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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: La literatura propia de Argentina: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 1262 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
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TRABAJO PRÁCTICO SOBRE LA
LITERATURA ARGENTINA
Literatura
Argentina,
literatura propia de Argentina.
El nombre mismo del país tiene un
origen literario, muy anterior a la existencia de la nación y el Estado. En
1602, apareció un poema descriptivo, Argentina, de Martín del Barco Centenera,
que creó el latinismo equivalente a Río de la Plata y designa una amplia zona
fluvial. La palabra es retomada en 1612 en una crónica en prosa de Ruy Díaz de
Guzmán.
El barroco rioplatense es pobre si
se lo compara con otros del continente. El primer poeta memorable es Luis de
Tejeda (1604-1680), autor de unas Coronas líricas. Domingo de Neyra
(1684-1757) dejó los primeros esbozos de historia. Otros naturalistas y
geógrafos continuaron esta primera tarea historiográfica: Pedro Lozano, José
Guevara, Félix de Azara, viajeros jesuitas y, ya en los albores de la
independencia, el primer historiador formal del país, Gregorio Funes. La
imprenta y el periodismo llegaron con la Ilustración, en el siglo XVIII,
recordándose la Casa de Niños Expósitos y El Avisador mercantil, cuando las reformas
de Carlos III fundaron el Virreinato del Río de la Plata en 1776.
La independencia
Como en el resto de América, la
emancipación fue muy celebrada por la pluma, pero siempre bajo la paradójica
dependencia del clasicismo español. Así se observa en los versos de Vicente
López y Planes (autor del himno nacional llamado Canción patriótica), Esteban
de Luca, fray Cayetano Rodríguez y Juan Cruz Varela (1794-1839), figura mayor
de la tendencia y autor de un par de tragedias. El teatro, iniciado en 1717 con
una Loa
de Antonio Fuentes del Arco, consiguió en 1817 abrir una Sociedad del Buen
Gusto, destinada a combatir las “malas costumbres” del barroco e imponer el
racionalismo. Junto a la poesía culta surgió la de inspiración popular, como la
de Bartolomé Hidalgo. En los escritos y traducciones de José Antonio Miralla
(1789-1825) se advierte una evolución hacia el romanticismo. En el plano de las
ideas, la escolástica dio paso a los planteamientos de la fisiocracia que
introdujo Manuel Belgrano y las ideas de Jean-Jacques Rousseau, traducido por
Mariano Moreno.
En rigor, puede afirmarse que no
hay una auténtica literatura argentina hasta la generación del 37. La
huella romántica se prolongó en las obras de poetas como Olegario Víctor
Andrade, Pedro Palacios Almafuerte, Claudio Mamerto Cuenca y Rafael Obligado, y
el neoclasicismo hasta Carlos Guido y Spano.
Fin de siglo y modernismo
La organización nacional que empezó
con la Constitución de 1853 y culminó en 1880 con la federalización de la
ciudad de Buenos Aires, trajo un largo periodo de modernización, desarrollo,
poblamiento y riqueza. Los escritores de la llamada generación del 80 practican
una literatura cosmopolita, de crónica elegante y amable, a medias entre la
historia y la narrativa, inclinándose por la prosa: Lucio Vicente López, Miguel
Cané, Eduardo Wilde, Lucio Victorio Mansilla. Es muy importante la tarea de
orientación intelectual que cumplió el francés Paul Groussac. En la novela,
Eugenio Cambaceres introdujo el naturalismo, inspirado en las ideas de Émile
Zola y en la filosofía del positivismo y de la teoría de la evolución. La
narrativa realista se afianzó en la obra de Carlos María Ocantos, Antonio
Argerich, Francisco Sicardi, Julián Martel y, más tarde, con Roberto Payró,
Benito Lynch y Manuel Gálvez.
En la década de 1890 se instala en
Buenos Aires Rubén Darío, fundador del modernismo, el cual halló en la
Argentina a su principal seguidor, Leopoldo Lugones. En torno a ellos se
reunieron modernistas de diverso origen, como Ricardo Jaimes Freyre, Eugenio
Díaz Romero, Leopoldo Díaz y Luis Berisso. La prosa modernista se manifestó en
las novelas de Enrique Larreta, Ángel de Estrada y los comienzos del uruguayo
Horacio Quiroga, afincado en Argentina, en caso similar al de su paisano
Florencio Sánchez, primer nombre relevante del teatro nacional.
Las ideas filosóficas fueron
dejando atrás el positivismo y asumiendo el espiritualismo, el idealismo y el
vitalismo en los trabajos y enseñanzas de Alejandro Korn y Coriolano Alberini.
