EXISTENCIA
DE DIOS
Lic.
José Luis Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
dellordine@arnet.com.ar
http://dellordine.ecomundo.com.ar
http://fundaciontm.ecomundo.com.ar
La existencia de Dios como problema no se
presenta del mismo modo al teólogo y al metafísico, al investigador y al
expositor o docente. El teólogo parte de la existencia de Dios conocida por
revelación y aceptada por fe, y reflexiona ulteriormente sobre ella. El
metafísico empieza por indagarla incitado a ello por las exigencias resolutivas
del conocimiento del ser en cuanto ser, y termina nombrando a Dios en
conformidad con los atributos que descubre en él al encontrarlo.
Ulteriormente, al tratar de sistematizar
estos conocimientos y de desentrañarlos, puede ya adelantar nombres y nociones
y señalar caminos o métodos, como sucede en las demás ciencias. En realidad, a
la mayoría de los hombres el tema de la existencia de Dios nos lo ofrece la
sociedad civilizada en que vivimos, previamente a la indagación directa. Se
trata, pues, de un examen crítico más que de una búsqueda inédita. Partimos,
por consiguiente, de una noción nominal de Dios.
La palabra Dios (en latín Deus) parece
proceder de la raíz aria div, e implica la idea de luz, luminosidad.
Usualmente, por Dios, se entiende, con mayor o menor precisión, según la
cultura teológica de quien emplea la palabra, el Ser óptimo, ordenador del universo
y trascendente al mismo, ser personal y providente, principio y fin de todo. El
Concilio Vaticano I precisó cuidadosamente el sentido que dan los católicos al
término Dios, frente a las posiciones ateas y panteístas.
El existir, aplicado a Dios, se refiere, por
supuesto, a un existir real, objetivo; no a una mera realidad de conciencia, de
imaginación o de cultura, en que piensan los profetas de «la muerte de Dios».
Debemos precisar, además, que el verbo existir, dicho de Dios, debe ser
entendido sin la nota de dependencia u origen que sugiere el prefijo ex (ex
sistere, en latín), dando al verbo ser (esse, en latín) toda su intensidad
óntica, que es más que el durar cosmológico: Dios no existe, es simplemente.
El tema de la existencia de Dios se presenta
como problema en dos sentidos y momentos distintos. En primer lugar, en el
sentido de demostrabilidad, que supone o implica dos cosas: que la existencia
de Dios no es un dato evidente, simplemente observable (en ese caso sería
mostrable, no demostrable); y que, no siendo evidente en sí, se puede llegar a
su conocimiento por vía de demostración o conocimiento científico. En segundo
lugar, supuesta la posibilidad de indagar su existencia, queda el problema de
la demostración o realización de aquella posibilidad.
Las causas eficientes que obran en la
naturaleza, si bien actúan o causan de una manera real o efectiva, dependen,
sin embargo, de otra causa para ser y para obrar. Así, por ejemplo, el
crecimiento de las cosechas depende (en parte) de las lluvias caídas sobre los
campos; éstas, de la formación de las nubes; éstas, de la condensación del
vapor, el cual procede de la evaporación de los mares, etc.
Esto nos revela que todas las causas que
actúan en el mundo tienen el carácter de causas segundas, es decir, de causas
causadas, y que todas las cosas que obran son contingentes (o no tienen en sí
mismas la causa de su ser).
Es preciso entonces buscar una Causa
Primera, causa de sí misma, que explique el ser de cuanto es y la actuación de
todas las causas segundas que en sucesión o en simultaneidad obran en el mundo.
Si lo que conocemos es, ante todo, las cosas
finitas, y si éstas no tienen en sí mismas su causa o razón de ser, será
necesario que exista una causa o razón suprema. Si esta causa fuera incognoscible
o si no existiera, habría que declarar fracasada la empresa humana de saber y
la filosofía como ciencia de las causas últimas.
TEORIAS SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS Y SU
DEMOSTRABILIDAD
La búsqueda de una Causa Primera que
explique el ser y el obrar contingentes de todas las cosas de este mundo es
precisamente la búsqueda de Dios, puesto que por Dios entendemos el ser que es
causa de sí mismo y origen primero de cuanto existe.
Sobre el problema de la existencia de Dios
ha habido distintas posiciones entre los filósofos a lo largo de los tiempos.
a) Algunos -muy escasos en la historia del
pensamiento- niegan su existencia. Son los llamados ateos. Quizá los más
característicos de la historia sean los modernos marxistas. Una forma especial
de ateísmo es el panteísmo, que identifica a Dios con el conjunto del Universo
y le niega un carácter personal y distinto del mundo. Tal es el caso de
Espinosa (siglo XVII), que ya conocemos, y de los antiguos estoicos.
b) Otros autores declaran que Dios es
incognoscible, es decir, que nada podemos saber de su existencia. Son éstos los
agnósticos, que no niegan que Dios exista, sino sólo el que podamos llegar a su
conocimiento. Cabe citar entre ellos a Kant y a los antiguos epicúreos.
c) Un tercer grupo de pensadores -el más
extenso- afirma que Dios existe, y que de algún modo podemos conocerle. Pero
entre ellos hay también distintas posiciones:
1.ª Algunos sostienen que a Dios se le
conoce de un modo directo, inmediato: que Dios se hace patente a nuestra
experiencia. Son estos los ontologistas (Malebranche, Gioberti, Rosmini, entre
otros). Para ellos no es precisa una demostración racional de la existencia de
Dios, puesto que basta una mostración de lo que es por sí mismo evidente.
2.ª Otros, los fideístas, creen que a Dios
se puede llegar por la fe, pero no por la razón. La fe es para ellos un modo de
saber, pero no racional ni basado en la razón, sino completamente ajeno a ella.
Cabe citar entre éstos a Daniel Huet (siglo XVII) y a las corrientes que dan a
la fe una fundamentación afectiva o sentimental (siglo XIX).
3.ª Otros, en fin, afirman que Dios no es
evidente (en esta vida), pero tampoco es inasequible para la razón. Según
ellos, la existencia de Dios es demostrable racionalmente. Tal es la posición
ortodoxa católica. Si Dios fuera evidente (como para los ontologistas), la fe
carecería de todo mérito moral; si fuera inasequible a la razón (como para
agnósticos y fideistas), la teología no podría ayudarse de la razón ni ésta nos
conduciría a la verdadera causa de las cosas.
DEMOSTRABILIDAD DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Cuando Pablo de Tarso entró en diálogo con
los filósofos en Atenas, empezó a hablarles del Dios desconocido, a quien se
puede «buscar y hallar a tientas, que no está lejos de nosotros, porque en El
vivimos, nos movemos y existimos». Ese es justamente el punto de partida de
nuestro tema: inevidencia de Dios y posibilidad de llegar a conocerlo.
1) Inevidencia de la existencia de Dios.-
Santo Tomás se plantea el problema en estos términos: si la existencia de Dios
es evidente de por sí, en contraposición a las evidencias mediatas por
demostración y a lo totalmente desconocido. El planteamiento es más que
hipotético; la historia de la teología registra muchas respuestas afirmativas
que vamos a recordar sucintamente. Unas son de carácter intelectual; otras son
más bien sentimentales, vitalistas o existenciales. Las primeras tienen su
máxima expresión en el Ontologismo; las segundas, en el Modernismo.
Por Ontologismo se entiende el sistema
filosófico que da a Dios prioridad lo mismo en el ser que en el conocer: Dios
es lo primero que conoce la inteligencia humana, y en él y por él conoce las
demás cosas. La denominación de ontologismo (debía ser más bien teologismo) se
debe a Gioberti (m. 1852), aunque quien pretendió justificarlo más
extensamente, a base del carácter eterno y necesario de nuestras ideas claras y
distintas, fue Malebranche (m. 1715).
Describe así el sistema el ontologista
Fabre: «El ontologismo es un sistema en el cual, después de haber probado la
realidad objetiva de las ideas generales, se establece que estas ideas no son
formas o modificaciones de nuestra alma: que no son nada creado; que son
objetos necesarios, inmutables, eternos y absolutos; que se centran en el Ser
simplemente dicho, y que este Ser infinito es la primera idea captada por
nuestro espíritu, el primer inteligible, la luz en la cual vemos todas las
verdades eternas, universales y absolutas. Los ontologistas dicen, pues, que
estas verdades eternas no pueden tener realidad fuera de la esencia eterna; de
donde concluyen que ellas no subsisten sino unidas a la sustancia divina, y que
no puede ser sino en esta sustancia donde las vemos».
Prescindiendo de la denominación moderna de
ontologismo, la historia de la supuesta intuición natural o evidencia inmediata
de Dios ofrece muchas incidencias a través de los siglos; unas veces por
influjo manifiesto de filósofos anteriores, otras veces como ocurrencias más o
menos espontáneas.
La doctrina platónica de la contemplación de
las ideas (separadas y subsistentes), especialmente de la idea de «aquella
Belleza que ni nace ni muere, que es en sí y existe por sí», puede considerarse
como un equivalente antiguo de la intuición natural de Dios. Su influjo se ha
hecho sentir en la teoría neoplatónica del conocimiento (intuición de las ideas
que subsisten en Dios) y en la agustiniana de la iluminación del Verbo.
En el siglo II, en los medios gnósticos
(Valentín, Ptolomeo), según las referencias de San Ireneo, se profesaba la
intuición inmediata de la esencia divina. En el siglo IV sobreabundan en el
mismo sentido los eunomianos, que llegan a afirmar que el hombre conoce
intuitivamente la esencia divina en este mundo tan perfectamente como Dios se
conoce a sí mismo. Diez siglos más tarde, los begardos y beguinas enseñaban,
según refiere el Concilio de Viena (1311-1312), que «cualquier naturaleza
intelectual es en sí naturalmente bienaventurada y no necesita del lumen
gloriae que la eleve para ver a Dios y gozar de él». En el siglo XV algunos
teólogos místicos de tendencia neoplatónica (Gerson y Marsilio Ficino)
reinciden en semejante intuicionismo teológico.
