CARLOS
BONGCAM WYSS
CHILE:
CONDENADO
A
MUERTE
1998©
Carlos Bongcam Wyss, 1998
(Prohibida
su reproducción o uso con fines comerciales sin
autorización
del autor)
Dedicatoria
A mis
nietos
Agradecimientos
A Gertie, mi esposa.
A las compañeras y compañeros que
con riesgo de sus propias vidas
contribuyeron a salvar la mía.
Capítulos:
1 La
condena
2 En la
cordillera
3 La hora
de la traición
4 La ruta
imposible
5 La
generosidad campesina
6 A la
orilla del mar
7 El viaje
a Puerto Montt
8 El
regreso a Santiago
9 El
«Refugio Padre Hurtado»
10 Camino al exilio
Bibliografía
Los
hechos que describo en este libro son auténticos.
Los
he reconstruido recurriendo
a mi
memoria y a los documentos citados
en
la bibliografía.
1
LA
CONDENA. Dada la situación política que se comenzó a vivir en el
país
después
de las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, el
Comité
Regional Osorno del Partido Socialista acordó que los
Dirigentes
Provinciales no debíamos dormir en nuestras casas, en
previsión
de posibles atentados de la derecha o de un «Golpe de
Estado»
repentino.
Los
partidos opositores al Gobierno habían ido a las
elecciones
parlamentarias con la meta de conseguir los dos tercios
de los
escaños en el Senado de la República, para destituir
legalmente
al Presidente Salvador Allende. Pero en aquellas
elecciones
ocurrió un hecho insólito, único en la historia de Chile:
por vez
primera, después de dos años y medio en el poder, un
Gobierno
lograba aumentar su contingente electoral.
Cerrada
la vía legal, los enemigos de Salvador Allende sólo
tenían
dos caminos para derribarlo: la «Guerra Civil» o el «Golpe
de
Estado».
De todos
los Dirigentes Socialistas de la Provincia, yo era el
único que
cumplía con el acuerdo de llevar una vida
semiclandestina.
El resto se limitaba a hacer chistes sobre mi
semiclandestinidad,
debido principalmente a que sus mujeres no
les
permitían pasar la noche fuera de casa.
De «casas
de seguridad» me servían las viviendas de algunas
personas
amigas sin filiación política, cuyas simpatías por el
Gobierno
eran poco conocidas. Cada noche, sin previo aviso,
elegía
una casa diferente para dormir en ella.
Yo iba a
la Universidad a impartir mis clases y luego salía
con rumbo
para todos desconocido. En previsión de posibles
atentados
de parte de los terroristas de ultraderecha, que en la
Provincia
de Osorno eran numerosos, grupo de camaradas de la Juventud del Partido me
servía de escolta.
La «Perla
del Rahue»
La ciudad
de Osorno, la «Perla del Rahue», fue fundada en 1558
por el
español García Hurtado de Mendoza, sucesor de Pedro de
Valdivia
en el cargo de Gobernador de Chile. La ciudad recibió su
nombre
del homónimo condado español perteneciente a la noble
familia
de García, en el cual el Capitán había dejado a su amada.
La villa
de Osorno fue destruida en 1575 por un terremoto
que
arrasó todas las ciudades fundadas por los españoles en el sur
de Chile.
Desde su reconstrucción, dos siglos después, en 1796, la
ciudad ha
crecido callada y lentamente, soportando la lluvia, el frío
y la
humedad, y renaciendo tozudamente de incendios y
terremotos.
En el
largo mapa de Chile, novecientos kilómetros al sur de
la
Capital del país, como una bandera a media asta flamea la
Provincia
de Osorno. En 1973 tenía alrededor de ciento sesenta mil
habitantes.
Más de la mitad de la población vivía en la ciudad de
Osorno,
la Capital de la Provincia.
La «Hora
de la Verdad»
La «Hora
de la Verdad» se nos presentó en Osorno el 29 de junio
de 1973,
cuando tanques a las calles de Santiago y fue a cañonear el Palacio
Presidencial
de La Moneda, con la intención de provocar un
«Golpe de
Estado».
Había
llegado la hora de defender al Gobierno de Salvador
Allende,
nuestro Gobierno.
En tanto
escuché la noticia tomé una antigua escopeta de
caza, dos
rifles de salón calibre veintidós y tres revólveres, que
eran
todas las armas que poseía el Partido, y me trasladé a un
campamento
de pobladores donde teníamos una base partidaria.
Allí se
congregó una veintena de miembros de la Juventud y con
ellos
organizamos una red de correos en toda la ciudad.
