla de Wörth se expandían sobre Europa, el hombre caviloso
y amigo de enigmas a quien se le deparó la paternidad de este libro estaba en
un rincón cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones y enigmas,
en consecuencia muy preocupado y despreocupado a la vez, y redactaba sus
pensamientos sobre los griegos, — núcleo del libro extraño y
difícilmente accesible a que va a estar dedicado este tardío prólogo (o
epílogo). Unas semanas más tarde: y también él se encontraba bajo los muros de
Metz, no desembarazado aún de los signos de interrogación que había colocado
junto a la presunta «jovialidad» de los griegos y junto al arte griego; hasta
que por fin, en aquel mes de hondísima tensión en que en Versalles se
deliberaba sobre la paz, también él consiguió hacer la paz consigo mismo, y
mientras convalecía lentamente de una enfermedad que había contraído en el
campo de batalla, comprobó en sí de manera definitiva el «nacimiento de la
tragedia en el espíritu de la música». — ¿En la música? ¿Música y
tragedia? ¿Griegos y música de tragedia? ¿Griegos y la obra de arte del
pesimismo? La especie más lograda de hombres habidos hasta ahora, la más bella,
la más envidiada, la que más seduce a vivir, los griegos — ¿cómo?, ¿es que
precisamente ellos tuvieron necesidad de la tragedia? ¿Más aún — del
arte? ¿Para qué — el arte griego?...
Se adivina el lugar en que con
estas preguntas quedaba colocado el gran signo de interrogación acerca del
valor de la existencia. ¿Es el pesimismo, necesariamente, signo de
declive, de ruina, de fracaso, de instintos fatigados y debilitados? — ¿como lo
fue entre los indios, como lo es, según todas las apariencias, entre nosotros
los hombres y europeos «modernos»? ¿Existe un pesimismo de la fortaleza?
¿Una predilección intelectual por las cosas duras, horrendas, malvadas,
problemáticas de la existencia, predilección nacida de un bienestar, de una
salud desbordante, de una plenitud de la existencia? ¿Se da tal vez un
sufrimiento causado por esa misma sobreplenitud? ¿Una tentadora valentía de la
más aguda de las miradas, valentía que anhela lo terrible, por considerarlo el
enemigo, el digno enemigo en el que poder poner a prueba su fuerza?, ¿en el que
ella quiere aprender qué es «el sentir miedo»? ¿Qué significa, justo entre los
griegos de la época mejor, más fuerte, más valiente, el mito trágico? ¿Y
el fenómeno enorme de lo dionisíaco? ¿Qué significa, nacida de él, la tragedia?
— Y por otro lado: aquello de que murió la tragedia, el socratismo de la moral,
la dialéctica, la suficiencia y la jovialidad del hombre teórico . ¿cómo?, ¿no
podría ser justo ese socratismo un signo de declive, de fatiga, de enfermedad,
de unos instintos que se disuelven de modo anárquico? ¿Y la «jovialidad griega»
del helenismo tardío, tan sólo un arreblo de crepúsculo? ¿ La voluntad epicúrea
contra el pesimismo, tan sólo una precaución del hombre que sufre? Y la
ciencia misma, nuestra ciencia —sí, ¿qué significa en general, vista como
síntoma de viada toda ciencia? ¿Para qué, peor aún, de dónde — toda
ciencia? ¿Cómo? ¿Acaso es el cientificismo nada más que un miedo al pesimismo y
una escapatoria, frente a él? ¿Una defensa sutil obligada contra la verdad?