Doctrina afán al ontologismo, ampliamente
difundido en el siglo XIX por obra de Gioberti (m. 1852) y Rosmini (m. 1855),
aunque esencialmente diferente de él (al no profesar el intuicionismo
objetivo), es el sistema de Descartes (m. 1650) de las ideas innatas, entre las
que estaría la idea de Dios en su equivalente de infinitud y perfección. Y,
aunque no sea ni ontologista ni innatista propiamente, en esa misma línea está
el famoso argumento ontológico de San Anselmo (m. 1109), que pretende descubrir
la existencia de Dios en el mero análisis de la idea de Dios. Es otro
apriorismo subjetivista.
Los Modernistas decían tener conciencia de
la existencia de Dios por vía de experiencia religiosa, sentimental, personal,
previa a cualquier razonamiento o demostración (que, por lo demás, no es
posible, puesto que la razón humana no puede trascender el orden de los
fenómenos y de la finitud). Aunque su radical agnosticismo (con la consiguiente
negación de la teología natural y de la revelación externa) les llevaría al
ateísmo absoluto, el hecho religioso les retrajo de este extremo, y buscaron
explicación a la fe religiosa.
Esta, como hecho de vida, tiene su fundamento
en la inmanencia vital: se da en el hombre una indigencia de lo divino, a nivel
de subconsciencia, que, al ser percibida a nivel consciente por el «sensus
religiosus», origina la fe y los demás hechos religiosos. Dios es, pues, algo
incognoscible, pero sentido nebulosamente como algo divino que responde a una
indigencia vital. Esta posición teísta, aunque intelectualmente agnóstica, ha
sido cuidadosamente descrita por San Pío X en la encíclica Pascendi (1907).
La posición agnóstico-vitalista de los
modernistas de tiempos de San Pío X (Loisy, Tyrrel, Fogazzaro, Le Roy), en
cuanto a la aceptación de la existencia de Dios al margen del razonamiento y de
la intuición intelectual, conecta muy directamente con varios autores del siglo
XIX y tiene sus reflejos posteriores hasta nuestros días.
Jacobi (m. 1819) profesa una «filosofía de
la fe y del sentimiento», según la cual la existencia de Dios, como del
incondicionado, es inmediatamente evidente, no a nivel de razón, sino de
sentimiento o afecto. El sacerdote francés Gratry (m. 1872) habla de un sentido
divino por el que se establece cierto contacto con Dios en la interioridad del
yo, donde Dios reside. Ya en el siglo XVII, Tomassino (m. 1695) había hablado
de un sentido arcano con semejante función religiosa.
En lo referente al sentido de indigencia de
lo divino, el modernismo tiene mayor afinidad a n con los autores protestantes
liberales Schleiermacher (m. 1839), Ritschl (m. 1889) y Sabatier (m. 1901), que
reconocen a Dios como término de un sentimiento espontáneo de dependencia de lo
infinito, cuya existencia resulta indudable, aunque su contenido esencial sea
confuso. A Dios no se le demuestra racionalmente, se le siente en el corazón.
Posteriormente a la encíclica Pascendi,
dependiendo de o coincidiendo con los modernistas y predecesores, la idea de un
contacto preconceptual o de un sentimiento de lo divino, previo o al margen del
razonamiento metafísico, se encuentra en varios autores de nuestro siglo,
algunos de los cuales (Bergson y Blondel, por ejemplo) ya habían expuesto
pensamiento antes de los modernistas. Tal ocurre con Max Scheller (m. 1927) con
su captación religiosa de Dios, por vía de amor, como valor originario; con
Rodolfo Otto (m. 1937) con su sentimiento de lo numinoso; con Bergson (m. 1941)
para quien la religión es parte del plan vital, y la existencia de Dios se
percibe místicamente en este dinamismo inmanente.
Tal como se observa -decía él- en la vida de
los santos; con Blondel (m. 1949), para quien el único camino de acceso a Dios es
la «acción vital» que, en la totalidad de su exigencia, postula la existencia
de Dios; con Lavelle (m. 1951), con su fe existencial en la existencia de Dios,
previa a las pruebas que la justifiquen; con Gabriel Marcel (m. 1974), con su
intuición de la copresencia de Dios en la oración, que da evidencia, previa
también a toda prueba, de su existencia; con Carlos Rahner, con su aprehensión
preconceptual (de signo heideggeriano) de Dios.
La solución crítica de este primer problema
incluye las razones positivas de la inevidencia de la existencia de Dios y la
valoración de las actitudes ontologista y modernista.
A) Por qué Dios nos está oculto. La mayor
testificación de la no evidencia natural de la existencia de Dios es el hecho,
tan frecuente en nuestros días, del ateísmo teórico, en sus modalidades de
ignorancia y de positiva negación de Dios. Es un hecho, si no siempre sincero y
menos veces quizá justificable, suficientemente amplio para ser decisivo contra
la supuesta evidencia natural de Dios.
La razón positiva de esta inevidencia no es
ciertamente la dificultad en ver la conjunción de predicado y sujeto en la
proposición Dios existe o Dios es existente (como cuando nos preguntamos si tal
hombre ausente existe o dejó de existir), sino la trascendencia de lo divino
respecto de nuestro ámbito de conocimiento natural y espontáneo, que es el ser
de las cosas sensibles, objeto propio o connatural del humano entendimiento. Lo
que está más allá del ser de las cosas sensibles e imaginables no nos es
accesible sino a fuerza de abstracción formal y de discurso, es decir, de
mediación gnoseológica. Antes aludíamos al lastre imaginativo con que se
desenvolvía el mismo idealismo kantiano de las ideas puras.
Cuando Santo Tomás se preguntó que si la
existencia de Dios era evidente por sí misma, «utrum Deum esse sit per se
notum», contestó negativamente, pero precisando que esta no notoriedad es
respecto del entendimiento humano, esto es, «quoad nos», no objetivamente,
«quoad se», a nivel noético de pura inteligencia.
Es decir, objetivamente al existir le
compete a Dios inmediata y necesariamente: el predicado es de la esencia del
sujeto, y así es cognoscible y conocido por Dios mismo y por el hombre cuando
entra sobrenaturalmente en el nivel noético de Dios, como ocurre en la visión
beatífica, al decir de los teólogos. Pero los horizontes de percepción del
hombre mortal son más reducidos en cuanto a lo «per se notum». Nos son obvias,
por ejemplo, las proposiciones yo existo, yo soy corpóreo, yo leo, aunque sean
menos consistentes ontológicamente (yo puedo pude dejar de leer o de existir) y
menos perceptibles para un observador lejano que las proposiciones axiomáticas
de orden metafísico. Esta relatividad de la evidencia la veremos extenderse
incluso al conocimiento discursivo.
B) La posición ontologista ni es obvia ni su
razonamiento es correcto. Ni aun suponiendo que ellos tuvieran conciencia de la
intuición de Dios podrían dar carácter universal al fenómeno, y menos a título
de naturaleza, dado que los demás hombres no tienen conciencia de tal
intuición, y muchos la niegan positivamente al reflexionar con ellos sobre el
tema.
La inferencia de la prioridad noética de
Dios en nuestro conocimiento en razón de su prioridad ontológica en nuestro ser
y obrar es incorrecta, porque o se confunde el orden del ser y el del conocer o
se suponen paralelos, cuando en el orden humano suelen ser inversos: solemos
conocer Ultimamente lo que es primordial en el ser: llegamos al conocimiento de
las causas por sus efectos, al de la sustancia por los accidentes, al de los
orígenes por las derivaciones.
Tampoco cabe concluir o suponer un trasfondo
divino en nuestro conocimiento en razón del carácter «eterno» y «necesario» de
ciertos conceptos nuestros, porque tal eternidad y necesidad no son la eternidad
y necesidad de Dios, sino unos atributos propios de estos conceptos, expresados
negativamente, esto es, en lo que tienen de independencia del devenir temporal
y contingente. En realidad nuestros conceptos nacen en nuestra mente, de ella
dependen subjetivamente y a ella corresponden en cuanto a su contenido objetivo
natural. Es como si de la ficción imaginativo racional del espacio infinito
pasásemos a identificar a Dios con el infinito espacial de nuestra invención.
La eternidad, necesidad e infinitud que son atributos de Dios, solamente de
Dios son conocidos naturalmente.
Tan artificioso e inconsistente es el
argumento de San Anselmo (llamado ontológico por Kant, según su propia
terminología) al pretender dar por incluida la existencia de Dios en la
autopercepción del concepto de Dios como de lo mayor («quo maius cogitari non
potest»), que debería incluir la existencia «et in intellectu et in re». Pero
este concepto de Dios como de algo existente en el pensamiento y en realidad no
deja de ser un pensamiento, de cuya verdad objetiva no consta sin más. Pensar
que una cosa existe no es argumento de su existencia, y menos razón obvia. La
crítica histórica da razón de ello continuamente. «No se puede argüir -le
contesta Santo Tomás - que exista realmente (Dios pensado como lo mayor), si no
es suponiendo que se da en la realidad algo, mayor que lo cual no se puede
pensar nada, que es lo que no conceden los ateos».
C) La posición modernista y afines, de
experiencia religiosa, de índole sentimental al margen del conocimiento
conceptual, ni nos da ni refleja una conciencia primaria de la existencia de
Dios, sino de una vivencia religiosa subjetiva sumamente vaga de contenido,
cuya correspondencia con Dios no se patentiza ni se demuestra. Si los
modernistas se muestran tan agnósticos en cuanto a la objetividad de nuestros
conceptos, ¿cómo se mostrarán tan crédulos en cuanto al contenido objetivo y
trascendente (Dios) de una vaga experiencia religiosa? Porque no es lo mismo
experiencia de Dios que sentido de limitación e indigencia vital, de religación
inefable.
