¿Nuevos
contratos sociales para el nuevo siglo?
Autor: Perri
(*) -
fuente: revista Deutschland
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Deutschland
El contrato social es un mito de la capacidad del
hombre para transformar la sociedad mediante un convenio entre los poderosos y
los débiles. ¿Qué reglas norman esos contratos - y cómo cambiarán esos
convenios sociales mediante las nuevas tecnologías y las condiciones
demográficas del futuro?
En la Europa actual, tanto la izquierda como la derecha utilizan
una retórica apocalíptica. Los neoliberales afirman que los "contratos
sociales" ~ como la regulación socialdemócrata del mercado laboral y el
endeudamiento fiscal en desmedro de los contribuyentes futuros - que el Estado
de bienestar convino en la primera mitad del siglo XX deben ser revocados. Los
socialdemócratas son de la opinión que las obligaciones centrales contenidas en
esos contratos son compromisos sobre determinadas obligaciones entre las clases
y que deben ser cumplidos, aunque para ello haya que buscar nuevos medios y
caminos. Y los Verdes dicen que el contrato social entre las clases, sobre el
que descansa la sociedad industrial, es lisa y llanamente un complot contra la
naturaleza. Todos ellos recurren a la retórica del contrato social - lo que en
principio nos debiera sorprender.
Cabe señalar que no siempre los hombres creyeron que las
sociedades se basaban en contratos colectivos. El núcleo de esta idea tiene
poco más de 600 años; recién a la zaga de la Ilustración se convirtió en la
idea predominante sobre la estructura básica de las sociedades europeas, y
recién en los 250 años pasados se difundió por el mundo. La idea del contrato
social es, sin lugar a dudas, un concepto muy particular. Si se entiende esa
idea como una afirmación empírica sobre el modo de cómo hacernos política,
desemboca en la idea extravagante de que los hombres firman contratos formales
que vinculan a las generaciones futuras. Trátese de la eliminación de la pobreza, del apoyo a los
ancianos, de la protección del medio ambiente, del endeudamiento público o de
la relación entre inversores y asalariados: también implícitamente, las
decisiones sobre derechos y obligaciones no se basan sólo sobre cosas que hemos
acordado hacer voluntariamente. Probablemente, ninguna sociedad podría funcionar
de esta manera.
Pero no hay que tomar literalmente los mitos fundacionales como el del
contrato social. Su función consiste en narrar un determinado tipo de historia
sobre los esfuerzos de una sociedad, y sobre quién debe rendir cuentas ante
quién de cuáles riesgos. El contrato social es un mito prometeico de la
capacidad del hombre para transformar la sociedad mediante un convenio entre
los poderosos y los débiles. Una función del mito consiste en fundamentar la
siguiente reivindicación: la responsabilidad por los acuerdos sociales también
debe ir en desmedro de aquellos que obtienen el menor beneficio de ellos. Otra
función es fundamentar la reivindicación de que los acuerdos sociales deber ser
claros, inequívocos estables e implementables.
Ninguna de estas reivindicaciones puede ser realizada totalmente, con
excepción quizá en el país de Utopía. Sin embargo, su ininterrumpida validez
explica por qué se mantiene tan tenazmente la idea del contrato social.
Pensemos únicamente cuán a menudo se suelen considerar las reivindicaciones morales,
en el marco de las relaciones de poder, bajo la perspectiva de un contrato
social. Pero dejemos de lado la retórica del "contrato social y en su
lugar formulemos interrogantes relacionadas con los acuerdos sociales que reparten
las obligaciones y los derechos entre los hombres: ¿Se están disolviendo
realmente? En la mayoría de los casos, se trata de la búsqueda de un nuevo
equilibrio de intereses y reivindicaciones. Según Mary Douglas, en cada
sociedad hay cuatro tipos básicos de solidaridad: jerarquía, individualismo,
igualitarismo y fatalismo. Tal como Douglas ha expuesto convincentemente, toda
redistribución de cargas a favor de una de esas formas de solidaridad provoca
una reacción de las otras.