¿Y hablando en términos morales, algo así como cobardía y falsedad? ¿Hablando
en términos no-morales, una astucia? Oh Sócrates, Sócrates, ¿fue ése acaso tu
secreto? Oh ironista misterioso, ¿fue ésa acaso tu — ironía? — —
dos
Lo que yo conseguí aprehender
entonces, algo terrible y peligroso, un problema con cuernos. no necesariamente
un toro precisamente, en todo caso un problema nuevo: hoy yo diría que
fue el problema de la ciencia misma — la ciencia concebida por vez
primera como problemática, como discutible. Pero el libro en que entonces
encontraron desahogo mi valor y mi suspicacia juveniles — ¡qué libro tan imposible
tenía que surgir de una tarea tan contraria a la juventud! Construido nada más
que a base de vivencias propias prematuras y demasiado verdes, todas las cuales
estaban junto al umbral de lo comunicable, colocado en el terreno del arte
— pues el problema de la ciencia no puede ser conocido en el terreno de la
ciencia —,¡acaso un libro para artistas dotados accesoriamente de capacidades
analíticas y retrospectivas (es decir, para una especie excepcional de
artistas, que hay que buscar y que ni siquiera se querría buscar ...), lleno de
innovaciones psicológicas y de secretos de artista, con una metafísica de
artista en el trasfondo, una obra juvenil llena de valor juvenil y de juvenil
melancolía, independiente, obstinadamente autónoma incluso allí donde parece
plegarse a una autoridad y a una veneración propia, en suma, una primera obra,
también en el mal sentido de la expresión, que, pese a su problema senil,
adolece de todos los defectos de la juventud, sobre todo de su «excesiva
longitud», de su «tormenta y arrebato» (Sturm und Drang): por otra
parte, teniendo en cuenta el éxito que obtuvo (especialmente en el gran artista
a que ella se dirigía como para un diálogo, en Richard Wagner), un libro probado,
quiero decir, un libro que, en todo caso, ha satisfecho «a los mejores de su
tiempo». Ya por esto debería ser tratado con cierta deferencia y silencio; a
pesar de ello yo no quiero reprimir del todo el decir cuán desagradable se me
aparece ahora, cuán extraño está ahora ante mí dieciséis años después, —ante
unos ojos más viejos, cien veces más exigentes, pero que en modo alguno se han
vuelto más fríos, ni tampoco más extraños a aquella tarea a la que este
temerario libro osó por vez primera acercarse — ver la ciencia con la óptica
del artista, y el arte con la de la vida.
tres
Dicho una vez más, hoy es para
mí un libro, imposible, — lo encuentro mal escrito, torpe, penoso, frenético de
imágenes y confuso a causa de ellas, sentimental, acá y allá azucarado hasta lo
femenino, desigual en el tempo, sin voluntad de limpieza lógica, muy
convencido, y por ello, eximiéndose de dar demostraciones, desconfiando incluso
de la pertinencia de dar demostraciones, como un libro para iniciados,
como una «música» para aquellos que han sido bautizados en la música, que desde
el comienzo de las cosas están ligados por experiencias artísticas comunes y
raras, como signo de reconocimiento para quienes sean in artibus
parientes de sangre, — un libro altanero y entusiasta, que de antemano se
cierra al profanum vulgus de los «cultos» más aún que al «pueblo», pero
que, como su influjo demostró y demuestra, tiene que ser también bastante
experto en buscar sus compañeros de entusiasmo y en atraerlos hacia nuevos
senderos ocultos y hacia nuevas pistas de baile. Aquí hablaba en todo caso,
—esto se admitió con tanta curiosidad como repulsa — una voz extraña, el
discípulo de un «dios desconocido» — todavía, que por el momento se escondía
bajo la capucha del docto, bajo la pesadez y el desabrimiento dialéctico del
alemán, incluso bajo los malos modales del wagneriano; había aquí un espíritu
que sentía necesidades nuevas, carentes aún de nombre, una memoria rebosante de
preguntas, experiencias, secretos, a cuyo margen estaba escrito el nombre Dioniso
como un signo más de interrogación: aquí hablaba —así se dijo la gente con
suspicacia— una especie de alma mística y casi menádica, que con esfuerzo y de
manera arbitraria, casi indecisa sobre si lo que quería era comunicarse u
ocultarse, parecía balbucear en un idioma extraño. Esa «alma nueva» habría
debido cantar — ¡y no hablar! Qué lástima que lo que yo tenía entonces que
decir no me atreviera a decirlo como poeta: ¡tal vez habría sido capaz de
hacerlo! O, al menos, como filólogo: — ¡pues todavía hoy para el filólogo está
casi todo por descubrir y desenterrar aún en este campo! Sobre todo el problema
de que aquí hay un problema, — y de que, ahora y antes, mientras no tengamos
una respuesta a la pregunta «¿qué es lo dionisiaco?», los griegos continúan
siendo completamente desconocidos e inimaginables...
