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      Carlos Bongcam Wyss (Condenado a muerte en Chile)


    Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 93310 | Votar! | 3 votos | Promedio: (9 / 10) | Sin comentarios | Agregar Comentario
    Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura >

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    CARLOS BONGCAM WYSS

    CHILE:

    CONDENADO

    A MUERTE

    1998© Carlos Bongcam Wyss, 1998

     

    (Prohibida su reproducción o uso con fines comerciales sin

    autorización del autor)

    Dedicatoria

    A mis nietos

    Agradecimientos

    A Gertie, mi esposa.

    A las compañeras y compañeros que

    con riesgo de sus propias vidas

    contribuyeron a salvar la mía.

    Capítulos:

    1 La condena

    2 En la cordillera

    3 La hora de la traición

    4 La ruta imposible

    5 La generosidad campesina

    6 A la orilla del mar

    7 El viaje a Puerto Montt

    8 El regreso a Santiago

    9 El «Refugio Padre Hurtado»

    10 Camino al exilio

    Bibliografía

    Los hechos que describo en este libro son auténticos.

    Los he reconstruido recurriendo

    a mi memoria y a los documentos citados

    en la bibliografía.

    1

    LA CONDENA. Dada la situación política que se comenzó a vivir en el país

    después de las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, el

    Comité Regional Osorno del Partido Socialista acordó que los

    Dirigentes Provinciales no debíamos dormir en nuestras casas, en

    previsión de posibles atentados de la derecha o de un «Golpe de

    Estado» repentino.

    Los partidos opositores al Gobierno habían ido a las

    elecciones parlamentarias con la meta de conseguir los dos tercios

    de los escaños en el Senado de la República, para destituir

    legalmente al Presidente Salvador Allende. Pero en aquellas

    elecciones ocurrió un hecho insólito, único en la historia de Chile:

    por vez primera, después de dos años y medio en el poder, un

    Gobierno lograba aumentar su contingente electoral.

    Cerrada la vía legal, los enemigos de Salvador Allende sólo

    tenían dos caminos para derribarlo: la «Guerra Civil» o el «Golpe

    de Estado».

    De todos los Dirigentes Socialistas de la Provincia, yo era el

    único que cumplía con el acuerdo de llevar una vida

    semiclandestina. El resto se limitaba a hacer chistes sobre mi

    semiclandestinidad, debido principalmente a que sus mujeres no

    les permitían pasar la noche fuera de casa.

    De «casas de seguridad» me servían las viviendas de algunas

    personas amigas sin filiación política, cuyas simpatías por el

    Gobierno eran poco conocidas. Cada noche, sin previo aviso,

    elegía una casa diferente para dormir en ella.

    Yo iba a la Universidad a impartir mis clases y luego salía

    con rumbo para todos desconocido. En previsión de posibles

    atentados de parte de los terroristas de ultraderecha, que en la

    Provincia de Osorno eran numerosos, grupo de camaradas de la Juventud del Partido me servía de  escolta.

    La «Perla del Rahue»

    La ciudad de Osorno, la «Perla del Rahue», fue fundada en 1558

    por el español García Hurtado de Mendoza, sucesor de Pedro de

    Valdivia en el cargo de Gobernador de Chile. La ciudad recibió su

    nombre del homónimo condado español perteneciente a la noble

    familia de García, en el cual el Capitán había dejado a su amada.

    La villa de Osorno fue destruida en 1575 por un terremoto

    que arrasó todas las ciudades fundadas por los españoles en el sur

    de Chile. Desde su reconstrucción, dos siglos después, en 1796, la

    ciudad ha crecido callada y lentamente, soportando la lluvia, el frío

    y la humedad, y renaciendo tozudamente de incendios y

    terremotos.

    En el largo mapa de Chile, novecientos kilómetros al sur de

    la Capital del país, como una bandera a media asta flamea la

    Provincia de Osorno. En 1973 tenía alrededor de ciento sesenta mil

    habitantes. Más de la mitad de la población vivía en la ciudad de

    Osorno, la Capital de la Provincia.

    La «Hora de la Verdad»

    La «Hora de la Verdad» se nos presentó en Osorno el 29 de junio

    de 1973, cuando tanques a las calles de Santiago y fue a cañonear el Palacio

    Presidencial de La Moneda, con la intención de provocar un

    «Golpe de Estado».

    Había llegado la hora de defender al Gobierno de Salvador

    Allende, nuestro Gobierno.

    En tanto escuché la noticia tomé una antigua escopeta de

    caza, dos rifles de salón calibre veintidós y tres revólveres, que

    eran todas las armas que poseía el Partido, y me trasladé a un

    campamento de pobladores donde teníamos una base partidaria.