El realismo de esas vivencias y de la
infinidad de aspiraciones del corazón humano puede tener explicación en la
amplitud del objeto de la voluntad (el bien en común) y en su trascendencia
sobre el apetito sensitivo. Pero esto no se puede traducir sin más por el
sentido de Dios, que es un bien concreto, a no ser cuando se da por conocido
previamente, máxime si interviene el factor gracia, como ocurre en la
experiencia mística de los santos cristianos. De hecho, los autores modernistas
partían de una fe cristiana en Dios, más o menos vivida pero ciertamente
conocida. Pero aun desde la fe proclamaba Isaías: «En verdad eres un Dios
escondido».
La supuesta comunicación personal o
experiencia trascendental más o menos explícita, pero previa a la
conceptualización, de la existencia de Dios (Rahner) se afirma demasiado
gratuitamente para que convenza. Pero es que además una comunicación personal
preconceptual de Dios al hombre compromete la incomunicabilidad ontológica de
la persona, cuya apertura manifiesta al otro es por vía de conocimiento y amor.
La huida del realismo crítico se paga cara cuando se trata de razonar las
propias opciones sistemáticas.
2) Posibilidad de llegar a conocer la
existencia de Dios.- Dios no nos es evidente y mostrable, pero sí demostrable.
Por demostración se entiende un conocimiento mediato, objetivo y cierto.
Tratándose del conocimiento de Dios, debe darse por supuesto que no se trata de
una demostración «a priori» en el sentido riguroso aristotélico (como si Dios
pudiese ser efecto real de algo anterior existente), sino «a posteriori», a
través de efectos que lo notifiquen.
También este tema tiene una larga y variada
historia, que vamos a reseñar brevemente. Frente a quienes pensaron y piensan
que la existencia de Dios se puede demostrar racionalmente tomando como medio
objetivo la realidad observable de este mundo, otros pensaron o piensan que no
cabe ni este ni otro género de demostración. También se registran conatos de
demostración poco críticos.
Los que niegan la posibilidad de la
demostración, no todos son ateos. Hay entre ellos quienes profesan la
existencia de Dios debido a la fe, a la tradición de los antepasados o
postulados de razón práctica. Así como en el apartado a) distinguíamos dos
vivencias inmediatas de Dios, una intelectual y otra sentimental, así en este
apartado b) distinguiremos dos aceptaciones mediatas de Dios, una
intelectual-racional y otra al margen del razonamiento especulativo. Opuestos a
cualquier aceptación de la existencia de Dios son los agnósticos ateos:
Agnosticismo fideísta. La razón, sobre todo
después del pecado original, es incapaz de conocer naturalmente la existencia
de Dios y sus atributos. Sólo por la revelación y la fe tenemos acceso a Dios.
En el siglo XII, el judío cordobés Moisés
Maimónides abundaba en esta apreciación oída a otros. En el siglo XIV es tesis
frecuente entre los nominalistas, muy singularmente en Occam (m. 1349) y en
Nicolás de Autricuria (m. 1350), llamado el Hume de la Edad Media. En el siglo
XVI, Lutero, que tenía a honor ser discípulo de Occam, acentúa la posición
agnóstica en razón de su pesimismo sobre la condición de la naturaleza humana
después del pecado original. En el siglo XVII, Miguel de Molinos (m. 1696)
adopta una posición netamente fideísta con su misticismo quietista.
En esa misma línea están Cornelio Jansenio
(m. 1638) y Blas Pascal (m. 1662), tan fácilmente citado en los agnósticos
posteriores. En el siglo XIX es Luis Eugenio Bautain (m. 1869) quien mantiene y
sistematiza esta ideología, que él llama Fideísmo en su obra Philosophie du
Christianisme. En nuestro siglo, el gran propugnador del agnosticismo fideísta
fue el teólogo protestante K. Barth (m. 1969). Según él, los que creen
demostrar la existencia de Dios, en realidad no llegan al Dios de la
revelación, sino a una proyección mental de sus discursos, cayendo en una
cierta idolatría. Le parecía que la teología católica se fundaba toda en la
«analogía entis», que él considera invención del anticristo.
Agnosticismo tradicionalista. Es un fideísmo
más generalizado. No sólo la verdad sobre la existencia de Dios, sino que toda,
por elemental que sea, tiene su único origen en la tradición, cuyo vehículo es
la palabra, don originario de Dios. La palabra no es expresión del concepto,
sino el origen del mismo. El máximo criterio de certeza es el testimonio de la
comunidad. Principales representantes de esta actitud son Luis de Bonald (m.
1840). De La Mennais (m. 1854) y Bonnetty (m. 1879). Actualmente, y desde una
perspectiva más bien positivista, el teólogo protestante Paul M. van Buren no
reconoce otra vía de acceso crítico a la realidad que el análisis del lenguaje.
Agnosticismo kantiano. Según Kant ( m.1804),
el único conocimiento científico o teóricamente válido es el que resulta de la
síntesis de la experiencia y de las categorías de nuestro entendimiento, esto
es, los juicios sintéticos «a priori» que se dan en la matemática y en la nueva
física. De ahí que la metafísica o la teología, al no versar sobre materia experimentable,
carecen de objeto científico; Dios ni es intuido inmediatamente, ni está
comprendido en el nexo de la experiencia. Sin embargo, Kant no fue ateo; aparte
de su fe religiosa de familia, que conservó siempre, la existencia de Dios le
parecía exigida por la razón práctica, para remuneración de la vida humana.
Agnosticismo positivista. El positivismo
nominalista del siglo XIV, cuyo postulado fundamental era la negación del
conocimiento conceptual de los universales, reduciendo al singular el ámbito del
conocimiento válido, en los siglos XVIII y siguientes se autoconstituye en
único saber científico y deriva en las naturales consecuencias teológicas. Para
Hume (m. 1776), no hay más conocimiento válido que la experiencia sensible. El
supuesto nexo causal de los fenómenos y el principio de causalidad, al no ser
sensibles, carecen de valor. Stuart Mill (m. 1873) abunda en el mismo empirismo
agnóstico. No tiene inconveniente en hablar de la causalidad física, pero
entendiéndola exclusivamente dentro del orden sensible de los fenómenos, sin
dar lugar a la supuesta causalidad eficiente de los metafísicos.
Con Augusto Comte (m. 1857) el positivismo
agnóstico (= no hay más conocimiento válido que el intuitivo y sensible) no
sólo socava los fundamentos de la demostración de la existencia de Dios, sino
también de toda creencia religiosa: la fe religiosa no se funda en una
intuición sensible; por tanto, es vana, es un residuo del primitivo estado
teológico o infantil de la humanidad, que ha sufrido crisis en el estado
metafísico de la época moderna, y terminará desapareciendo en el estado
positivo del positivismo, tan utópicamente profetizado por Comte. En
contrapartida, Comte instituyó la religión de la humanidad, suplantando a Dios
por la humanidad, y autoconstituyéndose primer gran sacerdote de la misma.
El positivismo agnóstico no establece
exprofeso la inexistencia de Dios, pero la dejó sin base, ya que, según sentó
el positivista Littré (m. 1881) «las cosas acontecen como si no existiera». El
paso del agnosticismo o ateísmo gnoseológico al ateísmo positivo y militante
(antiteísmo) sobrevendrá con el positivismo materialista del siglo XIX, en cuyo
inicio aparece la Enciclopedia de los Sin Dios (1800), de Pedro Maréchal, y que
tendrá su mayor éxito a partir de 1840. Representante teórico máximo de esta
actitud es Feuerbach (m. 1872), que pretendió reducir la teología a
antropología materialista, proclamando al hombre único Dios del hombre. Poco
después, Nietzsche (m. 1900) proclamará la muerte de Dios y la aparición del
superhombre.
El actual neopositivismo no suele
presentarse tan exclusivista en cuanto a valor científico de su saber, bien
acreditado en el ámbito de la físico-matemática, sin cerrarse, por
consiguiente, a la posibilidad de otras vías de acceso al conocimiento de Dios.
Como no todos los agnósticos son ateos
(aunque lo hayan sido los principales representantes del agnosticismo
positivista, máxime los de signo materialista), no se puede identificar la
cuestión de la demostrabilidad de la existencia de Dios con la de su
existencia. Dejemos, pues, el tema del ateísmo para el apartado siguiente, y
veamos ahora, positiva y negativamente, las bases noéticas de dicha
demostrabilidad.
A) Bases noéticas de la demostrabilidad de
la existencia de Dios. En general, la demostración «a posteriori», del efecto a
su propia causa, es posible y válida, ya que los efectos nos son frecuentemente
más conocidos que sus causas. Por eso, dado y conocido un efecto, se puede
conocer la existencia de su propia causa, y sus notas fundamentales, reveladas
en el modo de ser del efecto. Ahora bien: la Metafísica, al someter a su objeto
a último análisis, en visualización formal propia, es decir, en el tercer grado
de abstracción formal, puede descubrir en él los caracteres de efectualidad, de
dependencia causal, postulada por su inconsistencia ontológica en el existir,
lo cual es punto de partida para un discurso ascendente que nos lleva a la
causa propia del ser que estudia la Metafísica: Dios.
La validez de este modo de argumentar supone
varias cosas de orden gnoseológico-metafísico.
1. El realismo de un área o ámbito del ser más profundo
y amplio que el ámbito de lo sensible y de lo cuanto; y, proporcionalmente, por
parte de la mente humana, una capacidad de captación del ser más allá de la
aprensión sensible y experimentable (que realiza la física) y de lo imaginable
cuanto (con que opera la matemática). Se trata de la noción del ser en el
tercer grado de abstracción formal, con su fundamento objetivo en que se
desenvuelve toda la metafísica.
- La existencia de una auténtica causalidad
eficiente, más allá de la mera sucesión de los fenómenos, y el valor
objetivo u ontológico del principio de causalidad, que Santo Tomás
enunciaba así: «Porque el efecto depende de la causa, puesto el efecto, es
necesario que la causa exista».
- El concepto de causa «propia», que es aquella de
la que depende el efecto primordialmente («per se primo»), esto es,
inmediata y necesariamente, como efecto propio, que viene a ser como su
propiedad expansiva («ad extra»), bien sea en cuanto al «fieri» o en
cuanto al ser resultante.