cuatro
Sí, ¿qué es lo dionisíaco? — En
este libro hay una respuesta a esa pregunta — en él habla alguien que «sabe»,
el iniciado y discípulo de su dios. Tal vez ahora yo hablaría con más cautela y
menos elocuencia acerca de una cuestión psicológica tan difícil como es el
origen de la tragedia entre los griegos. Una cuestión fundamental es la
relación del griego con el dolor, su grado de sensibilidad, — ¿permaneció
idéntica a sí misma esa relación?, ¿o se invirtió? la cuestión de si realmente
su cada vez más fuerte anhelo de belleza, de fiestas, de diversiones, de
nuevos cultos, surgió de una carencia, de una privación, de la melancolía, del
dolor. Suponiendo, en efecto, que precisamente esto fuese verdadero — y
Pericles (o Tucídides) nos lo da a entender en el gran discurso fúnebre —: ¿de
dónde tendría que proceder el anhelo contrapuesto a éste y surgido antes en el
tiempo, el anhelo de lo feo, la buena y rigurosa voluntad, propia del
heleno primitivo, de pesimismo, de mito trágico, de dar imagen a todas las
cosas terribles, malvadas, enigmáticas, aniquiladoras, funestas que hay en el
fondo de la existencia, — de dónde tendría que provenir entonces la tragedia?
¿Acaso del placer, de la fuerza, de una salud desbordante, de una
plenitud demasiado grande? ¿Y qué significado tiene entonces, hecha la pregunta
fisiológicamente, aquella demencia de que surgió tanto el arte trágico como el
cómico, la demencia dionisíaca? ¿Cómo? ¿Acaso no es la demencia, necesariamente,
síntoma de degeneración, de declive, de una cultura demasiado tardía? ¿Existen
acaso — una pregunta para médicos de locos — neurosis de la salud?, ¿de
la juventud y juvenilidad de los pueblos? ¿A qué apunta aquella síntesis de
dios y macho cabrío que se da en el sátiro? ¿En razón de qué vivencia de sí
mismo, para satisfacer a qué impulso tuvo el griego que imaginarse como un
sátiro al entusiasta y hombre primitivo dionisíaco? Y en lo que se refiere al
origen del coro trágico: ¿hubo acaso arrebatos endémicos en aquellos siglos en
que el cuerpo griego florecía, y el alma griega desbordaba de vida? ¿Visiones y
alucinaciones que se transmitían a comunidades enteras, a asambleas enteras
reunidas para el culto? ¿Y si ocurriera que los griegos tuvieron, precisamente
en medio de la riqueza de su juventud, la voluntad de lo trágico y fueron
pesimistas?, ¿qué fue justo la demencia, para emplear una frase de Platón, la
que trajo las máximas bendiciones sobre la Helade?, ¿y que, por otro
lado, y a la inversa, fue precisamente en los tiempos de su disolución y
debilidad cuando los griegos se volvieron cada vez más optimistas, más
superficiales, más comediantes, también más ansiosos de lógica y de
logicización del mundo, es decir, a la vez «más joviales» y «más científicos»?
¿Y si tal vez, a despecho de todas las «ideas modernas» y los prejuicios del
gusto democrático, pudieran la victoria del optimismo, la racionalidad
predominante desde entonces, el utilitarismo práctico y teórico, así
como la misma democracia, de la que son contemporáneos, — ser un síntoma de
fuerza declinante, de vejez inminente, de fatiga fisiológica? ¿Y precisamente
no — el pesimismo? ¿Fue Epicuro un optimista — precisamente en cuanto hombre
que sufría? — — Ya se ve que es todo un fardo de difíciles cuestiones el
que este libro cargó sobre sus espaldas — ¡añadamos además su cuestión más
difícil! ¿Qué significa, vista con la óptica de la vida, — la moral?...
cinco
Ya en el «Prólogo a Richard
Wagner» el arte —y no la moral — es presentado como la actividad
propiamente metafísica del hombre; en el libro mismo reaparece en varias
ocasiones la agresiva tesis de que sólo como fenómeno estético está justificada
la existencia del mundo. De hecho el libro entero no conoce, detrás de todo
acontecer, más que un sentido y un ultra-sentido de artista, — un «dios», si se
quiere, pero, desde luego, tan solo un dios-artista completamente amoral y
desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir como en el destruir, en el
bien como en el mal, lo que quiere es darse cuenta de su placer y su soberanía
idénticos, un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad
implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento
de las antítesis en él acumuladas. El mundo, en cada instante la alcanzada
redención de dios, en cuanto es la visión eternamente cambiante, eternamente
nueva del ser más sufriente, más antitético, más contradictorio, que únicamente
en la apariencia sabe redimirse; a toda esta metafísica de artista se la
puede denominar arbitraria, ociosa, fantasmagórica —, lo esencial en esto está
en que ella delata ya un espíritu que alguna vez, pese a todos los peligros, se
defenderá contra la interpretación y el significado morales de la existencia.