Hablando
por radio al país aquella mañana, el Presidente
Allende
dijo:
—Llamo al
pueblo a que tome todas las industrias, todas las
empresas;
que esté alerta, que se vuelque al centro, pero no para ser
victimado;
que el pueblo salga a las calles, pero no para ser
ametrallado;
que lo haga con prudencia, alerta, con cuanto elemento
tenga en
sus manos. ¡Si llega la hora, armas tendrá el pueblo!
Envié a
un compañero a buscar al Presidente del Sindicato de
la
Construcción, el más numeroso y combativo de Osorno, quien se
presentó de
inmediato.
—Camarada
—le dije—. Llegó el momento de cumplir con
nuestro
compromiso de defender al Gobierno.
Noté que
el compañero se puso nervioso, cosa que me
pareció
perfectamente normal.
—Quiero
que vaya a buscar a los miembros de su Sindicato.
—No creo
que quieran venir todos.
—Traiga a
los más decididos, los socialistas. ¿Cuántos podrá
reunir?
—Unos
cien. ¿Hay armas, compañero?—Sólo las que usted ve aquí.
En ese
momento comprendí lo ridículo y a la vez trágico de
la
situación. Había llegado la hora de defender al Gobierno y no
teníamos
armas. Recordando las palabras del Presidente Allende,
hice un
último esfuerzo. Le dije:
—Que los
compañeros traigan lo que tengan a mano: chuzos,
picotas,
cualquier cosa.
El
Presidente del Sindicato se fue, pero no regresó. Nunca
más lo
volví a ver. Ni a él, ni a ningún miembro de su Sindicato.
Para
peor, los comunistas del campamento, al observar las
actividades
que desarrollábamos aquél día, nos amenazaron con
denunciarnos
a los Carabineros si no desmantelábamos nuestra
base. Una
urgente reunión con el Comité Regional Comunista
evitó a
último momento que aquella amenaza se consumara.
El
intento de sublevación militar no pasó a mayores, porque
los
Militares Golpistas fueron controlados personalmente por el
General
Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército. Gracias a
eso,
nosotros en Osorno evitamos dejar en evidencia, frente a los
reaccionarios,
nuestra incapacidad de respuesta.
Desde
aquel día no tuve la menor duda de que con o sin
armas no
íbamos a contar con los Sindicatos para la defensa del
Gobierno.
Además estaba claro que sin un entrenamiento militar
previo,
imposible ya de realizar, a un Ejército profesional no se le
podía
resistir con probabilidades de éxito.
Incluso
una acción de masas, que hipotéticamente podría
llegar a
ser el comienzo de una resistencia generalizada, también
debía ser
preparada y organizada cuidadosamente. No se podía
dejar a
la improvisación y espontaneidad de la gente algo tan
importante
especialmente en aquel momento, era del todo imposible preparar
algo
semejante.
Desgraciadamente
para el pueblo de Chile, los Militares
Golpistas
no sólo controlaban las armas, sino que también tenían la
iniciativa
en sus manos.
El «Estado
de Emergencia»
En vista
de la delicada situación creada en el país por el abortado
intento
golpista del Comandante de la brigada de tanques del
Ejército,
el Presidente Salvador Allende solicitó al Congreso
Nacional
autorización para decretar el «Estado de Sitio», pero el
Parlamento,
dominado por la oposición, rechazó de plano aquella
demanda
presidencial.
En
subsidio, el 30 de junio el Presidente decretó el «Estado
de
Emergencia» en las Provincias clave o más conflictivas del país.
En cada
una de ellas, el Comandante de la respectiva Guarnición
Militar
fue nombrado «Jefe de Plaza».
El
«Estado de Emergencia» entregó a los Militares el control
del orden
público, al tomar éstos el mando de los efectivos de
Carabineros
de Chile. En tiempos normales, la policía civil y
uniformada
dependía del Ministro del Interior y, en las Provincias,
de los
Intendentes. Dentro del «Estado de Emergencia», las fuerzas
de
Carabineros quedaban bajo la tuición directa del Jefe de Plaza.
En la
Provincia de Osorno fue nombrado «Jefe de Plaza» el
Comandante
del Regimiento «Arauco», un distinguido Oficial que
a su paso
dejaba la inconfundible huella de sus perfumes franceses. Dentro de las
condición y cuyo principal mérito había sido llenar de hermosas rosas el patio
del
Regimiento.
El
Intendente, el representante del Gobierno en la Provincia,
perdió el
control sobre las fuerzas de orden comandadas por un
Oficial
de Carabineros de rostro alcoholizado, quedando sólo como
Autoridad
Superior de las reparticiones administrativas.