- El carácter análogo (no unívoco) de las nociones
de ser, de causa y del mismo principio de causalidad: dado un efecto y el
modo del efecto, hay que suponer una causa conforme a su modo. Por eso, si
este mundo o algún fenómeno de el revela una efectualidad a nivel del ser,
de orden trascendental, tenemos el camino abierto a la indagación de una
causa superior a ese orden.
- Supone, finalmente, la condición factual de las
cosas observables de este mundo. Esto en una observación elemental no es
difícil de descubrirlo (mil modos de dependencias empíricas, atendidas por
la ciencia positiva), pero a mayor profundidad, hasta ver su condición de
efectualidad absoluta, a nivel óntico, con dependencia de algo
trascendente, ya no es fácil. En este descubrimiento va a consistir
precisamente la prueba de la existencia de Dios, de la que nos vamos a
ocupar en seguida.
En
pocas palabras, la Teología Natural basa su posibilidad de llegar al
conocimiento de la existencia de Dios en la consistencia crítica del objeto de
la Metafísica, en la capacidad y posibilidad de la mente humana de operar con
conceptos metaempíricos, irreductibles a la imagen sensible o imaginaria, y en
la condición del mundo observable, que necesita de una razón de ser extrínseca
al mismo.
Sin
apelar aquí a la mayor certeza que esta posición tiene en Sagrada Teología, y
ateniéndonos sólo al valor de un testimonio humano calificado, notemos que la
Iglesia católica, amén de las reiteradas reprobaciones del agnosticismo
teológico, en el Concilio Vaticano I (Ses. 3, cap. 2, canon l) definió como
dogma de fe que la razón humana puede conocer naturalmente y con certeza la
existencia del verdadero Dios a través de las creaturas, como indican las Sagradas
Escrituras.
B)
El agnosticismo falla en la exclusividad que da al conocimiento intuitivo
sensible: hay conceptos que, por su universalidad e independencia de lo físico
cuantitativo (ser, verdad, análisis abstractivo, etc.), no pueden reducirse a
la imagen singular sensible. El criticismo kantiano explica estas notas por las
formas subjetivas «a priori», pero a costa de caer en dificultades más
generales. El agnosticismo positivista recurre a unas lucubraciones
fantásticas, totalmente alejadas de la experiencia sensible, que indican que el
hombre es capaz de razonamientos que desbordan el singular observable; que
entender es más que sentir y que el hecho religioso no tiene explicación en los
presupuestos agnósticos.
DEMOSTRACION
DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Abierto
el camino de la demostrabilidad de la existencia de Dios, nos queda ahora el
recorrerlo.
Una
pregunta que surge, antes y después de la demostración, es sobre la facilidad o
dificultad de ese camino. La respuesta (que condiciona éticamente la responsabilidad
de los ateos) ha sido históricamente varia. Muchos pensadores cristianos
primitivos daban por supuesto que se trataba de un camino fácil, inducidos a
pensar así por el libro de la Sabiduría (cap. 13) y por la carta de San Pablo a
los Romanos que hablan de conocimiento fácil de Dios a través de las criaturas
y de inexcusabilidad de los ateos.
En
contra de esta facilidad están: el hecho tan frecuente de ateos teóricos
sinceros, la discusión existente entre los especialistas sobre el valor probativo
de las «vías» de demostración, y el testimonio del mismo Santo Tomás, que aduce
como razón de conveniencia de la divina revelación para conocer la verdad
natural sobre Dios el que «de lo contrario la conocerían pocos, después de
mucho tiempo, y con mezcla de muchos errores».
Pienso
que la respuesta debe ser dada con una doble distinción: el conocimiento de la
existencia de Dios es difícil, como término de un proceso metódico y
científico, rigurosamente crítico, que lleve a un Dios trascendente y personal.
Pero un conocimiento precrítico, cuasi espontáneo de Dios a través del
espectáculo de la naturaleza y del fenómeno de la propia conciencia, resulta
fácil para un hombre normalmente educado, sin deformaciones intelectuales
(prejuicios) o morales (vicios); en cambio, ha de resultar muy difícil para el
hombre agnóstico o de vida moral desordenada, que chocaría instintivamente con
una idea de Dios que comprometiese consecuentemente su vida.
En
el capítulo anterior, la tesis de la demostrabilidad era contraria tanto a la
supuesta evidencia intuicionista como a la insalvable oscuridad agnóstica. En
el presente, la certeza mediata, por demostración, hace frente no sólo a los
ateos agnósticos, sino también a los ateos positivos, que, además de negar la
demostrabilidad (como los anteriores), sostienen positivamente la inexistencia
de Dios.
Santo
Tomás, al cuestionarse «utrum Deus sit» (si existe Dios), redujo a dos las
razones del ateo teórico: el hecho del mal en el mundo, que parece acusar la
inexistencia de un Dios infinitamente bueno y poderoso (que hubiese querido y
podido remediarlo), y su inutilidad, porque todo lo que ocurre en el mundo se
explica o puede explicarse por causas intramundas, necesarias o libres.
Estos
dos motivos teóricos siguen pesando en el ateísmo actual, en el que inciden,
sin embargo, otras motivaciones que explican sus notas características de
universalidad (fenómenos masivos a todos los niveles culturales) y de
positividad (una cierta mística de la muerte de Dios: «era preciso que muriese»
-Nietzsche-). Procederemos, pues, escalonadamente en cuatro momentos: breve
descripción del ateísmo y de sus motivaciones actuales; pruebas de la
existencia de Dios; análisis críticos de otras pruebas inválidas o incompletas;
respuesta a las razones teóricas del ateo.
1)
El ateísmo y sus motivaciones actuales.- Clemente de Alejandría explicaba que
«ateo es el que piensa que Dios no existe». El término «ateísmo» está en uso en
la antigüedad precristiana. Ya decía Filón de Alejandría que «el ateísmo es el
peor de los males». El papa Juan XXIII, en la Constitución Apostólica de
convocación del Concilio Vaticano II, hablaba de «un hecho completamente nuevo
y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha
invadido ya a muchos pueblos». Prescindimos de las personas, para describir sus
modos y motivos de la forma más sintética posible.
Los
modos y grados del ateísmo son: Simplemente práctico (con reconocimiento
teórico de la existencia de Dios), con dos grados: ateísmo negativo (no da sentido
teísta a su vida práctica, vive sin compromiso religioso) y ateísmo
postulatorio (más que por negligencia, elige no pensar en las consecuencias
prácticas de su teísmo-teórico), y teórico-práctico, también con dos grados:
ateísmo negativo: no reconocimiento de Dios en principio, bien por indiferencia
o insensibilidad total (no sentir el problema), bien en razón del agnosticismo
metodológico (porque no podemos saberlo); y ateísmo positivo (= «militante» o
antiteísmo), que bien rechaza a un Dios mal supuesto, que es irreal para los
mismos teístas, o rechaza la idea del Dios de verdad, con los atributos que le
atribuyen auténticamente los teístas, y esto o porque no es necesario, sino más
bien estorba a nuestra autonomía (nos enajena), o porque resulta absurdo en sus
atributos (bondad, necesidad, inmutabilidad).
Las
motivaciones del ateísmo actual. Habrá que distinguir motivaciones o
antecedentes en el pensador ateo suscitando opinión o conjugándose con
apreciaciones personales, y motivaciones personales, que serán, en definitiva,
las que den crédito a las históricas.
A
partir del siglo XVIII (en que el ateísmo parece haber adquirido carta de
ciudadanía en Occidente) cabe reseñar los siguientes antecedentes:
1. El positivismo sensista, desde los empiristas de los
siglos XVIII-XIX hasta el actual neopositivismo. Sus presupuestos metodológicos
(sólo vale lo observable o verificable) y su delimitación del campo de la
verdad científica a lo empírico, con sus indudables éxitos «científicos», son
una buena predisposición para un «habitus» de pensamiento ateo. El paso entre
el «no poder saber que existe» y el «no existe» resulta muy fácil.
- El iluminismo y racionalismo. La autosuficiencia
de facultad (la Razón) para conocerlo todo (cerrándose a la posible
revelación), y la suficiencia de objeto material y mundano, sin necesidad
de realidades ultraterrenas, preparó el ambiente ideológico para una
visión atea del mundo y de la vida. Por lo demás, tanto iluminismo y tanta
evidencia racionalista predispusieron, por reacción, al llamado comúnmente
agnóstico.
- El materialismo dialéctico. El paso del
absolutismo idealista alemán al materialismo dialéctico (Hegel-Feuerbach-
Marx) marca para gran parte de Europa y Asia el antecedente histórico más
notable del fenómeno del ateísmo masivo de nuestros días. Su sistema
materialista, abierto a la flexibilidad historicista; la interpretación
peyorativa de la religión (con la difusión de los «slogans» de Feuerbach y
Marx «la religión es una alienación», «la religión es el opio del pueblo»);
la presentación de un humanismo social y escatológico ateo, junto con el
absolutismo político, son los grandes recursos para un ateísmo militante y
confiado.
- El humanismo existencial ateo. Es, en nuestro
mundo occidental, al lado del neopositivismo, el factor vital, cultural y
filosófico más influyente en profundidad y extensión: filosofía,
literatura, cine, costumbres. Un acentuado inmanetismo, generalmente
pesimista y agnóstico, junto con la sublimación de la libertad a la más
absoluta autonomía existencial, cierra el camino al concepto de Dios y a
una vida dependiente. «El Dios que todo lo veía, hasta al mismo hombre,
tenía que morir. El hombre no soporta que un testigo semejante viva»
(Nietzsche). «Dios no existe. ¡Alegría, lágrimas de alegría! ¡Aleluya!
Loco, no pegues; te estoy libertando y libertándome. No más cielo; no más
infierno; sólo la Tierra» (Sartre).