Aquí se anuncia, acaso por vez primera, un pesimismo «más allá del bien y del
mal», aquí se deja oír y se formula aquella «perversidad de los sentimientos»
contra la que Schopenhauer no se cansó de disparar de antemano sus más
coléricas maldiciones y piedras de rayo, —una filosofía que osa situar, rebajar
la moral misma al mundo de la apariencia y que la coloca no sólo entre las
«apariencias» (en el sentido de este terminus technicus idealista), sino
entre los «engaños», como apariencia, ilusión, error, interpretación,
aderezamiento, arte. Acaso donde mejor pueda medirse la profundidad de esta
tendencia antimoral es en el precavido y hostil silencio con que en el libro
entero se trata al cristianismo, — el cristianismo en cuanto es la más
aberrante variación sobre el tema moral que la humanidad ha llegado a escuchar
hasta este momento. En verdad, no existe antítesis más grande de la
interpretación y justificación puramente estéticas del mundo, tal como en este
libro se las enseña, que la doctrina cristiana, la cual es y quiere ser sólo
moral, y con sus normas absolutas, ya con su veracidad de Dios por ejemplo,
relega el arte, todo arte, al reino de la mentira, — es decir, lo
niega, lo reprueba, lo condena. Detrás de semejante modo de pensar y valorar,
el cual, mientras sea de alguna manera auténtico, tiene que ser hostil al arte,
percibía yo también desde siempre lo hostil a la vida, la rencorosa,
vengativa aversión contra la vida misma: pues toda vida se basa en la
apariencia, en el arte, en e engaño, en la óptica, en la necesidad de lo
perspectivístico y del error. El cristianismo fue desde el comienzo, de manera
esencial y básica, náusea y fastidio contra la vida sentidos por la vida,
náusea y fastidio que no hacían más que disfrazarse, ocultarse, ataviarse con
la creencia en «otra» vida distinta o «mejor». El odio al «mundo», la maldición
de los afectos, el miedo a la belleza y a la sensualidad, un más allá inventado
para calumniar mejor el más acá, en el fondo un anhelo de hundirse en la nada,
en el final, en el reposo, hasta llegar al «sábado de los sábados» — todo esto,
así como la incondicional voluntad del cristianismo de admitir valores sólo
morales me pareció siempre la forma más peligrosa y siniestra de todas las
formas posibles de una «voluntad de ocaso»; al menos, un signo de enfermedad,
fatiga, desaliento, agotamiento, empobrecimiento hondísimos de la vida, — pues
ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional)
la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya
que la vida es algo esencialmente amoral, — la vida, finalmente, oprimida bajo
el peso del desprecio y del eterno «no», tiene que ser sentida como
indigna de ser apetecida, como lo no-válido en sí. La moral misma —¿cómo?,
¿acaso sería la moral una «voluntad de negación de la vida», un instinto
secreto de aniquilación, un principio de ruina, de empequeñecimiento, de
calumnia, un comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el peligro de los
peligros?... Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro
problemático, mi instinto, como un instinto defensor de la vida, y se inventó
una doctrina y una valoración radicalmente opuestas de la vida, una doctrina y
una valoración puramente artísticas, anticristianas. ¿Cómo denominarlas?
En cuanto filólogo y hombre de palabras las bauticé, no sin cierta libertad —
¿pues quién conocería el verdadero nombre del Anticristo? — con el nombre de un
dios griego: las llamé dionisíacas. —
seis
¿Se entiende cuál es la tarea
que yo osé rozar ya con este libro?... ¡Cuánto lamento ahora el que no tuviese
yo entonces el valor (¿o la inmodestia?) de permitirme, en todos los sentidos,
un lenguaje propio para expresar unas intuiciones y osadías tan propias,
—el que intentase expresar penosamente, con fórmulas schopenhauerianas y
kantianas, unas valoraciones extrañas y nuevas, que iban radicalmente en contra
tanto del espíritu de Kant y de Schopenhauer como de su gusto! ¿Cómo pensaba,
en efecto, Schopenhauer acerca de la tragedia? «Lo que otorga a todo lo trágico
el empuje peculiar hacia la elevación» — dice en El mundo como voluntad y
representación, II, 495 — «es la aparición del conocimiento de que el
mundo, la vida no pueden dar una satisfacción auténtica, y, por tanto, no
son dignos de nuestro apego: en esto consiste el espíritu trágico—, ese