En las últimas décadas, en muchos países se ha observado una
tendencia hacia un mayor individualismo en determinados campos de la vida - por
ejemplo en la política ocupacional, de formación de patrimonio o de previsión
en la vejez, donde se demanda una mayor responsabilidad propia, o en la
política de desregulación, que postula disminuir las limitaciones impuestas a
las empresas. Con sus leyes federales de 1996, Estados Unidos es el país que
más ha avanzado por esta senda. Sin embargo, muchos Estados han considerado
necesario aminorar las consecuencias de una reforma semejante, tomando al mismo
tiempo medidas de corte igualitarista para ayudar a aquellas personas que
fueron afectadas por esa reforma.
Desde los años setenta, cuando el carácter de las empresas comenzó
a ser cada vez más internacional y los ingresos por impuestos empezaron a
disminuir, obligando a los gobiernos a caer en una relación de dependencia para
con las fuentes de financiamiento privado, ha tenido lugar una redistribución M
poder a favor de los inversores y en desmedro de los obreros organizados. No
obstante, a pesar de ese renacimiento del individualismo la historia de los
últimos treinta años es la historia - no escrita - de un extraordinario
crecimiento de la jerarquía o de la re-regulación. En el ámbito global
surgieron nuevas, y a menudo muy poderosas, organizaciones que establecieron
cánones a escala internacional. Los sistemas de poder gubernativo continental
regional como la UE, el Nafta, el Mercosur y la Asean se cuentan entre los
grandes proyectos de los últimos treinta años. A pesar de las habladurías de
moda sobre el "ahuecamiento" del Estado, también en este período los
Estados nacionales han adquirido nuevas facultades regulativas, que la
industria por lo menos acepta. Entre esas facultades se cuentan funciones
regulativas que significan costos para las empresas, como por ejemplo en el
campo de la protección de datos o en el abastecimiento de energía. Desde que en
Rusia y en otros Estados surgiera, en los años noventa, un capitalismo que no
conoce ninguna ley, se ha transformado la corriente principal de la política de
los inversores, y la retórica altamente individualista de los años de Reagan,
Mulroney, Thatcher y Douglas ha cedido su lugar a la demanda explícita de un
sólido fundamento regulador del orden imperante.
Asimismo, las relaciones entre los ciudadanos y los políticos han
cambiado en muchos países: en las décadas después del término de la guerra, en
muchos países desarrollados se constató una notable y considerable confianza de
los ciudadanos en los políticos. Esa confianza ha disminuido rápidamente en los
últimos años - como numerosos sondeos lo demuestran. Ante ese cambio, los
políticos han tenido que reaccionar, reformando el sistema de financiamiento de
los partidos, estableciendo nuevas reglas formales para solucionar los
conflictos de intereses, e incluso introduciendo entidades de regulación en los
organismos legislativos para vigilar el cumplimiento de las disposiciones. De
manera similar, en Europa y los EE.UU. ha decaído rápidamente la confianza de
los consumidores en que los productos ofrecidos son seguros y sanos. En
particular, la industria alimentaría estuvo obligada a reaccionar ante esa
desconfianza, implementando un costoso marketing y aceptando una regulación
pública, cuyas dimensiones hubieran sido, hasta hace poco tiempo atrás,
inconcebibles.
En los treinta años pasados, la relación entre los vivos y los que
todavía no han nacido se ha desplazado de una manera imprevista al centro del
debate político: para la izquierda, en este contexto los asuntos ambientales
han desempeñado el papel decisivo; para la derecha, el creciente endeudamiento
público. En los últimos años, la atención se ha concentrado en las
consecuencias de la biotecnología y en sus secuelas para las generaciones
venideras. Ello conduce a un debate sobre nuestras obligaciones para con los
hombres del futuro, que sobrepasará muchos de los límites políticos
convencionales. Ante estos asuntos, el mundo desarrollado reacciona de forma
jerárquica, regulando las contaminaciones del medio ambiente, estableciendo
principios éticos para el uso privado de las nuevas tecnologías de reproducción
y, lo que ha sido lo más sorprendente, limitando el poder de los gobiernos de
aumentar a su gusto el endeudamiento estatal. Esos instrumentos regulativos no
han anulado el mayor desplazamiento de poder a favor de los inversores, sino
que le pusieron un contrapeso. A pesar de los desplazamientos hacia una mayor
jerarquía, en los treinta años pasados los intereses igualitaristas han experimentado
un enorme fortalecimiento, a saber en el campo de las leyes contra la
discriminación - por ejemplo en cuanto a la igualdad de oportunidades para las
mujeres o minusválidos.