Tras la eclosión modernista, la
poesía se desprendió de su gusto por lo decorativo y fastuoso y recuperó un
cierto romanticismo intimista en autores como Enrique Banchs, Arturo Capdevila,
Rafael Alberto Arrieta, Baldomero Fernández Moreno y Pedro Miguel Obligado,
contemporáneos de la peculiar figura de Alfonsina Storni.
Las vanguardias
La obra de cierto Lugones y el
curioso ejemplo de Macedonio Fernández introdujeron el mundo de las
vanguardias, que incidió, sobre todo, en la poesía por la influencia del
creacionismo y del ultraísmo de Vicente Huidobro, Ricardo Güiraldes y Oliverio
Girondo. La variante argentina de la vanguardia se debe al grupo Martín Fierro,
con la revista emblemática del movimiento y de las vanguardias argentinas, Martín
Fierro. Entre los renovadores figuran Jorge Luis Borges, Leopoldo
Marechal, Horacio Rega Molina, Francisco Luis Bernárdez, Evar Méndez, Eduardo
González Lanuza, Conrado Nalé Roxlo, Ricardo Molinari y Carlos Mastronardi. En
lugares de especial individualidad se encuentran Jacobo Fijman y Juan L. Ortiz.
En el plano de la poesía social, hay que destacar a Nicolás Olivari y Raúl
González Tuñón.
La narrativa siguió con variantes
muy pronunciadas del realismo, en las obras del mencionado Güiraldes, Roberto
Arlt, Julio Fíngerit, Roberto Mariani, Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta y
Carlos Alberto Leumann. En cambio, tomó otros rumbos en los libros de Borges,
Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares,
Julio Cortázar, Ernesto Sábato y José Bianco.
El teatro alcanzó sus mejores
logros con Samuel Eichelbaum y sus perfiles más característicos en los sainetes
y grotescos de Armando Discépolo, Carlos Mauricio Pacheco y Francisco
Defilippis Novoa.
Al terminar la experiencia de las
vanguardias, en 1931, se fundó la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, que
reunió a buena parte de los vanguardistas en una nueva etapa de su evolución
hacia un neoclasicismo actualizado.
Las últimas décadas
Tras la década de 1920, no se
registraron movimientos orgánicos de renovación, aunque hubo una multitud de
tendencias que eclosionaron en diversos campos, recogiendo las huellas del
historicismo (en los ensayos de Ezequiel Martínez Estrada, Raúl Scalabrini
Ortiz, Carlos Astrada y el citado Mallea) del existencialismo (en los
escritores del grupo Contorno: el novelista David Viñas y el
ensayista Juan José Sebreli, ambos influidos también por sugestiones del
marxismo), en las reiteraciones de la observación realista de muy variable
matiz (Bernardo Kordon, Abelardo Arias, Alberto Rodríguez, Bernardo Verbitzky,
Andrés Rivera, Antonio di Benedetto, Beatriz Guido, Silvina Bullrrich, Juan
José Manauta, que aparecieron en las décadas de 1940 y 1950), del surrealismo
(en las obras de poetas como Enrique Molina, Olga Orozco, Francisco Madariaga y
Carlos Latorre).
Una poesía de tipo intelectual y
reflexivo se da en Alberto Girri, Alejandra Pizarnik y Roberto Juarroz. Optaron
por la expresión más coloquial y vallejiana Juan Gelman, Horacio Salas y Juana
Bignozzi. La narrativa de las últimas décadas carece de encuadramientos rígidos
y registra matices diversos, que van desde un realismo costumbrista tradicional
hasta la ficción posmoderna, pasando por la novela histórica o de dominante psicoanalítica,
la incorporación de los lenguajes de los medios de comunicación o el Pop Art.
Vayan como ejemplo los nombres de Juan José Hernández, Manuel Puig, Isidoro
Blaisten, Daniel Moyano, Héctor Tizón, Abelardo Castillo, Ricardo Piglia, Juan
José Saer, Jorge Asís, Héctor Lastra, Rodolfo Rabanal, Amalia Jamilis, Alicia
Steinberg, Juan Martini y Liliana Heker.
Algo similar cabe decir del teatro,
donde el gusto farsesco tomado del antiguo sainete (Juan Carlos Ghiano, Tulio
Carella, Agustín Cuzzani) llega al teatro del absurdo en Griselda Gambaro, en
tanto Carlos Gorostiza, Osvaldo Dragún y Roberto Cossa ensayan fórmulas
críticas de realismo social.
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