espíritu lleva, según esto, a la resignación». ¡Oh, de qué modo tan
distinto me hablaba Dioniso a mí! ¡Oh, cuán lejos de mí se hallaba entonces
justo todo ese resignacionísmo! — Pero en el libro hay algo mucho peor, que yo
ahora lamento más aún que el haber oscurecido y estropeado con fórmulas
schopenhauerianas unos presentimientos dionisíacos: a saber, ¡el haberme
echado a perder en absoluto el grandioso problema griego, tal como a
mí se me había aparecido, por la injerencia de las cosas modernísimas! ¡El
haber puesto esperanzas donde nada había que esperar, donde todo apuntaba, con
demasiada claridad, hacia un final! ¡El haber comenzado a descarriar, basándome
en la última música alemana, acerca del «ser alemán», como si éste se hallase
precisamente en trance de descubrirse y de reencontrarse a sí mismo — y esto en
una época en que el espíritu alemán, que no hacía aún mucho tiempo había tenido
la voluntad de dominar sobre Europa, la fuerza de guiar a Europa, acababa de
presentar su abdicación definitiva e irrevocable, y, bajo la pomposa
excusa de fundar un Reich, realizaba su tránsito a la mediocrización, a la
democracia y a las «ideas modernas»! De hecho, entre tanto he aprendido a
pensar sin esperanza ni indulgencia alguna acerca de ese «ser alemán», y
asimismo acerca de la música alemana de ahora, la cual es romanticismo
de los pies a la cabeza y la menos griega de todas las formas posibles de arte:
además, una destrozadora de nervios de primer rango, doblemente peligrosa en un
pueblo que ama la bebida y honra la oscuridad como una virtud, es decir, en su
doble condición de narcótico que embriaga y, a la vez, obnubila. — Al
margen, claro está, de todas las esperanzas apresuradas y de todas las erróneas
aplicaciones a la realidad del presente con que yo me eché a perder entonces mi
primer libro, permanecerá en lo sucesivo el gran signo de interrogación
dionisíaco, tal como fue en él planteado, también en lo que se refiere a la
música: ¿cómo tendría que estar hecha una música que no tuviese ya un origen
romántico, como lo tiene la música alemana, — sino un origen dionisíaco?...
siete
— Pero, señor mío, ¿qué es
romanticismo en el mundo entero si su libro no es romanticismo? ¿Es que
el odio profundo contra el «tiempo de ahora», contra la «realidad» y las «ideas
modernas», puede ser llevado más lejos de lo que se llevó en su metafísica de
artista? — ¿la cual prefiere creer hasta en la nada, hasta en el demonio, antes
que en el «ahora»? ¿No se oye, por debajo de toda su polifonía contrapuntística
y de su seducción de los oídos, el zumbido de un bajo continuo de cólera y de
placer destructivo, una rabiosa resolución contra todo lo que es «ahora», una
voluntad que no está demasiado lejos del nihilismo práctico y que parece decir
«¡prefiero que nada sea verdadero antes de que vosotros tengáis razón,
antes de que vuestra verdad tenga razón! »? Escuche usted mismo, señor
pesimista y endiosador del arte, con un oído un poco más abierto, un único
pasaje escogido de su libro, aquel pasaje que habla, no sin elocuencia, de los
matadores de dragones, y que sin duda tiene un sonido capcioso y embaucador
para oídos y corazones jóvenes: ¿o es que no es ésta la genuina y verdadera
profesión de fe de los románticos de 1830 bajo la máscara del pesimismo de
1850?, tras de la cual confesión se preludia ya el usual finale de los
románticos, — quiebra, hundimiento, retorno y prosternación ante una vieja fe,
ante el viejo dios... ¿O es que ese su libro de pesimista no es un
fragmento de antihelenidad, de romanticismo, incluso algo «tan embriagador como
obnubilante», un narcótico en todo caso, hasta un fragmento de música, de
música alemana? Escúchese:
Imaginémonos una generación que
crezca con esa intrepidez de la mirada, con esa heroica tendencia hacia lo
enorme, imaginémonos el paso audaz de esos matadores de dragones, la orgullosa
temeridad con que vuelven la espalda a todas las doctrinas de debilidad del
optimismo, para «vivir resueltamente» en lo entero y pleno: ¿acaso no sería
necesario que el hombre trágico de esa cultura, en su autoeducación para la
seriedad y para el horror, tuviese que desear un arte nuevo, el arte del
consuelo metafísico, la tragedia, como la Helena a él debida, y que exclamar
con Fausto:
¿Y no debo yo, con la
violencia más llena de anhelo, traer a la vida esa figura única entre todas?
«¿Acaso no sería necesario?»...