¿Cuáles nuevos desplazamientos traerá el siglo XXI en esos modelos
básicos de las relaciones sociales que, osadamente, llamamos "contratos
sociales?” Naturalmente, la mayoría de los desplazamientos de los últimos
treinta años no ha sido predecible, al igual que los adivinos del año 1900 no
pudieron prever la mayor parte de los cambios y transformaciones del siglo XX.
No obstante, hay algunas considerables continuidades entre el siglo XIX y el
siglo XX. En la Europa del siglo XIX, el acuerdo fundamental formado por el
constitucionalismo liberal, la democracia y el capitalismo se difundió
inconteniblemente. Es cierto que en el siglo XX hubo reveses terribles, y a
mediados de los años treinta la democracia liberal-constitucionalista y
capitalista parecía ser un enclave sitiado. Pero, a fines del siglo XX se ha
reconocido que las alternativas a esa democracia son verdaderamente espantosas.
De esta manera, podemos partir de la base de que ese acuerdo fundamental
sobrevivirá incólume el nuevo siglo.
Aunque no podemos predecir los futuros desplazamientos, es posible
identificar algunas de las fuerzas que probablemente estarán presentes en
ellos. Algunos desplazamientos en las relaciones básicas estarán determinados
por las nuevas tecnologías. A menudo se afirma que estaríamos entrando a una
nueva época de la información. Sin embargo, ya desde la invención de la
escritura nuestra sociedad es una sociedad de la información. Lo nuevo es que
hoy producimos, recolectamos y manipulamos informaciones personales en
dimensiones industriales. El nuevo siglo no estará caracterizado por conflictos
agudos, sino por conflictos crónicos relacionados con la esfera íntima y los
derechos de la personalidad. Los hombres siguen preocupados por su esfera
privada. A la zaga de la recopilación - cada vez más rutinaria - de
informaciones genéticas individuales, la posibilidad de que las compañías de
seguros o los empleadores saquen de ellas conclusiones injustificadas va
ocupando cada vez más el centro de la atención.
Otros desplazamientos reaccionan ante la presión demográfica.
Mientras mayor sea el porcentaje de ancianos en la población total, más crece
su poderío como potencial electoral. Se puede predecir otro conflicto en el
siguiente asunto: ¿en qué medida se puede exigir a los contribuyentes, a los
niños y a los empleadores que asuman los costos de la jubilación? A pesar de la
creciente probabilidad de vida de la población en el mundo desarrollado, no
está muy difundida la disposición a aceptar una prolongación de la vida
laboral. Y mientras cada vez más personas aceptan el principio de invertir
dinero para asegurar su existencia en la ancianidad, ese principio mencionado
anteriormente no está aceptado en absoluto. Como contraprestación por una
prolongación de la vida de trabajo, habrá quizá para los ancianos una
protección contra la discriminación, y para los más pobres habrá mayores
subvenciones para los costos de cuidados en la vejez.
Es difícilmente sostenible la afirmación de que el "contrato
social" que mantiene en pie al Estado nacional será revocado
definitivamente en el siglo XXI, pues hemos visto que los Estados nacionales
tuvieron que asumir otras funciones reguladoras en el mismo período en que la
globalización alcanzó una importancia decisiva. Podemos partir de la base de
que se producirán acciones conjuntas de tipo regulativo todavía mayores. En los
temas relacionados con la protección de datos, la política de salud y de
seguridad, la protección ambiental o los estándares alimentarios hay ya una
coordinación extensa por sobre las fronteras. La globalización no conllevará la
extinción del Estado nacional, como tampoco el capitalismo del siglo XIX o el
socialismo del siglo XX.