Las
motivaciones inmediatas, personales (en las que se pueden integrar las
históricas, como es obvio en las personas cultas), unas son positivas, otras
negativas; unas internas y otras externas o ambientales. En ese orden podemos
enumerar las siguientes:
a. La dificultad natural del conocimiento cierto de la
existencia de Dios y de la compaginación de sus atributos, como el de la
inmutabilidad frente a un mundo contingente, el de la providencia infalible
frente al acontecer libre, el de la bondad frente al hecho del mal.
- El compromiso moral difícil que lleva consigo
una aceptación sincera y consecuente de la existencia de Dios; y máxime si
operan disposiciones morales en contrario. La opción por no comprometer la
vida resta fuerza a la búsqueda especulativa de Dios. Ninguna descripción
mejor al respecto que aquella de Cristo: «Todo el que obra mal, aborrece
la luz, y no viene a la luz porque sus obras no sean reprendidas» (Jn 3,
20).
- Frecuentes deformaciones ideológicas en sentido
agnóstico y libertario y la consiguiente (o antecedente) sobrepreciación
de la dignidad y libertad del hombre como valores absolutos: el
endiosamiento del «homo homini deus».
- El ambiente social de autosuficiencia humana con
el impresionante desarrollo de la ciencia y de la técnica utilitaria. Todo
se puede resolver humanamente sin necesidad de Dios; y lo que no está al
alcance del hombre no interesa, no es cosa nuestra.
- La lucha positiva antirreligiosa en sus diversas
modalidades: desde la programación antiteísta de la educación hasta la
presentación caricaturesca del hecho religioso y de sus fundamentos.
- Insensibilidad religiosa por la absorción de la
atención por estímulos más elementales, especialmente en los medios
urbanos. Falta ambiente para la reflexión religiosa.
- Falta de formación religiosa suficiente,
proporcionada al propio nivel cultural y a las propias responsabilidades.
Es natural que a la crisis moderna de la metafísica acompañe una crisis
teológica.
- Una acusada falta de personalidad
intelectual-afectiva, indispensable para acceder a la opción religiosa o
mantenerse en ella en un ambiente laicista o positivamente hostil.
- La deficiencia en la enseñanza teológica y en la
expresión cultural, fáciles a la crítica negativa y a la irrisión de
aquellos que, por lo que sea, tampoco se esfuerzan en discernir lo
auténtico o esencial de la religión de las adyacencias más o menos
ilegítimas o de las apreciaciones personales. Difícilmente se encontrará
un teórico antiteísta (piénsese, por ejemplo, en un Voltaire o en un
Feuerbach) que conozca a fondo lo que combate.
- La observación de un comportamiento social de
los creyentes o teístas poco congruente con sus convicciones metafísicas,
que pueden servir de motivo o de pretexto para mantener una actitud
escéptica.
2)
Las cinco vías para demostrar la existencia de Dios.- Aunque haya sido Santo
Tomás el gran artífice de las cinco vías en su estructuración científica
definitiva, todas ellas cuentan con antecedentes, bien en los filósofos
precristianos, bien en la Sagrada Escritura, bien en los pensadores cristianos
y arábigo-judíos anteriores, cosa que no es difícil comprobar documentalmente.
Antes de entrar a exponerlas separadamente, pienso que será oportuno hacer
algunas precisiones sobre su estructuración común y sobre su adecuación
numérica (por qué precisamente cinco, ni más ni menos).
El
descubrimiento de Dios, existente a través de las creaturas, y, por tanto, la
estructura de las vías de acceso se basan -según queda dicho- en la correlación
causal de dependencia existencial de las cosas respecto a Dios. El hilo no
puede ser otro que la causalidad eficiente, por ser ésta la única causa
extrínseca que causa existencial e inmediatamente (pues la final y la ejemplar
no causan existencialmente si no es a través de la eficiente). El ascenso a
Dios consiste en recorrer gnoseológicamente y «a posteriori» la vía o vías de
dependencia ontológica originaria de las cosas. Hay tres grados o momentos:
A)
Un punto de partida o pista de despliegue: una realidad o fenómeno que nos es
indudablemente conocido, y cuyo primer análisis empírico nos revela su carácter
factual, de dependencia real. El hombre despreocupado contempla el dato sin problematizarse
nada; el físico la estudia físicamente; el matemático establece relaciones
cuantitativas; el metafísico lo mira a mayor profundidad, en el tercer grado de
inteligibilidad o abstracción formal: como una modalidad del ser. En el
movimiento, por ejemplo, intuye un paso de la potencia al acto; en la muerte,
un paso del ser al no ser.
B)
Un proceso cognoscitivo de resolución explicativa, inverso al proceso causal
ontológico que se va descubriendo, apoyado en el principio de causalidad
eficiente, «visualizado» también metafísicamente: todo efecto, contemplado en
el orden del ser, presupone una causa de ese orden, sin proceso infinito. En
este proceso no se busca un sucedáneo de la explicación física del fenómeno
(que debe haberla, conózcase o no), sino su trasfondo óntico, a último nivel de
inteligibilidad. Si este cuerpo es movido sensiblemente, indudablemente una
causa física lo movió y se puede indagar cual sea ella; pero en ese movimiento
físico hubo una actualización existencial, un cambio en el ser, y ello orienta
la indagación hacia la fuente explicativa del ser que deviene, puesto que el
motor inmediato no explica adecuadamente el fenómeno.
C)
El término de la vía, ya que no se puede estar ascendiendo indefinidamente en
busca del principio real explicativo de un fenómeno existente, cuando el
proceso se establece entre causas esencialmente subordinadas en su ejercicio
causal, como es el caso.
La
diferencia, pues, de las vías no está en el segundo grado (principio común de
causalidad eficiente) ni en el tercer grado (Primera Causa de los seres
creados) sino en el primer grado, en la pista de despliegue explicativo, esto
es, en las diversas manifestaciones de dependencia causal que se pueden
advertir en las cosas o fenómenos que contemplamos. Y esto puede darse a
diversos niveles, según las diversas clases de movimiento (físico o
psicológico), de orden (externo o interno)... que se consideren, dando lugar a
subdivisiones accidentales de las vías.
¿Por
qué cinco vías? Santo Tomás, su genial artífice, no se detuvo a dar
reflexivamente razón de este número. No obstante, su clasificación se ha hecho
clásica, y la misma Iglesia declara que las pruebas tomistas «son hoy, como en
la Edad Media, de un valor probativo firmísimo» (Pío XI), «itinerario de la mente
hacia Dios expedito y seguro» (Pío XII). El mismo Santo Tomás, tan modesto como
magnánimo, las consideraba irrefragables.
El
que sean cinco precisamente y expuestas pedagógicamente en el orden establecido
de hecho por Santo Tomás, tiene, a mi entender, la siguiente explicación: El
punto de partida de las vías, que es lo que las diversifica, es algo
inmediatamente perceptible en que es fácil descubrir dependencia de alguna
causa eficiente, esto es, su condición de efectualidad, sobre la que va a
operar gnoseológicamente el principio de causalidad.
Ahora
bien, las cosas que están al alcance de nuestra percepción se pueden considerar
o bien absolutamente (cada una en sí misma), o bien relativamente
(constituyendo un orden o correlación). En el primer aspecto se nos ofrecen el
movimiento, en sus dos vertientes de pasión (lo que se mueve) y de acción (lo
que mueve), y las cosas estáticas, que pueden revelar su contingencia o
dependencia causal bien en cuanto a la existencia (porque empiezan o dejan de
existir), o bien en cuanto a la esencia (por tenerla participada).
Son
cinco consideraciones del mundo perceptible de lo factual que dan pie a las
cinco vías, y precisamente en ese orden, porque la consideración absoluta debe
preceder a la relativa; el movimiento nos es más perceptible bajo el aspecto de
dependencia, que las cosas estáticas; la existencia se nos ofrece más
contingente que la esencia real. Podríamos expresarlo en el siguiente esquema:
Efectualidad
de lo perceptible de este mundo:
Absolutamente
1.
Orden dinámico o movimiento:
A)
Considerado pasivamente:
ser
movido = primera vía.
B)
Considerado activamente: mover o causar = segunda vía.
2.
Orden estático:
A)
De existencia: cosas que existen contingentemente = tercera vía.
B)
De esencia: perfecciones participadas = cuarta vía.
Relativamente,
constituyendo un conjunto ordenado = quinta vía.
Primera
vía: El movimiento como actuación del móvil. La formuló así Santo Tomás : «Es
cierto y consta por el sentido que en este mundo algunas cosas son movidas.
Pero todo lo que es movido es movido por otro ('Omne quod movetur ab alio
movetur')... Por tanto, si lo que mueve es movido a su vez, ha de ser movido
por otro, y éste por otro. Más así no se puede proceder hasta el infinito...
Luego es necesario llegar a algún primer motor que no es movido por nada; y
éste todos entienden que es Dios». En este razonamiento (cuyas partes
accesorias explicativas dejamos en puntos suspensivos) hay cuatro partes: punto
de partida de la vía, formulación pertinente del principio de causalidad,
negación de un proceso infinito de motores, y término.
A)
Comienzo de la vía. Es la existencia manifiesta del movimiento en el mundo,
bajo el aspecto pasivo («moveri»). Se trata del movimiento físico, experimental
(«sensu constat»), pero entendido metafísicamente, como paso de la potencia al
acto, como se explica en el contexto. En realidad, solamente entendiendo el
movimiento así (metafísica y analógicamente), puede ser correcto el paso del
último movimiento al primer motor, de la creatura a Dios, ya que este nexo no
puede ser físico-experimental.
Como
queda advertido, no sólo en la primera vía, sino en todas ellas, si bien se
parte de un hecho sensible, físico, o de un dato experimental, este dato es
visualizado metafísicamente, trascendiendo sus relaciones unívocas.
Precisamente por eso es posible trascender el orden sensible. Es decir, todas
las vías proceden metafísicamente, aunque partan de datos empíricos. De ahí su
realismo y su fuerza argumental. Si a la primera se la llama física; a la
tercera, existencial; a la cuarta, metafísica, y a la quinta, teleológica, se
trata de denominaciones accidentales en razón del punto de partida tomado
materialmente.