    Allí se congregó una veintena de miembros de la Juventud y con

    ellos organizamos una red de correos en toda la ciudad.

    Hablando por radio al país aquella mañana, el Presidente

    Allende dijo:

    —Llamo al pueblo a que tome todas las industrias, todas las

    empresas; que esté alerta, que se vuelque al centro, pero no para ser

    victimado; que el pueblo salga a las calles, pero no para ser

    ametrallado; que lo haga con prudencia, alerta, con cuanto elemento

    tenga en sus manos. ¡Si llega la hora, armas tendrá el pueblo!

    Envié a un compañero a buscar al Presidente del Sindicato de

    la Construcción, el más numeroso y combativo de Osorno, quien se

    presentó de inmediato.

    —Camarada —le dije—. Llegó el momento de cumplir con

    nuestro compromiso de defender al Gobierno.

    Noté que el compañero se puso nervioso, cosa que me

    pareció perfectamente normal.

    —Quiero que vaya a buscar a los miembros de su Sindicato.

    —No creo que quieran venir todos.

    —Traiga a los más decididos, los socialistas. ¿Cuántos podrá

    reunir?

    —Unos cien. ¿Hay armas, compañero?—Sólo las que usted ve aquí.

    En ese momento comprendí lo ridículo y a la vez trágico de

    la situación. Había llegado la hora de defender al Gobierno y no

    teníamos armas. Recordando las palabras del Presidente Allende,

    hice un último esfuerzo. Le dije:

    —Que los compañeros traigan lo que tengan a mano: chuzos,

    picotas, cualquier cosa.

    El Presidente del Sindicato se fue, pero no regresó. Nunca

    más lo volví a ver. Ni a él, ni a ningún miembro de su Sindicato.

    Para peor, los comunistas del campamento, al observar las

    actividades que desarrollábamos aquél día, nos amenazaron con

    denunciarnos a los Carabineros si no desmantelábamos nuestra

    base. Una urgente reunión con el Comité Regional Comunista

    evitó a último momento que aquella amenaza se consumara.

    El intento de sublevación militar no pasó a mayores, porque

    los Militares Golpistas fueron controlados personalmente por el

    General Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército. Gracias a

    eso, nosotros en Osorno evitamos dejar en evidencia, frente a los

    reaccionarios, nuestra incapacidad de respuesta.

    Desde aquel día no tuve la menor duda de que con o sin

    armas no íbamos a contar con los Sindicatos para la defensa del

    Gobierno. Además estaba claro que sin un entrenamiento militar

    previo, imposible ya de realizar, a un Ejército profesional no se le

    podía resistir con probabilidades de éxito.

    Incluso una acción de masas, que hipotéticamente podría

    llegar a ser el comienzo de una resistencia generalizada, también

    debía ser preparada y organizada cuidadosamente. No se podía

    dejar a la improvisación y espontaneidad de la gente algo tan

    importante especialmente en aquel momento, era del todo imposible preparar

    algo semejante.

    Desgraciadamente para el pueblo de Chile, los Militares

    Golpistas no sólo controlaban las armas, sino que también tenían la

    iniciativa en sus manos.

    El «Estado de Emergencia»

    En vista de la delicada situación creada en el país por el abortado

    intento golpista del Comandante de la brigada de tanques del

    Ejército, el Presidente Salvador Allende solicitó al Congreso

    Nacional autorización para decretar el «Estado de Sitio», pero el

    Parlamento, dominado por la oposición, rechazó de plano aquella

    demanda presidencial.

    En subsidio, el 30 de junio el Presidente decretó el «Estado

    de Emergencia» en las Provincias clave o más conflictivas del país.

    En cada una de ellas, el Comandante de la respectiva Guarnición

    Militar fue nombrado «Jefe de Plaza».

    El «Estado de Emergencia» entregó a los Militares el control

    del orden público, al tomar éstos el mando de los efectivos de

    Carabineros de Chile. En tiempos normales, la policía civil y

    uniformada dependía del Ministro del Interior y, en las Provincias,

    de los Intendentes. Dentro del «Estado de Emergencia», las fuerzas

    de Carabineros quedaban bajo la tuición directa del Jefe de Plaza.

    En la Provincia de Osorno fue nombrado «Jefe de Plaza» el

    Comandante del Regimiento «Arauco», un distinguido Oficial que

    a su paso dejaba la inconfundible huella de sus perfumes franceses. Dentro de las condición y cuyo principal mérito había sido llenar de hermosas rosas el patio

    del Regimiento.