¡No, tres veces no! , jóvenes románticos: ¡no sería necesario! Pero es
muy probable que eso finalice así, que vosotros finalicéis así,
es decir, «consolados», como está escrito, pese a toda la autoeducación para la
seriedad y para el horror, «metafísicamente consolados», en suma, como
finalizan los románticos, cristianamente... ¡No! Vosotros deberíais aprender
antes el arte del consuelo intramundano, — vosotros deberíais aprender a
reír, mis jóvenes amigos, si es que, por otro lado, queréis continuar
siendo completamente pesimistas; quizás a consecuencia de ello, como reídores,
mandéis alguna vez al diablo todo el consuelismo metafísico — ¡y, en primer
lugar, la metafísica! O, para decirlo con el lenguaje de aquel trasgo dionisíaco
que lleva el nombre de Zaratustra:
Levantad vuestros corazones,
hermanos míos, ¡arriba! ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco las piernas!
Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y mejor aún,
¡sosteneos incluso sobre la cabeza!
Esta corona del que ríe, este
corona de rosas: yo mismo me he puesto sobre mi cabeza este corona, yo mismo he
sgntificado mis risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy
para hacer esto.
Zaratustra el bailarín,
Zaratustra el ligero, el que hace señas con las alas, uno dispuesto a volar,
que hace señas a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en su
ligereza: —
Zaratustra el que dice verdad,
Zaratustra el que ríe verdad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que
ama los saltos y las piruetas: ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi
cabeza!
Esta corona del que ríe, esta
corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he
santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended — ¡a reír!
Así
habló Zaratustra, cuarta parte
SÓCRATES Y LA TRAGEDIA
La tragedia griega pereció de
manera distinta que todos los otros géneros artísticos antiguos, hermanos de
ella: acabó de manera trágica, mientras que todos ellos fallecieron con una
muerte muy bella. Pues si está de acuerdo, en efecto, con un estado natural
ideal el dejar la vida sin espasmos, y teniendo una bella descendencia, el
final de aquellos géneros artísticos antiguos nos muestra un mundo ideal de ese
tipo; desaparecen y se van hundiendo, mientras ya elevan enérgicamente la
cabeza sus retoños, más bellos. Con la muerte del drama musical griego surgió,
en cambio, un vacío enorme, que por todas partes fue sentido profundamente; las
gentes se decían que la poesía misma se había perdido, y por burla enviaban al
Hades a los atrofiados, enflaquecidos epígonos, para que allí se alimentasen de
las migajas de los maestros. Como dice Aristófanes, la gente sentía una
nostalgia tan íntima tan ardiente, del último de los grandes muertos, como
cuando a alguien le entra un súbito y poderoso apetito de comer coles. Mas
cuando luego floreció realmente un género artístico nuevo, que veneraba a la
tragedia como predecesora y maestra suya, pudo, percibirse con horror que
ciertamente tenía los rasgos de su madre, pero aquellos que ésta había mostrado
en su prolongada agonía. Esa agonía de la tragedia se llama Eurípides, el
género artístico posterior es conocido con: e1 nombre de comedia ática nueva.
En ella pervivió la: figura degenerada de la tragedia, como memorial de su muy
arduo y difícil fenecer.
Es conocida la extraordinaria
veneración de que Eurípides disfrutó entre los poetas de la comedia ática
nueva. Uno de los más notables, Filemón, declaró que se dejaría ahorcar al
instante: si estuviera convencido de que el difunto continuaba teniendo vida y
entendimiento. Pero lo que Eurípides posee en común con Menandro y Filemón, y
lo que ejerció sobre éstos un efecto tan ejemplar, podemos resumirlo
brevísimamente en la fórmula de que ellos llevaron el espectador al escenario.