B)
Primer grado del proceso. El movimiento es paso de la potencia al acto, que no
puede realizarlo más que un ser en acto. Y como no es posible que algo está a
la vez y bajo el mismo aspecto en potencia y en acto (sería ser y no ser), nada
se puede mover a sí mismo bajo el mismo aspecto. De ahí el principio analítico
de causalidad eficiente enunciado aquí («quod movetur ab alio movetur») que se
resuelve inmediatamente en el principio de contradicción: si se moviese a sí
mismo, podría dar lo que no tiene (actuación), sería lo que no es.
Ni
los mismos vivientes, que se definen como «se moventes» (la vida = movimiento
ab intrínseco), se exceptúan, dado que, al ser complejos, tienen parte motora y
parte movida, y la parte motora está abierta a mociones extrínsecas, sean de
orden físico o de orden metafísico. La observación del movimiento del hombre
(locomoción-ordenación cerebral-apetito-imperio de la razón-elección) puede
ilustrar bien este proceso de resolución causal.
C)
Segundo grado del proceso. La imposibilidad de la serie infinita de motores
resulta clara tratándose de mociones esencialmente subordinadas. En el supuesto
proceso infinito, dice Santo Tomás, «no habría un primer motor y, por tanto,
tampoco ningún otro, porque los motores subordinados no mueven si no es siendo
movidos por el primero, como el bastón no mueve si no es movido por la mano».
En
otro sitio dice que al más indocto resultaría ridículo pensar en una serie de
sierras serrando sin impulso del carpintero. Problema distinto es el de la
posibilidad de una serie indefinida, al menos potencialmente, de mociones no
esencialmente subordinadas, en el que no vamos a entrar aquí.
Una
objeción ingeniosa a este paso es la siguiente: si se niega la posibilidad del
proceso infinito, ¿no se niega la distancia infinita que media entre el mundo y
el Dios que se pretende demostrar? No, son aspectos distintos: la infinitud que
media entre Dios y la creatura es de perfección, no de distancia ni de
mediación causal, ya que en este sentido nos es sumamente presente, como
trataremos de ver más adelante.
D)
Término de la vía: Es necesario llegar a un primer motor inmóvil, que todos
entienden ser Dios. Y en verdad, aparte de este atributo divino de Primer Motor
inmóvil, resulta que, por ser motor inmóvil, es acto sin potencia, es decir,
acto puro; por ser motor no movido es primer agente de todo y ha de preexistir
en él toda perfección en grado eminente; y por carecer de potencia, carece de
todo principio de limitación y multiplicación, y por eso es uno e infinito.
Kant veía dificultad en poder concebir a Dios como motor inmóvil por parecerle
que al mover al mundo resultaría él modificado. Veremos esto más adelante, al
tratar de la inmutabilidad y eternidad de Dios.
Segunda
vía: Experiencia de un orden de causas eficientes. «Vemos que en este mundo
sensible existe un orden de causas eficientes; pero no vemos ni es posible que
algo sea causa eficiente de sí mismo, porque de lo contrario sería anterior a
sí mismo, lo cual es imposible. Ahora bien, no es posible que en el orden de
causas eficientes se proceda hasta el infinito... Luego es necesario suponer
alguna causa eficiente primera, que todos llaman Dios». También en esta
argumentación se distinguen cuatro momentos:
A)
Comienzo de la vía. Es la existencia manifiesta de causas eficientes con
dependencia. No es el mismo dato inicial de la primera vía: en la primera vía
se parte del movimiento tomado pasivamente («moveri»), que necesariamente hace
referencia al principio activo («movens»); en la segunda vía no basta
considerar el simple hecho de la causalidad (que de suyo no exige otra causa),
sino que hace falta comprobar que empieza a ser causa formalmente o que depende
de otra al causar. Este es el dato que incita a discurrir.
B)
Primer grado del proceso: Nada es causa eficiente de sí mismo, es decir, nada
se autoconstituye en causa formalmente. Como nada es movido por sí mismo, nada
se confiere a sí mismo el poder obrar; implicaría ser anterior a sí mismo, ser
y no ser. De ahí que la causa que empieza a ejercer su eficiencia lo hace
dependientemente de otra, veámoslo o no («no vemos ni es posible...», dice
Santo Tomás). En esta resolución causal, o se procede indefinidamente o se
llega a una causa totalmente autónoma.
C)
Segundo grado del proceso: No es posible que en la concatenación de causas
eficientes, esencialmente subordinadas, se proceda al infinito. Es necesario
suponer la existencia de una causa primera, ya que la multiplicación de la
serie intermedia no resuelve, sino que aplaza el problema, y si no hay causa
primera tampoco habrá causa segunda ni última con su efecto real de que
partimos. El carácter existencial del punto de partida no permite suponer un
proceso potencial indefinido de causas subordinadas que dejarían en pura
potencialidad el hecho real.
D)
Término de la vía: Es necesario suponer una primera causa, que todos llaman
Dios. Y en verdad, al ser incausada, es independiente y trascendente; al ser
primera y actuadora de toda eficiencia, es acto puro, el mismo obrar sin
potencialidad alguna, es el mismo existir; al ser causa universal, principio
frontal de toda acción, en ella han de preexistir todas las perfecciones en
grado máximo y sobreeminente. De ahí que por la primera y segunda vía
ascendamos formalmente a Dios bajo los atributos dinámicos de principio de todo
movimiento y de toda acción («en El vivimos y nos movemos», decía San Pablo),
pero desde esas cumbres se vislumbran todos los demás atributos divinos.
Tercera
vía: La contingencia o limitación en el existir. Nos encontramos con cosas que
tienen posibilidad de existir y de dejar de existir («possibilia esse et non
esse»), pues algunas se engendran y corrompen. Ahora bien, lo que tiene
posibilidad de no existir, alguna vez no existe («quod autem está possibile non
esse, quando que non est»). De ahí que si todas las cosas tuviesen esa
posibilidad de no existir, alguna vez no habría habido nada, y, por
consiguiente, ahora tampoco, porque de la nada no procede nada. Pero, dado que
ahora existe algo, es que no todas las cosas tienen posibilidad de existir y no
existir, que algo ha de ser necesario, y esto, en última instancia, es Dios.
Veamos por partes:
A)
Punto de partida. Es la existencia manifiesta de cosas contingentes en este
mundo, que pueden existir y dejar de existir, como se ve en los fenómenos de
generación y corrupción: empiezan a existir y dejan de existir; no existen necesariamente.
A mi entender, el punto de partida de esta vía en el pensamiento de Santo Tomás
no es formalmente el hecho de la generación-corrupción, sino el hecho de la
contingencia de cosas existentes, hecho que se hace patente en el fenómeno de
la generación-corrupción. Así como en la primera vía el movimiento sensible era
contemplado metafísicamente como actuación de la potencia del móvil, así aquí
Ia corrupción y la corruptibilidad son contempladas a nivel óntico como
manifestaciones de la posibilidad de ser o dejar de ser.
B)
Primer grado del proceso. Lo que existe con posibilidad interna de no existir
existe por otro, tiene causa.
Se
trata del principio de causalidad aplicado al punto de partida de esta vía: lo
que es naturalmente corruptible o defectible en el ser, esto es, que puede
existir y no existir, cuyo poder interno de existir es limitado, alguna vez
(ahora, antes o después) no existe, y, por eso, al existir, existe por otro, ya
que nada se da a sí el existir; la nada no da nada. Tenemos otra vez el
principio de causalidad resuelto en el principio de contradicción.
Santo
Tomás formula de distinta manera el principio en la Suma Teológica y en la Suma
contra Gentiles. En ésta, mirando a los textos de Avicena, enuncia: «Lo que
tiene posibilidad de ser y no ser tiene alguna causa, porque de suyo es
indiferente a ambas cosas, y así es necesario que otro lo determine a una de
las posibilidades». Posteriormente en la Suma Teológica, mirando más bien a los
textos de Aristóteles, que había dicho que «es imposible que algo corruptible
no se corrompa alguna vez» (De Coelo et mundo, L.1, c. 10), enuncia: «Es
imposible que todas las cosas que son tales (capaces de existir y no existir)
existan siempre, porque lo que tiene posibilidad de no existir, alguna vez no
existe» («quod possibile está non esse, quandoque non está»).
Al
aplicar el principio a las cosas naturalmente corruptibles (que se han de
corromper naturalmente), resulta singularmente claro: dependen de otro, porque
son naturalmente generables; y, radicalmente, a nivel ontológico, porque no
tienen de suyo la razón de existencia, puesto que son capaces de existir y de
no existir.
Por
eso pienso que la fórmula aristotólico-tomista «quandoque non sunt» (alguna vez
no existen) aplicada a las cosas contingentes («possibilia esse et non esse»)
ha de entenderse más en el sentido ontológico que en sentido temporal: quiere
decir que no existen de suyo, existen por otro. Si se entendiese sólo
temporalmente y refiriéndola al hecho de la corrupción de las cosas naturales,
habría que seguir precisando que a una cosa corruptible puede precederle otra
corruptible y así indefinidamente (puesto que no hay subordinación esencial en
estos procesos) mientras no se de el paso en vertical hacia la razón del ser:
hacia el ser necesario.
C)
Segundo grado del proceso. En la dependencia de los seres contingentes de otro
necesario no se puede proceder al infinito, sino que hay que llegar a un ser
absolutamente necesario. Si lo contingente postula lo necesario para existir,
es necesario o tiene en sí la razón de su necesidad o la recibe de otro. Y como
no se puede proceder hasta el infinito en estas dependencias causales (que
sería negar el influjo causal, existente de hecho), hay que reconocer la
existencia de un ser absolutamente necesario, en que apoyar todo el orden de
contingencia. Adviértase que las posibles sucesiones indefinidas de
generaciones-corrupciones, al no mediar subordinación esencial de dependencia,
no darían razón de esta resolución en lo necesario.
