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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: La microhistoria italiana: Agregado: 23 de ABRIL de 2000 | Palabras: 1894 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
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Yo fui hecho pastor y luego escolar,
después soldado y pastor de nuevo
de toda clase de animales, luego escolar,
y luego soldado y luego volví a pastor,
y siete artes mecánicas agredí
y luego pastor, y a escolar volví.
El
queso y los gusanos
Carlo
Ginzburg
Este trabajo jamás estará completo. Esta lleno de subjetividades,
omisiones, malas interpretaciones, carencias de lecturas, profundidad, etc.
Pero espero que te llene el ojo a ti Gustavo y espero que este ensayo reflejen tus enseñanzas o por lo
menos mi esfuerzo.
En la historia hay ocasiones en las que el arte está un paso adelante
respecto de las ciencias sociales. Nada más cerca de esto que lo que sucede
entre la práctica historiográfica de la microhistoria hoy es uno de los centros
del debate en Europa, mientras se produce una creciente internacionalización de
su práctica. Muchas de sus producciones han logrado un éxito masivo de público,
tales como El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, que ya ha sido traducido a
más de cinco idiomas.
El núcleo fundador
de esta nueva disciplina se formó en Italia durante los primeros años sesenta.
Muchos de sus integrantes, como Giovanni Levi, Carlo Ginzburg y Franco Ramella,
si bien tuvieron un origen ideológico marxista, criticaron tempranamente al
Partido Comunista Italiano, pasando a formar parte de grupos de acción
radicales antisistémicos y anticomunistas al mismo tiempo. En los setenta el
grupo comenzó su largo camino hacia la visibilización gracias a la revista Quaderni
Storici y en los ochenta a través de la colección Microstorie.
La falta de textos fundadores o de una teoría sistematizada hacen que la
microhistoria sea más que nada un conjunto heterogéneo de prácticas
historiográficas, como señala Levi, y no una teoría propiamente dicha. Esto se
explica por un lado por el carácter experimental que mantuvo hasta el momento
su desarrollo, y por otro en razón de que la microhistoria nació como una reacción
ante ciertas formas de hacer la historia social en Europa. En los setenta,
todavía la investigación histórica estaba abocada al estudio de los hechos
“repetitivos” y “anónimos”, con el fin de extraer las “leyes sociales” que
supuestamente regulaban el cambio histórico. Para medir los macroprocesos se
utilizaban técnicas cuantitativas, las que, simplificando indicadores para
obtener datos más homogeneizados, dejaban afuera lo singular y accidental. Ya a
mediados de los setenta numerosos investigadores sometidos a la influencia de
la antropología señalaban cómo la utilización de estas técnicas de medición del
relato histórico tomaba en cuenta los comportamientos de los sujetos, la
experiencia social y la constitución de identidades de los grupos. El surgimiento
de la microhistoria debe entenderse como una reacción ante estos problemas, ya
que buscaba “construir una conceptualización más fluida, una clasificación
menos perniciosa de lo que constituye lo social y cultural, y un marco de
trabajo del análisis que rechace simplificaciones, hipótesis duales,
polarizaciones, tipologías rígidas y la búsqueda de características típicas”[1].
El objetivo era en definitiva acercarse a las referencias más individuales,
intentando complejizar -más que abstraer- la experiencia social y lograr así
una historia social que involucre al individuo. En este aspecto cabe destacar
que -a diferencia de Ginzburg- Levi, además de estar interesado en lo
individual, busca la relación con los contextos sociales, algo que desestima
por completo el primero. “En el fondo es el viejo sueño de una historia total,
pero esta vez a partir de la reconstrucción de lo vivido”[2],
concluye sobre el punto el francés Jacques Revel.
El cambio de escala del objeto de estudio es esencial para la
microhistoria. Una investigación que busque la complejización, el análisis
exhaustivo de fuentes y el fin de las simplificaciones exige reducir el campo
de lo observado. Pero este ejercicio, que parece muy simple en los hechos,
cuestionó viejos hábitos metodológicos y posibilitó también una mirada crítica
sobre los instrumentos del análisis socio-histórico, incitando a redefinir
buena parte de la batería teórica histórica. Como señala Revel, “cambiar el
foco del objetivo no es solamente aumentar (o disminuir) el tamaño del objeto
en el visor, sino también modificar la forma y la trama”[3].
De ahí que en primer lugar comenzaran a cuestionarse categorías que
hasta el momento se daban ya por sentadas -clase social, orden, grupo
profesional- debido a su carácter excesivamente “simplificador” y
“homogeneizante”, según afirmaban los que sostubieron esta tendencia. La
alternativa que propuso Levi a este incipiente relativismo era estudiar el
proceso de definición de los grupos a partir de sus propios conflictos y
solidaridades y no como algo subjetivo. Lo que a su vez permitiría, a su modo
de ver, detectar cómo y cuándo el individuo asume esa identidad colectiva y qué
mecanismos de negociación existen entre la “racionalidad individual” y la
“identidad colectiva”. La “estrategia social” de los individuos pasa a ser en
esta visión un aspecto clave, en tanto permitiría reconstruir la gama de
posibilidades manejada por cada uno de ellos, así como las distintas
racionalidades de cada época.