“No se
preocupe, compañero”
Siguiendo
la estrategia diseñada y financiada por la Embajada de
los
Estados Unidos de América, a fines de julio comenzó el
«Segundo
Paro Nacional» de camioneros, elevados
transitoriamente
por la prensa de derecha a la categoría de
«transportistas».
A esta huelga sediciosa se sumaron los «Gremios
Patronales»
y los «Colegios Profesionales» en los cuales la
oposición
al Gobierno tenía mayoría. De esta forma se inició el
proceso
insurreccional que sería definitivo.
—No van a
ceder —me dijo confidencialmente un industrial
amigo—.
Quieren echar abajo al Gobierno
—Y usted,
¿cómo lo sabe?
—No se lo
puedo decir. Pero créame, ¡esta vez la cosa va en
serio!
—Llegará
un momento en que la situación económica
obligará
a los camioneros a volver al trabajo.
—Se
equivoca, por cada día en paro reciben un bono en
dólares.
—¿En
dólares? es que se vivían en el país, —Sí. Usted no se imagina la cantidad de
dólares que maneja
el
Comando de los huelguistas.
En vista
de la gravedad de estos hechos, llamé por teléfono al
Comité
Central del Partido.
—Sí, sí
—me dijo con displicencia el Dirigente al que le
entregué
la información—. Eso es lo que ellos pretenden, pero no
se van a
salir con la suya.
—¿Y qué
están haciendo ustedes al respecto?
—Nada.
—¡Cómo
que nada! ¡Ésto es muy serio!
—Ésto se
está manejando al más alto nivel. Está funcionando
la muñeca
de oro, usted me entiende.
Al
Presidente Allende, por su gran habilidad para maniobrar
en
política, le apodaban «Muñeca de Oro».
—¿Cuáles
son las instrucciones para los Regionales?
—Oportunamente
recibirá las instrucciones.
—¿Oportunamente?
—Sí. No
se preocupe, compañero.
Allí
estaba mi puesto
En
aquellos días mis tres hijos menores se encontraban en Santiago
aprovechando
las vacaciones escolares de invierno. Convencido de
que se
había puesto en marcha la ofensiva final de los enemigos
del
Gobierno, le mandé un telegrama a mi madre pidiéndole que
dejara a
los niños con ella, hasta nuevo aviso.
A
mediados de julio, luego de constatar que en la Provincia
de Osorno
el Gobierno y las fuerzas populares perdíamos a ojos vistas el control de la situación
política, decidí enviar a mi hijo
mayor a
Santiago con la instrucción de que él y sus hermanos
debían
quedarse en la Capital. Enfáticamente le advertí que
ninguno
de ellos, bajo ninguna circunstancia, debía regresar a
Osorno.
Una
semana después, cuando la situación general del país
indicaba
que los opositores al Gobierno de Salvador Allende, con
la
complicidad de la mayoría de los Altos Mandos de las Fuerzas
Armadas,
llevaban adelante un proceso insurreccional irreversible,
convinimos
con mi mujer que ella viajaría a Santiago a hacerse
cargo de
nuestros hijos.
En ese
momento yo también pude haberme ido de Osorno,
pero me
quedé en la Provincia por una cuestión de imagen y de
responsabilidad
política, y a pesar de que tenía claro que muy poco
íbamos a poder
hacer cuando el «Golpe de Estado» se produjera.
Entre
1970 y 1973, la Unidad Popular en Osorno había
aumentado
el apoyo popular en un 74 por ciento. No podíamos
defraudar
la confianza depositada en nosotros por aquellos miles
de
electores y sus familias. Los Dirigentes Políticos de la Provincia
no
podíamos huir de los acontecimientos.
No fue
una decisión apresurada y sin esperanza. Allende
había
dicho: “Si llega la hora, armas tendrá el pueblo”. Yo estimé
que
aquello significaba que Allende confiaba en la lealtad de
algunos
Militares y Carabineros, quienes se opondrían al «Golpe
de
Estado» defendiendo al Gobierno Constitucional. Por lo tanto,
si en el
sur había Oficiales leales yo, como Dirigente político, no
podía
abandonar mi puesto de combate en la Provincia. En función
de esto
estimé que mi deber era permanecer en Osorno. Decidí
estar en
mi puesto cuando la hora llegara.