Antes de Eurípides, habían sido seres humanos estilizados en héroes, a los
cuales se les notaba en seguida que procedían de los dioses y semidioses de la
tragedia más antigua. El espectador veía en ellos un pasado ideal de Grecia y,
por tanto, la realidad de todo aquello que, en instantes sublimes, vivía
también en su alma. Con Eurípides irrumpió en el escenario el espectador, el
ser humano en la rea1idad de la vida cotidiana. El espejo que antes había
reproducido sólo los rasgos grandes y audaces se volvió más fiel y, con ello,
más vulgar. El vestido de gala se hizo más transparente en cierto modo, la
máscara se transformó en semimáscara: las formas de la vida cotidiana pasaron
claramente a primer plano. Aquella imagen auténticamente típica del heleno, la
figura de Ulises, había sido elevada por Ésquilo hasta el carácter grandioso,
astuto y noble a la vez, de un Prometeo: entre las manos de los nuevos poetas
esa figura quedó rebajada al papel de esclavo doméstico, bonachón y pícaro a la
vez, que con gran frecuencia se encuentra, como temerario intrigante, en el
centro de1 drama entero. Lo que, en Las ranas de Aristófanes, Eurípides
cuenta entre sus méritos, el haber hecho adelgazar al arte trágico mediante una
cura de agua y el haber reducido su peso, eso es algo que se aplica sobre todo
a las figuras de los héroes: en lo esencial, lo que el espectador veía y oía en
el escenario euripideo era su propio doble, envuelto, eso sí, en el ropaje de
gala de la retórica. La idealidad se ha replegado a la palabra y ha huido del
pensamiento. Pero justo aquí tocamos el aspecto brillante, y que salta a los
ojos, de la innovación euripidea: en él el pueblo ha aprendido a hablar: esto
lo ensalza él mismo, en el certamen con Ésquilo: mediante él ahora el pueblo
sabe
el arte de servirse de reglas,
de escuadras para medir los versos, de observar, de pensar, de ver, de
entender, de engañar, e amar, de caminar, de revelar, de mentir, de sopesar.
Gracias a él se le ha soltado la
lengua a la comedia nueva, mientras que hasta Eurípides no se sabía hacer
hablar convenientemente a la vida cotidiana en el escenario. La clase media
burguesa, sobre la que Eurípides edificó todas sus esperanzas políticas, tomó
ahora la palabra después de que, hasta ese momento, los maestros del lenguaje habían
sido en la tragedia el semidiós, en la vieja comedia el sátiro borracho o
semidiós.
Yo he representado la casa y el
patio, donde nosotros vivimos y tejemos,
y por ello me he entregado al juicio, pues cada uno, conocedor de esto, ha
juzgado de mi arte.
Más aún, Eurípides se jacta de
lo siguiente:
Solo yo he inoculado a ésos que
nos rodean
tal sabiduría, al prestarles
el pensamiento y el concepto del arte; de tal modo que aquí
ahora todo el mundo filosofa, y administra
la casa y di patio, el campo y los animales
con más inteligencia que nunca:
continuamente investiga y reflexiona
¿por qué?, ¿para qué?, ¿quién?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿qué?
¿A dónde ha llegado esto, quién me quitó aquello?
De una masa preparada e
ilustrada de ese modo nació la comedia nueva, aquel ajedrez dramático con su
luminosa alegría por los golpes de astucia. Para esta comedia nueva Eurípides
se convirtió en cierto modo en el maestro de coro: sólo que esta vez era el
coro de los oyentes el que tenía que ser instruido. Tan pronto como
éstos supieron cantar a la manera de Eurípides, comenzó el drama de los jóvenes
señores llenos de deudas, de los viejos bonachones y frívolos, de las heteras a
la manera de Kotzebue, de los esclavos domésticos prometeicos, Pero Eurípides,
en cuanto maestro de coro, fue alabado sin cesar; la gente se habría incluso
matado para aprender aún algo más de él, si no hubiera sabido que los poetas
trágicos estaban tan muertos como la tragedia. A1 abandonar ésta, sin embargo,
el heleno había abandonado la creencia en su propia inmortalidad, no sólo la
creencia en un pasado ideal, sino también la creencia de un futuro ideal. La
frase del conocido epitafio, «en la ancianidad, voluble y estrafalario», se
puede aplicar también a la Grecia senil. El instante y el ingenio son sus
divinidades supremas; el quinto estado, el del esclavo, es el que ahora
predomina, al menos en cuanto a la mentalidad.
En una visión retrospectiva como
ésta uno está fácilmente tentado a formular contra Eurípides, como presunto
seductor del pueblo, inculpaciones injustas, pero acaloradas, y a sacar, por
ejemplo, con las palabras de Ésquilo, esta conclusión: «¿Qué mal no
procede de él?» Pero cualesquiera que sean los nefastos influjos que derivemos
de él, hay que tener siempre en cuenta que Eurípides actuó con su mejor saber y
entender, y que, a lo largo de su vida entera, ofreció de manera grandiosa
sacrificios a un ideal. En e1 modo como luchó contra un mal enorme que él creía
reconocer, en el modo como es el único que se enfrenta a ese mal con el brío de
su talento y de su vida, revélase una vez más el espíritu heroico de los viejos
tiempos de Maratón. Más aún, puede decirse que, en Eurípides, el poeta se ha
convertido en un semidiós, después de haber sido éste expulsado por aquél de la
tragedia. Pero el mal enorme que él creía reconocer, contra el que luchó con
tanto heroísmo, era la decadencia del drama musical. ¿Dónde descubrió
Eurípides, sin embargo, la decadencia del drama musical? En la tragedia de
Ésquilo y de Sófocles, sus contemporáneos de mayor edad. Esto es una cosa muy
extraña. ¿No se habrá equivocado? ¿No habrá sido injusto con Ésquilo y con
Sófocles? ¿Acaso su reacción contra la presunta decadencia no fue precisamente
el comienzo del fin? Todas estas preguntas elevan su voz en este instante dentro
de nosotros.