Por otro lado, el cambio de escala exigió a los microhistoriadores
redefinir también el concepto de contexto, para combatir su uso tradicional,
que lo presupone como algo unificado y homogéneo. De ahí que para Levi sea
conveniente -en vez de partir de un contexto para luego llegar al documento,
recorrer exactamente el camino inverso, lo que si bien es más difícil podría,
por un lado poner al investigador en la pista de algo nuevo y por otro,
permitirle ver la multiplicidad de contextos. “La reducción de escala es una
operación experimental precisamente porque asume que los lineamientos generales
de un contexto y su coherencia son aparentes y saca a la luz esas
contradicciones que sólo aparecen cuando la escala de referencia es alterada”[4],
afirma Levi. El objetivo último es complejizar, mostrar las fallas que
presentan los relatos macrohistóricos preexistentes y apuntar a detectar un
nuevo elemento potencialmente generalizable. Un ejemplo interesante al respecto
puede ser la investigación realizada por el propio Levi sobre las estrategias
familiares en el Piamonte del siglo XVII. La acumulación crítica producida
hasta el momento daba por sentado para esa época la existencia en esa región
italiana de un mercado de intercambios despersonalizado, algo que el estudio de
este historiador demostró que era completamente falso. “Sólo reduciendo la
escala de observación a un área extremadamente localizada era posible llegar a
ver que el precio de la tierra variaba de acuerdo con la relación de parentesco
entre las partes contractuales, por lo que se estaba ante un mercado complejo
en el cual las relaciones sociales y personales jugaban un papel determinante
en establecer el nivel de los precios”[5],
explicó Levi.
La microhistoria, desde su
nacimiento hasta la fecha, ha recibido duras críticas. E incluso hay quienes no
dudan en definir a la microhistoria simplemente como una nueva versión de la ya
conocida historia local. Levi se defiende explicando que los
microhistoriadores, más que “estudiar una villa, estudian en una villa”, ya que
las preguntas que se formulan, a diferencia de las que se hacen quienes
practican historia local, remiten a lo general, e intentan detectar lo que no
se ve. Mientras que para otros la diferencia entre una historia local y la
microhistoria estaría en que esta última parte de la premisa de que cada
individuo participa, en mayor o menor grado, de contextos que refieren a
aspectos tanto locales como mucho más globales.
El llamado paradigma de los indicios, es otro de los aspectos que más
frecuentemente se les critica a los microhistoriadores. Creado por Ginzburg
como un intento de fundamentación teórica de su libro El queso y los gusanos, el
paradigma inicial sugiere que la forma por la cual el historiador llega
realmente a conocer un tema es a través del rastreo de indicios, que le
permitirían intuir realidades mucho más profundas. En definitiva, la historia
debe abandonar sus pretensiones de cientificidad es el camino sugerido por
Ginzburg.
Algunos
microhistoriadores utilizan técnicas narrativas que rompen de plano con las
formas que habitualmente emplean los historiadores para su producción. Tal es
el caso de El queso y los gusanos, que
se vale de la presentación de una investigación judicial, concebida también
como una investigación de corte policial. Algo similar sucede con el libro de Geovanni
Levi La
herencia inmaterial. Si bien no es la primera vez que en la
historiografía se utilizan recursos de este tipo, para Revel esta opción de los
microhistoriadores no se debe a razones estéticas sino de orden heurístico, ya
que se apunta a que el lector participe en la construcción de un objeto de
investigación y se asocie a la elaboración de una interpretación. El cambio de
escala realizado por los microhistoriadores sería lo que -según Revel-
explicaría esta modificación en las formas de exposición, que transforma no
sólo la naturaleza de la información sino también la relación que el
historiador mantiene con ella. Si bien estos cambios hacen mucho más ágil la
lectura, así como más creíble lo narrado, convirtiendo a estas obras en un
producto muy vendible, generalmente los propios microhistoriadores justifican
esta nueva estrategia afirmando que la elección narrativa concierne a la
experimentación histórica tanto como los procedimientos de investigación en sí
mismos. La forma de exposición incidiría de esa manera en la propia
construcción del objeto y en su interpretación. Para Levi, este método de
narración busca una vez más complejizar, en tanto “...rompe claramente con la
aseveración tradicional, forma autoritaria del discurso adoptada por los historiadores,
quienes presentan la realidad como objetiva”[6].
En microhistoria, en cambio, “el punto de vista del investigador se convierte
en una parte intrínseca del relato. El proceso de investigación es
explícitamente descrito y las limitaciones de la evidencia documental, la
formulación de las hipótesis y las líneas de pensamiento que se siguen no son
ya más ocultadas a los ojos del no iniciado. El lector es envuelto en una
suerte de diálogo y logra participar así en definitiva de la totalidad del proceso
de construcción del argumento histórico”[7].
En conclusión y a pesar del trabajo que me cuesta entender y tener un
juicio propio sobre las corrientes
historiográficas, pienso que la microhistoria
de Ginzburg o Giovanni Levi -que fueron a los que leí e intente
entender- me hace pensar en que sí es posible la renovación de la historia. Es
decir, una nueva forma de contar historias sin que la gente le haga una
ligera mueca. La microhistoria en mi particular punto de vista, será la
Historia del proximo milenio.
Universidad
Autónoma de Baja California
Escuela
de umanidades
Julio Alvarez
Ponce
Lic. Historia
1.
Levi, Giovanni. Sobre microhistoria. Edit.Biblos, Buenos Aires,
1993.
2.
Revel, Jacques. “Microanálisis y construcción de lo social” copias
3.
Ginzburg, Carlo. El queso y los gusanos. Edit.
Oceano (C. el ojo
invisible). México D.F 1997.
[1] Giovanni Levi, Sobre microhistoria. Biblos, Buenos
Aires, 1993, pág. 52.
[2] Jacques Revel, “Microanálisis y
construcción de lo social” copias,
pág. 130.
[3] Jacques Revel, ob. cit, pág. 129.
[4] Giovanni Levi, ob. cit. pág 45.
[5] Giovanni Levi, ob. cit. pág.21.
[6] Giovanni Levi, ob. cit. pág.20.
[7] Giovanni Levi, ob. cit. pág.21.
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