La
Fiscalía Militar
A
comienzos de agosto, el Fiscal Militar encarceló a Domingo
Cerviño,
Miembro del Comité Central del Movimiento de Acción
Popular
Unitaria, «MAPU», y máximo Dirigente de este Partido en
la
Provincia. Con gran despliegue de fuerzas, los Militares
rodearon
la manzana donde se encontraba el domicilio de Cerviño
y
allanaron su casa. En aquellos momentos se encontraban
reunidos
todos los Dirigentes Provinciales del «MAPU», quienes
fueron
detenidos.
Luego se
hizo evidente para mí que el Fiscal me tenía en su
lista,
después de Cerviño, cuando los Carabineros comenzaron a
llevar a
mi domicilio las «citaciones» que me mandaba la Fiscalía
Militar.
Como no
encontraban a nadie, dejaban los papeles donde la
vecina
del frente y se iban muy contentos. Al parecer ellos no
sabían
que las citaciones no entregadas personalmente eran
legalmente
nulas o, tal vez, como yo también lo supuse, aquel
detalle
no tenía ninguna importancia.
El juego
de las citaciones reiteradas era sólo una forma de
crear la
ficción legal de «desacato», destinada a justificar una acción militar de otro
tipo. Después de muchas conversaciones plagadas de evasivas, llegamos
a un
acuerdo con los comunistas de la Provincia para hacer un
balance
en serio de nuestras fuerzas. En el país se estaban viviendo
momentos
muy delicados y ya no tenía ningún sentido seguir
engañándonos
entre nosotros mismos.
El «MAPU»
no participó en la reunión porque sus Dirigentes
estaban
detenidos y no nos atrevimos a invitar a los radicales.
Nos
comprometimos a intercambiar información, con
absoluta
honestidad, acerca de cuántas armas poseía cada cual y de
qué tipo.
Así me enteré que entre ambos partidos, los más
importantes
de la Unidad Popular, apenas reuníamos una docena
de
revólveres, seis rifles de salón calibre veintidós y algunas viejas
escopetas
de caza.
Después
nosotros hicimos un recuento con el Movimiento de
Izquierda
Revolucionaria, «MIR», que sólo agregó al inventario un
fusil
«Máuser» de la Primera Guerra Mundial (“como nuevo”,
según
ellos) y algunos revólveres de pequeño calibre.
Me quedó
claro que el «arsenal» de la Unidad Popular y de la
ultra
izquierda de Osorno era clara y ostensiblemente insuficiente,
no sólo
para defender al Gobierno, sino para defendernos nosotros
mismos.
Sin
embargo, en el fondo del negro túnel que parecía ser el
futuro,
una leve luz de esperanza brillaba intermitentemente. La
había
encendido Salvador Allende:
—“¡Si
llega la hora, armas tendrá el pueblo!”
Me dejaron
de a pié
Cumpliendo
con mis obligaciones de Secretario Regional del
Partido
Socialista, consciente de la grave situación que se vivía en
el país,
en aquél período realizaba yo una febril actividad política.
Además de
mis continuas visitas a los núcleos partidarios,
participaba
en las reuniones de los campesinos, de los pobladores y
de los
«cordones industriales», en toda la Provincia.
Para
movilizarme usaba diferentes vehículos facilitados por
los
compañeros, dado que mi automóvil particular se encontraba en
reparaciones.
Uno de éstos era una camioneta de propiedad del
Banco
Osorno y La Unión. A fines de la primera semana de
agosto,
los compañeros del Banco, en cuyo directorio el Gobierno
tenía mayoría,
me notificaron que no me iban a facilitar más la
camioneta,
porque los empleados de la oposición “andaban
murmurando”.
Después
de este ultimátum bancario comencé a utilizar una
Renoleta
de propiedad de la Universidad de Chile, que estaba a
cargo del
Vicerrector de la Sede Osorno.
El jueves
16 de agosto, mientras me encontraba dictando
clases en
la Universidad, el Vicerrector subió al vehículo y, sin
hacer
caso de las protestas del joven de mi escolta que lo cuidaba,
se lo
llevó a su casa.
Posteriormente
me explicó su conducta: la Contraloría
General
de la República le estaba haciendo un sumario a los
Directivos
de la Sede, pedido por un grupo de ex funcionarios de la
Universidad
militantes del «MIR» y unos profesores de derecha. El
compañero
temía que la Contraloría le podría sancionar por
prestarme
el automóvil.
En medio
de aquel proceso sedicioso en marcha, me quedé.
La escolta
Sin
embargo, no fueron los vehículos lo único que perdí aquella
semana.
También me quedé sin escolta.
Los
compañeros se habían ido restando por diversos motivos.
Recuerdo
que a uno que le llamaban «El Indio», yo mismo lo había
dejado de
lado meses atrás, en tanto le perdí la confianza.