D)
Término de la vía: A este ser absolutamente necesario todos llaman Dios. Por
existir en razón de su esencia, es el ser subsistente. Y como carece de
potencia para no ser, es acto puro. Por lo mismo carece de toda imperfección y
limitación, y así es infinito, inmutable y único. Y por conferir el existir a
todas las cosas, es el principio de toda perfección.
Cuarta
vía: Diversos grados de perfección en las cosas. Encontramos en este mundo
cosas más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos nobles, y otras
cualidades así. Ahora bien, el más y menos se dicen de cosas diversas según la
diversa aproximación a lo que es máximo en ese orden. Por eso ha de haber algo
que sea óptimo, nobilísimo, máximamente verdadero, y, por consiguiente, máximo
ser. Y como lo que es máximo en un género es causa de todo lo que se contiene
bajo ese género, ha de haber un máximo ser, causa de la bondad, de la verdad,
de la nobleza y de las demás cualidades por el estilo; y esto es Dios.
A)
Comienzo de la vía. Son los diversos grados de perfección de las cosas. No se
trata de datos estrictamente sensibles (de los sentidos externos) como en la
primera vía, pero sí inmediatamente perceptibles por la cogitativa y el
entendimiento en su contacto inmediato con las cosas. Se trata, como se ve por
el enunciado, de perfecciones análogas. (En realidad, las perfecciones
específicas o unívocas no admiten formalmente grados.) Es más, en el enunciado,
no entran más que las perfecciones llamadas «simples» y «trascendentales» (que
no importan de suyo imperfección y que son convertibles con el ser). En
realidad también sería válido partir de perfecciones simples no trascendentales
(como el entender y el querer), pero son más útiles argumentativamente las
trascendentales, por ser más obvias y facilitar más el paso al Ser Perfecto y
único.
B)
Primer grado del proceso. Como el más y el menos se dicen de cosas diversas
según que se acerquen más o menos a lo que es máximo, ha de haber algo
máximamente bueno, verdadero, noble y, por tanto, máximo ser.
Esta
inferencia no es tan obvia. Lo primero que debe aclararse en este momento de la
vía es que esa aproximación a lo máximo ha de entenderse según una derivación
real ontológica, que funda un ascendo gnoseológico «a posteriori», no de una
aproximación de mera ejemplaridad en relación con un término ideal. Es decir,
este primer grado de la vía, que está expresado en términos platónicos, no debe
entenderse en sentido propiamente platónico (doctrina de la ejemplaridad de las
ideas separadas), sino en sentido platónico-aristotélico de la participación
real por vía de causalidad eficiente. En este sentido, el primer paso de la vía
ya es de ascenso gnoseológico hacia el primer ser, correlativo a la dependencia
real-eficiente de las perfecciones participadas respecto de él.
Cuando
en el argumento se hace referencia a lo que es máximo en tal género de
perfecciones, no nos referimos a la máxima perfección entre las que
consideramos en el punto de partida (así no habría progreso en la
argumentación) ni a la perfección ideal mentalmente concebida (así no se
procedería a la búsqueda real del ser), sino que nos referimos a lo máximo
real, trascendente, que es causa eficiente de los diversos grados de perfección
considerados. Está aquí implicada la doctrina de la participación del ser.
Estas
perfecciones, al ser más o menos tales, son perfecciones parciales,
participadas («partem-accipere»), que entrañan diversidad en la unidad o unidad
en la diversidad. Y este hecho está exigiendo que estén causadas eficientemente
por el ser que goce de esa perfección en grado máximo. ¿Por qué? Aquí está la
clave del argumento; aquí está el principio de causalidad aplicado al punto de
partida de esta vía, que, en términos de Santo Tomás, puede enunciarse así: «es
necesario que si algo se encuentra en común en cosas diversas, sea causado en
ellas por una misma causa, pues no puede ser que aquello común les convenga por
sí mismas, ya que en sí mismas se distinguen mutuamente, y causas diversas
causan efectos diversos».
Si
hay, pues, cosas más o menos buenas, verdaderas, nobles, estos diversos grados
(pluralidad) no son esenciales a esa perfección; esa perfección no exige tal
graduación o limitación, puesto que trasciende todos los grados. El sujeto de
tales perfecciones, si bien puede ser la razón de la limitación de esas
perfecciones, no lo es de la misma perfección, que trasciende a cada sujeto. De
ahí que estas perfecciones trascendentales y limitadas tengan que ser
participaciones «ab extrínseco», tienen que estar causadas.
En
otros términos: la perfección propia (cuya razón de ser es el mismo sujeto) no
admite más y menos formalmente. Por eso la existencia de perfecciones formales
en diversos grados está enunciando origen extrínseco. En una palabra: las
perfecciones trascendentales observadas en grados diversos tienen que estar
causadas por algo extrínseco y superior.
C)
Segundo grado del proceso. Aquello de que participan la bondad, la verdad, la
belleza, la nobleza, las cosas que son tales por participación, es decir, que
tienen bondad, verdad, etc., pero que no son a exclusividad la misma bondad,
verdad, etc., o tiene en sí esas perfecciones fontalmente, o las tiene
participadas de otro. Y como no cabe proceder al infinito en estas derivaciones
eficientes, se llega al máximo bien, la máxima verdad, etc., que es el máximo
ser.
Algunos
expositores de Santo Tomás, al no encontrar explícito este segundo grado del
proceso, lo han suplido de este modo. En realidad vale la explicitación cuando
el punto de partida son perfecciones no trascendentales (en el sentido clásico,
no en el sentido kantiano), pero tratándose de perfecciones trascendentales (de
las que parte Santo Tomás, como hemos subrayado), este paso es innecesario,
porque las perfecciones trascendentales no pueden menos de ser participaciones
del ser por esencia.
D)
Término de la vía. Si llegamos al ser óptimo, primera verdad, máxima belleza,
principio de toda perfección, ser por esencia, nos encontramos con el concepto
más depurado de divinidad. De ahí que esta cuarta vía, difícil de comprender
para quien no está familiarizado con la doctrina tomista de los
trascendentales, de la analogía y de la participación, es en verdad la que más
directamente lleva a Dios (no necesita del segundo grado de acceso) y nos lo
descubre en sus atributos más radicales. Y aunque críticamente expuesta sea
difícil, no es difícil una cierta vivencia racional, aunque precrítica, de la
misma. Por ejemplo, un espectáculo de la naturaleza singularmente bello, una
audición musical genial, la perennidad y trascendencia de ciertas verdades,
etc., han elevado a mucha gente a Dios sin más complicaciones argumentativas.
Quinta
vía: El gobierno de las cosas. «Vemos que algunas cosas que carecen de
conocimiento, esto es, los cuerpos naturales, obran con intención de fin...
Ahora bien, las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin si no son
dirigidas por algún cognoscente e inteligente. Luego existe algún ser
inteligente que dirige todas las cosas naturales a un fin; que es lo que
llamamos Dios». Tal es, en síntesis, el argumento por el orden del universo,
parecido al primero en cuanto a popularidad.
A)
Punto de partida. Es la experiencia ordinaria del orden natural. Cosas que
manifiestan no tener conocimiento (y menos razonamiento) obran con intención de
fin, como consta singularmente por el hecho de que siempre o con la mayor
frecuencia obran lo mismo y del mismo modo en orden a lo que es mejor, que es
la perfecta evolución individual, la mejor condición de vida, la conservación y
propagación de la especie, conjuntos ordenados. Esta observación se cristalizó
en el axioma «opus naturae opus intelligentiae». Actualmente, la observación
elemental del orden ha podido ampliarse científicamente tanto en el microcosmos
como en el macrocosmos; de ahí la propensión a una concepción
religioso-panteística del mundo en quienes no descubren la existencia de un
Dios personal.
B)
Primer grado de la vía. Las cosas que carecen de razón no pueden tender al fin
a no ser que sean dirigidas extrínsecamente por un ser inteligente. Es
necesaria una razón finalizante debida a la proporción entre efecto y causa. Al
no existir este proyecto de orden en una razón inmanente, y por tratarse,
además, de un proyecto que trasciende ampliamente el ámbito de las situaciones
actuales del individuo y de todo su margen vital individual, hay que pensar en
una dirección recibida de un ser ordenador superior inteligente.
Así,
pues, el punto de partida es el hecho de la finalidad en las acciones o
comportamientos, pero el medio argumentativo es el principio de causalidad
eficiente: es necesario que ese orden esté impreso eficientemente por un ser
superior. No es sólo el principio de que toda acción es por un fin («omne agens
agit propter finem»), sino que depende de la intención del fin, sea propia o
recibida.
C)
Segundo grado de la vía. Esta inteligencia superior que ordena las cosas no
cognoscitivas a unas operaciones y fines que trascienden su condición y fines
propios, o es un principio ordenador sometido a un orden superior o es un
principio ordenador original. En el primer caso se plantea de nuevo la cuestión
sobre ese orden impreso; en el segundo caso nos encontramos de cara a la
Inteligencia Ordenadora Primera: Dios. Este segundo paso es necesario darlo
cuando se incluyen en el punto de partida órdenes naturales y artificiales más
o menos autónomos o dependientes en primera instancia.
Existen,
efectivamente, órdenes que dependen de la inteligencia humana o de principios
inmanentes más o menos perceptibles, o, hipotéticamente, de inteligencias
intermedias. Si se toman en consideración órdenes estrictamente «naturales»,
cuya causa inmediata no puede ser otra que el Autor de la naturaleza, el
segundo paso debe darse por dado, como ocurría con la cuarta vía. Esta
resolución del orden natural impreso en la causa superior trascendente es
singularmente notorio en el orden moral natural (principios de sindéresis) y en
las leyes básicas del pensamiento (primeros principios).
D)
Término de la vía. Existe, pues, un ser inteligente supremo, ordenador de todas
las operaciones naturales y de sus principios más inmediatos, trascendentes o
inmanentes, conscientes o inconscientes. Es Dios, provisor y promotor de toda
la naturaleza, sabiduría subsistente, que penetra y sostiene todo orden eficaz
como imperceptiblemente, como «natura naturans».