    El Intendente, el representante del Gobierno en la Provincia,

    perdió el control sobre las fuerzas de orden comandadas por un

    Oficial de Carabineros de rostro alcoholizado, quedando sólo como

    Autoridad Superior de las reparticiones administrativas.

    “No se preocupe, compañero”

    Siguiendo la estrategia diseñada y financiada por la Embajada de

    los Estados Unidos de América, a fines de julio comenzó el

    «Segundo Paro Nacional» de camioneros, elevados

    transitoriamente por la prensa de derecha a la categoría de

    «transportistas». A esta huelga sediciosa se sumaron los «Gremios

    Patronales» y los «Colegios Profesionales» en los cuales la

    oposición al Gobierno tenía mayoría. De esta forma se inició el

    proceso insurreccional que sería definitivo.

    —No van a ceder —me dijo confidencialmente un industrial

    amigo—. Quieren echar abajo al Gobierno

    —Y usted, ¿cómo lo sabe?

    —No se lo puedo decir. Pero créame, ¡esta vez la cosa va en

    serio!

    —Llegará un momento en que la situación económica

    obligará a los camioneros a volver al trabajo.

    —Se equivoca, por cada día en paro reciben un bono en

    dólares.

    —¿En dólares? es que se vivían en el país, —Sí. Usted no se imagina la cantidad de dólares que maneja

    el Comando de los huelguistas.

    En vista de la gravedad de estos hechos, llamé por teléfono al

    Comité Central del Partido.

    —Sí, sí —me dijo con displicencia el Dirigente al que le

    entregué la información—. Eso es lo que ellos pretenden, pero no

    se van a salir con la suya.

    —¿Y qué están haciendo ustedes al respecto?

    —Nada.

    —¡Cómo que nada! ¡Ésto es muy serio!

    —Ésto se está manejando al más alto nivel. Está funcionando

    la muñeca de oro, usted me entiende.

    Al Presidente Allende, por su gran habilidad para maniobrar

    en política, le apodaban «Muñeca de Oro».

    —¿Cuáles son las instrucciones para los Regionales?

    —Oportunamente recibirá las instrucciones.

    —¿Oportunamente?

    —Sí. No se preocupe, compañero.

    Allí estaba mi puesto

    En aquellos días mis tres hijos menores se encontraban en Santiago

    aprovechando las vacaciones escolares de invierno. Convencido de

    que se había puesto en marcha la ofensiva final de los enemigos

    del Gobierno, le mandé un telegrama a mi madre pidiéndole que

    dejara a los niños con ella, hasta nuevo aviso.

    A mediados de julio, luego de constatar que en la Provincia

    de Osorno el Gobierno y las fuerzas populares perdíamos a ojos vistas el control de la situación política, decidí enviar a mi hijo

    mayor a Santiago con la instrucción de que él y sus hermanos

    debían quedarse en la Capital. Enfáticamente le advertí que

    ninguno de ellos, bajo ninguna circunstancia, debía regresar a

    Osorno.

    Una semana después, cuando la situación general del país

    indicaba que los opositores al Gobierno de Salvador Allende, con

    la complicidad de la mayoría de los Altos Mandos de las Fuerzas

    Armadas, llevaban adelante un proceso insurreccional irreversible,

    convinimos con mi mujer que ella viajaría a Santiago a hacerse

    cargo de nuestros hijos.

    En ese momento yo también pude haberme ido de Osorno,

    pero me quedé en la Provincia por una cuestión de imagen y de

    responsabilidad política, y a pesar de que tenía claro que muy poco

    íbamos a poder hacer cuando el «Golpe de Estado» se produjera.

    Entre 1970 y 1973, la Unidad Popular en Osorno había

    aumentado el apoyo popular en un 74 por ciento. No podíamos

    defraudar la confianza depositada en nosotros por aquellos miles

    de electores y sus familias. Los Dirigentes Políticos de la Provincia

    no podíamos huir de los acontecimientos.

    No fue una decisión apresurada y sin esperanza. Allende

    había dicho: “Si llega la hora, armas tendrá el pueblo”. Yo estimé

    que aquello significaba que Allende confiaba en la lealtad de

    algunos Militares y Carabineros, quienes se opondrían al «Golpe

    de Estado» defendiendo al Gobierno Constitucional. Por lo tanto,

    si en el sur había Oficiales leales yo, como Dirigente político, no

    podía abandonar mi puesto de combate en la Provincia. En función

    de esto estimé que mi deber era permanecer en Osorno. Decidí

    estar en mi puesto cuando la hora llegara.