Eurípides fue un pensador
solitario, en modo alguno del gusto de la masa entonces dominante, en la que
suscitaba reservas, como un estrafalario gruñón. La suerte le fue tan poco
propicia como la masa: y como para un poeta trágico de aquel tiempo la masa
constituía precisamente la suerte, se comprende por qué en vida alcanzó tan
raras veces el honor de una victoria trágica. ¿Qué fue lo que empujó a aquel
dotado poeta a ir tanto contra la corriente general? ¿Qué fue lo que le apartó
de un camino que había sido recorrido por varones como Ésquilo y Sófocles y
sobre el que resplandecía el sol del favor popular? Una sola cosa, justo
aquella creencia en la decadencia del drama musical. Y esa creencia la había
adquirido en los asientos de los espectadores del teatro. Durante largo tiempo
estuvo observando con máxima agudeza qué abismo se abría entre una tragedia y
el público ateniense. Aquello que para el poeta había sido lo más elevado y
difícil no era en modo alguno sentido como tal por el espectador, sino como
algo indiferente. Muchas cosas casuales, no subrayadas en absoluto por el
poeta, producían en la masa un efecto súbito. Al reflexionar sobre esta
incongruencia entre el propósito poético y el efecto causado, Eurípides llegó
poco a poco a una forma poética cuya ley capital decía: «todo tiene que ser
comprensible, para que todo pueda ser comprendido». Ante el tribunal de esta
estética racionalista fue llevado ahora cada uno de los componentes, ante todo
el mito, los caracteres principales, la estructura dramatúrgica, la música
coral, y por fin, y con máxima decisión, el lenguaje. Eso que nosotros tenemos
que sentir tan frecuentemente en Eurípides como un defecto y un retroceso
poéticos, en comparación con la tragedia sofoclea, es el resultado de aquel
enérgico proceso crítico, de aquella temeraria racionalidad. Podría decirse que
aquí tenemos un ejemplo de cómo el recensionante puede convertirse en poeta.
Sólo que, al oír la palabra «recensionante», no es lícito dejarse determinar
por la impresión de esos seres débiles, impertinentes, que no permiten ya en
absoluto a nuestro público de hoy decir su palabra en cuestiones de arte, Lo
que Eurípides intentó fue precisamente hacer las cosas mejor que los poetas
enjuiciados por él: y quien no puede poner, como lo puso él, el acto después de
la palabra, tiene poco derecho a dejar oír sus críticas en público. Yo quiero o
puedo aducir aquí un solo ejemplo de esa crítica productiva, aun cuando
propiamente sería necesario demostrar ese punto de vista mencionando todas las
diferencias del drama euripideo. Nada puede ser más contrario a nuestra técnica
escénica que el prólogo que aparece en Eurípides. El hecho de que un
personaje individual, una divinidad o un héroe, se presente al comienzo de la
pieza y cuente quién es él, qué es lo que antecede a la acción, qué es lo que
ha ocurrido hasta entonces, más aún, qué es lo que ocurrirá en el transcurso de
la pieza, eso un poeta teatral moderno lo calificaría sin más de petulante
renuncia al efecto de la tensión. ¿Se sabe, en efecto, todo lo que ha ocurrido,
lo que ocurrirá? ¿Quién aguardará hasta el final? Del todo distinta era la
reflexión que Eurípides se hacía. El efecto de la tragedia antigua no descansó
jamás en la tensión, en la atractiva incertidumbre acerca de qué es lo que
acontecerá ahora, antes bien en aquellas grandes y amplias escenas de pathos
en las que volvía a resonar el carácter musical básico del ditirambo
dionisíaco. Pero lo que con mayor fuerza dificulta el goce de tales escenas es
un eslabón que falta, un agujero en el tejido de la historia anterior: mientras
el oyente tenga que seguir calculando cuál es el sentido que tienen este y
aquel personaje, esta y aquella acción, le resultará imposible sumergirse del
todo en 1a pasión y en la actuación de los héroes principales, resultará