3)
Examen crítico de otros argumentos inválidos o incompletos.- Al lado de las
famosas cinco vías de acceso a Dios, tal como vienen estructuradas desde Santo
Tomás, han ido apareciendo otros argumentos que han sido presentados o como más
eficaces o como más comprensibles que las vías clásicas. Ofrecemos una breve
exposición de los principales, con la consiguiente valoración crítica.
Argumento
cronogónico, o por el comienzo del tiempo.
A)
Formulación. El mundo y su movimiento, y, consiguientemente, el tiempo,
comenzaron a existir. Es una hipótesis científica basada en la observación de
la «expansión del universo», uniforme y proporcionalmente acelerada; lo cual
quiere decir que su punto de partida es limitado en el tiempo. El mundo comenzó
a existir temporalmente. Luego existe un principio extramundano que lo causó,
porque de la nada no sale nada.
B)
Valoración. En el supuesto que el mundo haya comenzado en el tiempo, se infiere
fácilmente la existencia de un principio exterior originante. También la
tercera vía procede por la limitación en el existir, partiendo de datos más
elementales.
Pero
ese supuesto o punto de partida no es suficientemente obvio ni demostrado
científicamente; y, además, tal como se presenta es insuficiente. En efecto, en
filosofía pura no está probada la imposibilidad de un mundo «ab aeterno», y en
ciencia experimental no pasa de una hipótesis inverificable, como tampoco es
verificable la constancia del hecho de la expansión tal como ahora es
observada. Es más: aún supuesto el comienzo temporal de este mundo, su
principio extrínseco originante no tendría por qué tener los atributos de Dios;
podría ser otro mundo físico.
Argumento
entropológico, basado en la ley de la entropía.
A)
Formulación. Al parecer, la energía del universo se mantiene la misma, pero en
transformación continua con tendencia al equilibrio termodinámico. Cuando se
llegue a este punto omega cesará el movimiento y la vida; será la muerte física
del cosmos. Como aún no se ha llegado a ese punto de equilibrio, es fácil
inferir que el proceso no es eterno; debió comenzar; y, por tanto, hay que
suponer un principio exterior.
B)
Valoración. No parece estar comprobado suficientemente que esta ley de la
entropía observada en este mundo nuestro sea tan universal y necesaria que
tenga vigencia en los demás sistemas cósmicos y homogeneidad en todos los
tiempos de nuestro sistema. Tampoco está demostrado que nuestro mundo esté
físicamente cerrado al influjo de otros mundos de dinamismo distinto. Mientras
no se demuestren estos extremos, el valor del argumento no es absoluto. Le
falta, además, la consistencia metafísica de la tercera vía para llegar a Dios,
Ser necesario.
Argumento
antropológico, por el origen de la vida del hombre.
A)
Formulación. El hombre, compuesto de cuerpo y alma espiritual, irreductible a
la materia, comenzó a existir en la época Cuaternaria o Terciaria. Dada su
trascendencia espiritual, su origen no tiene explicación si no se piensa en un
principio originante espiritual extramundano.
B)
Valoración. En este argumento hay factores argumentativos de la tercera vía
(limitación temporal de existencia) y de la cuarta (irreductibilidad de la
perfección espiritual al propio cuerpo). Sin embargo, en cuanto a lo primero,
si se toma el dato empíricamente no queda excluida la hipótesis de la
procedencia del cuerpo humano de otro cuerpo prehumano o extraterrestre, y en
cuanto a lo segundo, si se admite la irreductibilidad del alma a la materia,
ciertamente postula un ser originante espiritual, que todavía habría que probar
que era Dios. Se trata, pues, de un punto de partida poco obvio, y de un
proceso incompleto.
Argumento
eudemonológico, por el deseo natural de felicidad.
A)
Formulación. El hombre desea naturalmente la felicidad, que es el bien infinito.
Como este deseo natural no puede ser vano, su objeto ha de existir realmente.
Existe, por tanto, Dios, bien infinito, proporcionado a los deseos del corazón
del hombre, conforme a la experiencia de San Agustín : «Nos hiciste, Señor,
para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti».
B)
Valoración. El hecho del deseo natural de felicidad podría ser tomado como
punto de partida para la quinta vía, como cualquier otra actividad natural, que
no tiene razón de ser suficiente en el sujeto. Pero tal como está formulado el
argumento, postulando la existencia real de Dios por ser término de un deseo
natural, tiene dos fallos fundamentales que le quitan valor apodíctico. En
primer lugar, el deseo natural de la felicidad o del bien ilimitado no es el de
la felicidad o bien infinito que es Dios, sino del bien en común, está en Dios
o en el conjunto de los bienes creados. En realidad este deseo subsiste en
quien está persuadido que no existe más felicidad que la de este mundo. En
segundo lugar, aun suponiendo que fuese deseo natural de Dios concretamente,
habría que demostrar que tal deseo no puede ser vano, que no puede ser una
veleidad. Se desea naturalmente no morir, no enfermar, no ser ignorante, y, sin
embargo, se muere, se enferma, se ignora. Si se insiste en que el deseo natural
de Dios no puede ser vano, porque habría que atribuir ese desorden natural a
Dios, autor de la naturaleza, ya se esta suponiendo la existencia de Dios.
Argumento
ideológico, por las verdades eternas.
A)
Formulación. Se parte del carácter de necesidad, eternidad e infinitud de
ciertas verdades, llamadas eternas. Son aquellas verdades elementales,
abstractas, universales, comunes a todo entendimiento, cuyo fundamento objetivo
ha de ser necesario, eterno, no contingente y temporal como son las cosas de
este mundo y el mismo entendimiento humano. Esta objetividad necesaria y eterna
está postulando la existencia de un ser necesario y eterno: Dios.
B)
Valoración. El argumento. tal como está formulado, no es demostrativo. Tiene el
fallo siguiente: el carácter de eternidad, necesidad e infinitud de esas
verdades no es positivo y existencial, sino negativo y abstracto o ideal. Se
llaman verdades eternas, en cuanto que su valor no está limitado a un tiempo
determinado; se llaman necesarias, en cuanto que no dependen de condiciones
variables. No se trata de una eternidad positiva y existencial (donde se
plantea el problema de la existencia de Dios), pues en ese orden son tan
temporales como el entendimiento del hombre que las produce y en el cual
existen. «Cualquier idea universal -dice Santo Tomás en otra ocasión- se dice
que existe en todas partes y siempre, en cuanto que los universales abstraen
del aquí y del ahora. Pero de ello no se sigue que sean eternos al no ser en un
entendimiento que sea eterno».
Ello
no obsta a que de este dato de la existencia de verdades o perfecciones del
entendimiento humano que no tienen su total de razón de ser en él se pueda
partir en busca de su adecuada razón de ser siguiendo el proceso de la cuarta
vía.
Argumento
deontológico, por la conciencia moral.
A)
Formulación. El hombre siente naturalmente la obligación moral de hacer el bien
y evitar el mal. Esta conciencia o sindéresis implica sentido de dependencia de
un legislador superior, de dependencia de Dios.
B)
Valoración. Esta conciencia de la obligación moral, aunque no sea formal y
explícitamente conciencia de Dios legislador (es algo previo al conocimiento de
Dios y se da incluso en aquellos ateos que no carecen de sentido de responsabilidades
de honradez natural), es un punto de partida válido para la quinta vía. Esa
conciencia moral natural, espontánea, es un orden impreso, una ley escrita en
el corazón, como decía San Pablo, cuya razón de ser ha de estar fuera del
hombre, y, siguiendo el proceso de la quinta vía, fácilmente lleva a reconocer
explícitamente a Dios legislador o Ley Eterna. Aunque, por su carácter humano y
moral, este punto de partida tiene preferencia respecto de los demás órdenes
naturales, sin embargo ofrece algunas dificultades en el discernimiento de
hechos psicológicos afines. El freudismo, por ejemplo, pretende reducirlo todo
a psicología patológica.
Argumento
etnológico o testimonio de la historia.
A)
Formulación. Según el aserto de Cicerón, «nulla gens est tam immansueta neque
tam fera, quae non, etiamsi ignoret qualem Deum habere deceat, tamen habendum
sciat». El hecho, pues, universal del reconocimiento de la existencia de Dios
por todos los pueblos es argumento suficiente.
B)
Valoración. Supuesta la inducción del hecho (más fácil en tiempos anteriores
que en los últimos siglos en que el ateísmo se va masificando) hay que
reconocerle algún valor; sería poco racional pensar en la persistencia de una
ilusión tan grande en la Humanidad. No es una prueba directa de la existencia
de Dios, sino una testificación de que existe esa conciencia en un gran sector
de la Humanidad. Si bien la extensión moderna del ateísmo le resta valor,
también es verdad que su persistencia en países sometidos a la propaganda y
persecución antiteísta lo acrisola.
4)
Las razones del ateísmo.- Aparte de las razones previas o predisposiciones
agnósticas, a que nos hemos referido al tratar de la demostrabilidad, y que
conducen a la opción atea, las motivaciones que mayormente inducen a la negación
de Dios son las cuatro siguientes:
A)
Una es completamente especulativa: la inutilidad de Dios o su no necesidad. En
tiempos primitivos -se dice- se recurría a Dios como explicación de todo y como
solución de nuestros problemas vitales; hoy basta, o puede bastar, la ciencia
para dar una explicación racional del cosmos; la Medicina ha licenciado a San
Roque, y la industria hidráulica hace innecesarias las rogativas. Si no es
necesario, no existe, ya que los entes no se multiplican sin necesidad.
Al
exponer las vías hemos subrayado el carácter metafísico de la necesidad de
Dios. No se busca a Dios como una causa más entre las físicas o naturales; ni
su necesidad es de suplencia de unos fallos o insuficiencias naturales; ni su
existir se subordina a la existencia del mundo o a las leyes de nuestro
pensamiento. No es ese el sentido de la solución ni es ese el planteamiento: no
existe Dios porque sea necesario al mundo o a nuestro pensamiento (a Dios no se
le asignan porqués), sino que el mundo no puede existir sin Dios y nuestro
pensamiento no encuentra una ex