    La Fiscalía Militar

    A comienzos de agosto, el Fiscal Militar encarceló a Domingo

    Cerviño, Miembro del Comité Central del Movimiento de Acción

    Popular Unitaria, «MAPU», y máximo Dirigente de este Partido en

    la Provincia. Con gran despliegue de fuerzas, los Militares

    rodearon la manzana donde se encontraba el domicilio de Cerviño

    y allanaron su casa. En aquellos momentos se encontraban

    reunidos todos los Dirigentes Provinciales del «MAPU», quienes

    fueron detenidos.

    Luego se hizo evidente para mí que el Fiscal me tenía en su

    lista, después de Cerviño, cuando los Carabineros comenzaron a

    llevar a mi domicilio las «citaciones» que me mandaba la Fiscalía

    Militar.

    Como no encontraban a nadie, dejaban los papeles donde la

    vecina del frente y se iban muy contentos. Al parecer ellos no

    sabían que las citaciones no entregadas personalmente eran

    legalmente nulas o, tal vez, como yo también lo supuse, aquel

    detalle no tenía ninguna importancia.

    El juego de las citaciones reiteradas era sólo una forma de

    crear la ficción legal de «desacato», destinada a justificar una acción militar de otro tipo. Después de muchas conversaciones plagadas de evasivas, llegamos

    a un acuerdo con los comunistas de la Provincia para hacer un

    balance en serio de nuestras fuerzas. En el país se estaban viviendo

    momentos muy delicados y ya no tenía ningún sentido seguir

    engañándonos entre nosotros mismos.

    El «MAPU» no participó en la reunión porque sus Dirigentes

    estaban detenidos y no nos atrevimos a invitar a los radicales.

    Nos comprometimos a intercambiar información, con

    absoluta honestidad, acerca de cuántas armas poseía cada cual y de

    qué tipo. Así me enteré que entre ambos partidos, los más

    importantes de la Unidad Popular, apenas reuníamos una docena

    de revólveres, seis rifles de salón calibre veintidós y algunas viejas

    escopetas de caza.

    Después nosotros hicimos un recuento con el Movimiento de

    Izquierda Revolucionaria, «MIR», que sólo agregó al inventario un

    fusil «Máuser» de la Primera Guerra Mundial (“como nuevo”,

    según ellos) y algunos revólveres de pequeño calibre.

    Me quedó claro que el «arsenal» de la Unidad Popular y de la

    ultra izquierda de Osorno era clara y ostensiblemente insuficiente,

    no sólo para defender al Gobierno, sino para defendernos nosotros

    mismos.

    Sin embargo, en el fondo del negro túnel que parecía ser el

    futuro, una leve luz de esperanza brillaba intermitentemente. La

    había encendido Salvador Allende:

    —“¡Si llega la hora, armas tendrá el pueblo!”

    Me dejaron de a pié

    Cumpliendo con mis obligaciones de Secretario Regional del

    Partido Socialista, consciente de la grave situación que se vivía en

    el país, en aquél período realizaba yo una febril actividad política.

    Además de mis continuas visitas a los núcleos partidarios,

    participaba en las reuniones de los campesinos, de los pobladores y

    de los «cordones industriales», en toda la Provincia.

    Para movilizarme usaba diferentes vehículos facilitados por

    los compañeros, dado que mi automóvil particular se encontraba en

    reparaciones. Uno de éstos era una camioneta de propiedad del

    Banco Osorno y La Unión. A fines de la primera semana de

    agosto, los compañeros del Banco, en cuyo directorio el Gobierno

    tenía mayoría, me notificaron que no me iban a facilitar más la

    camioneta, porque los empleados de la oposición “andaban

    murmurando”.

    Después de este ultimátum bancario comencé a utilizar una

    Renoleta de propiedad de la Universidad de Chile, que estaba a

    cargo del Vicerrector de la Sede Osorno.

    El jueves 16 de agosto, mientras me encontraba dictando

    clases en la Universidad, el Vicerrector subió al vehículo y, sin

    hacer caso de las protestas del joven de mi escolta que lo cuidaba,

    se lo llevó a su casa.

    Posteriormente me explicó su conducta: la Contraloría

    General de la República le estaba haciendo un sumario a los

    Directivos de la Sede, pedido por un grupo de ex funcionarios de la

    Universidad militantes del «MIR» y unos profesores de derecha. El

    compañero temía que la Contraloría le podría sancionar por

    prestarme el automóvil.

    En medio de aquel proceso sedicioso en marcha, me quedé.

    La escolta

    Sin embargo, no fueron los vehículos lo único que perdí aquella

    semana. También me quedé sin escolta.

    Los compañeros se habían ido restando por diversos motivos.