El nuevo proceso de búsqueda de equilibrio - y que tendrá las
mayores consecuencias - que se producirá en el siglo XXI afectará probablemente
la relación entre el capitalismo y aquellas voces que se levanten para defender
los intereses de las generaciones futuras, en particular en cuanto a la calidad
del medio ambiente y a la biodiversidad. En muchos países, el debate sobre los
riesgos ambientales está altamente polarizado. Por una parte, los defensores
del principio de la extrema precaución y de la regulación por medio de las
prohibiciones, que no es compatible con una economía capitalista. Al otro lado
de la trinchera se encontrarán los representantes de aquella ideología que reza
"los últimos pagan los platos rotos", que creen que la esencia de la
libertad es traspasar a otros los costos de su actuación. Yo espero que en el
transcurso de las próximas décadas se desarrolle un debate más inteligente, en
el que ambas partes moderen sus posiciones. Una regulación inteligente tiene
muchas posibilidades de abrir nuevas oportunidades en el mercado: creando
incentivos para las innovaciones, fomentando una retirada continua de las
tecnologías contaminantes en los campos donde hay mejores alternativas,
definiendo estándares y apoyando una cultura de consumo que favorezca los
productos más ecológicos. Estas son, a menudo, las tareas más importantes de un
gobierno, antes que promulgar prohibiciones. Ya en nuestros días, la industria
del reciclaje es uno de los mercados de más rápido crecimiento en el mundo
desarrollado. En el nuevo siglo, la importancia de un acuerdo a favor de un
capitalismo ecológico será aún mucho más considerable.
Es improbable que se restablezca aquel nivel de confianza que
gozaron los políticos en los años de posguerra, y por esta razón esperamos que
se amplíen las medidas innovadoras destinadas a crear confianza. En muchos
campos, los políticos han implantado estándares de rendimientos, así como
contratos basados en rendimientos y dispositivos para medir rendimientos. El
último gremio profesional que no está sometido a este nuevo sistema son los
mismos políticos. Del nuevo siglo podemos esperar una serie de iniciativas que
quizá desemboquen en una "carta de los electores", que podría regular
todos los aspectos del trabajo político. Así por ejemplo, esa carta podría
fijar el plazo que tienen los políticos para reaccionar ante las consultas, su
presencia en los parlamentos y también podría acordar la implementación de recursos
legales apropiados para demandar judicialmente a los partidos gobernantes en
caso de que no cumplan una promesa formulada en su programa de gobierno o en su
programa partidario.
Las relaciones sociales fundamentales, que nosotros llamamos
contratos sociales, tienen la tarea de manejar la producción y distribución de
riesgos - cabe señalar que todas las sociedades son y han sido "sociedades
de riesgo", aunque el sociólogo alemán Ultich Beck tenga una opinión
divergente. En los hechos, nuestro acuerdo básico sobre una democracia
capitalista, liberal y constitucional, ha podido manejar muchos riesgos. Dentro
de este marco, nuestras sociedades desplazan el equilibrio entre jerarquía,
individualismo, igualitarismo y el camino que postula entregarse a la esperanza
de que todo saldrá bien. Sin embargo, cuando nuestras sociedades desplazan algo
en una dirección determinada, pronto se ven obligadas a compensarlo mediante un
desplazamiento en otras direcciones.
A pesar de ciertos pronósticos nefastos, en mi opinión podemos
estar optimistas de que, en el nuevo siglo que se aproxima, estaremos en
condiciones de equilibrar nuevamente nuestras relaciones sociales de tina
manera que asegure sus pilares fundamentales: una propiedad privada sometida a
una regulación democrática, y ésta limitada a su vez por el constitucionalismo
liberal. Tenemos muchas razones para suponer que podremos equilibrar nuestras
relaciones sociales sin experimentar una catástrofe, de una manera que la
sociedad globalizada sea un lugar aceptable para vivir. En los últimos treinta
años hemos desarrollado mayores y mejor coordinadas facultades institucionales
para encarar esa tarea, como nunca en una época anterior. Sin lugar a dudas, el
nuevo siglo nos deparará una cierta ración de catástrofes y reveses, pero con
toda razón podemos suponer que, en cuanto a algunos de los principales
fundamentos sociales, seremos capaces de manejarnos por lo menos tan bien como
lo hemos hecho en la última cuarta parte del siglo XX.
(*) Perri es uno de los
principales científicos de Gran Bretaña en el campo de la política social.
Trabaja en la Universidad Stratbclyde, y anteriormente fue -junto a numerosas
actividades ~ director del "Think-tank" independiente Demos.