A otro,
que había sido detenido por los Militares a mediados
de julio,
un ex Socialista que oficiaba de informante de los
Militares
le había hecho prometer bajo amenaza de represalias,
ante el
Jefe del Servicio de Inteligencia Militar, «SIM», que se
retiraría
de inmediato de las actividades que cumplía dentro del
Partido.
Después que me informó del incidente, aquel joven
desapareció
para siempre.
A un
tercero, a quien le decíamos «El Gordo», sus padres le
prohibieron
continuar en aquella tarea partidaria, considerando con
razón que
era muy peligrosa.
El resto
desapareció sin dar excusas, salvo un joven que me
acompañó
hasta la noche del sábado 18 de agosto. A él le dije que
permaneciera
en su casa hasta que yo lo volviera a llamar.
Mi último
discurso
El sábado
18 de agosto, por la tarde, asistí a la reunión del
«Cordón
Industrial Chuyaca», que se realizó en la Escuela
Industrial.
Intervine ante los trabajadores analizando la grave situación
que se
vivía en el país. Expliqué los peligros que nos amenazaban
y, como
conclusión, exhorté a los presentes a estar preparados
porque,
según todos los indicios, importantes sectores dentro de las
Fuerzas
Armadas estaban tramando un «Golpe de Estado» en
contra
del Gobierno. Aquella fue mi última aparición en público en
Osorno.
Mientras
hablaba, tuve la sensación de que los obreros me
escuchaban
sin dar crédito a mis palabras, aferrados a los mitos de
la
«prescindencia política» de las Fuerzas Armadas, de su «respeto
a la
Constitución» y de su «obediencia al poder civil», mitología
que la
propia Unidad Popular había contribuido a difundir durante
los
últimos años.
Salí de
la reunión bastante desanimado, al ver la actitud
pasiva y
la incredulidad de los compañeros. Sin automóvil y sin
escolta,
por primera vez me sentí cansado e impotente. Un profesor
me llevó
en su camioneta hasta el centro de la ciudad. Caminando
llegué
hasta la casa de unos amigos, donde permanecí hasta el
martes
siguiente.
Durante
aquel fin de semana dominó el escenario político el
episodio
protagonizado por el General Ruiz, Comandante en Jefe
de la
Fuerza Aérea, enfrentándose al Presidente Salvador Allende.
Fue un
abortado intento sedicioso que llevó a la designación del
General
Leigh como nuevo Comandante de la Aviación Militar. Al
escuchar
la breve alocución de Leigh, en el acto de transmisión del
mando, me
desagradó profundamente su voz. Entonces me dió la
impresión
de que salíamos del fuego, para caer en las brasas.
sin vehículo. Declarado
reo
El martes
21 de agosto, tres semanas antes del Alzamiento que
estaban
preparando los Altos Mandos de las Fuerzas Armadas con
el apoyo
de los norteamericanos y de todos los partidos de la
oposición
política para derrocar a Salvador Allende, me levanté
tarde.
Los
dueños de casa se habían ido temprano a sus trabajos. El
prolongado
descanso me había devuelto el buen ánimo. Me sentía
reconfortado,
aunque no optimista.
Al
mediodía, después de almorzar, caminando por calles
poco
frecuentadas me dirigí a la casa de Darío, uno de los
Dirigentes
Regionales del Partido. El día estaba despejado y
luminoso,
pero frío. El sol no lograba calentar a causa de la helada
brisa.
Al doblar
una esquina vi que por la misma acera caminaba a
mi
encuentro una pareja de Carabineros. Me sorprendí. Era inusual
que los
Carabineros recorrieran las calles secundarias.
Simulando
que me arreglaba el poncho, para ocultar mi
rostro,
crucé tratando de no mostrar prisa a la acera de enfrente.
Caminando
con lentitud, incluso deteniéndome a medias,
aparenté
concentrarme en la tarea de encender un cigarrillo.
Al
cruzarnos, desde el otro lado de la calle los Carabineros
me
dirigieron una rutinaria mirada de control. Pudieron constatar
que el
campesino que caminaba por la acera contraria tenía grandes
dificultades
con el viento para encender su cigarrillo.
Llegué a
la casa de Darío faltando pocos minutos para la una
de la
tarde. Mi amigo, su mujer y su suegra terminaban de
almorzar
escuchando las noticias en la Radio «SAGO», la radioemisora de la reaccionaria
Sociedad Agrícola y Ganadera de
Osorno.
La suegra
de Darío me ofreció una taza de café y me la sirvió