    Recuerdo que a uno que le llamaban «El Indio», yo mismo lo había

    dejado de lado meses atrás, en tanto le perdí la confianza.

    A otro, que había sido detenido por los Militares a mediados

    de julio, un ex Socialista que oficiaba de informante de los

    Militares le había hecho prometer bajo amenaza de represalias,

    ante el Jefe del Servicio de Inteligencia Militar, «SIM», que se

    retiraría de inmediato de las actividades que cumplía dentro del

    Partido. Después que me informó del incidente, aquel joven

    desapareció para siempre.

    A un tercero, a quien le decíamos «El Gordo», sus padres le

    prohibieron continuar en aquella tarea partidaria, considerando con

    razón que era muy peligrosa.

    El resto desapareció sin dar excusas, salvo un joven que me

    acompañó hasta la noche del sábado 18 de agosto. A él le dije que

    permaneciera en su casa hasta que yo lo volviera a llamar.

    Mi último discurso

    El sábado 18 de agosto, por la tarde, asistí a la reunión del

    «Cordón Industrial Chuyaca», que se realizó en la Escuela

    Industrial. Intervine ante los trabajadores analizando la grave situación

    que se vivía en el país. Expliqué los peligros que nos amenazaban

    y, como conclusión, exhorté a los presentes a estar preparados

    porque, según todos los indicios, importantes sectores dentro de las

    Fuerzas Armadas estaban tramando un «Golpe de Estado» en

    contra del Gobierno. Aquella fue mi última aparición en público en

    Osorno.

    Mientras hablaba, tuve la sensación de que los obreros me

    escuchaban sin dar crédito a mis palabras, aferrados a los mitos de

    la «prescindencia política» de las Fuerzas Armadas, de su «respeto

    a la Constitución» y de su «obediencia al poder civil», mitología

    que la propia Unidad Popular había contribuido a difundir durante

    los últimos años.

    Salí de la reunión bastante desanimado, al ver la actitud

    pasiva y la incredulidad de los compañeros. Sin automóvil y sin

    escolta, por primera vez me sentí cansado e impotente. Un profesor

    me llevó en su camioneta hasta el centro de la ciudad. Caminando

    llegué hasta la casa de unos amigos, donde permanecí hasta el

    martes siguiente.

    Durante aquel fin de semana dominó el escenario político el

    episodio protagonizado por el General Ruiz, Comandante en Jefe

    de la Fuerza Aérea, enfrentándose al Presidente Salvador Allende.

    Fue un abortado intento sedicioso que llevó a la designación del

    General Leigh como nuevo Comandante de la Aviación Militar. Al

    escuchar la breve alocución de Leigh, en el acto de transmisión del

    mando, me desagradó profundamente su voz. Entonces me dió la

    impresión de que salíamos del fuego, para caer en las brasas.

    sin vehículo. Declarado reo

    El martes 21 de agosto, tres semanas antes del Alzamiento que

    estaban preparando los Altos Mandos de las Fuerzas Armadas con

    el apoyo de los norteamericanos y de todos los partidos de la

    oposición política para derrocar a Salvador Allende, me levanté

    tarde.

    Los dueños de casa se habían ido temprano a sus trabajos. El

    prolongado descanso me había devuelto el buen ánimo. Me sentía

    reconfortado, aunque no optimista.

    Al mediodía, después de almorzar, caminando por calles

    poco frecuentadas me dirigí a la casa de Darío, uno de los

    Dirigentes Regionales del Partido. El día estaba despejado y

    luminoso, pero frío. El sol no lograba calentar a causa de la helada

    brisa.

    Al doblar una esquina vi que por la misma acera caminaba a

    mi encuentro una pareja de Carabineros. Me sorprendí. Era inusual

    que los Carabineros recorrieran las calles secundarias.

    Simulando que me arreglaba el poncho, para ocultar mi

    rostro, crucé tratando de no mostrar prisa a la acera de enfrente.

    Caminando con lentitud, incluso deteniéndome a medias,

    aparenté concentrarme en la tarea de encender un cigarrillo.

    Al cruzarnos, desde el otro lado de la calle los Carabineros

    me dirigieron una rutinaria mirada de control. Pudieron constatar

    que el campesino que caminaba por la acera contraria tenía grandes

    dificultades con el viento para encender su cigarrillo.

    Llegué a la casa de Darío faltando pocos minutos para la una

    de la tarde. Mi amigo, su mujer y su suegra terminaban de

    almorzar escuchando las noticias en la Radio «SAGO», la radioemisora de la reaccionaria Sociedad Agrícola y Ganadera de

    Osorno.

    La suegra de Darío me ofreció una taza de café y me la sirvió</